Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo.

Siempre se hace relevante pensar en la relación entre la fe cristiana y el trabajo, esto, porque no hay nada más alejado del cristianismo bíblico que un monasticismo que separa a la iglesia del mundo, lo que deriva en la construcción de iglesias como ghettos en las que sólo nos relacionamos con “gente como nosotros” o, en el peor de los casos, a pensar que nuestra fe está limitada a servicios religiosos que pueden ser consumidos o practicados en días y horas claramente especificados y limitados. 

Sin lugar a dudas, el cristianismo tiene un alcance cósmico, porque Cristo es Señor sobre todo el universo. Pablo hablando a los hermanos de Colosas, acerca del señorío de Cristo, en el capítulo 1 de su carta, les dice: “porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él” (1:16). Más adelante dirá que “por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz” (1:20). Cristo es Señor sobre la creación, porque Él fue creador, ésta fue realizada para Él, y Él hizo todo lo necesario en la cruz para redimir “todas las cosas”. La obra de Cristo sobrepasa aquello que tradicionalmente hemos pensado como los límites de la religión y lo abraza todo con su poder transformador. ¿Por qué, entonces, habríamos de limitar nuestra fe a lo que sucede dentro de los muros de nuestros templos, si Cristo excede esos límites?

Y es ahí donde debiésemos pensar lo que significa el trabajo para nosotros. Nuestra cultura nos hace pensar en el trabajo como un mal necesario, como una práctica sacrificial que desgasta nuestro ser. Esto, probablemente, porque nuestra palabra “trabajar” proviene del latín que significa literalmente “torturar con un tripallium”, el que era un instrumento de madera, compuesto por tres palos, usado para golpear a los animales de carga y tiro que no deseaban moverse. Súmese a esto que muchos de entre nosotros, en una lectura descontextualizada de la Biblia, consideran que el trabajo es una maldición  que es fruto de la caída. Entonces, se hace necesario que la pregunta del significado que damos al trabajo sea cambiada por un: ¿qué dice la Biblia respecto de nuestra relación con el trabajo? Ayudados por la Escritura, señalaremos a continuación algunas ideas respecto del trabajo que posibilitan un significado renovado, uno profundamente cosmovisional. 

1. El trabajo fue creado por Dios. 

En varias de las mitologías antiguas orientales, los dioses habrían creado al ser humano para que les proporcionaran alimento y trabajos serviles que ellos requerían para su bienestar. No es lo que vemos en Génesis, cuando anuncia que: “También les dijo: ‘Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento. Y doy la hierba verde como alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo y a todos los seres vivientes que se arrastran por la tierra’. Y así sucedió” (Génesis 1:29,30). Aquí vemos a Dios trabajar y proporcionar lo necesario para el bienestar de sus criaturas. Eso, evidentemente, debiese cambiar nuestra noción del trabajo. Dios ha provisto en la tierra todos los recursos de alimento, agua, vestimenta, abrigo, energía y calor que necesitamos, y él nos ha dado autoridad sobre la tierra en la cual estos recursos han sido depositados.  Además de lo dicho hasta acá, vemos también el potencial creativo de Dios, que hace cosas desde la nada, y transforma las cosas que van siendo creadas.

El Dios trabajador, ha diseñado una manera de relacionarnos como seres humanos con la naturaleza. Esto queda claro, cuando Dios en el consejo intratrinitario declara: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo” (Génesis 1:26). Lo primero que debemos hacer es tener un claro concepto de quiénes somos nosotros y qué es la naturaleza. El ser humano fue creado a imagen de Dios y para dominar la tierra como representante o mayordomo de la casa de Dios. Dios colocó al hombre a la mitad del camino entre el Creador y el resto de la creación, animada e inanimada. En ciertos aspectos somos uno con el resto de la creación, pues formamos parte de ella y tenemos rango de criatura. En otros aspectos somos distintos de la naturaleza, pues fuimos creados a imagen de Dios y tenemos dominio. 

Que la vida humana, desde un punto de vista creacional, tenga mayor valor, no implica que la vida animal o vegetal no tenga ninguno. Todo lo que Dios hizo es de nuestra incumbencia, inclusive, desde los mandatos creacionales, somos responsables, pues ser cabeza siempre implica responsabilidad. Dominamos la tierra dependiendo de Dios. Nunca estamos frente a materia neutral que podamos manipular y comercializar, usar y abusar para nuestro provecho. Darrow Miller dirá que: “la cosmovisión bíblica brinda un equilibrio maravilloso entre el trabajo y el cuidado. Nosotros somos guardianes de la creación de Dios, mayordomos a cargo de su obra maravillosa. ¡Tenemos el mandato de cuidar la naturaleza!”. Esto hace surgir con fuerza la idea del mayordomo de la creación, que veremos más adelante. La labor que Dios le entrega al hombre es la de cultivar y guardar el jardín. El agricultor y el pastor, vocaciones de Dios. Responsabilidad asignada por Dios, no fruto de la maldición.

2. El trabajo tiene un mandato. 

Génesis 1:28 señala: “y los bendijo [Dios] con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo’”. Esto es lo que la teología reformada, desde su distintivo, ha denominado “mandato cultural”. Y la característica de este mandato es que le reporta al ser humano tanto una bendición como una responsabilidad (regularmente, estas cosas en la Biblia aparecen unidas). 

Ahora, uno podría decir, que este mandato tiene realidad en un lugar tan perfecto y armonioso como el jardín del Edén, y que sólo podría ser cumplido a cabalidad allí. Pero bíblicamente no es así. Este mandato cultural es repetido por Jeremías, en una carta que les escribe a los exiliados en Babilonia, en la que les dice: “Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su fruto. Cásense, y tengan hijos e hijas; y casen a sus hijos e hijas, para que a su vez ellos les den nietos. Multiplíquense allá, y no disminuyan. Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad” (Jeremías 29:5-7). Nuestro trabajo, multiplica el Shalom de Dios en la ciudad en la que vivimos, es decir la armonía, la paz, el bienestar, la abundancia, la vida en plenitud. Cristo, que tiene el poder para hacer nuevas todas las cosas, nos hace colaborar en la extensión de su Reino, también, cuando desarrollamos trabajo. 

Me permito citar, extensamente, acá el comentario de Calvino al texto de Génesis 1.28: “Moisés añade que toda la tierra fue concedida al hombre, con esta condición, que se ocupara en cultivarla. De donde se concluye que los hombres fueron creados para dedicarse a algún trabajo, y no a yacer inactivos y ociosos… Por lo cual, nada es más contrario al orden natural que consumir la vida comiendo, bebiendo y durmiendo, sin proponerse hacer nada.  Moisés añade que la custodia del jardín fue encargada a Adán, para mostrar que poseemos las cosas que Dios ha puesto en nuestras manos, con la condición de que mostrando contentamiento con un uso frugal y moderado de ellas, cuidemos lo que quede. Que aquel que posee un campo, participe de tal manera de sus frutos que la tierra no tenga que sufrir perjuicio por su negligencia; sino que se esfuerce por entregarla a su posteridad como la recibió, o incluso mejor cultivada. Que se alimente de sus frutos, de manera que no la disipe lujosamente, ni permita que sea asolada o arruinada por culpa de su desidia”. El teólogo de la Reforma en su comentario al texto bíblico enseña:

  • Que el ser humano fue creado con el potencial para trabajar.
  • Que la ociosidad es dañina para la persona y la sociedad.
  • Que Dios constituyó al ser humano como mayordomo de la creación, y esa mayordomía implica trabajo.
  • Que debemos contentarnos con el fruto del trabajo porque es la provisión de Dios.
  • Que la tierra debe ser cuidada, para que produzca buenos frutos (ni derrochar su producción ni arruinarla).
  • Calvino introduce, en pleno siglo XVI, el concepto de posteridad. Se debe pensar en las futuras generaciones.

3. ¿Qué debe caracterizar nuestro trabajo como cristianos esparcidos en el mundo? 

Algunos textos de la Escritura nos permiten desprender principios para el desarrollo de nuestra vocación en el mundo. 

El apóstol Pablo les dice a los hermanos de la iglesia de Éfeso: “Esclavos, obedezcan a sus amos terrenales con respeto y temor, y con integridad de corazón, como a Cristo. No lo hagan solo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho, sea esclavo o sea libre. Y ustedes, amos, correspondan a esta actitud de sus esclavos, dejando de amenazarlos. Recuerden que tanto ellos como ustedes tienen un mismo Amo en el cielo, y que con él no hay favoritismos” (Efesios 6:5,9). Esto es muy similar a lo dicho por el apóstol Pedro en su primera carta, cuando dice que: “Criados, sométanse con todo respeto a sus amos, no solo a los buenos y comprensivos, sino también a los insoportables. Porque es digno de elogio que, por sentido de responsabilidad delante de Dios, se soporten las penalidades, aun sufriendo injustamente. Pero ¿cómo pueden ustedes atribuirse mérito alguno si soportan que los maltraten por hacer el mal? En cambio, si sufren por hacer el bien, eso merece elogio delante de Dios” (1ª Pedro 2:18-20). 

A la luz de estos textos podemos decir que el trabajo, en primer lugar, debe ser desarrollado con responsabilidad. Aquí debemos tener presente que toda autoridad ha sido puesta por Dios, cosa de la que Pedro habla en la sección anterior al pasaje citado (2:13-17), y esa autoridad siempre es derivada pues quien la da es Dios, y es relativa en relación al mensaje revelado en su Palabra. Si bien es cierto, el texto se escribe en un momento en que la esclavitud era parte de la cotidianidad (la palabra “criado” literalmente significa “esclavo de la casa”), el principio tiene vigencia aún en los marcos donde se establecen acuerdos contractuales y ellos establecen un principio de subordinación a un empleador. Además, la esclavitud era distinta a la que tenemos en nuestra mente, por el conocimiento histórico, literario o cinematográfico de la esclavitud de la población afrodescendiente. La esclavitud de la Antigüedad no era perpetua y podía proveer buena condición de vida a quienes la experimentaban. De hecho, había esclavos que ganaban más que otros trabajadores libres (por ejemplo, los profesores). Es por eso que lo discípulos no se opusieron a la esclavitud, pero los principios bíblicos fueron fundamentales para su eliminación posterior. El ejercicio de la responsabilidad cristiana para Pablo y Pedro incluía, entonces, el respeto a los patrones (a los buenos y comprensivos, como a los insoportables), además de de sufrir injustamente si es que esa es la voluntad de Dios.

Respecto de lo anterior diremos tres cosas:

  • El contexto de la carta implica una situación desfavorable para la vida de la iglesia, en la que algunos de nuestros primeros hermanos eran esclavos. Dicho régimen legal es distinto al que tenemos en la actualidad en una sociedad que garantiza derechos a los trabajadores. 
  • Este texto, en ningún caso, prohibe la sindicalización y la lucha de cristianos por mejoras en el plano de lo laboral. Martyn Lloyd-Jones, por ejemplo, en una de sus conferencias sobre los puritanos, señaló que: “A menudo se ha sugerido –y a mi modo de ver es posible demostrarlo- que el movimiento sindical en […] Inglaterra fue una consecuencia indirecta del avivamiento. Se debió a la transformación y el nuevo nacimiento de aquellos hombres que, habiendo sido unos ignorantes y llevado una vida de continuas borracheras, empezaron a comprender su dignidad como seres humanos y a demandar, entre otras cosas, mejores condiciones de trabajo y educación; ese es el origen de los sindicatos. Conocemos, también, la conexión que hubo entre el movimiento para la abolición de la esclavitud, dirigido por William Willberforce y el citado avivamiento. Dicho movimiento fue uno de los frutos del avivamiento en cuestión y, de hecho, el argumento de algunos, según el cual jamás se hubiera podido aprobar el Acta de reforma de 1832 sin aquel gran despertar evangélico, es perfectamente defendible”. La injusticia siempre tiene que ser denunciada como tal, según la legalidad vigente, y sin ningún ánimo de venganza.
  • ¿Cómo aplicar entonces estos textos que son Palabra de Dios? De la siguiente manera: 1) Siendo respetuosos con nuestros empleadores y obedeciendo sus órdenes; 2) manteniendo un principio de responsabilidad, considerando que nuestro trabajo es don y llamado de Dios para bendición nuestra y de los demás; 3) capacitando a los creyentes a entender la relación entre su fe y su trabajo; y 4) si nos toca vivir persecución, discerniendo si se trata de represalia por nuestras malas prácticas o efectivamente por causa de nuestra fe. Si es por lo último, poner nuestra esperanza en Dios.

Lo segundo, es que el trabajo debe ser desarrollado con distintivo cristiano. En las palabras de Pablo y Pedro hay una invitación a vivir siendo reflejo de Cristo para los demás, recordando que la gracia nunca es excusa para pecar, y que la Biblia constantemente nos habla de dar buen testimonio, de ser ejemplo para los demás, de no servir simplemente cuando nos están viendo. ¡Somos llamados a ser luz del mundo! Frente a eso, debemos reconocer aquellas áreas de nuestro trabajo que son fruto de la gracia común, diferenciándolas de aquellas que podemos modificar o restaurar centrándolas en Cristo y no en las idolatrías vigentes, y de las que debemos rechazar por antiéticas. Sobre todo en tiempos de persecución injusta cuando con mayor fuerza hay que dar testimonio supremo de la fe y del discipulado de aquél que fue crucificado. Además, la Biblia nos llama a no “servir al ojo”, sino a trabajar “de buena gana, como para el Señor”. 

Pero también, hoy, cuando no se nos persigue podemos dar testimonio de lealtad radical al Señor y su Palabra. ¿Qué haremos cuándo se nos pida mentir en nuestro trabajo? ¿Qué haremos cuándo se nos pida adulterar boletas o facturas para que nuestra empresa obtenga mayor rédito? ¿Qué haremos cuando un puesto de trabajo que queremos obtener pareciera ser alcanzable sólo si inflamos nuestro currículum? ¿Qué haremos cuando se nos aparece la posibilidad de cobrar de más? ¿Qué haremos con nuestros empleados y su necesidad de un sueldo justo y un trabajo desarrollado en condiciones dignas y en el marco del respeto? ¿Qué haremos en algunas posiciones en las que se nos obligue matar a una persona, sea un bebé por medio de un aborto o un adulto por sus ideas diferentes al gobierno imperante? ¡Hoy también podemos y debemos comportarnos conforme al santo llamamiento que hemos recibido! Nuestro corazón de piedra fue transformado en uno de carne y tenemos al Espíritu que nos guía y sostiene con su poder para ello. 

El trabajo es tan valioso y honra a Dios tanto como el ministerio de la Palabra o cualquier otra labor eclesiástica. A Dios le importa todo nuestro trabajo. Calvino decía que: “Si seguimos fielmente a nuestro llamado divino, recibiremos el consuelo de saber que no hay trabajo insignificante o sucio que no sea verdaderamente respetado e importante ante los ojos de Dios” (La verdadera vida cristiana).

En tercer lugar, nuestro trabajo debe ser ejecutado con excelencia. Hemos recibido un llamado para nuestro trabajo. Vale decir, Dios nos ha encomendado una misión que realizar con nuestras manos. Extendemos el Reino de Dios cuando con el fruto de nuestras manos llevamos justicia, paz y alegría que solo pueden ser resultado de la obra del Espíritu Santo en nuestro ser. La invitación a desarrollar bien nuestro trabajo nada tiene que ver con nuestra gloria o fama. Es todo lo contrario. Dios debe ser glorificado con todo lo que nosotros hacemos. Para ello debemos ser diligentes, proactivos e innovadores. Debemos pensar que la excelencia en el trabajo es un medio importante para obtener credibilidad para nuestra fe. Pero por sobre todo, debemos permitir que el evangelio cambie el cómo hacemos nuestro trabajo, lo que significa que no trabajamos para nosotros mismos, sino para los demás, lo que conlleva que Dios sea glorificado. Tu trabajo y mi trabajo es para Dios. Y cuando usamos nuestros talentos en el trabajo estamos respondiendo al llamado de Dios para servir a la comunidad humana. Calvino señalaba que “el amor nos lleva a hacer mucho más. Nadie puede vivir exclusivamente para sí mismo y ser negligente para el prójimo. Todos tenemos que ser devotos a la acción de suplir las necesidades del prójimo” (Comentario a los Efesios). Es decir, con nuestro trabajo beneficiamos la cultura en que vivimos. 

Respecto de todo esto, Timothy Keller, de quien he tomado también los tres ejes de ejecución de nuestro trabajo (responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia), señaló en su libro “Iglesia centrada” lo siguiente: “Una teología robusta de la creación, y del amor y cuidado de Dios hacia ella, nos ayuda a ver que incluso las tareas más sencillas tales como hacer un zapato, empastar un diente o excavar una zanja son maneras de servir a Dios y edificar la comunidad humana. Nuestra producción cultural rearregla el mundo material de manera que honra a Dios y promueve el florecimiento humano. Una buena teología del trabajo resiste la tendencia del mundo moderno a valorar solo la pericia en esfuerzos que recaban más dinero y poder”.

4. El trabajo no lo es todo. 

Volviendo a Génesis 1:29,30, ya citado con antelación, debemos decir que Dios es quien nos provee todas las cosas con su trabajo realizado con placer y alegría, tanto en la creación como en el desarrollo providencial de la historia.  De hecho, el trabajo es el medio que Dios emplea para darnos lo que necesitamos. Esto se expresa con claridad en el Salmo 127:2 que dice: “En vano madrugan ustedes, y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados”. Y antes que alguien vea acá una excusa para la desidia y la flojera, el Salmo 128:2 señala: “Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y prosperidad”. El texto no es la justificación de la ociosidad, sino que nos invita a poner la mira en lo verdadero: lo que tenemos y somos no proviene de lo que hacemos, sino de Dios que nos da trabajo, capacidades y dones. 

Dorothy Sayers decía que: “El trabajo no es, primordialmente, algo que hacemos para vivir, sino algo que vivimos para hacer”. Y si bien es cierto, el trabajo no es una maldición, tampoco es la única actividad importante que desarrollamos. No despreciemos lo que Dios ha creado, a saber, los dones del trabajo; pero tampoco convirtamos en un ídolo nuestra profesión u oficio. El trabajo es parte de la vida, no la vida. ¡Cristo es la vida! Ni el sentido de nuestra vida ni nuestra identidad están en el éxito o el dinero, lo que debe producir descanso para nuestras almas y no mediocridad en lo que hacemos. ¡No busquemos nuestra identidad en lo que pensamos que somos, en lo que dicen los demás, o en lo que hacemos: nuestra identidad está en Cristo!

5. Hay un día para descansar. 

Génesis 2:2-3 no son el inicio de una nueva sección de la historia que relata el primer libro de la Biblia. El séptimo día forma también parte del trabajo de Dios. El texto dice: “Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora”. Dios luego de trabajar en crear todo lo que hay, cerró su creación con gozo con un día de descanso total. El descanso no tiene que ver acá, con la recuperación de fuerzas, pues Dios no pierde nunca las pierde, sino con el deleite. El descanso es parte del orden creado, no el resultado de la fatiga. Es Dios descansando y deleitándose en su gloria. Y es allí, principalmente, donde está nuestro fin como seres humanos: glorificar a Dios y gozar de Él para siempre. Evidentemente, el descanso nos sirve para reponer fuerzas, pero este día de reposo nos hace recordar que nuestra provisión depende de Dios que nos provee del alimento que proviene de la tierra. Lo que no es otra cosa que una muestra de sometimiento y descanso en Dios. Este es el mandamiento (Éxodo 20:8-11) más relativizado, pero que tiene alcances tremendos en la adoración, con la liturgia comunitaria; y en lo social, con la práctica de la misericordia y el descanso dominical de los trabajadores.

La dimensión social del día del Señor es un eje muy poco explorado en nuestras comunidades de fe, pero que a lo largo de la historia ha tenido vital importancia en la relación de los cristianos con el mundo. No es menor decir que los primeros países en los que el domingo se transformó en día de descanso obligatorio fue en países cristianos. 

No basta que sólo tú y yo descansemos: es necesario que otros lo hagan. Es necesario que otros puedan recuperar fuerzas y vivir la comunión en la armonía del hogar, en el disfrute con amigos y hermanos, más allá de los rigores de la vida. El descanso es fundamental para la salud como estado de perfecto bienestar físico, psíquico, emocional y espiritual. El Dios que es justo es quien reclama esto. No hay que olvidarse que los diez mandamientos comienzan con la declaración: “Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo” (Éxodo 20:2). El texto de Deuteronomio 5:14, en medio de la referencia al cuarto mandamiento, agrega un matiz al decir: “De ese modo podrán descansar tu esclavo y tu esclava, lo mismo que tú”. Aquí está la raíz de la regla de oro: el mismo bienestar que deseo para mi es el que debo desear para otro, y colaborar para construirlo. Si tengo trabajadores a mi cargo, y si yo descanso, ¿por qué negarle ese derecho a otros? Fue por esto también, que el moderno movimiento sindical tuvo en sus bases a trabajadores cristianos. La misericordia es una virtud que los creyentes no debemos olvidar. El cuarto mandamiento cierra la tabla del amor a Dios, pero la engarza con esta mirada, a la tabla del amor al prójimo. Ningún espíritu farisaico nos debe hacer olvidar lo que Jesús dijo: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo” (Marcos 2:27, RV 1960).

Algunas reflexiones finales:

Adoramos a Dios en todo lo que hacemos, pues no hay dicotomía entre sagrado y secular. Hay vidas consagradas o no consagradas. Esta comprensión es sumamente importante para la teología reformada, porque no se trata de dejar la evangelización a un lado, pues ésta es la tarea prioritaria de la iglesia. Sólo que los creyentes, en tanto iglesia esparcida en el mundo, en todas las esferas de la vida, extienden el Reino de Dios en cada espacio que les toca, el que es tornado en campo de misión. Kuyper lo expresa de la siguiente manera: “La vida cristiana como un peregrinaje no fue cambiada, pero el calvinista llegó a ser un peregrino que, de camino a nuestro hogar eterno, tenía que realizar en la tierra una tarea importante”.

Cristo no nos llama al masoquismo. Cristo nos llama a ser coherentes con el evangelio. Y es ese ejercicio de vivir lo que se profesa, siendo responsables, viviendo con distintivo cristiano y trabajando con excelencia, lo que en ocasiones traerá sufrimiento, sobre todo en una sociedad que rechaza cada vez más al Dios de la vida, caminando en pos de su degradación y muerte. Pero eso no nos hace pesimistas, porque nuestra victoria personal y comunitaria no está en lo que podemos hacer sino en Cristo que venció en la cruz trabajando con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. 

El centro de nuestro trabajo basado en una cosmovisión bíblica es, entonces, identificarnos con la ayuda del Espíritu Santo a nuestro Señor y Maestro Jesucristo, encontrando pleno sentido, gozo y descanso en Él, viviendo y desarrollando los dones que el Padre nos ha dado. No estamos solos. El Trino Dios está también allí, cuando trabajamos con nuestras manos. 

Kevin DeYoung plantea en su libro “Súper ocupados” lo siguiente: “La única obra que se debe hacer absolutamente en el mundo es la obra de Cristo. Y la obra de Cristo se lleva a cabo a través del cuerpo de Cristo. La iglesia, reunida para adorar los domingos y esparcida a través de sus miembros durante la semana, es capaz de hacer muchísimo más que cualquiera de nosotros solos. Yo puedo responder al llamado de Cristo en una o dos formas, pero soy parte de un organismo y una organización que puede responder y servir de un millón de formas”. ¿Trabajamos por la extensión del Reino de Dios en todos los espacios de la vida? Todos los cristianos estamos en misión. El lugar en el que estamos debe ser nuestro campo de misión.

Luis Pino Moyano.

 


 

Nota explicativa de la redacción y el uso de fuentes bibliográficas.

Este texto fue construido teniendo como base tres sermones: uno basado en Génesis 1:26—2:3 predicado en 2016 en la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago; otro basado en 1ª Pedro 2:18-25, predicado en 2018 en la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago; y en lo relacionado al día del Señor, se tuvo en cuenta un sermón temático predicado en la Iglesia Metodista Pentecostal, también en 2018. 

Por lo mismo, las referencias no siguieron un sistema de citación con notas al pie de página, facilitando así la lectura para la exposición oral. Pero, por cuestiones éticas, me veo en la obligación de referir a los textos que influyeron en mi lectura de este asunto: 

  • DeYoung, Kevin. Súper ocupados. Grand Rapids, Editorial Portavoz, 2015. 
  • Keller, Timothy y Leary Alsdorf Katherine. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014. A la fecha, hay edición en castellano: Keller, Timothy. Toda buena obra: conectando tu trabajo con el trabajo de Dios. Nashville, Broadman & Holman Publishers, 2018.
  • Keller, Timothy. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012. En este caso, particularmente el capítulo 26: “Cómo conectar a las personas con la cultura”, pp. 350-357.
  • Kuyper, Abraham. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010.
  • Lloyd-Jones, Martyn. Los puritanos. Sus orígenes y sucesores. Edimburg, El Estandarte de la Verdad, 2013. En este caso particular, la conferencia del año 1964: “Juan Calvino y George Whitefield”, pp. 159-196.
  • Miller, Darrow y Newton, Marit. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011
  • Pereira da Costa, Hermisten. Raízes da Teologia Contemporânea. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2018. Particularmente, el capítulo 2, parte 6: “Reforma e o trabalho”, pp. 149 y ss.
  • Wolters, Albert y Goheen Michael. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013.
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El Reino de Dios, nuestra agenda y la vida.

“Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No tiene la vida más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa. Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? ¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? 

¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que no se preocupen diciendo: ‘¿Qué comeremos?’ o ‘¿Qué beberemos?’ o ‘¿Con qué nos vestiremos?’ Los paganos andan tras todas estas cosas, pero el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas” (Mateo 6:25-34).

Cuando se leen estas palabras de Jesús en su sermón del monte, pero sin tener en cuenta sus otras enseñanzas, junto a las de toda la Escritura, y sobre todo mediatizados por expresiones culturales como las que nos provee el cine que nos muestra a Jesús con una larga cabellera y barba, junto con su túnica de una costura, regularmente blanca, e inclusive un poco sucio y sudoroso como nos lo presenta la reciente “Hijo de Dios”, podríamos llegar a pensar que se trata meramente de las ideas filosóficas de un soñador cercano a la cultura hippie, como si fueran las palabras de alguien que sólo invita a vivir el día. Pero en realidad esto no es así. 

Lo que hace Jesús en este texto es poner el acento en lo que realmente importa, es decir, el Reino de Dios. Esto es tan central, que Mateo habla del “reino de Dios” y no del “reino de los cielos” como continuamente lo hace en su libro, como señal de reverencia que busca no tomar el nombre de Dios en vano. Pero acá lo hace, para agudizar la enseñanza del Maestro de Galilea. Jesús no está invitando acá a la desregulación ni a la irresponsabilidad. No está diciendo nada contra los estudios, el trabajo, los tiempos con la familia y los amigos. Agendar el día a día y proyectar acciones para el futuro no son, necesariamente, acciones contrarias al Reino de Dios. El Reino de Dios, tampoco tiene que ver sólo con aquello que nos parece “sagrado” versus lo que, habitualmente, se ve como profano. El Reino de Dios es total, porque el señorío de Jesucristo es universal. Y en el caso de este texto en particular, se aplica en la justicia del Rey que adoramos: justicia que se transforma en experiencia real en una vida que se entrega de manera total a Dios y en el no amoldarse a la cultura imperante (Romanos 12:1,2); en la alabanza al Señor vivo y verdadero y en el compartir con los demás lo necesario (Hebreos 13:15,16). Esa justicia hace patente la paz y la alegría que debe extenderse de la iglesia al mundo. Cuando Jesús plantea que la prioridad de la vida, de nuestras vidas, la debe tener el Reino de Dios nos está señalando principios que cotidianamente debemos aterrizar a nuestra existencia: 

a) Que la provisión y el cuidado de nuestra vida y de quienes nos rodean no vienen de nuestro esfuerzo sino del Dios de la vida, que produce en nosotros fuerza, entendimiento, capacidades, todo eso como dones de Él, para su gloria y el bienestar de nuestro prójimo; 

b) Que cuando centramos nuestros corazones en Dios, nos podemos deleitar en su cuidado que se traduce en verdadera paz, dejando de lado el afán que agobia y autodestruye. 

¿Por qué sustituir, entonces, el Reino de Dios por las cosas materiales, por los proyectos individuales, por los anhelos de ascenso social y profesional? ¿Por qué convertir tus estudios y trabajo, tus tiempos de familia y con amigos, en excusa para servir a Dios en la iglesia y en el mundo? ¿Por qué convertir las “añadiduras”, que son bendición de Dios, ya que sin Él no las tendríamos, en excusa para estar activos en la misión a la que Dios nos ha incorporado sólo por gracia? ¿Cuándo el Reino de Dios dejó de ser como el tesoro escondido y como una perla de gran precio por el cual existe deleite en trabajar hasta el cansancio gozoso (Mateo 13:44-46)? Cada vez que nosotros centramos nuestra vida en cosas materiales y proyectos individuales terminaremos chocando indefectiblemente contra el fracaso autodestructivo, porque sólo Cristo puede dar sentido a nuestra vida, alegría sin igual, esperanza que es certera. Las “añadiduras” por sí solas, disociadas de Dios, son vanidad, tal y como el predicador del Eclesiastés nos dirá acerca de la alta estima social, las riquezas, la juventud y la adolescencia, y respecto de todo lo que hay debajo del sol y sobre la tierra. Todo eso se destruye, perece o se acaba. ¿Te fijas en lo dañino que es sustituir al único Dios verdadero por cuestiones que sin Él no tienen sentido ni durabilidad?

¿Estás dispuesto a hacer tuyas estas palabras de Pablo, en su despedida a los presbíteros de Éfeso, antes de emprender su viaje final, aquél que le llevó al martirio: “considero que mi vida carece de valor para mí mismo, con tal de que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el de dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24, NVI). 

Oración: Amado Señor, te doy muchas gracias por todas las añadiduras que me das, ya sean relacionadas con el estudio y el trabajo, o con fuerzas y capacidades, o con la necesaria provisión para el hogar. ¡Todo lo que tenemos es tuyo! Por lo mismo, te pido perdón por todas aquellas veces que esas añadiduras se han convertido en la única realidad de nuestra existencia, reemplazándote con ellas a ti, el único que nos da vida, paz y esperanza. Que tu Espíritu nos capacite para mirarte sólo a ti y entender que nuestra vida carece de valor al lado del Reino de Dios y su justicia. Haznos ser instrumentos de ese Reino que es justicia, paz y alegría en el Espíritu. Por Jesús, nuestro redentor, amén.

Luis Pino Moyano.

Conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos: nuevos desafíos generacionales”.

Ponemos a su disposición el registro audiovisual  del conversatorio “Evangélicos y Derechos Humanos”, organizado por Corporación Sendas y realizado el día 14 de septiembre de 2018 en las dependencias de Sociedad Bíblica Chilena y patrocinado por Pensamiento Pentecostal y Pentecostals and Charismatics for Peace and Justice. Contó con la participación, en orden de presentación, de los ponentes Daniel Redel, Luis Pino y Luis Aránguiz.

El registro escrito de mi ponencia puede leerse haciendo clic aquí.

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Análisis de Teologías Políticas en Estudios Evangélicos.

Durante parte del primer semestre de 2018, la revista virtual Estudios Evangélicos estuvo publicando una serie de artículos sobre Teologías Políticas, otorgando insumos teóricos y analíticos que fortalezcan la reflexión  y el debate público de los evangélicos y, por supuesto, de otros lectores que trasciendan a ese espectro social. Los editores de esta serie de artículos se plantearon las siguientes preguntas: ¿Existe un canon de autores protestantes desde la cual pensarla? ¿Qué beneficios y riesgos presentan las distintas tradiciones cristianas de reflexión social?

Los artículos que forman parte de esta serie son:

Matthew Lee Anderson, “¿Puede haber una teología política evangélica?”. 

Luis Aránguiz, “Una imaginación redentiva: constantinismo y democracia en J. H. Yoder“.

Stanley Hauerwas, “¿Puede ser cristiana la democracia? Reflexiones sobre cómo (no) ser un teólogo político”.

Ignacio Cid, “¿Es posible la teología política en nuestros días? Esbozos de una respuesta”.

Manfred Svensson, “Cosmovisión y pluralismo. La mirada kuyperiana”.

Luis Pino, “La teología de la liberación a la luz de la gracia común. Una propuesta analítica”

Gonzalo David, “Nicholas Wolterstorff: Una respuesta neocalvinista al liberalismo de razón pública”.

Bradford Littlejohn, “¿Qué hay de malo con la palabra ‘cosmovisión’?”

La invitación es a leer, dialogar y discutir, y por supuesto, a difundir según sus propios intereses y lecturas. 

Reflexiones a 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

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“Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz” (Jeremías 29:4-7).

El profeta Jeremías, inspirado por el Espíritu Santo, escribe una carta a gente de su pueblo que se encontraba exiliada en Babilonia. Lo hace para contrarrestar a los mismos falsos profetas que habían señalado que no habría cautiverio, proclamando un mensaje artificioso de paz, y que ahora, buscando arreglar su mensaje y reputación, anunciaban que dicho tiempo de expatriación serían breves dos años. Jeremías no estaba dispuesto a palmotearle el hombro a nadie ni a actuar con temeridad inventando mensajes alejados de la voluntad de Dios, por lo que les señala con toda franqueza que el cautiverio duraría setenta años. Jeremías tiene el coraje de hablar con la verdad a personas que son víctimas del desarraigo, a personas que anhelaban volver a su tierra, y que desde un tiempo vivían bajo el dominio babilónico, ciudad-imperio que es símbolo de los imperios injustos, que están centrados en el pecado. No por nada, en Apocalipsis hay una alusión simbólica a “Babilonia, la grande”. Ya desde el contexto de la carta, hay una importante lección, que se profundizará con la lectura del fragmento que hemos colocado al comienzo: Aún en  medio de esa ciudad símbolo del pecado, la invitación no es a formar ghettos virtuosos de “gente como uno”, sino a un cristianismo activo y vital, que es sal y luz del mundo.

 “Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos”. Esta es una de las invitaciones más radicales de aceptación de la voluntad de Dios respecto del exilio en Babilonia. No se les invita a dejar de añorar su tierra. Se les invita a pensar en esta otra tierra, a la que deben amar y por la que deben trabajar para su cuidado y para el beneficio de los seres humanos y de la naturaleza (mandato cultural). La construcción de las casas, en este contexto, es el sometimiento a la disciplina de Dios. Es allí, en la ciudad ajena (peregrinos) que debe ser la propia (extranjeros), donde se debe desarrollar trabajo con distintivo cristiano, responsabilidad y excelencia, y en ese orden, para no perder el sentido de la vocación cristiana. El distintivo cristiano es la base de este prisma, pues nuestro énfasis para la vida en la ciudad está en la vida que se entrega para la gloria de Dios sin la parcelación de su existencia, lo que trasunta en buen testimonio o, en otras palabras, en la alegría de personas que se ven beneficiadas de tener hijos de Dios entre sus cercanos.

 “Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis”. De las cosas más bellas de la Escritura, es que siempre se nos vuelve la mirada al diseño divino. En este caso, estamos frente a la reiteración y recuerdo del mandato social: casarse y tener hijos. Las iglesias no sólo crecen por medio de la predicación del evangelio, sino también de manera orgánica, con familias que se constituyen sustentadas en el pacto matrimonial del cual Dios es garante y testigo fiel, y que fructifica con el nacimiento y la crianza de hijos. La familia es pieza clave del discipulado cristiano, la iglesia doméstica en la que esposo y esposa, padres e hijos, viven su fe de manera constante y cotidiana en el seguimiento de las pisadas del Maestro de Galilea, de quien todos los creyentes somos discípulos.

 “Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz”. Babilonia es el imperio que oprime, por ende, y sólo desde una lógica aparentemente humana, sus habitantes son los enemigos, el prójimo indeseable. Pero es en esa ciudad, que el pueblo de Dios es mandatado para buscar y orar por Shalom que se vive en la paz, justicia, vida abundante, y armonía social. No somos llamados a formar ghettos de gente virtuosa en la iglesia y la familia, ni fortalezas de censura que nos impiden ver el fruto de la gracia común que se manifiesta en la ciencia, la técnica, el arte, teniendo sumamente claro que es en el Reino de Dios donde radica el Shalom, y no en los “reinosde este mundo que perecen.Por lo tanto, es el pueblo de Dios el que debe hacer el trabajo de contextualizarse (que no es lo mismo que adaptarse pasivamente a la cultura). Se requiere para ello una sólida cosmovisión cristiana que permita saber qué se puede asumir, qué modificar y qué rechazar. ¿Cuánto trabajamos por el bienestar de la ciudad? ¿Cuánto oramos por el bienestar de la ciudad? Debemos orar “por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1ª Timoteo 2:1,2), aunque sean como Nerón. Y es la oración sustentada en la Palabra la que pone la agenda para la misión.

 Dicho esto, me permito algunas reflexiones:

 1) La misión no es tarea de pastores, misioneros transculturales, plantadores de iglesias y más. La misión es de Dios y por gracia toda la iglesia es incluida en ella. Toda la iglesia es, o debiese ser, misionera. Y es allí, donde debemos señalar que la tarea misional de la iglesia es compartir la buena nueva de Jesús y extender el reino de Dios, en cada esfera de la vida, por medio del trabajo. En otras palabras, cada miembro de la iglesia desarrolla la misión en su quehacer cotidiano anunciando-viviendo-haciendo. Hoy, 7 de junio de 2018 se celebran 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile, que tiene como hito la fundación de la Iglesia Santísima Trinidad (la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago), lo que marca un muy buen momento para pensar la misión en la ciudad.

 2) ¿Cuáles son nuestras preocupaciones hoy? Los pastores Carlos Núñez y Horacio González, en un texto del año 1935 titulado “Nuestra situación presbiteriana”, dijeron:

“El evangelismo no se preocupó por el mejoramiento efectivo de las vidas individuales; sólo se preocupó de alcanzar grandes cantidades de personas, y para lograr esto muchos evangelistas empleaban métodos más bien expectaculares [sic] que espirituales. La extensión evangelística consumió grandes sumas de dinero y rebajó valores éticos, dando en muchos casos la importancia a los valores monetarios, y llegó a relegar a último término la noción de la justicia social en favor de conseguir fondos para la expansión eclesiástica[1].

La crítica que ellos realizan en este punto, tiene que ver con esfuerzos voluntaristas que sólo tenían la intención de proselitar nuevos creyentes, sin preocuparse de sus realidades ni lo que ellos pensaban y sentían. A su vez, denota con claridad, que la preocupación por la justicia social no es exógena al presbiterianismo. Lo realmente exógeno al presbiterianismo, como teología y “sentido de la vida” (en la cara expresión de Mackay), es separar la iglesia del mundo, cosa que con toda claridad no hicieron quienes nos antecedieron en las filas del presbiterianismo chileno. Ejemplos del esfuerzo misional con impacto en la sociedad fueron las Sociedades del Esfuerzo Cristiano (con su énfasis en el activismo evangelizador y en la educación bíblica), junto con la Escuela Popular fundada por Trumbull, los colegios ingleses, los dispensarios para huérfanos,las ligas de intemperancia, y la Maternidad Madre e Hijo (fundada en 1927). También puede relevarse, el trabajo de difusión periodística en “La Piedra viva, verdadera y divina” que tuvo como redactores a Trumbull e Ibáñez, y “El Heraldo Evangélico, o “El Heraldo Cristiano” (cuando se fusionó con la revista metodista “El Cristiano”), en las que habían abundantes páginas respecto al acontecer noticioso de Chile y el mundo, junto con análisis de contingencia. Nuestros hermanos entendieron con suma claridad que no hay separación entre trabajos sagrados y trabajos seculares, todos nuestros trabajos deben y pueden ser hechos para la gloria de Dios.

 3) Hemos señalado, en el punto anterior, que que no hay trabajo más importante o sagrado que otro. Pero esa misma declaración implica que debemos tener la noción que la labor de los presbíteros docentes o pastores, no es un trabajo de menor valía y esfuerzo. No es oficio de segunda categoría como para ser abordado peyorativamente o tenerlo sin consideración. Gálatas 6:6 dice con toda claridad que “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye”. No dejemos nunca de ser agradecidos de quienes con esfuerzo nos enseñan la Palabra de Dios, animan, amonestan y oran por nosotros, cumpliendo su labor de pastorear la grey de Dios. Un ejemplo de la labor tesonera de nuestros pastores queda ilustrado en las palabras del pastor David Trumbull, dirigidas al Rev. José Manuel Ibáñez Guzmán, primer pastor protestante chileno y el primero de habla castellana en América Latina, el día de su ordenación el 1 de noviembre de 1871, en la Iglesia Santísima Trinidad. Trumbull señaló:

“Desde ahora tu obra de vida ha de ser la predicación; en discursos públicos –por la palabra pronunciada viva voce-; en explicaciones particulares; -en la administración de los Sagrados Sacramentos; en amonestaciones y el ejercicio de la disciplina de la casa del Señor; -en actos caritativos y buenas obras; – tendrás el insigne privilegio de presentar continuamente al Hijo y Cordero de Dios ante la atención de tus semejantes. / Tienes que trabajar como un representante de la Iglesia libre en país libre, y a la misma vez inculcar todos los santos deberes de la religión; oponiéndose al indiferentismo irreligioso y a la tiranía eclesiástica; luchando tenazmente con los que prohíben la lectura de los Santos Evangelios, y con los incrédulos. / Predica, pues, la palabra aquí en el centro de la vida intelectual de Chile; insta a tiempo y fuera de tiempo; reprende, ruega, amonesta con toda paciencia y doctrina. Pon tu confianza en el mensaje porque es divino, del cielo. / Con nada menos debemos contentarnos; nada más podemos apetecer. De tales obreros evangélicos la nación chilena tiene necesidad; de tales predicadores la Iglesia chilena tiene necesidad. A ti te cabe, mi hermano, el honor de ser el primero, bendiga Dios lo que hoy se hace para que no seas el último, sino que cien veces más esta grata ceremonia sea repetida hasta que el pueblo del Señor tenga pastores verdaderos según su corazón que lo apacentarán con la divina ciencia y doctrina”[2].

El trabajo pastoral es sumamente arduo, y requiere de acompañamiento, amistad, colaboración. Es una responsabilidad enorme, sobre todo en lo que implica la predicación recta y fiel de las Escrituras, como también, la asesoría-consejería de la hermandad. La Biblia nos reporta el deber de reconocer esta labor, cuando Pablo le dice a Timoteo: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar” (1ª Timoteo 5:17).

 4) La iglesia, en la sólida distinción reformada de sus esferas institucional y orgánica (los creyentes esparcidos en el mundo), puede y debe trabajar asistiendo, educando y reformando la sociedad según sea su caso. Produce profundo gozo ver iglesias presbiterianas en nuestro país generando espacios de capacitación bíblica y cosmovisional, instancias de acogida y asistencia de inmigrantes, levantando ferias de servicio que hacen que juntemos nuestras manos para aportar desde las vocaciones que Dios nos ha dado, levantando preuniversitarios gratuitos como en Concepción, o a hermanos de nuestras filas trabajando en cárceles o siendo invitados a ser expositores en espacios universitarios. Produce gozo porque es la iglesia movilizándose a ser para los de afuera, trabajando con esfuerzo para que Dios sea glorificado, sometiéndonos a la voluntad de Dios y descansando en Él. Esto no excluye la predicación del evangelio ni la plantación de nuevas iglesias, en las que con pasión por Cristo muchos estamos trabajando. Muy por el contrario, son puentes que acercan el evangelio. Muestras concretas del amor que Dios produce en los hijos salvados y amados por él. Quedan por delante las tareas de reforma, que por su carácter no deben ser ejercidas por la iglesia institucional sino por la iglesia orgánica. Se requiere creyentes que lo sean a cabalidad en las instituciones públicas o privadas en las que ejerzan sus labores, con una alta ética cristiana que aterriza los principios bíblicos a sus labores en el mundo. Recientemente, el pastor Manuel Covarrubias señaló en el Servicio de Acción de Gracias del año 2017:

“Como evangélicos y fundados en las Sagradas Escrituras, por cierto tenemos que respetar el derecho de cada persona, y defender la libertad de conciencia, porque viviendo en una sociedad plural también reclamamos el derecho a que nosotros podamos decir y pensar libremente fundados en las Sagradas Escrituras. […] La invitación, cuando estamos celebrando el aniversario patrio, es a que el pueblo chileno, cada persona, desde el que no tiene ilustración al que tiene mayor ilustración, sepa que solamente en Cristo Jesús está el fundamento para una vida de justicia, de verdad y de amor”[3].

Todas nuestras tareas deben tener a Cristo como lo que es: rey y soberano de todo: el mundo, la iglesia, la familia y de nuestras vidas. Por ende, todo lugar es campo de misión. A 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile hacemos bien en no olvidar esto.

 No puedo concluir estas líneas sin una nota personal. Estoy muy emocionado y feliz por ser parte de las filas del presbiterianismo. Si bien es cierto, he caminado en los últimos ocho de los ciento cincuenta años, me siento heredero de toda esta larga vida y tradición. Esto, por el cariño, acogida y acompañamiento de pastores, colegas presbíteros y hermanos y hermanas con los que hemos trabado, también, amistad; por la posibilidad de aprender en la comunidad y de servir, en mi paso por la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, en la Iglesia Refugio de Gracia (avanzada de la 5ª Iglesia de Santiago en Maipú) y hoy, en el trabajo colaborativo con la 10ª Iglesia de Santiago, como también en el trabajo con los jóvenes del Presbiterio Centro y en el Seminario Teológico Presbiteriano, ¡nuestro seminario!, en el que he sido beneficiado en mi labor como estudiante y como profesor asistente en el área de la historia eclesiástica. Estoy emocionado y feliz porque estos ocho años son de una densidad histórica de profundas y significativas experiencias, en las que claramente he sido beneficiado, y de las que estoy profundamente agradecido. Emocionado y feliz, porque fue acá, por medio de la predicación fiel y relevante, que volví al hogar del evangelio, sólo por la obra del Espíritu Santo. Mi compromiso, esfuerzo y fidelidad, con la ayuda del Señor y Redentor Jesucristo, a esta comunidad de creyentes de la que soy miembro, la Iglesia Presbiteriana de Chile.

 Que cumplamos muchos años más, predicando el evangelio, viviendo en la fraterna amistad la fe, y extendiendo el Reino de Dios en cada esfera de la vida, hasta que nuestro Señor Jesucristo vuelva. Y sí, como siempre: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad” (Salmo 115:1).

 Luis Pino Moyano.

Puente Alto, 7 de junio de 2018, en ocasión del sesquicentenario de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

 


[1] Carlos Núñez y Horacio González. Nuestra situación presbiteriana. Santiago, Bureau Gráfico, agosto de 1935, p. 7. Disponible en la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile (revisada en junio de 2018).

 

[2] “Ordenación”. En: La Piedra viva, verdadera y divina. Nº 21, Año II, Valparaíso, 16 de noviembre de 1871, pp. 57-59 (la cita recoge fragmentos de la alocución de Trumbull).

 

[3] “Servicio de Acción de Gracias”. En: Canal de Youtube Jotabeche. Minuto 2:26:22 (revisada en junio de 2018).

De abuso en comunidades eclesiales, machismo que mata, bullying que agobia…

El tema sacude nuestro noticieros y redes sociales y, desde luego, amerita más que nuestras reflexiones. Estos días, en mi tarea de profesor, he procurado conversar el tema en la sala de clases, intentando trabar un nexo entre las denuncias de abuso sexual, espiritual y de conciencia al interior de la Iglesia Católica chilena que, huelga decirlo, ha tenido una notable respuesta, hasta el momento, de parte de Francisco; y la violencia machista denunciada por mujeres y hombres en las universidades, violencia que abarca múltiples expresiones lamentables, desde femicidio, pasando por el abuso y el acoso sexual, hasta la falta de paridad en las remuneraciones y acceso al trabajo asalariado. Todo esto, cuando el día de ayer nos encontramos con la triste noticia del suicidio de Katherine Winter, estudiante secundaria, que llevaba soportando por largo tiempo el horror del bullying.

 Terribles y horrorosas experiencias se cuentan por miles, cada una con la particularidad de lo vivido por cada persona, narradas desde la subjetividad, y con los distintivos de la esfera en la que se produjo. Pero estoy convencido, que aquí el gran elemento común tiene que ver con el poder. No el poder per se, sino que el ejercicio abusivo del mismo. Esa horrorosa idea que hace entender a personas, según la cara metáfora de George Orwell en “Rebelión en la Granja”, que son “animales más iguales que otros”. Lo que podemos ver, de manera transversal, en cada uno de estos casos es la condición de asimetría, la desigualdad más férrea, que se expresa en perjuicio del que aparece inferior, minusvalorado o más débil. No es sólo la sotana o un uniforme, basta una cotona de color distinto, o una credencial con un cargo diferente, o simplemente una ensoñación, para que un sujeto se sienta de más valor, olvidándose que está frente a un ser humano igual en dignidad, del que se debe presuponer la respetabilidad. He ahí la banalidad del mal de la cual hablaba Hannah Arendt, en el sentido de sujetos que actúan disociando su razón de la voluntad, no reflexionando, constreñidos y/o legitimados por un sistema que les fortalece en la acción que mata la vida de los otros, literal y simbólicamente hablando, sin ningún mínimo ético que permita pensar en los fines que se conseguirán con determinados medios.

 Enfermar o deshumanizar a los victimarios reduce cualquier posibilidad de acción. Evidentemente, hay personas que requieren tratamiento y terapia, pero hay otros, la mayoría de los otros, que simplemente aprovechándose de la asimetría de su posición abusan voluntariamente. Arendt, y más adelante Stanley Milgram con su discutido experimento, pusieron delante de nosotros en bandeja que nadie (ni él, tú ni yo) estamos exentos de abusar. Timothy Keller, señala: “llamar a los nazis ‘menos que humanos’ o ‘diferentes a nosotros’ es, en realidad, el mismo razonamiento que llevó a los nazis a cometer aquellas atrocidades inimaginables. Ellos también pensaban que ciertas clases de personas eran menos que humanos y que estaban por debajo que ellos. ¿Realmente queremos negar nuestra humanidad en común? ¿Queremos llegar a las mismas conclusiones que llegaron ellos? Gran parte de los nazis y de los millones de personas que fueron guiados por ellos no eran monstruos con colmillos. Hannah Arendt, viendo a Eichmann durante el juicio, reportó para el New Yorker que por ningún motivo era un psicópata, que no mostró odio ni enojo. Al contrario, dijo que era un hombre ordinario que quería vivir su vida. Ella llamó a esto como ‘la tribialidad de la maldad’. La maldad acecha en el corazón de todos los seres humanos ordinarios”[1].

 Quizá lo más grave sea que enfermar o deshumanizar nos impide reeducar. Nos impide entender que todos los seres humanos debemos ser educados con la conciencia de derechos que por su sola formulación son deberes. Nos impide entender a los hombres que no somos más viriles por pisotear la dignidad de las mujeres, inferiorizándolas o, derechamente, maltratándolas. Nos impide entender que las personas que están bajo nuestra responsabilidad o autoridad, según sea el caso, son tan personas como uno, no máquinas ni ganado… ¡personas! Sujetos de derecho, libres e iguales, más allá de lo que piensan, creen, o de sus lugares de origen, su clase social o su género. Nos impide entender, a quienes somos creyentes, que el otro es tan “imagen de Dios” como yo, y que por lo tanto, se trata de un hermano o hermana del que tengo el deber de edificar con mi palabra y acción[2]. ¡Necesitamos con urgencia ser reeducados! Reeducados para no violentar a los otros. Reeducados para eliminar de nuestro vocabulario conceptos en femenino para ofender o tratar peyorativamente a los demás. Reeducados para ocupar nuestras redes sociales con inteligencia, y ponderando el daño que podemos causar con facilidad y publicidad a los demás. Reeducados para no genitalizar todas nuestras relaciones humanas con el sexo opuesto o el propio. Reeducados para que el poder sea entendido desde la responsabilidad y no desde la asimetría. Reeducados para empatizar con las víctimas de abuso y no cuestionar su testimonio de buenas a primeras, olvidando que la víctima encerrada en el círculo de la violencia puede llegar a ver al victimario más bello, poderoso, inteligente que él o ella.

 Hay una escena potente en la película Spotlight cuando los periodistas logran percibir, en medio de la vorágine de su investigación que no era uno ni eran trece sacerdotes los abusadores, sino más de noventa. Uno de ellos cuestiona esta información ante la ausencia de denuncia. A lo que uno de ellos responde: “como buenos alemanes”. Esto, que podría ser ofensivo, no tiene la idea de tratar discriminatoriamente a los alemanes, sino recordar, que muchos de ellos fueron obsecuentes ante el discurso y la acción del nazismo. Tanto como los argentinos que  celebraban el triunfo en el Mundial de 1978 a pasos de la ESMA, o los chilenos que cantaban “Libre” con Bigote Arrocet, cuando lo que menos había en el país era libertad, y como tantos otros casos en los que el silencio y la falta de empatía ha marcado la tónica. No se tiene que haber sido violentado para solidarizar. Basta ver al otro como un ser humano. No hay educación para la paz, sin educación para la justicia. Eso que fue relevado por Paulo Freire, tiene su asidero bíblico en las palabras del profeta Isaías cuando dice que: “La justicia producirá paz, tranquilidad y confianza para siempre” (32:17).

 Que el horror nos movilice a procurar cambios. Que el Dios de la vida nos ayude para ello.

Luis Pino Moyano.

 


[1] Timothy Keller. Encuentros con Jesús. Colombia, Poiema Publicaciones, 2016, pp. 68, 69.

[2] Esto lo trabajé con mayor detención en el post ¿Por qué quienes trabajamos en iglesias debemos ver El bosque de Karadima”?

Sólo a Dios la gloria.

 

“No somos nosotros, Señor, no somos nosotros dignos de nada. ¡Es tu nombre el que merece la gloria por tu misericordia y tu verdad!” (Salmo 115:1, RVC).

El salmista, hablando en plural, no como un simple vocero, sino como aquel que dirige el pueblo de Dios nos invita al acto fundamental de la vida de quienes somos creyentes, tal y como señala el Catecismo Menor de Westminster, “glorificar a Dios y gozar de Él para siempre”. Dios no se compara a nada ni nadie. Ni a ídolos que no tienen poder (vv 4-7) ni mucho menos a nosotros, semejantes a esos ídolos inservibles e impotentes (v. 8), cuando ponemos la vista en nuestro ombligo, haciendo que todo en la vida gire en torno a nosotros, olvidándonos de Dios y de nuestro prójimo. El “no somos dignos de nada”, no es falsa humildad, ni simple balbuceo de una fórmula litúrgica que dicha mecánicamente parece un “abracadabra”. “No somos dignos de nada” es el reconocimiento de nosotros mismos ante la majestad, santidad, poder, justicia, amor, fidelidad del Dios Todopoderoso, vivo y real. Es Dios quien merece la gloria por quién es Él y por todos sus hechos, marcados por la misericordia y la fidelidad (esa es la idea de “verdad” en el hebreo). “No somos dignos de nada”, pero lo tenemos todo, porque cuando glorificamos a Dios marcados por la alegría de ser amados, teniendo la bendición de conocerle en la relación que Él dispuso y posibilitó con el sacrificio de su Hijo, y dotándonos de sentido y esperanza acrecentada por la guía constante del Espíritu que nos llena con su poder, no necesitamos nada más. En Cristo estamos completos (Colosenses 2:10).

“Soli Deo Gloria” era la expresión latina con la que firmaba sus partituras Johann Sebastian Bach, la misma que años después se transformó en uno de los cinco emblemas que sintetizaron las principales ideas de la Reforma Protestante, de la cual este año se celebran 500 años. Soli Deo Gloria es una declaración teológica, pero por sobre todas las cosas es un principio de vida, que cotidianamente debe ser aterrizado a la realidad. Soli Deo Gloria en el culto que no está centrado en emociones ni en nosotros mismos, como si fuese un producto a consumir, sino que por el contrario basándose en la Palabra y con una espiritualidad gozosa y celebrativa, adora a Dios en espíritu y en verdad. Soli Deo Gloria, en la predicación que no busca la fama ni el palmoteo en el hombro, sino que se goza en la proclamación fiel del evangelio y en que la gente salga hablando más de Cristo que de la elocuencia florida del expositor de turno. Soli Deo Gloria en la lectura y escucha ávida de la Biblia, de la enseñanza y la predicación, porque todo eso es alimento para nuestra vida. Soli Deo Gloria, en la misión, porque ella es de Dios, porque nos incluye en ella por gracia, y porque su finalidad es que de todos los pueblos de la tierra vengan personas a adorarle por medio de la acción que el Espíritu Santo hará en sus vidas. Soli Deo Gloria, en el matrimonio que vive los mandatos para esposos de amar a sus mujeres y para esposas de respetar a sus maridos. Soli Deo Gloria, en los padres y madres cuyo clamor de “a mis hijos los educo yo” es más que un eslogan vacío de sentido, sino una realidad, haciendo del hogar el primer centro de discipulado, en el que desde la más temprana infancia los vástagos de la familia son llevados a Cristo. Soli Deo Gloria, en tu trabajo hecho con dedicación, excelencia, responsabilidad y con distintivo cristiano, llevando alegría y edificación para los demás. Soli Deo Gloria, en la agenda de tu vida controlada hasta el final por el Señor que la da y la quita. Soli Deo Gloria es algo que se dice, y debe decirse con mucha fuerza. Soli Deo Gloria es algo que se vive. Es parte de la Reforma que no sólo debemos celebrar en sus 500 años, sino vivir hoy, mañana y hasta que el Señor venga.

¿Es Soli Deo Gloria el principio rector de tu vida? ¿No lo es? ¿Qué esperas para arrepentirte, mostrar ante Dios tu vulnerabilidad y mendicidad perpetua ante Él? ¿Por qué no comienzas orando con la ayuda de tu Biblia, dicendo “No somos nosotros, Señor, no somos nosotros dignos de nada. ¡Es tu nombre el que merece la gloria por tu misericordia y tu verdad!”?

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, octubre de 2017.