Visiones e ilusiones políticas #2: Liberalismo y soberanía del individuo, conservadurismo y la historia como fuente de las normas y nacionalismo como deificación de la idea de nación. 

Nota introductoria: Este material formó parte de un «cuaderno de trabajo» para un curso que estuvo basado en el libro de David Koyzis «Visiones e ilusiones políticas. Un análisis y crítica cristiana de las ideologías contemporáneas». Todo lo que está en azul en este texto es señal de resumen o de traducción literal de dicho libro. Para mayor detalle ver el post número 1 de esta serie, haciendo clic aquí

Ninguna ideología se mantiene intacta. No existe impermeabilidad cultural ni intelectual en ninguna cosmovisión o sistema de pensamiento. Los cambios se producen por el desarrollo de su pensamiento o por las tensiones que hay dentro de la misma corriente. Como dijera el filósofo esloveno Slavoj Žižek: “Una ideología en realidad triunfa cuando incluso los hechos que a primera vista la contradicen empiezan a funcionar como argumentaciones en su favor”. 

Otro elemento clave es que existe una tendencia mayor a que adeptos de una misma ideología tengan mayores discordancias y entren en más ocasiones en discusiones, porque buscan representar la visión más auténtica y pura de su sistema de pensamiento.

Liberalismo. 

El liberalismo es una de las corrientes basales en política más arraigadas en las sociedades occidentales, en tanto es uno de los hijos más predilectos de la Modernidad. Uno de los elementos que más ha sobrevivido a la ideología liberal es su fe fundamental en la soberanía del individuo. El individuo es libre para buscar el desarrollo humano. Es una tendencia progresista, que tiene en su horizonte una mayor emancipación, en un relato escatológico sin fin.

Es una corriente de pensamiento que no ha estado libre de tensiones. Por ejemplo, los liberales del s. XVIII y XIX veían al estado como la principal amenaza de la libertad, mientras que los liberales del s. XX han visto al estado como el principal promotor de la libertad.

Entre los pensadores fundamentales del liberalismo podemos reconocer a John Locke, Adam Smith, Jean Jacques Rousseau e Immanuel Kant. Por otro lado, los pensadores actuales más influyentes de esta tendencia son: Friedrich von Hayek, Milton Friedmann, Robert Nozick y John Rawls. En Chile, intelectuales como José Victorino Lastarria, Francisco Bilbao, Benjamín Vicuña Mackenna, Alberto Edwards, y más recientemente, Agustín Squella, Alfredo Jocelyn-Holt, entre otros. En temas de discusión actual, me parece relevante destacar a la feminista liberal Camille Paglia. 

Decir liberal en distintos países no significa lo mismo. En países como Inglaterra y Alemania se configuran desde el centro político, bajo el diálogo continuidad-cambio. En Estados Unidos desde la izquierda, defendiendo libertades civiles viejas e innovadoras. En Italia con una identidad de derecha conservadora, teniendo de liberal el sistema económico homónimo. En América Latina fomentaron el federalismo y el parlamentarismo, defendieron la libertad electoral, el estado docente y laico, adhirieron a la lógica republicana, democrático-representativa y constitucionalista, con énfasis en el progreso. Generaron, además, una política modernizadora en lo económico y educacional, pero conservadora en lo social y en lo político [2].

El liberalismo postula el librepensamiento (hijo de la ilustración y del humanismo secularizado), el individualismo, y la presuposición respecto a que la propiedad antecede lo social. Como plantean Miguel Artola y Manuel Pérez: “El pensamiento liberal, plenamente elaborado en la obra del filósofo inglés John Locke (1634-1702), y en especial en sus Dos tratados del gobierno civil (1690), estaba construido a partir del postulado de la existencia de unos derechos naturales, anteriores y por lo mismo superiores a cualquier obligación política. Para Locke, y para todo el liberalismo posterior, estos derechos eran la libertad y la propiedad; desde el momento en que se ponía a todos los individuos en las mismas condiciones para que disfrutaran de ambos, surgía la igualdad, completando así el enunciado de los derechos del hombre. La igualdad no consistía, por tanto, en alcanzar una nivelación de las condiciones de vida de los hombres, objetivo por completo ajeno a los planteamientos teóricos liberales” [3].

Recordando que la secularización consiste en el desplazamiento de los motivos religiosos tradicionales por motivos religiosos centrados en el ser humano, podría señalarse que la tesis de “todos los seres humanos nacen libres e iguales”, es una declaración religiosa y/o filosófica, a tal punto que construye una tensión interna en el liberalismo por la idea de igualdad. La idea de un contrato social aceptado voluntariamente por los individuos tiene escaso correlato empírico en la historia contemporánea, pensando en el período abierto con la Revolución Francesa en 1789 hasta la actualidad. Pero es cubierto por el relato redentor de una violencia originaria que rompe con las antiguas cadenas y la construcción de un santoral de héroes y padres fundadores. 

Muchos liberales procedían originalmente del cristianismo, y desde ahí tomaron ideas como la de la responsabilidad individual. Pero desde finales del siglo XIX, es una tendencia fuertemente anticlerical. El debate liberal de lo religioso en el espacio público, entendiendo que esa dimensión forma parte de la vida privada de los individuos, de su fuero interno. Y ahí hay liberales que tienden a reconocer que un estado laico es aquel que permite la circulación libre de las ideas, entre ellas las religiosas, en el marco de una sociedad plural, y otras tendencias liberales que lo entienden como aquella organización social que en el marco institucional no da cabida al relato religioso en el espacio público. 

El liberalismo tiende a absolutizar al ser humano como individuo, como un sujeto libre por sí y ante sí. Autonomía, capacidad de pensar por sí mismo, validación de su experiencia, se funden en dicho ejercicio.

Uno de los elementos más complejos de la ideología liberal es que la mayoría de los liberales no reconocen su posición como una cosmovisión omniabarcante. Pero evaluemos la mirada cristiana: los seres humanos somos responsables, y hay parte de nuestra vida que es individual. Pero no somos autónomos, tenemos a un Señor que es dueño de nuestra vida y de nuestra conciencia. Además, nuestra libertad siempre es para amar y servir, por lo cual hay una responsabilidad que es social de quienes somos creyentes. 

No puedo dejar de decir que veo con preocupación a creyentes evangélicos que asumen las ideas del liberalismo, en una suerte de moda teórica en América Latina, asumen de manera superficial y a veces banal discusiones tales como “estado débil vs. Estado fuerte”, no comprendiendo la sutil diferencia entre estado pequeño y estado débil. Para el liberalismo el estado tiene poder coercitivo para sostener el bienestar de la ciudadanía y poderes para crear, ejecutar y aplicar las reglas del juego. Piensen en el papel del estado para crear leyes en torno a reivindicaciones individuales y de identidad asociadas a la moral sexual. En el cuarto módulo tendremos un acercamiento desde el pensamiento reformado al papel del estado. 

Conservadurismo. 

El conservadurismo puede ser entendido como un modo de actuar en política marcado por la prudencia, o una tendencia dentro de otras ideologías (“liberales conservadores”, “socialistas conservadores”, pero es también una ideología. 

Koyzis dice que “Conservar significa mantener alguna cosa, preservarla, enfrentando a las fuerzas que tienden a eliminarla con el pasar del tiempo. El conservador está consciente que cualquier tipo de cambio provoca pérdidas inevitables – frecuentemente, la pérdida de una cosa buena que no puede ser sustituida. […] Es posible que esa melancolía de los conservadores provenga simplemente del hecho de haber perdido su poder y sus privilegios” [4]. Esa forma de pensar la historia puede ser parte de cualquier tipo de sistema. La pregunta “¿qué es lo que se desea conservar?”, puede ser respondida de diversas maneras, según su contexto. “Lo que hace de alguien un conservador es la forma de lidiar con la tradición y con el cambio en el contexto de una comunidad humana que está desenvolviéndose” [5]. El conservadurismo no es intrínsecamente cristiano. Puede ser musulmán, hindú o ateo. 

Lo que define a un conservador en política es su realismo, que niega utopías o definiciones abstractas. Lo bueno no necesariamente es perfecto, sino aquello que tiene un efecto inmediato y concreto en el mundo real. El discurso de “las necesidades reales de la gente” es de raigambre conservadora. Los conservadores no se niegan a los cambios, pero sostienen que los medios de prueba del beneficio en la reforma es de quienes las promueven, particularmente respecto de los efectos colaterales y su compensación. Por eso, promueven cambios a pequeña escala, graduales y basados en experiencias pasadas (alto valor a la historia).

El conservadurismo no es progresista, a diferencia del liberalismo y el socialismo. Reconoce los límites de la razón humana, y considera que siempre es mejor estar del lado de la tradición que contra ella. ¿Cuáles tradiciones son las mejores o correctas? La respuesta: “las nuestras”. Y eso nuestro, puede tener tintes nacionalistas, étnicos, regionales o locales. Y se debe tener cuidado con la diferencia entre tradición y tradicionalismo. Jeroslav Pelikan decía que “La tradición es la fe viva de los muertos” mientras que “el tradicionalismo es la fe muerta de los vivos” [6]. Por eso se da el fenómeno de lo que Koyzis llama “multiplicidad temporal de tradiciones”,  en tanto las tradiciones también tienen movimiento, no son estáticas. Edmund Burke, uno de los principales teóricos conservadores, no buscaba paralizar el proceso histórico de la vanguardia liberal inglesa, pero enfatizó en la necesidad de proceder con cautela y respeto de las convenciones y costumbres, y ahí tenemos una república con molde monárquico en Inglaterra. Es el respeto y mantención del status quo, reticente de los cambios y opositor a la quiebra radical.

Otra tendencia del conservadurismo es volverse al romanticismo, que idealiza un pasado de carácter mitológico, que genera una mirada reaccionaria, de tendencia restauracionista, que entiende que el status quo no es todo lo que debería ser. El pasado es divinizado.

Existe una muy común asociación de conservadurismo con cristianismo, puesto que muchos cristianos vieron a la “tradición judeo-cristiana” como el basamento de la sociedad y la cultura occidental (en la que por cierto hay una herencia greco-latina, es decir pagana, que es innegable, sumándole el influjo ilustrado de la Modernidad). Un cristiano apegado a la Escritura y que con sus lentes discierne la realidad, entiende que continuidad y cambio van de la mano, coexisten. El mandato cultural que incluye cuidar el jardín y cultivarlo, tienen nociones de progreso y conservación, por eso pueden ser vividos en el Edén (según Génesis 1 y 2) y en Babilonia (según Jeremías 29). Absolutizar el progreso o la conservación es construir un ídolo, raíz de toda idolatría.

Además, dicha asociación cristianismo-conservadurismo, por cómo se dio en América Latina, donde el ideal se expresaba en la triada: Dios, familia, patria. Por ello, formaron partidos políticos confesionales, apegados a la Iglesia Católico-Romana. Su base social eran las élites, pero el discurso patriótico fomentaba el policlasismo. Huelga decir que los conservadores se opusieron a las tesis darwinistas sociales que fomentaban la segregación racial que veían a indígenas y negros como subhumanos, muy presentes en los sectores liberales. Por otro lado, y a modo de ejemplo, el Partido Conservador chileno, uno de los más antiguos fundados en Chile y que existió hasta 1965, en su intención policlasista, participaron de la fundación de las primeras asociaciones multigremiales – como la FOCH-. El talante sindical de la juventud conservadora de los 30, fue forjado al alero del sacerdote jesuita Fernando Vives. Ese grupo sería el que más adelante formaría a la Democracia Cristiana. 

El conservador que entiende que el orden es perfecto y la historia es perfecta, olvida que la  historia avanza a un futuro mejor, consumada por Cristo. Por ende, hoy podemos trabajar por mejorarlo, por producir reformas. Valorar las tradiciones, recomendar la mesura, pueden ser acciones sabias, y en las que podemos estar de acuerdo con los conservadores. Pero no debemos olvidar que ni siquiera la creación de Dios es estática, que vive constantemente cambios, mejorías de la mano de la providencia y la gracia común, o empeoramiento como resultado de la pecaminosidad individual o social. Toda tradición debe ser evaluada a la luz de la Biblia, pues al ser productos humanos son falibles y no podemos construir una mirada consistente de la política en fundamentos destructibles. 

Nacionalismo.

Las naciones y el nacionalismo son un invento moderno. Tienen un origen histórico relativamente nuevo, ya que, datan del siglo XVIII y XIX, de la mano de los procesos de revoluciones burguesas como de los procesos emancipadores en América (léase como continente y no como Estados Unidos). La tesis mayormente consensuada en la historiografía es que en Europa la nación existía antes de la creación del Estado, y en América Latina el estado precedió a la nación. De hecho, se construyó a partir de él, y se usó la ley, la escuela, los museos, la historia, los símbolos patrios y hasta guerras para fomentar la identidad nacional. La idea de Benedict Anderson de una “comunidad imaginada” es clave, pues lo que produce unidad es la homogeneidad, y esa homogeneidad no es natural. 

El nacionalismo puede ser conservador o progresista. Pero siempre porta una historia redentora. Recibió su misión en tiempos pasados, y que consiguiendo la libertad de un reino opresor, avanza a su “futuro esplendor”. Si el nacionalismo nos ayudara a encontrarnos con otros hijos e hijas de esta tierra, con la lengua materna, con la solidaridad, con la comunidad de sentimientos, con el amor a la tierra de nuestros padres, bienvenido sea. Pero, lamentablemente, el nacionalismo ha derivado en el olvido de las diferencias y la violencia que la genera (no creo estar exagerando cuando digo que todos los Estados Nacionales tienen su inicio en un hito violento), en la naturalización del relato fundador de las élites que la han construido (dicho de otro modo, quienes imaginaron la comunidad) y, peor aún, en el rechazo de nuestros hermanos de otras nacionalidades. La nación es divinizada, llegando a ser como Ernest Renan la definía: “un alma viva, un principio espiritual”. “La copia feliz del Edén”, dice nuestro himno nacional. Ahí está la diferencia entre patria y nación, siendo la primera “la tierra de los padres”. 

El Apóstol Pedro en su primera carta (2:11), nos trata como peregrinos y extranjeros. Dicha referencia es clave para entender el nacionalismo desde una perspectiva cristiana. Lamentablemente, en América Latina, quienes provenimos de contextos evangélicos nos adentramos en la lectura de la Biblia con traducciones que nos hablaban de “naciones”. Quizá el texto más reconocido en nuestra mente sea el de la gran comisión que nos invita a hacer discípulos de todas las naciones. Digo “lamentablemente”, porque hace que olvidemos que el Nuevo Testamento, en todas aquellas palabras que se traducen como nación, originalmente ocupa el vocablo “éthnos”, cuya mejor traducción podría ser “pueblo” o “multitud”, lo que no necesariamente tiene que ver con lo que reporta el concepto nación, que da más cuenta de un factor más subjetivo, como el de la identidad. Es esa noción la que hace que no olvidemos la catolicidad de la iglesia, que hace alusión tanto a la universalidad como a la totalidad del mensaje. El cristianismo no es ni siquiera internacional, no cabe en esa categoría. El cristianismo es supranacional por definición. Haríamos bien en recordar las palabras del Apóstol Pablo, cuando señaló: “Ya no tiene importancia el ser griego o judío, el estar circuncidado o no estarlo, el ser extranjero, inculto, esclavo o libre, sino que Cristo es todo y está en todos” (Colosenses 3:11, Dios habla hoy). Dice Koyzis: “Al paso que el cristianismo intenta unir a las personas en amor y en humildad, el nacionalismo las separa con base en la soberbia y en el egoísmo tribal” [7].

Cito a Berdiaev: «El nacionalismo idólatra convierte a la nacionalidad en un valor supremo y absoluto, al cual está subordinada toda la vida. El pueblo substituye a Dios. Es inevitable el choque del nacionalismo con el cristianismo, con la universalidad cristiana, con la revelación cristiana de que no existe la Hélade y Judea y de que todo hombre tiene un valor indiscutible. El nacionalismo transforma todo en instrumento propio, en instrumento del poder nacional, de la originalidad y del florecimiento nacionales. […] El nacionalismo lleva por consiguiente al politeísmo, al particularísimo pagano. Hemos visto cómo durante la guerra el Dios alemán, el Dios ruso, el Dios francés y el Dios inglés combatían entre sí. / El nacionalismo no acepta la verdad religiosa universal” [8].

Está bien, somos “extranjeros” radicados en esta tierra, con la que nos identificamos, a la que amamos; pero también somos “peregrinos”, que estamos de paso, que caminamos de la mano del Señor hacia la ciudad prometida, al hogar del cual salieron nuestros primeros padres, al lugar en el que el Reino de Dios será plenamente consumado. La nación siempre tiene que ver con la identidad. Y nuestra identidad hoy tiene que estar en Cristo. Todo lo demás, es secundario y, a veces, hasta innecesario. Si el nacionalismo te hace apartar tu mirada de Dios y de tu prójimo, haciendo que ocupe un lugar preponderante en tu corazón, se convierte en un acto pecaminoso e idolátrico. Un ídolo, por cierto, con pies de barro.

Que la bandera que llevas en tu pecho no sea obstáculo para amar y aprender de tu hermano o hermana que, providentemente -presuposición teológica que hacemos mal en olvidar-, nació en otro lugar de la tierra [9].

Todas estas ideologías, de una u otra manera, terminan fortaleciendo la imagen del ser humano, poniéndolo en el centro, entronizándolo, en lugar de reconocer al Creador como soberano de sus criaturas, de la historia y de todos los pueblos de la tierra.

Luis Pino Moyano.


[1] Slavoj Žižek. El sublime objeto de la ideología. Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2001, p. 80.

[2] Ejemplo de ello es lo estudiado en: Alberto Edwards. La fronda aristocrática. Santiago, Editorial del Pacífico, 1976.

[3] Miguel Artola y Manuel Pérez. Contemporánea. La historia desde 1776. Madrid, Alianza Editorial, 2014, p. 40.

[4] David Koyzis. Visões & ilusões políticas. Uma análise & crítica cristã das ideologias contemporâneas. São Paulo, Edições Vida Nova, 2018, p. 88. La traducción es mía en esta y en todas las referencias a dicho material.

[5] Ibídem, p. 92.

[6] Jaroslav Pelikan. The vindication of tradition. New Haven, Yale University Press, 1984, p. 65.

[7] Koyzis. Op. Cit., p. 127.

[8] Nicolai Berdiaef. El destino del hombre contemporáneo. Santiago, Editorial Pomaire, 1959, pp. 98, 99 (la cita al pie refiere el nombre y apellido del autor tal y como lo traduce la obra en castellano).

[9] La sección sobre el nacionalismo es una adaptación de mi artículo “Unas breves palabras sobre el nacionalismo desde el cristianismo”. En: Luis Pino. En el balcón y en el camino. Reflexiones desde una cosmovisión cristiana. Saint-Germain-en-Laye y Santiago, Ediciones del pueblo, 2021,, pp. 206-208.

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