Mirando el pentecostalismo chileno a 500 años de la Reforma Protestante.

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Estudio Bíblico de Pastores de la Iglesia Pentecostal Naciente, realizado en la comuna de San Miguel entre los días 12 y 15 de octubre, 1978.

Luis Pino Moyano[1].

Publicado en Pensamiento Pentecostal.

1517, 1909. Wittemberg, Valparaíso. Lutero, Hoover. Siglos y geografías diversas. Mucha historia corriendo con viveza en los actos de hermanos nuestros del ayer. Qué sentido tendría, entonces, escribir algo sobre el pentecostalismo chileno en el marco de la conmemoración que nos convoca este año, a saber los 500 años de la emergencia pública de las 95 tesis del teólogo Martín Lutero. Tiene sentido, y mucho. Jacques Le Goff, destacado medievalista francés señalaba que “los hechos son sólo la espuma de la historia”[2]. Esta metáfora es fascinante, pues puede extenderse con mucha facilidad: los hitos históricos son sólo la espuma de la ola, no la ola ni, mucho menos, el mar. La protesta de Lutero es la espuma de la ola, la Reforma del siglo XVI podría ser la ola (o un conjunto de varias de ellas), mientras que el cristianismo, en la larga duración, viene a ser el mar. El pentecostalismo chileno es otra espuma de la ola, que no puede entenderse fuera del mar.

Debo señalar de inmediato la dificultad de hablar de “pentecostalismo chileno”, en singular, puesto que no damos cuenta de una corriente teológica ni de una denominación eclesial, sino de un movimiento caracterizado por la heterogeneidad y la polifonía de voces, donde cada iglesia y cada pastor construyen un microespacio singular. Sin embargo, hay elementos transversales, o a lo menos similares, que nos permiten presentar un análisis del pentecostalismo chileno, en singular, y siempre desde su movimientalidad. Hablamos de pentecostalismo chileno para relevar su diferencia, en relación al pentecostalismo clásico[3] (proveniente de los Estados Unidos, particularmente, de la mano de las Asambleas de Dios) y del neopentecostalismo como fenómeno de más reciente data. De hecho, es precisamente ese marco de exoticidad que porta el pentecostalismo chileno el que ha generado una amplia preocupación por el análisis de este hecho religioso[4].

¿Cómo generar una ligazón analítica entre la Reforma Protestante y el pentecostalismo chileno? La idea es que lo hagamos desde la utilización de dos conceptos caros para la disciplina historiográfica: continuidad y cambio. Veremos, cuáles elementos de continuidad con la Reforma prevalecieron y/o se mantienen en el pentecostalismo chileno, y cuáles son más bien una ruptura con él, concluyendo con una reflexión final a modo de balance y perspectivas.

  1. Elementos de continuidad con la Reforma Protestante.

 a. La relación con la Biblia.

En los pentecostales chilenos, más allá de los prejuicios que se tienen acerca de él, que llevan a la imposición del mote peyorativo de “ignorantes” (construcción mítica de la que quiero referirme con profusión en un próximo artículo), existe un marcado aprecio por la Biblia, la que se lee desde una consideración literal y devocional, que se memoriza (en porciones a veces extensas) y se aterriza con rapidez a la vida. La lectura bíblica, con regularidad, responde al contexto vital de quien realiza el ejercicio lector. “-¿Qué me dice el texto a mi?”, pasa a ser la pregunta hermenéutica preponderante. La Biblia es la espada, que acompaña siempre, siguiendo la metáfora, al soldado del evangelio.

Existe una fuerte motivación a la proclamación y divulgación de la fe, haciendo uso de la palabra en espacios públicos mediante los “puntos de predicación”, que ya se daban en otras denominaciones protestantes en el Chile decimonónico, pero que los pentecostales radicalizaron producto del avivamiento y de la experiencia vivaz a la que se apela. También se realiza esta divulgación de la enseñanza bíblica por medio de la publicación de revistas y tratados, siendo “Chile Pentecostal” y “Fuego de Pentecostés” ejemplos paradigmáticos.

No es menor decir, que en gran parte del proceso migratorio reciente a iglesias históricas, sobre todo aquellas de cuño reformado, por parte de jóvenes pentecostales, dicho fenómeno emerja de la lectura bíblica y de producción teológica, o por la escucha de predicaciones. Existe una avidez por conocer, lo que puede constatarse en el gusto por aquella predicación que presenta con claridad y fervor lo que la Biblia dice.

b. La relación positiva con la teología protestante.

Existe un fuerte apego a la doctrina trinitaria (salvo el grupo que derivó en unitarismo), la que se expresa en el culto en himnos y cantos, lo que reporta una ortodoxia muy ligada al cristianismo histórico, aunque con énfasis fundamentalista.

Respecto del bautismo, muy interesantemente, y por herencia wesleyano-metodista (que algo recoge de la teología del pacto), los pentecostales chilenos, específicamente la Iglesia Metodista Pentecostal y la Iglesia Evangélica Pentecostal, junto con las iglesias que surgieron de divisiones de ellas, bautizan por mucho tiempo a niños, haciéndolo por aspersión y bajo fórmula trinitaria. Tensiones contemporáneas en el seno de las mismas, responde a la lectura de fuentes anabaptistas, asumiéndolas como propias, haciendo caso omiso de la cuestión del origen: el que las Asambleas de Dios[5] tuviese su origen en iglesias bautistas.

Probablemente, el aspecto de mayor cercanía con los frutos de la Reforma Protestante en el pentecostalismo, tenga que ver con el bagaje doctrinal que lo sustenta. El pentecostalismo chileno no generó una ruptura con la matriz teológica metodista, lo que se ve expresado en los 25 Artículos de Fe, uno añadido a los 24 de Wesley (sobre los gobernantes), que a su vez fueron tomados y resemantizados de los 39 artículos de la Iglesia Anglicana, documento base, por ejemplo, para la Confesión de Fe de Westminster. De allí perviven muchos aspectos relacionados con el cristianismo histórico y el protestantismo. Muy interesantemente, uno de los artículos señala “Ofrecer oración pública en la Iglesia o administrar los sacramentos en una lengua que el pueblo no entiende, es cosa evidentemente repugnante tanto a la Palabra de Dios como al uso de la Iglesia primitiva”[6]. Sin ánimo de polemizar, sino de constatar la realidad polifónica y movimiental del pentecostalismo chileno, este artículo pone en una posición compleja a quienes experimentando una manifestación espiritual hablan en otras lenguas. No puedo cerrar este punto, sin señalar que ha sido la Iglesia Evangélica Pentecostal la más fiel en resguardar la tradición doctrinal metodista, aunque en varios microespacios de la misma, estos no se divulgan (salvo su publicación en el himnario) ni mucho menos son base para un proceso de catecumenado.

c. La concepción de la iglesia.

A nivel eclesiológico es muy interesante relevar el hecho que las iglesias pentecostales fundaron iglesias nacionales (en el sentido de una división legítima por separaciones geográficas e idiosincrásicas, sin el prurito nacionalista), con gobierno propio e independencia en la administración de los recursos económicos.

Otro elemento a relevar acá es la realización de un culto que posee canto, oración y predicación en lenguaje vernáculo, contextualizado en la realidad que les toca por la providencia. Esto es muy importante de destacar, pues el pentecostalismo no sólo fue un espacio de comunicación del evangelio, sino de promoción de la educación, muy similar al perfil redentorista frente a la “cuestión social” del Chile de fines del siglo XIX y principios del XX. Muchos aprendieron a leer con Biblias e Himnarios y enriquecieron su lenguaje con el uso de la Reina Valera (en sus revisiones de 1909 primero, y 1960 después). Me permito un ejemplo de esto: hace unos años yo participaba del ministerio carcelario en el CDP de Puente Alto. Allí uno de los líderes de nuestros hermanos internos me contó que un periodista había ido a realizar un reportaje sobre los evangélicos en la cárcel. Él fue entrevistado. En un momento el periodista detuvo sus preguntas y le pidió hablar en coa, es decir, con códigos carcelarios. Este hermano le respondió: “-Cuando Cristo me redimió, redimió también mi lenguaje”.

  1. Elementos de cambio del pentecostalismo.

 a. La experiencia pentecostal.

Un primer elemento que necesita ser tenido en cuenta es el que constituye lo pentecostal, a saber, la experiencia del bautismo del Espíritu Santo y luego, el ejercicio de los carismas, poniendo mucho énfasis en los dones manifestacionales o extraordinarios. Allí hay debate dentro de los distintos tipos de pentecostalismo, respecto a sí “la experiencia pentecostal” es una segunda o tercera obra de la gracia (conversión-bautismo / conversión-santificación-bautismo). El pentecostalismo chileno tendió a la primera opción, junto con la consideración sobre la evidencia inicial definida como toda manifestación del Espíritu y de poder, poniendo en muchos microespacios especial énfasis a las “danzas”. El planteamiento de la única evidencia del bautismo del Espíritu en el hablar otras lenguas, no es propio del pentecostalismo chileno, teniendo su origen en el pentecostalismo clásico[7].

En mi lectura, debo señalar que el elemento doctrinal distintivo del pentecostalismo se encuentra en esta experiencia, que genera una lectura continuista de los dones de lenguas, profecías y milagros, por lo que ante una ausencia de confesionalidad o de promoción de ella, el cariz polifónico de un movimiento puede preservarse sin generar incoherencias a la hora de la práctica. Es decir, y a modo de ejemplo, un pentecostal puede asumir las llamadas “doctrinas de la gracia” desde el perfil calvinista, sin renunciar ni a la pentecostalidad ni a la membresía de su iglesia, toda vez que eso no pone en cuestión el elemento preponderante. Lo central en lo pentecostal no es el arminianismo mediado por Wesley, sino la experiencia de poder del Espíritu.

b. Lecturas teológicas divergentes de la Reforma.

En su cristología, el énfasis del pentecostalismo chileno es de continuidad con los movimientos de santidad, en la idea de sostener que Cristo es salvador, bautizador en el Espíritu, sanador o santificador, y rey venidero, generando un punto focal distintivo y diferenciador del protestantismo clásico.

Siguiendo al teólogo Juan Sepúlveda los ejes de la teología del pentecostalismo chileno en su etapa inicial (1910-1960), están caracterizados por una visión maniquea del mundo, que tiende a separar radicalmente lo sagrado de lo profano; por el determinismo y pesimismo antropológico; por el reconocimiento de múltiples manifestaciones espirituales y de la realidad de una relación cercana con el Espíritu; por la ausencia de mediación de los profesionales religiosos en la lectura bíblica de los creyentes laicos; y por la configuración de una iglesia militante, a la que se ingresa por conversión y en la que se vive un compromiso total[8].

No puede dejar de decirse algo sobre el premilenarismo dispensacional dentro del elemento diferenciador, porque su adopción por el pentecostalismo chileno, si bien es cierto, tiene que ver principalmente con la lectura escatológica (sobre todo la de corte más popular), genera complicaciones mayores en otros ámbitos. Porque el dispensacionalismo es un método interpretativo de la Escritura en su totalidad y no sólo respecto de los acontecimientos del fin. Mi punto acá no tiene que ver en si hay un rapto secreto o no, o si la iglesia pasa o no pasa por la gran tribulación, sino en que éste sistema atenta contra el pentecostalismo en su base doctrinal y práctica más fundamental, a saber, en la continuidad de las experiencias carismáticas. El dispensacionalismo por definición teológica es cesacionista respecto de los dones espirituales[9]. Cuando se logra reconocer esto, puede entenderse con mayor facilidad la razón de ser de la constante discusión de los pentecostales con “la teología” (a secas), porque ésta mataría la espiritualidad, secando corazones y cerrando mentes a los dones de Dios.

La heterogeneidad teológica de un sector del protestantismo que tiene definiciones fundamentalistas, que es paidobautista, que porta elementos de continuidad del metodismo y de los movimientos de santidad, aquí adquiere una radicalidad polifónica que tensiona el discurso por la práctica.

c. La misiología pentecostal.

El dispensacionalismo, del que nos referimos en el punto anterior, generó en el pentecostalismo chileno una urgencia misional, pues la evangelización se potencia por la noción del “rescate de los perdidos”. Y si bien es cierto, los esfuerzos misionales del pentecostalismo no son mayores que el de otros movimientos y denominaciones en la historia cristiana, sí generó un crecimiento explosivo, que ha llamado la atención de quienes estudian la historia del protestantismo y las misiones en América Latina[10].

La misión, particularmente desarrollada en un arduo proceso de “plantación de iglesias”, estuvo caracterizada por un profundo asentamiento en los sectores populares, por ser un fenómeno eminentemente urbano, por su relevancia contextual (por lo menos, en su primera y segunda generación), junto con un perfil autoeducador y redentorista, por la fundación de iglesias nacionales con fomento de liderazgo autóctono, y por su alto sentido del deber en la misión[11].

d. El poder eclesiástico.

El pentecostalismo chileno, a pesar del papel protagónico dado a los laicos, a lo largo de su historia manifestó particulares problemas con el ejercicio del poder de sus líderes, tendiendo a la construcción de un autoritarismo cooptador y paternalista, llegando en algunos casos, a dirigir muchos aspectos de la vida de los fieles: negocios, matrimonios y hasta las vacaciones. Esto derivó en “pastorlatría”, nepotismo, y muchos procesos divisivos. A muchos líderes eclesiásticos “se les llegó a obedecer a Biblia cerrada y mirándolo[s] hacia arriba”[12].

Lo más lamentable del proceso de migración a otras iglesias, ha tenido que ver con experiencias de abuso espiritual no corregido por adecuados procesos disciplinarios sustentados en el principio protestante del “sacerdocio universal de los creyentes”. Desde el aprecio que tengo del mundo pentecostal, debo decirles que a la migración eclesiástica no sólo se le pone coto con una afirmación doctrinal, sino eminentemente desde la práctica de cuidado de las personas con fuerte sentido pastoral. El abuso espiritual y eclesial debe dejarse de lado por el bien de sus propias iglesias y por el buen testimonio evangélico que debemos dar.

Reflexión final.

 Es indudable que el pentecostalismo chileno ha proporcionado un tremendo aporte a este país, llenando cada ciudad con iglesias construidas con mucho esfuerzo, con sus cánticos alegres sean con instrumentos o a viva voz, con su proclamación del evangelio y por supuesto, con vidas redimidas integralmente. Por otro lado, más allá de las rupturas y elementos de cambio, se han preservado elementos de continuidad con el protestantismo y con el cristianismo histórico. Y es respecto de esto que me quiero permitir una reflexión final.

La gran dificultad del pentecostalismo en el presente se ha vivido porque ha institucionalizado lo que en la primera y segunda generación de pentecostales fue su lógica de movimiento vivaz, convirtiéndolo en pesada tradición. El pentecostalismo fue explosivo no por su novedad, sino por su relevancia, porque tuvo algo que decir al hombre y mujer del siglo XX. El pesado tradicionalismo ha anquilosado al pentecostalismo en formas pasadas, dando poca importancia al diálogo con el presente. Súmese a esto, la ausencia de una confesionalidad propia, que reporte una lectura de la fe desde el pentecostalismo chileno y que no genere incoherencias doctrinales, como la señalada respecto del dispensacionalismo. Esto no puede ni debiese llevar a una ruptura con la producción teológica que otros cristianos hicieron en el pasado.

Lamentablemente, la lectura de la historia acá nos puede jugar una mala pasada. El perfil restauracionista que se le da la Reforma Protestante, como si ésta rompiera con el oscuro pasado medieval, es muy similar al dado al pentecostalismo y el hito fundacional de 1909, como si el cristianismo primigenio, después de un largo intervalo -a lo menos desde el s. III d. C.- hubiese vuelto a existir por la restauración de su pentecostalidad. Ni el protestantismo es una secta de 500 años[13] ni el pentecostalismo chileno es una secta de 108 años. Somos parte de la larga historia de la iglesia de Jesucristo, plural y diversa en tiempos y espacios, pero marcada por la redención conquistada en la cruz.


 

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Plantador de la Iglesia Refugio de Gracia, Avanzada de la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago en Maipú. Este artículo fue publicado originalmente en: Daniel Contreras (editor). El libro de los 500 años. Santiago, Sociedad Bíblica Chilena, 2017, pp. 80-86. Para esta edición en Pensamiento Pentecostal, el artículo se ha editado reconfigurando su orden y ampliando algunos de sus análisis, sin perder el carácter de texto de difusión.

[2] “‘Seguimos viviendo en la Edad Media’, dice Jacques Le Goff”. En La Nación, miércoles 12 de octubre de 2005. http://www.lanacion.com.ar/746748-seguimos-viviendo-en-la-edad-media-dice-jacques-le-goff (revisado en julio de 2017).

[3] Véase sobre este asunto: véase: Frederick Dale Bruner. Teología do Espírito Santo. A esperiência pentecostal e o testemunho do Novo Testamento. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2012; y Kittim Silva. La experiencia pentecostal. El despertar que sacudió a la iglesia. Miami, Editorial Carisma, 1996.

[4] Existe literatura clásica al respecto: Christian Lalive d’Epinay. El refugio de las masas. Estudio sociológico del protestantismo en Chile. Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2009; e Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico, 1965. Capítulo tercero “La tercera Reforma”, pp. 109-128. De producción más reciente: Miguel A. Mansilla. La cruz y la esperanza. La cultura del pentecostalismo chileno en la primera mitad del siglo XX. Santiago, Editorial de la Universidad Bolivariana, 2009; José Míguez Bonino. Rostros del protestantismo latinoamericano. Buenos Aires, Nueva Creación, 1995, pp. 57-79. Luis Orellana. El fuego y la nieve. Historia del Movimiento Pentecostal en Chile, 1909-1932. Tomo 1. Concepción. Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2006. No puede dejar de señalarse acá el relato testimonial de Willis Hoover. Historia del avivamiento pentecostal en Chile. Concepción, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2008.

[5] Refiero a esta denominación no sólo por el hecho de ser el correlato con el pentecostalismo clásico, sino por la influencia doctrinal en el mundo pentecostal, particularmente, en los cuadros pastorales y laicos formados luego de la fundación del Instituto Bíblico Pentecostal por el misionero de dicha denominación, el Rev. Pablo Hoff. Véase una de las principales lecturas en el área de Teología Sistemática propiciadas por dicha institución: Myer Pearlman. Teología Bíblica y Sistemática. Miami, Editorial Vida, 1992, pp. 258-261.

[6] Artículos de Fe de la Iglesia Evangélica Pentecostal. Artículo XV. En: http://www.geocities.ws/cuerpojovenes/articulos.pdf (revisada en julio de 2017).

[7] Véase Pearlman, Op. Cit., pp. 203-250. Corresponde al capítulo 10, sobre el Espíritu Santo.

[8] Citado por Míguez, Op. Cit., pp. 66, 67.

[9] Véase respecto de esto: John MacArthur. Fuego extraño: El peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa. Nashville, Grupo Nelson, 2014. Desde una perspectiva continuista el análisis de esta lectura por un exprofesor del Seminario Teológico de Dallas, bastión del dispensacionalismo: Jack Deere. Sorprendido por el poder del Espíritu Santo. Miami, Editorial Unilit, 1999.

[10] Véase: Rodolfo Blank. Teología y misión en América Latina. St. Louis, Concordia Publishing House, 1996, pp.200-223; H. Fernando Bullón. Historia de la iglesia y responsabilidad social. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2008, pp. 194-203; Pablo Deiros. Historia del cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1992, pp. 751-755, 795-800; Samuel Escobar. Cómo comprender la misión. Buenos Aires, Certeza Unida, 2007. Capítulo 7: “El Espíritu Santo y la misión cristiana”, pp. 147-166; Ondina González y Justo González. Historia del Cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2012, pp. 373-386; y Ruth Tucker, Ruth. Hasta lo último de la tierra. Historia biográfica de la obra misionera. Miami, Editorial Vida, 1994. Capítulo 12, “El surgimiento del pentecostalismo: ‘Una expansión espectacular’”, pp. 369-372, 379-383.

[11] Esto ha sido trabajado con mayor profusión en: Luis Pino. “Pentecostalismo chileno y plantación de iglesias. Notas reflexivas”. En: Estudios evangélicos. http://estudiosevangelicos.org/pentecostalismo-chileno-y-plantacion-de-iglesias-notas-reflexivas/ (revisado en julio de 2017).

[12] Oscar Pereira. Presencia y arraigo. Protestantismo evangélico en Chile 1845-1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2016, p. 233. Véase, también, respecto de este asunto: Pablo Deiros. Protestantismo en América Latina. Nashville, Editorial Caribe, 1997, p. 61; Pablo Deiros. Historia del cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Facultad Teológica Latinoamericana, 1992, p. 754; Kittim Silva. La experiencia pentecostal. El despertar que sacudió a la Iglesia. Miami, Editorial Carisma, 1996, p. 76.

[13] Debo esta idea a mi amigo el Pbro. Carlos Parada.

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