¡Que arda la iglesia!

“La única iglesia que ilumina es la que arde”, junto a otros gritos que esparcían su malestar y rabia contra la iglesia y la imagen de Dios (algunos irrepetibles, por quienes somos creyentes, aunque los dijésemos entre comillas), fue uno de los eslóganes producidos por los anarquistas españoles de la primera mitad del siglo XX, quienes, huelga decirlo, fueron muy influidos por el cientificismo positivista. El anarquismo español fue el más laicista y anticlerical de dicha expresión política, y el que por razones idiomáticas y de redes organizativas, influyó más en América Latina. No por nada, dichas consignas han vuelto a aparecer, y a expresarse en la realidad concreta, en las escenas iconoclastas del reventón social de octubre y noviembre de 2019, y quizá por cuánto tiempo más. 

Como protestante de raigambre reformada, no creo en la existencia de lugares sagrados y profanos, en una separación binaria que olvida que Cristo es Señor de todo. Pero, eso no obsta para que las acciones iconoclastas, de quema de templos y bandalización de los mismos, sea del todo repudiable y lamentable. E insisto, no por el lugar ni por los objetos, sino porque lo único que muestran estos actos, es a personas que enarbolan las banderas de la libertad, pero que sólo refieren a una emancipación que es ensimismada e individualizada, construyendo un conservadurismo y moralidad, contradictoriamente semantizados como progresistas. Buscan destruir a Dios y las religiones, pero terminan levantando otro altar, el de sus egos y de sus verdades relativas e individuales que desechan la posibilidad de dialogar en sociedad y aceptar las diferencias, y los afectos de personas que construyen sus propias redes sociales al alero de una comunidad eclesial. Bajo la misma lógica, esa religión secularizada, también debería arder. 

Pero quisiera re-dirigir mis palabras a otro asunto, resemantizando el eslogan, dándole otro significado y contenido. Uno que me permita gritar a voz en cuello y a desear con todas las fuerzas de las que tengo posibilidad: “¡Que arda la iglesia!”. Sí, que arda la iglesia. 

La iglesia tiene que arder, sobre todo, para que en un momento inicial podamos: a) quemar la inmoralidad del abuso de poder, expresado en maltratos económicos, eclesiales y de índole sexual; b) quemar la indecencia del enriquecimiento ilícito, amparado en “bancos celestiales” presididos por el dios del consumo al que no se le ofrenda, sino que se le pacta en lógica de oferta y demanda; y c) quemar la indolencia frente a la injusticia social, lo que se traduce en prácticas que van desde una actitud carente de misericordia frente a la pobreza y desamparo de nuestros prójimos, el desalojo de una ética cristiana fuera de la esfera eclesial y, en el peor de los casos, reproducir las acciones pecaminosas de otros bajo la excusa barata de un “todos lo hacen”. Mientras no reconozcamos la responsabilidad por comisión u omisión de nuestras comunidades cristianas, coadyuvando al malestar de cientos y miles de conciudadanos, seguiremos marcando el paso con un mensaje carente de sentido para el aquí y el ahora. El cristianismo lucha contra nuestra falta de realidad [1]. Seguimos a un Señor y Maestro, Jesús de Nazaret, que recorría las aldeas y ciudades predicando y enseñando el evangelio del Reino y, a la vez, sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo (Mateo 9:35). Cristo se compadece de quienes tienen hambre y carecen de pastor (Mateo 9:36), sana a los enfermos, toca a quienes son inmundos ceremonialmente (Mateo 8:1-3), conversa con aquellos que son considerados los parias de la sociedad (Lucas 19:1-10; Juan 4:1-42) y celebra asegurando que la fiesta no termine antes de tiempo (Juan 2:1-12). 

La iglesia tiene que arder en su tarea en el mundo. Juan Calvino, cuando definía a la iglesia señalaba que se trata de: “toda la multitud de hombres esparcidos por toda la Tierra, con una misma profesión de honrar a Dios y a Jesucristo; que tienen el Bautismo como testimonio de su fe; que testifican su unión en la verdadera doctrina y en la caridad con la participación en la Cena; que consienten en la Palabra de Dios, y que para enseñarla emplean el ministerio que Cristo ordenó” [2]. Probablemente, en esta definición nuestra vista se vaya rápidamente a los actos litúrgicos y de conocimiento escritural mencionados por el teólogo francés, pero esas tareas sólo pueden ser desarrolladas de manera consistente, sí y sólo sí, la iglesia es entendida como comunidades que están “esparcidas por el mundo”. Es mientras que la iglesia institucional y la orgánica (nosotros, los creyentes, somos la iglesia), caminamos en medio del espacio geográfico que nos toca, que cumplimos nuestra tarea de hacer discípulos, de integrar a nuevos miembros y de enseñar la Palabra de Dios, junto con la tarea de colaborar con la extensión del Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo (Romanos 14:17), y con nuestras manos, en el trabajo que desarrollamos en el día a día, produciendo bienestar para quienes son beneficiarios de lo que hacemos [3]. El pastor y misionero David Trumbull, señaló en 1879 que: “Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo” [4]. La esperanza de Trumbull no estaba en un cambio constitucional ni en la relación estratégica con liberales, radicales y masones -aunque ambas cosas podrían haber sido necesarias en dicha época-, sino en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin. La luz del evangelio debe iluminar en medio de la oscuridad, con la proclamación fiel de la Palabra de Dios, y además, en la muestra de amor al prójimo que se manifiesta en prácticas de justicia y misericordia, y en el trabajo realizado con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. Disociar esas tareas evangélicas, presenta una mirada parcial y débil del evangelio mismo, y diluye el entendimiento de su alcance y poder de transformación. 

La iglesia tiene que arder en la esperanza escatológica, la que se fundamenta en la obra de aquél que ni la tumba pudo retener, y no radica en un mero cambio social, sea del tinte político que sea. Un día todas las tiranías y todos los reinos de la tierra caerán, pero el reino de Cristo, el Señor en quien debe estar nuestra esperanza y fe, prevalecerá para siempre. Nuestra esperanza está en Cristo. ¡Él consumará la historia! ¡Él construirá la verdadera justicia! ¡Él construirá la paz! ¡Él establecerá el lugar en el que su pueblo podrá encontrarse de manera plena con Dios, con el prójimo y con la buena creación de Dios! Ningún hombre o mujer puede lograr aquello. Todo eso, no implica quietismo ni pacifismo, sino que entiende equilibradamente nuestro papel y el de Cristo. El “venga tu reino” y “hágase tu voluntad”, van de la mano, en el Padrenuestro (Mateo 6:10). Nuestra esperanza no está en lo que tú y yo podemos hacer. No está en nuestros bienes y profesiones temporales. No está en que te libres cuidándote sólo a ti y no preocupándote de quienes te rodean. La esperanza que no defrauda está en Cristo. En lo que Él hizo por ti y por mi en la cruz, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. ¿De dónde proviene, entonces, nuestro amor y justicia? Tienen que venir de Cristo. No nos dejemos dominar por los discursos de nuestra época. El evangelio debe ser el fundamento. No hay amor verdadero que no se sustente en Dios. No hay justicia social verdadera que no se sustente en Dios. No hay valoración de la vida humana que no se sustente en Dios. No hay paz verdadera y perdurable que no se sustente en Dios. ¡En él debemos poner nuestra mirada hoy! (Véase sobre esto último el Salmo 145).

La iglesia tiene que arder en el amor a quienes profesan la misma fe. La iglesia es, por definición, la comunidad de los distintos que han sido unidos por la gracia de Dios, el único lugar del mundo en el que pueden y deben convivir aquellos que fuera de su marco jamás se habrían juntado ni, mucho menos, amado. Por tanto, la iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio, a saber, la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz (1ª Pedro 1:18-20). Somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás. En Cristo, somos uno (Efesios 2:11-22; 4:1-16). Y si tenemos como mayor cualquier cosa ocurrida en el país en el devenir histórico, a un actor político del pasado o del presente o un determinado principio filosófico-político-o-económico, y eso obstaculiza nuestra relación de hermanos con otros creyentes, estamos poniendo una cosa insignificante en lugar de Cristo, como señor y dios de la vida, sustituyendo a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Si amamos más un determinado proyecto político que a nuestro propio hermano, como lo mandata la Escritura, no estamos siguiendo uno de los principales mandamientos de quienes seguimos a Jesús (Juan 15:17; 1ª Juan 4:7,8,20,21).

La iglesia tiene que arder en la búsqueda y práctica de una espiritualidad bíblica, en una genuina pentecostalidad de la iglesia. El anhelo por ser llenos del Espíritu Santo no es ni debe ser patrimonio de las comunidades de nuestros hermanos pentecostales, sino de todo el pueblo de Dios. Las palabras de Kuyper deben ser un llamado a nuestras conciencias: “A menos que Dios envíe su Espíritu, no habrá ningún cambio, y espantosamente rápido descenderán las aguas. Pero ustedes recuerdan el Arpa Eólica que a los hombres les gustaba poner fuera de sus ventanas para que la brisa pudiera convertir la música en vida. Hasta que el viento soplaba, el arpa permanecía en silencio; mientras que, nuevamente, a pesar de que el viento soplaba, si el arpa no se hallaba lista, un susurro del viento podía oírse, pero ni una nota de música etérea deleitaba el oído. Ahora bien, puede que el calvinismo [y sin duda, a mi juicio, la apelación al calvinismo, podría sustituirse por la fórmula “todo el cristianismo bíblico e histórico”] no sea otra cosa sino un arpa eólica –absolutamente impotente, por así decirlo, sin el avivamiento del Espíritu de Dios- pero aún sentimos que es nuestro deber impuesto preservar nuestra arpa y sus cuerdas entonadas correctamente, lista en la ventana de la Sión Santa de Dios, esperando el aliento del Espíritu” [5]. Sólo el Espíritu Santo tiene la posibilidad de transformar nuestros corazones, es decir, nuestros intelectos, emociones y voluntad (Romanos 8:1-17). Sólo el Espíritu Santo producirá la fuerza vitalizadora para que la iglesia esté compuesta de testigos fieles del evangelio (Hechos 1:8) y viva de acuerdo a la Palabra de Dios. Sólo el Espíritu Santo nos guiará a la verdad y a la justicia (Juan 16:13). La iglesia tiene que arder de rodillas, orando, orando mucho. Esa oración, con la Biblia abierta y en nuestros corazones, marcará la agenda a seguir, aún en medio de las convulsiones sociales  o crisis personales y colectivas que podemos vivir.

Sí, que arda la iglesia… 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] Quien mejor apela a esta falta de realismo del cristianismo contemporáneo, a mi juicio, es Francis Schaeffer. Véase: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; y, Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973. 

[2] Juan Calvino. Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro IV, Capítulo 1, Nº 7. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 811.

[3] Soy tributario acá de la propuesta de Timothy Keller. Véase: Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, pp. 263-406.

[4] La Piedra viva, verdadera y divina. Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. 

[5] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 252. Corresponde a la Conferencia “El calvinismo y el futuro”.

¿Qué es Fe Pública? ¿Qué estamos haciendo?

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En agosto de este año comenzamos a trabajar para dar vida a un núcleo de estudios llamado “Fe Pública”. Este espacio reúne a cristianos de distintos horizontes disciplinarios y que tiene por finalidad la articulación, desarrollo y aplicación del pensamiento reformacional a diversas áreas del saber y quehacer humanos. Tenemos como misión, ser un espacio de encuentro entre cristianos evangélicos dedicados a trabajar desde el pensamiento reformacional en colaboración y comunidad, anhelando, imaginando, pensando, diseñando y haciendo esfuerzos conjuntos que faciliten la manifestación del Reino de Cristo y permitan su mayor visibilidad en todos los ámbitos de la realidad creada.

Integramos este núcleo de estudios: 

  • Luis Aránguiz Kahn. Licenciado en Letras con mención en Lingüística y Literatura Hispánicas, Pontificia Universidad Católica de Chile, y Magister en Estudios Internacionales USACH; 
  • Luis Pino Moyano, Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales Universidad Academia de Humanismo Cristiano; 
  • María Jesús Cordero, Abogada, Licenciada en Derecho Universidad Católica de la Santísima Concepción, Chile, y estudiante del programa de Master en Ciencias de las Religiones y Sociedades Universidad de Artois, Francia; 
  • Jonathan Muñoz, Licenciado en Teología Seminario Teológico José Manoel da Conceição, Brasil; 
  • Gonzalo David. Licenciado en Teología Seminario Teológico Presbiteriano, Chile, y estudiante del programa de Master en Teología Facultad de Teología Protestante de París, Francia; y,
  • Javiera Abarca, Licenciada en Filosofía Universidad Alberto Hurtado.

En este período de marcha blanca hemos organizado un conversatorio, titulado “Fe Pública: la vigencia del pensamiento reformacional para Latinoamérica, en el que presentamos introducciones a pensadores reformacionales clásicos y contemporáneos: Abraham Kuyper y Herman Dooyeweerd; Alvin Plantinga, Nicholas Wolterstorff y Bob Goudzwaard. Puedes ver más detalle de estas actividades, haciendo clic aquí. Luego, hemos participado junto a otras organizaciones misionales y de trabajo estudiantil dos conversatorios titulados “Hablemos de verdad”, en los que miembros de nuestro núcleo han participado en la reflexión sobre la situación crítica del país, teniendo como marco teórico el pensamiento reformacional.

De todos estas instancias, o de manera periférica a ellas, han surgido una serie de textos, que han sido publicados en la revista virtual “Estudios Evangélicos”: Los comparto a continuación:

a. Sobre propuestas reformacionales:

Luis Pino. El neocalvinismo, el ser humano, sus derechos y un mundo posible. 

Gonzalo David. Wolterstorff, pensamiento reformacional y matrimonio entre personas del mismo sexo. 

b. De los conversatorios “Hablemos de verdad”. 

Jonathan Muñoz. Una primera reflexión evangélica acerca del octubre de 2019 en Chile. 

Luis Pino. Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa. 

Javiera Abarca. Guarda tu espada.

Gonzalo David. Calvinismo, crisis social y violencia.

Jonathan Muñoz. Fundamentalismos sin ortodoxia: La tragedia del neoconservadurismo evangélico. 

c. Actualidad nacional. 

Jonathan Muñoz. ¿Qué debemos hacer primero los cristianos ante la injusticia? 

Luis Aránguiz. ¿Podemos los evangélicos pensar un país? 

d. Traducciones de textos.

Bob Goudzwaard. Resistencia cristiana a la cultura de guerra neoliberal. 

J. A. Schlebusch. La escatología política de Groen van Prinsterer y su impacto en el conservadurismo político estadounidense. 

e. Lecturas recomendadas.

Varios autores. Chile despertó: lecturas recomendadas para una vigilia cristiana. 

Te dejamos invitado a que revises nuestra página en Facebook, a la que puedes acceder haciendo clic aquí, donde podrás encontrar más información en el tiempo, de nuevos artículos y actividades publicadas. 

Cordialmente, Luis Pino Moyano. 

[Registro Audiovisual] Coloquio “Una Fe Pública”.

El sábado 14 de septiembre realizamos un coloquio titulado “Una Fe Pública. La vigencia del pesamiento reformacional de A. Kuyper, H. Dooyeweerd, N. Wolterstorff, B. Goudzwaard y A. Plantinga”. La actividad fue maravillosa y tuvo aspectos sorprendentes. Comenzaba a las 9:00 hrs. de un día sábado, previo a una de las festividades más importantes del país. No obstante, unas cuarenta personas se acercaron a las dependencias del Centro de Literatura Cristiana, en Amunátegui 57 de Santiago, ávidos de aprender en el diálogo sobre pensamiento reformacional. De verdad, emocionante. Con gran alegría podemos decir que éste es el comienzo de varias cosas que vendrán, con la ayuda del Señor de todo. 

Comparto acá los vídeos de las dos mesas de ponencias:

  • La primera mesa abordó a dos pensadores clásicos del neocalvinismo: Abraham Kuyper y Herman Dooyeweerd, con ponencias mía y del Pr. Jonathan Muñoz. 

 

 

Opción de escuchar audio:

  • La segunda mesa abordó a pensadores más recientes: Gonzalo David habló sobre Nicholas Wolterstorff, Javiera Abarca sobre Alvin Plantinga y Luis Aránguiz sobre Bob Goudzwaard. 

 

 

También puede escucharse el audio:

Estén atentos a la página de Estudios Evangélicos y a su red en Facebook, pues se seguirán compartiendo artículos sobre esta temática e informando de nuevas instancias de reflexión que rescata y lee para el presente la propuesta reformacional.

 

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* Los podcast pueden escucharse y ser descargados desde la plataforma Ivoox, haciendo clic aquí.

El neocalvinismo, el ser humano, sus derechos y un mundo posible.

Publicada originalmente en Estudios Evangélicos.

Hemos sido testigos en estos últimos años en América Latina de un despertar de la teología calvinista y de las convicciones respecto de ella. Dicho despertar ha sido influido por pastores y teólogos, principalmente estadounidenses, que han propiciado un retorno al evangelio de Jesucristo, lo que tiene un aterrizaje a la comprensión doctrinal, a la vida eclesial y al desarrollo de trabajo en el mundo [1]. De dicho aterrizaje práctico, nuestra región ha vivenciado mayormente el primero, sobre todo en aquello que se denomina “las doctrinas de la gracia”, que es otra forma de llamar a “los cinco puntos del calvinismo” emanados de los Cánones de Dort  que responden a la lectura arminiana [2]. Dicha lectura se ha masificado por medio de libros, artículos y predicaciones expositivas (YouTube ha cumplido un papel prioritario en ello). Tal vez, a modo de efecto no deseado (huelga decirlo), por dicho énfasis “tulipiano”, existe una tendencia en la región, tanto en nuevos adherentes como en quienes rechazan estas verdades, a pensar que el calvinismo se expresa fundamentalmente en cinco puntos. Algunos han nominado a esta corriente como “Nuevo Calvinismo”. 

Pero dicho “Nuevo Calvinismo” no es lo mismo que el “Neocalvinismo”, aunque sus nombres, si sólo se hace caso al factor etimológico, signifiquen lo mismo, y aunque algunos de los exponentes del primero sean tributarios del segundo. El concepto “neocalvinista” surgió de manera peyorativa para referir a los pensadores de una corriente reformacional, entre los que podríamos nombrar a Abraham Kuyper, Herman Bavinck, Herman Dooyeweerd, D.H.T. Vollenhoven, entre otros. La idea del concepto es plantear que estos autores no seguían fielmente a Calvino y a sus herederos inmediatos. Pero, los reformacionales, no vacilaron en apropiarse del concepto y resemantizarlo para que señalara una interpretación y, a la vez, ampliación de la teología de Juan Calvino [3]. Henry Van Til señala que: “El que las opiniones de Kuyper hayan sido llamadas Neo-Calvinismo, a pesar de su propia afirmación de fidelidad al maestro, se debe al hecho de que Kuyper no era un copista servil sino que trabajaba basándose en el espíritu de Calvino. […] Si Kuyper añadió algo a Calvino, fue con el entendimiento de que estaba haciendo patente lo que había estado latente, o exponiendo explícitamente lo que ya estaba implicado” [4]. Y en esa ampliación profundizadora el neocalvinismo nos mostró que la teología del reformador francés y sus herederos tenía el potencial, no sólo de carácter soteriológico o en el campo de la dogmática, sino como cosmovisión que dota de sentido a la vida. Este pensamiento, entonces, nos acerca a la realidad toda que se vive y trabaja en el escenario del “teatro de la gloria de Dios”. 

Si hay algo que propuso el neocalvinismo con suma claridad y fuerza fue su entendimiento del ser humano tanto como criatura y como persona, lo que implica una contracultural unidad entre dos elementos que nos parecen contradictorios, la dependencia y la libertad. Hoekema lo expresa de la siguiente manera: “Ser criatura significa que no puedo mover un dedo ni puedo pronunciar una palabra aparte de Dios; ser persona significa que cuando mis dedos se mueven, soy yo quien los mueve, y que cuando mis labios pronuncian palabras, soy yo quien las pronuncia. Ser criaturas significa que Dios es el alfarero y nosotros la arcilla (Ro. 9:21); ser personas significa que nosotros somos quienes damos forma a nuestras vidas con nuestras propias decisiones (Gá. 6:7-8)” [5]. Lo que no lo hace contradictorio es que la libertad sólo se vive de manera real y concreta en Dios, Aquél que nos creó y que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. “Deo servire, vera libertas”, diría Agustín de Hipona. “El servir a Dios es verdadera libertad”. Asentarse sobre la soberanía de Dios nos hace conscientes y firmes frente a las tiranías en el mundo [6], ejercicios abusivos de poder de quienes anhelan seguir la tentación de nuestros primeros padres, a saber, hacerse iguales a Dios, toda vez que la autonomía de Dios nos conduce a la esclavitud del dios más sanguinario y terrible: uno mismo. Cristo nos libera hoy de la tiranía egocéntrica y autodestructiva, y ciertamente nos liberará de todo aquello cuando consume su Reino. 

Esta comprensión del ser humano tiene múltiples implicancias, pero me referiré sólo a aquella que tiene que ver con lo político y social. El neocalvinismo se erigió en respuesta tanto a los ideales de la Revolución Francesa como al pensamiento liberal en sus múltiples vertientes (política, filosófica, económica, teológica). En dicho sentido, el neocalvinismo no puede ser subsumido ni por planteamientos políticos de derechas ni de izquierdas, ni mucho menos, usado como excusa para tapar otras premisas ideológicas, a no ser que se tenga una vocación para el suicidio intelectual (“un reino dividido contra sí mismo no puede subsistir”, dijo Jesús). Y no puede ni lo uno ni lo otro, no porque sea ilegítimo que un cristiano asuma tal o cual posición, sino porque el pensamiento reformacional, consciente de la justicia de Dios expresada en la Escritura, es de por sí un camino alternativo [7], “propio” como dirían los democristianos chilenos en la década de los cincuenta y sesenta del siglo XX. 

Quien mejor expresa este carácter, a mi juicio, es Francis Schaeffer cuando señala que: “A veces parecerá que estamos diciendo lo mismo que la Nueva Izquierda o que la élite de la Institución. Si hay injusticia social diremos que hay injusticia social. Si necesitamos orden, diremos que necesitamos orden. En estos casos específicos seríamos cobeligerantes, pero el serlo no nos hará alistarnos en ninguno de los campos citados porque no seremos aliados de ninguno de ellos. La Iglesia de Cristo Jesús, el Señor, es totalmente distinta de uno y otro, por completo” [8]. El que los creyentes cristianos hablemos de moral sexual no nos hace gente de derecha, “fachos”, reaccionarios, intolerantes frente a la diversidad ni mucho menos sujetos que invalidamos derechos humanos de las personas; como el hablar de la justicia social no nos hace promotores o personas cooptadas por el “marxismo cultural” [sic], propio de una agenda secularizada. Si la Biblia habla de ambas cosas diremos ambas, sin ambages, con amor y verdad de la mano. Lo que nos hace relevantes como iglesia de Jesucristo esparcida en el mundo no es nuestro abrazo a las ideologías contemporáneas, siendo colonizados por ellas (aunque sus propuestas se apelliden de decoloniales), sino que la persona de Jesucristo y su evangelio. Si nos quedamos sin eso, lo dicho por Marx y Engels adquirirá realidad profética: “Todo lo estamental y estable se evapora, todo lo consagrado se desacraliza” [9]. Dios nos libre de hacerle ese daño al testimonio de Jesucristo por parecer personas que estamos al día en la sociedad. 

Es la lealtad al evangelio de Jesucristo la que nos hace ver al ser humano como “imagen de Dios”, sea cual sea su condición social, política y religiosa. Un ser humano que ha sido dotado por el Espíritu Santo, sea creyente o no, de dones por medio de la gracia común con la que Dios sostiene al mundo. En dicha tarea, los creyentes tenemos un rol importante puesto que el reconocimiento del Dios soberano nos conduce a creer que la justicia es obra suya. Por eso, cada vez que la Biblia habla de la misericordia la refiere como un acto de justicia. Porque es Es el Señor quien “hace justicia a los oprimidos, da de comer a los hambrientos y pone en libertad a los cautivos. El Señor da vista a los ciegos, el Señor sostiene a los agobiados, el Señor ama a los justos. El Señor protege al extranjero y sostiene al huérfano y a la viuda, pero frustra los planes de los impíos” (Salmo 146:7-9). Y se complace de usar nuestras manos para ello, con la finalidad no sólo de producir bienestar humano, sino adoración espiritual, ayuno verdadero.

Por otra parte, el neocalvinismo no sólo nos advierte de los ejercicios abusivos de poder del estado, sino de aquellos que provienen también del mercado. El Estado debe ser mirado en su justa medida: como un instrumento que trabaja para el bienestar de la sociedad, salvaguardando derechos y regulando la actividad de los sujetos conforme al cuerpo legal. Y el mercado debe actuar en justicia, permitiendo el desarrollo de la inventiva, facilitando el emprendimiento, basando en la ética el desarrollo de su tarea económica y la adquisición de la propiedad y eliminando el monopolio y el acaparamiento [10]. 

Para el pensamiento reformacional, en tanto tesis transformacionista, que cree que la realidad puede ser modificada, tiene en cuenta la necesidad de trabajar para un mundo que produzca bienestar, armonía, paz, justicia. Timothy Keller plantea que la acción política y social de creyentes puede llevarse a cabo de múltiples maneras. Dice: “Hacemos justicia cuando le otorgamos a todos los seres humanos su derecho como creaciones de Dios. Hacer justicia no solo incluye la enmienda de males, sino la generosidad y la preocupación social, especialmente hacia los pobres y vulnerables. Esta clase de vida refleja el carácter de Dios. Consiste en un amplio rango de actividades, desde los tratos honestos y justos con la gente en la vida diaria, pasando por donaciones regulares y radicalmente generosas de tu tiempo y recursos, hasta el activismo que busque terminar con formas particulares de injusticia, violencia y opresión” [11]. 

Y esto, no es innovación, sino parte de la propuesta original de la corriente reformacional. En las resoluciones finales del Congreso Social Cristiano, realizado por el Partido Antirrevolucionario holandés, que tuvo como fundador a Abraham Kuyper, se señalaba: “está totalmente de acuerdo con las Escrituras: no sólo preparar a la gente para su destino eterno, sino también hacer posible que cumplan su llamado terrenal; en la arena política defender la institución del Sabbath junto con la semana de trabajo, de modo de mantener la unidad y distinción de nuestro doble llamado; guiar todas las relaciones de nuestra vida en un nuevo sentido y devolverlas a su forma original por la misma cruz de Cristo que proclama nuestra reconciliación con Dios. Esto tiene especial relevancia para la arena social donde [deberíamos buscar] prevenir la pobreza y la miseria, especialmente la pauperización; oponerse a la acumulación de capital y propiedad de la tierra; asegurar, tanto como sea posible, un ‘salario vital’ para cada persona” [12]. 

A su vez, en el discurso inaugural del congreso referido, Kuyper propuso que: “Para que exista tema social para usted, sólo es necesario una cosa, que reconozca la inaceptabilidad no como algo que se debe a razones circunstanciales, sino como algo que se debe a un error en el fundamento mismo de nuestra sociedad. Para quien lo reconoce y piensa que el mal se conjura por promover un sentido más piadoso, por un trato más amable o una ofrenda de amor más generosa, puede existir un tema religioso y hasta un tema filantrópico, pero no habrá para él un tema social. Sólo existe cuando articulas una crítica arquitectónica sobre la sociedad humana misma, y consideras, por consiguiente, que una estructura distinta del edificio social resulta a la vez deseable y posible” [13]. ¿Qué vemos acá? Una defensa irrestricta de la dignidad humana, de condiciones laborales justas, del papel del estado como garante de derechos, de un discurso de la pobreza como algo a eliminar, de lo corto de las perspectivas asistencialistas y paternalistas y la posibilidad de un cambio social en pos de una sociedad justa. Y es que se era antirrevolucionario en relación a la revolución francesa y el liberalismo, y de manera posterior, frente a los totalitarismos fascista y bolchevique, pero no se era reaccionario en relación a la historia. Nadie que crea en el poder redentor de Jesucristo puede serlo. 

Schaeffer, de manera muy sabia, planteó: “Hemos de librar las batallas de Dios con las armas de Dios, por medio de la fe: sentados en la silla de la fe. Sólo entonces desempeñaremos una parte importante en la batalla real. Si luchamos las guerras de Dios simplemente tratando de duplicar los métodos que el mundo emplea, entonces nos pareceremos a los niños pequeños que juegan a la esgrima con espadas de madera y soñando que están en la batalla con sus hermanos mayores. El Señor no concederá nunca su poder a quienes actúan con fe inconsecuente, dado que esta actuación no acarrea la gloria de Dios” [14]. ¿Contra qué estamos protestando y luchando hoy? ¿Es verdaderamente contra la cultura imperante o estamos dando “coces contra el aguijón”? ¿Qué gloria estamos buscando, la de Dios o la nuestra? Dios nos libre de la construcción de reinos humanos, sobre todo humanos, que perecerán como la flor de la hierba. 

No usurpemos aquello de lo cual Cristo ha dicho “¡Mío!” [15].

Luis Pino Moyano. 

 


 

[1] Para un acercamiento a esta lectura teológica articulada en The Gospel Coalition, véase: D. A. Carson y Timothy Keller (editores). La centralidad del Evangelio. Recuperando lo esencial de la fe. Miami, Editorial Patmos, 2014. 

[2] Esto se hace evidente en: Juan Sánchez et al. Gracia sobre gracia. La nueva reforma en el mundo hispano. Medellín, Poiema Publicaciones, 2015.

[3] Manfred Svensson explica bien esta idea de interpretación y ampliación de la teología calvinista por parte de Kuyper en: “Calvinismo clásico, neocalvinismo y los argumentos religiosos en la vida pública”. En: http://estudiosevangelicos.org/calvinismo-clasico-neocalvinismo-y-los-argumentos-religiosos-en-la-vida-publica/ (Consulta: agosto de 2019). 

[4] Henry Van Til. El concepto calvinista de la cultura. San José, Editorial CLIR, 2015, p. 174. 

[5] Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 20.

[6] Véase respecto de este asunto: Henry Meeter. Calvinismo, sociedad y el Reino de Dios. San José, Editorial CLIR, 2016, pp. 161-172. 

[7] Para un análisis sobre los usos políticos del neocalvinismo por sujetos de izquierdas y derechas véase: Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, pp. 197, 198, 207-210. 

[8] Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973, p. 50.

[9] Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesto comunista. Barcelona, Editorial Crítica, 1998, p. 43. 

[10] Véase sobre este asunto: André Biéler. O pensamento econômico e social de Calvino. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2012; y Herman Dooyeweerd. Estado e soberania: ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Ediçoes Vida Nova, 2014. 

[11] Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, pp. 45, 46. 

[12] Herman Bavinck. “Principios bíblicos generales y la relevancia de la concreta ley mosaica para la cuestión social hoy (1891)”. En: http://estudiosevangelicos.org/principios-biblicos-generales-y-la-relevancia-de-la-concreta-ley-mosaica-para-la-cuestion-social-hoy-1891/ (Consulta: agosto de 2019). 

[13] Abraham Kuyper, “La cuestión social y la religión cristiana”. Discurso inaugural de Congreso Social Cristiano, Amsterdam, noviembre de 1891. Citado en: Theo Donner. Posmodernidad y fe. Una cosmovisión cristiana para un mundo fragmentado. Barcelona, Editorial CLIE, 2012, pp. 210, 211. 

[14] Francis Schaeffer. Muerte en la ciudad. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973, p. 158. 

[15] Abraham Kuyper. “Soberanía de las esferas (20 de octubre de 1880)”. En: http://estudiosevangelicos.org/soberania-de-las-esferas/ (Consulta: agosto de 2019).