¿Educación cívica sin política?

Por muchos años se viene escuchando un discurso que se ha instalado con la fuerza de un sentido común: “En los colegios ya no se enseña Educación Cívica”. Y efectivamente, ya no existe una asignatura con ese nombre, pero eso no quiere decir, en ningún caso, que los contenidos asociados a ella no se vean de ninguna manera. Sólo algunos datos de la causa: 

a. Hasta el año antepasado, los contenidos que se veían antaño en 3º Medio en Educación Cívica y en 4º Medio en Economía, eran vistos en Historia y Ciencias Sociales de 4º Medio, con la misma carga horaria, pues dicha asignatura tenía dos bloques de 90 minutos, mientras que las asignaturas de antaño sólo tenían uno. 

b. Mientras no se realizó Educación Cívica y hasta 2019 existió un electivo llamado Realidad Nacional donde dichas materias eran reforzadas. 

c. Por otro lado, desde 2020 existe una asignatura dentro del plan común llamada “Educación Ciudadana” con contenidos similares a los vistos en Educación Cívica y Economía, fomentando la participación democrática desde el colegio a la sociedad. 

d. Y si esto fuera poco, la formación ciudadana es transversal en el marco curricular del país, tanto es así, que todo colegio debe tener un plan para ello que concretice dicho acercamiento en todas las materias. 

Entonces sí, no existe una asignatura con el nombre de Educación Cívica (ni tampoco otra que se llame Economía), pero eso no es sinónimo que no se hablen de los derechos y deberes en la sociedad, de la democracia y el bien común, de la participación ciudadana, de las tecnologías y medios de comunicación, del desarrollo económico en un contexto globalizado, del mundo laboral y los derechos en esa esfera. Los planes y programas del MINEDUC están a libre disposición y pueden ser conocidos por toda la población. 

Sintetizando lo dicho hasta acá, señalo con toda claridad que el sentido común de la ausencia de Educación Cívica en los colegios chilenos carece de realidad en la práctica escolar. 

Y acá el otro tema propuesto a la hora de enunciar el título: ¿es posible dejar lo político fuera del aula? Acá quiero asentar dos premisas que me parecen fundamentales. La primera, es que es evidente que los procesos cognitivos que vive cada estudiante en una determinada edad deben ser respetados y, que por ende, los/as estudiantes de ningún ciclo deberían ser obligados/as a proferir proclamas alusivas a cuestiones políticas y/o que respondan a una militancia determinada. Por otro lado, la educación en las escuelas dista o debería estar alejada del modo de realización de una “formación de cuadros”, pues lo que se entrega al final del proceso es una Licencia de Educación Media y no una credencial de partido político. Y acá no sólo debería hacerse hincapié en los discursos de izquierdas, sino también los de derechas, o en los de ciertas organizaciones religiosas con colegios para élites o en sectores poblacionales (léase, Legionarios de Cristo y Opus Dei). 

Pero, y pensando en Historia y Ciencias Sociales y en Educación Ciudadana como asignaturas del ciclo media, ¿es posible hablar de la democracia griega y de la república romana sin decir algo sobre la influencia de dicho entendimiento de la vida en la polis hasta el presente? ¿Es posible hablar de la Edad Media sin decir que fue allí que se dio origen al concepto de “lucha de clases” y no en el siglo XIX? ¿Es posible hablar del protestantismo y del movimiento ilustrado sin considerar su diálogo-discusión respecto del concepto de libertad de conciencia? ¿Es posible hablar de los pipiolos y los conservadores en Chile sin hablar de la eliminación literal o simbólica de la disidencia política? ¿Es posible hablar de Balmaceda y la Guerra Civil de 1891 sin pensar respecto de la nacionalización de los recursos naturales en el pasado y el presente? ¿Es posible hablar de los gobiernos radicales iniciados en 1938 sin pensar en el papel del estado en la economía? ¿Es posible hablar de la década de los sesenta y los setenta sin poner atención a aquello que Mario Góngora denominó “planificaciones globales”? ¿Es posible hablar de la dictadura o régimen militar (para quienes no se han dado cuenta, son sinónimos) sin repudiar las violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos? ¿Es posible hablar de los gobiernos de la Concertación, la Alianza por Chile, la Nueva Mayoría y Chile Vamos sin decir nada sobre la democracia “en la medida de lo posible” y la política analfabeta que caracteriza nuestra discusión actual donde casi todo es performance superficial y vacua? ¿Es posible hablar de derechos humanos sin mencionar la situación del pueblo mapuche y el caso Catrillanca? ¿Es posible hablar ciudadanía sin decir nada sobre el actual proceso constituyente? Las respuestas a todas esas preguntas, sin poner acento en este breve artículo en sus respectivas argumentaciones, es un rotundo NO. No es posible disociar los temas políticos del entendimiento del pasado y del presente de nuestras sociedades. 

Y ahí, vuelvo a señalar una premisa aceptada en el presente por las ciencias de la naturaleza y que cuesta tanto explicar en las ciencias sociales: “quien mide modifica lo medido”. No existe posibilidad de neutralidad cuando se examinan hechos, actores y procesos. Siempre que hablamos, dejamos de manifiesto nuestros prejuicios, presuposiciones, cosmovisiones o contextos de producción. En historia, tomando las palabras de Paul Ricœur existe un “pacto de verdad”, por lo que nadie que quiera seguir cultivando dicha disciplina puede modificar los hechos y los sujetos que participaron en ellos o les dieron vida. Pero la lectura de los mismos, incluso eso tan inocuo que parecen las periodizaciones o líneas de tiempo, están cargados de subjetividad. Es interpretación. 

Paulo Freire, de quien este año celebraremos su centésimo aniversario, señalaba en su libro “Educación en la ciudad” que “En nombre del respeto que debo a mis alumnos no tengo por qué callarme, por qué ocultar mi opción política, admitir una neutralidad que no existe. Esta, la supresión del profesor en nombre del respeto al alumno, tal vez sea la mejor manera de no respetarlo. Mi papel por el contrario, es el de quien declara el derecho de comparar, de escoger, de romper, de decidir, y estimular la asunción de ese derecho por parte de los educandos”. Esto ha formado parte de mi ética como profesor. Nunca he escondido a las/os estudiantes mi visión sobre hechos, procesos, sujetos o problemas de estudio. Nunca he dejado de señalar las posiciones adversas u alternativas a las que estoy proponiendo. Y nunca he castigado a un estudiante con una nota o censurado su habla porque piensa distinto de mi. Al contrario, potencio su participación y ayudo en lo que más puedo en sus reflexiones para que nunca sean “continentes sin contenido”. 

Creer que un estudiante por el simple hecho de ser estudiante está de plano en una situación de desventaja con un/a profesor/a respecto de la posibilidad de pensar es una falacia. Podrá estarlo en relación al poder, sobre todo de un lápiz, pero no respecto del pensamiento. Y claro está, quienes deben cuidarse del ejercicio abusivo del poder, que podría derivar en control de conciencias, somos los/as adultos/as responsables. Pero de la misma manera, quienes son observadores externos del proceso educativo, sobre todo en tiempos de pandemia con educación a distancia, no pueden interpretar cada lectura u opinión como una vulneración al derecho a pensar diferente. Al contrario, asuma hoy más que nunca la posibilidad de dialogar sobre los temas vistos en el colegio sin desautorizar a un/a profesional que estudió de los temas pero que no se posiciona por sobre el bien y el mal. 

¿Educación cívica sin política? No es posible, porque la sala de clases puede estar cerrada pero nunca está disociada de lo que pasa en el mundo. De hecho, la Educación Cívica y su sucesora de hoy, Educación Ciudadana, busca el pensar el mundo y la sociedad, con la posibilidad de dialogar y discutir desde el plano de la argumentación. Y la argumentación se ejercita con quienes piensan distinto. En el debate. Y quienes ejercemos la docencia deberíamos anhelar sembrar no la semilla de nuestro pensamiento, sino la de la reposición de la política letrada. 

Luis Pino Moyano.

* Las nociones de política analfabeta y letrada las debo a Tomás Moulian.  

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