Aprendiendo a separar las cosas y a ser gente.

Si hay algo que nos toca en la vida es aprender. Y dicho acto implica estudiar, recordar, pensar, memorizar, entrenar, desplegar habilidades. Todo el ser está implicado en dicha tarea: intelecto, emociones y voluntad. Y a eso es a lo que quiero invitarte a la hora de leer estas palabras. Aprender a separar las cosas y a ser gente. ¿De qué se trata esto? Trataré de explicarlo a continuación. 

¿A qué me refiero con “aprender a separar las cosas”? Ese fue el nombre que le dimos con uno de mis mejores amigos a un modo de ser y actuar, que se daba específicamente después de reuniones de delegados o del directorio del Departamento Juvenil de la iglesia en la que crecí. En muchas ocasiones tuvimos discusiones respecto de distintos asuntos: planificaciones de actividades, responsabilidades que recaían sobre nuestros hombros (cumplidas o no) y las más difíciles, cómo afrontar situaciones de crisis o que habían generado cierto conflicto de distinto alcance. Aprender a separar las cosas consistía en no perder de vista que una discusión, un zamarreo metafórico, una confrontación respecto de lo realizado mal o de forma mediocre, nunca, pero nunca, tenía el poder de minar nuestra amistad. Y la prueba concreta de aquello, es que al finalizar dichas reuniones, siempre terminábamos en un carrito de completos, para comer una de esas enjundiosas preparaciones, junto con una bebida – Sprite, en mi caso-, conversando de otras cosas, riéndonos de chistes y anécdotas. Eso es sumamente fácil cuando es a uno a quien le toca confrontar, pero no cuando el papel es el inverso, cuando uno es el reprendido, exhortado, por algo que se hizo mal o se dejó de hacer. Pero la amistad real no se basa en la lisonja o en el tabú que permite la convivencia, sino en la verdad del que nunca deja de amar. Es una tarea desafiante, en la que el completo y la bebida son un trabajo que disciplina a no perder de vista lo que realmente importa. El debate de altura entiende que una cosa es tener ideas distintas, y otra muy diferente, es pelear perdiéndote la amistad. Discutir no atenta contra la amistad ni la armonía social. Discutir es reflejo de la consistencia y parte sustancial del diálogo honesto. ¿Qué sentido tiene dialogar sólo con sujetos que piensan igual a ti? La amistad no consiste en espejos, sino en encuentros con diferentes.

¿Y “aprender a ser gente”? Muchas veces escuché a los más grandes de la familia decir que había que enseñarles a algunas personas a ser gente. El dicho se aplicaba respecto de personas que por alguna razón dejaban de saludar o, en el peor de los casos, no estaban cuando se necesitaba una mano de ellos. La idea, es que nunca se debía dejar de estirar la mano o saludar con cortesía, aunque parezca una pérdida de tiempo al sólo recibir desprecio. Y, por supuesto, si algo malo le acontecía a esa persona, uno debía ser el primero en estar allí. Porque lo cortés no quita lo valiente. ¿Cuándo aprenderemos que la transparencia no es espectáculo ni denigración, pues lo que se dice tiene contenido, forma, momentos, lugares y, en ocasiones, emisores calificados (por ejemplo, las redes sociales no son la iglesia o el lugar de trabajo)? Todo intento de separar la cizaña del trigo, siempre desde nuestro particular y no ausente de pecado punto de vista, en vez de vivificar, siempre terminará destruyendo. La confrontación del error, el contrapunto ante una idea disonante, el debate desde puntos de vista contrarios, nunca debe llegar al punto de dilapidar públicamente a una persona. Situación que llega al paroxismo cuando son meses y años de ataques, infundios o calumnias, lo que más que una idea discordante denota envidia, cobardía y crueldad. Ausencia de vida propia. Ociosidad que es madre de todos los vicios. 

Son tiempos difíciles estos que nos tocan vivir. Gira la máquina en forma indolente, al nivel que la indiferencia e irrespeto son la tónica. Da lo mismo el trabajo ajeno, el dolor vital, el cansancio, los contextos. Esa es la sociedad actual,  el Chile jaguarezco y ensimismado, marcado por el derecho individual a ser feliz, que no es otra cosa que un sentido de vida nauseabundo y agobiante. ¿Cuándo se nos perdió la comunidad? ¿Cuándo se nos perdió el respeto y la cortesía, tan habituales en nuestras calles de no tan ayer? ¿La sociedad amurallada y enrejada de los noventa – y hoy más- derivó en mentes y emociones amuralladas y enrejadas también? 

Hoy más que nunca se necesario aprender a separar las cosas y a ser gente. Y claro está, todo el ser se encuentra implicado en esta tarea: intelecto, emociones y voluntad. El apóstol Pablo habla fuerte y claro sobre esto (y vaya que el apóstol tuvo discusiones fuertes): “El amor debe ser sincero. Aborrezcan el mal; aférrense al bien. Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente. Nunca dejen de ser diligentes; antes bien, sirvan al Señor con el fervor que da el Espíritu. Alégrense en la esperanza, muestren paciencia en el sufrimiento, perseveren en la oración. Ayuden a los hermanos necesitados. Practiquen la hospitalidad. Bendigan a quienes los persigan; bendigan y no maldigan. Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran. Vivan en armonía los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben. No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: ‘Mía es la venganza; yo pagaré’, dice el Señor. Antes bien, ‘Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta’. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Romanos 12:9-21).

Así sea.

Luis Pino Moyano. 

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