[Reseña de libros] De apologías y combates. Una lectura a Bloch y Febvre.

  • Marc Bloch. Apología para la historia o el oficio del historiador. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2001*.
  • Lucien Febvre. Los combates por la historia. Barcelona, Editorial Ariel, 1986.  

Estamos frente a dos libros que podríamos definir como clásicos de la historiografía,  escritos por dos exponentes que, a la vez, fueron fundadores de una de las escuelas de la disciplina más importantes en el siglo XX, la Escuela de los Annales. Si bien es cierto, hay diferencias en el contexto de enunciación [1], ambos textos son una declaración de propósitos y sentidos de la disciplina. Responden al qué, cómo y para qué de la historia, blindándola con una férrea armadura. Más que una filosofía de la historia, entregan herramientas para el trazado de un plan para el trabajo investigativo. Ese sentido metodológico es claramente establecido por Febvre cuando, en vez de definirse como un filósofo de la disciplina, se define a sí mismo como un “práctico de la historia”. Este concepto, se hace extensible a Bloch. Es por ello que, más que proclamar leyes, están registrando sus experiencias que sirven como reservorio para quienes hacen sus primeras armas en la historiografía, como para aquellos que porfían en la realización del oficio de contar pasados-presentes, en tanto, con la producción que piensa y hace la historia, están construyendo escuela. En las siguientes líneas, haré una lectura cruzada de los textos, terminando con algunas reflexiones. 

Ambos historiadores franceses tienen un profundo sentido de lo vocativo a la hora de llevar a cabo el quehacer historiográfico. El trabajo, para Bloch, debe “entretener”, debe producir “goce” y, en palabras de Febvre, debe “gustar”, porque si no produce una disociación entre la vida y el trabajo, lo que produce tedio. Los historiadores no dudarán en declarar, en variadas ocasiones, que el trabajo conlleva un compromiso activo, es arrojarse a la vida, que no sólo es propia, sino eminentemente social. Y eso conlleva al sujeto histórico, que, a la vez, es el objeto de estudio: los hombres. Allí donde “se huele carne humana” [2], allí donde está presente la acción transformadora de los hombres, donde está, no sólo la muerte, sino también la vida [3], se encuentra la principal preocupación historiador. Es clave, un hecho que releva Febvre, al señalar que al hombre como uno que hace, dando cuenta del carácter económico-social del estudio. Lo que es sólo eso. Un carácter. En tanto sólo hay historia a secas, la totalidad [4]. Y cuando hay fragmentación, ésta tiene un sentido. Dice Bloch: “La ciencia no descompone lo real sino con el fin de observarlo mejor, gracias a un juego de luces cruzadas cuyos rayos constantemente se combinan e interpenetran. El peligro comienza cuando cada proyector pretende verlo todo por sí mismo; cuando cada cantón del conocimiento se cree una patria” [5]. No sólo debe ser perdida de la vista la totalidad, lo “macro”, sino también la “duración”, categoría analítica que es el germen del concepto clave braudeliano de longue durée. Es el tiempo, el elemento característico de la historiografía. De hecho, tanto Bloch como Febvre notan ya la existencia de tiempos largos y cortos. Bloch hablará de civilizaciones y generaciones, respectivamente, para cada tiempo [6]. Ahora bien, en el tiempo, y rompiendo con el carácter constante e indefinido que había adquirido la idea de progreso, para ambos historiadores, el tiempo no sólo presenta continuidad, sino también movimiento. Febvre no dudará en decir que “vivir es cambiar” [7]. 

En términos epistemológicos, en tanto fundadores de Annales, rompen con el positivismo y con el historicismo, y la producción de textos que, al decir de Febvre, son “papayísticos”, en tanto se dedican a repetir lo que las fuentes dicen. Por otra parte, ambos enfatizarán en el carácter interdisciplinario de la producción historiográfica. Es decidor el concepto ocupado por Febvre, cuando señala que el conocimiento está en las fronteras. A su vez, se recoge la aportación que hizo Einstein a la física, al dar cuenta de la relatividad, la que ha puesto en crisis la vieja manera cientificista. En ese sentido, no se puede seguir pensando la ciencia de la misma manera luego de la revolución de sus estructuras, tomando prestado el caro concepto de Kuhn. Aunque, por su parte, hay matices de diferencia a la hora de pensar en el estatuto epistémico de la historiografía. Bloch no dudará en decir que se trata de una ciencia. Febvre dirá que es un estudio científicamente elaborado. La razón que dan ambos para justificar su definición es similar. Se ocupa un método científico que permite problematizar y generar hipótesis. Pero dejan de lado cualquier posibilidad de que la historia se erija como juez, y le quitan toda capacidad predictiva y para establecer leyes. Son los historiadores sujetos cognoscentes que están activos en relación al objeto que estudian. Como ciencia se busca aprehender y, fundamentalmente, comprender, “lo real”, y dicho acercamiento es objetivo. Pero esa objetividad está mediada por dos razones. La primera es que el historiador conoce y se embarca en la tarea hermenéutica de comprender a partir de preguntas. Este elemento es central en el análisis de Febvre, cuando en múltiples ocasiones señala que “elaborar un hecho es construir. Es dar soluciones a un problema, si se quiere. Y si no hay problema no hay nada” [8]. El historiador siempre elige y recrea sus materiales, puesto que “cuando no se sabe lo que se busca tampoco se sabe lo que se encuentra” [9], citará Febvre. Esto adquiere una radicalidad relevante, pues el historiador hace sus preguntas desde el presente. Si bien es cierto, esto se encuentra en ambos, será Bloch quien enfatizará en esto, proponiendo un método que lea al revés. Esto tiene como causa el hecho de que el pasado se debe estudiar a partir de lo que se conoce. La ruptura con el positivismo decimonónico es estructural. Ahora bien, hay que insistir en que se trata de objetividad mediada. El hecho de que exista abstracción, no conlleva a la arbitrariedad. De hecho, tanto Bloch como Febvre se harán parte de la disputa lingüística, señalando que los conceptos son históricos, son testimonios (susceptibles de crítica), por ende, cuando se instala un concepto del presente en el pasado, se coloca un molde que lo altera, que produce la peor falla del historiador: el anacronismo. No hay que olvidar que se trata del estudio de los seres humanos en el tiempo. 

En cuanto al elemento metodológico, hay dos cuestiones centrales. La primera, es que la tarea comprensiva es una tarea activa, donde el historiador elige, clasifica, analiza, se encuentra con otros hombres, donde está presente la imaginación [10]. En palabras de Febvre es “clarificar, simplificar, reducir a un esquema lógico perfectamente claro, trazar una proyección elegante y abstracta” [11]. ¿Qué es lo que se critica y analiza? No sólo documentos, sino que toda huella material que pueda testimoniar la acción de los hombres en el tiempo [12]. El historiador no se resigna ante las dificultades que se presentan para el acercamiento al objeto de estudio. Su trabajo, en palabras de Bloch, es como el de un obrero o el de un artesano que es incansable en su producción. 

sUn elemento que queda en la pugna es el carácter político de la historiografía. En Febvre es clara la renuncia a lo político, en tanto oscurece el estudio del objeto de estudio, como dirían pensadores posteriores de Annales, entenebrece bajo el humo de las barricadas. En una ocasión este historiador señala que: “y que yo sea trotskista, stalinista, papista o budista ¿a usted qué le importa? Cuando yo hago historia, soy historiador” [13]. Y, señalándole a sus alumnos, que el día que le hagan un homenaje ojalá se diga de él que “en la historia sólo vio la historia, nada más” [14]. Como lector tiendo a dudar de esta apoliticidad, puesto que en la retórica de la no-retórica siempre hay una retórica. No hay posibilidad de neutralidad. Además, si bien es cierto, se cuestiona en Febvre, como en Bloch, la idea de progreso como continua, constante e indefinida, el constructo teleológico propio de la modernidad no ha sido cuestionado totalmente. Sigue habiendo finalidad, tanto para la historia como para los sujetos. Y de hecho Bloch pondrá acento en eso que posteriormente se dio en llamar “función social de la historia” [15]. El historiador prisionero dirá que “la ignorancia del pasado no se limita a entorpecer el conocimiento del presente, sino que compromete, en el presente, a la acción misma” [16]. La tarea comprensiva, no es como el aprendizaje. No sólo acumula conocimiento, sino que guía la acción y produce indignación frente a los errores, que son propios de la humanidad. Y la acción es guiada a un telos. La finalidad para Bloch es clara: la felicidad colectiva. Lo dice claramente: “es innegable que una ciencia siempre nos parecerá incompleta si, tarde o temprano, no nos ayuda a vivir mejor” [17]. Trayendo a colación lo dicho por Ernst Bloch, donde está presente la esperanza, está la política. 

La lectura de Bloch y Febvre es relevante para el aquí y ahora de la disciplina historiográfica. Si bien es cierto el particularismo que ha especificado la mirada en lo micro, la especialización en lo social y el retorno contemporáneo a lo político desde el presente, han traído enormes aportes a la disciplina, dando voz a sujetos antes acallados y abriendo nuevas problemáticas e intereses que ensanchan el conocimiento sobre la acción de los seres humanos en un tiempo y espacio determinados. Pero dicha fragmentación es potenciada por la radicalidad posmoderna en la que se diluye la globalidad, lo macro, la totalidad. En ese sentido la reducción en la escala de observación jamás debe obviar en nuestra mente las condiciones globales, sobre todo aquellas que dicen relación con la explotación, puesto que la vida cotidiana está imbricada a ella. Esto no será posible tomando una opción aséptica. Es en la asepsia disciplinar, en relación a lo político, que la historiografía se ve enclaustrada en la academia y no puede dejar oír su voz en el espacio público, sólo bañada en su erudición. Y si esto sucede, bien podríamos preguntarnos con Marc Bloch que: “Si los hombres son nuestro objeto de estudio y éstos no nos entienden, ¿cómo dejar de sentir que no cumplimos sino a medias con nuestra misión?” [18]. 

Luis Pino Moyano.

Bloch Febvre
Marc Bloch y Lucien Febvre.

Notas bibliográficas. 

* El Fondo de Cultura Económica tiene otra edición publicada del mismo libro, con el título de “Introducción a la Historia” (México D.F., 1952, con ediciones posteriores). Además del cambio de título del original, esta edición no contiene la introducción de Jacques Le Goff ni las notas y observaciones de crítica textual hechas por Étienne Bloch. Por su parte, la “Introducción”, posee un apéndice redactado por Febvre y la transcripción de unas notas manuscritas de Bloch. 

[1] Bloch escribe estando prisionero. A su vez, está escribiendo un libro, sigue un plan, sistemáticamente es “un todo”. En cambio, el libro de Febvre, es una compilación de artículos, muchos de ellos son comentarios de libros, sintéticamente son “muchas partes” presentadas como un todo.  

[2] Marc Bloch. Apología para la historia o el oficio del historiador. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 47. 

[3] Ibídem, pp. 70, 71. Refiero en este punto a la anécdota que cuenta Bloch de su viaje a Estocolmo con el historiador Henri Pirenne, que da cuenta de la diferencia entre un anticuario y un historiador.  

[4] Lucien Febvre. Los combates por la historia. Barcelona, Editorial Ariel, 1986, p. 39.

[5] Bloch. Op. Cit., p. 147.  

[6] Ibídem. Op. Cit., p. 172.  

[7] Febvre. Op. Cit., p. 59.  

[8] Ibídem, p. 23.  

[9] Ibídem, p. 90.  

[10] Bloch. Op. Cit., p. 145.  

[11] Febvre. Op. Cit., p. 147.  

[12] Ibídem, p. 232.  

[13] Ibídem, p. 172.

[14] Ibídem, p. 34.  

[15] Ibídem, p. 34.  

[16] Bloch. Op. Cit., p. 34. 

[17] Ibídem, p. 46.  

[18] Ibídem, p. 102.  

Prat y la honorabilidad.

La primera vez que supe de Prat, según tengo memoria, lo hice por el libro que me acompañó por largas tardes de fines de los ochenta, la “Historia de Chile” de Walterio Millar. Entonces, cuando me tocó personificarlo en 2º Básico, costó más que me hicieran las charreteras y grados para mi vestón azul marino colegial convertido en uniforme, junto con la barba hecha con el tinte de un corcho quemado. La espada de He-Man funcionaba para los menesteres del combate naval. Llegado el día de la conmemoración del hito armado de Iquique, acaecido un día como hoy de 1879, antes de saltar al abordaje junto a mis compañeros como el Sargento Aldea del dibujo que corona este post, y así pasar a la gloria frente a todo el colegio sanbernardino de mi infancia, exclamé con la voz más fuerte, clara y segura que pude, y por supuesto de memoria, tal y como lo hago ahora al escribir, la arenga que toda la historiografía oficial nos ha enseñado:

– Muchachos, la contienda es desigual. Pero ánimo y valor, nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo, y espero que no sea esta la ocasión de hacerlo. ¡Mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar! Y si yo muero, ¡mis oficiales sabrán cumplir con su deber!

Cerré, por supuesto, con un “¡viva Chile!”, salté con mi espada empuñada y morí teniendo en mi mente los sones del violín del Guardiamarina Ernesto Riquelme, como otro de mis libros, el de la colección de la “Revista Petete” nos señaló respecto de la noche anterior. Es que Prat es el héroe por antonomasia, el que genera un mayor efecto de adhesión infantil y de connotación de impecabilidad. 

Pero Prat era más que un marino que en alta mar “se acordaba de su patria querida”, alguien que gustaba del sonido del mar y del movimiento de una embarcación, y formado en una institución de índole militar a la inglesa, que se fue haciendo como el soldado que nuestros libros de historia y profesores nos recordaban hasta la saciedad. Prat era el profesor que enseñaba en colegios nocturnos a obreros y artesanos, el abogado que no escatimó poner en detrimento su estatus por defender causas justas frente a sujetos muy poderosos, el espía que en ejercicios de inteligencia internacional devolvió al erario nacional lo que le sobró de sus viáticos en una gran muestra de probidad.

Por lo mismo es relevante decir que Prat no estaba el 21 de mayo de 1879 en la rada de Iquique por ser patriota, según el invento discursivo de Benjamín Vicuña Mackenna. Prat fue puesto ahí como castigo, o más bien de “pasada de cuenta”, a modo de carne de cañón, contra los acorazados más poderosos de la flota naval peruana (a saber, el Huáscar y la Independencia), por defender legalmente a compañeros de armas acusados por sus autoridades. Entre los acusados estaba su amigo Luis Uribe, que se encontraba también sobre la vieja corbeta española con bandera chilena.

No sigamos, entonces, repitiendo el infundio patriotero que emergió desde el discurso de Vicuña Mackenna para encorajinar a las masas para enrolarse voluntaria y apasionadamente para luchar en la Guerra del Pacífico, hecho inédito en nuestro país hasta esa fecha.  Hasta ese hecho, la idea de nación no se había arraigado en gran parte del país, por lo que Prat fue, históricamente y post mortem, uno de los mayores instrumentos de uso elitario para construir dicha idea, cuando se le erigió como el “santo secular” al que sólo ensucian las palomas (en una mezcla de lo escrito por William Sater y lo dicho en clases por el profesor Leopoldo Benavides).

¿Era patriota Prat? Probablemente sí, pero habría que preguntarse qué significaba eso para él. Ahora bien, yo preferiría hablar de un hombre que amaba su país, pero que por sobre todo tenía un alto concepto de la honorabilidad, en la que el valor de la palabra empañada era superior. De hecho, el “mientras yo viva” de su arenga testamentaria, subsume a la bandera que no ha sido arriada. La bandera al tope del mástil da lo mismo si son corruptos sujetos y sistemas los que la sostienen en alto. 

Luis Pino Moyano.


A modo de comentario bibliográfico, no te voy a remitir a Baradit que focaliza su atención en las supuestas prácticas espiritistas de Prat como eje movilizador de su vida. Referiré otras fuentes: en el mismo sitio de la Armada hay información sobre el juicio a Luis Uribe. También, en el libro de Gonzalo Vial Correa “Arturo Prat”, (Editorial Andrés Bello, 1995), y en el texto de Pablo de la Cerda y Claudio Ferrada “Arturo Prat: Estudiante de derecho y abogado” (Editorial Andrés Bello, 1980), hay información sobre el proceso legal en el que Prat usó sus armas leguleyas. Y por supuesto, no puede dejar de recomendarse la obra de William Sater, “La imagen heroica en Chile: Arturo Prat, santo secular” (Centro de Estudios Bicentenario, 2009). 

De abuso en comunidades eclesiales, machismo que mata, bullying que agobia…

El tema sacude nuestro noticieros y redes sociales y, desde luego, amerita más que nuestras reflexiones. Estos días, en mi tarea de profesor, he procurado conversar el tema en la sala de clases, intentando trabar un nexo entre las denuncias de abuso sexual, espiritual y de conciencia al interior de la Iglesia Católica chilena que, huelga decirlo, ha tenido una notable respuesta, hasta el momento, de parte de Francisco; y la violencia machista denunciada por mujeres y hombres en las universidades, violencia que abarca múltiples expresiones lamentables, desde femicidio, pasando por el abuso y el acoso sexual, hasta la falta de paridad en las remuneraciones y acceso al trabajo asalariado. Todo esto, cuando el día de ayer nos encontramos con la triste noticia del suicidio de Katherine Winter, estudiante secundaria, que llevaba soportando por largo tiempo el horror del bullying.

 Terribles y horrorosas experiencias se cuentan por miles, cada una con la particularidad de lo vivido por cada persona, narradas desde la subjetividad, y con los distintivos de la esfera en la que se produjo. Pero estoy convencido, que aquí el gran elemento común tiene que ver con el poder. No el poder per se, sino que el ejercicio abusivo del mismo. Esa horrorosa idea que hace entender a personas, según la cara metáfora de George Orwell en “Rebelión en la Granja”, que son “animales más iguales que otros”. Lo que podemos ver, de manera transversal, en cada uno de estos casos es la condición de asimetría, la desigualdad más férrea, que se expresa en perjuicio del que aparece inferior, minusvalorado o más débil. No es sólo la sotana o un uniforme, basta una cotona de color distinto, o una credencial con un cargo diferente, o simplemente una ensoñación, para que un sujeto se sienta de más valor, olvidándose que está frente a un ser humano igual en dignidad, del que se debe presuponer la respetabilidad. He ahí la banalidad del mal de la cual hablaba Hannah Arendt, en el sentido de sujetos que actúan disociando su razón de la voluntad, no reflexionando, constreñidos y/o legitimados por un sistema que les fortalece en la acción que mata la vida de los otros, literal y simbólicamente hablando, sin ningún mínimo ético que permita pensar en los fines que se conseguirán con determinados medios.

 Enfermar o deshumanizar a los victimarios reduce cualquier posibilidad de acción. Evidentemente, hay personas que requieren tratamiento y terapia, pero hay otros, la mayoría de los otros, que simplemente aprovechándose de la asimetría de su posición abusan voluntariamente. Arendt, y más adelante Stanley Milgram con su discutido experimento, pusieron delante de nosotros en bandeja que nadie (ni él, tú ni yo) estamos exentos de abusar. Timothy Keller, señala: “llamar a los nazis ‘menos que humanos’ o ‘diferentes a nosotros’ es, en realidad, el mismo razonamiento que llevó a los nazis a cometer aquellas atrocidades inimaginables. Ellos también pensaban que ciertas clases de personas eran menos que humanos y que estaban por debajo que ellos. ¿Realmente queremos negar nuestra humanidad en común? ¿Queremos llegar a las mismas conclusiones que llegaron ellos? Gran parte de los nazis y de los millones de personas que fueron guiados por ellos no eran monstruos con colmillos. Hannah Arendt, viendo a Eichmann durante el juicio, reportó para el New Yorker que por ningún motivo era un psicópata, que no mostró odio ni enojo. Al contrario, dijo que era un hombre ordinario que quería vivir su vida. Ella llamó a esto como ‘la tribialidad de la maldad’. La maldad acecha en el corazón de todos los seres humanos ordinarios”[1].

 Quizá lo más grave sea que enfermar o deshumanizar nos impide reeducar. Nos impide entender que todos los seres humanos debemos ser educados con la conciencia de derechos que por su sola formulación son deberes. Nos impide entender a los hombres que no somos más viriles por pisotear la dignidad de las mujeres, inferiorizándolas o, derechamente, maltratándolas. Nos impide entender que las personas que están bajo nuestra responsabilidad o autoridad, según sea el caso, son tan personas como uno, no máquinas ni ganado… ¡personas! Sujetos de derecho, libres e iguales, más allá de lo que piensan, creen, o de sus lugares de origen, su clase social o su género. Nos impide entender, a quienes somos creyentes, que el otro es tan “imagen de Dios” como yo, y que por lo tanto, se trata de un hermano o hermana del que tengo el deber de edificar con mi palabra y acción[2]. ¡Necesitamos con urgencia ser reeducados! Reeducados para no violentar a los otros. Reeducados para eliminar de nuestro vocabulario conceptos en femenino para ofender o tratar peyorativamente a los demás. Reeducados para ocupar nuestras redes sociales con inteligencia, y ponderando el daño que podemos causar con facilidad y publicidad a los demás. Reeducados para no genitalizar todas nuestras relaciones humanas con el sexo opuesto o el propio. Reeducados para que el poder sea entendido desde la responsabilidad y no desde la asimetría. Reeducados para empatizar con las víctimas de abuso y no cuestionar su testimonio de buenas a primeras, olvidando que la víctima encerrada en el círculo de la violencia puede llegar a ver al victimario más bello, poderoso, inteligente que él o ella.

 Hay una escena potente en la película Spotlight cuando los periodistas logran percibir, en medio de la vorágine de su investigación que no era uno ni eran trece sacerdotes los abusadores, sino más de noventa. Uno de ellos cuestiona esta información ante la ausencia de denuncia. A lo que uno de ellos responde: “como buenos alemanes”. Esto, que podría ser ofensivo, no tiene la idea de tratar discriminatoriamente a los alemanes, sino recordar, que muchos de ellos fueron obsecuentes ante el discurso y la acción del nazismo. Tanto como los argentinos que  celebraban el triunfo en el Mundial de 1978 a pasos de la ESMA, o los chilenos que cantaban “Libre” con Bigote Arrocet, cuando lo que menos había en el país era libertad, y como tantos otros casos en los que el silencio y la falta de empatía ha marcado la tónica. No se tiene que haber sido violentado para solidarizar. Basta ver al otro como un ser humano. No hay educación para la paz, sin educación para la justicia. Eso que fue relevado por Paulo Freire, tiene su asidero bíblico en las palabras del profeta Isaías cuando dice que: “La justicia producirá paz, tranquilidad y confianza para siempre” (32:17).

 Que el horror nos movilice a procurar cambios. Que el Dios de la vida nos ayude para ello.

Luis Pino Moyano.

 


[1] Timothy Keller. Encuentros con Jesús. Colombia, Poiema Publicaciones, 2016, pp. 68, 69.

[2] Esto lo trabajé con mayor detención en el post ¿Por qué quienes trabajamos en iglesias debemos ver El bosque de Karadima”?

El CAE y la condonación.

“Yo quiero que el Papi Estado me pague el CAE porque soy flojo y barsa”.

Eso es lo que piensan de mi y tantos otros que estamos adeudados y esperamos en algún momento la condonación.

Yo pago todos los meses desde 2013. Pago 52 lucas, de las cuales 17 lucas son de mi deuda, y lo demás interés y gastos bancarios. Antes de tener cuenta corriente y pago automático, tenía que ir el día 5 porque ese día se cargaba mi deuda con el beneficio de que no se sobrepase el 10% de mi remuneración. Si por x razón, me pasaba un día, inmediatamente son 10 lucas extra.

Y sí, yo firmé y no me pusieron una pistola para hacerlo. Pero si no, no podría haber estudiado. Mi capital cultural y mis redes eran insuficientes el 2007 como para mantenerme en la educación superior con dedicación parcial.

Pero debo decirles que cuando firmé el CAE yo no era sujeto de crédito de ningún banco, y así y todo me permitieron firmar. ¿Saben por qué? Porque sabían que podían amarrarme por años, y más encima, con clausulas abusivas. Y sí, no me olvido que Lagos y Bitar estuvieron detrás de este negociado. Por eso no fui concertacionista ni novomayorista.

Mi deuda finaliza el 3 de septiembre de 2033.

Así que gente querida no nos siga ofendiendo con sus burdas caricaturas por el simple hecho de defender a su querido candidato.

Ni flojo ni barsa. Simplemente quise educarme (¡un derecho humano!), para tener herramientas para entender la realidad y contribuir a una mejor. Ese sueño choca todos los días con una sociedad para la que somos, parafraseando a Cantinflas, “simples peones del tablero de ajedrez”.

Luis Pino Moyano.

“A propósito de Baradit: ¿qué libro de historia de Chile me recomiendas?”

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Es sabido que la “Historia secreta de Chile” de Jorge Baradit ha sido un fenómeno literario. Pero como todo fenómeno, no ha estado exento de polémicas. Muchos han acusado al autor de un acto de intrusión reclamando, con ello, la pureza de una práctica que debe ser hecha sólo por cultores. Eso llevó al mismo Baradit a señalar, en el colofón del segundo de sus libros sobre esta temática, que: “Este es primero que todo el libro de un escritor, que va descubriendo y sorprendiéndose con los hechos de su país. Y es desde esa posición que te propongo propongo profundizar y leer a historiadores chilenos, a Alfredo Jocelyn-Holt, Gabriel Salazar, Jorge Pinto, Javier Infante, Felipe Portales o Julio Pinto, entre otros. Piensa en este libro como en una invitación o una puerta hacia regiones de tu propia memoria, territorios inexplorados y llenos de riqueza, signo y símbolo donde podremos encontrarnos con nosotros mismos y entendernos mejor”[1].

Por mi parte, no defenestraría a Baradit porque él tiene un público al que los historiadores no llegan, ni llegarán si sólo escriben papers en un lenguaje para iniciados, cuestión que no es opción para muchos, ya que así lo trazan los parámetros del dispositivo académico actual. Por otro lado, lo que mejor logra Baradit es que evidencia una cuestión de suma importancia: la narración y cómo se traman las historias, lo que hace que los relatos porten elementos ficcionales. Dicho eso, de todos modos resulta molesto que llame a sus tres libros “historia secreta”, cuando mucho de lo que él dice ya ha sido investigado y revelado por otros en libros y artículos. Aunque tiene el mérito de acercar la historia al público masivo, no por ello, puede dar pie a la configuración de un relato de secretos.

A su vez, suele ocurrir que algunos amigos comparten links o posts en redes sociales con contenidos históricos de dudoso origen, llenos de anacronismos y cargados de ahistoricidad. Si bien es cierto pueden coexistir múltiples interpretaciones, eso no es obstáculo para referir a lo factual teniendo en cuenta el “pacto de verdad” del que habla Paul Ricoeur.

Desde que estudiaba historia la pregunta salía a la palestra, y hoy, luego del boom literario de Baradit, ésta emerge con mayor fuerza aún: ¿qué libro de historia de Chile me recomiendas? La verdad es que no puedo recomendar sólo uno, porque me parece un criterio limitadísimo. Lo que haré es presentar una lista de libros de “historias generales” e investigaciones de temas particulares que podrían permitir una vista global a la historia de Chile. Algunas cosas a decir respecto de este ejercicio: a) los lectores pueden decidir qué libros leer según sus intereses; b) es una lista acotada y sólo recoge libros que he leído o consultado para el desarrollo de clases; c) existen muy buenos libros de historia que leído y consultado que no estarán en esta lista, porque simplemente se trata de una muestra que permite una lectura global.

  1. Historias generales.

 José Bengoa. Historia del pueblo mapuche. Siglos XIX y XX. Santiago, LOM Ediciones, 2012.

Simon Collier y William Sater. Historia de Chile (1808-1994). Madrid, Cambridge University Press, 1999.

Armando de Ramón. Historia de Chile. Desde la invasión incaica hasta nuestros días (1500-2000). Santiago, Editorial Catalonia, 2001.

Mario Góngora. Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. Santiago, Ediciones La Ciudad, 1981.

Rafael Sagredo. Historia mínima de Chile. Madrid y México D.F., Turner y El Colegio de México, 2014.

Gabriel Salazar y Julio Pinto. Historia Contemporánea de Chile. Tomos I-V. Santiago, LOM Ediciones, 1999-2002.

  1. Siglo XIX.

 Cristian Gazmuri. El “48” chileno. Igualitarios, reformistas, radicales, masones y bomberos. Santiago, Editorial Universitaria, 1999.

 Sergio Grez. De la “regeneración del pueblo” a la huelga general: génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile (1810-1890). Santiago, RIL Editores, 2007 (obra monumental, con un trabajo archivístico rigurosamente trabajado).

Alfredo Jocelyn-Holt. El peso de la noche. Nuestra frágil fortaleza histórica. Santiago, Planeta-Ariel, 1997 (un libro que muestra la revisión historiográfica de Jocelyn-Holt respecto de la construcción del estado chileno y el papel de Portales).

Alfredo Jocelyn-Holt. La Independencia de Chile: tradición, modernización y mito. Santiago, Editorial Planeta, 1999.

Leonardo León. Ni patriotas ni realistas. El bajo pueblo durante la Independencia de Chile 1810-1822. Santiago, DIBAM, 2011.

Ivette Lozoya. Delincuentes, bandoleros y montoneros. Violencia social en el espacio rural chileno (1850-1870). Santiago, LOM Ediciones, 2014.

Luis Moulian. La independencia de Chile. Balance historiográfico. Santiago, Factum Ediciones, 1996 (como su nombre lo señala, es un análisis de las lecturas sobre dicho proceso).

Luis Ortega. Chile en ruta hacia el capitalismo. Cambio, euforia y depresión 1850-1880. Santiago, DIBAM, LOM Ediciones y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2005.

Gabriel Salazar. Construcción de Estado en Chile (1800-1837). Democracia de los “pueblos”. Militarismo ciudadano. Golpismo oligárquico. Santiago, Editorial Sudamericana, 2005.

Gabriel Salazar. Ser niño “huacho” en la historia de Chile (siglo XIX). Santiago, LOM Ediciones, 2006.

Sol Serrano. ¿Qué hacer con Dios y la república? Política y secularización en Chile (1845-1885). Santiago, Fondo de Cultura Económica, 2008.

 Sergio Villalobos. Portales: una falsificación histórica. Santiago, Editorial Universitaria, 1989.

  1. Siglo XX.

 Sofía Correa et al. Historia del siglo XX chileno: Balance paradojal. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001.

Eduardo Devés. Los que van a morir te saludan. Historia de una masacre. Santiago, Ediciones Documentas, Nuestra América y América Latina Libros, 1988.

Enrique Fernández. Estado y sociedad en Chile 1891-1931. Santiago, LOM Ediciones, 2003.

María Angélica Illanes. La batalla de la memoria. Ensayos históricos de nuestro siglo. Chile, 1900-2000 . Santiago, Editorial Planeta, 2002.

Alfredo Jocelyn-Holt. El Chile perplejo: del avanzar sin transar al transar sin parar. Santiago, Planeta-Ariel, 1998.

Tomás Moulian. Chile actual: Anatomía de un mito. Santiago, LOM Ediciones y Universidad ARCIS, 1997.

(Tanto el libro de Jocelyn-Holt y el de Moulian tienen el mérito de haberse logrado instalar en el debate público, constituyéndose en éxitos de venta. Pero además, generan logradas claves lecturas no sólo de nuestra historia contemporánea sino del presente nacional).

Tomás Moulian. Fracturas. De Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende (1938-1973). Santiago, LOM Ediciones, 2006 (a juicio personal, imposible no seguir a Moulian en su periodización de esa etapa del siglo XX).

Luis Vitale et al. Para recuperar la memoria histórica. Frei, Allende y Pinochet . Santiago, ChileAmérica-CESOC, 1999.

Peter Winn. La revolución chilena. Santiago, LOM Ediciones, 2013 (avanza desde el proyecto de “Revolución en Libertad” de Frei y la DC hasta el momento de publicación del libro).

  1. Clases sociales.

Luis Barros y Ximena Vergara. El modo de ser aristocrático. El caso de la oligarquía chilena hacia 1900. Santiago, Ariadna Ediciones, 2007.

Óscar Contardo. Siútico. Arribismo, abajismo y vida social en Chile. Santiago, Editorial Planeta, 2013 (no es de un historiador, pero vale la pena leerlo, sobre todo para comprender a las clases medias en Chile).

Alberto Edwards. La fronda aristocrática. Santiago, Editorial del Pacífico, 1976.

Luis Alberto Romero. ¿Qué hacer con los pobres? Elite y sectores populares en Santiago de Chile, 1840-1895. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1997.

  1. Mujeres.

Edda Gaviola et al. Queremos votar en las próximas elecciones. Historia del movimiento sufragista chileno 1913-1952. Santiago, LOM Ediciones, 2007.

Sonia Montecino. Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001.

Julio Pinto (editor). Mujeres. Historias chilenas del siglo XX. Santiago, LOM Ediciones, 2010.

  1. Partidos políticos, movimientos sociales, actores colectivos e individuales.

 Rolando Álvarez. Gremios empresariales, política y neoliberalismo. Los casos de Chile y Perú (1986-2010). Santiago, LOM Ediciones, 2015.

Azún Candina. Clase media, Estado y sacrificio: La Agrupación Nacional de Empleados Fiscales en Chile contemporáneo (1943-1983). Santiago, LOM Ediciones, 2013.

Sofía Correa. Con las riendas del poder. La derecha chilena en el siglo XX. Santiago, Editorial Sudamericana, 2005.

Mario Garcés. El despertar de la sociedad. Los movimientos sociales en América Latina y Chile. Santiago, LOM Ediciones, 2012.

Cristina Moyano. MAPU o la seducción del poder y la juventud. Los años fundacionales del partido-mito de nuestra transición (1969-1973). Santiago, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2009 (si bien es cierto, centra su mirada en el MAPU, genera un renovado prisma analítico de la militancia política).

 Fernando Ortiz Letelier. El movimiento obrero en Chile (1891-1919). Santiago, LOM Ediciones, 2005.

Julio Pinto. Luis Emilio Recabarren. Una biografía histórica. Santiago, LOM Ediciones, 2013.

Julio Pinto y Verónica Valdivia. ¿Revolución proletaria o querida chusma? Socialismo y Alessandrismo en la pugna por la politización pampina (1911-1932). Santiago, LOM Ediciones, 2001.

 Gabriel Salazar. Movimientos Sociales en Chile. Trayectoria histórica y proyección política. Santiago, Uqbar Editores, 2012 (a mi gusto el mejor libro de Gabriel Salazar, lo que es bastante meritorio, pues es posterior a la obtención del Premio Nacional de Historia 2006).

Verónica Valdivia. Nacionales y gremialistas. El parto de la nueva derecha política chilena. Santiago, LOM Ediciones, 2008.

Ricardo Yocelevzky. Chile: partidos políticos, democracia y dictadura 1970-1990. Santiago, Fondo de Cultura Económica, 2002.

  1. Historia de las religiones.

Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile. Dejando “el refugio de las masas” 1990-2010. Concepción-Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2013.

María Antonieta Huerta y Luis Pacheco. La Iglesia chilena y los cambios sociopolíticos. Santiago, Pehuén Editores, 1988.

 Humberto Lagos. Herejía en Chile. Evangélicos y protestantes desde la Colonia hasta 1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2009.

Maximiliano Salinas. Historia del pueblo de Dios en Chile. La evolución del cristianismo desde la perspectiva de los pobres. Santiago, Ediciones Rehue-CEHILA, 1987.

Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico, 1965.

  1. Análisis de la historiografía chilena.

 Luis De Mussy (Editor). Balance Historiográfico Chileno. El orden del discurso y el giro crítico actual. Santiago, Ediciones Universidad Finis Terrae, 2007 (específicamente los artículos de Alfredo Jocelyn-Holt y Gabriel Salazar).

Sergio Grez. “Escribir la historia de los sectores populares. ¿Con o sin la política incluida? A propósito de dos miradas a la historia social (Chile, siglo XIX)”. Política. Volumen 44, Otoño de 2005.

Julio César Jobet. “Notas sobre la historiografía chilena”. Revista Atenea. Año XXVI, Nº 291/292, septiembre-octubre de 1949.

Julio Pinto. La historiografía chilena durante el siglo XX. Valparaíso, Editorial América en Movimiento, 2016.

Miguel Valderrama. Renovación socialista y renovación historiográfica. Documento Nº 5. Santiago, Programa de Estudios Desarrollo y Sociedad, Universidad de Chile, 2001.

Luis Pino Moyano.


[1] Jorge Baradit. Historia secreta de Chile 2. Santiago, Editorial Sudamericana, 2016, p. 189.

Metanoia, secularización y el devenir de Chile.

* Publicado originalmente en Metanoia, en dos partes.

Primera parte. Segunda Parte

Desde el año 2015 he tenido el privilegio-y-deber de trabajar como asesor de los jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. En el marco de dicho trabajo, y en la lectura de la realidad de la juventud de nuestra iglesia, surgió la idea de trabajar con este concepto: “Metanoia”. Cuando lo hicimos, tuvimos en mente la fuerza de esta palabra griega, que tuvo como origen una orden militar, muy parecida al contemporáneo “¡media vuelta, mar…!”, que, probablemente, hemos escuchado en más de una ocasión. Ahora bien, quisimos relevar no sólo su uso ligado al arrepentimiento, sino por sobre todo, la idea de la transformación de la mente, del corazón y de las emociones realizada en nosotros por el Espíritu Santo, que se fundamenta y se solidifica día tras día en una lectura atenta de la Palabra de Dios.

Fue esto lo que nos llevó a poner un énfasis en la formación cosmovisional, siempre aterrizándola a la práctica cotidiana de la misión en todo lugar donde nos toca estar, con la idea reformada de vivir para la gloria de Dios. Ha sido eso, lo que nos ha llevado a leer[1] y conversar sobre cosmovisión, y luego generar un esfuerzo, ayudado por la gentileza de pastores y hermanos que nos han acompañado en nuestras actividades desde sus áreas de experticia, aterrizando dicha mirada a la situación posmoderna, a la sexualidad, a la cultura, a la política y la justicia social, al arte, a la vida saludable, a la práctica de la piedad producto de la reforma que el Espíritu Santo ha hecho en nosotros, y a la centralidad que tiene el Reino de Dios en nuestra agenda. Pronto estaremos en Recoleta viendo cómo la Reforma Protestante, en el marco de los 500 años de la protesta de Lutero, tuvo una relación con los procesos migratorios, y cómo tuvo y sigue teniendo un mensaje respecto de nuestra relación con el extranjero que vive en nuestra tierra.

La formación cosmovisional que pensamos tuvo en su origen un alcance reactivo respecto de la realidad, producto de la constatación del alto grado de acceso a otras cosmovisiones por medio de escuelas, universidades, medios de comunicación de masas y alternativos-virtuales, lecturas, junto con expresiones múltiples de arte. Pero no podía quedarse en pura reacción, porque la idea no era construir ghettos virtuosos que se configuran en la ciudad pero que viven fuera de ella. Y allí está el componente propositivo. La idea es vivir en la ciudad con una mente transformada, lo que nos permite leer, disfrutar, dialogar y discutir con todas las expresiones que están en derredor. Y eso, sólo puede ser posible porque Cristo es el Señor por sobre todo y porque su Palabra, única y suficiente regla de fe y práctica, la que es leída siempre en comunidad (¡por eso la Confesión de Fe!), como fundamento. Y eso es más que una declaración teológica: es principio de vida. He ahí el énfasis cosmovisional: todo lo que acontece en la historia trazada de principio a fin por el Dios vivo y real, lo que sucede a nuestro alrededor, inclusive lo que nosotros hacemos en nuestra intimidad, puede ser conocido y comprendido por medio del cristianismo. El cristianismo, como “verdad total”, nos permite ver el sentido de la historia y dar significado a la realidad[2]. Por ende, para saber qué cosas e ideas podemos (¡y debemos!) asumir, modificar y rechazar necesitamos de una profunda y sólida cosmovisión cristiana. ¡Ora y trabaja!, el viejo lema debe ser revivido en nuestra cotidianidad.

Viendo nuestra realidad y conversando acerca de ella en nuestro contexto eclesial, cada vez más emerge en las voces el concepto secularización, o el adjetivo “secularizado”. La palabra etimológicamente alude a lo relacionado con el siglo. Ahora bien, filosóficamente la idea apunta a un proceso propio de la modernidad que releva el progresivo desgajamiento o desapego de los motivos religiosos a la hora de comprender la realidad natural y social.

Aquí se debe señalar que en la lectura fatalista de la historia que hacen los “progresistas” de hoy, este proceso no tendría vuelta y debe derivar, en su versión moderada, en el desplazamiento del discurso religioso al espacio privado, o en el discurso más radical, a la eliminación de la religión de la sociedad. Dicha lectura yerra el blanco cuando piensa y cree que en la modernidad inmediatamente se habría producido “la muerte de Dios” (según lo planteado metafóricamente por Nietzsche) o la crítica de la “religión opio” (según lo señalado por Marx, simbólicamente también), cuando en Europa tenemos entre Galileo y Hegel a pensadores que adscribían, también, a la dotación de inteligibilidad del relato religioso, siendo algunos de ellos creyentes. Evidentemente, el obstáculo lo puso el cientificismo naturalista con su estatuto de la verdad. Pero dicha forma de entender y hacer la ciencia, de manera posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta la actualidad, tiene un férreo cuestionamiento, sobre todo cuando parte importante de los cultores de las ciencias de la naturaleza y de la sociedad han aceptado la idea de que “quien mide modifica lo medido”. El filtro cosmovisional es relevante a la hora de mirar la realidad, y podría considerarse un acto deshonesto no reconocer ni explicitar dicho punto de mira.

En Chile, el proceso de secularización, quizá por ripios coloniales, ha tenido en la larga duración su disputa en el ámbito legal. Y aquí debemos poner atención a esto: la pulsión chilena por el orden y lo legal no discrimina entre conservadores y progresistas, pues como diría María Rosaria Stabili hay un “‘pequeño Portalesque vive dentro de cada chileno[3]. Tanto así, que esto también alcanza a nuestra mirada desde la religión[4]. El proceso de secularización del país ha estado ligado desde sus inicios a la libertad de culto. No por nada Francisco Bilbao, filósofo chileno de mediados del siglo diecinueve, en un texto que en su época le valió de ser acusado de “sedicioso, blasfemo e inmoral”, señalara con toda claridad que: “El individuo como hombre en jeneral [sic] pide la libertad del pensamiento, de donde nace la libertad de culto”[5]. Para Bilbao, Dios no es reaccionario ni impide el conocimiento racional, como el catolicismo romano, la religión oficial del estado según la Constitución de 1833, que excluía el ejercicio público de cualquiera otra religión.

A eso se fue a lo que se sumó de manera táctica David Trumbull cuando pujó por la separación de la iglesia y el estado, teniendo en su horizonte de expectativas lo siguiente:

“Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo”[6].

La esperanza de Trumbull no fue cumplida en 1865 cuando se promulgó una ley interpretativa del artículo 5 de la Constitución del ’33. Tampoco en 1925 cuando el estado se separó de la iglesia en el documento constitucional, lo que fue ampliamente celebrado por el mundo protestante. Tampoco se cumplió en 1970 con el primer Te Deum ecuménico celebrado en el país, ni en 1975 con el primer Te Deum evangélico, ni en 1999 con la mal llamada “ley de culto”, ni mucho menos en 2005 con la institución del “Día nacional de las Iglesias Cristianas Evangélicas y Protestantes”. La esperanza de Trumbull no se reducía a lo legal, por lo que su alianza con liberales, masones y radicales de la época era táctica, y no estratégica, por ende, su carácter no era permanente en el tiempo. La esperanza de Trumbull estaba en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin, lo que hacía que la proclamación del evangelio siempre cumpla su finalidad.

Y es aquí donde la secularización se liga con la cosmovisión en el devenir de Chile (esto no es un capítulo de Los Simpsons, que empieza con un tema y termina con otro). El proceso inconcluso de secularización en el país, que no ha logrado derribar el discurso religioso ni su trama comunitaria, nos reporta una serie de desafíos que presento a continuación:

a. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile nos reporta cuál es nuestra batalla principal en el presente. Y sí, está bien que invirtamos energías contra la teología liberal y sus múltiples variaciones modernas y posmodernas. Es excelente que luchemos contra la agenda “progre” que quiere instalar en el país el aborto libre, el matrimonio homosexual y la adopción homoparental. Es necesario que luchemos contraculturalmente con las diversas teorías de género. Pero esos no son nuestros enemigos primordiales hoy. De hecho, en algunas de estas luchas, y quizá en todas (a sabiendas que predecir en ciencias sociales es más que algo riesgoso), dichas batallas estén potencialmente perdidas.

Pero si nos enfocamos en dichas batallas, y probablemente ganemos alguna, luego de la celebración termináremos dándonos cuenta que hemos perdido más de lo que ganamos. Dicho elegantemente, habremos conquistado una victoria pírrica[7]. La batalla principal que debemos dar tiene que ver, una vez más, pero en una situación distinta, con la presencia de lo religioso en el espacio público. Y, aguzando más la mirada, no sólo tiene que ver con el significado correcto de un estado laico que presupone la libre circulación de ideas mientras estas no violenten o pongan en tensión el estado de derecho, ni sólo en las implicancias de su correcta aplicación, sino por sobre todo en el ejercicio del poder. La lucha de hoy tiene que ver fundamentalmente con quien ejerce el suficiente poder como para hegemonizar la sociedad y convertir en sentido común sus ideas en el presente. Mucha razón tuvo Foucault cuando invirtió la máxima de Carl von Clausewitz, llegando a decir que “la política es la continuación de la guerra por otros medios” (¡nada más que gracia común!).

b. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile cuando releva nuestra batalla principal, y teniendo la Biblia como fundamento, nos reporta cuál es nuestro enemigo principal en el presente. Nuestro mayor enemigo de hoy es (¡y sigue siendo!) el dualismo pecaminoso que nos lleva a un amor desordenado. El profeta Jeremías señaló: “Son dos los males en que ha incurrido mi pueblo: Me han dejado a mí, que soy fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, ¡tan agrietadas que no retienen el agua!” (Jeremías 2:13, RVC). Cavamos cisternas agrietadas cuando “necesitamos” recurrir a discursos prestados, foráneos al cristianismo bíblico, para fundamentar nuestras acciones en el mundo. Cavamos cisternas agrietadas cuando asumimos paquetes ideológicos completos que obnubilan nuestra mirada de lo que dice la Biblia, leyendo la Biblia con los ojos de cualquier hombre o mujer y sus ideas pecaminosas y no con los ojos de Cristo. Cavamos cisternas agrietadas cuando pensamos que hablar de moral es venderse a la derecha, y que cuando hablamos de justicia social es venderse a la izquierda, cuando en realidad ambas cosas las podemos extraer de la Biblia, y en ocasiones, como en el caso de Amós 2:6,7 les encontramos juntos y revueltos porque la cosmovisión que viene de Dios une lo que nos aparece fragmentado: “Así ha dicho el Señor: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no revocaré su castigo. Porque han vendido al justo por dinero, y al pobre por un par de zapatos; han aplastado en el suelo a los desvalidos, han torcido el camino de los humildes; ¡hijos y padres profanan mi santo nombre al acostarse con la misma joven!” (RVC). Es verdadero pecado contra Dios y contra nuestro prójimo cuando teniendo a la fuente de agua viva, el Señor Todopoderoso que nos da conocimiento, emociones y voluntad para vivir, cavamos cisternas agrietadas. ¡Matemos, con la ayuda del Espíritu Santo, el dualismo que nos hace construir ídolos con pies de barro y bagatelas que no nos permiten aterrizar nuestra fe a la realidad! Arrepintámonos. Reconciliémonos. Porque si algo de lo que Cristo ha botado con su cruz para constituir un solo pueblo se interpone en nuestra comunión, eso no debiese recibir otro nombre que “falso dios”.

Esto reporta tareas: los pastores y todos aquellos que tenemos la responsabilidad de enseñar, debemos colaborar activamente en el fortalecimiento de una mirada cosmovisional en la iglesia; y, por supuesto, tú tienes el deber de educarte en esta área, asistiendo a todas las instancias que puedas y leyendo buena literatura (ve la nota a pie de página número 2, en la primera parte del artículo). Ambas tareas deben presuponer que no existe separación entre una teología recta y una vida santa, porque ambas se producen por el Espíritu Santo que inspiró las Escrituras, que aplicó la obra salvífica en nuestras vidas, y que nos llena de poder individual y comunitariamente.

c. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile debiese acercarnos a nuestra Confesión de Fe. Esto es lo maravilloso de la teología reformada que presupone que la iglesia puede seguir siendo reformada por la obra del Espíritu y según la Palabra de Dios. La Confesión de Fe de Westminster fue escrita originalmente en un mundo en el que la monarquía absoluta era la forma de gobierno para la sociedad, cuyo poder también podía penetrar la iglesia. En 1788 los presbiterianos estadounidenses hicieron algunas reformas a la Confesión de Fe, y entre los cambios, que nosotros preservamos en el documento que como oficiales de la iglesia suscribimos haciendo un voto de lealtad, señala lo siguiente respecto del Magistrado Civil:

Los magistrados civiles no deben tomar para sí la administración de la palabra, de los sacramentos. (2ª Crónicas 26:18.) o el poder de las llaves del reino de los cielos, (Mateo 16:19; 1ª Corintios 4:1-2.) ni se entrometerán lo más mínimo en las cosas de la fe. (Juan 18:36; Malaquías 2:7. Hechos 5:29) Sin embargo, como padres pacificadores en el deber de los magistrados civiles proteger la Iglesia de nuestro común Señor sin dar la preferencia sobre las demás a alguna denominación de cristianos, sino obrando de tal modo que todas las personas eclesiásticas, cualquiera que sean, gocen de libertad incuestionable, plena y perfecta en el desempeño de cada parte de sus funciones sagradas, sin violencia ni peligro; (Isaías 49:23.) y además, como Jesucristo ha señalado un gobierno regular y una disciplina en su iglesia, ninguna ley de cuerpo político alguno deberá entrometerse con ella, estorbando o limitando los ejercicios debidos que verifiquen sus miembros voluntarios de alguna denominación de cristianos conforme a su propia confesión y creencia. (Salmo 105:15; Hechos 17:14,15.) Es el deber de los magistrados civiles proteger las personas y buen nombre de todo su pueblo de tal manera que no se permita a ninguna persona que so pretexto de religión o incredulidad haga alguna indignidad, violencia, abuso o injuria a otra persona cualquiera; debiendo procurar además que toda reunión eclesiástica religiosa se verifique sin molestia o disturbio. (2ª Samuel 23:3; 1ª Timoteo 21:2; Romanos 13:4.)”.

Nuestra Confesión nos invita a una mirada correcta de la relación entre la iglesia y el estado, presuponiendo su separación. Ambos están en esferas diferentes, no pudiendo el estado entrometerse en la tarea y roles de la iglesia. Y no sólo eso, garantizando su libertad. Aquí está el fundamento confesional, y por ende comunitario, de lo que debiese ser nuestra comprensión y base de nuestra acción: la separación no sólo es del estado respecto de la iglesia, sino nuestra respecto del estado. No porque quienes hoy dirijan los organismos del estado difieran de los principios de la Palabra del Señor, eso necesariamente tendrá la fuerza de coartar nuestra predicación y vida. Podemos y debemos vivir contraculturalmente. Nuestra obediencia al magistrado civil es relativa y activa, porque nuestra obediencia total está en relación a lo que la Biblia dice. Además de eso, Cristo sigue siendo Señor sobre todo[8].

d. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional nos debe llevar a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades. Sin lugar a dudas, si los cristianos leyéramos más la Biblia y fuésemos felices de vivir la fe, no viviríamos paranoicamente, con delirio de persecución, victimizándonos innecesariamente y construyendo ghettos virtuosos de gente como nosotros. Muy por el contrario, veríamos al mundo en el que vivimos y las discusiones que emergen en él, pensando en las ricas oportunidades que tenemos para compartir la buena noticia. En otras palabras, valoraríamos las posibilidades de hablar y vivir la verdad con amor. Que se apruebe el aborto en tres causales, cosa que niega los principios de la Biblia, no reduce nuestra fe, nuestra acción en el mundo, nuestro amor y oración hacia todos, aunque no crean lo que nosotros creemos. Si amamos, pavimentamos el camino para decir la verdad y ser escuchados.

Pero si no sucediera ese paso lógico, y llegásemos a ser perseguidos por nuestra fe en Jesús, deberíamos alegrarnos del vituperio en Cristo. Jesús dijo: Bienaventurados serán ustedes cuando por mi causa los insulten y persigan, y mientan y digan contra ustedes toda clase de mal. Gócense y alégrense, porque en los cielos ya tienen ustedes un gran galardón; pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes” (Mateo 5:11,12, RVC). Ese gozo no es masoquismo, sino que es posible por la fuerza del Espíritu Santo operando en favor de la iglesia y se basa en la esperanza de que un día toda lágrima de nuestros ojos será secada.

Pero todavía eso no ocurre. No nos anticipemos a los hechos. Aquí bien vale la pena recordar lo dicho por el teólogo Jürgen Moltmann:

“Cuanto más conscientes son los cristianos hoy día de una situación minoritaria y pierden la protección de una sociedad ‘cristiana, tanto más pueden aprender de la moral calvinista a hacerse extraños en la propia sociedad y nación por amor de Cristo. En la historia del cristianismo reformado se evidencia claramente el valor de ser distinto de los demás. Únicamente quien es distinto es capaz de ‘existir para los demás’; de lo contrario, es uno más entre la masa”[9].

e. El proceso de secularización que sigue viviendo Chile, visto de manera cosmovisional que nos lleva a convertir los desafíos y dificultades en oportunidades, debiese conducirnos a precisar nuestra esperanza escatológica. A la luz de la Biblia, y desde una perspectiva amilenarista, hay que decirlo, podemos notar que las cosas irán de mal en peor. Pero nuestra esperanza no está en hombres, mujeres ni en proyectos políticos. Nada de lo que los seres humanos hagamos pecaminosamente es obstáculo para el triunfo del Reino de Dios y la proclamación del Evangelio por parte de la iglesia. Dicho triunfo y proclamación no depende de esfuerzos humanos ni de las circunstancias aparentemente favorables, sino de Dios que tiene el control de todo según su plan perfecto y que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Nuestra esperanza es escatológica y no se trata un mero cambio social cosmético y de baja intensidad al lado de la ciudad construida por Dios. Nuestra esperanza está en la redención que aguarda la creación toda. Es el anhelo expresado por el profeta Amós, de que “que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable” (Amós 5:24, NVI). Eso escapa de nuestras posibilidades de acción. Es Dios, en Cristo, que consumará la historia. Cuando tenemos eso claro, podemos trabajar fundamentados y descansando en Dios. Es allí que se hace patente la verdadera metanoia, la transformación de la mente que nos conduce a mirar con los ojos de Cristo.

Luis Pino Moyano, Asesor de Metanoia.


[1] Durante el año 2016, los líderes de jóvenes, en medio de nuestras reuniones informativas, realizamos estudios basados en el libro de Darrow Miller y Marit Newton. Vida, trabajo y vocación. Una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011.

[2] Sobre el asunto cosmovisional, véase en orden de año de publicación en castellano: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; Herman Dooyeweerd. Las raíces de la cultura occidental. Las opciones pagana, secular y cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 1998; Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010; Darrow Miller. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011; John Piper. Piense. La vida intelectual y el amor de Dios. Carol Stream, Tyndale House Publishers, 2011; Timothy Keller. La razón de Dios. Creer en una época de escepticismo. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014; Albert Wolters y Michael Goheen. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013; Nancy Pearcey. Verdad total. Tyler, Editorial JUCUM, 2014; Michael Goheen y Craig Bartholomew. Introduçao à cosmovisão cristã. São Paulo, Edições Vida Nova, 2016; Timothy Keller. Una fe lógica. Argumentos razonables para creer en Dios. Nashville, B&H Publishing Group, 2017. Para una lectura introductoria, véase: Jonathan Muñoz. “Cosmovisión cristiana: una (muy) breve introducción”. En: Estudios Evangélicos, http://estudiosevangelicos.org/cosmovision-cristiana-una-muy-breve-introduccion/ (Revisada en agosto de 2017).

[3] María Rosaria Stabili. “Mirando las cosas al revés: Algunas reflexiones a propósito del período parlamentario”. En: Luis Ortega (Editor). La guerra Civil de 1891. 100 años hoy. Santiago, Universidad de Santiago de Chile, 1991, p. 165. Respecto de esta pulsión por lo legal, bien vale la pena referir lo dicho por Timothy Keller: “Mientras que algunos cristianos esperaban que la legislación cambiaría las actitudes de las personas, ha sido la cultura popular, las instituciones académicas, las artes y los medios de comunicación los que han estado formando la mentalidad popular. La política pública ahora simplemente está empezando a seguir los pasos” (Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 212).

[4] Uso en este caso el concepto religión de manera positiva.

[5] Francisco Bilbao. “Sociabilidad Chilena”. En: El Crepúsculo. Periódico literario y científico. Nº 2, Tomo 2. Santiago, 1 de junio de 1844, p. 74.

[6] La Piedra, Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. Citado por: Javier Castro. “David Trumbull, entre masonería y protestantismo: la conformación del frente anticlerial en Chile a fines del siglo XIX”. En: Religião & Sociedade. Vol. 33, Nº 1, Rio de Janeiro,  2013. http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0100-85872013000100006 (revisada en agosto de 2017).

[7] En alusión “a Pirro, rey de Epiro, que derrotó en el año 279 a. C. a los romanos en Ásculo, pero a costa de sufrir numerosísimas bajas”. En: http://dle.rae.es/?id=TBDNMum|TBGDp5s (revisada en agosto de 2017).

[8] Respecto de la acción política y social desde el cristianismo, me parece pertinente invitar a la lectura de los siguientes textos: Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, pp. 41-72; David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000 (especialmente la lectura del Capítulo Doce: “Elementos de un nuevo paradigma misionero ecuménico”, pp. 451-619); Vishal Mangalwadi. Verdad y transformación: Un manifiesto para naciones enfermas. Tyler, Editorial JUCUM, 2010; Herman Dooyeweerd. Estado e soberania. Ensaios sobre cristianismo e política. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014; Timothy Keller y Katherine Leary Alsdorf. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014 (pronto B&H publicará una edición en castellano); Darrow Miller et al. Reformulación de la justicia social: Redención de la compasión bíblica. Tyler, Editorial JUCUM, 2015; Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016.

[9] Jürgen Moltmann. “La ética del calvinismo”. En: Leopoldo Cervantes-Ortiz. Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento. Barcelona, Editorial CLIE, 2009, pp. 263, 264.

“¡Más familia, menos estado”. Mi lectura del eslogan.

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El denominado “bus de la libertad” ha traído una serie de reacciones en medios de prensa y en las redes sociales. Quisiera comenzar señalando que considero que mis hermanos en la fe, junto a otros sujetos, de los grupos denominados, a veces peyorativamente, como “pro-familia”, están en todo su derecho de hacerlo, ya sea en sus lugares de reunión, en las calles de las ciudades del país o en instituciones en las que se discutan estos temas. La libertad de expresión debe no sólo garantizarse sino defenderse, por más que se esté en desacuerdo de las ideas expresada, teniendo como única consideración de censura, cuando éstas atentan contra el estado de derecho o cuando en el marco de la expresión de ideas se expresan actos de violencia física o de maltrato verbal de sesgo intolerante real. Digo esto, porque he visto mucha victimización, y ésta poco ayuda a la hora de entablar diálogo y discusión en la sociedad y, en mi opinión, ambos sectores en pugna respecto de este tema, han recurrido a este discurso que emociona y/o causa escozor en quien lo ve. Ni el bus, como performance comunicativa, ni las declaraciones de las élites de los movimientos LGBTI son “incitaciones a la violencia”. Las palabras duras no rompen huesos. Lo realmente violento es acallar una voz que legítimamente puede expresarse en la sociedad, acudiendo a la prepotencia de decir “estoy del lado de la ciencia y por ello de la verdad”.

Dicho eso, quiero pasar al eslogan en cuestión. Me lo he topado en los noticieros, en el inicio del Facebook, y hoy, en una calle de Santiago, cuando me topé con el momento final de la marcha de los grupos que defendían la acción simbólico-comunicacional del “bus de la libertad”. “¡Más familia, menos estado!”, así, con signos de exclamación, porque es un grito de lucha. Grito que obnubila la mirada con una media verdad. Explicaré por qué.

Me parece que la lucha por “más familia” es un principio conducente con el mandato social expresado en la Biblia desde el Génesis en adelante. Una familia activa, vital, centrada en la búsqueda de la gloria de Cristo, campo de misión y desarrollo de todas las posibilidades de expresión con las que hemos sido dotados por el Creador. Familia como lugar de discipulado: caminata de padre, madre e hijos e hijas que siguen a Jesús. Lugar de relación, cercanía, amor, crecimiento, maduración. Más familia, sí. Pero de verdad, no mero panfleto. Porque es súper fácil decir “más familia” cuando no se participa en nada de la educación de los hijos, de su crianza, de su discipulado. Es súper fácil decir “no tocas a mis hijos”, cuando ni siquiera tú los tocas, siendo sólo alguien que ha procreado sin ser padre o madre. Un padre y una madre que viven la fe de Jesús entienden que deben ser activos en la educación de sus vástagos sin tercerizar su labor, ya sea en la escuela o en la iglesia.

“Menos estado”. ¿Por qué? Una de las cosas que más me llamó la atención de la marcha con la que me encontré, fueron la cantidad de pancartas y consignas que hablaban desde la “ciencia” y contra la “ideología” (¡…!), cómo si la ciencia estuviera libre y aséptica de presupuestos. De hecho, los grupos LGBTI también se arrogan el habla desde la ciencia y contra la fe. Graciosa similitud, si se quiere, pero en lo que a mí me toca, como protestante, me parece un pensamiento no sólo complejo, sino riesgoso, por lo menos desde el punto de vista comunicacional, toda vez que no hay ningún argumento fuera del campo ideológico que permita decir “menos estado”. La negación de un estado totalitario o de un estado visto como el papá que actúa por una masa se condice con los principios del cristianismo. Vaya un no rotundo a la “estadolatría”. Pero vaya también un no rotundo a la “estadofobia”. “Menos estado” es producto de la “estadofobia” que emerge del pensamiento liberal y no de la Escritura. Si bien es cierto, la Biblia no nos muestra un sistema político acabado por el cual jugarse en su implantación en la sociedad, si nos brinda principios de acción, entre los cuales aparece claramente la autoridad del magistrado civil a la hora de trabajar por el bienestar de la ciudad. En ese sentido, puede que hoy no nos gusten ciertos proyectos de ley relacionados con la familia, pero un estado activo ha permitido la concreción de leyes como la de matrimonio civil, o las que sancionan la violencia intrafamiliar. ¿Te imaginas que ocurriría con “menos estado” frente a una mujer golpeada y llevada a la muerte dentro de un hogar? ¿Nadie debe meterse con la familia? La ideología del “menos estado” se sustenta en las ideas secularizadoras que piensan que el humano es bueno por naturaleza y que en ese marco está dotado de ejercer libertad individual, no comunitaria, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Concluyendo: creo que el derecho preferente a la educación de los niños/as es de padres, madres o tutores asignados; creo que dicho derecho genera el deber constante de vivir junto a los hijos/as esforzándose en su educación; creo que el estado no debe coartar la libertad de acción y pensamiento de las familias que educan a sus hijos en una determinada fe; y creo que el estado tiene deberes a la hora de garantizar, por ejemplo el derecho universal a la educación, en los que la escuela cumple un papel, y también en la regulación social que debilita la aparición de sectas que dañan la vida de las personas.

Más familia entonces, con educación desde la casa, reforzada en la escuela con los conocimientos por área de saber y en la iglesia, para los cristianos, respecto de la fe, junto con un estado que garantiza y promociona derechos y al que se le regula desde la ciudadanía con participación democrática activa y constante.

Luis Pino Moyano.

Mis lunes con Violeta Parra.

El año 2013 comencé una aventura en el Colegio Andino Antuquelén llamada “Taller de Historia y Memoria”. Era una instancia optativa, dentro de diversas posibilidades que el colegio otorga para los lunes y miércoles en las tardes. Si bien es cierto, en dicho espacio educativo siempre he tenido la posibilidad de tensionar y criticar el currículum, este taller, me daba la posibilidad de crear en el diálogo con estudiantes, en este caso, desde la disciplina historiográfica. La idea era producir un rescate de la historia y las memorias de Chile y América Latina en el pasado reciente, en el período que Eduardo Devés llamó “todo es política” (desde la década de los sesenta), a partir de fuentes diversas. Desde el 2016, por mi trabajo en la iglesia, ocupo el lunes, mi día libre para continuar con este espacio dialógico.

¿Qué tiene que ver lo anterior con el título del post? Todo, particularmente este año. Pues en el marco de las conmemoraciones del centenario del natalicio de Violeta Parra me decidí a hacer un giro del taller, ocupando la experiencia vital y la obra de esta mayúscula artista como la base y el sustrato del taller que piensa nuestro pasado reciente. Y elegí a Violeta Parra por varias razones. Por su música sencilla y belicosa, sin grandes aspavientos, con una fuerza dramática inigualable, que dejan a la vera del camino aquellos artefactos bonitos pero sin “enjundia” en el decir popular. Elegí a Violeta por su rupturismo con el folklore tradicionalista, ese que le cantaba a la bandera, el huaso y la cordillera, en el marco idealizado de una realidad en la que todo eso, y más, tiene múltiples rostros, y no sólo la belleza de la representación uniforme. Violeta cantó de las experiencias de gente de carne y hueso, miró sus realidades, empatizó con ellas, cosa que no costó porque Violeta procedía del mismo lugar. Mucho se discute en los círculos de las ciencias sociales acerca de la posibilidad de habla del subalterno, pues bien, Violeta Parra precisamente hizo hablar al subalterno no sólo al retratar su vida, en la alegría, el sufrimiento, el trabajo y la lucha vital que ellos encarnaban, sino también, al rescatar canciones en una amplia recopilación que dio permanencia a voces que habrían sido sepultadas junto a los cuerpos de tantos cantores de esta tierra.

Elegí a Violeta por sus letras comprometidas con la historia y su tiempo, canciones que no sólo son “de protesta” como cierto rótulo mercantil y cooptador quiso darle al género, sino canciones que acompañan la vida de la gente más sencilla. Sus descripciones tan acertadas respecto de la realidad del país, en el que la “larga duración” de los actos de poder de los menos que domina y constriñe a los más nos persigue, sumado a la fuerza de los clásicos da vigencia a su mirar, generando utillaje pedagógico en la caja de herramientas del saber y, también, una reserva teórica y conceptual para nuevos análisis. De hecho, en este caso se hace cada vez más manifiesta la perversión que desliga los contenidos del área de lenguaje con la de historia en la educación chilena, imposibilitando el aprendizaje que liga y construye puentes. Aunque, el deber de subvertir aquello está a la orden del día.

Elegí a Violeta porque sus letras de amor y risa celebran apasionadamente el acto bello del encuentro de otros que se unen en un yo, como a su vez, en el caso de su lírica desgarrada posee letras que vomitan rabia y dolor frente al cual no se puede quedar impávido. Por eso es que ocupé el concepto de artista, pues reducirla a cantante o poeta habría anquilosado la mirada. La expresión musical de Violeta es multisensorial apelando a la razón y al sentimiento. Violeta Parra es una “romántica de la noche”, marcada por un ejercicio activo de la voluntad que se expresa desde el fuego vital que empodera su habla como nuestra escucha. Si bien es cierto, su música no era rockera, sus letras lo eran: allí están “El gavilán”, “¿Qué dirá el santo padre?”, “Miren como sonríen” y, por supuesto y entre tantas otras, “Maldigo del alto cielo”, sumado al acto de llamar “Las últimas composiciones de Violeta Parra” al que fue de facto su último disco. Violeta no sólo es antecedente necesario a la hora de analizar la Nueva Canción Chilena, sino otras expresiones musicales, incluso a las que traspasaron la escena artística en el marco dictatorial.

Violeta Parra, la cantante desvalorada en su época y en muchos casos reducida  y caricaturizada como la mujer cantora de “Gracias a la vida” que después se suicidó (como si dicho acto de dolor fuese sólo marcado por la cobardía y la frustración), debe ser rescatada más allá de su centenario. Debe ser leída, escuchada y disfrutada no sólo por el pasado, sino para el presente, por nuestro presente. Podríamos decir con su hermano Nicanor “Cántame una canción inolvidable / Una canción que no termine nunca / Una canción no más / una canción / es lo que pido. / Que te cuesta mujer árbol florido / Álzate en cuerpo y alma del sepulcro / Y haz estallar las piedras con tu voz/ Violeta Parra” (en “Defensa de Violeta Parra”).

Por mi parte, valoro la compañía literaria y musical de Violeta Parra, y no sólo los lunes, sino en mis días, porque ella es la que con la habilidad de la mejor de las profesoras me ha enseñado que “Lo que puede el sentimiento / no lo ha podido el saber / ni el más claro proceder / ni el más ancho pensamiento. / Todo lo cambia el momento / cual mago condescendiente, / nos aleja dulcemente / de rencores y violencias. / Solo el amor con su ciencia / nos vuelve tan inocentes”. La inocencia, frente a los monstruos levantados por la razón moderna, no sólo es desafío… es también, vital.

Luis Pino Moyano.