Empresarios que glorifican a Dios y sirven a sus empleados.

1. ¿Por qué escribir un post como este?

El 1 de mayo del año pasado escribí un post titulado “Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo”, en el que presento algunas bases cosmovisionales sobre el trabajo y cómo cada labor que realizamos tiene que ver con nuestra relación con Dios y su Reino, sumado al hecho que el producto de nuestras manos puede bendecir a quienes nos rodean. Poco tiempo después, en el marco de una serie de mensajes de la Iglesia Puente de Vida, me correspondió predicar un sermón titulado “Un amo en común”, mostrando cómo la Biblia mandata a trabajadores y amos a desarrollar sus labores glorificando a Dios y sirviendo a quienes les rodean. La primera parte de dicho mensaje, junto con algunas conclusiones, está condensada en el post que cité al comienzo, mientras que la segunda parte del sermón, viene a completar mi reflexión sobre esta temática, poniendo en la palestra a un actor al que muchas veces olvidamos cuando hablamos de “ética del trabajo”, y que es relevante que quienes somos cristianos protestantes, que defendemos la idea de “Sola Scriptura”, digamos algo sobre el empresario, sea de una pequeña, mediana o gran empresa, sobre todo si dicho sujeto es un hermano en la fe. Todos debemos basar nuestra acción en el mundo en la Palabra de Dios, y leer nuestras profesiones a partir de un lente cosmovisional. 

Es una omisión grave de la predicación cuando perdemos de vista lo que la Biblia dice sobre la tarea empresarial. Me impactó mucho leer esta historia en el libro “Justicia generosa”, de Timothy Keller. La cito extensamente:

“Raymond Fung, evangelista de Hong Kong, cuenta cómo estaba hablando de la fe cristiana con un trabajador textil y le invitó a acompañarle y visitar  una iglesia. El hombre no podía ir al servicio del domingo sin perder un día de paga, pero lo hizo. Después del servicio Fung y el hombre fueron a comer. El trabajador dijo: ‘Bueno, el sermón me impresionó’. Había tratado del pecado. ‘Lo que el predicador dijo, lo veo en mi: pereza, temperamento violento y adicción al entretenimiento barato. Fung contuvo el aliento tratando de controlar su emoción. ¿Le habría llegado el mensaje del evangelio? Se sintió desilusionado. ‘No dijo nada acerca de mi jefe’, le dijo el hombre a Fung. Cuando el predicador había repasado la lista de pecados, ‘[no había dicho] nada acerca de cómo emplea a niños trabajadores, cómo no nos da las vacaciones que nos corresponden legalmente, cómo coloca etiquetas falsas, cómo nos obliga a trabajar más horas…’. Fung sabía que había miembros de la clase dirigente sentados en la congregación, pero aquellos pecados nunca se mencionaban. El trabajador textil comprendía que él era pecador, pero negaba el mensaje de la iglesia porque sentía que no era un mensaje completo. Harvie Conn, quien relató esta historia en su libro, añadió que los predicadores del evangelio que se centran en algunos pecados pero no en los pecados de opresión ‘no pueden trabajar de ninguna manera entre la abrumadora mayoría de la población del mundo, campesinos y trabajadores pobres’” [1].

Tenemos algo que decir al respecto, porque la Biblia ya lo ha dicho. El texto de la Escritura en el que se sustenta nuestra reflexión es Efesios 6:9:

“Y ustedes, amos, correspondan a esta actitud de sus esclavos, dejando de amenazarlos. Recuerden que tanto ellos como ustedes tienen un mismo Amo en el cielo, y que con él no hay favoritismos”.

2. Un mensaje contracultural: la correspondencia al trabajo bien realizado. 

Esta porción escritural de la pluma de Pablo es sumamente contracultural. De la misma manera que en el contexto de la carta era contracultural exigir deberes a esposos y padres, era un acto de cuestionamiento del orden imperante decir una palabra respecto del deber de los amos. En cierto sentido, lo que el apóstol está haciendo es poner coto a un sistema que construye una jerarquía social que otorga privilegios a unos y trabajo a otros, simplemente por la familia en la que se nació o por el acceso a la propiedad. Para esta sociedad, trabajar con las manos era algo indigno para “hombres de bien”. Ser libre implicaba no trabajar. 

Pablo invita a los empleadores a un trabajo relevante. Corresponder a la actitud de trabajadores que desarrollan bien su labor es fundamental. Un trabajador debe recibir la honra y el pago que amerita por su labor realizada. Otorgar condiciones laborales adecuadas, donde la dignidad de las personas no sea trastocada, donde no existan jornadas laborales abusivas donde la vida -en términos integrales- es negada, donde exista un sueldo que tenga relación con la producción y las ganancias que la empresa obtiene y donde el día del Señor sea respetado, forma parte del deber de empresarios cristianos. Si tienes trabajadores a tu cargo, evalúa hoy si vives de acuerdo a la Palabra del Señor en esta área. 

3. No emplear herramientas de amenaza. 

En la época de Pablo, el padre de familia no sólo era una autoridad al interior del hogar, sino que era también una autoridad de carácter judicial. Como padre de familia y amo en su trabajo, éste podía ejercer castigos sobre sus subordinados, que podían ir desde la reprensión, pasando por el castigo físico, hasta inclusive matar a un desobediente. 

Un empresario o líder cristiano no basa su respeto en el miedo que otros tengan de él, sino en acentuar el trato digno de quienes son subordinados. Emplear herramientas como el acoso laboral o la amenaza constante de despidos atenta contra este principio bíblico. Porque una cosa es despedir a un trabajador por no llevar a cabo las labores especificadas en su contrato, y otra muy distinta es despedirle porque demanda el derecho a buenas condiciones laborales. 

Evaluar no implica, necesariamente, castigar. Evaluar implica corregir y retroalimentar, e incluso reconocer y premiar, dependiendo del caso. ¿Eres un empleador que sólo destaca los aspectos negativos de tus trabajadores? ¿Te has dado cuenta de las cosas buenas que realizas? ¿Las reconoces y premias, dependiendo del caso? 

4. Buenas condiciones laborales. 

Pero, ¿qué es esto de las buenas condiciones laborales? Dejemos que el texto de Deuteronomio 24:14,15 nos lo diga: “No te aproveches del empleado pobre y necesitado, sea este un compatriota israelita o un extranjero. Le pagarás su jornal cada día, antes de la puesta del sol, porque es pobre y cuenta solo con ese dinero. De lo contrario, él clamará al Señor contra ti y tú resultarás convicto de pecado”. Este texto enseña cuatro principios respecto del trabajo en los creyentes:

a. Los empleadores deben ser justos: no deben oprimir y deben pagar lo que corresponde en el momento oportuno. 

b. Los trabajadores deben entender que son las manos de Dios para llevar el sustento al hogar: la provisión es de Dios. ¿Cuál es el papel de los empleadores? Entender que no se permite efectuar dicha labor con alegría y sencillez de corazón si no hay salario proporcional al trabajo realizado o si, derechamente, no hay salario. 

c. Es justo y necesario orar por las situaciones laborales adversas.

d. Dios siempre hace justicia: Él siempre dará el pago justo. Esto implica temor y adoración por parte de quienes tienen la digna tarea de ser empresarios. 

5. Cuidado con la lógica anticristiana que impera en el mercado. 

El mercado es un espacio legítimo, como el desarrollo de la empresa privada también lo es. Pero vivimos en un mundo caído en el que lo que podría ser desarrollado con virtud, se realiza con vicios y corrupción. Para un empresario cristiano el “todos lo hacen” no vale, pues es similar a transar los principios de la fe cristiana. Me referiré a dos cosas en particular.

En primer lugar, la Biblia enseña que los negocios deben desarrollarse con justicia. Levítico 19:35,36 dice: “No cometan injusticias falseando las medidas de longitud, de peso y de capacidad. Usen balanzas, pesas y medidas justas. Yo soy el Señor su Dios, que los saqué de Egipto”. Cobrar de más, falsear datos comerciales, especular, coludirse con otras empresas, monopolizar productos, atentan contra la ética del Reino de Dios. Las empresas deben producir bienes y servicios que busquen no sólo llenar los bolsillos, sino que beneficien a la población y que al momento de ser adquiridos pueda hacerse a un precio adecuado. No hablo de barato ni caro, sino adecuado al producto que se oferta. 

Por otro lado, las riquezas no son prohibidas en la Biblia. Las riquezas son un don de Dios. Pero como todo don de Dios, tiene profundo poder y exige, entonces, responsabilidades. En dicho sentido, la acumulación es pecaminosa. Santiago 5:1-6 dice: “Ahora escuchen, ustedes los ricos: ¡lloren a gritos por las calamidades que se les vienen encima! Se ha podrido su riqueza, y sus ropas están comidas por la polilla. Se han oxidado su oro y su plata. Ese óxido dará testimonio contra ustedes y consumirá como fuego sus cuerpos. Han amontonado riquezas, ¡y eso que estamos en los últimos tiempos! Oigan cómo clama contra ustedes el salario no pagado a los obreros que les trabajaron sus campos. El clamor de esos trabajadores ha llegado a oídos del Señor Todopoderoso. Ustedes han llevado en este mundo una vida de lujo y de placer desenfrenado. Lo que han hecho es engordar para el día de la matanza. Han condenado y matado al justo sin que él les ofreciera resistencia”. El problema en este texto es la acumulación simbolizada por riquezas podridas, ropa apolillada y plata oxidada. Amontonar riquezas es un acto idolátrico que acarrea autodestrucción. El salario no pagado y el trato indigno de los trabajadores, sumado al desenfreno al que lleva el lujo y el placer, sólo acarrea violencia. Y esa violencia es fruto de la caída: un fruto que no entiende la justicia de Dios que nos invita a mirarle a Él y a sus dones como herramientas para servir a otros con generosidad. 

En el Reino de Dios no vale el que todos lo hagan. Como diría el abuelo de un amigo: “No importa que los demás no cumplan. Tú cumple”. 

6. La batalla que empleadores y trabajadores deben dar para el Señor.

El texto de Efesios señala que los trabajadores son esclavos de Cristo y que el Señor les recompensará según el trabajo que hayan realizado. Respecto de los amos, dice que ellos tienen un mismo Amo que los trabajadores en el cielo, y que Dios no tiene favoritismos. Trabajadores y empresarios cristianos servimos a un mismo Señor. Como diría Elemento en su canción “Presuntos enemigos”: “Cuando se sirve a Cristo, ya no hay más rotos ni realeza”. El Señor tiene el poder de botar todas las barreras que nos separan. Y si nosotros en la iglesia y en la sociedad hacemos todo lo posible por volver a levantarlas, lo único que hacemos es barrer con la verdad de la Palabra, levantando ídolos que buscan nuestra autoexaltación. 

Génesis 1:28 dice: “y los bendijo con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo’”. La teología reformada, basándose en dicho texto, elaboró un concepto caro: mandato cultural. Dicho mandato le reporta al ser humano tanto una bendición como una responsabilidad (regularmente, estas cosas en la Biblia aparecen unidas). Hace un tiempo, estuve haciendo clases en el Centro de Estudios Pastorales de la Iglesia Anglicana de Chile, sobre teología del trabajo, y al señalar este texto, una estudiante muy suspicaz me señaló: “pero nosotros vivimos en un mundo caído, donde no siempre se puede cumplir dicho mandato, ni se puede trabajar en nuestras vocaciones”. ¿Qué decir a eso? Que efectivamente, nuestra condición caída, hace que el trabajo sea en muchas circunstancias infructuoso, que haya condiciones adversas que nos terminan deshumanizando, y que no necesariamente hacemos lo que nos gusta, o para lo que fuimos llamados por Dios a realizar. Nuestro mundo no se parece al Edén. 

Pero, en Babilonia también se vive dicho mandato cultural. Jeremías 29:5-7 registra una carta que el profeta le escribe a personas exiliadas en un imperio que es símbolo del pecado, el abuso de poder y el paganismo. En ella, pronunciando la palabra de Dios, Jeremías les dice: “Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su fruto. Cásense, y tengan hijos e hijas; y casen a sus hijos e hijas, para que a su vez ellos les den nietos. Multiplíquense allá, y no disminuyan. Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad”. En otras palabras, tanto en el Edén como en Babilonia, o en sus copias felices o tristes, nuestro trabajo, multiplica el Shalom de Dios en la ciudad en la que vivimos, es decir la armonía, la paz, el bienestar, la abundancia, la vida en plenitud. Colaboramos con la extensión del Reino de Dios cuando trabajamos. Tú y yo somos las manos de Dios para producir bienestar en el mundo con el trabajo o el emprendimiento que desarrollamos. ¿Entiendes la tremenda responsabilidad que tenemos entonces? ¡Cuánto necesitamos arrepentirnos! ¡Cuánto necesitamos que el Espíritu nos llene de poder para desarrollar la hermosa tarea de trabajar en la iglesia y en el mundo, y aprovechar los efectos de la gracia común!

7. Reflexión final. 

En el año 1891, en Holanda, se desarrolló se desarrolló el Congreso Social Cristiano, organizado por el Partido Antirrevolucionario. Dicha instancia, contó con discursos, diálogos y la conformación de un programa de acción política, que llevaría a su fundador, el pastor y teólogo Abraham Kuyper, a ser elegido como primer ministro de su país en 1901. En dicha ocasión, en el discurso inaugural señaló:

“Sólo una cosa es necesaria para encontrarse frente a una cuestión social: observar la insustentabilidad del estado actual de cosas. Al declarar la insustentabilidad, no será por cuenta de factores secundarios, sino provenientes de un craso error en la propia estructura fundamental de nuestra convivencia social. Para quien no reconoce eso y piensa que el mal puede ser sanado por medio de una piedad creciente, por medio de relaciones más amigables y de una mayor caridad, para ellos el problema puede ser una cuestión religiosa o una cuestión filantrópica, pero nunca una cuestión social. Así, piensan que la cuestión social es inexistente. Por tanto, esta cuestión sólo puede estar presente si realizamos una crítica arquitectónica con respecto a la propia sociedad humana, para entonces, desechar y seguir en la búsqueda que lleve a la realización de un arreglo diferente de construcción social y a creer en su posibilidad” [2]. 

¿Qué vemos acá? Una defensa irrestricta de la dignidad humana, de condiciones laborales justas, del papel del estado como garante de derechos, de un discurso de la pobreza como algo a eliminar, de lo corto de las perspectivas asistencialistas y paternalistas y la posibilidad de un cambio social en pos de una sociedad más justa. Y es que se era antirrevolucionario en relación a la revolución francesa y el liberalismo, y de manera posterior, frente a los totalitarismos fascista y bolchevique, pero no se era reaccionario en relación a la historia. Nadie que crea en el poder redentor de Jesucristo puede serlo. 

La presencia fiel del cristianismo en el mundo no se mide por las veces que se dice “Dios” o se citan versículos bíblicos, sino por la coherencia entre pensamiento y acción, y la consistencia entre pensamiento y palabra de Dios. Tenemos mucha tarea por realizar. Trabajadores y empresarios, tenemos mucha tarea por realizar. 

Luis Pino Moyano.

 

[1] Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, p. 83. El texto que Keller cita fue tomado de: Harvie Conn. Bible studies in evangelization and simple lifestyle. Carlisle, Paternoster, 1981, p. 18.

[2] Abraham Kuyper. O problema da pobreza: a questão social e a religião cristã. Rio de Janeiro, Thomas Nelson Brasil, 2020, p. 119 (la traducción es mía). 

 

[Bitácora] Retiro Presbiterial de Jóvenes: “Somos lo que amamos”.

Una de las características originarias de los blogs es que son bitácoras, es decir, concepto que se origina en la marinería, pero que podría ser entendido, también, como un cuaderno de campo. Y en este blog, “En el balcón y en el camino…”, de vez en cuando, recuperamos dicho carácter, para contar experiencias de actividades y compartir algunos materiales producidos para dichas instancias. 

Durante los días 18 al 20 de enero de 2020, en La Granja Presbiteriana de El Tabo, se desarrolló el retiro presbiterial de jóvenes “Somos lo que amamos”. Esa afirmación nos llevó a colocar como imagen el emblema de Juan Calvino, en versión castellana, que señala “Mi corazón te ofrezco Dios, pronto y sincero”. El corazón que simboliza el intelecto, las emociones y la voluntad, todas cosas fundamentales en la vida, por ende, para nuestra relación con Dios, con el prójimo y con el medio en que vivimos. Así lo dijo el proverbista: “Hijo mío, atiende a mis consejos, escucha atentamente lo que digo. No pierdas de vista mis palabras; guárdalas muy dentro de tu corazón. Ellas dan vida a quienes las hallan; son la salud del cuerpo. Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:20-23). 

Por ello, la invitación de nuestro retiro fue que reflexionáramos en torno a los amores de nuestro corazón, y cómo estos moldean nuestra vida y nuestros hábitos, tanto en las dimensiones personales como sociales y culturales. No olvidamos que la definición agustiniana de “amar desordenadamente” para referir al pecado, es una conceptualización demasiado difícil de dejar de lado. James K. Smith señaló sobre esto: “La adoración es la ‘estación de la imaginación’ que incuba nuestros amores y anhelos, para que nuestros esfuerzos culturales tengan a Dios y su Reino como punto referencial. Si hay en ti una pasión por buscar justicia, renovar la cultura y asumir su vocación de hacer fluir todo el potencial de la creación, necesitas invertir en la formación de tu imaginación. Debes ser el sanador de tu corazón. Debes adorar correctamente. Pues tú eres aquello que amas”.

Tuvimos cinco exposiciones: “Somos lo que amamos”, expuesto por el Pbro. Eliezer Leal; “Hábitos del corazón” (por quien suscribe este post); “Mandato social, familia y sexualidad”, expuesto por el Pr. Oswaldo Fernández y la hna. Kelit Pérez; “Mandato social y justicia”, por el Pr. Jonathan Muñoz; y, “Mandato social y ecología” (nuevamente, por mi). Fue un momento en que pudimos adorar a Dios, aprender y ser desafiados por la Palabra y vivir la alegría del encontrarse. Quiera el Señor que todo esto haya sido para su gloria, y para la edificación y alegría de su pueblo.

Comparto acá las diapositivas de mis dos exposiciones: 

Hábitos del corazón. La exposición comienza haciendo una apelación a la gracia cara (Bonhoeffer), para luego señalar el significado bíblico del corazón, y con esa base, relevar la verdadera batalla espiritual, aquella que se da en el área de las disciplinas espirituales. Se especifican tres: a) la lectio divina; b) la adoración comunitaria; y c) la práctica de la justicia. Se cierra con un llamado a la búsqueda de una espiritualidad sana y profunda. Se puede descargar, haciendo clic aquí.

Mandato social y ecología. Al comienzo se menciona cómo se ha ido instalando el tema del problema del descuido Medio Ambiente en la historia, por distintas corrientes, muchas de ellas ajenas al cristianismo, señalando los desafíos que nos presentan, pues dichas alternativas deben ser leídas a la luz de la cosmovisión cristiana que permita reconocer la gracia común y la antítesis. Luego se hace una apelación al señorío de Cristo y lo que ello implica en relación a la ecología, para pasar a principios de lectura bíblica reformada sobre el tema, la relación entre ecología y escatología, las tareas que podemos desarrollar, y cómo la práctica de la mayordomía está relacionada con la justicia. Dichas diapositivas, pueden descargarse haciendo clic aquí.

Para cerrar este post, comparto algunas fotos de esta maravillosa instancia. 

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En Cristo, Luis.

¡Que arda la iglesia!

“La única iglesia que ilumina es la que arde”, junto a otros gritos que esparcían su malestar y rabia contra la iglesia y la imagen de Dios (algunos irrepetibles, por quienes somos creyentes, aunque los dijésemos entre comillas), fue uno de los eslóganes producidos por los anarquistas españoles de la primera mitad del siglo XX, quienes, huelga decirlo, fueron muy influidos por el cientificismo positivista. El anarquismo español fue el más laicista y anticlerical de dicha expresión política, y el que por razones idiomáticas y de redes organizativas, influyó más en América Latina. No por nada, dichas consignas han vuelto a aparecer, y a expresarse en la realidad concreta, en las escenas iconoclastas del reventón social de octubre y noviembre de 2019, y quizá por cuánto tiempo más. 

Como protestante de raigambre reformada, no creo en la existencia de lugares sagrados y profanos, en una separación binaria que olvida que Cristo es Señor de todo. Pero, eso no obsta para que las acciones iconoclastas, de quema de templos y bandalización de los mismos, sea del todo repudiable y lamentable. E insisto, no por el lugar ni por los objetos, sino porque lo único que muestran estos actos, es a personas que enarbolan las banderas de la libertad, pero que sólo refieren a una emancipación que es ensimismada e individualizada, construyendo un conservadurismo y moralidad, contradictoriamente semantizados como progresistas. Buscan destruir a Dios y las religiones, pero terminan levantando otro altar, el de sus egos y de sus verdades relativas e individuales que desechan la posibilidad de dialogar en sociedad y aceptar las diferencias, y los afectos de personas que construyen sus propias redes sociales al alero de una comunidad eclesial. Bajo la misma lógica, esa religión secularizada, también debería arder. 

Pero quisiera re-dirigir mis palabras a otro asunto, resemantizando el eslogan, dándole otro significado y contenido. Uno que me permita gritar a voz en cuello y a desear con todas las fuerzas de las que tengo posibilidad: “¡Que arda la iglesia!”. Sí, que arda la iglesia. 

La iglesia tiene que arder, sobre todo, para que en un momento inicial podamos: a) quemar la inmoralidad del abuso de poder, expresado en maltratos económicos, eclesiales y de índole sexual; b) quemar la indecencia del enriquecimiento ilícito, amparado en “bancos celestiales” presididos por el dios del consumo al que no se le ofrenda, sino que se le pacta en lógica de oferta y demanda; y c) quemar la indolencia frente a la injusticia social, lo que se traduce en prácticas que van desde una actitud carente de misericordia frente a la pobreza y desamparo de nuestros prójimos, el desalojo de una ética cristiana fuera de la esfera eclesial y, en el peor de los casos, reproducir las acciones pecaminosas de otros bajo la excusa barata de un “todos lo hacen”. Mientras no reconozcamos la responsabilidad por comisión u omisión de nuestras comunidades cristianas, coadyuvando al malestar de cientos y miles de conciudadanos, seguiremos marcando el paso con un mensaje carente de sentido para el aquí y el ahora. El cristianismo lucha contra nuestra falta de realidad [1]. Seguimos a un Señor y Maestro, Jesús de Nazaret, que recorría las aldeas y ciudades predicando y enseñando el evangelio del Reino y, a la vez, sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo (Mateo 9:35). Cristo se compadece de quienes tienen hambre y carecen de pastor (Mateo 9:36), sana a los enfermos, toca a quienes son inmundos ceremonialmente (Mateo 8:1-3), conversa con aquellos que son considerados los parias de la sociedad (Lucas 19:1-10; Juan 4:1-42) y celebra asegurando que la fiesta no termine antes de tiempo (Juan 2:1-12). 

La iglesia tiene que arder en su tarea en el mundo. Juan Calvino, cuando definía a la iglesia señalaba que se trata de: “toda la multitud de hombres esparcidos por toda la Tierra, con una misma profesión de honrar a Dios y a Jesucristo; que tienen el Bautismo como testimonio de su fe; que testifican su unión en la verdadera doctrina y en la caridad con la participación en la Cena; que consienten en la Palabra de Dios, y que para enseñarla emplean el ministerio que Cristo ordenó” [2]. Probablemente, en esta definición nuestra vista se vaya rápidamente a los actos litúrgicos y de conocimiento escritural mencionados por el teólogo francés, pero esas tareas sólo pueden ser desarrolladas de manera consistente, sí y sólo sí, la iglesia es entendida como comunidades que están “esparcidas por el mundo”. Es mientras que la iglesia institucional y la orgánica (nosotros, los creyentes, somos la iglesia), caminamos en medio del espacio geográfico que nos toca, que cumplimos nuestra tarea de hacer discípulos, de integrar a nuevos miembros y de enseñar la Palabra de Dios, junto con la tarea de colaborar con la extensión del Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo (Romanos 14:17), y con nuestras manos, en el trabajo que desarrollamos en el día a día, produciendo bienestar para quienes son beneficiarios de lo que hacemos [3]. El pastor y misionero David Trumbull, señaló en 1879 que: “Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo” [4]. La esperanza de Trumbull no estaba en un cambio constitucional ni en la relación estratégica con liberales, radicales y masones -aunque ambas cosas podrían haber sido necesarias en dicha época-, sino en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin. La luz del evangelio debe iluminar en medio de la oscuridad, con la proclamación fiel de la Palabra de Dios, y además, en la muestra de amor al prójimo que se manifiesta en prácticas de justicia y misericordia, y en el trabajo realizado con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. Disociar esas tareas evangélicas, presenta una mirada parcial y débil del evangelio mismo, y diluye el entendimiento de su alcance y poder de transformación. 

La iglesia tiene que arder en la esperanza escatológica, la que se fundamenta en la obra de aquél que ni la tumba pudo retener, y no radica en un mero cambio social, sea del tinte político que sea. Un día todas las tiranías y todos los reinos de la tierra caerán, pero el reino de Cristo, el Señor en quien debe estar nuestra esperanza y fe, prevalecerá para siempre. Nuestra esperanza está en Cristo. ¡Él consumará la historia! ¡Él construirá la verdadera justicia! ¡Él construirá la paz! ¡Él establecerá el lugar en el que su pueblo podrá encontrarse de manera plena con Dios, con el prójimo y con la buena creación de Dios! Ningún hombre o mujer puede lograr aquello. Todo eso, no implica quietismo ni pacifismo, sino que entiende equilibradamente nuestro papel y el de Cristo. El “venga tu reino” y “hágase tu voluntad”, van de la mano, en el Padrenuestro (Mateo 6:10). Nuestra esperanza no está en lo que tú y yo podemos hacer. No está en nuestros bienes y profesiones temporales. No está en que te libres cuidándote sólo a ti y no preocupándote de quienes te rodean. La esperanza que no defrauda está en Cristo. En lo que Él hizo por ti y por mi en la cruz, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. ¿De dónde proviene, entonces, nuestro amor y justicia? Tienen que venir de Cristo. No nos dejemos dominar por los discursos de nuestra época. El evangelio debe ser el fundamento. No hay amor verdadero que no se sustente en Dios. No hay justicia social verdadera que no se sustente en Dios. No hay valoración de la vida humana que no se sustente en Dios. No hay paz verdadera y perdurable que no se sustente en Dios. ¡En él debemos poner nuestra mirada hoy! (Véase sobre esto último el Salmo 145).

La iglesia tiene que arder en el amor a quienes profesan la misma fe. La iglesia es, por definición, la comunidad de los distintos que han sido unidos por la gracia de Dios, el único lugar del mundo en el que pueden y deben convivir aquellos que fuera de su marco jamás se habrían juntado ni, mucho menos, amado. Por tanto, la iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio, a saber, la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz (1ª Pedro 1:18-20). Somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás. En Cristo, somos uno (Efesios 2:11-22; 4:1-16). Y si tenemos como mayor cualquier cosa ocurrida en el país en el devenir histórico, a un actor político del pasado o del presente o un determinado principio filosófico-político-o-económico, y eso obstaculiza nuestra relación de hermanos con otros creyentes, estamos poniendo una cosa insignificante en lugar de Cristo, como señor y dios de la vida, sustituyendo a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Si amamos más un determinado proyecto político que a nuestro propio hermano, como lo mandata la Escritura, no estamos siguiendo uno de los principales mandamientos de quienes seguimos a Jesús (Juan 15:17; 1ª Juan 4:7,8,20,21).

La iglesia tiene que arder en la búsqueda y práctica de una espiritualidad bíblica, en una genuina pentecostalidad de la iglesia. El anhelo por ser llenos del Espíritu Santo no es ni debe ser patrimonio de las comunidades de nuestros hermanos pentecostales, sino de todo el pueblo de Dios. Las palabras de Kuyper deben ser un llamado a nuestras conciencias: “A menos que Dios envíe su Espíritu, no habrá ningún cambio, y espantosamente rápido descenderán las aguas. Pero ustedes recuerdan el Arpa Eólica que a los hombres les gustaba poner fuera de sus ventanas para que la brisa pudiera convertir la música en vida. Hasta que el viento soplaba, el arpa permanecía en silencio; mientras que, nuevamente, a pesar de que el viento soplaba, si el arpa no se hallaba lista, un susurro del viento podía oírse, pero ni una nota de música etérea deleitaba el oído. Ahora bien, puede que el calvinismo [y sin duda, a mi juicio, la apelación al calvinismo, podría sustituirse por la fórmula “todo el cristianismo bíblico e histórico”] no sea otra cosa sino un arpa eólica –absolutamente impotente, por así decirlo, sin el avivamiento del Espíritu de Dios- pero aún sentimos que es nuestro deber impuesto preservar nuestra arpa y sus cuerdas entonadas correctamente, lista en la ventana de la Sión Santa de Dios, esperando el aliento del Espíritu” [5]. Sólo el Espíritu Santo tiene la posibilidad de transformar nuestros corazones, es decir, nuestros intelectos, emociones y voluntad (Romanos 8:1-17). Sólo el Espíritu Santo producirá la fuerza vitalizadora para que la iglesia esté compuesta de testigos fieles del evangelio (Hechos 1:8) y viva de acuerdo a la Palabra de Dios. Sólo el Espíritu Santo nos guiará a la verdad y a la justicia (Juan 16:13). La iglesia tiene que arder de rodillas, orando, orando mucho. Esa oración, con la Biblia abierta y en nuestros corazones, marcará la agenda a seguir, aún en medio de las convulsiones sociales  o crisis personales y colectivas que podemos vivir.

Sí, que arda la iglesia… 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] Quien mejor apela a esta falta de realismo del cristianismo contemporáneo, a mi juicio, es Francis Schaeffer. Véase: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; y, Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973. 

[2] Juan Calvino. Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro IV, Capítulo 1, Nº 7. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 811.

[3] Soy tributario acá de la propuesta de Timothy Keller. Véase: Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, pp. 263-406.

[4] La Piedra viva, verdadera y divina. Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. 

[5] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 252. Corresponde a la Conferencia “El calvinismo y el futuro”.

¿Qué es Fe Pública? ¿Qué estamos haciendo?

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En agosto de este año comenzamos a trabajar para dar vida a un núcleo de estudios llamado “Fe Pública”. Este espacio reúne a cristianos de distintos horizontes disciplinarios y que tiene por finalidad la articulación, desarrollo y aplicación del pensamiento reformacional a diversas áreas del saber y quehacer humanos. Tenemos como misión, ser un espacio de encuentro entre cristianos evangélicos dedicados a trabajar desde el pensamiento reformacional en colaboración y comunidad, anhelando, imaginando, pensando, diseñando y haciendo esfuerzos conjuntos que faciliten la manifestación del Reino de Cristo y permitan su mayor visibilidad en todos los ámbitos de la realidad creada.

Integramos este núcleo de estudios: 

  • Luis Aránguiz Kahn. Licenciado en Letras con mención en Lingüística y Literatura Hispánicas, Pontificia Universidad Católica de Chile, y Magister en Estudios Internacionales USACH; 
  • Luis Pino Moyano, Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales Universidad Academia de Humanismo Cristiano; 
  • María Jesús Cordero, Abogada, Licenciada en Derecho Universidad Católica de la Santísima Concepción, Chile, y estudiante del programa de Master en Ciencias de las Religiones y Sociedades Universidad de Artois, Francia; 
  • Jonathan Muñoz, Licenciado en Teología Seminario Teológico José Manoel da Conceição, Brasil; 
  • Gonzalo David. Licenciado en Teología Seminario Teológico Presbiteriano, Chile, y estudiante del programa de Master en Teología Facultad de Teología Protestante de París, Francia; y,
  • Javiera Abarca, Licenciada en Filosofía Universidad Alberto Hurtado.

En este período de marcha blanca hemos organizado un conversatorio, titulado “Fe Pública: la vigencia del pensamiento reformacional para Latinoamérica, en el que presentamos introducciones a pensadores reformacionales clásicos y contemporáneos: Abraham Kuyper y Herman Dooyeweerd; Alvin Plantinga, Nicholas Wolterstorff y Bob Goudzwaard. Puedes ver más detalle de estas actividades, haciendo clic aquí. Luego, hemos participado junto a otras organizaciones misionales y de trabajo estudiantil dos conversatorios titulados “Hablemos de verdad”, en los que miembros de nuestro núcleo han participado en la reflexión sobre la situación crítica del país, teniendo como marco teórico el pensamiento reformacional.

De todos estas instancias, o de manera periférica a ellas, han surgido una serie de textos, que han sido publicados en la revista virtual “Estudios Evangélicos”: Los comparto a continuación:

a. Sobre propuestas reformacionales:

Luis Pino. El neocalvinismo, el ser humano, sus derechos y un mundo posible. 

Gonzalo David. Wolterstorff, pensamiento reformacional y matrimonio entre personas del mismo sexo. 

b. De los conversatorios “Hablemos de verdad”. 

Jonathan Muñoz. Una primera reflexión evangélica acerca del octubre de 2019 en Chile. 

Luis Pino. Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa. 

Javiera Abarca. Guarda tu espada.

Gonzalo David. Calvinismo, crisis social y violencia.

Jonathan Muñoz. Fundamentalismos sin ortodoxia: La tragedia del neoconservadurismo evangélico. 

c. Actualidad nacional. 

Jonathan Muñoz. ¿Qué debemos hacer primero los cristianos ante la injusticia? 

Luis Aránguiz. ¿Podemos los evangélicos pensar un país? 

d. Traducciones de textos.

Bob Goudzwaard. Resistencia cristiana a la cultura de guerra neoliberal. 

J. A. Schlebusch. La escatología política de Groen van Prinsterer y su impacto en el conservadurismo político estadounidense. 

e. Lecturas recomendadas.

Varios autores. Chile despertó: lecturas recomendadas para una vigilia cristiana. 

Te dejamos invitado a que revises nuestra página en Facebook, a la que puedes acceder haciendo clic aquí, donde podrás encontrar más información en el tiempo, de nuevos artículos y actividades publicadas. 

Cordialmente, Luis Pino Moyano. 

Vídeo: Cosmovisión cristiana y política.

El vídeo que compartimos a continuación fue realizado a modo de transmisión en vivo en mi perfil de Facebook, y busca introducirnos a los principios bíblicos para la comprensión y la práctica de quienes somos cristianos en la sociedad, específicamente en la acción política. Lo realizamos con la convicción respecto a la necesidad de entregar herramientas bíblicas en la situación que vive nuestro país. 

La exposición comienza en el minuto 2:00. 

Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa.

Imagen e intervención de Manos Arriba.

Luis Pino Moyano*.

Publicado en Estudios Evangélicos.

“Por supuesto, no queremos que los hombres dejen que su cristianismo influya en su vida política, porque el establecimiento de algo parecido a una sociedad verdaderamente justa sería una catástrofe de primera magnitud” [1]. Antes que alguien diga “-¡Amén!” a estas palabras, debo decir que son parte de una de las cartas enviadas por Escrutopo a Orugario, en su afán de enseñarle a ser un “buen demonio”. C. S. Lewis, en ese maravilloso libro nos presenta lo urgente y necesario que es pensar la vida en sociedad desde una visión del mundo y la vida explícitamente cristiana. Lo que es terror para el infierno es una bendición para el mundo en el que vivimos, y es parte del cumplimiento del proyecto histórico de Dios inaugurado en la creación y sostenido con mano providente hasta su consumación final. 

En dicha realización de la tarea política de los cristianos esparcidos en el mundo, la construcción de la paz es tarea fundamental. Y allí, la pregunta por el tipo de paz es más que pertinente. Claramente, atenta contra la paz cualquier visión política y social que entienda a la violencia como la “partera” de la historia, como el único método para construir un mundo diferente. Pero también atenta contra la paz, aquella mirada y actitud frente a la vida de acomodarse al sistema imperante, no generando ninguna crítica de aquello que es cuestionable y rechazable a la luz de la Palabra de Dios. Los cristianos no somos ni zelotes ni herodianos. Ni radicales ni quietistas. Ni apologistas de la violencia ni indiferentes ante una realidad que deberíamos ver con compasión. Ambas formas de hacer política en la sociedad, por más excluyentes que parezcan, no lo son en realidad, pues buscan una misma cosa: que el poder sea ejercido por una parte de la población en detrimento de otros. Y ahí, las palabras de C. S. Lewis nos advierten: “Cada nuevo poder ganado por el hombre es también un poder sobre el hombre. Cada avance lo deja más débil y más fuerte. En cada victoria, además de ser el general que triunfa, es también el prisionero que sigue el carro triunfal” [2]. El poder es un don de Dios dado a los seres humanos que se transforma en ídolo cuando busca la autoexaltación de los seres humanos, haciéndoles apartar la vista del Dios Todopoderoso y del prójimo a quien debemos amar como a nosotros mismos [3]. 

Tampoco el pacifismo es alternativa. C. S. Lewis, explicando el texto de Mateo 6:29, “Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra”, y contradiciendo la interpretación pacifista de él, señala: “En la medida en que los únicos factores relevantes en este caso sean un daño hacia mí de parte de mi prójimo y un deseo mío de tomar represalias, sostengo que el cristianismo ordena la absoluta mortificación de ese deseo. No hay que dar cuartel a la voz de nuestro interior que dice: ‘Él me ha hecho esto a mi, yo le haré lo mismo a él’. Pero en el  momento en que introduces otros factores, por supuesto, el problema cambia. ¿Acaso alguien supone que los oyentes de nuestro Señor entendieron que él se refería a que si un maniaco homicida, intentando asesinar a un tercero, intentara apartarme de su camino, yo debería hacerme a un lado y permitirle que llegase a su víctima? No creo posible que se hubiera entendido así” [4]. A la luz de la Escritura se puede decir que existen conflictos, guerras e, inclusive, muertes que son injustos, pero otros que no lo son. Y allí la relación entre paz y justicia salta a la palestra. 

Nada más justo que la ley del Señor. Y esa ley buscaba asegurar relaciones armónicas entre los seres humanos, condenando prácticas como la codicia, la falta de solidaridad hacia los pobres, el descuido de la tierra, la injusticia y la falta de equidad entre daño y pena; y propiciando la celebración de años sabáticos y de jubileos, que tenían por finalidad hacer descansar la tierra y proclamar, entre otras cosas, el indulto de muchos condenados. Por su parte, los salmos y los profetas, recordándonos las palabras de la ley, nos hablan de un Dios justo, que mira con bondad a quien sufre los rigores impuestos por líderes políticos y religiosos, representados como pastores que sacan la lana de las ovejas gordas para luego engullirlas, dejando a débiles, heridas y perniquebradas a un lado. No por nada, cuando se señalan los pecados de Sodoma, el profeta dice que fueron: “la soberbia, gula, apatía, e indiferencia hacia el pobre y el indigente” (Ezequiel 16:49). Todo ello atenta contra el bienestar que los creyentes debemos buscar para el mundo creado por Dios, teniendo en cuenta que dichos mandatos pueden y deben ser cumplidos tanto en el Edén como en Babilonia. La paz, entonces, no es sólo ausencia de conflicto, pues Shalom es también justicia social, vida abundante y armonía con los otros sujetos que portan, por derecho de creación, la imagen y semejanza de Dios. 

Esto nos lleva a decir que la paz de la cual habla la Escritura no tiene nada que ver con la pasividad o con una lectura y actitud reaccionaria frente a la vida. Nadie que crea que Cristo tiene el poder para hacer nuevas todas las cosas puede mantenerse inactivo en el mundo. El Espíritu Santo, con su obra poderosa, nos libra de la ociosidad dañina respecto de nosotros, de nuestro prójimo y de la creación completa. 

¿Qué hacer? es la pregunta. En primer lugar, me permito citar un texto confesional. Se trata de la Confesión Escocesa, formulada en 1560 y redactada por John Knox, John Winram, John Spottiswoode, John Willock, John Douglas y John Row. En su capítulo XIV titulado “Las obras que Dios considera buenas”, plantea: “Honrar al padre, a la madre, a los príncipes, gobernantes y poderes superiores; amarlos, apoyarlos, obedecer sus órdenes si éstas no se oponen a los mandamientos de Dios, salvar la vida de los inocentes, sofocar la tiranía, mantener nuestros cuerpos limpios y puros, vivir sobriamente y ser temperantes; tratar con justicia, de palabra y de hecho a todas las personas y finalmente, reprimir cualquier deseo de perjudicar a nuestro prójimo, son las obras de la segunda categoría [la segunda tabla de los diez mandamientos, del amor al prójimo], y éstas son aceptables y agradables a Dios ya que son ordenadas por él mismo” [5]. Cabe destacar, que este documento confesional fue el primero de esa índole, en el protestantismo histórico, en plantear la necesidad de resistir la tiranía como acto de obediencia a Dios. 

Por su parte, C. S. Lewis, en su libro “Mero Cristianismo”, en su capítulo “Moral Social”, se esfuerza por responder a la pregunta: ¿cómo sería una sociedad enteramente cristiana? Dicho autor señaló que “No habrá pasajeros ni parásitos: si alguien no trabaja, no debería comer. Todos deberán trabajar con sus propias manos y, lo que es más, el trabajo de cada uno será para producir algo bueno: no habrá fabricación de lujos tontos y luego propaganda más tonta aún para persuadirnos a comprarlos. Y no hay que ‘ser un creído’ ni ‘andar dándose aires’ ni ser ostentoso. […] Por otra parte, [la Escritura] está siempre insistiendo en la obediencia: obediencia (y manifestaciones externas de respeto) de todos nosotros a los magistrados adecuadamente nominados, de los niños hacia sus padres, y (temo que no va a ser en absoluto popular) de las esposas a los maridos. En tercer lugar, debe ser una sociedad alegre: llena de cantos y gozo, y donde la preocupación y la ansiedad serían consideradas malas. La cortesía es una de las virtudes cristianas; y el Nuevo Testamento odia a los entrometidos y chismosos” [6]. 

Algunas otras tareas que me permito relevar, respecto de nuestro quehacer en la sociedad a partir de la paz que se vive en la justicia, son:

  1. Debemos trabajar teniendo en cuenta la triada presentada en la Biblia: pobres, desamparados (huérfanos-viudas) y extranjeros. No debemos olvidar que quienes sufren los rigores de la vida (enfermedad, cárcel, desnudez, hambre), en el discurso bíblico, son los pequeñitos de Dios, y recordando que los actos de misericordia son siempre actos de justicia. Lo contrario reporta una espiritualidad atrofiada e idolátrica. 
  2. Debemos protestar y trabajar para “terminar con formas particulares de injusticia, violencia y opresión” [7]. En cada lugar en el que exista un ejercicio tiránico y opresivo del poder, debemos alzar nuestra voz y realizar tareas que conduzcan a eliminar dicho ejercicio, porque el amor verdadero “no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad” (1ª Corintios 13:6). Nuestra protesta debe buscar como fin la sanidad de los pueblos, la restauración de los heridos y perniquebrados, la construcción de un proyecto que coadyuve a la expansión y consumación del Reino de Dios, que en la definición paulina es “justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17). La tarea de vivir el Shalom de Dios no es la de crear algo inédito, sino una tarea reparatoria y transformadora.
  3. Siguiendo en esto a Sidney Rooy, no debemos olvidar que la tarea de los creyentes cristianos es profética (en relación a las autoridades), didáctica (dentro de ella) y de servicio (respecto de las víctimas de la injusticia). Se recomienda el ejercicio de la resistencia pacífica, pero de manera coherente con la tradición cristiana, no hay que olvidar que en casos extremos puede usarse la fuerza, pues “Todo gobierno que traiciona su vocación y en lugar de promover el bien y castigar el mal hace lo inverso, pierde su autoridad para gobernar” [8]. 
  4. Debemos orar “por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1ª Timoteo 2:1,2), aunque sean como Nerón. Además, el clamor para que se haga la voluntad del Señor, como reza el Padrenuestro, debe estar siempre en nuestra boca, porque la motivación para orar debe ser el reconocimiento de la soberanía de Dios.
  5. El profeta Isaías anunciando la palabra  del Dios Todopoderoso dijo: “¡Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Isaías 5:20). Si bien es cierto, misteriosamente, Dios actúa también en la historia usando como instrumento suyo a los que hacen lo malo, ¡porque Dios es soberano siempre!, eso no señala que lo que estos sujetos desarrollan sea su voluntad expresada en la Palabra. No justifiquemos lo injustificable ni menos celebremos ni homenajeemos al imperio de la maldad ni a sus ejecutores. No nos hagamos cómplices con el silencio ni con la voz que ensalza la opresión. 
  6. No anhelemos ejercer la venganza, porque ésta sólo es justa cuando proviene de la indignación del Todopoderoso. Él dará el justo pago (Romanos 12:19). No podemos caer en la misma lógica de los que matan literal y simbólicamente, porque eso, en definitiva nos termina autodestruyendo. Si Dios nos ha liberado no volvamos a andar en esclavitud (cf. Gálatas 5:1).

Claramente, ninguno de los esfuerzos mencionados construirá algo completo y perfecto. Y enhorabuena que así sea, pues nuestra esperanza no está puesta en personas y sistemas político-ideológicos, sino que es escatológica y está centrada en el Dios-Hombre, Jesucristo. Y esto, debiese ponernos en nuestro lugar y, a la vez, animarnos en la esperanza. Pues como diría David Koyzis: “No hay cómo saber cuán pronto Cristo volverá para traer la plenitud prometida de su reino. Puede ser mañana, pero puede ser también de aquí a mil años. También no hay cómo saber cómo nuestras obras, falibles e imperfectas, podrán contribuir para promover el reino. Pero sabemos que el final vendrá y que Dios quiere usar nuestros frágiles esfuerzos para sus propósitos y su gloria. Cada acto que promueve la justicia, sea en la política o en cualquier otro ámbito de la actividad humana, apunta para la plenitud final del reino de justicia de Dios en el cielo nuevo y la tierra nueva” [9].

No nos olvidemos nunca que “El producto de la justicia será la paz; tranquilidad y seguridad perpetuas serán su fruto” (Isaías 32:17).

 


 

* Miembro de Fe Pública. Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. E-Mail: luispinomoyano@gmail.com. Ponencia presentada en el conversatorio “Hablemos de verdad. Una vida digna en Babilonia”. Organizado por RCU, Iglesia Santiago Apóstol, CRU, GBU, Fe Pública, Semillero, y realizado el sábado 26 de octubre de 2019.

[1] C. S. Lewis. Cartas del Diablo a su sobrino. Nueva York, Rayo, 2006, p. 107, Carta XXIII.

[2] C. S. Lewis. La abolición del hombre. Reflexiones sobre la educación. Santiago, Editorial Andrés Bello, 2000, pp. 59, 60.

[3] Se trabaja esta idea en: John Piper. Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder. Medellín, Poiema Publicaciones, 2017, pp. 65-79.

[4] C. S. Lewis. El peso de gloria. Nashville, HarperCollins Español, 2016, pp. 84, 85. Corresponde al ensayo titulado “¿Por qué no soy pacifista?”.

[5] http://mb-soft.com/believe/tshm/scotconf.htm (Consulta: octubre de 2019).

[6] C. S. Lewis. Mero cristianismo. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1994, pp. 75, 76.

[7] Timothy Keller, Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, p. 46.

[8] Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, p. 70.

[9] David Koyzis. Visões & Ilusões políticas: uma análise e crítica cristã das ideologias contemporâneas. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, p. 322 (traducción propia).

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Presbiterianos hablando de política.

“- ¡Cómo es posible que pastores y presbíteros hablen de política!”. Ese reclamo, cuya legitimidad no debe ser puesta en duda, adolece de un problema: el desconocimiento de la historia de la iglesia. El presbiterianismo chileno, y particularmente la Iglesia Presbiteriana de Chile, a lo largo de su historia ha cumplido un importante rol en la sociedad. Durante el siglo XIX promovió la defensa de las libertades públicas, más adelante consagradas en las leyes laicas del gobierno de Domingo Santa María. Durante el siglo XIX y principios del XX promovió instancias educativas, hogares de menores, centros salud como la Maternidad Madre e Hijo. Durante el siglo XX se opuso a la obligatoriedad de las clases de religión católica en los colegios. Y en la participación de alguno de sus miembros, fue pieza fundamental para la promulgación de la Ley de Libertad de Cultos. Y sí, nuestros pastores, oficiales y miembros, hablaban mucho de política y de lo social. Basta echar un vistazo a las publicaciones de “El Heraldo Evangélico” y “El Heraldo Cristiano” para notar artículos sobre el acontecer noticioso chileno y del extranjero, promoviendo ciertos proyectos políticos y sociales como la separación de la Iglesia Católica y el estado en 1925, o generando una lectura interpretativa a la luz del cristianismo de corrientes políticas. O, también, podría servir recordar cómo los pastores más antiguos de la iglesia desarrollaban los “desayunos pastorales” en los que se leía la Biblia y el diario, y se conversaba en torno a ellos. 

Claramente, la práctica de esa “vieja escuela presbiteriana” tuvo un momento de dificultad con el golpe de estado de 1973 y el gobierno de facto emanado de él. Pero, en esos años nunca la medida fue censurar la opinión de los miembros de la Iglesia, sino más bien poner en la palestra que siempre que un miembro de la IPCH hablara en el espacio público lo hacía a título personal y nunca arrogándose la representatividad de la Iglesia. Ni en esas horas se puso en duda uno de los valores más preciados del genio del presbiterianismo chileno, a saber, la libertad de conciencia. Por eso, con todo el respeto que me es posible, no deja de llamar la atención el cierto tabú que algunos miembros de la iglesia quieran imponer respecto de dicha temática. Es entendible que quienes vivieron como jóvenes dicho período, y sufrieron tensiones en actividades eclesiales, quieran promover la paz, pero la paz no se basa en el tabú que permite la convivencia, sino en el entendimiento que ninguna de nuestras diferencias importa al lado de conocer a Cristo. Son basura al lado de eso. Y si nosotros nos esforzamos por levantar las barreras que antes nos separaban y que Cristo botó con la sangre de su cruz, estamos simplemente haciendo más caso de ídolos del tiempo presente que de lo que expresa el Dios Todopoderoso en su Palabra. 

No obstante lo dicho con antelación, y en mirada complementaria de ello, quienes no tenemos miedo o que no queremos imponer un tabú a la hora de hablar de estos temas, debiésemos tener en cuenta los siguientes principios, que en la hora actual no está de más recordar:

  1. La Biblia no presenta un programa político definido con todas sus líneas de acción. Lo que si presenta son principios para su entendimiento y labor. Nos enseña que dicha tarea es honrosa y que también es un espacio de adoración a Dios, por lo que debe ser llevada a cabo con responsabilidad y distintivo cristiano. Quienes somos presbiterianos podemos ser ayudados y sustentados en esta mirada, cuando leemos y practicamos lo planteado por nuestra Confesión de Fe de Westminster, en su capítulo XXIII titulado “Del magistrado civil”. 
  1. Que nada de lo que digamos puede pretender ser palabra cerrada o definitiva, ni mucho menos arrogarse la representatividad de la Iglesia o de “lo reformado”. Porque si lo que la Biblia otorga de la temática son principios y no una metodología de aplicación, puede que nuestros prismas respecto de ello sean diversos. Lo fundamental aparece consagrado en nuestros estándares de fe, lo secundario siempre es tema de discusión y nunca puede ser entendido como fundamental, pues eso se transforma inmediatamente en argumento de división. Dios nos libre de ello. 
  1. En sintonía con lo dicho con antelación, debemos actuar con amor cristiano, partiendo con acciones de respeto hacia nuestros hermanos que pueden divergir de algunas de nuestras ideas, como también respecto de otros prójimos, entre ellos del magistrado civil. Actuar con respeto es actuar con responsabilidad, y es lo que posibilita que nuestros debates no sean diálogos de sordos. Ahí el capítulo XX de nuestra Confesión de Fe, “De la libertad cristiana y la libertad de conciencia” nos puede ayudar en demasía, porque nos permitiría entender que la libertad siempre es comunitaria y se nos es regalada como don para amar y servir, y que no existe libertad de conciencia sin que esta se encuentre atada a la Palabra de Dios. Que la Biblia y no las ideologías sean el filtro y lente desde el que observamos la realidad. 

Cristo, Señor de todo, tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Él hace que el mundo, con sus sombras y muerte, sean el “teatro de la gloria de Dios” (Calvino), porque Él guía la historia hacia su consumación. Nuestra acción responsable en el mundo, como iglesia institucional y orgánica, es decir, como Iglesia Presbiteriana de Chile y como presbiterianos esparcidos en la sociedad, es el testimonio de esta esperanza. 

Fraternalmente en Cristo, Luis Pino Moyano.

[Vídeo] Cristo, Señor de la naturaleza. Bases bíblicas para la ecología.

Parte de lo expuesto fue planteado en el post: “Biblia y ecología. Una aproximación”.

Te invito a dialogar acá en el sitio, con tus preguntas y opiniones. Si te parece lo planteado, compártelo con otras personas.

Cordialmente, Luis.