Lo que se viene para el proceso constituyente a partir de los resultados electorales.

En menos de un año hemos visto el aterrizaje institucional del momento constituyente inaugurado la madrugada del 15 de noviembre de 2019. Ese día hubo un acuerdo amplio “por la paz social y la nueva Constitución”. Nunca debe olvidarse que este proceso se encuentra enmarcado en una alternativa política e institucional de salida a la crisis social que reventó en octubre de 2019. ¿Por qué hablo de menos de un año entonces? Principalmente, porque los procesos eleccionarios vividos el 25 de octubre de 2020, y los días 15 y 16 de mayo de 2021, han concretizado la propuesta en una institucionalidad clara. La ciudadanía que participó del plebiscito de entrada señaló en un 78,28% su deseo de una nueva Constitución y en un 79% que el órgano constitucional que la redactara fuese una Convención sin participación de parlamentarios/as. A partir de los datos de esta última elección se desprende que el órgano constitucional:

· Estará conformado por 37 convencionales de “Vamos por Chile”, 28 convencionales de “Apruebo Dignidad”, 25 convencionales “Del Apruebo”, 26 convencionales “Del Pueblo”, 11 convencionales “Independientes por una Nueva Constitución”, 17 convencionales de pueblos originarios y 11 convencionales independientes fuera de pacto. 

· Tiene diecisiete escaños para los pueblos originarios, quedando representados por siete mapuches, dos aymarás, y por un kawésqar, rapanui, yagán, quechua, atacameño, diaguita, colla y chango. 

· Tiene criterios de paridad, pues está conformada por 78 hombres y 77 mujeres, situación inédita en relación a otros procesos constituyentes. 

· Respecto de las actividades profesiones y/o labores de los/as convencionales se desprenden diversas áreas: derecho, pedagogía, ingeniería, periodismo, psicología, actuación, ciencias, medicina, sociología, diseño, trabajo social, politología y un largo etcétera. Me encanta saber que hay un mecánico automotriz y una machi (aunque no comparta la cosmovisión espiritual mapuche). 

· Tiene criterios paritarios incluso en relación a los colegios donde estudiaron. De 132 convencionales que proveyeron ese dato, 49 estudiaron en colegios públicos, 40 en colegios subvencionados, y 43 en particulares pagados. Este dato rompa con el tramado de la “fronda aristocrática” que caracteriza a la política nacional. 

¿Qué nos dicen todos esos datos?

a) En primer lugar, que la futura Constitución Política de la República de Chile no sólo será la primera hecha en un contexto democrático en más de doscientos años de vida republicana, con vigencia del Estado de Derecho, sino que además en un marco pluralista. Visiones de sujetos que no han participado tradicionalmente en la política chilena estarán allí, lo que rompe, en primer lugar con la hegemonía de los ingenieros comerciales en todas las áreas de creación de políticas públicas, por sesgo neoliberal y, además, porque rompe con el relato de ciertas personas que votaron “Rechazo” en octubre del año pasado y otras personas más escépticas, respecto de la calidad de la futura Constitución, pensando que personas escasamente capacitadas serían parte de la Convención. Esto último, denota el clasismo chileno dado por instituciones de origen y profesiones y, así también, ignorancia toda vez que existe una Comisión Técnica designada de manera paritaria por fuerzas oficialistas y de oposición con representación en el Congreso Nacional que asegurará la calidad del texto. En otras palabras, sólo la “mala leche” puede llevar a decir cosas como esa. 

b) Lo otro que nos dicen estos datos es que ninguna de las listas y pactos tiene mayoría en la Convención Constitucional, por lo que no sólo queda por determinar los cargos al interior de dicho órgano, sino también la conformación de alianzas. Con claridad, la derecha no tiene el tercio, pero eso no dice tanto, pues está por verse cómo se comportan las fuerzas provenientes de la Exnueva Mayoría y las del Frente Amplio, de lo cual ya tenemos una fotografía del momento con la inscripción de las primarias. Por otra parte, cómo actuarán los/as independientes es una interrogante de suma importancia. Independiente no significa que no tengan opinión política o que no participan de organizaciones sociales, sino que no forman parte de partidos políticos que es la institución clásica para la discusión en la polis, por lo que no reciben órdenes de dichos conglomerados. Está muy de moda la idea de los “mínimos comunes” en la contingencia política, pero quisiera ocuparla de una manera más adecuada. Esta constitución tiene que ser mínima. No todas las ideas pueden transformarse en materia constitucional, porque la Carta Fundamental no es la panacea a todos los problemas del país. Las fuerzas que optaron por aprobar debiesen dar una muestra de grandeza política al concretizar una carta de navegación y un fundamento para la vida pública que genere identificación a toda la ciudadanía del país. Una “casa común” en la metáfora de Patricio Zapata. Y para ello, los espectáculos estilo “Torre de Babel” vistos hace unos días atrás de parte de las fuerzas de oposición, lo único que harían es construir un reino propio, alto y famoso, pero con idiomas tan diferentes que la dispersión sería el único camino posible. El éxito del proceso no está hoy en manos del tercio que podía vetar los cambios, sino en aquellas fuerzas que se entienden como mayoría, pero que no necesariamente lo son. 

c) Algo que no nace de los datos ni tiene relación total con la Convención Constitucional, tiene que ver con las fuerzas políticas que se visibilizan en cargos públicos como gobernadores, alcaldes, concejales, y presidente, senadores y diputados elegidos y por elegir. Por ejemplo, la Democracia Cristiana tuvo un solo militante junto a un independiente en su lista elegidos como convencionales. Eso podría hacer pensar en la muerte de dicho partido. Si bien es cierto, la DC no tiene la fuerza que tuvo en los años sesenta e inicios de los setenta y, luego, durante los dos primeros gobiernos de la Concertación, pensar que es un partido que está muerto por la elección constituyente, sin considerar otros datos electorales, es un acto de, a lo menos, temeridad analítica. O el triunfo de independientes no necesariamente tendrá correlación con el futuro Parlamento, porque son discusiones distintas. O la derrota de la derecha, que tuvo como un lastre las acciones y omisiones de este gobierno, junto con el relato del “Rechazo para reformar” que les fue difícil de morigerar. Lo ocurrido en las elecciones de convencionales no es la regla de medida para toda la política chilena. Pensar así sería tan miope como las encuestas que vaticinaban la muerte del Frente Amplio. 

d) Por último, respecto de la participación decir que no es tan baja como parece. Comparar el porcentaje del padrón que votó en octubre de 2020 con el que lo hizo en las elecciones de este mes de mayo, es un acto de desconocimiento de los procesos electorales. El plebisicito del 25 de octubre de 2020 es el acto eleccionario que más participación tuvo desde que existe votación voluntaria en Chile. El 42,5% de la elección del 15 y 16 de mayo de 2021, fue medio punto más baja que la de Alcaldes y Concejales del 2012, medio punto más alta que la segunda vuelta presidencial del 2013, y 7 puntos más alta que la elección de alcaldes y concejales del 2016. Puede que exista la pulsión por compararla con el plebiscito, pero esta elección es más comparable con la última de alcaldes y concejales, a la que se sumó la de gobernadores regionales, lo que le quitó la mística al proceso. Eso sin contar el contexto de pandemia, una campaña mayoritariamente televisiva y/o virtual, la baja cantidad de movilización pública hacia los centros de votación, entre otras variables, que lidian con la falta de identificación con las opciones políticas en el escenario institucional o, derechamente, la apatía hacia “la política”. En síntesis, creo que la participación no fue baja en un escenario como el que estamos viviendo. 

e) Una breve palabra sobre el sistema electoral. El sistema D’Hondt no es un sistema electoral en sí mismo, sino un método para calcular proporciones, lo que se traduce en representación parlamentaria por lista. Es decir, la votación vuelve a colocar el centro en la propuesta política, en el pensamiento y proyecto, y no en la persona, lo que hizo que nuestro debate público tendiese a su farandulización, la performance y la presentación de eslóganes a la manera en la que se ofertan productos en el comercio. Más que reclamar el que en la proporción aparezcan candidatos con menos cantidad de votos que otros asumiendo un cargo en detrimento de quién habría obtenido más, la invitación es a pensar que la presuposición de nuestro actual sistema es que se vota por ideas más que por individuos. El debate de la legitimidad tiene que tener en cuenta esa variable. 

A modo de cierre decir que me declaro un “escéptico esperanzado”. Creo que existen todas las condiciones para tener una mejor Carta Fundamental que la que hoy día tenemos. Creo que vivimos en un país con una larga tradición republicana (en el buen sentido del término) que nunca ha producido refundaciones ex nihilo luego de la promulgación de textos constitucionales, lo que se puede constatar en una línea de trazabilidad de dichos textos, incluso aquellos que se forjaron en los albores del Estado Nacional chileno. Me alegra como evangélico que el candidato que más tirria vomitó contra nuestro mundo, Jaime Parada Hoyl, obtuviera 0,74% de los votos lo que denota que el ataque a la libertad de conciencia no es la opción, y espero que no la siga siendo. Soy escéptico, porque creo que lo podríamos echar a perder en peleas sin sentido que derrumben la posibilidad de consenso (en el caro sentido de dicha palabra). Soy escéptico, porque no sabemos cómo será la participación de la ciudadanía en el proceso y cuál será el carácter de dicho nexo. Soy escéptico, porque no sé cuán manchado estará el proceso por la carrera presidencial paralela al inicio del trabajo de la Convención. Soy escéptico, porque hay un plebiscito de salida de carácter universal lo que abre un nuevo escenario, imposible de comparar con ningún proceso electoral desde la promulgación del voto voluntario, con el movimiento estudiantil de 2011 y con el reventón social del 2019 mediante. Chile ha cambiado bastante. Esa sí que es una certeza. 

Luis Pino Moyano.

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