Breves palabras sobre “Historia de un Oso”.

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No quise publicar nada sobre “Historia de un Oso”, luego de ganar el premio Oscar, el primero para una producción cien por ciento chilena. ¿Por qué? Simplemente porque no la había visto. Eso, hasta hace un rato atrás, en que junto a Miguel y Sophía vimos este conmovedor cortometraje, evocador de un pasado que no sólo sigue estando presente sino que nos pesa. Con una sutil simpleza nos muestra la historia del desarraigo físico que no pudo significar desarraigo emocional. Dicha representación fílmica debe ser ocupada en la sala de clases para recordar-reflexionando, así como en los hogares chilenos sin distinción.

 Emocionante como, a su vez, la realidad sigue superando la ficción. Hoy, los ganadores del Oscar fueron invitados al Palacio de La Moneda por la presidenta de la república, junto al oso de verdad, don Leopoldo Osorio, quien fuera Regidor de la Comuna de Maipú y secretario de Salvador Allende, quien no quiso asistir. Dijo: “Hoy me llamaron desde La Moneda para que a las 18:00 fuera a acompañar a Gabriel y su equipo, pero no quiero volver ahí porque es un lugar muy triste”, para luego señalar: “volvería a ir a La Moneda cuando cambie la Constitución, cuando no esté la que creó Pinochet”. Ojalá se ponga fin al espectáculo circense, en la cara metáfora fílmica, que tanto daño ha hecho a este país.

 Merecido reconocimiento.

Luis Pino Moyano.

El aporte de Paulo Freire a la Pedagogía Crítica.

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El miércoles 23 de diciembre de este año, realicé mi último trabajo formal para el Colegio Andino Antuquelén, como parte del equipo docente. Esto en el marco de una serie de talleres de autoformación que se harán, en pos de una reapropiación y fortalecimiento del proyecto educativo institucional. A mi me correspondió hablar de pedagogía crítica, y para acotar la mirada, decidí repasar las ideas del pedagogo brasileño Paulo Freire. Fue un tiempo genial, porque en la preparación pude releer textos de este insigne pensador latinoamericano, junto a la lectura de otros que no había leído, sumado al diálogo con mis compañeros/as de trabajo.

Algunas personas me han pedido compartir estos materiales. Y lo haré señalando dos cosas: a) el diaporama no reporta todo lo planteado en el acto comunicativo del miércoles; y b) tiene muchas citas, amplias citas, porque tiene la finalidad de ser un material que dé pistas, orientando caminos en la lectura freiriana.

El diaporama se puede descargar haciendo clic aquí.

En medio de la presentación, vimos este vídeo, en el que Freire aporta su visión de la educación.

Una lágrima por Galeano.

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Puede parecer exagerado, pero así fue. Iba manejando camino al trabajo cuando me enteré de la noticia: “-hoy, 13 de abril de 2015, ha muerto el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, a los 74 años de edad”. Y me cayó una lágrima, sobrecogido por la noticia de la muerte de alguien a quien sólo conocí por sus letras y decires. Recordé que algo similar me pasó cuando murió Benedetti, otro uruguayo-latinoamericano entrañable. Y es que esa es la palabra, entrañable. Galeano no produjo, meramente, herramientas académicas. Sus libros nos hablaron de algo que conocíamos bien, que sufríamos, que soñábamos. Nos habló de ese pasado que nos sigue pesando, de realidades sangrantes como aquellas “venas abiertas” que no han cicatrizado ni menos curado, y de un horizonte que nos parece lejano y dificultoso, pero que seguimos soñando y hacia el cual caminamos. Su producción no es resentida, como dicen algunos comentaristas de redes sociales que ni siquiera leyeron un párrafo, sino sendero del mañana mejor de los hasta hoy desharrapados del mundo.

 Galeano, el periodista que no fue obsecuente y que contó realidades sin cortoplacismos y con bastante lectura de por medio (¡otro periodismo es posible!). El escritor que hacía avanzar sus letras con la misma cadencia de su habla reposada, serena, segura. El narrador que nos habló de pasados sin los clichés del gremio historiador y con mayor fuerza y relevancia, con mayor claridad de su literatura dialécticamente histórica y novelada. El pensador que recogió lo mejor que produjo las ciencias sociales de nuestro continente: la teoría de la dependencia, aquella que nos hizo ver-recordar que el capitalismo no es simplemente mercado e iniciativa privada, sino que además, y por sobre todo, un sistema de acumulación, de empoderamiento de los menos, de racionalización disciplinante, de opresión y de explotación, de anulación del otro en el que nunca hay reconocimiento, como esa figura metafórica del “ladrillo que cae sobre un charquito” y que se releva en que el bienestar de una clase no puede confundirse con el de todo un país. Porque el subdesarrollo no es simple falta de desarrollo, como aparentemente se nos define (como lo hizo la CEPAL, por ejemplo, en los años cincuenta del siglo pasado), sino que es dependencia de un centro que irradia y perpetúa su dominación hacia una periferia. Aquello que es sintetizado en el mapa diseñado a 501 años de la llegada del hombre blanco a estas tierras, ese instrumento aparentemente neutro, pero que nos muestra cabeza abajo. Las palabras de Galeano decían al pie de dicha carta geográfica:

 Hasta el mapa miente. Aprendemos la geografía del mundo en un mapa que no muestra al mundo tal cual es, sino como sus dueños mandan que sea. En el planisferio tradicional, el que se usa en las escuelas y en todas partes, el Ecuador no está en el centro, el norte ocupa dos tercios y el sur, uno. América Latina abarca en el mapamundi menos espacio que Europa y mucho menos que la suma de Estados Unidos y Canadá, cuando en realidad América Latina es dos veces más grande que Europa y bastante mayor que Estados Unidos y Canadá. El mapa, que nos achica, simboliza todo lo demás. Geografía robada, economía saqueada, historia falsificada, usurpación cotidiana de la realidad: el llamado Tercer Mundo, habitado por gentes de tercera, abarca menos, come menos, recuerda menos, vive menos, dice menos.

 Pero Galeano no es el tipo del llanto ni del masoquismo autoflagelante de cierta izquierda. Por el contrario, es el que rescata a sujetos que perviven en la memoria de nuestros pueblos (como el Allende de “El nombre encontrado”), y otros que fueron silenciados hasta el olvido, los nadies. Sin dejar de mencionar a derrotados y a los análisis forzados (tampoco hay autocomplacencia), Galeano es el que nos habla de sueños, esperanzas, proyectos históricos, actos que subvierten esta realidad perversa, de actos de asociatividad expresados en abrazos, en regresos al corazón (el recuerdo en su significado literal), en resistencias que se expresan, por ejemplo, en el fútbol que no es sólo instrumento-opio (la foto no fue casual, refiere a uno de los referentes más importantes del fútbol uruguayo: Obdulio Varela, capitán de la celeste campeona en Brasil ’50), sino alternativamente espacio de libertad y rebelde amistad. Es verba fértil que liga lo indisociable: historia, memoria (que es como el fuego) y política, que no son lo mismo, pero que caminan juntas. Y que, como la utopía, nos sigue haciendo caminar y encontrar. Aquello que hace recordar sus palabras finales en la conclusión de siete años después de la primera publicación de Las venas abiertas de América Latina, siete cortos años pero tan llenos de larga duración, que cambiaron tanto para que todo siguiera igual (fines de 1970 a abril de 1978):

 El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo. Impotente por su función de servidumbre internacional, moribundo desde que nació, el sistema tiene pies de barro. Se postula a sí mismo como destino y quisiera confundirse con la eternidad. Toda memoria es subversiva, porque es diferente, y también todo proyecto de futuro. Se obliga al zombi a comer sin sal: la sal, peligrosa, podría despertarlo. El sistema encuentra su paradigma en la inmutable sociedad de las hormigas. Por eso se lleva mal con la historia de los hombres, por lo mucho que cambia. Y porque en la historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación.

 Por eso ha sido, y es, referencia y lectura obligada en las clases y en la conversación amical. Por eso la lágrima de hoy, por tanto aprendizaje significativo, del real, concreto, experienciable y memorizable.

 Por lo mismo, no se puede terminar sin un ¡hasta siempre! Y, desde luego, ¡hasta la victoria!

 Luis Pino Moyano.

Descargar libros de Eduardo Galeano.

El mapa referido en el post...
El mapa referido en el post…

A propósito del cuento de Nicolás y las reacciones de uno y otro lado.

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Antes de que muchos tuvieran en sus manos, o frente a su computador, “Nicolás tiene dos papás”, ya estaban reaccionando a su publicación. Reacciones de uno o de otro lado, lamentablemente, en su mayoría, cargadas de panfletería y razonamientos sin sentido. Esto, porque se rompe un principio clave en todo diálogo: si voy a escuchar a un Otro debo presuponer la inteligibilidad de su relato; es decir, si considero que su relato es más torpe, estúpido, necio, ¿para qué perder tiempo en un diálogo-discusión de ese talante? Entonces, cuando igual discutimos con personas con relatos que no son inteligentes para nosotros, lo único que hacemos es mostrar un rasgo de nuestra identidad: el ego inmenso que nos oprime y nos lleva a creernos superiores a quienes sólo alcanzan a comer de las migajas que caen de la mesa de la sabiduría. Pura autoafirmación y gusto de empequeñecer a quienes no tienen la misma labia y capacidad cognoscitiva que YO. En buen chileno, la actitud charcha del que se cree más bacán.

En este post quiero desperdigar algunas líneas con las que espero establecer diálogos y discusiones.

En primer lugar, quiero hacer una alusión a la reacción de un sector del mundo evangélico[1] (ojo, no hay un mundo evangélico, un líder evangélico, una opinión evangélica). “Nicolás tiene dos papás” no va a imponer una idea en ellos ni en sus hijos, ni mucho menos les va a llevar a creer otra cosa. A no ser, que entiendan que el trabajo de la enseñanza es tarea de las iglesias y de las escuelas, dejando de lado su propia responsabilidad como padres y madres. A no ser que la fe que estén fomentando sea más bien credulidad, “fe ciega”, fe que exige sacarse el cerebro antes de cantar y orar. Por ende, el rol protagónico de padres y madres está en saber qué cosas están enseñando a sus hijos e hijas, siendo protagónicos en ello, enseñándoles el principio de la divergencia respetuosa. Es decir, que puedan conocer y escuchar lo que otros creen y piensan, de la misma manera en la que ellos pueden hablar lo que creen y piensan, siempre con nosotros de la mano, cuidándoles y ayudándoles a comprender a la luz de la Palabra, aceptando o rechazando ideas según sea el caso. Lo peor que puede ocurrir es criar hijos al estilo Ned Flanders: en una burbuja que pronto explotará en la cara. Nuestros hijos e hijas no deben ver Sodoma y Gomorra en todos lados, por el contrario, deben mirar como Jesús, con compasión a los demás, y como los discípulos vieron “los campos blancos para la siega”. Es tarea de los padres y de las madres cristianos enseñar el evangelio a sus hijos y no discursos que suplementan el mensaje anulando la gracia. El evangelio anuncia la redención y, en ella, los heterosexuales no tienen una ventaja por su género. En el mes de la Reforma volvemos a decir “Sola Gracia”.

En segundo lugar, efectivamente la Biblia declara que las familias son formadas inicialmente por un hombre y una mujer y, luego, por los hijos e hijas de ambos. ¡Pero no es lo único que dice sobre las familias! La Biblia enseña, por ejemplo, que las relaciones sexuales no son primariamente para la procreación, sino para el goce de la pareja, tanto así que siempre la práctica sexual está asociada a casamiento. Tan importante es esto que la Biblia tiene un libro que sólo habla de esto, el “Cantar de los Cantares”, y en el Nuevo Testamento vemos a Pablo (al que algunos consideran machista) diciendo contraculturalmente (Pater Familias de por medio), que ninguno en dicha relación se pertenece a sí mismo sino al otro. A su vez la Biblia enseña a los hombres casados a amar a sus mujeres replicando el amor de Cristo por su iglesia, quien lleva el amor hasta el sacrificio. Amor que se gasta, que lucha, que cuida, que respeta, que restaura, que defiende, que ora y que, en todo eso, está el significado de ser “cabeza del hogar”. El esposo-padre cristiano no es opresor: ama, enseña y lidera siendo siervo. La Biblia también enseña que padres y madres deben amar a sus hijos e hijas, guiando su andar, enseñándoles a ser sabios y responsables frente a cada cosa que hagan. Padres y madres enseñan al fruto de su amor la gracia y la justicia en los conceptos y en la vida. Todo esto lo debieran tener muy presentes los “pro-familia” antes de ver la paja en el ojo ajeno. Y digo sin desparpajo esto: un pro-familia lo único que hace es negar el evangelio de Cristo, toda vez que entiende que la familia es la base de la sociedad y la Biblia al único que muestra cumpliendo dicha función es a Cristo. Él es roca inconmovible. La Palabra la vivimos no por nuestro esfuerzo moral cotidiano, sino por la fuerza del Espíritu que nos anima y libera para el amor en comunidad, sea ésta la familia, la iglesia y cada espacio que nos rodea. En el evangelio, la libertad nunca es solitaria, es comunitaria. No es el “dejar hacer, dejar pasar” del liberalismo, sino el amor que se da por completo para un otro que también es yo. Cristo es quien produce en la realidad concreta un encuentro humano a humano. Es Él quien nos hace vivir familia.

En tercer lugar, quiero hacer algunas reflexiones a partir del cuento en cuestión. Nicolás vive feliz con sus papás, Sebastián y Pablo, que lo cuidan, van al estadio con él, son profesionales realizados, que lo cuidan y lo quieren. Todo bien, hasta ahí. Yo no voy a caer en la torpeza de decir que una familia heterosexual garantiza cuidado y amor por los hijos e hijas, y que las familias homosexuales son inestables y violentas, porque sería poco riguroso históricamente. A lo largo de la vida humana, en muchas familias heterosexuales ha habido violencia, abuso, maltrato y cuánta cosa. Ser heterosexual no garantiza ser un humano que practica la justicia. Vale decir, puede que existan papás y mamás homosexuales que cuiden más y mejor a sus hijos e hijas que quienes son heterosexuales. Y debiésemos pugnar para que todos “los Nicolás” del país tuviesen familias que los cuiden, que les den pan-techo-y-abrigo, que tengan acceso a la educación y que, no por causa de la selección, queden fuera de establecimientos escolares. Y si bien es cierto, éste es un relato ficcional, no deja de presentar dudas. A partir del nombre, uno pudiera hacerse la falsa impresión de que el protagonista de dicha historia es Nicolás, pero no es así. Los protagonistas son los padres de dicha familia homoparental. Nicolás no adquiere identidad en su persona ni en lo que hace, sino en lo que son y hacen sus papás. Son sus papás los que tienen “el derecho a ser felices”, dando lo mismo cuánto la vida de Nicolás cambia por las decisiones que toma. “La ideología del derecho a ser feliz”[2] conlleva a la realización individual. Y si alguno piensa que estoy exagerando, ¿por qué el cuento no se llamó “Nicolás tiene dos papás y una mamá”? Sí, la mamá tiene una muy buena relación con Nicolás y con Sebastián y Pablo. “-¡Viva el respeto a la diversidad!”, dirá más de algún progre. Pero insisto, a pesar de ser un relato ficcional, no puedo dejar de preguntarme, ¿por qué la tuición de Nicolás no la tiene Clara su madre? ¿Qué hizo que se la quitaran? Porque bien nos valdría recordar que en Chile la tuición de los hijos no se les niega a las madres sino que se les quita. Y aquí, a riesgo de ser acusado de facho y machista por algunos “intelectuales de café que pronto tendrán que trabajar”, no puedo olvidar a padres que luchan por la tuición de sus hijos, contra la violencia de sus ex parejas y contra la inoculación de relatos mentirosos en sus hijos. Entonces, en pos de un final más feliz que la historia feliz que se contó, se oscurece en vez de aclarar.

En cuarto lugar, creo que urge dejar de dar peleas innecesarias. Creer que leyes van a cambiar las conductas es como pensar que no sancionar la “Ley de Acuerdo de Vida en Pareja” hará que no existan parejas homosexuales, o como pensar que la llamada “Ley Zamudio” acabará con la discriminación. O sea, ilusorio. Y es ilusorio, porque la aceptación de las ideas de las élites gay en Chile, representadas por MOVILH e Iguales, ha sido parte de una larga lucha que tiene su momento cumbre con la promulgación de leyes reivindicativas. Pero antes de eso, hubo mucho trabajo previo. El pastor Timothy Keller lo explica de la siguiente manera en su libro “Iglesia Centrada”: “mientras que algunos cristianos esperaban que la legislación cambiaría las actitudes de las personas, ha sido la cultura popular, las instituciones académicas, las artes y los medios de comunicación los que han estado formando la mentalidad popular. La política pública ahora simplemente está empezando a seguir los pasos”[3]. Esta declaración nos reporta varios elementos a tener en consideración: a) nos quejamos de la ausencia de los principios del cristianismo, cuando han sido amplios sectores cristianos los que han dejado de usar el espacio público para presentar sus ideas, en pos de una separación del mundo que conlleva una práctica piadosa, que, a mi gusto, en la mayoría de los casos tiene más de santurronería que de santidad; b) en detrimento de lo dicho anteriormente, las élites gay, tanto en sus variantes político-sociales como académicas, han hecho un largo trabajo de estudio y concientización, ocupando todos los medios a su alcance para dar a conocer su pensamiento, desde versiones teóricas de gran nivel de abstracción, hasta versiones simples, como el cuento “Nicolás tiene dos papás”; y c) que se pierde tiempo dando batallas contra el mundo gay, sobre todo desde lo legal, no sólo por el estado de avance de sus postulados, sino porque se tienden obstáculos para la presentación del evangelio. ¡Quiero ocupar más tiempo hablando de Cristo y de su reino que es “justicia, paz y gozo”, que del AVP, los homosexuales y lo que opinan líderes de algunas iglesias! No tengo por qué pasarme la vida intentando cambiar personas y sus conductas, cuando el evangelio me muestra que no me la puedo ni conmigo mismo. No tengo por qué esperar que no creyentes vivan como creyentes. El evangelio no necesita de mi defensa, menos cuando es irrespetuosa, fundada en un moralismo de poca monta y con escaso basamento escritural. El evangelio simplemente debe ser anunciado y vivido por quienes forman parte del pueblo de Dios y eso sólo es posible asidos de Cristo. Y eso, como diría Pablo, no depende del que corre ni del que puede, sino de quien ha sido alcanzado por la misericordia, muy a pesar de él mismo. Es Dios quien puede hacer nuevas todas las cosas, nosotros simplemente nos unimos a su misión, siendo sal y luz en-y-para el mundo.

Finalmente, donde sí creo que no hay alharaca es cuando se instala la pregunta sobre el carácter que adquieren libros, como por ejemplo “Nicolás tiene dos papás”, cuando son introducidos en instituciones escolares, previo patrocinio de instituciones del Estado como la JUNJI y el SENAME. Digo esto, porque hace algunos meses atrás, el MOVILH llamó a un pronunciamiento del Ministerio de Educación contra la lectura del libro “Juventud en Éxtasis”, en sus dos tomos, en establecimientos educacionales, puesto que se trataría de “libros horrorosos” que constituyen un “brutal atropello” contra menores de edad. Hoy, presentan un libro, para ser distribuido en establecimientos educacionales, y se molestan por la reacción de quienes no están de acuerdo con sus ideas, llegándoles a acusar de “intolerantes”, “homófobos”, “discriminadores”, “retrógrados” y más. ¿De dónde “Nicolás tiene dos papás” obtiene un estatuto de “intocable”? ¿De algún descubrimiento científico o de un absoluto moral? Por favor, quien mide modifica lo medido, es imposible que nos saquemos nuestros lentes (cosmovisionales, ideológicos o como quieran llamarlos) para mirar la realidad. Esa es “la intolerancia de los tolerantes” que niega que otros afirmen cosas desde su propio lugar de producción. Cuestiona los moralismos de derecha, católicos y evangélicos, pero no cuestiona su propio esfuerzo moralizador cuando instala sus ideas con estatuto de verdad y de sociedad ideal. Es decir, ¿qué impide que las mismas u otras instituciones del Estado den su patrocinio a textos que escriben desde otro lugar de producción, diferente al de las élites gay? “-Pero no pues, acaso no recuerdas que existe separación de la iglesia y el Estado desde 1925”, me dirá más de alguno, aduciendo al Estado laico, construcción social con la que estoy de acuerdo. A lo que respondo: el Estado laico no tiene por qué ser al estilo Kim Il-sung, proveyendo-obligando una lectura total de la realidad, constituyendo gente más igual que otros iguales, aduciendo a la cara metáfora orwelliana. El Estado laico debe garantizar que todas las formas de opinar se manifiesten en el espacio público en el marco de la democracia y el Estado de derecho. Ahora bien, si aún así, el Estado y sus instituciones se niegan a poner su sello a libros que difieran de la opinión de quienes ejercen el poder ejecutivo, deben siempre recordar que es porque han logrado una hegemonía política que les permite llevar a cabo dichas acciones, pero que dicha hegemonía es histórica (no es natural) y, por ende, se puede disputar. Pues aquí bien vale dejar planteada la pregunta que hiciera, el anteriormente citado, Timothy Keller: “Si la moral es algo relativo, ¿por qué no lo es también la justicia social?”[4]. Dejo instalada esa pregunta para futuros diálogos y discusiones.

Luis Pino Moyano.


[1] Ocupo evangélico aquí en términos denominacionales y no para referir un discurso concordante con el evangelio.

[2] Ocupo el concepto de ideología en el sentido negativo que Marx le daba.

[3] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 212.

[4] Timothy Keller. La razón de Dios. Creer en una época de escepticismo. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014, p. 15.

La entrevista de Hawking y la reacción del ateísmo vulgar.

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Muchos ateos se sienten felices de que Stephen Hawking diga que “no hay un Dios” porque eso no se condice con la ciencia, y regurgitan su entrevista desperdigándola como criterio de “la verdad”.

Pero son pocos los que reparan en algo: que esa declaración que él hace no se condice con lo que él mismo decía que era científico hace algunos años atrás: “si llegamos a descubrir una teoría completa, sería el triunfo definitivo de la razón humana porque entonces conoceríamos la mente de Dios” (Una breve historia del tiempo, 1988 -texto citado en uno de los medios que reproduce la entrevista). ¿Qué hizo quitarle estatuto epistemológico de ciencia a su anterior pensamiento? ¿Qué nos permitiría afirmar que su declaración actual es más científica que la anterior? ¿Debemos “formatear” una parte o el todo de su producción anterior si se cae un elemento que era parte de su tramado teórico?

Y a propósito del tiempo y su densidad, cuando él señala en su reciente entrevista que siempre ha sido ateo y que su alusión a la mente de Dios era más bien un recurso retórico y no una declaración del diseño inteligente del universo, ¿no habría que tener en cuenta que los discursos de memoria son hechos del presente y que, por ende, nos dicen más del presente de un sujeto que de su pasado? La memoria tiene elementos míticos puesto que el “yo fui” siempre da presencia a algo que está ausente. Es verdad para él, porque desde su presente busca dotar de coherencia a su pasado. ¿Pero podríamos saber hoy con total seguridad que Stephen Hawking opinaba de la misma manera en el pasado? La respuesta es no. No hay ninguna posibilidad más que dar como criterio de verdad a su relato actual.

La única posibilidad que tenemos en casos como estos es analizar los discursos y sus posibilidades de interpretación en-y-desde distintos contextos de enunciación. Pero declarar lo científico como “la verdad” es otra cosa muy distinta, toda vez que “la comunidad científica” no es comunidad, no sólo en eso, sino que en muchos y variados temas. Porque, ¿podría comprobar su hipótesis presentada como tesis sólo señalando datos duros y concretos sin presuposiciones? Como señala el “Informe de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales”, presidido por Immanuel Wallerstein:

“Las afirmaciones del universalismo siempre han sido hechas por personas particulares, y esas personas generalmente han estado en oposición a personas con afirmaciones rivales. El hecho de que existan visiones particularistas rivales sobre lo que es universal nos obliga a tomar en serio las cuestiones sobre la neutralidad del estudioso. Las ciencias naturales aceptan desde hace mucho el hecho de que el que mide modifica lo medido. Sin embargo, esa afirmación todavía es discutida en las ciencias sociales en las que, justamente, esa realidad es aún más obvia”[1].

Antes de ponernos a citar como loros las frases de alguien habría que discutirlas y pensarlas. Si no, hacemos simplemente algo parecido a un meme como validación de nuestro saber. O sea, el ridículo.

Luis Pino Moyano.


[1] Wallerstein, Immanuel (Coordinador). Abrir las Ciencias Sociales. Informe de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales. (México D.F.: Siglo XXI Editores, S.A de C.V. en coedición con el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM, 1997), p. 64. El destacado es mío.

El retorno del miedo.

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Portada del diario La Segunda, 9 de septiembre de 2014.

Publicada en El Mostrador con el título “El regreso del Terror”.

El día lunes 8 de septiembre fuimos testigos de un hecho espantoso. Una bomba colocada en un centro comercial, en el basurero de un local de una cadena de comida rápida, a plena luz del día, explosiona dejando una decena de heridos, entre los cuales se encontraba una mujer trabajadora que perdió parte de uno de sus dedos. Sin dudas se trata de un acto violento que debemos repudiar sin ningún ápice de conmiseración. No podemos permitir que estos actos agreguen más incertidumbres a las que ya viven cientos de miles de habitantes de este país en sus vidas cotidianas. ¿Qué esperamos entonces? Repudio social a un acto violento de este tipo, juicio y condena de los responsables según el debido proceso, políticos que actúen a la altura de la circunstancia y no buscando sacar dividendos mezquinos y medios de comunicación que informen entendiendo la función social educativa que está implícita a su labor.

¿Pero qué hemos visto hasta ahora? Hemos visto a políticos, abogados, académicos y otros, de diversos sectores ideológicos, hablar inmediatamente un acto “terrorista” y que quienes perpetraron este acto son “anarquistas”, miembros de colectivos antisistema, con amplias conexiones internacionales (se habla de ligazones con ácratas españoles). Súmese a ello, la portada del diario La Segunda del martes 8, que con grandilocuente título declara “el retorno del miedo”, con una foto que en su costado tiene un borde con los colores rojo y negro, clara alusión simbólica a corrientes de izquierda (es el mismo diario que en el pasado señaló que miristas se mataban entre sí, bajo el título “exterminados como ratones”, además de su declaración de que los desaparecidos no existían). Tenemos el reportaje de Canal 13 que malintencionadamente relaciona este acto violento con el movimiento estudiantil y, desde luego, al senador Moreira que con su verborragia alude al Partido Comunista y a sus redes con violentistas del ayer. ¿Luego de eso, es legítimo preguntarse, quién es el que siembra el terror?

¿Existen posibilidades concretas de establecer un marco de relación con otros actos violentos tal y como lo ha hecho cierta prensa? A todas luces no. Todos los “casos bomba” que tenemos hasta el momento fueron colocados de noche, en lugares que simbolizan algún tipo de poder (político, judicial, policial, religioso, económico) y muy poco transitados, los cuales son reivindicados por alguna organización para que cumplan su función de “propaganda”. Pero el día lunes tenemos una bomba, un extintor cargado con pólvora negra (lo único similar con otros acontecimientos), que fue puesta dentro de un basurero, cerca de las dos de la tarde, en un lugar bastante transitado, y que hasta el momento nadie ha reivindicado. Lo que trae más preguntas: ¿Cómo es que nadie vio, sospechó o disuadió a quienes hacían esto a plena luz del día con gente transitando? ¿Por qué si no hay detenidos in fraganti hay tanta declaración taxativa de que se trata de anarquistas?

Todo esto, por extensión suscita más preguntas: ¿por qué las policías no logran detener a quienes originan los desórdenes en las manifestaciones, queman automóviles y buses del Transantiago, ponen bombas o anuncian que las pusieron sin hacerlo? ¿Acaso no tienen la tecnología ni la capacidad ni los equipos de inteligencia para hacerlo? ¿Puede entenderse que los mecanismos represores de la dictadura tuviesen más éxito en la captura de militantes de izquierda en el pasado sin la posibilidad de control que hoy día tienen los aparatos de control social? Porque estimados lectores: no somos tan inocentes como algunos creen. ¿Acaso los demócratas que crearon “La Oficina” y la “ANI” nos van a venir a hablar de debido proceso y de las debilidades de infiltración? ¿Van a creer que nos vamos a comprar el cuento de que no hay montajes luego del “Caso Bombas”, que no sólo se cayó por la incapacidad de la Fiscalía en el uso de las pruebas, sino precisamente por la carencia de las mismas? ¿Cómo quieren que creamos la idea de que los jueces son garantistas cuando dicho discurso va ligado a la criminalización de los movimientos sociales? ¿Qué hacemos con el principio de presunción de inocencia y con el debido proceso que una ley que emergió en el contexto dictatorial con la finalidad de perseguir a los opositores al régimen obnubila? Son demasiadas dudas y certezas que no podemos dejar de lado.

Son muchas las tareas que tenemos por delante: a) negarnos a llamar “anarquista” a sujetos que todavía no tienen un rostro definido, porque a lo largo de la historia de Chile no han sido los únicos que han hecho explosionar bombas (y de hecho, algunos que hoy día discursean en otros contextos callaban e, inclusive, aplaudían); b) negarnos a llamar “terrorismo” a un acto que no conocemos su finalidad, a la colocación de una bomba y, mucho menos, a una llamada telefónica avisando de una bomba que en la mayoría de los casos ni siquiera existen; c) exigir y cuestionar socialmente como los medios de comunicación tratan las noticias, criticando activamente el sensacionalismo y la expansión del miedo en la población a partir de imágenes, música y palabras (¡por favor! Estudiaron en la universidad no en la DINACOS); d) estudiar de manera profunda los fenómenos de violencia social, haciendo uso de la historia, y analizando no sólo los actos de violencia reactiva, sino los de la violencia estructural; e) cuestionar la repetición de la figura del “enemigo interno”, presente en la “larga duración” del país, los que ayer eran “pipiolos”, liberales rojos, mapuches, comunistas (figurados como “cáncer” y “humanoides venidos de marte” según miembros de la Junta Militar chilena), extremistas, violentistas, hoy son encapuchados y anarquistas; y f) por sobre todas las cosas, no permitir, y luchar si es necesario, para que el utillaje que brindan estos actos sin rostro sirvan para quitarnos derechos sociales, volver a poner sobre la mesa conceptos como la “detención por sospecha”, y repongan actos tan deleznables como la infiltración de organizaciones políticas y sociales, propiciando métodos como detenciones irregulares, testigos encubiertos y la delación.

Debemos resistirnos a la imposición del terror, al “retorno del miedo”, porque eso no nos permite vivir en comunidad ni experimentar la libertad.

Luis Pino Moyano.

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La larga duración que persigue a esta prensa.

Decir “laico” no es lo mismo que decir “laicista”.

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Francisco Bilbao, autor de “Sociabilidad Chilena”, texto por el que fue acusado de “sedición, blasfemia e inmoralidad”.

* La versión original de este post fue publicada en El Mostrador.

El día 27 de julio de 2014, El Mostrador publicó la columna de Alexander Linford titulada “Las batallas del laicismo en el Chile del siglo XXI”, en el cual se comenta la falta de correlato empírico entre la práctica de instituciones, fundamentalmente, públicas y la separación de “la Iglesia” (léase Iglesia Católica Apostólica y Romana) del Estado, la que fue sancionada en la Constitución de 1925 y ratificada en 1980. El autor señala que “algo no cuadra” y esboza sus respuestas a esta interrogante, las que a mi entender más que solucionar el asunto abren nuevas interrogantes. Esto por dos razones fundamentales: la homologación del concepto “laico” con el de “laicismo” y la incomprensión de los procesos de secularización iniciados en Chile en los albores de la vida republicana.

El hecho de que un Estado sea laico no presupone que sea laicista. Tanto en la definición “acotada” de la RAE, como en la propia conceptualización de Linford, el laicismo debiese ser entendido como una doctrina o estilo de vida que propugna de manera presuposicional principios o valores que no necesariamente tienen que ver con la religión. Y digo no necesariamente, puesto que algunos de los principios-valores mencionados como “la igualdad”, que procede de las presuposiciones del “derecho natural” y el “libre examen”, una de las banderas de lucha que emergieron luego de la protesta del teólogo alemán Martin Lutero, tienen su emergencia histórica en contextos religiosos. Por otro lado, ¿acaso quienes miran la realidad desde el laicismo no tienen cosmovisiones propias, lugares de producción, bagajes ideológicos, como quieran llamarlos, desde los cuales aprehenden y nominan las cosas? ¿Acaso el ateísmo y el agnosticismo no son también modos de creer? ¿Por qué se obliga, entonces, a pesar de los variados avances epistemológicos, a seguir adoptando el naturalismo como la base de la verdad? ¿No hay allí valores de por medio? Siempre hablamos desde una “confesionalidad”. Donde hay discurso, inexorablemente se profesa algo.

Por ende, lo que han hecho, y deben seguir haciendo, los estados laicos, la mayoría de ellos bajo la influencia del protestantismo (¡oh, religión!), es garantizar las libertades públicas y el ejercicio de las mismas a la ciudadanía, y dentro de esas libertades públicas está el derecho a la profesión pública y privada de los cultos religiosos, según la normativa vigente. El Estado se convierte en garante, con ello, de que dichos cultos no atenten contra la vida y la dignidad de las personas. Obviamente, me molesta señalar en mi clase de historia que a Luis Emilio Recabarren se le sancionara por no jurar como diputado por Dios y los santos poniendo su mano en la Biblia. Y también creo que el Estado es una esfera diferente de la religiosa y que por ende no debiera obligarse a profesar-jurar algo que no se cree. Pero eso es tema largo, y que tiene que ver con “el pequeño Portales” que llevamos metido dentro nuestro, que nos llama al orden cuando queremos ser disruptivos con él. Por ejemplo, ¿por qué los grupos homosexuales que enuncian los discursos hegemónicos del sector acá en Chile buscan, entre otras demandas, el derecho al matrimonio, siendo ésta la principal institución de patriarcado y la heteronormatividad con el que buscan romper? ¿Acaso eso no es conservadurismo? El mundo progre chilensis destila un conservadurismo del nivel “religión-opio”.

Fortalezcamos el argumento anterior. Linford refiere al final de su columna a varios sujetos, de los cuales referiré a sólo dos, por el peso simbólico que estos tienen, sobre todo para la izquierda chilena y latinoamericana: Francisco Bilbao y Salvador Allende.

El caso de Bilbao es paradigmático, puesto que por su “Sociabilidad Chilena”, publicado el 1 de junio de 1844, recibió la acusación de “sedición, blasfemia e inmoralidad”. Dicho artículo, como todo comienzo del proceso largo de secularización, no rompe con la religiosidad. Es más, su segunda parte, intitulada “Revolución” comienza con la senda declaración: “¡Gloria a Dios!”. La crítica de Bilbao no es a la religión en sí, sino a la que se constituye como “templo del sistema”, legitimando la dominación. Dios no cabe en el dogma católico romano, él no es reaccionario, no impide el conocimiento. De hecho, Bilbao señala este principio laico (¡no laicista!): “El individuo como hombre en jeneral [sic] pide la libertad del pensamiento, de donde nace la libertad de culto”[1]. Lo que Bilbao hace desde su pensamiento secularizador no es romper con el tramado religioso, sino que introduce en él la lectura racional, que sustituye a la fe ciega, presuponiendo que Dios es cognoscible por todos los sujetos, conllevará a la humanidad al conocimiento pleno de todas las cosas.

Saltando al siglo XX, el caso de Salvador Allende, masón y socialista, también es clave. Para la transmisión del mando en el que Allende recibe la primera magistratura del país, el 4 de noviembre de 1970, por solicitud de él, como primer acto oficial, se realizó un Te Deum ecuménico, el primero de esa índole en el país. Allende, por esto, señaló a la prensa nacional y extranjera: “Puedo afirmarle, con la actitud de toda una vida y no sólo la mía personal, sino la de los partidos que forman la vanguardia del movimiento popular, que nunca hemos incursionado en un dogmatismo intransigente en el derecho de cada cual de tener la creencia que más avenga con su ser íntimo, y que ésta mantendremos”[2]. La señal era clara: la vía chilena al socialismo se construía también con cristianos, en tanto la mayoría de los connacionales profesan dicho credo. Si no se entiende esto, tampoco se entiende la urgencia de levantar un nuevo referente como la Izquierda Cristiana, cuando el MAPU en 1971 se declara marxista leninista, renegando de su origen cristiano.

El fundamento del problema, es el mismo: la construcción de entelequias y no de discursos históricos. Los conceptos son históricos, por ende tienen una densidad que va mucho más allá del origen etimológico de las palabras, lo que hace necesario tener siempre presente los contextos de enunciación. Por ello, se yerra el blanco cuando se piensa en secularización y se cree que en la modernidad inmediatamente se produjo “la muerte de Dios” o la crítica de la “religión opio”, cuando en Europa tenemos entre Galileo y Hegel a pensadores que adscribían, también, a la dotación de inteligibilidad del relato religioso, siendo algunos de ellos creyentes, lo que fue obstaculizado por el cientificismo naturalista, que post Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad el mundo académico también cuestiona (lamentablemente, todavía nosotros damos demasiada relevancia al método hipotético deductivo, cuando gran parte de las ciencias de la naturaleza han aceptado la idea de que “quien mide modifica lo medido”). En Chile dicho proceso de secularización continúa, y tampoco ha logrado romper con el tramado religioso. Y ahí están las pugnas teóricas y prácticas, que se seguirán dando, en el ámbito político, social, cultural, académico, artístico entre quienes profesamos fe y entre quienes dicen no profesarla.

Sí, como dice Linford, algo no cuadra…

Luis Pino Moyano.


[1] Francisco Bilbao. “Sociabilidad Chilena”. En: El Crepúsculo. Periódico literario y científico. Nº 2, Tomo 2. Santiago, 1 de junio de 1844, p. 74.

[2] Citado por: Frida Modak. Salvador Allende en el umbral del siglo XXI. México D.F., Plaza & Janés Editores, 1998, p. 104.