¿Puede haber una teología de la incertidumbre? Reflexiones que abre el libro de Juan Pablo Espinosa.

Publicado originalmente en Cristianisme i Justícia (Barcelona).

¿Qué hace un evangélico presentando un libro de un católico? Puede que quienes están viendo esta presentación y suscriban la fe católico-romana no crean necesaria esta pregunta, y que ni siquiera se les haya pasado por la mente realizarla. Y si bien es cierto, a primera vista, parecería una forma bastante polémica de “abrir los fuegos”, para seguir con el tono bélico, no es mi intención abrir una imprecación contra el libro de Juan Pablo Espinosa. Al contrario. Quiero invitar a los interesados en el arte de leer y que suscriben la fe evangélica a que sometan a prueba sus prejuicios, que eliminen las caricaturizaciones y el prurito anticatólico que caracteriza a parte importante de nuestra vertiente en América Latina y, más específicamente, en Chile. Y sé que algunos, cuya buena fe no niego, podrán sostener que la lejanía tiene sus justificaciones, pues antes de ser considerados “hermanos separados” fuimos los “despatriados del cielo i de la tierra” [sic], la carencia de diálogo, la cerrazón a la posibilidad de aprender y, digámoslo sin ambages, la ausencia de amor en la verdad y la verdad en amor es lo menos evangélico que puede existir en la faz de esta tierra. Además, un paso fundamental en la construcción del relato de la ipseidad, ese discurso sobre lo propio y/o sobre uno mismo, es incompleto si no se entiende la otredad, si no se estudia con seriedad y rigor intelectual aquello que nos diferencia. Y en dicho camino, es muy probable que nos sorprendamos al vislumbrar que aquello que nos une es menos que lo que nos separa[1]. Y aún más, se puede llegar a construir la amistad, aquella que entiende que el escribir es otra manera de conversar desde la experiencia, por supuesto, en una mesa en la que no faltan los tés con menta de Juan Pablo o mis cafés negros.

Otra razón para evidenciar mi lugar de habla está en que la producción teológica evangélica, sobre todo aquella que tiene más cabida en el mercado editorial, esa de tinte sistemático más que bíblico, gusta y goza de tener todo claramente especificado, enmarcado y hasta cerrado. Allí, entonces, sólo hay lugar para la certeza impertérrita que se aterriza a la práctica en un habla que lo llena todo, en la idea que la duda es una terrible enemiga de la fe, en una santidad estilo “modelo terminado” en el cual la flaqueza, el dolor, la depresión y el fracaso no tienen cabida, so pena de convertirse en un paria. Sí, muy a pesar de cantar himnos como “Sublime gracia”. Entonces, una “teología de la incertidumbre” como la que propone Espinosa viene a llenar un vacío para quienes somos evangélicos, generando no sólo un desafío, sino el pavimento para un camino necesario en tiempos aciagos como los que nos toca vivir. Llegará el momento en que el Covid-19 sea controlado, como otras pandemias lo fueron en la historia, pero los efectos emocionales del encierro y el distanciamiento físico y humano dejarán una huella que prevalecerá quizá hasta cuándo. Ahí la propuesta teológica del autor seguirá viva y bullente. Hagámonos la pregunta con Juan Pablo Espinosa: “Incluso podríamos preguntarnos: ¿siempre debe existir una respuesta certera o el ‘no-sé’ tiene una validez teológica y humana?”[2]. No siempre hay respuestas inmediatas. Hay también silencio y asombro frente a un Dios que revela y calla en el misterio (véase Deuteronomio 29:29). ¡¿Cómo podremos ser sorprendidos por un Dios que hace cosas que superan nuestra imaginación si Él cabe en nuestra cabeza?!

Entre las figuras que Espinosa ocupa, en su referencia constante a la Biblia, una de las más caras para referir el momento vital que nos toca, es la del desierto como símbolo del camino a la tierra prometida en el que no está ausente la crisis. Y la crisis no es el momento de la caída, sino aquella etapa en la que no sabemos si retrocederemos, o nos iremos de bruces, o viendo una pequeña luz avanzaremos y encontraremos el punto al que debíamos llegar. Ese discurso no tiene mucha cabida en el mundo evangélico, en el que el éxito y la prosperidad son el pan latigudo de cada día. Pero como bien dice Juan Pablo, “El pueblo debe aprender a comprender que la mística del desierto está expuesta al fracaso de los proyectos”[3]. La invitación preclara es a no acomodarnos al discurso exitista. La historia de la iglesia a veces es mucho más difícil de lo que podríamos anhelar.

Pero, así como la duda puede ser un aliciente de la fe, la incertidumbre, muy a contrapelo de lo que podríamos imaginar, puede hacer brotar la esperanza, como las suculentas de Juan Pablo o como el limonero de mi casa que este año dio sus primeros frutos. Porque el fracaso no implica, necesariamente, la derrota. Por ello, Espinosa, siguiendo a Byung-Chul Han, nos propone: “una teología primaveral: un abrazo amoroso a la sutileza, al cuidado, a la vida”[4]. En síntesis, una teología contextual y contemporánea, por y para el presente, una teología gozosa, que anhela al Amado, que no rehúye el eros, lo que interesantemente tiene su correlato evangélico con la propuesta de aquello que el pastor bautista John Piper ha denominado provocativamente el “hedonismo cristiano”[5]. O, sin ir más lejos, aquello que la definición catequética de Westminster, uno de los emblemas doctrinales del presbiterianismo, señala como nuestro fin principal, a saber, “glorificar a Dios y gozar de él para siempre”.

Y en ese encuentro con el Dios de la vida es que también nos encontramos con el otro, con nuestro prójimo, y con ellos también podemos notar nuestra relación con la casa común. En medio de la adversidad, y con el signo de la esperanza, el ensimismamiento no es opción. La teología de la incertidumbre es una que invita a la hospitalidad, a la indignación y al amar hasta la muerte. Al dar que duele, en palabras de Alberto Hurtado. “La teología de la hospitalidad, del buen vivir comienza con el mismo Dios-Yahvé”[6], nos dice Juan Pablo Espinosa. Antes, él había planteado que: “La comunidad de Jesús debe aprender de este dolor visceral de Jesús, de su ‘santa rabia’, de su conmoverse ante el dolor del otro y aprender que el camino del seguimiento del Maestro pasa por el reconocimiento y la donación a los otros. Una Iglesia centrada en sí misma no es Iglesia de Jesús. Una Iglesia que se descentra es la seguidora del Jesús de la conmoción visceral”[7]. El encuentro con el Maestro de Galilea que recorre ciudades y aldeas, no sólo predicando y enseñando, sino también “sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo” (Mateo 9:35-38), nos muestra con suma claridad que no existe esa disociación artificial entre proclamar el evangelio y hacer buenas obras. Hacer extremos implica construir iglesias en las que existe una religión que no tiene nada para la vida aquí y ahora, o, por el contrario, construir una comunidad estilo ONG que solo piensa en la tierra y no tiene a la vista en el cielo y la tierra nuevos con la maravilla de su justicia en plenitud. Ambos son mensajes incompletos, porque nos hacen pensar en un Cristo limitado, y no en el anunciado por San Pablo cuando señala que “todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16). Cristo es el Señor de todo, por lo tanto, la iglesia le debe servir y amar en todo.

Mientras tenía frente a mí el libro de Juan Pablo, en todo el ejercicio lector, resonaba en mi mente y corazón las palabras del Salmo 126, especialmente su segunda estrofa, aquella que pone atención en la experiencia vital de quienes están en el desierto. “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” (vv. 5, 6), dice el salmista. La imagen es fuerte. Es la de campesinos en tiempos de crisis que usan su grano precioso para la siembra y no para la comida. Las mismas semillas que pudieran alimentar a niños hambrientos se siembran con la esperanza de una cosecha meses después. Para él, es como si les quitara la comida de la boca. Tira la semilla en un terreno desértico esperando que los arroyos del Néguev lleguen después de la ansiada lluvia. Esto es un gran riesgo. Por eso es que siembra con lágrimas en sus ojos. Pero en la historia que muestra la ley de la siembra y la cosecha, que canta con esperanza acerca de la fidelidad de Dios, vale tomar el riesgo. Y ocupo intencionalmente la palabra riesgo, porque en su raíz etimológica árabe, literalmente significa: “lo que depara la providencia”. En la incertidumbre nos arriesgamos porque no olvidamos, como bien señala de manera poética el autor del libro: “Somos tejidos / Amados / Perdonados / Salvados / Paridos /En, por y para la pertenencia y la presencia”[8].

Enhorabuena recibimos el libro de Juan Pablo, con su propuesta teológica que no teme dialogar con la filosofía y las ciencias sociales, declamar y cantar lo poético, y que a católicos como él y evangélicos como yo nos ayudará en la caminata con el gozo y la esperanza que sólo proviene de aquél que murió en la cruz.

Luis Pino Moyano. Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Miembro del Núcleo Fe Pública.

[1] En el largo tránsito para llegar a esa noción, reconozco el tremendo aporte de la siguiente obra: Joaquín García-Huidobro y Manfred Svensson. Cartas entre un idólatra y un hereje. Santiago, Ediciones Universidad Católica de Chile, 2017.

[2] Juan Pablo Espinosa. Pequeña teología de la incertidumbre. Ensayos, entrecruces y propuestas. París y Santiago, Ediciones del pueblo, 2021, p. 19.

[3] Ibídem, p. 80.

[4] Ibídem, p. 75.

[5] Véase: John Piper. Sed de Dios. Meditaciones de un cristiano hedonista. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2011.

[6] Espinosa. Op. Cit., p. 70.

[7] Ibídem, p. 40.

[8] Ibídem, pp. 143, 144.

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