Memoria, horror y perdón. Un análisis a “El lector”.

“Ser cristiano significa estar limpio en un mundo sucio. No sirve de nada tratar de escapar del contacto con el mal. No sólo está dentro de nosotros, sino también a nuestro alrededor. Por mucho que podamos mirar hacia un nuevo cielo y una nueva tierra, no podemos decidir no participar en el mundo aquí y ahora. No sólo hay que mantenerse limpio en medio de la suciedad, también debemos estar gozosos y ser compasivos en medio de sus sufrimientos. Debemos comprender el mundo para conocer lo que pertenece a Dios, saber lo que es bueno y lo que es malo. Pero no nos corresponde juzgarlo o cancelarlo, porque es Dios quien ha de juzgar”. 

H. R. Rookmaaker [1].

¿Existe algo tan difícil en la existencia humana como acercarse al horror, con sus memorias y traumas? Creo que sí. Y es el camino posterior, cuando dentro de las alternativas aparece la posibilidad del perdón. A continuación, me permitiré un análisis de la novela de Bernard Schlinck “El Lector” [2], como también de la película homónima del año 2008, basada en esta obra, y dirigida por Stephen Daldry y protagonizada por Kate Winslet (le valió el premio Oscar), Ralph Fiennes y David Kross. Aquí se hace pertinente tener en cuenta, puesto que la fuente de análisis es una novela histórica detenida en película, lo dicho por Dominick LaCapra: “No hay que confundir al teórico o comentador que (cuestionablemente, según creo) habla por la víctima, o transforma los traumas de otros en ocasión para dar un discurso de la sublimidad, con la víctima que experimenta el síntoma como recuerdo vinculante con sus allegados muertos, ni tampoco aquel individuo poseído por los muertos que habla ‘miméticamente’ con sus voces” [3]. En otras palabras, la invitación nunca es dejar de leer la producción relacionada con el horror vivido. Lo que sí hay que hacer, es tener en cuenta el efecto performativo que produce el relato, el que no sólo actúa en la razón sino también en los sentimientos, llevándonos a construir reflexiones y movilizándonos a nuevas experiencias. 

1. Rápido repaso de la obra.

Debo señalar que, salvo la discordancia de las fechas entre la novela y la película (ésta última presenta fechas posteriores a la Segunda Guerra Mundial), la película da cuenta de una representación muy fiel  al texto literario. De hecho, el interés por realizar esta reflexión surgió de la vista de la película una decena de veces, lo que no obstó a que al verla una vez más, luego de la lectura de la obra, notara en la representación fílmica una serie de detalles de representación actoral que antes había pasado por alto. El libro alumbró sobre todo el lenguaje no verbal. 

La historia muestra el romance de un quinceañero Michael Berg con una bella mujer mayor llamada Hanna Schmitz. El encuentro inicial estuvo mediado por la enfermedad de Michael, quien recibió ayuda de una desconocida. Tres meses después se produce el reencuentro, cuando el protagonista se mejora de la hepatitis (escarlatina, señala la película). Allí comienza una serie de encuentros, marcados por la triada ducha-sexo-lectura. Pasión, que despierta el romance, y que trae consigo, tanto la compañía y el deleite, como también la rabia y la incomprensión. Michael y Hanna viven el erotismo en toda su expresión. Cada vez que veo esos momentos de la película, no puedo dejar de recordar las palabras de Georges Bataille, cuando señaló que: “El erotismo del hombre difiere de la sexualidad animal precisamente en que moviliza la vida interior. El erotismo es que en la conciencia del hombre pone en cuestión al ser” [4].  De hecho, tal y como señalara Bataille, este romance furtivo da cuenta de que aparentemente se busca un objeto de deseo fuera de uno, pero lo que en realidad sucede es que esos objetos responden a nuestra interioridad, a la interioridad del ser. Ocurre que en medio de esa relación dialéctica de encuentros y desencuentros, de la noche a la mañana Hanna desaparece, lo que hace que Michael quede sumido en la soledad, en la indiferencia, lo que trasuntó en individualismo. “No fui franco con nadie”, diría Michael a su hija Julia, muchos años después. 

Michael, cumplidos sus años de escuela, pasa a estudiar derecho en la Universidad de Heidelberg. Allí toma un curso para alumnos aventajados con el formato de seminario, sobre filosofía del derecho, dirigido por el Profesor Rohl, quien había vuelto a ejercer la docencia luego de la derrota del nazismo. En ese contexto, es que junto a su profesor y compañeros de curso asisten a juicios de crímenes de lesa humanidad durante la Segunda Guerra Mundial. Allí se vuelve a encontrar con Hanna, que era una de las acusadas. Cuando desapareció, dejando su trabajo, fue porque había ingresado a las SS, en 1943. Hanna señala que se trató de una oportunidad laboral que mejoraba su condición. Estuvo en campos de concentración en Auschwitz y luego en Cracovia y, participó del traslado de prisioneros en el invierno de 1944 en las “marchas de la muerte”. Ilana Mather una joven que en su niñez había estado prisionera en las mazmorras del nazismo da cuenta del proceso de selección de reclusas para la muerte, reconociendo a las oficiales a cargo de llevar a cabo dicha tarea, entre ellas a Hanna. Ella reconoce el hecho, diciendo: “Las viejas debían hacer espacio para las nuevas […] ¿Qué habría hecho usted?”. Según el testimonio de Ilana, Hanna aparenta más bondad en las decisiones, puesto que hacía que las mujeres y niñas le leyeran por las noches. Es en medio del juicio que Michael descubre un secreto que avergüenza a Hanna más que el haber pasado por las SS. Ella no sabía leer, por eso pedía a Michael que le leyera. Por eso pedía a las niñas y mujeres, prisioneras por ser judías, que le leyeran. Michael se da cuenta de esto cuando las compañeras de armas de Hanna de estar a cargo de la sección y que fue la redactora del informe que justifica la muerte de casi una centena de prisioneras en un incendio. Se le pide firmar un documento para comparar la letra. Hanna no lo hace, y además de eso se inculpa. Hanna es condenada por la muerte de trescientas personas, y le dan cadena perpetua. 

Años después del juicio, Michael le comienza a enviar grabaciones en casete de libros a Hanna, quien seguía reclusa. Los mismos libros de las tardes de romance, junto a nuevas lecturas. A partir de eso, Hanna empezó a leer y escribir de manera autodidacta. Cuando Hanna llevaba veinte años en prisión se genera un plan de reinserción social y liberación de Hanna, por lo que acuden a la única base de apoyo posible en la red de contactos: Michael. Ahí se produce el primer contacto directo entre ambos luego de la desaparición de Hanna. Michael le habla de su divorcio, y que le consiguió un pequeño departamento, cerca de la biblioteca pública y un trabajo. La forma no fue la más apropiada. De hecho se genera una tensión por una pregunta de Michael respecto a la memoria, a lo que Hanna le dice que daba lo mismo lo que había ocurrido, que los muertos estaban muertos, y que lo que valía es que ya sabía leer. La conversación terminó sin una retroalimentación esperada, más por ella que por él. Cuando se producía el día de la liberación, Hanna se suicidó. Dejó un testamento en el que le encargó a Michael dejar sus ahorros para Ilana Mather. Él viaja a Estados Unidos para entregar dicha donación, la que Ilana no recibe, ni acepta que se entregue a una organización de familiares víctimas de la Shoá porque consideraba una ofensa que absuelve dicho hecho, aunque consiente en que se entregue a una organización judía en pro de la alfabetización. 

La novela es de un realismo y de una crudeza potentes, lo que también se ve reflejado en la película que cuenta con una deslumbrante actuación de Kate Winslet (vale la pena recordar que recibió el Oscar por dicha actuación). La trama envuelve, provocadoramente atrapa de principio a fin, y de una u otra manera, hace que uno termine empatizando con Hanna, más allá de lo que ella realizó. No se trata de una película que hable de la Shoá desde una perspectiva victimizadora, aunque éste asunto aparece en el juicio, en la discusión de la universidad, en el viaje de Michael a Auschwitz. No es lo central de la narración. Lo central es la lucha por la redención y en que al fin y al cabo todos los actores en escena se encuentran frente a un tribunal. No sólo Hanna y sus compañeros de armas. Todos. La pregunta por el sentido y la ética relacionada con las acciones que emergen de la voluntad de los seres humanos Dicha respuesta trastoca a lectores-espectadores. 

2. Preguntas que emergen de la lectura doble. 

a. ¿Cómo analizar y comprender la memoria del horror manifestada en la película desde una perspectiva cosmovisional cristiana?

La razón por la que cuando encuentro esta película en la televisión no puedo dejar de verla es porque me constriñe en mi pulsión por las construcciones historiográficas, sobre todo, aquellas que tienen que ver con la memoria del pasado reciente. Veo a Hanna y mi empatía con ella, y me pregunto, si me pondría en el lugar del otro mostrando mayor misericordia por un violador de derechos humanos, confeso de sus delitos, si fuese un conocido mío con quien el afecto, a pesar del daño realizado, nos une de manera indefectible. Hanna no muestra ninguna seña de arrepentimiento. Es más, muestra una fe en el progreso humano de corte ilustrado tremendo, pensando en que la educación, sobre todo cuando reporta el esfuerzo autodidacta, termina redimiendo a la persona.  Aquí nos encontramos con el dolor del trauma de una manera distinta a las de otras producciones. No es La lista de Schindler, ni tampoco la trasandina La noche de los lápices. Aquí no se ve el desgarro de la tortura. Se ve el desgarro del trauma de la victimaria. Es trauma, porque éste sólo es susceptible de ser dejado de lado cuando se le ponen palabras al dolor. Pero aquí, el dolor está tapado por la individuación. La película es cruenta, porque hace descubrir la parcialidad que hay en nuestros corazones, y que cuestiones que parecen tan absolutas como la justicia histórica son relativizados, cuando por ejemplo, se trata de una mujer amada como Hanna Schmitz. 

Ahora bien, no sólo es el amor que identifica con el otro, en este caso Hanna, sino también algunas de las discusiones emergidas producto del juicio. En la película, aparece esta opinión del profesor Rohl a sus estudiantes: “Las sociedades piensan que se rigen por algo llamado moralidad, se rigen por algo llamado ley. Uno no es culpable de nada sólo por trabajar en Auschwitz. Ocho mil personas trabajaron en Auschwitz. Exactamente diecinueve han sido condenadas, y sólo seis de homicidio. Para probar el homicidio, debes probar la intención. Esa es la ley. La cuestión nunca es si estuvo mal, sino si fue legal. Y no según nuestras leyes, no. Según las leyes de ese tiempo. […] Sí. La ley es limitada. Por otro lado, sospecho que la gente que mata a otra gente tiende a ser consciente de que está mal”. Aquí tenemos a un abogado poniendo en cuestión la absolutización de la mirada legal, que terminó castigando a unos pocos, a modo de chivo expiatorio, basados en la preeminencia de la ley. Preeminencia de la ley que deja de lado la moral. Y no cualquier ley, las leyes del nazismo, cuya desobediencia implicaba traición con las consecuencias previsibles de ello. Pero dicho abandono de la moral, nunca es total, pues la conciencia sigue juzgando. El dilema es terrible, porque si traslapamos este hecho ficcional a nuestros hechos factuales, en el Chile dictatorial, muchos de quienes hoy se encuentran prisioneros eran subalternos. Subalternos de un poder que se automiraba con la facultad de hacer mover las hojas con su sola palabra. ¿Hasta qué punto los responsables de los crímenes de lesa humanidad del Chile contemporáneo son chivos expiatorios de los responsables civiles y militares? ¿Qué hace que muchos de los responsables y cómplices civiles y militares, lejos de su apresamiento siguen ejerciendo dosis de poder en la sociedad re-fundada a imagen y semejanza de Pinochet?

Antes de ser lapidado, decir, que son preguntas que se relevan y estremecen a partir de la producción fílmica, no declaraciones de certezas. Porque la certeza es cosmovisional. Bíblicamente, Hanna y sus compañeras serían como aquellas personas que “sembraron vientos y cosecharán tempestades” (Oseas 8:7), por ende, sembró lo que cosechó, y frente a eso, Dios no puede ser burlado (cf. Gálatas 6:7,8). Los delincuentes deben ser juzgados, sobre todo aquellos que matan y dañan la dignidad de otros seres humanos. La vida está por sobre la propiedad privada, más allá de lo que la cultura imperante nos diga. El profeta Isaías anunciando la palabra del Dios Todopoderoso dijo: “¡Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Isaías 5:20). Si bien es cierto, misteriosamente, Dios actuó también en la historia usando como instrumento suyo a los que han hecho lo malo, ¡porque Dios es soberano siempre!, eso no señala que lo que estos sujetos desarrollaron sea su voluntad declarada en la Palabra. El asesinato, la tortura, la desaparición de personas, el ejercicio represivo debe ser señalado como tal, porque “la verdad nos hace libres” (Juan 8:32), no olvidando que nuestro Señor y Maestro se llamó escandalosamente a sí mismo “la verdad” (Juan 14:6). No justifiquemos lo injustificable ni menos celebremos ni homenajeemos al imperio de la maldad ni a sus ejecutores. No nos hagamos cómplices con el silencio ni con la voz que ensalza la tiranía. Pero, a la vez, Jesús señaló que en los tiempos que vendrían de manera posterior a su estadía en la tierra “habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12). Pero los y las creyentes debemos recordar, animados por la fuerza del Espíritu, que la señal de identificación de quienes seguimos a Jesús de Nazaret es el amor a nuestro prójimo (Juan 13:35). Más allá del daño que nos causaran, más allá del daño y el dolor que nos sigan causando. Dios, que no se complace de la muerte del malvado (Ezequiel 18:23) ejecuta su justicia en la historia, derrocando de su trono a los poderosos y exaltando a los humildes (Lucas 1:52), porque a diferencia de nosotros, Dios cuando ama no deja de ser justo. Amor y justicia, en Él y por Él, van unidos hasta el fin. Y Dios nos ayuda a vivir pensando y viviendo así con la fuerza de su Espíritu vivificador. 

b. ¿Qué utillaje reporta analizar el libro y la película para el pensamiento y acción cristianos respecto a los traumas y dolores del pasado reciente?

Tanto el libro como la película proveen un instrumento pedagógico. Interesantemente acá la belleza de la narración literaria y fílmica está marcada por el desgarro, por la enunciación de la muerte y el dolor que no tranquiliza y por el impacto que no es la sublimación trascendental, sino más bien la reflexión que hace apretar las entrañas. ¿Cómo el horror nos conduce a una propuesta de acción cristiana basada en el amor que no se desliga nunca de la verdad?

Cuando se analiza el libro y la película desde una perspectiva cosmovisional, y eso lleva a pensar la propia realidad contingente, el dolor cede su lugar a la esperanza que confronta. Nos hace ver que hay vida más allá del “valle de sombra y de muerte”. Y es allí que aparece, la políticamente incorrecta reconciliación. Nadie sale indemne de un centro de tortura, de un campo de concentración, de una mazmorra del enemigo e, inclusive, de dichos espacios constituidos en lugares de memoria o sitios de conciencia. Pero el dolor-tortura-asesinato-y-desaparición no necesariamente elimina la posibilidad del encuentro y el perdón. Y si bien es cierto, el perdón no se obliga y sólo se hace efectivo si el que perdona lo hace con sinceridad y el perdonado reconoce el error y acepta el perdón que lo restaura, debiésemos contribuir y facilitar dicho ejercicio. ¿Cómo? Ligándolo a la justicia efectiva. Es terrible cuando se confunde la venganza con la justicia y viceversa. Es la justicia y no el silencio cómplice lo que facilita el encuentro, ayudando a la sanidad del corazón de quienes sufrieron los rigores del régimen de facto. Restaura y libera al ofensor, toda vez que le quita aquello que lo autodestruye, que es el ejercicio abusivo del poder. Es esa acción, que no divorcia el amor de la verdad, la que nos genera la tarea de hacer que la cicatriz sea marca del pasado y no desgarro inmovilizador en el presente y el futuro. Lamentablemente, en el caso de Hanna, de Michael, y por qué no decirlo, de Ilana, el desgarro era más que una cicatriz. Era un peso inmovilizador que no permitía vivir. Era el trauma. 

Todo este camino nos hace encontrarnos con los daños que nosotros producimos y que otros producen en contra de otros. Nos hace vernos que nunca dejamos de estar frente a un tribunal y que a veces el juez es inclemente y sanguinario: nosotros mismos. Nos hace encontrarnos con seres humanos caídos, depravados totalmente, que actúan en consecuencia, más allá de lo buenos y admirables que nos parezcan en una determinada área. El dolor que ensimisma produciendo autojusticia nos hace estar frente a un dios falso que nunca nos permite dar el ancho. Y sí, ante Yahvé de los Ejércitos, el Dios Todopoderoso, tampoco nunca daremos el ancho… por eso, nuestra relación con Él está marcada por la gracia. Por otro lado, nos hace recordar que como cristianos tenemos siempre tarea pendiente en relación con la justicia social, la verdad y con el amor que permite el encuentro. Cada uno de nosotros debe priorizar esfuerzos en aquello que adolece.

Recordamos, entonces, haciéndonos cargo de la conflictividad de los sucesos del pasado, planteando nuevas interrogantes del ayer, del hoy y del mañana. Recordamos porque, como dijera Walter Benjamin, “sólo tiene el don de encender en el pasado la chispa de la esperanza aquel historiador que esté traspasado por [la idea de que] tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer” [5]. Recordamos el horror, porque si seguimos poniendo la basura debajo de la alfombra y borroneando nuestra historia reciente, el dolor y el desamor seguirán tan vigentes como hasta ahora. Recordamos, porque el amor no se goza de la injusticia sino que se goza en la verdad (1ª Corintios 13:6).

Luis Pino Moyano.


Referencias bibliográficas. 

[1] H. R. Rookmaaker. Arte moderno y la muerte de una cultura. Barcelona, Editorial CLIE, 2002, p. 284. 

[2] Bernard Schlinck. El lector. Barcelona, Editorial Anagrama, 2000, 203 páginas.

[3] Dominick LaCapra. Historia en tránsito. Experiencia, identidad, teoría critica. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 178.

[4] Georges Bataille. El erotismo. Barcelona, Tusquets Editores, 2000, p. 33.

[5] Walter Benjamin. La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia. Santiago, Universidad ARCIS y LOM Ediciones, 1998, p. 51. Corresponde a un texto titulado “Tesis de filosofía de la historia” o “Sobre el concepto de historia”.

Breves palabras sobre «Historia de un Oso».

No quise publicar nada sobre «Historia de un Oso», luego de ganar el premio Oscar, el primero para una producción cien por ciento chilena. ¿Por qué? Simplemente porque no la había visto. Eso, hasta hace un rato atrás, en que junto a Miguel y Sophía vimos este conmovedor cortometraje, evocador de un pasado que no sólo sigue estando presente sino que nos pesa. Con una sutil simpleza nos muestra la historia del desarraigo físico que no pudo significar desarraigo emocional. Dicha representación fílmica debe ser ocupada en la sala de clases para recordar-reflexionando, así como en los hogares chilenos sin distinción.

 Emocionante como, a su vez, la realidad sigue superando la ficción. Hoy, los ganadores del Oscar fueron invitados al Palacio de La Moneda por la presidenta de la república, junto al oso de verdad, don Leopoldo Osorio, quien fuera Regidor de la Comuna de Maipú y secretario de Salvador Allende, quien no quiso asistir. Dijo: «Hoy me llamaron desde La Moneda para que a las 18:00 fuera a acompañar a Gabriel y su equipo, pero no quiero volver ahí porque es un lugar muy triste», para luego señalar: «volvería a ir a La Moneda cuando cambie la Constitución, cuando no esté la que creó Pinochet». Ojalá se ponga fin al espectáculo circense, en la cara metáfora fílmica, que tanto daño ha hecho a este país.

 Merecido reconocimiento.

Luis Pino Moyano.

¿Por qué quienes trabajamos en iglesias debemos ver “El bosque de Karadima”?

Hace varias semanas atrás fuimos con mi esposa Mónica al cine a ver El Bosque de Karadima, película chilena del director Matías Lira y que contó con las actuaciones de Luis Gnecco como Fernado Karadima, Pedro Campos y Benjamín Vicuña como Thomas Leyton, Ingrid Isensee como Amparo (la esposa de Thomas), Francisco Melo como el padre Aguirre (promotor de justicia del Arzobispado), entre otros. Se trata de una excelente película, que cumple sus objetivos a cabalidad: a) reconstruir, a partir de los testimonios de las víctimas y sumado al notorio trabajo archivístico, en la persona de Thomas Leyton a quienes sufrieron el actuar del sacerdote Fernando Karadima y el largo proceso del horror a la toma de conciencia del daño realizado; y b) mostrar cómo actúa un abusador, potenciado por un círculo de poder concreto, real y experienciable y, a la vez, por un círculo de violencia subjetivo en la mente del abusado que sublima las potencialidades, inteligencia, belleza, sapiencia de quien ejerce el abuso. Todo el horror expresado magistralmente en la película, me llevó a preguntarme sobre su utillaje posterior: ¿por qué quienes trabajamos en iglesias deberíamos ver esta película? Planteo las siguientes razones:

  1. El Bosque de Karadima nos hace reflexionar sobre el abuso de poder.

Fernando Karadima, un viejo calmo, de habla parsimoniosa, era un líder que despertaba vocaciones sacerdotales en jóvenes, que estaba rodeado por muchos hijos de la élite chilena católico-romana, pero que no posee el carisma efervescente del clásico estilo del líder de pastorales juveniles. Su liderazgo procedía del ejercicio dominante de la cooptación, aquél que hace que la gente se adhiera e identifique “voluntariamente” con el sujeto que ejerce el poder. Usando la cara metáfora portaliana, el líder ocupa más el bizcocho que el palo, por ejemplo cuando le puede manejar el auto al cura, o la beca que le permite estudiar en la universidad, o “el premio mayor”: el viaje a Roma. Es el guía espiritual que dice ser un “amigo fiel” que tiene el “don” de conocer la verdad que es “tu verdad”. Es el líder que trata de “mijito”, que no siempre se ve pero que siempre está, que otorga regalos y premios, “refuerzos positivos” según el decir emperifollado de los sicólogos. Es el líder que desde su posición de poder está colocado en una suerte de “panóptico psíquico-espiritual”, al punto que afirma que “desde el momento que entraste yo te conozco”, agregando un “no te juzgo” y luego de la declaración de soledad de Thomas Leyton, puede afirmar “no… nunca más vas a estar solo”. El cura que absuelve de pecados es el amigo que no deja de ser poderoso. El cura que llama a confesar los secretos y a controlar los impulsos del cuerpo, pero que aprovecha los momentos de vulnerabilidad emocional para recibir gratificación sexual. No es menor, que las tres escenas de contenido sexual-abusivo ocurren en momentos de vulnerabilidad emocional de Leyton, es decir, Karadima se presenta como el “salvador” que llena todos los vacíos emocionales, que mientras el muchacho se siente afligido, como si todo estuviera ocurriendo, él está como si nada. Karadima es el líder que otorga una mirada displicente del pecado que tiene que ver con él. Nada lo mancha. Es el “santito”. El santito que enamora de manera culposa, que perdona mediante el toque sexual, que ejerce toda su falsa empatía. Que cela a Thomas y luego a su novia, Amparo, compitiendo en la confianza, al nivel que le señala que ha venido a “robarnos a nuestro Thommy”. Acto seguido se ofrece como su director espiritual y dice la frase que sintetiza el abuso de poder: “yo decido”. Tanto decide, que él es quien borra la vocación sacerdotal de Thomas, pidiéndole que se case con Amparo. En la homilía del bautismo del hijo de Thomas y Amparo, Karadima atormenta la conciencia del muchacho que como “hombre corriente” no pudo obedecer el llamado de la vocación. Eso lo legitima como guía espiritual de su familia, como padrino de sus hijos y como el que decide inclusive las vacaciones, los arreglos de la casa, las fiestas, constituyéndolos en meros títeres del santito.

 Todo esto muestra cómo actúa un abusador. Y sería sumamente fácil ir por aquello que está en la superficie, lo más concreto del abuso, aquello que tiene que ver con la sexualidad y la genitalidad, tratando de explicar que la pulsión sexual que conduce a la perversión es producto del celibato eclesiástico. Pero el problema no está allí. Podría no existir toque sexual y el comportamiento de Karadima seguiría siendo abusivo. El problema está en el corazón de aquél que aparta su mirada de Dios y del prójimo para centrarse en él mismo, y en esa condición da rienda suelta a los actos que dañan. El profeta Jeremías diría: “No hay nada tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo?” (Jeremías 17:9). Jesús dijo: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias. Éstas son las cosas que contaminan a la persona […] (Mateo 15:19,20). El corazón como símbolo del asiento de todas las emociones y pensamientos del ser humano, produce entonces el ejercicio abusivo del poder. Poder que daña y mata no sólo a las víctimas, sino también al victimario, alienándolo, cauterizando su conciencia. El apóstol Pedro grita a la conciencia de los pastores diciéndoles: “No sean tiranos con los que están a su cuidado, sino sean ejemplos para el rebaño” (1ª Pedro 5:3). De hecho, el problema no está en el poder, el problema está en cómo se ejerce. Cuando el poder se vuelve sentido y razón de ser no hay medición de los costos, no hay cuantificación ni problematización del daño.

 Debo señalar, que entre todo el horror e impacto que produce la visualización de esta película, en mi mente, a la salida del cine, sentí alegría de ser protestante, por creer en el sacerdocio universal de los creyentes lo que conlleva a que no necesito mediadores humanos para mi servicio a Cristo y a su iglesia. Y, por otro lado, sentí alegría de ser presbiteriano, de pertenecer a una comunidad donde no hay liderazgo jerárquico ni centralizado en un solo hombre, sino un liderazgo colegiado, colaborativo, que tiene claro el sentido pastoral y servicial a la comunidad que le ha delegado esa función discerniendo sus dones y trabajo. Ahora bien, si “los demonios creen y tiemblan” (Santiago 2:19), Karadima no deja de tener razón cuando señala que la búsqueda del demonio se debe hacer “dentro de nosotros mismos”. Muchas veces, nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. Nosotros, en varios momentos de la vida, nos constituimos como el ídolo sanguinario que mata y se sacia de todos los sacrificios que complacen nuestros deseos. Los protestantes y presbiterianos no estamos exentos del ejercicio abusivo del poder, porque hay muchos contextos eclesiales donde existe un “catolicismo larvado”, una “pastorlatría” dañina que mata el sentido de cuerpo, poniendo a un igual como un más igual que otro, siguiendo la verba orwelliana, no entendiendo que la única diferencia es el rol y no la dignidad. Por ello, los dos motivos que me causaron alegría son “vanidad de vanidades” si no se basan y sustentan en la roca que es Cristo. No en “el yo” ni en la iglesia ni en el pensamiento cristiano… en Cristo.

  1. El Bosque de Karadima nos hace reflexionar respecto a comunidades eclesiásticas que se transforman en sectas.

 La película El Bosque de Karadima no es una crítica a las iglesias, ni siquiera a la Iglesia Católica Romana. Es una crítica, a veces implícita y otras veces explícita, a la jerarquía católica como también al carácter sectario de la comunidad de El Bosque. Si bien es cierto, dentro del estudio de las religiones se ha ido reemplazando el concepto de secta por el de “nuevos movimientos religiosos”, a mi gusto es sumamente importante conservar el concepto, sobre todo desde el perfil sociológico a modo de adjetivo: lo sectario. El Bosque, era una comunidad sectaria porque había una profunda identificación con el líder, cuya palabra era la verdad, que por carácter intrínseco era incuestionable y profundamente valorada, dictando no sólo la doctrina sino la vida. Además, el comportamiento sectario conduce a la construcción de estructuras cerradas, con códigos propios, que necesitan de un rito de iniciación y del cual es muy difícil de salir. Y lo otro, es algo que señalamos en el punto anterior, el aprovechamiento de la vulnerabilidad del otro. Juan Guillermo Prado señala que “lo que hace a nuestro juicio atrayente estas sectas al converso, es la existencia de comunidades cálidas y fraternales. Una tragedia de nuestro tiempo es la soledad. Posteriormente, cuando se encuentra inmerso en el espíritu del movimiento, acepta sus doctrinas”[1].

 ¿Dónde se nota el comportamiento sectario de la comunidad de El Bosque? En muchos momentos. En la película queda sumamente clara la invitación a “unirse a la Parroquia de El Bosque”, un lugar del que “no te vas a ir nunca”, palabra amable y certera, que puede traer paz como un lugar mágico, pero dialécticamente secreto, oscuro y atemorizante. Hay una incorporación incondicional, militante, vital. Además, la identificación con el líder es tan amplia, que los otros curas de El Bosque hablaban y actuaban como Karadima. Hay una escena muy potente, el juicio disciplinador a Thomas cuando había comenzado su relación sentimental con Amparo. Aquello que debía ser una “corrección fraterna” parecía un tribunal inquisidor, oscuro, con Karadima iluminado, sentado, rodeado por los otros curas a su espalda, con palabras que “cobran sentimientos”, que hablan de traición, de mentira, de falta de lealtad y que conllevan a que Thomas Leyton prefiera romper su relación con Amparo en vez de salir de “su casa”, de su “familia”, porque como dirá Karadima a Amparo “es negro aunque usted lo vea blanco”. Cuando Thomas comienza a ser consciente respecto al abuso, y habla con el promotor de justicia, el padre Aguirre, los curas del séquito de Karadima también actúan. El cura Andrés Artiaga (representado por Marcial Tagle), habla con Amparo y le señala que todo esto es producto de la crisis matrimonial profunda que está viviendo con su esposo, acusando a Thomas de calumnia y de confusión, de daño a gente inocente, y siguiendo los pasos de su maestro con falsa empatía les invita a acercarse al Señor. Por otro lado, el componente socioeconómico del grupo es también relevante. La Parroquia de El Bosque es presentada como un negocio lucrativo, con casas e inmobiliarias ligadas a familiares de la curia. La madre de Karadima (representada por Gloria Münchmeyer) que vivía dentro de las casas de la comunidad, señala que su hijo no es un “simple cura”, porque “gracias a él no hay curas comunistas” y que además, su capacidad de reconocer y despertar vocaciones, encomendada incluso por Alberto Hurtado en su lecho de muerte, ha construido “una mina de curitas buenos”. Es tanto el poder de Karadima y de las redes sociales que le sostienen y levantan, que la investigación de los abusos es detenida por el Arzobispo ante la declaración del “santito”: “si me derrumbo, se derrumba la iglesia chilena”.

 Quienes trabajamos en iglesias debemos luchar porque nuestras comunidades no se conviertan en secta. Que si bien es necesaria la construcción de hermandad, de amistad, de confianzas para el trabajo misional, en tanto se transforman en motores de la misma, una iglesia no puede estar ensimismada, encerrada en su propia realidad, sino que tiene que “ser para los de afuera” como señalaría Bonhoeffer. Y por otro lado, los líderes tienen que mostrarse siempre como iguales-con-diferente-rol, como ovejas del buen pastor que es Cristo, como parte de una comunidad de santos-pecadores y que en más de una oportunidad van a defraudar por sus miserias a los miembros de ella. Esto va a llevar a un claro concepto del liderazgo cristiano. Un líder no es un superior, sino que es uno que modela con su ejemplo el seguimiento de Cristo, en la búsqueda de la sabiduría bíblica y a la vez en la búsqueda del perdón y el disfrute de la gracia soberana. Los pastores de la comunidad buscan comunicar lo que la Biblia dice, no aquello que sale de sus mentes como verdad infalible, por lo que nunca van a invitar a los miembros de la comunidad a dejar de hacer uso de su razón, porque los creyentes no sólo cantan y oran con el espíritu sino también con el entendimiento (1ª Corintios 14:15). Las comunidades cristianas no son mistéricas, por el contrario, son (o debiesen ser) comunidades inclusivas que se deleitan en la fraternidad con el diferente que también ha sido amado por Cristo.

  1. El Bosque de Karadima nos invita a poner atención a la voz de las víctimas para trabajar por ellas teniendo una idea clara de la disciplina eclesiástica y de la justicia civil.

 La última razón por la que creo que quienes trabajan en iglesias deben ver esta película, tiene que ver con la escucha de los que sufren. Manuel José Ossandón, hoy senador de la república, y en el momento en que se destapa en la escena pública el caso Karadima era alcalde de Puente Alto, señaló que: “me parece raro que personas tan adultas como las que están acusando y que más encima trabajaron junto a mí en algunas actividades de la Iglesia ahora aparezcan en esto, justo cuando parte de la iglesia tiene que defenderse o limpiar su imagen por casos comprobados de pedofilia”. Hablando de Karadima, el ex alcalde dijo: “ha sido formador de miles de feligreses que hoy profesan los valores cristianos de manera sobresaliente y no tengo dudas, o al menos quiero pensarlo así, que acá habrán investigaciones y juicios justos, que no estarán ligados a un lavado de imagen que deben asumir los verdaderos culpables”[2]. Más adelante, si bien se desdijo de su apoyo impertérrito a Karadima, declarando que se sentía defraudado, planteó que: “yo no creo que haya pedofilia y abuso. Yo creo que puede haber homosexualidad que es distinto, que no está correcta y que es mucho más grave si es un sacerdote, porque es el espejo que tenemos, porque es consagrado a Dios”[3]. Todas estas declaraciones fueron realizadas en alusión a la acusación presentada por el médico James Hamilton (cuyo testimonio es la base principal del personaje de Thomas Leyton, no la única, por cierto), Juan Carlos Cruz, José Andrés Murillo y Fernando Batlle respecto al abuso sexual y sicológico ejercido sobre ellos por parte del sacerdote diocesano Fernando Karadima, cuando ellos eran miembros de Acción Católica[4]. Ossandón pasó de las teorías conspirativas a la gradualidad de pecados (pedofilia versus homosexualidad). Pero más allá de eso, lo que quiero sacar a colación acá, ligando las fuentes periodísticas con el material fílmico, es un elemento tensionante del hilo dramático de la película: ¿hay abuso sexual o relaciones homosexuales? Esto, porque todas las relaciones de contenido sexual que aparecen en la película, y basadas en el testimonio de las víctimas de Karadima, fueron efectuadas cuando Thomas Leyton era mayor de edad. De hecho, fue viendo la última escena de relación sexual en la que vino a mi mente las palabras del ex alcalde hoy senador. ¿Qué hacer, qué decir frente a esto?

 Sin lugar a dudas la tensión surge por la incomprensión de la violencia que deriva en el ejercicio abusivo del poder. Como he dicho, ese ejercicio, Karadima lo realizaba por medio de la cooptación en una comunidad de perfil sectario, por ende, todo el abuso no aparece como tal, por el contrario, aparece como el ejercicio legítimo de autoridad de un santo en vida, el que es sublimado, visto como alguien más puro, más grande, más bello, más poderoso, más inteligente, más jovial de lo que realmente es. Es el círculo de violencia que legitima los usos del poder y el toque sexual asociado a él. Cuando se está en un círculo de violencia ella aparece como natural, como la realidad, como un estado de cosas que es perfecto simplemente porque es. Tardíamente, siendo adulto, cuando Thomas va adquiriendo conciencia del dolor, lo primero que siente es indefensión. “¿A quién le voy a contar?”, “¿quién me va a creer?”, son sus palabras. En la primera conversación que Thomas tiene con el padre Aguirre, el promotor de justicia, se muestra a la defensiva, de hecho le cuestiona al sacerdote que piense de su enamoramiento por el cura, sin que Aguirre realizara una pregunta o alusión a eso. En todo momento se ve a alguien que no es libre, que no actúa voluntariamente. De hecho, lo que gatilla el quiebre y la decisión de dar el paso judicial, se ve en la escena en la que el hijo de Thomas se pierde dentro de las dependencias de la Parroquia de El Bosque. Es la soledad de su hijo y el miedo de lo que le podría pasar, lo que le hace reaccionar, lo que le hace ver su condición de víctima, lo que le hace salir del trauma poniéndole por fin palabras a su dolor. Las palabras que dirige Thomas Leyton a Amparo son elocuentes: “toda nuestra vida juntos estaba contaminada por él. Nada es real”.

 Por ende, más que cuestionar por qué una víctima no habló a tiempo, lo que debemos hacer es brindar espacios de cercanía, de validación de la persona, de rearticulación de las confianzas en otros seres humanos y, por otro lado, de reafirmación como sujeto que lo lleve a dar el paso de salida del dolor y el inicio del camino a la justicia, la verdad, la paz. Las iglesias deben ser esos espacios, que escuchan la voz de “los pequeñitos de Dios” (cf. Mateo 26:35-40). La iglesia debe ejercer su autoridad para disciplinar a sus miembros[5]. Mateo 18:15-20, registra las palabras de Jesús que otorga caminos para el ejercicio de la disciplina que busca la restauración de la víctima como del victimario, ganando con el perdón a su hermano. Pero si el ofensor se niega a la disciplina, inclusive debe ser expulsado de la comunidad (excomunión), como si fuera un incrédulo o renegado. Es decir, la restauración por amor a quien sufre y por quien daña camina no sólo a través de la senda del perdón, sino también, inclusive si es necesario, por la vía de la separación de la comunidad. Por tanto, sólo es justa y equitativa la sentencia eclesiástica de “una vida de retiro, penitencia y oración” interpuesta a Karadima si hay reconocimiento y dolor por el daño realizado y arrepentimiento en el sentido de un cambio de actitud. Pero si hay tozudez y protección del culpable, la comunidad eclesiástica se mancha y perpetúa el daño, eliminando toda posibilidad de restauración de los sujetos, debilitando la fuerza del perdón. A todas luces, lo que hizo la jerarquía católica chilena fue lo último. No siguió las palabras de Jesús en pos de intereses pequeños y egoístas. No fue luz ni sal.

 Por otro lado, como protestante manifiesto la opinión histórica de la separación del Estado de la iglesia, que como reformado veo a partir de la soberanía de las esferas[6]. Es decir, la iglesia disciplina según criterios bíblicos y pastorales y la justicia civil mediante el procedimiento penal. En ambos ejercicios de justicia debe existir la protección del más débil y la presunción de inocencia del acusado. Respecto a esto último, debemos poner una salvaguarda: pueden existir relatos inoculados respecto a supuestas conductas abusivas, nacidas por venganza o por envidias, y que, comprobándose la inocencia del acusado, deben invertirse todos los medios para devolver la credibilidad perdida o dañada al sujeto. Pero en el caso de comprobar la responsabilidad y/o culpabilidad en los hechos, se debe proceder en consecuencia. Y aquí, las esferas que son independientes pueden y deben relacionarse. Si en el ejercicio de la disciplina eclesiástica el hecho denunciado equivale a delito, es responsabilidad de la iglesia denunciar en los tribunales al responsable del mismo. Y, por otro lado, si la justicia civil releva evidencias delictuales de un miembro de la iglesia, aunque dichos actos sean realizados fuera de la comunidad, quienes presiden en ella, deben ejercer la disciplina. Esto no ocurrió en el caso Karadima, probablemente por dos razones: a) la concepción jerárquica del catolicismo romano que separa a sacerdotes de laicos; y b) por una incomprensión de la disciplina eclesiástica. Evidentemente, todo proceso disciplinario es doloroso, pero en el momento presente. “Sin embargo –afirma la Escritura-, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella” (Hebreos 10:11).

 Por todo esto, creo que la película El Bosque de Karadima, es una preclara voz para quienes trabajamos en iglesias y que, por ende, debiera ser un insumo para la exhibición y el diálogo en comunidades eclesiales, en universidades, en seminarios teológicos e institutos bíblicos. Obramos mal cuando nos cegamos frente a la realidad. La realidad debe ser leída a la luz de los signos de los tiempos, con la Biblia abierta, para beneficio de nuestras comunidades.

 Luis Pino Moyano.


[1] Juan Guillermo Prado. Sectas juveniles en Chile. Santiago, La Nación, 1984, p. 112. Citado por Pablo Hoff. Otros evangelios. Deerfield, Editorial Vida, 1993, p. 17.

[2] “Ossandón defiende a Karadima y fustiga a cardenal Errázuriz”. En El Mostrador, 25 de abril de 2010 (página revisada en junio de 2015).

[3] “Manuel José Ossandón cree que la homosexualidad es más grave que la pedofilia”. En Belelú, 29 de noviembre de 2010 (página revisada en junio de 2015).

[4] Natalia Sánchez. “Caso Karadima: Chile destapa otra historia de abuso sexual de menores por miembros de la iglesia”. En el blog: Letra por letra (página revisada en junio de 2015).

[5] Sobre la disciplina eclesiástica, véase: Jonathan Muñoz. “Sobre analgésicos y cirugías”. En el blog Para cultivar un jardín, 18 de abril de 2015 (página revisada en junio de 2015).

[6] No se puede no citar acá a: Abraham Kuyper. Soberanía de las esferas. Discurso pronunciado en la Universidad Libre de Amsterdam, el 20 de octubre de 1880. En: Estudios Evangélicos, 26 de junio de 2013 (página revisada en junio de 2015).