¿Aprobar una nueva Constitución es una posición evangélica?

Quisiera comenzar mis palabras mostrando mis colores: soy cristiano protestante de tradición presbiteriana. Creo que la Biblia es la Palabra de Dios, inspirada, autoritativa e inerrante. Mi definición doctrinal se encuentra contenida en la Confesión de Fe de Westminster, en su versión de 1903, la que suscribo como oficial de mi iglesia. Eso me lleva a declarar cuatro premisas que me parecen relevantes a la hora de hablar de esta temática:

· La primera, es que mi esperanza está en Jesucristo. Mi esperanza que no defrauda está sustentada en lo que Él hizo por su pueblo en la cruz del calvario, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que Él nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. Dicho de otro modo, mi esperanza no está puesta en un cambio social, sea quien sea que lo construya, no importando su tinte político. Es el Reino de Cristo el que trae justicia, paz y alegría, y será el mismo Señor resucitado quien consumará la historia. Mi esperanza, malamente podría estar en la “alegría que viene”, en un “crecimiento con igualdad”, en los “tiempos mejores” o en una nueva Constitución Política de la República. Todo constructo humano es falible y se queda corto al lado de la esperanza escatológica. 

· En segundo lugar, que creo en los principios que la Biblia enseña para la acción política y social. Y en esto, me parece relevante ocupar el concepto de principios. La Biblia no presenta un programa político definido, sino principios para la vida, los que pueden ser aplicados de maneras distintas, y así ha sido a lo largo de la historia. Un buen ejemplo es la Confesión de Fe de Westminster. Hasta su reforma de los capítulos 20.4, 23.3 y 31.2, que limitan la acción del magistrado civil en la esfera eclesial, realizada por la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos en 1788, los márgenes de separación entre la iglesia y el estado parecían diluidos. Y eso, es de toda lógica en un régimen cuyo sistema de gobierno era monárquico, pero no lo era en un estado nación que se había emancipado de dicho régimen. Los principios políticos y sociales de los redactores originales de la Confesión de Fe de Westminster y de sus reformadores eran los mismos, mientras que su aplicación práctica en el plano político fue disímil. 

· Tercero, y como fruto de lo anterior, nosotros podemos seguir siendo cristianos evangélicos que creemos todo aquello que consagra el Credo Apostólico (que es la síntesis doctrinal más unificadora a nuestro alcance), teniendo ideas respecto de la acción política distintas, mientras ellas no abracen constructos ideológicos completos de quienes en la base de su teoría nieguen lo que dice la Escritura. Y esa situación no se encuentra presente sólo en el marxismo cultural o en el progresismo (concepto polisémico, por lo demás), sino también las posiciones de derecha que se sustentan en el catolicismo romano, en el nacionalismo o en el liberalismo que fue uno de los primeros frutos del humanismo secularizado y racionalista. Entonces, el ejercicio crítico de las ideologías, antes de atacar al resto, debiese ser el de la autoevaluación en actitud de oración, bajo una pregunta sencilla, pero profunda si se responde con sinceridad: ¿mi pensamiento y acción en la política se sustenta en lo que enseña la Escritura o no?

· Y cuarto, no tenemos en Chile una Iglesia Evangélica. Y, puede ser aburrido repetirlo vez tras vez, sobre todo luego de que estén a la mano los libros de Vergara, Lalive, Muñoz, Lagos, Pereira, entre otros, que se han esforzado en hacer análisis históricos o sociológicos de ese “pueblo polifónico”. Pero, así está la situación, y hay que repetirlo una vez más: los evangélicos no tenemos una comunidad homogénea, por ende, carecemos de representantes amplios, no tenemos papas ni tampoco un solo corpus doctrinal entre las iglesias del país, por lo tanto, nadie se puede arrogar la representatividad del pueblo evangélico porque eso, en singular, no existe. Por tanto, ningún cristiano evangélico del país -sobre todo si es pastor, líder o maestro- debe promocionar una determinada opción política como representativa de los valores y principios del pueblo de Dios, porque no existe en Chile un partido o movimiento que aglutine aquello. Con mayor razón, no puede llamar a votar por una opción determinada, diciendo que es la única que se condice con lo evangélico, porque eso sería una violación de la libertad de conciencia, además de un ejercicio de cooptación clerical. Por ende, siempre que hablemos de acciones políticas en el espacio público, debemos hacerlo a título personal, nunca a nombre de la comunidad, dispuestos a responder preguntas a dudas honestas, rendir cuentas cuando corresponda, y pedir perdón cuando hemos ofendido a los demás.

Por lo dicho con antelación, creo que es sumamente legítimo que haya cristianos evangélicos que hagan una opción por el rechazo a una nueva Constitución, y que existamos otros cristianos evangélicos que optemos por el apruebo a una nueva Constitución. Sería inconsistente con lo que he declarado con antelación negar dicha posibilidad, quitándole inteligibilidad al relato del otro o, en el peor de los casos, llegar a satanizar la opción contrapuesta. Huelga decir que se esperaría la misma actitud de amistad cívica de quienes desde las filas de la fe cristiana asumen una opción contrapuesta a la que presentaré. 

¿Por qué opto por el “apruebo” a una nueva Constitución? Responderé desde dos puntos focales: uno histórico y otro desde una lectura teológico-política. 

1. La consideración histórica.

Creo que para un evangélico no puede ser baladí que nuestra carta fundamental actual haya sido producida en una dictadura que no trepidó en usar el terrorismo de estado para sostener y consolidar su proyecto histórico. En 1980 se llevó a cabo un plebiscito sin registros electorales, con estado de emergencia, con acceso casi nulo a la oposición al régimen de facto para acceder a espacios de comunicación de sus ideas, sumado al hecho, que la opción “Sí” constituía un límite claro al régimen de Pinochet, pues el Art. 25 consagraba que la primera magistratura de la nación tendría una duración de ocho años, en cambio la opción “No” aceraba aquello que para el historiador Mario Góngora era el máximo error de Pinochet, a saber, “su voluntad desmesurada de durar” [1]. En otras palabras, las reglas del juego para la actividad en la polis fueron construidas a imagen y semejanza de una dictadura militar, que más allá de su derrota político-electoral en 1988 y 1989 y la eliminación de los “enclaves autoritarios” de las páginas de la carta fundamental en 2005, durante el gobierno de Ricardo Lagos (en uno de los tantos actos performáticos que han sido denominados como el fin de la Transición), se mantienen vigentes sobre todo con su poder contramayoritario. Ese poder fue explicado por Jaime Guzmán de la siguiente manera: “En vez de gobernar para hacer, en mayor medida, lo que los adversarios quieren, resulta preferible contribuir a crear una realidad que reclame de todo el que gobierne una sujeción a las exigencias propias de ésta. Es decir, que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque -valga la metáfora- el margen de alternativas posibles que la cancha imponga de hecho a quienes jueguen en ella, sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario” [2]. La negación del cambio no es otra cosa que la negación de la polis, que imposibilita la mejora o el cambio de aquello que tiene origen histórico y político como si se tratara de algo dado por la naturaleza. 

Pero hay otra variable que debe ser tenida en cuenta en este punto focal histórico. Hoy estamos en un “momento constituyente” que resultó ser la salida institucional a un momento de crisis con un “reventón social” que muy pocos dentro de la clase política civil avizoraron. Con todo lo que se pueda cuestionar de los hechos acaecidos desde octubre en adelante, resulta innegable que esta era la cosecha amargada de la “alegría triste y falsa” que se volvió sentido común en el quehacer político del país, junto con todos los abusos y corruptela moral tapada por la vana jactancia en una supuesta diferencia respecto de nuestros vecinos del barrio latinoamericano. La violencia de los saqueos que barrió no sólo con la honestidad de la población, sino con la supuesta moderación y orden de la identidad chilena, el enfrentamiento violento entre las fuerzas policiales y la “primera línea” con las tristes consecuencias consabidas por todos, sumado a una expresión pública de las marchas, asambleas y cabildos, en los que se expresó la multiplicidad de voces y proyectos, hace que valga la pena preguntarnos ¿qué nos une como país? El pasado, ese de poco más de doscientos años de vida republicana y el reciente herido por un “golpe” cuyas secuelas se siguen viviendo a 47 años no nos une. Y, al parecer, el presente tampoco. Y, para qué hablar del futuro, cuando la política analfabeta no está pensando un proyecto país a cincuenta años plazo, sino que es atacada por la coyuntura, el cortoplacismo y las reacciones de aprobación en encuestas y redes sociales. 

Por todo ello, esta es una oportunidad. Se trata de la primera vez que una Constitución en el país sería escrita y promulgada en un contexto democrático, sin una minoría amparada por el poder de fuego de los militares como en 1833, 1925 y 1973. Y por lo mismo, es que este texto constitucional debe dar cabida a todas las voces sin olvidar que se trataría de la carta de navegación para toda la ciudadanía, y no para unos pocos. Debemos desempolvar y exorcizar esa palabra llamada “consenso” si queremos tener como mira la construcción de un país. Patricio Zapata, abogado constitucionalista, usando la misma metáfora futbolera de Jaime Guzmán pero en otra sintonía dirá que “Existe un problema constitucional cuando la Carta Fundamental de un país, lejos de ser la ‘cancha’ que todos, o casi todos, reconocen como el espacio común en el cual llevar adelante la disputa cívica, es, más bien, un elemento que divide y excluye” [3]. Ni la imposición de agendas ni el miedo a lo nuevo contribuyen a la unidad en la diversidad que un país requiere para sostener la  libre actividad política en democracia. Esto es más que consistente con una alternativa cristiana por la paz activa [4]. 

2. La consideración teológico-política. 

En este punto quisiera huir, de inmediato, de una lectura caricaturesca que hace pensar que quienes sostenemos el “Apruebo” pensaríamos que el cambio constitucional sería la panacea para todos los problemas de la gente. Nada más alejado de la realidad. Una Constitución no abarca todos los asuntos que tienen que ver con los seres humanos que habitan un país, pero eso no obsta para que pongamos nuestra preocupación allí, construyendo una alternativa para cambiarla. Dicho de otro modo, la Constitución no soluciona todos los problemas, y no está para eso, pero sí puede ayudarnos a cambiar algunos. Y por sobre todo, puede ayudarnos en el anhelo de pensar el Chile del siglo XXI en el largo plazo, y no sólo en las necesidades contingentes o coyunturales. 

Para quienes somos creyentes cristianos existe una clara posibilidad para reconocer que en nuestras sociedades hay maldad, injusticia, inequidad y abuso, porque tenemos nociones respecto de la bondad, justicia, equidad y bienestar. Esos conceptos son trascendentales e inmateriales y sólo adquieren historicidad cuando son llevados a la práctica. ¿De dónde tomamos esas nociones? De la declaración bíblica que nos revela a un Dios santo y justo y que norma y da sustento a nuestras vidas con su Palabra. Es por la obra de Cristo que hemos sido redimidos, lo que nos ha posicionado en una relación reconciliada con Dios, nos ha devuelto nuestra dignidad perdida y nos ha dado la capacidad de ser testigos con la palabra y los actos de amor que contribuyen al bienestar de quienes nos rodean. 

Si bien es cierto, hoy el lenguaje de derechos se ha banalizado y sirve para todo, es justo decir, que cuando distintos países del mundo se unen propugnando que los delitos de lesa humanidad ocurridos durante la segunda guerra mundial no se vuelvan a repetir, y establecen la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hay mucha sintonía con la enseñanza bíblica que recorrió por tierra, cielo y mar desde los albores de la iglesia primitiva [5]. Los derechos humanos no son un “gol de media cancha” como dijera Marcela Aranda hace unos años atrás, porque la declaración de la dignidad humana y su protección son consistentes con el cristianismo que entiende al hombre y la mujer como seres creados a imagen y semejanza de Dios, que en tanto criaturas gozan del señorío del Todopoderoso Creador, y que en tanto personas gozan de la libertad y la capacidad de crear, pensar y vivir. A su vez, los derechos tampoco niegan los deberes. Aquí es de mucho valor la precisión conceptual propuesta por René Padilla, cuando señaló que: “a la Biblia más le interesan los deberes que los derechos: los deberes humanos frente a Dios, frente al prójimo y frente a la creación. Es bueno recordar esto en una sociedad donde cada sector de esta reclama constantemente sus derechos sin preocuparse mayormente por sus deberes. Sin embargo, hay una estrecha relación entre derechos y deberes. La conexión se hace cuando reconocemos que los derechos humanos que preocupan a la conciencia cristiana son los derechos del otro, y que los derechos de los demás son deberes nuestros” [6]. El reconocimiento de la dignidad humana nos hace pensar no sólo en mi condición digna, sino en la del amplio “nosotros” de un pueblo-nación. Existe posibilidad de pensar y actuar en concordancia de un humanismo genuinamente cristiano [7]. 

Es desde esta consideración, que la nueva Constitución emergida desde un contexto democrático, debiese comenzar con una declaración de principios orientadores ad hoc que propugnen el bienestar común y la justicia social, reconociendo los derechos humanos como universales, inalienables e imprescriptibles, constituyendo a estos como el principio fundamental de dicho documento normativo. Dentro de las nuevas cosas que el texto constitucional debiese considerar, a mi juicio, están la cuestión de la plurinacionalidad y una real descentralización, la existencia de un congreso unicameral y la posibilidad de referéndums revocatorios y plebiscitos potenciando una democracia semiparticipativa. A su vez, debiese limitarse la acción de las FFAA y de orden como garantes del proceso democrático, porque de facto les coloca en una posición deliberante. Como protestante, espero que la nueva Constitución señale explícitamente la separación del estado y las organizaciones eclesiales, estableciendo desde una comprensión laica, la posibilidad que las religiones y quienes las suscriban puedan expresarse con libertad en el espacio público, sin limitar su acción a la esfera privada. La limitación de las imposiciones de actores religiosos no implica la limitación de la libertad de conciencia y de la acción social desde una cosmovisión que tiene correlato más allá de los muros de los templos. La fe, por definición, es pública. Es más, me asiste la convicción, que no existen libertades públicas si la libertad de creer y actuar en concordancia a dicha fe en el espacio público es negada o dificultada. 

Para ello, los evangélicos no sólo debiésemos participar de los plebiscitos de entrada y de salida de la coyuntura constitucional, sino también estar en la Convención Constitucional, sea como militantes de partidos políticos o como independientes. Pero espero que dichos hermanos y hermanas (por cierto, algunos de ellos habrán optado por el “rechazo” en la primera etapa) entiendan y practiquen la idea de cobeligerancia y no de alianza, no busquen pequeñas cuotas de poder para aparecer en televisión un par de días más que para el Te Deum y el 31 de octubre, ni mucho menos acomoden sus discursos y agendas a los de otros, dejándose amoldar por el mundo actual (véase Romanos 12:2). Es de esperar que dichos hermanos y hermanas no tengan una visión acotada de la participación en política sólo para decir cosas que tienen que ver con los llamados “valores” o de alcance en el espacio privado, saliendo de la terrible ensoñación de la falta de realismo y de la política en minúscula. Es de esperar que esos hermanos y hermanas no tengan miedo a la confrontación de ideas, que opinen desde una cosmovisión bíblica y cristiana en la base, pudiendo con ello, hablar de todos los temas que se presentarán en el debate. Que desarrollarán su trabajo como convencionales con responsabilidad, excelencia y distintivo cristiano, lo que se traducirá en que más allá de las alianzas o partidos políticos en los que militen, serán fieles a la Palabra de Dios en detrimento de las órdenes que atenten contra ella. Y por supuesto, espero de dichos hermanos y hermanas que defiendan, amen y pujen junto a los desamparados cuyas voces son día a día acalladas: pobres, huérfanos, viudas, inmigrantes y niños y niñas que todavía no nacen, cuyos gritos son inaudibles desde el exterior. Y, por cierto, que todo eso lo hagan con clara conciencia de su condición de minoría, pero de minoría valiente y no victimizada, inteligente y no atrapada por los discursos que se postulan como sentido común en izquierdas y derechas. Una minoría que tenga en cuenta lo dicho por Jürgen Moltmann: “Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana’, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa” [8]. 

Claramente, para ello, no sólo habrá que esperar, sino participar activamente, dentro y fuera de la Convención Constitucional. No bastará entonces sólo aprobar, sino estar dispuestos a ser testigos… aquellos que portamos un testimonio con la vida. 

Luis Pino Moyano.

[1] Raquel Correa. “Las lecciones de la Historia”. En: El Mercurio. Santiago, 9 de diciembre de 1984. Citado en: Mario Góngora. Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. Santiago, Editorial Universitaria, 2006, p. 340. 

[2] Citado en: Sofía Correa et al. Historia del siglo XX chileno. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001, p. 325. 

[3] Patricio Zapata. “La Constitución del bicentenario. Once tesis y una propuesta concreta”. En: Claudio Fuentes y Alfredo Joignant (editores). La solución constitucional. Plebiscitos, asambleas, congresos, sorteos y mecanismos híbridos. Santiago, Catalonia, 2015, p. 165. 

[4] He hablado de esto con mayor profundidad en mi artículo “Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa”. En: Estudios Evangélicos. 29 de octubre de 2019. http://estudiosevangelicos.org/ni-zelotes-ni-herodianos-por-una-alternativa-cristiana-de-paz-activa/ (Consulta: septiembre de 2020). 

[5] Un buen libro para entender esto es: Vishal Mangalwadi. El libro que dio forma al mundo: Cómo la Biblia creó el alma de la civilización occidental. Nashville, Grupo Nelson, 2011. 

[6]. René Padilla. “La Biblia y los derechos humanos”. En: René Padilla et al. Los derechos humanos y el reino de Dios. Lima, Ediciones Puma, 2010, p. 18. 

[7] Véase: “Manifiesto Humanista Cristiano”. En: Estudios Evangélicos. 21 de julio de 2019. http://estudiosevangelicos.org/manifiesto-humanista-cristiano/ (Consulta: septiembre de 2020). Este documento fue publicado originalmente en “Eternity Magazine”, en enero de 1982, y fue firmado por Donald Bloesch, George Brushaber, Richard Bube, Arthur Holmes, Bruce Lockerbie, J. I. Packer, Bernard Ramm y James Sire.

[8] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264. 

La pena de Arauco en una reflexión histórica, sociopolítica y evangélica.

1. La mirada histórica. 

“No ha habido rey jamás que sujetase esta soberbia gente libertada,

ni extranjera nación que se jactase

de haber dado en sus términos pisada, 

ni comarcana tierra que se osase mover en contra y levantar espada: 

siempre fue exenta, indómita, temida, 

de leyes libre y de cerviz erguida”.

Así rezan las palabras de Alonso de Ercilla en “La Araucana”. Palabras bellas, que ensalzan la bravura de un pueblo y que dan sustento para que uno de los colores de nuestra bandera sea el rojo, aludiendo a la lucha de éste con el ejército del imperio español, pues como dice la canción “Mi banderita chilena” de Donato Román, quien fuese profesor de música de mi abuelo Manuel, dicho color es: “El rojo del copihue / Y de la sangre araucana”. Chile, desde la construcción del estado nacional ha ensalzado dicha mirada, pero desde un constructo idealizado, carente de sentido histórico. Tanto es así, que para el imaginario no es lo mismo decir Caupolicán, Galvarino, Lautaro, incluido el anciano sabio Colo-Colo, que decir, por ejemplo Michimalonco, que incendiara Santiago propinando una dura derrota a la hueste conquistadora, o Pelantaro que derrotara a Oñez de Loyola en la batalla de Curalaba, llamada hasta el día de hoy en algunos textos como “el desastre de Curalaba”. Claramente no se produce el mismo efecto que al nombrar a Mañil, Quilapán, Quilahuenque, Catriel, Calfulcura, Namuncura, Neculmán. Esto por dos razones: a) porque no son mencionados o recordados de la misma manera que quienes lucharon contra la hueste española; y b) porque su lucha fue, precisamente, contra el estado nacional chileno. O sea, el mapuche alabado y exaltado en su bravura no es aquel que se alza contra el proyecto civilizatorio y de construcción nacional que ocupó gran parte del siglo XIX. 

Y es aquí donde se debe señalar que es impropio hablar de conflicto mapuche y,  mucho más impropio, resulta hacer creer al mundo por cuánto medio es posible que este conflicto tiene más de 500 años. El pueblo mapuche logró controlar el avance del ejército del imperio español de la misma manera en que lo hizo con antelación con la avanzada incaica entre 1450 y 1480. Pero no sólo mantuvieron la línea de frontera en el río Bío-Bío, defendiéndose y atacando al ejército enemigo, sino que tuvieron la capacidad de parlamentar con los españoles, quienes a su vez le reconocieron como interlocutor válido, sobre todo de la mano con el llamado “Derecho Indiano” que reconocía al mapuche y a todos los indios de nuestra América como sujetos de derecho, en tanto se reconoció en ellos la imago Dei. 

Sé que es pesado para nuestra conciencia pero es demasiado importante señalar que el conflicto con el pueblo mapuche es reciente en términos históricos, y los españoles nada tienen que ver con él, sino que es un conflicto propiciado por el estado nacional chileno, que no reconoció el derecho a la tierra de nuestros antepasados, “los naturales del país” como se les llamaba, invadiendo su territorio y ocupándolo soberanamente a nombre de la nación. El nombre para dicha ocupación militar fue “Pacificación de la Araucanía” y fue llevada a cabo por el ejército chileno entre 1860 y 1884, con un breve intervalo producto de la Guerra del Pacífico. Esa ocupación se dio a sangre y fuego, y el pueblo mapuche fue expoliado, expulsado de sus territorios y obligado a instalarse en los valles cordilleranos. Este proceso tiene su símil en la “Campaña del Desierto” de nuestro país vecino Argentino, que barrió de manera similar con el pueblo mapuche allende los Andes, que ocupaba la Pampa. El Wallmapu no tenía la Cordillera como frontera sino como punto de contacto. La metáfora del desierto vale la pena ser reconocida acá, pues se entendió dicho territorio como uno que no estaba ocupado, pero que sí lo estaba. El tema radica en que estaba ocupado por “subhumanos”, a quienes no se les reconocía más que en su condición de barbarie. No por nada muchos mapuches y otros indígenas fueron llevados a Europa para ser exhibidos en zoológicos. 

La bandera de las mal llamadas “Pacificación de la Araucanía” y “Campaña del Desierto” no era la de Chile ni la de Argentina, sino la bandera de la civilización occidental, que entendía a Europa como el modelo a seguir. La ocupación militar fue acompañada de los ingentes esfuerzos de los estados nacionales latinoamericanos para solicitar a europeos que migraran a nuestras tierras y “colonizaran” con subsidio y apoyo estatal dichos territorios y trajeran consigo la anhelada civilización. No hay que olvidar que todo esto fue sostenido sobre todo por los sectores liberales, amparados en el discurso científico positivista y en la moda teórica del darwinismo social. Eso pone en la palestra que en el tema de la migración el problema no radica en la condición de extranjería de ciertos sujetos que vienen a nuestro país a buscar mejores oportunidades u horizontes, sino en la pobreza o riqueza o en el color de piel de los mismos. 

El pueblo mapuche, desde 1884 y hasta el inicio de la década de los ochenta del siglo pasado, no se alzó militarmente, sino que vivió un proceso de chilenización en el que muchos de ellos ocultaron su condición de mapuches. Si bien es cierto, algunos buscaron insertarse en el sistema, integrándose a los partidos políticos y movimientos sociales, y otros lucharon por conservar elementos de su cultura, nada de ello generó mejoras en su condición de vida. De hecho, las alternativas que desde los lentes actuales podríamos llamar como “progresistas” entendían al mapuche como “campesino”, integrándole o, mejor dicho, cooptándole con dicha nominación. “Palo y bizcocho”, dependiendo de quién gobierne, son dos caras de la moneda de la dominación. Muchos mapuches han sido cooptados por distintos gobiernos a punta de mínimos beneficios, en nada comparables con sus derechos reclamados. Por ejemplo, la dictadura propició medidas contrarias a la Reforma Agraria iniciada por Jorge Alessandri, fortalecida por Eduardo Frei y solidificada por Salvador Allende, poniendo dichos territorios en manos, especialmente de empresas forestales, las que no se han cansado de destruir el bosque nativo sin pensar en la posteridad. Esto fue afianzado por la Concertación y sus políticas insuficientes del llamado “Nuevo Trato”, y conservado por los gobiernos posteriores, quizá con ciertas luces que terminaron empañándose, en el quehacer de Francisco Huenchumilla como intendente y de Alfredo Moreno como ministro de desarrollo social en el recientemente dejado de lado “Plan Araucanía”. 

Una buena síntesis de lo dicho se encuentra en el canto de Violeta Parra:

“Arauco tiene una pena

Más negra que su chamal

Ya no son los españoles

Los que les hacen llorar

Hoy son los propios chilenos

Los que les quitan su pan

Levántate, Pailahuán”. 

2. La mirada sociopolítica. 

“Los pueblos indígenas tienen derecho a la libre determinación. En virtud de ese derecho determinan libremente su condición política y persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural.

Los pueblos indígenas, en ejercicio de su derecho a la libre determinación, tienen derecho a la autonomía o al autogobierno en las cuestiones relacionadas con sus asuntos internos y locales, así como a disponer de medios para financiar sus funciones autónomas”.

La cita forma parte de la “Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas”, aprobada en septiembre de 2007, en sus artículos 3 y 4. Esta es una vara de medida para evaluar la situación del pueblo mapuche y su relación con la política en el país. Y lo primero que debiésemos decir acá es que la reclamación histórica del pueblo mapuche por el Wallmapu no es antojadiza, porque no sólo tiene que ver con el reconocimiento de un territorio del que fueron despojados forzosamente, sino también en aquello que tiene que ver con su identidad que excede los límites de lo chileno. En lo posible este proceso constituyente actual debiese derivar en el reconocimiento del pueblo-nación mapuche, aymará y rapanui, haciendo de Chile un estado plurinacional, y que esta definición política sea acompañada de un real proceso de descentralización que tienda a la libre determinación en lo económico, social y cultural. Pero ese discurso descentralizador, por herencia portaliana, siempre ha sido temido y trastocado por las élites en el bloque del poder. 

Desde la década de los ochenta en adelante, se ha visto con fuerza esta reclamación por parte de sectores dentro del pueblo mapuche, expresadas en distintas organizaciones, que van desde la lucha política dentro del cauce democrático, como de alternativas que ponen en cuestión el status quo, y proponen la lucha armada como mecanismo de reivindicación. Y aquí sé que entro en un tema complejo y muy puntilloso, sobre todo, desde mi acervo evangélico. Pero en el ánimo de una hermenéutica empática, que busca comprender los procesos, debo señalar que las violencias sociales tienen distintos mecanismos de desarrollo y expresión, por lo que no se puede hacer análisis de la realidad de la violencia en La Araucanía si no se diferencia entre violencia estructural y violencia reactiva o proyectiva. 

A la luz de lo señalado en el ítem anterior, hemos visto cómo el estado nacional chileno desde 1884, y de ahí en adelante, con ciertos paréntesis de paz a la manera de tabú, ha operado con toda la fuerza que le es posible para contener y reprimir cualquier tipo de alzamiento mapuche, desde la protesta a otras acciones más radicalizadas, dentro de las cuales algunas de ellas pueden ser calificadas de delictuales. Pero dichos presuntos delitos deben ser juzgados según el debido proceso, eliminando arbitrariedades y prejuicios. Pero, ¿qué hemos visto? Ocupando una vez más la cara metáfora de Portales, el “bizcocho” ha sido menos ocupado que el “palo”. La Araucanía ha sido militarizada y a los weichafes que incurren en actos violentos se les ha aplicado la “Ley Antiterrorista”, residuo legal de la dictadura militar chilena. Ningún acto de violencia justifica el horror en la aplicación de una aparente legalidad. Todo acto de violencia debe ser sancionado de manera equitativa al daño causado. En el caso del conflicto con el pueblo mapuche el estado nacional chileno, y en particular su fuerza de orden, no ha ocupado el monopolio de la fuerza para la conservación del bienestar de toda la población, sino como se puede constatar en la historia del país ha mantenido la tradición dolorosa de “palomear rotos”, como se decía antaño. Lo que ha sido acompañado de procesos judiciales en los que la aplicación de la ley antiterrorista ha sido acompañada de juicios dobles por juzgados civiles y militares, el uso arbitrario de la detención preventiva y el uso de testigos sin rostro bajo el mecanismo de delación compensada. Entonces, cuando el actual ministro del Interior, Víctor Pérez, dice que en Chile no hay presos políticos, eso podría ser a lo menos problematizado. ¿En qué ayuda al consenso social una declaración apresurada a modo de cuña de prensa? 

Esa arbitrariedad se vio en el proceso que derivó en la muerte de Camilo Catrillanca. Se dijo tanto acerca de él. Primero fue acusado de un robo, que luego habría escapado en un tractor (cosa que sólo un citadino puede imaginar), que tenía antecedentes penales anteriores, y que habría sido parte de un enfrentamiento con los carabineros del “Comando Jungla”, todo eso para producir el efecto comunicacional de un sujeto que muere en su ley. Se señaló, también, que la muerte de este comunero, exdirigente estudiantil en las movilizaciones del 2011, estaba siendo ocupada para desfavorecer al gobierno de Sebastián Piñera. Luego se señaló que las pruebas del accionar policial habían sido inutilizadas y que, por ende, no existían. Todas las mentiras fueron cayendo una a una. Y pudimos constatar en base a pruebas que hubo doce balazos policiales, desprolijidad en el trato a un sujeto agonizante, humillación y maltrato de un menor de edad. En definitiva un montaje burdo, la corrupción en todas sus letras en pos de la derrota del enemigo interno, de múltiples caras en nuestra historia republicana. Mantener la ingenuidad después de esto, no sólo es falta de sofisticación en el análisis, sino miopía. 

El artículo 2 de la citada declaración de las Naciones Unidas, dice: “Los pueblos y los individuos indígenas son libres e iguales a todos los demás pueblos y personas y tienen derecho a no ser objeto de ningún tipo de discriminación en el ejercicio de sus derechos, en particular la fundada en su origen o identidad indígenas”. Y aquí nos adentramos a un problema de suyo relevante para nuestra forma de entendernos como seres humanos y que tiene con ver con el racismo. ¿Somos racistas los chilenos? Sólo un ejemplo que muestra dicha forma de actuar: en el primer campeonato sudaméricano, efectuado en 1916, Chile fue derrotado por la selección uruguaya en un resultado inapelable, por cuatro goles a cero. Los dirigentes del fútbol chileno solicitaron la anulación del partido porque Uruguay habría alineado con “dos jugadores africanos”, Isabelino Gradín (autor de dos goles) y Juan Delgado, descendientes de esclavos y que con todo derecho eran uruguayos. La selección charrúa era a la sazón la única que dentro de su formación contaba con jugadores negros. Chile es una sociedad clasista, y ese clasismo no está dado por el acceso a los recursos económicos, la producción y el consumo, sino por cuestiones que tienen que ver, por ripio colonial, con lo pigmentocrático. “El que no salta es mapuche”, gritado por un grupo que no tuvo miedo de sacar del tabú sus ideas en el espacio público, en medio de un toque de queda por la situación sanitaria, es sólo un síntoma de ese complejo de blanquitud que portamos por deformación social. Ese desprecio antimapuche no ayuda en nada al encuentro que puje por una salida pacífica de esta situación. Pero por sobre todas las cosas, no permitirá el encuentro con otros seres humanos. 

3. La mirada evangélica. 

“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor” (Lucas 4:18,19). 

Las palabras leídas por Jesús en la sinagoga de Nazaret son sumamente relevantes. La proclamación de las buenas nuevas incluye acciones que tienen que ver con la libertad y el bienestar de quienes han sido desharrapados de la historia y se encuentran en situación de vulnerabilidad. Como artesanos de la paz es parte de nuestro trabajo contribuir a ella, con una mirada que incluya la misericordia y la justicia, no olvidando que “El que oprime al pobre ofende a su creador, pero honra a Dios quien se apiada del necesitado” (Proverbios 14:31). Todo ello, implica no sólo una declaración doctrinal, sino tareas que tenemos por delante:

· Quienes somos creyentes cristianos debemos informarnos adecuadamente, leer libros de historia e investigación periodística, escuchar testimonios de las partes en conflicto, no lanzar al voleo juicios apresurados, so pena de incumplir el noveno mandamiento. 

· Debemos orar. Orar mucho. Orar por el pueblo mapuche, por sus distintos actores.  Orar por los habitantes de la región de La Araucanía. Orar también por las autoridades políticas del país. Orar por las fuerzas de orden que están desplegadas en la zona. Orar por quienes han ejecutado acciones racistas. Nuestra oración tiene que ser hecha de acuerdo a lo enseñado en el Padrenuestro, pidiendo que el Reino de Dios venga y se haga su voluntad en la tierra. Orar para que Dios sane los corazones, deponga las violencias de cada cual, transforme la mente 

· Levantar la voz en forma crítica respecto de la violencia, sea aquella que ha sido realizada por organizaciones mapuches que propenden al uso de la fuerza como motor de transformación, como aquella emanada de las fuerzas del estado. Quienes somos evangélicos debemos repudiar con igual fuerza los asesinatos de Werner Luchsinger y Vivianne McKay, como los de Basilio Coñonao, Julio Huentecura, Xenón Díaz, Juan Collihuín, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza, José Toro, Camilo Catrillanca, entre otros. Quienes somos creyentes entendemos la violencia como fruto de la caída, como consecuencia de pecados sociales e individuales y creemos que ella no es el medio eficaz para la construcción de una sociedad justa. Comprender los fenómenos de violencia desde la historia y las ciencias sociales, y por supuesto, desde la política, no puede implicar jamás su justificación. El Señor de la siembra y la cosecha es el Dios Todopoderoso y no nosotros. Nuestra alternativa es aquella que propugna la paz activa. No olvidemos que nuestro entendimiento del amor implica creer que éste “No se comporta con rudeza,  no es egoísta,  no se enoja fácilmente,  no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa,  todo lo cree,  todo lo espera,  todo lo soporta” (1ª Corintios 13:5-7). Amor y justicia en la gracia revelada de Cristo son indisociables.

· En una mirada que no discrimina y se ampara en actitudes segregadoras, clasistas y racistas, no debemos olvidar que una gran cantidad de mapuches son evangélicos (algunos hablan de un 35% de dicha población). Debemos orar para que el Dios que está en misión siga usándoles para la extensión de su Reino por la proclamación del evangelio y todas aquellas tareas que contribuyan a la justicia, la paz y la alegría en el Espíritu. Debemos colaborar en la construcción de templos, o en la reconstrucción de aquellos que han sido vandalizados en acciones de violencia. 

· Es muy pertinente que las comunidades evangélicas contribuyan al diálogo entre mapuches y chilenos, creyentes o no, generando espacios, facilitando sus dependencias para ello e, inclusive, colaborar en las tareas de mediación. Más allá de si algunos integrantes de la comunidad mapuche suscriben cosmovisiones religiosas distintas a la nuestra (panteísmo o animismo, o cierta fe ecléctica), como ideas políticas contrapuestas a las nuestras según el variado espectro político del país, pues claro está, que ser mapuche no es sinónimo de ser de izquierdas. ´Lo que se debe aprovechar es la larga tradición a parlamentar que ha tenido este pueblo en su historia. 

· Principalmente, no debemos olvidar que Cristo es Señor sobre todo y que nuestra cosmovisión tiene que leer todo lo que acontece a nuestro alrededor con los lentes de la Palabra de Dios. Eso nos dotará de un marco no sólo respecto de lo que creemos, sino también de lo que hacemos. No debemos olvidar que desde nuestra cosmovisión entendemos que el ser humano porta la imagen de Dios y que, aunque el pecado ha atrofiado la misma, todo hombre y mujer debe ser tratado con respeto y dignidad, sea cual sea su origen étnico. 

Con todo esto, me permito terminar esta reflexión que integra tres miradas, con las palabras del pastor Martin Niemöeller, de la Iglesia Confesante, en su sermón en la semana santa de 1946. Él señaló:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, 

guardé silencio, 

porque yo no era comunista, 

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, 

guardé silencio, 

porque yo no era socialdemócrata, 

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, 

no protesté, 

porque yo no era sindicalista, 

Cuando vinieron a llevarse a los judíos, 

no protesté, 

porque yo no era judío, 

Cuando vinieron a buscarme, 

no había nadie más que pudiera protestar”. 

En ese sentido, la protesta que como protestantes debemos realizar en el marco de las justas demandas expresadas por actores mapuches, debe darse desde la cobeligerancia, reconociendo las ideas que forman parte de la antítesis con el cristianismo, pero acentuando los puntos de contacto, sobre todo en aquello que tiene que ver con la justicia y la paz. Me preocupa sobremanera que por no estar de acuerdo con cuestiones de fondo y forma, que insisto deben ser ponderadas, juzgadas, criticadas y repudiadas según sea el caso, guardemos silencio respecto a cuestiones que son relevantes en el trato digno a otros seres humanos. 

Que no nos ocurra que por no protestar cuando vienen a llevarse a los mapuches, cuando quizá nos toque a nosotros, nadie pueda hacerlo por nuestra causa. 

Luis Pino Moyano. 

Sobre las vacaciones adelantadas, el retorno presencial y la tozudez.

Vivimos en un país en el que, lamentablemente, nuestras autoridades civiles no han dado el ancho en contextos de crisis. Hemos visto el retraso a la hora de actuar para paliar las necesidades en situaciones contingentes y en la generación de planes de acción para el futuro cercano. Una muestra gráfica de aquello está en el primer anuncio de suspensión de clases, el domingo 15 de marzo de 2020, que fue antecedido una hora antes por la declaración del comité de expertos convocado por el Ministerio de Salud en el que se señaló lo innecesario de suspender actividades presenciales, como por ejemplo, las clases de los colegios. Fue la presión de los alcaldes, del Colegio Médico y otros actores de la sociedad civil que conllevó esta medida. Eso no es otra cosa que improvisación. No necesariamente somos reos de nuestras propias palabras, porque tenemos derecho a cambiar de opinión. El gobierno también tiene ese derecho, sobre todo cuando está ante opiniones fundadas. Pero cuando sucede en menos de una hora, es simple señal de improvisación. No está de más decir, que esta medida se tomó un día antes del inicio de una nueva semana escolar. 

El miércoles 25 de marzo, el MINEDUC extendió la medida, para las dos primeras semanas del mes de abril, para que luego, las dos siguientes semanas, del 13 al 24 de abril, fueran de vacaciones. Vacaciones de invierno adelantadas. Claramente, esta medida tiene un aspecto loable: manifiesta coherencia con el discurso de la educación de calidad, toda vez que suspender lo presencial implica volver a planificar con una propuesta ad hoc de educación virtual. Es siempre bueno tener planes B, pero trabajar con ellos todo el tiempo no es lo óptimo. Tener claridad de los tiempos, facilita la planificación. Además, hay una segunda cuestión valorable: el ánimo de no perder el año escolar. Dicho lo anterior, creo que no se tuvo un criterio fundamentalmente pedagógico a la hora de tomar la decisión de adelantar las vacaciones de invierno, puesto que a esta altura, ya estaríamos con planes y prácticas adecuadas a la realidad de la educación a distancia, y dos semanas, implicarán la pérdida de ritmo, sobre todo si las condiciones a fines de abril y principios de mayo no implicarán necesariamente un retorno presencial. Pensar ese retorno de manera taxativa es innecesario, puesto que lo mejor en casos como estos es generar una revisión periódica de lo presupuestado. 

Ayer 9 de abril, Raúl Figueroa, ministro de Educación, declaró: “Las clases presenciales son muy difíciles de reemplazar; se han hecho importantes esfuerzos, nosotros los hemos promovido y los agradecemos respecto de toda la comunidad escolar, para seguir adelante procesos de educación a distancia, pero estamos también convencidos que, sobre todo en el mundo escolar, la clase presencial es muy importante, y por lo tanto debemos tomar todas aquellas medidas que nos permitan recuperar la mayor cantidad de horas posibles en el sistema escolar”. Si bien es cierto, la misma autoridad gubernamental ha relativizado la posibilidad del retorno presencial el 27 de abril, actúa de hecho apelando a la necesidad de volver según dicho mecanismo. 

Soy consciente, como profesor, que lo que se da en el aula de manera presencial es irremplazable. Y que, además, nosotros hemos sido formados para el desarrollo de una actividad presencial y no para el ejercicio profesional virtual, lo que ha conllevado el desafío de modificar nociones, el ingreso al uso de plataformas y dotar el sistema de una mayor flexibilidad. Pero es irresponsable y falto de criterio pedagógico pensar que la educación tiene que ver fundamentalmente con lo presencial o con horas de clases recuperadas o perdidas. Es irresponsable, porque, en primer lugar, no puede haber educación de calidad si las condiciones de salubridad, de transporte y de vida están limitadas por una situación nacional totalmente distinta. ¿Cómo se puede pedir ir al colegio si quienes son estudiantes y trabajan en la educación pueden contagiarse en la micro o en el metro? ¿Cómo puede pensarse en la educación presencial de calidad si en casa las condiciones de alimentación cambiaron debido al despido de padres, madres y apoderados de sus fuentes laborales en medio de esta situación? Y, nuevamente, vemos la ausencia de criterio pedagógico cuando la actividad educativa se entiende como la entrega de contenidos y de horas realizadas. La educación tiene que ver con eso, pero por sobre todo con la capacidad de pensar y reflexionar la realidad de lo que ocurre dentro y fuera del aula, con el desarrollo de habilidades, con lo afectivo y emocional, con el buen vivir. Todo eso queda fuera de una noción economicista y academicista que no dota de centralidad al estudiantado a la hora de educar-nos. Yo extraño a mis estudiantes, extraño el encuentro y la magia del aula. Pero prefiero no encontrarme presencialmente con ellos/as si eso implica riesgo para su bienestar. 

Además, el ministro señala que se “se han hecho importantes esfuerzos”. ¿Cuáles son? ¿Podríamos nombrarlos? ¿Habilitar una plataforma virtual del Mineduc con recursos pedagógicos? ¿Liberar los PDFs de los textos escolares? ¿Seguir pagando la subvención a los colegios -como corresponde, porque seguimos trabajando, ahora más con lo difuso que se vuelve el teletrabajo? ¿Qué más? Los otros esfuerzos han sido de establecimientos, profesionales de la educación, estudiantes, padres, madres y apoderados/as. Y no basta con su promoción y agradecimiento. Es la hora de generar políticas educacionales de verdad, con compromisos económicos mayores de parte del estado:

  • Uso de toda la mañana del canal público -Televisión Nacional de Chile-, para la transmisión de contenido educativo, con clases de todas las asignaturas y con cierta transversalidad en los niveles. Si hay algo que ha evidenciado esta crisis, es la segregación social del país. Sí, una vez más. Porque la modernidad no ha llegado a todos los lugares del país (lo que debiese inhabilitarnos por un rato en la discusión sobre la posmodernidad u otros tipos de modernidad líquida, radicalizada, etc. Así, se puede llegar con mayor facilidad a los sectores donde una conexión a internet es impensada, lo que puede ser acompañado con carpetas con guías impresas (disponibles en el colegio y entregadas guardando los protocolos de salud), llamadas telefónicas para hacer explicaciones breves, entre otras.
  • Realización de capacitaciones pedagógicas para el uso de plataformas educativas a distancia y subvención para el acceso de parte de las/os profesionales de educación a herramientas para llevar a cabo ese trabajo: computadores, acceso a internet de mayor potencia, cámaras, micrófonos, etc.
  • El estado debiese convocar la solidaridad de la empresa privada, buscando liberar accesos WiFi en distintas zonas del país, donando computadoras a estudiantes, a las editoriales regalando libros físicos o haciendo disponibles ediciones digitales, etc. 

Hoy, más que pensar las políticas gubernamentales en la lógica economicista y de campaña publicitaria, se hace necesario pensar la realidad de manera multifocal y atendiendo a las “necesidades reales de la gente”, como les gusta decir a los políticos profesionales de distinta bandería. Porque si hay algo que es deber del estado es cuidar y promover el bien común. Y el resguardo de las condiciones dignas para los/as estudiantes de Chile claramente está allí. 

Las vacaciones ahora son un hecho. Que el retorno presencial se dé cuando las condiciones lo permitan. Si eso es mayo, junio o julio, ¿qué importa? Lo importante, es que se dé cuando la población no tenga riesgo a enfermarse. Mientras, se deben hacer esfuerzos por fortalecer la dinámica virtual con medidas tendientes a ello, y no sólo con la espera de la iniciativa privada o particular de quienes somos profesionales de la educación. Fines y medios van de la mano. ¿O no?

Luis Pino Moyano. 

¿Hay una revolución en Chile?

No deja de ser interesante que voces a favor y en contra de las demandas levantadas o visibilizadas en las las calles, en el contexto del estallido social, hablen de una revolución en marcha en Chile. Unos, para ensalzar su utopía de un Chile nuevo que nacerá después de las llamas; otros, relevando sus miedos a que existan cambios en el país, un país que ha sido exitoso en tal o cual indicador internacional, cosa que no tendría que ser dilapidada. Pero, ¿estamos en un contexto revolucionario en Chile? A mi juicio, pienso que hay, a lo menos, tres razones para decir que no:

a. Lo que tenemos es el ensalzamiento de la ritualidad festiva. Y como diría uno de mis profesores en la Universidad, “las revoluciones se miden después del día de la jarana”. Ha sido increíble la masividad de varias de las movilizaciones, algunas con más de un millón de personas sólo en Santiago, en la hoy denominada “Plaza de la Dignidad”. Allí se han encontrado personas de distintos acervos e ideas políticas, sectores sociales, niveles educativos e, inclusive, equipos de fútbol. Colores, música, gritos de consignas, performances, disrupción y violencia como repertorio de lucha. ¿Qué es eso sino expresión erótica politizada, donde la pulsión individual se expresa en diversas experiencias de éxtasis? Es el paso de “la alegría” al goce. Pero, si se me permite parafrasear a Tomás Moulian cuando refiere a la experiencia de la Unidad Popular, la fiesta no tiene la fuerza de limitar el drama. Las fiestas se acaban cuando hay fracaso o derrota, o la conjunción de ambas. ¿Los distintos movimientos que expresan sus ideas y sentimientos en las calles tendrán idea respecto a qué hacer en caso de una derrota plausible? O, aún más, ¿tendrán idea de lo que vendría después del triunfo posible?

b. Lo que tenemos es el protagonismo del panfleto que se convierte en sentido común. Esto demuestra, en forma periférica, que mucho del discurso crítico respecto del marxismo cultural emanado de cierta derecha liberal, no es más que un muñeco de paja, porque si sólo ocupáramos una lógica gramsciana, debiésemos señalar que el sentido común produce conformismo, entonces, no puede llamarse pensamiento crítico a una idea o conjunto de ellas que no puede pasar por el cedazo de la sospecha cuestionadora. Resulta interesante que mucho de lo que se autodenomina pensamiento crítico hoy no es más que discurso estático, no susceptible de crítica, porque introducir prismas, fisuras o rupturas teóricas es “fascismo”, de “derecha” o funcional a las clases dominantes. Eso hace que mucho del discurso “progresista” sea simplemente un nuevo conservadurismo, en el que hay mucho miedo. Decir algo contra lo políticamente correcto, desde un cuestionamiento epistemológico hasta el acto de reírnos de nosotros mismos, en un momento en que el espíritu de funa pende en el aire, limita la acción y fortalece el autoritarismo de la voz más fuerte y más radical, que no necesariamente es aquella que se condice con la realidad actual y con la que se anhela construir. Un movimiento social que apela a la configuración de cambios estructurales no puede perder de vista la transversalidad incluyente, so pena de seguir produciendo un constructo propio de una modernidad radicalizada, donde el sujeto autónomo es cada vez más individuo. Si hay más “yo” que “nosotros”, la lógica de consumo mercantil se mantiene incólume, incluso, en las relaciones humanas. 

c. Lo que tenemos es la sacralización de la violencia. Dos cosas por decir: a) existe una diferencia entre agresividad y violencia (una más instintiva y otra que desarrolla una racionalidad), y entre violencia reactiva y violencia estructural; y b) existe un uso legítimo de la violencia, específicamente en dos asuntos: en aquella que ha sido delegada a los institutos armados, para que monopolizándola, la usen discrecionalmente en la defensa y la conservación del estado de derecho (lo que claramente se dilapida cuando se ocupa en forma abusiva, violando los derechos de la población, ya sea a personas inocentes o a quienes se les pueda imputar un delito); como también en la autodefensa del pueblo frente a un tirano y sus esbirros, es decir, en un contexto en el que no existe estado de derecho. A la luz de aquello, y considerando las acciones en el espacio público desde el 18 de octubre, podemos ver que existe más agresividad que violencia, una profusión mayor de la violencia reactiva, junto con altas dosis de espontaneidad. Quemar y destruir todo no es sinónimo de revolución, porque la revolución no es sólo violencia, sino, por sobre todo, transformación. Y para que exista transformación debe haber proyecto. Y yo pregunto, ¿dónde está el proyecto de cambio? La sacralización de la violencia, que pasa del uso como repertorio de acción colectiva a la configuración litúrgica de la misma, no mide las consecuencias. Y no hablo acá de la acción policial, hablo de si dicha violencia suma o resta a la causa que se dice defender. Además, el uso de la violencia como método de acción en unos, hace que también aparezca en otros, desde el sujeto que dispara en una manifestación en Reñaca, hasta aquellas organizaciones neofascistas que marchan por las calles -hasta ahora sólo del Barrio Alto-, premunidos de bastones retráctiles y gritando cuestiones aberrantes para nuestra conciencia histórica, como eso de ir a buscar “los huesitos al estadio nacional”.

Aquí en Chile no hay revolución… lo que hay es incertidumbre. ¿Cómo terminará todo esto? No sé. Pero lo que no quiero, es que termine en un conflicto fratricida, con uso de la violencia armada, donde nuevamente los/as perdedores sean los mismos de siempre, la mayoría de la población. Y eso, no conduce a la parálisis de quienes pensamos en la necesidad de un Chile distinto, de quienes anhelamos cambios para nuestra sociedad en el entendimiento que la paz tiene como base la justicia. Por el contrario, debemos esforzarnos por caminar como protagonistas en el cambio constitucional que siente las bases para el ejercicio renovado de la política, y aquello, por primera vez en democracia en nuestros más de 200 años de vida republicana. ¿Estamos conscientes de la fuerza del cambio que tenemos en un horizonte muy cercano?

Luis Pino Moyano.

PSU, ideas encontradas y un intento de construir certezas.

Hubo un tiempo en que se era políticamente incorrecto en relación al establishment. En el tiempo actual se puede ser políticamente incorrecto en relación a múltiples sujetos, colectivos sociales, instituciones y más. Y en el actual contexto de crisis social que vive el país, sobre todo en la comodidad y velocidad que brindan las redes sociales, todas las voces te hacen ver la incorrección. El espíritu de funa, el discurso panfletario, el infantilismo revolucionario, el servilismo lacayuno, el conservadurismo recalcitrante, grita, vocifera, llena el espacio de palabrería, pero no piensa ni problematiza ni reflexiona ni, mucho menos, proyecta. Todo eso, me ha hecho dejar pasar los días para expresar mi opinión respecto de lo sucedido con la PSU. 

Hasta el momento, había guardado silencio por tener pensamientos encontrados sobre lo acontecido. Y, ahora, que me lanzo a escribir, sigo teniendo esas ideas encontradas, enmarañadas y contradictorias, tratando de converger en una voz. Sí, tengo ideas encontradas y no pretendo con este post cerrar una discusión, sino que mi única intención es dialogar con otros, pensando la realidad, abriendo reflexiones para el presente y el mañana. 

Ordenaré mis ideas como si fuesen un hilo de tweets (aunque no prometo 280 caracteres por punto), que es lo más parecido a las tesis que abrían discusiones en las disputatios de las universidades medievales. 

  • No soy partidario de la Prueba de Selección Universitaria ni de pruebas estandarizadas que midan los aprendizajes, conocimientos o las habilidades de los estudiantes. Cada estudiante, como individuo, tiene formas de estudiar, aprender y razonar, junto con mejores formas de expresar ideas. Para qué hablar de intereses académicos propios, para quienes una asignatura implica la lumbrera máxima para la vida (en mi caso, la historia) y la otra, el lado oscuro de la fuerza (en mi caso, las matemáticas). 
  • Una prueba con alternativas no implica, necesaria o solamente, aprendizaje o capacidad reflexiva, sino memorización o un entrenamiento que permite cumplimentar un instrumento de evaluación (que es lo que entrena el mercado de preuniversitarios). Como profesor, pese a que se facilita la revisión cuando se hacen pruebas con alternativas, prefiero las pruebas de desarrollo, que dan un espacio a la reflexión o, a lo menos, la posibilidad de tener más que 0 puntos, si no se logra saber a cabalidad la respuesta correcta. Además, desarrollo mi labor desde la pedagogía crítica, por lo que siempre prefiero evaluar un proceso más que un evento, en el que a veces el nerviosismo o una mala situación momentánea, pueden jugar malas pasadas. 
  • La Prueba de Selección Universitaria no es la vida ni los preuniversitarios un deber. Esa lógica del exitismo estudiantil ha conllevado un peso innecesario para miles de estudiantes del país. Dos días son sobrepasados con creces por el encuentro con el conocimiento, con “la belleza del pensar”, con el leer profusamente, con el aprender más allá de “los doce juegos”, antes y después de los lunes y martes en los que se rinde la prueba que hoy permite acceder a la universidad. 
  • Existen distintos mecanismos para el ingreso a la universidad, algunos que son susceptibles de combinación: las pruebas de conocimientos específicos y vocacionales por carrera, las entrevistas con directores de carrera, los propedéuticos y los bachilleratos que se desarrollan en algunas universidades. Eso, sumado a los antecedentes de trayectoria estudiantil, sobre todo en la enseñanza media. Para qué hablar del anhelo de la existencia de escuelas vocacionales en el país, que potencien las habilidades específicas de estudiantes y les preparen para un área de desarrollo disciplinar y laboral, con base y fomento de la educación permanente. Todo eso es mucho más integral que sólo desarrollar una prueba. 
  • La Prueba de Selección Universitaria, al igual que el SIMCE, son elocuentes radiografías de la desigualdad y la segregación que existe en el país. Es la constatación de la cancha dispareja en la que “la contienda es desigual”. ¿De qué meritocracia puede hablarse cuando en una misma evaluación compiten por el acceso a la universidad, por un lado, un joven que con suerte desayuna té y un pan tostado con margarina, cuyos padre y madre terminaron a duras penas la enseñanza media y se sacan la mugre de sol a sol por llevar un sueldo que no alcanza para cubrir todos los gastos y que empuja al endeudamiento, con otro joven que desayuna todos los días leche, cereales y fruta, cuyos padre y madre tienen estudios universitarios, manejan más de un idioma, viajan al extranjero, acceden a consumos culturales, y tienen un trabajo en un horario plausible para la vida familiar y con un sueldo que les permite vivir sin sobresaltos hasta, a lo menos, fin de mes? Y para que no queden dudas, esto no es resentimiento, es constatación de la realidad. Los puntajes de la PSU en 2018 permiten relevar que el 77% de los puntajes nacionales fueron hombres, que de los 50 colegios con mejores resultados, 48 son particulares pagados y dos municipales y que las cinco comunas con el promedio de mejores puntajes se ubican en la zona oriente de la Región Metropolitana. Aquí no hay meritocracia que valga (claramente hay excepciones a la regla, pero el tema es sobrevivir a la universidad, y luego al mundo laboral con redes que recién se comienzan a construir), sino posibilidades que te tocan o no. Hace años, que la educación dejó de ser un factor de ascenso social. El ascenso social hoy está asegurado por el poder de consumo. He ahí la perversión de un sistema que en apariencia incluye, pero que en la práctica conserva la segregación. 
  • Desde el año 2006, el de la revolución pingüina, que los estudiantes secundarios tenían en la mira a la PSU. En dicha ocasión, lo que buscaban era la gratuidad del proceso de evaluación, consiguiéndose sólo becas para algunos casos. Para las movilizaciones iniciadas en 2011, tanto la ACES como la CONES, coincidían en la eliminación de la PSU como sistema de evaluación que permite, o no, el acceso a la universidad. Este dato es clave, pues, a lo menos, hace ocho años que los estudiantes secundarios en sus principales orgánicas han manifestado su posición de rechazo a la PSU. Ocho años en que la Clase Política Civil ha tenido una respuesta insuficiente ante dicha demanda. Digo insuficiente, porque aunque se habla que existirá una nueva evaluación para acceder a la universidad, que considerará competencias y habilidades más que conocimientos específicos, no hay claridad de su implementación para 2021 ni sobre cómo será a cabalidad. 
  • La interrupción de la PSU a comienzos de enero de 2020, no puede dejar de ser entendida como una acción ligada al reventón social emergido en octubre del año pasado. La rabia expresada en la toma de colegios, el bloqueo de accesos, las barricadas en torno a establecimientos educacionales, la destrucción o la apropiación de los facsímiles, son expresión del malestar ante el ninguneo de los oídos sordos a la demanda de años, y de la incertidumbre frente a lo que se viene para adelante, no sólo en el plano académico, sino también en el existencial. ¿Es violencia? Sí, toda vez, que no hay respuesta agresiva instintiva, sino organización racional, fines que se persiguen y hasta un discurso performativo. ¿Es violencia reactiva o proyectiva? Si bien es cierto, se persiguen fines, estos son coyunturales, a corto plazo, sin la fuerza de realización de un cambio profundo. Y, en tanto, expresión de malestar, es más bien una respuesta a una violencia de carácter estructural, a la de una sociedad clasista, segregadora, racista-pigmentocrática, con una democracia de baja intensidad. El Chile de la alegría, el crecimiento con igualdad y los tiempos mejores que no llegaron. 
  • No obstante lo dicho con antelación, cualquier acción política, incluya la violencia o no, debe hacerse cargo de la conflictividad que se da sobre todo en la esfera del discurso. Es decir, que un fin debe estar unido éticamente a unos medios, y que los medios deben evaluarse en su alcance, consecuencias y lecturas, y no sólo en su aplicación. Es decir, quienes interrumpieron el desarrollo de la PSU deben hacerse cargo, no sólo de lo que piensan proyectar en su acción, sino de las consecuencias no tenidas en cuenta y de los daños colaterales, los fallos que no se previeron e, inclusive, de las lecturas que puedan darse a una acción. Todo eso es propio de una racionalidad política que pone coto al voluntarismo revolucionario que no sopesa los criterios de realidad. Y no es adultocentrismo lo que estoy haciendo acá, sino la legítima crítica de una acción voluntarista, que no sólo atentó contra un sistema de evaluación, sino contra sus propios pares que fueron a dar la prueba. El que una evaluación no sea considerada como consustancial a la vida, no significa que voy a perjudicar a quien estima importante darla. La interrupción violenta de la PSU, no sólo conllevó su suspensión en algunos casos, sino la intranquilidad de quienes la dieron. Y la tranquilidad es un factor importante para el logro anhelado. Sin sumar las consecuencias que esto podría traer más adelante a las universidades. Yo pregunto, con toda honestidad y desde mi desconocimiento, ¿hasta qué punto la decisión de la interrupción de la PSU fue el resultado de una resolución emanada de una asamblea participativa, amplia, es decir, con legitimidad originaria, o fue, por el contrario, la decisión de una vanguardia que entiende la radicalidad como lo políticamente correcto? ¿Quién se hace responsable de esta acción? ¿Un “todos” que es sinónimo de “nadie”?
  • Dicho lo anterior, debo decir que nuevamente, el gobierno parece vivir antes del 18 de octubre de 2019, como si nada hubiese pasado, sin ningún aprendizaje. No tiene un plan preventivo que asegure la ejecución tranquila y segura de la PSU, sino que omite su responsabilidad de cuidar dichos aspectos, pensando que el reventón social pasó, en el engaño similar al de una taza de leche que parece fría, pero que al ser bebida, quema. El gobierno no entiende que el movimiento social tiene un repliegue que coincide con el fin de año y sus fiestas de alto sentido familiar, junto con el período de vacaciones, pero que a todas luces reaparecerá en marzo, y que la interrupción de la PSU es una señal de su latencia. El gobierno actúa careciendo de sentido de realidad y de proporcionalidad, al querellarse contra dirigentes estudiantiles por la Ley de Seguridad Interior del estado y suspendiéndoles del proceso de selección universitaria, violando con ello el derecho de propiedad, pues pagaron por participar de la evaluación (en términos comerciales, pagaron por un servicio), y violando el derecho a la educación, pues el estado tiene tanto la obligación de sancionar como la de generar condiciones para la reparación por parte de los educandos (ni “Aula segura” se anima a tanto). Esto es apagar el fuego con bencina, no sólo por cómo pueden responder los afectados, sino por sus  consecuencias posibles, tales como demandas ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, lo que podría implicar sanciones para nuestro estado nacional. Se quiere parecer duro e inflexible ante los medios, sin medir que la victoria puede ser epidérmica, momentánea y aparente. Las respuestas represivas son impotentes a la hora de construir paz social. 
  • Mención aparte merece la suspensión de la PSU de Historia y Ciencias Sociales, que a todas luces es una nueva señal del escaso interés que la Clase Política Civil da a estas disciplinas del saber humano. ¿Por qué esa parcialidad que suspende un tipo de conocimiento y fortalece otros? ¿Qué hace más importante a las ciencias de la naturaleza por sobre las ciencias sociales? Y, si bien es cierto, se consideró como un modo de colaboración la aplicación del mejor puntaje, sea este de otras pruebas o del NEM, en el vacío que deja la prueba suspendida, ¿se habrá considerado, también, que para varios estudiantes el mejor puntaje iba a ser el de la prueba de historia y ciencias sociales? Habrá, entonces, beneficiarios y perjudicados por secretaría. Si hubiese sido la prueba de matemáticas la que se suspendiera, ¿se habría aplicado el mismo mecanismo reparatorio de la homologación de puntajes? Las ciencias sociales, las artes y la educación física son tratadas como disciplinas de segunda categoría al lado de aprendizajes que pueden ser funcionales a un sistema, yendo en detrimento de profesionales de la educación de dichas áreas, de estudiantes cuyos intereses académicos propenden a esas asignaturas; pero además, no entendiendo que desde el lenguaje vernáculo y extranjero, desde las matemáticas y las ciencias de la naturaleza, también se pueden construir críticas profundas al estado de cosas. 

¿Qué irá a pasar el lunes 27 y el martes 28 de enero, fechas estipuladas para la repetición de pruebas? ¿Habrá una nueva interrupción o se tomarán los recaudos necesarios para la realización de la PSU? ¿La tónica la marcará la participación o el ausentismo? La verdad, es que no sé. No sabemos. Lo que sí sabemos es que la discusión sobre la realidad, como el anhelo de construir un mejor lugar para vivir en sociedad, tienen las puertas abiertas de par en par. Y que la discusión respecto a la forma de acceder a la universidad es un tema relevante a ser tenido en cuenta. 

Luis Pino Moyano. 

¡Que arda la iglesia!

“La única iglesia que ilumina es la que arde”, junto a otros gritos que esparcían su malestar y rabia contra la iglesia y la imagen de Dios (algunos irrepetibles, por quienes somos creyentes, aunque los dijésemos entre comillas), fue uno de los eslóganes producidos por los anarquistas españoles de la primera mitad del siglo XX, quienes, huelga decirlo, fueron muy influidos por el cientificismo positivista. El anarquismo español fue el más laicista y anticlerical de dicha expresión política, y el que por razones idiomáticas y de redes organizativas, influyó más en América Latina. No por nada, dichas consignas han vuelto a aparecer, y a expresarse en la realidad concreta, en las escenas iconoclastas del reventón social de octubre y noviembre de 2019, y quizá por cuánto tiempo más. 

Como protestante de raigambre reformada, no creo en la existencia de lugares sagrados y profanos, en una separación binaria que olvida que Cristo es Señor de todo. Pero, eso no obsta para que las acciones iconoclastas, de quema de templos y bandalización de los mismos, sea del todo repudiable y lamentable. E insisto, no por el lugar ni por los objetos, sino porque lo único que muestran estos actos, es a personas que enarbolan las banderas de la libertad, pero que sólo refieren a una emancipación que es ensimismada e individualizada, construyendo un conservadurismo y moralidad, contradictoriamente semantizados como progresistas. Buscan destruir a Dios y las religiones, pero terminan levantando otro altar, el de sus egos y de sus verdades relativas e individuales que desechan la posibilidad de dialogar en sociedad y aceptar las diferencias, y los afectos de personas que construyen sus propias redes sociales al alero de una comunidad eclesial. Bajo la misma lógica, esa religión secularizada, también debería arder. 

Pero quisiera re-dirigir mis palabras a otro asunto, resemantizando el eslogan, dándole otro significado y contenido. Uno que me permita gritar a voz en cuello y a desear con todas las fuerzas de las que tengo posibilidad: “¡Que arda la iglesia!”. Sí, que arda la iglesia. 

La iglesia tiene que arder, sobre todo, para que en un momento inicial podamos: a) quemar la inmoralidad del abuso de poder, expresado en maltratos económicos, eclesiales y de índole sexual; b) quemar la indecencia del enriquecimiento ilícito, amparado en “bancos celestiales” presididos por el dios del consumo al que no se le ofrenda, sino que se le pacta en lógica de oferta y demanda; y c) quemar la indolencia frente a la injusticia social, lo que se traduce en prácticas que van desde una actitud carente de misericordia frente a la pobreza y desamparo de nuestros prójimos, el desalojo de una ética cristiana fuera de la esfera eclesial y, en el peor de los casos, reproducir las acciones pecaminosas de otros bajo la excusa barata de un “todos lo hacen”. Mientras no reconozcamos la responsabilidad por comisión u omisión de nuestras comunidades cristianas, coadyuvando al malestar de cientos y miles de conciudadanos, seguiremos marcando el paso con un mensaje carente de sentido para el aquí y el ahora. El cristianismo lucha contra nuestra falta de realidad [1]. Seguimos a un Señor y Maestro, Jesús de Nazaret, que recorría las aldeas y ciudades predicando y enseñando el evangelio del Reino y, a la vez, sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo (Mateo 9:35). Cristo se compadece de quienes tienen hambre y carecen de pastor (Mateo 9:36), sana a los enfermos, toca a quienes son inmundos ceremonialmente (Mateo 8:1-3), conversa con aquellos que son considerados los parias de la sociedad (Lucas 19:1-10; Juan 4:1-42) y celebra asegurando que la fiesta no termine antes de tiempo (Juan 2:1-12). 

La iglesia tiene que arder en su tarea en el mundo. Juan Calvino, cuando definía a la iglesia señalaba que se trata de: “toda la multitud de hombres esparcidos por toda la Tierra, con una misma profesión de honrar a Dios y a Jesucristo; que tienen el Bautismo como testimonio de su fe; que testifican su unión en la verdadera doctrina y en la caridad con la participación en la Cena; que consienten en la Palabra de Dios, y que para enseñarla emplean el ministerio que Cristo ordenó” [2]. Probablemente, en esta definición nuestra vista se vaya rápidamente a los actos litúrgicos y de conocimiento escritural mencionados por el teólogo francés, pero esas tareas sólo pueden ser desarrolladas de manera consistente, sí y sólo sí, la iglesia es entendida como comunidades que están “esparcidas por el mundo”. Es mientras que la iglesia institucional y la orgánica (nosotros, los creyentes, somos la iglesia), caminamos en medio del espacio geográfico que nos toca, que cumplimos nuestra tarea de hacer discípulos, de integrar a nuevos miembros y de enseñar la Palabra de Dios, junto con la tarea de colaborar con la extensión del Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo (Romanos 14:17), y con nuestras manos, en el trabajo que desarrollamos en el día a día, produciendo bienestar para quienes son beneficiarios de lo que hacemos [3]. El pastor y misionero David Trumbull, señaló en 1879 que: “Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo” [4]. La esperanza de Trumbull no estaba en un cambio constitucional ni en la relación estratégica con liberales, radicales y masones -aunque ambas cosas podrían haber sido necesarias en dicha época-, sino en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin. La luz del evangelio debe iluminar en medio de la oscuridad, con la proclamación fiel de la Palabra de Dios, y además, en la muestra de amor al prójimo que se manifiesta en prácticas de justicia y misericordia, y en el trabajo realizado con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. Disociar esas tareas evangélicas, presenta una mirada parcial y débil del evangelio mismo, y diluye el entendimiento de su alcance y poder de transformación. 

La iglesia tiene que arder en la esperanza escatológica, la que se fundamenta en la obra de aquél que ni la tumba pudo retener, y no radica en un mero cambio social, sea del tinte político que sea. Un día todas las tiranías y todos los reinos de la tierra caerán, pero el reino de Cristo, el Señor en quien debe estar nuestra esperanza y fe, prevalecerá para siempre. Nuestra esperanza está en Cristo. ¡Él consumará la historia! ¡Él construirá la verdadera justicia! ¡Él construirá la paz! ¡Él establecerá el lugar en el que su pueblo podrá encontrarse de manera plena con Dios, con el prójimo y con la buena creación de Dios! Ningún hombre o mujer puede lograr aquello. Todo eso, no implica quietismo ni pacifismo, sino que entiende equilibradamente nuestro papel y el de Cristo. El “venga tu reino” y “hágase tu voluntad”, van de la mano, en el Padrenuestro (Mateo 6:10). Nuestra esperanza no está en lo que tú y yo podemos hacer. No está en nuestros bienes y profesiones temporales. No está en que te libres cuidándote sólo a ti y no preocupándote de quienes te rodean. La esperanza que no defrauda está en Cristo. En lo que Él hizo por ti y por mi en la cruz, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. ¿De dónde proviene, entonces, nuestro amor y justicia? Tienen que venir de Cristo. No nos dejemos dominar por los discursos de nuestra época. El evangelio debe ser el fundamento. No hay amor verdadero que no se sustente en Dios. No hay justicia social verdadera que no se sustente en Dios. No hay valoración de la vida humana que no se sustente en Dios. No hay paz verdadera y perdurable que no se sustente en Dios. ¡En él debemos poner nuestra mirada hoy! (Véase sobre esto último el Salmo 145).

La iglesia tiene que arder en el amor a quienes profesan la misma fe. La iglesia es, por definición, la comunidad de los distintos que han sido unidos por la gracia de Dios, el único lugar del mundo en el que pueden y deben convivir aquellos que fuera de su marco jamás se habrían juntado ni, mucho menos, amado. Por tanto, la iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio, a saber, la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz (1ª Pedro 1:18-20). Somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás. En Cristo, somos uno (Efesios 2:11-22; 4:1-16). Y si tenemos como mayor cualquier cosa ocurrida en el país en el devenir histórico, a un actor político del pasado o del presente o un determinado principio filosófico-político-o-económico, y eso obstaculiza nuestra relación de hermanos con otros creyentes, estamos poniendo una cosa insignificante en lugar de Cristo, como señor y dios de la vida, sustituyendo a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Si amamos más un determinado proyecto político que a nuestro propio hermano, como lo mandata la Escritura, no estamos siguiendo uno de los principales mandamientos de quienes seguimos a Jesús (Juan 15:17; 1ª Juan 4:7,8,20,21).

La iglesia tiene que arder en la búsqueda y práctica de una espiritualidad bíblica, en una genuina pentecostalidad de la iglesia. El anhelo por ser llenos del Espíritu Santo no es ni debe ser patrimonio de las comunidades de nuestros hermanos pentecostales, sino de todo el pueblo de Dios. Las palabras de Kuyper deben ser un llamado a nuestras conciencias: “A menos que Dios envíe su Espíritu, no habrá ningún cambio, y espantosamente rápido descenderán las aguas. Pero ustedes recuerdan el Arpa Eólica que a los hombres les gustaba poner fuera de sus ventanas para que la brisa pudiera convertir la música en vida. Hasta que el viento soplaba, el arpa permanecía en silencio; mientras que, nuevamente, a pesar de que el viento soplaba, si el arpa no se hallaba lista, un susurro del viento podía oírse, pero ni una nota de música etérea deleitaba el oído. Ahora bien, puede que el calvinismo [y sin duda, a mi juicio, la apelación al calvinismo, podría sustituirse por la fórmula “todo el cristianismo bíblico e histórico”] no sea otra cosa sino un arpa eólica –absolutamente impotente, por así decirlo, sin el avivamiento del Espíritu de Dios- pero aún sentimos que es nuestro deber impuesto preservar nuestra arpa y sus cuerdas entonadas correctamente, lista en la ventana de la Sión Santa de Dios, esperando el aliento del Espíritu” [5]. Sólo el Espíritu Santo tiene la posibilidad de transformar nuestros corazones, es decir, nuestros intelectos, emociones y voluntad (Romanos 8:1-17). Sólo el Espíritu Santo producirá la fuerza vitalizadora para que la iglesia esté compuesta de testigos fieles del evangelio (Hechos 1:8) y viva de acuerdo a la Palabra de Dios. Sólo el Espíritu Santo nos guiará a la verdad y a la justicia (Juan 16:13). La iglesia tiene que arder de rodillas, orando, orando mucho. Esa oración, con la Biblia abierta y en nuestros corazones, marcará la agenda a seguir, aún en medio de las convulsiones sociales  o crisis personales y colectivas que podemos vivir.

Sí, que arda la iglesia… 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] Quien mejor apela a esta falta de realismo del cristianismo contemporáneo, a mi juicio, es Francis Schaeffer. Véase: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; y, Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973. 

[2] Juan Calvino. Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro IV, Capítulo 1, Nº 7. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 811.

[3] Soy tributario acá de la propuesta de Timothy Keller. Véase: Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, pp. 263-406.

[4] La Piedra viva, verdadera y divina. Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. 

[5] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 252. Corresponde a la Conferencia “El calvinismo y el futuro”.

Corrientes basales de política.

Conservadurismo.

La mayoría de sus ideas surgen del Derecho Natural, que reporta un origen religioso de la naturaleza y las relaciones sociales (Dios – Familia – Patria). Para ellos, el orden es sinónimo de poder, y eso se expresa en un paternalismo-pedagógico (“al pueblo se le educa, no se le utiliza”). Eso se tradujo en América Latina en la restricción de la participación política de los sectores populares mediante lógicas censitarias sustentadas en la propiedad y los alcances de la educación. Fomentan el centralismo y los gobiernos fuertes.

El conservadurismo forma agrupaciones confesionales que buscan representar los puntos de vista de la Iglesia Católica, y los fieles más comprometidos constituyen su fuerza electoral. Una referencia que da cuenta de este eje teórico se encuentra en la discusión del órgano del Seminario Pontificio Mayor con el filósofo Francisco Bilbao luego de la publicación de su “Sociabilidad Chilena”, lo que le valió ser acusado de “sedición, blasfemia e inmoralidad”. En una de las ediciones se señala:

“Cuando Dios habla, la razón no es el juez irrecusable que debe fallar sobre los dogmas y la moral de la Relijión. El exámen entonces no solo es temerario por la limitación, sino también ridículo é injurioso á la autoridad y deferencia que se merece la palabra de Dios […] No nos cansemos: la única y verdadera elevación del entendimiento consiste en conocer y amar la grandeza y majestad de la fé. Los grandes talentos por sí mismos conducen á la sumisión: lo contrario es vicio de talentos cortos y limitados, porque el que todo lo quiere sujetar á su razón, todo lo ignora” (La Revista Católica. Nº 36, Santiago, 8 de agosto de 1844, p. 290. Se mantiene la ortografía original).

Como su base militante tiene una raigambre elitista, requiere en algunos casos asumir y promover ideas nacionalistas, para favorecer la convocatoria electoral policlasista.

 


Liberalismo.

Postula el librepensamiento (hijo de la ilustración y del humanismo secularizado), el individualismo, y la presuposición respecto a que la propiedad antecede lo social. Ese supuesto sostiene la desigualdad: sólo es libre el que tiene poder y lo ejerce. Por ende, siempre se trata de una libertad dentro del orden social establecido (dicho orden es susceptible de ser reformado en el esquema del “progreso” de la sociedad). Propugnan el libremercado autorregulado y sin intervención estatal (eso en teoría, porque los regímenes liberales tuvieron que recurrir a la fuerza del estado para sostener sus reformas ante la reacción conservadora).

Artola y Pérez dicen al respecto:

“El pensamiento liberal, plenamente elaborado en la obra del filósofo inglés John Locke (1634-1702), y en especial en sus Dos tratados del gobierno civil (1690), estaba construido a partir del postulado de la existencia de unos derechos naturales, anteriores y por lo mismo superiores a cualquier obligación política. Para Locke, y para todo el liberalismo posterior, estos derechos eran la libertad y la propiedad; desde el momento en que se ponía a todos los individuos en las mismas condiciones para que disfrutaran de ambos, surgía la igualdad, completando así el enunciado de los derechos del hombre. La igualdad no consistía, por tanto, en alcanzar una nivelación de las condiciones de vida de los hombres, objetivo por completo ajeno a los planteamientos teóricos liberales” (Miguel Artola y Manuel Pérez. Contemporánea. La historia desde 1776. Madrid, Alianza Editorial, 2014, p. 40).

En países como Inglaterra y Alemania se configuran desde el centro político, bajo el diálogo continuidad-cambio; en Estados Unidos desde la izquierda, defendiendo libertades civiles viejas e innovadoras; en Italia con una identidad de derecha conservadora, teniendo de liberal el sistema económico homónimo. En América Latina fomentaron el federalismo y el parlamentarismo. Defendieron la libertad electoral, el estado docente y laico, adhieren a la lógica republicana, democrático-representativa y constitucionalista, con un marcado énfasis en el progreso. Es indiferente en materias religiosas o, en su defecto, decididamente anticlericales. Generaron, además, una política modernizadora en lo económico y educacional, pero conservadora en lo social y en lo político (conservación de lo que el historiador liberal Alberto Edwards denominó “la fronda aristocrática”). Si bien es cierto, el liberalismo desplazó los motivos religiosos tradicionales, sacralizó en su relato a la nación y al héroe.

 


Socialcristianismo.

Según una autodefinición:

“Es un movimiento popular y supranacional que inspirado en los valores morales del cristianismo, lucha por instaurar en el mundo un régimen político, económico y social, caracterizado por la primacía de lo humano, y en el que imperen la libertad y la justicia” (Jacques Chonchol y Julio Silva Solar. ¿Qué es el socialcristianismo? Ensayo de interpretación. Santiago, Impresores “Casa Hogar San Pancracio”, 1948, p. 5).

Se presenta como una organización policlasista y reformista, que construye una vía alternativa de desarrollo alternativa al capitalismo y al marxismo, sustentada en los principios de la denominada “Doctrina Social de la Iglesia” desde el catolicismo (con sus encíclicas sociales, desde Rerum Novarum en 1891) o “ética social” desde el protestantismo (cuya expresión más madura fue el Partido Antirrevolucionario holandés). En dicho entendido, buscan una humanización del capitalismo que ponga en el centro a la persona humana y sus asociaciones (corporativismo) y sostienen un papel protagónico del estado en la construcción de políticas que aumenten las posibilidades de los sectores sociales en un acceso amplio y de calidad a la educación, salud y vivienda. Como señaló el Papa León XIII:

“Así, pues, los que gobiernan deber cooperar, primeramente y en términos generales, con toda la fuerza de las leyes e instituciones, esto es, haciendo que de la ordenación y administración misma del Estado brote espontáneamente la prosperidad tanto de la sociedad como de los individuos, ya que éste es el cometido de la política y el deber inexcusable de los gobernantes […] No es justo, según hemos dicho, que ni el individuo ni la familia sean absorbidos por el Estado; lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible, sin daño del bien común y sin injuria de nadie. No obstante, los que gobiernan deberán atender a la defensa de la comunidad y de sus miembros”  (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, 23, 26).

En ese sentido, hay un énfasis comunitario en las expresiones de la libertad.

No construyen organizaciones confesionales: lo cristiano es inspirador de su constructo teórico y de su aterrizaje en políticas sociales, lo que no excluye de su participación en el mismo a sujetos que no suscriben la fe cristiana.

Sus principales ideólogos son Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, tanto en la filosofía social como en el personalismo.

 


Socialdemocracia. 

Se aboca a la administración del capitalismo, mediante políticas reformistas que configuren lo que en Europa se ha denominado “estados de bienestar”, con marcado acento asistencialista. Ese estatismo, orientó su trabajo con la clase obrera desde la perspectiva corporativa, fomentó la configuración de estados nacionales fuertes (legal, económica y subjetivamente), y que se abre a la lógica de la mundialización. Por su parte, el sector socialdemócrata de la clase obrera organizada no busca la supresión del sistema capitalista, pues ve que el mercado otorga posibilidades para la regulación de la esfera económica (contra la tesis liberal) y la organización de la producción.

Sus reformas se han centrado en los siguientes aspectos: a) expansión progresiva de los servicios públicos, sobre todo en educación, salud y vivienda; b) un sistema fiscal regulador y actor en la esfera de la producción; c) institucionalización de la disciplina del trabajo que facilite la ejecución de los derechos de los/as trabajadores/as y políticas que lleven a la meta del pleno empleo; d) redistribución de la riqueza para garantizar a toda la ciudadanía un rédito mínimo; y c) un sistema solidario de pensiones. Como señala una declaración reciente:

“La Internacional Socialista se fundó hace cien años para coordinar la lucha mundial de los movimientos socialistas democráticos por la justicia social, la dignidad humana y la democracia. En ella se reunieron partidos y organizaciones de tradiciones diferentes, que compartían el objetivo común del socialismo democrático. A lo largo de su historia, los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas han defendido los mismos valores y principios. […] Los socialistas democráticos han llegado a proclamar estos valores por caminos muy distintos, a partir del movimiento obrero, de los movimientos populares de liberación, de las tradiciones culturales de asistencia mutua y de solidaridad comunitaria en muchas partes del mundo. También tienen raíces en las diversas tradiciones humanistas del mundo. Pero aunque existan diferencias ideológicas y culturales, todos los socialistas comparten la concepción de una sociedad mundial pacífica y democrática, con libertad, justicia y solidaridad” (Declaración de principios de la Internacional Socialista, septiembre de 2013).

Teniendo en cuenta lo anterior, sus organizaciones socialdemócratas, socialistas, laboristas, radicales, entre otras, buscan vivir los principios del socialismo en los márgenes de la democracia liberal. Cabe acá la expresión de Kautsky: “la socialdemocracia es un partido revolucionario, no un partido que hace la revolución”.

Tuvo entre sus fundadores a Louis Blanc, August Bebel, Ferdinand Lasalle, entre otros. Tuvo un ala marxista a inicios del s. XX, que en Alemania dio a sus principales dirigentes: Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

 


Marxismo.

Teoría política, económica y social que percibe la realidad desde el punto de vista de los sujetos que viven condiciones de explotación. Se fundamenta en el pensamiento de Karl Marx y Friedrich Engels. Sustenta su observación de la realidad en el materialismo dialéctico, es decir en el entendimiento que la realidad material es no sólo observable sino que, también, modificable.

Son elementos distintivos de la teoría marxista: a) la concepción de la historia como una constante lucha de clases, que es susceptible de ser pesquisada a partir de los diversos modos de producción que se han dado en el tiempo; b) la conceptualización negativa de la ideología como la verdad producida por la clase dominante y colocada como sentido común que conforma la realidad; c) la centralidad estratégica de la clase obrera: los proletarios son los sujetos revolucionarios; d) el horizonte comunista tiene en cuenta la destrucción del estado y de las clases sociales, para producir “el encuentro del hombre con el hombre”; y e) que esa lucha tiene en cuenta la violencia como medio para la conquista del poder. Como plantearía Marx contraviniendo la tesis socialdemócrata:

“Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el periodo de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este periodo corresponde también un periodo político de transición, cuyo estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado” (Karl Marx. Crítica del Programa de Gotha).

La finalidad de dicho régimen, es la utilización del estado para conducir el proceso transformador de la colectivización de la propiedad privada a su abolición, y de la hegemonía de la clase obrera a su abolición.

Por su parte, Engels, diría respecto del Manifiesto Comunista que:

“La idea central que inspira todo el Manifiesto, a saber: que el régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituye la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de esa época, y que, por tanto, toda la historia de la sociedad -una vez disuelto el primitivo régimen de comunidad del suelo- es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida -el proletariado- no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime -de la burguesía- sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases; esta idea cardinal fue fruto personal y exclusivo de Marx”. (Friedrich Engels, prólogo a la edición alemana de 1883 del Manifiesto Comunista).

Existen diferentes corrientes marxistas, que surgen no sólo del acercamiento a la obra de Marx y Engels, sino también respecto de sus polifónicos herederos: Lenin, Stalin/Trotsky, Mao Tse Tung, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, Ernesto Guevara, entre otros.

El concepto “marxiano”, por su parte, da cuenta de la lectura y especialización en la obra de Marx.

 


Anarquismo. 

La palabra tiene un origen etimológico que significa “sin gobierno”. Se trata, entonces, de una corriente política que comienza con la presuposición respecto a que el ser humano es depositario único de la historia, constructor activo de su presente y de su futuro.

Propugna la destrucción del sistema, en tanto inhibe las libertades humanas, anulando la esencia misma del ser humano. La libertad es el principio fundamental, y para conseguirla se desarrolla una guerra a la dominación que se lleva a cabo desde la concientización masiva hasta el uso de la violencia bajo el mecanismo de la acción directa en la educación, la propaganda y la revolución, “animados del más vivo deseo de entrar en una nueva era de paz social” (Elisée Reclus). De manera muy interesante, un periódico chileno llamado “Verba Roja”, señalaba que “Los elementos que darán vida y felicidad a los seres humanos: la tierra, los instrumentos de trabajo, de artes y ciencia” (Año 5, No 48. Santiago, 2a quincena de septiembre de 1923). En términos tácticos, el anarquismo desarrolló su práctica en forma espontánea y voluntarista (“la alegría de la destrucción”, en palabras de Bakunin), mediante lógicas asamblearias y movimientistas. 

La libertad que el anarquismo presupone es tanto individual como colectiva, aunque en un matiz de diferencia con el marxismo hace un énfasis en la que corresponde a la subjetividad. Como señalara una organización anarquista española a comienzos del siglo XIX:

“Es necesario insistir que la verdadera revolución se realiza en la mente de las personas; cuando el individuo comienza a pensar sin influencia extraña, ha iniciado el camino de su liberación personal y el de toda la sociedad […] No tendría objeto ninguna revolución emancipadora del género humano, en la que la humanidad se erigiera en dueña de sus propios destinos, si existe por encima del hombre un ser capaz de regir el mundo. La religión es un freno en la lucha de la humanidad por su liberación, al ofrecer una falsa vida mejor en el inexistente paraíso” (Principios y tácticas del Anarquismo. Folleto de propaganda de la Federación Anarquista Ibérica, 1916).

Los fundadores de esta corriente son Mijaíl Bakunin, Piotr Kropotkin y Elisée Reclus, estos dos últimos, fundadores de la geografía como ciencia social. Es relevante decir que existen anarquismos de izquierda, de derecha (esos que fomentan el nihilismo y la exaltación del placer individual), hasta anarquismo cristiano (León Tostoi y Jacques Ellul, entre otros). El anarquismo más gravitante en Chile fue el español, que es el más secular y anticlerical de todos (de ahí frases como “la única iglesia que ilumina es la que arde” y otras). En América Latina fueron relevantes para la conformación de las primeras organizaciones sindicales de la región.

 

Luis Pino Moyano.

 


Fuentes bibliográficas.

Para el desarrollo de este glosario de corrientes políticas se tuvo en cuenta las siguientes fuentes, aparte de las citadas directamente en el texto:

Bobbio, Norberto et al. Diccionario de política. México D.F, Siglo Veintiuno Editores, 1991.

Correa, Sofía. Con las riendas del poder. La derecha chilena en el siglo XX. Santiago, Editorial Sudamericana, 2005.

Correa, Sofía et al. Historia del siglo XX chileno: Balance paradojal. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001.

Edwards, Alberto y Frei, Eduardo. Historia de los partidos políticos chilenos. Santiago, Editorial del Pacífico, 1949.

Moulian, Tomás. En la brecha. Derechos humanos, críticas y alternativas. Santiago, LOM Ediciones, 2002.

Moyano, Cristina. “Cultura política y universos discursivos del movimiento obrero ilustrado. Chile en los albores del siglo XX”. En: Revista de Historia y Ciencias Sociales Palimpsesto. Nº 3, Vol. I, 2004. En: http://www.palimpsestousach.cl/palimpsesto/revistas/revista3_v2_2005/ Notas-investigacion/Notas-Investigacion-Cultura-politica-universos-discursivos-2004.pdf (Consulta: julio de 2014).

Ortiz Letelier, Fernando. El movimiento obrero en Chile (1891-1919). Santiago, LOM Ediciones, 2005.

Vídeo: Cosmovisión cristiana y política.

El vídeo que compartimos a continuación fue realizado a modo de transmisión en vivo en mi perfil de Facebook, y busca introducirnos a los principios bíblicos para la comprensión y la práctica de quienes somos cristianos en la sociedad, específicamente en la acción política. Lo realizamos con la convicción respecto a la necesidad de entregar herramientas bíblicas en la situación que vive nuestro país. 

La exposición comienza en el minuto 2:00.