¿Qué le podríamos deber a Wesley quienes no somos metodistas?

Cada 24 de mayo quienes son metodistas celebran y recuerdan la “experiencia del corazón ardiente” vivida por Juan Wesley, en el año 1738, en el marco de un servicio de la Sociedad Morava de la calle Aldersgate, en Londres. Esta viene a ser la conversión de este pastor, teólogo y evangelista que fue fundador del metodismo. En dicha ocasión, mientras el pastor que presidía daba lectura al prefacio del comentario de Martín Lutero a la carta a los Romanos, Wesley era impactado poderosamente por algo inédito en su vida. Escribió en su diario personal: “Como a las nueve menos cuarto, mientras escuchaba la descripción del cambio que Dios opera en el corazón por la fe en Cristo, sentí arder mi corazón de una manera extraña. Sentí que confiaba en Cristo, y en Cristo solamente, para mi salvación. Y recibí la seguridad de que Él había borrado mis pecados y que me salvaba a mí de la ‘ley del pecado y de la muerte’. Me puse entonces a orar con todas mis fuerzas por aquellos que más me habían perseguido y ultrajado. Después di testimonio público ante todos los asistentes de lo que sentía por primera vez en mi corazón”. El corazón que arde es el de un creyente que mira a Jesucristo y no aparta su vista de él. 

Ahora bien, Wesley no era un advenedizo en el conocimiento del cristianismo. Desde su nacimiento, el 17 de junio de 1703, hasta el día de su muerte, el 2 de marzo de 1791, su vida estuvo marcada por el signo eclesial. Sus abuelos paterno y materno,  que eran ministros de la Iglesia de Inglaterra, fueron construyendo un talante no-conformista en él y en su familia. Su padre, Samuel Wesley, también fue ministro anglicano, era además un literato, que proveyó una “Vida de Cristo en verso” y un comentario al libro de Job. Luego de hacer sus estudios universitarios en Oxford, y en paralelo a una incipiente carrera académica, Juan Wesley fue ordenado diácono de la Iglesia de Inglaterra, llegando a ser ascendido al orden de presbítero en 1728. 

Un hito clave corresponde a la fundación en 1729 en Oxford de un grupo que tenía la finalidad de adelantar estudios y para la comunión cotidiana, que generó una práctica sistemática de ayuno y visita a los presidiarios. Dicho grupo fue fundado por Charles Wesley, Robert Kirkham y William Morgan, siendo Juan Wesley su primer director. Los compañeros de universidad les llamaban en forma peyorativa “Club Santo” o “Polillas de la Biblia”, aunque ellos se denominaban “metodistas”, por su método devocional. Junto a su hermano Charles, Wesley desarrolló una fuerte tarea de predicación, primero en sociedades y luego al aire libre, teniendo entre sus compañeros a George Whitefield, con quien tuvo un serio debate soteriológico, pero una profunda y respetuosa amistad. Fue Whitefield quien le invitó en abril de 1739 a predicar en las calles de Bristol. Al principio, Wesley era reticente de esta práctica, pero con posterioridad, la hizo suya por 50 años, es decir, hasta que las fuerzas le acompañaron en ello. Las predicaciones eran principalmente temáticas, evangelísticas, con alcance masivo y gran efusividad. Si bien es cierto, no era tan histriónico como Whitefield en el púlpito, era muy claro y práctico, y sobre todo sincero. En mayo de 1739 funda la primera sociedad metodista, y a fines de ese año levanta, junto a otros, la primera capilla en Bristol. 

Pero, ¿qué le podríamos deber a Wesley quienes no somos metodistas? A continuación, me permito destacar las siguientes:

1. Un enorme apego doctrinal que se traducía en un modo de vida. 

Wesley no rompió con la Iglesia de Inglaterra hasta 1784, y fue un heredero de la teología emanada de los 39 Artículos de Fe de dicha denominación, de la teología protestante que había influido en dicha declaración, e incluso, de la Patrística. Wesley enfatizaba en lo siguiente: “Prediquen nuestra doctrina, inculquen experiencia, demanden práctica, den fuerza a la disciplina. Si predican sólo doctrina, la gente será antinomiana; si predican sólo experiencia van a ser entusiastas; si predican todo esto y no dan énfasis a la disciplina, el metodismo será como un huerto cultivado sin cerca, expuesto a los chanchos del bosque”. La enseñanza transformadora de la Palabra de Dios estaba, entonces, caracterizada por una fidelidad y apego a la Palabra de Dios, la que debía ser anunciada con claridad, lengua vernácula y ningún sesgo de clase a toda persona, creyentes en Cristo o no. Las personas que creían al mensaje evangélico debían ser guiadas en un proceso de discipulado que no es otra cosa que un traspaso de experiencia, junto con inculcar la práctica del metodismo, cuyo sello era una disciplina intra y extra muros de la iglesia, y en un constante acercamiento devocional, personal y comunitario. Aunque Wesley fue influido por el movimiento moravo, y en sus predicaciones se daban lo que en lenguaje más contemporáneo llamaríamos “manifestaciones espirituales”, no era un místico, sino un creyente con una fe muy realista, con los pies en la tierra. Una fe que no estaba marcada por ceños fruncidos y caras largas, porque para él “La piedad agria es la religión del diablo”. Estar en Cristo es la felicidad. 

Huelga decir acá que eso fue lo que proveyó de una fuerza dinámica a las primeras generaciones del pentecostalismo chileno, en los que la doctrina y la vida caminaban de la mano y la “experiencia” no se había monumentalizado en un pesado modo tradicionalista de vivir. El pastor Willis Hoover en su libro “El avivamiento pentecostal en Chile”, señaló que dicho movimiento “Tuvo su origen en la Iglesia Metodista Episcopal cuando se predicaba con más energía y se practicaba más que nunca la Palabra de Dios conforme a las enseñanzas de Juan Wesley, el fundador del metodismo. No fue la separación por ningún desacuerdo que tuviera con los principios o doctrinas del metodismo”. 

2. La importancia dada a la tarea de los laicos.

Ya desde 1742 en el seno del metodismo se había creado la figura del “guía de clase”, un hermano laico a cargo de un pequeño lugar de reunión, que colaboraba en el desarrollo de los creyentes, discerniendo su estado de avance, generando un pastoreo horizontal y cercano. Por su parte, en 1744, en el contexto de la Primera Conferencia Anual, se crea el movimiento de predicadores laicos, organizados por circuitos que irradiaban de iglesias centrales. Esos predicadores tenían dentro de sus tareas la proclamación del evangelio a quienes no conocían la fe de Jesús y la formación de los hermanos, por medio de la predicación y la enseñanza de la Palabra de Dios. Predicadores que debían haber experimentado una transformación de la vida, con un constante anhelo por la santidad y un alto sentido del deber. Wesley decía: “¿Qué es lo que estorba la obra? Yo considero que la primera y principal causa somos nosotros. Si fuéramos más santos de corazón y de vida, totalmente consagrados a Dios, ¿no arderíamos todos los predicadores y propagaríamos este fuego con nosotros por todo el país?”. Esa pregunta debiese seguir resonando en nuestro presente. 

3. Una gran preocupación social. 

Wesley se manifestó muy tempranamente preocupado por las necesidades humanas. Y no podía ser de otra manera, si su predicación estaba en la calle, en medio de la incipiente revolución industrial, con todos los cambios que se manifestaron en las sociedades urbanas y las condiciones paupérrimas de vida de los sectores populares, luego de extenuantes jornadas en las minas y nacientes industrias. Regularmente cuando pensamos en el “perfeccionismo” wesleyano, o en el Avivamiento, lo pensamos aplicado al proceso de santificación y la vida de la iglesia, pero para Wesley, esto también tenía que ver con el amor al prójimo. Wesley planteaba que: “El evangelio de Cristo no conoce ninguna religión sino la social; ninguna santidad sino la social”. El cristianismo es eminentemente comunitario y preocupado por las necesidades concretas de los otros. Hermanos metodistas colaboraron en la creación de centros de salud, orfanatorios, ligas contra la intemperancia, sindicatos, etcétera. Charles Wesley escribió un himno un 23 de mayo de 1783 que decía: “Excluidos de este mundo, hoy a ustedes los convoco: / Prostitutas explotadas, cobradores y ladrones. / Él a todos con sus brazos, en amor unir pretende, / Sólo a pobres y extraviados su perdón y gracia extiende: / Ya que ‘justos’ le rechazan y su amor no necesitan / Él a todos los pedidos, con pasión busca y visita”.

Me parece pertinente citar acá a Pablo Deiros, en su “Historia global del cristianismo”, cuando señala que: “Wesley fue el maestro que le enseñó a la nueva clase obrera inglesa cómo vivir y para qué vivir. Su propósito inmediato fue traer de vuelta a la fe cristiana a la clase obrera alienada del ministerio de la Iglesia de Inglaterra pero los resultados fueron mucho más amplios. Wesley comenzó un verdadero movimiento social que incluyó a un grupo de creyentes que llegó a ser conocido como ‘evangélicos’ y que pertenecían a la Baja Iglesia dentro de la Iglesia Anglicana. Estos cristianos se involucraron en el trabajo por la reforma de las cárceles, leyes laborales justas, un Parlamento más representativo y popular, el fin del comercio esclavista en todo el mundo y leyes más humanas. Esta ‘misión doméstica’ que alentó el wesleyanismo tuvo tanto éxito que, de todos los partidos socialistas, laboristas u obreros de Europa, el inglés fue el único que no asumió una postura anticristiana o antirreligiosa”. 

Todo esto tiene mucho que ver con aquello que Wesley quería transmitir con la idea de “el mundo es mi parroquia”, lo que debe ser leído en un sentido amplio de misión. Hoy, mientras se busca que la iglesia esté relegada al consumo de prácticas espirituales y la fe como una expresión personal y privada, necesitamos recordar que la fe en Cristo está muy lejos de ser eso, y no puede ser constreñida para aquello. La fe en Cristo abraza toda la realidad, nos permite entenderla, y además, busca que otros seres humanos puedan acceder a dicha experiencia y conocimiento. Cristo salva personas, y el método por el cual las llama es la predicación del evangelio y la acogida en una comunidad que ama, enseña-aprende y sirve. Como dice la regla de Juan Wesley: “Haz todo el bien que puedas. Por todos los medios que puedas. De todas las maneras que puedas. En todos los lugares que puedas. En todas las ocasiones que puedas. A todas las personas que puedas. Hasta la última hora que puedas”. 

Juan Wesley fue un ministro del evangelio que nos enseñó a mirar a Jesús, y mirándolo a él, nos enseñó a mirar a nuestro prójimo. En momentos aciagos como los que nos toca vivir en un contexto de pandemia, hacemos bien en cantar junto a su hermano Charles Wesley este hermoso himno: “Cristo, encuentro todo en ti, y no necesito más; / Caído, me pusiste en pie: Débil, ánimo me das; / Al enfermo das salud; guías tierno al que no ve; / Con amor y gratitud tu bondad ensalzaré”. Esta es la última estrofa de “Cariñoso Salvador”, compuesto en 1740, luego de una tormenta en pleno Océano Atlántico que no auguraba un buen final. El apellido Wesley es sinónimo de predicación y música. En ambas se nos recuerda que nuestro fin está en Cristo. Un fin que no acabará jamás. 

Luis Pino Moyano. 

¿Celebrar o conmemorar? Sobre acciones plausibles en un día 8 de marzo.

Si bien es cierto el hecho que se conmemora un día como hoy no ocurrió un 8 de marzo de 1908, sino el 25 de marzo de 1911, ocasión en la que 146 personas, mujeres-niños-y-migrantes, murieron como víctimas de un incendio en la Triangle Shirwaist Company, en la ciudad de Nueva York, ese hito está conectado con una serie de reclamaciones que se venían dando en torno a prácticas abusivas hacia la “mitad invisible” de la población. 123 mujeres perecieron ese día. 14 años tenía la menor de ellas. La fecha del 8 de marzo había surgido con antelación a dicho acontecimiento en 1910, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague, a petición de Clara Zetkin, en alusión a dos huelgas de obreras, en 1857 y 1908. La fecha, entonces, busca recordar el ejercicio político que comienza con sacar las demandas privadas a lo público y, que concluyó, como tantas veces, en represión.

Hoy se conmemora y, claramente, se puede celebrar. Esas acciones no son, necesariamente, excluyentes. Se puede celebrar, porque claramente, hoy no es 1857, 1908 ni 1911, y las mujeres con esfuerzo y en una cancha totalmente dispareja, han conquistado muchas cosas en el espacio público. Hoy como diría Olympe de Gouges, la mujer puede ir al cadalso y también subir a la tribuna. Conmemoramos y celebramos, por tanto, la valentía de mujeres que quisieron dejar de ser las «proletarias del proletariado mismo» (Flora Tristán), luchando por el derecho al sufragio y la igualdad de derechos, por la “democracia en la casa y en el país” (Julieta Kirkwood), y contra la exclusión, las desigualdades de género, el maltrato en todas sus formas, la minusvaloración. Es la lucha de quienes buscan, como diría Gioconda Belli, “romper para siempre / el hielo, las tormentas / y derramar el verde de nuestros brazos y piernas / para abrazarlos / y destetar la historia / que ha querido mordernos”.

Pero la alegría no es completa. Lo será el día que no sea necesario separar un día para conmemorar y/o celebrar. Lo será el día en que las lógicas abusivas, cosificadoras y genitalizadoras se acaben con el maltrato, la ignorancia, la falta de justicia y paridad en el trato, y se permita y sostenga el encuentro con otros diferentes-e-iguales. Lo será el día en que los creyentes cristianos actuemos de acuerdo a nuestra cosmovisión: reconociendo a las mujeres en su dignidad como imagen de Dios, y entendiendo, y viviendo, conforme a un Señor que con su sangre botó todas las murallas que nos alejan, al nivel que Pablo dijo que no hay hombre ni mujer en Cristo. Todos estos reconocimientos y acciones son parte de la tarea de extender el Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu. Entonces es un día para indignarse frente a los pecados sociales de nuestro mundo de ayer y hoy, comprometiéndonos en la tarea de ser artesanos de la paz, posibilitando una mejor historia desde lo micro a lo macro, desde lo íntimo a lo comunitario, desde lo privado a lo público.

No podemos olvidar que la Biblia, el libro que sin ser leído ni estudiado y que ha sido declarado como un texto que subyuga a la mujer y fundamenta su opresión (es decir, imponiendo sobre él un estereotipo cargado de violencia), dice algo totalmente distinto: que Dios ama a las mujeres, que las ha creado a su imagen y semejanza por lo que su dignidad no está puesta en duda, que jamás se les ha subyugado a una posición inferior en la Biblia y que, por sobre todas las cosas, Jesús de Nazaret también les ha redimido, libertado de cualquier cautividad y esclavitud de la cual sistemas y hombres cobardes y pusilánimes les han impuesto. Pero Dios tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas y nosotros la responsabilidad de amar a nuestro prójimo, hombre y mujer, como a nosotros mismos. 

Es tarea cotidiana pugnar por derrotar la cultura de la violencia, para encontrarnos y caminar hacia lo que que lírica y bellamente Redolés llamó “Bello Barrio”, el lugar “donde tú vas con tu sueño y la ternura viva en los labios / Porque acá nadie discrimina a los que van con su sueño y la ternura viva en los labios”.

Luis Pino Moyano.

Triunfo del Apruebo: emociones y trabajo por delante.

El domingo 25 de octubre de 2020 se vivió un plebiscito en Chile y en él triunfó la opción Apruebo con 78,27% de los votos, y 78,99% marcó su preferencia por la Convención Constitucional. Y si bien es cierto, votó la mitad del padrón electoral, es la mayor participación electoral desde la presidencial de 1993, y en este caso, con sufragio voluntario y en medio de una pandemia. Se trató en este caso, como se decía antaño, de una “fiesta de la democracia”. 

Y eso no sólo lo dicen los números. Se vio en las calles repletas, en las conversaciones de sobremesa en las que recordábamos a los viejos de nuestras familias, vestidos “de día domingo” yendo a votar, se veía en las entrevistas de la televisión y se oía en la radio, los comentarios de quienes asistieron a cumplir con uno de sus derechos y deberes cívicos. Y no era poca la emoción, la alegría de participar, los sueños que se expresan. Y esto, porque se avizora el cierre de la herencia dictatorial, abriendo una etapa en la que no olvidemos el pasado, pero en la que dicho pasado no nos siga pesando. Y, por si esto fuera poco, se abre el camino para la construcción de un Chile que excede con creces un período presidencial. Se notaba en las opiniones lo inédito de esto: ¡es la primera vez que podemos decidir por un texto constitucional en democracia, sin los militares en el gobierno y con el congreso nacional funcionando! Cualquier historia que se escriba de este proceso constituyente, que no tenga en cuenta la emotividad de esta elección, se quedará corta a la hora de contar lo que se jugaba en ella. De hecho, en mi biblioteca, en la sección de libros de historia de Chile, tengo el lápiz bic que me acompañó en este proceso eleccionario. 

Ese domingo habían muchas razones para celebrar. A las 11 de la noche, tres horas después del cierre de las primeras mesas se contaba con el 90,78% de las mesas escrutadas. Quien ha pasado por la experiencia de ser vocal de mesa no puede dejar de reconocer este trabajo a pulso que permite que conozcamos, pronta y oportunamente, los resultados de los procesos electorales. Y, claramente, los resultados son para celebrar. Nunca me había sentido tan ganador en el proceso eleccionario, tanto que el brindis como la junta con los amigos de siempre no podía faltar. Teníamos el derecho a hacerlo. Había que celebrar, pero no sólo porque ganó el Apruebo y la Convención Constitucional, y la paliza en términos electorales de dicho triunfo, sino por lo que denotan dichas cifras: 78% de los votos releva que una nueva Constitución no es idea del “marxismo cultural” [sic], porque ese número no es votación de izquierdas, tanto así que en mi comuna, Puente Alto, lugar en el que arrasan Ossandón y Codina, el Apruebo tuvo el 87% de los votos. Había que celebrar porque 78% hace caer la idea de la polarización, palabrita tan mencionada en los medios de comunicación de masas; y esa de élites que se habrían comido la demanda popular imponiendo la demanda de una nueva Constitución. Había que celebrar, además, porque la derrota más grande no es de la opción rechazo a secas, sino de aquella cuya única propuesta fue la retórica del miedo, que anuncia como profecía trasnochada la debacle de un país que se acerca a sus ensoñaciones estilo pesadilla. Parafraseando a Benedetti, vencimos la derrota. ¿Cómo no celebrar por eso?

Después se sumó otro motivo para celebrar, pues en un estudio realizado por CADEM, mostró que los evangélicos habríamos votado un 57% por la opción Apruebo y 70% por la Convención Constitucional. ¿Celebrar? Claro que sí, y no porque hermanos que optaron por el rechazo perdieron, sino porque se cayó y se explicitó que no existe el “voto evangélico”, y que esta idea es meramente una ensoñación de élites evangélicas que gustan de arrogarse la representatividad de un pueblo unívoco que no existe, y que lo hacen añorando cuotas de poder. Por sobre el miedo a no estar en el “lado de Dios” [sic], primó la libertad de conciencia. 

Y después de cinco días del triunfo, sin lugar a dudas comienza otro tiempo, pues los triunfos políticos se miden siempre después del día de la fiesta. Este es el tiempo de trabajar. La paridad de los resultados de 78% por el Apruebo y la Convención Constitucional abren posibilidades inimaginadas para las candidaturas independientes a la Convención Constitucional. Si bien es cierto, las dificultades burocráticas (las firmas y trámites notariales) y de competencia de individuos o colectivos pequeños contra maquinarias partidarias prevalecen, de todas maneras que un 78% dijera no a los parlamentarios como convencionales abre la posibilidad de soñar por representación de ideas más plurales a la hora de construir el texto constitucional. Y debiesen ser un acicate de voluntades políticas de participar en el poder constituyente.

Y a propósito de esto último, decir que me asiste la convicción que cualquier ciudadano/a tiene el derecho de participar del proceso electoral, y que no se necesita tener una profesión x para hacerlo, sino el cumplimiento de la normativa constitucional (Arts. 13 y 132). Esto, por dos razones: a) porque cualquier hombre o mujer que vive en este país tiene la capacidad de pensarlo y saber cómo sería la vida en esta tierra podría ser mejor; b) porque la redacción del texto constitucional desde el acuerdo del 15 de noviembre de 2019 aseguró la existencia de una comisión técnica paritaria entre oficialismo y oposición (punto 10), que ya está trabajando y fue conformada por catorce abogados constitucionalistas, por lo que quienes tienen miedo de la calidad del texto, eso ya está asegurado. Por otro lado, los militantes políticos tienen todo el derecho a participar de la Convención Constitucional, pues los partidos políticos son un instrumento legítimo de organización y participación en la esfera pública. La caricatura de la “Señora Juanita” que es pasada a llevar una vez más, es más bien otro relato desde el miedo de los derrotados de esta ocasión. Luchar porque exista una mayor participación de independientes no obsta a que los militantes, sea cual sea su trayectoria política, puedan estar en una papeleta y en la Convención si son elegidos. Aquí lo que vale es el ejercicio democrático, ausente de las comisiones de expertos elegidos a dedo en las coyunturas constitucionales de 1833, 1925 y 1980. 

El tiempo del trabajo comenzó. No puede pasarnos lo mismo que en los inicios de los 90. La gente que ganó, no puede irse para la casa para guardar silencio y esperar que otros tomen las decisiones. Hay que participar. Una de las primeras tareas es generar consensos que deriven que en el reglamento de la Convención Constitucional sea obligatoria la participación de los convencionales en asambleas territoriales, desde tomen ideas fuerzas para sus opiniones. Ese contacto, que fusiona lo democrático, con lo pedagógico y con lo deliberativo es fundamental para fortalecer la legitimidad de la nueva carta fundamental. Y no hay que olvidar que hay un plebiscito de salida, con voto obligatorio. Lo peor que nos puede ocurrir es sentarnos en los laureles. Todavía no hemos ganado todo. Caminamos hacia allá…

Luis Pino Moyano.

Iglesias que arden y la relación entre poder y libertad.

“La única iglesia que ilumina es la que arde”, es uno de los tantos emblemas de malestar y rabia contra la iglesia y contra Dios (o imágenes que le representen), expresados por los anarquistas españoles de la primera mitad del siglo XX y que han sido tomados por culturas políticas de cuño similar en tiempos más recientes. No es un dato menor precisar el origen del emblema, toda vez que el anarquismo español fue el más laicista y anticlerical de dicha expresión política. Sin embargo, ha tenido entre sus filas otras corrientes y a pensadores como León Tolstoi y Jacques Ellul que se han reconocido como cristianos y anarquistas. En cambio, el anarquismo español, fue muy influido por el cientificismo positivista, y dicha forma de entenderlo fue recibida con mayor facilidad en América Latina, tanto por razones idiomáticas como por redes organizativas o sociales. Y es dicha influencia la que puede constatarse en las escenas iconoclastas del estallido, revuelta o reventón social desde octubre del año pasado a la fecha.

Comencemos con la siguiente premisa: las acciones iconoclastas, de quema de templos y bandalización de los mismos, es del todo repudiable y lamentable, y ello, no por el lugar ni por los objetos, sino porque lo único que muestran estos actos, es a personas que enarbolan las banderas de la libertad, pero que sólo refieren a una emancipación que es ensimismada e individualizada, construyendo un conservadurismo y moralidad, contradictoriamente semantizados como progresistas. Por ende, no solo son dañados muros, techumbres y los adminículos que hay dentro de los templos, sino también, los afectos de personas que construyen sus propias redes sociales al alero de una comunidad eclesial. Bajo la misma lógica, esa religión secularizada, también debería arder.

Junto con eso, se debe señalar que el fenómeno de la iconoclasia amerita ser reflexionado, más allá de la constatación de los hechos como acontecimientos repudiables, problematizando las causales, los medios y los fines que se buscan con ellos.

En primer lugar, quienes somos cristianos debiésemos interrogarnos sobre la razón por la cual templos de nuestra religión son bandalizados, porque mucha gente no hace la diferencia entre católicos o evangélicos, y mucho menos la hace de romanos, ortodoxos, luteranos, presbiterianos, metodistas, bautistas, pentecostales y un largo etcétera. Si se estudia la historia de las revueltas populares, regularmente, los edificios que sufrían la destrucción por parte de sujetos ligados a dichas manifestaciones, es porque identifican a dicho lugar con el poder. Y no con cualquier poder, sino con uno de carácter opresivo. Y por más que expliquemos que en la Iglesia de la Gratitud Nacional se llevó a cabo el Te Deum Ecuménico de 1973, con la junta militar de gobierno allí pero sin alabanza a ella, y que el lugar fue propuesto por el Cardenal Raúl Silva Henríquez debido a que dicho templo es de los salesianos y él pertenecía a dicha orden religiosa; o que la Vicaría de la Solidaridad tuvo su emplazamiento en salas aledañas a la catedral de Santiago; o como protestante que el templo  presbiteriano apedreado el año pasado en la ciudad de Valparaíso fue fundado bajo el pastorado de David Trumbull, quien propició una lucha por las libertades públicas en el país y en el plano educativo formó escuelas populares; o que iglesias pentecostales quemadas en la zona de la Araucanía tienen una amplia participación de mapuches en ellas, quienes son tratados de manera digna y más aún, muchos de ellos, lideran dichas comunidades; a pesar de todo eso, algo genera una identificación con el poder, tanto así, que no son pocas las personas que cuestionan que se defienda un templo en vez de hombres y mujeres que sufren a diario los rigores de la vida. ¿Qué hace que un sector de la sociedad nos considere enemigos? ¿Tiene algo que ver la inmoralidad del abuso de poder, expresado en maltratos económicos, eclesiales y de índole sexual? ¿Tiene que ver en esto el enriquecimiento ilícito, amparado en “bancos celestiales” presididos por el dios del consumo al que no se le ofrenda, sino que se le pacta en lógica de oferta y demanda? ¿Está presente en esta asociación la indolencia de muchos creyentes frente a la injusticia social, lo que se traduce en prácticas que van desde una actitud carente de misericordia frente a la pobreza y desamparo de nuestros prójimos, el desalojo de una ética cristiana fuera de la esfera eclesial y, en el peor de los casos, reproducir las acciones pecaminosas de otros bajo la excusa barata de un “todos lo hacen”? ¿Acaso no fue esto último lo que llevó a Alberto Hurtado, en el pasado motejado como “cura rojo” y hoy considerado santo por la Iglesia Católica, a escribir “¿Es Chile un país católico?” en 1941? Nuestra falta de realismo debiese llevarnos a reflexionar en cómo creer, pensar y vivir en el Chile actual. Y esto no es un llamado a transar en los principios fundamentales de nuestra fe, sino por el contrario, es un llamado a vivirlos.

En segundo lugar, quienes pugnamos por cambios en nuestra sociedad, y que hoy dentro del horizonte de expectativas tenemos una nueva Constitución, hacemos bien en cuestionarnos también esta actuación. ¿A quién daña y a quién beneficia la quema o bandalización de templos? ¿Beneficia la causa de quienes buscan un Chile distinto, alejado de los bastiones que instaló la dictadura militar? A esta altura del partido, ¿sorprende aún que los medios de comunicación centren su mirada en este tipo de “liturgias” de manifestación iconoclasta en lugar de la gran cantidad de personas que se manifiestan pacíficamente? Tanto aquellos que salen “a dejar la patá” [sic], como quienes reivindicamos el derecho a la legítima manifestación y protesta, debiésemos entender de una vez por todas que los discursos y los actos tienen efectos performativos, y siempre la espectacularidad roba la atención de lo que no es inédito. La quema y bandalización de lugares de culto, que es una muestra de intolerancia propia de movimientos totalitarios o de movimientos religiosos integristas como ISIS, afecta a un grupo específico de la población: las personas fieles a la fe cristiana, entre las cuales hay un amplio sector de seres humanos que se esfuerzan cotidianamente desde las calles o sus puestos de trabajo, por un mañana mejor. Y sí, hay curas pedófilos y pastores que se enriquecen, abusando de la fe y el poder que las instituciones religiosas les han conferido, pero dichos sujetos no son las comunidades eclesiales ni mucho menos son el cristianismo. No son las personas que trabajan día a día por vivir su fe de manera coherente, y cuyos lugares de culto tienen profunda significación. ¿Acaso no entienden que este tipo de actos en vez de sumar, resta; y que, en lugar de cuidar el proceso constituyente, lo afecta?

Este ejercicio analítico, que llama a profundizar la discusión y a no quedarse en el hecho noticioso, en ningún caso comprende-para-legitimar. Es todo lo contrario. Profundiza la crítica y el repudio de la acción autoritaria y de la crítica sin sentido de quienes bien podrían ser definidos como “continentes sin contenido”. Pues, si la libertad de creer es dañada, ¿dónde quedan las otras libertades públicas?

Luis Pino Moyano.

Acerca del uso y abuso de la Biblia en coyunturas políticas.

Luis Pino Moyano*.

Publicado originalmente en Estudios Evangélicos.

1. La contextualización del problema. 

Que los evangélicos acudamos a la Biblia para entender y explicar el mundo y la vida no es ninguna novedad. Anhelamos ser “el pueblo del libro” y postulamos que nuestra fe, no sólo tiene que ver con aquello que sucede al interior de nuestros templos y hogares, pues ella no es privada, sino que es una fe cósmica y pública. Como declarara el apóstol Pablo, al referirse a nuestro Señor Jesucristo: “porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente” (Colosenses 1:16,17) [1]. El entendimiento del señorío total y universal de Cristo es base fundamental de nuestra cosmovisión cristiana, y nos llama a un seguimiento fiel a la Escritura como su Palabra que es enseñanza pero, por sobre todo, mandamiento. Y es dicha lectura, la que se traduce en una presencia fiel de los creyentes dispersos por el mundo. 

El señorío de Cristo que conduce a la fidelidad, reclama una lectura coherente y consistente con dicho principio vital, y en el caso al que nos referimos acá, es pertinente tener en cuenta esto a la hora de pensar y actuar en política. Como dirá Juan Stam: “En aras de la fidelidad bíblica, reconocemos sin tapujos que este libro es muy político. De hecho, como dice un refrán que se ha hecho axiomático en nuestros tiempos, ‘todo es político, pero la política no es todo’. Si bien es un error ‘politizar’ un texto más de lo que es político, por otro lado es un error muy grave, y una falta de fidelidad a la Palabra de Dios, pretender ‘despolitizar’ un texto tan evidentemente político como es el libro de Apocalipsis” [2]. Esto que el autor, como especialista en Apocalipsis alude respecto a dicho libro, es posible de ser aplicado a toda la Escritura. Es por ello, que las teologías políticas, europeas o latinoamericanas, que sólo propenden al activismo social, limitan la Misión de Dios dejando de enfatizar en la proclamación del evangelio, tal y como el evangelicalismo norteamericano con un discurso aparentemente apolítico (como si tal cosa existiera), derivó en un ensimismamiento que se complace en la experiencia religiosa sin poner atención en el prójimo, y por ende, en la misión. El apóstol Santiago nos alerta respecto de la parcialidad con mucha fuerza: “Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Supongamos que un hermano o una hermana no tiene con qué vestirse y carece del alimento diario, y uno de ustedes le dice: ‘Que le vaya bien; abríguese y coma hasta saciarse’, pero no le da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta” (Santiago 2:14-17). A la luz de este texto es una falsa dicotomía disociar la proclamación del evangelio de la práctica de la justicia y la misericordia. 

2. La gravedad teológica de la lectura de la Biblia dentro de la lógica izquierda-derecha. 

En medio de múltiples debates políticos, actores evangélicos prorrumpen con voz elocuente en la escena pública, ya sea arrogándose la representatividad de “la Iglesia Evangélica”, concepto imaginario que no tiene correlato empírico en la realidad, o en el peor de los casos, formulando ensoñaciones como esa de estar “del lado de Dios”. Y más allá del tema de la libertad de conciencia, asunto fundamental a ser tenido en cuenta en la discusión política acometida por los creyentes, pretendo llamar la atención de los lectores a otro asunto, uno que reviste gravedad teológica. Pues si bien es cierto, cada creyente tiene todo el derecho a apoyar y definirse políticamente por una determinada causa política, pues dicha actividad no es mala en sí misma, otra cosa es valorar dicha causa como “el proyecto histórico de Dios”. Supeditar el triunfo de Dios, y del reino que consumará en la historia, a una victoria electoral que no tiene la fuerza de cambiar toda la realidad es, con todas sus letras, una aberración a lo que la Biblia enseña. Dios es providente y mucho más sabio y poderoso que nosotros. Un día todos los gobiernos de la tierra caerán, mientras que el Reino de Dios permanecerá incólume. Por ende, nuestra esperanza no está en actores o proyectos políticos de diverso color, pues ella a es escatológica y está centrada en la persona de Jesucristo, Señor nuestro. 

Ejemplificaré con dos textos bíblicos sobre cómo el uso parcial para fortalecer la convicción política propia nos hace perder de vista la riqueza de la Palabra de Dios:

a. Amós 2:6,7 nos plantea un tremendo dilema para nuestra comprensión actual: “Así dice el Señor: Los delitos de Israel han llegado a su colmo; por tanto, no revocaré su castigo: Venden al justo por monedas, y al necesitado, por un par de sandalias. Pisotean la cabeza de los desvalidos como si fuera el polvo de la tierra, y pervierten el camino de los pobres. Padre e hijo se acuestan con la misma mujer, profanando así mi santo nombre”. A partir, de este texto vemos la parcialidad de la separación realizada por posiciones dualistas que enfatizan en la justicia social o en la moral sexual, cuando este texto une ambas consideraciones. No pasas a ser un marxista cuando propugnas y trabajas por un mayor ejercicio de la justicia en la sociedad, como tampoco pasas a ser un derechista por defender la moral respecto de la sexualidad. Es del todo consistente con el cristianismo defender a las víctimas indefensas asesinadas por el aborto, cuyos gritos no alcanzan a ser oídos por nosotros, como defender a los menores abusados en hogares del SENAME, pues ellos no son ni fetos ni simple “stock”, sino seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios. Es del todo consistente con el cristianismo defender el matrimonio heterosexual, monogámico, y la familia emergida de dicha relación y, acto seguido, levantar la voz por los derechos de quienes son vulnerados o postergados en la historia, en el trabajo, la salud, la educación, el acceso a la vivienda y el cuidado de una pensión digna.

b. No es posible dejar de lado el texto de Romanos 13:1-7 en una reflexión sobre este tema. En él vemos al Dios soberano poniendo autoridades en el mundo. Dicha autoridad siempre es derivada de Dios y relativa respecto de Él y su Palabra. Por ello, la acción soberana de Dios no excluye nuestra responsabilidad, en tanto que la la autoridad debe ejercer su labor en justicia, protegiendo al inocente y sancionando el delito, y los demás ciudadanos tenemos el deber de obedecer activamente, pues nuestra obediencia total es a Dios. Es en consecuencia a dicha comprensión que los creyentes tenemos la posibilidad de practicar la “desobediencia civil”, o de manera más reformada, obedecer radicalmente a Dios,  cuando se busca explícitamente mandatar aquello que la Biblia niega (léase Hechos 4:19,20). Es maravilloso como cierra Pablo dicha exhortación, invitando a tener en cuenta una deuda de honor y respeto, junto con el pago de los impuestos, todo ello unido y en relación a quien corresponda. Este texto de la Escritura nos libra de la “Estadolatría” y de la “Estadofobia”, toda vez que mira al estado en su justa medida y sin despersonalizaciones que omiten la responsabilidad de quienes ejercen autoridad, es decir, como un instrumento que trabaja para el bienestar de la sociedad, salvaguardando derechos y regulando la actividad de los sujetos conforme al cuerpo legal.

Por todo ello, el clivaje político izquierda-derecha, reciente en términos en históricos en comparación con los textos de Amós y de la carta de Pablo a los Romanos, le hace un flaco favor a nuestra lectura de la Biblia y nuestra comprensión de la realidad en torno a ella. ¿Por qué disociar aquello que la Biblia une? ¿Por qué disociar la justicia social de la moral sexual, y la responsabilidad individual de la social? 

3. La necesidad de una hermenéutica fiel al texto bíblico. 

Todo lo anterior genera un profundo llamado a la interpretación fiel de la Escritura. Los evangélicos debemos tener en cuenta que el reconocimiento de la Biblia como Palabra de Dios debe traducirse en fidelidad y respeto a ella. Mis lentes como lector no tienen la primacía en la tarea de comprender y anunciar el texto sagrado, por lo que vale la pena tener en cuenta, como primera cosa, la precisión realizada por Manfred Svensson al señalar que: “la caracterización de la aproximación protestante a la Biblia como una disposición de ‘libre examen’ resulta históricamente inútil: la fórmula de hecho ni siquiera se registra en el siglo XVI, y es más bien recurrente en la apologética católica del siglo XIX y en las contemporáneas reivindicaciones protestantes” [3]. El “libre examen” no fue bandera de lucha de la Reforma Protestante, sino traducciones de la Biblia en lenguaje vernáculo fieles a los manuscritos en hebreo, arameo y griego; la tarea exegética y la implementación del método gramático-histórico y, por sobre todo, una lectura y escucha de la Palabra de Dios al interior de una comunidad. Y es aquí, respecto de la lectura comunitaria de la Biblia, donde también se hace valiosa la prevención realizada por Gordon Fee y Douglas Stuart: “Los protestantes no tienen magisterio, y debemos estar con razón preocupados cuando oímos que alguien dice que conoce el significado divino más profundo de un texto, sobre todo si el texto nunca significó lo que quiere hacérsele decir. De esas cosas nacen las sectas e innumerables herejías menores” [4]. El discernimiento de la comunidad, a la manera de la evaluación realizada por los hermanos de la comunidad de Berea, quienes con “sentimientos más nobles” se daban la tarea diaria de examinar “las Escrituras para ver si era verdad lo que se les anunciaba” (Hechos 17:11), junto con la comprensión escritural del señorío de Cristo por sobre todo, es un antídoto contra todo tipo de tiranía eclesiástica de quienes proclaman sus ensoñaciones alejadas de la fidelidad a la Palabra de Dios. 

Nadie tiene el derecho a torcer la Escritura para su conveniencia. Como dirá Louis Berkhof: “Aunque es cierto que el intérprete debe ser perfectamente libre en sus labores, no debe confundirse su libertad con la licencia. Es libre, ciertamente, de toda restricción y autoridad externa, pero no es libre de las leyes inherentes al objeto de su interpretación. En todas sus exposiciones está amarrado por lo que está escrito, y no tiene el derecho de atribuir sus pensamientos a los autores del texto sagrado [5]. Es un infundio alejado de la fidelidad a la Palabra de Dios plantear que un determinado proyecto político es de Dios y otro de Satanás, sólo porque se condice con nuestras aspiraciones personales. Es iluso pensar que el constructo ideológico desarrollado por sujetos con “conciencias encallecidas” (1ª Timoteo 4:2) está libre de la mancha del pecado. No es reconocimiento de la “gracia común” aquello que termina glorificando a hombres y mujeres del pasado y del presente, y no al Dios Todopoderoso que no comparte su gloria con nadie (Salmo 115:1; Isaías 42:8). La Biblia no presenta un programa político sólido y cerrado, sino principios con los que se puede construir discursos susceptibles de estar marcados por la diversidad en la voz de distintos creyentes cristianos, comprados con la misma sangre de Cristo. No hay nada menos evangélico que situar a Dios del lado de una ensoñación ideológica en eslóganes huérfanos de sentido. Un dios de izquierda o derecha es una profanación de lo sagrado. En lenguaje llano: idolatría.

Entonces, en obediencia al mandamiento que dice a la letra: “No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios, porque yo, el Señor, no consideraré inocente al que tome en vano mi nombre” (Éxodo 20:7, RVC), digamos junto a Martín Lutero: “tengo que usar el nombre de Dios con respeto, santa y dignamente, que no debo acudir a él para juramentos, imprecaciones ni engaños” [6]. El que se mencione a Dios en un discurso político, sea del color que sea, no es prueba de apego y fidelidad a la Biblia, y en ella, a la herencia legada por el cristianismo histórico. 

* Licenciado en Historia con Mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Miembro del Núcleo Fe Pública. 

[1] A no ser que se diga lo contrario, los versículos bíblicos son tomados de la Nueva Versión Internacional.

[2] Juan Stam. Apocalipsis & Imperio. Introducción al Apocalipsis de Juan. Valparaíso, Concordia Ediciones, 2013, p. 15. 

[3] Manfred Svensson. Reforma protestante y tradición intelectual cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 2016, p. 149.

[4] Gordon Fee y Douglas Stuart. Lectura eficaz de la Biblia. Miami, Editorial Vida, 2007, p. 31.

[5] Louis Berkhof. Principios de interpretación bíblica. Jenison, Editorial TELL, 1992, p. 53. La acentuación está en el original, aunque en cursiva.  

[6] Martín Lutero. El Magnificat, seguido de Método sencillo de oración. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2017, p. 125. La cita corresponde al “Método sencillo de oración”. 

¿Aprobar una nueva Constitución es una posición evangélica?

Quisiera comenzar mis palabras mostrando mis colores: soy cristiano protestante de tradición presbiteriana. Creo que la Biblia es la Palabra de Dios, inspirada, autoritativa e inerrante. Mi definición doctrinal se encuentra contenida en la Confesión de Fe de Westminster, en su versión de 1903, la que suscribo como oficial de mi iglesia. Eso me lleva a declarar cuatro premisas que me parecen relevantes a la hora de hablar de esta temática:

· La primera, es que mi esperanza está en Jesucristo. Mi esperanza que no defrauda está sustentada en lo que Él hizo por su pueblo en la cruz del calvario, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que Él nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. Dicho de otro modo, mi esperanza no está puesta en un cambio social, sea quien sea que lo construya, no importando su tinte político. Es el Reino de Cristo el que trae justicia, paz y alegría, y será el mismo Señor resucitado quien consumará la historia. Mi esperanza, malamente podría estar en la “alegría que viene”, en un “crecimiento con igualdad”, en los “tiempos mejores” o en una nueva Constitución Política de la República. Todo constructo humano es falible y se queda corto al lado de la esperanza escatológica. 

· En segundo lugar, que creo en los principios que la Biblia enseña para la acción política y social. Y en esto, me parece relevante ocupar el concepto de principios. La Biblia no presenta un programa político definido, sino principios para la vida, los que pueden ser aplicados de maneras distintas, y así ha sido a lo largo de la historia. Un buen ejemplo es la Confesión de Fe de Westminster. Hasta su reforma de los capítulos 20.4, 23.3 y 31.2, que limitan la acción del magistrado civil en la esfera eclesial, realizada por la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos en 1788, los márgenes de separación entre la iglesia y el estado parecían diluidos. Y eso, es de toda lógica en un régimen cuyo sistema de gobierno era monárquico, pero no lo era en un estado nación que se había emancipado de dicho régimen. Los principios políticos y sociales de los redactores originales de la Confesión de Fe de Westminster y de sus reformadores eran los mismos, mientras que su aplicación práctica en el plano político fue disímil. 

· Tercero, y como fruto de lo anterior, nosotros podemos seguir siendo cristianos evangélicos que creemos todo aquello que consagra el Credo Apostólico (que es la síntesis doctrinal más unificadora a nuestro alcance), teniendo ideas respecto de la acción política distintas, mientras ellas no abracen constructos ideológicos completos de quienes en la base de su teoría nieguen lo que dice la Escritura. Y esa situación no se encuentra presente sólo en el marxismo cultural o en el progresismo (concepto polisémico, por lo demás), sino también las posiciones de derecha que se sustentan en el catolicismo romano, en el nacionalismo o en el liberalismo que fue uno de los primeros frutos del humanismo secularizado y racionalista. Entonces, el ejercicio crítico de las ideologías, antes de atacar al resto, debiese ser el de la autoevaluación en actitud de oración, bajo una pregunta sencilla, pero profunda si se responde con sinceridad: ¿mi pensamiento y acción en la política se sustenta en lo que enseña la Escritura o no?

· Y cuarto, no tenemos en Chile una Iglesia Evangélica. Y, puede ser aburrido repetirlo vez tras vez, sobre todo luego de que estén a la mano los libros de Vergara, Lalive, Muñoz, Lagos, Pereira, entre otros, que se han esforzado en hacer análisis históricos o sociológicos de ese “pueblo polifónico”. Pero, así está la situación, y hay que repetirlo una vez más: los evangélicos no tenemos una comunidad homogénea, por ende, carecemos de representantes amplios, no tenemos papas ni tampoco un solo corpus doctrinal entre las iglesias del país, por lo tanto, nadie se puede arrogar la representatividad del pueblo evangélico porque eso, en singular, no existe. Por tanto, ningún cristiano evangélico del país -sobre todo si es pastor, líder o maestro- debe promocionar una determinada opción política como representativa de los valores y principios del pueblo de Dios, porque no existe en Chile un partido o movimiento que aglutine aquello. Con mayor razón, no puede llamar a votar por una opción determinada, diciendo que es la única que se condice con lo evangélico, porque eso sería una violación de la libertad de conciencia, además de un ejercicio de cooptación clerical. Por ende, siempre que hablemos de acciones políticas en el espacio público, debemos hacerlo a título personal, nunca a nombre de la comunidad, dispuestos a responder preguntas a dudas honestas, rendir cuentas cuando corresponda, y pedir perdón cuando hemos ofendido a los demás.

Por lo dicho con antelación, creo que es sumamente legítimo que haya cristianos evangélicos que hagan una opción por el rechazo a una nueva Constitución, y que existamos otros cristianos evangélicos que optemos por el apruebo a una nueva Constitución. Sería inconsistente con lo que he declarado con antelación negar dicha posibilidad, quitándole inteligibilidad al relato del otro o, en el peor de los casos, llegar a satanizar la opción contrapuesta. Huelga decir que se esperaría la misma actitud de amistad cívica de quienes desde las filas de la fe cristiana asumen una opción contrapuesta a la que presentaré. 

¿Por qué opto por el “apruebo” a una nueva Constitución? Responderé desde dos puntos focales: uno histórico y otro desde una lectura teológico-política. 

1. La consideración histórica.

Creo que para un evangélico no puede ser baladí que nuestra carta fundamental actual haya sido producida en una dictadura que no trepidó en usar el terrorismo de estado para sostener y consolidar su proyecto histórico. En 1980 se llevó a cabo un plebiscito sin registros electorales, con estado de emergencia, con acceso casi nulo a la oposición al régimen de facto para acceder a espacios de comunicación de sus ideas, sumado al hecho, que la opción “Sí” constituía un límite claro al régimen de Pinochet, pues el Art. 25 consagraba que la primera magistratura de la nación tendría una duración de ocho años, en cambio la opción “No” aceraba aquello que para el historiador Mario Góngora era el máximo error de Pinochet, a saber, “su voluntad desmesurada de durar” [1]. En otras palabras, las reglas del juego para la actividad en la polis fueron construidas a imagen y semejanza de una dictadura militar, que más allá de su derrota político-electoral en 1988 y 1989 y la eliminación de los “enclaves autoritarios” de las páginas de la carta fundamental en 2005, durante el gobierno de Ricardo Lagos (en uno de los tantos actos performáticos que han sido denominados como el fin de la Transición), se mantienen vigentes sobre todo con su poder contramayoritario. Ese poder fue explicado por Jaime Guzmán de la siguiente manera: “En vez de gobernar para hacer, en mayor medida, lo que los adversarios quieren, resulta preferible contribuir a crear una realidad que reclame de todo el que gobierne una sujeción a las exigencias propias de ésta. Es decir, que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque -valga la metáfora- el margen de alternativas posibles que la cancha imponga de hecho a quienes jueguen en ella, sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario” [2]. La negación del cambio no es otra cosa que la negación de la polis, que imposibilita la mejora o el cambio de aquello que tiene origen histórico y político como si se tratara de algo dado por la naturaleza. 

Pero hay otra variable que debe ser tenida en cuenta en este punto focal histórico. Hoy estamos en un “momento constituyente” que resultó ser la salida institucional a un momento de crisis con un “reventón social” que muy pocos dentro de la clase política civil avizoraron. Con todo lo que se pueda cuestionar de los hechos acaecidos desde octubre en adelante, resulta innegable que esta era la cosecha amargada de la “alegría triste y falsa” que se volvió sentido común en el quehacer político del país, junto con todos los abusos y corruptela moral tapada por la vana jactancia en una supuesta diferencia respecto de nuestros vecinos del barrio latinoamericano. La violencia de los saqueos que barrió no sólo con la honestidad de la población, sino con la supuesta moderación y orden de la identidad chilena, el enfrentamiento violento entre las fuerzas policiales y la “primera línea” con las tristes consecuencias consabidas por todos, sumado a una expresión pública de las marchas, asambleas y cabildos, en los que se expresó la multiplicidad de voces y proyectos, hace que valga la pena preguntarnos ¿qué nos une como país? El pasado, ese de poco más de doscientos años de vida republicana y el reciente herido por un “golpe” cuyas secuelas se siguen viviendo a 47 años no nos une. Y, al parecer, el presente tampoco. Y, para qué hablar del futuro, cuando la política analfabeta no está pensando un proyecto país a cincuenta años plazo, sino que es atacada por la coyuntura, el cortoplacismo y las reacciones de aprobación en encuestas y redes sociales. 

Por todo ello, esta es una oportunidad. Se trata de la primera vez que una Constitución en el país sería escrita y promulgada en un contexto democrático, sin una minoría amparada por el poder de fuego de los militares como en 1833, 1925 y 1980. Y por lo mismo, es que este texto constitucional debe dar cabida a todas las voces sin olvidar que se trataría de la carta de navegación para toda la ciudadanía, y no para unos pocos. Debemos desempolvar y exorcizar esa palabra llamada “consenso” si queremos tener como mira la construcción de un país. Patricio Zapata, abogado constitucionalista, usando la misma metáfora futbolera de Jaime Guzmán pero en otra sintonía dirá que “Existe un problema constitucional cuando la Carta Fundamental de un país, lejos de ser la ‘cancha’ que todos, o casi todos, reconocen como el espacio común en el cual llevar adelante la disputa cívica, es, más bien, un elemento que divide y excluye” [3]. Ni la imposición de agendas ni el miedo a lo nuevo contribuyen a la unidad en la diversidad que un país requiere para sostener la  libre actividad política en democracia. Esto es más que consistente con una alternativa cristiana por la paz activa [4]. 

2. La consideración teológico-política. 

En este punto quisiera huir, de inmediato, de una lectura caricaturesca que hace pensar que quienes sostenemos el “Apruebo” pensaríamos que el cambio constitucional sería la panacea para todos los problemas de la gente. Nada más alejado de la realidad. Una Constitución no abarca todos los asuntos que tienen que ver con los seres humanos que habitan un país, pero eso no obsta para que pongamos nuestra preocupación allí, construyendo una alternativa para cambiarla. Dicho de otro modo, la Constitución no soluciona todos los problemas, y no está para eso, pero sí puede ayudarnos a cambiar algunos. Y por sobre todo, puede ayudarnos en el anhelo de pensar el Chile del siglo XXI en el largo plazo, y no sólo en las necesidades contingentes o coyunturales. 

Para quienes somos creyentes cristianos existe una clara posibilidad para reconocer que en nuestras sociedades hay maldad, injusticia, inequidad y abuso, porque tenemos nociones respecto de la bondad, justicia, equidad y bienestar. Esos conceptos son trascendentales e inmateriales y sólo adquieren historicidad cuando son llevados a la práctica. ¿De dónde tomamos esas nociones? De la declaración bíblica que nos revela a un Dios santo y justo y que norma y da sustento a nuestras vidas con su Palabra. Es por la obra de Cristo que hemos sido redimidos, lo que nos ha posicionado en una relación reconciliada con Dios, nos ha devuelto nuestra dignidad perdida y nos ha dado la capacidad de ser testigos con la palabra y los actos de amor que contribuyen al bienestar de quienes nos rodean. 

Si bien es cierto, hoy el lenguaje de derechos se ha banalizado y sirve para todo, es justo decir, que cuando distintos países del mundo se unen propugnando que los delitos de lesa humanidad ocurridos durante la segunda guerra mundial no se vuelvan a repetir, y establecen la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hay mucha sintonía con la enseñanza bíblica que recorrió por tierra, cielo y mar desde los albores de la iglesia primitiva [5]. Los derechos humanos no son un “gol de media cancha” como dijera Marcela Aranda hace unos años atrás, porque la declaración de la dignidad humana y su protección son consistentes con el cristianismo que entiende al hombre y la mujer como seres creados a imagen y semejanza de Dios, que en tanto criaturas gozan del señorío del Todopoderoso Creador, y que en tanto personas gozan de la libertad y la capacidad de crear, pensar y vivir. A su vez, los derechos tampoco niegan los deberes. Aquí es de mucho valor la precisión conceptual propuesta por René Padilla, cuando señaló que: “a la Biblia más le interesan los deberes que los derechos: los deberes humanos frente a Dios, frente al prójimo y frente a la creación. Es bueno recordar esto en una sociedad donde cada sector de esta reclama constantemente sus derechos sin preocuparse mayormente por sus deberes. Sin embargo, hay una estrecha relación entre derechos y deberes. La conexión se hace cuando reconocemos que los derechos humanos que preocupan a la conciencia cristiana son los derechos del otro, y que los derechos de los demás son deberes nuestros” [6]. El reconocimiento de la dignidad humana nos hace pensar no sólo en mi condición digna, sino en la del amplio “nosotros” de un pueblo-nación. Existe posibilidad de pensar y actuar en concordancia de un humanismo genuinamente cristiano [7]. 

Es desde esta consideración, que la nueva Constitución emergida desde un contexto democrático, debiese comenzar con una declaración de principios orientadores ad hoc que propugnen el bienestar común y la justicia social, reconociendo los derechos humanos como universales, inalienables e imprescriptibles, constituyendo a estos como el principio fundamental de dicho documento normativo. Dentro de las nuevas cosas que el texto constitucional debiese considerar, a mi juicio, están la cuestión de la plurinacionalidad y una real descentralización, la existencia de un congreso unicameral y la posibilidad de referéndums revocatorios y plebiscitos potenciando una democracia semiparticipativa. A su vez, debiese limitarse la acción de las FFAA y de orden como garantes del proceso democrático, porque de facto les coloca en una posición deliberante. Como protestante, espero que la nueva Constitución señale explícitamente la separación del estado y las organizaciones eclesiales, estableciendo desde una comprensión laica, la posibilidad que las religiones y quienes las suscriban puedan expresarse con libertad en el espacio público, sin limitar su acción a la esfera privada. La limitación de las imposiciones de actores religiosos no implica la limitación de la libertad de conciencia y de la acción social desde una cosmovisión que tiene correlato más allá de los muros de los templos. La fe, por definición, es pública. Es más, me asiste la convicción, que no existen libertades públicas si la libertad de creer y actuar en concordancia a dicha fe en el espacio público es negada o dificultada. 

Para ello, los evangélicos no sólo debiésemos participar de los plebiscitos de entrada y de salida de la coyuntura constitucional, sino también estar en la Convención Constitucional, sea como militantes de partidos políticos o como independientes. Pero espero que dichos hermanos y hermanas (por cierto, algunos de ellos habrán optado por el “rechazo” en la primera etapa) entiendan y practiquen la idea de cobeligerancia y no de alianza, no busquen pequeñas cuotas de poder para aparecer en televisión un par de días más que para el Te Deum y el 31 de octubre, ni mucho menos acomoden sus discursos y agendas a los de otros, dejándose amoldar por el mundo actual (véase Romanos 12:2). Es de esperar que dichos hermanos y hermanas no tengan una visión acotada de la participación en política sólo para decir cosas que tienen que ver con los llamados “valores” o de alcance en el espacio privado, saliendo de la terrible ensoñación de la falta de realismo y de la política en minúscula. Es de esperar que esos hermanos y hermanas no tengan miedo a la confrontación de ideas, que opinen desde una cosmovisión bíblica y cristiana en la base, pudiendo con ello, hablar de todos los temas que se presentarán en el debate. Que desarrollarán su trabajo como convencionales con responsabilidad, excelencia y distintivo cristiano, lo que se traducirá en que más allá de las alianzas o partidos políticos en los que militen, serán fieles a la Palabra de Dios en detrimento de las órdenes que atenten contra ella. Y por supuesto, espero de dichos hermanos y hermanas que defiendan, amen y pujen junto a los desamparados cuyas voces son día a día acalladas: pobres, huérfanos, viudas, inmigrantes y niños y niñas que todavía no nacen, cuyos gritos son inaudibles desde el exterior. Y, por cierto, que todo eso lo hagan con clara conciencia de su condición de minoría, pero de minoría valiente y no victimizada, inteligente y no atrapada por los discursos que se postulan como sentido común en izquierdas y derechas. Una minoría que tenga en cuenta lo dicho por Jürgen Moltmann: “Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana’, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa” [8]. 

Claramente, para ello, no sólo habrá que esperar, sino participar activamente, dentro y fuera de la Convención Constitucional. No bastará entonces sólo aprobar, sino estar dispuestos a ser testigos… aquellos que portamos un testimonio con la vida. 

Luis Pino Moyano.

[1] Raquel Correa. “Las lecciones de la Historia”. En: El Mercurio. Santiago, 9 de diciembre de 1984. Citado en: Mario Góngora. Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. Santiago, Editorial Universitaria, 2006, p. 340. 

[2] Citado en: Sofía Correa et al. Historia del siglo XX chileno. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001, p. 325. 

[3] Patricio Zapata. “La Constitución del bicentenario. Once tesis y una propuesta concreta”. En: Claudio Fuentes y Alfredo Joignant (editores). La solución constitucional. Plebiscitos, asambleas, congresos, sorteos y mecanismos híbridos. Santiago, Catalonia, 2015, p. 165. 

[4] He hablado de esto con mayor profundidad en mi artículo “Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa”. En: Estudios Evangélicos. 29 de octubre de 2019. http://estudiosevangelicos.org/ni-zelotes-ni-herodianos-por-una-alternativa-cristiana-de-paz-activa/ (Consulta: septiembre de 2020). 

[5] Un buen libro para entender esto es: Vishal Mangalwadi. El libro que dio forma al mundo: Cómo la Biblia creó el alma de la civilización occidental. Nashville, Grupo Nelson, 2011. 

[6]. René Padilla. “La Biblia y los derechos humanos”. En: René Padilla et al. Los derechos humanos y el reino de Dios. Lima, Ediciones Puma, 2010, p. 18. 

[7] Véase: “Manifiesto Humanista Cristiano”. En: Estudios Evangélicos. 21 de julio de 2019. http://estudiosevangelicos.org/manifiesto-humanista-cristiano/ (Consulta: septiembre de 2020). Este documento fue publicado originalmente en “Eternity Magazine”, en enero de 1982, y fue firmado por Donald Bloesch, George Brushaber, Richard Bube, Arthur Holmes, Bruce Lockerbie, J. I. Packer, Bernard Ramm y James Sire.

[8] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264. 

La pena de Arauco en una reflexión histórica, sociopolítica y evangélica.

1. La mirada histórica. 

“No ha habido rey jamás que sujetase esta soberbia gente libertada,

ni extranjera nación que se jactase

de haber dado en sus términos pisada, 

ni comarcana tierra que se osase mover en contra y levantar espada: 

siempre fue exenta, indómita, temida, 

de leyes libre y de cerviz erguida”.

Así rezan las palabras de Alonso de Ercilla en “La Araucana”. Palabras bellas, que ensalzan la bravura de un pueblo y que dan sustento para que uno de los colores de nuestra bandera sea el rojo, aludiendo a la lucha de éste con el ejército del imperio español, pues como dice la canción “Mi banderita chilena” de Donato Román, quien fuese profesor de música de mi abuelo Manuel, dicho color es: “El rojo del copihue / Y de la sangre araucana”. Chile, desde la construcción del estado nacional ha ensalzado dicha mirada, pero desde un constructo idealizado, carente de sentido histórico. Tanto es así, que para el imaginario no es lo mismo decir Caupolicán, Galvarino, Lautaro, incluido el anciano sabio Colo-Colo, que decir, por ejemplo Michimalonco, que incendiara Santiago propinando una dura derrota a la hueste conquistadora, o Pelantaro que derrotara a Oñez de Loyola en la batalla de Curalaba, llamada hasta el día de hoy en algunos textos como “el desastre de Curalaba”. Claramente no se produce el mismo efecto que al nombrar a Mañil, Quilapán, Quilahuenque, Catriel, Calfulcura, Namuncura, Neculmán. Esto por dos razones: a) porque no son mencionados o recordados de la misma manera que quienes lucharon contra la hueste española; y b) porque su lucha fue, precisamente, contra el estado nacional chileno. O sea, el mapuche alabado y exaltado en su bravura no es aquel que se alza contra el proyecto civilizatorio y de construcción nacional que ocupó gran parte del siglo XIX. 

Y es aquí donde se debe señalar que es impropio hablar de conflicto mapuche y,  mucho más impropio, resulta hacer creer al mundo por cuánto medio es posible que este conflicto tiene más de 500 años. El pueblo mapuche logró controlar el avance del ejército del imperio español de la misma manera en que lo hizo con antelación con la avanzada incaica entre 1450 y 1480. Pero no sólo mantuvieron la línea de frontera en el río Bío-Bío, defendiéndose y atacando al ejército enemigo, sino que tuvieron la capacidad de parlamentar con los españoles, quienes a su vez le reconocieron como interlocutor válido, sobre todo de la mano con el llamado “Derecho Indiano” que reconocía al mapuche y a todos los indios de nuestra América como sujetos de derecho, en tanto se reconoció en ellos la imago Dei. 

Sé que es pesado para nuestra conciencia pero es demasiado importante señalar que el conflicto con el pueblo mapuche es reciente en términos históricos, y los españoles nada tienen que ver con él, sino que es un conflicto propiciado por el estado nacional chileno, que no reconoció el derecho a la tierra de nuestros antepasados, “los naturales del país” como se les llamaba, invadiendo su territorio y ocupándolo soberanamente a nombre de la nación. El nombre para dicha ocupación militar fue “Pacificación de la Araucanía” y fue llevada a cabo por el ejército chileno entre 1860 y 1884, con un breve intervalo producto de la Guerra del Pacífico. Esa ocupación se dio a sangre y fuego, y el pueblo mapuche fue expoliado, expulsado de sus territorios y obligado a instalarse en los valles cordilleranos. Este proceso tiene su símil en la “Campaña del Desierto” de nuestro país vecino Argentino, que barrió de manera similar con el pueblo mapuche allende los Andes, que ocupaba la Pampa. El Wallmapu no tenía la Cordillera como frontera sino como punto de contacto. La metáfora del desierto vale la pena ser reconocida acá, pues se entendió dicho territorio como uno que no estaba ocupado, pero que sí lo estaba. El tema radica en que estaba ocupado por “subhumanos”, a quienes no se les reconocía más que en su condición de barbarie. No por nada muchos mapuches y otros indígenas fueron llevados a Europa para ser exhibidos en zoológicos. 

La bandera de las mal llamadas “Pacificación de la Araucanía” y “Campaña del Desierto” no era la de Chile ni la de Argentina, sino la bandera de la civilización occidental, que entendía a Europa como el modelo a seguir. La ocupación militar fue acompañada de los ingentes esfuerzos de los estados nacionales latinoamericanos para solicitar a europeos que migraran a nuestras tierras y “colonizaran” con subsidio y apoyo estatal dichos territorios y trajeran consigo la anhelada civilización. No hay que olvidar que todo esto fue sostenido sobre todo por los sectores liberales, amparados en el discurso científico positivista y en la moda teórica del darwinismo social. Eso pone en la palestra que en el tema de la migración el problema no radica en la condición de extranjería de ciertos sujetos que vienen a nuestro país a buscar mejores oportunidades u horizontes, sino en la pobreza o riqueza o en el color de piel de los mismos. 

El pueblo mapuche, desde 1884 y hasta el inicio de la década de los ochenta del siglo pasado, no se alzó militarmente, sino que vivió un proceso de chilenización en el que muchos de ellos ocultaron su condición de mapuches. Si bien es cierto, algunos buscaron insertarse en el sistema, integrándose a los partidos políticos y movimientos sociales, y otros lucharon por conservar elementos de su cultura, nada de ello generó mejoras en su condición de vida. De hecho, las alternativas que desde los lentes actuales podríamos llamar como “progresistas” entendían al mapuche como “campesino”, integrándole o, mejor dicho, cooptándole con dicha nominación. “Palo y bizcocho”, dependiendo de quién gobierne, son dos caras de la moneda de la dominación. Muchos mapuches han sido cooptados por distintos gobiernos a punta de mínimos beneficios, en nada comparables con sus derechos reclamados. Por ejemplo, la dictadura propició medidas contrarias a la Reforma Agraria iniciada por Jorge Alessandri, fortalecida por Eduardo Frei y solidificada por Salvador Allende, poniendo dichos territorios en manos, especialmente de empresas forestales, las que no se han cansado de destruir el bosque nativo sin pensar en la posteridad. Esto fue afianzado por la Concertación y sus políticas insuficientes del llamado “Nuevo Trato”, y conservado por los gobiernos posteriores, quizá con ciertas luces que terminaron empañándose, en el quehacer de Francisco Huenchumilla como intendente y de Alfredo Moreno como ministro de desarrollo social en el recientemente dejado de lado “Plan Araucanía”. 

Una buena síntesis de lo dicho se encuentra en el canto de Violeta Parra:

“Arauco tiene una pena

Más negra que su chamal

Ya no son los españoles

Los que les hacen llorar

Hoy son los propios chilenos

Los que les quitan su pan

Levántate, Pailahuán”. 

2. La mirada sociopolítica. 

“Los pueblos indígenas tienen derecho a la libre determinación. En virtud de ese derecho determinan libremente su condición política y persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural.

Los pueblos indígenas, en ejercicio de su derecho a la libre determinación, tienen derecho a la autonomía o al autogobierno en las cuestiones relacionadas con sus asuntos internos y locales, así como a disponer de medios para financiar sus funciones autónomas”.

La cita forma parte de la “Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas”, aprobada en septiembre de 2007, en sus artículos 3 y 4. Esta es una vara de medida para evaluar la situación del pueblo mapuche y su relación con la política en el país. Y lo primero que debiésemos decir acá es que la reclamación histórica del pueblo mapuche por el Wallmapu no es antojadiza, porque no sólo tiene que ver con el reconocimiento de un territorio del que fueron despojados forzosamente, sino también en aquello que tiene que ver con su identidad que excede los límites de lo chileno. En lo posible este proceso constituyente actual debiese derivar en el reconocimiento del pueblo-nación mapuche, aymará y rapanui, haciendo de Chile un estado plurinacional, y que esta definición política sea acompañada de un real proceso de descentralización que tienda a la libre determinación en lo económico, social y cultural. Pero ese discurso descentralizador, por herencia portaliana, siempre ha sido temido y trastocado por las élites en el bloque del poder. 

Desde la década de los ochenta en adelante, se ha visto con fuerza esta reclamación por parte de sectores dentro del pueblo mapuche, expresadas en distintas organizaciones, que van desde la lucha política dentro del cauce democrático, como de alternativas que ponen en cuestión el status quo, y proponen la lucha armada como mecanismo de reivindicación. Y aquí sé que entro en un tema complejo y muy puntilloso, sobre todo, desde mi acervo evangélico. Pero en el ánimo de una hermenéutica empática, que busca comprender los procesos, debo señalar que las violencias sociales tienen distintos mecanismos de desarrollo y expresión, por lo que no se puede hacer análisis de la realidad de la violencia en La Araucanía si no se diferencia entre violencia estructural y violencia reactiva o proyectiva. 

A la luz de lo señalado en el ítem anterior, hemos visto cómo el estado nacional chileno desde 1884, y de ahí en adelante, con ciertos paréntesis de paz a la manera de tabú, ha operado con toda la fuerza que le es posible para contener y reprimir cualquier tipo de alzamiento mapuche, desde la protesta a otras acciones más radicalizadas, dentro de las cuales algunas de ellas pueden ser calificadas de delictuales. Pero dichos presuntos delitos deben ser juzgados según el debido proceso, eliminando arbitrariedades y prejuicios. Pero, ¿qué hemos visto? Ocupando una vez más la cara metáfora de Portales, el “bizcocho” ha sido menos ocupado que el “palo”. La Araucanía ha sido militarizada y a los weichafes que incurren en actos violentos se les ha aplicado la “Ley Antiterrorista”, residuo legal de la dictadura militar chilena. Ningún acto de violencia justifica el horror en la aplicación de una aparente legalidad. Todo acto de violencia debe ser sancionado de manera equitativa al daño causado. En el caso del conflicto con el pueblo mapuche el estado nacional chileno, y en particular su fuerza de orden, no ha ocupado el monopolio de la fuerza para la conservación del bienestar de toda la población, sino como se puede constatar en la historia del país ha mantenido la tradición dolorosa de “palomear rotos”, como se decía antaño. Lo que ha sido acompañado de procesos judiciales en los que la aplicación de la ley antiterrorista ha sido acompañada de juicios dobles por juzgados civiles y militares, el uso arbitrario de la detención preventiva y el uso de testigos sin rostro bajo el mecanismo de delación compensada. Entonces, cuando el actual ministro del Interior, Víctor Pérez, dice que en Chile no hay presos políticos, eso podría ser a lo menos problematizado. ¿En qué ayuda al consenso social una declaración apresurada a modo de cuña de prensa? 

Esa arbitrariedad se vio en el proceso que derivó en la muerte de Camilo Catrillanca. Se dijo tanto acerca de él. Primero fue acusado de un robo, que luego habría escapado en un tractor (cosa que sólo un citadino puede imaginar), que tenía antecedentes penales anteriores, y que habría sido parte de un enfrentamiento con los carabineros del “Comando Jungla”, todo eso para producir el efecto comunicacional de un sujeto que muere en su ley. Se señaló, también, que la muerte de este comunero, exdirigente estudiantil en las movilizaciones del 2011, estaba siendo ocupada para desfavorecer al gobierno de Sebastián Piñera. Luego se señaló que las pruebas del accionar policial habían sido inutilizadas y que, por ende, no existían. Todas las mentiras fueron cayendo una a una. Y pudimos constatar en base a pruebas que hubo doce balazos policiales, desprolijidad en el trato a un sujeto agonizante, humillación y maltrato de un menor de edad. En definitiva un montaje burdo, la corrupción en todas sus letras en pos de la derrota del enemigo interno, de múltiples caras en nuestra historia republicana. Mantener la ingenuidad después de esto, no sólo es falta de sofisticación en el análisis, sino miopía. 

El artículo 2 de la citada declaración de las Naciones Unidas, dice: “Los pueblos y los individuos indígenas son libres e iguales a todos los demás pueblos y personas y tienen derecho a no ser objeto de ningún tipo de discriminación en el ejercicio de sus derechos, en particular la fundada en su origen o identidad indígenas”. Y aquí nos adentramos a un problema de suyo relevante para nuestra forma de entendernos como seres humanos y que tiene con ver con el racismo. ¿Somos racistas los chilenos? Sólo un ejemplo que muestra dicha forma de actuar: en el primer campeonato sudaméricano, efectuado en 1916, Chile fue derrotado por la selección uruguaya en un resultado inapelable, por cuatro goles a cero. Los dirigentes del fútbol chileno solicitaron la anulación del partido porque Uruguay habría alineado con “dos jugadores africanos”, Isabelino Gradín (autor de dos goles) y Juan Delgado, descendientes de esclavos y que con todo derecho eran uruguayos. La selección charrúa era a la sazón la única que dentro de su formación contaba con jugadores negros. Chile es una sociedad clasista, y ese clasismo no está dado por el acceso a los recursos económicos, la producción y el consumo, sino por cuestiones que tienen que ver, por ripio colonial, con lo pigmentocrático. “El que no salta es mapuche”, gritado por un grupo que no tuvo miedo de sacar del tabú sus ideas en el espacio público, en medio de un toque de queda por la situación sanitaria, es sólo un síntoma de ese complejo de blanquitud que portamos por deformación social. Ese desprecio antimapuche no ayuda en nada al encuentro que puje por una salida pacífica de esta situación. Pero por sobre todas las cosas, no permitirá el encuentro con otros seres humanos. 

3. La mirada evangélica. 

“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor” (Lucas 4:18,19). 

Las palabras leídas por Jesús en la sinagoga de Nazaret son sumamente relevantes. La proclamación de las buenas nuevas incluye acciones que tienen que ver con la libertad y el bienestar de quienes han sido desharrapados de la historia y se encuentran en situación de vulnerabilidad. Como artesanos de la paz es parte de nuestro trabajo contribuir a ella, con una mirada que incluya la misericordia y la justicia, no olvidando que “El que oprime al pobre ofende a su creador, pero honra a Dios quien se apiada del necesitado” (Proverbios 14:31). Todo ello, implica no sólo una declaración doctrinal, sino tareas que tenemos por delante:

· Quienes somos creyentes cristianos debemos informarnos adecuadamente, leer libros de historia e investigación periodística, escuchar testimonios de las partes en conflicto, no lanzar al voleo juicios apresurados, so pena de incumplir el noveno mandamiento. 

· Debemos orar. Orar mucho. Orar por el pueblo mapuche, por sus distintos actores.  Orar por los habitantes de la región de La Araucanía. Orar también por las autoridades políticas del país. Orar por las fuerzas de orden que están desplegadas en la zona. Orar por quienes han ejecutado acciones racistas. Nuestra oración tiene que ser hecha de acuerdo a lo enseñado en el Padrenuestro, pidiendo que el Reino de Dios venga y se haga su voluntad en la tierra. Orar para que Dios sane los corazones, deponga las violencias de cada cual, transforme la mente 

· Levantar la voz en forma crítica respecto de la violencia, sea aquella que ha sido realizada por organizaciones mapuches que propenden al uso de la fuerza como motor de transformación, como aquella emanada de las fuerzas del estado. Quienes somos evangélicos debemos repudiar con igual fuerza los asesinatos de Werner Luchsinger y Vivianne McKay, como los de Basilio Coñonao, Julio Huentecura, Xenón Díaz, Juan Collihuín, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza, José Toro, Camilo Catrillanca, entre otros. Quienes somos creyentes entendemos la violencia como fruto de la caída, como consecuencia de pecados sociales e individuales y creemos que ella no es el medio eficaz para la construcción de una sociedad justa. Comprender los fenómenos de violencia desde la historia y las ciencias sociales, y por supuesto, desde la política, no puede implicar jamás su justificación. El Señor de la siembra y la cosecha es el Dios Todopoderoso y no nosotros. Nuestra alternativa es aquella que propugna la paz activa. No olvidemos que nuestro entendimiento del amor implica creer que éste “No se comporta con rudeza,  no es egoísta,  no se enoja fácilmente,  no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa,  todo lo cree,  todo lo espera,  todo lo soporta” (1ª Corintios 13:5-7). Amor y justicia en la gracia revelada de Cristo son indisociables.

· En una mirada que no discrimina y se ampara en actitudes segregadoras, clasistas y racistas, no debemos olvidar que una gran cantidad de mapuches son evangélicos (algunos hablan de un 35% de dicha población). Debemos orar para que el Dios que está en misión siga usándoles para la extensión de su Reino por la proclamación del evangelio y todas aquellas tareas que contribuyan a la justicia, la paz y la alegría en el Espíritu. Debemos colaborar en la construcción de templos, o en la reconstrucción de aquellos que han sido vandalizados en acciones de violencia. 

· Es muy pertinente que las comunidades evangélicas contribuyan al diálogo entre mapuches y chilenos, creyentes o no, generando espacios, facilitando sus dependencias para ello e, inclusive, colaborar en las tareas de mediación. Más allá de si algunos integrantes de la comunidad mapuche suscriben cosmovisiones religiosas distintas a la nuestra (panteísmo o animismo, o cierta fe ecléctica), como ideas políticas contrapuestas a las nuestras según el variado espectro político del país, pues claro está, que ser mapuche no es sinónimo de ser de izquierdas. ´Lo que se debe aprovechar es la larga tradición a parlamentar que ha tenido este pueblo en su historia. 

· Principalmente, no debemos olvidar que Cristo es Señor sobre todo y que nuestra cosmovisión tiene que leer todo lo que acontece a nuestro alrededor con los lentes de la Palabra de Dios. Eso nos dotará de un marco no sólo respecto de lo que creemos, sino también de lo que hacemos. No debemos olvidar que desde nuestra cosmovisión entendemos que el ser humano porta la imagen de Dios y que, aunque el pecado ha atrofiado la misma, todo hombre y mujer debe ser tratado con respeto y dignidad, sea cual sea su origen étnico. 

Con todo esto, me permito terminar esta reflexión que integra tres miradas, con las palabras del pastor Martin Niemöeller, de la Iglesia Confesante, en su sermón en la semana santa de 1946. Él señaló:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, 

guardé silencio, 

porque yo no era comunista, 

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, 

guardé silencio, 

porque yo no era socialdemócrata, 

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, 

no protesté, 

porque yo no era sindicalista, 

Cuando vinieron a llevarse a los judíos, 

no protesté, 

porque yo no era judío, 

Cuando vinieron a buscarme, 

no había nadie más que pudiera protestar”. 

En ese sentido, la protesta que como protestantes debemos realizar en el marco de las justas demandas expresadas por actores mapuches, debe darse desde la cobeligerancia, reconociendo las ideas que forman parte de la antítesis con el cristianismo, pero acentuando los puntos de contacto, sobre todo en aquello que tiene que ver con la justicia y la paz. Me preocupa sobremanera que por no estar de acuerdo con cuestiones de fondo y forma, que insisto deben ser ponderadas, juzgadas, criticadas y repudiadas según sea el caso, guardemos silencio respecto a cuestiones que son relevantes en el trato digno a otros seres humanos. 

Que no nos ocurra que por no protestar cuando vienen a llevarse a los mapuches, cuando quizá nos toque a nosotros, nadie pueda hacerlo por nuestra causa. 

Luis Pino Moyano. 

Sobre las vacaciones adelantadas, el retorno presencial y la tozudez.

Vivimos en un país en el que, lamentablemente, nuestras autoridades civiles no han dado el ancho en contextos de crisis. Hemos visto el retraso a la hora de actuar para paliar las necesidades en situaciones contingentes y en la generación de planes de acción para el futuro cercano. Una muestra gráfica de aquello está en el primer anuncio de suspensión de clases, el domingo 15 de marzo de 2020, que fue antecedido una hora antes por la declaración del comité de expertos convocado por el Ministerio de Salud en el que se señaló lo innecesario de suspender actividades presenciales, como por ejemplo, las clases de los colegios. Fue la presión de los alcaldes, del Colegio Médico y otros actores de la sociedad civil que conllevó esta medida. Eso no es otra cosa que improvisación. No necesariamente somos reos de nuestras propias palabras, porque tenemos derecho a cambiar de opinión. El gobierno también tiene ese derecho, sobre todo cuando está ante opiniones fundadas. Pero cuando sucede en menos de una hora, es simple señal de improvisación. No está de más decir, que esta medida se tomó un día antes del inicio de una nueva semana escolar. 

El miércoles 25 de marzo, el MINEDUC extendió la medida, para las dos primeras semanas del mes de abril, para que luego, las dos siguientes semanas, del 13 al 24 de abril, fueran de vacaciones. Vacaciones de invierno adelantadas. Claramente, esta medida tiene un aspecto loable: manifiesta coherencia con el discurso de la educación de calidad, toda vez que suspender lo presencial implica volver a planificar con una propuesta ad hoc de educación virtual. Es siempre bueno tener planes B, pero trabajar con ellos todo el tiempo no es lo óptimo. Tener claridad de los tiempos, facilita la planificación. Además, hay una segunda cuestión valorable: el ánimo de no perder el año escolar. Dicho lo anterior, creo que no se tuvo un criterio fundamentalmente pedagógico a la hora de tomar la decisión de adelantar las vacaciones de invierno, puesto que a esta altura, ya estaríamos con planes y prácticas adecuadas a la realidad de la educación a distancia, y dos semanas, implicarán la pérdida de ritmo, sobre todo si las condiciones a fines de abril y principios de mayo no implicarán necesariamente un retorno presencial. Pensar ese retorno de manera taxativa es innecesario, puesto que lo mejor en casos como estos es generar una revisión periódica de lo presupuestado. 

Ayer 9 de abril, Raúl Figueroa, ministro de Educación, declaró: “Las clases presenciales son muy difíciles de reemplazar; se han hecho importantes esfuerzos, nosotros los hemos promovido y los agradecemos respecto de toda la comunidad escolar, para seguir adelante procesos de educación a distancia, pero estamos también convencidos que, sobre todo en el mundo escolar, la clase presencial es muy importante, y por lo tanto debemos tomar todas aquellas medidas que nos permitan recuperar la mayor cantidad de horas posibles en el sistema escolar”. Si bien es cierto, la misma autoridad gubernamental ha relativizado la posibilidad del retorno presencial el 27 de abril, actúa de hecho apelando a la necesidad de volver según dicho mecanismo. 

Soy consciente, como profesor, que lo que se da en el aula de manera presencial es irremplazable. Y que, además, nosotros hemos sido formados para el desarrollo de una actividad presencial y no para el ejercicio profesional virtual, lo que ha conllevado el desafío de modificar nociones, el ingreso al uso de plataformas y dotar el sistema de una mayor flexibilidad. Pero es irresponsable y falto de criterio pedagógico pensar que la educación tiene que ver fundamentalmente con lo presencial o con horas de clases recuperadas o perdidas. Es irresponsable, porque, en primer lugar, no puede haber educación de calidad si las condiciones de salubridad, de transporte y de vida están limitadas por una situación nacional totalmente distinta. ¿Cómo se puede pedir ir al colegio si quienes son estudiantes y trabajan en la educación pueden contagiarse en la micro o en el metro? ¿Cómo puede pensarse en la educación presencial de calidad si en casa las condiciones de alimentación cambiaron debido al despido de padres, madres y apoderados de sus fuentes laborales en medio de esta situación? Y, nuevamente, vemos la ausencia de criterio pedagógico cuando la actividad educativa se entiende como la entrega de contenidos y de horas realizadas. La educación tiene que ver con eso, pero por sobre todo con la capacidad de pensar y reflexionar la realidad de lo que ocurre dentro y fuera del aula, con el desarrollo de habilidades, con lo afectivo y emocional, con el buen vivir. Todo eso queda fuera de una noción economicista y academicista que no dota de centralidad al estudiantado a la hora de educar-nos. Yo extraño a mis estudiantes, extraño el encuentro y la magia del aula. Pero prefiero no encontrarme presencialmente con ellos/as si eso implica riesgo para su bienestar. 

Además, el ministro señala que se “se han hecho importantes esfuerzos”. ¿Cuáles son? ¿Podríamos nombrarlos? ¿Habilitar una plataforma virtual del Mineduc con recursos pedagógicos? ¿Liberar los PDFs de los textos escolares? ¿Seguir pagando la subvención a los colegios -como corresponde, porque seguimos trabajando, ahora más con lo difuso que se vuelve el teletrabajo? ¿Qué más? Los otros esfuerzos han sido de establecimientos, profesionales de la educación, estudiantes, padres, madres y apoderados/as. Y no basta con su promoción y agradecimiento. Es la hora de generar políticas educacionales de verdad, con compromisos económicos mayores de parte del estado:

  • Uso de toda la mañana del canal público -Televisión Nacional de Chile-, para la transmisión de contenido educativo, con clases de todas las asignaturas y con cierta transversalidad en los niveles. Si hay algo que ha evidenciado esta crisis, es la segregación social del país. Sí, una vez más. Porque la modernidad no ha llegado a todos los lugares del país (lo que debiese inhabilitarnos por un rato en la discusión sobre la posmodernidad u otros tipos de modernidad líquida, radicalizada, etc. Así, se puede llegar con mayor facilidad a los sectores donde una conexión a internet es impensada, lo que puede ser acompañado con carpetas con guías impresas (disponibles en el colegio y entregadas guardando los protocolos de salud), llamadas telefónicas para hacer explicaciones breves, entre otras.
  • Realización de capacitaciones pedagógicas para el uso de plataformas educativas a distancia y subvención para el acceso de parte de las/os profesionales de educación a herramientas para llevar a cabo ese trabajo: computadores, acceso a internet de mayor potencia, cámaras, micrófonos, etc.
  • El estado debiese convocar la solidaridad de la empresa privada, buscando liberar accesos WiFi en distintas zonas del país, donando computadoras a estudiantes, a las editoriales regalando libros físicos o haciendo disponibles ediciones digitales, etc. 

Hoy, más que pensar las políticas gubernamentales en la lógica economicista y de campaña publicitaria, se hace necesario pensar la realidad de manera multifocal y atendiendo a las “necesidades reales de la gente”, como les gusta decir a los políticos profesionales de distinta bandería. Porque si hay algo que es deber del estado es cuidar y promover el bien común. Y el resguardo de las condiciones dignas para los/as estudiantes de Chile claramente está allí. 

Las vacaciones ahora son un hecho. Que el retorno presencial se dé cuando las condiciones lo permitan. Si eso es mayo, junio o julio, ¿qué importa? Lo importante, es que se dé cuando la población no tenga riesgo a enfermarse. Mientras, se deben hacer esfuerzos por fortalecer la dinámica virtual con medidas tendientes a ello, y no sólo con la espera de la iniciativa privada o particular de quienes somos profesionales de la educación. Fines y medios van de la mano. ¿O no?

Luis Pino Moyano.