La oración persistente.

“También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto.  ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:1-8).

Jesús, en el marco de sus enseñanzas sobre la venida del Reino de Dios, expone una parábola y Lucas, el evangelista, pone en la palestra desde un comienzo el propósito de ella: enseñar “sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar” (18:1). Esta oración persistente es una marca de un pueblo que pone su esperanza en el Señor.

Para enseñar la importancia de la oración persistente, relata la historia de un juez, que es definido según las palabras de Jesús como injusto, sin temor de Dios ni respeto con los hombres (18:2). La parábola señala que una mujer viuda insistentemente le reclamaba por justicia (18:3). Una viuda, en esa época, era un símbolo de una persona que no representaba ninguna utilidad para las autoridades. De hecho, en la cultura grecorromana tenían la obligación de volver a casarse, cosa que el cristianismo eliminó.  Esta mujer, entonces, no tenía ni el poder para influir ni el dinero para sobornar para que un juez de esta calaña actuara en su favor. Pero este juez que no respetaba a nadie, termina accediendo a la petición de la viuda “no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia” (18:5). El motivo por el cual este hombre actúa no es la justicia sino lo que para él era una obstinación de esta mujer. Él no quería cansarse con dicha actitud. 

El punto de clímax de la parábola está en el v. 6: “Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto”. Pues esto invita a poner la atención en el juez injusto. Y lo hace así, porque la parábola busca poner sobre la mesa una comparación por contraste con nuestro Señor, el Dios Todopoderoso. Jesús dice: “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia” (18:7,8a). La oración continua debe realizarse con la confianza en el carácter de Dios. Dios es inigualable, es un Padre amoroso y fiel. Es fácil recordar a Jesús en el sermón del monte diciendo “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11). 

El texto cierra de una manera bien habitual en este método de enseñanza de Jesús. Si se me permite la metáfora futbolera, el Maestro como un perito número 10 nos pone la pelota con un pase genial justo al pie. La pregunta queda abierta, y amerita a ser respondida por usted: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (1:8b). La oración persistente es un fruto de la gracia de Dios en nosotros. La fe que ejercemos es resultado de la obra del Espíritu Santo en nosotros. Tenemos todo para perseverar en la fe. ¿Qué nos apaga la fe? ¿Qué nos hace dejar de persistir como la viuda en la oración confiada y persistente? Puede que la respuesta de Dios se demore. Pero la oración permite descansar y poner la vista en Cristo y su segunda venida, pues allí está nuestra esperanza. Ahí está la respuesta a nuestras oraciones. Allí está nuestra justicia. Cualquier cosa que recibamos por gracia en el presente es un atisbo de las glorias de la gracia que viviremos en la eternidad. 

Cierro con estas palabras de Martín Lutero: “No hay cristiano que no tenga que orar sin cesar. Pero me refiero a la oración espiritual; es decir que nadie, si lo quiere, está tan rigurosamente ocupado en su trabajo al punto de no poder hablar con Dios allí mismo, en su corazón, y exponerle sus propias adversidades o las de otras personas, pedirle auxilio y rogar y, en todo ello, ejercitar y fortalecer su fe”. El Señor nos ayude a “orar siempre, y no desmayar”. 

Luis Pino Moyano.

* Devocional preparado para una reunión de oración en la 10ª Iglesia Presbiteriana De Santiago, el 10 de noviembre de 2020.  

El ídolo del dinero.

Uno de los testimonios que más me marcó en la infancia, fue la experiencia del hno. Hernán Sánchez, oficial de la Iglesia Evangélica Pentecostal de San Bernardo y su relación con las posesiones obtenidas con posteridad a su conversión. Él había llegado a la iglesia siendo muy pobre, literalmente con unas ojotas. Para quienes no saben qué son las ojotas, es un tipo de calzado cuya suela es hecha con un trozo de neumático al que se le agrega una tira elástica que afirma dicho adminículo al pie. La primera vez que vi al hno. Sánchez, fue en un culto en el local de Angelmó, una población en la periferia de San Bernardo en la que viví parte importante de mi infancia. Esa fue la primera vez que vi tan de cerca un Mercedes Benz. Sí, el auto era del predicador de esa noche, el hermano Sánchez, dueño a esa fecha de una flota de camiones y de una casa muy grande y bella en una de las calles principales de la comuna. Mi papá fue alumno de su clase en la Escuela Dominical, y nos contó que el hno. Sánchez tenía clavadas en una de las puertas de su casa las ojotas con las que él había llegado a la iglesia, para nunca olvidarse de dónde Dios lo había sacado. Recuerdo también al hno. Sánchez junto a su esposa, yendo en autos diferentes a la iglesia, ocupándolos para ir a dejar a sus hogares, sobre todo a los más ancianos. ¿Por qué cuento este testimonio? Porque muestra el carácter del dinero: el dinero es un don de Dios, que puede bendecirnos individual y familiarmente, además de potenciar nuestra ayuda a otros; como también, puede ser un peligro para un corazón que no busca “glorificar a Dios y gozar de él para siempre”. El dinero es una herramienta poderosa que puede constituirse en ídolo en el taller de nuestros corazones. 

Quisiera que ahora, viajáramos al evangelio de Lucas, para recurrir a una historia que, aparentemente, tiene a Zaqueo como su protagonista, y con dicha historia hablar del ídolo del dinero. Esta historia ilustra con claridad el camino de muerte en el que se constituye, y cómo sólo en Cristo puede encontrarse una salida. Lucas siempre cuenta este tipo de historias, en las que el amor de Cristo se manifiesta luminosamente sobre aquellos que son los despreciados de la sociedad. De hecho, debemos tener presente, que este caso ilustra lo ya señalado en ese evangelio en 18:23b-27: “-¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! En realidad, le resulta más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios. / Los que lo oyeron preguntaron: -Entonces, ¿quién podrá salvarse? / -Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios -aclaró Jesús”.

La propuesta de este post es que a través de la historia de Zaqueo podamos hablar del carácter de la riqueza, señalados en tres momentos de la experiencia de su encuentro con Jesús. 

La riqueza vacía.

Jesús llegó a Jericó y comenzó a cruzar la ciudad. Resulta que había allí un hombre llamado Zaqueo, jefe de los recaudadores de impuestos, que era muy rico.

Lucas 19:1,2 NVI.

Dijimos hace un momento atrás, que aparentemente esta sería la historia de Zaqueo, pero equivocaríamos el rumbo si lo consideramos así. El evangelio nos muestra sólo a un gran protagonista: Jesús de Nazaret, quien se mueve por las ciudades restaurando corazones, como lo sigue haciendo hasta el día de hoy. Es Jesús quien está en Jericó en el camino de la misión que Dios Padre le trazó, en sus últimos días antes de ir a la cruz.

El versículo 2 nos habla de un hombre llamado Zaqueo, jefe de los publicanos de Jericó. Su nombre podría significar “puro”, “justo” o “Dios se acordó”. Este título de “jefe de los recaudadores de impuestos” no se menciona en ningún otro lugar del Nuevo Testamento. Al parecer, daba cuenta de un sujeto que estaba a cargo de una región y tenía a otros cobradores bajo su mando. Súmese a eso, a que los publicanos contaban con el apoyo militar romano para evitar cualquier rebelión a su autoridad. Jericó era una zona, en la época de Jesús, muy próspera, por lo que con seguridad Zaqueo se había enriquecido mucho. Este hombre estaba en la cima de su profesión. Pero tenía una profunda necesidad. 

Zaqueo es estigmatizado por su labor como un paria de la sociedad, un traidor y ladrón, al que ningún padre de familia decente daría a su hija por esposa. “Publicanos y pecadores” es una asociación común, ya que vivían a la periferia de las ciudades, y su relación más habitual con el sexo opuesto se daba con prostitutas. Además de eso, probablemente recibía burlas por ser “el chico” del barrio. Como se puede ver, Zaqueo era víctima del desprecio y la burla, pero era victimario a la hora de cobrar impuestos subiendo el monto para enriquecerse. Para la gente de Jericó era un “digno candidato al infierno” como muchos de los que tenemos en nuestra mente pecaminosa. 

El problema de Zaqueo no era la riqueza por sí misma, sino el sentido que le había dado en su corazón. Un sentido tan elevado que estuvo dispuesto a sacrificar su propia reputación y valía social por el acto de tener. Y es que la idolatría del dinero nos hace sentirnos seguros e identificados con él, inclusive, cuando fantaseamos con aquello que no tenemos. Pero es en ese momento que el dinero deja de ser una posesión y pasa a poseernos. Le “vendemos nuestra alma” al dinero. Timothy Keller señala que: “Jesús advierte a las personas con mucha mayor frecuencia acerca de la codicia, que acerca del sexo y sin embargo, nadie piensa que es culpable de ella” (Dioses falsos). Todos somos susceptibles de la codicia como pecado: ricos, clase media, pobres, siúticos arribistas y siúticos abajistas. “Si usted vive para el dinero, usted es un esclavo. En cambio, si es Dios quien se convierte en el centro de su vida, esto es lo que destrona y degrada al dinero. Si su identidad y su seguridad están en Dios, el dinero no lo puede controlar por medio de la preocupación y el deseo. Se trata de una cosa o la otra. O bien sirve a Dios, o bien cae en la esclavitud de las riquezas”, dice el pastor Keller en “Dioses falsos”. Este problema no hace distinciones de clases sociales, pues no es un problema meramente económico o matemático, sino un problema espiritual cuyo centro está en el corazón. Así lo señalan los siguientes textos de la Escritura:

Salmo 63:3: “Tu amor es mejor que la vida; por eso mis labios te alabarán”.

Lucas 14:33: “De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

Mateo 6:19-21: “No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón”.

Lucas 12:33, 34: “Vendan sus bienes y den a los pobres. Provéanse de bolsas que no se desgasten; acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no hay ladrón que aceche ni polilla que destruya. Pues donde tengan ustedes su tesoro, allí estará también su corazón”.

1ª Timoteo 6:6-10: “Es cierto que con la verdadera religión se obtienen grandes ganancias, pero sólo si uno está satisfecho con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo, y nada podemos llevarnos. Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores”.

El verdadero problema está en nuestro corazón. Es la avaricia. Mammón siempre ha sido un obstáculo clave para la vida espiritual, pues lo contrario a la avaricia es el contentamiento. Dios es todo y no hay nada que pueda reemplazarlo. Eso es lo que motiva el dar. El seguimiento de Jesús implica la entrega de la vida, lo que incluye las posesiones, y todo esto es para la gloria de Dios, la edificación y alegría de su pueblo, y en pos de la extensión del Reino de Dios. 

John Piper, en su libro “Piense”, dice lo siguiente: “Desear ser rico es suicida y recomendar ese deseo como parte de la vida cristiana es por lo tanto peor que homicida porque no sólo está en juego esta vida, sino la siguiente. Los seguidores de Jesús deberían sentir una atracción magnética en sus vidas hacia la simplicidad del tiempo de guerra, para que puedan ser generosos al dar y al aliviar todo el sufrimiento que sea posible, especialmente el sufrimiento eterno”. A su vez, el dinero te puede hacer peligroso. Piper señala que las riquezas pueden llegar a hacer un tremendo daño al alma humana. Dice: “No sólo pueden arruinar nuestra felicidad, sino que también pueden hacernos crueles e indiferentes hacia los demás -el rico que ignora al pobre; el padre adicto al trabajo que descuida a sus hijos; el soldado mercenario que no se preocupa por sus compañeros; los lobos vestidos de ovejas que se hacen pasar por pastores del rebaño; los proxenetas que exigen su dinero mientras convierten a niñas en prostitutas” (Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder). Si usted se fija, el dinero que es una bendición puede transformarse en un ídolo cuando se pervierte el sentido que este tiene por el ensimismamiento que busca la autosatisfacción y no la realización de la ley del amor que pone la vista en Dios y el prójimo.

La riqueza verdadera.

Estaba tratando de ver quién era Jesús, pero la multitud se lo impedía, pues era de baja estatura. Por eso se adelantó corriendo y se subió a un árbol sicómoro para poder verlo, ya que Jesús iba a pasar por allí. Llegando al lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: – Zaqueo, baja en seguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa.

Lucas 19:3-5, NVI.

Zaqueo tiene el deseo profundo de conocer a Jesús, de “ver quién era”. Deseaba un encuentro real y concreto con el Señor. Por eso no se cuida de su dignidad ni teme al ridículo. En esa situación es que se sube a un árbol de tronco corto y ramas extendidas para lograr su objetivo. Ningún judío respetable habría considerado como alternativa trepar un árbol. ¿Qué vemos acá? Sin lugar a dudas, aquello que los calvinistas llamamos regeneración. Es el Espíritu Santo el que moviliza a Zaqueo para hacerlo susceptible a la luz del evangelio y de la obra de Dios que un muerto en delitos y pecados no puede desear por sí mismo. 

¡Esta es la historia de Jesús, él es el protagonista! Jesús es quien busca, se acerca y habla a Zaqueo. Actúa como Rey, invitándose a la casa de un súbdito. Jesús no es solicitado y el actúa. ¡La gracia es irresistible! Jesús ama a los pecadores tal como son, pero los transforma porque no los quiere así. Nadie que experimenta el amor de Jesús puede seguir viviendo “tal como es”, puesto que el poder de Cristo es transformador.

Pero esta historia, tan marcada por la gracia, nos comienza a confrontar, pues, ¿a cuántas personas conoces que tienen este problema de la codicia albergado en sus corazones? ¿Cuál es tu actitud hacia ellos? ¿Les miras con gracia o con desdén? ¿Acaso no crees que Jesús salva a pecadores? Por otro lado, ¿es tu problema la idolatría del dinero? ¿Crees que no puedes salir de ella? ¡Sólo Cristo puede llevar a que rompas el altar al dinero que has levantado! Sólo Cristo te puede cambiar. Hoy, al igual que a Zaqueo, te está invitando a un encuentro cercano y transformador con él. 

La riqueza que sirve.

Así que se apresuró a bajar y, muy contento, recibió a Jesús en su casa. Al ver esto, todos empezaron a murmurar: ‘Ha ido a hospedarse con un pecador’. Pero Zaqueo dijo resueltamente: – Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y, si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea. – Hoy ha llegado la salvación a esta casa – le dijo Jesús-, ya que este también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Lucas 19:6-10, NVI.

Jesús, el protagonista de esta historia, actúa escandalosamente. Es probable, que los papás y las mamás judíos hayan tenido algún dicho similar al “dime con quién andas y te diré quién eres”, que escuchamos repetidamente en nuestros hogares. A Jesús eso poco le importa. Él tiene muestras de compasión y acercamiento con pobres, mujeres, samaritanos, leprosos, endemoniados y, por supuesto, con publicanos. Los toca, conversa con ellos, hasta comparte la mesa y, desde luego, sana las heridas del corazón, transformándoles como sólo él sabe hacerlo. Jesús hace lo que ningún judío respetable y preocupado por su alta reputación habría hecho: entra en la casa de Zaqueo a comer con él. Hay un acto de compasión por el pecador que muestra el amor que, al decir de Pablo, supera con creces nuestro entendimiento.

Todos los testigos del escándalo de Jesús entrando a la casa del jefe de los recaudadores de impuestos tenían una idea y una sentencia clara: era incomprensible que Jesús se hospedara con un pecador. Sólo otros publicanos y prostitutas entraban a la casa de un sujeto de esa calaña. Fíjate cómo eso se contrapone, interesantemente, con el silencio de Jesús, que no dice nada respecto a la baja moralidad del anfitrión de la cena. 

Por lo mismo, quisiera invitarte a hacerte la siguiente imagen mental, que busca denunciar el moralismo sin sentido que a veces se alberga en nuestro corazón: ¿a quién, por ningún motivo, le predicarías el evangelio de Jesucristo? ¿La tienes ya en tu cabeza? Cumpliendo éste paso, es necesario que te preguntes si de verdad crees en la salvación por pura gracia. ¿De verdad estás dispuesto a dejar tus prejuicios dominantes y la comodidad de no acercarte a personas diferentes, tengan o no tengan lo que tú tienes, a ti por amor a Cristo y su misión?

Aquí ocurre algo muy interesante: sin que Jesús dijera una sola palabra respecto de la baja condición moral de Zaqueo, sin exhortarle a cambiar, éste, por la obra del Espíritu, traducida en frutos de arrepentimiento, se compromete a restaurar el daño causado por él a sus conciudadanos. La nueva misericordia de Zaqueo, que refleja que su corazón de piedra fue transformado en uno de carne, se palpa en su mirada respecto de las riquezas y cómo éstas pueden ser utilizadas principalmente en beneficio de los demás, porque “Dar algo al pobre es dárselo al Señor; el Señor sabe pagar el bien que se hace” (Proverbios 19:17, RVC). Pero volvamos al protagonista verdadero de esta historia. Jesús escandaliza con sus obras. En capítulos anteriores del evangelio de Lucas, ya Jesús había mostrado en las parábolas de la oveja perdida, la moneda perdida y del hijo perdido que el propósito de la misión que Dios le había encargado era: ¡salvar a lo que se había perdido! Por eso estaba en Jericó. Iba a Jerusalén, camino a la cruz. Cristo se compadece de los pecadores y tiene poder de cambiar los corazones. Jesús reposiciona en la familia del pacto a Zaqueo declarándole “hijo de Abraham”. 

La palabra “defraudado”, usada en el texto, en el griego, es la misma que se traduce como “calumniar” o “hacer una declaración falsa”. En este caso particular, se trataría de dinero cobrado injustamente. Según los historiadores, en la forma más tradicional, el cobrador de impuestos entraba a una casa con un inspector y acusaba falsamente a un cliente de defraudación en el pago de los derechos aduaneros. Entonces, dar algo para un publicano era algo nuevo. Ellos sólo estaban interesados en recibir. “Siempre querían más”, parafraseando a Elemento. 

La “conversión de la billetera” es el fruto del arrepentimiento en esta historia. La restitución del daño, según lo establecido en la ley de Moisés, el cuádruplo, para casos de robo deliberado y violento con el propósito de destruir y, aún más, promete dar la mitad de sus bienes a los pobres. El Señor cambió el corazón del jefe de los publicanos. Una nota de la Biblia “El Libro del Pueblo de Dios” dice: “La presencia de Jesús, al mismo tiempo que trae a su casa la salvación, le hace descubrir a los pobres necesitados de su ayuda”. Zaqueo es justificado por gracia. Y un justificado actúa con justicia.

Nuestro dinero también tiene que convertirse en algo distinto. La crítica no es a la riqueza, sino a la acumulación y al egoísmo. “La avaricia es idolatría”dice Pablo en Colosenses 3:5. Calvino, por su parte, decía en su Comentario a los Salmos: “Todo aquel que se permite desear más de lo que es necesario, frecuentemente se pone en directa oposición a Dios, ya que todas las lujurias carnales se oponen directamente”. 

Dios, que trabajó por puro placer y alegría en la creación, y que sigue trabajando, nos provee de todo lo necesario. El trabajo es el método que Dios emplea para darnos lo que necesitamos. Esto se expresa con claridad en el Salmo 127:2 que dice: “En vano madrugan ustedes, y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados”. Y antes que alguien vea acá una excusa para la desidia y la flojera, el Salmo 128:2 señala: “Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y prosperidad”. El texto no es la justificación de la ociosidad, sino que nos invita a poner la mira en lo verdadero: lo que tenemos y somos no proviene de lo que hacemos, sino de Dios que nos da trabajo, capacidades y dones.  El dinero es parte de la vida, no la vida. ¡Cristo es la vida! ¡No busquemos nuestra identidad en lo que pensamos que somos, en lo que dicen los demás, o en lo que hacemos: nuestra identidad está en Cristo!

John Stott señala que “Jesús prohíbe la vida extravagante y opulenta; la dureza de corazón que no siente la necesidad colosal de los desheredados del mundo; la fantasía insensata de que la vida de una persona consiste en la abundancia de los bienes que posee y el materialismo que ata nuestros corazones a la tierra” (El sermón del monte. Contracultura cristiana). Stott no está diciendo acá que no tengas nada,  porque no está hablando de plata o posesiones. Está hablando de una disposición del corazón. O se sirve a Dios o a Mammón, el dios de la riqueza. Ese es el dilema. Y eso no es meramente intelectual, es espiritual, tiene que ver con la adoración, por ende con nuestra vida diaria. Y ojo, lo que Jesús demanda no son ideales, porque él no es sólo un “buen maestro”, como dijo el joven rico, sino mandatos, pues él es Señor.

Para reflexionar y practicar.

El verdadero problema está en nuestro corazón. Por ello, el evangelio impide encontrar significación e identidad en el dinero, lo que trae descanso para el alma.  

Nada nos pertenece de manera exclusiva, pues todo le pertenece a Dios. Somos administradores de lo que Dios nos da, por lo que debemos usar con sabiduría lo provisto por Dios, esforzándonos para que en el cuerpo de Cristo no existan necesidades. 

La unidad de corazón y de mente debe extenderse a nuestras posesiones. Si nuestras posesiones le pertenecen al Señor, debemos actuar en consecuencia, haciendo que el Señor sea dueño de todo, lo que tiene implicancias para la vida de la iglesia cuando damos para la extensión del Reino de Dios. El estilo de vida sencillo permite que no seamos piedra de tropiezo para los más pobres, como también cooperar dentro de la comunidad. 

Timothy Keller, dice en “Justicia generosa”: “En este mundo existe una distribución no equitativa tanto de los bienes como de las oportunidades. Por lo tanto, si Dios te ha asignado los bienes de este mundo y no los compartes con los demás, no es solo tacañería: es injusticia”. Oremos para que Dios nos ayude a ser generosos y solidarios.

El apóstol Pablo dijo que “Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes llegaran a ser ricos” (2ª Corintios 8:9). La verdadera riqueza está en Cristo. Somos ricos al haber sido salvados por él. Estamos completos en él: nuestra identidad, seguridad y felicidad está en Cristo. Cualquier otra cosa es estiércol, ¡excremento!, al lado de Jesucristo y su gloriosa gracia. Arrepintámonos y adoremos.

Luis Pino Moyano.

Espiritualidad presbiteriana. Conceptualización y aterrizaje práctico.

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Luis Pino Moyano[1].

El sentido común ha hecho creer que presbiterianismo es sinónimo de un racionalismo frío, falto de una espiritualidad rica, lo que se traduciría en una suerte de adolescencia de los creyentes en su acercamiento cotidiano a Jesucristo. Nada más alejado de la realidad. No por nada, el símbolo original del presbiterianismo fue la zarza que ardía en la gloriosa manifestación de Dios a Moisés (Éxodo 3:1-7), junto con el emblema latino de “Nec Tamen Consumebatur”, “Aún así no se consumía”. Yahvé, el Dios del Pacto, se ha revelado en su Palabra y ha trazado una relación de amor con su pueblo. Ha sido tan indestructible dicha relación, que el fuego de su santa justicia se nos manifiesta misericordiosamente sin consumirnos. Dicho símbolo, tiene otro elemento aplicable a la vida de los creyentes, en el sentido que nuestros hermanos escoceses, y luego, por herencia, muchos otros presbiterianos en el tiempo tuvieron a la vista, pues, como dirá Carlos Parada, “estaban conscientes que la Palabra de Dios es llama que no se apaga y que tiene como propósito encender el mundo entero”[2]. Ese acto de encender el mundo se lleva a cabo en el seguimiento fiel de Jesucristo, en la vida de santidad, en la proclamación del evangelio y de la extensión del Reino de Dios en todas las esferas de la vida.

Un eje significativo de la espiritualidad presbiteriana es que ésta es confesional, es decir, que esta adhiere y sustenta su práctica en una declaración de fe, que explica los elementos fundamentales de la enseñanza bíblica y produce una defensa frente a quienes atenten contra ella (en el caso de la Confesión de Fe de Westiminster, el catolicismo romano y el anabaptismo, principalmente). A su vez, esta Confesión de Fe se haya fortalecida por el aprendizaje y reconocimiento de los credos del cristianismo universal, que hacen que no perdamos de vista la catolicidad de la Iglesia, y los catecismos que nos ayudan en la instrucción de los creyentes, sobre todo de quienes están dando sus pasos para una membresía en plena comunión. En mi caso, soy miembro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, y ella reconoce junto con la cristiandad universal los credos apostólico, niceno-constantinopolitano, atanasiano y el de Calcedonia. Por su parte, reconoce la Confesión de Fe de Westminster en su revisión de 1903, la que es suscrita por sus oficiales (pastores, presbíteros y diáconos), junto con los Catecismos Mayor y Menor de Westminster y el de Heidelberg. Para algunos creyentes cristianos en la actualidad, decir que somos una iglesia confesional sería sinónimo de ausencia de libertad, a lo que digo que eso es totalmente falaz, toda vez, que la libertad cristiana es por definición comunitaria, y tiene la intención de amar y servir a Dios y al prójimo (véase Gálatas 5:1-15). Lo que hace la confesionalidad es dar un marco para la vida eclesial, permitiendo ser realmente una “común-unidad” que reconoce y acuerda como suyos unos artículos de fe, sumado a la limitación de la tiranía eclesiástica: nadie enseña a su antojo cosas que escapan a la Escritura, en asuntos de doctrina y práctica[3]. Esto, porque la Confesión es una norma normada por la Biblia, que es la única Palabra de Dios. Entonces, la confesionalidad es bandera de libertad y no cadena que inmoviliza.

Si quisiéramos definir la espiritualidad presbiteriana de manera muy breve, deberíamos decir que se trata de la práctica de creyentes reformados por el Espíritu Santo, sustentada en en la enseñanza de la Palabra de Dios, y que se traduce en una vida que anhela “glorificar a Dios y gozar de él para siempre”[4]. Todo lo que colabore en la tarea de glorificar y gozarnos en Dios, contribuye a una espiritualidad sana. Y aquí hay un papel doble: el del Espíritu Santo que aplica las obras de la gracia, de manera soberana, renovando la vida de los creyentes en Cristo, como también, la respuesta de dichos hombres y mujeres a dicha obra, viviendo de acuerdo a la nueva naturaleza que se nos ha sido dada (véase Romanos 8:1-17).

Hace un momento atrás, señalé que soy miembro de una iglesia que suscribe la Confesión de Fe de Westminster, en su versión de 1903, lo que tiene mucho que ver con el entendimiento de la espiritualidad, puesto que entre los dos capítulos añadidos por la PCUSA a los treinta y tres originales, posee uno titulado “Del Espíritu Santo”. Hay muchos presbiterianos en el mundo que no suscriben dicha versión confesional, porque creen que no son necesarios, toda vez que la Confesión original ya hablaba de dichos temas. Hay otros que han señalado, sin desparpajo que estos harían guiños al arminianismo y al liberalismo teológico. Bástenos acá citar a Benjamin Warfield, de quien nadie dudaría de su ortodoxia, y que fuese uno de los opositores a dicha reforma, cuando asume su posición como un “voto vencido”: “La doctrina expuesta en estas varias secciones es la doctrina común de las iglesias calvinistas, y se puede encontrar ampliamente expuesta en el cuerpo de teología de cualquier teólogo calvinista común. El capítulo es, por lo tanto, un resumen compacto de la doctrina calvinista ordinaria del Espíritu Santo y su obra”[5]. En otras palabras, estamos frente a una respuesta calvinista de cuño presbiteriano, a la obra del Espíritu Santo y al amor de Dios y las misiones, en un contexto de auge del pentecostalismo y del movimiento misionero moderno, lo que da cuenta que la teología es contextual, puesto que responde a las interrogantes del presente a la luz de la Escritura. El capítulo 34 de la Confesión de Fe de Westminster, reformado por la PCUSA en 1903, señala en su punto 4: “Cuando el Espíritu Santo mora en los creyentes, éstos quedan estrechamente unidos a Cristo quien es la Cabeza y, por lo tanto, unidos entre sí en la Iglesia, que es Su cuerpo. El llama y unge a los ministros para su santo oficio, habilita a los demás oficiales de la Iglesia para su obra especial, y proporciona distintos dones y gracias a los miembros de ella. Hace eficaces la Palabra y las ordenanzas del Evangelio. Él preservará la Iglesia, la hará crecer hasta que llene el mundo, la purificará y posteriormente la presentará completamente santa en la presencia de Dios[6]. De dicha declaración extraeremos a continuación algunos principios para la espiritualidad.

Un principio prioritario de la espiritualidad presbiteriana es que es esencialmente comunitaria. Hoy, cuando hablamos de espiritualidad, se tiende a ensalzar la intimidad y lo interior, enfatizando en la práctica de las disciplinas espirituales. En cambio, la espiritualidad presbiteriana tiende a ensalzar lo comunitario, con prácticas visibles en lo exterior, que impactan en el alma por cierto, y que enfatizan en la práctica de los medios de gracia. Como señalará Timothy Keller: “Debemos decir con claridad que no estamos hablando meramente de relaciones informales e individuales entre cristianos, sino también de membresía y participación en la iglesia institucional, reunida bajo sus líderes para la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor. La predicación de la Palabra por aquellos dotados, preparados y autorizados por la iglesia para hacerlo, y la participación de la Cena del Señor –con todo el autoexamen y la rendición corporativa de cuentas que lleva consigo- son maneras irremplazables en que la comunidad cristiana provee testimonio, formación espiritual y comunión con Dios[7]. Charles Hodge, en un discurso en el que describe qué es el presbiterianismo, planteaba que: Esta morada del Espíritu en el cristiano que enlaza a todos los miembros del cuerpo de Cristo, produce, no solamente aquella unión interior o subjetiva que se manifiesta en la simpatía y cariño, en la unidad de fe y amor, sino también la unión y comunión externas. Hace que los cristianos se reúnan para celebrar el culto, y para vigilarse y cuidarse mutuamente, debiendo para ello estar sujetos el uno al otro en el temor del Señor. / Pone a todos en sujeción a la palabra de Dios como la regla de fe y práctica. Les da no solamente interés mutuo en el bienestar, pureza y edificación de cada uno, sino que también les impone la obligación de promover estos resultados. Cuando alguno de los miembros sufre, todos sufren con él; y cuando alguno de ellos se siente satisfecho, todos se regocijan con él”[8]. Por su parte, John Knox, reformador reconocido por ser el padre del presbiterianismo, decía que: La congregación a la que me refiero es la que se reúne en el nombre de Jesucristo, dando gloria y magnificando a Dios Padre por los infinitos beneficios reunidos en su Hijo, nuestro Señor. […] Quien se aparta de una congregación como esta (pero ¿dónde hallarla?) declara que no es miembro del Cuerpo de Cristo[9]. Todas estas citas, presentadas en orden cronológico inverso, presuponen que la espiritualidad presbiteriana se hace manifiesta en un compromiso espiritual y activo con la iglesia visible, la que colabora en la edificación del cuerpo de Cristo con la multiplicidad de dones que se manifiestan en ella. No se puede ser creyente cristiano sin participar de la vida de la iglesia. No se puede orar diciendo “Padre nuestro…”, si el nosotros no es real en un tiempo y en un espacio determinado. El cristianismo es indefectiblemente comunitario, o no será.

Un elemento sumamente relevante para la espiritualidad presbiteriana es la celebración del culto comunitario y el acto de guardar el día del Señor. El capítulo 21 de la Confesión de Fe de Westminster[10], enseña que:

  • Sólo hay un Dios que debe ser adorado: el trino Dios, único digno de recibir gloria por parte de su pueblo.
  • La forma aceptable de adoración está instituida y limitada por la Escritura, no por nuestra imaginación o por el influjo de Satanás.
  • La adoración sólo es posible por el acto mediador de Cristo.
  • La oración por medio de Cristo y ayudada por el Espíritu tiene un papel fundamental en la adoración.
  • Partes de la adoración religiosa: lectura de la Biblia, predicación sana, la escucha atenta de la Palabra, el canto de los salmos con el corazón, la debida administración y recepción de los sacramentos. En diferentes oportunidades pueden realizarse: juramentos y votos, ayunos solemnes y acciones de gracias.
  • La adoración no está condicionada por el lugar en que se realiza, sino por la disposición del corazón: adorar en espíritu y en verdad. Esto es fundamento del culto individual, familiar y de la iglesia reunida.
  • El sábado cristiano, que es el domingo, por la resurrección del Señor, es el día que debe ser guardado por la comunidad cristiana.

De este asunto quisiera relevar con mayor fuerza el carácter cristocéntrico de la espiritualidad presbiteriana, porque todo el acto de adoración de los creyentes, sea en el culto lato de la vida, como en el culto estricto de la comunidad de creyentes reunidos en el día del Señor, necesitan de la mediación de Cristo. Nuestro culto a Dios, en el cual todo el ser es presentado a Dios en adoración, en el que la mente es transformada por la Palabra de Dios, en el que cantamos con gratitud en el corazón y en el que actuamos con amor, justicia y misericordia hacia nuestro prójimo (Romanos 12:1,2; Hebreos 13:15,16), sólo es posible porque Cristo está en-y-con nosotros, ayudándonos a vivir para la gloria de Dios. Calvino decía que “Para que las ceremonias nos sirvan de ejercicio de piedad es preciso que nos lleven a Cristo”[11]. La espiritualidad presbiteriana no pierde de vista ni a Dios ni al prójimo. Aquí es pertinente recoger la definición de “piedad” propuesta por Hermisten Maia, al entenderla como una relación teológicamente orientada del humano para con Dios en su devoción y reverencia y, a su conducta bíblicamente ajustada y coherente con su prójimo. La piedad envuelve comunión con Dios y el cultivo de relaciones justas con nuestros hermanos. La obediencia es la madre de la piedad, resume Calvino[12]

Hablamos en el párrafo anterior de la transformación que experimentamos los creyentes en Cristo. Si los seres humanos somos entendidos como creados a imagen y semejanza de Dios, como unidad psicosomática (el cuerpo es la expresión material del alma en un tiempo y espacio), como criatura (súbdito) y persona (libertad según su naturaleza)[13], el ser humano completo requiere ser transformado. Es así que llegamos a plantear otro principio fundamental de la espiritualidad presbiteriana: ¡Todo es espiritual! El corazón, que es el “centro religioso de la vida”[14], en las palabras de Dooyeweerd, viene a dotar de coherencia todas las áreas de la existencia humana. La verdadera transformación del corazón implica el cambio del intelecto, las emociones y la voluntad. Una espiritualidad profunda debe buscar el enriquecimiento de dichas áreas, cuidando el corazón, como diría el proverbista, porque de él mana la vida (Proverbios 4:23). Timothy Keller y Kathy Keller dirán que: La mejor manera de cuidar tu corazón para la sabiduría es adorando a Dios, procurando que tu boca, tu mente, tu imaginación e incluso tu cuerpo estén todos orientados hacia Él”[15].

En la práctica de la piedad que es consciente de la realidad espiritual de todas las cosas, tiene en un puesto de primacía la Biblia como Palabra de Dios. La espiritualidad presbiteriana es bíblica, y entiende que soberanía de las esferas no deja de lado lo que dice la Escritura, puesto que ella da respuesta a las problemáticas  de la vida, en sus diversas áreas de desarrollo. Así lo señala la Confesión de Fe de Westminster en su capítulo 1, punto 6: “Todo el consejo de Dios tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y vida, está expresamente expuesto en la Escritura o por buena y necesaria consecuencia puede ser deducido de la Escritura[16]. La Biblia es, y debe ser, la base de todo lo que creemos y hacemos, y todo lo que acontece a nuestro alrededor debe ser leído con sus lentes.

La espiritualidad presbiteriana está marcada por la doctrina del sacerdocio universal de los creyentes (véase, 1ª Pedro 2:4-10), pues en el presbiterianismo no existe la separación entre clero y laicos. Todos somos el pueblo de Dios, sacerdotes que buscamos con todo ahínco que Dios sea glorificado en cada cosa que hacemos, con los dones que el Espíritu Santo nos ha dado. Lo que sí distinguimos es el oficio particular al que alguno de sus miembros han sido llamados por Dios, y que es reconocido en la comunidad, lo que se refrenda en las asambleas de ella por medio del voto. Creemos que el liderazgo bíblico tiene poco que ver con jerarquías, sino más bien con relaciones significativas de acompañamiento espiritual, en el que todos los creyentes somos responsables. Somos responsables de acompañar y de ser acompañados por nuestros hermanos, en la tarea de aprender y servir. Esa tarea es espiritualidad. En sí, el sacerdocio universal es un llamado al trabajo: en el evangelismo, el discipulado, la adoración, la familia, la comunidad eclesial y en las distintas vocaciones que Dios nos ha dado. Somos sacerdotes todos los días, en todo lugar y toda la vida[17]. Como toda bendición va acompañada de responsabilidades, y para ello, necesitamos a Jesucristo, el perfecto sumo sacerdote, aquel que nos toma de la mano, nos transforma, corrige, anima, consuela y nos ayuda a caminar.

Juan A. Mackay, en “El sentido presbiteriano de la vida”, concluye que: “Los presbiterianos y las iglesias presbiterianas, debido a su profunda convicción acerca de la intervención de Dios en la historia, proclaman la necesidad de considerar los asuntos humanos desde una perspectiva profética. Si el mundo es verdaderamente el teatro de la gloria de Dios, entonces la vida humana en todos sus aspectos deberá mirarse e interpretarse a la luz misma de Dios[18]. Siendo Cristo Señor de todo, viviendo vidas que están sustentadas en la Palabra que vive y permanece, y misionando para el Reino de Dios en todas las esferas de la vida, la adoración debiese abarcar todas las áreas de nuestra existencia. Isaías 66:1,2 señala con toda claridad: Así dice el Señor: El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me pueden construir? ¿Qué morada me pueden ofrecer? Fue mi mano la que hizo todas estas cosas; fue así como llegaron a existir afirma el Señor . Yo estimo a los pobres y contritos de espíritu, a los que tiemblan ante mi palabra. En la vida para Dios no hay posibilidad para el dualismo. No hay posibilidad de pensar y vivir la adoración sólo en templos o parroquias. Así como la mirada de fe del cristianismo es total y la misión lo abarca todo, la adoración, por su parte, es cósmica y pública. Porque como señalará Francis Schaeffer: Las personas hacen de acuerdo con lo que creen. Cualquiera que sea el punto de vista sobre su mundo, eso es lo que serátrasladado al mundo exterior[19]. Lo que creemos se traduce siempre aquello que hacemos.

A la luz de todo esto, la vocación a la que Dios nos ha llamado, y que se traduce en nuestro trabajo en cada lugar en el que nos desenvolvemos, debe ser leído en clave espiritual. Dios nos ha llamado a servirle en el mundo con nociones de amor y de justicia, siendo el fruto de nuestros manos, la forma en la que Dios se acerca dando bienestar a quienes nos rodean[20]. No hay trabajo sagrado o profano, sólo hay trabajo que glorifica a Dios o que no le glorifica. Como diría David Trumbull, fundador de la obra presbiteriana en Chile, “Servir a Cristo es reformar la sociedad, es consolar al afligido, es instruir al ignorante y es conducir al arrepentimiento a los que están alejados de Dios”[21]. No por nada el presbiterianismo del que hemos sido herederos en América Latina, por la vía de la misión, se esforzó en predicar el evangelio de la mano de una ardua tarea social, manifestada en la creación de centros educacionales (primarios, secundarios y terciarios), de hospitales y diversos centros de salud, orfanatos y ligas contra la intemperancia; todo eso unido al apego a un sistema democrático representativo, al respeto y promoción de los derechos humanos y civiles, y al desarrollo de una economía que promueve la inventiva, el emprendimiento y la libre circulación de mercancías para el desarrollo de calidad de vida. Todo este trabajo misional es entendido como acto responsable de los creyentes en la búsqueda de la glorificación a Dios (ética protestante del trabajo).

Por eso, no deja de llamar la atención, que en algunos sectores del presbiterianismo hoy día, por cuidarse de los embates del liberalismo teológico, el liberacionismo y el posmodernismo, tienda a refugiarse bajo el techo y abrigo del fundamentalismo. Lo que Eliezer Leal aplica para la confesionalidad presbiteriana en 1903, quisiera ponerlo en la palestra hoy, pues la espiritualidad presbiteriana “nos acerca a un calvinismo que no cede ante el liberalismo teológico, pero tampoco se conforma a una escolástica protestante cómoda y exclusivista. Nos acerca a un calvinismo que supera la dicotomía entre lo bíblico y lo relevante, y nos invita a involucrarnos con nuestra cultura, reconociendo los dones del Espíritu en medio de ella, pero también siendo celosos en reconocer sus idolatrías y vanas filosofías[22]. La espiritualidad presbiteriana no es ensimismada. Alza sus manos y voces para glorificar a Dios, y extiende las manos horizontalmente, cuando ama a su prójimo, hermano en Cristo o no, buscando su alegría, aliento, sanidad y consuelo.

Que Dios siga siendo glorificado en la iglesia y en el mundo.


 

[1] Presbítero de la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago “Puente de Vida”. Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Este artículo fue escrito a modo de apuntes para el Conversatorio: “¿Qué entendemos por espiritualidad?”, organizado por la Red Teológica de Estudiantes (Santiago, 21 de mayo de 2020).

Consecuente con la propuesta temática, he procurado citar a autores presbiterianos, con la sola salvedad de Calvino, Dooyeweerd y Hoekema, que forman parte de la tradición reformada. En el caso de Kuiper, el texto referido fue escrito por él mientras era pastor de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.

[2] Carlos Parada. Hacia una visión reformada de la relación personal del creyente con el Espíritu Santo. Una propuesta de definición desde la Confesión de Fe de Westminster y obras de teología reformada relevantes en lengua castellana, en diálogo con la comprensión que tienen de dicha relación miembros de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Tesis para el grado de Licenciado en Teología del Seminario Teológico Presbiteriano José Manuel Ibáñez Guzmán. Santiago, 2016, p. 112.

[3] Véase: Carl Trueman. ¿Por qué los cristianos necesitan confesiones? En: http://icr-grancanaria.jimdofree.com/por-qué-los-cristianos-necesitan-confesiones-por-carl-trueman/ (Consulta: mayo de 2020).

[4] Catecismo Menor de Westminster, pregunta 1. Disponible en: Los estándares de Westminster. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 119.

[5] Benjamin Warfield. “The Confession of Faith as revised in 1903”. En: The Union Seminary Magazine. Nº 1, Vol. XVI. Richmond, 1904, pp. 13, 14. Disponible en: http://static1.squarespace.com/static/590be125ff7c502a07752a5b/t/5adce3ce352f538288fe51ee/1524425681807/Warfield%2C+Benjamin+Breckinridge%2C+The+Confession+of+Faith+as+Revised+in+1903.pdf(Consulta: mayo de 2020). Citado y traducido en: Eliezer Leal. Una Teología histórica de la enmienda de 1903 a la Confesión de Fe de Westminster. Tesis para el grado de Licenciado en Teología del Seminario Teológico Presbiteriano José Manuel Ibáñez Guzmán. Santiago, 2019, p, 71.

[6] Confesión de Fe de Westminster. Versión de 1903. En: http://www.puentedevida.cl/wp-content/uploads/2020/03/Confesión-de-fe-de-Westminster-1903.pdf (Consulta: mayo de 2020).

[7] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 333.

[8] Charles Hodge. ¿Qué es el presbiterianismo? México, Imprenta Presbiteriana de Vapor, 1886, pp. 58, 59. Se ha actualizado la ortografía acentual.

[9] John Knox y Juan Calvino. Oración y la vida cristiana. Buenos Aires, Editorial Peniel, 2017, pp. 44, 45. El texto citado de Knox data de 1553, y fue titulado: “Tratado sobre la oración, o confesión y declaración de oraciones a ella añadidas”. La consulta que apela a la ubicación de una iglesia fiel a Jesucristo está ligada a un contexto en que la Reforma recién estaba emergiendo.

[10] Confesión de Fe de Westminster. Op. Cit.

[11] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro IV.X.29. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 952.

[12] Hermisten Maia Pereira da Costa. “A vitalidade da teologia sistemática reformada: Algumas de suas ênfases e desafios”. En: Felipe Sabino de Araujo Neto (editor). A sistemática da vida. Ensaios en honra de Heber Carlos de Campos. Brasília, Editora Monergismo, 2015, p. 84.

[13] Esto es una síntesis de la sistematización teológica realizada en: Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005.

[14] Herman Dooyeweerd. No Crepúsculo do Pensamento Ocidental. Editora Hagnos, São Paulo, 2010. Específicamente el ensayo “O que é o homem?”.

[15] Timothy Keller y Kathy Keller. Sabiduría de Dios para navegar por la vida. Medellín, Poiema Publicaciones, 2018, p. 85.

[16] Confesión de Fe de Westminster. Op. Cit.

[17] Véase sobre este asunto: R. B. Kuiper. El cuerpo glorioso de Cristo. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2018, pp. 146-152 (bajo el subtítulo “El oficio universal”).

[18] Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Bogotá, Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina, 1969. Edición digitalizada disponible en: http://iglesiapresbiterianadetexcoco.files.wordpress.com/2010/10/jhon-a-mackay-el-sentido-presbiteriano-de-la-vida.pdf (Consulta: mayo de 2020).

[19] Francis Schaeffer. Polución y la muerte del hombre. Enfoque cristiano a la ecología. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 1973, p. 8.

[20] Soy tributario acá de la propuesta de Timothy Keller referida a la relación entre fe y trabajo. Timothy Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., pp. 350-355; y, Timothy Keller. Toda buena obra: Conecta tu trabajo con el trabajo de Dios. Nashville, B&H Publishing Group, 2018.

[21] De un sermón de David Trumbull, titulado “Un siervo de Jesucristo”, basado en Romanos 1:1. Citado en: Irven Paul. Un reformador yanqui en Chile. Vida y obra de David Trumbull. Santiago, IPCH Ediciones, 1995, p. 159.

[22] Eliezer Leal. Op. Cit. pp. 77.

[Ebook] El Magníficat de María y la esperanza que no defrauda.

He querido compartir con ustedes, en estos días aciagos, una reflexión sobre la esperanza que no defrauda. Lo hago, metafóricamente, de la mano de María, una joven mujer de Nazaret, que canta a la gracia, la justicia y la fidelidad del pacto del Dios Todopoderoso. Es un texto breve que es compartido en distintos formatos para su lectura: PDF (con tamaño apropiado para su lectura en un smartphone o tablet), Epub, y MOBI (para kindle). Los dos últimos están en una carpeta comprimida, ya que WordPress no los soporta como archivos para añadir. 

El material es difundido con una licencia “Creative Commons” 4.0, es decir, que esta versión no puede ser comercializada y si es compartida, debe serlo en el mismo formato. 

Espero que esta reflexión bíblica sea de bendición para ti. Y si lo es, ayuda a su difusión. 

Cordialmente, Luis. 

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Seguir siendo iglesia en tiempos de coronavirus.

El coronavirus ha traído enfermedad y la lamentable pérdida de vidas, restricciones parciales o totales a la libertad de desplazamiento y de reunión, el seguimiento obligado de protocolos de salud y la adecuación de la realidad laboral al teletrabajo o la pérdida temporal del trabajo, y junto con ello, muchos desafíos para mantener la vida comunitaria. La necesidad de sociabilización se acrecienta. Y las conversaciones con una taza de café en la mano y los abrazos a la despedida que antes eran tan cotidianos y, por ende, triviales, hoy se transforman en algo que añoramos. Anhelamos el encuentro fraterno y amical. 

Claramente, quienes somos creyentes tenemos el desafío de seguir siendo iglesia en  los tiempos del coronavirus. Y la primera vez que pensé en lo importante de acometer esta tarea con esfuerzo responsable y con la mayor calidad que podamos producir, vino a mi memoria el texto de Génesis 4:26. Ese texto está al final del relato histórico de la primera familia, que había sido expulsada del Edén y que se había encontrado con las trágicas consecuencias del pecado: Abel muerto, Caín errante, y un hijo que nació como señal de la esperanza en Dios llamado Set. De este sujeto se habla muy poco, pero se señala que él, junto con su familia piadosa, celebraron culto al Dios Todopoderoso. El texto dice: “Set tuvo también un hijo al que llamó Enós. Desde entonces se comenzó a invocar el nombre del Señor”. Esta es la primera mención de un culto comunitario en la Escritura. Y aquí emerge el primero de los desafíos: mantener y fortificar la adoración del pueblo de Dios en sus hogares. Es muy pertinente decir, con toda claridad, que no estamos celebrando cultos on line, sino que estamos entregando insumos que ayuden a las familias, congregadas en el seno hogareño, a invocar el nombre del Señor. 

Son las familias reunidas, los creyentes miembros de la iglesia esparcida en el mundo, quienes oran, cantan, ofrendan, leen y escuchan la Escritura, todos elementos del culto. Una transmisión en línea, manuales litúrgicos y otros insumos son una ayuda que permite a los creyentes celebrar apropiadamente el culto al Señor, y no perder el sentido de comunidad. La circunstancia es la distinta. Ya nos encontraremos para celebrar al Dios vivo y verdadero, para luego estrecharnos un abrazo y conversar. Nuestra nostalgia es la del encuentro con los hermanos y amigos que no podemos ver, y no la de no haber celebrado el día del Señor como iglesia que somos. El no entender esta realidad es tener un concepto bastante limitado de lo que es la iglesia. La iglesia del Señor es el pueblo conformado por aquellos que Dios amó desde la eternidad y que se hace visible en la comunidad que invoca el nombre del Señor. En el pasado, en la familia setita. Actualmente, nuestra familia, en el hogar. Nosotros somos la iglesia, y eso, por pura gracia. Eso seguimos celebramos en el tiempo que nos toca vivir, porque Dios nos amó y sigue amando. Y el no poder reunirnos en nuestros templos, circunstancialmente, no nos impide para ello.

Un desafío ligado a lo anterior, ha tenido que ver con el aprendizaje y el despliegue de conocimientos sobre herramientas virtuales. Este es el tiempo de usar de manera adecuada las redes sociales, con infografías, reflexiones, vídeos en vivo con sermones, estudios y reflexiones de la Palabra de Dios. Por otro lado, la búsqueda de cuáles aplicaciones son las más funcionales para la realización de videollamadas, que nos permitan mantener la dinámica de grupos, el desarrollo de clases que permitan la interacción y el desarrollo de reuniones de oración, de trabajo y de adoración. También, la generación de materiales educativos y devocionales en las páginas web de las iglesias, junto con el desarrollo de plataformas para la educación a distancia. Todo esto forma parte del esfuerzo comunitario ante el llamado responsable de quedarse en casa y de no reunirnos en público, junto con la valoración de la gracia común en el uso de la tecnología que tenemos a disposición. Santiago dice en su carta: “Todo beneficio y todo don perfecto bajan de lo alto, del creador de la luz, en quien no hay cambios ni períodos de sombra” (1:17). Todavía queda por saber cómo respondemos ante las necesidades de creyentes que se congregan solos en su grupo familiar, de aquellos que por su edad avanzada no han tenido la suficiente alfabetización virtual, o de quienes no pueden acceder a una buena conexión de internet. Cada respuesta debe adecuarse a la realidad de cada comunidad. 

Las iglesias tenemos el desafío de no disociar ética de legalidad. El maquiavelismo que disocia fines de medios no forma parte del modo de ser y vivir de quienes profesamos la fe de Jesús. Y aquí, hay tres cosas por decir:

  • Debemos tener una mirada equilibrada del estado: ni la estadolatría ni la estadofobia forman parte de la comprensión escritural respecto del rol del magistrado civil, el que debe velar por el bienestar común. Y ahí, si bien es cierto, no ha existido la prohibición de nuestras reuniones (cosa que los programas de televisión parecen olvidar), si ha existido desde el principio clara conciencia que quienes tienen enfermedades crónicas, niños y personas de la tercera edad, deben restarse de las reuniones públicas. Y con ellos, los familiares que podrían ser fuentes de contagio para esas personas que corren mayores riesgos. 
  • Por eso la suspensión de las actividades cúlticas no obedece a una cuestión meramente legal, sino a un imperativo ético. Es un acto de amor al prójimo, en tanto se busca conservar el bienestar físico de quienes nos rodean. Jesús lo dijo así: “Mi mandamiento es este: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. El amor supremo consiste en dar la vida por los amigos” (Juan 15:12,13). Lo que certifica que nuestra fe es verdadera es el amor, y ese amor implica negarse a uno mismo en favor de los demás. La misericordia es una expresión viva de la fe en un Señor que sanaba a personas en el día de reposo, más allá del juicio taxativo de los líderes religiosos de su época.
  • Quien confunde fe con temeridad está leyendo el Salmo 91 como lo hacía Satanás, y no como le respondió Jesús a su tentador: “Entonces el diablo llevó a Jesús a Jerusalén, lo subió al alero del Templo y le dijo: – Si de veras eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque dicen las Escrituras: Dios ordenará a sus ángeles que cuiden de ti y que te tomen en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra. Jesús le contestó: – También está dicho: No pondrás a prueba al Señor tu Dios” (Lucas 4:9-12). El proverbista señala: “El prudente ve el peligro y se esconde, los incautos se arriesgan y lo pagan” (Proverbios 22:3). La prudencia es fruto de un corazón que ha sido renovado por el poder transformador del Espíritu. Si alguien le pide disociar espiritualidad de conocimiento, o en lenguaje evangélico, espíritu de mente, la persona que ha hecho eso tiene una fe atrofiada, que no ha ponderado que Dios salva al ser humano integralmente y, por ende, está preocupado de todo el ser. Eso es propio de un espíritu sectario que invita a crédulos y no a creyentes.

Finalmente, tenemos el desafío de ser comunidad y de mantener los lazos de ella. Sobre todo quienes miramos críticamente la idea de un estado paternalista, porque creemos que su rol no es hacerlo todo, debemos comprometernos a los esfuerzos solidarios que estén a nuestro alcance. Y para eso, no necesitamos de grandes medidas y tareas (que pueden ser válidas y necesarias), sino partir por la comunidad. Pablo, el apóstol, lo dice así: “aprovechemos cualquier oportunidad para hacer el bien a todos, y especialmente a los hermanos en la fe” (Gálatas 6:10). Comencemos haciendo el bien a la familia de la fe. Eso desafía nuestra comodidad y el modo de ser de una cultura que no sólo ha enrejado o amurallado sus casas, sino también sus corazones. Debemos combatir la hiperindividualización de la cultura imperante. No existe cristianismo solitario, por lo que seguimos siendo parte de una comunidad aunque no podamos reunirnos presencialmente. Debemos generar conexión real y no al estilo superficial de las redes sociales, debemos amar y ser amados en atención del otro (reciprocidad), debemos afirmarnos y cuidarnos. Una llamada telefónica, una videollamada, un mensaje de WhatsApp, sirven para sentirnos acompañados. Como diría Dietrich Bonhoeffer: “Ciertos cristianos, y en especial los predicadores, creen a menudo que, cada vez que se encuentran con otros hombres, su único servicio consiste en ‘ofrecerles’ algo. Se olvidan de que el saber escuchar puede ser más útil que el hablar. Mucha gente busca a alguien que les escuche y no lo encuentran entre los cristianos, porque éstos se ponen a hablar incluso cuando deberían escuchar. Ahora bien, aquel que ya no sabe escuchar a sus hermanos, pronto será incapaz de escuchar a Dios, porque también ante Dios no hará otra cosa que hablar”*. Y este, más que nunca, es el tiempo de escuchar. Es el tiempo de servir. Es el tiempo de pensar en los demás antes que en uno mismo. 

Ser miembros de la iglesia es una enorme bendición. Y como toda bendición de Dios, según lo que enseña la Biblia de principio a fin, siempre implica responsabilidad. Manos a la obra.

Luis Pino Moyano. 

 


 

* Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, p. 106. 

** Este post es la presentación ordenada de mis apuntes y reflexiones en los conversatorios organizados por el núcleo “Fe Pública”, con el título “Fe en tiempos de coronavirus”, los días 30 de marzo y 7 de abril de 2020. Para esta reflexión, ocupé la traducción bíblica “La Palabra. El mensaje de Dios para mi”, de las Sociedades Bíblicas Unidas, en su edición hispanoamericana.  

[Bitácora] Retiro Presbiterial de Jóvenes: “Somos lo que amamos”.

Una de las características originarias de los blogs es que son bitácoras, es decir, concepto que se origina en la marinería, pero que podría ser entendido, también, como un cuaderno de campo. Y en este blog, “En el balcón y en el camino…”, de vez en cuando, recuperamos dicho carácter, para contar experiencias de actividades y compartir algunos materiales producidos para dichas instancias. 

Durante los días 18 al 20 de enero de 2020, en La Granja Presbiteriana de El Tabo, se desarrolló el retiro presbiterial de jóvenes “Somos lo que amamos”. Esa afirmación nos llevó a colocar como imagen el emblema de Juan Calvino, en versión castellana, que señala “Mi corazón te ofrezco Dios, pronto y sincero”. El corazón que simboliza el intelecto, las emociones y la voluntad, todas cosas fundamentales en la vida, por ende, para nuestra relación con Dios, con el prójimo y con el medio en que vivimos. Así lo dijo el proverbista: “Hijo mío, atiende a mis consejos, escucha atentamente lo que digo. No pierdas de vista mis palabras; guárdalas muy dentro de tu corazón. Ellas dan vida a quienes las hallan; son la salud del cuerpo. Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:20-23). 

Por ello, la invitación de nuestro retiro fue que reflexionáramos en torno a los amores de nuestro corazón, y cómo estos moldean nuestra vida y nuestros hábitos, tanto en las dimensiones personales como sociales y culturales. No olvidamos que la definición agustiniana de “amar desordenadamente” para referir al pecado, es una conceptualización demasiado difícil de dejar de lado. James K. Smith señaló sobre esto: “La adoración es la ‘estación de la imaginación’ que incuba nuestros amores y anhelos, para que nuestros esfuerzos culturales tengan a Dios y su Reino como punto referencial. Si hay en ti una pasión por buscar justicia, renovar la cultura y asumir su vocación de hacer fluir todo el potencial de la creación, necesitas invertir en la formación de tu imaginación. Debes ser el sanador de tu corazón. Debes adorar correctamente. Pues tú eres aquello que amas”.

Tuvimos cinco exposiciones: “Somos lo que amamos”, expuesto por el Pbro. Eliezer Leal; “Hábitos del corazón” (por quien suscribe este post); “Mandato social, familia y sexualidad”, expuesto por el Pr. Oswaldo Fernández y la hna. Kelit Pérez; “Mandato social y justicia”, por el Pr. Jonathan Muñoz; y, “Mandato social y ecología” (nuevamente, por mi). Fue un momento en que pudimos adorar a Dios, aprender y ser desafiados por la Palabra y vivir la alegría del encontrarse. Quiera el Señor que todo esto haya sido para su gloria, y para la edificación y alegría de su pueblo.

Comparto acá las diapositivas de mis dos exposiciones: 

Hábitos del corazón. La exposición comienza haciendo una apelación a la gracia cara (Bonhoeffer), para luego señalar el significado bíblico del corazón, y con esa base, relevar la verdadera batalla espiritual, aquella que se da en el área de las disciplinas espirituales. Se especifican tres: a) la lectio divina; b) la adoración comunitaria; y c) la práctica de la justicia. Se cierra con un llamado a la búsqueda de una espiritualidad sana y profunda. Se puede descargar, haciendo clic aquí.

Mandato social y ecología. Al comienzo se menciona cómo se ha ido instalando el tema del problema del descuido Medio Ambiente en la historia, por distintas corrientes, muchas de ellas ajenas al cristianismo, señalando los desafíos que nos presentan, pues dichas alternativas deben ser leídas a la luz de la cosmovisión cristiana que permita reconocer la gracia común y la antítesis. Luego se hace una apelación al señorío de Cristo y lo que ello implica en relación a la ecología, para pasar a principios de lectura bíblica reformada sobre el tema, la relación entre ecología y escatología, las tareas que podemos desarrollar, y cómo la práctica de la mayordomía está relacionada con la justicia. Dichas diapositivas, pueden descargarse haciendo clic aquí.

Para cerrar este post, comparto algunas fotos de esta maravillosa instancia. 

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

En Cristo, Luis.

¡Que arda la iglesia!

“La única iglesia que ilumina es la que arde”, junto a otros gritos que esparcían su malestar y rabia contra la iglesia y la imagen de Dios (algunos irrepetibles, por quienes somos creyentes, aunque los dijésemos entre comillas), fue uno de los eslóganes producidos por los anarquistas españoles de la primera mitad del siglo XX, quienes, huelga decirlo, fueron muy influidos por el cientificismo positivista. El anarquismo español fue el más laicista y anticlerical de dicha expresión política, y el que por razones idiomáticas y de redes organizativas, influyó más en América Latina. No por nada, dichas consignas han vuelto a aparecer, y a expresarse en la realidad concreta, en las escenas iconoclastas del reventón social de octubre y noviembre de 2019, y quizá por cuánto tiempo más. 

Como protestante de raigambre reformada, no creo en la existencia de lugares sagrados y profanos, en una separación binaria que olvida que Cristo es Señor de todo. Pero, eso no obsta para que las acciones iconoclastas, de quema de templos y bandalización de los mismos, sea del todo repudiable y lamentable. E insisto, no por el lugar ni por los objetos, sino porque lo único que muestran estos actos, es a personas que enarbolan las banderas de la libertad, pero que sólo refieren a una emancipación que es ensimismada e individualizada, construyendo un conservadurismo y moralidad, contradictoriamente semantizados como progresistas. Buscan destruir a Dios y las religiones, pero terminan levantando otro altar, el de sus egos y de sus verdades relativas e individuales que desechan la posibilidad de dialogar en sociedad y aceptar las diferencias, y los afectos de personas que construyen sus propias redes sociales al alero de una comunidad eclesial. Bajo la misma lógica, esa religión secularizada, también debería arder. 

Pero quisiera re-dirigir mis palabras a otro asunto, resemantizando el eslogan, dándole otro significado y contenido. Uno que me permita gritar a voz en cuello y a desear con todas las fuerzas de las que tengo posibilidad: “¡Que arda la iglesia!”. Sí, que arda la iglesia. 

La iglesia tiene que arder, sobre todo, para que en un momento inicial podamos: a) quemar la inmoralidad del abuso de poder, expresado en maltratos económicos, eclesiales y de índole sexual; b) quemar la indecencia del enriquecimiento ilícito, amparado en “bancos celestiales” presididos por el dios del consumo al que no se le ofrenda, sino que se le pacta en lógica de oferta y demanda; y c) quemar la indolencia frente a la injusticia social, lo que se traduce en prácticas que van desde una actitud carente de misericordia frente a la pobreza y desamparo de nuestros prójimos, el desalojo de una ética cristiana fuera de la esfera eclesial y, en el peor de los casos, reproducir las acciones pecaminosas de otros bajo la excusa barata de un “todos lo hacen”. Mientras no reconozcamos la responsabilidad por comisión u omisión de nuestras comunidades cristianas, coadyuvando al malestar de cientos y miles de conciudadanos, seguiremos marcando el paso con un mensaje carente de sentido para el aquí y el ahora. El cristianismo lucha contra nuestra falta de realidad [1]. Seguimos a un Señor y Maestro, Jesús de Nazaret, que recorría las aldeas y ciudades predicando y enseñando el evangelio del Reino y, a la vez, sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo (Mateo 9:35). Cristo se compadece de quienes tienen hambre y carecen de pastor (Mateo 9:36), sana a los enfermos, toca a quienes son inmundos ceremonialmente (Mateo 8:1-3), conversa con aquellos que son considerados los parias de la sociedad (Lucas 19:1-10; Juan 4:1-42) y celebra asegurando que la fiesta no termine antes de tiempo (Juan 2:1-12). 

La iglesia tiene que arder en su tarea en el mundo. Juan Calvino, cuando definía a la iglesia señalaba que se trata de: “toda la multitud de hombres esparcidos por toda la Tierra, con una misma profesión de honrar a Dios y a Jesucristo; que tienen el Bautismo como testimonio de su fe; que testifican su unión en la verdadera doctrina y en la caridad con la participación en la Cena; que consienten en la Palabra de Dios, y que para enseñarla emplean el ministerio que Cristo ordenó” [2]. Probablemente, en esta definición nuestra vista se vaya rápidamente a los actos litúrgicos y de conocimiento escritural mencionados por el teólogo francés, pero esas tareas sólo pueden ser desarrolladas de manera consistente, sí y sólo sí, la iglesia es entendida como comunidades que están “esparcidas por el mundo”. Es mientras que la iglesia institucional y la orgánica (nosotros, los creyentes, somos la iglesia), caminamos en medio del espacio geográfico que nos toca, que cumplimos nuestra tarea de hacer discípulos, de integrar a nuevos miembros y de enseñar la Palabra de Dios, junto con la tarea de colaborar con la extensión del Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo (Romanos 14:17), y con nuestras manos, en el trabajo que desarrollamos en el día a día, produciendo bienestar para quienes son beneficiarios de lo que hacemos [3]. El pastor y misionero David Trumbull, señaló en 1879 que: “Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo” [4]. La esperanza de Trumbull no estaba en un cambio constitucional ni en la relación estratégica con liberales, radicales y masones -aunque ambas cosas podrían haber sido necesarias en dicha época-, sino en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin. La luz del evangelio debe iluminar en medio de la oscuridad, con la proclamación fiel de la Palabra de Dios, y además, en la muestra de amor al prójimo que se manifiesta en prácticas de justicia y misericordia, y en el trabajo realizado con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. Disociar esas tareas evangélicas, presenta una mirada parcial y débil del evangelio mismo, y diluye el entendimiento de su alcance y poder de transformación. 

La iglesia tiene que arder en la esperanza escatológica, la que se fundamenta en la obra de aquél que ni la tumba pudo retener, y no radica en un mero cambio social, sea del tinte político que sea. Un día todas las tiranías y todos los reinos de la tierra caerán, pero el reino de Cristo, el Señor en quien debe estar nuestra esperanza y fe, prevalecerá para siempre. Nuestra esperanza está en Cristo. ¡Él consumará la historia! ¡Él construirá la verdadera justicia! ¡Él construirá la paz! ¡Él establecerá el lugar en el que su pueblo podrá encontrarse de manera plena con Dios, con el prójimo y con la buena creación de Dios! Ningún hombre o mujer puede lograr aquello. Todo eso, no implica quietismo ni pacifismo, sino que entiende equilibradamente nuestro papel y el de Cristo. El “venga tu reino” y “hágase tu voluntad”, van de la mano, en el Padrenuestro (Mateo 6:10). Nuestra esperanza no está en lo que tú y yo podemos hacer. No está en nuestros bienes y profesiones temporales. No está en que te libres cuidándote sólo a ti y no preocupándote de quienes te rodean. La esperanza que no defrauda está en Cristo. En lo que Él hizo por ti y por mi en la cruz, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. ¿De dónde proviene, entonces, nuestro amor y justicia? Tienen que venir de Cristo. No nos dejemos dominar por los discursos de nuestra época. El evangelio debe ser el fundamento. No hay amor verdadero que no se sustente en Dios. No hay justicia social verdadera que no se sustente en Dios. No hay valoración de la vida humana que no se sustente en Dios. No hay paz verdadera y perdurable que no se sustente en Dios. ¡En él debemos poner nuestra mirada hoy! (Véase sobre esto último el Salmo 145).

La iglesia tiene que arder en el amor a quienes profesan la misma fe. La iglesia es, por definición, la comunidad de los distintos que han sido unidos por la gracia de Dios, el único lugar del mundo en el que pueden y deben convivir aquellos que fuera de su marco jamás se habrían juntado ni, mucho menos, amado. Por tanto, la iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio, a saber, la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz (1ª Pedro 1:18-20). Somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás. En Cristo, somos uno (Efesios 2:11-22; 4:1-16). Y si tenemos como mayor cualquier cosa ocurrida en el país en el devenir histórico, a un actor político del pasado o del presente o un determinado principio filosófico-político-o-económico, y eso obstaculiza nuestra relación de hermanos con otros creyentes, estamos poniendo una cosa insignificante en lugar de Cristo, como señor y dios de la vida, sustituyendo a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Si amamos más un determinado proyecto político que a nuestro propio hermano, como lo mandata la Escritura, no estamos siguiendo uno de los principales mandamientos de quienes seguimos a Jesús (Juan 15:17; 1ª Juan 4:7,8,20,21).

La iglesia tiene que arder en la búsqueda y práctica de una espiritualidad bíblica, en una genuina pentecostalidad de la iglesia. El anhelo por ser llenos del Espíritu Santo no es ni debe ser patrimonio de las comunidades de nuestros hermanos pentecostales, sino de todo el pueblo de Dios. Las palabras de Kuyper deben ser un llamado a nuestras conciencias: “A menos que Dios envíe su Espíritu, no habrá ningún cambio, y espantosamente rápido descenderán las aguas. Pero ustedes recuerdan el Arpa Eólica que a los hombres les gustaba poner fuera de sus ventanas para que la brisa pudiera convertir la música en vida. Hasta que el viento soplaba, el arpa permanecía en silencio; mientras que, nuevamente, a pesar de que el viento soplaba, si el arpa no se hallaba lista, un susurro del viento podía oírse, pero ni una nota de música etérea deleitaba el oído. Ahora bien, puede que el calvinismo [y sin duda, a mi juicio, la apelación al calvinismo, podría sustituirse por la fórmula “todo el cristianismo bíblico e histórico”] no sea otra cosa sino un arpa eólica –absolutamente impotente, por así decirlo, sin el avivamiento del Espíritu de Dios- pero aún sentimos que es nuestro deber impuesto preservar nuestra arpa y sus cuerdas entonadas correctamente, lista en la ventana de la Sión Santa de Dios, esperando el aliento del Espíritu” [5]. Sólo el Espíritu Santo tiene la posibilidad de transformar nuestros corazones, es decir, nuestros intelectos, emociones y voluntad (Romanos 8:1-17). Sólo el Espíritu Santo producirá la fuerza vitalizadora para que la iglesia esté compuesta de testigos fieles del evangelio (Hechos 1:8) y viva de acuerdo a la Palabra de Dios. Sólo el Espíritu Santo nos guiará a la verdad y a la justicia (Juan 16:13). La iglesia tiene que arder de rodillas, orando, orando mucho. Esa oración, con la Biblia abierta y en nuestros corazones, marcará la agenda a seguir, aún en medio de las convulsiones sociales  o crisis personales y colectivas que podemos vivir.

Sí, que arda la iglesia… 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] Quien mejor apela a esta falta de realismo del cristianismo contemporáneo, a mi juicio, es Francis Schaeffer. Véase: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; y, Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973. 

[2] Juan Calvino. Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro IV, Capítulo 1, Nº 7. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 811.

[3] Soy tributario acá de la propuesta de Timothy Keller. Véase: Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, pp. 263-406.

[4] La Piedra viva, verdadera y divina. Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. 

[5] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 252. Corresponde a la Conferencia “El calvinismo y el futuro”.

[Lectura Devocional] ¡La justicia es acto de espiritualidad!

“¡Lávense, límpiense! ¡Aparten de mi vista sus obras malvadas! ¡Dejen de hacer el mal! ¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen la justicia y reprendan al opresor! ¡Aboguen por el huérfano y defiendan a la viuda! ‘Vengan, pongamos las cosas en claro -dice el Señor-. ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana! ¿Están ustedes dispuestos a obedecer? ¡Comerán lo mejor de la tierra! ¿Se niegan y se rebelan? ¡Serán devorados por la espada!’. El Señor mismo lo ha dicho” (Isaías 1:16-20).

El profeta Isaías hace el anuncio al pueblo de Judá con una intención clara: que escuchen la Palabra de Dios. Pero la situación es muy adversa, pues dicho pueblo tiene su mente corrompida por el pecado, por lo que la voz profética diagnóstica enfermedad y asolamiento. El juego simbólico es muy interesante. Del símil del versículo 3, en el que se les compara con bueyes y asnos, que con toda su torpeza entienden la voz de su amo, mientras ellos no obedecen la voz de su Señor; se pasa a la metáfora del versículo 10, en la que los gobernantes son comparados a los principados de Sodoma y el pueblo todo, a Gomorra. Eso explica por qué su culto ofende a Dios, pues a pesar que en apariencia seguían estricta obediencia a Dios, su corazón y formalismos eran paganismo puro y sencillo (versículos 11-15). Ese es el contexto del pasaje citado al comienzo. 

La sección que he colocado al inicio habla de una serie de prácticas injustas de las cuales el pueblo de Judá debe arrepentirse, para aprender a actuar con justicia en el mundo. Es muy interesante ese punto: la justicia se aprende. ¿Y qué es lo que hay que aprender? Enumeremos: a) hacer el bien; b) buscar justicia; c) reprender al opresor; d) defender al huérfano y la viuda. Y luego de dicha enumeración, notamos toda la fuerza de uno de los versículos más conocidos del libro en el que se nos invita a buscar al Señor para recibir el perdón de nuestros pecados, por muy oscuros y profundos que éstos sean. Es el recuerdo del pacto de Dios con su pueblo, del Dios que nos ama y redime. Por eso, el texto refuerza dicha idea con consecuencias: si buscamos a Dios tendremos Shalom, es decir, vida abundante y verdadera; mientras que si no buscamos al Señor, seremos víctimas de la autodestrucción. En otras palabras, la justicia es una necesidad espiritual. 

¿Qué nos enseña este texto? Que bíblicamente, toda práctica de injusticia social emerge de una espiritualidad atrofiada, que busca ensalzar cosas y sujetos que perecen y que, por lo tanto, la justicia que necesita nuestra sociedad, y en la que nosotros debemos ser agentes activos del Reino de Dios, es un acto que busca en primer lugar la adoración del Dios vivo y verdadero. Es nuestra tarea urgente, entonces, volvernos a la Palabra de Dios para encontrar sustento en nuestras prácticas, y entender la justicia en la sociedad como una disciplina espiritual, pues esta requiere aprendizaje y un ejercicio que busca paliar una necesidad real de quienes somos creyentes en Cristo Jesús. No podremos hacer el bien, buscar la justicia, reprender al opresor y defender al huérfano y la viuda si lo hacemos sustentados en los principios de la cultura imperante, o en las ideologías de los partidos y movimientos que nos agradan, pues eso nos lleva a la parcialidad que es signo de la espiritualidad atrofiada. 

Quienes profesamos la fe evangélica en nuestro Chile debemos comenzar por arrepentirnos. Arrepentirnos de nuestro acomodamiento, ya sea a la vida en comunidades que no tienen ningún nexo con el mundo, como también, el que ha resultado de la búsqueda de meras cuotas de poder para tener algo de influencia. Debemos arrepentirnos por todas las veces que hemos creído que la tarea proclamar el evangelio está disociada de la disciplina espiritual de la justicia en la sociedad. Debemos arrepentirnos cuando hemos mirado a nuestro prójimo con parcialidad, siendo sumamente duros con el pecado y debilidad del resto, y muy autocomplacientes con nosotros mismos. Gracias a Dios por el evangelio, porque sólo en Cristo, nuestros pecados pueden ser anulados, como del “carmesí a la blanca lana”. 

Oración: Amado Señor, te adoramos por ser justo y verdadero. Nos postramos ante ti, en nuestros corazones, para pedirte perdón por nuestra espiritualidad atrofiada que se ha manifestado en injusticia, indiferencia y parcialidad. Queremos pedirte que nos limpies por el poder del sacrificio que Cristo hizo en la cruz, para que llenos del poder de tu Espíritu Santo, podamos mantener nuestra mirada en ti y en nuestros prójimos. Vivimos en nuestro país tiempos difíciles en los que no podemos actuar con indiferencia y quietud. Haznos ser artesanos de la paz que trabajan en el mundo sólo para tu gloria y honra. Lo pedimos en Cristo Jesús, amén. 

Luis Pino Moyano.

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