La oración comunitaria.

Una de las preguntas que el Catecismo Mayor de Westminster se hace es: “¿Qué es la oración?” (178), a lo que responde diciendo: “La oración es el ofrecimiento de nuestros deseos a Dios, en el nombre de Cristo, y por la ayuda de su Espíritu; con confesión de nuestros pecados y reconocimiento agradecido de sus beneficios”. Juan Calvino, por su parte, en la Institución de la Religión Cristiana: “Todo el que se dispone a orar, que se arrepienta de sus pecados y se revista de la persona y afecto de un pobre que va de puerta en puerta”. En ese sentido, la oración no es el privilegio de los fuertes, sino la necesidad de los débiles, de los pobres en espíritu que entienden que la fortaleza propia y de la iglesia provienen de la fuerza de Dios, de su gracia y favor. Teniendo en cuenta este marco, es que vemos la oración como un medio de gracia, que disciplinadamente trabaja en pos de una espiritualidad bíblica que anhela una reforma del Espíritu Santo en nuestra vida. Por ello, la debemos practicar cotidiana y asiduamente. La idea es que, al decir de J. I. Packer y Carolyn Nystrom, podamos a través de la oración “encontrar nuestro camino pasando de la obligación al deleite”.

Ante la necesidad de esta disciplina espiritual, debemos reconocer que la oración comunitaria es sumamente importante. El Padrenuestro nos habla de un Señor que traza una relación de adopción no conmigo a solas sino con nosotros su pueblo. Decimos “nuestro” y no mío. No hay vida de oración sin este sentido comunitario. Dietrich Bonhoeffer en su libro “Vida en comunidad” dice: “es imposible que cristianos llamados a vivir bajo la autoridad de la palabra no acaben por dirigir, también unidos, sus oraciones personales a Dios. Presentarán a Dios las mismas preces, la misma gratitud, la misma intercesión y deberán hacerlo con alegría y confianza”. 

A partir del texto de Hechos capítulo 4, versículos 23 al 31 quisiera que reconociéramos principios bíblicos para la oración comunitaria. Antes de pasar a ello, se hace necesario contextualizar nuestra lectura. Pedro y Juan, apóstoles, luego de la experiencia vivida en Pentecostés, van al templo a orar, en el mismo horario en que lo hacían todos los judíos piadosos, cuando se encuentran con un mendigo lisiado que les pide limosna. Pedro le dice: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!” (Hechos 3:6). Luego de eso, Pedro anuncia el evangelio del Señor a todos los testigos de dicha señal. Todo esto está en el relato del capítulo 3 de Hechos. Acto seguido, el capítulo 4, en su primera sección muestra que Pedro y Juan son apresados por la guardia del templo y puestos en una celda. El Consejo de Jerusalén, compuesto por gobernantes, ancianos y maestros de la ley se reunió y luego de mucho debate se coincide en que Pedro y Juan sean liberados, pero con la orden terminante de no hablar ni enseñar en el nombre de Jesús, a lo que ellos respondieron: “¿Es justo delante de Dios obedecerlos a ustedes en vez de obedecerlo a él? ¡Júzguenlo ustedes mismos! Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (4:19,20). Esto causó mucho gozo en el pueblo y mucho más profundamente en la naciente comunidad cristiana. Es ahí que aparece el versículo 23 diciéndonos a modo de conector con lo que veremos en este post: “Al quedar libres, Pedro y Juan volvieron a los suyos y les relataron todo lo que les habían dicho los jefes de los sacerdotes y los ancianos”. Eso da pie a una gozosa y fervorosa reunión de oración. 

I. Veamos, ahora, los principios para la oración comunitaria:

1. La oración comunitaria requiere de unidad: “Cuando lo oyeron, alzaron unánimes la voz en oración a Dios” (4:24a). 

El testimonio de la liberación de Pedro y Juan impactó tanto a la comunidad, que alzaron su voz para orar. Pero más que ese acto de hacerlo en voz alta, que es una cuestión de forma, lo realmente preponderante es la unidad de nuestros primeros hermanos. Ellos mantenían el espíritu de Pentecostés: la unanimidad, es decir, el mismo sentir y pensar respecto de aquello que es prioritario para la vida de la iglesia. 

Esto nos debe llevar a decir con suma claridad que la iglesia no puede existir ni subsistir si está dividida. No es un tema baladí (de poca importancia) el de la unidad de la iglesia. La unidad de la iglesia no es un valor de última categoría, transable por otros principios. El Señor Jesucristo, en la misma noche en la que fue entregado a sus captores, lo que derivó en su muerte de cruz, oró al Padre diciendo: “Pero no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo crea que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Juan 17:20-23 RVC). Esa oración de Jesús debe ser nuestro sentir y pensar. 

No podemos orar juntos si mantenemos prejuicios o rencores respecto de los demás. Debemos perdonar, restaurar, amar, para así pelear juntos la buena batalla de la fe. El sentido de cuerpo debe empaparnos en nuestro quehacer como iglesia de Jesucristo. 

2. La oración comunitaria está supeditada a la soberanía de Dios: “Soberano Señor, creador del cielo y de la tierra, del mar y de todo lo que hay en ellos” (4:24b).

Si hay algo que nuestros primeros hermanos tenían en cuenta es el marco de la soberanía de Dios. Orar no busca cambiar la voluntad de Dios, orar implica decirle a Dios lo que nosotros anhelamos pero con el anhelo que nuestro corazón sea transformado por la voluntad de Dios que es “buena, agradable y perfecta”. Y el texto para hacer dicho énfasis, nos presenta a Dios como soberano y como creador. Él es dueño absoluto de todo, porque Él creó todo el universo. Todo lo hizo bien y todo sigue siendo preservado y orientado hacia su consumación por la providencia de Dios. Dios tiene un poder irresistible e inmutable en su acción a lo largo de la historia.

Debemos tener conciencia de la soberanía de Dios cuando oramos. Y esa conciencia no tiene que ver con la falta de sinceridad ante Dios y con la expresión de nuestra vulnerabilidad ante Él, sino con un sentido de dependencia que produce descanso. Oramos a sabiendas que Él lo hará todo bien. Oramos con esperanza porque Dios tiene el poder para hacer nuevas todas las cosas.

3. La agenda de oración de la comunidad la pone la Biblia: “tú, por medio del Espíritu Santo, dijiste en labios de nuestro padre David, tu siervo: ‘¿Por qué se sublevan las naciones y en vano conspiran los pueblos? Los reyes de la tierra se rebelan y los gobernantes se confabulan contra el Señor y contra su ungido’” (4:25,26).

Aquí la oración de nuestros primeros hermanos se liga a otra disciplina espiritual: la de la lectio divina. La lectio divina es la disciplina de la lectura de la Biblia en oración gozosa. La Biblia es la que nos dice lo que debemos pensar (leer), sentir (meditar), orar y hacer (actuar-contemplar). La iglesia reunida en oración, hace suyo el Salmo 2:1,2, orándolo porque reconocen el cumplimiento de aquello en la persona de Jesucristo y su obra en la comunidad de creyentes. 

La oración comunitaria de la iglesia, al igual que nuestra oración privada, debe surgir de la lectura de la Palabra de Dios. Ella nos dice lo que debemos creer y hacer. La agenda de la iglesia no responde a proyectos y sueños personales que sólo tienen como resultado que un nombre se haga grande: ¡ese es el espíritu de las personas que construían la torre de Babel! La agenda de la Iglesia responde a lo que Dios reveló en su Palabra. Leer la Biblia no es un acto intelectual con el que se agrandan cabezas, sino que es un acto espiritual, en el que la mente y todo el ser se encuentran incluidos, donde el corazón es agrandado. Es decir, nuestro pensamiento, emociones y voluntad son cambiados cuando la Palabra de Dios penetra nuestro corazón. La iglesia viva es aquella que cree, ama y practica la Palabra. Como decía Dietrich Bonhoeffer, “No es la pobreza de nuestro corazón, sino la riqueza de la Palabra de Dios la que debe determinar nuestra plegaria” (Los Salmos: el libro de oración de la Biblia).

4. La oración comunitaria se vive en la realidad de la iglesia: “En efecto, en esta ciudad se reunieron Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y con el pueblo de Israel, contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste para hacer lo que de antemano tu poder y tu voluntad habían determinado que sucediera. Ahora, Señor, toma en cuenta sus amenazas” (4:27-29a).

Este texto muestra que la oración debe apelar a las necesidades de la comunidad. Particularmente, la de la persecución que comienzan a vivir. Momento difícil que no deja de expresar la voluntad de Dios. Me gusta mucho lo que dice una nota de la Biblia de Estudio “La justicia de Dios”: “La persecución no produce pánico en la iglesia sino que la conduce a orar. Al enfrentar la injusticia la iglesia declara la soberanía de Dios su Creador. La iglesia ora, citando la Escritura a Dios, para que ella misma recuerde que la palabra de Dios es digna de confianza. Los creyentes interpretan su situación a la luz de la soberanía de Dios y su palabra fidedigna. Los creyentes no piden un rescate, sino más bien denuedo para dar testimonio”.

¿Cuál es la realidad de nuestra iglesia-Iglesia hoy? ¿Qué necesitamos? ¿Qué debemos hacer? ¿Qué hemos recibido y qué hemos perdido con el paso del tiempo? ¿Qué debemos agradecer? ¿En qué debemos ser fortalecidos? No existe oración comunitaria si estamos solitarios y huraños respecto de lo que pasa en la vida de la iglesia. La iglesia no es un club que se reúne en ciertos horarios, la iglesia es comunidad que vive su fe todos los días, aunque nos encontremos lejos físicamente. Los grupos pequeños potencian ese sentido de comunidad, porque uno no es parte de una comunidad por compartir un café los domingos después del culto, es comunidad cuando se comparte la vida, y eso implica el compartir la mesa, el que nuestros hijos crezcan juntos y que en medio de sus juegos quiebren o derramen cosas en algún lugar de nuestro hogar. 

5. La oración comunitaria anhela el poder del Espíritu Santo para servir en la misión: “y concede a tus siervos el proclamar tu palabra sin temor alguno. Por eso, extiende tu mano para sanar y hacer señales y prodigios mediante el nombre de tu santo siervo Jesús. / Después de haber orado, tembló el lugar en que estaban reunidos; todos fueron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios sin temor alguno”. (4:29b-31).

La iglesia primitiva tuvo total claridad de la necesidad de la obra del Espíritu Santo. El libro de Hechos cada vez que menciona el poder transformador de la Tercera Persona de la Trinidad, da cuenta que su resultado es la proclamación de la fe. Por eso ellos oran para que lo que se proclame sea la Palabra y ésta se predique con valor. Toda la obra transformadora de la salud física, emocional y espiritual, en aquello que la Biblia llama milagros, busca principalmente señalar a Cristo. El texto señala que el lugar tembló luego de la oración, a modo de símbolo de la presencia divina y de la respuesta a la oración. 

Lucas dice con toda claridad que todos fueron llenos del Espíritu y eso señala que todos esos sujetos llenados de poder proclamaban su fe sin miedos. Es decir, lo que necesitamos para compartir nuestra fe ya lo tenemos y por pura gracia, mediante la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. Debemos orar para que el Espíritu Santo nos llene de poder. Eso no es pentecostalismo, es cristianismo. El fervor y la pasión por el Reino debe conducirnos a ser una iglesia que desarrolla la misión con la alegría y la fuerza del Espíritu.

II. Veamos, también, algunas ideas prácticas para la oración comunitaria.

1. Aprovechar las instancias existentes. En nuestros programas eclesiales tenemos, o podríamos tener, reuniones de oración, vigilias, grupos pequeños ¿Cómo desarrollar estas actividades? Que siempre la oración surja de la lectura de la Palabra, que se genere una instancia para agradecer y suplicar y que, en lo posible quede una bitácora de oración para nutrir nuestras oraciones individuales. Esa bitácora puede servir no sólo para recordar por qué cosas debemos orar, sino también notar cómo Dios ha respondido las oraciones, lo que nos llevaría a agradecer u orar de otra manera.

2. La oración en el culto público. La oración es un elemento de nuestro culto comunitario, y en él esta debe ser expresada de manera tal que refleje los atributos divinos, la sinceridad de la oración, y debe ser hecha con solemnidad y simpleza, con palabras propias basadas en la Escritura, con brevedad y de acuerdo a lo que se pidió orar. La única manera de aprender a orar en público es orando y escuchando a otros, es por ello, que uno debe estar llano a escuchar las oraciones de los demás también en ese sentido. Aquí se hace pertinente señalar que el momento de la oración comunitaria no corresponde a “los comerciales” (spots publicitarios) de la liturgia. Es el momento para conversar con Dios, no para conversar con los hermanos o salir a otros lugares de las dependencias de la iglesia. 

3. Los miembros oran comunitariamente sin necesidad de eventos. Los creyentes podemos orar en el acompañamiento que produce el discipulado, en los momentos difíciles, en medio de las necesidades y triunfos, en medio de la debilidad por el pecado (nexo con la disciplina espiritual de la confesión, que no debe ser confundida con el sacramento católico romano). Quienes viven la amistad o el compañerismo cristiano no requieren que la oración comunitaria esté fijada en un calendario, simplemente se juntan para orar. 

4. ¿Cómo responder a una petición de oración que se nos hace? La promesa menos cumplida de la vida de la iglesia es “- oraremos”, cuando se nos pide pedir por alguna situación en particular. Cuando se recibe una petición de oración lo que se debe hacer es, en lo posible, orar de inmediato, decir que se está orando y preocuparnos de la persona con la disposición a ser no sólo acompañantes sino instrumentos de Dios en su respuesta. La persona que solicitó la oración debe también avisar cuando la situación cambia de tal manera que podamos agradecer o cambiar nuestra forma de orar.

5. Las reuniones de oración deben dejar de ser el pariente pobre de la iglesia. Puede sonar jocoso, pero en realidad no lo es. Es constatar una tragedia, pues no existe posibilidad de vitalidad y poder en la iglesia si está no dobla sus rodillas de manera constante. No hay nada más urgente, necesario y fundamental para nuestra comunidad que oremos. Y en eso debemos arrepentirnos, confiando que Jesucristo murió y resucitó, y por esa obra nos da de su Espíritu, que transforma nuestra vida y ser.

Luis Pino Moyano. 

 


 

* Este post fue construido a partir de un bosquejo de sermón predicado en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el 9 de junio de 2019, en el marco de la serie de mensajes “Ejercítate para la piedad. Disciplinas espirituales”. A no ser que se diga lo contrario, los textos bíblicos son citados de la Nueva Versión Internacional. 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s