[Registro Audiovisual] Coloquio “Una Fe Pública”.

El sábado 14 de septiembre realizamos un coloquio titulado “Una Fe Pública. La vigencia del pesamiento reformacional de A. Kuyper, H. Dooyeweerd, N. Wolterstorff, B. Goudzwaard y A. Plantinga”. La actividad fue maravillosa y tuvo aspectos sorprendentes. Comenzaba a las 9:00 hrs. de un día sábado, previo a una de las festividades más importantes del país. No obstante, unas cuarenta personas se acercaron a las dependencias del Centro de Literatura Cristiana, en Amunátegui 57 de Santiago, ávidos de aprender en el diálogo sobre pensamiento reformacional. De verdad, emocionante. Con gran alegría podemos decir que éste es el comienzo de varias cosas que vendrán, con la ayuda del Señor de todo. 

Comparto acá los vídeos de las dos mesas de ponencias:

  • La primera mesa abordó a dos pensadores clásicos del neocalvinismo: Abraham Kuyper y Herman Dooyeweerd, con ponencias mía y del Pr. Jonathan Muñoz. 

 

 

Opción de escuchar audio:

  • La segunda mesa abordó a pensadores más recientes: Gonzalo David habló sobre Nicholas Wolterstorff, Javiera Abarca sobre Alvin Plantinga y Luis Aránguiz sobre Bob Goudzwaard. 

 

 

También puede escucharse el audio:

Estén atentos a la página de Estudios Evangélicos y a su red en Facebook, pues se seguirán compartiendo artículos sobre esta temática e informando de nuevas instancias de reflexión que rescata y lee para el presente la propuesta reformacional.

 

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* Los podcast pueden escucharse y ser descargados desde la plataforma Ivoox, haciendo clic aquí.

Sí ministra Cubillos, el paro es político.

Me cuesta entender que la ministra de educación, Marcela Cubillos, no comprenda, o no quiera comprender, la naturaleza política de la educación. Sobre todo, cuando ella ha convertido ha convertido al MINEDUC en una cartera de destrucción masiva. Nunca antes, en mis diez años como profesor, había recibido tanto correo spam de un ministro. ¿Y cuáles son los temas de dichas misivas? “Aula segura” y “admisión justa”. Todos temas eminentemente políticos y no técnicos ni sectoriales. 

Claramente, quienes nos desempeñamos en la esfera de la educación queremos aulas seguras, pero ese tipo de sala o establecimiento educacional no lo mejora una nueva ley, porque ninguna ley tiene el poder para cambiar la conducta de las personas, sino otros esfuerzos que tienden a la mejora de la calidad de vida de las personas. Además de eso, si los colegios añaden indicaciones en sus protocolos de convivencia que pueden señalar causales de expulsión de estudiantes, sumado a que en el país ya existe una ley de control de armas, es innecesario aumentar el cuerpo legal. Y, por otro lado, la “admisión justa” en el país de Penta, SQM y Caval claramente es aquella que elimina la selección. Si hay algo que es consecuencia evidente del sistema neoliberal es que dificulta las posibilidades del ejercicio meritocrático, toda vez, que la educación no asegura en ningún término el ascenso social ni el desarrollo de labores a las que se estudió. La idea de nuestros familiares que nos motivaban a tener “un cartón” para construir un mejor futuro quedó olvidada en el baúl de los recuerdos del país de la colusión. 

El mejor ejemplo de lo último son los colegios emblemáticos. ¿Puede ser emblemático un colegio que sólo tiene agua fría en sus camarines, no tiene las resmas de papel suficientes para imprimir pruebas y cuya infraestructura tiene daños permanentes en el tiempo y sin arreglo? Los emblemáticos y las emblemáticas son los estudiantes, pues son ellos quienes desarrollan conocimientos y habilidades, y tienen el anhelo de estudiar. A cualquier docente se le facilita el trabajo con estudiantes que tienen una predisposición a estudiar. Las instituciones no son “faro de luz” por sí mismas si no cuentan con personas que sostengan esa posibilidad. Ergo, equiparar las condiciones de estudio produciendo inclusión y no mayor segregación, junto con entender que existen distintos tipos de conocimientos y formas de aprehender la realidad, posibilitarían el reconocimiento del mérito, que es imposible de medir con calculadoras, y sobre todo cuando las condiciones reales y concretas de estudiantes son tan disímiles. 

Entonces, una ministra que ha recorrido el país y ha bombardeado con sus discursos y misivas eminentemente políticas, tenga el desparpajo de manifestar en la escena pública que ella no logra ver posibilidades de diálogo cuando los actores tienen reclamaciones políticas, es de suyo una incoherencia discursiva y práctica. Porque la educación es un acto político. Lo es desde que se entiende la necesidad de la educación obligatoria en la resemantización del modelo prusiano de la mano de Valentín Letelier. Lo es, también, cuando se comprendió que “gobernar es educar”, en el emblema de Pedro Aguirre Cerda y el conjunto del radicalismo chileno. Lo es, también, cuando en el gobierno de Eduardo Frei Montalva se desarrolla la única reforma educacional chilena que ha contado con el apoyo de la UNESCO, porque entiende que los procesos cognitivos van de la mano con variables biológicas y etarias, porque desarrolló la educación desde el entendimiento de la política de promoción popular, cuyo símbolo fue el uniforme escolar que producía la idea de igualdad (hoy, cada colegio con su uniforme propio, y en la competencia de estilos y telas, simplemente es símbolo de la siutiquería). Lo fue también durante el gobierno de Allende, cuando en su vilipendiado proyecto de Escuela Nacional Unificada (por algunas justas razones), buscaba fomentar la educación permanente con un vínculo altamente social desde la matriz de la pedagogía crítica. Si la educación no fuese un hecho político no habría MINEDUC, ni Superintendencia de la Educación, ni Ley General de la Educación (que sustituyó la LOCE dictada por Pinochet poco antes de dejar el gobierno) y tampoco los contenidos mínimos obligatorios serían ley.

Por todo ello, el paro docente es eminentemente político. Porque se reclama contra el desconocimiento de la deuda histórica, de la que colegas han muerto esperando su pago; porque se protesta contra un sistema de doble evaluación de sujetos que somos profesionales y que somos evaluados todos los días en establecimientos educacionales por autoridades ad hoc (léase dirección, jefes de UTP, coordinadores de área, pares y hasta estudiantes); porque estamos aburridos que los cambios curriculares se hagan en camarillas secretas bajo la lógica decimonónica de “ciudadanos connotados”, sin considerar a quienes estamos horas en el aula, y sabemos de los tiempos reales y efectivos en ella. 

Este es un paro eminentemente político, porque es una decisión política que avanza en la larga duración, con pequeñas fisuras en nuestra historia, el que a las y los docentes no se nos considere “expertos de la educación” y sí a unos mercanchifles que viajan por el mundo para copiar y pegar modelos de otros países, sin copiar y pegar el país donde se originó el modelo y las condiciones de vida del mismo, que lo único que buscan es redituar. El ninguneo al profesorado chileno es indignante, porque no somos culpables de un sistema que nos sobrepasa y agobia, y porque estamos hartos de ser punta de lanza y chivo expiatorio de la ignorancia supina de quienes se mueven bajo lógicas electoralistas en la política analfabeta de “la copia feliz del Edén”.

Sí ministra, el paro es político porque aspiramos a una educación que viva e impacte en la sociedad, y que no pierda nunca la posibilidad de soñar un país…

Luis Pino Moyano.

[Educación] Herramientas de trabajo para estudiantes.

Del tiempo que llevo trabajando como profesor me he dado cuenta que uno de nuestros grandes problemas prácticos, sobre todo a la hora de evaluar a estudiantes, radica en presuponer que éstos saben realizar los productos que les pedimos. Y ahí hay un craso error. Los/as estudiantes aprenden, en muchos casos, lo que se pide luego de la primera evaluación de un producto tal (eso, si es que hay una adecuada retroalimentación). 

Entonces, la solución a este problema pasa por explicitar lo que se requiere, inclusive dando a conocer criterios y hasta rúbricas de evaluación. 

En ese entendido, he trabajado en el tiempo, con mis estudiantes algunas clases en las que hemos conversado respecto de conocimientos y habilidades a la hora de trabajar, en mi caso particular, desde la historia, las ciencias sociales y el estudio del hecho religioso en el tiempo. Dispongo las diapositivas de dichas conversaciones, que hablan sobre cómo leer textos académicos, qué se espera de una disertación, sobre metodología de la investigación y sobre análisis fílmico. Úsalas para ayudar a tu trabajo docente o estudiantil, según sea el caso, para motivarte a estudiar más respecto de este asunto práctico, y producir tus propias herramientas.

¿Cómo leer textos académicos?

Metodología de la investigación.

Disertar. Cosas a tener en cuenta.

Análisis cinematográfico.

Cordialmente, Luis Pino Moyano.

[Reseña de libros] De apologías y combates. Una lectura a Bloch y Febvre.

  • Marc Bloch. Apología para la historia o el oficio del historiador. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2001*.
  • Lucien Febvre. Los combates por la historia. Barcelona, Editorial Ariel, 1986.  

Estamos frente a dos libros que podríamos definir como clásicos de la historiografía,  escritos por dos exponentes que, a la vez, fueron fundadores de una de las escuelas de la disciplina más importantes en el siglo XX, la Escuela de los Annales. Si bien es cierto, hay diferencias en el contexto de enunciación [1], ambos textos son una declaración de propósitos y sentidos de la disciplina. Responden al qué, cómo y para qué de la historia, blindándola con una férrea armadura. Más que una filosofía de la historia, entregan herramientas para el trazado de un plan para el trabajo investigativo. Ese sentido metodológico es claramente establecido por Febvre cuando, en vez de definirse como un filósofo de la disciplina, se define a sí mismo como un “práctico de la historia”. Este concepto, se hace extensible a Bloch. Es por ello que, más que proclamar leyes, están registrando sus experiencias que sirven como reservorio para quienes hacen sus primeras armas en la historiografía, como para aquellos que porfían en la realización del oficio de contar pasados-presentes, en tanto, con la producción que piensa y hace la historia, están construyendo escuela. En las siguientes líneas, haré una lectura cruzada de los textos, terminando con algunas reflexiones. 

Ambos historiadores franceses tienen un profundo sentido de lo vocativo a la hora de llevar a cabo el quehacer historiográfico. El trabajo, para Bloch, debe “entretener”, debe producir “goce” y, en palabras de Febvre, debe “gustar”, porque si no produce una disociación entre la vida y el trabajo, lo que produce tedio. Los historiadores no dudarán en declarar, en variadas ocasiones, que el trabajo conlleva un compromiso activo, es arrojarse a la vida, que no sólo es propia, sino eminentemente social. Y eso conlleva al sujeto histórico, que, a la vez, es el objeto de estudio: los hombres. Allí donde “se huele carne humana” [2], allí donde está presente la acción transformadora de los hombres, donde está, no sólo la muerte, sino también la vida [3], se encuentra la principal preocupación historiador. Es clave, un hecho que releva Febvre, al señalar que al hombre como uno que hace, dando cuenta del carácter económico-social del estudio. Lo que es sólo eso. Un carácter. En tanto sólo hay historia a secas, la totalidad [4]. Y cuando hay fragmentación, ésta tiene un sentido. Dice Bloch: “La ciencia no descompone lo real sino con el fin de observarlo mejor, gracias a un juego de luces cruzadas cuyos rayos constantemente se combinan e interpenetran. El peligro comienza cuando cada proyector pretende verlo todo por sí mismo; cuando cada cantón del conocimiento se cree una patria” [5]. No sólo debe ser perdida de la vista la totalidad, lo “macro”, sino también la “duración”, categoría analítica que es el germen del concepto clave braudeliano de longue durée. Es el tiempo, el elemento característico de la historiografía. De hecho, tanto Bloch como Febvre notan ya la existencia de tiempos largos y cortos. Bloch hablará de civilizaciones y generaciones, respectivamente, para cada tiempo [6]. Ahora bien, en el tiempo, y rompiendo con el carácter constante e indefinido que había adquirido la idea de progreso, para ambos historiadores, el tiempo no sólo presenta continuidad, sino también movimiento. Febvre no dudará en decir que “vivir es cambiar” [7]. 

En términos epistemológicos, en tanto fundadores de Annales, rompen con el positivismo y con el historicismo, y la producción de textos que, al decir de Febvre, son “papayísticos”, en tanto se dedican a repetir lo que las fuentes dicen. Por otra parte, ambos enfatizarán en el carácter interdisciplinario de la producción historiográfica. Es decidor el concepto ocupado por Febvre, cuando señala que el conocimiento está en las fronteras. A su vez, se recoge la aportación que hizo Einstein a la física, al dar cuenta de la relatividad, la que ha puesto en crisis la vieja manera cientificista. En ese sentido, no se puede seguir pensando la ciencia de la misma manera luego de la revolución de sus estructuras, tomando prestado el caro concepto de Kuhn. Aunque, por su parte, hay matices de diferencia a la hora de pensar en el estatuto epistémico de la historiografía. Bloch no dudará en decir que se trata de una ciencia. Febvre dirá que es un estudio científicamente elaborado. La razón que dan ambos para justificar su definición es similar. Se ocupa un método científico que permite problematizar y generar hipótesis. Pero dejan de lado cualquier posibilidad de que la historia se erija como juez, y le quitan toda capacidad predictiva y para establecer leyes. Son los historiadores sujetos cognoscentes que están activos en relación al objeto que estudian. Como ciencia se busca aprehender y, fundamentalmente, comprender, “lo real”, y dicho acercamiento es objetivo. Pero esa objetividad está mediada por dos razones. La primera es que el historiador conoce y se embarca en la tarea hermenéutica de comprender a partir de preguntas. Este elemento es central en el análisis de Febvre, cuando en múltiples ocasiones señala que “elaborar un hecho es construir. Es dar soluciones a un problema, si se quiere. Y si no hay problema no hay nada” [8]. El historiador siempre elige y recrea sus materiales, puesto que “cuando no se sabe lo que se busca tampoco se sabe lo que se encuentra” [9], citará Febvre. Esto adquiere una radicalidad relevante, pues el historiador hace sus preguntas desde el presente. Si bien es cierto, esto se encuentra en ambos, será Bloch quien enfatizará en esto, proponiendo un método que lea al revés. Esto tiene como causa el hecho de que el pasado se debe estudiar a partir de lo que se conoce. La ruptura con el positivismo decimonónico es estructural. Ahora bien, hay que insistir en que se trata de objetividad mediada. El hecho de que exista abstracción, no conlleva a la arbitrariedad. De hecho, tanto Bloch como Febvre se harán parte de la disputa lingüística, señalando que los conceptos son históricos, son testimonios (susceptibles de crítica), por ende, cuando se instala un concepto del presente en el pasado, se coloca un molde que lo altera, que produce la peor falla del historiador: el anacronismo. No hay que olvidar que se trata del estudio de los seres humanos en el tiempo. 

En cuanto al elemento metodológico, hay dos cuestiones centrales. La primera, es que la tarea comprensiva es una tarea activa, donde el historiador elige, clasifica, analiza, se encuentra con otros hombres, donde está presente la imaginación [10]. En palabras de Febvre es “clarificar, simplificar, reducir a un esquema lógico perfectamente claro, trazar una proyección elegante y abstracta” [11]. ¿Qué es lo que se critica y analiza? No sólo documentos, sino que toda huella material que pueda testimoniar la acción de los hombres en el tiempo [12]. El historiador no se resigna ante las dificultades que se presentan para el acercamiento al objeto de estudio. Su trabajo, en palabras de Bloch, es como el de un obrero o el de un artesano que es incansable en su producción. 

sUn elemento que queda en la pugna es el carácter político de la historiografía. En Febvre es clara la renuncia a lo político, en tanto oscurece el estudio del objeto de estudio, como dirían pensadores posteriores de Annales, entenebrece bajo el humo de las barricadas. En una ocasión este historiador señala que: “y que yo sea trotskista, stalinista, papista o budista ¿a usted qué le importa? Cuando yo hago historia, soy historiador” [13]. Y, señalándole a sus alumnos, que el día que le hagan un homenaje ojalá se diga de él que “en la historia sólo vio la historia, nada más” [14]. Como lector tiendo a dudar de esta apoliticidad, puesto que en la retórica de la no-retórica siempre hay una retórica. No hay posibilidad de neutralidad. Además, si bien es cierto, se cuestiona en Febvre, como en Bloch, la idea de progreso como continua, constante e indefinida, el constructo teleológico propio de la modernidad no ha sido cuestionado totalmente. Sigue habiendo finalidad, tanto para la historia como para los sujetos. Y de hecho Bloch pondrá acento en eso que posteriormente se dio en llamar “función social de la historia” [15]. El historiador prisionero dirá que “la ignorancia del pasado no se limita a entorpecer el conocimiento del presente, sino que compromete, en el presente, a la acción misma” [16]. La tarea comprensiva, no es como el aprendizaje. No sólo acumula conocimiento, sino que guía la acción y produce indignación frente a los errores, que son propios de la humanidad. Y la acción es guiada a un telos. La finalidad para Bloch es clara: la felicidad colectiva. Lo dice claramente: “es innegable que una ciencia siempre nos parecerá incompleta si, tarde o temprano, no nos ayuda a vivir mejor” [17]. Trayendo a colación lo dicho por Ernst Bloch, donde está presente la esperanza, está la política. 

La lectura de Bloch y Febvre es relevante para el aquí y ahora de la disciplina historiográfica. Si bien es cierto el particularismo que ha especificado la mirada en lo micro, la especialización en lo social y el retorno contemporáneo a lo político desde el presente, han traído enormes aportes a la disciplina, dando voz a sujetos antes acallados y abriendo nuevas problemáticas e intereses que ensanchan el conocimiento sobre la acción de los seres humanos en un tiempo y espacio determinados. Pero dicha fragmentación es potenciada por la radicalidad posmoderna en la que se diluye la globalidad, lo macro, la totalidad. En ese sentido la reducción en la escala de observación jamás debe obviar en nuestra mente las condiciones globales, sobre todo aquellas que dicen relación con la explotación, puesto que la vida cotidiana está imbricada a ella. Esto no será posible tomando una opción aséptica. Es en la asepsia disciplinar, en relación a lo político, que la historiografía se ve enclaustrada en la academia y no puede dejar oír su voz en el espacio público, sólo bañada en su erudición. Y si esto sucede, bien podríamos preguntarnos con Marc Bloch que: “Si los hombres son nuestro objeto de estudio y éstos no nos entienden, ¿cómo dejar de sentir que no cumplimos sino a medias con nuestra misión?” [18]. 

Luis Pino Moyano.

Bloch Febvre
Marc Bloch y Lucien Febvre.

Notas bibliográficas. 

* El Fondo de Cultura Económica tiene otra edición publicada del mismo libro, con el título de “Introducción a la Historia” (México D.F., 1952, con ediciones posteriores). Además del cambio de título del original, esta edición no contiene la introducción de Jacques Le Goff ni las notas y observaciones de crítica textual hechas por Étienne Bloch. Por su parte, la “Introducción”, posee un apéndice redactado por Febvre y la transcripción de unas notas manuscritas de Bloch. 

[1] Bloch escribe estando prisionero. A su vez, está escribiendo un libro, sigue un plan, sistemáticamente es “un todo”. En cambio, el libro de Febvre, es una compilación de artículos, muchos de ellos son comentarios de libros, sintéticamente son “muchas partes” presentadas como un todo.  

[2] Marc Bloch. Apología para la historia o el oficio del historiador. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 47. 

[3] Ibídem, pp. 70, 71. Refiero en este punto a la anécdota que cuenta Bloch de su viaje a Estocolmo con el historiador Henri Pirenne, que da cuenta de la diferencia entre un anticuario y un historiador.  

[4] Lucien Febvre. Los combates por la historia. Barcelona, Editorial Ariel, 1986, p. 39.

[5] Bloch. Op. Cit., p. 147.  

[6] Ibídem. Op. Cit., p. 172.  

[7] Febvre. Op. Cit., p. 59.  

[8] Ibídem, p. 23.  

[9] Ibídem, p. 90.  

[10] Bloch. Op. Cit., p. 145.  

[11] Febvre. Op. Cit., p. 147.  

[12] Ibídem, p. 232.  

[13] Ibídem, p. 172.

[14] Ibídem, p. 34.  

[15] Ibídem, p. 34.  

[16] Bloch. Op. Cit., p. 34. 

[17] Ibídem, p. 46.  

[18] Ibídem, p. 102.  

Prat y la honorabilidad.

La primera vez que supe de Prat, según tengo memoria, lo hice por el libro que me acompañó por largas tardes de fines de los ochenta, la “Historia de Chile” de Walterio Millar. Entonces, cuando me tocó personificarlo en 2º Básico, costó más que me hicieran las charreteras y grados para mi vestón azul marino colegial convertido en uniforme, junto con la barba hecha con el tinte de un corcho quemado. La espada de He-Man funcionaba para los menesteres del combate naval. Llegado el día de la conmemoración del hito armado de Iquique, acaecido un día como hoy de 1879, antes de saltar al abordaje junto a mis compañeros como el Sargento Aldea del dibujo que corona este post, y así pasar a la gloria frente a todo el colegio sanbernardino de mi infancia, exclamé con la voz más fuerte, clara y segura que pude, y por supuesto de memoria, tal y como lo hago ahora al escribir, la arenga que toda la historiografía oficial nos ha enseñado:

– Muchachos, la contienda es desigual. Pero ánimo y valor, nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo, y espero que no sea esta la ocasión de hacerlo. ¡Mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar! Y si yo muero, ¡mis oficiales sabrán cumplir con su deber!

Cerré, por supuesto, con un “¡viva Chile!”, salté con mi espada empuñada y morí teniendo en mi mente los sones del violín del Guardiamarina Ernesto Riquelme, como otro de mis libros, el de la colección de la “Revista Petete” nos señaló respecto de la noche anterior. Es que Prat es el héroe por antonomasia, el que genera un mayor efecto de adhesión infantil y de connotación de impecabilidad. 

Pero Prat era más que un marino que en alta mar “se acordaba de su patria querida”, alguien que gustaba del sonido del mar y del movimiento de una embarcación, y formado en una institución de índole militar a la inglesa, que se fue haciendo como el soldado que nuestros libros de historia y profesores nos recordaban hasta la saciedad. Prat era el profesor que enseñaba en colegios nocturnos a obreros y artesanos, el abogado que no escatimó poner en detrimento su estatus por defender causas justas frente a sujetos muy poderosos, el espía que en ejercicios de inteligencia internacional devolvió al erario nacional lo que le sobró de sus viáticos en una gran muestra de probidad.

Por lo mismo es relevante decir que Prat no estaba el 21 de mayo de 1879 en la rada de Iquique por ser patriota, según el invento discursivo de Benjamín Vicuña Mackenna. Prat fue puesto ahí como castigo, o más bien de “pasada de cuenta”, a modo de carne de cañón, contra los acorazados más poderosos de la flota naval peruana (a saber, el Huáscar y la Independencia), por defender legalmente a compañeros de armas acusados por sus autoridades. Entre los acusados estaba su amigo Luis Uribe, que se encontraba también sobre la vieja corbeta española con bandera chilena.

No sigamos, entonces, repitiendo el infundio patriotero que emergió desde el discurso de Vicuña Mackenna para encorajinar a las masas para enrolarse voluntaria y apasionadamente para luchar en la Guerra del Pacífico, hecho inédito en nuestro país hasta esa fecha.  Hasta ese hecho, la idea de nación no se había arraigado en gran parte del país, por lo que Prat fue, históricamente y post mortem, uno de los mayores instrumentos de uso elitario para construir dicha idea, cuando se le erigió como el “santo secular” al que sólo ensucian las palomas (en una mezcla de lo escrito por William Sater y lo dicho en clases por el profesor Leopoldo Benavides).

¿Era patriota Prat? Probablemente sí, pero habría que preguntarse qué significaba eso para él. Ahora bien, yo preferiría hablar de un hombre que amaba su país, pero que por sobre todo tenía un alto concepto de la honorabilidad, en la que el valor de la palabra empañada era superior. De hecho, el “mientras yo viva” de su arenga testamentaria, subsume a la bandera que no ha sido arriada. La bandera al tope del mástil da lo mismo si son corruptos sujetos y sistemas los que la sostienen en alto. 

Luis Pino Moyano.


A modo de comentario bibliográfico, no te voy a remitir a Baradit que focaliza su atención en las supuestas prácticas espiritistas de Prat como eje movilizador de su vida. Referiré otras fuentes: en el mismo sitio de la Armada hay información sobre el juicio a Luis Uribe. También, en el libro de Gonzalo Vial Correa “Arturo Prat”, (Editorial Andrés Bello, 1995), y en el texto de Pablo de la Cerda y Claudio Ferrada “Arturo Prat: Estudiante de derecho y abogado” (Editorial Andrés Bello, 1980), hay información sobre el proceso legal en el que Prat usó sus armas leguleyas. Y por supuesto, no puede dejar de recomendarse la obra de William Sater, “La imagen heroica en Chile: Arturo Prat, santo secular” (Centro de Estudios Bicentenario, 2009). 

De abuso en comunidades eclesiales, machismo que mata, bullying que agobia…

El tema sacude nuestro noticieros y redes sociales y, desde luego, amerita más que nuestras reflexiones. Estos días, en mi tarea de profesor, he procurado conversar el tema en la sala de clases, intentando trabar un nexo entre las denuncias de abuso sexual, espiritual y de conciencia al interior de la Iglesia Católica chilena que, huelga decirlo, ha tenido una notable respuesta, hasta el momento, de parte de Francisco; y la violencia machista denunciada por mujeres y hombres en las universidades, violencia que abarca múltiples expresiones lamentables, desde femicidio, pasando por el abuso y el acoso sexual, hasta la falta de paridad en las remuneraciones y acceso al trabajo asalariado. Todo esto, cuando el día de ayer nos encontramos con la triste noticia del suicidio de Katherine Winter, estudiante secundaria, que llevaba soportando por largo tiempo el horror del bullying.

 Terribles y horrorosas experiencias se cuentan por miles, cada una con la particularidad de lo vivido por cada persona, narradas desde la subjetividad, y con los distintivos de la esfera en la que se produjo. Pero estoy convencido, que aquí el gran elemento común tiene que ver con el poder. No el poder per se, sino que el ejercicio abusivo del mismo. Esa horrorosa idea que hace entender a personas, según la cara metáfora de George Orwell en “Rebelión en la Granja”, que son “animales más iguales que otros”. Lo que podemos ver, de manera transversal, en cada uno de estos casos es la condición de asimetría, la desigualdad más férrea, que se expresa en perjuicio del que aparece inferior, minusvalorado o más débil. No es sólo la sotana o un uniforme, basta una cotona de color distinto, o una credencial con un cargo diferente, o simplemente una ensoñación, para que un sujeto se sienta de más valor, olvidándose que está frente a un ser humano igual en dignidad, del que se debe presuponer la respetabilidad. He ahí la banalidad del mal de la cual hablaba Hannah Arendt, en el sentido de sujetos que actúan disociando su razón de la voluntad, no reflexionando, constreñidos y/o legitimados por un sistema que les fortalece en la acción que mata la vida de los otros, literal y simbólicamente hablando, sin ningún mínimo ético que permita pensar en los fines que se conseguirán con determinados medios.

 Enfermar o deshumanizar a los victimarios reduce cualquier posibilidad de acción. Evidentemente, hay personas que requieren tratamiento y terapia, pero hay otros, la mayoría de los otros, que simplemente aprovechándose de la asimetría de su posición abusan voluntariamente. Arendt, y más adelante Stanley Milgram con su discutido experimento, pusieron delante de nosotros en bandeja que nadie (ni él, tú ni yo) estamos exentos de abusar. Timothy Keller, señala: “llamar a los nazis ‘menos que humanos’ o ‘diferentes a nosotros’ es, en realidad, el mismo razonamiento que llevó a los nazis a cometer aquellas atrocidades inimaginables. Ellos también pensaban que ciertas clases de personas eran menos que humanos y que estaban por debajo que ellos. ¿Realmente queremos negar nuestra humanidad en común? ¿Queremos llegar a las mismas conclusiones que llegaron ellos? Gran parte de los nazis y de los millones de personas que fueron guiados por ellos no eran monstruos con colmillos. Hannah Arendt, viendo a Eichmann durante el juicio, reportó para el New Yorker que por ningún motivo era un psicópata, que no mostró odio ni enojo. Al contrario, dijo que era un hombre ordinario que quería vivir su vida. Ella llamó a esto como ‘la tribialidad de la maldad’. La maldad acecha en el corazón de todos los seres humanos ordinarios”[1].

 Quizá lo más grave sea que enfermar o deshumanizar nos impide reeducar. Nos impide entender que todos los seres humanos debemos ser educados con la conciencia de derechos que por su sola formulación son deberes. Nos impide entender a los hombres que no somos más viriles por pisotear la dignidad de las mujeres, inferiorizándolas o, derechamente, maltratándolas. Nos impide entender que las personas que están bajo nuestra responsabilidad o autoridad, según sea el caso, son tan personas como uno, no máquinas ni ganado… ¡personas! Sujetos de derecho, libres e iguales, más allá de lo que piensan, creen, o de sus lugares de origen, su clase social o su género. Nos impide entender, a quienes somos creyentes, que el otro es tan “imagen de Dios” como yo, y que por lo tanto, se trata de un hermano o hermana del que tengo el deber de edificar con mi palabra y acción[2]. ¡Necesitamos con urgencia ser reeducados! Reeducados para no violentar a los otros. Reeducados para eliminar de nuestro vocabulario conceptos en femenino para ofender o tratar peyorativamente a los demás. Reeducados para ocupar nuestras redes sociales con inteligencia, y ponderando el daño que podemos causar con facilidad y publicidad a los demás. Reeducados para no genitalizar todas nuestras relaciones humanas con el sexo opuesto o el propio. Reeducados para que el poder sea entendido desde la responsabilidad y no desde la asimetría. Reeducados para empatizar con las víctimas de abuso y no cuestionar su testimonio de buenas a primeras, olvidando que la víctima encerrada en el círculo de la violencia puede llegar a ver al victimario más bello, poderoso, inteligente que él o ella.

 Hay una escena potente en la película Spotlight cuando los periodistas logran percibir, en medio de la vorágine de su investigación que no era uno ni eran trece sacerdotes los abusadores, sino más de noventa. Uno de ellos cuestiona esta información ante la ausencia de denuncia. A lo que uno de ellos responde: “como buenos alemanes”. Esto, que podría ser ofensivo, no tiene la idea de tratar discriminatoriamente a los alemanes, sino recordar, que muchos de ellos fueron obsecuentes ante el discurso y la acción del nazismo. Tanto como los argentinos que  celebraban el triunfo en el Mundial de 1978 a pasos de la ESMA, o los chilenos que cantaban “Libre” con Bigote Arrocet, cuando lo que menos había en el país era libertad, y como tantos otros casos en los que el silencio y la falta de empatía ha marcado la tónica. No se tiene que haber sido violentado para solidarizar. Basta ver al otro como un ser humano. No hay educación para la paz, sin educación para la justicia. Eso que fue relevado por Paulo Freire, tiene su asidero bíblico en las palabras del profeta Isaías cuando dice que: “La justicia producirá paz, tranquilidad y confianza para siempre” (32:17).

 Que el horror nos movilice a procurar cambios. Que el Dios de la vida nos ayude para ello.

Luis Pino Moyano.

 


[1] Timothy Keller. Encuentros con Jesús. Colombia, Poiema Publicaciones, 2016, pp. 68, 69.

[2] Esto lo trabajé con mayor detención en el post ¿Por qué quienes trabajamos en iglesias debemos ver El bosque de Karadima”?

El CAE y la condonación.

“Yo quiero que el Papi Estado me pague el CAE porque soy flojo y barsa”.

Eso es lo que piensan de mi y tantos otros que estamos adeudados y esperamos en algún momento la condonación.

Yo pago todos los meses desde 2013. Pago 52 lucas, de las cuales 17 lucas son de mi deuda, y lo demás interés y gastos bancarios. Antes de tener cuenta corriente y pago automático, tenía que ir el día 5 porque ese día se cargaba mi deuda con el beneficio de que no se sobrepase el 10% de mi remuneración. Si por x razón, me pasaba un día, inmediatamente son 10 lucas extra.

Y sí, yo firmé y no me pusieron una pistola para hacerlo. Pero si no, no podría haber estudiado. Mi capital cultural y mis redes eran insuficientes el 2007 como para mantenerme en la educación superior con dedicación parcial.

Pero debo decirles que cuando firmé el CAE yo no era sujeto de crédito de ningún banco, y así y todo me permitieron firmar. ¿Saben por qué? Porque sabían que podían amarrarme por años, y más encima, con clausulas abusivas. Y sí, no me olvido que Lagos y Bitar estuvieron detrás de este negociado. Por eso no fui concertacionista ni novomayorista.

Mi deuda finaliza el 3 de septiembre de 2033.

Así que gente querida no nos siga ofendiendo con sus burdas caricaturas por el simple hecho de defender a su querido candidato.

Ni flojo ni barsa. Simplemente quise educarme (¡un derecho humano!), para tener herramientas para entender la realidad y contribuir a una mejor. Ese sueño choca todos los días con una sociedad para la que somos, parafraseando a Cantinflas, “simples peones del tablero de ajedrez”.

Luis Pino Moyano.

“A propósito de Baradit: ¿qué libro de historia de Chile me recomiendas?”

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Es sabido que la “Historia secreta de Chile” de Jorge Baradit ha sido un fenómeno literario. Pero como todo fenómeno, no ha estado exento de polémicas. Muchos han acusado al autor de un acto de intrusión reclamando, con ello, la pureza de una práctica que debe ser hecha sólo por cultores. Eso llevó al mismo Baradit a señalar, en el colofón del segundo de sus libros sobre esta temática, que: “Este es primero que todo el libro de un escritor, que va descubriendo y sorprendiéndose con los hechos de su país. Y es desde esa posición que te propongo propongo profundizar y leer a historiadores chilenos, a Alfredo Jocelyn-Holt, Gabriel Salazar, Jorge Pinto, Javier Infante, Felipe Portales o Julio Pinto, entre otros. Piensa en este libro como en una invitación o una puerta hacia regiones de tu propia memoria, territorios inexplorados y llenos de riqueza, signo y símbolo donde podremos encontrarnos con nosotros mismos y entendernos mejor”[1].

Por mi parte, no defenestraría a Baradit porque él tiene un público al que los historiadores no llegan, ni llegarán si sólo escriben papers en un lenguaje para iniciados, cuestión que no es opción para muchos, ya que así lo trazan los parámetros del dispositivo académico actual. Por otro lado, lo que mejor logra Baradit es que evidencia una cuestión de suma importancia: la narración y cómo se traman las historias, lo que hace que los relatos porten elementos ficcionales. Dicho eso, de todos modos resulta molesto que llame a sus tres libros “historia secreta”, cuando mucho de lo que él dice ya ha sido investigado y revelado por otros en libros y artículos. Aunque tiene el mérito de acercar la historia al público masivo, no por ello, puede dar pie a la configuración de un relato de secretos.

A su vez, suele ocurrir que algunos amigos comparten links o posts en redes sociales con contenidos históricos de dudoso origen, llenos de anacronismos y cargados de ahistoricidad. Si bien es cierto pueden coexistir múltiples interpretaciones, eso no es obstáculo para referir a lo factual teniendo en cuenta el “pacto de verdad” del que habla Paul Ricoeur.

Desde que estudiaba historia la pregunta salía a la palestra, y hoy, luego del boom literario de Baradit, ésta emerge con mayor fuerza aún: ¿qué libro de historia de Chile me recomiendas? La verdad es que no puedo recomendar sólo uno, porque me parece un criterio limitadísimo. Lo que haré es presentar una lista de libros de “historias generales” e investigaciones de temas particulares que podrían permitir una vista global a la historia de Chile. Algunas cosas a decir respecto de este ejercicio: a) los lectores pueden decidir qué libros leer según sus intereses; b) es una lista acotada y sólo recoge libros que he leído o consultado para el desarrollo de clases; c) existen muy buenos libros de historia que leído y consultado que no estarán en esta lista, porque simplemente se trata de una muestra que permite una lectura global.

  1. Historias generales.

 José Bengoa. Historia del pueblo mapuche. Siglos XIX y XX. Santiago, LOM Ediciones, 2012.

Simon Collier y William Sater. Historia de Chile (1808-1994). Madrid, Cambridge University Press, 1999.

Armando de Ramón. Historia de Chile. Desde la invasión incaica hasta nuestros días (1500-2000). Santiago, Editorial Catalonia, 2001.

Mario Góngora. Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. Santiago, Ediciones La Ciudad, 1981.

Rafael Sagredo. Historia mínima de Chile. Madrid y México D.F., Turner y El Colegio de México, 2014.

Gabriel Salazar y Julio Pinto. Historia Contemporánea de Chile. Tomos I-V. Santiago, LOM Ediciones, 1999-2002.

  1. Siglo XIX.

 Cristian Gazmuri. El “48” chileno. Igualitarios, reformistas, radicales, masones y bomberos. Santiago, Editorial Universitaria, 1999.

 Sergio Grez. De la “regeneración del pueblo” a la huelga general: génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile (1810-1890). Santiago, RIL Editores, 2007 (obra monumental, con un trabajo archivístico rigurosamente trabajado).

Alfredo Jocelyn-Holt. El peso de la noche. Nuestra frágil fortaleza histórica. Santiago, Planeta-Ariel, 1997 (un libro que muestra la revisión historiográfica de Jocelyn-Holt respecto de la construcción del estado chileno y el papel de Portales).

Alfredo Jocelyn-Holt. La Independencia de Chile: tradición, modernización y mito. Santiago, Editorial Planeta, 1999.

Leonardo León. Ni patriotas ni realistas. El bajo pueblo durante la Independencia de Chile 1810-1822. Santiago, DIBAM, 2011.

Ivette Lozoya. Delincuentes, bandoleros y montoneros. Violencia social en el espacio rural chileno (1850-1870). Santiago, LOM Ediciones, 2014.

Luis Moulian. La independencia de Chile. Balance historiográfico. Santiago, Factum Ediciones, 1996 (como su nombre lo señala, es un análisis de las lecturas sobre dicho proceso).

Luis Ortega. Chile en ruta hacia el capitalismo. Cambio, euforia y depresión 1850-1880. Santiago, DIBAM, LOM Ediciones y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2005.

Gabriel Salazar. Construcción de Estado en Chile (1800-1837). Democracia de los “pueblos”. Militarismo ciudadano. Golpismo oligárquico. Santiago, Editorial Sudamericana, 2005.

Gabriel Salazar. Ser niño “huacho” en la historia de Chile (siglo XIX). Santiago, LOM Ediciones, 2006.

Sol Serrano. ¿Qué hacer con Dios y la república? Política y secularización en Chile (1845-1885). Santiago, Fondo de Cultura Económica, 2008.

 Sergio Villalobos. Portales: una falsificación histórica. Santiago, Editorial Universitaria, 1989.

  1. Siglo XX.

 Sofía Correa et al. Historia del siglo XX chileno: Balance paradojal. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001.

Eduardo Devés. Los que van a morir te saludan. Historia de una masacre. Santiago, Ediciones Documentas, Nuestra América y América Latina Libros, 1988.

Enrique Fernández. Estado y sociedad en Chile 1891-1931. Santiago, LOM Ediciones, 2003.

María Angélica Illanes. La batalla de la memoria. Ensayos históricos de nuestro siglo. Chile, 1900-2000 . Santiago, Editorial Planeta, 2002.

Alfredo Jocelyn-Holt. El Chile perplejo: del avanzar sin transar al transar sin parar. Santiago, Planeta-Ariel, 1998.

Tomás Moulian. Chile actual: Anatomía de un mito. Santiago, LOM Ediciones y Universidad ARCIS, 1997.

(Tanto el libro de Jocelyn-Holt y el de Moulian tienen el mérito de haberse logrado instalar en el debate público, constituyéndose en éxitos de venta. Pero además, generan logradas claves lecturas no sólo de nuestra historia contemporánea sino del presente nacional).

Tomás Moulian. Fracturas. De Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende (1938-1973). Santiago, LOM Ediciones, 2006 (a juicio personal, imposible no seguir a Moulian en su periodización de esa etapa del siglo XX).

Luis Vitale et al. Para recuperar la memoria histórica. Frei, Allende y Pinochet . Santiago, ChileAmérica-CESOC, 1999.

Peter Winn. La revolución chilena. Santiago, LOM Ediciones, 2013 (avanza desde el proyecto de “Revolución en Libertad” de Frei y la DC hasta el momento de publicación del libro).

  1. Clases sociales.

Luis Barros y Ximena Vergara. El modo de ser aristocrático. El caso de la oligarquía chilena hacia 1900. Santiago, Ariadna Ediciones, 2007.

Óscar Contardo. Siútico. Arribismo, abajismo y vida social en Chile. Santiago, Editorial Planeta, 2013 (no es de un historiador, pero vale la pena leerlo, sobre todo para comprender a las clases medias en Chile).

Alberto Edwards. La fronda aristocrática. Santiago, Editorial del Pacífico, 1976.

Luis Alberto Romero. ¿Qué hacer con los pobres? Elite y sectores populares en Santiago de Chile, 1840-1895. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1997.

  1. Mujeres.

Edda Gaviola et al. Queremos votar en las próximas elecciones. Historia del movimiento sufragista chileno 1913-1952. Santiago, LOM Ediciones, 2007.

Sonia Montecino. Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001.

Julio Pinto (editor). Mujeres. Historias chilenas del siglo XX. Santiago, LOM Ediciones, 2010.

  1. Partidos políticos, movimientos sociales, actores colectivos e individuales.

 Rolando Álvarez. Gremios empresariales, política y neoliberalismo. Los casos de Chile y Perú (1986-2010). Santiago, LOM Ediciones, 2015.

Azún Candina. Clase media, Estado y sacrificio: La Agrupación Nacional de Empleados Fiscales en Chile contemporáneo (1943-1983). Santiago, LOM Ediciones, 2013.

Sofía Correa. Con las riendas del poder. La derecha chilena en el siglo XX. Santiago, Editorial Sudamericana, 2005.

Mario Garcés. El despertar de la sociedad. Los movimientos sociales en América Latina y Chile. Santiago, LOM Ediciones, 2012.

Cristina Moyano. MAPU o la seducción del poder y la juventud. Los años fundacionales del partido-mito de nuestra transición (1969-1973). Santiago, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2009 (si bien es cierto, centra su mirada en el MAPU, genera un renovado prisma analítico de la militancia política).

 Fernando Ortiz Letelier. El movimiento obrero en Chile (1891-1919). Santiago, LOM Ediciones, 2005.

Julio Pinto. Luis Emilio Recabarren. Una biografía histórica. Santiago, LOM Ediciones, 2013.

Julio Pinto y Verónica Valdivia. ¿Revolución proletaria o querida chusma? Socialismo y Alessandrismo en la pugna por la politización pampina (1911-1932). Santiago, LOM Ediciones, 2001.

 Gabriel Salazar. Movimientos Sociales en Chile. Trayectoria histórica y proyección política. Santiago, Uqbar Editores, 2012 (a mi gusto el mejor libro de Gabriel Salazar, lo que es bastante meritorio, pues es posterior a la obtención del Premio Nacional de Historia 2006).

Verónica Valdivia. Nacionales y gremialistas. El parto de la nueva derecha política chilena. Santiago, LOM Ediciones, 2008.

Ricardo Yocelevzky. Chile: partidos políticos, democracia y dictadura 1970-1990. Santiago, Fondo de Cultura Económica, 2002.

  1. Historia de las religiones.

Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile. Dejando “el refugio de las masas” 1990-2010. Concepción-Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2013.

María Antonieta Huerta y Luis Pacheco. La Iglesia chilena y los cambios sociopolíticos. Santiago, Pehuén Editores, 1988.

 Humberto Lagos. Herejía en Chile. Evangélicos y protestantes desde la Colonia hasta 1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2009.

Maximiliano Salinas. Historia del pueblo de Dios en Chile. La evolución del cristianismo desde la perspectiva de los pobres. Santiago, Ediciones Rehue-CEHILA, 1987.

Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico, 1965.

  1. Análisis de la historiografía chilena.

 Luis De Mussy (Editor). Balance Historiográfico Chileno. El orden del discurso y el giro crítico actual. Santiago, Ediciones Universidad Finis Terrae, 2007 (específicamente los artículos de Alfredo Jocelyn-Holt y Gabriel Salazar).

Sergio Grez. “Escribir la historia de los sectores populares. ¿Con o sin la política incluida? A propósito de dos miradas a la historia social (Chile, siglo XIX)”. Política. Volumen 44, Otoño de 2005.

Julio César Jobet. “Notas sobre la historiografía chilena”. Revista Atenea. Año XXVI, Nº 291/292, septiembre-octubre de 1949.

Julio Pinto. La historiografía chilena durante el siglo XX. Valparaíso, Editorial América en Movimiento, 2016.

Miguel Valderrama. Renovación socialista y renovación historiográfica. Documento Nº 5. Santiago, Programa de Estudios Desarrollo y Sociedad, Universidad de Chile, 2001.

Luis Pino Moyano.


[1] Jorge Baradit. Historia secreta de Chile 2. Santiago, Editorial Sudamericana, 2016, p. 189.