Lectio Divina: leyendo la Biblia en oración gozosa.

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La Lectio Divina es una disciplina espiritual. Es una disciplina, por ende, apela al esfuerzo de una práctica cotidiana que se constituye en hábito, más allá de si uno tiene el impulso emocional para su realización (los actos de la voluntad no deben disociarse del aspecto emocional). Es espiritual porque ésta disciplina colabora en la tarea de santificación, que realiza el Espíritu Santo en nosotros desde el momento de la conversión, y en la que somos llamados a ejercitarnos, viviendo para la gloria de Dios y buscando mortificar el pecado. Una de las cosas que hay que tener presente acá es que las disciplinas son herramientas que nos ayudan en la comunión con Dios y que por sí solas no sirven si no están llenas de la obra del Espíritu Santo y sustentadas en la Palabra de Dios. Son medios, no fines en sí mismos. Si fuesen fines, se trataría de santurronería y lo que buscamos es santificación.

Lectio Divina es un concepto latino que significa “Lectura divina” o “lectura espiritual”. Me gusta hablar más de “lectura de la Biblia en oración gozosa”, porque en pocas palabras explica de manera sencilla su significado, sacándole de inmediato el cariz monacal que esta práctica pareciera tener. Históricamente, se ha usado la Lectio Divina para leer, recitar, orar y cantar los salmos, el Padrenuestro y otras oraciones y canciones que aparecen en la Escritura, aunque toda ella es susceptible de leer de esta manera.

En el prefacio de la Biblia Renovaré se señala: “¿Qué significa la lectio divina? Bien, significa escuchar el texto de la Escritura; prestar atención de verdad, escuchar rendidos y quietos. Significa rendirse ante el texto de la Escritura y permitir que su mensaje fluya hacia nosotros en lugar de intentar controlarlo. Significa reflexionar sobre el texto de la Escritura, permitir que el drama del pasaje nos atrape totalmente: alma y corazón. Significa orar el texto de la Escritura, permitir que la realidad bíblica de la vida con Dios haga surgir en nosotros el clamor de gratitud, confesión, queja o petición de nuestro corazón. Significa aplicar el texto de la Escritura, viendo como la Santa Palabra de Dios nos da una palabra personal para las circunstancias de nuestra vida. Y significa obedecer el texto de La Escritura, apartarnos siempre ‘del camino de perversidad’ y ‘andar por el camino eterno’ (Salmo 139:23-24)”.

Por su parte, Eugene Peterson en el libro “Cómete este libro”, dedicado a esta disciplina espiritual la define así: “Lectio divina es la práctica intencional y deliberada de hacer la transición de una forma de leer que trata y maneja, de forma reverente, a Jesús como muerto, a una lectura que frecuenta la compañía de amigos que están oyendo, acompañando y siguiendo al Jesús vivo”. Me gusta mucho esta definición de la disciplina, porque la muestra como una “práctica intencional y deliberada” en la que se cambia nuestra forma de leer la Palabra de Dios. Leemos habitualmente la Biblia como si ella se tratara sólo de hechos pasados, como si el Dios de la vida estuviese muerto, como si Jesús fuese un personaje más y no el Señor que sustenta nuestra existencia y que nos acompaña todos los días hasta el fin del mundo. Además de eso, esta definición aplica claramente un principio clave de la espiritualidad reformada: la espiritualidad es comunitaria. La lectura bíblica se hace en una comunidad en la que hay ánimo, impulso, exhortación, consuelo y disciplina, a la luz de la Escritura.

Un gran desafío que nos reporta la Lectio Divina es no sólo acercarnos a la Escritura teológicamente (en el sentido científico de dicha expresión), sino, también, devocionalmente. Los teólogos liberales desde el siglo XVIII dejaron de lado este tipo de acercamiento lector a la Biblia, buscando sólo un acercamiento científico-crítico. No obstante, alcanzaron importantes avances en la re-construcción de los textos en lenguas originales a partir de los manuscritos bíblicos hallados en el tiempo, dejaron de lado una lectura que siente, vive, ama y cree el texto revelado. Es en ese contexto, que contraculturalmente el pastor y teólogo Dietrich Bonhoeffer en su libro sobre los Salmos como libro de oración señaló: “No es la pobreza de nuestro corazón, sino la riqueza de la Palabra de Dios la que debe determinar nuestra plegaria. […] Es una inmensa gracia que Dios nos diga cómo podemos hablarle y cómo podemos entrar en comunión con él. Y podemos hacerlo orando en el nombre de Jesucristo: los Salmos se nos han dado para que aprendamos a orar en el nombre de Jesucristo”. 

Nosotros, los presbiterianos, confesamos la perspicuidad de la Escritura, es decir, que la Biblia es clara para todos los creyentes. No necesitamos de grandes estudios académicos para conocer a Dios que se revela en la Palabra. No malinterpretes lo que digo: creo que la teología es necesaria y relevante, el punto, es que ella está al servicio de nuestra fe y no al revés. La Biblia es lo que Dios reveló para nosotros y nuestros hijos en un acto de graciosa empatía. Y por si esto fuera poco, contamos con la ayuda del Espíritu Santo que nos asiste con la iluminación que aclara los textos. Y si esto aún te parece poco, contamos con la ayuda de la comunidad, en la que Dios entregó dones, entre ellos de enseñanza, por la que hermanos nuestros pueden edificarnos con los conocimientos adquiridos y trabajados en el marco del amor que une y edifica.

La Lectio Divina tiene los siguientes pasos:

  1. Leer: Se trata de una lectura atenta, detenida, marcada por el asombro en la que reconocemos que Dios habla y nosotros tomamos el lugar de quienes escuchan lo dicho por él. La pregunta lectora que debemos realizarnos acá es: ¿qué dice el texto?
  2. Meditar-Reflexionar: Es un tiempo en el cual degustamos el texto que trae deleite como la miel a nuestro paladar, deteniéndonos en el sentido que el texto tiene para nosotros, pues creemos que la Biblia nos habla a nosotros hoy con una frescura inagotable. La pregunta lectora que debemos realizar acá es: ¿qué me dice el texto?
  3. Orar: Aquí dedicamos tiempo para la oración que habla y calla, según el caso, teniendo en cuenta lo que el texto nos ha hablado al corazón. La oración es la respuesta de la lectura de la Biblia que es un espejo para nosotros. Es más, podemos ocupar el mismo texto y orarlo, lo que con seguridad enriquecerá nuestra conversación con Dios, dándonos la seguridad que oramos conforme a su voluntad. La pregunta acá es: ¿qué me hace decir el texto a Dios?
  4. Contemplar-Actuar: La contemplación tiene el tufillo de espacios monásticos, de gente separada del mundo. Se ocupa el adjetivo de “contemplativo” a alguien que tiene su mirada puesta sólo en lo trascendente. La verdad, es que el concepto originalmente no tenía esa idea, y es por eso, que tomo el concepto “actuar”. Esta parte de la Lectio Divina nos invita a reconocer que Dios nos ha hablado y que nosotros respondemos con la mejor traducción de la Palabra que podemos hacer: la traducción a la vida. Asumimos la agenda que nos ha puesto la oración, dejando que Dios transforme nuestra vida. La pregunta acá es: ¿qué hacer a partir de ahora?

Leamos la Biblia cotidianamente. Hagámoslo en oración. Empapémonos de ella y amémosla. Disfrutemos de la lectura que se deleita en lo que Dios nos dice en su Palabra, inclusive, cuando ella nos reprende, constituyéndose en el mayor deleite de la vida. Eliminemos la pereza y no nos consumamos en la vorágine del mundo actual. La mejor forma de escuchar la voz de Dios es leyendo su Palabra, y la Lectio Divina, sin duda, te ayudará en eso.

Compartida en la página web de Refugio de Gracia, mayo de 2017.

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