¿Por qué es importante ir a votar?

El día 18 de octubre de 2019, parafraseando al profesor Milton Godoy, al país se le cayó la máscara. Fueron años de acumulación de malestar ante la acción de una clase política civil, que en el discurso estaba preocupada de la “Señora Juanita” y de “los problemas reales que vive la gente”, pero que en lo concreto se limitaban a administrar con muy poca imaginación el tramado político-social instalado por mano militar y “perfeccionado” por mano concertacionista. De la política “en la medida de lo posible”, pasamos a la metáfora elitaria de los “mínimos comunes” como se habla en las esferas del poder y en sus brazos comunicacionales, o esa de las migajas de las “manos amigas” de las que hablaba hace poco una dirigente vecinal en una comuna de la Región Metropolitana, en un viralizado mensaje de WhatsApp. Cuando se habla de neoliberalismo como menos estado eso debiese causar, como mínimo, una sonrisa lectora, porque dicho sistema fue instalado y preservado por un estado bastante complaciente a los intereses de quienes tienen poder de mover las piezas claves en el mercado… y la política. Los casos Penta y Caval no logran tener el poder político, performático y metafórico que logra tener el caso SQM, empresa que financió a candidatos/as de todo el espectro político, recordándonos aquello que Alberto Edwards, historiador liberal (¡de derecha!), llamó “la fronda aristocrática” [1]. El relato del país jaguar, diferente en el concierto latinoamericano, con ausencia de corrupción, sin influencia de narcos en la política y un largo etcétera, se nos cayó en octubre de 2019 de manera real y masiva.

Se puede juzgar de distintas maneras lo vivido desde ese día hasta hoy, con sus manifestaciones y anhelos políticos hipervisibilizados, junto con las explosiones de violencia de diverso tipo, pero desde el plano político debiésemos entender que la forma de organización nacional no puede seguir siendo la misma. Y, si bien es cierto, una nueva Constitución, a diferencia de lo postulado por algunos analistas, no tiene la fuerza de refundar un país, a lo menos tiene la fuerza de hacer un giro y plantear una carta de navegación distinta, y que si se desarrolla de manera adecuada, cosa que esperamos, podría tener nociones de representatividad inéditos o comparables con los que tuvo la Constitución de 1925, a pesar de su origen espurio. Prueba de lo que estoy diciendo es el trabajo del profesor Jaime Arancibia, quien desarrolló una edición de la Constitución, generando “en colores” (literalmente) un ejercicio de trazabilidad histórica con nociones de continuidad y cambio, desde el primero de los “ensayos constitucionales” hasta el presente [2]. En los procesos de cambios sociales no hay ex nihilo que valga, pues dentro del cambio siempre hay ejercicio de continuidad. Chile va a seguir siendo Chile, pero esperamos que un poco más diferente, porque después de mucho tiempo nos sentaremos a discutir de “planificaciones globales” para “la casa común” [3]. Ya no un ejercicio político para la coyuntura sino para el largo plazo, para el país de 50 o más años. 

Por otro lado, yo quisiera insistir en un punto doble: 

1. El momento constituyente que estamos viviendo en Chile es la salida institucional a la crisis política que explotó en octubre de 2019. No nos podemos olvidar de eso, por dos razones: a) porque si bien es cierto, la demanda por una nueva Constitución es una bandera que ha cruzado a distintos actores -individuales y colectivos- de las izquierdas en Chile desde hace ya varios años [4], fueron bancadas políticas con representación parlamentaria en el Congreso Nacional (que es el poder del estado que, más allá de algunos/as de sus representantes, ha sostenido la república en una ausencia, torpeza y/o ineficacia del Ejecutivo), de distinta bandería, quienes llegaron a un acuerdo que abrió las puertas al proceso como tal; y b) como no podemos olvidarnos de los actores que “rechazaron para reformar”, y que a la hora de hacer reformas no las hacen, tampoco podemos olvidar que el Partido Comunista y algunos partidos del Frente Amplio no estuvieron en el momento inicial del acuerdo. Y podrán alegar la razón teórica en algunos de sus argumentos, pero la razón práctica no la tuvieron en una de las horas más difíciles desde el retorno de la democracia. 

2. Con todas las debilidades y alcances que pueda tener la futura Convención Constitucional, el que nuestra Carta Fundamental sea construida en democracia, sin estado de excepción, sin los militares en el bloque del poder (a lo menos de manera pública), es un proceso inédito en nuestra historia republicana. Hoy tenemos la posibilidad de participar electoralmente y de elegir a nuestros representantes (sean miembros de un partido político, de un movimiento social o independientes), devolviendo la noción democrática de poder originario constituyente al pueblo. Aunque el sufragio sea un acto democrático de baja intensidad en nuestro modelo político, no obstante, es mucho mejor cualitativamente tenerlo que no. Hoy no sólo estamos diciendo Apruebo, sino que estamos diciendo cómo quiero que se escriba el texto constitucional a partir de la elección de quienes discutirán y resolverán su construcción. Y después habrá un plebiscito de salida que dará su conclusión respecto a lo realizado. Diego Portales, Arturo Alessandri, Augusto Pinochet con Jaime Guzmán, y hasta Ricardo Lagos, quedarán al otro lado del camino después de aquello. El proceso no puede ser deshistorizado por una idea asalto del cielo carente de realismo político. 

Es, entonces, más que importante ir a votar este sábado y domingo, porque quienes sean elegidos tomarán decisiones sobre cómo entender la República de Chile, su organización estatal (presidencial o parlamentaria, unitaria, federal y/o plurinacional; congreso bicameral o unicameral, con todos los etcéteras y matices dentro de esa discusión), el fortalecimiento de los derechos sociales, lineamientos sobre la actividad económica y el cuidado del Medioambiente, el respeto de la libertad de conciencia en el marco de un estado laico (ni confesional ni en base a un ateísmo práctico de aparente laicidad), la ampliación de la democracia con mayor participación en cabildos, plebiscitos, referéndum revocatorios; y tantas otras temáticas. Es el momento de pasar de una política minimalista a una con miradas amplias, de una política analfabeta a una letrada. Frente a todo esto, me declaro un escéptico esperanzado. No creo que la Constitución sea la panacea de nada, pero de que puede construirse algo mejor de lo que tenemos, no me caben dudas. ¿Puede construirse algo peor? Claro que sí. Pero ese error y/o fracaso será hecho democráticamente, por ende será nuestro. 

No da lo mismo, entonces, quien esté en la Convención Constituyente. Tú podrás elegir según los criterios que estimes como prioritarios, en base a programas, como a experiencias de vida, conocimientos profesionales y vitales, elementos culturales. Quienes aprobaron y rechazaron tendrán la oportunidad de elegir a sus representantes. Por eso, les animo a ir a votar este sábado 15 y domingo 16 de mayo. Y, por cierto, a continuar la tarea, informándose y participando de instancias colectivas en las que se pueda aportar a lo que se trabajará en la Convención, aunque sean espacios sin poder resolutivo. Lo importante es hacer notar el sentido de presencia política, de fiscalización y de capacidad de proposición, no olvidándonos que los cambios sociales se miden después del día de la fiesta y no antes ni en medio del jolgorio de ella. 

Luis Pino Moyano.

 


Notas bibliográficas. 

[1] Véase: Alberto Edwards. La fronda aristocrática. Santiago, Editorial del Pacífico, 1976.

[2] Jaime Arancibia. Constitución de la República de Chile. Edición Histórica. Origen y trazabilidad de sus normas desde 1812 hasta hoy. Santiago, Universidad de los Andes y El Mercurio, 2020. 

[3] Ahí sumé los conceptos de Mario Góngora, referido al período 1964-1973, y de Patricio Zapata significando lo que debería ser una Constitución. 

[4] Sólo a modo de muestra y ordenados cronológicamente: Gabriel Salazar. En el nombre del poder popular constituyente (Chile, siglo XXI). Santiago, LOM Ediciones, 2011; Fernando Atria. La constitución tramposa. Santiago, LOM Ediciones, 2013; y, Claudio Fuentes y Alfredo Joignant (Editores). La solución constitucional. Plebiscitos, asambleas, congresos, sorteos y mecanismos híbridos. Santiago, Catalonia, 2015. Este último, huelga decirlo, tiene el mérito de recoger artículos de autores de derechas, centro e izquierdas. 

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