La oración persistente.

“También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto.  ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:1-8).

Jesús, en el marco de sus enseñanzas sobre la venida del Reino de Dios, expone una parábola y Lucas, el evangelista, pone en la palestra desde un comienzo el propósito de ella: enseñar “sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar” (18:1). Esta oración persistente es una marca de un pueblo que pone su esperanza en el Señor.

Para enseñar la importancia de la oración persistente, relata la historia de un juez, que es definido según las palabras de Jesús como injusto, sin temor de Dios ni respeto con los hombres (18:2). La parábola señala que una mujer viuda insistentemente le reclamaba por justicia (18:3). Una viuda, en esa época, era un símbolo de una persona que no representaba ninguna utilidad para las autoridades. De hecho, en la cultura grecorromana tenían la obligación de volver a casarse, cosa que el cristianismo eliminó.  Esta mujer, entonces, no tenía ni el poder para influir ni el dinero para sobornar para que un juez de esta calaña actuara en su favor. Pero este juez que no respetaba a nadie, termina accediendo a la petición de la viuda “no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia” (18:5). El motivo por el cual este hombre actúa no es la justicia sino lo que para él era una obstinación de esta mujer. Él no quería cansarse con dicha actitud. 

El punto de clímax de la parábola está en el v. 6: “Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto”. Pues esto invita a poner la atención en el juez injusto. Y lo hace así, porque la parábola busca poner sobre la mesa una comparación por contraste con nuestro Señor, el Dios Todopoderoso. Jesús dice: “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia” (18:7,8a). La oración continua debe realizarse con la confianza en el carácter de Dios. Dios es inigualable, es un Padre amoroso y fiel. Es fácil recordar a Jesús en el sermón del monte diciendo “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11). 

El texto cierra de una manera bien habitual en este método de enseñanza de Jesús. Si se me permite la metáfora futbolera, el Maestro como un perito número 10 nos pone la pelota con un pase genial justo al pie. La pregunta queda abierta, y amerita a ser respondida por usted: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (1:8b). La oración persistente es un fruto de la gracia de Dios en nosotros. La fe que ejercemos es resultado de la obra del Espíritu Santo en nosotros. Tenemos todo para perseverar en la fe. ¿Qué nos apaga la fe? ¿Qué nos hace dejar de persistir como la viuda en la oración confiada y persistente? Puede que la respuesta de Dios se demore. Pero la oración permite descansar y poner la vista en Cristo y su segunda venida, pues allí está nuestra esperanza. Ahí está la respuesta a nuestras oraciones. Allí está nuestra justicia. Cualquier cosa que recibamos por gracia en el presente es un atisbo de las glorias de la gracia que viviremos en la eternidad. 

Cierro con estas palabras de Martín Lutero: “No hay cristiano que no tenga que orar sin cesar. Pero me refiero a la oración espiritual; es decir que nadie, si lo quiere, está tan rigurosamente ocupado en su trabajo al punto de no poder hablar con Dios allí mismo, en su corazón, y exponerle sus propias adversidades o las de otras personas, pedirle auxilio y rogar y, en todo ello, ejercitar y fortalecer su fe”. El Señor nos ayude a “orar siempre, y no desmayar”. 

Luis Pino Moyano.

* Devocional preparado para una reunión de oración en la 10ª Iglesia Presbiteriana De Santiago, el 10 de noviembre de 2020.  

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