¿Celebrar o conmemorar? Sobre acciones plausibles en un día 8 de marzo.

Si bien es cierto el hecho que se conmemora un día como hoy no ocurrió un 8 de marzo de 1908, sino el 25 de marzo de 1911, ocasión en la que 146 personas, mujeres-niños-y-migrantes, murieron como víctimas de un incendio en la Triangle Shirwaist Company, en la ciudad de Nueva York, ese hito está conectado con una serie de reclamaciones que se venían dando en torno a prácticas abusivas hacia la “mitad invisible” de la población. 123 mujeres perecieron ese día. 14 años tenía la menor de ellas. La fecha del 8 de marzo había surgido con antelación a dicho acontecimiento en 1910, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague, a petición de Clara Zetkin, en alusión a dos huelgas de obreras, en 1857 y 1908. La fecha, entonces, busca recordar el ejercicio político que comienza con sacar las demandas privadas a lo público y, que concluyó, como tantas veces, en represión.

Hoy se conmemora y, claramente, se puede celebrar. Esas acciones no son, necesariamente, excluyentes. Se puede celebrar, porque claramente, hoy no es 1857, 1908 ni 1911, y las mujeres con esfuerzo y en una cancha totalmente dispareja, han conquistado muchas cosas en el espacio público. Hoy como diría Olympe de Gouges, la mujer puede ir al cadalso y también subir a la tribuna. Conmemoramos y celebramos, por tanto, la valentía de mujeres que quisieron dejar de ser las “proletarias del proletariado mismo” (Flora Tristán), luchando por el derecho al sufragio y la igualdad de derechos, por la “democracia en la casa y en el país” (Julieta Kirkwood), y contra la exclusión, las desigualdades de género, el maltrato en todas sus formas, la minusvaloración. Es la lucha de quienes buscan, como diría Gioconda Belli, “romper para siempre / el hielo, las tormentas / y derramar el verde de nuestros brazos y piernas / para abrazarlos / y destetar la historia / que ha querido mordernos”.

Pero la alegría no es completa. Lo será el día que no sea necesario separar un día para conmemorar y/o celebrar. Lo será el día en que las lógicas abusivas, cosificadoras y genitalizadoras se acaben con el maltrato, la ignorancia, la falta de justicia y paridad en el trato, y se permita y sostenga el encuentro con otros diferentes-e-iguales. Lo será el día en que los creyentes cristianos actuemos de acuerdo a nuestra cosmovisión: reconociendo a las mujeres en su dignidad como imagen de Dios, y entendiendo, y viviendo, conforme a un Señor que con su sangre botó todas las murallas que nos alejan, al nivel que Pablo dijo que no hay hombre ni mujer en Cristo. Todos estos reconocimientos y acciones son parte de la tarea de extender el Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu. Entonces es un día para indignarse frente a los pecados sociales de nuestro mundo de ayer y hoy, comprometiéndonos en la tarea de ser artesanos de la paz, posibilitando una mejor historia desde lo micro a lo macro, desde lo íntimo a lo comunitario, desde lo privado a lo público.

No podemos olvidar que la Biblia, el libro que sin ser leído ni estudiado y que ha sido declarado como un texto que subyuga a la mujer y fundamenta su opresión (es decir, imponiendo sobre él un estereotipo cargado de violencia), dice algo totalmente distinto: que Dios ama a las mujeres, que las ha creado a su imagen y semejanza por lo que su dignidad no está puesta en duda, que jamás se les ha subyugado a una posición inferior en la Biblia y que, por sobre todas las cosas, Jesús de Nazaret también les ha redimido, libertado de cualquier cautividad y esclavitud de la cual sistemas y hombres cobardes y pusilánimes les han impuesto. Pero Dios tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas y nosotros la responsabilidad de amar a nuestro prójimo, hombre y mujer, como a nosotros mismos. 

Es tarea cotidiana pugnar por derrotar la cultura de la violencia, para encontrarnos y caminar hacia lo que que lírica y bellamente Redolés llamó “Bello Barrio”, el lugar “donde tú vas con tu sueño y la ternura viva en los labios / Porque acá nadie discrimina a los que van con su sueño y la ternura viva en los labios”.

Luis Pino Moyano.

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