¿Qué es la libertad de conciencia? Una perspectiva reformada.

Hace unos diecisiete años atrás llegó a mis manos uno de los libros más revolucionarios que he leído en mi vida: “El despertar de la gracia” de Charles Swindoll. Fue un libro liberador, que me hizo descansar en la gracia de aquel que me había salvado por el puro afecto de su amor. Swindoll habla allí de los “asesinos de la gracia”, un grupo de sujetos que en pos de luchar contra el antinomianismo (la idea que asegura que ya no debemos poner en práctica la ley de Dios), ha ocultado una de las verdades más bellas y poderosas de la Reforma Protestante, a saber, la libertad cristiana, convirtiéndola en un tabú [1]. La libertad cristiana fue una de las banderas de lucha de la Reforma Protestante, y para hablar de ella, se leyó, predicó y enseñó, principalmente, la carta de Pablo a los Gálatas, a la que Lutero se declaraba simbólicamente unido en matrimonio, llamándola “mi Katharina v. Bora” [2]. Uno de los textos fundamentales para entender la carta a los Gálatas, está en el capítulo 2, versículo 16: “Sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley sino por la fe de Jesucristo, y también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, ya que por las obras de la ley nadie será justificado” [3]. Lo que nos lleva a señalar con claridad y firmeza que la libertad de los creyentes es fruto de la obra de Cristo y no de nuestros intentos de autodeterminación. Para nosotros no hay verdadera libertad sin “Sólo Cristo” ni “Sola Gracia”. 

Sin Cristo nuestra condición de esclavitud se mantiene vigente. Pablo dijo: “Manténganse, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud” (Gálatas 5:1). El yugo al que hace referencia Pablo es una figura de sujeción y, en el caso de este versículo, denota opresión, figurando el peso del legalismo que intentaba complementar el mensaje del evangelio con los ritos religiosos del judaísmo. Esas enseñanzas eran esclavitud, pues como diría William Hendriksen: “un Cristo suplementado es un Cristo suplantado” [4]. Y no es que la ley sea mala, pero el cumplimiento de ella como medio para la salvación se hace imposible, puesto que la violación de un solo precepto nos hace deudores de toda ella. Más bien, la ley cumple un propósito fundamental en la salvación: es el profesor que nos toma de la mano [5] y que nos conduce a Cristo, a la libertad para vivir en Él. Y es Cristo quien nos capacita con amor de tal manera que vivamos para Él. La salvación siempre incluye la práctica de la justicia por parte del pueblo de Dios, siendo potenciados por el Espíritu Santo para una obediencia renovada a Dios según lo expresado en su Palabra. Por ende, tampoco hay libertad cristiana sin “Sola Scriptura”. 

Y es así que llegamos a la idea de “libertad de conciencia”. La idea, dentro del protestantismo, siempre trae a la memoria lo dicho por Lutero en la dieta de Worms (18 de abril de 1521): “A menos que me convenzan con argumentos extraídos de las Escrituras o por medio de razón evidente (no confío en el Papa ni en los conclilios, pues es sabido que se han equivocado a menudo y hasta se han contradicho), me debo a las Escrituras que cito y mi conciencia es presa de la palabra de Dios. No quiero retractarme de nada, pues no es seguro ni justo obrar contra la propia conciencia” [6]. ¿Hay aquí libertad de conciencia? Sí, Lutero no se someterá ciegamente a ninguna autoridad establecida si esta niega la verdad de Dios. La libertad le permite correr veloz y con certeza de llegar a la meta que es Cristo, según el marco de la Palabra, como un tren corre veloz y efectivamente por sus rieles. La conciencia es, literalmente, con-saber o con-certeza. Así lo explica la historiadora Lyndal Roper: “Cuando Lutero afirmaba que su conciencia era ‘presa de la palabra de Dios’, quería decir que no cabía moverla ni alterarla: ‘sabía’ -mente y emociones-, lo que era la Palabra de Dios y no podía negarla” [7]. 

Por herencia protestante, la “Confesión de fe de Westminster”, un documento que en palabras de Benjamin Warfield fue “el fruto más maduro de la redacción de credos en la Reforma” [8], usa el concepto de libertad de conciencia de manera positiva, es decir, validándolo como un principio a rescatar, defender y vivir, explicándolo de la siguiente manera en su capítulo 20, punto 2: “Sólo Dios es el Señor de la conciencia, (Rom. 14:4.) y la exime de las doctrinas y mandamientos de hombre que sean en algo contrarios a su palabra o pretenden sustituir a ésta en asuntos de fe o de culto. (Hech. 4:19 y 5:29. I Cor. 7:23. Mat. 23:8-10 y 15:9. II Cor. 1:24.) Así es que, creer que tales doctrinas y obedecer tales mandamientos con la conciencia, es destruir la verdadera libertad de ésta última; (Col. 2:20, 22,23. Gal. 1:10; 2:4 y 5:1.) y el requerir una fe implícita y una obediencia ciega y absoluta, es destruir la razón y la libertad de conciencia. (Isa. 8:20. Hech. 17:11. Juan 4:22. Ose. 5:11. Apoc. 13:12,16,17)” [9]. En definitiva, según esta declaración confesional, la libertad de conciencia está atada a la obra de redención conquistada por Cristo en la cruz y cimentada en lo que enseña la Escritura como norma de todas las normas. Huelga decir acá que fue esta comprensión teológica la que se irradió, primero en las colonias inglesas que se independizaron conformando Estados Unidos, por la influencia del movimiento puritano, y desde ahí a todos los movimientos republicanos-antimonárquicos modernos, como quedó expresado en distintos textos constitucionales [10].

El señorío universal de Cristo, que deriva en que nuestra fe es cósmica y pública, es fundamental para entender nuestra libertad, la obediencia renovada a la voluntad de Dios y la resistencia a cualquier tipo de tiranía que puje por enseñorearse de nuestros intelectos, emociones y voluntad. Es en relación a este entendimiento, que Abraham Kuyper en su discurso inaugural de la Universidad Libre de Amsterdam, planteó que: “Existe un dominio de la naturaleza en el que la Soberanía ejerce poder sobre la materia conforme a leyes fijas. Existe también un dominio de lo personal, del hogar, de la ciencia, de la vida social y la religiosa, cada uno de los cuales obedece a sus propias leyes de la vida, cada uno se somete a su propio regente. Un ámbito del pensamiento donde solo las leyes de la lógica pueden gobernar. Un ámbito de la conciencia donde nadie sino solo el Santo puede dar soberanos mandamientos. Finalmente, un ámbito de la fe, en que solo la persona es soberana, quien, mediante la fe, se consagra a sí misma en las profundidades de su ser” [11]. Para el teólogo, pastor y político holandés, el soberano no es la esfera, un sujeto o una institución, sino el Señor Todopoderoso, y nada ni nadie está sobre Él. Aquí no hay lugar para el totalitarismo ni el individualismo ni el mercantilismo ni el clericalismo. Perder de vista esto no sólo es una concesión intelectual, sino, por sobre todo, espiritual, lo que nos responsabiliza respecto de lo que pensamos y vivimos. “Fijemos la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2a), es una tarea vital. 

Por cierto, la libertad cristiana no sólo es individual, sino eminentemente comunitaria. Pablo exhorta a los hermanos de Galacia de la siguiente manera: “Hermanos, ustedes han sido llamados a la libertad, sólo que no usen la libertad como pretexto para pecar; más bien, sírvanse los unos a los otros por amor. Porque toda la ley se cumple en esta sola palabra: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Pero si ustedes se muerden y se devoran los unos a los otros, tengan cuidado de no consumirse también los unos a los otros” (Gálatas 5:13-15). La libertad que Cristo conquistó en la cruz no se ejerce en la soledad, sino en la comunidad de otros liberados por su obra redentora. El versículo 15 es durísimo, porque compara a quienes usan su libertad a expensas de otros hermanos con bestias salvajes que se muerden y devoran entre ellos, destruyendo la comunidad. Quienes practican esto ensalzan su autojusticia y construyen una religión ególatra. La libertad cristiana se experimenta amando y sirviendo a Dios y al prójimo. Es más, la obediencia a la ley de Dios está en el amor (véase, Romanos 13:10). 

Finalmente, esta libertad cristiana conlleva que asumamos con certeza que somos la iglesia que está en misión en el mundo que nos toca vivir. Y en el mundo que nos toca, cada vez que veamos verdad, justicia, bondad, paz y belleza, lo que observamos es la mano de Dios en la historia, a pesar de nuestros fallos y miserias. Que sujetos del pasado o del presente digan cosas que se ajusten a lo que pensamos no debe llevarnos a asumir todo el modelo teórico e ideológico que ellos poseen, y que está manchado por el pecado. Sigue siendo tarea perentoria para los creyentes lo dicho por Pablo en su carta a los Romanos 12:2: “No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto” (Dios habla hoy). La libertad de los cristianos es la libertad en el marco del mensaje de Cristo. No se trata del “dejar hacer, dejar pasar” de la ideología liberal, en el que cada uno se autodetermina pensando lo que se quiera, aunque eso se contraponga a la Escritura. Si en nuestro “fuero interno” no está entronizado Cristo somos seguidores de las idolatrías de la época que nos toca vivir y no discípulos fieles del Maestro de Galilea. Son de mucho valor acá las palabras de Juan Mackay: “Antes bien, debe ser fiel a su vocación y cumplir su misión. Y esto, debe hacerlo en un espíritu de absoluta obediencia a Cristo; para ello, deberá tomar conciencia de la realidad y de la situación en que vive, ganando de este modo, el derecho a ser oída y a ser tomada en serio. Jamás deberá la Iglesia conformarse a cierta cultura o civilización sino que de acuerdo con el espíritu de peregrinaje que le es propio, debe marchar siempre adelante y hacia su meta final” [12]. El respeto a las ideas ajenas, la tolerancia a las mismas y una sana idea de contextualización, no consisten en la renuncia al evangelio de Jesucristo. En Jesús y la buena noticia predicada por Él radica la verdadera relevancia del cristianismo. La libertad de conciencia es entonces una herramienta que sirve al cumplimiento de nuestra tarea fundamental: a extensión del Reino de Dios, por medio de la predicación del evangelio y el desarrollo de nuestra labor, para la gloria de Dios, la edificación y alegría de la iglesia, y el bienestar de todo prójimo creado a imagen y semejanza de Dios.

Luis Pino Moyano.

[1] Charles Swindoll. El despertar de la gracia. Nashville, Editorial Caribe, 1995.

[2] Erwin Iserloh. “Martín Lutero y el comienzo de la Reforma (1517-1525)”. En: Hubert Jedin. Manual de Historia de la Iglesia Tomo V, Reforma, Reforma Católica y Contrarreforma. Barcelona, Editorial Herder, 1972 ,p. 79. Es una referencia a WA Tr 2, 69, n.° 146 (D. Martin Luthers Werke, Tischreden, 6 t, Weimar 1912-21). 

[3] A no ser que se diga lo contrario, los versículos bíblicos son tomados de la Reina Valera Contemporánea. 

[4] William Hendriksen. Comentario al Nuevo Testamento. Exposición de Gálatas. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 120.

[5] Esa es la idea del ayo de Gálatas 3:24. 

[6] Lyndal Roper. Martín Lutero. Renegado y profeta. Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2017, p. 197. 

[7] Ibídem, p. 198. 

[8] Citado en: J. I. Packer. Teología concisa. Una guía a las creencias del cristianismo histórico. Miami, Editorial Unilit, p. xi. 

[9] Confesión de Fe de Westminster, versión 1903. En: http://www.puentedevida.cl/wp-content/uploads/2020/03/Confesión-de-fe-de-Westminster-1903.pdf (Consulta: octubre de 2020). 

[10] Ernst Troeltsch. El protestantismo y el mundo moderno. México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1967, p. 66, 67. El autor entiende esto como un “descubrimiento esclarecedor” de Georg Jellinek, aunque no lo comparte del todo, particularmente por la actitud que habrían tenido los puritanos con actores anabaptistas o cuáqueros. 

[11] Abraham Kuyper. “Soberanía de las esferas (20 octubre de 1880)”. En: Estudios Evangélicos. http://estudiosevangelicos.org/soberania-de-las-esferas/ (Consulta: septiembre de 2020).

[12] Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Bogotá, Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina, 1969, p. 128.

 

Documentos Anexos:

Martín Lutero. La libertad cristiana (1520).

Comunicado del H. Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile acerca del plebiscito.

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