Ser profe en los tiempos del Covid.

El 2020 comenzaron los tiempos del Covid en estas latitudes, y eso implicó múltiples cambios en la vida cotidiana, en las relaciones con otros seres humanos y, por cierto, en el trabajo. Soy profe guía de un octavo básico y de historia en el ciclo Media. El año pasado, cuando empezaba a conocer a mi curso en la tarea de lo que antes de llamaba “profesor jefe”, con menos de dos semanas de clase, tuvimos que irnos a nuestros hogares y todo cambió. Las dos primeras semanas, implementamos la realización de guías por parte del estudiantado, mientras que, paralelamente, íbamos asimilando tecnologías que existían pero no usábamos, siendo Classroom, Meet y Zoom las más utilizadas, incluyendo otras como pizarras virtuales, la grabación de cápsulas, las que por cierto, para que no tuviesen ruidos molestos en mi caso eran realizadas de noche. Así, en menos de dos semanas teníamos Classroom activados, Instagram por curso, y en mi caso por mis TOCs, un sitio de internet que tiene horarios, códigos de la plataforma de Google mencionada y links de videollamadas, junto con textos de estudio y otras informaciones. Junto con ello, vivimos la transformación de WhatsApp como la aplicación orientada al trabajo, tanto con colegas como con apoderados/as, cosa que por años me rehusé a realizar, por ser tan invasiva y con límites temporales líquidos (nada que el eliminar notificaciones por banderas, sonidos o vibraciones no pueda solucionar, por cierto). 

Pero ahí empezó la otra aventura. Trabajar todo el día sentado, sin poder moverse en una sala, ni sentarse de vez en cuando en la mesa, jugar con la pizarra aunque se tenga una presentación con diapositivas. Pero por sobre todo ese contacto humano, en el que hay miradas, risas, en el que se puede ver con claridad la concentración o el aburrimiento, lo que permite un mejor ejercicio de la clase como tal. Acá se ven pantallas negras, con nombres. Y alguien dirá: qué falta de respeto la de estudiantes que no encienden su cámara. Pero por muchos años hay estudios que señalan los efectos adversos que produce la sensación de estar siempre siendo grabados, sin posibilidad de controlar lo que se hace con nuestras imágenes, como si estuviésemos rodeados todo el día por espejos. Y, por supuesto, la invasión de la intimidad de un espacio en el que no tenemos jurisdicción. Me gustaría ver a mis estudiantes todos los días, pues creo que eso genera una sensación de mayor cercanía, pero es su derecho encender una cámara o no, y quienes somos adultos debemos lidiar con ese desafío. 

Por eso, nadie más feliz que un/a profe con volver a lo presencial. Cuando a inicios de marzo lo hicimos, por poco más de tres semanas, vimos la alegría del contacto humano y que, a pesar de mascarillas y distanciamiento social, y por cierto, el pensar actividades para estudiantes en el colegio y en casa, con bloques de una hora lo que hacía que en una mañana pudiésemos estar con seis cursos en un ritmo intenso, así y todo era más llevadero, más humano si se quiere. En mi caso, que trabajo en el Cajón del Maipo, el aire en la cara cuando manejo con la ventana del auto abierta, los árboles, el patio, el café conversado, todo eso era vitalizador. Esas tres semanas sentí recuperar el rostro humano. Pero volvimos a la otra realidad. 

Por cierto, con todo el anhelo de volver a lo presencial, siempre fue mi opinión el que debíamos partir en marzo de manera virtual y evaluar en abril un retorno, por toda la información proporcionada por el Ministerio de Salud y otras instituciones, como por ejemplo, el Colegio Médico. Además, los/as profes de mi rango de edad comenzamos a ser vacunados con la primera dosis en la primera semana de marzo. Y así fue que tuvimos colegios cerrados a los dos o tres días de abiertos, por contagio de estudiantes y colegas. Pero cuando hablamos de esto, el profesorado era flojo, pues según algunos miembros de la clase política y medios de comunicación privados con impactos público, estuvimos de vacaciones un año, o en el mejor de los casos, obstruccionistas que sólo queríamos oponernos a seguir las directrices del gobierno actual. En el caso del ministro de economía, Lucas Palacios, el patetismo llegó a niveles inimaginables: “En el caso de los profesores, llama la atención que busquen por todas formas no trabajar, es un caso único en el mundo y yo diría que de estudio”. A las horas, aclaró-oscureciendo que se refería al Colegio de Profesores, que por cierto no está conformado por ingenieros, y que nos guste o no es interlocutor válido con el gobierno. El año pasado, y lo que va de éste, es el tiempo en que más me he sacado la mugre trabajando, con horas y horas sentado frente a una pantalla, con disolución de los tiempos libres, con la conversión de mi casa en espacio laboral. Y vienen sujetos con una falta de respeto gigante a inocular el sentido común del profesor flojo, dando cátedra de lo que significa gobernar en un mundo paralelo. En otros tiempos, “gobernar ERA educar”. 

El exministro de hacienda, devenido en candidato presidencial, Ignacio Briones se ha esforzado en instalar otro sentido común, de manera más sutil por cierto, pero no por eso menos evidente. Hace unos días atrás, propuso: “hagamos un concurso, gastemos las lucas que se requieran, para traer los mejores profesores y mejorar la calidad de la educación. Eso se lo debemos a los niños de Chile”. Suena bonito, porque es integrador, abre las fronteras a extranjeros (no a migrantes, que suena parecido pero no es igual). Pero el sentido común a instalar es claro: los/as profes de Chile, diciéndolo en buen romance, somos pencas. ¿Por qué no esas mismas lucas se invierten en mejorar los sueldos del magisterio y sus posibilidades de capacitación? En Chile cada vez más nos hemos acostumbrado al ninguneo de profesionales a quienes no nos regalaron nuestros grados académicos o títulos profesionales, y que invertimos día a día en conocer un poco más, y en tecnologías para llevar a cabo nuestras labores con sentido ético, calidad y decencia. Siempre le he dicho a mis estudiantes que creo en el derecho a la educación, y ese derecho se defiende en la calle, en la actividad política y también en la sala de clases. Ese es el marco del respeto a la tarea educacional, que hoy sostenemos esforzadamente, a riesgo de nuestra propia cotidianidad, en educación a distancia, buscando que los/as estudiantes no sólo aprendan, sino que tengan un espacio donde ejercitar sus habilidades, sin agobio. Porque esto no es sólo educación a distancia, es educación a distancia en contexto de pandemia y con encierro obligado por la cuarentena. ¿Qué más quieren? ¿Quieren que hagamos adobe también?

Ni flojo ni penca. Soy profe, un ser humano que vive y que desarrolla su labor con profundo respeto y esfuerzo, con todos los riesgos y reveses que ha traído esta época. 

Un día contaré a mis futuros estudiantes y nietos/as, si es todavía estoy vivo, que fui profe en los tiempos del Covid. Y si no, esta bitácora lo dejará registrado. 

Luis Pino Moyano, Profesor de Historia, Ciencias Sociales y Educación Ciudadana.

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