La cifra exacta.

Primero fueron las respuestas dubitativas ante el periodista Tomás Mosciatti. Luego el tema de las 1.000 UF y después los 400 mil millones de dólares. Cifras erróneas en medio de entrevistas y debates y que hacen sonar las alarmas de quienes claman por datos correctos, por la cifra exacta. No me cabe ninguna duda que el candidato Gabriel Boric y sus asesores económicos en la campaña presidencial tienen más que claro que éste es el punto débil, el que ya fue detectado por quienes de aquí en adelante sentirán la compulsión de pillarlo. Y, por lo tanto, será necesario estudiar más, sea leyendo o recibiendo clases de su equipo económico, de tal manera que ese factor no termine perjudicando su campaña. 

Pero salgamos por un momento de la superficialidad del vídeo recortado y del meme chistoso, para adentrarnos en dos asuntos que, a mi juicio, son relevantes de ser tenidos en cuenta, a saber, la relación de un presidente con los datos y la educación con la memorización. 

Literalmente, un presidente es uno que preside, y si bien es cierto en la nomenclatura tradicional republicana se ocupa como término intercambiable al de “Jefe de Estado”, quien preside es más bien un “primus inter pares”, uno que está primero en un rol, pero que no deja de ser parte de un equipo. Es quien guía los procesos, que demarca principios y prioridades, que construye equipos en quienes delega tareas adecuadas a las especialidades de quienes los conforman. En términos koselleckianos, el campo de experiencias de un gobierno es construido por las personas que trabajan en distintas áreas y, a partir de él, un presidente puede demarcar y guiar el camino hacia un horizonte de expectativas. Un presidente no tiene que saber, necesariamente, todos los datos. Es deseable que esté muy informado, pero su tarea no es la de memorizar datos y cifras, sino presidir a quienes tienen la tarea de descubrirlos, relevarlos y/o aplicarlos. 

Un presidente no tiene que saber todos los datos, porque nadie sabe todos los datos. Hubo un dictador en Chile que decía que ni una hoja se movía en el país sin que él lo supiera y, años después, no dudó en desentenderse de su responsabilidad y conocimiento para culpar a sus subalternos y librarse del castigo a sus graves delitos. Piñera es un presidente que sabe casi todos los datos, a modo de tabla de multiplicar. Una capacidad loable por cierto. Pero no necesariamente la capacidad que requería nuestro país a la hora de presidir de manera posterior a la crisis. Prueba de ello, es que la crisis de la institucionalidad en un régimen presidencialista fue salvada por el parlamento, en el que el candidato que no conoce todas las cifras jugó un rol fundamental, más allá de lo que dicha acción política podía costarle en su propio partido, en su coalición y en una masa que exigía ante todo radicalidad y no la mesura republicana. 

El otro elemento relevante a ser tenido en cuenta y, que hasta ahora no he visto que se plantee a propósito de esta situación, tiene que ver con la relación entre proceso educativo y memorización. Gabriel Boric es el único candidato a la presidencia de Chile que siguió estudiando en el colegio de manera posterior a 1997 (seis años en total, los dos últimos de la Básica y la totalidad de la enseñanza media). ¿Y esto qué tiene que ver? Tiene que ver, toda vez que en 1997 se desarrolló una reforma educacional que, entre otras cosas, dejó de lado la mnemotecnia como recurso fundamental de la educación. Se decía que no había que aprender como loros, memorizando y repitiendo datos y cifras que no se habían aprehendido, asimilado, reflexionado y problematizado. De hecho, sólo como dato de la causa, en mis once años como profesor de Historia y Ciencias Sociales en Educación Secundaria nunca he preguntado en una prueba por una fecha, pues lo que interesa es que un estudiante pueda describir, explicar, reflexionar e interpretar por sobre todo procesos en los cuales son los actores sociales quienes tienen la preponderancia y no la fecha de un acontecimiento. Si recuerdan las fechas es una variable que se añade a lo que importa. 

A su vez, y de manera más reciente, cada vez más, existe conciencia de los diversos tipos de inteligencia que desarrollan las personas. Y es que somos diferentes: algunas personas desarrollan mayormente una inteligencia lingüístico-verbal, otras la interpersonal, otras la corporal-cinestésica, otras la lógico-matemática, otras la naturalista, otras la intrapersonal, otras la visual-espacial, otras la musical. El poseer una inteligencia distinta no te hace ser más o mejor persona, sino simplemente diferente. Igual en dignidad pero diferente en personalidad, y cada persona debe ser valorada por lo que es en ambas dimensiones. ¿Por qué medir entonces a los candidatos y la candidata desde un sólo tipo de inteligencia? 

La sola preocupación por el dato o la cifra memorizada y repetida puede llevarnos a seguir eligiendo, ocupando la cara metáfora de Luis Le-Bert, al tesorero del curso, cuyo conocimiento técnico puede ser reconocido y valorado, pero que no tiene, necesariamente, la única ni última palabra. 

Por ahora, me quedo con las palabras del Astrónomo al Principito: “Si les he referido estos detalles acerca del asteroide B 612 y les he confiado su número es por las personas mayores. Ellas aman las cifras. Cuando les hablas de un nuevo amigo, no te interrogan jamás sobre lo esencial. Jamás te dicen: ¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefieren? ¿Colecciona mariposas? En cambio, te preguntan: ‘¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos son? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?’. Sólo entonces creen conocerle. Si dices a las personas mayores: ‘He visto una hermosa casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el techo…’, no acertarán a imaginarse la casa. Es necesario decirles: ‘He visto una casa de cien mil francos’. Entonces exclaman: ‘¡Qué hermosa es!’. / Si les dices: ‘La prueba de que el principito existió es que era encantador, que reía, y que quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que existe’, se encogerán de hombros y te tratarán como se trata a un niño. Pero si les dices: ‘El Planeta de donde venía es el asteroide B 612’, entonces quedarán convencidas y te dejarán tranquilo sin preguntarte más. Son así. Y no hay que reprocharles. Los niños deben ser muy indulgentes con los mayores”*.

Luis Pino Moyano

* Antoine de Saint-Exupéry. El Principito. Santiago, Pehuén Editores, 2001, p. 9. 

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