Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa.

Imagen e intervención de Manos Arriba.

Luis Pino Moyano*.

Publicado en Estudios Evangélicos.

“Por supuesto, no queremos que los hombres dejen que su cristianismo influya en su vida política, porque el establecimiento de algo parecido a una sociedad verdaderamente justa sería una catástrofe de primera magnitud” [1]. Antes que alguien diga “-¡Amén!” a estas palabras, debo decir que son parte de una de las cartas enviadas por Escrutopo a Orugario, en su afán de enseñarle a ser un “buen demonio”. C. S. Lewis, en ese maravilloso libro nos presenta lo urgente y necesario que es pensar la vida en sociedad desde una visión del mundo y la vida explícitamente cristiana. Lo que es terror para el infierno es una bendición para el mundo en el que vivimos, y es parte del cumplimiento del proyecto histórico de Dios inaugurado en la creación y sostenido con mano providente hasta su consumación final. 

En dicha realización de la tarea política de los cristianos esparcidos en el mundo, la construcción de la paz es tarea fundamental. Y allí, la pregunta por el tipo de paz es más que pertinente. Claramente, atenta contra la paz cualquier visión política y social que entienda a la violencia como la “partera” de la historia, como el único método para construir un mundo diferente. Pero también atenta contra la paz, aquella mirada y actitud frente a la vida de acomodarse al sistema imperante, no generando ninguna crítica de aquello que es cuestionable y rechazable a la luz de la Palabra de Dios. Los cristianos no somos ni zelotes ni herodianos. Ni radicales ni quietistas. Ni apologistas de la violencia ni indiferentes ante una realidad que deberíamos ver con compasión. Ambas formas de hacer política en la sociedad, por más excluyentes que parezcan, no lo son en realidad, pues buscan una misma cosa: que el poder sea ejercido por una parte de la población en detrimento de otros. Y ahí, las palabras de C. S. Lewis nos advierten: “Cada nuevo poder ganado por el hombre es también un poder sobre el hombre. Cada avance lo deja más débil y más fuerte. En cada victoria, además de ser el general que triunfa, es también el prisionero que sigue el carro triunfal” [2]. El poder es un don de Dios dado a los seres humanos que se transforma en ídolo cuando busca la autoexaltación de los seres humanos, haciéndoles apartar la vista del Dios Todopoderoso y del prójimo a quien debemos amar como a nosotros mismos [3]. 

Tampoco el pacifismo es alternativa. C. S. Lewis, explicando el texto de Mateo 6:29, “Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra”, y contradiciendo la interpretación pacifista de él, señala: “En la medida en que los únicos factores relevantes en este caso sean un daño hacia mí de parte de mi prójimo y un deseo mío de tomar represalias, sostengo que el cristianismo ordena la absoluta mortificación de ese deseo. No hay que dar cuartel a la voz de nuestro interior que dice: ‘Él me ha hecho esto a mi, yo le haré lo mismo a él’. Pero en el  momento en que introduces otros factores, por supuesto, el problema cambia. ¿Acaso alguien supone que los oyentes de nuestro Señor entendieron que él se refería a que si un maniaco homicida, intentando asesinar a un tercero, intentara apartarme de su camino, yo debería hacerme a un lado y permitirle que llegase a su víctima? No creo posible que se hubiera entendido así” [4]. A la luz de la Escritura se puede decir que existen conflictos, guerras e, inclusive, muertes que son injustos, pero otros que no lo son. Y allí la relación entre paz y justicia salta a la palestra. 

Nada más justo que la ley del Señor. Y esa ley buscaba asegurar relaciones armónicas entre los seres humanos, condenando prácticas como la codicia, la falta de solidaridad hacia los pobres, el descuido de la tierra, la injusticia y la falta de equidad entre daño y pena; y propiciando la celebración de años sabáticos y de jubileos, que tenían por finalidad hacer descansar la tierra y proclamar, entre otras cosas, el indulto de muchos condenados. Por su parte, los salmos y los profetas, recordándonos las palabras de la ley, nos hablan de un Dios justo, que mira con bondad a quien sufre los rigores impuestos por líderes políticos y religiosos, representados como pastores que sacan la lana de las ovejas gordas para luego engullirlas, dejando a débiles, heridas y perniquebradas a un lado. No por nada, cuando se señalan los pecados de Sodoma, el profeta dice que fueron: “la soberbia, gula, apatía, e indiferencia hacia el pobre y el indigente” (Ezequiel 16:49). Todo ello atenta contra el bienestar que los creyentes debemos buscar para el mundo creado por Dios, teniendo en cuenta que dichos mandatos pueden y deben ser cumplidos tanto en el Edén como en Babilonia. La paz, entonces, no es sólo ausencia de conflicto, pues Shalom es también justicia social, vida abundante y armonía con los otros sujetos que portan, por derecho de creación, la imagen y semejanza de Dios. 

Esto nos lleva a decir que la paz de la cual habla la Escritura no tiene nada que ver con la pasividad o con una lectura y actitud reaccionaria frente a la vida. Nadie que crea que Cristo tiene el poder para hacer nuevas todas las cosas puede mantenerse inactivo en el mundo. El Espíritu Santo, con su obra poderosa, nos libra de la ociosidad dañina respecto de nosotros, de nuestro prójimo y de la creación completa. 

¿Qué hacer? es la pregunta. En primer lugar, me permito citar un texto confesional. Se trata de la Confesión Escocesa, formulada en 1560 y redactada por John Knox, John Winram, John Spottiswoode, John Willock, John Douglas y John Row. En su capítulo XIV titulado “Las obras que Dios considera buenas”, plantea: “Honrar al padre, a la madre, a los príncipes, gobernantes y poderes superiores; amarlos, apoyarlos, obedecer sus órdenes si éstas no se oponen a los mandamientos de Dios, salvar la vida de los inocentes, sofocar la tiranía, mantener nuestros cuerpos limpios y puros, vivir sobriamente y ser temperantes; tratar con justicia, de palabra y de hecho a todas las personas y finalmente, reprimir cualquier deseo de perjudicar a nuestro prójimo, son las obras de la segunda categoría [la segunda tabla de los diez mandamientos, del amor al prójimo], y éstas son aceptables y agradables a Dios ya que son ordenadas por él mismo” [5]. Cabe destacar, que este documento confesional fue el primero de esa índole, en el protestantismo histórico, en plantear la necesidad de resistir la tiranía como acto de obediencia a Dios. 

Por su parte, C. S. Lewis, en su libro “Mero Cristianismo”, en su capítulo “Moral Social”, se esfuerza por responder a la pregunta: ¿cómo sería una sociedad enteramente cristiana? Dicho autor señaló que “No habrá pasajeros ni parásitos: si alguien no trabaja, no debería comer. Todos deberán trabajar con sus propias manos y, lo que es más, el trabajo de cada uno será para producir algo bueno: no habrá fabricación de lujos tontos y luego propaganda más tonta aún para persuadirnos a comprarlos. Y no hay que ‘ser un creído’ ni ‘andar dándose aires’ ni ser ostentoso. […] Por otra parte, [la Escritura] está siempre insistiendo en la obediencia: obediencia (y manifestaciones externas de respeto) de todos nosotros a los magistrados adecuadamente nominados, de los niños hacia sus padres, y (temo que no va a ser en absoluto popular) de las esposas a los maridos. En tercer lugar, debe ser una sociedad alegre: llena de cantos y gozo, y donde la preocupación y la ansiedad serían consideradas malas. La cortesía es una de las virtudes cristianas; y el Nuevo Testamento odia a los entrometidos y chismosos” [6]. 

Algunas otras tareas que me permito relevar, respecto de nuestro quehacer en la sociedad a partir de la paz que se vive en la justicia, son:

  1. Debemos trabajar teniendo en cuenta la triada presentada en la Biblia: pobres, desamparados (huérfanos-viudas) y extranjeros. No debemos olvidar que quienes sufren los rigores de la vida (enfermedad, cárcel, desnudez, hambre), en el discurso bíblico, son los pequeñitos de Dios, y recordando que los actos de misericordia son siempre actos de justicia. Lo contrario reporta una espiritualidad atrofiada e idolátrica. 
  2. Debemos protestar y trabajar para “terminar con formas particulares de injusticia, violencia y opresión” [7]. En cada lugar en el que exista un ejercicio tiránico y opresivo del poder, debemos alzar nuestra voz y realizar tareas que conduzcan a eliminar dicho ejercicio, porque el amor verdadero “no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad” (1ª Corintios 13:6). Nuestra protesta debe buscar como fin la sanidad de los pueblos, la restauración de los heridos y perniquebrados, la construcción de un proyecto que coadyuve a la expansión y consumación del Reino de Dios, que en la definición paulina es “justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17). La tarea de vivir el Shalom de Dios no es la de crear algo inédito, sino una tarea reparatoria y transformadora.
  3. Siguiendo en esto a Sidney Rooy, no debemos olvidar que la tarea de los creyentes cristianos es profética (en relación a las autoridades), didáctica (dentro de ella) y de servicio (respecto de las víctimas de la injusticia). Se recomienda el ejercicio de la resistencia pacífica, pero de manera coherente con la tradición cristiana, no hay que olvidar que en casos extremos puede usarse la fuerza, pues “Todo gobierno que traiciona su vocación y en lugar de promover el bien y castigar el mal hace lo inverso, pierde su autoridad para gobernar” [8]. 
  4. Debemos orar “por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1ª Timoteo 2:1,2), aunque sean como Nerón. Además, el clamor para que se haga la voluntad del Señor, como reza el Padrenuestro, debe estar siempre en nuestra boca, porque la motivación para orar debe ser el reconocimiento de la soberanía de Dios.
  5. El profeta Isaías anunciando la palabra  del Dios Todopoderoso dijo: “¡Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Isaías 5:20). Si bien es cierto, misteriosamente, Dios actúa también en la historia usando como instrumento suyo a los que hacen lo malo, ¡porque Dios es soberano siempre!, eso no señala que lo que estos sujetos desarrollan sea su voluntad expresada en la Palabra. No justifiquemos lo injustificable ni menos celebremos ni homenajeemos al imperio de la maldad ni a sus ejecutores. No nos hagamos cómplices con el silencio ni con la voz que ensalza la opresión. 
  6. No anhelemos ejercer la venganza, porque ésta sólo es justa cuando proviene de la indignación del Todopoderoso. Él dará el justo pago (Romanos 12:19). No podemos caer en la misma lógica de los que matan literal y simbólicamente, porque eso, en definitiva nos termina autodestruyendo. Si Dios nos ha liberado no volvamos a andar en esclavitud (cf. Gálatas 5:1).

Claramente, ninguno de los esfuerzos mencionados construirá algo completo y perfecto. Y enhorabuena que así sea, pues nuestra esperanza no está puesta en personas y sistemas político-ideológicos, sino que es escatológica y está centrada en el Dios-Hombre, Jesucristo. Y esto, debiese ponernos en nuestro lugar y, a la vez, animarnos en la esperanza. Pues como diría David Koyzis: “No hay cómo saber cuán pronto Cristo volverá para traer la plenitud prometida de su reino. Puede ser mañana, pero puede ser también de aquí a mil años. También no hay cómo saber cómo nuestras obras, falibles e imperfectas, podrán contribuir para promover el reino. Pero sabemos que el final vendrá y que Dios quiere usar nuestros frágiles esfuerzos para sus propósitos y su gloria. Cada acto que promueve la justicia, sea en la política o en cualquier otro ámbito de la actividad humana, apunta para la plenitud final del reino de justicia de Dios en el cielo nuevo y la tierra nueva” [9].

No nos olvidemos nunca que “El producto de la justicia será la paz; tranquilidad y seguridad perpetuas serán su fruto” (Isaías 32:17).

 


 

* Miembro de Fe Pública. Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. E-Mail: luispinomoyano@gmail.com. Ponencia presentada en el conversatorio “Hablemos de verdad. Una vida digna en Babilonia”. Organizado por RCU, Iglesia Santiago Apóstol, CRU, GBU, Fe Pública, Semillero, y realizado el sábado 26 de octubre de 2019.

[1] C. S. Lewis. Cartas del Diablo a su sobrino. Nueva York, Rayo, 2006, p. 107, Carta XXIII.

[2] C. S. Lewis. La abolición del hombre. Reflexiones sobre la educación. Santiago, Editorial Andrés Bello, 2000, pp. 59, 60.

[3] Se trabaja esta idea en: John Piper. Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder. Medellín, Poiema Publicaciones, 2017, pp. 65-79.

[4] C. S. Lewis. El peso de gloria. Nashville, HarperCollins Español, 2016, pp. 84, 85. Corresponde al ensayo titulado “¿Por qué no soy pacifista?”.

[5] http://mb-soft.com/believe/tshm/scotconf.htm (Consulta: octubre de 2019).

[6] C. S. Lewis. Mero cristianismo. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1994, pp. 75, 76.

[7] Timothy Keller, Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, p. 46.

[8] Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, p. 70.

[9] David Koyzis. Visões & Ilusões políticas: uma análise e crítica cristã das ideologias contemporâneas. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, p. 322 (traducción propia).

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La marcha del millón.

Estaba en mi casa y veía que la gente comenzaba a llegar a la Plaza Baquedano muchas horas antes de la convocatoria. Había visto su propaganda, convocando a la marcha más grande de la historia, y quise ir. Como cristiano, como ciudadano y como profesor de historia, todo eso junto, enmarañado como la vida misma. Como un protestante que protesta, tomé un block y anoté dos versículos bíblicos (Proverbios 31:8,9 e Isaías 32:17), para usarlo como pancarta y me encaminé a Santiago. Mucha gente en los paraderos para salir a Santiago. Me bajé del colectivo en Matta con Vicuña Mackenna y caminé por esa última calle hacia la Plaza Italia. Miles de personas caminando por la calle, gritando consignas, múltiples, con distinto contenido y fondo. Me detuve casi al lado de un escenario improvisado donde cantaban los Sol y Lluvia, donde quienes participaban de esta movilización coreaban esas letras surgidas en los años ochenta y que me recuerdan los tiempos de la vida en la pobla, en la Angelmó de San Bernardo, y el sabor de los cubos (bolsas largas de jugo congelado). Cuando terminaron la presentación caminé por en medio de ese mar de gente. Andaba con mi polera de homenaje al “Chamaco” Valdés, y cabros de la U me felicitaban y decían “¡Grande Chamaco!”. Sí, era otro mundo, uno que no imaginábamos. Crucé la Alameda y llegué hasta Pío Nono. Me devolví. Tomé algunas fotos. Miré aquello que no imaginaba ocurriría y que ocurrió. Me devolví caminando por Vicuña Mackenna con la tranquilidad de siempre. El dolor de un lumbago crónico que padezco de años, no me permitió estar más rato. Pero sí, era para estar alegres. 

Más allá de la espontaneidad de la misma movilización, con gente caminando para distintos lados, sin el orden que el pequeño Portales que llevamos dentro y nos constriñe a la estructura no me hacía entender, hay múltiples cosas que son destacables: 

  • La primera, es la gran diversidad de personas que participaban: gente de distintas edades, clases sociales, convicciones políticas. 
  • En segundo lugar, desde el 4 de septiembre de 1973, cuando los partidos de izquierdas celebraban los tres años del gobierno de la Unidad Popular que no se movilizaba por las calles de Santiago un millón de personas. Hoy, según las cifras oficiales, hubo un millón doscientos mil personas tomando el espacio público en son de protesta y celebración.
  • A propósito de lo último, el país sin carnaval, se sacó la máscara y salió a la calle en tono celebrativo. Pese a todo lo que vivimos estos últimos días, la gente no sólo sonreía, festejaba.
  • Y, por último, esta es la movilización más masiva en la que se haya vuelto ocupar la bandera chilena como símbolo, luego de las movilizaciones contra la dictadura en las jornadas de protesta iniciadas en 1983. Eso es esperanzador. El cariño por la tierra de nuestros padres y madres, y el sueño de un país diferente se funden en ello.

Cuando esto se cuente en los libros de historia, podré decir a mis futuros estudiantes: “yo estuve ahí”. Cuando hayan documentales sobre este hito histórico, podré hablar con mis nietos, diciéndoles: “yo estuve ahí”. 

Y es que el Chile que viene requiere compromiso: en el estudio, la reflexión, el diálogo y la acción vital. 

Luis Pino Moyano. 

Algunas fotos tomadas por mi:

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[Lectura Devocional] ¡La justicia es acto de espiritualidad!

“¡Lávense, límpiense! ¡Aparten de mi vista sus obras malvadas! ¡Dejen de hacer el mal! ¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen la justicia y reprendan al opresor! ¡Aboguen por el huérfano y defiendan a la viuda! ‘Vengan, pongamos las cosas en claro -dice el Señor-. ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana! ¿Están ustedes dispuestos a obedecer? ¡Comerán lo mejor de la tierra! ¿Se niegan y se rebelan? ¡Serán devorados por la espada!’. El Señor mismo lo ha dicho” (Isaías 1:16-20).

El profeta Isaías hace el anuncio al pueblo de Judá con una intención clara: que escuchen la Palabra de Dios. Pero la situación es muy adversa, pues dicho pueblo tiene su mente corrompida por el pecado, por lo que la voz profética diagnóstica enfermedad y asolamiento. El juego simbólico es muy interesante. Del símil del versículo 3, en el que se les compara con bueyes y asnos, que con toda su torpeza entienden la voz de su amo, mientras ellos no obedecen la voz de su Señor; se pasa a la metáfora del versículo 10, en la que los gobernantes son comparados a los principados de Sodoma y el pueblo todo, a Gomorra. Eso explica por qué su culto ofende a Dios, pues a pesar que en apariencia seguían estricta obediencia a Dios, su corazón y formalismos eran paganismo puro y sencillo (versículos 11-15). Ese es el contexto del pasaje citado al comienzo. 

La sección que he colocado al inicio habla de una serie de prácticas injustas de las cuales el pueblo de Judá debe arrepentirse, para aprender a actuar con justicia en el mundo. Es muy interesante ese punto: la justicia se aprende. ¿Y qué es lo que hay que aprender? Enumeremos: a) hacer el bien; b) buscar justicia; c) reprender al opresor; d) defender al huérfano y la viuda. Y luego de dicha enumeración, notamos toda la fuerza de uno de los versículos más conocidos del libro en el que se nos invita a buscar al Señor para recibir el perdón de nuestros pecados, por muy oscuros y profundos que éstos sean. Es el recuerdo del pacto de Dios con su pueblo, del Dios que nos ama y redime. Por eso, el texto refuerza dicha idea con consecuencias: si buscamos a Dios tendremos Shalom, es decir, vida abundante y verdadera; mientras que si no buscamos al Señor, seremos víctimas de la autodestrucción. En otras palabras, la justicia es una necesidad espiritual. 

¿Qué nos enseña este texto? Que bíblicamente, toda práctica de injusticia social emerge de una espiritualidad atrofiada, que busca ensalzar cosas y sujetos que perecen y que, por lo tanto, la justicia que necesita nuestra sociedad, y en la que nosotros debemos ser agentes activos del Reino de Dios, es un acto que busca en primer lugar la adoración del Dios vivo y verdadero. Es nuestra tarea urgente, entonces, volvernos a la Palabra de Dios para encontrar sustento en nuestras prácticas, y entender la justicia en la sociedad como una disciplina espiritual, pues esta requiere aprendizaje y un ejercicio que busca paliar una necesidad real de quienes somos creyentes en Cristo Jesús. No podremos hacer el bien, buscar la justicia, reprender al opresor y defender al huérfano y la viuda si lo hacemos sustentados en los principios de la cultura imperante, o en las ideologías de los partidos y movimientos que nos agradan, pues eso nos lleva a la parcialidad que es signo de la espiritualidad atrofiada. 

Quienes profesamos la fe evangélica en nuestro Chile debemos comenzar por arrepentirnos. Arrepentirnos de nuestro acomodamiento, ya sea a la vida en comunidades que no tienen ningún nexo con el mundo, como también, el que ha resultado de la búsqueda de meras cuotas de poder para tener algo de influencia. Debemos arrepentirnos por todas las veces que hemos creído que la tarea proclamar el evangelio está disociada de la disciplina espiritual de la justicia en la sociedad. Debemos arrepentirnos cuando hemos mirado a nuestro prójimo con parcialidad, siendo sumamente duros con el pecado y debilidad del resto, y muy autocomplacientes con nosotros mismos. Gracias a Dios por el evangelio, porque sólo en Cristo, nuestros pecados pueden ser anulados, como del “carmesí a la blanca lana”. 

Oración: Amado Señor, te adoramos por ser justo y verdadero. Nos postramos ante ti, en nuestros corazones, para pedirte perdón por nuestra espiritualidad atrofiada que se ha manifestado en injusticia, indiferencia y parcialidad. Queremos pedirte que nos limpies por el poder del sacrificio que Cristo hizo en la cruz, para que llenos del poder de tu Espíritu Santo, podamos mantener nuestra mirada en ti y en nuestros prójimos. Vivimos en nuestro país tiempos difíciles en los que no podemos actuar con indiferencia y quietud. Haznos ser artesanos de la paz que trabajan en el mundo sólo para tu gloria y honra. Lo pedimos en Cristo Jesús, amén. 

Luis Pino Moyano.

* Si quieres compartirlo, puedes hacerlo con el link, o en este formato PDF, al que puedes acceder haciendo clic aquí.

Presbiterianos hablando de política.

“- ¡Cómo es posible que pastores y presbíteros hablen de política!”. Ese reclamo, cuya legitimidad no debe ser puesta en duda, adolece de un problema: el desconocimiento de la historia de la iglesia. El presbiterianismo chileno, y particularmente la Iglesia Presbiteriana de Chile, a lo largo de su historia ha cumplido un importante rol en la sociedad. Durante el siglo XIX promovió la defensa de las libertades públicas, más adelante consagradas en las leyes laicas del gobierno de Domingo Santa María. Durante el siglo XIX y principios del XX promovió instancias educativas, hogares de menores, centros salud como la Maternidad Madre e Hijo. Durante el siglo XX se opuso a la obligatoriedad de las clases de religión católica en los colegios. Y en la participación de alguno de sus miembros, fue pieza fundamental para la promulgación de la Ley de Libertad de Cultos. Y sí, nuestros pastores, oficiales y miembros, hablaban mucho de política y de lo social. Basta echar un vistazo a las publicaciones de “El Heraldo Evangélico” y “El Heraldo Cristiano” para notar artículos sobre el acontecer noticioso chileno y del extranjero, promoviendo ciertos proyectos políticos y sociales como la separación de la Iglesia Católica y el estado en 1925, o generando una lectura interpretativa a la luz del cristianismo de corrientes políticas. O, también, podría servir recordar cómo los pastores más antiguos de la iglesia desarrollaban los “desayunos pastorales” en los que se leía la Biblia y el diario, y se conversaba en torno a ellos. 

Claramente, la práctica de esa “vieja escuela presbiteriana” tuvo un momento de dificultad con el golpe de estado de 1973 y el gobierno de facto emanado de él. Pero, en esos años nunca la medida fue censurar la opinión de los miembros de la Iglesia, sino más bien poner en la palestra que siempre que un miembro de la IPCH hablara en el espacio público lo hacía a título personal y nunca arrogándose la representatividad de la Iglesia. Ni en esas horas se puso en duda uno de los valores más preciados del genio del presbiterianismo chileno, a saber, la libertad de conciencia. Por eso, con todo el respeto que me es posible, no deja de llamar la atención el cierto tabú que algunos miembros de la iglesia quieran imponer respecto de dicha temática. Es entendible que quienes vivieron como jóvenes dicho período, y sufrieron tensiones en actividades eclesiales, quieran promover la paz, pero la paz no se basa en el tabú que permite la convivencia, sino en el entendimiento que ninguna de nuestras diferencias importa al lado de conocer a Cristo. Son basura al lado de eso. Y si nosotros nos esforzamos por levantar las barreras que antes nos separaban y que Cristo botó con la sangre de su cruz, estamos simplemente haciendo más caso de ídolos del tiempo presente que de lo que expresa el Dios Todopoderoso en su Palabra. 

No obstante lo dicho con antelación, y en mirada complementaria de ello, quienes no tenemos miedo o que no queremos imponer un tabú a la hora de hablar de estos temas, debiésemos tener en cuenta los siguientes principios, que en la hora actual no está de más recordar:

  1. La Biblia no presenta un programa político definido con todas sus líneas de acción. Lo que si presenta son principios para su entendimiento y labor. Nos enseña que dicha tarea es honrosa y que también es un espacio de adoración a Dios, por lo que debe ser llevada a cabo con responsabilidad y distintivo cristiano. Quienes somos presbiterianos podemos ser ayudados y sustentados en esta mirada, cuando leemos y practicamos lo planteado por nuestra Confesión de Fe de Westminster, en su capítulo XXIII titulado “Del magistrado civil”. 
  1. Que nada de lo que digamos puede pretender ser palabra cerrada o definitiva, ni mucho menos arrogarse la representatividad de la Iglesia o de “lo reformado”. Porque si lo que la Biblia otorga de la temática son principios y no una metodología de aplicación, puede que nuestros prismas respecto de ello sean diversos. Lo fundamental aparece consagrado en nuestros estándares de fe, lo secundario siempre es tema de discusión y nunca puede ser entendido como fundamental, pues eso se transforma inmediatamente en argumento de división. Dios nos libre de ello. 
  1. En sintonía con lo dicho con antelación, debemos actuar con amor cristiano, partiendo con acciones de respeto hacia nuestros hermanos que pueden divergir de algunas de nuestras ideas, como también respecto de otros prójimos, entre ellos del magistrado civil. Actuar con respeto es actuar con responsabilidad, y es lo que posibilita que nuestros debates no sean diálogos de sordos. Ahí el capítulo XX de nuestra Confesión de Fe, “De la libertad cristiana y la libertad de conciencia” nos puede ayudar en demasía, porque nos permitiría entender que la libertad siempre es comunitaria y se nos es regalada como don para amar y servir, y que no existe libertad de conciencia sin que esta se encuentre atada a la Palabra de Dios. Que la Biblia y no las ideologías sean el filtro y lente desde el que observamos la realidad. 

Cristo, Señor de todo, tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Él hace que el mundo, con sus sombras y muerte, sean el “teatro de la gloria de Dios” (Calvino), porque Él guía la historia hacia su consumación. Nuestra acción responsable en el mundo, como iglesia institucional y orgánica, es decir, como Iglesia Presbiteriana de Chile y como presbiterianos esparcidos en la sociedad, es el testimonio de esta esperanza. 

Fraternalmente en Cristo, Luis Pino Moyano.

El reventón social que nadie imaginó.

Estadio Nacional. Se juega un partido de las eliminatorias para el mundial de Qatar y se enfrenta Chile con la selección venezolana. El himno nacional es coreado hasta el final a toda voz, el ambiente es festivo, todo hace presagiar el triunfo. Lo mejor está por venir. Pero… a los 10 minutos del primer tiempo, Chile pierde por dos goles a cero. No es que no podamos perder con la selección vino tinto, pero una derrota como esa nadie la imaginaría. ¿Qué esperaría uno como hincha? Que el director técnico se la juegue y ya al minuto 20 tenga una lectura renovada del partido, entienda la realidad que se está viviendo y provea de un cambio que permita remontar la situación. 

El relato del párrafo anterior es imaginario. Y lo construí para dar a entender cómo entiendo la reacción de la clase política civil, particularmente, el sector que hoy día es gobierno. Sebastián Piñera fue elegido presidente con una campaña que preveía los tiempos mejores, que anunciaba mejoras en la calidad de vida y en el trabajo, y una lucha para terminar la fiesta de la delincuencia. El devenir paupérrimo de la acción política del gobierno anterior pavimentó el camino para que existiera un gobierno “Piñera 2”. El tema es que cuando la política deja de lado la mirada analítica y la acción seria, para preocuparse principalmente de lo performático, cuya expresión más interesante es la campaña publicitaria electoral, donde hay grandes eslóganes que suenan fuerte pero dicen poco. Pero eso genera expectativas. 

Desde el 2011 se venía incubando un descontento social, que uno no preveía dónde ni cuándo iba a explotar. Educación con lucro y segregación, pensiones paupérrimas, corrupción en los institutos armados, empresas que financian la actividad política con acciones dolosas, pensiones indignas para los jubilados mientras las AFP se enriquecen a costa del esfuerzo de otros, el asesinato de Camilo Catrillanca que muestra de manera indubitable la mentira y el montaje de quienes se supone resguardan nuestra seguridad, los casos de abuso-pedofilia-y-estupro al interior de la Iglesia Católica Romana, “el banco de la fe” existente en algunas iglesias evangélicas, el cierre de empresas y la consecuente cesantía, la economía que decrece… ¡Uf! el alza del precio de la locomoción colectiva. Y de un momento a otro, nos encontramos con evasiones masivas, acciones policiales con bombas lacrimógenas al interior del metro, incendio de estaciones y trenes, protestas masivas, saqueos. Eso era inimaginable hasta el viernes. 

Más inimaginable era que cuando se escuchaba a uno de los dirigentes sindicales de Metro, Eric Campos, se hiciera visible una capacidad analítica política mayor que la de la clase política civil en el gobierno, llamando al diálogo con actores sociales, a sacar la práctica represiva de las estaciones de Metro y el llamado de cerrar todas las líneas de la red de trenes subterráneos todo el día viernes, por razones de seguridad para trabajadores y usuarios. Esa última medida se fue aplicando paulatinamente, las otras han estado ausentes. ¿Cuál fue la respuesta? Una acción inimaginable hasta el viernes. ¿Alguien previó que este viernes pasado todo terminaría con estado de emergencia y que luego el sábado se aplicara toque de queda? Ese elemento no lo vi antes. Nadie lo imaginó. Y nadie quiso verlo porque el estado de excepción con toque de queda incluido, por movilizaciones sociales, era algo que no se veía de los tiempos aquellos, de la dictadura. Cuando el día sábado, a media tarde, Piñera aparece para anunciar el envío de un proyecto de ley para suspender el alza de los pasajes, la medida era tarde. Era como si el entrenador de Chile del partido imaginario del comienzo de este relato recién hubiese reaccionado en el entretiempo, cuando ya había desgaste y descorazonamiento. Cuando ya se iba perdiendo por 4 a 0. Cuando Piñera anuncia la baja de los pasajes ya estaban puestas sobre la palestra otras demandas sentidas de la sociedad, con altas dosis de descontento. Cuando ya era tarde. Sumado a ello, con la alta dosis de este presidente por sacrificar a sus ministros y él mantenerse indemne en medio de las crisis, cuando un líder verdadero está en la primera línea de batalla. Ahora hay que estar con las mangas de la camisa arremangadas, como en las fotos y en las conferencias de prensa.

¿Cómo va a terminar esto? No sé. No me atrevo a poner por escrito nada, porque en momentos como estos quisiera equivocarme en las cosas que se me vienen a la cabeza. 

Pero no puedo cerrar esta nota sin tres consideraciones:

La primera, dice relación con las acciones colectivas de diverso cuño que hemos visto durante estos días, pero que algunas personas en un afán ideológico tienden a unir, como si todas fueran parte de un mismo fenómeno. Aunque ocurran el mismo día e incluso tengan el mismo gatillante, no podemos meter todo en un mismo saco y construir monstruos que sólo existen en nuestra cabeza. Debemos hacer el esfuerzo por entender que una cosa es la manifestación de la ciudadanía, que pone en la palestra su descontento, con acciones que van desde el mitín en una plaza, las asambleas, las ollas comunes y caceroleos, e inclusive las que se dieron en el metro con evasión incluida (esta última práctica, como cosa de la que no estoy de acuerdo), deben diferenciarse de la acción de las ordas de “anarco-primitivistas”, sujetos que lo único que hacen es causar destrozos o ponerse a pelear “con la yuta” no entendiendo la falta de paridad en el uso de la fuerza. Y ambas, deben diferenciarse de los saqueos en recintos comerciales, casas o a los comerciantes de las ferias libres que con valentía abrieron sus puestos para que la comida no faltara. Era increíble ver cómo el rostro de Chile, ese de jaguar latinoamericano, de ingleses de América Latina, con nuestros mitos sobre la diferencia, se nos cayó cual máscara sin sujeción. Era increíble ver como alrededor de un supermercado mayorista de Puente Alto, lugar en el que vivo, tenía una fila de autos estacionados que eran llenados con mercadería. Allí no sólo había lumpen, había gentes de carne y hueso, a las que la exaltación y el impulso agresivo les llevó a moverse a esta acción. Las acciones delictuales se ven facilitadas e, inclusive, ayudadas, por este estado de excepción, sobre todo en jóvenes y adolescentes que buscan construir currículum delictual o, a lo menos, una historia deplorable de la cual fanfarronear. 

Por otro lado, como cristiano no puedo dejar de referirme a estos actos de violencia, centrando mi mirada en aquella asociada a la movimientalidad social. La violencia, en la lectura bíblica, es fruto de la caída y es acción pecaminosa. Matar, robar, golpear a otros, mentir son pecados. Pero, la Biblia nos permite también un acercamiento comprensivo de ella. Y aquí quiero ser sumamente claro: comprender no significa ni justificar ni gozar. La Escritura es tajante al decir, en voz del profeta Oseas: “Sembraron vientos y cosecharán tempestades” (Oseas 8:7). Sin un ápice de gozo y sin justificar absolutamente nada, muchas de las expresiones de rabia y agresividad que hemos visto estos días, surgen de años de descontento y acumulación de insatisfacción. Es la cosecha amargada de la “alegría triste y falsa” que por años se ha intentado construir en este país. Es la cosecha de todos los abusos y corruptela moral que hemos visto por años en un país que se jacta frente a nuestros vecinos. Y aquí estamos, con la cara manchada de pena y rabia por lo que pasa en nuestro país. 

Ahora bien, los creyentes cristianos no somos pacifistas ni quietistas, como tampoco somos de aquellos que en un estado de intemperancia actuamos impulsados por la agresividad. Jesús dijo: “En aquel tiempo muchos se apartarán de la fe; unos a otros se traicionarán y se odiarán; y surgirá un gran número de falsos profetas que engañarán a muchos. Habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:10-12) Y acaso, ¿no es eso lo que estamos viendo hoy? El amor se ha enfriado. Pero los creyentes cristianos, impulsados a ser pacificadores, es decir “artesanos de la paz”, lo que buscamos es construir una paz activa sustentada en la justicia revelada en la Biblia, sin olvidarnos jamás que aunque el amor se enfríe en todos, Jesús nos enseñó que: “Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros. De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Juan 13:34,35). 

Con pena y rabia por lo que pasa, pero con la esperanza eterna y segura,

Luis Pino Moyano. 

Puente Alto, 20 de octubre de 2019.

[Vídeo] Cristo, Señor de la naturaleza. Bases bíblicas para la ecología.

Parte de lo expuesto fue planteado en el post: “Biblia y ecología. Una aproximación”.

Te invito a dialogar acá en el sitio, con tus preguntas y opiniones. Si te parece lo planteado, compártelo con otras personas.

Cordialmente, Luis.

40 horas para vivir bien.

Más allá de toda la discusión suscitada por el proyecto de reducción de 45 a 40 horas laborales, que en el congreso ha dado una muestra patente de la política analfabeta exacerbada por el elemento mediático (cuñas para los noticieros o verborragia twittera de 280 caracteres y poca densidad), debe destacarse la necesidad de afrontar una decisión política en torno a esta problemática que afrontamos en Chile. Ocupamos, dentro de los países de la OCDE (que es con los países con los que nos gusta compararnos), el quinto lugar dentro de las mayores jornadas laborales. Eso ya constituye un dato de la causa. Si a eso le sumamos los tiempos de desplazamiento, ¿cuánto pasamos los/as trabajadores/as del país en sus hogares? ¿Cuánto tiempo libre para la actividad que deseemos realizar, sea con la familia, amigos/as o en soledad, tenemos? La cerrazón e inflexibilidad de ciertos dogmas ideológicos no permite que miremos la política económica de un país a escala humana. Los seres humanos tenemos la capacidad de trabajar, no sólo somos “homo sapiens” sino también “homo laborans”… pensamos y hacemos. Pero a su vez, el trabajo no lo es todo, por lo tanto debemos pujar para que no se constituya en aquello que da sentido e identidad para la vida en una lógica de consumo que consume, si se me permite parafrasear a Moulian. 

Las cifras económicas son sumamente relevantes. Y resulta irrisorio que quienes cuestionaron toda la vida el economicismo de la ortodoxia marxista durante la guerra fría, tengan a la disciplina económica como la fuente que basa sus decisiones a modo del lugar del cual emana la verdad. Una disciplina económica que dejó de lado, en muchas de las facultades universitarias que la imparten, el carácter de ciencia social que ésta tuvo. Ese alejamiento de lo social conlleva a que sólo tengamos en cuenta el factor de la productividad sin pensar en el vivir bien, no entendiendo que trabajadores/as que viven bien pueden producir más. A su vez, cuando se señala que a pesar de la cantidad de horas que trabajamos no se condice con nuestra productividad, endosándonos a los/as trabajadores/as la responsabilidad en dicho factor, produce una cortina de humo frente a la realidad: los/as trabajadores/as no tenemos ninguna responsabilidad en la decisión de cuánto y cómo producimos, pues la decisión la tiene quien toma el sartén por el mango, es decir, quien funge como empleador. Los/as trabajadores/as producimos aquello que la empresa busca o puede producir. 

Como a la gente le gusta en esto la casuística, y sin referir a jugadores que no pueden terminar un torneo porque excederían su tiempo de trabajo, referiré a un ejemplo testimonial. Antes de ingresar a la universidad y mientras hacía mis primeros estudios de teología, trabajé en una empresa avícola como operario de máquinas en el proceso de faenación. Mi contrato de trabajo señalaba con toda claridad que mi empleador podía solicitarme y/o mandatarme la realización de horas extras para finalizar la producción de dicho día, cosa que ocurría todos los días de la semana, salvo los lunes y miércoles en el que convenimos mi salida “a la hora” para irme a mi jornada de clases. Jamás la línea de producción de pollos, gallinas y patos se detuvo a las 5:15 de la tarde, sino hasta que la última ave faenada llegaba a su destino, haya sido el local comercial o la refrigeración para su envío a distintos lugares de la región. Por otra parte, en los meses de enero y febrero la producción descendía tanto, que a veces la producción del día era finalizada dos horas antes, y teníamos que quedarnos en nuestro lugar de trabajo, sin hacer absolutamente nada, hasta que se cumpliera el horario de salida, pues si no se hacía de esa manera se aplicaría un descuento. 

Cité dicho ejemplo para relevar con toda la claridad y honestidad posible que los/as trabajadores chilenos/as no somos flojos/as ni tampoco decidimos respecto de la producción. Nuestro aporte está en la fuerza de trabajo, en el conocimiento y la técnica que podemos desplegar en la labor y en la mejora del desarrollo (aporte a la empresa) y condiciones (sindicalización y derechos laborales) de la misma; mientras que la decisión del empresariado está en la capacidad de emprender, invertir, competir y, todo eso genera el cómo y cuánto se produce. Y si hay un factor de larga duración en el empresariado chileno, salvo honrosas excepciones, es su mixtura de lógicas tradicionales y modernas, pues a pesar que la Reforma Agraria eliminó el latifundio, no se eliminó un modo de ser, ese del paternalismo del “palo y bizcocho” clientelista y de escasa innovación tecnológica. La élite chilena, sobre todo aquella que ha abrazado ideologías de derechas, ha sido incapaz de producir verdadero capitalismo en Chile, y la tendencia a la monopolización, a la colusión, y el rechazo de cualquier mejora en el plano de los derechos laborales a lo largo de nuestra historia es sumamente decidora. 

A su vez, en muchas ocasiones, a base de la caricaturización y del miedo infundado se ha impedido o ralentizado el avance de mejoras laborales. La descalificación de este proyecto porque emergió de parlamentarias comunistas, particularmente Camila Vallejo, quien ha mostrado en el peor momento de la oposición una capacidad de liderazgo y articulación de transversalidad que es, precisamente, aquello de lo que ha carecido lo que queda de la Nueva Mayoría, o la entrega de cifras que ya han sido cuestionadas desde estudios serios: esa idea que la aprobación de las 40 horas laborales produciría la eliminación de 300.000 empleos (Véase el estudio del Observatorio de Políticas Económicas, haciendo clic aquí). El “Más lento” del papelito que circuló ayer en algunas manos parlamentarias es una muestra clara que mayor cantidad de horas no implica mayor productividad, y es de dudosa reputación analítica que quienes defiendan a ultranza la flexibilidad laboral mantengan dicha presuposición. El pago de horas extra y la conservación de los contratos especiales (que por definición exceden las 40 horas), que se incluyó al proyecto original por la vía de la proposición y el debate, dan garantías que los sueldos tampoco se reducirían. Y de hecho, ojalá aumentaran pues los precios suben a un ritmo en que los salarios no. 

El vivir bien está asociado al trabajo y al descanso. Con nuestros trabajos producimos bienestar para quienes comparten la misma tierra. Con el descanso podemos recuperar fuerzas, producir alegría, y tener tiempo para la reflexión. Ocio no es lo que nos vende el mall o algún lugar de entretención, eso es momento de diversión o mero consumo de objetos que producen placer temporal. El ocio es tiempo para la contemplación. Y como protestante estoy claramente dispuesto a discutir el tema de la gran cantidad de días feriados que tenemos en el país, muchos de ellos provenientes del santoral católico, siempre y cuando el descanso dominical sea obligatorio (evidentemente, considerando la mantención de los servicios de salud, de seguridad y estratégicos del país). Pues es fácil aludir a la ética protestante del trabajo para hablar contra los días feriados sin defender el descanso dominical en su faceta social.

Enhorabuena, esta reducción de las horas de trabajo avancen. La salud, que incluye cuerpo, mente, emociones, voluntad y espiritualidad, lo requiere. Es de justicia pensar en el bolsillo y en el tiempo de quienes somos más. 

Luis Pino Moyano. 

 


 

Véanse, también, otros post del blog sobre temáticas cercanas:

Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo.

Cristianismo y los funestos hijos del capital.

 

El neocalvinismo, el ser humano, sus derechos y un mundo posible.

Publicada originalmente en Estudios Evangélicos.

Hemos sido testigos en estos últimos años en América Latina de un despertar de la teología calvinista y de las convicciones respecto de ella. Dicho despertar ha sido influido por pastores y teólogos, principalmente estadounidenses, que han propiciado un retorno al evangelio de Jesucristo, lo que tiene un aterrizaje a la comprensión doctrinal, a la vida eclesial y al desarrollo de trabajo en el mundo [1]. De dicho aterrizaje práctico, nuestra región ha vivenciado mayormente el primero, sobre todo en aquello que se denomina “las doctrinas de la gracia”, que es otra forma de llamar a “los cinco puntos del calvinismo” emanados de los Cánones de Dort  que responden a la lectura arminiana [2]. Dicha lectura se ha masificado por medio de libros, artículos y predicaciones expositivas (YouTube ha cumplido un papel prioritario en ello). Tal vez, a modo de efecto no deseado (huelga decirlo), por dicho énfasis “tulipiano”, existe una tendencia en la región, tanto en nuevos adherentes como en quienes rechazan estas verdades, a pensar que el calvinismo se expresa fundamentalmente en cinco puntos. Algunos han nominado a esta corriente como “Nuevo Calvinismo”. 

Pero dicho “Nuevo Calvinismo” no es lo mismo que el “Neocalvinismo”, aunque sus nombres, si sólo se hace caso al factor etimológico, signifiquen lo mismo, y aunque algunos de los exponentes del primero sean tributarios del segundo. El concepto “neocalvinista” surgió de manera peyorativa para referir a los pensadores de una corriente reformacional, entre los que podríamos nombrar a Abraham Kuyper, Herman Bavinck, Herman Dooyeweerd, D.H.T. Vollenhoven, entre otros. La idea del concepto es plantear que estos autores no seguían fielmente a Calvino y a sus herederos inmediatos. Pero, los reformacionales, no vacilaron en apropiarse del concepto y resemantizarlo para que señalara una interpretación y, a la vez, ampliación de la teología de Juan Calvino [3]. Henry Van Til señala que: “El que las opiniones de Kuyper hayan sido llamadas Neo-Calvinismo, a pesar de su propia afirmación de fidelidad al maestro, se debe al hecho de que Kuyper no era un copista servil sino que trabajaba basándose en el espíritu de Calvino. […] Si Kuyper añadió algo a Calvino, fue con el entendimiento de que estaba haciendo patente lo que había estado latente, o exponiendo explícitamente lo que ya estaba implicado” [4]. Y en esa ampliación profundizadora el neocalvinismo nos mostró que la teología del reformador francés y sus herederos tenía el potencial, no sólo de carácter soteriológico o en el campo de la dogmática, sino como cosmovisión que dota de sentido a la vida. Este pensamiento, entonces, nos acerca a la realidad toda que se vive y trabaja en el escenario del “teatro de la gloria de Dios”. 

Si hay algo que propuso el neocalvinismo con suma claridad y fuerza fue su entendimiento del ser humano tanto como criatura y como persona, lo que implica una contracultural unidad entre dos elementos que nos parecen contradictorios, la dependencia y la libertad. Hoekema lo expresa de la siguiente manera: “Ser criatura significa que no puedo mover un dedo ni puedo pronunciar una palabra aparte de Dios; ser persona significa que cuando mis dedos se mueven, soy yo quien los mueve, y que cuando mis labios pronuncian palabras, soy yo quien las pronuncia. Ser criaturas significa que Dios es el alfarero y nosotros la arcilla (Ro. 9:21); ser personas significa que nosotros somos quienes damos forma a nuestras vidas con nuestras propias decisiones (Gá. 6:7-8)” [5]. Lo que no lo hace contradictorio es que la libertad sólo se vive de manera real y concreta en Dios, Aquél que nos creó y que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. “Deo servire, vera libertas”, diría Agustín de Hipona. “El servir a Dios es verdadera libertad”. Asentarse sobre la soberanía de Dios nos hace conscientes y firmes frente a las tiranías en el mundo [6], ejercicios abusivos de poder de quienes anhelan seguir la tentación de nuestros primeros padres, a saber, hacerse iguales a Dios, toda vez que la autonomía de Dios nos conduce a la esclavitud del dios más sanguinario y terrible: uno mismo. Cristo nos libera hoy de la tiranía egocéntrica y autodestructiva, y ciertamente nos liberará de todo aquello cuando consume su Reino. 

Esta comprensión del ser humano tiene múltiples implicancias, pero me referiré sólo a aquella que tiene que ver con lo político y social. El neocalvinismo se erigió en respuesta tanto a los ideales de la Revolución Francesa como al pensamiento liberal en sus múltiples vertientes (política, filosófica, económica, teológica). En dicho sentido, el neocalvinismo no puede ser subsumido ni por planteamientos políticos de derechas ni de izquierdas, ni mucho menos, usado como excusa para tapar otras premisas ideológicas, a no ser que se tenga una vocación para el suicidio intelectual (“un reino dividido contra sí mismo no puede subsistir”, dijo Jesús). Y no puede ni lo uno ni lo otro, no porque sea ilegítimo que un cristiano asuma tal o cual posición, sino porque el pensamiento reformacional, consciente de la justicia de Dios expresada en la Escritura, es de por sí un camino alternativo [7], “propio” como dirían los democristianos chilenos en la década de los cincuenta y sesenta del siglo XX. 

Quien mejor expresa este carácter, a mi juicio, es Francis Schaeffer cuando señala que: “A veces parecerá que estamos diciendo lo mismo que la Nueva Izquierda o que la élite de la Institución. Si hay injusticia social diremos que hay injusticia social. Si necesitamos orden, diremos que necesitamos orden. En estos casos específicos seríamos cobeligerantes, pero el serlo no nos hará alistarnos en ninguno de los campos citados porque no seremos aliados de ninguno de ellos. La Iglesia de Cristo Jesús, el Señor, es totalmente distinta de uno y otro, por completo” [8]. El que los creyentes cristianos hablemos de moral sexual no nos hace gente de derecha, “fachos”, reaccionarios, intolerantes frente a la diversidad ni mucho menos sujetos que invalidamos derechos humanos de las personas; como el hablar de la justicia social no nos hace promotores o personas cooptadas por el “marxismo cultural” [sic], propio de una agenda secularizada. Si la Biblia habla de ambas cosas diremos ambas, sin ambages, con amor y verdad de la mano. Lo que nos hace relevantes como iglesia de Jesucristo esparcida en el mundo no es nuestro abrazo a las ideologías contemporáneas, siendo colonizados por ellas (aunque sus propuestas se apelliden de decoloniales), sino que la persona de Jesucristo y su evangelio. Si nos quedamos sin eso, lo dicho por Marx y Engels adquirirá realidad profética: “Todo lo estamental y estable se evapora, todo lo consagrado se desacraliza” [9]. Dios nos libre de hacerle ese daño al testimonio de Jesucristo por parecer personas que estamos al día en la sociedad. 

Es la lealtad al evangelio de Jesucristo la que nos hace ver al ser humano como “imagen de Dios”, sea cual sea su condición social, política y religiosa. Un ser humano que ha sido dotado por el Espíritu Santo, sea creyente o no, de dones por medio de la gracia común con la que Dios sostiene al mundo. En dicha tarea, los creyentes tenemos un rol importante puesto que el reconocimiento del Dios soberano nos conduce a creer que la justicia es obra suya. Por eso, cada vez que la Biblia habla de la misericordia la refiere como un acto de justicia. Porque es Es el Señor quien “hace justicia a los oprimidos, da de comer a los hambrientos y pone en libertad a los cautivos. El Señor da vista a los ciegos, el Señor sostiene a los agobiados, el Señor ama a los justos. El Señor protege al extranjero y sostiene al huérfano y a la viuda, pero frustra los planes de los impíos” (Salmo 146:7-9). Y se complace de usar nuestras manos para ello, con la finalidad no sólo de producir bienestar humano, sino adoración espiritual, ayuno verdadero.

Por otra parte, el neocalvinismo no sólo nos advierte de los ejercicios abusivos de poder del estado, sino de aquellos que provienen también del mercado. El Estado debe ser mirado en su justa medida: como un instrumento que trabaja para el bienestar de la sociedad, salvaguardando derechos y regulando la actividad de los sujetos conforme al cuerpo legal. Y el mercado debe actuar en justicia, permitiendo el desarrollo de la inventiva, facilitando el emprendimiento, basando en la ética el desarrollo de su tarea económica y la adquisición de la propiedad y eliminando el monopolio y el acaparamiento [10]. 

Para el pensamiento reformacional, en tanto tesis transformacionista, que cree que la realidad puede ser modificada, tiene en cuenta la necesidad de trabajar para un mundo que produzca bienestar, armonía, paz, justicia. Timothy Keller plantea que la acción política y social de creyentes puede llevarse a cabo de múltiples maneras. Dice: “Hacemos justicia cuando le otorgamos a todos los seres humanos su derecho como creaciones de Dios. Hacer justicia no solo incluye la enmienda de males, sino la generosidad y la preocupación social, especialmente hacia los pobres y vulnerables. Esta clase de vida refleja el carácter de Dios. Consiste en un amplio rango de actividades, desde los tratos honestos y justos con la gente en la vida diaria, pasando por donaciones regulares y radicalmente generosas de tu tiempo y recursos, hasta el activismo que busque terminar con formas particulares de injusticia, violencia y opresión” [11]. 

Y esto, no es innovación, sino parte de la propuesta original de la corriente reformacional. En las resoluciones finales del Congreso Social Cristiano, realizado por el Partido Antirrevolucionario holandés, que tuvo como fundador a Abraham Kuyper, se señalaba: “está totalmente de acuerdo con las Escrituras: no sólo preparar a la gente para su destino eterno, sino también hacer posible que cumplan su llamado terrenal; en la arena política defender la institución del Sabbath junto con la semana de trabajo, de modo de mantener la unidad y distinción de nuestro doble llamado; guiar todas las relaciones de nuestra vida en un nuevo sentido y devolverlas a su forma original por la misma cruz de Cristo que proclama nuestra reconciliación con Dios. Esto tiene especial relevancia para la arena social donde [deberíamos buscar] prevenir la pobreza y la miseria, especialmente la pauperización; oponerse a la acumulación de capital y propiedad de la tierra; asegurar, tanto como sea posible, un ‘salario vital’ para cada persona” [12]. 

A su vez, en el discurso inaugural del congreso referido, Kuyper propuso que: “Para que exista tema social para usted, sólo es necesario una cosa, que reconozca la inaceptabilidad no como algo que se debe a razones circunstanciales, sino como algo que se debe a un error en el fundamento mismo de nuestra sociedad. Para quien lo reconoce y piensa que el mal se conjura por promover un sentido más piadoso, por un trato más amable o una ofrenda de amor más generosa, puede existir un tema religioso y hasta un tema filantrópico, pero no habrá para él un tema social. Sólo existe cuando articulas una crítica arquitectónica sobre la sociedad humana misma, y consideras, por consiguiente, que una estructura distinta del edificio social resulta a la vez deseable y posible” [13]. ¿Qué vemos acá? Una defensa irrestricta de la dignidad humana, de condiciones laborales justas, del papel del estado como garante de derechos, de un discurso de la pobreza como algo a eliminar, de lo corto de las perspectivas asistencialistas y paternalistas y la posibilidad de un cambio social en pos de una sociedad justa. Y es que se era antirrevolucionario en relación a la revolución francesa y el liberalismo, y de manera posterior, frente a los totalitarismos fascista y bolchevique, pero no se era reaccionario en relación a la historia. Nadie que crea en el poder redentor de Jesucristo puede serlo. 

Schaeffer, de manera muy sabia, planteó: “Hemos de librar las batallas de Dios con las armas de Dios, por medio de la fe: sentados en la silla de la fe. Sólo entonces desempeñaremos una parte importante en la batalla real. Si luchamos las guerras de Dios simplemente tratando de duplicar los métodos que el mundo emplea, entonces nos pareceremos a los niños pequeños que juegan a la esgrima con espadas de madera y soñando que están en la batalla con sus hermanos mayores. El Señor no concederá nunca su poder a quienes actúan con fe inconsecuente, dado que esta actuación no acarrea la gloria de Dios” [14]. ¿Contra qué estamos protestando y luchando hoy? ¿Es verdaderamente contra la cultura imperante o estamos dando “coces contra el aguijón”? ¿Qué gloria estamos buscando, la de Dios o la nuestra? Dios nos libre de la construcción de reinos humanos, sobre todo humanos, que perecerán como la flor de la hierba. 

No usurpemos aquello de lo cual Cristo ha dicho “¡Mío!” [15].

Luis Pino Moyano. 

 


 

[1] Para un acercamiento a esta lectura teológica articulada en The Gospel Coalition, véase: D. A. Carson y Timothy Keller (editores). La centralidad del Evangelio. Recuperando lo esencial de la fe. Miami, Editorial Patmos, 2014. 

[2] Esto se hace evidente en: Juan Sánchez et al. Gracia sobre gracia. La nueva reforma en el mundo hispano. Medellín, Poiema Publicaciones, 2015.

[3] Manfred Svensson explica bien esta idea de interpretación y ampliación de la teología calvinista por parte de Kuyper en: “Calvinismo clásico, neocalvinismo y los argumentos religiosos en la vida pública”. En: http://estudiosevangelicos.org/calvinismo-clasico-neocalvinismo-y-los-argumentos-religiosos-en-la-vida-publica/ (Consulta: agosto de 2019). 

[4] Henry Van Til. El concepto calvinista de la cultura. San José, Editorial CLIR, 2015, p. 174. 

[5] Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 20.

[6] Véase respecto de este asunto: Henry Meeter. Calvinismo, sociedad y el Reino de Dios. San José, Editorial CLIR, 2016, pp. 161-172. 

[7] Para un análisis sobre los usos políticos del neocalvinismo por sujetos de izquierdas y derechas véase: Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, pp. 197, 198, 207-210. 

[8] Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973, p. 50.

[9] Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesto comunista. Barcelona, Editorial Crítica, 1998, p. 43. 

[10] Véase sobre este asunto: André Biéler. O pensamento econômico e social de Calvino. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2012; y Herman Dooyeweerd. Estado e soberania: ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Ediçoes Vida Nova, 2014. 

[11] Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, pp. 45, 46. 

[12] Herman Bavinck. “Principios bíblicos generales y la relevancia de la concreta ley mosaica para la cuestión social hoy (1891)”. En: http://estudiosevangelicos.org/principios-biblicos-generales-y-la-relevancia-de-la-concreta-ley-mosaica-para-la-cuestion-social-hoy-1891/ (Consulta: agosto de 2019). 

[13] Abraham Kuyper, “La cuestión social y la religión cristiana”. Discurso inaugural de Congreso Social Cristiano, Amsterdam, noviembre de 1891. Citado en: Theo Donner. Posmodernidad y fe. Una cosmovisión cristiana para un mundo fragmentado. Barcelona, Editorial CLIE, 2012, pp. 210, 211. 

[14] Francis Schaeffer. Muerte en la ciudad. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973, p. 158. 

[15] Abraham Kuyper. “Soberanía de las esferas (20 de octubre de 1880)”. En: http://estudiosevangelicos.org/soberania-de-las-esferas/ (Consulta: agosto de 2019).