El Reino de Dios, nuestra agenda y la vida.

“Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No tiene la vida más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa. Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? ¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? 

¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que no se preocupen diciendo: ‘¿Qué comeremos?’ o ‘¿Qué beberemos?’ o ‘¿Con qué nos vestiremos?’ Los paganos andan tras todas estas cosas, pero el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas” (Mateo 6:25-34).

Cuando se leen estas palabras de Jesús en su sermón del monte, pero sin tener en cuenta sus otras enseñanzas, junto a las de toda la Escritura, y sobre todo mediatizados por expresiones culturales como las que nos provee el cine que nos muestra a Jesús con una larga cabellera y barba, junto con su túnica de una costura, regularmente blanca, e inclusive un poco sucio y sudoroso como nos lo presenta la reciente “Hijo de Dios”, podríamos llegar a pensar que se trata meramente de las ideas filosóficas de un soñador cercano a la cultura hippie, como si fueran las palabras de alguien que sólo invita a vivir el día. Pero en realidad esto no es así. 

Lo que hace Jesús en este texto es poner el acento en lo que realmente importa, es decir, el Reino de Dios. Esto es tan central, que Mateo habla del “reino de Dios” y no del “reino de los cielos” como continuamente lo hace en su libro, como señal de reverencia que busca no tomar el nombre de Dios en vano. Pero acá lo hace, para agudizar la enseñanza del Maestro de Galilea. Jesús no está invitando acá a la desregulación ni a la irresponsabilidad. No está diciendo nada contra los estudios, el trabajo, los tiempos con la familia y los amigos. Agendar el día a día y proyectar acciones para el futuro no son, necesariamente, acciones contrarias al Reino de Dios. El Reino de Dios, tampoco tiene que ver sólo con aquello que nos parece “sagrado” versus lo que, habitualmente, se ve como profano. El Reino de Dios es total, porque el señorío de Jesucristo es universal. Y en el caso de este texto en particular, se aplica en la justicia del Rey que adoramos: justicia que se transforma en experiencia real en una vida que se entrega de manera total a Dios y en el no amoldarse a la cultura imperante (Romanos 12:1,2); en la alabanza al Señor vivo y verdadero y en el compartir con los demás lo necesario (Hebreos 13:15,16). Esa justicia hace patente la paz y la alegría que debe extenderse de la iglesia al mundo. Cuando Jesús plantea que la prioridad de la vida, de nuestras vidas, la debe tener el Reino de Dios nos está señalando principios que cotidianamente debemos aterrizar a nuestra existencia: 

a) Que la provisión y el cuidado de nuestra vida y de quienes nos rodean no vienen de nuestro esfuerzo sino del Dios de la vida, que produce en nosotros fuerza, entendimiento, capacidades, todo eso como dones de Él, para su gloria y el bienestar de nuestro prójimo; 

b) Que cuando centramos nuestros corazones en Dios, nos podemos deleitar en su cuidado que se traduce en verdadera paz, dejando de lado el afán que agobia y autodestruye. 

¿Por qué sustituir, entonces, el Reino de Dios por las cosas materiales, por los proyectos individuales, por los anhelos de ascenso social y profesional? ¿Por qué convertir tus estudios y trabajo, tus tiempos de familia y con amigos, en excusa para servir a Dios en la iglesia y en el mundo? ¿Por qué convertir las “añadiduras”, que son bendición de Dios, ya que sin Él no las tendríamos, en excusa para estar activos en la misión a la que Dios nos ha incorporado sólo por gracia? ¿Cuándo el Reino de Dios dejó de ser como el tesoro escondido y como una perla de gran precio por el cual existe deleite en trabajar hasta el cansancio gozoso (Mateo 13:44-46)? Cada vez que nosotros centramos nuestra vida en cosas materiales y proyectos individuales terminaremos chocando indefectiblemente contra el fracaso autodestructivo, porque sólo Cristo puede dar sentido a nuestra vida, alegría sin igual, esperanza que es certera. Las “añadiduras” por sí solas, disociadas de Dios, son vanidad, tal y como el predicador del Eclesiastés nos dirá acerca de la alta estima social, las riquezas, la juventud y la adolescencia, y respecto de todo lo que hay debajo del sol y sobre la tierra. Todo eso se destruye, perece o se acaba. ¿Te fijas en lo dañino que es sustituir al único Dios verdadero por cuestiones que sin Él no tienen sentido ni durabilidad?

¿Estás dispuesto a hacer tuyas estas palabras de Pablo, en su despedida a los presbíteros de Éfeso, antes de emprender su viaje final, aquél que le llevó al martirio: “considero que mi vida carece de valor para mí mismo, con tal de que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el de dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24, NVI). 

Oración: Amado Señor, te doy muchas gracias por todas las añadiduras que me das, ya sean relacionadas con el estudio y el trabajo, o con fuerzas y capacidades, o con la necesaria provisión para el hogar. ¡Todo lo que tenemos es tuyo! Por lo mismo, te pido perdón por todas aquellas veces que esas añadiduras se han convertido en la única realidad de nuestra existencia, reemplazándote con ellas a ti, el único que nos da vida, paz y esperanza. Que tu Espíritu nos capacite para mirarte sólo a ti y entender que nuestra vida carece de valor al lado del Reino de Dios y su justicia. Haznos ser instrumentos de ese Reino que es justicia, paz y alegría en el Espíritu. Por Jesús, nuestro redentor, amén.

Luis Pino Moyano.

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Conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos: nuevos desafíos generacionales”.

Ponemos a su disposición el registro audiovisual  del conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos”, organizado por Corporación Sendas y realizado el día 14 de septiembre de 2018 en las dependencias de Sociedad Bíblica Chilena y patrocinado por Pensamiento Pentecostal y Pentecostals and Charismatics for Peace and Justice. Contó con la participación, en orden de presentación, de los ponentes Daniel Redel, Luis Pino y Luis Aránguiz.

El registro escrito de mi ponencia puede leerse haciendo clic aquí.

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Análisis de Teologías Políticas en Estudios Evangélicos.

Durante parte del primer semestre de 2018, la revista virtual Estudios Evangélicos estuvo publicando una serie de artículos sobre Teologías Políticas, otorgando insumos teóricos y analíticos que fortalezcan la reflexión  y el debate público de los evangélicos y, por supuesto, de otros lectores que trasciendan a ese espectro social. Los editores de esta serie de artículos se plantearon las siguientes preguntas: ¿Existe un canon de autores protestantes desde la cual pensarla? ¿Qué beneficios y riesgos presentan las distintas tradiciones cristianas de reflexión social?

Los artículos que forman parte de esta serie son:

Matthew Lee Anderson, “¿Puede haber una teología política evangélica?”. 

Luis Aránguiz, “Una imaginación redentiva: constantinismo y democracia en J. H. Yoder“.

Stanley Hauerwas, “¿Puede ser cristiana la democracia? Reflexiones sobre cómo (no) ser un teólogo político”.

Ignacio Cid, “¿Es posible la teología política en nuestros días? Esbozos de una respuesta”.

Manfred Svensson, “Cosmovisión y pluralismo. La mirada kuyperiana”.

Luis Pino, “La teología de la liberación a la luz de la gracia común. Una propuesta analítica”

Gonzalo David, “Nicholas Wolterstorff: Una respuesta neocalvinista al liberalismo de razón pública”.

Bradford Littlejohn, “¿Qué hay de malo con la palabra ‘cosmovisión’?”

La invitación es a leer, dialogar y discutir, y por supuesto, a difundir según sus propios intereses y lecturas. 

Reflexiones a 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

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“Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz” (Jeremías 29:4-7).

El profeta Jeremías, inspirado por el Espíritu Santo, escribe una carta a gente de su pueblo que se encontraba exiliada en Babilonia. Lo hace para contrarrestar a los mismos falsos profetas que habían señalado que no habría cautiverio, proclamando un mensaje artificioso de paz, y que ahora, buscando arreglar su mensaje y reputación, anunciaban que dicho tiempo de expatriación serían breves dos años. Jeremías no estaba dispuesto a palmotearle el hombro a nadie ni a actuar con temeridad inventando mensajes alejados de la voluntad de Dios, por lo que les señala con toda franqueza que el cautiverio duraría setenta años. Jeremías tiene el coraje de hablar con la verdad a personas que son víctimas del desarraigo, a personas que anhelaban volver a su tierra, y que desde un tiempo vivían bajo el dominio babilónico, ciudad-imperio que es símbolo de los imperios injustos, que están centrados en el pecado. No por nada, en Apocalipsis hay una alusión simbólica a “Babilonia, la grande”. Ya desde el contexto de la carta, hay una importante lección, que se profundizará con la lectura del fragmento que hemos colocado al comienzo: Aún en  medio de esa ciudad símbolo del pecado, la invitación no es a formar ghettos virtuosos de “gente como uno”, sino a un cristianismo activo y vital, que es sal y luz del mundo.

 “Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos”. Esta es una de las invitaciones más radicales de aceptación de la voluntad de Dios respecto del exilio en Babilonia. No se les invita a dejar de añorar su tierra. Se les invita a pensar en esta otra tierra, a la que deben amar y por la que deben trabajar para su cuidado y para el beneficio de los seres humanos y de la naturaleza (mandato cultural). La construcción de las casas, en este contexto, es el sometimiento a la disciplina de Dios. Es allí, en la ciudad ajena (peregrinos) que debe ser la propia (extranjeros), donde se debe desarrollar trabajo con distintivo cristiano, responsabilidad y excelencia, y en ese orden, para no perder el sentido de la vocación cristiana. El distintivo cristiano es la base de este prisma, pues nuestro énfasis para la vida en la ciudad está en la vida que se entrega para la gloria de Dios sin la parcelación de su existencia, lo que trasunta en buen testimonio o, en otras palabras, en la alegría de personas que se ven beneficiadas de tener hijos de Dios entre sus cercanos.

 “Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis”. De las cosas más bellas de la Escritura, es que siempre se nos vuelve la mirada al diseño divino. En este caso, estamos frente a la reiteración y recuerdo del mandato social: casarse y tener hijos. Las iglesias no sólo crecen por medio de la predicación del evangelio, sino también de manera orgánica, con familias que se constituyen sustentadas en el pacto matrimonial del cual Dios es garante y testigo fiel, y que fructifica con el nacimiento y la crianza de hijos. La familia es pieza clave del discipulado cristiano, la iglesia doméstica en la que esposo y esposa, padres e hijos, viven su fe de manera constante y cotidiana en el seguimiento de las pisadas del Maestro de Galilea, de quien todos los creyentes somos discípulos.

 “Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz”. Babilonia es el imperio que oprime, por ende, y sólo desde una lógica aparentemente humana, sus habitantes son los enemigos, el prójimo indeseable. Pero es en esa ciudad, que el pueblo de Dios es mandatado para buscar y orar por Shalom que se vive en la paz, justicia, vida abundante, y armonía social. No somos llamados a formar ghettos de gente virtuosa en la iglesia y la familia, ni fortalezas de censura que nos impiden ver el fruto de la gracia común que se manifiesta en la ciencia, la técnica, el arte, teniendo sumamente claro que es en el Reino de Dios donde radica el Shalom, y no en los “reinosde este mundo que perecen.Por lo tanto, es el pueblo de Dios el que debe hacer el trabajo de contextualizarse (que no es lo mismo que adaptarse pasivamente a la cultura). Se requiere para ello una sólida cosmovisión cristiana que permita saber qué se puede asumir, qué modificar y qué rechazar. ¿Cuánto trabajamos por el bienestar de la ciudad? ¿Cuánto oramos por el bienestar de la ciudad? Debemos orar “por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1ª Timoteo 2:1,2), aunque sean como Nerón. Y es la oración sustentada en la Palabra la que pone la agenda para la misión.

 Dicho esto, me permito algunas reflexiones:

 1) La misión no es tarea de pastores, misioneros transculturales, plantadores de iglesias y más. La misión es de Dios y por gracia toda la iglesia es incluida en ella. Toda la iglesia es, o debiese ser, misionera. Y es allí, donde debemos señalar que la tarea misional de la iglesia es compartir la buena nueva de Jesús y extender el reino de Dios, en cada esfera de la vida, por medio del trabajo. En otras palabras, cada miembro de la iglesia desarrolla la misión en su quehacer cotidiano anunciando-viviendo-haciendo. Hoy, 7 de junio de 2018 se celebran 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile, que tiene como hito la fundación de la Iglesia Santísima Trinidad (la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago), lo que marca un muy buen momento para pensar la misión en la ciudad.

 2) ¿Cuáles son nuestras preocupaciones hoy? Los pastores Carlos Núñez y Horacio González, en un texto del año 1935 titulado “Nuestra situación presbiteriana”, dijeron:

“El evangelismo no se preocupó por el mejoramiento efectivo de las vidas individuales; sólo se preocupó de alcanzar grandes cantidades de personas, y para lograr esto muchos evangelistas empleaban métodos más bien expectaculares [sic] que espirituales. La extensión evangelística consumió grandes sumas de dinero y rebajó valores éticos, dando en muchos casos la importancia a los valores monetarios, y llegó a relegar a último término la noción de la justicia social en favor de conseguir fondos para la expansión eclesiástica[1].

La crítica que ellos realizan en este punto, tiene que ver con esfuerzos voluntaristas que sólo tenían la intención de proselitar nuevos creyentes, sin preocuparse de sus realidades ni lo que ellos pensaban y sentían. A su vez, denota con claridad, que la preocupación por la justicia social no es exógena al presbiterianismo. Lo realmente exógeno al presbiterianismo, como teología y “sentido de la vida” (en la cara expresión de Mackay), es separar la iglesia del mundo, cosa que con toda claridad no hicieron quienes nos antecedieron en las filas del presbiterianismo chileno. Ejemplos del esfuerzo misional con impacto en la sociedad fueron las Sociedades del Esfuerzo Cristiano (con su énfasis en el activismo evangelizador y en la educación bíblica), junto con la Escuela Popular fundada por Trumbull, los colegios ingleses, los dispensarios para huérfanos,las ligas de intemperancia, y la Maternidad Madre e Hijo (fundada en 1927). También puede relevarse, el trabajo de difusión periodística en “La Piedra viva, verdadera y divina” que tuvo como redactores a Trumbull e Ibáñez, y “El Heraldo Evangélico, o “El Heraldo Cristiano” (cuando se fusionó con la revista metodista “El Cristiano”), en las que habían abundantes páginas respecto al acontecer noticioso de Chile y el mundo, junto con análisis de contingencia. Nuestros hermanos entendieron con suma claridad que no hay separación entre trabajos sagrados y trabajos seculares, todos nuestros trabajos deben y pueden ser hechos para la gloria de Dios.

 3) Hemos señalado, en el punto anterior, que que no hay trabajo más importante o sagrado que otro. Pero esa misma declaración implica que debemos tener la noción que la labor de los presbíteros docentes o pastores, no es un trabajo de menor valía y esfuerzo. No es oficio de segunda categoría como para ser abordado peyorativamente o tenerlo sin consideración. Gálatas 6:6 dice con toda claridad que “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye”. No dejemos nunca de ser agradecidos de quienes con esfuerzo nos enseñan la Palabra de Dios, animan, amonestan y oran por nosotros, cumpliendo su labor de pastorear la grey de Dios. Un ejemplo de la labor tesonera de nuestros pastores queda ilustrado en las palabras del pastor David Trumbull, dirigidas al Rev. José Manuel Ibáñez Guzmán, primer pastor protestante chileno y el primero de habla castellana en América Latina, el día de su ordenación el 1 de noviembre de 1871, en la Iglesia Santísima Trinidad. Trumbull señaló:

“Desde ahora tu obra de vida ha de ser la predicación; en discursos públicos –por la palabra pronunciada viva voce-; en explicaciones particulares; -en la administración de los Sagrados Sacramentos; en amonestaciones y el ejercicio de la disciplina de la casa del Señor; -en actos caritativos y buenas obras; – tendrás el insigne privilegio de presentar continuamente al Hijo y Cordero de Dios ante la atención de tus semejantes. / Tienes que trabajar como un representante de la Iglesia libre en país libre, y a la misma vez inculcar todos los santos deberes de la religión; oponiéndose al indiferentismo irreligioso y a la tiranía eclesiástica; luchando tenazmente con los que prohíben la lectura de los Santos Evangelios, y con los incrédulos. / Predica, pues, la palabra aquí en el centro de la vida intelectual de Chile; insta a tiempo y fuera de tiempo; reprende, ruega, amonesta con toda paciencia y doctrina. Pon tu confianza en el mensaje porque es divino, del cielo. / Con nada menos debemos contentarnos; nada más podemos apetecer. De tales obreros evangélicos la nación chilena tiene necesidad; de tales predicadores la Iglesia chilena tiene necesidad. A ti te cabe, mi hermano, el honor de ser el primero, bendiga Dios lo que hoy se hace para que no seas el último, sino que cien veces más esta grata ceremonia sea repetida hasta que el pueblo del Señor tenga pastores verdaderos según su corazón que lo apacentarán con la divina ciencia y doctrina”[2].

El trabajo pastoral es sumamente arduo, y requiere de acompañamiento, amistad, colaboración. Es una responsabilidad enorme, sobre todo en lo que implica la predicación recta y fiel de las Escrituras, como también, la asesoría-consejería de la hermandad. La Biblia nos reporta el deber de reconocer esta labor, cuando Pablo le dice a Timoteo: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar” (1ª Timoteo 5:17).

 4) La iglesia, en la sólida distinción reformada de sus esferas institucional y orgánica (los creyentes esparcidos en el mundo), puede y debe trabajar asistiendo, educando y reformando la sociedad según sea su caso. Produce profundo gozo ver iglesias presbiterianas en nuestro país generando espacios de capacitación bíblica y cosmovisional, instancias de acogida y asistencia de inmigrantes, levantando ferias de servicio que hacen que juntemos nuestras manos para aportar desde las vocaciones que Dios nos ha dado, levantando preuniversitarios gratuitos como en Concepción, o a hermanos de nuestras filas trabajando en cárceles o siendo invitados a ser expositores en espacios universitarios. Produce gozo porque es la iglesia movilizándose a ser para los de afuera, trabajando con esfuerzo para que Dios sea glorificado, sometiéndonos a la voluntad de Dios y descansando en Él. Esto no excluye la predicación del evangelio ni la plantación de nuevas iglesias, en las que con pasión por Cristo muchos estamos trabajando. Muy por el contrario, son puentes que acercan el evangelio. Muestras concretas del amor que Dios produce en los hijos salvados y amados por él. Quedan por delante las tareas de reforma, que por su carácter no deben ser ejercidas por la iglesia institucional sino por la iglesia orgánica. Se requiere creyentes que lo sean a cabalidad en las instituciones públicas o privadas en las que ejerzan sus labores, con una alta ética cristiana que aterriza los principios bíblicos a sus labores en el mundo. Recientemente, el pastor Manuel Covarrubias señaló en el Servicio de Acción de Gracias del año 2017:

“Como evangélicos y fundados en las Sagradas Escrituras, por cierto tenemos que respetar el derecho de cada persona, y defender la libertad de conciencia, porque viviendo en una sociedad plural también reclamamos el derecho a que nosotros podamos decir y pensar libremente fundados en las Sagradas Escrituras. […] La invitación, cuando estamos celebrando el aniversario patrio, es a que el pueblo chileno, cada persona, desde el que no tiene ilustración al que tiene mayor ilustración, sepa que solamente en Cristo Jesús está el fundamento para una vida de justicia, de verdad y de amor”[3].

Todas nuestras tareas deben tener a Cristo como lo que es: rey y soberano de todo: el mundo, la iglesia, la familia y de nuestras vidas. Por ende, todo lugar es campo de misión. A 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile hacemos bien en no olvidar esto.

 No puedo concluir estas líneas sin una nota personal. Estoy muy emocionado y feliz por ser parte de las filas del presbiterianismo. Si bien es cierto, he caminado en los últimos ocho de los ciento cincuenta años, me siento heredero de toda esta larga vida y tradición. Esto, por el cariño, acogida y acompañamiento de pastores, colegas presbíteros y hermanos y hermanas con los que hemos trabado, también, amistad; por la posibilidad de aprender en la comunidad y de servir, en mi paso por la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, en la Iglesia Refugio de Gracia (avanzada de la 5ª Iglesia de Santiago en Maipú) y hoy, en el trabajo colaborativo con la 10ª Iglesia de Santiago, como también en el trabajo con los jóvenes del Presbiterio Centro y en el Seminario Teológico Presbiteriano, ¡nuestro seminario!, en el que he sido beneficiado en mi labor como estudiante y como profesor asistente en el área de la historia eclesiástica. Estoy emocionado y feliz porque estos ocho años son de una densidad histórica de profundas y significativas experiencias, en las que claramente he sido beneficiado, y de las que estoy profundamente agradecido. Emocionado y feliz, porque fue acá, por medio de la predicación fiel y relevante, que volví al hogar del evangelio, sólo por la obra del Espíritu Santo. Mi compromiso, esfuerzo y fidelidad, con la ayuda del Señor y Redentor Jesucristo, a esta comunidad de creyentes de la que soy miembro, la Iglesia Presbiteriana de Chile.

 Que cumplamos muchos años más, predicando el evangelio, viviendo en la fraterna amistad la fe, y extendiendo el Reino de Dios en cada esfera de la vida, hasta que nuestro Señor Jesucristo vuelva. Y sí, como siempre: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad” (Salmo 115:1).

 Luis Pino Moyano.

Puente Alto, 7 de junio de 2018, en ocasión del sesquicentenario de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

 


[1] Carlos Núñez y Horacio González. Nuestra situación presbiteriana. Santiago, Bureau Gráfico, agosto de 1935, p. 7. Disponible en la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile (revisada en junio de 2018).

 

[2] “Ordenación”. En: La Piedra viva, verdadera y divina. Nº 21, Año II, Valparaíso, 16 de noviembre de 1871, pp. 57-59 (la cita recoge fragmentos de la alocución de Trumbull).

 

[3] “Servicio de Acción de Gracias”. En: Canal de Youtube Jotabeche. Minuto 2:26:22 (revisada en junio de 2018).

De abuso en comunidades eclesiales, machismo que mata, bullying que agobia…

El tema sacude nuestro noticieros y redes sociales y, desde luego, amerita más que nuestras reflexiones. Estos días, en mi tarea de profesor, he procurado conversar el tema en la sala de clases, intentando trabar un nexo entre las denuncias de abuso sexual, espiritual y de conciencia al interior de la Iglesia Católica chilena que, huelga decirlo, ha tenido una notable respuesta, hasta el momento, de parte de Francisco; y la violencia machista denunciada por mujeres y hombres en las universidades, violencia que abarca múltiples expresiones lamentables, desde femicidio, pasando por el abuso y el acoso sexual, hasta la falta de paridad en las remuneraciones y acceso al trabajo asalariado. Todo esto, cuando el día de ayer nos encontramos con la triste noticia del suicidio de Katherine Winter, estudiante secundaria, que llevaba soportando por largo tiempo el horror del bullying.

 Terribles y horrorosas experiencias se cuentan por miles, cada una con la particularidad de lo vivido por cada persona, narradas desde la subjetividad, y con los distintivos de la esfera en la que se produjo. Pero estoy convencido, que aquí el gran elemento común tiene que ver con el poder. No el poder per se, sino que el ejercicio abusivo del mismo. Esa horrorosa idea que hace entender a personas, según la cara metáfora de George Orwell en “Rebelión en la Granja”, que son “animales más iguales que otros”. Lo que podemos ver, de manera transversal, en cada uno de estos casos es la condición de asimetría, la desigualdad más férrea, que se expresa en perjuicio del que aparece inferior, minusvalorado o más débil. No es sólo la sotana o un uniforme, basta una cotona de color distinto, o una credencial con un cargo diferente, o simplemente una ensoñación, para que un sujeto se sienta de más valor, olvidándose que está frente a un ser humano igual en dignidad, del que se debe presuponer la respetabilidad. He ahí la banalidad del mal de la cual hablaba Hannah Arendt, en el sentido de sujetos que actúan disociando su razón de la voluntad, no reflexionando, constreñidos y/o legitimados por un sistema que les fortalece en la acción que mata la vida de los otros, literal y simbólicamente hablando, sin ningún mínimo ético que permita pensar en los fines que se conseguirán con determinados medios.

 Enfermar o deshumanizar a los victimarios reduce cualquier posibilidad de acción. Evidentemente, hay personas que requieren tratamiento y terapia, pero hay otros, la mayoría de los otros, que simplemente aprovechándose de la asimetría de su posición abusan voluntariamente. Arendt, y más adelante Stanley Milgram con su discutido experimento, pusieron delante de nosotros en bandeja que nadie (ni él, tú ni yo) estamos exentos de abusar. Timothy Keller, señala: “llamar a los nazis ‘menos que humanos’ o ‘diferentes a nosotros’ es, en realidad, el mismo razonamiento que llevó a los nazis a cometer aquellas atrocidades inimaginables. Ellos también pensaban que ciertas clases de personas eran menos que humanos y que estaban por debajo que ellos. ¿Realmente queremos negar nuestra humanidad en común? ¿Queremos llegar a las mismas conclusiones que llegaron ellos? Gran parte de los nazis y de los millones de personas que fueron guiados por ellos no eran monstruos con colmillos. Hannah Arendt, viendo a Eichmann durante el juicio, reportó para el New Yorker que por ningún motivo era un psicópata, que no mostró odio ni enojo. Al contrario, dijo que era un hombre ordinario que quería vivir su vida. Ella llamó a esto como ‘la tribialidad de la maldad’. La maldad acecha en el corazón de todos los seres humanos ordinarios”[1].

 Quizá lo más grave sea que enfermar o deshumanizar nos impide reeducar. Nos impide entender que todos los seres humanos debemos ser educados con la conciencia de derechos que por su sola formulación son deberes. Nos impide entender a los hombres que no somos más viriles por pisotear la dignidad de las mujeres, inferiorizándolas o, derechamente, maltratándolas. Nos impide entender que las personas que están bajo nuestra responsabilidad o autoridad, según sea el caso, son tan personas como uno, no máquinas ni ganado… ¡personas! Sujetos de derecho, libres e iguales, más allá de lo que piensan, creen, o de sus lugares de origen, su clase social o su género. Nos impide entender, a quienes somos creyentes, que el otro es tan “imagen de Dios” como yo, y que por lo tanto, se trata de un hermano o hermana del que tengo el deber de edificar con mi palabra y acción[2]. ¡Necesitamos con urgencia ser reeducados! Reeducados para no violentar a los otros. Reeducados para eliminar de nuestro vocabulario conceptos en femenino para ofender o tratar peyorativamente a los demás. Reeducados para ocupar nuestras redes sociales con inteligencia, y ponderando el daño que podemos causar con facilidad y publicidad a los demás. Reeducados para no genitalizar todas nuestras relaciones humanas con el sexo opuesto o el propio. Reeducados para que el poder sea entendido desde la responsabilidad y no desde la asimetría. Reeducados para empatizar con las víctimas de abuso y no cuestionar su testimonio de buenas a primeras, olvidando que la víctima encerrada en el círculo de la violencia puede llegar a ver al victimario más bello, poderoso, inteligente que él o ella.

 Hay una escena potente en la película Spotlight cuando los periodistas logran percibir, en medio de la vorágine de su investigación que no era uno ni eran trece sacerdotes los abusadores, sino más de noventa. Uno de ellos cuestiona esta información ante la ausencia de denuncia. A lo que uno de ellos responde: “como buenos alemanes”. Esto, que podría ser ofensivo, no tiene la idea de tratar discriminatoriamente a los alemanes, sino recordar, que muchos de ellos fueron obsecuentes ante el discurso y la acción del nazismo. Tanto como los argentinos que  celebraban el triunfo en el Mundial de 1978 a pasos de la ESMA, o los chilenos que cantaban “Libre” con Bigote Arrocet, cuando lo que menos había en el país era libertad, y como tantos otros casos en los que el silencio y la falta de empatía ha marcado la tónica. No se tiene que haber sido violentado para solidarizar. Basta ver al otro como un ser humano. No hay educación para la paz, sin educación para la justicia. Eso que fue relevado por Paulo Freire, tiene su asidero bíblico en las palabras del profeta Isaías cuando dice que: “La justicia producirá paz, tranquilidad y confianza para siempre” (32:17).

 Que el horror nos movilice a procurar cambios. Que el Dios de la vida nos ayude para ello.

Luis Pino Moyano.

 


[1] Timothy Keller. Encuentros con Jesús. Colombia, Poiema Publicaciones, 2016, pp. 68, 69.

[2] Esto lo trabajé con mayor detención en el post ¿Por qué quienes trabajamos en iglesias debemos ver El bosque de Karadima”?

Sólo a Dios la gloria.

 

“No somos nosotros, Señor, no somos nosotros dignos de nada. ¡Es tu nombre el que merece la gloria por tu misericordia y tu verdad!” (Salmo 115:1, RVC).

El salmista, hablando en plural, no como un simple vocero, sino como aquel que dirige el pueblo de Dios nos invita al acto fundamental de la vida de quienes somos creyentes, tal y como señala el Catecismo Menor de Westminster, “glorificar a Dios y gozar de Él para siempre”. Dios no se compara a nada ni nadie. Ni a ídolos que no tienen poder (vv 4-7) ni mucho menos a nosotros, semejantes a esos ídolos inservibles e impotentes (v. 8), cuando ponemos la vista en nuestro ombligo, haciendo que todo en la vida gire en torno a nosotros, olvidándonos de Dios y de nuestro prójimo. El “no somos dignos de nada”, no es falsa humildad, ni simple balbuceo de una fórmula litúrgica que dicha mecánicamente parece un “abracadabra”. “No somos dignos de nada” es el reconocimiento de nosotros mismos ante la majestad, santidad, poder, justicia, amor, fidelidad del Dios Todopoderoso, vivo y real. Es Dios quien merece la gloria por quién es Él y por todos sus hechos, marcados por la misericordia y la fidelidad (esa es la idea de “verdad” en el hebreo). “No somos dignos de nada”, pero lo tenemos todo, porque cuando glorificamos a Dios marcados por la alegría de ser amados, teniendo la bendición de conocerle en la relación que Él dispuso y posibilitó con el sacrificio de su Hijo, y dotándonos de sentido y esperanza acrecentada por la guía constante del Espíritu que nos llena con su poder, no necesitamos nada más. En Cristo estamos completos (Colosenses 2:10).

“Soli Deo Gloria” era la expresión latina con la que firmaba sus partituras Johann Sebastian Bach, la misma que años después se transformó en uno de los cinco emblemas que sintetizaron las principales ideas de la Reforma Protestante, de la cual este año se celebran 500 años. Soli Deo Gloria es una declaración teológica, pero por sobre todas las cosas es un principio de vida, que cotidianamente debe ser aterrizado a la realidad. Soli Deo Gloria en el culto que no está centrado en emociones ni en nosotros mismos, como si fuese un producto a consumir, sino que por el contrario basándose en la Palabra y con una espiritualidad gozosa y celebrativa, adora a Dios en espíritu y en verdad. Soli Deo Gloria, en la predicación que no busca la fama ni el palmoteo en el hombro, sino que se goza en la proclamación fiel del evangelio y en que la gente salga hablando más de Cristo que de la elocuencia florida del expositor de turno. Soli Deo Gloria en la lectura y escucha ávida de la Biblia, de la enseñanza y la predicación, porque todo eso es alimento para nuestra vida. Soli Deo Gloria, en la misión, porque ella es de Dios, porque nos incluye en ella por gracia, y porque su finalidad es que de todos los pueblos de la tierra vengan personas a adorarle por medio de la acción que el Espíritu Santo hará en sus vidas. Soli Deo Gloria, en el matrimonio que vive los mandatos para esposos de amar a sus mujeres y para esposas de respetar a sus maridos. Soli Deo Gloria, en los padres y madres cuyo clamor de “a mis hijos los educo yo” es más que un eslogan vacío de sentido, sino una realidad, haciendo del hogar el primer centro de discipulado, en el que desde la más temprana infancia los vástagos de la familia son llevados a Cristo. Soli Deo Gloria, en tu trabajo hecho con dedicación, excelencia, responsabilidad y con distintivo cristiano, llevando alegría y edificación para los demás. Soli Deo Gloria, en la agenda de tu vida controlada hasta el final por el Señor que la da y la quita. Soli Deo Gloria es algo que se dice, y debe decirse con mucha fuerza. Soli Deo Gloria es algo que se vive. Es parte de la Reforma que no sólo debemos celebrar en sus 500 años, sino vivir hoy, mañana y hasta que el Señor venga.

¿Es Soli Deo Gloria el principio rector de tu vida? ¿No lo es? ¿Qué esperas para arrepentirte, mostrar ante Dios tu vulnerabilidad y mendicidad perpetua ante Él? ¿Por qué no comienzas orando con la ayuda de tu Biblia, dicendo “No somos nosotros, Señor, no somos nosotros dignos de nada. ¡Es tu nombre el que merece la gloria por tu misericordia y tu verdad!”?

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, octubre de 2017.

Artículos sobre Cosmovisión Cristiana en Revista La Fuente.

Revista La Fuente

El año 2016 fui invitado a participar con tres artículos sobre cosmovisión cristiana, pensando en un público juvenil (junto a sus líderes, por cierto), en la Revista La Fuente de Paraguay, una publicación que aborda distintos contenidos que fortalecen la reflexión y la práctica ministerial en la iglesia. De verdad una publicación plenamente recomendable.

Los artículos que escribí son breves e introductorios (el límite era una plana de la revista), y surgieron de la reflexión que estaba llevando a cabo con los jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, en mi tarea como presbítero asesor.

El orden de los artículos fue el siguiente:

Agosto de 2016: ¿Cómo mirar y pensar la realidad? ¿Por qué los jóvenes deben formarse en la cosmovisión cristiana?

Septiembre de 2016: ¿Cómo trabajar en la misión de Dios? Pensar y actuar para Cristo y su Reino. 

Octubre-Noviembre de 2016: ¿Qué es adorar a Dios en la vida entera? Cosmovisión y una vida completa para Dios.

Comparto con ustedes un documento en PDF, el que pueden abrir haciendo clic aquí, que compila los tres artículos, esperando que sea de beneficio para el cuerpo de Cristo, y como motivación a revisar los contenidos de La Fuente.

En Cristo, Luis.