La disciplina espiritual del ayuno: algo más que simplemente abstenerse de comer.

Casi todas las religiones antiguas consideraron al ayuno como una de sus prácticas rituales importantes. Por otro lado, en tiempos más recientes (en términos históricos, por cierto), se le ha utilizado como arma política o medida de presión (la también llamada “huelga de hambre”) por movimientos que alentaban la resistencia pacífica, algunos de ellos, liderados por actores cristianos. Incluso, las nuevas espiritualidades, solapadas en discursos de “vida sana”, la han promocionado como “instrumento para la salud integral”. 

Volviendo a la religión, y sobre todo al mundo cristiano, existe también la idea muy difundida del ayuno como un pesado sacrificio que busca lograr algún favor divino, en la lógica del “intercambio”. Sin embargo, esto no obsta para que lo definamos, bíblicamente, como un sacrificio espiritual en el que nuestra vida toda entrega adoración a Dios. Una de las palabras que se traduce como sacrificio en la Biblia significa “matar por un propósito”, y la adoración que elevamos a Dios requiere la muerte de nuestro orgullo, pecaminosidad y miedo que amenazan la presentación de un culto santo y agradable para Dios.

A veces, nuestra concepción del ayuno está más relacionada con lo que éste acto espiritual significaba para los judíos, particularmente de su lectura de la ley mosaica (la lectura cristiana de la ley es una lectura distinta, necesaria, hecha a la luz de la historia de la redención conquistada por Jesucristo). Interesantemente, a diferencia de lo que el sentido común haría parecer, el ayuno era prescrito para ser realizado por el pueblo de Dios una vez al año, específicamente, para el “Día de la expiación”, la única “fiesta triste”, donde se buscaba el perdón del Dios santo ante el olvido, indiferencia y rebelión contra él. Así dice: Levítico 16:29-31: “Este será para ustedes un estatuto perpetuo, tanto para el nativo como para el extranjero: El día diez del mes séptimo ayunarán y no realizarán ningún tipo de trabajo. En dicho día se hará propiciación por ustedes para purificarlos, y delante del Señor serán purificados de todos sus pecados. Será para ustedes un día de completo reposo, en el cual ayunarán. Es un estatuto perpetuo”. 

Con el paso del tiempo, y con una mayor institucionalización de la religión judaica, se llegó a ver el ayuno como una “obra cardinal”, junto con la oración y la limosna. Los judíos ayunaban cuando estaban de luto, para expiar pecados, a modo de penitencia nacional y para comunicarse con Dios. En ese sentido, era una práctica para llamar la atención de Dios o demostrar arrepentimiento y devoción. Por lo mismo, los fariseos, judíos ortodoxos y celosos practicantes de la ley y la tradición, ayunaban dos veces a la semana, cosa que excedía con creces lo demandado en la Escritura, hasta ese momento. 

El cristianismo vino entonces a modificar nuestra noción del ayuno. David Mathis nos ayuda con su definición de esta disciplina espiritual, cuando señala que “El ayuno es una herramienta excepcional, diseñada para canalizar y expresar nuestro deseo por Dios y nuestro descontento santo en un mundo caído. Es para aquellos que no están satisfechos con el statu quo. Para aquellos que quieren más de la gracia de Dios. Para aquellos que se sienten verdaderamente desesperados por Dios”. Esta noción, la profundizaremos en la lectura bíblica que presentaremos a continuación, respondiendo a la pregunta por el significado de esta práctica de fe y espiritualidad: ¿qué es el ayuno?

1. El ayuno es una oración fortificada. 

Es imposible entender el ayuno sin la oración. A diferencia de la oración, que puede entenderse sin el ayuno, como una disciplina independiente. Eso hace que el ayuno sea necesario y que la oración sea fundamental. Un caso bíblico que ilustra esto, es la situación narrada en el libro de Ester. En ese momento de la historia bíblica, parte del pueblo de Dios se encontraba cautivo por los medo-persas, y un sujeto de dicho pueblo conspiraba para la eliminación étnica de los judíos reunidos allí, un hombre llamado Mardoqueo, en un acto de connotaciones similares al de Adán en el Edén luego de la caída, se esconde y empuja a su prima o sobrina, Ester, a la que él había adoptado como hija, para que ella actuara en defensa de sus conciudadanos presentándose ante el rey Asuero, lo que según la legalidad imperial podría costarle la vida. Ella asume al riesgo y dice: “Ester le envió a Mardoqueo esta respuesta: ‘Ve y reúne a todos los judíos que están en Susa, para que ayunen por mí. Durante tres días no coman ni beban, ni de día ni de noche. Yo, por mi parte, ayunaré con mis doncellas al igual que ustedes. Cuando cumpla con esto, me presentaré ante el rey, por más que vaya en contra de la ley. ¡Y, si perezco, que perezca!’” (Ester 4:15,16). Cuando Ester , asume valientemente su rol histórico, pide que el pueblo ayune por ella, señalando la necesidad de apoyo de la comunidad en el clamor a Dios, buscando que Él interviniera en la historia que parecía presagiar un inminente final oscuro.

Dicho caso bíblico también nos dota de una clarificación, que tiene mucho sentido para quienes somos reformados: el ayuno no es sólo una práctica individual, íntima, hacia adentro, sino una profundamente comunitaria. La preocupación espiritual cristiana es tanto vertical, manifestándose en el amor al prójimo, y horizontal, lo que se expresa en el amor al prójimo. Puedo intensificar mi oración con los ruegos de otros. 

2. El ayuno es hambre de Dios. 

El relato bíblico que quiero poner en la palestra es muy interesante. Dicho relato, lo ocuparemos, también, más adelante. Mateo registra en su evangelio lo siguiente: “Un día se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: -¿Cómo es que nosotros y los fariseos ayunamos, pero no así tus discípulos? Jesús les contestó: -¿Acaso pueden estar de luto los invitados del novio mientras él está con ellos? Llegará el día en que se les quitará el novio; entonces sí ayunarán”. Los discípulos de Juan, que eran un tipo de judíos ortodoxos, al igual que los fariseos consideraban que el ayuno era una práctica cardinal, por ende, les produce asombro e inquietud que los discípulos del Maestro de Galilea no se abstengan de comer. Jesús hace una explicación muy bella y potente. Los discípulos no ayunaban porque estaban de fiesta, estaban celebrando junto al “novio”. Pero cuando ese novio les sea quitado “entonces, sí ayunarán”. 

Llevemos esta información al dato concreto: los discípulos de Jesús ayunarían entre el arresto de Jesús, su muerte y resurrección. Jesús vuelve a compartir con los suyos, y el evangelio señala escenas de mesa compartida. Luego, Jesús ascendió al cielo, regresando al Padre, lo que abre, nuevamente, un tiempo para ayunar. En ese sentido, la totalidad de nuestra era, entre la ascensión de Jesús y su segunda venida es un tiempo en el cual la iglesia DEBE ayunar. Y no te asustes con la palabra “debe”… esto no se trata de legalismo sino de entender lo que Jesús dice: “sí ayunarán”. Él no dice, “es posible que ayunen”, ni añade un “tal vez”, “esporádicamente”, “en ocasiones”. Él afirma, “sí ayunarán”. Y lo haremos por un sentido de nostalgia de Dios. ¿De qué tenemos hambre? ¿Sentimos nostalgia de Cristo? ¿Cuáles son nuestras necesidades y prioridades? Como dice Mathis: “Al igual que el evangelio, el ayuno no es para los autosuficientes y para los que sienten todo resuelto. Es para los pobres en espíritu. Es para quienes están de duelo. Para quienes tienen hambre y sed de justicia. En otras palabras, el ayuno es para los cristianos”. 

La idea del ayuno está también muy asociada a la del banquete, tanto en la lógica de la fiesta como por la expresión de un hambre verdadera. Jesús contó una parábola sobre un hombre que preparó un gran banquete, al que todos los invitados se excusaron de participar.  Las excusas para no asistir fueron: “El primero le dijo: ‘Acabo de comprar un terreno y tengo que ir a verlo. Te ruego que me disculpes’. Otro adujo: ‘Acabo de comprar cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas. Te ruego que me disculpes’. Otro alegó: ‘Acabo de casarme y por eso no puedo ir’” (Lucas 14:18-20). ¿Acaso es ilegítimo comprarse un terreno o una casa? ¿O es ilegítimo comprarse un medio de transporte o una herramienta de trabajo -resemantizando las yuntas de bueyes, ocupadas como animales de tiro o carga? ¿Es ilegítimo casarse y formar familia? La respuesta es un rotundo no. Y es que el problema no está en la legitimidad de dichas prácticas, sino en cómo dichas cosas, personas y momentos se adueñan de la vida, otorgando sentido e identidad. En otras palabras, aquello que gobierna tu vida, si no es Dios, es un ídolo. 

Por lo que se ha dicho, es que debemos ampliar nuestra noción de ayuno. Martyn Lloyd-Jones decía que: “Si verdaderamente consideramos el ayuno, no debemos limitarlo al tema de comida y bebida; el verdadero ayuno debería de consistir en incluir la abstinencia de cualquier cosa que es legítima en sí y para sí por motivo de algún propósito espiritual. Hay muchas funciones corporales que son correctas y normales y perfectamente legítimas, pero que por alguna razón peculiar en ciertas circunstancias deberían de ser controladas. Eso es ayunar”. En otras palabras, podemos no sólo sentirnos compelidos a ayunar en el sentido estricto de la expresión, absteniéndonos de comer, sino también, ayunar de otras cosas y momentos que siendo legítimos en sí mismos, roban mucho de nuestro tiempo que podría ser ocupado para dedicarnos con tranquilidad a la oración, la lectura de la Biblia, la meditación, el silencio, la adoración.

Por su parte, Richard Foster, señaló que: “Más que cualquier otra disciplina, el ayuno revela las cosas que nos controlan. Este es un gran beneficio para el verdadero discípulo que anhela ser transformado a la imagen de Jesucristo. Cubrimos lo que está dentro de nosotros con comida y otras cosas. […] Si el orgullo nos controla, casi de inmediato será revelado. David dijo: ‘Afligí con ayuno mi alma’ (Salmo35:13). Cólera, amargura, celos, riñas, temor están en nosotros, saldrán a la superficie durante el ayuno. Al principio racionalizaremos que nuestra cólera es debido a nuestra hambre. Entonces sabremos que estamos enojados porque el espíritu de cólera está en nosotros. Podemos regocijarnos en este conocimiento porque sabemos que la sanidad está disponible por medio del poder de Cristo”. El teólogo cuáquero nos señala otra idea necesaria de tener en cuenta: si ayunando nos abstenemos de comida, cosas y momentos, legítimos en sí mismos, con mayor razón nos debemos abstener de todos aquellos pecados que tapamos con comida y más. En ese sentido, el ayuno nos sensibiliza a nuestra realidad, nos presenta nuestras áreas de debilidad, nos expone a la vulnerabilidad, todas cosas necesarias para sentirnos necesitados de la gracia del Dios que nos amó. 

3. El ayuno es adoración. 

Jesús, en la predicación por antonomasia, el sermón del monte dijo: “Cuando ayunen, no pongan cara triste como hacen los hipócritas, que demudan sus rostros para mostrar que están ayunando. Les aseguro que estos ya han obtenido toda su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara para que no sea evidente ante los demás que estás ayunando, sino solo ante tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará” (Mateo 6:16-18). ¿Qué critica Jesús de los fariseos? Con suma claridad, la humillación de los fariseos era fingida, un show, una performance espiritual. Con este tipo de actitud ya recibieron su recompensa: la gloria de los hombres. Es decir, Jesús no está discutiendo sobre el ayuno, sino con los que ayunan y sus motivaciones. El énfasis principal de toda esta sección del sermón del monte (6:1-18) es el carácter indispensable de la sinceridad en la adoración al Dios Todopoderoso. 

Es aquí, incluso, donde el contenido se funde con la forma, porque se invita a los ayunadores a lavarse la cara y perfumarse, y no a andar una cara triste o derrotada, lo que no generaría la necesidad de preguntar si se tiene hambre. Ese aspecto formal es una expresión externa de lo que hay en lo interior: un servicio voluntario, apartado de una religiosidad hipócrita, ya que echarse ungüentos era señal de gozo. Agustín de Hipona planteaba: “Consideramos a la cabeza como la razón, porque se encuentra en la parte superior del alma y gobierna los demás miembros del cuerpo. Luego el ungir la cabeza es tanto como alegrarse. Alégrese interiormente porque ayuna, el que ayunando se separa de las aspiraciones del mundo para quedar sometido a Dios”. 

¿Cuál es nuestra motivación al ayunar? ¿Recibir milagros? ¿Cumplir una norma? ¿Alcanzar un nivel por sobre los demás? Hay dos textos bíblicos que nos ayudarán a responder la interrogante. “Ahora bien —afirma el Señor—, vuélvanse a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos, rásguense el corazón y no las vestiduras” (Joel 2:12,13a); “Y, cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones ¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios” (Santiago 4:3,4, el destacado es mío). La motivación principal a la hora de ayunar es matar al yo, porque si el ayuno es adoración su finalidad es exaltar la vida del Dios vivo y verdadero, y no el acto de construcción del peor de todos los dioses, el más sanguinario y terrible, a saber, uno mismo. 

Esa mortificación del pecado queda expresada con suma claridad en el texto que ha sido llamado como el del “ayuno verdadero”. Isaías 58:3-8 señala la palabra de Dios por medio del profeta: “Y hasta me reclaman: ‘¿Para qué ayunamos, si no lo tomas en cuenta? ¿Para qué nos afligimos, si tú no lo notas?’. Pero el día en que ustedes ayunan, hacen negocios y explotan a sus obreros. Ustedes solo ayunan para pelear y reñir, y darse puñetazos a mansalva. Si quieren que el cielo atienda sus ruegos, ¡ayunen, pero no como ahora lo hacen! ¿Acaso el ayuno que he escogido es solo un día para que el hombre se mortifique? ¿Y solo para que incline la cabeza como un junco, haga duelo y se cubra de ceniza? ¿A eso llaman ustedes día de ayuno y el día aceptable al Señor. El ayuno que he escogido, ¿no es más bien romper las cadenas de injusticia y desatar las correas del yugo, poner en libertad a los oprimidos y romper toda atadura? ¿No es acaso el ayuno compartir tu pan con el hambriento y dar refugio a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no dejar de lado a tus semejantes? Si así procedes, tu luz despuntará como la aurora, y al instante llegará tu sanidad; tu justicia te abrirá el camino, y la gloria del Señor te seguirá”. Isaías nos enseña que la justicia no solo es social sino por sobre todo espiritual, por lo que no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de mentir; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de robar; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de explotar a los demás; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de chismear; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de la codicia y el egoísmo; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de… (agrega el pecado con el que luchas más duramente). El ayuno verdadero consiste en desprenderse de todo peso para que nuestra vida, nuestro único gozo, nuestro único deleite, nuestro único proyecto, nuestra única religión y fe esté en el Dios de la vida. 

He ahí el sentido de lo que el Catecismo de Heidelberg se pregunta por “¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?” (pregunta 1), a lo que se responde: “Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con preciosa sangre por todos mis pecados […]”. Y en ese acto de no pertenecernos a nosotros mismos, ergo, de adoración radical, el ayuno es una expresión de dependencia total a Dios, de adoración genuina (véase la Confesión de Fe de Westminster, capítulo 21, artículo 5). 

4. El ayuno es fiesta espiritual esperanzada. 

En el texto de Mateo 9:15 veíamos que el novio será quitado. En la parábola de las diez vírgenes se señala que el novio volverá: “A medianoche se oyó un grito: ‘¡Ahí viene el novio! ¡Salgan a recibirlo!’” (Mateo 25:6). John Piper señala: “El regocijo comienza con la pasada gracia de la muerte de Cristo y su resurrección, que entonces incluye todo lo que Dios promete en él. Mientras seamos finitos y caídos, la fe cristiana significará ambos deleite (en la pasada) encarnación y deseo (de la futura) consumación. Será tanto contentamiento como insatisfacción. Y la insatisfacción crecerá conforme crezca la medida de contentamiento que habremos conocido en Cristo”.

A eso apunta la alusión a lo viejo y lo nuevo en el texto de Mateo 9, ya referido con antelación, pero en los versículos finales de dicha sección (vv. 16 y 17). Jesús dijo: “Nadie remienda un vestido viejo con un retazo de tela nueva, porque el remiendo fruncirá el vestido y la rotura se hará peor. Ni tampoco se echa vino nuevo en odres viejos. De hacerlo así, se reventarán los odres, se derramará el vino y los odres se arruinarán. Más bien, el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así ambos se conservan”. Esto nada tiene que ver con esa cantinela de los grupos neopentecostales respecto a un nuevo tiempo de la iglesia, en el que se exige mentes renovadas y no las mentes limitadas de legalistas y gente anquilosada al pasado. Los odres viejos y los odres nuevos aluden a formas diferenciadas de entender el ayuno. Piper dice: “El lamento sobre el pecado y el anhelo de librarnos del peligro y la búsqueda de Dios que inspiró el viejo ayuno no estaba basado en la maravillosa obra acabada del Redentor”. El novio, como la simiente de la mujer, ya vino y dio un golpe mortal a Satanás, al pecado y la muerte con su triunfo en la cruz. Por ello, junto con el pastor Piper diremos que: “Lo que diferencia al cristianismo del judaísmo es que el tan anhelado reino de Dios está ahora tan presente como en el futuro”. Sí, nuevamente, estamos bajo la tensión escatológica del “ya, pero todavía no”. 

Sinteticemos: ¿qué es lo novedoso del ayuno? No es la necesidad ni el dolor ni el hambre de Dios, cosa que nos iguala a los practicantes judíos de la ley mosaica y, además, con todo el género humano. Lo novedoso, es que el sentido de vacío ya no está. Cristo llenó los vacíos. La presencia de Cristo es real y grata, nos hemos deleitado en el agradable sabor de su gracia y amor, y eso hace que sigamos teniendo hambre de Él. Y ese “llenado” lo completará cuando consume gloriosamente su reino, luego de su venida que no sólo debemos esperar, sino por sobre todo amar. El ayuno, entonces, es también una fiesta. Una fiesta que nos hace poner la vista en la agenda de Dios que tiene como hito clave el glorioso advenimiento del Señor. 

Para reflexionar y practicar:

El ayuno verdadero implica otras disciplinas espirituales como: la lectio divina, la oración, el retiro y el contentamiento (o frugalidad). En tanto disciplina, es algo que no sólo debemos practicar, sino también planificar. Aquí la pregunta que ayuda es: ¿qué haremos en lugar de comer (o de hacer la cosa que hemos decidido abstenernos)?

El ayuno nos enseña que nuestra vida, más que una performance religiosa, debe depender total y absolutamente de Dios, saciando nuestra hambre de Él, anhelando la venida de Jesucristo en gloria y majestad. Cuando entendemos el ayuno como una actividad feliz de la presencia de Cristo, nos debe hacer pasar de la disciplina al deleite, y hacer que dicho gozo se irradie en nuestra relación con Dios y con el prójimo. 

Algunas recomendaciones prácticas: a) comience su ayuno al despertar; b) termínelo a media tarde; d) luego, coma algo muy liviano; e) en medio del ayuno beba agua sin restricción; f) suspenda el ayuno si comienza algún malestar irrecuperable; g) si tiene una prescripción médica que le impida ayunar, no lo haga; h) si nunca ha ayunado, comience de a poco. El cristianismo, si bien es cierto trae implícita la marca del sufrimiento, no es masoquismo. Sí, llegará el momento en que necesitaremos mártires… pero aún no (hablo en relación a nuestra realidad nacional). 

La fiesta es importante. No es casual que el primer milagro de Jesús haya sido convertir el agua en vino en medio de una boda. Dicho milagro anticipó la alegría que su ministerio y misión trajo a nuestras vidas. Pero, siguiendo a Mathis, hay que tener claro que en nuestra realidad contemporánea el banquete se haya extendido en nuestra cultura evangélica y/o eclesial, mientras que la frugalidad y el ayuno no. Es urgente recuperar el ayuno, porque esta disciplina nos hará poner nuestra dependencia no en cosas, momentos y personas, sino sólo en Dios. 

Finalizo con las palabras de Edward Farrel: “Casi en todas partes en todo tiempo, el ayuno ha tenido un lugar de gran importancia, puesto que está íntimamente vinculado con el profundo sentido de la religión. Quizás sea esta la razón por la desaparición del ayuno en nuestros días. Cuando el sentido de Dios disminuye, el ayuno desaparece”. Hambre de Dios y sentido de vulnerabilidad hoy. Hoy, no mañana… 

Luis Pino Moyano. 

 


 

Nota contextual y bibliográfica. 

Este texto surge de mis apuntes para la exposición en la Reunión de Hombres del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, celebrada el sábado 3 de agosto de 2019, con el título de “Piedad: Disciplinas espirituales para hombres de hoy”. Hace algunos años atrás había predicado sobre esta temática en las Iglesias Puente de Vida (2011, 2012) y Refugio de Gracia 2017, por lo cual, mucho del material ya lo tenía preparado. En la construcción de esta reflexión fue clave el libro de John Piper, “Hambre de Dios”, que leí en 2011. Ese libro de este entrañable pastor bautista, fue sumamente clarificador para mi, pues antes de su lectura sólo lograba asimilar el ayuno como oración fortificada y como adoración, pero no en el sentido del hambre de Dios y la nostalgia del verdadero hogar. En un acto de honestidad, me declaro tributario de Piper para esta reflexión. 

Para la construcción de este texto, refiero la lectura de los siguientes libros:

  • Foster, Richard. Celebración de la disciplina. Hacia una vida espiritual más profunda. Buenos Aires, Editorial Peniel, 2009.
  • Mathis, David. Hábitos de gracia: disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales. Ellensburg, Proyecto Nehemías, 2016.
  • Piper, John. Hambre de Dios. Cómo desear a Dios por medio de la oración y el ayuno. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2017 (edición más actual en castellano).

No se usaron notas al pie de página, por el formato de soporte: apuntes de una presentación oral. El post buscó mantener la frescura de su carácter originario. 

Los versículos bíblicos fueron tomados de la Nueva Versión Internacional. 

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