Presbiterianos hablando de política.

“- ¡Cómo es posible que pastores y presbíteros hablen de política!”. Ese reclamo, cuya legitimidad no debe ser puesta en duda, adolece de un problema: el desconocimiento de la historia de la iglesia. El presbiterianismo chileno, y particularmente la Iglesia Presbiteriana de Chile, a lo largo de su historia ha cumplido un importante rol en la sociedad. Durante el siglo XIX promovió la defensa de las libertades públicas, más adelante consagradas en las leyes laicas del gobierno de Domingo Santa María. Durante el siglo XIX y principios del XX promovió instancias educativas, hogares de menores, centros salud como la Maternidad Madre e Hijo. Durante el siglo XX se opuso a la obligatoriedad de las clases de religión católica en los colegios. Y en la participación de alguno de sus miembros, fue pieza fundamental para la promulgación de la Ley de Libertad de Cultos. Y sí, nuestros pastores, oficiales y miembros, hablaban mucho de política y de lo social. Basta echar un vistazo a las publicaciones de “El Heraldo Evangélico” y “El Heraldo Cristiano” para notar artículos sobre el acontecer noticioso chileno y del extranjero, promoviendo ciertos proyectos políticos y sociales como la separación de la Iglesia Católica y el estado en 1925, o generando una lectura interpretativa a la luz del cristianismo de corrientes políticas. O, también, podría servir recordar cómo los pastores más antiguos de la iglesia desarrollaban los “desayunos pastorales” en los que se leía la Biblia y el diario, y se conversaba en torno a ellos. 

Claramente, la práctica de esa “vieja escuela presbiteriana” tuvo un momento de dificultad con el golpe de estado de 1973 y el gobierno de facto emanado de él. Pero, en esos años nunca la medida fue censurar la opinión de los miembros de la Iglesia, sino más bien poner en la palestra que siempre que un miembro de la IPCH hablara en el espacio público lo hacía a título personal y nunca arrogándose la representatividad de la Iglesia. Ni en esas horas se puso en duda uno de los valores más preciados del genio del presbiterianismo chileno, a saber, la libertad de conciencia. Por eso, con todo el respeto que me es posible, no deja de llamar la atención el cierto tabú que algunos miembros de la iglesia quieran imponer respecto de dicha temática. Es entendible que quienes vivieron como jóvenes dicho período, y sufrieron tensiones en actividades eclesiales, quieran promover la paz, pero la paz no se basa en el tabú que permite la convivencia, sino en el entendimiento que ninguna de nuestras diferencias importa al lado de conocer a Cristo. Son basura al lado de eso. Y si nosotros nos esforzamos por levantar las barreras que antes nos separaban y que Cristo botó con la sangre de su cruz, estamos simplemente haciendo más caso de ídolos del tiempo presente que de lo que expresa el Dios Todopoderoso en su Palabra. 

No obstante lo dicho con antelación, y en mirada complementaria de ello, quienes no tenemos miedo o que no queremos imponer un tabú a la hora de hablar de estos temas, debiésemos tener en cuenta los siguientes principios, que en la hora actual no está de más recordar:

  1. La Biblia no presenta un programa político definido con todas sus líneas de acción. Lo que si presenta son principios para su entendimiento y labor. Nos enseña que dicha tarea es honrosa y que también es un espacio de adoración a Dios, por lo que debe ser llevada a cabo con responsabilidad y distintivo cristiano. Quienes somos presbiterianos podemos ser ayudados y sustentados en esta mirada, cuando leemos y practicamos lo planteado por nuestra Confesión de Fe de Westminster, en su capítulo XXIII titulado “Del magistrado civil”. 
  1. Que nada de lo que digamos puede pretender ser palabra cerrada o definitiva, ni mucho menos arrogarse la representatividad de la Iglesia o de “lo reformado”. Porque si lo que la Biblia otorga de la temática son principios y no una metodología de aplicación, puede que nuestros prismas respecto de ello sean diversos. Lo fundamental aparece consagrado en nuestros estándares de fe, lo secundario siempre es tema de discusión y nunca puede ser entendido como fundamental, pues eso se transforma inmediatamente en argumento de división. Dios nos libre de ello. 
  1. En sintonía con lo dicho con antelación, debemos actuar con amor cristiano, partiendo con acciones de respeto hacia nuestros hermanos que pueden divergir de algunas de nuestras ideas, como también respecto de otros prójimos, entre ellos del magistrado civil. Actuar con respeto es actuar con responsabilidad, y es lo que posibilita que nuestros debates no sean diálogos de sordos. Ahí el capítulo XX de nuestra Confesión de Fe, “De la libertad cristiana y la libertad de conciencia” nos puede ayudar en demasía, porque nos permitiría entender que la libertad siempre es comunitaria y se nos es regalada como don para amar y servir, y que no existe libertad de conciencia sin que esta se encuentre atada a la Palabra de Dios. Que la Biblia y no las ideologías sean el filtro y lente desde el que observamos la realidad. 

Cristo, Señor de todo, tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Él hace que el mundo, con sus sombras y muerte, sean el “teatro de la gloria de Dios” (Calvino), porque Él guía la historia hacia su consumación. Nuestra acción responsable en el mundo, como iglesia institucional y orgánica, es decir, como Iglesia Presbiteriana de Chile y como presbiterianos esparcidos en la sociedad, es el testimonio de esta esperanza. 

Fraternalmente en Cristo, Luis Pino Moyano.

El reventón social que nadie imaginó.

Estadio Nacional. Se juega un partido de las eliminatorias para el mundial de Qatar y se enfrenta Chile con la selección venezolana. El himno nacional es coreado hasta el final a toda voz, el ambiente es festivo, todo hace presagiar el triunfo. Lo mejor está por venir. Pero… a los 10 minutos del primer tiempo, Chile pierde por dos goles a cero. No es que no podamos perder con la selección vino tinto, pero una derrota como esa nadie la imaginaría. ¿Qué esperaría uno como hincha? Que el director técnico se la juegue y ya al minuto 20 tenga una lectura renovada del partido, entienda la realidad que se está viviendo y provea de un cambio que permita remontar la situación. 

El relato del párrafo anterior es imaginario. Y lo construí para dar a entender cómo entiendo la reacción de la clase política civil, particularmente, el sector que hoy día es gobierno. Sebastián Piñera fue elegido presidente con una campaña que preveía los tiempos mejores, que anunciaba mejoras en la calidad de vida y en el trabajo, y una lucha para terminar la fiesta de la delincuencia. El devenir paupérrimo de la acción política del gobierno anterior pavimentó el camino para que existiera un gobierno “Piñera 2”. El tema es que cuando la política deja de lado la mirada analítica y la acción seria, para preocuparse principalmente de lo performático, cuya expresión más interesante es la campaña publicitaria electoral, donde hay grandes eslóganes que suenan fuerte pero dicen poco. Pero eso genera expectativas. 

Desde el 2011 se venía incubando un descontento social, que uno no preveía dónde ni cuándo iba a explotar. Educación con lucro y segregación, pensiones paupérrimas, corrupción en los institutos armados, empresas que financian la actividad política con acciones dolosas, pensiones indignas para los jubilados mientras las AFP se enriquecen a costa del esfuerzo de otros, el asesinato de Camilo Catrillanca que muestra de manera indubitable la mentira y el montaje de quienes se supone resguardan nuestra seguridad, los casos de abuso-pedofilia-y-estupro al interior de la Iglesia Católica Romana, “el banco de la fe” existente en algunas iglesias evangélicas, el cierre de empresas y la consecuente cesantía, la economía que decrece… ¡Uf! el alza del precio de la locomoción colectiva. Y de un momento a otro, nos encontramos con evasiones masivas, acciones policiales con bombas lacrimógenas al interior del metro, incendio de estaciones y trenes, protestas masivas, saqueos. Eso era inimaginable hasta el viernes. 

Más inimaginable era que cuando se escuchaba a uno de los dirigentes sindicales de Metro, Eric Campos, se hiciera visible una capacidad analítica política mayor que la de la clase política civil en el gobierno, llamando al diálogo con actores sociales, a sacar la práctica represiva de las estaciones de Metro y el llamado de cerrar todas las líneas de la red de trenes subterráneos todo el día viernes, por razones de seguridad para trabajadores y usuarios. Esa última medida se fue aplicando paulatinamente, las otras han estado ausentes. ¿Cuál fue la respuesta? Una acción inimaginable hasta el viernes. ¿Alguien previó que este viernes pasado todo terminaría con estado de emergencia y que luego el sábado se aplicara toque de queda? Ese elemento no lo vi antes. Nadie lo imaginó. Y nadie quiso verlo porque el estado de excepción con toque de queda incluido, por movilizaciones sociales, era algo que no se veía de los tiempos aquellos, de la dictadura. Cuando el día sábado, a media tarde, Piñera aparece para anunciar el envío de un proyecto de ley para suspender el alza de los pasajes, la medida era tarde. Era como si el entrenador de Chile del partido imaginario del comienzo de este relato recién hubiese reaccionado en el entretiempo, cuando ya había desgaste y descorazonamiento. Cuando ya se iba perdiendo por 4 a 0. Cuando Piñera anuncia la baja de los pasajes ya estaban puestas sobre la palestra otras demandas sentidas de la sociedad, con altas dosis de descontento. Cuando ya era tarde. Sumado a ello, con la alta dosis de este presidente por sacrificar a sus ministros y él mantenerse indemne en medio de las crisis, cuando un líder verdadero está en la primera línea de batalla. Ahora hay que estar con las mangas de la camisa arremangadas, como en las fotos y en las conferencias de prensa.

¿Cómo va a terminar esto? No sé. No me atrevo a poner por escrito nada, porque en momentos como estos quisiera equivocarme en las cosas que se me vienen a la cabeza. 

Pero no puedo cerrar esta nota sin tres consideraciones:

La primera, dice relación con las acciones colectivas de diverso cuño que hemos visto durante estos días, pero que algunas personas en un afán ideológico tienden a unir, como si todas fueran parte de un mismo fenómeno. Aunque ocurran el mismo día e incluso tengan el mismo gatillante, no podemos meter todo en un mismo saco y construir monstruos que sólo existen en nuestra cabeza. Debemos hacer el esfuerzo por entender que una cosa es la manifestación de la ciudadanía, que pone en la palestra su descontento, con acciones que van desde el mitín en una plaza, las asambleas, las ollas comunes y caceroleos, e inclusive las que se dieron en el metro con evasión incluida (esta última práctica, como cosa de la que no estoy de acuerdo), deben diferenciarse de la acción de las ordas de “anarco-primitivistas”, sujetos que lo único que hacen es causar destrozos o ponerse a pelear “con la yuta” no entendiendo la falta de paridad en el uso de la fuerza. Y ambas, deben diferenciarse de los saqueos en recintos comerciales, casas o a los comerciantes de las ferias libres que con valentía abrieron sus puestos para que la comida no faltara. Era increíble ver cómo el rostro de Chile, ese de jaguar latinoamericano, de ingleses de América Latina, con nuestros mitos sobre la diferencia, se nos cayó cual máscara sin sujeción. Era increíble ver como alrededor de un supermercado mayorista de Puente Alto, lugar en el que vivo, tenía una fila de autos estacionados que eran llenados con mercadería. Allí no sólo había lumpen, había gentes de carne y hueso, a las que la exaltación y el impulso agresivo les llevó a moverse a esta acción. Las acciones delictuales se ven facilitadas e, inclusive, ayudadas, por este estado de excepción, sobre todo en jóvenes y adolescentes que buscan construir currículum delictual o, a lo menos, una historia deplorable de la cual fanfarronear. 

Por otro lado, como cristiano no puedo dejar de referirme a estos actos de violencia, centrando mi mirada en aquella asociada a la movimientalidad social. La violencia, en la lectura bíblica, es fruto de la caída y es acción pecaminosa. Matar, robar, golpear a otros, mentir son pecados. Pero, la Biblia nos permite también un acercamiento comprensivo de ella. Y aquí quiero ser sumamente claro: comprender no significa ni justificar ni gozar. La Escritura es tajante al decir, en voz del profeta Oseas: “Sembraron vientos y cosecharán tempestades” (Oseas 8:7). Sin un ápice de gozo y sin justificar absolutamente nada, muchas de las expresiones de rabia y agresividad que hemos visto estos días, surgen de años de descontento y acumulación de insatisfacción. Es la cosecha amargada de la “alegría triste y falsa” que por años se ha intentado construir en este país. Es la cosecha de todos los abusos y corruptela moral que hemos visto por años en un país que se jacta frente a nuestros vecinos. Y aquí estamos, con la cara manchada de pena y rabia por lo que pasa en nuestro país. 

Ahora bien, los creyentes cristianos no somos pacifistas ni quietistas, como tampoco somos de aquellos que en un estado de intemperancia actuamos impulsados por la agresividad. Jesús dijo: “En aquel tiempo muchos se apartarán de la fe; unos a otros se traicionarán y se odiarán; y surgirá un gran número de falsos profetas que engañarán a muchos. Habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:10-12) Y acaso, ¿no es eso lo que estamos viendo hoy? El amor se ha enfriado. Pero los creyentes cristianos, impulsados a ser pacificadores, es decir “artesanos de la paz”, lo que buscamos es construir una paz activa sustentada en la justicia revelada en la Biblia, sin olvidarnos jamás que aunque el amor se enfríe en todos, Jesús nos enseñó que: “Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros. De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Juan 13:34,35). 

Con pena y rabia por lo que pasa, pero con la esperanza eterna y segura,

Luis Pino Moyano. 

Puente Alto, 20 de octubre de 2019.

[Vídeo] Cristo, Señor de la naturaleza. Bases bíblicas para la ecología.

Parte de lo expuesto fue planteado en el post: “Biblia y ecología. Una aproximación”.

Te invito a dialogar acá en el sitio, con tus preguntas y opiniones. Si te parece lo planteado, compártelo con otras personas.

Cordialmente, Luis.

40 horas para vivir bien.

Más allá de toda la discusión suscitada por el proyecto de reducción de 45 a 40 horas laborales, que en el congreso ha dado una muestra patente de la política analfabeta exacerbada por el elemento mediático (cuñas para los noticieros o verborragia twittera de 280 caracteres y poca densidad), debe destacarse la necesidad de afrontar una decisión política en torno a esta problemática que afrontamos en Chile. Ocupamos, dentro de los países de la OCDE (que es con los países con los que nos gusta compararnos), el quinto lugar dentro de las mayores jornadas laborales. Eso ya constituye un dato de la causa. Si a eso le sumamos los tiempos de desplazamiento, ¿cuánto pasamos los/as trabajadores/as del país en sus hogares? ¿Cuánto tiempo libre para la actividad que deseemos realizar, sea con la familia, amigos/as o en soledad, tenemos? La cerrazón e inflexibilidad de ciertos dogmas ideológicos no permite que miremos la política económica de un país a escala humana. Los seres humanos tenemos la capacidad de trabajar, no sólo somos “homo sapiens” sino también “homo laborans”… pensamos y hacemos. Pero a su vez, el trabajo no lo es todo, por lo tanto debemos pujar para que no se constituya en aquello que da sentido e identidad para la vida en una lógica de consumo que consume, si se me permite parafrasear a Moulian. 

Las cifras económicas son sumamente relevantes. Y resulta irrisorio que quienes cuestionaron toda la vida el economicismo de la ortodoxia marxista durante la guerra fría, tengan a la disciplina económica como la fuente que basa sus decisiones a modo del lugar del cual emana la verdad. Una disciplina económica que dejó de lado, en muchas de las facultades universitarias que la imparten, el carácter de ciencia social que ésta tuvo. Ese alejamiento de lo social conlleva a que sólo tengamos en cuenta el factor de la productividad sin pensar en el vivir bien, no entendiendo que trabajadores/as que viven bien pueden producir más. A su vez, cuando se señala que a pesar de la cantidad de horas que trabajamos no se condice con nuestra productividad, endosándonos a los/as trabajadores/as la responsabilidad en dicho factor, produce una cortina de humo frente a la realidad: los/as trabajadores/as no tenemos ninguna responsabilidad en la decisión de cuánto y cómo producimos, pues la decisión la tiene quien toma el sartén por el mango, es decir, quien funge como empleador. Los/as trabajadores/as producimos aquello que la empresa busca o puede producir. 

Como a la gente le gusta en esto la casuística, y sin referir a jugadores que no pueden terminar un torneo porque excederían su tiempo de trabajo, referiré a un ejemplo testimonial. Antes de ingresar a la universidad y mientras hacía mis primeros estudios de teología, trabajé en una empresa avícola como operario de máquinas en el proceso de faenación. Mi contrato de trabajo señalaba con toda claridad que mi empleador podía solicitarme y/o mandatarme la realización de horas extras para finalizar la producción de dicho día, cosa que ocurría todos los días de la semana, salvo los lunes y miércoles en el que convenimos mi salida “a la hora” para irme a mi jornada de clases. Jamás la línea de producción de pollos, gallinas y patos se detuvo a las 5:15 de la tarde, sino hasta que la última ave faenada llegaba a su destino, haya sido el local comercial o la refrigeración para su envío a distintos lugares de la región. Por otra parte, en los meses de enero y febrero la producción descendía tanto, que a veces la producción del día era finalizada dos horas antes, y teníamos que quedarnos en nuestro lugar de trabajo, sin hacer absolutamente nada, hasta que se cumpliera el horario de salida, pues si no se hacía de esa manera se aplicaría un descuento. 

Cité dicho ejemplo para relevar con toda la claridad y honestidad posible que los/as trabajadores chilenos/as no somos flojos/as ni tampoco decidimos respecto de la producción. Nuestro aporte está en la fuerza de trabajo, en el conocimiento y la técnica que podemos desplegar en la labor y en la mejora del desarrollo (aporte a la empresa) y condiciones (sindicalización y derechos laborales) de la misma; mientras que la decisión del empresariado está en la capacidad de emprender, invertir, competir y, todo eso genera el cómo y cuánto se produce. Y si hay un factor de larga duración en el empresariado chileno, salvo honrosas excepciones, es su mixtura de lógicas tradicionales y modernas, pues a pesar que la Reforma Agraria eliminó el latifundio, no se eliminó un modo de ser, ese del paternalismo del “palo y bizcocho” clientelista y de escasa innovación tecnológica. La élite chilena, sobre todo aquella que ha abrazado ideologías de derechas, ha sido incapaz de producir verdadero capitalismo en Chile, y la tendencia a la monopolización, a la colusión, y el rechazo de cualquier mejora en el plano de los derechos laborales a lo largo de nuestra historia es sumamente decidora. 

A su vez, en muchas ocasiones, a base de la caricaturización y del miedo infundado se ha impedido o ralentizado el avance de mejoras laborales. La descalificación de este proyecto porque emergió de parlamentarias comunistas, particularmente Camila Vallejo, quien ha mostrado en el peor momento de la oposición una capacidad de liderazgo y articulación de transversalidad que es, precisamente, aquello de lo que ha carecido lo que queda de la Nueva Mayoría, o la entrega de cifras que ya han sido cuestionadas desde estudios serios: esa idea que la aprobación de las 40 horas laborales produciría la eliminación de 300.000 empleos (Véase el estudio del Observatorio de Políticas Económicas, haciendo clic aquí). El “Más lento” del papelito que circuló ayer en algunas manos parlamentarias es una muestra clara que mayor cantidad de horas no implica mayor productividad, y es de dudosa reputación analítica que quienes defiendan a ultranza la flexibilidad laboral mantengan dicha presuposición. El pago de horas extra y la conservación de los contratos especiales (que por definición exceden las 40 horas), que se incluyó al proyecto original por la vía de la proposición y el debate, dan garantías que los sueldos tampoco se reducirían. Y de hecho, ojalá aumentaran pues los precios suben a un ritmo en que los salarios no. 

El vivir bien está asociado al trabajo y al descanso. Con nuestros trabajos producimos bienestar para quienes comparten la misma tierra. Con el descanso podemos recuperar fuerzas, producir alegría, y tener tiempo para la reflexión. Ocio no es lo que nos vende el mall o algún lugar de entretención, eso es momento de diversión o mero consumo de objetos que producen placer temporal. El ocio es tiempo para la contemplación. Y como protestante estoy claramente dispuesto a discutir el tema de la gran cantidad de días feriados que tenemos en el país, muchos de ellos provenientes del santoral católico, siempre y cuando el descanso dominical sea obligatorio (evidentemente, considerando la mantención de los servicios de salud, de seguridad y estratégicos del país). Pues es fácil aludir a la ética protestante del trabajo para hablar contra los días feriados sin defender el descanso dominical en su faceta social.

Enhorabuena, esta reducción de las horas de trabajo avancen. La salud, que incluye cuerpo, mente, emociones, voluntad y espiritualidad, lo requiere. Es de justicia pensar en el bolsillo y en el tiempo de quienes somos más. 

Luis Pino Moyano. 

 


 

Véanse, también, otros post del blog sobre temáticas cercanas:

Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo.

Cristianismo y los funestos hijos del capital.

 

El neocalvinismo, el ser humano, sus derechos y un mundo posible.

Publicada originalmente en Estudios Evangélicos.

Hemos sido testigos en estos últimos años en América Latina de un despertar de la teología calvinista y de las convicciones respecto de ella. Dicho despertar ha sido influido por pastores y teólogos, principalmente estadounidenses, que han propiciado un retorno al evangelio de Jesucristo, lo que tiene un aterrizaje a la comprensión doctrinal, a la vida eclesial y al desarrollo de trabajo en el mundo [1]. De dicho aterrizaje práctico, nuestra región ha vivenciado mayormente el primero, sobre todo en aquello que se denomina “las doctrinas de la gracia”, que es otra forma de llamar a “los cinco puntos del calvinismo” emanados de los Cánones de Dort  que responden a la lectura arminiana [2]. Dicha lectura se ha masificado por medio de libros, artículos y predicaciones expositivas (YouTube ha cumplido un papel prioritario en ello). Tal vez, a modo de efecto no deseado (huelga decirlo), por dicho énfasis “tulipiano”, existe una tendencia en la región, tanto en nuevos adherentes como en quienes rechazan estas verdades, a pensar que el calvinismo se expresa fundamentalmente en cinco puntos. Algunos han nominado a esta corriente como “Nuevo Calvinismo”. 

Pero dicho “Nuevo Calvinismo” no es lo mismo que el “Neocalvinismo”, aunque sus nombres, si sólo se hace caso al factor etimológico, signifiquen lo mismo, y aunque algunos de los exponentes del primero sean tributarios del segundo. El concepto “neocalvinista” surgió de manera peyorativa para referir a los pensadores de una corriente reformacional, entre los que podríamos nombrar a Abraham Kuyper, Herman Bavinck, Herman Dooyeweerd, D.H.T. Vollenhoven, entre otros. La idea del concepto es plantear que estos autores no seguían fielmente a Calvino y a sus herederos inmediatos. Pero, los reformacionales, no vacilaron en apropiarse del concepto y resemantizarlo para que señalara una interpretación y, a la vez, ampliación de la teología de Juan Calvino [3]. Henry Van Til señala que: “El que las opiniones de Kuyper hayan sido llamadas Neo-Calvinismo, a pesar de su propia afirmación de fidelidad al maestro, se debe al hecho de que Kuyper no era un copista servil sino que trabajaba basándose en el espíritu de Calvino. […] Si Kuyper añadió algo a Calvino, fue con el entendimiento de que estaba haciendo patente lo que había estado latente, o exponiendo explícitamente lo que ya estaba implicado” [4]. Y en esa ampliación profundizadora el neocalvinismo nos mostró que la teología del reformador francés y sus herederos tenía el potencial, no sólo de carácter soteriológico o en el campo de la dogmática, sino como cosmovisión que dota de sentido a la vida. Este pensamiento, entonces, nos acerca a la realidad toda que se vive y trabaja en el escenario del “teatro de la gloria de Dios”. 

Si hay algo que propuso el neocalvinismo con suma claridad y fuerza fue su entendimiento del ser humano tanto como criatura y como persona, lo que implica una contracultural unidad entre dos elementos que nos parecen contradictorios, la dependencia y la libertad. Hoekema lo expresa de la siguiente manera: “Ser criatura significa que no puedo mover un dedo ni puedo pronunciar una palabra aparte de Dios; ser persona significa que cuando mis dedos se mueven, soy yo quien los mueve, y que cuando mis labios pronuncian palabras, soy yo quien las pronuncia. Ser criaturas significa que Dios es el alfarero y nosotros la arcilla (Ro. 9:21); ser personas significa que nosotros somos quienes damos forma a nuestras vidas con nuestras propias decisiones (Gá. 6:7-8)” [5]. Lo que no lo hace contradictorio es que la libertad sólo se vive de manera real y concreta en Dios, Aquél que nos creó y que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. “Deo servire, vera libertas”, diría Agustín de Hipona. “El servir a Dios es verdadera libertad”. Asentarse sobre la soberanía de Dios nos hace conscientes y firmes frente a las tiranías en el mundo [6], ejercicios abusivos de poder de quienes anhelan seguir la tentación de nuestros primeros padres, a saber, hacerse iguales a Dios, toda vez que la autonomía de Dios nos conduce a la esclavitud del dios más sanguinario y terrible: uno mismo. Cristo nos libera hoy de la tiranía egocéntrica y autodestructiva, y ciertamente nos liberará de todo aquello cuando consume su Reino. 

Esta comprensión del ser humano tiene múltiples implicancias, pero me referiré sólo a aquella que tiene que ver con lo político y social. El neocalvinismo se erigió en respuesta tanto a los ideales de la Revolución Francesa como al pensamiento liberal en sus múltiples vertientes (política, filosófica, económica, teológica). En dicho sentido, el neocalvinismo no puede ser subsumido ni por planteamientos políticos de derechas ni de izquierdas, ni mucho menos, usado como excusa para tapar otras premisas ideológicas, a no ser que se tenga una vocación para el suicidio intelectual (“un reino dividido contra sí mismo no puede subsistir”, dijo Jesús). Y no puede ni lo uno ni lo otro, no porque sea ilegítimo que un cristiano asuma tal o cual posición, sino porque el pensamiento reformacional, consciente de la justicia de Dios expresada en la Escritura, es de por sí un camino alternativo [7], “propio” como dirían los democristianos chilenos en la década de los cincuenta y sesenta del siglo XX. 

Quien mejor expresa este carácter, a mi juicio, es Francis Schaeffer cuando señala que: “A veces parecerá que estamos diciendo lo mismo que la Nueva Izquierda o que la élite de la Institución. Si hay injusticia social diremos que hay injusticia social. Si necesitamos orden, diremos que necesitamos orden. En estos casos específicos seríamos cobeligerantes, pero el serlo no nos hará alistarnos en ninguno de los campos citados porque no seremos aliados de ninguno de ellos. La Iglesia de Cristo Jesús, el Señor, es totalmente distinta de uno y otro, por completo” [8]. El que los creyentes cristianos hablemos de moral sexual no nos hace gente de derecha, “fachos”, reaccionarios, intolerantes frente a la diversidad ni mucho menos sujetos que invalidamos derechos humanos de las personas; como el hablar de la justicia social no nos hace promotores o personas cooptadas por el “marxismo cultural” [sic], propio de una agenda secularizada. Si la Biblia habla de ambas cosas diremos ambas, sin ambages, con amor y verdad de la mano. Lo que nos hace relevantes como iglesia de Jesucristo esparcida en el mundo no es nuestro abrazo a las ideologías contemporáneas, siendo colonizados por ellas (aunque sus propuestas se apelliden de decoloniales), sino que la persona de Jesucristo y su evangelio. Si nos quedamos sin eso, lo dicho por Marx y Engels adquirirá realidad profética: “Todo lo estamental y estable se evapora, todo lo consagrado se desacraliza” [9]. Dios nos libre de hacerle ese daño al testimonio de Jesucristo por parecer personas que estamos al día en la sociedad. 

Es la lealtad al evangelio de Jesucristo la que nos hace ver al ser humano como “imagen de Dios”, sea cual sea su condición social, política y religiosa. Un ser humano que ha sido dotado por el Espíritu Santo, sea creyente o no, de dones por medio de la gracia común con la que Dios sostiene al mundo. En dicha tarea, los creyentes tenemos un rol importante puesto que el reconocimiento del Dios soberano nos conduce a creer que la justicia es obra suya. Por eso, cada vez que la Biblia habla de la misericordia la refiere como un acto de justicia. Porque es Es el Señor quien “hace justicia a los oprimidos, da de comer a los hambrientos y pone en libertad a los cautivos. El Señor da vista a los ciegos, el Señor sostiene a los agobiados, el Señor ama a los justos. El Señor protege al extranjero y sostiene al huérfano y a la viuda, pero frustra los planes de los impíos” (Salmo 146:7-9). Y se complace de usar nuestras manos para ello, con la finalidad no sólo de producir bienestar humano, sino adoración espiritual, ayuno verdadero.

Por otra parte, el neocalvinismo no sólo nos advierte de los ejercicios abusivos de poder del estado, sino de aquellos que provienen también del mercado. El Estado debe ser mirado en su justa medida: como un instrumento que trabaja para el bienestar de la sociedad, salvaguardando derechos y regulando la actividad de los sujetos conforme al cuerpo legal. Y el mercado debe actuar en justicia, permitiendo el desarrollo de la inventiva, facilitando el emprendimiento, basando en la ética el desarrollo de su tarea económica y la adquisición de la propiedad y eliminando el monopolio y el acaparamiento [10]. 

Para el pensamiento reformacional, en tanto tesis transformacionista, que cree que la realidad puede ser modificada, tiene en cuenta la necesidad de trabajar para un mundo que produzca bienestar, armonía, paz, justicia. Timothy Keller plantea que la acción política y social de creyentes puede llevarse a cabo de múltiples maneras. Dice: “Hacemos justicia cuando le otorgamos a todos los seres humanos su derecho como creaciones de Dios. Hacer justicia no solo incluye la enmienda de males, sino la generosidad y la preocupación social, especialmente hacia los pobres y vulnerables. Esta clase de vida refleja el carácter de Dios. Consiste en un amplio rango de actividades, desde los tratos honestos y justos con la gente en la vida diaria, pasando por donaciones regulares y radicalmente generosas de tu tiempo y recursos, hasta el activismo que busque terminar con formas particulares de injusticia, violencia y opresión” [11]. 

Y esto, no es innovación, sino parte de la propuesta original de la corriente reformacional. En las resoluciones finales del Congreso Social Cristiano, realizado por el Partido Antirrevolucionario holandés, que tuvo como fundador a Abraham Kuyper, se señalaba: “está totalmente de acuerdo con las Escrituras: no sólo preparar a la gente para su destino eterno, sino también hacer posible que cumplan su llamado terrenal; en la arena política defender la institución del Sabbath junto con la semana de trabajo, de modo de mantener la unidad y distinción de nuestro doble llamado; guiar todas las relaciones de nuestra vida en un nuevo sentido y devolverlas a su forma original por la misma cruz de Cristo que proclama nuestra reconciliación con Dios. Esto tiene especial relevancia para la arena social donde [deberíamos buscar] prevenir la pobreza y la miseria, especialmente la pauperización; oponerse a la acumulación de capital y propiedad de la tierra; asegurar, tanto como sea posible, un ‘salario vital’ para cada persona” [12]. 

A su vez, en el discurso inaugural del congreso referido, Kuyper propuso que: “Para que exista tema social para usted, sólo es necesario una cosa, que reconozca la inaceptabilidad no como algo que se debe a razones circunstanciales, sino como algo que se debe a un error en el fundamento mismo de nuestra sociedad. Para quien lo reconoce y piensa que el mal se conjura por promover un sentido más piadoso, por un trato más amable o una ofrenda de amor más generosa, puede existir un tema religioso y hasta un tema filantrópico, pero no habrá para él un tema social. Sólo existe cuando articulas una crítica arquitectónica sobre la sociedad humana misma, y consideras, por consiguiente, que una estructura distinta del edificio social resulta a la vez deseable y posible” [13]. ¿Qué vemos acá? Una defensa irrestricta de la dignidad humana, de condiciones laborales justas, del papel del estado como garante de derechos, de un discurso de la pobreza como algo a eliminar, de lo corto de las perspectivas asistencialistas y paternalistas y la posibilidad de un cambio social en pos de una sociedad justa. Y es que se era antirrevolucionario en relación a la revolución francesa y el liberalismo, y de manera posterior, frente a los totalitarismos fascista y bolchevique, pero no se era reaccionario en relación a la historia. Nadie que crea en el poder redentor de Jesucristo puede serlo. 

Schaeffer, de manera muy sabia, planteó: “Hemos de librar las batallas de Dios con las armas de Dios, por medio de la fe: sentados en la silla de la fe. Sólo entonces desempeñaremos una parte importante en la batalla real. Si luchamos las guerras de Dios simplemente tratando de duplicar los métodos que el mundo emplea, entonces nos pareceremos a los niños pequeños que juegan a la esgrima con espadas de madera y soñando que están en la batalla con sus hermanos mayores. El Señor no concederá nunca su poder a quienes actúan con fe inconsecuente, dado que esta actuación no acarrea la gloria de Dios” [14]. ¿Contra qué estamos protestando y luchando hoy? ¿Es verdaderamente contra la cultura imperante o estamos dando “coces contra el aguijón”? ¿Qué gloria estamos buscando, la de Dios o la nuestra? Dios nos libre de la construcción de reinos humanos, sobre todo humanos, que perecerán como la flor de la hierba. 

No usurpemos aquello de lo cual Cristo ha dicho “¡Mío!” [15].

Luis Pino Moyano. 

 


 

[1] Para un acercamiento a esta lectura teológica articulada en The Gospel Coalition, véase: D. A. Carson y Timothy Keller (editores). La centralidad del Evangelio. Recuperando lo esencial de la fe. Miami, Editorial Patmos, 2014. 

[2] Esto se hace evidente en: Juan Sánchez et al. Gracia sobre gracia. La nueva reforma en el mundo hispano. Medellín, Poiema Publicaciones, 2015.

[3] Manfred Svensson explica bien esta idea de interpretación y ampliación de la teología calvinista por parte de Kuyper en: “Calvinismo clásico, neocalvinismo y los argumentos religiosos en la vida pública”. En: http://estudiosevangelicos.org/calvinismo-clasico-neocalvinismo-y-los-argumentos-religiosos-en-la-vida-publica/ (Consulta: agosto de 2019). 

[4] Henry Van Til. El concepto calvinista de la cultura. San José, Editorial CLIR, 2015, p. 174. 

[5] Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 20.

[6] Véase respecto de este asunto: Henry Meeter. Calvinismo, sociedad y el Reino de Dios. San José, Editorial CLIR, 2016, pp. 161-172. 

[7] Para un análisis sobre los usos políticos del neocalvinismo por sujetos de izquierdas y derechas véase: Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, pp. 197, 198, 207-210. 

[8] Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973, p. 50.

[9] Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesto comunista. Barcelona, Editorial Crítica, 1998, p. 43. 

[10] Véase sobre este asunto: André Biéler. O pensamento econômico e social de Calvino. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2012; y Herman Dooyeweerd. Estado e soberania: ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Ediçoes Vida Nova, 2014. 

[11] Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, pp. 45, 46. 

[12] Herman Bavinck. “Principios bíblicos generales y la relevancia de la concreta ley mosaica para la cuestión social hoy (1891)”. En: http://estudiosevangelicos.org/principios-biblicos-generales-y-la-relevancia-de-la-concreta-ley-mosaica-para-la-cuestion-social-hoy-1891/ (Consulta: agosto de 2019). 

[13] Abraham Kuyper, “La cuestión social y la religión cristiana”. Discurso inaugural de Congreso Social Cristiano, Amsterdam, noviembre de 1891. Citado en: Theo Donner. Posmodernidad y fe. Una cosmovisión cristiana para un mundo fragmentado. Barcelona, Editorial CLIE, 2012, pp. 210, 211. 

[14] Francis Schaeffer. Muerte en la ciudad. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973, p. 158. 

[15] Abraham Kuyper. “Soberanía de las esferas (20 de octubre de 1880)”. En: http://estudiosevangelicos.org/soberania-de-las-esferas/ (Consulta: agosto de 2019). 

Sí ministra Cubillos, el paro es político.

Me cuesta entender que la ministra de educación, Marcela Cubillos, no comprenda, o no quiera comprender, la naturaleza política de la educación. Sobre todo, cuando ella ha convertido ha convertido al MINEDUC en una cartera de destrucción masiva. Nunca antes, en mis diez años como profesor, había recibido tanto correo spam de un ministro. ¿Y cuáles son los temas de dichas misivas? “Aula segura” y “admisión justa”. Todos temas eminentemente políticos y no técnicos ni sectoriales. 

Claramente, quienes nos desempeñamos en la esfera de la educación queremos aulas seguras, pero ese tipo de sala o establecimiento educacional no lo mejora una nueva ley, porque ninguna ley tiene el poder para cambiar la conducta de las personas, sino otros esfuerzos que tienden a la mejora de la calidad de vida de las personas. Además de eso, si los colegios añaden indicaciones en sus protocolos de convivencia que pueden señalar causales de expulsión de estudiantes, sumado a que en el país ya existe una ley de control de armas, es innecesario aumentar el cuerpo legal. Y, por otro lado, la “admisión justa” en el país de Penta, SQM y Caval claramente es aquella que elimina la selección. Si hay algo que es consecuencia evidente del sistema neoliberal es que dificulta las posibilidades del ejercicio meritocrático, toda vez, que la educación no asegura en ningún término el ascenso social ni el desarrollo de labores a las que se estudió. La idea de nuestros familiares que nos motivaban a tener “un cartón” para construir un mejor futuro quedó olvidada en el baúl de los recuerdos del país de la colusión. 

El mejor ejemplo de lo último son los colegios emblemáticos. ¿Puede ser emblemático un colegio que sólo tiene agua fría en sus camarines, no tiene las resmas de papel suficientes para imprimir pruebas y cuya infraestructura tiene daños permanentes en el tiempo y sin arreglo? Los emblemáticos y las emblemáticas son los estudiantes, pues son ellos quienes desarrollan conocimientos y habilidades, y tienen el anhelo de estudiar. A cualquier docente se le facilita el trabajo con estudiantes que tienen una predisposición a estudiar. Las instituciones no son “faro de luz” por sí mismas si no cuentan con personas que sostengan esa posibilidad. Ergo, equiparar las condiciones de estudio produciendo inclusión y no mayor segregación, junto con entender que existen distintos tipos de conocimientos y formas de aprehender la realidad, posibilitarían el reconocimiento del mérito, que es imposible de medir con calculadoras, y sobre todo cuando las condiciones reales y concretas de estudiantes son tan disímiles. 

Entonces, una ministra que ha recorrido el país y ha bombardeado con sus discursos y misivas eminentemente políticas, tenga el desparpajo de manifestar en la escena pública que ella no logra ver posibilidades de diálogo cuando los actores tienen reclamaciones políticas, es de suyo una incoherencia discursiva y práctica. Porque la educación es un acto político. Lo es desde que se entiende la necesidad de la educación obligatoria en la resemantización del modelo prusiano de la mano de Valentín Letelier. Lo es, también, cuando se comprendió que “gobernar es educar”, en el emblema de Pedro Aguirre Cerda y el conjunto del radicalismo chileno. Lo es, también, cuando en el gobierno de Eduardo Frei Montalva se desarrolla la única reforma educacional chilena que ha contado con el apoyo de la UNESCO, porque entiende que los procesos cognitivos van de la mano con variables biológicas y etarias, porque desarrolló la educación desde el entendimiento de la política de promoción popular, cuyo símbolo fue el uniforme escolar que producía la idea de igualdad (hoy, cada colegio con su uniforme propio, y en la competencia de estilos y telas, simplemente es símbolo de la siutiquería). Lo fue también durante el gobierno de Allende, cuando en su vilipendiado proyecto de Escuela Nacional Unificada (por algunas justas razones), buscaba fomentar la educación permanente con un vínculo altamente social desde la matriz de la pedagogía crítica. Si la educación no fuese un hecho político no habría MINEDUC, ni Superintendencia de la Educación, ni Ley General de la Educación (que sustituyó la LOCE dictada por Pinochet poco antes de dejar el gobierno) y tampoco los contenidos mínimos obligatorios serían ley.

Por todo ello, el paro docente es eminentemente político. Porque se reclama contra el desconocimiento de la deuda histórica, de la que colegas han muerto esperando su pago; porque se protesta contra un sistema de doble evaluación de sujetos que somos profesionales y que somos evaluados todos los días en establecimientos educacionales por autoridades ad hoc (léase dirección, jefes de UTP, coordinadores de área, pares y hasta estudiantes); porque estamos aburridos que los cambios curriculares se hagan en camarillas secretas bajo la lógica decimonónica de “ciudadanos connotados”, sin considerar a quienes estamos horas en el aula, y sabemos de los tiempos reales y efectivos en ella. 

Este es un paro eminentemente político, porque es una decisión política que avanza en la larga duración, con pequeñas fisuras en nuestra historia, el que a las y los docentes no se nos considere “expertos de la educación” y sí a unos mercanchifles que viajan por el mundo para copiar y pegar modelos de otros países, sin copiar y pegar el país donde se originó el modelo y las condiciones de vida del mismo, que lo único que buscan es redituar. El ninguneo al profesorado chileno es indignante, porque no somos culpables de un sistema que nos sobrepasa y agobia, y porque estamos hartos de ser punta de lanza y chivo expiatorio de la ignorancia supina de quienes se mueven bajo lógicas electoralistas en la política analfabeta de “la copia feliz del Edén”.

Sí ministra, el paro es político porque aspiramos a una educación que viva e impacte en la sociedad, y que no pierda nunca la posibilidad de soñar un país…

Luis Pino Moyano.

Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo.

Siempre se hace relevante pensar en la relación entre la fe cristiana y el trabajo, esto, porque no hay nada más alejado del cristianismo bíblico que un monasticismo que separa a la iglesia del mundo, lo que deriva en la construcción de iglesias como ghettos en las que sólo nos relacionamos con “gente como nosotros” o, en el peor de los casos, a pensar que nuestra fe está limitada a servicios religiosos que pueden ser consumidos o practicados en días y horas claramente especificados y limitados. 

Sin lugar a dudas, el cristianismo tiene un alcance cósmico, porque Cristo es Señor sobre todo el universo. Pablo hablando a los hermanos de Colosas, acerca del señorío de Cristo, en el capítulo 1 de su carta, les dice: “porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él” (1:16). Más adelante dirá que “por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz” (1:20). Cristo es Señor sobre la creación, porque Él fue creador, ésta fue realizada para Él, y Él hizo todo lo necesario en la cruz para redimir “todas las cosas”. La obra de Cristo sobrepasa aquello que tradicionalmente hemos pensado como los límites de la religión y lo abraza todo con su poder transformador. ¿Por qué, entonces, habríamos de limitar nuestra fe a lo que sucede dentro de los muros de nuestros templos, si Cristo excede esos límites?

Y es ahí donde debiésemos pensar lo que significa el trabajo para nosotros. Nuestra cultura nos hace pensar en el trabajo como un mal necesario, como una práctica sacrificial que desgasta nuestro ser. Esto, probablemente, porque nuestra palabra “trabajar” proviene del latín que significa literalmente “torturar con un tripallium”, el que era un instrumento de madera, compuesto por tres palos, usado para golpear a los animales de carga y tiro que no deseaban moverse. Súmese a esto que muchos de entre nosotros, en una lectura descontextualizada de la Biblia, consideran que el trabajo es una maldición  que es fruto de la caída. Entonces, se hace necesario que la pregunta del significado que damos al trabajo sea cambiada por un: ¿qué dice la Biblia respecto de nuestra relación con el trabajo? Ayudados por la Escritura, señalaremos a continuación algunas ideas respecto del trabajo que posibilitan un significado renovado, uno profundamente cosmovisional. 

1. El trabajo fue creado por Dios. 

En varias de las mitologías antiguas orientales, los dioses habrían creado al ser humano para que les proporcionaran alimento y trabajos serviles que ellos requerían para su bienestar. No es lo que vemos en Génesis, cuando anuncia que: “También les dijo: ‘Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento. Y doy la hierba verde como alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo y a todos los seres vivientes que se arrastran por la tierra’. Y así sucedió” (Génesis 1:29,30). Aquí vemos a Dios trabajar y proporcionar lo necesario para el bienestar de sus criaturas. Eso, evidentemente, debiese cambiar nuestra noción del trabajo. Dios ha provisto en la tierra todos los recursos de alimento, agua, vestimenta, abrigo, energía y calor que necesitamos, y él nos ha dado autoridad sobre la tierra en la cual estos recursos han sido depositados.  Además de lo dicho hasta acá, vemos también el potencial creativo de Dios, que hace cosas desde la nada, y transforma las cosas que van siendo creadas.

El Dios trabajador, ha diseñado una manera de relacionarnos como seres humanos con la naturaleza. Esto queda claro, cuando Dios en el consejo intratrinitario declara: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo” (Génesis 1:26). Lo primero que debemos hacer es tener un claro concepto de quiénes somos nosotros y qué es la naturaleza. El ser humano fue creado a imagen de Dios y para dominar la tierra como representante o mayordomo de la casa de Dios. Dios colocó al hombre a la mitad del camino entre el Creador y el resto de la creación, animada e inanimada. En ciertos aspectos somos uno con el resto de la creación, pues formamos parte de ella y tenemos rango de criatura. En otros aspectos somos distintos de la naturaleza, pues fuimos creados a imagen de Dios y tenemos dominio. 

Que la vida humana, desde un punto de vista creacional, tenga mayor valor, no implica que la vida animal o vegetal no tenga ninguno. Todo lo que Dios hizo es de nuestra incumbencia, inclusive, desde los mandatos creacionales, somos responsables, pues ser cabeza siempre implica responsabilidad. Dominamos la tierra dependiendo de Dios. Nunca estamos frente a materia neutral que podamos manipular y comercializar, usar y abusar para nuestro provecho. Darrow Miller dirá que: “la cosmovisión bíblica brinda un equilibrio maravilloso entre el trabajo y el cuidado. Nosotros somos guardianes de la creación de Dios, mayordomos a cargo de su obra maravillosa. ¡Tenemos el mandato de cuidar la naturaleza!”. Esto hace surgir con fuerza la idea del mayordomo de la creación, que veremos más adelante. La labor que Dios le entrega al hombre es la de cultivar y guardar el jardín. El agricultor y el pastor, vocaciones de Dios. Responsabilidad asignada por Dios, no fruto de la maldición.

2. El trabajo tiene un mandato. 

Génesis 1:28 señala: “y los bendijo [Dios] con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo’”. Esto es lo que la teología reformada, desde su distintivo, ha denominado “mandato cultural”. Y la característica de este mandato es que le reporta al ser humano tanto una bendición como una responsabilidad (regularmente, estas cosas en la Biblia aparecen unidas). 

Ahora, uno podría decir, que este mandato tiene realidad en un lugar tan perfecto y armonioso como el jardín del Edén, y que sólo podría ser cumplido a cabalidad allí. Pero bíblicamente no es así. Este mandato cultural es repetido por Jeremías, en una carta que les escribe a los exiliados en Babilonia, en la que les dice: “Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su fruto. Cásense, y tengan hijos e hijas; y casen a sus hijos e hijas, para que a su vez ellos les den nietos. Multiplíquense allá, y no disminuyan. Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad” (Jeremías 29:5-7). Nuestro trabajo, multiplica el Shalom de Dios en la ciudad en la que vivimos, es decir la armonía, la paz, el bienestar, la abundancia, la vida en plenitud. Cristo, que tiene el poder para hacer nuevas todas las cosas, nos hace colaborar en la extensión de su Reino, también, cuando desarrollamos trabajo. 

Me permito citar, extensamente, acá el comentario de Calvino al texto de Génesis 1.28: “Moisés añade que toda la tierra fue concedida al hombre, con esta condición, que se ocupara en cultivarla. De donde se concluye que los hombres fueron creados para dedicarse a algún trabajo, y no a yacer inactivos y ociosos… Por lo cual, nada es más contrario al orden natural que consumir la vida comiendo, bebiendo y durmiendo, sin proponerse hacer nada.  Moisés añade que la custodia del jardín fue encargada a Adán, para mostrar que poseemos las cosas que Dios ha puesto en nuestras manos, con la condición de que mostrando contentamiento con un uso frugal y moderado de ellas, cuidemos lo que quede. Que aquel que posee un campo, participe de tal manera de sus frutos que la tierra no tenga que sufrir perjuicio por su negligencia; sino que se esfuerce por entregarla a su posteridad como la recibió, o incluso mejor cultivada. Que se alimente de sus frutos, de manera que no la disipe lujosamente, ni permita que sea asolada o arruinada por culpa de su desidia”. El teólogo de la Reforma en su comentario al texto bíblico enseña:

  • Que el ser humano fue creado con el potencial para trabajar.
  • Que la ociosidad es dañina para la persona y la sociedad.
  • Que Dios constituyó al ser humano como mayordomo de la creación, y esa mayordomía implica trabajo.
  • Que debemos contentarnos con el fruto del trabajo porque es la provisión de Dios.
  • Que la tierra debe ser cuidada, para que produzca buenos frutos (ni derrochar su producción ni arruinarla).
  • Calvino introduce, en pleno siglo XVI, el concepto de posteridad. Se debe pensar en las futuras generaciones.

3. ¿Qué debe caracterizar nuestro trabajo como cristianos esparcidos en el mundo? 

Algunos textos de la Escritura nos permiten desprender principios para el desarrollo de nuestra vocación en el mundo. 

El apóstol Pablo les dice a los hermanos de la iglesia de Éfeso: “Esclavos, obedezcan a sus amos terrenales con respeto y temor, y con integridad de corazón, como a Cristo. No lo hagan solo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho, sea esclavo o sea libre. Y ustedes, amos, correspondan a esta actitud de sus esclavos, dejando de amenazarlos. Recuerden que tanto ellos como ustedes tienen un mismo Amo en el cielo, y que con él no hay favoritismos” (Efesios 6:5,9). Esto es muy similar a lo dicho por el apóstol Pedro en su primera carta, cuando dice que: “Criados, sométanse con todo respeto a sus amos, no solo a los buenos y comprensivos, sino también a los insoportables. Porque es digno de elogio que, por sentido de responsabilidad delante de Dios, se soporten las penalidades, aun sufriendo injustamente. Pero ¿cómo pueden ustedes atribuirse mérito alguno si soportan que los maltraten por hacer el mal? En cambio, si sufren por hacer el bien, eso merece elogio delante de Dios” (1ª Pedro 2:18-20). 

A la luz de estos textos podemos decir que el trabajo, en primer lugar, debe ser desarrollado con responsabilidad. Aquí debemos tener presente que toda autoridad ha sido puesta por Dios, cosa de la que Pedro habla en la sección anterior al pasaje citado (2:13-17), y esa autoridad siempre es derivada pues quien la da es Dios, y es relativa en relación al mensaje revelado en su Palabra. Si bien es cierto, el texto se escribe en un momento en que la esclavitud era parte de la cotidianidad (la palabra “criado” literalmente significa “esclavo de la casa”), el principio tiene vigencia aún en los marcos donde se establecen acuerdos contractuales y ellos establecen un principio de subordinación a un empleador. Además, la esclavitud era distinta a la que tenemos en nuestra mente, por el conocimiento histórico, literario o cinematográfico de la esclavitud de la población afrodescendiente. La esclavitud de la Antigüedad no era perpetua y podía proveer buena condición de vida a quienes la experimentaban. De hecho, había esclavos que ganaban más que otros trabajadores libres (por ejemplo, los profesores). Es por eso que lo discípulos no se opusieron a la esclavitud, pero los principios bíblicos fueron fundamentales para su eliminación posterior. El ejercicio de la responsabilidad cristiana para Pablo y Pedro incluía, entonces, el respeto a los patrones (a los buenos y comprensivos, como a los insoportables), además de de sufrir injustamente si es que esa es la voluntad de Dios.

Respecto de lo anterior diremos tres cosas:

  • El contexto de la carta implica una situación desfavorable para la vida de la iglesia, en la que algunos de nuestros primeros hermanos eran esclavos. Dicho régimen legal es distinto al que tenemos en la actualidad en una sociedad que garantiza derechos a los trabajadores. 
  • Este texto, en ningún caso, prohibe la sindicalización y la lucha de cristianos por mejoras en el plano de lo laboral. Martyn Lloyd-Jones, por ejemplo, en una de sus conferencias sobre los puritanos, señaló que: “A menudo se ha sugerido –y a mi modo de ver es posible demostrarlo- que el movimiento sindical en […] Inglaterra fue una consecuencia indirecta del avivamiento. Se debió a la transformación y el nuevo nacimiento de aquellos hombres que, habiendo sido unos ignorantes y llevado una vida de continuas borracheras, empezaron a comprender su dignidad como seres humanos y a demandar, entre otras cosas, mejores condiciones de trabajo y educación; ese es el origen de los sindicatos. Conocemos, también, la conexión que hubo entre el movimiento para la abolición de la esclavitud, dirigido por William Willberforce y el citado avivamiento. Dicho movimiento fue uno de los frutos del avivamiento en cuestión y, de hecho, el argumento de algunos, según el cual jamás se hubiera podido aprobar el Acta de reforma de 1832 sin aquel gran despertar evangélico, es perfectamente defendible”. La injusticia siempre tiene que ser denunciada como tal, según la legalidad vigente, y sin ningún ánimo de venganza.
  • ¿Cómo aplicar entonces estos textos que son Palabra de Dios? De la siguiente manera: 1) Siendo respetuosos con nuestros empleadores y obedeciendo sus órdenes; 2) manteniendo un principio de responsabilidad, considerando que nuestro trabajo es don y llamado de Dios para bendición nuestra y de los demás; 3) capacitando a los creyentes a entender la relación entre su fe y su trabajo; y 4) si nos toca vivir persecución, discerniendo si se trata de represalia por nuestras malas prácticas o efectivamente por causa de nuestra fe. Si es por lo último, poner nuestra esperanza en Dios.

Lo segundo, es que el trabajo debe ser desarrollado con distintivo cristiano. En las palabras de Pablo y Pedro hay una invitación a vivir siendo reflejo de Cristo para los demás, recordando que la gracia nunca es excusa para pecar, y que la Biblia constantemente nos habla de dar buen testimonio, de ser ejemplo para los demás, de no servir simplemente cuando nos están viendo. ¡Somos llamados a ser luz del mundo! Frente a eso, debemos reconocer aquellas áreas de nuestro trabajo que son fruto de la gracia común, diferenciándolas de aquellas que podemos modificar o restaurar centrándolas en Cristo y no en las idolatrías vigentes, y de las que debemos rechazar por antiéticas. Sobre todo en tiempos de persecución injusta cuando con mayor fuerza hay que dar testimonio supremo de la fe y del discipulado de aquél que fue crucificado. Además, la Biblia nos llama a no “servir al ojo”, sino a trabajar “de buena gana, como para el Señor”. 

Pero también, hoy, cuando no se nos persigue podemos dar testimonio de lealtad radical al Señor y su Palabra. ¿Qué haremos cuándo se nos pida mentir en nuestro trabajo? ¿Qué haremos cuándo se nos pida adulterar boletas o facturas para que nuestra empresa obtenga mayor rédito? ¿Qué haremos cuando un puesto de trabajo que queremos obtener pareciera ser alcanzable sólo si inflamos nuestro currículum? ¿Qué haremos cuando se nos aparece la posibilidad de cobrar de más? ¿Qué haremos con nuestros empleados y su necesidad de un sueldo justo y un trabajo desarrollado en condiciones dignas y en el marco del respeto? ¿Qué haremos en algunas posiciones en las que se nos obligue matar a una persona, sea un bebé por medio de un aborto o un adulto por sus ideas diferentes al gobierno imperante? ¡Hoy también podemos y debemos comportarnos conforme al santo llamamiento que hemos recibido! Nuestro corazón de piedra fue transformado en uno de carne y tenemos al Espíritu que nos guía y sostiene con su poder para ello. 

El trabajo es tan valioso y honra a Dios tanto como el ministerio de la Palabra o cualquier otra labor eclesiástica. A Dios le importa todo nuestro trabajo. Calvino decía que: “Si seguimos fielmente a nuestro llamado divino, recibiremos el consuelo de saber que no hay trabajo insignificante o sucio que no sea verdaderamente respetado e importante ante los ojos de Dios” (La verdadera vida cristiana).

En tercer lugar, nuestro trabajo debe ser ejecutado con excelencia. Hemos recibido un llamado para nuestro trabajo. Vale decir, Dios nos ha encomendado una misión que realizar con nuestras manos. Extendemos el Reino de Dios cuando con el fruto de nuestras manos llevamos justicia, paz y alegría que solo pueden ser resultado de la obra del Espíritu Santo en nuestro ser. La invitación a desarrollar bien nuestro trabajo nada tiene que ver con nuestra gloria o fama. Es todo lo contrario. Dios debe ser glorificado con todo lo que nosotros hacemos. Para ello debemos ser diligentes, proactivos e innovadores. Debemos pensar que la excelencia en el trabajo es un medio importante para obtener credibilidad para nuestra fe. Pero por sobre todo, debemos permitir que el evangelio cambie el cómo hacemos nuestro trabajo, lo que significa que no trabajamos para nosotros mismos, sino para los demás, lo que conlleva que Dios sea glorificado. Tu trabajo y mi trabajo es para Dios. Y cuando usamos nuestros talentos en el trabajo estamos respondiendo al llamado de Dios para servir a la comunidad humana. Calvino señalaba que “el amor nos lleva a hacer mucho más. Nadie puede vivir exclusivamente para sí mismo y ser negligente para el prójimo. Todos tenemos que ser devotos a la acción de suplir las necesidades del prójimo” (Comentario a los Efesios). Es decir, con nuestro trabajo beneficiamos la cultura en que vivimos. 

Respecto de todo esto, Timothy Keller, de quien he tomado también los tres ejes de ejecución de nuestro trabajo (responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia), señaló en su libro “Iglesia centrada” lo siguiente: “Una teología robusta de la creación, y del amor y cuidado de Dios hacia ella, nos ayuda a ver que incluso las tareas más sencillas tales como hacer un zapato, empastar un diente o excavar una zanja son maneras de servir a Dios y edificar la comunidad humana. Nuestra producción cultural rearregla el mundo material de manera que honra a Dios y promueve el florecimiento humano. Una buena teología del trabajo resiste la tendencia del mundo moderno a valorar solo la pericia en esfuerzos que recaban más dinero y poder”.

4. El trabajo no lo es todo. 

Volviendo a Génesis 1:29,30, ya citado con antelación, debemos decir que Dios es quien nos provee todas las cosas con su trabajo realizado con placer y alegría, tanto en la creación como en el desarrollo providencial de la historia.  De hecho, el trabajo es el medio que Dios emplea para darnos lo que necesitamos. Esto se expresa con claridad en el Salmo 127:2 que dice: “En vano madrugan ustedes, y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados”. Y antes que alguien vea acá una excusa para la desidia y la flojera, el Salmo 128:2 señala: “Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y prosperidad”. El texto no es la justificación de la ociosidad, sino que nos invita a poner la mira en lo verdadero: lo que tenemos y somos no proviene de lo que hacemos, sino de Dios que nos da trabajo, capacidades y dones. 

Dorothy Sayers decía que: “El trabajo no es, primordialmente, algo que hacemos para vivir, sino algo que vivimos para hacer”. Y si bien es cierto, el trabajo no es una maldición, tampoco es la única actividad importante que desarrollamos. No despreciemos lo que Dios ha creado, a saber, los dones del trabajo; pero tampoco convirtamos en un ídolo nuestra profesión u oficio. El trabajo es parte de la vida, no la vida. ¡Cristo es la vida! Ni el sentido de nuestra vida ni nuestra identidad están en el éxito o el dinero, lo que debe producir descanso para nuestras almas y no mediocridad en lo que hacemos. ¡No busquemos nuestra identidad en lo que pensamos que somos, en lo que dicen los demás, o en lo que hacemos: nuestra identidad está en Cristo!

5. Hay un día para descansar. 

Génesis 2:2-3 no son el inicio de una nueva sección de la historia que relata el primer libro de la Biblia. El séptimo día forma también parte del trabajo de Dios. El texto dice: “Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora”. Dios luego de trabajar en crear todo lo que hay, cerró su creación con gozo con un día de descanso total. El descanso no tiene que ver acá, con la recuperación de fuerzas, pues Dios no pierde nunca las pierde, sino con el deleite. El descanso es parte del orden creado, no el resultado de la fatiga. Es Dios descansando y deleitándose en su gloria. Y es allí, principalmente, donde está nuestro fin como seres humanos: glorificar a Dios y gozar de Él para siempre. Evidentemente, el descanso nos sirve para reponer fuerzas, pero este día de reposo nos hace recordar que nuestra provisión depende de Dios que nos provee del alimento que proviene de la tierra. Lo que no es otra cosa que una muestra de sometimiento y descanso en Dios. Este es el mandamiento (Éxodo 20:8-11) más relativizado, pero que tiene alcances tremendos en la adoración, con la liturgia comunitaria; y en lo social, con la práctica de la misericordia y el descanso dominical de los trabajadores.

La dimensión social del día del Señor es un eje muy poco explorado en nuestras comunidades de fe, pero que a lo largo de la historia ha tenido vital importancia en la relación de los cristianos con el mundo. No es menor decir que los primeros países en los que el domingo se transformó en día de descanso obligatorio fue en países cristianos. 

No basta que sólo tú y yo descansemos: es necesario que otros lo hagan. Es necesario que otros puedan recuperar fuerzas y vivir la comunión en la armonía del hogar, en el disfrute con amigos y hermanos, más allá de los rigores de la vida. El descanso es fundamental para la salud como estado de perfecto bienestar físico, psíquico, emocional y espiritual. El Dios que es justo es quien reclama esto. No hay que olvidarse que los diez mandamientos comienzan con la declaración: “Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo” (Éxodo 20:2). El texto de Deuteronomio 5:14, en medio de la referencia al cuarto mandamiento, agrega un matiz al decir: “De ese modo podrán descansar tu esclavo y tu esclava, lo mismo que tú”. Aquí está la raíz de la regla de oro: el mismo bienestar que deseo para mi es el que debo desear para otro, y colaborar para construirlo. Si tengo trabajadores a mi cargo, y si yo descanso, ¿por qué negarle ese derecho a otros? Fue por esto también, que el moderno movimiento sindical tuvo en sus bases a trabajadores cristianos. La misericordia es una virtud que los creyentes no debemos olvidar. El cuarto mandamiento cierra la tabla del amor a Dios, pero la engarza con esta mirada, a la tabla del amor al prójimo. Ningún espíritu farisaico nos debe hacer olvidar lo que Jesús dijo: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo” (Marcos 2:27, RV 1960).

Algunas reflexiones finales:

Adoramos a Dios en todo lo que hacemos, pues no hay dicotomía entre sagrado y secular. Hay vidas consagradas o no consagradas. Esta comprensión es sumamente importante para la teología reformada, porque no se trata de dejar la evangelización a un lado, pues ésta es la tarea prioritaria de la iglesia. Sólo que los creyentes, en tanto iglesia esparcida en el mundo, en todas las esferas de la vida, extienden el Reino de Dios en cada espacio que les toca, el que es tornado en campo de misión. Kuyper lo expresa de la siguiente manera: “La vida cristiana como un peregrinaje no fue cambiada, pero el calvinista llegó a ser un peregrino que, de camino a nuestro hogar eterno, tenía que realizar en la tierra una tarea importante”.

Cristo no nos llama al masoquismo. Cristo nos llama a ser coherentes con el evangelio. Y es ese ejercicio de vivir lo que se profesa, siendo responsables, viviendo con distintivo cristiano y trabajando con excelencia, lo que en ocasiones traerá sufrimiento, sobre todo en una sociedad que rechaza cada vez más al Dios de la vida, caminando en pos de su degradación y muerte. Pero eso no nos hace pesimistas, porque nuestra victoria personal y comunitaria no está en lo que podemos hacer sino en Cristo que venció en la cruz trabajando con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. 

El centro de nuestro trabajo basado en una cosmovisión bíblica es, entonces, identificarnos con la ayuda del Espíritu Santo a nuestro Señor y Maestro Jesucristo, encontrando pleno sentido, gozo y descanso en Él, viviendo y desarrollando los dones que el Padre nos ha dado. No estamos solos. El Trino Dios está también allí, cuando trabajamos con nuestras manos. 

Kevin DeYoung plantea en su libro “Súper ocupados” lo siguiente: “La única obra que se debe hacer absolutamente en el mundo es la obra de Cristo. Y la obra de Cristo se lleva a cabo a través del cuerpo de Cristo. La iglesia, reunida para adorar los domingos y esparcida a través de sus miembros durante la semana, es capaz de hacer muchísimo más que cualquiera de nosotros solos. Yo puedo responder al llamado de Cristo en una o dos formas, pero soy parte de un organismo y una organización que puede responder y servir de un millón de formas”. ¿Trabajamos por la extensión del Reino de Dios en todos los espacios de la vida? Todos los cristianos estamos en misión. El lugar en el que estamos debe ser nuestro campo de misión.

Luis Pino Moyano.

 


 

Nota explicativa de la redacción y el uso de fuentes bibliográficas.

Este texto fue construido teniendo como base tres sermones: uno basado en Génesis 1:26—2:3 predicado en 2016 en la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago; otro basado en 1ª Pedro 2:18-25, predicado en 2018 en la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago; y en lo relacionado al día del Señor, se tuvo en cuenta un sermón temático predicado en la Iglesia Metodista Pentecostal, también en 2018. 

Por lo mismo, las referencias no siguieron un sistema de citación con notas al pie de página, facilitando así la lectura para la exposición oral. Pero, por cuestiones éticas, me veo en la obligación de referir a los textos que influyeron en mi lectura de este asunto: 

  • DeYoung, Kevin. Súper ocupados. Grand Rapids, Editorial Portavoz, 2015. 
  • Keller, Timothy y Leary Alsdorf Katherine. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014. A la fecha, hay edición en castellano: Keller, Timothy. Toda buena obra: conectando tu trabajo con el trabajo de Dios. Nashville, Broadman & Holman Publishers, 2018.
  • Keller, Timothy. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012. En este caso, particularmente el capítulo 26: “Cómo conectar a las personas con la cultura”, pp. 350-357.
  • Kuyper, Abraham. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010.
  • Lloyd-Jones, Martyn. Los puritanos. Sus orígenes y sucesores. Edimburg, El Estandarte de la Verdad, 2013. En este caso particular, la conferencia del año 1964: “Juan Calvino y George Whitefield”, pp. 159-196.
  • Miller, Darrow y Newton, Marit. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011
  • Pereira da Costa, Hermisten. Raízes da Teologia Contemporânea. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2018. Particularmente, el capítulo 2, parte 6: “Reforma e o trabalho”, pp. 149 y ss.
  • Wolters, Albert y Goheen Michael. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013.

Jesús, el misionero.

“Jesús recorría todas las ciudades y las aldeas, y enseñaba en las sinagogas de ellos, predicaba el evangelio del reino y sanaba toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Al ver las multitudes, Jesús tuvo compasión de ellas porque estaban desamparadas y dispersas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: ‘Ciertamente, es mucha la mies, pero son pocos los segadores. Por tanto, pidan al Señor de la mies que envíe segadores a cosechar la mies’” (Mateo 9:35-38, RVC).

Jesús es el cumplimiento de todas las promesas del Antiguo Testamento, es el actor clave en la historia de la Redención. Es quien no sólo cumple la misión de anunciar la gloria de Dios en el mundo, sino que hace, con el poder transformador de su evangelio, “nuevas todas las cosas”, restaurando el mundo caído y haciendo que muchos hombres y mujeres en todo el mundo, de todas las familias de la tierra, adoren al Dios Todopoderoso y trabajen para su Reino que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo. Desde este punto de vista, es necesario señalar que la misión de Jesús es encarnacional. Juan 1:14 declara con fuerza: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. Es decir, en un determinado momento de la historia, y en un muy particular espacio geográfico, el Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, vino a este mundo. El texto presenta la idea, en su idioma original, que Cristo “tabernaculizó” entre nosotros. En Cristo, tenemos a Dios presente en el mundo. Él es el Emanuel, Dios con nosotros. 

A la luz del relato bíblico, Cristo, teniendo toda la alabanza en el cielo, se humilló, se hizo pobre (no teniendo siquiera dónde recostar su cabeza), y además de eso pagó el precio de nuestra salvación. 2ª Corintios 5:21 nos dice una verdad radical respecto de Jesús: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Pero a Jesús, y eso estaba en el plan perfecto de Dios, ni la tumba lo pudo retener. Él resucitó venciendo la muerte. La misión encarnacional de Cristo se hace patente, entonces, en su vida, muerte y resurrección, y en cada una de esas etapas, Cristo es vencedor. Como diría John Stott: “el Hijo no se quedó en la segura humanidad de su cielo, remotamente lejano del pecado y la tragedia humanos. El ingresó efectivamente en nuestro mundo. Se vació a sí mismo de su gloria y se humilló para servir” (El cristiano contemporáneo). He aquí la base teológica y escritural de estas palabras.

El texto bíblico que hemos citado al comienzo de esta reflexión sirve como un breve y consistente resumen de las actividades de Jesús descritas en los capítulos 5 al 9 del evangelio de Mateo. Jesús había presentado el Reino de Dios con palabras y acciones, a tal nivel que su primer gran sermón fue corroborado por milagros que señalaban su poder (un ciclo de diez milagros). La fama de Jesús se ha ido extendiendo, por lo cual gente con muchas necesidades se acercó a él. Luego, en el capítulo 10, Jesús llamará a sus apóstoles, los cuales serán enviados como pastores de un rebaño y como agricultores que trabajan en el momento de la cosecha (obreros, no gerentes). En ese sentido, el texto de Mateo 9:35-38 funciona como un intermedio o puente de la narración histórica que está presentando Mateo y el sermón sobre la misión del capítulo 10.

La propuesta de la reflexión de este post es que Jesús, el misionero por excelencia, nos invita con su vida a considerar los siguientes elementos fundamentales de la misión.

Las tareas de la misión. 

Por mucho tiempo, un sector muy vasto del cristianismo ha tenido un concepto reducido de la misión, pensando que ésta sólo consiste en la predicación del evangelio, la que incluso, sólo afectaría un área de la vida: la espiritual. Es así, que la fe no es aterrizada respecto del cuerpo y de las necesidades concretas de las personas que nos rodean, como también de nosotros mismos. Jesús, nos enseña acá, con su vida y palabras, que la misión no sólo tiene que ver con “lo espiritual”, sino con toda la realidad del ser humano. Por otro lado, muchos cristianos piensan que misión, tiene que ver con ir a lugares donde hay personas que no han sido alcanzadas por la predicación del evangelio, y por lo tanto, como una tarea que sólo algunos “profesionales” realizan: pastores, plantadores de iglesias, misioneros. La misión es de Dios, e incluye a los creyentes, a cada creyente, por pura gracia convocándoles a la tarea de predicar el evangelio a todo el género humano, y a extender con sus vidas y trabajo el Reino de Dios en cada esfera de la vida.

El texto bíblico reporta la necesidad del movimiento, al señalar a Jesús recorriendo ciudades y aldeas. La palabra en su idioma original refiere a una actividad continua. La misión, entonces, no se desarrolla desde un escritorio, sino en el camino. Jesús es alguien que trabaja, y duramente, por el Reino de Dios. La tranquilidad produce incomodidad en él. Esto nos enseña un principio: la comodidad produce aletargamiento. La iglesia no debe estar entre cuatro paredes, sino recorriendo su ciudad, conociendo a las personas, relacionándose con ellas. La misión está donde tú estás… no es un evento, es la vida. El lugar en el que habitas cotidianamente es tu campo de misión, sea en Chile o en otro lugar del mundo. 

Es muy interesante lo que hace Mateo con su relato que nos lleva a decir que el Señorío de Cristo es total, y por ende, la misión involucra la totalidad de las cosas. Esto lo hace al diferenciar entre ejes de la misión que Jesús está llevando a cabo, y que dan cuenta de la integralidad de la vida de los seres humanos.

  • Enseñar. La palabra ocupada en el griego, es la que da origen a la palabra didáctica. Enseñar se refiere a impartir una información más detallada acerca del anuncio hecho. Jesús no sólo anuncia, sino que explica. La capacitación de los creyentes no es opcional, es algo fundamental para la vida. No desvalorices las actividades que tu iglesia provee para tu entrenamiento espiritual. 
  • Predicar el evangelio del Reino. Si bien es cierto, la predicación tiene una dimensión de enseñanza, su finalidad es otra: la proclamación y anuncio de la verdad. En este caso, lo que se predica es el evangelio del Reino. El evangelio son las Buenas noticias que nos presentan la verdad que nos dice que Dios nos ha regalado salvación por medio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Es nuestro sagrado deber. Y para eso ya tienes lo prioritario, que no son métodos, sino tu vida salvada. Por su parte, los cuatro evangelios hablan del Reino de Dios, pero Mateo lo hace con un énfasis especial. Ocupa el concepto de “reino de los cielos” para mantener la reserva judía de pronunciar indebidamente el nombre del Señor. Esta expresión, en palabras de William Hendriksen, reporta cuatro ideas fundamentales: “las expresiones ‘el reino de los cielos’, ‘el reino de Dios’, o simplemente ‘el reino’ (cuando el contexto deja en claro que se quiere decir ‘el reino de los cielos o de Dios’) [1] indican el reinado de Dios, su gobierno o soberanía, reconocido en los corazones [2] y que opera en la vida de su pueblo, efectuando la completa salvación de ellos, [3] su constitución como una iglesia, y finalmente [4] como un universo redimido” (Comentario a San Mateo). Estos cuatro elementos están relacionados entre sí, y se manifiestan en la lógica del “ya, pero todavía no” que espera la consumación de todas las cosas por Cristo. Lo relevante, es que todo está subordinado a la gloria de Dios. Es demasiado relevante que la enseñanza y la predicación se hacía en la sinagoga, en el lugar de los otros, y no en el lugar propio. El evangelio nos saca de la comodidad de nuestros templos para ir al lugar de los demás.
  • Sanidad. Esta idea nos muestra que el Reino de Dios se había acercado en la persona de Jesucristo. Los milagros señalan el poder transformador de Cristo: quien tiene poder de modificar la naturaleza o lo material, puede transformar el ser y perdonar pecados. Otra cosa fundamental, es que Cristo sanó a todo tipo de personas: judíos y gentiles, ricos o pobres, mostrando preocupación por las necesidades integrales de las personas según la realidad que atravesaban. Y un detalle, la palabra griega, es la que da origen a la palabra “terapia”, que alude también a un concepto más amplio que curar una enfermedad. Por eso se habla también de dolor. Cristo tiene el poder para curar tus enfermedades y dolores. Él mismo lo señaló: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio” (Mateo 11:5).

El corazón de la misión.

Jesús no sólo tuvo preocupación por sus discípulos, con quienes compartió la comunidad por casi tres años, sino por todas las personas. Las multitudes a las cuales nos acerca Jesús, dan cuenta que nuestra preocupación tiene que pensar en todos los seres humanos. Pero dicha preocupación no sirve de nada, si alguien no tiene amor. Pablo lo dice explícitamente: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1ª Corintios 13:3). Cristo, literalmente, “se conmovió desde las entrañas”. La universalidad del mensaje no es abstracta, a todo el mundo, como si miráramos un mapa o un programa formal de acción. Es concreta y muy real porque el Señor se acerca a personas de carne y hueso que están abatidas. 

Aquí está también la urgencia de la misión: Jesús tuvo compasión de quienes sufren el abuso, el abandono y el agotamiento, por quienes no tienen esperanza, y que carecen de guía y acompañamiento que les eduque y proteja según sea necesario. No hay misión sin misericordia. No hay cristianismo sin amor al prójimo. No hay fe sin obras. Como dijo Samuel Escobar: “La misión también incluye la compasión como resultado de la profunda preocupación por las multitudes y sus necesidades. No es ni un brote de emoción sentimental ni una opción académica por los pobres, sino la realización de acciones de servicio concretas e intencionales con el fin de alimentar a la multitud con pan para la vida, además de compartir el Pan de vida” (Cómo comprender la misión).

Jesús ve a las personas como “ovejas sin pastor”. La imagen de las ovejas que tienen pastor o que carecen de él, es recurrente en el Antiguo Testamento y es apropiada por los apóstoles para referir a Jesús. Los rabinos y los líderes religiosos de la época dañaban a las personas poniéndoles más carga que la que pueden llevar.  ¿Cómo miramos nosotros a los no creyentes? Nosotros tendemos a mirar a las personas, creyentes o no, sobre todo en los primeros acercamientos, a partir de la diferencia. Y si bien es cierto, es un punto focal legítimo, porque tendemos a aprender de manera significativa por comparaciones, no es la única forma que tenemos de mirar. De hecho, los creyentes tenemos un filtro para mirar a los demás llamado evangelio. El evangelio nos hace ver en los otros a “ovejas sin pastor”, carentes de cuidado, necesitadas de alimento genuino (¡la Palabra de Dios!) y como potenciales receptores de nuestro amor. 

Pero nuestra tendencia, pecaminosa por lo demás, consiste en ver a los demás como candidatos al infierno o, derechamente, como enemigos. La gracia se diluye en nuestras concepciones mentales cuando vemos a las personas de esa manera. Y aquí es necesario decir lo siguiente: si el cristianismo no bota las barreras étnicas, nacionales, culturales, políticas, entre hombres y mujeres, y de clases sociales, es porque en algo nos estamos adaptando a la individuación del sistema imperante. Podemos llamar, de manera bíblica y consistente, que cualquier cosa que se transforme en una barrera a la proclamación del evangelio es un ídolo monstruoso, pues “cuando se sirve a Cristo, ya no hay más rotos ni realeza”, al decir hip-hopero de Elemento en su “Presuntos enemigos”.

El llamado de la misión.

Una de las consideraciones que debiésemos tener es que el trabajo es mucho. La mies apela al tema de la evangelización, más que cualquiera otra de las tareas. Pero en todas ellas se requieren manos. Mi amigo y pastor Vladimir Pacheco me enseñó hace algunos años que “quien no trabaja, da trabajo”. Y es demasiado real. Si tú no trabajas, terminas haciendo que otros realicen la labor que a ti te tocaba, por lo que hay muchas personas que se terminan desgastando en las tareas del Reino porque no sólo hacen su labor, sino que hacen la de otros que no se comprometen por la iglesia de Cristo. Piensa en lo ofensivo de expresiones tales como: “-es que yo trabajo”, a modo de excusa para no participar de las labores de la comunidad. Hoy debes sentirte incómodo si no estás haciendo nada, o haciendo poco. ¡Hoy debemos arrepentirnos!

Al cerrar el texto, notamos que la oración es la que pone la agenda. Y como en todo orden de cosas, la oración nos obliga. Ante Dios en oración nos presentamos como súbditos ante el soberano del universo. Y allí decimos cosas que a veces nos cuesta aterrizar en la vida. Por lo mismo, debemos considerar que ella funciona no sólo como comunicación con Dios, sino como lineamiento para la acción. Oración y trabajo siempre van de la mano. 

Debemos orar por los trabajadores del Reino de Dios, porque nadie desarrollará nada sin que Dios lo llame y lo prepare para llevar a cabo su labor. Es el Señor quien regala sus dones y levanta ministros para trabajar en su Reino y edificar la iglesia. Y como suele ocurrir en la historia bíblica, el Señor envía a los mismos que oraron, como se señala en el siguiente capítulo respecto del llamado a los doce apóstoles. 

Para la reflexión final:

  • Jesús, el protagonista de esta historia, actúa escandalosamente. Es probable, que los papás y las mamás judíos hayan tenido algún dicho similar al “dime con quién andas y te diré quién eres”, que escuchamos repetidamente en nuestros hogares. A Jesús poco le importa eso. Él tiene muestras de compasión y acercamiento con pobres, mujeres, samaritanos, leprosos, endemoniados y, por supuesto, con publicanos. Los toca, conversa con ellos, hasta comparte la mesa y, desde luego, sana las heridas del corazón, transformándoles como sólo él sabe hacerlo
  • Este texto nos ha mostrado con suma claridad que no existe esa disociación artificial entre proclamar el evangelio y hacer buenas obras. Hacer extremos implica construir iglesias en las que existe una religión que no tiene nada para la vida aquí y ahora, o, por el contrario, construir una comunidad estilo ONG que solo piensa en la tierra y no tiene a la vista el cielo y la maravilla de su justicia en plenitud. Ambos son mensajes incompletos, porque nos hacen pensar en un Cristo limitado, y no en el anunciado por Pablo cuando señala que “todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16). Cristo es el Señor de todo, por lo tanto la iglesia le debe servir y amar en todo.
  • ¿Entiendes tú que faltan obreros en la viña del Señor, y que tú puedes ser uno de ellos? ¿Sientes compasión por las personas que necesitan del buen pastor para ser amadas y cuidadas de verdad? ¿Reconoces que el ministerio de Jesús buscaba predicar y enseñar, junto con sanar “toda enfermedad y dolencia del pueblo”? ¿Te preocupa predicar y vivir un evangelio que se preocupe por las personas integralmente? Aterrizando aún más esto, ¿qué estás dispuesto hacer frente a esta buena nueva desde hoy? ¿Qué te comprometes a practicar para predicar y servir a otros? ¡Dios nos libre de sentarnos en la comodidad y la indiferencia! ¡Dios nos ayude para gastarnos para él, pensando en que lo más importante es el Reino de Dios y no nuestras agendas limitadas!

Luis Pino Moyano.

* El texto convierte en artículo el bosquejo de una predicación homónima realizada en el Retiro Presbiterial de Jóvenes: “Anuncia su gloria”, expuesta el domingo 20 de enero de 2019, en La Granja Presbiteriana de El Tabo.