Espiritualidad presbiteriana. Conceptualización y aterrizaje práctico.

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Luis Pino Moyano[1].

El sentido común ha hecho creer que presbiterianismo es sinónimo de un racionalismo frío, falto de una espiritualidad rica, lo que se traduciría en una suerte de adolescencia de los creyentes en su acercamiento cotidiano a Jesucristo. Nada más alejado de la realidad. No por nada, el símbolo original del presbiterianismo fue la zarza que ardía en la gloriosa manifestación de Dios a Moisés (Éxodo 3:1-7), junto con el emblema latino de “Nec Tamen Consumebatur”, “Aún así no se consumía”. Yahvé, el Dios del Pacto, se ha revelado en su Palabra y ha trazado una relación de amor con su pueblo. Ha sido tan indestructible dicha relación, que el fuego de su santa justicia se nos manifiesta misericordiosamente sin consumirnos. Dicho símbolo, tiene otro elemento aplicable a la vida de los creyentes, en el sentido que nuestros hermanos escoceses, y luego, por herencia, muchos otros presbiterianos en el tiempo tuvieron a la vista, pues, como dirá Carlos Parada, “estaban conscientes que la Palabra de Dios es llama que no se apaga y que tiene como propósito encender el mundo entero”[2]. Ese acto de encender el mundo se lleva a cabo en el seguimiento fiel de Jesucristo, en la vida de santidad, en la proclamación del evangelio y de la extensión del Reino de Dios en todas las esferas de la vida.

Un eje significativo de la espiritualidad presbiteriana es que ésta es confesional, es decir, que esta adhiere y sustenta su práctica en una declaración de fe, que explica los elementos fundamentales de la enseñanza bíblica y produce una defensa frente a quienes atenten contra ella (en el caso de la Confesión de Fe de Westiminster, el catolicismo romano y el anabaptismo, principalmente). A su vez, esta Confesión de Fe se haya fortalecida por el aprendizaje y reconocimiento de los credos del cristianismo universal, que hacen que no perdamos de vista la catolicidad de la Iglesia, y los catecismos que nos ayudan en la instrucción de los creyentes, sobre todo de quienes están dando sus pasos para una membresía en plena comunión. En mi caso, soy miembro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, y ella reconoce junto con la cristiandad universal los credos apostólico, niceno-constantinopolitano, atanasiano y el de Calcedonia. Por su parte, reconoce la Confesión de Fe de Westminster en su revisión de 1903, la que es suscrita por sus oficiales (pastores, presbíteros y diáconos), junto con los Catecismos Mayor y Menor de Westminster y el de Heidelberg. Para algunos creyentes cristianos en la actualidad, decir que somos una iglesia confesional sería sinónimo de ausencia de libertad, a lo que digo que eso es totalmente falaz, toda vez, que la libertad cristiana es por definición comunitaria, y tiene la intención de amar y servir a Dios y al prójimo (véase Gálatas 5:1-15). Lo que hace la confesionalidad es dar un marco para la vida eclesial, permitiendo ser realmente una “común-unidad” que reconoce y acuerda como suyos unos artículos de fe, sumado a la limitación de la tiranía eclesiástica: nadie enseña a su antojo cosas que escapan a la Escritura, en asuntos de doctrina y práctica[3]. Esto, porque la Confesión es una norma normada por la Biblia, que es la única Palabra de Dios. Entonces, la confesionalidad es bandera de libertad y no cadena que inmoviliza.

Si quisiéramos definir la espiritualidad presbiteriana de manera muy breve, deberíamos decir que se trata de la práctica de creyentes reformados por el Espíritu Santo, sustentada en en la enseñanza de la Palabra de Dios, y que se traduce en una vida que anhela “glorificar a Dios y gozar de él para siempre”[4]. Todo lo que colabore en la tarea de glorificar y gozarnos en Dios, contribuye a una espiritualidad sana. Y aquí hay un papel doble: el del Espíritu Santo que aplica las obras de la gracia, de manera soberana, renovando la vida de los creyentes en Cristo, como también, la respuesta de dichos hombres y mujeres a dicha obra, viviendo de acuerdo a la nueva naturaleza que se nos ha sido dada (véase Romanos 8:1-17).

Hace un momento atrás, señalé que soy miembro de una iglesia que suscribe la Confesión de Fe de Westminster, en su versión de 1903, lo que tiene mucho que ver con el entendimiento de la espiritualidad, puesto que entre los dos capítulos añadidos por la PCUSA a los treinta y tres originales, posee uno titulado “Del Espíritu Santo”. Hay muchos presbiterianos en el mundo que no suscriben dicha versión confesional, porque creen que no son necesarios, toda vez que la Confesión original ya hablaba de dichos temas. Hay otros que han señalado, sin desparpajo que estos harían guiños al arminianismo y al liberalismo teológico. Bástenos acá citar a Benjamin Warfield, de quien nadie dudaría de su ortodoxia, y que fuese uno de los opositores a dicha reforma, cuando asume su posición como un “voto vencido”: “La doctrina expuesta en estas varias secciones es la doctrina común de las iglesias calvinistas, y se puede encontrar ampliamente expuesta en el cuerpo de teología de cualquier teólogo calvinista común. El capítulo es, por lo tanto, un resumen compacto de la doctrina calvinista ordinaria del Espíritu Santo y su obra”[5]. En otras palabras, estamos frente a una respuesta calvinista de cuño presbiteriano, a la obra del Espíritu Santo y al amor de Dios y las misiones, en un contexto de auge del pentecostalismo y del movimiento misionero moderno, lo que da cuenta que la teología es contextual, puesto que responde a las interrogantes del presente a la luz de la Escritura. El capítulo 34 de la Confesión de Fe de Westminster, reformado por la PCUSA en 1903, señala en su punto 4: “Cuando el Espíritu Santo mora en los creyentes, éstos quedan estrechamente unidos a Cristo quien es la Cabeza y, por lo tanto, unidos entre sí en la Iglesia, que es Su cuerpo. El llama y unge a los ministros para su santo oficio, habilita a los demás oficiales de la Iglesia para su obra especial, y proporciona distintos dones y gracias a los miembros de ella. Hace eficaces la Palabra y las ordenanzas del Evangelio. Él preservará la Iglesia, la hará crecer hasta que llene el mundo, la purificará y posteriormente la presentará completamente santa en la presencia de Dios[6]. De dicha declaración extraeremos a continuación algunos principios para la espiritualidad.

Un principio prioritario de la espiritualidad presbiteriana es que es esencialmente comunitaria. Hoy, cuando hablamos de espiritualidad, se tiende a ensalzar la intimidad y lo interior, enfatizando en la práctica de las disciplinas espirituales. En cambio, la espiritualidad presbiteriana tiende a ensalzar lo comunitario, con prácticas visibles en lo exterior, que impactan en el alma por cierto, y que enfatizan en la práctica de los medios de gracia. Como señalará Timothy Keller: “Debemos decir con claridad que no estamos hablando meramente de relaciones informales e individuales entre cristianos, sino también de membresía y participación en la iglesia institucional, reunida bajo sus líderes para la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor. La predicación de la Palabra por aquellos dotados, preparados y autorizados por la iglesia para hacerlo, y la participación de la Cena del Señor –con todo el autoexamen y la rendición corporativa de cuentas que lleva consigo- son maneras irremplazables en que la comunidad cristiana provee testimonio, formación espiritual y comunión con Dios[7]. Charles Hodge, en un discurso en el que describe qué es el presbiterianismo, planteaba que: Esta morada del Espíritu en el cristiano que enlaza a todos los miembros del cuerpo de Cristo, produce, no solamente aquella unión interior o subjetiva que se manifiesta en la simpatía y cariño, en la unidad de fe y amor, sino también la unión y comunión externas. Hace que los cristianos se reúnan para celebrar el culto, y para vigilarse y cuidarse mutuamente, debiendo para ello estar sujetos el uno al otro en el temor del Señor. / Pone a todos en sujeción a la palabra de Dios como la regla de fe y práctica. Les da no solamente interés mutuo en el bienestar, pureza y edificación de cada uno, sino que también les impone la obligación de promover estos resultados. Cuando alguno de los miembros sufre, todos sufren con él; y cuando alguno de ellos se siente satisfecho, todos se regocijan con él”[8]. Por su parte, John Knox, reformador reconocido por ser el padre del presbiterianismo, decía que: La congregación a la que me refiero es la que se reúne en el nombre de Jesucristo, dando gloria y magnificando a Dios Padre por los infinitos beneficios reunidos en su Hijo, nuestro Señor. […] Quien se aparta de una congregación como esta (pero ¿dónde hallarla?) declara que no es miembro del Cuerpo de Cristo[9]. Todas estas citas, presentadas en orden cronológico inverso, presuponen que la espiritualidad presbiteriana se hace manifiesta en un compromiso espiritual y activo con la iglesia visible, la que colabora en la edificación del cuerpo de Cristo con la multiplicidad de dones que se manifiestan en ella. No se puede ser creyente cristiano sin participar de la vida de la iglesia. No se puede orar diciendo “Padre nuestro…”, si el nosotros no es real en un tiempo y en un espacio determinado. El cristianismo es indefectiblemente comunitario, o no será.

Un elemento sumamente relevante para la espiritualidad presbiteriana es la celebración del culto comunitario y el acto de guardar el día del Señor. El capítulo 21 de la Confesión de Fe de Westminster[10], enseña que:

  • Sólo hay un Dios que debe ser adorado: el trino Dios, único digno de recibir gloria por parte de su pueblo.
  • La forma aceptable de adoración está instituida y limitada por la Escritura, no por nuestra imaginación o por el influjo de Satanás.
  • La adoración sólo es posible por el acto mediador de Cristo.
  • La oración por medio de Cristo y ayudada por el Espíritu tiene un papel fundamental en la adoración.
  • Partes de la adoración religiosa: lectura de la Biblia, predicación sana, la escucha atenta de la Palabra, el canto de los salmos con el corazón, la debida administración y recepción de los sacramentos. En diferentes oportunidades pueden realizarse: juramentos y votos, ayunos solemnes y acciones de gracias.
  • La adoración no está condicionada por el lugar en que se realiza, sino por la disposición del corazón: adorar en espíritu y en verdad. Esto es fundamento del culto individual, familiar y de la iglesia reunida.
  • El sábado cristiano, que es el domingo, por la resurrección del Señor, es el día que debe ser guardado por la comunidad cristiana.

De este asunto quisiera relevar con mayor fuerza el carácter cristocéntrico de la espiritualidad presbiteriana, porque todo el acto de adoración de los creyentes, sea en el culto lato de la vida, como en el culto estricto de la comunidad de creyentes reunidos en el día del Señor, necesitan de la mediación de Cristo. Nuestro culto a Dios, en el cual todo el ser es presentado a Dios en adoración, en el que la mente es transformada por la Palabra de Dios, en el que cantamos con gratitud en el corazón y en el que actuamos con amor, justicia y misericordia hacia nuestro prójimo (Romanos 12:1,2; Hebreos 13:15,16), sólo es posible porque Cristo está en-y-con nosotros, ayudándonos a vivir para la gloria de Dios. Calvino decía que “Para que las ceremonias nos sirvan de ejercicio de piedad es preciso que nos lleven a Cristo”[11]. La espiritualidad presbiteriana no pierde de vista ni a Dios ni al prójimo. Aquí es pertinente recoger la definición de “piedad” propuesta por Hermisten Maia, al entenderla como una relación teológicamente orientada del humano para con Dios en su devoción y reverencia y, a su conducta bíblicamente ajustada y coherente con su prójimo. La piedad envuelve comunión con Dios y el cultivo de relaciones justas con nuestros hermanos. La obediencia es la madre de la piedad, resume Calvino[12]

Hablamos en el párrafo anterior de la transformación que experimentamos los creyentes en Cristo. Si los seres humanos somos entendidos como creados a imagen y semejanza de Dios, como unidad psicosomática (el cuerpo es la expresión material del alma en un tiempo y espacio), como criatura (súbdito) y persona (libertad según su naturaleza)[13], el ser humano completo requiere ser transformado. Es así que llegamos a plantear otro principio fundamental de la espiritualidad presbiteriana: ¡Todo es espiritual! El corazón, que es el “centro religioso de la vida”[14], en las palabras de Dooyeweerd, viene a dotar de coherencia todas las áreas de la existencia humana. La verdadera transformación del corazón implica el cambio del intelecto, las emociones y la voluntad. Una espiritualidad profunda debe buscar el enriquecimiento de dichas áreas, cuidando el corazón, como diría el proverbista, porque de él mana la vida (Proverbios 4:23). Timothy Keller y Kathy Keller dirán que: La mejor manera de cuidar tu corazón para la sabiduría es adorando a Dios, procurando que tu boca, tu mente, tu imaginación e incluso tu cuerpo estén todos orientados hacia Él”[15].

En la práctica de la piedad que es consciente de la realidad espiritual de todas las cosas, tiene en un puesto de primacía la Biblia como Palabra de Dios. La espiritualidad presbiteriana es bíblica, y entiende que soberanía de las esferas no deja de lado lo que dice la Escritura, puesto que ella da respuesta a las problemáticas  de la vida, en sus diversas áreas de desarrollo. Así lo señala la Confesión de Fe de Westminster en su capítulo 1, punto 6: “Todo el consejo de Dios tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y vida, está expresamente expuesto en la Escritura o por buena y necesaria consecuencia puede ser deducido de la Escritura[16]. La Biblia es, y debe ser, la base de todo lo que creemos y hacemos, y todo lo que acontece a nuestro alrededor debe ser leído con sus lentes.

La espiritualidad presbiteriana está marcada por la doctrina del sacerdocio universal de los creyentes (véase, 1ª Pedro 2:4-10), pues en el presbiterianismo no existe la separación entre clero y laicos. Todos somos el pueblo de Dios, sacerdotes que buscamos con todo ahínco que Dios sea glorificado en cada cosa que hacemos, con los dones que el Espíritu Santo nos ha dado. Lo que sí distinguimos es el oficio particular al que alguno de sus miembros han sido llamados por Dios, y que es reconocido en la comunidad, lo que se refrenda en las asambleas de ella por medio del voto. Creemos que el liderazgo bíblico tiene poco que ver con jerarquías, sino más bien con relaciones significativas de acompañamiento espiritual, en el que todos los creyentes somos responsables. Somos responsables de acompañar y de ser acompañados por nuestros hermanos, en la tarea de aprender y servir. Esa tarea es espiritualidad. En sí, el sacerdocio universal es un llamado al trabajo: en el evangelismo, el discipulado, la adoración, la familia, la comunidad eclesial y en las distintas vocaciones que Dios nos ha dado. Somos sacerdotes todos los días, en todo lugar y toda la vida[17]. Como toda bendición va acompañada de responsabilidades, y para ello, necesitamos a Jesucristo, el perfecto sumo sacerdote, aquel que nos toma de la mano, nos transforma, corrige, anima, consuela y nos ayuda a caminar.

Juan A. Mackay, en “El sentido presbiteriano de la vida”, concluye que: “Los presbiterianos y las iglesias presbiterianas, debido a su profunda convicción acerca de la intervención de Dios en la historia, proclaman la necesidad de considerar los asuntos humanos desde una perspectiva profética. Si el mundo es verdaderamente el teatro de la gloria de Dios, entonces la vida humana en todos sus aspectos deberá mirarse e interpretarse a la luz misma de Dios[18]. Siendo Cristo Señor de todo, viviendo vidas que están sustentadas en la Palabra que vive y permanece, y misionando para el Reino de Dios en todas las esferas de la vida, la adoración debiese abarcar todas las áreas de nuestra existencia. Isaías 66:1,2 señala con toda claridad: Así dice el Señor: El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me pueden construir? ¿Qué morada me pueden ofrecer? Fue mi mano la que hizo todas estas cosas; fue así como llegaron a existir afirma el Señor . Yo estimo a los pobres y contritos de espíritu, a los que tiemblan ante mi palabra. En la vida para Dios no hay posibilidad para el dualismo. No hay posibilidad de pensar y vivir la adoración sólo en templos o parroquias. Así como la mirada de fe del cristianismo es total y la misión lo abarca todo, la adoración, por su parte, es cósmica y pública. Porque como señalará Francis Schaeffer: Las personas hacen de acuerdo con lo que creen. Cualquiera que sea el punto de vista sobre su mundo, eso es lo que serátrasladado al mundo exterior[19]. Lo que creemos se traduce siempre aquello que hacemos.

A la luz de todo esto, la vocación a la que Dios nos ha llamado, y que se traduce en nuestro trabajo en cada lugar en el que nos desenvolvemos, debe ser leído en clave espiritual. Dios nos ha llamado a servirle en el mundo con nociones de amor y de justicia, siendo el fruto de nuestros manos, la forma en la que Dios se acerca dando bienestar a quienes nos rodean[20]. No hay trabajo sagrado o profano, sólo hay trabajo que glorifica a Dios o que no le glorifica. Como diría David Trumbull, fundador de la obra presbiteriana en Chile, “Servir a Cristo es reformar la sociedad, es consolar al afligido, es instruir al ignorante y es conducir al arrepentimiento a los que están alejados de Dios”[21]. No por nada el presbiterianismo del que hemos sido herederos en América Latina, por la vía de la misión, se esforzó en predicar el evangelio de la mano de una ardua tarea social, manifestada en la creación de centros educacionales (primarios, secundarios y terciarios), de hospitales y diversos centros de salud, orfanatos y ligas contra la intemperancia; todo eso unido al apego a un sistema democrático representativo, al respeto y promoción de los derechos humanos y civiles, y al desarrollo de una economía que promueve la inventiva, el emprendimiento y la libre circulación de mercancías para el desarrollo de calidad de vida. Todo este trabajo misional es entendido como acto responsable de los creyentes en la búsqueda de la glorificación a Dios (ética protestante del trabajo).

Por eso, no deja de llamar la atención, que en algunos sectores del presbiterianismo hoy día, por cuidarse de los embates del liberalismo teológico, el liberacionismo y el posmodernismo, tienda a refugiarse bajo el techo y abrigo del fundamentalismo. Lo que Eliezer Leal aplica para la confesionalidad presbiteriana en 1903, quisiera ponerlo en la palestra hoy, pues la espiritualidad presbiteriana “nos acerca a un calvinismo que no cede ante el liberalismo teológico, pero tampoco se conforma a una escolástica protestante cómoda y exclusivista. Nos acerca a un calvinismo que supera la dicotomía entre lo bíblico y lo relevante, y nos invita a involucrarnos con nuestra cultura, reconociendo los dones del Espíritu en medio de ella, pero también siendo celosos en reconocer sus idolatrías y vanas filosofías[22]. La espiritualidad presbiteriana no es ensimismada. Alza sus manos y voces para glorificar a Dios, y extiende las manos horizontalmente, cuando ama a su prójimo, hermano en Cristo o no, buscando su alegría, aliento, sanidad y consuelo.

Que Dios siga siendo glorificado en la iglesia y en el mundo.


 

[1] Presbítero de la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago “Puente de Vida”. Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Este artículo fue escrito a modo de apuntes para el Conversatorio: “¿Qué entendemos por espiritualidad?”, organizado por la Red Teológica de Estudiantes (Santiago, 21 de mayo de 2020).

Consecuente con la propuesta temática, he procurado citar a autores presbiterianos, con la sola salvedad de Calvino, Dooyeweerd y Hoekema, que forman parte de la tradición reformada. En el caso de Kuiper, el texto referido fue escrito por él mientras era pastor de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.

[2] Carlos Parada. Hacia una visión reformada de la relación personal del creyente con el Espíritu Santo. Una propuesta de definición desde la Confesión de Fe de Westminster y obras de teología reformada relevantes en lengua castellana, en diálogo con la comprensión que tienen de dicha relación miembros de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Tesis para el grado de Licenciado en Teología del Seminario Teológico Presbiteriano José Manuel Ibáñez Guzmán. Santiago, 2016, p. 112.

[3] Véase: Carl Trueman. ¿Por qué los cristianos necesitan confesiones? En: http://icr-grancanaria.jimdofree.com/por-qué-los-cristianos-necesitan-confesiones-por-carl-trueman/ (Consulta: mayo de 2020).

[4] Catecismo Menor de Westminster, pregunta 1. Disponible en: Los estándares de Westminster. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 119.

[5] Benjamin Warfield. “The Confession of Faith as revised in 1903”. En: The Union Seminary Magazine. Nº 1, Vol. XVI. Richmond, 1904, pp. 13, 14. Disponible en: http://static1.squarespace.com/static/590be125ff7c502a07752a5b/t/5adce3ce352f538288fe51ee/1524425681807/Warfield%2C+Benjamin+Breckinridge%2C+The+Confession+of+Faith+as+Revised+in+1903.pdf(Consulta: mayo de 2020). Citado y traducido en: Eliezer Leal. Una Teología histórica de la enmienda de 1903 a la Confesión de Fe de Westminster. Tesis para el grado de Licenciado en Teología del Seminario Teológico Presbiteriano José Manuel Ibáñez Guzmán. Santiago, 2019, p, 71.

[6] Confesión de Fe de Westminster. Versión de 1903. En: http://www.puentedevida.cl/wp-content/uploads/2020/03/Confesión-de-fe-de-Westminster-1903.pdf (Consulta: mayo de 2020).

[7] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 333.

[8] Charles Hodge. ¿Qué es el presbiterianismo? México, Imprenta Presbiteriana de Vapor, 1886, pp. 58, 59. Se ha actualizado la ortografía acentual.

[9] John Knox y Juan Calvino. Oración y la vida cristiana. Buenos Aires, Editorial Peniel, 2017, pp. 44, 45. El texto citado de Knox data de 1553, y fue titulado: “Tratado sobre la oración, o confesión y declaración de oraciones a ella añadidas”. La consulta que apela a la ubicación de una iglesia fiel a Jesucristo está ligada a un contexto en que la Reforma recién estaba emergiendo.

[10] Confesión de Fe de Westminster. Op. Cit.

[11] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro IV.X.29. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 952.

[12] Hermisten Maia Pereira da Costa. “A vitalidade da teologia sistemática reformada: Algumas de suas ênfases e desafios”. En: Felipe Sabino de Araujo Neto (editor). A sistemática da vida. Ensaios en honra de Heber Carlos de Campos. Brasília, Editora Monergismo, 2015, p. 84.

[13] Esto es una síntesis de la sistematización teológica realizada en: Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005.

[14] Herman Dooyeweerd. No Crepúsculo do Pensamento Ocidental. Editora Hagnos, São Paulo, 2010. Específicamente el ensayo “O que é o homem?”.

[15] Timothy Keller y Kathy Keller. Sabiduría de Dios para navegar por la vida. Medellín, Poiema Publicaciones, 2018, p. 85.

[16] Confesión de Fe de Westminster. Op. Cit.

[17] Véase sobre este asunto: R. B. Kuiper. El cuerpo glorioso de Cristo. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2018, pp. 146-152 (bajo el subtítulo “El oficio universal”).

[18] Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Bogotá, Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina, 1969. Edición digitalizada disponible en: http://iglesiapresbiterianadetexcoco.files.wordpress.com/2010/10/jhon-a-mackay-el-sentido-presbiteriano-de-la-vida.pdf (Consulta: mayo de 2020).

[19] Francis Schaeffer. Polución y la muerte del hombre. Enfoque cristiano a la ecología. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 1973, p. 8.

[20] Soy tributario acá de la propuesta de Timothy Keller referida a la relación entre fe y trabajo. Timothy Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., pp. 350-355; y, Timothy Keller. Toda buena obra: Conecta tu trabajo con el trabajo de Dios. Nashville, B&H Publishing Group, 2018.

[21] De un sermón de David Trumbull, titulado “Un siervo de Jesucristo”, basado en Romanos 1:1. Citado en: Irven Paul. Un reformador yanqui en Chile. Vida y obra de David Trumbull. Santiago, IPCH Ediciones, 1995, p. 159.

[22] Eliezer Leal. Op. Cit. pp. 77.

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