¿Qué le podríamos deber a Wesley quienes no somos metodistas?

Cada 24 de mayo quienes son metodistas celebran y recuerdan la “experiencia del corazón ardiente” vivida por Juan Wesley, en el año 1738, en el marco de un servicio de la Sociedad Morava de la calle Aldersgate, en Londres. Esta viene a ser la conversión de este pastor, teólogo y evangelista que fue fundador del metodismo. En dicha ocasión, mientras el pastor que presidía daba lectura al prefacio del comentario de Martín Lutero a la carta a los Romanos, Wesley era impactado poderosamente por algo inédito en su vida. Escribió en su diario personal: “Como a las nueve menos cuarto, mientras escuchaba la descripción del cambio que Dios opera en el corazón por la fe en Cristo, sentí arder mi corazón de una manera extraña. Sentí que confiaba en Cristo, y en Cristo solamente, para mi salvación. Y recibí la seguridad de que Él había borrado mis pecados y que me salvaba a mí de la ‘ley del pecado y de la muerte’. Me puse entonces a orar con todas mis fuerzas por aquellos que más me habían perseguido y ultrajado. Después di testimonio público ante todos los asistentes de lo que sentía por primera vez en mi corazón”. El corazón que arde es el de un creyente que mira a Jesucristo y no aparta su vista de él. 

Ahora bien, Wesley no era un advenedizo en el conocimiento del cristianismo. Desde su nacimiento, el 17 de junio de 1703, hasta el día de su muerte, el 2 de marzo de 1791, su vida estuvo marcada por el signo eclesial. Sus abuelos paterno y materno,  que eran ministros de la Iglesia de Inglaterra, fueron construyendo un talante no-conformista en él y en su familia. Su padre, Samuel Wesley, también fue ministro anglicano, era además un literato, que proveyó una “Vida de Cristo en verso” y un comentario al libro de Job. Luego de hacer sus estudios universitarios en Oxford, y en paralelo a una incipiente carrera académica, Juan Wesley fue ordenado diácono de la Iglesia de Inglaterra, llegando a ser ascendido al orden de presbítero en 1728. 

Un hito clave corresponde a la fundación en 1729 en Oxford de un grupo que tenía la finalidad de adelantar estudios y para la comunión cotidiana, que generó una práctica sistemática de ayuno y visita a los presidiarios. Dicho grupo fue fundado por Charles Wesley, Robert Kirkham y William Morgan, siendo Juan Wesley su primer director. Los compañeros de universidad les llamaban en forma peyorativa “Club Santo” o “Polillas de la Biblia”, aunque ellos se denominaban “metodistas”, por su método devocional. Junto a su hermano Charles, Wesley desarrolló una fuerte tarea de predicación, primero en sociedades y luego al aire libre, teniendo entre sus compañeros a George Whitefield, con quien tuvo un serio debate soteriológico, pero una profunda y respetuosa amistad. Fue Whitefield quien le invitó en abril de 1739 a predicar en las calles de Bristol. Al principio, Wesley era reticente de esta práctica, pero con posterioridad, la hizo suya por 50 años, es decir, hasta que las fuerzas le acompañaron en ello. Las predicaciones eran principalmente temáticas, evangelísticas, con alcance masivo y gran efusividad. Si bien es cierto, no era tan histriónico como Whitefield en el púlpito, era muy claro y práctico, y sobre todo sincero. En mayo de 1739 funda la primera sociedad metodista, y a fines de ese año levanta, junto a otros, la primera capilla en Bristol. 

Pero, ¿qué le podríamos deber a Wesley quienes no somos metodistas? A continuación, me permito destacar las siguientes:

1. Un enorme apego doctrinal que se traducía en un modo de vida. 

Wesley no rompió con la Iglesia de Inglaterra hasta 1784, y fue un heredero de la teología emanada de los 39 Artículos de Fe de dicha denominación, de la teología protestante que había influido en dicha declaración, e incluso, de la Patrística. Wesley enfatizaba en lo siguiente: “Prediquen nuestra doctrina, inculquen experiencia, demanden práctica, den fuerza a la disciplina. Si predican sólo doctrina, la gente será antinomiana; si predican sólo experiencia van a ser entusiastas; si predican todo esto y no dan énfasis a la disciplina, el metodismo será como un huerto cultivado sin cerca, expuesto a los chanchos del bosque”. La enseñanza transformadora de la Palabra de Dios estaba, entonces, caracterizada por una fidelidad y apego a la Palabra de Dios, la que debía ser anunciada con claridad, lengua vernácula y ningún sesgo de clase a toda persona, creyentes en Cristo o no. Las personas que creían al mensaje evangélico debían ser guiadas en un proceso de discipulado que no es otra cosa que un traspaso de experiencia, junto con inculcar la práctica del metodismo, cuyo sello era una disciplina intra y extra muros de la iglesia, y en un constante acercamiento devocional, personal y comunitario. Aunque Wesley fue influido por el movimiento moravo, y en sus predicaciones se daban lo que en lenguaje más contemporáneo llamaríamos “manifestaciones espirituales”, no era un místico, sino un creyente con una fe muy realista, con los pies en la tierra. Una fe que no estaba marcada por ceños fruncidos y caras largas, porque para él “La piedad agria es la religión del diablo”. Estar en Cristo es la felicidad. 

Huelga decir acá que eso fue lo que proveyó de una fuerza dinámica a las primeras generaciones del pentecostalismo chileno, en los que la doctrina y la vida caminaban de la mano y la “experiencia” no se había monumentalizado en un pesado modo tradicionalista de vivir. El pastor Willis Hoover en su libro “El avivamiento pentecostal en Chile”, señaló que dicho movimiento “Tuvo su origen en la Iglesia Metodista Episcopal cuando se predicaba con más energía y se practicaba más que nunca la Palabra de Dios conforme a las enseñanzas de Juan Wesley, el fundador del metodismo. No fue la separación por ningún desacuerdo que tuviera con los principios o doctrinas del metodismo”. 

2. La importancia dada a la tarea de los laicos.

Ya desde 1742 en el seno del metodismo se había creado la figura del “guía de clase”, un hermano laico a cargo de un pequeño lugar de reunión, que colaboraba en el desarrollo de los creyentes, discerniendo su estado de avance, generando un pastoreo horizontal y cercano. Por su parte, en 1744, en el contexto de la Primera Conferencia Anual, se crea el movimiento de predicadores laicos, organizados por circuitos que irradiaban de iglesias centrales. Esos predicadores tenían dentro de sus tareas la proclamación del evangelio a quienes no conocían la fe de Jesús y la formación de los hermanos, por medio de la predicación y la enseñanza de la Palabra de Dios. Predicadores que debían haber experimentado una transformación de la vida, con un constante anhelo por la santidad y un alto sentido del deber. Wesley decía: “¿Qué es lo que estorba la obra? Yo considero que la primera y principal causa somos nosotros. Si fuéramos más santos de corazón y de vida, totalmente consagrados a Dios, ¿no arderíamos todos los predicadores y propagaríamos este fuego con nosotros por todo el país?”. Esa pregunta debiese seguir resonando en nuestro presente. 

3. Una gran preocupación social. 

Wesley se manifestó muy tempranamente preocupado por las necesidades humanas. Y no podía ser de otra manera, si su predicación estaba en la calle, en medio de la incipiente revolución industrial, con todos los cambios que se manifestaron en las sociedades urbanas y las condiciones paupérrimas de vida de los sectores populares, luego de extenuantes jornadas en las minas y nacientes industrias. Regularmente cuando pensamos en el “perfeccionismo” wesleyano, o en el Avivamiento, lo pensamos aplicado al proceso de santificación y la vida de la iglesia, pero para Wesley, esto también tenía que ver con el amor al prójimo. Wesley planteaba que: “El evangelio de Cristo no conoce ninguna religión sino la social; ninguna santidad sino la social”. El cristianismo es eminentemente comunitario y preocupado por las necesidades concretas de los otros. Hermanos metodistas colaboraron en la creación de centros de salud, orfanatorios, ligas contra la intemperancia, sindicatos, etcétera. Charles Wesley escribió un himno un 23 de mayo de 1783 que decía: “Excluidos de este mundo, hoy a ustedes los convoco: / Prostitutas explotadas, cobradores y ladrones. / Él a todos con sus brazos, en amor unir pretende, / Sólo a pobres y extraviados su perdón y gracia extiende: / Ya que ‘justos’ le rechazan y su amor no necesitan / Él a todos los pedidos, con pasión busca y visita”.

Me parece pertinente citar acá a Pablo Deiros, en su “Historia global del cristianismo”, cuando señala que: “Wesley fue el maestro que le enseñó a la nueva clase obrera inglesa cómo vivir y para qué vivir. Su propósito inmediato fue traer de vuelta a la fe cristiana a la clase obrera alienada del ministerio de la Iglesia de Inglaterra pero los resultados fueron mucho más amplios. Wesley comenzó un verdadero movimiento social que incluyó a un grupo de creyentes que llegó a ser conocido como ‘evangélicos’ y que pertenecían a la Baja Iglesia dentro de la Iglesia Anglicana. Estos cristianos se involucraron en el trabajo por la reforma de las cárceles, leyes laborales justas, un Parlamento más representativo y popular, el fin del comercio esclavista en todo el mundo y leyes más humanas. Esta ‘misión doméstica’ que alentó el wesleyanismo tuvo tanto éxito que, de todos los partidos socialistas, laboristas u obreros de Europa, el inglés fue el único que no asumió una postura anticristiana o antirreligiosa”. 

Todo esto tiene mucho que ver con aquello que Wesley quería transmitir con la idea de “el mundo es mi parroquia”, lo que debe ser leído en un sentido amplio de misión. Hoy, mientras se busca que la iglesia esté relegada al consumo de prácticas espirituales y la fe como una expresión personal y privada, necesitamos recordar que la fe en Cristo está muy lejos de ser eso, y no puede ser constreñida para aquello. La fe en Cristo abraza toda la realidad, nos permite entenderla, y además, busca que otros seres humanos puedan acceder a dicha experiencia y conocimiento. Cristo salva personas, y el método por el cual las llama es la predicación del evangelio y la acogida en una comunidad que ama, enseña-aprende y sirve. Como dice la regla de Juan Wesley: “Haz todo el bien que puedas. Por todos los medios que puedas. De todas las maneras que puedas. En todos los lugares que puedas. En todas las ocasiones que puedas. A todas las personas que puedas. Hasta la última hora que puedas”. 

Juan Wesley fue un ministro del evangelio que nos enseñó a mirar a Jesús, y mirándolo a él, nos enseñó a mirar a nuestro prójimo. En momentos aciagos como los que nos toca vivir en un contexto de pandemia, hacemos bien en cantar junto a su hermano Charles Wesley este hermoso himno: “Cristo, encuentro todo en ti, y no necesito más; / Caído, me pusiste en pie: Débil, ánimo me das; / Al enfermo das salud; guías tierno al que no ve; / Con amor y gratitud tu bondad ensalzaré”. Esta es la última estrofa de “Cariñoso Salvador”, compuesto en 1740, luego de una tormenta en pleno Océano Atlántico que no auguraba un buen final. El apellido Wesley es sinónimo de predicación y música. En ambas se nos recuerda que nuestro fin está en Cristo. Un fin que no acabará jamás. 

Luis Pino Moyano. 

¿Celebrar o conmemorar? Sobre acciones plausibles en un día 8 de marzo.

Si bien es cierto el hecho que se conmemora un día como hoy no ocurrió un 8 de marzo de 1908, sino el 25 de marzo de 1911, ocasión en la que 146 personas, mujeres-niños-y-migrantes, murieron como víctimas de un incendio en la Triangle Shirwaist Company, en la ciudad de Nueva York, ese hito está conectado con una serie de reclamaciones que se venían dando en torno a prácticas abusivas hacia la “mitad invisible” de la población. 123 mujeres perecieron ese día. 14 años tenía la menor de ellas. La fecha del 8 de marzo había surgido con antelación a dicho acontecimiento en 1910, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague, a petición de Clara Zetkin, en alusión a dos huelgas de obreras, en 1857 y 1908. La fecha, entonces, busca recordar el ejercicio político que comienza con sacar las demandas privadas a lo público y, que concluyó, como tantas veces, en represión.

Hoy se conmemora y, claramente, se puede celebrar. Esas acciones no son, necesariamente, excluyentes. Se puede celebrar, porque claramente, hoy no es 1857, 1908 ni 1911, y las mujeres con esfuerzo y en una cancha totalmente dispareja, han conquistado muchas cosas en el espacio público. Hoy como diría Olympe de Gouges, la mujer puede ir al cadalso y también subir a la tribuna. Conmemoramos y celebramos, por tanto, la valentía de mujeres que quisieron dejar de ser las “proletarias del proletariado mismo” (Flora Tristán), luchando por el derecho al sufragio y la igualdad de derechos, por la “democracia en la casa y en el país” (Julieta Kirkwood), y contra la exclusión, las desigualdades de género, el maltrato en todas sus formas, la minusvaloración. Es la lucha de quienes buscan, como diría Gioconda Belli, “romper para siempre / el hielo, las tormentas / y derramar el verde de nuestros brazos y piernas / para abrazarlos / y destetar la historia / que ha querido mordernos”.

Pero la alegría no es completa. Lo será el día que no sea necesario separar un día para conmemorar y/o celebrar. Lo será el día en que las lógicas abusivas, cosificadoras y genitalizadoras se acaben con el maltrato, la ignorancia, la falta de justicia y paridad en el trato, y se permita y sostenga el encuentro con otros diferentes-e-iguales. Lo será el día en que los creyentes cristianos actuemos de acuerdo a nuestra cosmovisión: reconociendo a las mujeres en su dignidad como imagen de Dios, y entendiendo, y viviendo, conforme a un Señor que con su sangre botó todas las murallas que nos alejan, al nivel que Pablo dijo que no hay hombre ni mujer en Cristo. Todos estos reconocimientos y acciones son parte de la tarea de extender el Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu. Entonces es un día para indignarse frente a los pecados sociales de nuestro mundo de ayer y hoy, comprometiéndonos en la tarea de ser artesanos de la paz, posibilitando una mejor historia desde lo micro a lo macro, desde lo íntimo a lo comunitario, desde lo privado a lo público.

No podemos olvidar que la Biblia, el libro que sin ser leído ni estudiado y que ha sido declarado como un texto que subyuga a la mujer y fundamenta su opresión (es decir, imponiendo sobre él un estereotipo cargado de violencia), dice algo totalmente distinto: que Dios ama a las mujeres, que las ha creado a su imagen y semejanza por lo que su dignidad no está puesta en duda, que jamás se les ha subyugado a una posición inferior en la Biblia y que, por sobre todas las cosas, Jesús de Nazaret también les ha redimido, libertado de cualquier cautividad y esclavitud de la cual sistemas y hombres cobardes y pusilánimes les han impuesto. Pero Dios tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas y nosotros la responsabilidad de amar a nuestro prójimo, hombre y mujer, como a nosotros mismos. 

Es tarea cotidiana pugnar por derrotar la cultura de la violencia, para encontrarnos y caminar hacia lo que que lírica y bellamente Redolés llamó “Bello Barrio”, el lugar “donde tú vas con tu sueño y la ternura viva en los labios / Porque acá nadie discrimina a los que van con su sueño y la ternura viva en los labios”.

Luis Pino Moyano.

Triunfo del Apruebo: emociones y trabajo por delante.

El domingo 25 de octubre de 2020 se vivió un plebiscito en Chile y en él triunfó la opción Apruebo con 78,27% de los votos, y 78,99% marcó su preferencia por la Convención Constitucional. Y si bien es cierto, votó la mitad del padrón electoral, es la mayor participación electoral desde la presidencial de 1993, y en este caso, con sufragio voluntario y en medio de una pandemia. Se trató en este caso, como se decía antaño, de una “fiesta de la democracia”. 

Y eso no sólo lo dicen los números. Se vio en las calles repletas, en las conversaciones de sobremesa en las que recordábamos a los viejos de nuestras familias, vestidos “de día domingo” yendo a votar, se veía en las entrevistas de la televisión y se oía en la radio, los comentarios de quienes asistieron a cumplir con uno de sus derechos y deberes cívicos. Y no era poca la emoción, la alegría de participar, los sueños que se expresan. Y esto, porque se avizora el cierre de la herencia dictatorial, abriendo una etapa en la que no olvidemos el pasado, pero en la que dicho pasado no nos siga pesando. Y, por si esto fuera poco, se abre el camino para la construcción de un Chile que excede con creces un período presidencial. Se notaba en las opiniones lo inédito de esto: ¡es la primera vez que podemos decidir por un texto constitucional en democracia, sin los militares en el gobierno y con el congreso nacional funcionando! Cualquier historia que se escriba de este proceso constituyente, que no tenga en cuenta la emotividad de esta elección, se quedará corta a la hora de contar lo que se jugaba en ella. De hecho, en mi biblioteca, en la sección de libros de historia de Chile, tengo el lápiz bic que me acompañó en este proceso eleccionario. 

Ese domingo habían muchas razones para celebrar. A las 11 de la noche, tres horas después del cierre de las primeras mesas se contaba con el 90,78% de las mesas escrutadas. Quien ha pasado por la experiencia de ser vocal de mesa no puede dejar de reconocer este trabajo a pulso que permite que conozcamos, pronta y oportunamente, los resultados de los procesos electorales. Y, claramente, los resultados son para celebrar. Nunca me había sentido tan ganador en el proceso eleccionario, tanto que el brindis como la junta con los amigos de siempre no podía faltar. Teníamos el derecho a hacerlo. Había que celebrar, pero no sólo porque ganó el Apruebo y la Convención Constitucional, y la paliza en términos electorales de dicho triunfo, sino por lo que denotan dichas cifras: 78% de los votos releva que una nueva Constitución no es idea del “marxismo cultural” [sic], porque ese número no es votación de izquierdas, tanto así que en mi comuna, Puente Alto, lugar en el que arrasan Ossandón y Codina, el Apruebo tuvo el 87% de los votos. Había que celebrar porque 78% hace caer la idea de la polarización, palabrita tan mencionada en los medios de comunicación de masas; y esa de élites que se habrían comido la demanda popular imponiendo la demanda de una nueva Constitución. Había que celebrar, además, porque la derrota más grande no es de la opción rechazo a secas, sino de aquella cuya única propuesta fue la retórica del miedo, que anuncia como profecía trasnochada la debacle de un país que se acerca a sus ensoñaciones estilo pesadilla. Parafraseando a Benedetti, vencimos la derrota. ¿Cómo no celebrar por eso?

Después se sumó otro motivo para celebrar, pues en un estudio realizado por CADEM, mostró que los evangélicos habríamos votado un 57% por la opción Apruebo y 70% por la Convención Constitucional. ¿Celebrar? Claro que sí, y no porque hermanos que optaron por el rechazo perdieron, sino porque se cayó y se explicitó que no existe el “voto evangélico”, y que esta idea es meramente una ensoñación de élites evangélicas que gustan de arrogarse la representatividad de un pueblo unívoco que no existe, y que lo hacen añorando cuotas de poder. Por sobre el miedo a no estar en el “lado de Dios” [sic], primó la libertad de conciencia. 

Y después de cinco días del triunfo, sin lugar a dudas comienza otro tiempo, pues los triunfos políticos se miden siempre después del día de la fiesta. Este es el tiempo de trabajar. La paridad de los resultados de 78% por el Apruebo y la Convención Constitucional abren posibilidades inimaginadas para las candidaturas independientes a la Convención Constitucional. Si bien es cierto, las dificultades burocráticas (las firmas y trámites notariales) y de competencia de individuos o colectivos pequeños contra maquinarias partidarias prevalecen, de todas maneras que un 78% dijera no a los parlamentarios como convencionales abre la posibilidad de soñar por representación de ideas más plurales a la hora de construir el texto constitucional. Y debiesen ser un acicate de voluntades políticas de participar en el poder constituyente.

Y a propósito de esto último, decir que me asiste la convicción que cualquier ciudadano/a tiene el derecho de participar del proceso electoral, y que no se necesita tener una profesión x para hacerlo, sino el cumplimiento de la normativa constitucional (Arts. 13 y 132). Esto, por dos razones: a) porque cualquier hombre o mujer que vive en este país tiene la capacidad de pensarlo y saber cómo sería la vida en esta tierra podría ser mejor; b) porque la redacción del texto constitucional desde el acuerdo del 15 de noviembre de 2019 aseguró la existencia de una comisión técnica paritaria entre oficialismo y oposición (punto 10), que ya está trabajando y fue conformada por catorce abogados constitucionalistas, por lo que quienes tienen miedo de la calidad del texto, eso ya está asegurado. Por otro lado, los militantes políticos tienen todo el derecho a participar de la Convención Constitucional, pues los partidos políticos son un instrumento legítimo de organización y participación en la esfera pública. La caricatura de la “Señora Juanita” que es pasada a llevar una vez más, es más bien otro relato desde el miedo de los derrotados de esta ocasión. Luchar porque exista una mayor participación de independientes no obsta a que los militantes, sea cual sea su trayectoria política, puedan estar en una papeleta y en la Convención si son elegidos. Aquí lo que vale es el ejercicio democrático, ausente de las comisiones de expertos elegidos a dedo en las coyunturas constitucionales de 1833, 1925 y 1980. 

El tiempo del trabajo comenzó. No puede pasarnos lo mismo que en los inicios de los 90. La gente que ganó, no puede irse para la casa para guardar silencio y esperar que otros tomen las decisiones. Hay que participar. Una de las primeras tareas es generar consensos que deriven que en el reglamento de la Convención Constitucional sea obligatoria la participación de los convencionales en asambleas territoriales, desde tomen ideas fuerzas para sus opiniones. Ese contacto, que fusiona lo democrático, con lo pedagógico y con lo deliberativo es fundamental para fortalecer la legitimidad de la nueva carta fundamental. Y no hay que olvidar que hay un plebiscito de salida, con voto obligatorio. Lo peor que nos puede ocurrir es sentarnos en los laureles. Todavía no hemos ganado todo. Caminamos hacia allá…

Luis Pino Moyano.

Iglesias que arden y la relación entre poder y libertad.

“La única iglesia que ilumina es la que arde”, es uno de los tantos emblemas de malestar y rabia contra la iglesia y contra Dios (o imágenes que le representen), expresados por los anarquistas españoles de la primera mitad del siglo XX y que han sido tomados por culturas políticas de cuño similar en tiempos más recientes. No es un dato menor precisar el origen del emblema, toda vez que el anarquismo español fue el más laicista y anticlerical de dicha expresión política. Sin embargo, ha tenido entre sus filas otras corrientes y a pensadores como León Tolstoi y Jacques Ellul que se han reconocido como cristianos y anarquistas. En cambio, el anarquismo español, fue muy influido por el cientificismo positivista, y dicha forma de entenderlo fue recibida con mayor facilidad en América Latina, tanto por razones idiomáticas como por redes organizativas o sociales. Y es dicha influencia la que puede constatarse en las escenas iconoclastas del estallido, revuelta o reventón social desde octubre del año pasado a la fecha.

Comencemos con la siguiente premisa: las acciones iconoclastas, de quema de templos y bandalización de los mismos, es del todo repudiable y lamentable, y ello, no por el lugar ni por los objetos, sino porque lo único que muestran estos actos, es a personas que enarbolan las banderas de la libertad, pero que sólo refieren a una emancipación que es ensimismada e individualizada, construyendo un conservadurismo y moralidad, contradictoriamente semantizados como progresistas. Por ende, no solo son dañados muros, techumbres y los adminículos que hay dentro de los templos, sino también, los afectos de personas que construyen sus propias redes sociales al alero de una comunidad eclesial. Bajo la misma lógica, esa religión secularizada, también debería arder.

Junto con eso, se debe señalar que el fenómeno de la iconoclasia amerita ser reflexionado, más allá de la constatación de los hechos como acontecimientos repudiables, problematizando las causales, los medios y los fines que se buscan con ellos.

En primer lugar, quienes somos cristianos debiésemos interrogarnos sobre la razón por la cual templos de nuestra religión son bandalizados, porque mucha gente no hace la diferencia entre católicos o evangélicos, y mucho menos la hace de romanos, ortodoxos, luteranos, presbiterianos, metodistas, bautistas, pentecostales y un largo etcétera. Si se estudia la historia de las revueltas populares, regularmente, los edificios que sufrían la destrucción por parte de sujetos ligados a dichas manifestaciones, es porque identifican a dicho lugar con el poder. Y no con cualquier poder, sino con uno de carácter opresivo. Y por más que expliquemos que en la Iglesia de la Gratitud Nacional se llevó a cabo el Te Deum Ecuménico de 1973, con la junta militar de gobierno allí pero sin alabanza a ella, y que el lugar fue propuesto por el Cardenal Raúl Silva Henríquez debido a que dicho templo es de los salesianos y él pertenecía a dicha orden religiosa; o que la Vicaría de la Solidaridad tuvo su emplazamiento en salas aledañas a la catedral de Santiago; o como protestante que el templo  presbiteriano apedreado el año pasado en la ciudad de Valparaíso fue fundado bajo el pastorado de David Trumbull, quien propició una lucha por las libertades públicas en el país y en el plano educativo formó escuelas populares; o que iglesias pentecostales quemadas en la zona de la Araucanía tienen una amplia participación de mapuches en ellas, quienes son tratados de manera digna y más aún, muchos de ellos, lideran dichas comunidades; a pesar de todo eso, algo genera una identificación con el poder, tanto así, que no son pocas las personas que cuestionan que se defienda un templo en vez de hombres y mujeres que sufren a diario los rigores de la vida. ¿Qué hace que un sector de la sociedad nos considere enemigos? ¿Tiene algo que ver la inmoralidad del abuso de poder, expresado en maltratos económicos, eclesiales y de índole sexual? ¿Tiene que ver en esto el enriquecimiento ilícito, amparado en “bancos celestiales” presididos por el dios del consumo al que no se le ofrenda, sino que se le pacta en lógica de oferta y demanda? ¿Está presente en esta asociación la indolencia de muchos creyentes frente a la injusticia social, lo que se traduce en prácticas que van desde una actitud carente de misericordia frente a la pobreza y desamparo de nuestros prójimos, el desalojo de una ética cristiana fuera de la esfera eclesial y, en el peor de los casos, reproducir las acciones pecaminosas de otros bajo la excusa barata de un “todos lo hacen”? ¿Acaso no fue esto último lo que llevó a Alberto Hurtado, en el pasado motejado como “cura rojo” y hoy considerado santo por la Iglesia Católica, a escribir “¿Es Chile un país católico?” en 1941? Nuestra falta de realismo debiese llevarnos a reflexionar en cómo creer, pensar y vivir en el Chile actual. Y esto no es un llamado a transar en los principios fundamentales de nuestra fe, sino por el contrario, es un llamado a vivirlos.

En segundo lugar, quienes pugnamos por cambios en nuestra sociedad, y que hoy dentro del horizonte de expectativas tenemos una nueva Constitución, hacemos bien en cuestionarnos también esta actuación. ¿A quién daña y a quién beneficia la quema o bandalización de templos? ¿Beneficia la causa de quienes buscan un Chile distinto, alejado de los bastiones que instaló la dictadura militar? A esta altura del partido, ¿sorprende aún que los medios de comunicación centren su mirada en este tipo de “liturgias” de manifestación iconoclasta en lugar de la gran cantidad de personas que se manifiestan pacíficamente? Tanto aquellos que salen “a dejar la patá” [sic], como quienes reivindicamos el derecho a la legítima manifestación y protesta, debiésemos entender de una vez por todas que los discursos y los actos tienen efectos performativos, y siempre la espectacularidad roba la atención de lo que no es inédito. La quema y bandalización de lugares de culto, que es una muestra de intolerancia propia de movimientos totalitarios o de movimientos religiosos integristas como ISIS, afecta a un grupo específico de la población: las personas fieles a la fe cristiana, entre las cuales hay un amplio sector de seres humanos que se esfuerzan cotidianamente desde las calles o sus puestos de trabajo, por un mañana mejor. Y sí, hay curas pedófilos y pastores que se enriquecen, abusando de la fe y el poder que las instituciones religiosas les han conferido, pero dichos sujetos no son las comunidades eclesiales ni mucho menos son el cristianismo. No son las personas que trabajan día a día por vivir su fe de manera coherente, y cuyos lugares de culto tienen profunda significación. ¿Acaso no entienden que este tipo de actos en vez de sumar, resta; y que, en lugar de cuidar el proceso constituyente, lo afecta?

Este ejercicio analítico, que llama a profundizar la discusión y a no quedarse en el hecho noticioso, en ningún caso comprende-para-legitimar. Es todo lo contrario. Profundiza la crítica y el repudio de la acción autoritaria y de la crítica sin sentido de quienes bien podrían ser definidos como “continentes sin contenido”. Pues, si la libertad de creer es dañada, ¿dónde quedan las otras libertades públicas?

Luis Pino Moyano.

¿Aprobar una nueva Constitución es una posición evangélica?

Quisiera comenzar mis palabras mostrando mis colores: soy cristiano protestante de tradición presbiteriana. Creo que la Biblia es la Palabra de Dios, inspirada, autoritativa e inerrante. Mi definición doctrinal se encuentra contenida en la Confesión de Fe de Westminster, en su versión de 1903, la que suscribo como oficial de mi iglesia. Eso me lleva a declarar cuatro premisas que me parecen relevantes a la hora de hablar de esta temática:

· La primera, es que mi esperanza está en Jesucristo. Mi esperanza que no defrauda está sustentada en lo que Él hizo por su pueblo en la cruz del calvario, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que Él nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. Dicho de otro modo, mi esperanza no está puesta en un cambio social, sea quien sea que lo construya, no importando su tinte político. Es el Reino de Cristo el que trae justicia, paz y alegría, y será el mismo Señor resucitado quien consumará la historia. Mi esperanza, malamente podría estar en la “alegría que viene”, en un “crecimiento con igualdad”, en los “tiempos mejores” o en una nueva Constitución Política de la República. Todo constructo humano es falible y se queda corto al lado de la esperanza escatológica. 

· En segundo lugar, que creo en los principios que la Biblia enseña para la acción política y social. Y en esto, me parece relevante ocupar el concepto de principios. La Biblia no presenta un programa político definido, sino principios para la vida, los que pueden ser aplicados de maneras distintas, y así ha sido a lo largo de la historia. Un buen ejemplo es la Confesión de Fe de Westminster. Hasta su reforma de los capítulos 20.4, 23.3 y 31.2, que limitan la acción del magistrado civil en la esfera eclesial, realizada por la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos en 1788, los márgenes de separación entre la iglesia y el estado parecían diluidos. Y eso, es de toda lógica en un régimen cuyo sistema de gobierno era monárquico, pero no lo era en un estado nación que se había emancipado de dicho régimen. Los principios políticos y sociales de los redactores originales de la Confesión de Fe de Westminster y de sus reformadores eran los mismos, mientras que su aplicación práctica en el plano político fue disímil. 

· Tercero, y como fruto de lo anterior, nosotros podemos seguir siendo cristianos evangélicos que creemos todo aquello que consagra el Credo Apostólico (que es la síntesis doctrinal más unificadora a nuestro alcance), teniendo ideas respecto de la acción política distintas, mientras ellas no abracen constructos ideológicos completos de quienes en la base de su teoría nieguen lo que dice la Escritura. Y esa situación no se encuentra presente sólo en el marxismo cultural o en el progresismo (concepto polisémico, por lo demás), sino también las posiciones de derecha que se sustentan en el catolicismo romano, en el nacionalismo o en el liberalismo que fue uno de los primeros frutos del humanismo secularizado y racionalista. Entonces, el ejercicio crítico de las ideologías, antes de atacar al resto, debiese ser el de la autoevaluación en actitud de oración, bajo una pregunta sencilla, pero profunda si se responde con sinceridad: ¿mi pensamiento y acción en la política se sustenta en lo que enseña la Escritura o no?

· Y cuarto, no tenemos en Chile una Iglesia Evangélica. Y, puede ser aburrido repetirlo vez tras vez, sobre todo luego de que estén a la mano los libros de Vergara, Lalive, Muñoz, Lagos, Pereira, entre otros, que se han esforzado en hacer análisis históricos o sociológicos de ese “pueblo polifónico”. Pero, así está la situación, y hay que repetirlo una vez más: los evangélicos no tenemos una comunidad homogénea, por ende, carecemos de representantes amplios, no tenemos papas ni tampoco un solo corpus doctrinal entre las iglesias del país, por lo tanto, nadie se puede arrogar la representatividad del pueblo evangélico porque eso, en singular, no existe. Por tanto, ningún cristiano evangélico del país -sobre todo si es pastor, líder o maestro- debe promocionar una determinada opción política como representativa de los valores y principios del pueblo de Dios, porque no existe en Chile un partido o movimiento que aglutine aquello. Con mayor razón, no puede llamar a votar por una opción determinada, diciendo que es la única que se condice con lo evangélico, porque eso sería una violación de la libertad de conciencia, además de un ejercicio de cooptación clerical. Por ende, siempre que hablemos de acciones políticas en el espacio público, debemos hacerlo a título personal, nunca a nombre de la comunidad, dispuestos a responder preguntas a dudas honestas, rendir cuentas cuando corresponda, y pedir perdón cuando hemos ofendido a los demás.

Por lo dicho con antelación, creo que es sumamente legítimo que haya cristianos evangélicos que hagan una opción por el rechazo a una nueva Constitución, y que existamos otros cristianos evangélicos que optemos por el apruebo a una nueva Constitución. Sería inconsistente con lo que he declarado con antelación negar dicha posibilidad, quitándole inteligibilidad al relato del otro o, en el peor de los casos, llegar a satanizar la opción contrapuesta. Huelga decir que se esperaría la misma actitud de amistad cívica de quienes desde las filas de la fe cristiana asumen una opción contrapuesta a la que presentaré. 

¿Por qué opto por el “apruebo” a una nueva Constitución? Responderé desde dos puntos focales: uno histórico y otro desde una lectura teológico-política. 

1. La consideración histórica.

Creo que para un evangélico no puede ser baladí que nuestra carta fundamental actual haya sido producida en una dictadura que no trepidó en usar el terrorismo de estado para sostener y consolidar su proyecto histórico. En 1980 se llevó a cabo un plebiscito sin registros electorales, con estado de emergencia, con acceso casi nulo a la oposición al régimen de facto para acceder a espacios de comunicación de sus ideas, sumado al hecho, que la opción “Sí” constituía un límite claro al régimen de Pinochet, pues el Art. 25 consagraba que la primera magistratura de la nación tendría una duración de ocho años, en cambio la opción “No” aceraba aquello que para el historiador Mario Góngora era el máximo error de Pinochet, a saber, “su voluntad desmesurada de durar” [1]. En otras palabras, las reglas del juego para la actividad en la polis fueron construidas a imagen y semejanza de una dictadura militar, que más allá de su derrota político-electoral en 1988 y 1989 y la eliminación de los “enclaves autoritarios” de las páginas de la carta fundamental en 2005, durante el gobierno de Ricardo Lagos (en uno de los tantos actos performáticos que han sido denominados como el fin de la Transición), se mantienen vigentes sobre todo con su poder contramayoritario. Ese poder fue explicado por Jaime Guzmán de la siguiente manera: “En vez de gobernar para hacer, en mayor medida, lo que los adversarios quieren, resulta preferible contribuir a crear una realidad que reclame de todo el que gobierne una sujeción a las exigencias propias de ésta. Es decir, que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque -valga la metáfora- el margen de alternativas posibles que la cancha imponga de hecho a quienes jueguen en ella, sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario” [2]. La negación del cambio no es otra cosa que la negación de la polis, que imposibilita la mejora o el cambio de aquello que tiene origen histórico y político como si se tratara de algo dado por la naturaleza. 

Pero hay otra variable que debe ser tenida en cuenta en este punto focal histórico. Hoy estamos en un “momento constituyente” que resultó ser la salida institucional a un momento de crisis con un “reventón social” que muy pocos dentro de la clase política civil avizoraron. Con todo lo que se pueda cuestionar de los hechos acaecidos desde octubre en adelante, resulta innegable que esta era la cosecha amargada de la “alegría triste y falsa” que se volvió sentido común en el quehacer político del país, junto con todos los abusos y corruptela moral tapada por la vana jactancia en una supuesta diferencia respecto de nuestros vecinos del barrio latinoamericano. La violencia de los saqueos que barrió no sólo con la honestidad de la población, sino con la supuesta moderación y orden de la identidad chilena, el enfrentamiento violento entre las fuerzas policiales y la “primera línea” con las tristes consecuencias consabidas por todos, sumado a una expresión pública de las marchas, asambleas y cabildos, en los que se expresó la multiplicidad de voces y proyectos, hace que valga la pena preguntarnos ¿qué nos une como país? El pasado, ese de poco más de doscientos años de vida republicana y el reciente herido por un “golpe” cuyas secuelas se siguen viviendo a 47 años no nos une. Y, al parecer, el presente tampoco. Y, para qué hablar del futuro, cuando la política analfabeta no está pensando un proyecto país a cincuenta años plazo, sino que es atacada por la coyuntura, el cortoplacismo y las reacciones de aprobación en encuestas y redes sociales. 

Por todo ello, esta es una oportunidad. Se trata de la primera vez que una Constitución en el país sería escrita y promulgada en un contexto democrático, sin una minoría amparada por el poder de fuego de los militares como en 1833, 1925 y 1980. Y por lo mismo, es que este texto constitucional debe dar cabida a todas las voces sin olvidar que se trataría de la carta de navegación para toda la ciudadanía, y no para unos pocos. Debemos desempolvar y exorcizar esa palabra llamada “consenso” si queremos tener como mira la construcción de un país. Patricio Zapata, abogado constitucionalista, usando la misma metáfora futbolera de Jaime Guzmán pero en otra sintonía dirá que “Existe un problema constitucional cuando la Carta Fundamental de un país, lejos de ser la ‘cancha’ que todos, o casi todos, reconocen como el espacio común en el cual llevar adelante la disputa cívica, es, más bien, un elemento que divide y excluye” [3]. Ni la imposición de agendas ni el miedo a lo nuevo contribuyen a la unidad en la diversidad que un país requiere para sostener la  libre actividad política en democracia. Esto es más que consistente con una alternativa cristiana por la paz activa [4]. 

2. La consideración teológico-política. 

En este punto quisiera huir, de inmediato, de una lectura caricaturesca que hace pensar que quienes sostenemos el “Apruebo” pensaríamos que el cambio constitucional sería la panacea para todos los problemas de la gente. Nada más alejado de la realidad. Una Constitución no abarca todos los asuntos que tienen que ver con los seres humanos que habitan un país, pero eso no obsta para que pongamos nuestra preocupación allí, construyendo una alternativa para cambiarla. Dicho de otro modo, la Constitución no soluciona todos los problemas, y no está para eso, pero sí puede ayudarnos a cambiar algunos. Y por sobre todo, puede ayudarnos en el anhelo de pensar el Chile del siglo XXI en el largo plazo, y no sólo en las necesidades contingentes o coyunturales. 

Para quienes somos creyentes cristianos existe una clara posibilidad para reconocer que en nuestras sociedades hay maldad, injusticia, inequidad y abuso, porque tenemos nociones respecto de la bondad, justicia, equidad y bienestar. Esos conceptos son trascendentales e inmateriales y sólo adquieren historicidad cuando son llevados a la práctica. ¿De dónde tomamos esas nociones? De la declaración bíblica que nos revela a un Dios santo y justo y que norma y da sustento a nuestras vidas con su Palabra. Es por la obra de Cristo que hemos sido redimidos, lo que nos ha posicionado en una relación reconciliada con Dios, nos ha devuelto nuestra dignidad perdida y nos ha dado la capacidad de ser testigos con la palabra y los actos de amor que contribuyen al bienestar de quienes nos rodean. 

Si bien es cierto, hoy el lenguaje de derechos se ha banalizado y sirve para todo, es justo decir, que cuando distintos países del mundo se unen propugnando que los delitos de lesa humanidad ocurridos durante la segunda guerra mundial no se vuelvan a repetir, y establecen la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hay mucha sintonía con la enseñanza bíblica que recorrió por tierra, cielo y mar desde los albores de la iglesia primitiva [5]. Los derechos humanos no son un “gol de media cancha” como dijera Marcela Aranda hace unos años atrás, porque la declaración de la dignidad humana y su protección son consistentes con el cristianismo que entiende al hombre y la mujer como seres creados a imagen y semejanza de Dios, que en tanto criaturas gozan del señorío del Todopoderoso Creador, y que en tanto personas gozan de la libertad y la capacidad de crear, pensar y vivir. A su vez, los derechos tampoco niegan los deberes. Aquí es de mucho valor la precisión conceptual propuesta por René Padilla, cuando señaló que: “a la Biblia más le interesan los deberes que los derechos: los deberes humanos frente a Dios, frente al prójimo y frente a la creación. Es bueno recordar esto en una sociedad donde cada sector de esta reclama constantemente sus derechos sin preocuparse mayormente por sus deberes. Sin embargo, hay una estrecha relación entre derechos y deberes. La conexión se hace cuando reconocemos que los derechos humanos que preocupan a la conciencia cristiana son los derechos del otro, y que los derechos de los demás son deberes nuestros” [6]. El reconocimiento de la dignidad humana nos hace pensar no sólo en mi condición digna, sino en la del amplio “nosotros” de un pueblo-nación. Existe posibilidad de pensar y actuar en concordancia de un humanismo genuinamente cristiano [7]. 

Es desde esta consideración, que la nueva Constitución emergida desde un contexto democrático, debiese comenzar con una declaración de principios orientadores ad hoc que propugnen el bienestar común y la justicia social, reconociendo los derechos humanos como universales, inalienables e imprescriptibles, constituyendo a estos como el principio fundamental de dicho documento normativo. Dentro de las nuevas cosas que el texto constitucional debiese considerar, a mi juicio, están la cuestión de la plurinacionalidad y una real descentralización, la existencia de un congreso unicameral y la posibilidad de referéndums revocatorios y plebiscitos potenciando una democracia semiparticipativa. A su vez, debiese limitarse la acción de las FFAA y de orden como garantes del proceso democrático, porque de facto les coloca en una posición deliberante. Como protestante, espero que la nueva Constitución señale explícitamente la separación del estado y las organizaciones eclesiales, estableciendo desde una comprensión laica, la posibilidad que las religiones y quienes las suscriban puedan expresarse con libertad en el espacio público, sin limitar su acción a la esfera privada. La limitación de las imposiciones de actores religiosos no implica la limitación de la libertad de conciencia y de la acción social desde una cosmovisión que tiene correlato más allá de los muros de los templos. La fe, por definición, es pública. Es más, me asiste la convicción, que no existen libertades públicas si la libertad de creer y actuar en concordancia a dicha fe en el espacio público es negada o dificultada. 

Para ello, los evangélicos no sólo debiésemos participar de los plebiscitos de entrada y de salida de la coyuntura constitucional, sino también estar en la Convención Constitucional, sea como militantes de partidos políticos o como independientes. Pero espero que dichos hermanos y hermanas (por cierto, algunos de ellos habrán optado por el “rechazo” en la primera etapa) entiendan y practiquen la idea de cobeligerancia y no de alianza, no busquen pequeñas cuotas de poder para aparecer en televisión un par de días más que para el Te Deum y el 31 de octubre, ni mucho menos acomoden sus discursos y agendas a los de otros, dejándose amoldar por el mundo actual (véase Romanos 12:2). Es de esperar que dichos hermanos y hermanas no tengan una visión acotada de la participación en política sólo para decir cosas que tienen que ver con los llamados “valores” o de alcance en el espacio privado, saliendo de la terrible ensoñación de la falta de realismo y de la política en minúscula. Es de esperar que esos hermanos y hermanas no tengan miedo a la confrontación de ideas, que opinen desde una cosmovisión bíblica y cristiana en la base, pudiendo con ello, hablar de todos los temas que se presentarán en el debate. Que desarrollarán su trabajo como convencionales con responsabilidad, excelencia y distintivo cristiano, lo que se traducirá en que más allá de las alianzas o partidos políticos en los que militen, serán fieles a la Palabra de Dios en detrimento de las órdenes que atenten contra ella. Y por supuesto, espero de dichos hermanos y hermanas que defiendan, amen y pujen junto a los desamparados cuyas voces son día a día acalladas: pobres, huérfanos, viudas, inmigrantes y niños y niñas que todavía no nacen, cuyos gritos son inaudibles desde el exterior. Y, por cierto, que todo eso lo hagan con clara conciencia de su condición de minoría, pero de minoría valiente y no victimizada, inteligente y no atrapada por los discursos que se postulan como sentido común en izquierdas y derechas. Una minoría que tenga en cuenta lo dicho por Jürgen Moltmann: “Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana’, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa” [8]. 

Claramente, para ello, no sólo habrá que esperar, sino participar activamente, dentro y fuera de la Convención Constitucional. No bastará entonces sólo aprobar, sino estar dispuestos a ser testigos… aquellos que portamos un testimonio con la vida. 

Luis Pino Moyano.

[1] Raquel Correa. “Las lecciones de la Historia”. En: El Mercurio. Santiago, 9 de diciembre de 1984. Citado en: Mario Góngora. Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. Santiago, Editorial Universitaria, 2006, p. 340. 

[2] Citado en: Sofía Correa et al. Historia del siglo XX chileno. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001, p. 325. 

[3] Patricio Zapata. “La Constitución del bicentenario. Once tesis y una propuesta concreta”. En: Claudio Fuentes y Alfredo Joignant (editores). La solución constitucional. Plebiscitos, asambleas, congresos, sorteos y mecanismos híbridos. Santiago, Catalonia, 2015, p. 165. 

[4] He hablado de esto con mayor profundidad en mi artículo “Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa”. En: Estudios Evangélicos. 29 de octubre de 2019. http://estudiosevangelicos.org/ni-zelotes-ni-herodianos-por-una-alternativa-cristiana-de-paz-activa/ (Consulta: septiembre de 2020). 

[5] Un buen libro para entender esto es: Vishal Mangalwadi. El libro que dio forma al mundo: Cómo la Biblia creó el alma de la civilización occidental. Nashville, Grupo Nelson, 2011. 

[6]. René Padilla. “La Biblia y los derechos humanos”. En: René Padilla et al. Los derechos humanos y el reino de Dios. Lima, Ediciones Puma, 2010, p. 18. 

[7] Véase: “Manifiesto Humanista Cristiano”. En: Estudios Evangélicos. 21 de julio de 2019. http://estudiosevangelicos.org/manifiesto-humanista-cristiano/ (Consulta: septiembre de 2020). Este documento fue publicado originalmente en “Eternity Magazine”, en enero de 1982, y fue firmado por Donald Bloesch, George Brushaber, Richard Bube, Arthur Holmes, Bruce Lockerbie, J. I. Packer, Bernard Ramm y James Sire.

[8] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264. 

Sobre las vacaciones adelantadas, el retorno presencial y la tozudez.

Vivimos en un país en el que, lamentablemente, nuestras autoridades civiles no han dado el ancho en contextos de crisis. Hemos visto el retraso a la hora de actuar para paliar las necesidades en situaciones contingentes y en la generación de planes de acción para el futuro cercano. Una muestra gráfica de aquello está en el primer anuncio de suspensión de clases, el domingo 15 de marzo de 2020, que fue antecedido una hora antes por la declaración del comité de expertos convocado por el Ministerio de Salud en el que se señaló lo innecesario de suspender actividades presenciales, como por ejemplo, las clases de los colegios. Fue la presión de los alcaldes, del Colegio Médico y otros actores de la sociedad civil que conllevó esta medida. Eso no es otra cosa que improvisación. No necesariamente somos reos de nuestras propias palabras, porque tenemos derecho a cambiar de opinión. El gobierno también tiene ese derecho, sobre todo cuando está ante opiniones fundadas. Pero cuando sucede en menos de una hora, es simple señal de improvisación. No está de más decir, que esta medida se tomó un día antes del inicio de una nueva semana escolar. 

El miércoles 25 de marzo, el MINEDUC extendió la medida, para las dos primeras semanas del mes de abril, para que luego, las dos siguientes semanas, del 13 al 24 de abril, fueran de vacaciones. Vacaciones de invierno adelantadas. Claramente, esta medida tiene un aspecto loable: manifiesta coherencia con el discurso de la educación de calidad, toda vez que suspender lo presencial implica volver a planificar con una propuesta ad hoc de educación virtual. Es siempre bueno tener planes B, pero trabajar con ellos todo el tiempo no es lo óptimo. Tener claridad de los tiempos, facilita la planificación. Además, hay una segunda cuestión valorable: el ánimo de no perder el año escolar. Dicho lo anterior, creo que no se tuvo un criterio fundamentalmente pedagógico a la hora de tomar la decisión de adelantar las vacaciones de invierno, puesto que a esta altura, ya estaríamos con planes y prácticas adecuadas a la realidad de la educación a distancia, y dos semanas, implicarán la pérdida de ritmo, sobre todo si las condiciones a fines de abril y principios de mayo no implicarán necesariamente un retorno presencial. Pensar ese retorno de manera taxativa es innecesario, puesto que lo mejor en casos como estos es generar una revisión periódica de lo presupuestado. 

Ayer 9 de abril, Raúl Figueroa, ministro de Educación, declaró: “Las clases presenciales son muy difíciles de reemplazar; se han hecho importantes esfuerzos, nosotros los hemos promovido y los agradecemos respecto de toda la comunidad escolar, para seguir adelante procesos de educación a distancia, pero estamos también convencidos que, sobre todo en el mundo escolar, la clase presencial es muy importante, y por lo tanto debemos tomar todas aquellas medidas que nos permitan recuperar la mayor cantidad de horas posibles en el sistema escolar”. Si bien es cierto, la misma autoridad gubernamental ha relativizado la posibilidad del retorno presencial el 27 de abril, actúa de hecho apelando a la necesidad de volver según dicho mecanismo. 

Soy consciente, como profesor, que lo que se da en el aula de manera presencial es irremplazable. Y que, además, nosotros hemos sido formados para el desarrollo de una actividad presencial y no para el ejercicio profesional virtual, lo que ha conllevado el desafío de modificar nociones, el ingreso al uso de plataformas y dotar el sistema de una mayor flexibilidad. Pero es irresponsable y falto de criterio pedagógico pensar que la educación tiene que ver fundamentalmente con lo presencial o con horas de clases recuperadas o perdidas. Es irresponsable, porque, en primer lugar, no puede haber educación de calidad si las condiciones de salubridad, de transporte y de vida están limitadas por una situación nacional totalmente distinta. ¿Cómo se puede pedir ir al colegio si quienes son estudiantes y trabajan en la educación pueden contagiarse en la micro o en el metro? ¿Cómo puede pensarse en la educación presencial de calidad si en casa las condiciones de alimentación cambiaron debido al despido de padres, madres y apoderados de sus fuentes laborales en medio de esta situación? Y, nuevamente, vemos la ausencia de criterio pedagógico cuando la actividad educativa se entiende como la entrega de contenidos y de horas realizadas. La educación tiene que ver con eso, pero por sobre todo con la capacidad de pensar y reflexionar la realidad de lo que ocurre dentro y fuera del aula, con el desarrollo de habilidades, con lo afectivo y emocional, con el buen vivir. Todo eso queda fuera de una noción economicista y academicista que no dota de centralidad al estudiantado a la hora de educar-nos. Yo extraño a mis estudiantes, extraño el encuentro y la magia del aula. Pero prefiero no encontrarme presencialmente con ellos/as si eso implica riesgo para su bienestar. 

Además, el ministro señala que se “se han hecho importantes esfuerzos”. ¿Cuáles son? ¿Podríamos nombrarlos? ¿Habilitar una plataforma virtual del Mineduc con recursos pedagógicos? ¿Liberar los PDFs de los textos escolares? ¿Seguir pagando la subvención a los colegios -como corresponde, porque seguimos trabajando, ahora más con lo difuso que se vuelve el teletrabajo? ¿Qué más? Los otros esfuerzos han sido de establecimientos, profesionales de la educación, estudiantes, padres, madres y apoderados/as. Y no basta con su promoción y agradecimiento. Es la hora de generar políticas educacionales de verdad, con compromisos económicos mayores de parte del estado:

  • Uso de toda la mañana del canal público -Televisión Nacional de Chile-, para la transmisión de contenido educativo, con clases de todas las asignaturas y con cierta transversalidad en los niveles. Si hay algo que ha evidenciado esta crisis, es la segregación social del país. Sí, una vez más. Porque la modernidad no ha llegado a todos los lugares del país (lo que debiese inhabilitarnos por un rato en la discusión sobre la posmodernidad u otros tipos de modernidad líquida, radicalizada, etc. Así, se puede llegar con mayor facilidad a los sectores donde una conexión a internet es impensada, lo que puede ser acompañado con carpetas con guías impresas (disponibles en el colegio y entregadas guardando los protocolos de salud), llamadas telefónicas para hacer explicaciones breves, entre otras.
  • Realización de capacitaciones pedagógicas para el uso de plataformas educativas a distancia y subvención para el acceso de parte de las/os profesionales de educación a herramientas para llevar a cabo ese trabajo: computadores, acceso a internet de mayor potencia, cámaras, micrófonos, etc.
  • El estado debiese convocar la solidaridad de la empresa privada, buscando liberar accesos WiFi en distintas zonas del país, donando computadoras a estudiantes, a las editoriales regalando libros físicos o haciendo disponibles ediciones digitales, etc. 

Hoy, más que pensar las políticas gubernamentales en la lógica economicista y de campaña publicitaria, se hace necesario pensar la realidad de manera multifocal y atendiendo a las “necesidades reales de la gente”, como les gusta decir a los políticos profesionales de distinta bandería. Porque si hay algo que es deber del estado es cuidar y promover el bien común. Y el resguardo de las condiciones dignas para los/as estudiantes de Chile claramente está allí. 

Las vacaciones ahora son un hecho. Que el retorno presencial se dé cuando las condiciones lo permitan. Si eso es mayo, junio o julio, ¿qué importa? Lo importante, es que se dé cuando la población no tenga riesgo a enfermarse. Mientras, se deben hacer esfuerzos por fortalecer la dinámica virtual con medidas tendientes a ello, y no sólo con la espera de la iniciativa privada o particular de quienes somos profesionales de la educación. Fines y medios van de la mano. ¿O no?

Luis Pino Moyano.