Liderazgos políticos e idolatría. Una lectura calvinista sobre el magistrado civil y la vida en el mundo que nos toca.

El domingo 19 de diciembre de 2021 dio como ganador de la segunda vuelta presidencial a Gabriel Boric, quien asumirá la primera magistratura el 11 de marzo de 2022. Hubo muchas reacciones, de diversas vertientes, contenido y forma, y quienes suscriben la fe cristiana no estuvieron exentos de ello. Como los evangélicos no somos un pueblo uniforme, dentro de nuestras filas se expresa la diversidad de prismas políticos que circulan en el país. Por ende, hubo creyentes que mostraron alegría y, otros, que reportaron mucha pena o amargura. Pero tengo la profunda convicción que ni la alegría ni la tristeza de ese día y los venideros pueden obnubilar nuestra mirada y comprensión de la esperanza cristiana. Nuestra esperanza está intacta más allá del régimen político porque ella proviene de Jesús de Nazaret. 

Un hito electoral o un proceso político no pueden derrumbar nuestro horizonte llevándonos a una falta de realismo. Esa falta de realismo se traduce en dos expresiones idolátricas. Por un lado, la de quienes ensalzan la figura del líder como si se tratara de un héroe venido de un panteón sagrado, que tiene la capacidad de explicar toda la realidad y dar solución a todos los problemas, haciendo de Chile realmente “la copia feliz del Edén”. Y, por otro lado, la de quienes sólo ven el estatus de no creyente del líder político, y consideran que se aproxima con su gobierno un juicio de Dios, lo que se traduce en el fracaso de un proyecto país, regularmente asociado al éxito macroeconómico. El acercamiento escritural realizado desde hace siglos por la teología reformada nos ayuda a librarnos de ese desequilibrio fatalista. 

Para Calvino el tema político es muy importante. Prueba de ello, es que su ópera magna, la Institución de la Religión Cristiana, que tuvo su primera edición en 1536 no se dio por terminada hasta 1559, en cuya edición se añadió un capítulo específico sobre la “Potestad Civil”. Y el tema es importante porque para el teólogo francés, el estado cumple un papel relevante. Tanto, que no lo diviniza ni lo despersonaliza. Hace recaer su papel en sus funcionarios. Dice: En su comentario a 1ª Timoteo: “Los magistrados fueron designados por Dios para salvaguardar la religión, así como para mantener la paz y la decencia de la sociedad” [1].

Una pregunta clave es: ¿A quién se obedece? ¿A Dios o a los hombres? Si bien es cierto, nosotros responderíamos que a Dios producto de lo dicho por Pedro a nombre de los apóstoles, según está registrado en Hechos 5:29. Pero la respuesta es menos sencilla de lo que parece. O, tal vez, menos agradable para nuestras lógicas. Se debe obedecer a Dios y se debe obedecer a las autoridades. Calvino, en el libro cuarto de la Institución de la Religión Cristiana dice: “El Señor es el Rey de reyes, el cual apenas abre sus labios, ha de ser escuchado por encima de todos. Después de Él hemos de someternos a los hombres que tienen preeminencia sobre nosotros; pero no de otra manera que en Él. Si ellos mandan alguna cosa contra lo que Él ha ordenado no debemos hacer ningún caso de ella, sea quien fuere que lo mande. Y en esto no se hace injuria a ningún superior por más alto que sea, cuando lo sometemos y ponemos bajo la potencia de Dios, que es sola y verdadera potencia en comparación con las otras” [2]. En otras palabras, Dios es Señor sobre todo. Él en su soberanía ha dado autoridad a distintos sujetos a lo largo del tiempo. Esta autoridad siempre es relativa y derivada. La obediencia al estado está supeditada al Dios del estado, que está por sobre todo dominio y autoridad. 

Pero, ¿y qué pasa si nuestras autoridades no son creyentes? Comentando 1ª Timoteo 2:2, Calvino señala que “Todos los magistrados que existían en aquel tiempo eran enemigos acérrimos de Cristo; y por lo tanto se les podría ocurrir este pensamiento: que no deberían orar por aquellos que dedicaban todo su poder y toda su riqueza para combatir contra el reino de Cristo, cuya extensión sobrepasa a todo lo que se puede desear. El apóstol encara esta dificultad, y expresamente ordena a los cristianos que oren por los que están en eminencia. Y, ciertamente, la depravación de los hombres no es una razón por la que la orden de Dios no deba ser acatada. Por consiguiente sabiendo que Dios designó magistrados y príncipes para la preservación de la humanidad, y pese a la deficiencia con que ellos ejecuten el cometido divino, no debemos por eso dejar de amar lo que pertenece a Dios, y desear que permanezca en vigor” [3]. La obediencia a las autoridades es primero obediencia a Dios y, como resultado, trae el bien de la sociedad. Como señala la Confesión de Fe de Westminster: “Es deber del pueblo orar por los magistrados ( 1 Timoteo 2:1, 2), honrar sus personas (1 Pedro 2:17), pagarles tributos y otros derechos (Romanos 13:6, 7), obedecer sus mandamientos legales y estar sujetos a su autoridad por causa de la conciencia (Romanos 13:5; Tito 3:1). La infidelidad o la diferencia de religión no invalida la autoridad legal y justa del magistrado, ni exime al pueblo de la debida obediencia a él (1 Pedro 2:13, 14, 16); de la cual las personas eclesiásticas no están exentas (Romanos 13:1; 1 Reyes 2:35; Hechos 25:9-11; 2 Pedro 2:1, 10, 11; Judas 8-11)” (CFW XXIII.4).

¿Y qué de los malos gobiernos? Comentando Romanos 13:3 dice: “Porque si un mal príncipe es plaga del Señor para castigar los pecados del pueblo, reconozcamos que es por nuestra propia culpa el que una bendición tan excelente de Dios se convierta en maldición” [4].  Si Dios es providente, y nada escapa de su mano, debemos decir que los malos gobiernos son juicios que debemos saber reconocer y percibir en la sociedad. En este punto se debe tener muy presente que se debe esperar la actuación del “príncipe” o “magistrado civil” para establecer un juicio de su obrar en el gobierno, para poder establecer fehacientemente, en un ejercicio de discernimiento (¡espiritual!), la existencia de un juicio divino o no y, por sobre todo, colaboremos para que lo que es una bendición (léase, la existencia de magistrados civiles) no se vuelva maldición. Aquí no se trata de mirar desde la galería o de tomar palco, sino de estar en la cancha con disposición a trabajar y colaborar para que al país le vaya bien. 

Pero ¿qué ocurre cuando esas autoridades mandan explícitamente y de manera coercitiva violar mandamientos del Señor? Ahí no queda otra acción que la desobediencia civil. O mejor dicho, mantener nuestra obediencia a quien la debemos: al Soberano Dios Todopoderoso. Por eso, hablamos de una autoridad en los magistrados que es relativa y derivada. Incluso, esto podría derivar en acciones sociales sociales mucho más radicales. Comentando el mismo texto de 1ª Timoteo 2:2, Calvino señala que “El verdadero camino para mantener la paz se logra, pues, cuando cada cual obtiene lo que le pertenece, y cuando la violencia de los más poderosos es frenada” [5]. No se debe dejar de recordar que la libertad para Calvino es espiritual (por eso se requirió la Reforma), política (voto y participación política), y de resistencia cuando el magistrado civil se convierte en opresor. La estructura social también ha sido dañada por la caída, por ende, también está necesitada de reforma. Por ello, es sumamente importante que miembros de nuestras iglesias puedan realizar actividad política desde un punto de vista cosmovisional. Calvino plantea que: “Por tanto, no se debe poner en duda que el poder civil es una vocación no solamente santa y legítima delante de Dios, sino también muy sacrosanta y honrosa entre todas las vocaciones” [6]. 

Mientras escribía, venía a mi mente el relato bíblico del libro de Daniel que da cuenta de su testimonio y el de sus amigos Ananías, Misael y Azarías en su presencia fiel en Babilonia (Daniel 1:1-21). Ellos sirvieron a Dios y al mundo en el lugar que les tocó vivir, la capital del imperio que ha simbolizado a todos los regímenes políticos, económicos, sociales y culturales paganos. Y, en esa historia, podemos ver reflejado el hecho que el cautiverio babilónico no sólo fue un juicio purificador de la idolatría, sino un instrumento para ocupar a estos cuatro muchachos para su servicio. Estoy muy consciente de lo que estoy escribiendo y ustedes leen: Dios puede incluso hacer que seamos despojados “de bienes, nombre, hogar”, llevarnos a una tierra ajena, para cumplir su plan. Lo que aparentemente daña, nos lleva a un bien mejor y mayor. Como diría Gary Smith: “Aunque Dios no remueva toda fuente de amenaza e incluso permita que algunos creyentes mueran por su fe, no se olvidará de ellos, sino que los levantará para la vida eterna” [7]. Esa es la lectura de la historia en clave de providencia que debemos hacer. Esa lectura en clave de providencia tiene cuatro implicancias para la vida: 

a) Reconocimiento de la voluntad de Dios.

Al aceptar lo que vivimos como la voluntad del Señor, aceptamos y amamos la historia que nos toca vivir, por difícil que sea, porque entendemos que la voluntad de Dios es “buena, agradable y perfecta”, por lo que entendemos que debemos seguir sirviendo a Dios con todo el corazón;

b) Cumplir el mandato cultural en Babilonia.

Que ese servicio, implica que debemos trabajar en Babilonia, para el servicio a Dios y para quienes nos rodean. El profeta Jeremías escribió una carta para los exiliados en Babilonia para decirles como debían vivir la situación de cautiverio, a sabiendas que duraría 70 años. Les dijo: “Así dice el Señor Todopoderoso, el Dios de Israel, a todos los que he deportado de Jerusalén a Babilonia: ‘Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su fruto. Cásense, y tengan hijos e hijas; y casen a sus hijos e hijas, para que a su vez ellos les den nietos. Multiplíquense allá, y no disminuyan. Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad’” (Jeremías 29:4-7). 

Dios, que está en misión, nos invita a no sólo ver y analizar la ciudad, sino a vivir en ella. No a formar ghettos de aislamiento eclesial y familiar, fortalezas de censura que no permiten contemplar los frutos de la gracia común en quienes sin creer glorifican a Dios, con su arte, ciencia, técnica. Trabajemos con ahínco para transformarnos en misioneros que contribuyen al bienestar de la ciudad, porque de eso depende nuestro propio bienestar. Shalom, que no sólo es paz como ausencia de conflicto, sino también justicia social, vida abundante, armonía, alegría.

c) La verdadera raíz de la esperanza. 

Que debemos perseverar en la esperanza, aún cuando las circunstancias sean adversas. La carta de Jeremías, continúa más adelante y en ella dice: “Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza. Entonces ustedes me invocarán, y vendrán a suplicarme, y yo los escucharé. Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón” (29:11-13). El pueblo de Dios por años se había olvidado del Señor, practicando la idolatría y la injusticia, tapándola con un culto aparente. Falsos profetas auguraban un falso futuro y esperanza, en una paz que no llegaría. Mientras, Jeremías, les decía de manera impopular que la justicia de Dios se manifestaría en que un pueblo pagano les asolaría y llevaría a varios de ellos, deportados a Babilonia. Cuando eso ocurrió, los falsos profetas dijeron que el cautiverio duraría no más de dos años. Jeremías dijo que serían setenta, y así fue. 

¿Se puede tener un futuro y una esperanza en Babilonia, símbolo de todos los imperios, reinos y gobiernos idolátricos, injustos y tiránicos? Sólo es posible si la mano del Dios de la vida actúa en favor de ellos. ¿Se puede tener un futuro y una esperanza en el Chile de hoy? Sí, se puede. Pero ese futuro y esperanza no está ni en el gobierno ni en lo que puedan hacer las élites políticas ni en el pueblo en la calle. Nuestro futuro y nuestra esperanza están en Cristo Jesús, en nada ni nadie más. Vivir pensando que podremos encontrar futuro y esperanza en personas y cosas, es meter las manos en la arcilla para levantar ídolos con apariencia de verdad o piedad. En el exilio de peregrinos y extranjeros que somos, anhelamos el hogar verdadero, el que Aquél que puede hacer nuevas todas las cosas construirá. Mientras, vivimos y trabajamos produciendo bienestar para nuestro prójimo y nosotros, pero con los ojos, y el corazón, donde deben estar… en Cristo.

d) Una mirada equilibrada. 

Debemos mantener un profundo equilibrio entre gracia común y “Antítesis”. Ambas verdades fueron enseñadas por la teología reformacional. Hablamos de gracia común, porque cada vez que vemos belleza, justicia, paz, cosas buenas para la vida, es la mano de Dios actuando en el mundo por medio de sus criaturas, por amor a su creación. Lo que no implica que quienes hacen cosas bellas, justas, en pro de la paz y el bien común, sean necesariamente en todas sus líneas de pensamiento aceptables. Lo que vemos en la gracia común es el glorioso amor de Dios y no la gloria de los seres humanos que se encuentran con sus mentes atrofiadas por el pecado. 

La “Antítesis” nos permite no perder de vista la raíz pecaminosa del pensamiento  y la vida de los seres humanos alejados de Dios. Nos permite entender cómo debemos vivir en el mundo asumiendo lo que se dice con la Palabra, modificando o reparando aquello que puede experimentar transformación, y rechazando aquello que es pecaminoso y que, por tanto, nos separa de Dios y produce daño para la vida propia y la de otros. En síntesis, nuestra tarea, no es meramente la abstención. 

Daniel, Ananías, Misael y Azarías no tenían otra opción, como a veces tampoco nosotros la tenemos, cuando la solución radical de cortar la mano que hace caer es necesaria. Pero, a veces, podemos no abstenernos, y no protestar o pelear contra todo y todos. Necesitamos aprender y leer. Aprendamos ciencias de la naturaleza y de la sociedad, literatura y lingüística, matemáticas (aunque sean el lado oscuro de la fuerza), artes en toda su variedad, y un largo etcétera. Nada más ajeno a la teología reformada que los índices de lecturas prohibidas propios de la Inquisición. Pero para leer de todo, debo antes empaparme de la Palabra de Dios, conocerla y manejarla con destreza como la espada que es, de tal manera que ella pueda darnos el marco para comprender todo lo que pasa a nuestro alrededor. Los cuatro muchachos judíos dejaron de comer, pero no dejaron de recibir la educación babilónica aunque estuviese manchada por el paganismo. Pero para sobrevivir al paganismo del cautiverio, hay que tener cautiva la conciencia a Cristo y su Palabra. 

Cierro con una cita del teólogo presbiteriano Rafael Cepeda en la que invita a la iglesia a recordar que: “la soberanía de Dios no reconoce límites, y que Él puede usar, y lo hace con frecuencia, a un gobierno o sistema injustos, y hasta enemigos de Dios y de su iglesia, como una herramienta que evidentemente se utiliza, y eventualmente se desprecia, en la edificación de su Reino. Pero ningún sistema político es tan bueno como para confundirse con el Reino de Dios, y ningún sistema es tan malo como para entorpecer el Reino de Dios” [8]. Esta es la actitud cristiana ante cualquier régimen político. Seamos prudentes respecto de nuestras declaraciones, eliminemos las lecturas fatalistas, discernamos no sólo las fuentes sino también nuestros corazones al acercarnos a ellas, no repartamos fake news, no idealicemos a seres humanos. Alabemos, gocémonos, critiquemos, protestemos y resistamos cuando sea necesario. Cualquier acción o actitud absolutizada frente a regímenes políticos puede ser el germen de la construcción de dioses con pies de barro. 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] Juan Calvino. Comentario a las Epístolas Pastorales. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 61. Comentario de 1ª Timoteo 2:2.

[2] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. IV.XX.32. Buenos Aires – Grand Rapids, Editorial Nueva Creación, 1988 , p. 1194.

[3] Calvino. Comentario a las Epístolas Pastorales. Op. Cit., pp. 59, 60.

[4] Juan Calvino. Comentario a la Epístola a los Romanos. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 339.

[5] Calvino. Comentario a las Epístolas Pastorales. Op. Cit., p. 60.

[6] Calvino, Institución… IV.XX.4. Op. Cit., p. 1171.

[7] Gary Smith. Los profetas como predicadores. Introducción a los profetas hebreos. Nashville, B&H Publishing Group, 2012, p. 281. 

[8] Rafael Cepeda. “La conducta cristiana en una situación revolucionaria”. En: Francisco Marrero (Editor). El pensamiento reformado cubano. La Habana, Ediciones Su Voz y Departamento de Publicaciones Iglesia Presbiteriana-Reformada  en Cuba, 1988, p. 175. Corresponde a un tema de estudio presentado al MEC, La Habana, 10 de abril de 1965.

¿Por qué escribir sobre Kuyper en el Chile del siglo XXI?

Cuando soñamos con crear el Núcleo de Estudios Fe Pública, nos propusimos como uno de nuestros objetivos el difundir el pensamiento reformacional y, junto con ello, pensar en dicha clave el momento presente. Esas dos ideas estuvieron muy presentes en mi mente cuando escribí el artículo “Pensar, vivir y trabajar en la sociedad con los ojos puestos en el Soberano. Una lectura a Abraham Kuyper”, para el libro “Ni un centímetro cuadrado. Una introducción al pensamiento reformacional”.

En ese afán es que me propuse, pensando primariamente en lectores del amplio mundo evangélico, realizar, en primer lugar un esbozo biográfico de Kuyper, retratándolo en múltiples facetas, para luego explicar algunos ejes temáticos de su producción, tales como: la posibilidad del calvinismo como cosmovisión (una visión del mundo y un sentido de la vida), el aporte del concepto de soberanía de las esferas, las nociones de democracia-derechos-y-justicia, y la expresión de una política en tanto acto concreto de espiritualidad que no pierde de vista al Soberano: Jesucristo. Esa es para mi la idea fuerza más profunda de Kuyper: El soberano no es la esfera, un sujeto o una institución, el soberano en sí, por sí y para sí dentro de esta visión del mundo y de la vida es el Señor Todopoderoso. Nada ni nadie está sobre él. Si esto se pierde de vista, se termina generando una concesión a visiones secularizadas que reclaman la autonomía, sea de individuos o de colectivos sociales. Y esa concesión no sólo es teórica, sino, por sobre todo, espiritual (cita directa de mi artículo). 

Y es aquí donde me parece relevante, en medio de una coyuntura electoral, recordar que el neocalvinismo se erigió en respuesta tanto a los ideales de la Revolución Francesa como al pensamiento liberal en sus múltiples vertientes (política, filosófica, económica, teológica) y al incipiente movimiento socialista. Y allí las preguntas caen de cajón: ¿Ante cuales revoluciones del presente el neocalvinismo lanzará su crítica? ¿Cuál será su propuesta para el presente? En todo ello, la tarea será más que ardua. Lo que sí puedo señalar, a modo de spoiler de mi propuesta interpretativa de la obra kuyperiana, es que en el pensamiento y acción políticos reformacionales no hay cabida para el totalitarismo ni el individualismo ni el mercantilismo ni el clericalismo.

A su vez, estamos en el mundo cristiano en medio de las celebraciones de Adviento, que no sólo nos hacen prepararnos para la navidad, sino que nos recuerdan nuestra condición de peregrinaje y extranjería en la tierra, mirando hacia el futuro trazado por Cristo. Kuyper, en noviembre de 1891, en la inauguración del Congreso Socialcristiano señaló: “Surgió una luz en Belén y se percibió en el Gólgota un grito de alguien muriendo y despertando una nueva esperanza para el pueblo. No una esperanza como es vista en los moldes de hoy, en la cual quieren hacer del Cristo de Dios un reformador social. Salvador del mundo es su título de honra. Un cargo mucho más sublime, superior y rico”*. En medio de contingencias como las que vivimos en Chile hoy, y que venimos viviendo desde hace dos años, treinta años y hasta cincuenta años, quienes somos creyentes cristianos, más allá de nuestras opciones políticas y electorales, válidas y legítimas si son hechas libremente y en conciencia de virtudes y limitaciones proyectuales, hacemos bien en no olvidar que la esperanza que no defrauda se encuentra en aquél que nació en Belén. Eso es lo que nos hermana y no otra cosa. Y esa rehabilitación de la “amistad cívica” en la pluralidad de voces en diálogo, será, sin dudas, una importante contribución al debate público que nuestros lectores y lectoras no creyentes agradecerán. 

Luis Pino Moyano.

* Abraham Kuyper. O problema da pobreza: a questão social e a religião cristã. Rio de Janeiro, Thomas Nelson Brasil, 2020, p. 105 (traducción propia).

 


Dato para conseguir el libro:

Boric vs. Kast y fe evangélica.

Creo firmemente que ningún candidato representa de manera total el proyecto histórico del Reino de Dios. Eso lo vengo diciendo por años. La Biblia no tiene un programa político, pero tiene principios. Ante la no existencia de un candidato que represente el cristianismo de manera integral, los creyentes tienen la tarea de de discernir qué principios priorizarán y estar conscientes de cuáles no. Frente a eso la tarea más pertinente es procurar reconocer tanto la gracia común como la antítesis de las propuestas.

Por todo ello, creo que es una posibilidad que un creyente responsable pueda votar por Boric, Kast o incluso anular si así lo estima, sin estar traicionando su fe en Cristo. Creo que ese sentido de humildad que reconoce el mundo caído en el que vivimos, y que pone su expectativa escatológica final y completa en el Reino consumado de Cristo, es mucho más coherente que la de quienes ven en un candidato la fe cristiana y en otro la suma de todos los males. 

Dicho eso, creo también que un creyente no deja de ser mi hermano porque vota e incluso promueve electoralmente A, B o C. Lo que me hace hermano en la común fe es el Cristo que dio su vida en la cruz por mi. Parafraseando a Hendriksen, cualquier intento por suplementar a Cristo deriva en una suplantación. En idolatría. Y como protestante adhiero a la declaración doctrinal y vital de la Reforma: sólo Cristo.

Luis Pino Moyano.

 


Después de esta brevísima reflexión, sugiero que escuches esta canción de Marcos Vidal:

Religión y proceso constituyente.

El 7 de agosto el pastor y convencional constituyente Luciano Silva compartió un vídeo en sus redes sociales en el que manifestó su preocupación ante la imposibilidad de colocar la “bandera cristiana” en la antigua sede del Congreso Nacional, lugar en el que sesiona la Convención Constituyente. En dicho lugar, han sido enarboladas las banderas del país, de los pueblos originarios representados en la Convención, del movimiento que aglutina a las diversidades sexuales y del feminismo. Estos emblemas estarían ahí, en palabras de la presidenta de la Convención Elisa Loncon, según el testimonio de Silva, por “criterio regional, de paridad y de diversidad”. Hasta ahí, la argumentación podría ser atendible. Pero, según las palabras de Silva, Loncon habría señalado que no le gusta el cristianismo “por ser una religión colonizadora”, razón por la cual la bandera cristiana no sería instalada en la sede de la institución que elabora la carta fundamental para el país [1].

Lo más interesante de la argumentación de Silva es cuando plantea que no ha existido igualdad de trato, toda vez que la colocación de 27 banderas se había realizado en el contexto de la celebración del primer mes de funcionamiento de la Convención la que se amalgamó con la ceremonia ancestral pawa en agradecimiento a la Pachamama. En dicha ceremonia religiosa hubo ofrendas, música y rondas en las que convencionales danzaron con sus manos tomadas [2]. A dicha celebración, se suma todas las ocasiones en las que la machi Francisca Linconao ha recibido un trato discursivo diferenciado en la que se le reconoce como “autoridad ancestral”. En dicho sentido, intramuros de la sede política de la Convención Constitucional han existido ritos religiosos de espiritualidades diversas, en las que la fe cristiana no ha tenido cabida. 

¿Pero esta situación da para pensar, ocupando las palabras de Silva, en un acto de “violencia” y/o “discriminación”? En relación a esta problemática, aparecieron en El Mercurio dos cartas del 8 y 9 de agosto, firmadas por el sacerdote Enrique Opaso y por Manfred Svensson, respectivamente. El sacerdote Opaso, mencionando el 70% cristiano -católicos y protestantes- de la población nacional y la alta mayoría de creyentes de dicha fe en el pueblo mapuche (dato también mencionado por Silva en su vídeo), señala que “Esto es una cancelación al cristianismo. Si yo estuviera ahí (no me dejaron), habría reclamado con fuerza porque esto es intolerable” [3]. Si bien es cierto, Svensson hace alusión a las palabras de Silva en su vídeo, como a la carta de Opaso, su reflexión tiene otro cariz, pues se detiene en el aspecto simbólico y su correlato empírico en la discusión política. Para el filósofo habría un acto de diferenciación entre una diversidad y otra, haciendo una digna de exhibición en tanto tiene una valoración de bondad. Dice: “Esto es preocupante, pues las controversias sobre los símbolos adelantan el tono para cuando se entre a  discusiones sustantivas”. Más adelante señala: “decir que los símbolos a exhibir se restringen a los laicos es particularmente dudoso, en un momento en que se suele reivindicar lo mapuche no solo como cultura, sino también como cosmovisión” [4]. 

En otra sintonía, pero también en clave de reacción frente a un acto discriminatorio, es la carta elaborada por un comité de redacción conformado por pastores y obispos que cuenta con la firma de mil cuadros pastorales de diversas denominaciones evangélicas. En ella señalan que es un trato contradictorio y discriminatorio referir al cristianismo como una religión colonizadora, argumentando que: “las religiones no colonizan sino mas bien los estados y los pueblos. Las religiones y espiritualidades transmiten sus cosmovisiones de vida para que estas sean aceptadas o rechazadas libremente. Segundo, consideramos extremadamente ideológica tal respuesta, porque además menoscaba el libre juicio y voluntad del 96% del pueblo mapuche que actualmente profesa el cristianismo ya sea católico o evangélico y que, dicho sea de paso, tampoco estarían representados en su credo en esta convención constitucional. El pueblo mapuche que cree lo mismo que la presidenta, son el 3,6%” [5]. Luego, desde un perfil histórico, argumentan que el protestantismo no estuvo ligado a la empresa conquistadora y colonizadora de España, que además fue perseguido por la religión mayoritaria y que ha hecho un tremendo aporte a la sociedad desde distintos frentes. Por todo ello, plantean que “El no aceptar que en la diversidad de esta Convención esté representada nuestra fe en el símbolo de la bandera cristiana, sería una señal negativa de cara a las discusiones que se darán en torno a libertades tan importantes como lo son la libertad de culto, expresión y conciencia. Recordamos que la nueva Constitución debe ser la casa de todos y cada símbolo en la convención es de suma importancia” [6]. La carta es firmada por una organización llamada “Plataforma Evangélica Nacional” (PLENA), cuya directiva está conformada por los obispos José Rivas, Héctor Cancino, Roberto López, y por los pastores Julio Menéndez y José Luis Uriel. Además es firmada por Alfred Cooper, representante protocolar de las Iglesias Protestantes y Evangélicas, y por Daniel Anabalón, capellán en el Palacio de La Moneda. A eso se suman otras firmas. 

Ante todas estas lecturas, me permito elaborar unas reflexiones sobre la representatividad del símbolo, el clericalismo, lo laico y su relación con la religión, y el debate “discriminación”/“preocupante”. 

Sobre la representatividad del símbolo, no puedo dejar de decir que soy evangélico desde los siete años y en todo ese tiempo (¡32 años!) he visto en sólo tres lugares colocada esa bandera: el colegio de mi infancia, el Instituto Bíblico Nacional y en una iglesia presbiteriana. En mi niñez asistí a la Iglesia Evangélica Pentecostal, de cuyos himnarios la palabra “cruz” fue mayoritariamente expoliada (probablemente, para marcar su diferencia con el catolicismo romano y/o con la Iglesia Metodista Pentecostal), por lo que raramente un símbolo de una bandera que la posea puede ser representativa de ella. En la Iglesia Pentecostal Naciente, de la que fui miembro en plena comunión por quince años, nunca se usó, y había una bandera antiquísima de colores blanco y celeste, con un sol y una espada, sumado a los estandartes de cada iglesia local. En la Iglesia Presbiteriana de Chile, de la que soy miembro desde 2010, su símbolo es una cruz celta con otros símbolos en sus cuatro costados. He asistido en todos estos años a actividades de carácter interdenominacional, eclesiásticas o paraeclesiales, y no he visto flamear la bandera como un símbolo preponderante. Por lo tanto, reconociendo su existencia que data de 1897 de la mano de Charles Overton, y habiéndola visto en los lugares mencionados, junto con reconocer la legitimidad y validez que pueda tener para otros creyentes, entenderla como un símbolo distintivo del cristianismo me parece excesivo. Es probable que para los católicos la bandera albiamarilla del Vaticano sea más representativa y no la que ha enarbolado Silva y otros hermanos después de su vídeo de denuncia. A su vez, como muy bien señala Svensson en su carta, esta reclamación pareciera ser más un síntoma de añadirse al “clima de políticas de reconocimiento” [7], en el que no somos más que una identidad en medio de otras, perdiendo nuestra cualidad de una fe, cosmovisión y sentido de la vida omniabarcante. 

Además, no deja de llamarme la atención, el marcado clericalismo de la declaración de Silva, cuya reacción más directa es la carta firmada por obispos y pastores. De hecho, su vídeo comienza con la alusión “Queridos pastores”, a los que se les invita a firmar una solicitud de parte del mundo evangélico. Sí, “mundo evangélico”, en singular. No deja de ser relevante que evangélicos quieran participar en el espacio público y en la esfera política, pero tan preocupante como la ausencia del símbolo “bandera cristiana”, debiese ser el excesivo protagonismo de “pastores evangélicos”, como depositarios de una representatividad que sus iglesias no les han dado para sus fines, y por ende, tampoco un mundo evangélico unívoco inexistente. Silva que no está ahí por su labor de pastor -la que no ha sido puesta en receso para no producir confusión de esferas-, sino por un mandato dado por la ciudadanía de su distrito que le votó como candidato de Renovación Nacional. Tampoco deja de llamar la atención el comunicado de pastores y obispos evangélicos la misma semana de la conformación de un “Frente Social Cristiano” y su alianza con el candidato José Antonio Kast, en un bullente tiempo político. Sobre todo en nombres que se repiten en la búsqueda de cuotas de poder desde el mundo evangélico, no hay nada al azar, no hay puntada sin hilo. Y así y todo, en su denuncia se les pasa por alto que las banderas fueron puestas en un acto religioso en el que la fe cristiana no sólo no tuvo cabida, sino de la cual muchos creyentes cristianos, voluntariamente, no habría querido tenerlo. ¿O un evangélico o evangélica, cuyo símbolo más relevante es una Biblia leída, memorizada y amada, habría participado de una ceremonia religiosa que no forma parte de su fe, la que mínimamente podría haber sido denominada de idolátrica? Yo no habría participado.

A mi juicio, el tema más relevante, e insisto, el mejor expuesto por Silva, es el tema del estado laico y su relación con la religión. El estado laico, por definición, busca que todas las ideas, incluidas las religiosas, circulen y se expresen libremente en la sociedad, siempre y cuando se hagan con respeto de la diversidad y sin poner en riesgo la integridad de la persona humana. El estado laico se diferencia del estado confesional, y el laicismo secularizador o ateo, es confesional, pues niega el papel de lo religioso en el espacio público, relegándolo al fuero interno o prohibiéndolo como en los regímenes totalitarios. Quienes son convencionales constituyentes y suscriben la fe cristiana en sus diversas expresiones no pueden ni deben dejar su visión del mundo y de la vida cuando discuten políticamente, porque su fe tiene un ethos de quienes caminan en el mundo y buscan su transformación por la predicación del evangelio, pero también, por medio del testimonio en la práctica y en el trabajo. Y aunque les guste o no a algunos sujetos políticos, y sin negar los ejercicios opresivos y colonizadores de cristianos en el pasado o en el presente, eso no obsta para decir que el cristianismo fue el que construyó el camino para que las sociedades occidentales reconocieran la dignidad humana, la libertad de conciencia en el marco comunitario, la profunda relación entre derechos y deberes (presente, por ejemplo, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos), la noción de una justicia universal, etcétera. Y sí, mientras conquistadores arrasaban a sangre y fuego a nuestros pueblos, también se alzaba la voz de Bartolomé de las Casas y Antonio de Montesinos, junto con la acción de órdenes religiosas en sus misiones en las que las comunidades indianas eran respetadas y protegidas. Definir el cristianismo como colonizador es negar la base del único derecho social que el “Otro Indio” tuvo en la región. Ese papel político de larga data del cristianismo no desaparecerá de la noche a la mañana y tiene que ser respetado, sobre todo, en una instancia que busca construir el marco que constituirá la vida en la polis. 

Por ello, no creo que lo vivido sea un acto de violencia o discriminatorio, pero sí preocupante. Las palabras duras no rompen huesos. Elisa Loncon habría actuado, según el testimonio de Silva, con una parcialidad que su cargo no le provee, no por la ausencia de la bandera, sino por su alusión al cristianismo. Es preocupante, que dicha visión se traslape a otras discusiones, de las cuales la fe cristiana, en tanto cosmovisión y sentido de la vida, tiene mucho por decir y hacer. Es preocupante también, que por finalidades políticas se intente señalar que en actos como el referido y denunciado, se estaría intentando conculcar la libertad de culto. Eso oculta o ignora -ambas situaciones revisten gravedad social- que el Art. 135 de la Constitución, que forma parte de la reforma que regula el proceso constituyente, señala: “El texto de la Nueva Constitución que se someta a plebiscito deberá respetar el carácter de República del Estado de Chile, su régimen democrático, las sentencias judiciales firmes y ejecutorias y los tratados internacionales ratificados por Chile y que se encuentren vigentes” [8]. Dentro de los tratados internacionales, está el derecho internacional, en el que destaca la Declaración Universal de los Derechos Humanos que señala en su Art. 18: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia” [9]. Por ende, la nueva carta fundamental no puede poner en detrimento dicho derecho, a lo más, podría construir una redacción que enfatice más en la libertad individual dentro del marco privado. Eso es preocupante. Pero no nos debe llevar a la victimización, propia de minorías y de quienes anhelan el protagonismo escénico, imaginando universos conspirativos que son fruto de la ociosidad. Chile tiene una tradición constitucional que debilita cualquier imagen escatológica refundacional.

Para quienes suscribimos la fe cristiana el proceso constituyente debería llevarnos a observar críticamente, a trabajar desde los lugares que nos toca colaborando en la redacción de una “casa para todos y todas” en el país, afirmando nuestros principios bíblicos y, por sobre todo, manteniendo la cordura y la templanza, la mansedumbre y la inteligencia. Todo eso, acompañado de la oración, inclusive por quienes piensan distinto de nosotros. 

Queda mucho por hacer. 

Luis Pino Moyano.

 


[1] Canal de Youtube de Luciano Silva. “Banderas en la constitución”.

[2] “Convención realizó ceremonia ancestral pawa para conmemorar su primer mes de funcionamiento”. En: CNN Chile. 4 de agosto de 2021. 

[3] P. Enrique Opaso Valdivieso. “Una ‘cancelación’”. En: El Mercurio. 8 de agosto de 2021. 

[4] Manfred Svensson. “Símbolos compartidos”. En: El Mercurio. 9 de agosto de 2021. 

[5] “Más de mil obispos y pastores evangélicos envían dura carta a Loncón por excluir bandera cristiana: ‘Es discriminatorio y violento’”. Sitio web Ex-Ante. 

[6] Ibídem. 

[7] Svensson. Op. Cit. 

[8] Constitución Política de la República de Chile. Edición Histórica (editada por Jorge Arancibia Mattar). Santiago, El Mercurio y Universidad de Los Andes, 2020, p. 77.

[9] “La Declaración Universal de los Derechos Humanos”. En: Sitio Web de la ONU. 

 


Edición posterior.

Con fecha 30 de agosto de 2021, la Mesa de la Convención Constitucional respondió a la misiva de los pastores, de la cual presenté mi análisis, manifestando un acto reparatorio, en un gesto al diverso mundo cristiano y en particular al sector protestante. Este gesto augura la posibilidad de una casa para todos y todas en Chile, que es lo que esperamos del proceso constituyente. 

 

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Memoria, horror y perdón. Un análisis a “El lector”.

“Ser cristiano significa estar limpio en un mundo sucio. No sirve de nada tratar de escapar del contacto con el mal. No sólo está dentro de nosotros, sino también a nuestro alrededor. Por mucho que podamos mirar hacia un nuevo cielo y una nueva tierra, no podemos decidir no participar en el mundo aquí y ahora. No sólo hay que mantenerse limpio en medio de la suciedad, también debemos estar gozosos y ser compasivos en medio de sus sufrimientos. Debemos comprender el mundo para conocer lo que pertenece a Dios, saber lo que es bueno y lo que es malo. Pero no nos corresponde juzgarlo o cancelarlo, porque es Dios quien ha de juzgar”. 

H. R. Rookmaaker [1].

¿Existe algo tan difícil en la existencia humana como acercarse al horror, con sus memorias y traumas? Creo que sí. Y es el camino posterior, cuando dentro de las alternativas aparece la posibilidad del perdón. A continuación, me permitiré un análisis de la novela de Bernard Schlinck “El Lector” [2], como también de la película homónima del año 2008, basada en esta obra, y dirigida por Stephen Daldry y protagonizada por Kate Winslet (le valió el premio Oscar), Ralph Fiennes y David Kross. Aquí se hace pertinente tener en cuenta, puesto que la fuente de análisis es una novela histórica detenida en película, lo dicho por Dominick LaCapra: “No hay que confundir al teórico o comentador que (cuestionablemente, según creo) habla por la víctima, o transforma los traumas de otros en ocasión para dar un discurso de la sublimidad, con la víctima que experimenta el síntoma como recuerdo vinculante con sus allegados muertos, ni tampoco aquel individuo poseído por los muertos que habla ‘miméticamente’ con sus voces” [3]. En otras palabras, la invitación nunca es dejar de leer la producción relacionada con el horror vivido. Lo que sí hay que hacer, es tener en cuenta el efecto performativo que produce el relato, el que no sólo actúa en la razón sino también en los sentimientos, llevándonos a construir reflexiones y movilizándonos a nuevas experiencias. 

1. Rápido repaso de la obra.

Debo señalar que, salvo la discordancia de las fechas entre la novela y la película (ésta última presenta fechas posteriores a la Segunda Guerra Mundial), la película da cuenta de una representación muy fiel  al texto literario. De hecho, el interés por realizar esta reflexión surgió de la vista de la película una decena de veces, lo que no obstó a que al verla una vez más, luego de la lectura de la obra, notara en la representación fílmica una serie de detalles de representación actoral que antes había pasado por alto. El libro alumbró sobre todo el lenguaje no verbal. 

La historia muestra el romance de un quinceañero Michael Berg con una bella mujer mayor llamada Hanna Schmitz. El encuentro inicial estuvo mediado por la enfermedad de Michael, quien recibió ayuda de una desconocida. Tres meses después se produce el reencuentro, cuando el protagonista se mejora de la hepatitis (escarlatina, señala la película). Allí comienza una serie de encuentros, marcados por la triada ducha-sexo-lectura. Pasión, que despierta el romance, y que trae consigo, tanto la compañía y el deleite, como también la rabia y la incomprensión. Michael y Hanna viven el erotismo en toda su expresión. Cada vez que veo esos momentos de la película, no puedo dejar de recordar las palabras de Georges Bataille, cuando señaló que: “El erotismo del hombre difiere de la sexualidad animal precisamente en que moviliza la vida interior. El erotismo es que en la conciencia del hombre pone en cuestión al ser” [4].  De hecho, tal y como señalara Bataille, este romance furtivo da cuenta de que aparentemente se busca un objeto de deseo fuera de uno, pero lo que en realidad sucede es que esos objetos responden a nuestra interioridad, a la interioridad del ser. Ocurre que en medio de esa relación dialéctica de encuentros y desencuentros, de la noche a la mañana Hanna desaparece, lo que hace que Michael quede sumido en la soledad, en la indiferencia, lo que trasuntó en individualismo. “No fui franco con nadie”, diría Michael a su hija Julia, muchos años después. 

Michael, cumplidos sus años de escuela, pasa a estudiar derecho en la Universidad de Heidelberg. Allí toma un curso para alumnos aventajados con el formato de seminario, sobre filosofía del derecho, dirigido por el Profesor Rohl, quien había vuelto a ejercer la docencia luego de la derrota del nazismo. En ese contexto, es que junto a su profesor y compañeros de curso asisten a juicios de crímenes de lesa humanidad durante la Segunda Guerra Mundial. Allí se vuelve a encontrar con Hanna, que era una de las acusadas. Cuando desapareció, dejando su trabajo, fue porque había ingresado a las SS, en 1943. Hanna señala que se trató de una oportunidad laboral que mejoraba su condición. Estuvo en campos de concentración en Auschwitz y luego en Cracovia y, participó del traslado de prisioneros en el invierno de 1944 en las “marchas de la muerte”. Ilana Mather una joven que en su niñez había estado prisionera en las mazmorras del nazismo da cuenta del proceso de selección de reclusas para la muerte, reconociendo a las oficiales a cargo de llevar a cabo dicha tarea, entre ellas a Hanna. Ella reconoce el hecho, diciendo: “Las viejas debían hacer espacio para las nuevas […] ¿Qué habría hecho usted?”. Según el testimonio de Ilana, Hanna aparenta más bondad en las decisiones, puesto que hacía que las mujeres y niñas le leyeran por las noches. Es en medio del juicio que Michael descubre un secreto que avergüenza a Hanna más que el haber pasado por las SS. Ella no sabía leer, por eso pedía a Michael que le leyera. Por eso pedía a las niñas y mujeres, prisioneras por ser judías, que le leyeran. Michael se da cuenta de esto cuando las compañeras de armas de Hanna de estar a cargo de la sección y que fue la redactora del informe que justifica la muerte de casi una centena de prisioneras en un incendio. Se le pide firmar un documento para comparar la letra. Hanna no lo hace, y además de eso se inculpa. Hanna es condenada por la muerte de trescientas personas, y le dan cadena perpetua. 

Años después del juicio, Michael le comienza a enviar grabaciones en casete de libros a Hanna, quien seguía reclusa. Los mismos libros de las tardes de romance, junto a nuevas lecturas. A partir de eso, Hanna empezó a leer y escribir de manera autodidacta. Cuando Hanna llevaba veinte años en prisión se genera un plan de reinserción social y liberación de Hanna, por lo que acuden a la única base de apoyo posible en la red de contactos: Michael. Ahí se produce el primer contacto directo entre ambos luego de la desaparición de Hanna. Michael le habla de su divorcio, y que le consiguió un pequeño departamento, cerca de la biblioteca pública y un trabajo. La forma no fue la más apropiada. De hecho se genera una tensión por una pregunta de Michael respecto a la memoria, a lo que Hanna le dice que daba lo mismo lo que había ocurrido, que los muertos estaban muertos, y que lo que valía es que ya sabía leer. La conversación terminó sin una retroalimentación esperada, más por ella que por él. Cuando se producía el día de la liberación, Hanna se suicidó. Dejó un testamento en el que le encargó a Michael dejar sus ahorros para Ilana Mather. Él viaja a Estados Unidos para entregar dicha donación, la que Ilana no recibe, ni acepta que se entregue a una organización de familiares víctimas de la Shoá porque consideraba una ofensa que absuelve dicho hecho, aunque consiente en que se entregue a una organización judía en pro de la alfabetización. 

La novela es de un realismo y de una crudeza potentes, lo que también se ve reflejado en la película que cuenta con una deslumbrante actuación de Kate Winslet (vale la pena recordar que recibió el Oscar por dicha actuación). La trama envuelve, provocadoramente atrapa de principio a fin, y de una u otra manera, hace que uno termine empatizando con Hanna, más allá de lo que ella realizó. No se trata de una película que hable de la Shoá desde una perspectiva victimizadora, aunque éste asunto aparece en el juicio, en la discusión de la universidad, en el viaje de Michael a Auschwitz. No es lo central de la narración. Lo central es la lucha por la redención y en que al fin y al cabo todos los actores en escena se encuentran frente a un tribunal. No sólo Hanna y sus compañeros de armas. Todos. La pregunta por el sentido y la ética relacionada con las acciones que emergen de la voluntad de los seres humanos Dicha respuesta trastoca a lectores-espectadores. 

2. Preguntas que emergen de la lectura doble. 

a. ¿Cómo analizar y comprender la memoria del horror manifestada en la película desde una perspectiva cosmovisional cristiana?

La razón por la que cuando encuentro esta película en la televisión no puedo dejar de verla es porque me constriñe en mi pulsión por las construcciones historiográficas, sobre todo, aquellas que tienen que ver con la memoria del pasado reciente. Veo a Hanna y mi empatía con ella, y me pregunto, si me pondría en el lugar del otro mostrando mayor misericordia por un violador de derechos humanos, confeso de sus delitos, si fuese un conocido mío con quien el afecto, a pesar del daño realizado, nos une de manera indefectible. Hanna no muestra ninguna seña de arrepentimiento. Es más, muestra una fe en el progreso humano de corte ilustrado tremendo, pensando en que la educación, sobre todo cuando reporta el esfuerzo autodidacta, termina redimiendo a la persona.  Aquí nos encontramos con el dolor del trauma de una manera distinta a las de otras producciones. No es La lista de Schindler, ni tampoco la trasandina La noche de los lápices. Aquí no se ve el desgarro de la tortura. Se ve el desgarro del trauma de la victimaria. Es trauma, porque éste sólo es susceptible de ser dejado de lado cuando se le ponen palabras al dolor. Pero aquí, el dolor está tapado por la individuación. La película es cruenta, porque hace descubrir la parcialidad que hay en nuestros corazones, y que cuestiones que parecen tan absolutas como la justicia histórica son relativizados, cuando por ejemplo, se trata de una mujer amada como Hanna Schmitz. 

Ahora bien, no sólo es el amor que identifica con el otro, en este caso Hanna, sino también algunas de las discusiones emergidas producto del juicio. En la película, aparece esta opinión del profesor Rohl a sus estudiantes: “Las sociedades piensan que se rigen por algo llamado moralidad, se rigen por algo llamado ley. Uno no es culpable de nada sólo por trabajar en Auschwitz. Ocho mil personas trabajaron en Auschwitz. Exactamente diecinueve han sido condenadas, y sólo seis de homicidio. Para probar el homicidio, debes probar la intención. Esa es la ley. La cuestión nunca es si estuvo mal, sino si fue legal. Y no según nuestras leyes, no. Según las leyes de ese tiempo. […] Sí. La ley es limitada. Por otro lado, sospecho que la gente que mata a otra gente tiende a ser consciente de que está mal”. Aquí tenemos a un abogado poniendo en cuestión la absolutización de la mirada legal, que terminó castigando a unos pocos, a modo de chivo expiatorio, basados en la preeminencia de la ley. Preeminencia de la ley que deja de lado la moral. Y no cualquier ley, las leyes del nazismo, cuya desobediencia implicaba traición con las consecuencias previsibles de ello. Pero dicho abandono de la moral, nunca es total, pues la conciencia sigue juzgando. El dilema es terrible, porque si traslapamos este hecho ficcional a nuestros hechos factuales, en el Chile dictatorial, muchos de quienes hoy se encuentran prisioneros eran subalternos. Subalternos de un poder que se automiraba con la facultad de hacer mover las hojas con su sola palabra. ¿Hasta qué punto los responsables de los crímenes de lesa humanidad del Chile contemporáneo son chivos expiatorios de los responsables civiles y militares? ¿Qué hace que muchos de los responsables y cómplices civiles y militares, lejos de su apresamiento siguen ejerciendo dosis de poder en la sociedad re-fundada a imagen y semejanza de Pinochet?

Antes de ser lapidado, decir, que son preguntas que se relevan y estremecen a partir de la producción fílmica, no declaraciones de certezas. Porque la certeza es cosmovisional. Bíblicamente, Hanna y sus compañeras serían como aquellas personas que “sembraron vientos y cosecharán tempestades” (Oseas 8:7), por ende, sembró lo que cosechó, y frente a eso, Dios no puede ser burlado (cf. Gálatas 6:7,8). Los delincuentes deben ser juzgados, sobre todo aquellos que matan y dañan la dignidad de otros seres humanos. La vida está por sobre la propiedad privada, más allá de lo que la cultura imperante nos diga. El profeta Isaías anunciando la palabra del Dios Todopoderoso dijo: “¡Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Isaías 5:20). Si bien es cierto, misteriosamente, Dios actuó también en la historia usando como instrumento suyo a los que han hecho lo malo, ¡porque Dios es soberano siempre!, eso no señala que lo que estos sujetos desarrollaron sea su voluntad declarada en la Palabra. El asesinato, la tortura, la desaparición de personas, el ejercicio represivo debe ser señalado como tal, porque “la verdad nos hace libres” (Juan 8:32), no olvidando que nuestro Señor y Maestro se llamó escandalosamente a sí mismo “la verdad” (Juan 14:6). No justifiquemos lo injustificable ni menos celebremos ni homenajeemos al imperio de la maldad ni a sus ejecutores. No nos hagamos cómplices con el silencio ni con la voz que ensalza la tiranía. Pero, a la vez, Jesús señaló que en los tiempos que vendrían de manera posterior a su estadía en la tierra “habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12). Pero los y las creyentes debemos recordar, animados por la fuerza del Espíritu, que la señal de identificación de quienes seguimos a Jesús de Nazaret es el amor a nuestro prójimo (Juan 13:35). Más allá del daño que nos causaran, más allá del daño y el dolor que nos sigan causando. Dios, que no se complace de la muerte del malvado (Ezequiel 18:23) ejecuta su justicia en la historia, derrocando de su trono a los poderosos y exaltando a los humildes (Lucas 1:52), porque a diferencia de nosotros, Dios cuando ama no deja de ser justo. Amor y justicia, en Él y por Él, van unidos hasta el fin. Y Dios nos ayuda a vivir pensando y viviendo así con la fuerza de su Espíritu vivificador. 

b. ¿Qué utillaje reporta analizar el libro y la película para el pensamiento y acción cristianos respecto a los traumas y dolores del pasado reciente?

Tanto el libro como la película proveen un instrumento pedagógico. Interesantemente acá la belleza de la narración literaria y fílmica está marcada por el desgarro, por la enunciación de la muerte y el dolor que no tranquiliza y por el impacto que no es la sublimación trascendental, sino más bien la reflexión que hace apretar las entrañas. ¿Cómo el horror nos conduce a una propuesta de acción cristiana basada en el amor que no se desliga nunca de la verdad?

Cuando se analiza el libro y la película desde una perspectiva cosmovisional, y eso lleva a pensar la propia realidad contingente, el dolor cede su lugar a la esperanza que confronta. Nos hace ver que hay vida más allá del “valle de sombra y de muerte”. Y es allí que aparece, la políticamente incorrecta reconciliación. Nadie sale indemne de un centro de tortura, de un campo de concentración, de una mazmorra del enemigo e, inclusive, de dichos espacios constituidos en lugares de memoria o sitios de conciencia. Pero el dolor-tortura-asesinato-y-desaparición no necesariamente elimina la posibilidad del encuentro y el perdón. Y si bien es cierto, el perdón no se obliga y sólo se hace efectivo si el que perdona lo hace con sinceridad y el perdonado reconoce el error y acepta el perdón que lo restaura, debiésemos contribuir y facilitar dicho ejercicio. ¿Cómo? Ligándolo a la justicia efectiva. Es terrible cuando se confunde la venganza con la justicia y viceversa. Es la justicia y no el silencio cómplice lo que facilita el encuentro, ayudando a la sanidad del corazón de quienes sufrieron los rigores del régimen de facto. Restaura y libera al ofensor, toda vez que le quita aquello que lo autodestruye, que es el ejercicio abusivo del poder. Es esa acción, que no divorcia el amor de la verdad, la que nos genera la tarea de hacer que la cicatriz sea marca del pasado y no desgarro inmovilizador en el presente y el futuro. Lamentablemente, en el caso de Hanna, de Michael, y por qué no decirlo, de Ilana, el desgarro era más que una cicatriz. Era un peso inmovilizador que no permitía vivir. Era el trauma. 

Todo este camino nos hace encontrarnos con los daños que nosotros producimos y que otros producen en contra de otros. Nos hace vernos que nunca dejamos de estar frente a un tribunal y que a veces el juez es inclemente y sanguinario: nosotros mismos. Nos hace encontrarnos con seres humanos caídos, depravados totalmente, que actúan en consecuencia, más allá de lo buenos y admirables que nos parezcan en una determinada área. El dolor que ensimisma produciendo autojusticia nos hace estar frente a un dios falso que nunca nos permite dar el ancho. Y sí, ante Yahvé de los Ejércitos, el Dios Todopoderoso, tampoco nunca daremos el ancho… por eso, nuestra relación con Él está marcada por la gracia. Por otro lado, nos hace recordar que como cristianos tenemos siempre tarea pendiente en relación con la justicia social, la verdad y con el amor que permite el encuentro. Cada uno de nosotros debe priorizar esfuerzos en aquello que adolece.

Recordamos, entonces, haciéndonos cargo de la conflictividad de los sucesos del pasado, planteando nuevas interrogantes del ayer, del hoy y del mañana. Recordamos porque, como dijera Walter Benjamin, “sólo tiene el don de encender en el pasado la chispa de la esperanza aquel historiador que esté traspasado por [la idea de que] tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer” [5]. Recordamos el horror, porque si seguimos poniendo la basura debajo de la alfombra y borroneando nuestra historia reciente, el dolor y el desamor seguirán tan vigentes como hasta ahora. Recordamos, porque el amor no se goza de la injusticia sino que se goza en la verdad (1ª Corintios 13:6).

Luis Pino Moyano.


Referencias bibliográficas. 

[1] H. R. Rookmaaker. Arte moderno y la muerte de una cultura. Barcelona, Editorial CLIE, 2002, p. 284. 

[2] Bernard Schlinck. El lector. Barcelona, Editorial Anagrama, 2000, 203 páginas.

[3] Dominick LaCapra. Historia en tránsito. Experiencia, identidad, teoría critica. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 178.

[4] Georges Bataille. El erotismo. Barcelona, Tusquets Editores, 2000, p. 33.

[5] Walter Benjamin. La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia. Santiago, Universidad ARCIS y LOM Ediciones, 1998, p. 51. Corresponde a un texto titulado “Tesis de filosofía de la historia” o “Sobre el concepto de historia”.

El libro que nació de este blog: «En el balcón y en el camino. Reflexiones desde una cosmovisión cristiana».

En estos días apareció mi libro «En el balcón y en el camino. Reflexiones desde una cosmovisión cristiana», el que ya por el título muestra una ligazón con este blog. Lo que hicimos allí fue compilar una serie de artículos del blog, en total veintitrés, unidos en cuatro secciones: Cosmovisión, Política y sociedad, Teología e historia y Problemas éticos. Lo que los une es su sustrato: una cosmovisión cristiana arraigada en la Biblia, que se transforma en un punto focal para entender toda la realidad, pues nuestra fe es pública y cósmica, excediendo con creces los límites de lo privado. El libro fue publicado con el sello editorial de Ediciones del pueblo.

Nunca deja de ser oportuno recordar por qué el libro, al igual que este blog, se llama «En el balcón y en el camino». Esto se lo debo al teólogo presbiteriano Juan Mackay, quien define dos modos de hacer teología y de ser en el mundo catalogados con las metáforas del balcón y del camino. Como señalo en la introducción, mi propuesta contradiciendo-y-complementando a Mackay consiste, haciendo uso de sus caras metáforas, en no rehuir el balcón, la contemplación, la reflexión y el asombro, junto con el deleite del camino, de la experiencia junto a otros en la batalla de la vida. Se puede oler a ovejas como a libros y papeles, porque se puede leer la Biblia y los signos de los tiempos. Sin olvidar, huelga decirlo, que la Biblia es la norma sobre todas las normas, el lente que nos permite descubrir el cristianismo como cosmovisión y sentido de la vida (para más detalle, sigue leyendo y te encontrarás con una sorpresa digital). 

[Edición posterior].

Les invito a adquirir el libro. Pueden hacerlo en Amazon (en sus versiones impresa o digital). Si vives en Chile, resulta más económico acceder a él por medio de Buscalibre

El día 29 de abril de 2021 se realizó, por medio de la Fanpage de Ediciones del Pueblola presentación del libro. Comentaron: Rev. Vladimir Pacheco, Pastor Presbiteriano; Camila Montero, socióloga UC; y Juan Pablo Espinosa, teólogo y educador, académico de la UC y de la U. Alberto Hurtado. Les comparto el vídeo acá:

La presentación de Juan Pablo Espinosa, titulada «En el balcón y en el camino. Una topografía habitada para pensar la teología. Presentación a la obra de Luis Pino Moyano», fue publicada en «Estudios Evangélicos» y la puedes leer haciendo clic aquí.

[Edición posterior #2]

El 17 de mayo tuve la oportunidad de conversar con Abner Jaramillo y Daniel Valladares sobre los contenidos de libro en el podcast de «Imagen Bautista». Les comparto el vídeo acá: 

 


[Edición posterior #3]

Hoy, 24 de diciembre de 2021, y considerando que ya ha pasado un tiempo de la publicación, y estando convencido del principio de un conocimiento democratizado, al alcance de quienes pueden comprar libros impresos o digitales, como de quienes no pueden hacerlo y, junto con ello, creyendo que un PDF jamás podrá remplazar al libro de papel y que dicho archivo puede motivar a tener el objeto libro en físico, es que comparto mi libro en formato PDF, sin costo alguno, para que corra libre por balcones y caminos. 

Libro en PDF: En el balcón y en el camino. Luis Pino.

Cordialmente, Luis. 

 

Primeras lecturas al libro «Una dignidad despierta. Reflexiones evangélicas sobre el octubre chileno».

El 14 de septiembre del año pasado realizamos nuestra primera actividad como núcleo. Teníamos pensado continuar con calma y lanzarnos al espacio público con el nombre de nuestro núcleo, “Fe Pública” a la par de nuestro primer libro, que terminará siendo el segundo, y que buscará presentar a cinco autores reformacionales fundamentales: Kuyper, Dooyeweerd, Wolterstorff, Plantinga y Goudzwaard, en el pos de acercarlos y leerlos para Chile y América Latina del siglo XXI, y no en pos de copias ahistóricas. Pero llegó el 18 de octubre de 2019, un día que como diría Paul Ricoeur tiene la fuerza de un “hito monstruo” que nos modificó en la cotidianidad, en nuestra forma de mirar el tiempo histórico y la sociedad, junto con la vida en la ciudad y por supuesto la práctica de nuestra fe. En ese contexto, creímos que lo más pertinente era hablar de verdad, de escucharnos de verdad y hacer el esfuerzo, también, de pensar de verdad.

«Los artículos del libro “Una dignidad despierta. Reflexiones evangélicas sobre el octubre chileno”, fueron escritos sin exagerar, en medio de una de las crisis más grandes vividas en la historia política chilena, fueron realizados desde el anhelo de la paz de la ciudad en la que nos toca vivir (Jeremías 29:7), y con la clara conciencia que no podíamos embobarnos con un sentido de urgencia que nos hiciera perder de vista lo realmente importante, a saber que Cristo es Señor de todo, y que sólo Él tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Él hace que el mundo, con sus sombras y muerte, sean el “teatro de la gloria de Dios” (Calvino), porque Él guía la historia hacia su consumación, en los que la dignidad y la justicia serán más que un anhelo y un eslogan. 

Este primer libro del Núcleo Fe Pública, a un año de los hechos del octubre chileno, viene a ser un testimonio histórico de lo que un grupo de evangélicos pensábamos en esos días. Pues esto forma parte de nuestra misión: ser un espacio de encuentro entre cristianos evangélicos dedicados a trabajar desde el pensamiento reformacional en colaboración y comunidad, anhelando, imaginando, pensando, diseñando y haciendo esfuerzos conjuntos que faciliten la manifestación del Reino de Cristo y permitan su mayor visibilidad en todos los ámbitos de la realidad creada» (De la presentación del mismo libro).

Pronto, les invitaremos a una nueva lectura, aquella del libro que sería el primero y terminó siendo el segundo. Una maravillosa analogía de la vida de quienes buscan hacerse de los primeros lugares y no terminan como quisieran. Pues como canta un bello himno protestante: “morirán los señores del mundo, mas su reino no acaba jamás”.

Les invitamos a adquirir el libro en Amazon, comprándolo aquí. El e-book tiene un precio más que asequible. El libro impreso a demanda, también está barato, sólo que encarecido por los gastos de envío, ahí les sugerimos asociarse con amigos y amigas para adquirirlo a un precio más conveniente.

1. Presentación del libro.

2. Reseñas del libro.

Reseña de Fabián Bravo en Lupa Protestante.

Reseña de Juan Pablo Espinosa en Estudios Evangélicos.

Reseña de Jean Paul Zamora en Pensamiento Pentecostal.

3. Podcast de Imagen Bautista.

¿Qué es la libertad de conciencia? Una perspectiva reformada.

Hace unos diecisiete años atrás llegó a mis manos uno de los libros más revolucionarios que he leído en mi vida: “El despertar de la gracia” de Charles Swindoll. Fue un libro liberador, que me hizo descansar en la gracia de aquel que me había salvado por el puro afecto de su amor. Swindoll habla allí de los “asesinos de la gracia”, un grupo de sujetos que en pos de luchar contra el antinomianismo (la idea que asegura que ya no debemos poner en práctica la ley de Dios), ha ocultado una de las verdades más bellas y poderosas de la Reforma Protestante, a saber, la libertad cristiana, convirtiéndola en un tabú [1]. La libertad cristiana fue una de las banderas de lucha de la Reforma Protestante, y para hablar de ella, se leyó, predicó y enseñó, principalmente, la carta de Pablo a los Gálatas, a la que Lutero se declaraba simbólicamente unido en matrimonio, llamándola “mi Katharina v. Bora” [2]. Uno de los textos fundamentales para entender la carta a los Gálatas, está en el capítulo 2, versículo 16: “Sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley sino por la fe de Jesucristo, y también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, ya que por las obras de la ley nadie será justificado” [3]. Lo que nos lleva a señalar con claridad y firmeza que la libertad de los creyentes es fruto de la obra de Cristo y no de nuestros intentos de autodeterminación. Para nosotros no hay verdadera libertad sin “Sólo Cristo” ni “Sola Gracia”. 

Sin Cristo nuestra condición de esclavitud se mantiene vigente. Pablo dijo: “Manténganse, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud” (Gálatas 5:1). El yugo al que hace referencia Pablo es una figura de sujeción y, en el caso de este versículo, denota opresión, figurando el peso del legalismo que intentaba complementar el mensaje del evangelio con los ritos religiosos del judaísmo. Esas enseñanzas eran esclavitud, pues como diría William Hendriksen: “un Cristo suplementado es un Cristo suplantado” [4]. Y no es que la ley sea mala, pero el cumplimiento de ella como medio para la salvación se hace imposible, puesto que la violación de un solo precepto nos hace deudores de toda ella. Más bien, la ley cumple un propósito fundamental en la salvación: es el profesor que nos toma de la mano [5] y que nos conduce a Cristo, a la libertad para vivir en Él. Y es Cristo quien nos capacita con amor de tal manera que vivamos para Él. La salvación siempre incluye la práctica de la justicia por parte del pueblo de Dios, siendo potenciados por el Espíritu Santo para una obediencia renovada a Dios según lo expresado en su Palabra. Por ende, tampoco hay libertad cristiana sin “Sola Scriptura”. 

Y es así que llegamos a la idea de “libertad de conciencia”. La idea, dentro del protestantismo, siempre trae a la memoria lo dicho por Lutero en la dieta de Worms (18 de abril de 1521): “A menos que me convenzan con argumentos extraídos de las Escrituras o por medio de razón evidente (no confío en el Papa ni en los conclilios, pues es sabido que se han equivocado a menudo y hasta se han contradicho), me debo a las Escrituras que cito y mi conciencia es presa de la palabra de Dios. No quiero retractarme de nada, pues no es seguro ni justo obrar contra la propia conciencia” [6]. ¿Hay aquí libertad de conciencia? Sí, Lutero no se someterá ciegamente a ninguna autoridad establecida si esta niega la verdad de Dios. La libertad le permite correr veloz y con certeza de llegar a la meta que es Cristo, según el marco de la Palabra, como un tren corre veloz y efectivamente por sus rieles. La conciencia es, literalmente, con-saber o con-certeza. Así lo explica la historiadora Lyndal Roper: “Cuando Lutero afirmaba que su conciencia era ‘presa de la palabra de Dios’, quería decir que no cabía moverla ni alterarla: ‘sabía’ -mente y emociones-, lo que era la Palabra de Dios y no podía negarla” [7]. 

Por herencia protestante, la “Confesión de fe de Westminster”, un documento que en palabras de Benjamin Warfield fue “el fruto más maduro de la redacción de credos en la Reforma” [8], usa el concepto de libertad de conciencia de manera positiva, es decir, validándolo como un principio a rescatar, defender y vivir, explicándolo de la siguiente manera en su capítulo 20, punto 2: “Sólo Dios es el Señor de la conciencia, (Rom. 14:4.) y la exime de las doctrinas y mandamientos de hombre que sean en algo contrarios a su palabra o pretenden sustituir a ésta en asuntos de fe o de culto. (Hech. 4:19 y 5:29. I Cor. 7:23. Mat. 23:8-10 y 15:9. II Cor. 1:24.) Así es que, creer que tales doctrinas y obedecer tales mandamientos con la conciencia, es destruir la verdadera libertad de ésta última; (Col. 2:20, 22,23. Gal. 1:10; 2:4 y 5:1.) y el requerir una fe implícita y una obediencia ciega y absoluta, es destruir la razón y la libertad de conciencia. (Isa. 8:20. Hech. 17:11. Juan 4:22. Ose. 5:11. Apoc. 13:12,16,17)” [9]. En definitiva, según esta declaración confesional, la libertad de conciencia está atada a la obra de redención conquistada por Cristo en la cruz y cimentada en lo que enseña la Escritura como norma de todas las normas. Huelga decir acá que fue esta comprensión teológica la que se irradió, primero en las colonias inglesas que se independizaron conformando Estados Unidos, por la influencia del movimiento puritano, y desde ahí a todos los movimientos republicanos-antimonárquicos modernos, como quedó expresado en distintos textos constitucionales [10].

El señorío universal de Cristo, que deriva en que nuestra fe es cósmica y pública, es fundamental para entender nuestra libertad, la obediencia renovada a la voluntad de Dios y la resistencia a cualquier tipo de tiranía que puje por enseñorearse de nuestros intelectos, emociones y voluntad. Es en relación a este entendimiento, que Abraham Kuyper en su discurso inaugural de la Universidad Libre de Amsterdam, planteó que: “Existe un dominio de la naturaleza en el que la Soberanía ejerce poder sobre la materia conforme a leyes fijas. Existe también un dominio de lo personal, del hogar, de la ciencia, de la vida social y la religiosa, cada uno de los cuales obedece a sus propias leyes de la vida, cada uno se somete a su propio regente. Un ámbito del pensamiento donde solo las leyes de la lógica pueden gobernar. Un ámbito de la conciencia donde nadie sino solo el Santo puede dar soberanos mandamientos. Finalmente, un ámbito de la fe, en que solo la persona es soberana, quien, mediante la fe, se consagra a sí misma en las profundidades de su ser” [11]. Para el teólogo, pastor y político holandés, el soberano no es la esfera, un sujeto o una institución, sino el Señor Todopoderoso, y nada ni nadie está sobre Él. Aquí no hay lugar para el totalitarismo ni el individualismo ni el mercantilismo ni el clericalismo. Perder de vista esto no sólo es una concesión intelectual, sino, por sobre todo, espiritual, lo que nos responsabiliza respecto de lo que pensamos y vivimos. “Fijemos la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2a), es una tarea vital. 

Por cierto, la libertad cristiana no sólo es individual, sino eminentemente comunitaria. Pablo exhorta a los hermanos de Galacia de la siguiente manera: “Hermanos, ustedes han sido llamados a la libertad, sólo que no usen la libertad como pretexto para pecar; más bien, sírvanse los unos a los otros por amor. Porque toda la ley se cumple en esta sola palabra: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Pero si ustedes se muerden y se devoran los unos a los otros, tengan cuidado de no consumirse también los unos a los otros” (Gálatas 5:13-15). La libertad que Cristo conquistó en la cruz no se ejerce en la soledad, sino en la comunidad de otros liberados por su obra redentora. El versículo 15 es durísimo, porque compara a quienes usan su libertad a expensas de otros hermanos con bestias salvajes que se muerden y devoran entre ellos, destruyendo la comunidad. Quienes practican esto ensalzan su autojusticia y construyen una religión ególatra. La libertad cristiana se experimenta amando y sirviendo a Dios y al prójimo. Es más, la obediencia a la ley de Dios está en el amor (véase, Romanos 13:10). 

Finalmente, esta libertad cristiana conlleva que asumamos con certeza que somos la iglesia que está en misión en el mundo que nos toca vivir. Y en el mundo que nos toca, cada vez que veamos verdad, justicia, bondad, paz y belleza, lo que observamos es la mano de Dios en la historia, a pesar de nuestros fallos y miserias. Que sujetos del pasado o del presente digan cosas que se ajusten a lo que pensamos no debe llevarnos a asumir todo el modelo teórico e ideológico que ellos poseen, y que está manchado por el pecado. Sigue siendo tarea perentoria para los creyentes lo dicho por Pablo en su carta a los Romanos 12:2: “No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto” (Dios habla hoy). La libertad de los cristianos es la libertad en el marco del mensaje de Cristo. No se trata del “dejar hacer, dejar pasar” de la ideología liberal, en el que cada uno se autodetermina pensando lo que se quiera, aunque eso se contraponga a la Escritura. Si en nuestro “fuero interno” no está entronizado Cristo somos seguidores de las idolatrías de la época que nos toca vivir y no discípulos fieles del Maestro de Galilea. Son de mucho valor acá las palabras de Juan Mackay: “Antes bien, debe ser fiel a su vocación y cumplir su misión. Y esto, debe hacerlo en un espíritu de absoluta obediencia a Cristo; para ello, deberá tomar conciencia de la realidad y de la situación en que vive, ganando de este modo, el derecho a ser oída y a ser tomada en serio. Jamás deberá la Iglesia conformarse a cierta cultura o civilización sino que de acuerdo con el espíritu de peregrinaje que le es propio, debe marchar siempre adelante y hacia su meta final” [12]. El respeto a las ideas ajenas, la tolerancia a las mismas y una sana idea de contextualización, no consisten en la renuncia al evangelio de Jesucristo. En Jesús y la buena noticia predicada por Él radica la verdadera relevancia del cristianismo. La libertad de conciencia es entonces una herramienta que sirve al cumplimiento de nuestra tarea fundamental: a extensión del Reino de Dios, por medio de la predicación del evangelio y el desarrollo de nuestra labor, para la gloria de Dios, la edificación y alegría de la iglesia, y el bienestar de todo prójimo creado a imagen y semejanza de Dios.

Luis Pino Moyano.

[1] Charles Swindoll. El despertar de la gracia. Nashville, Editorial Caribe, 1995.

[2] Erwin Iserloh. “Martín Lutero y el comienzo de la Reforma (1517-1525)”. En: Hubert Jedin. Manual de Historia de la Iglesia Tomo V, Reforma, Reforma Católica y Contrarreforma. Barcelona, Editorial Herder, 1972 ,p. 79. Es una referencia a WA Tr 2, 69, n.° 146 (D. Martin Luthers Werke, Tischreden, 6 t, Weimar 1912-21). 

[3] A no ser que se diga lo contrario, los versículos bíblicos son tomados de la Reina Valera Contemporánea. 

[4] William Hendriksen. Comentario al Nuevo Testamento. Exposición de Gálatas. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 120.

[5] Esa es la idea del ayo de Gálatas 3:24. 

[6] Lyndal Roper. Martín Lutero. Renegado y profeta. Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2017, p. 197. 

[7] Ibídem, p. 198. 

[8] Citado en: J. I. Packer. Teología concisa. Una guía a las creencias del cristianismo histórico. Miami, Editorial Unilit, p. xi. 

[9] Confesión de Fe de Westminster, versión 1903. En: http://www.puentedevida.cl/wp-content/uploads/2020/03/Confesión-de-fe-de-Westminster-1903.pdf (Consulta: octubre de 2020). 

[10] Ernst Troeltsch. El protestantismo y el mundo moderno. México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1967, p. 66, 67. El autor entiende esto como un “descubrimiento esclarecedor” de Georg Jellinek, aunque no lo comparte del todo, particularmente por la actitud que habrían tenido los puritanos con actores anabaptistas o cuáqueros. 

[11] Abraham Kuyper. “Soberanía de las esferas (20 octubre de 1880)”. En: Estudios Evangélicos. http://estudiosevangelicos.org/soberania-de-las-esferas/ (Consulta: septiembre de 2020).

[12] Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Bogotá, Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina, 1969, p. 128.

 

Documentos Anexos:

Martín Lutero. La libertad cristiana (1520).

Comunicado del H. Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile acerca del plebiscito.