Consentimiento.

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No deja de asombrarme que algunos hermanos (y esto no en genérico, sino como sustantivo común masculino), reaccionen tan destempladamente frente a un proyecto de modificación del Código Penal que busca proteger a víctimas de abuso, introduciendo el concepto de “consentimiento”. El texto diría:

“El acceso carnal sin el consentimiento de la víctima, ya sea por vía vaginal, anal o bucal, constituye violación y será castigado con la pena de presidio mayor en su grado mínimo a medio.
La mera inacción o falta de resistencia de la víctima no constituye manifestación de consentimiento.
Se entenderá, especialmente, que no hay consentimiento de la víctima en cualquiera de los casos siguientes:
1º Cuando se usa fuerza o intimidación;
2º Cuando se aprovecha de la privación de sentido de la víctima o de su incapacidad para oponer resistencia;
3º Cuando se abusa de la enajenación o trastorno mental de la víctima; y
4º Cuando haya participación de más de una persona en la perpetración de los hechos”.

La Biblia – el libro sagrado de los cristianos, que tiene la sexualidad como un regalo de Dios, planteando que ésta no sólo es para la procreación, sino principalmente para el placer de un hombre y mujer que dejan padre y que se funden en un solo ser-, introduce, también, la idea del mutuo consentimiento. El apóstol Pablo (sí, el mismo que es acusado de misoginia por personas que leen los textos por encima) señaló a los cónyuges de la iglesia de Corinto:

“La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración” (1ª Corintios 7:4,5).

El texto apela que quienes se unen en matrimonio, hombres y mujeres, deben dejar de pensar en su individualidad, para pensar en el otro. ¿Notan que hombres y mujeres son convidados a vivir una sexualidad constante? ¿Notan ustedes que Pablo entiende que la mujer tiene el mismo derecho a vivir la sexualidad que el hombre? Y si bien es cierto, el texto alude al mutuo consentimiento a la hora de pensar en la abstinencia, esto no deja de ser un principio que puede ser aplicado a toda la vida sexual al interior del matrimonio. El sexo no se obliga, porque el amor no se obliga. Hombres y mujeres fueron creados con dignidad, por ende, el trato digno debe considerar lo que se vive en el espacio público como aquello que se vive en la intimidad. De hecho, por lo mismo, la defensa del matrimonio según la Biblia es clave acá. Las firmas en una libreta de familia no sólo obligan a los contrayentes, sino que, a la vez, defienden a los mismos, según corresponda.

El cuerpo en la teología cristiana no es mera materia, ni mucho menos es malo, sino que es templo del Espíritu Santo. El sexo involucra la totalidad del ser. Es también, experiencia de espiritualidad que adora al Dios de la vida que creó el placer.

¿Tanto nos cuesta entender que es hora de tomar conciencia que no porque ciertas prácticas estén normalizadas son correctas? ¿Tanto nos cuesta ponernos en el lugar de las víctimas de abusos sexuales? ¿Tanto nos cuesta entender que hay mujeres cristianas que son violadas dentro de sus propias casas por sus cónyuges? De hecho no logro entender la incoherencia de la caricaturización de este proyecto: un día los evangélicos defendemos la moral sexual según la Biblia, y al día siguiente, hoy por ejemplo, defendemos la promiscuidad y prácticas atentatorias como las que el Código Penal sancionaría. No logro ver la perversidad detrás de la modificación propuesta. Al contrario, creo que el prurito “anti” no nos deja ver más allá de nuestros ombligos.

Cuidemos nuestras expresiones en el espacio público, sobre todo cuando por nuestra poca empatía, sumada a una impotente actitud de mera reacción frente a lo que acontece a nuestro alrededor, no sólo no podamos percibir los instantes de verdad de quienes no son creyentes, sino tampoco podamos notar el dolor de quienes sufren, entre quienes con una seguridad que apena, lamentablemente, hay personas que comparten la fe con nosotros.

Claramente necesitamos ser reeducados…

Luis Pino Moyano.

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