Y ganó Piñera.

El escenario político está difícil, pero no por ese sólo hecho, porque si bien es cierto, los resultados electorales son importantes, no terminan cambiando mucho los elementos de alcance sistémico. Evidentemente, sí hay cosas que cambian y no dan lo mismo, por eso algunos tomamos la decisión de votar. Pero los cambios tienen que ver con la correlación de fuerzas más que en cuestiones estructurales en la sociedad. La situación está difícil de manera más amplia:

Está difícil porque las expectativas sociales de todos los sectores han crecido, y esperan la panacea de manos de sus elegidos. Se apeló mucho, bajo una lógica de consumo y, en algunos sentidos, hasta religiosa, al perfil renovador y transformador de candidatos para cosas difíciles de aterrizar en cuatro años y con un congreso en los que ninguna coalición tiene mayorías. De hecho, está difícil porque la política de los tres tercios y el fenómeno de la polaridad vino para instalarse y eso puede dejar o no gobernar a quien preside.

Está difícil para las izquierdas en el sentido que ya no sólo la Concertación, sino la Nueva Mayoría también explotó, no logrando cuajar su política de reformas (que de retoexcavadora no tuvo nada, sólo la retórica inicial Pre-Caval), y que algunas de ellas están en riesgo de ser dejadas de lado por un nuevo gobierno, con proyecciones diferentes, pero aún más que eso, porque dentro de su coalición porque hay personas que no están convencidas de las mismas. La Nueva Mayoría fue el intento de levantar un muerto de la tumba sin el poder para ello.

Esto, sin dudas, les pone la vara alta al Frente Amplio respecto de la relación entre la ética y la realpolitik: están el dilema de cómo capitalizar su fuerza con veinte diputados y un senador, solidificando y dando permanencia a su proyecto, luchando con la lógica generacional del referente que articula partidos y movimientos tan diversos.

Está difícil para la derecha porque hoy en su seno, y más que nunca, conviven dos almas (cosa inédita desde mediados del siglo XIX). Dos almas que pragmáticamente celebran, pero que tensarán la relación en busca de hegemonía: una conservadora en lo valórico y neoliberal en lo económico en collage epistemológico inconsistente, y una neoliberal en lo valórico y en lo económico, de un marcado acento secularizador y/o laicista (eso va para mis amigos evangélicos que no logran ver este matiz). Ya el presidente electo, matiza su discurso diciendo que los tiempos mejores serán difíciles de lograr, rompiendo con el perfil milenarista de su campaña. En ese sentido, todo cambio se mide después del día de la jarana. Los triunfos electorales no significan triunfos de proyectos, y de eso la historia de Chile nos puede poner múltiples ejemplos.

Una palabra para mis hermanos evangélicos, ya sea que votaran por Piñera o por Guillier. Evidentemente sus ámimos son distintos a esta hora. Algunos felices, otros amurrados. Pero les invito a orar y a trabajar por el bienestar de nuestro país, y de nuestras ciudades, considerando los ídolos de nuestra época a la luz de la Escritura, colaborando con nuestros coterráneos en cada área de nuestro quehacer y pujando por la justicia que es la base de la paz. Nuestra mirada en Cristo, único Señor, debe ser esperanzada en él, y cuestionadora de todas las ideas humanas, aunque las digan nuestros mejores amigos. Las horas difíciles de un país requieren, más que celebraciones o amurramiento, mucho trabajo en oración de los que seguimos las pisadas del Carpintero de Galilea.

Luis Pino Moyano.

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