Messi, su banda y la copa para la alegría del pueblo argentino.

Siempre he tenido un cariño memorioso hacia el Mundial de Italia 90. Fue el primero que tengo en la memoria, pues tenía ocho años. De los cuatro años no se recuerda nada, o casi nada. En cambio, a los ocho ya se podía juntar un álbum, cuyas láminas había que pegarlas con cola fría o con goma de pegar, y para obtener más de las que se podían comprar, se jugaba a darlas vuelta con un golpe de mano, previo cachipún (piedra, papel o tijera, para otras latitudes). Fue el Mundial con el que recuerdo a Maradona. Fue allí donde se transformó en mi jugador predilecto y desde ese momento surgió mi apoyo a la selección argentina en los mundiales, especialmente cuando no está la Roja linda y querida. Es que era imposible no entusiasmarse con un equipo en el que la 10 la tuviera puesta Diego. Esa jugada que hizo para el gol de Caniggia debe estar dentro de las más emocionantes de la historia del fútbol, sobre todo cuando se conoce cómo estaba su tobillo. 

De Italia 90 han pasado treinta y dos años. De los ocho mundiales que se han jugado después de ese torneo, cinco han contado con la presencia de Lionel Messi. Y hasta acá, su presencia no había logrado ser gravitante, a pesar que en 2014 recibiera el premio al mejor jugador del Mundial no sin polémica. Tenía a su haber una final perdida. A las que se sumaron las dos Copas América perdidas con la selección chilena. Esa ruta comenzó a romperse con la Copa América del 2021, con un triunfo sobre Brasil nada más y nada menos que en el Estadio Maracaná. De ahí en adelante, la significación de Lionel Messi en tanto jugador de la selección argentina comenzó a cambiar. Además, si bien es cierto, Diego sigue estando en la memoria del pueblo argentino, Messi comenzaba a ser el héroe vivo de esas mismas personas. Si alguien podía catalizar las esperanzas futbolísticas de la albiceleste era el 10 que había salido de Rosario a Barcelona y de Barcelona a París. En la canción más popular de la hinchada transandina, era el Diego, con su viejo y su mamá, “alentándolo a Lionel”. Esa jugada es clave: Evita, Diego, Lionel. Cuando el apellido es sustituido por el nombre propio se está en el Olimpo de nuestro país vecino. 

Y Messi lo entendió. Sabía que llegaba a este Mundial en su madurez futbolística y que podía ser su última oportunidad de alzar la copa, esa que sólo una pléyade de jugadores han sabido cuánto pesa. Pero no sólo eso, sabía que llegaba con una buena selección, un grupo unido, y que de una vez por todas, de la mano de Lionel Scaloni, había tomado tomado la decisión de jugar para el 10. Messi no se llevaba el peso del equipo en el mediocampo, para eso estaban De Paul y Mac Allister, que hicieron un tremendo mundial. El Dibu Martínez que no es un gran arquero, siempre apareció en los momentos importantes (¡vaya tapadón en el 118 de la final!). Otamendi aportó garra y sapiencia. Montiel y Di María, unos cracks por donde se les mire. Y Julián Alvarez, el joven delantero del City, brilló con colores propios, pues “goles son amores” reza el viejo adagio futbolero. Messi podía ser él, de la forma que más le agrada, con un equipo así. 

Pese a la derrota con Arabia Saudita (1 a 2), Argentina logró sobreponerse y ganar todos los siguientes partidos, en ocasiones de manera indiscutida y, en otras, sufriendo. 2 a 0 a México, 2 a 0 a Polonia, 2 a 1 a Australia, 2 a 2 y 4 a 3 en penales contra Países Bajos y 3 a 0 a Croacia en semifinales (selección que dejó afuera a uno de los favoritos, Brasil). Messi, el mejor jugador del fútbol mundial de esta época, destacó en cada partida con sus goles, pases precisos, jugadas. Pero, por sobre todo, por un giro. Le vimos con un carácter inédito, más capitán que nunca, con fiereza y pundonor. Este era un Messi maradoneano, como el del 86, con un talento y una categoría incontrarrestables. 

Y llegó la final del mejor mundial que he visto en mis 40 años de vida. El mejor mundial porque tuvo buenos partidos, fue excesivamente entretenido pues tuvo muchos goles y poca especulación. Mi hijo Miguel estaba allende los Andes, en Mendoza, por lo que no vimos el partido juntos. Cuando Francia empata 2 a 2, de mi cabeza no se podía apartar la final del 86, con Argentina ganando 2 a 0, Alemania empatando a 2 (con goles de córner que hicieron sufrir a Bilardo) y terminando con un triunfo de 3 a 2 con gol de Burruchaga tras gran habilitación de Maradona. Escribí el mensaje en WhatsApp y luego en mi Twitter con ese dato, cuando en menos de un minuto Messi anota el tercero. Pero luego, vino el tercero de Francia. Sí, hubo cuatro goles en los noventa minutos, dos goles en el alargue y venía la tanda de penales, en un partido que fue una radiografía del mundial. Vino la tanda de penales: Messi, Dybala, Paredes y Montiel hicieron los suyos para coronar el proceso de los doce pasos en 4 a 2. Argentina era campeón del mundo por tercera ocasión. 

“Los caminos de la vida no son lo que yo esperaba”, cantaba Vicentico. En este caso, eran los que esperábamos. Era maravilloso ver a Messi y su banda tan felices con la copa en sus manos como resultado de un esfuerzo gigantesco. Lionel Messi, el 10 y capitán de la albiceleste, en ese acto, por fin podía sacarse la mochila de Maradona, para poder continuar su historia sólo con su propia mochila. Se trata de un justo campeón. Argentina mereció con creces ganar este mundial. 

Cierro mis palabras, las últimas que dedicaré a la selección argentina, con un poema que escribí el día viernes 16 por la noche:

Que gane Argentina

su tercera copa mundial.

Que ese triunfo sea

por Diego, su zurda mágica

y su inquebrantable

puño en alto.

Por Messi

y sus silenciosas gambetas

y por Miguel que lo admira

como el gran jugador que es.

Por Charlie, Fito y Mercedes

-la negra querida-

por su música que le pone 

banda sonora a la vida.

Por el tango, ese apasionado 

que no salió de los arrabales.

Por el cine, 

ese que apela a la memoria

y a la sencilla cotidianidad.

Por Pizarnik y Cortázar

con sus letras de la noche, 

y por cronopios y famas.

Por los muchachos de Malvinas

cuya dignidad no será olvidada.

Por el mate amargo 

y las facturitas del día a día.

 

Que gane Argentina.

Que gane.

“¡Al gran pueblo argentino salud!”.

 

Menos a uno, o unos que no importan,

porque ensucia(n) la historia.

 

Por todo el resto del pueblo

“los libres del mundo”

decimos ¡Salud!

Luis Pino Moyano.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s