La miseria de las modas que reclaman originalidad. Hacia una teología libre de colonizaciones.

Luis Pino Moyano*.

Publicada originalmente en Estudios Evangélicos

Quiero comenzar relevando una premisa a ser tenida en cuenta en la lectura de este artículo: toda producción teológica es contextual. Sea que estudiemos los credos, las confesiones de fe, las predicaciones, los discursos, los libros de teología y de otras materias, las memorias, en síntesis, toda la producción de distintos cristianos en el tiempo, sigan o no sigan posiciones ortodoxas, todos hablaron respondiendo a preguntas que se hicieron en un determinado marco temporal. Así como no es lo mismo leer el Salmo 23 en la prisión que leerlo gozando de la libertad, no es lo mismo hacer teología en el medioevo que en la modernidad, en Europa o en América Latina. Como plantea René Padilla: “Ni la interpretación, ni la comunicación del evangelio se realizan en el vacío: siempre se realizan en un contexto cultural y son condicionados por el mismo” [1]. Esto, claramente reviste un problema, en el sentido de las interrogantes que genera, como de los debates que posibilita, pero a la vez, da cuenta de la riqueza histórica del cristianismo, una fe que se ha hecho carne en tiempos y espacios diversos, con un fuerte sentido comunitario. 

La tesis que declara que “toda teología es contextual”, no viene a contrarrestar, como una lectura rápida, o de plano antojadiza, pudiese llevar a presuponer, ni la ortodoxia de un cristianismo histórico ni la confesionalidad de las distintas iglesias protestantes. Tampoco es una declaración anárquica, pues la crítica a la autoridad papal y conciliar emergida en la Reforma del siglo XVI, no tuvo que ver con la idea de un “libre examen” ejecutado por individuos, sino más bien la liberación del peso autoritativo dado a un Magisterio que en cuestiones fundamentales iba contra la Palabra de Dios [2]. Tampoco es una fórmula que abre el camino, necesariamente, a la originalidad o la innovación teológica, puesto que la reafirmación de lo dicho por las generaciones pasadas del cristianismo puede ser acompañada de un sometimiento estricto a la “Sola Scriptura”. La historia eclesiástica es la historia de la comunidad, por ende, es el estudio de los creyentes en el tiempo [3], de hermanos nuestros del pasado, que deben ser comprendidos con rigurosidad analítica y, a la vez, con lentes evangélicos que son un producto del amor. Hacer tabula rasa de siglos de “Cristiandad” para un supuesto retorno a la simpleza de la iglesia primitiva, no es otra cosa que una ofensa a la memoria del testimonio cristiano, como también la excusa para el pastiche posmoderno de un cristianismo individualizado, que aunque no lo persiga, levanta discursos que se transforman en dogma y organizaciones bajo lógicas institucionales, en las que sólo los iniciados en la fe innovadora tienen cabida. 

Por otro lado, la idea de una teología contextual es una idea más ligada a la espiritualidad que a la relevancia comunicacional y/o performática, pues deja abierto el camino del asombro del estudiante de la Palabra y la fe, pues, ¿cómo podemos acercarnos al discurso sobre Dios sin asombro ante la otredad cognoscible pero incomprensible del Todopoderoso [4]? ¿Es posible acercarnos al estudio de la fe con todas las preguntas cerradas? Si la respuesta a dicha pregunta fuese afirmativa, ¿para qué tener seminarios teológicos si con la catequesis de la iglesia local basta? 

En algunos foros, conferencias o conversatorios en los que me ha tocado participar recientemente, he visto con preocupación los comentarios de asistentes a los mismos, o de ausentes que reclaman desde la tribuna que les brindan sus redes sociales, sobre la ausencia de una teología latinoamericana, poscolonial o decolonial. Y manifiesto mi preocupación, porque dicha argumentación tiende a ser usada para anular a un otro que difiere de las ideas que para el sujeto que las enuncia son un sentido común que conforma la realidad. Y eso, además de ser un argumento de autoridad, presenta una incoherencia a la hora de entender el “pensamiento crítico”, puesto que uno de sus presupuestos fundamentales es que siempre se debe sospechar del conocimiento que se constituye en sentido común. Y aquí, huelga decirlo, mucho de lo que hoy se presenta como pensamiento crítico no es más que discurso estático, no susceptible de crítica, porque introducir prismas, fisuras o rupturas teóricas es “fascismo”, o lectura “derechizante”, o discurso funcional a las clases dominantes. Umberto Eco, plantea, al contrario de dicha lectura, que es propio del fascismo entender el desacuerdo como traición. Señala explícitamente que: “El espíritu crítico realiza distinciones, y distinguir es señal de modernidad. En la cultura moderna, la comunidad científica entiende el desacuerdo como instrumento del progreso de los conocimientos. […] El desacuerdo, es, además, un signo de diversidad. El ur-fascismo crece y busca consenso explotando y exacerbando el natural miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos” [5]. 

Sin lugar a dudas, los estudios culturales han hecho un tremendo aporte desde lo poscolonial o decolonial, a la hora de rescatar a los sujetos “subalternos”, relevando con él cualquier tipo de dominación existente. Para autores como John Beverley, la globalización produce patrones que derivan en sujetos que no tienen la capacidad de narrar sus historias y configurar su identidad. Y aquí entran en tensión el escuchar al pobre como acto de solidaridad junto con la incapacidad académica de representar al “otro” [6]. Esa incapacidad parte de un problema en la matriz de las ciencias sociales, a saber, su configuración eurocéntrica. Immanuel Wallerstein señala que: “La ciencia social ha sido eurocéntrica a lo largo de su historia institucional, es decir, desde que existen departamentos dentro del sistema universitario que enseñan ciencia social. Esto no es sorprendente en lo más mínimo. La ciencia social es producto del sistema mundo moderno, y el eurocentrismo es constitutivo de la geocultura del mundo moderno” [7]. Esta visión eurocéntrica no sólo reporta un modo de entender la realidad, sino también una configuración identitaria bajo la idea del ego-moderno que “piensa y luego existe”, como de una “voluntad de poder”. Nos hemos visto obligados en muchas ocasiones a hacer uso de ciertas “modas teóricas”, para no parecer teóricamente anquilosados, comprendiendo una sociedad sin conocernos a nosotros mismos [8]. A propósito de la narrativa de vencedores y vencidos, Aníbal Quijano propone una reoriginalización del relato histórico que haga que los vencidos no se vean obligados a la imitación, a la simulación de lo ajeno y a la vergüenza de lo propio. Para Quijano esta es la razón por la cual al imponerse el patrón de poder, se le priva al sujeto subalterno de expresar libremente su opinión [9]. Situaciones como esta las hemos visto en la circulación de ideas teológicas en América Latina, en las cuales los libros de autores estadounidenses copan el mercado editorial evangélico, en los que en ocasiones se ve un traspaso civilizatorio más que bíblico, la confusión entre cosmovisión cristiana con derecha evangélica y el traspaso de recetas para el éxito en vez de herramientas que invitan a pensar la realidad propia. 

Ante esta situación Chakrabarty propone la tarea de “provincializar Europa”, es decir, evitando un rechazo simplista y desenfrenado de la modernidad, visibilizar dentro de sus propias estructuras de formas discursivas tanto las narrativas represivas como las que surgen de procesos de diálogos ciudadanos, con la finalidad de pensar un mundo heterogéneo [10]. Es allí donde Chakrabarty releva una realidad que no debe dejar de ser tenida en cuenta: “mientras uno actúe dentro del discurso de la historia producido en el espacio institucional de la universidad, no es posible salirse simplemente de la astuta confabulación de la historia con las narrativas modernizantes de la ciudadanía, lo público y lo privado burgués y el Estado Nacional. La historia , como sistema de conocimiento, está firmemente enclavada dentro de prácticas institucionales que invocan a cada paso el Estado nacional” [11]. Es interesante que dentro de este párrafo referido a la poscolonialidad, uno de cuatro autores citados sea latinoamericano, y que, por lo demás todos desarrollen su campo de acción en el seno de centros académicos, lo que lleva a decir, que mucho de lo que se rescata en nuestra región de este debate modernidad/colonialidad, sea al modo del levantamiento de una “sucursal latinoamericana de una compañía transnacional llamada ‘teoría poscolonial’” [12]. En otras palabras, la configuración de una teoría poscolonial tiene como objetivo levantar una alternativa progresista propia de un contexto posfordista, con respuestas que otros sistemas de pensamiento, como el marxismo, ya no pueden brindar. Pero, a la vez, sigue siendo un constructo elitista, centrado en la academia, bajo herramientas occidentales, y que también puede colonizar mentes. 

Una prueba de ello, es la llamada “teología latinoamericana”. Dicho concepto es una demostración doble de colonización. En primer lugar, porque fue creado a modo de sinónimo de una corriente teológica, a saber, la teología de la liberación, que si bien es cierto fue forjada en América Latina, no fue construida ex nihilo, sino con suma influencia de los teólogos políticos europeos, que tuvo la colaboración de extranjeros como Richard Shaull y Joseph Comblin, por mencionar a un protestante y un católico, que profundizó su análisis con el contacto con las teologías negra y feminista, que sin lugar a dudas son un producto del Norte global. Además, hay bastante producción teológica latinoamericana que escapa a la lógica del discurso liberacionista. Y en segundo lugar, porque no se puede dejar de lado, toda la influencia que tuvo la teoría marxista en los teólogos liberacionistas. Bástenos sólo como ejemplo, señalar que la primera cita en “Teología de la liberación” de Gustavo Gutiérrez es de Antonio Gramsci [13], cuyo concepto de intelectual orgánico sería más que útil a la hora de pensar a un teólogo como alguien que se pone al servicio de la lucha del pueblo por su liberación, entendida como sinónimo de la revolución. No he visto la misma crítica poscolonial a la referencia de los teólogos liberacionistas de Duns Escoto, Karl Rahner, Yves Congar, Christian Duquoc, Jürgen Moltmann, Johann Baptist Metz, Dietrich Bonhoeffer, Karl Barth, Luis Alonso Schökel [14], entre otros. Autores que no sólo fueron citados, sino tenidos como criterio de autoridad en algunas materias, además cuyas lecturas fueron apropiadas para pensar la realidad latinoamericana. Y alguien, con todo el derecho del mundo, podría decir: “- es que da lo mismo quienes son citados, lo importante es quiénes citan y para qué lo hacen”. Y me parecería una excelente respuesta. El tema es que esa lógica no se aplica cuando se impone a otros, a modo de presupuesto, una lógica imperial y/o colonial. Y en ese sentido, se traspasa una narrativa progresista más que la enseñanza bíblica, se confunde cosmovisión cristiana con discurso de izquierdas, y se traspasan herramientas propias de las ONGs y recetas foráneas basadas en experiencias de cambios sociales, en vez de herramientas para pensar la realidad propia. 

Es así, que me permito señalar, que yo no he sido colonizado cuando he suscrito una Confesión de Fe redactada en el siglo XVII, porque entiendo ese documento no sólo como una declaración dogmática, sino como un documento que nos brinda la posibilidad de ser comunidad al estar de acuerdo, en mi caso particular, en treinta y cinco cuestiones fundamentales con mi iglesia, y además, porque limita el poder eclesiástico, toda vez que nos hace responsables y susceptibles de la disciplina eclesiástica. Las confesiones de fe del protestantismo histórico fueron una bandera de la libertad ante la iglesia mayoritaria y hegemónica (la Iglesia Católica Romana), y así debiesen ser recordadas y/o suscritas. Por otro lado, tampoco he sido colonizado cuando leo, refiero y divulgo las ideas de Abraham Kuyper y sus herederos neocalvinistas. Claramente, muchas de las propuestas de dicho sujeto histórico, nos pueden parecer no sólo alejadas de nuestra realidad, sino también obsoletas, pero hay otras que “gozan de buena salud”. Kuyper fue uno de nuestros mejores hermanos, pero tan sólo un hombre. Por ende, el ejercicio de lectura que hago de él es siempre re-lectura contemporánea. No le tengo miedo a la traducción, porque la  intención es rescatar y no “copiar-pegar”, es pensar en-y-desde el presente y no quedarse anquilosado en pensamientos vetustos. 

José Carlos Mariátegui, en una cita muy referida por los autores culturalistas latinoamericanos, señaló: “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heróica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva”. Y eso lo dijo, dos párrafos antes de dar sus loas a Marx, Lenin y Sorel, definiéndolos, en lógica hegeliana, como “los hombres que hacen historia” [15]. En dicha lógica, el rehuir calco y copia en pos de la creación heróica no implica hacer tabula rasa respecto de las fuentes para nuestra elaboración teórica, pues el cambio convive con la continuidad. Citar autores foráneos a lo latinoamericano, entonces, no es necesariamente calco y copia. Puedo referir para crear desde el presente. Cosa que los promotores de las ideas poscoloniales dejan de lado, en pos de una corrección política en el discurso, en contradicción con todo el aparato racional y civilizatorio del que emana su reflexión y práctica académica. 

Y no puedo terminar de hacer una reflexión, desde una perspectiva bíblica, en la que me permito preguntar: ¿quién es el que ha sido realmente colonizado? Quien ha sido verdaderamente colonizado es el sujeto que ha sido cautivado por “la vana y engañosa filosofía que sigue tradiciones humanas, la que está de acuerdo con los principios de este mundo y no conforme a Cristo” (Colosenses 2:8). No ha sido colonizado el que no se deja moldear por el mundo actual, sino que vive la transformación que implica la renovación de la mente, y que se encuentra en el conocimiento de la voluntad revelada por Dios (Romanos 12:2). A la luz de estos textos de la Palabra de Dios, la lucha por no dejarse colonizar implica no ceder a la relevancia por la relevancia, aprender a tensionar los discursos de moda, dejar las lógicas de consumo y placer, aprender a escuchar al otro, y entender integralmente el cristianismo con su mensaje para el aquí y el ahora, como para el más allá y el mañana. En otras palabras, para el “ya” y el “todavía no”. 

No hay sentido decolonial cuando asumimos constructos ideológicos que contravienen lo que enseña la Palabra de Dios en pos de una falaz idea de relevancia, pues lo que nos dota de ella, como iglesia esparcida en el mundo, no es nuestro abrazo a las ideas contemporáneas que aparecen como “sentido común” en la escena contemporánea, siendo colonizados por ellas, aunque sus propuestas se apelliden de decoloniales, sino que la persona de Jesucristo y su evangelio. Si nos quedamos sin Cristo y su Palabra, lo dicho por Marx y Engels adquirirá realidad profética: “Todo lo estamental y estable se evapora, todo lo consagrado se desacraliza” [16]. Y, por cierto, no es lo que queremos que pase, ¿o no? En realidad, sólo estoy seguro de este anhelo, en quienes siguen a Jesucristo sin dejar de creer en lo que planteó de sí mismo horas antes de ir a la cruz: “Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Cristo y su Palabra no se disuelven en el aire. Él es eterno y su palabra es espíritu y vida, y permanece para siempre (Juan 6:63; Isaías 40:8).

 


 

* Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Integrante del núcleo Fe Pública.

[1] René Padilla. Misión integral. Ensayos sobre el Reino de Dios y la Iglesia. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2012, p. 165.

[2] Estas cuestiones fundamentales son relevadas con toda claridad en: Juan Calvino. La necesidad de reformar la iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010.

[3] Paráfrasis cristiana de la definición de uno de los fundadores de la escuela historiográfica francesa de los Annales: Marc Bloch. Introducción a la historia. México D. F., Fondo de cultura económica, 1957, p. 26. 

[4] Véase Karl Barth. Introducción a la teología evangélica. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006. Específicamente, la segunda parte del libro, titulada “La existencia teológica”, pp. 81-129. 

[5] Umberto Eco. Contra el fascismo. Santiago, Penguin Random House Grupo Editorial, 2018, pp. 41, 42. Cuando el autor habla de ur-fascismo, se está refiriendo a un “fascismo eterno”, que tiene elementos constituyentes que se aterrizan de maneras diversas, en distintos contextos. 

[6] John Beverley. “El Subalterno y los límites del saber académico”. En: Actuel Marx Intervenciones. Nº 2, Segundo Semestre de 2004. Santiago, Editorial ARCIS y LOM Ediciones, pp. 13-32.

[7] Wallerstein, Immanuel. “El eurocentrismo y sus avatares: Los dilemas de la ciencia social”. En: Walter Mignolo (editor). Capitalismo y geopolítica del conocimiento: El eurocentrismo y la filosofía de la liberación en el debate intelectual contemporáneo. Buenos Aires, Ediciones del Signo, 2001, p. 95. Para Wallerstein, la noción de eurocentrismo incluye a Estados Unidos por su posición hegemónica en el sistema-mundo y su constitución como colonia inglesa (pp. 96 y ss.). 

[8] Dipesh Chakrabarty. “Postcolonialismo y el Artificio de la Historia: ¿Quién habla por los pasados indios?”. En: Mignolo. Op. Cit., pp. 133-138.

[9] Aníbal Quijano. “Colonialidad del poder, Cultura y conocimiento en América Latina”. En: Mignolo, Op. Cit.

[10] Chakrabarty. En: Mignolo, Op. Cit., pp. 165-170.

[11] Ibídem, p. 163.

[12] Santiago Castro Gómez. La poscolonialidad explicada a los niños. Popayán, Editorial Universidad del Cauca e Instituto Pensar de la Universidad Javeriana, 2005, p. 12. 

[13] Gustavo Gutiérrez. Teología de la liberación. Perspectivas. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1972, p. 21. 

[14] Con un criterio muy arbitrario tomé algunos autores citados en dos libros que tenía muy a la mano en mi biblioteca: Rosino Gibellini. La nueva frontera de la Teología en América Latina. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977; y, Gustavo Gutiérrez. Hablar de Dios desde el sufrimiento del pobre. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006. El primero de los libros, reúne artículos de Gutiérrez, Comblin, Assmann, Dussel, Míguez Bonino, Alves, entre otros. Ambos libros fueron publicados por Sígueme, una editorial española. 

[15] José Carlos Mariátegui. “Aniversario y balance”. En: Amauta. Año III, Nº 17. Lima, septiembre de 1928. Tomado de: http://www.marxists.org/espanol/mariateg/1928/sep/aniv.htm (revisado en junio de 2020). 

[16] Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesto comunista. Barcelona, Editorial Crítica, 1998, p. 43. 

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