¿Por qué cantar y orar en navidad?

“El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto. Pero cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados’. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: ‘La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel’ (que significa ‘Dios con nosotros’)” (Mateo 1:18-23).

¿Se debe celebrar la navidad? ¿Es posible cantar y orar en Navidad? Algunos creen que no debemos celebrar la Navidad, por su aparente origen pagano, el del nacimiento del sol, lo que daría cuenta de un sincretismo religioso innecesario. Otros, apelando al “real sentido de la navidad”, alzan sus banderas anticonsumo, y cuestionan el ejercicio de comprar y regalar. Otros piensan que la navidad es para los niños, y que es por ellos que hay que celebrarla. Todas esas visiones conllevan maneras distintas de ver y realizar la celebración.

¿Pero qué decir frente a estas miradas tan dispares? Que a pesar de las notorias diferencias, todas se unen en un punto: el del olvido…

  • El olvido de que ésta es una tremenda oportunidad que nos brinda el calendario para hablar del amor de Jesús el Redentor, que nació en Belén, sobre todo a nuestros familiares y amigos no creyentes.
  • El olvido de que los regalos y el compartir no necesariamente muestran una actitud consumista, sino más bien, relevan la posición de nuestro corazón, el sentido que damos a dicha entrega, recordando que para el cristianismo vale más “dar que recibir”.

La Navidad es una fiesta que nos invita a no olvidar. La Navidad es un acto de memoria en el que celebramos la encarnación de Jesús, cuyo nacimiento, vida, enseñanza, muerte y resurrección nos da la certeza de la Redención, la que alcanza a todos los que fueron amados por Dios desde la eternidad, antes de que el mundo fuese.

Aún no hemos respondido a cabalidad la pregunta: ¿Por qué cantar y orar en navidad? Leímos el texto de Mateo, que nos presenta el evangelio a través de tres nombres dados al Salvador. Esos tres nombres nos presentan la identidad de Jesús y, además, el poder de su obra.

Jesús es la forma griega del nombre hebreo “Josué”. Era un nombre muy común en la época. Lo que importa es su significado y la radicalidad que alcanza en la persona del niño que nació en Belén. El nombre significa “Yahvé salva”. Sin lugar a dudas, la encarnación tiene un sentido misional cuyo clímax se encuentra en la cruz de Cristo. La navidad está muy ligada a la pascua. No son lo mismo, pero no pueden entenderse por separado. Cristo descendió a la tierra para morir. Así lo señala Pablo cuando dice: “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación. Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios” (2ª Corintios 5:17-21). Fue por nuestra salvación que la Segunda Persona de la Trinidad, Dios mismo, se hizo hombre y nació en un humilde establo, y recostado en un pesebre. Fue por amor a nosotros que Cristo sufrió la cruz. Es Dios quien está en misión, y en esa misión de reconciliación, Cristo es el Salvador. La justicia y la gracia se nos manifiestan en el pesebre y en la cruz. Junto a Charles Spurgeon podemos decir que: “Habrá paz para la raza humana, y buena voluntad hacia los hombres por siempre y para siempre, mientras se dé gloria a Dios en las alturas. ¡Oh bendito pensamiento! La Estrella de Belén nunca se ocultará. Jesús, el más hermoso entre diez mil, el más amable entre los bellos, es un gozo para siempre”.

Cristo, es el otro nombre. También es un concepto griego, que reemplaza a uno hebreo, en este caso el de Mesías. Significa “ungido” (ungir es untar con aceite), alguien que fue llamado y consagrado para cumplir una labor, en este caso la del Libertador prometido en todo el Antiguo Testamento. Cristo fue ungido para llevar a cabo su función de Rey, Profeta y Sacerdote. Esto es una buena noticia, pues el Reino de Dios se ha acercado a nosotros en la persona de Cristo, Reino que será consumado en el día final. Es una buena noticia, porque recibimos al profeta por excelencia, a aquél que nos trajo la Palabra viva del cielo, hablándonos con autoridad, no como los maestros de la ley y los fariseos. Él es el autor y el consumador de nuestra fe. Es una buena noticia porque hemos recibido al sacerdote perfecto. Sacerdote que no sólo ofició el sacrificio, sino que además fue la ofrenda perfecta, la única posible para conseguir eterna redención. Hasta el día de hoy él intercede por nosotros delante de nuestro Padre.

Emanuel, es el tercer nombre. Es el cumplimiento pleno de la profecía dicha por Isaías. Es el cumplimiento literal de la profecía y no una mera señal de la presencia de Dios con nosotros. ¡Cristo es Dios! Juan 1:1: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”; Colosenses 2:9: “Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo”; Romanos 9:5: “De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén”; Tito 2:13: “mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”; Hebreos 1:8, Dios hablando, dice: “Pero con respecto al Hijo dice: ‘Tu trono, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos, y el cetro de tu reino es un cetro de justicia’”; y 1ª Juan 5:20: “También sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al Dios verdadero. Y estamos con el Verdadero, con su Hijo Jesucristo. Éste es el Dios verdadero y la vida eterna”. No existe religión en el mundo que tenga un dios tan cercano, como el Dios verdadero, del cual el Emanuel es la imagen visible.

Un viejo himno decía: “Oh ven bendito Emanuel / de la maldad rescata a Israel, / que llora en triste desolación / y espera ansioso su liberación”. El bendito Emanuel está con nosotros, nos salvó y vive con nosotros. Él prometió estar presente con sus discípulos hasta que venga otra vez. ¡Jesucristo está con nosotros! Su presencia nos da vida.

Dietrich Bonhoeffer señaló en Resistencia y sumisión que: “La iglesia ha de colaborar en las tareas profanas de la vida social humana, no dominando, sino ayudando y sirviendo. Ha de manifestar a los hombres de todas las profesiones lo que es una vida con Cristo, lo que significa ‘ser para los demás’”. Lo que los cristianos celebramos en navidad no es la fiesta del consumo, cuyo gozo absoluto es “recibir” y “tener”, sino más bien una fiesta que se goza en “dar”, en “ser para los demás”, lo que se manifestó de manera totalmente concreta y real en un humilde pesebre, en las enseñanzas del Hijo del Hombre y en una pesada cruz.

¿Por qué cantar con fervor y orar con agradecimiento en Navidad? Porque Jesús de Nazaret, es el Cristo y es el Emanuel. ¿Qué más motivos podríamos querer?

Vivamos como salvos. Trabajemos como colaboradores del Reino de Dios. Alegrémonos porque Dios está con nosotros. Todo eso debiera llevarnos a caer de rodillas y orar con alegría y sencillez de corazón.

Navidad, sin dudas, es un tiempo para cantar y orar.

Luis Pino Moyano.

* Reflexión bíblica compartida en el culto de Nochebuena de 2016, en la Iglesia Refugio de Gracia.

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Celebremos la navidad con alegría.

Está más que claro que Jesús no nació un 25 de diciembre del año 0. De hecho, es muy probable que naciera el 3 o 4 antes de él mismo. Y de hecho, es indudable que antes de nuestra celebración de la navidad existió una fiesta de origen pagano dedicada al sol invicto. ¿Por qué entonces celebrar la navidad? 

Celebramos la navidad porque esta fiesta nos invita a recordar y celebrar a Jesucristo, quien teniendo toda la alabanza en el cielo, dejó su gloria y se humanó por amor a nosotros, encarnándose en una realidad totalmente distinta a la propia. Jesús se hace carne en un pueblo que estaba sometido bajo el yugo del imperio romano, llegando a una familia de Nazaret, un lugar del que nadie esperaba nada bueno, y cuyo padre de familia era un artesano. Su pobreza es radicalizada cuando no encuentran un lugar dónde quedarse en Belén, sino solamente en una cueva donde encontraban cobijo los animales de familia, en el que la cuna fue un pesebre, es decir, el cajón donde se colocaba la comida de las especies del campo.

No es cosa menor que los primeros en recibir la noticia del nacimiento de Jesús fueron pastores trashumantes, que cargaban con el fuerte prejuicio de ser amigos de lo ajeno. Pablo señaló que: “Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes llegaran a ser ricos” (2ª Corintios 8:9). El hijo de Dios se ha humillado. Es por eso que la navidad trae consigo un mensaje que quita el miedo y produce alegría: “Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:10,11). Y aquí, hay otro motivo por el que podemos celebrar: y es que el evangelio es una fuente que produce alegría, alegría que radica en la salvación que trajo el niño que nació en Belén. 

Los ángeles que se aparecieron a los pastores, cantaron dicha noche: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad” (Lucas 2:14). He aquí, en esas breves palabras la profundidad de la buena noticia: Dios es glorificado, y sólo Él debe recibir dicha adoración, porque sólo en Cristo está la paz con Dios y con nuestro prójimo. Ese paz que tiene que ver con encuentro y comunión es el regalo por excelencia que sólo Cristo sabe dar. Y esa paz que se da no es gratis, costó un precio, la cruz del Redentor. En navidad no sólo celebramos el nacimiento, sino la misión de Dios en Cristo que tiene como punto cúspide la cruz en que el precio de nuestra redención fue pagado. 

Es por esto que la navidad nos invita a celebrar en el anuncio de todas las bondades de Dios, como también en la expresión de gozosa adoración. Es eso lo que los pastores de Belén hicieron: “Cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: ‘Vamos a Belén, a ver esto que ha pasado y que el Señor nos ha dado a conocer’. Así que fueron de prisa y encontraron a María y a José, y al niño que estaba acostado en el pesebre. Cuando vieron al niño, contaron lo que les habían dicho acerca de él, y cuantos lo oyeron se asombraron de lo que los pastores decían”  (Lucas 2:15-18). Esto que vemos en los pastores no es sólo curiosidad, es la certeza de que el mensaje recibido es verdad. Por eso se comunica. Por eso se adora. 

Veamos la navidad como una oportunidad y no como un problema. Como una oportunidad de seguir anunciando que en Belén nació el Salvador. Como una oportunidad de compartir felizmente con nuestras familias y para congregarnos y compartir con nuestros hermanos la comunión y la devoción. Si fuese posible, también, como una oportunidad de entregarnos regalos, entendiendo que lo más importante no es el objeto material, sino el sentido que le damos a dicha entrega, la posición de un corazón que se goza en dar y en la misericordia. 

Celebremos con alegría… Hay motivos para hacerlo. 

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín del mes de la Iglesia Refugio de Gracia, diciembre de 2017.

Viejito Pascuero acuérdate de mi.

Es probable que esta sea la última navidad en la que mi hijo Miguel tenga certeza de la existencia del Viejo Pascuero. Ya ha comenzado a ponerlo en duda, producto de conversaciones con compañeros y por un capítulo de la primera temporada de Los 80 que estamos viendo. Es muy probable, que avanzando en esa senda, mi hija Sophía, tal vez, siga también sus pasos. Y es así, como un momento de la niñez se va, para seguir creciendo indefectiblemente, mientras los jóvenes de ayer cada día nos ponemos más viejos.

Más de alguien se preguntará, ¿por qué hacerles creer respecto del Viejo Pascuero si éste no existe? ¿No es acaso mentir? El Viejo Pascuero, conocido también como Papá Noel, Santa Claus y San Nicolás, no está en la esfera de la mentira, sino de la ficción, de la imaginación y del ensueño. La invitación es similar a la que te hace la novela de un autor favorito, o las películas que te encantan observar. Por eso, la discusión verdad-mentira no es pertinente acá.

Hace tiempo leí una respuesta que se le atribuye a Albert Einstein: “Si quieres que un niño sea inteligente, léele cuentos de hadas. Si quieres que sea más inteligente, léele más cuentos de hadas”. Es por esa convicción que yo fomento, y fomentaré hasta cuando sea posible, con la convicción de que dentro de la capacidad de pensar y crear está la de imaginar. Y sobre todo, en ciertas etapas vitales en las que lo real y lo imaginado se funden (aunque, en muchos casos, parece que eso excede las fronteras de la infancia). Ya llegará el momento de los teoremas, teorías y de los discursos históricos y político-sociales. Pero incluso en esas épocas seguirá siendo pertinente imaginar. En una de esas, ayudamos a otra generación cristiana a que tome el testimonio dejado por C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien, y las que por un realismo vacuo y carente de asidero no debe arrojarse por el suelo.

Cuando un niño entiende que esto no es mentira, sino imaginación, no quedan traumas ni dolor. Por el contrario, viene la sensatez de pensar en todos los esfuerzos que “los viejos” realizaron en la vida, en buenos y malos momentos, para dotarnos de alegría. Y por supuesto,  dicho relato podría complementarse con la historia de Nicolás de Myra, que vivió entre 270 y 345-352 aproximadamente. Este obispo era un hombre comprometido por la verdad del cristianismo, tanto que se llega a contar que en el Concilio de Nicea al encontrarse con Arrio le abofeteó el rostro por su negación de la deidad de Cristo (the real Viejito Pascuero era un rockstar), como con la práctica del amor radical, al nivel de regalar toda su fortuna a los pobres. Es en ese acto de amor que se entrega donde se originarían los relatos populares de Santa Claus.

¿Y qué pasa con el verdadero sentido de la navidad? ¡Nada puede hacer obnubilar la realidad, santidad, majestad, amor y poder de Jesucristo! Un relato como el del Viejito Pascuero no tiene esa fuerza, y menos debe adquirirla en nuestro relato. Pero por otro lado, a veces el moralismo supuestamente seducido por la verdad, es una expresión que apunta con el dedo y gana adeptos, pero daña vidas propias y de otros. Los grinch que ven paganismo en todos lados no conocen a Aquél que dijo “He aquí yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5). Dar y reír deben ser una constante en las vidas de quienes seguimos las pisadas de Jesús. Ninguno, uno o muchos regalos pueden reflejar la actitud de tu corazón. El agrapha de Jesús es rotundo: “hay más dicha en dar que recibir” (Hechos 20:35). Si eres cristiano y no entiendes que celebrar y regalar son expresiones de la espiritualidad, te falta mucho por caminar…

Caminar y no andar peleando por nimiedades.

Luis Pino Moyano.

María: una discípula radical del Redentor.

No es una mujer que pase desapercibida. Unos la adoran y/o veneran de manera extrema (hiperdulía). Otros la han mirado como una mujer desvergonzada que monta un fraude, haciendo pasar un hijo de otro como fruto de la obra del Espíritu. Otros la comparan con otras mujeres de la historia, como por ejemplo, con la Malinche, una como la mujer virgen e inmaculada, la otra violentada y cuyos hijos son “los hijos de la chingada”, según lo releva Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”. Por otro lado, nosotros, los evangélicos, en muchos momentos la hemos mirado con cierta indiferencia, lo que nos ha hecho guardar un silencio impropio con respecto de María. Esto es fácil de constatar haciéndose la pregunta: ¿cuántas predicaciones escuchaste sobre la vida de María en la iglesia a la que asistes?

Evidentemente, dicho silencio proviene como una reacción a la lectura católica, ya sea la de la dogmática o la de la religiosidad popular. No nos referimos a ella como “Santísima” ni como “madre de Dios” (aunque ese concepto surge en medio de las controversias cristológicas, por lo que esa afirmación más que hablar de María, habla de Jesús y su persona divina), “corredentora y mediadora con Cristo”, “madre de perpetua ayuda”, “reina del cielo” ni “dispensadora de todas las gracias”. Tampoco creemos en su “inmaculada concepción” ni en su “perpetua virginidad” ni en su “ascensión al cielo”. Pero todo eso no es obstáculo para hablar de ella, ni de mirarla como una hermana nuestra en el seguimiento del Salvador, digna de un trato amoroso y honroso, sobre todo a partir de la memoria de su labor en la misión de Dios.

Nosotros, los evangélicos debiésemos creer todo lo que la Biblia nos dice acerca de ella: una mujer joven, descendiente de David, comprometida y luego casada con José, un carpintero originario de Belén, también descendiente de David (por otra raíz familiar), que vivía en Nazaret, un lugar de baja alcurnia. Debiésemos creer que María, en cumplimiento de las profecías con respecto del Mesías, fue virgen hasta el nacimiento de Jesús y que luego le siguió obedientemente, inclusive estando a los pies de la cruz, cuando los discípulos estaban escondidos llenos de miedo por lo ocurrido con su maestro. María, nuestra hermana, fue parte la primera iglesia, fue humilde, devota, con una vida de mucha profundidad espiritual y practicante de la meditación nacida de la Palabra de Dios. ¡Fue una mujer más que bienaventurada! El proverbista señalaba: “El encanto es engañoso, y la belleza no perdura, pero la mujer que teme al Señor será sumamente alabada” (Proverbios 31:30 NTV). Hacemos bien, como creyentes al igual que ella, al mirar lo que nos dice la Biblia, para aprender y vivir.

  1. La Biblia nos habla de una mujer valiente.

¡Qué duda cabe de esto! María fue una mujer valiente. Arriesgó la piel por la obediencia radical al Dios todopoderoso. No fue una obediencia ciega, pues ella sabía que si el Altísimo encomienda una labor, la única posibilidad coherente es obedecer a esa voluntad que es buena, agradable y perfecta. Fue una mujer valiente porque aceptó la comisión de ser la madre del Salvador, sin saber cómo sería esto sin una relación sexual de por medio, siendo esto, tal y como lo es para nosotros, un misterio. Además de eso, corriendo el riesgo del cominillo de su pueblo, la incomprensión e, inclusive, la posibilidad de la pena capital si la impresión espiritual hubiese sido un invento de la cabeza de esta joven mujer. Ella piensa, cree y actúa. Basa su confianza en la sabiduría y la bondad de Dios, porque nada es imposible para Él.

María experimentó el sufrimiento al ver los intentos de Herodes de matar a Jesús, como también producto de los sobresaltos que el ministerio de su hijo experimentó, sobre todo con las autoridades religiosas de la época. Y para qué hablar del juicio injusto y la cruz ignominiosa que sufrió nuestro amado Señor. María, la mujer dada a la meditación, la que guardó todas las cosas en su corazón, con seguridad debe haber recordado las palabras del viejo sacerdote Simeón, que luego de tomar en los brazos al niño llevado por José y María al rito de inclusión de los hijos a la familia del Pacto (la circuncisión), y cantar el bello “Nunc Dimittis” (Lucas 2:29-32), dijo a María: “Este niño está destinado a provocar la caída de muchos en Israel, pero también será la alegría de muchos otros. Fue enviado como una señal de Dios, pero muchos se le opondrán. Como resultado, saldrán a la luz los pensamientos más profundos de muchos corazones, y una espada atravesará tu propia alma” (2:34,35). ¿Alguien hablaría así a una madre con su bebé de ocho días de nacido? Simeón estaba diciendo que una espada ancha, como símbolo de un dolor angustioso, penetraría el alma de María. Y así fue. Ayudan a nuestra imaginación “La Piedad”, de Miguel Ángel, como también, la escena en la que Olivia Hussey personificando a María, toma a su hijo replicando la escultura renacentista, en la tremenda película de Franco Zeffirelli. María no calza en los estándares de prosperidad y de autoayuda que abunda en mucha predicación que se dice evangélica. Su vida estuvo marcada por la sombra de la cruz.

2. La Biblia nos habla de una mujer que canta y ora. 

María fue la autora de una de las canciones más conmovedoras y confrontadoras de la Biblia, y me atrevo a decirlo, a lo largo de la historia. Tal vez Bach podría ser de mucha ayuda en esto, aunque la lectura de El Magnificat, por sí sola nos grita fuerte al corazón. Se conoce así a este canto por su primera palabra en la Vulgata, que podría traducirse como “engrandece” o “glorifica”. Es el canto de una mujer que asume la voluntad de Dios, a pesar de los riesgos, actuando así por la vista de la acción de Dios en la historia, acción llena de prodigios y de poder. El canto de María no disocia los atributos de Dios, por ello es que le alaba por su amor, por la gracia manifestada en el Salvador, por la fidelidad del pacto y por la justicia que se vive en el Reino de Dios. Amor y justicia aquí están unidos intrínsecamente, como lo están la razón y los sentimientos de la mujer que canta.

En el canto, María reconoce a Dios como Señor y Salvador (Lucas 1:46,47), y como consecuencia de ese conocimiento de Dios, ella se reconoce como una humilde sierva (1:48), lo que refiere a su pobre condición social, a la oscuridad desesperanzadora de su contexto, a su insignificancia, como también al pecado que le lleva a necesitar la redención. El título de “bienaventurada” lo tiene por gracia, no por mérito alguno. La alegría proviene de Jesucristo que le salva. Además, la adoración es motivada por Dios, pues Él es quien nos convoca a adorarle. Adorando, María reconoce que la gracia de Dios se ha manifestado en muchos actos en su vida, pues cuando la vida toda es gobernada por Dios podemos ser testigos de las grandes cosas que Él hace (1:46,47,49). Todo esto nos hace recordar el amor y la alegría que brotan del perdón. María nos muestra, también, que nuestras relaciones cambian cuando miramos a los demás con el evangelio, desde los lentes de la gracia.

En el canto, María reconoce la justicia de Dios en su Reino (1:51-53). Es interesante que ella mencione como pasado cosas que seguían sucediendo en su presente, y que están vigentes en nuestro tiempo. El brazo del Señor era un símbolo, según Lutero y Calvino de la actividad de Dios en la historia y en nosotros, comunitaria e individualmente. La fuerza de Dios en acción nos motiva a trabajar en el presente. María habla de los soberbios, poderosos y ricos. Aquí el problema no está ni en la fama ni en el poder ni en el dinero, sino más bien, en la idea de que estamos seguros en nosotros mismos, presumiendo que Dios y los demás deben estar contentos con lo que hacemos y en cómo vivimos. El canto nos muestra a Dios librando a los poderosos y amándoles, doblegándolos, quitándoles el poder. Indefectiblemente, todos los ídolos, los imperios y las tiranías caerán. Sólo el Reino de Dios se mantendrá incólume.

También se nos muestra a los pobres y a los hambrientos. Aquí, vemos a Dios siendo generoso con quienes le siguen con humildad, con pobreza de espíritu, y deja de lado a quienes se sienten con el derecho a ser escuchados por Él. Pero además, nos muestra la justicia vindicativa de Dios, que se ve en su trato, en el que demanda acciones de parte de nosotros, en relación con los pobres, los huérfanos, las viudas y los inmigrantes, lo que hace que nuestra misericordia no sólo sea una muestra de genuina caridad, sino un acto de justicia en el que se da a los desamparados aquello que se les debe. Dios, en la historia, actúa complaciéndose en elegir lo vil, lo débil, lo despreciado del mundo, para llevar a cabo su misión. Eso éramos algunos de nosotros. La opción preferencial por los pobres a muchos les suena a teología de la liberación, aunque el concepto surgió en Medellín en 1968, de los obispos católicos, entre los que una minoría adscribía a esa corriente. Es un concepto que tiene mucha relación con lo que la Biblia dice con respecto a quienes sufren los rigores de la vida y el desamparo (véase esto, con mayor profundidad, en el libro “Justicia generosa” de Timothy Keller). Pero, si no estás de acuerdo con dicha lectura, el oponerse a una opción preferencial no debiese implicar una opción “despreferencial”. Es nuestro deber cuidar a los pequeñitos de Dios que requieren de ayuda activa. Es parte de la misión de Dios. Es una falsa dicotomía, entonces, decir que la predicación del evangelio excluye las acciones que tienden a la misericordia-justicia. Que algunos lo lleven a cabo de esa manera, no dice NADA con respecto al criterio bíblico. Las experiencias no son normativas. La Biblia lo es. Nuestra justicia proviene de Cristo, por ende, no nos debemos dejar dominar por los discursos de nuestra época. No hay verdadero amor si éste no se sustenta en Dios. No hay verdadera justicia social si no se sustenta en Dios. No hay real valoración de la vida humana si no se sustenta en Dios.

En el canto, María reconoce que Dios ha sido fiel al pacto, porque Él es fiel, trinitariamente consigo mismo, y es fiel con su pueblo. Según Gálatas 3:16, el pacto que Dios hizo con Abraham tuvo su cumplimiento con el nacimiento de Cristo. El Reino de los cielos se ha acercado y está presente, por más gris que parezca nuestra época, por lo que debemos aprender a vivir con la convicción y la esperanza de que Cristo es nuestro rey.

3. La Biblia nos habla de una mujer discípula que es fiel a su Señor y Maestro.

Todo lo que ya hemos visto nos da cuenta de una vida cristocéntrica. Pero, hay otros hechos de la vida de María que nos pueden seguir hablando. Hechos 1:14 nos muestra a María congregándose con los demás discípulos luego de la ascensión de Jesús. Eso es un signo de su vida: alguien que fue salvada por la cruz, tanto como los demás.

Y retrotrayéndonos en la historia de esta mujer, podemos recordar su confesión de fe, una declaración que debe marcar nuestro compromiso. En Juan capítulo 2 se nos muestra la escena de las bodas de Caná, y particularmente el momento en que se acaba el vino para la fiesta. Jesús sabe de esta situación por María. Jesús le hace entender no sólo que eso no era su problema, sino que además, ella no debía interponerse en su misión. María no discutió con Jesús, reconociendo con eso su autoridad respecto de ella. Pero además, se acercó a los sirvientes y les dijo: “Hagan lo que él les diga” (Juan 2:5). Si hay algo que debe marcar el discipulado de Jesucristo es la confianza y obediencia al camino que Jesucristo ha trazado, y que podemos conocer no por medio de nuestras ensoñaciones, sino que por medio de la Palabra que es inquebrantable. “Hagan lo que él les diga”, es un llamado a la renuncia que pone a Jesús como centro de la vida y a su Palabra como sólida base para el pensamiento, la emoción y la acción. ¿Estás dispuesto a hacer caso a estas palabras de María? Nada es más “mariano” que hacer lo que Jesús dice.

El evangelio nos muestra que en una ocasión, mientras Jesús estaba enseñando, una mujer maravillada por las enseñanzas del Maestro de Galilea, exclamó: “¡Que Dios bendiga a tu madre, el vientre del cual saliste y los pechos que te amamantaron!” (Lucas 11:27). Hermosa declaración de una mujer desconocida a su congénere, María. Jesús dijo: “Pero aún más bendito es todo el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica” (11:28). Esta no es una declaración contra María. Por el contrario, es una buena noticia para quienes compartimos el seguimiento de Jesús, tal y como María, y otros lo hicieron en el pasado y lo siguen haciendo hoy. María es una discípula que “nos lleva la delantera”, como decían los viejos entrañables pentecostales. No seguimos sus pisadas. Seguimos a Cristo. Pero su vida nos llena de ánimo, porque nos muestra la gracia de Dios, gracia que sigue operando. En el Magnificat, María dijo: “de ahora en adelante todas las generaciones me llamarán bendita” (Lucas 1:48). No temamos hacerlo ni decirlo.

Luis Pino Moyano.

La Navidad, el Reino de Dios y los pobres de la tierra.

Moralismo es la palabra. Veo en las redes sociales a un sinnúmero de gente despotricar contra la Navidad, interesantemente de distintos acervos, desde cristianos a agnósticos, sustentados simplemente en una moral dudosa y de poca enjundia. No estaría de más que le dieran una vueltecita al libro de Tomás Moulian, El consumo me consume, para darse cuenta de que nadie, ¡absolutamente nadie!, está libre del consumo. Pero quisiera tirar la piedra más allá. Para quienes creemos en el poder de aquél que puede hacer nuevas todas las cosas, nunca el Viejo Pascuero ni los regalos son un problema, porque nunca imaginar (la ficción no es lo mismo que la mentira) ni dar han sido un problema. Nuestro verdadero problema radica en dejar de dar la centralidad a Cristo, y una de las maneras de acometer eso es anteponiendo un discurso moralista contra quienes asumen la tradición religiosa de celebrar Adviento y la Navidad y, quienes por otro lado, se deleitan en celebrar y regalar. Ese no es un discurso bíblico, porque es un discurso ensimismado, que no anuncia la gracia, puesto que su deleite está en obras que buscan la autojustificación. Eso no es celebrar a Jesús.

Durante este tiempo de Adviento he tenido la posibilidad de compartir la Escritura en tres de los cuatro domingos que conforman esta celebración. En dichas predicaciones se encuentra la base de esta reflexión respecto a la Navidad en clave del Reino de Dios. Si hay una constante en los escritos veterotestamentarios es la esperanza mesiánica. Dicho sentimiento, aunque permanente, era agudizado en contextos de opresión imperial. Las palabras del salmista (Salomón) son un ruego que grita desde el fondo del alma: “Oh Dios, confía tus juicios al rey, tu justicia al hijo del monarca. Él juzgará a tu pueblo con justicia, a los humildes con rectitud. De los montes llegará al pueblo la paz, de las colinas la justicia. Hará justicia a los humildes, salvará a los oprimidos, aplastará al explotador” (Salmo 72:1-4). Lo que anuncian los salmos y los profetas cuando hablan del Mesías es un rey cuyo ejercicio siempre estará ligado a la justicia. Su tarea es llevar a cabo el proyecto de Dios en la historia, la restauración del orden creado. Cuando la Escritura habla de la redención o de lo nuevo, no se está refiriendo a algo inédito, sino que está dirigiendo su mirada al jardín en el que todo era Shalom: paz, justicia, armonía, vida en abundancia, gozo. Eso es lo que Jesús tiene presente cuando en la sinagoga de Nazaret lee las Escrituras: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar a los pobres la buena noticia de la salvación; me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y a dar vista a los ciegos; a liberar a los oprimidos y a proclamar un año en el que el Señor concederá su gracia” (Lucas 4:18,19). Y en uno de los sermones más breves y más polémicos de la historia, el Maestro de Galilea declara: “Este pasaje de la Escritura se ha cumplido hoy mismo en presencia de ustedes” (4:21). Cristo es Dios con nosotros, el rey prometido, quien consumará la consolación. Cuando pensamos en la Misión no podemos disociar estos elementos integrales del Reino, dejando de ver a Jesús como el pastor que se compadece y se muestra empático con quienes sufren los rigores de la vida.

Esto nos lleva a un tema complejo, pero no menos presente en las Escrituras: la justicia vindicativa de Dios. Dios no tiene favoritos, no hace acepción de personas, no es clasista. Su propósito es el Shalom, condición social que se sustenta en su justicia. El profeta Isaías dice claramente: “la justicia producirá la paz, el resultado de la justicia será tranquilidad y confianza eternas” (Isaías 32:17). Por ende, la vida del Reino de Dios ha de ser aquella en que la mirada hacia los pobres no es marginadora ni discriminadora, sino más bien redentiva, buscando cambiar su situación mediante la redistribución de los bienes y labores en la sociedad. Esto es sumamente interesante: el Reino de Dios no es asistencialista, sino que busca la colaboración y propende a la acción. Y dentro de las acciones más importantes, también manifestación de la fidelidad y voluntad perfecta de Dios, está la redistribución de la riqueza y el cambio en el ejercicio del poder. Es lo que canta María en el Magnificat: “Con la fuerza de su brazo destruyó los planes de los soberbios. Derribó a los poderosos de sus tronos y encumbró a los humildes. Llenó de bienes a los hambriento y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lucas 1:51-53). Dios es fiel con su pueblo y actúa en la historia con justicia contra la opresión. Por lo mismo, debemos decir que es parte del ejercicio de amor al prójimo quitar toda posibilidad de ejercer el poder a quien lo usa para dañar. No podemos estar pasivos, quienes buscamos colaborar con la extensión del Reino en todas las esferas de la vida, cuando vemos el abuso impertérrito e insolente de quienes son marginados día a día en la sociedad. Debemos alzar nuestra voz siempre, no para anunciar nuestra justicia y moral, sucias como trapos de inmundicia, sino para declarar el consejo de Dios, lo que la Escritura señala en relación al poder y a los pobres de la tierra. En la esperanza alimentada por adviento no nos olvidemos de quienes sufren el hambre, la injusticia, el oprobio, sino que anunciemos la buena nueva del “año en el que el Señor concederá su gracia”. Nos gozaremos con quienes tienen hambre y sed de justicia, porque son bienaventurados, y lloraremos-trabajando con quienes tienen hambre y sed de pan. 

En Navidad podemos vislumbrar la gracia del Salvador, la justicia del Reino y la fidelidad al Pacto. Amor, justicia y fidelidad no actúan por separado en el Dios en quien hemos creído. Por eso, con María podemos decir: “Todo mi ser ensalza al Señor. Mi corazón está lleno de alegría a causa de Dios, mi Salvador” (Lucas 1:46,47). Alegres miramos a quien teniendo toda la alabanza en el cielo se hizo pobre, para que en su vida y muerte, pudiésemos hablar de Dios como “mi Salvador”. Por eso hacemos bien en mirar al establo de Belén y ver a Jesús recostado en el pesebre. Aquí viene bien citar las palabras de Raymond Bakke, quien señaló que

“La historia de Navidad trata de un inmigrante intercontinental llamado Jesús, que nació en un establo prestado, vivió en el África, volvió para ser asesinado como criminal y enterrado en una tumba prestada, pero que resucitó de entre los muertos y ahora es el Salvador triunfal del mundo. Como ven, no contamos la historia de la Navidad de esta manera. La hemos envuelto en oropel de clase media. Hemos difamado la historia. La hemos sacado de su contexto misional”[1].

Cuando contemplamos la encarnación no sólo nos encontramos con un hecho teológico, ni con uno meramente estético. Nos encontramos con un hecho profundamente misiológico, que da cuenta de la ética que debiese caracterizar nuestro cristianismo, la del desprendimiento sacrificial de una vida que goza de darse a los demás. Es la renuncia al prestigio y a la fama que tanto nos gusta y al ascenso social que anhelamos. Mirar a Jesús en el pesebre nos hace matar el ego que ensimisma, para aprehender la comunidad. Partamos por ella, por nuestras comunidades, en la práctica de la justicia vindicativa y luego procuremos y trabajemos por su extensión en la sociedad.

Sin lugar a dudas, Navidad es un tiempo para cantar, orar y anunciar que la esperanza de los pobres de la tierra se ha cumplido: “Basta, hermanos, con que se fijen en cómo se ha realizado su propia elección: no abundan entre ustedes los que el mundo considera sabios, poderosos o aristócratas. Al contrario, Dios ha escogido lo que el mundo tiene por necio, para poner en ridículo a los que se creen sabios; ha escogido lo que el mundo tiene por débil, para poner en ridículo a los que se creen fuertes; ha escogido lo sin importancia según el mundo, lo despreciable, lo que nada cuenta, para anular a quienes piensan que son algo” (1ª Corintios 1:26-28).

El Reino es la proclamación visible de la gracia, en el cual la justicia de Dios es la que brilla, no la nuestra. ¡Aleluya!

Luis Pino Moyano


[1] Raymond Bakke. Misión integral en la ciudad. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2002, pp. 67, 68.