Las iglesitas dentro de la iglesia y las semillas de división.

Quisiera comenzar partiendo con la siguiente presuposición: nunca los procesos divisivos de la iglesia son felices. Siempre dejan heridas, dolor y tristeza. No por nada el apóstol Pablo señala, en su carta a los hermanos de Romanos, lo siguiente: “Pero les ruego, hermanos, que se cuiden de los que causan divisiones y tropiezos en contra de la enseñanza que ustedes han recibido, y que se aparten de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a su propio vientre, y con palabras suaves y lisonjeras engañan al corazón de los ingenuos” (Romanos 16:17,18, RVC, como todas las citas bíblicas que siguen). El texto bíblico es sumamente claro en plantear que lo que nos debe caracterizar es la enseñanza bíblica, desde el lente apostólico, es decir, cristiano, que trasunta en servicio a Jesucristo y en real edificación y alegría del cuerpo de Cristo, y no en divisiones y palabras hipócritas. Porque como señala el proverbista, “Es mejor la reprensión franca que el amor disimulado. Son más confiables las heridas del que ama, que los falsos besos del que aborrece” (Proverbios 27:5,6). La honestidad entre hermanos es demasiado valiosa. Siempre es preferible hablar con alguien que se tiene la seguridad de quién es y qué piensa, que con un solapado que sólo te lisonjea. La reprensión manifiesta es valiosa, porque ayuda a caminar y a crecer, porque busca edificar y no destruir con palabras lindas carentes de sinceridad. Y claramente, siempre ésta reprensión tiene que estar basada en la Escritura, nuestra única y suficiente regla de fe y práctica, y no en los constructos idolátricos, por mucho que aparenten piedad. 

Sería extraño que una división eclesiástica no nos produzca dolor, cuando amamos a nuestros hermanos y la unidad de la iglesia, que no sólo nos debiese resultar preciada, sino entenderla como un mandato del Señor (véase 1ª Corintios 12 — 14 y Efesios 4:1-15). La unidad de la iglesia no es un valor de última categoría, transable por otros principios. El Señor Jesucristo, en la misma noche en la que fue entregado a sus captores, lo que derivó en su muerte de cruz, oró al Padre diciendo: “Pero no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo crea que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Juan 17:20-23). La oración de Jesús debiese marcar nuestra agenda en la misión. El conservar la unidad en la familia de la fe forma parte del deseo de Dios para su pueblo. 

Pero a la vez, se hace relevante a la hora de conversar con franqueza el tema de la división procurar su “des-sentimentalización analítica”. No me refiero a dejar el amor, preclara señal de nuestra fe cristiana, sino a ponderar con rigurosidad todas las variables que están en ella, con la certeza de lo dicho por el apóstol Pablo cuando dijo: “Porque es preciso que haya disensiones entre ustedes, para que se vea claramente quiénes de ustedes son los que están aprobados” (1ª Corintios 11:19). Sí, en el caso de vivir un proceso divisivo, lloramos la pérdida de hermanos de nuestra comunidad de iglesias, pero eso no puede producir una tristeza y amargura que nos anquilose en las tareas de la misión de Dios. La disensión es mala, pero es prueba de la fe en Jesucristo. 

La teología reformada es muy clara a este respecto. Las divisiones, en su generalidad, tienen un origen pecaminoso. Louis Berkhof señala en su “Teología Sistemática” que: “algunas divisiones, tales como aquellas que se deben a diferencias de localidad o de lenguaje, son perfectamente compatibles con la unidad de la iglesia; pero otras, tales como las que se originan en perversiones doctrinales o en abusos sacramentales, en realidad estorban esa unidad. Las primeras resultan de la dirección providencial de Dios, pero las últimas se deben a la influencia del pecado: al oscurecimiento del entendimiento, al poder del error, o a los caprichos del hombre; y por tanto la iglesia tendrá que luchar por el ideal, derrotando esos obstáculos” [1]. Para Berkhof, sólo existe división legítima en aquellas que:

a) tienen relación con fronteras geográficas y o idiomáticas, cuidando así que el mensaje sea predicado en lengua vernácula (característica fundamental del protestantismo);

b) para evitar la generación de liderazgos que ejerzan un poder internacional (por eso, el presbiterianismo construye iglesias nacionales, lo que no obstaculiza la misión ni las relaciones fraternas con otros concilios);

y c) sobre todo, para evitar la perversión doctrinal que rompa las marcas de la iglesia, a saber, la predicación fiel de la Palabra de Dios, la correcta administración de los sacramentos y el recto ejercicio de la disciplina eclesiástica.

Como plantea, Sean Michael Lucas, la ruptura con una iglesia sólo puede fundamentarse un bases doctrinales profundas en las que el propio evangelio está en juego [2]. Es decir, cuando uno busca producir un quiebre legítimo de una denominación debe tener la profunda claridad que dicha iglesia madre ha renunciado al evangelio. Si esto no es así, se peca contra Dios y el prójimo y, volviendo al texto paulino a los hermanos de Corinto, se evidencia quiénes son aprobados. 

Un gran aporte teórico para esta ocasión es el brindado por el Dr. Martyn Lloyd-Jones, en su conferencia del año 1965 sobre los puritanos, titulada “Ecclesiola in ecclesia”, es decir, una “iglesita dentro de la Iglesia”. Lloyd-Jones realiza un interesante análisis histórico de grupos dentro de la iglesia, que tienen el carácter de conformar una iglesita dentro de la misma, desde la Edad Media hasta el momento contemporáneo de dicho autor. Me permitiré citar in extenso tres fragmentos de dicha conferencia.

“La idea de quienes componían estas iglesitas no era formar una nueva iglesia. Esto es elemental. No tenían interés alguno en separarse; de hecho, se oponían violentamente y con acritud a una idea semejante. No perseguían cambiar la doctrina de la Iglesia. […] No les inquietaba la doctrina de la Iglesia, sino más bien la condición y la vida espiritual de esta. […] La gente que creía en la idea de la ‘ecclesiola’ no tenía la intención de transformar por completo la iglesia, sino, más bien, de formar un núcleo de verdaderos creyentes dentro de la misma. El propósito de este núcleo sería actuar como levadura e influir en la vida de la iglesia por el bien de esta. […] El argumento parecía ser más bien que, si el intento de reformar a toda la iglesia fracasaba, entonces, lo único que podía y debía hacerse era formar este núcleo dentro de la misma con la confianza de que, por último, sería capaz de impregnar la vida de toda la congregación y reformarla” [3].

Este fragmento es fundamental, toda vez, que empatiza con los creadores de las “iglesitas dentro de las iglesias”, entendiendo que sus intenciones y motivaciones originarias puede que no hayan sido pecaminosas, inclusive, generando instancias para el conocimiento de la Escritura, la oración, la comunión, fortaleciendo la piedad y pujando para la renovación de la iglesia. El problema está en el ADN del proyecto “iglesita dentro de la Iglesia”. Señala Lloyd-Jones:

“Si divides tu iglesia y dices: ‘Voy a llamar a los verdaderos cristianos a fin de celebrar reuniones especiales para ellos’, ¿qué efectos crees que tendrá sobre el resto? Una acción así está destinada a producir resentimiento y oposición, como ha ocurrido invariablemente; así que, lejos de ayudar a tales personas, crearás en ella un espíritu de antagonismo. / En segundo lugar, como ya he sugerido, ¿acaso no lleva esto implícito en su misma esencia un elemento separatista? Sin duda estarás causando una división” [4].

Entonces, el problema de la “iglesita dentro de la Iglesia” no es de métodos ni de algunos fines conseguidos, sino en cómo se estructura dicho proyecto: la “iglesita dentro de la Iglesia” de forma inherente a su ADN padece de elitismo espiritual. Entiende que en su grupo están los mas puros doctrinalmente, aquellos que no se pervierten por ideologías, los que más oran y pujan por su santificación, los que más y mejor hacen para la misión. Por ello, pueden desarrollar las tareas de renovación de la iglesia. ¡Esto es sumamente ofensivo! Es ofensivo para el Espíritu Santo porque es Él quien renueva a la iglesia con su poder vivificador, es Él quien sostiene y guía a la iglesia a toda verdad y justicia (Juan 16:7-13; Hechos 1:8; Romanos 8:1-17). Es sumamente ofensivo para la iglesia, porque no entiende que en ella no existen creyentes como “modelos terminados”, sino pecadores que están en quiebra espiritual y que deben presentarse vulnerables ante el Dios de toda gracia. He ahí la esencia de nuestra mirada amorosa respecto de los más débiles. Pensar que se tiene el poder para construir la iglesia perfecta es pavimentar el camino para la tiranía eclesiástica y para la destrucción de la comunidad. 

Muy bien lo decía el pastor y teólogo Dietrich Bonhoeffer cuando planteó que:

“Debemos persuadirnos de que nuestros sueños de comunidad humana, introducidos en la comunidad, son un auténtico peligro y han de ser destruidos, so pena de muerte para la comunidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales. / Dios aborrece los ensueños piadosos porque nos hacen duros y pretenciosos. Nos hacen exigir lo imposible a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Nos erigen en jueces de los hermanos y de Dios mismo. Nuestra presencia es para los demás un reproche vivo y constante” [5].

Pensarse como lo más reformado dentro de lo reformado, como expresión de la pureza doctrinal, lleva en su ADN el quiebre divisivo, puesto que esa autocomprensión siempre se desarrolla en relación a otros. Soy más en relación a otro que es menos. Y ahí está el germen de los mitos fundacionales de las nuevas iglesias, que no trepidan en enlodar a otros dilapidándoles pública y privadamente, para justificar su quiebre pecaminoso. Como plantea Martyn Lloyd-Jones:

“El Nuevo Testamento admite claramente que en la iglesia hay diferentes tipos de personas: unas más fuertes y otras más débiles. Están aquellos a quienes se llama ‘espirituales’, lo que implica que hay otros que lo son menos. Se reconocen toda clase de categorías, diferencias y distinciones entre los miembros de la iglesia. Se nos exhorta siempre a llevar los unos las cargas de los otros, se dice que el fuerte debe ayudar al débil, etc. Pero, ciertamente, nada de esto justifica que se separe a unos pocos de los demás. Ninguna de estas citas sugiere en lo más mínimo algo semejante. Yo hasta diría que un proceder así contradice abiertamente las enseñanzas del Nuevo Testamento” [6].

Si algo tienes de Dios es sólo por pura gracia, y eso que tienes no es nada si no lo pones al servicio de los demás. Si no miras y actúas con amor respecto de tu prójimo no te sirve de nada tener el conocimiento y la fe ortodoxa que profesas… simplemente te estás construyendo idolátricamente como un metal que resuena y un címbalo que retiñe (1ª Corintios 13:1-3). Al final, lo que te llevará a quebrar la unidad de la Iglesia no será la pureza del evangelio de Jesucristo, sino tus ansias de poder, la ensoñación de una comunidad que no existe en la realidad de hermanos de carne y de hueso, tu agenda o proyecto ensimismado. No será tu falta de amor simplemente. Será tu amor desordenado. 

Luis Pino Moyano.


[1] Louis Berkhof. Teología Sistemática. Grand Rapids, Libros Desafío, 1999, pp. 684, 685.

[2] Sean Michael Lucas. “O que é goberno da igreja?”. En: Série Fé Reformada. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2015. 

[3] Martyn Lloyd-Jones. Los puritanos. Sus orígenes y sucesores. Edimburg, El Estandarte de la Verdad, 2013, pp. 198, 199. Corresponde a la Conferencia del año 1965, titulada: “Ecclesiola in ecclesia”.

[4] Ibídem, p. 214.

[5] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 19-23.

[6] Lloyd-Jones, Op. Cit., p. 217.

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