El Reino de Dios, nuestra agenda y la vida.

“Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No tiene la vida más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa. Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? ¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? 

¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que no se preocupen diciendo: ‘¿Qué comeremos?’ o ‘¿Qué beberemos?’ o ‘¿Con qué nos vestiremos?’ Los paganos andan tras todas estas cosas, pero el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas” (Mateo 6:25-34).

Cuando se leen estas palabras de Jesús en su sermón del monte, pero sin tener en cuenta sus otras enseñanzas, junto a las de toda la Escritura, y sobre todo mediatizados por expresiones culturales como las que nos provee el cine que nos muestra a Jesús con una larga cabellera y barba, junto con su túnica de una costura, regularmente blanca, e inclusive un poco sucio y sudoroso como nos lo presenta la reciente “Hijo de Dios”, podríamos llegar a pensar que se trata meramente de las ideas filosóficas de un soñador cercano a la cultura hippie, como si fueran las palabras de alguien que sólo invita a vivir el día. Pero en realidad esto no es así. 

Lo que hace Jesús en este texto es poner el acento en lo que realmente importa, es decir, el Reino de Dios. Esto es tan central, que Mateo habla del “reino de Dios” y no del “reino de los cielos” como continuamente lo hace en su libro, como señal de reverencia que busca no tomar el nombre de Dios en vano. Pero acá lo hace, para agudizar la enseñanza del Maestro de Galilea. Jesús no está invitando acá a la desregulación ni a la irresponsabilidad. No está diciendo nada contra los estudios, el trabajo, los tiempos con la familia y los amigos. Agendar el día a día y proyectar acciones para el futuro no son, necesariamente, acciones contrarias al Reino de Dios. El Reino de Dios, tampoco tiene que ver sólo con aquello que nos parece “sagrado” versus lo que, habitualmente, se ve como profano. El Reino de Dios es total, porque el señorío de Jesucristo es universal. Y en el caso de este texto en particular, se aplica en la justicia del Rey que adoramos: justicia que se transforma en experiencia real en una vida que se entrega de manera total a Dios y en el no amoldarse a la cultura imperante (Romanos 12:1,2); en la alabanza al Señor vivo y verdadero y en el compartir con los demás lo necesario (Hebreos 13:15,16). Esa justicia hace patente la paz y la alegría que debe extenderse de la iglesia al mundo. Cuando Jesús plantea que la prioridad de la vida, de nuestras vidas, la debe tener el Reino de Dios nos está señalando principios que cotidianamente debemos aterrizar a nuestra existencia: 

a) Que la provisión y el cuidado de nuestra vida y de quienes nos rodean no vienen de nuestro esfuerzo sino del Dios de la vida, que produce en nosotros fuerza, entendimiento, capacidades, todo eso como dones de Él, para su gloria y el bienestar de nuestro prójimo; 

b) Que cuando centramos nuestros corazones en Dios, nos podemos deleitar en su cuidado que se traduce en verdadera paz, dejando de lado el afán que agobia y autodestruye. 

¿Por qué sustituir, entonces, el Reino de Dios por las cosas materiales, por los proyectos individuales, por los anhelos de ascenso social y profesional? ¿Por qué convertir tus estudios y trabajo, tus tiempos de familia y con amigos, en excusa para servir a Dios en la iglesia y en el mundo? ¿Por qué convertir las “añadiduras”, que son bendición de Dios, ya que sin Él no las tendríamos, en excusa para estar activos en la misión a la que Dios nos ha incorporado sólo por gracia? ¿Cuándo el Reino de Dios dejó de ser como el tesoro escondido y como una perla de gran precio por el cual existe deleite en trabajar hasta el cansancio gozoso (Mateo 13:44-46)? Cada vez que nosotros centramos nuestra vida en cosas materiales y proyectos individuales terminaremos chocando indefectiblemente contra el fracaso autodestructivo, porque sólo Cristo puede dar sentido a nuestra vida, alegría sin igual, esperanza que es certera. Las “añadiduras” por sí solas, disociadas de Dios, son vanidad, tal y como el predicador del Eclesiastés nos dirá acerca de la alta estima social, las riquezas, la juventud y la adolescencia, y respecto de todo lo que hay debajo del sol y sobre la tierra. Todo eso se destruye, perece o se acaba. ¿Te fijas en lo dañino que es sustituir al único Dios verdadero por cuestiones que sin Él no tienen sentido ni durabilidad?

¿Estás dispuesto a hacer tuyas estas palabras de Pablo, en su despedida a los presbíteros de Éfeso, antes de emprender su viaje final, aquél que le llevó al martirio: “considero que mi vida carece de valor para mí mismo, con tal de que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el de dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24, NVI). 

Oración: Amado Señor, te doy muchas gracias por todas las añadiduras que me das, ya sean relacionadas con el estudio y el trabajo, o con fuerzas y capacidades, o con la necesaria provisión para el hogar. ¡Todo lo que tenemos es tuyo! Por lo mismo, te pido perdón por todas aquellas veces que esas añadiduras se han convertido en la única realidad de nuestra existencia, reemplazándote con ellas a ti, el único que nos da vida, paz y esperanza. Que tu Espíritu nos capacite para mirarte sólo a ti y entender que nuestra vida carece de valor al lado del Reino de Dios y su justicia. Haznos ser instrumentos de ese Reino que es justicia, paz y alegría en el Espíritu. Por Jesús, nuestro redentor, amén.

Luis Pino Moyano.

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¿Por qué cantar y orar en navidad?

“El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto. Pero cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados’. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: ‘La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel’ (que significa ‘Dios con nosotros’)” (Mateo 1:18-23).

¿Se debe celebrar la navidad? ¿Es posible cantar y orar en Navidad? Algunos creen que no debemos celebrar la Navidad, por su aparente origen pagano, el del nacimiento del sol, lo que daría cuenta de un sincretismo religioso innecesario. Otros, apelando al “real sentido de la navidad”, alzan sus banderas anticonsumo, y cuestionan el ejercicio de comprar y regalar. Otros piensan que la navidad es para los niños, y que es por ellos que hay que celebrarla. Todas esas visiones conllevan maneras distintas de ver y realizar la celebración.

¿Pero qué decir frente a estas miradas tan dispares? Que a pesar de las notorias diferencias, todas se unen en un punto: el del olvido…

  • El olvido de que ésta es una tremenda oportunidad que nos brinda el calendario para hablar del amor de Jesús el Redentor, que nació en Belén, sobre todo a nuestros familiares y amigos no creyentes.
  • El olvido de que los regalos y el compartir no necesariamente muestran una actitud consumista, sino más bien, relevan la posición de nuestro corazón, el sentido que damos a dicha entrega, recordando que para el cristianismo vale más “dar que recibir”.

La Navidad es una fiesta que nos invita a no olvidar. La Navidad es un acto de memoria en el que celebramos la encarnación de Jesús, cuyo nacimiento, vida, enseñanza, muerte y resurrección nos da la certeza de la Redención, la que alcanza a todos los que fueron amados por Dios desde la eternidad, antes de que el mundo fuese.

Aún no hemos respondido a cabalidad la pregunta: ¿Por qué cantar y orar en navidad? Leímos el texto de Mateo, que nos presenta el evangelio a través de tres nombres dados al Salvador. Esos tres nombres nos presentan la identidad de Jesús y, además, el poder de su obra.

Jesús es la forma griega del nombre hebreo “Josué”. Era un nombre muy común en la época. Lo que importa es su significado y la radicalidad que alcanza en la persona del niño que nació en Belén. El nombre significa “Yahvé salva”. Sin lugar a dudas, la encarnación tiene un sentido misional cuyo clímax se encuentra en la cruz de Cristo. La navidad está muy ligada a la pascua. No son lo mismo, pero no pueden entenderse por separado. Cristo descendió a la tierra para morir. Así lo señala Pablo cuando dice: “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación. Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios” (2ª Corintios 5:17-21). Fue por nuestra salvación que la Segunda Persona de la Trinidad, Dios mismo, se hizo hombre y nació en un humilde establo, y recostado en un pesebre. Fue por amor a nosotros que Cristo sufrió la cruz. Es Dios quien está en misión, y en esa misión de reconciliación, Cristo es el Salvador. La justicia y la gracia se nos manifiestan en el pesebre y en la cruz. Junto a Charles Spurgeon podemos decir que: “Habrá paz para la raza humana, y buena voluntad hacia los hombres por siempre y para siempre, mientras se dé gloria a Dios en las alturas. ¡Oh bendito pensamiento! La Estrella de Belén nunca se ocultará. Jesús, el más hermoso entre diez mil, el más amable entre los bellos, es un gozo para siempre”.

Cristo, es el otro nombre. También es un concepto griego, que reemplaza a uno hebreo, en este caso el de Mesías. Significa “ungido” (ungir es untar con aceite), alguien que fue llamado y consagrado para cumplir una labor, en este caso la del Libertador prometido en todo el Antiguo Testamento. Cristo fue ungido para llevar a cabo su función de Rey, Profeta y Sacerdote. Esto es una buena noticia, pues el Reino de Dios se ha acercado a nosotros en la persona de Cristo, Reino que será consumado en el día final. Es una buena noticia, porque recibimos al profeta por excelencia, a aquél que nos trajo la Palabra viva del cielo, hablándonos con autoridad, no como los maestros de la ley y los fariseos. Él es el autor y el consumador de nuestra fe. Es una buena noticia porque hemos recibido al sacerdote perfecto. Sacerdote que no sólo ofició el sacrificio, sino que además fue la ofrenda perfecta, la única posible para conseguir eterna redención. Hasta el día de hoy él intercede por nosotros delante de nuestro Padre.

Emanuel, es el tercer nombre. Es el cumplimiento pleno de la profecía dicha por Isaías. Es el cumplimiento literal de la profecía y no una mera señal de la presencia de Dios con nosotros. ¡Cristo es Dios! Juan 1:1: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”; Colosenses 2:9: “Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo”; Romanos 9:5: “De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén”; Tito 2:13: “mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”; Hebreos 1:8, Dios hablando, dice: “Pero con respecto al Hijo dice: ‘Tu trono, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos, y el cetro de tu reino es un cetro de justicia’”; y 1ª Juan 5:20: “También sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al Dios verdadero. Y estamos con el Verdadero, con su Hijo Jesucristo. Éste es el Dios verdadero y la vida eterna”. No existe religión en el mundo que tenga un dios tan cercano, como el Dios verdadero, del cual el Emanuel es la imagen visible.

Un viejo himno decía: “Oh ven bendito Emanuel / de la maldad rescata a Israel, / que llora en triste desolación / y espera ansioso su liberación”. El bendito Emanuel está con nosotros, nos salvó y vive con nosotros. Él prometió estar presente con sus discípulos hasta que venga otra vez. ¡Jesucristo está con nosotros! Su presencia nos da vida.

Dietrich Bonhoeffer señaló en Resistencia y sumisión que: “La iglesia ha de colaborar en las tareas profanas de la vida social humana, no dominando, sino ayudando y sirviendo. Ha de manifestar a los hombres de todas las profesiones lo que es una vida con Cristo, lo que significa ‘ser para los demás’”. Lo que los cristianos celebramos en navidad no es la fiesta del consumo, cuyo gozo absoluto es “recibir” y “tener”, sino más bien una fiesta que se goza en “dar”, en “ser para los demás”, lo que se manifestó de manera totalmente concreta y real en un humilde pesebre, en las enseñanzas del Hijo del Hombre y en una pesada cruz.

¿Por qué cantar con fervor y orar con agradecimiento en Navidad? Porque Jesús de Nazaret, es el Cristo y es el Emanuel. ¿Qué más motivos podríamos querer?

Vivamos como salvos. Trabajemos como colaboradores del Reino de Dios. Alegrémonos porque Dios está con nosotros. Todo eso debiera llevarnos a caer de rodillas y orar con alegría y sencillez de corazón.

Navidad, sin dudas, es un tiempo para cantar y orar.

Luis Pino Moyano.

* Reflexión bíblica compartida en el culto de Nochebuena de 2016, en la Iglesia Refugio de Gracia.

Creo en el Espíritu Santo.

“Los presbiterianos no creen en el Espíritu Santo”. ¿Has escuchado algo así antes? En mi caso fue lo primero que escuché de los presbiterianos. Se aduce a esto por la falta de fervor, de “fuego”, e inclusive en términos teológicos por la ausencia de un capítulo sobre la doctrina del Espíritu en nuestras teologías sistemáticas más clásicas. De hecho, nuestra Confesión de Fe de Westminster vivió una modificación a comienzos del siglo XX en el seno del presbiterianismo estadounidense, cuando se le agregó un capítulo especial sobre este tema, muy probablemente para responder a la aparición del movimiento pentecostal. ¿Pero es tan así?

Teólogos de la talla de J. I. Packer han dicho que la doctrina del Espíritu Santo es “la cenicienta de las doctrinas cristianas” y son muchos los que con él aducen a una falta de reflexión sobre la doctrina. Pero más recientemente otro teólogo insigne, Sinclair Ferguson, ha señalado que la doctrina del Espíritu Santo es una de las más abordadas por la literatura cristiana, sobre todo en los últimos años. Pero, aunque hay producción muy sabia y ortodoxa, que va desde Juan Calvino, llamado por algunos “el teólogo del Espíritu Santo”, pasando por el movimiento puritano, la teología reformacional y otras, no cabe duda que el problema no radica en que no se hable del Espíritu Santo, sino en lo que se habla del Espíritu y cómo se vive a propósito de ello. 

  • “Creo en el Espíritu Santo”, declara el credo apostólico. Pero, qué creemos es la pregunta. 

La Biblia llama al Espíritu adjetivándolo como santo, o nominándole como Espíritu de verdad, sabiduría, paz, amor y gloria. Le menciona como Dios en el relato de Ananías y Safira (Hechos 5:3,4), al nivel que la blasfemia contra él es declarada un pecado imperdonable (Marcos 3:28,29). Se le menciona con atributos divinos tales como la omnisciencia (1ª Corintios 2:11), la omnipresencia (Salmo 139:8,9)  y la eternidad (Hebreos 9:14).

También, la Palabra, lo refiere como una persona. Jesús y los apóstoles aplicaron el pronombre personal “él” para referirlo. Romanos 14:17 nos habla que el Reino de Dios es justicia, paz y alegría en el Espíritu. El Espíritu se alegra y nos invita a vivir en su alegría. Además de eso, el mismo Pablo señala que el Espíritu puede ser entristecido (Efesios 4:30). El Espíritu no es una “fuerza activa” ni una cosa reducida a la simbología usada para explicarlo.

Quizá una de las cosas más importantes del Espíritu Santo tenga que ver con la vida. El viejo y sufriente Job declara que participó de la creación cuando dice que “Su Espíritu hizo hermosos los cielos, y su poder atravesó a la serpiente deslizante” (Job 26:13 NTV). Pablo dice en la carta a los Romanos que “levantó a Jesús de entre los muertos”, y que por lo mismo tiene el poder de darnos vida (Romanos 8:11). Y Jesús les dijo a sus discípulos, antes de ascender al cielo que recibirían poder del Espíritu para ser testigos hasta los confines de la tierra (Hechos 1:8). La fuerza que infunde el Espíritu Santo para alentar a la iglesia es para la misión, para hablar de Cristo con denuedo, claridad y firmeza. Esa es la obra que el poder del Espíritu Santo produce en nosotros: ser testigos del mensaje del evangelio de Jesucristo en cada lugar que estemos. Fue esa la razón por la que nadie en la iglesia primitiva pensó en misioneros profesionales, sino que esta fue la lógica: “el Espíritu vive en mi, soy un testigo”. 

En el estado actual de la iglesia, si dijéramos que vamos a hablar de la obra del Espíritu Santo en la vida de los creyentes, la mayoría del mundo evangélico creería que vamos a hablar de los dones milagrosos, de hechos sobrenaturales, de cuestiones que no tienen que ver con la vida cotidiana fuera de la esfera religiosa. Pero nosotros debemos decir lo siguiente: La obra del Espíritu Santo en los creyentes tiene que ver fundamentalmente con la salvación. En el año 381, el Concilio de Constantinopla, confesó que el Espíritu Santo es el “dador de la vida”, lo que quiere decir que él es la fuente inmediata de toda la vida. Los creyentes tenemos al Espíritu Santo en ese sentido redentor, a tal nivel que podemos decir con certeza que nadie puede vivir para Dios sin que el Espíritu Santo trabaje en su vida. Es lo que nos enseña Romanos 8, que bien podríamos llamar el capítulo del Espíritu Santo, por todas las veces que se menciona a la Tercera Persona de la Trinidad en él. Se dice que el Espíritu nos da nueva vida, conforme al corazón regenerado por su obra (vv. 8-14), y por la tarea constante de la santificación (vv. 4-9, 12,13), que busca conformarnos a la imagen de Jesucristo. Hacer morir las obras de la carne es parte de la nueva vida. No existe cristianismo reformado en la práctica del libertinaje. Un creyente genuino por la obra poderosa del Espíritu Santo produce fruto (Gálatas 5:22, 23). Y aún más, el Espíritu nos hace hijos adoptivos (vv. 14, 15), lo que hace que no solo seamos pueblo sino familia de Dios. Dios es santo, santo, santo y, a la vez, es Padre que ama y salva. Y el Espíritu nos hace tan conscientes de ello que podemos orar con intimidad, a tal nivel que podemos balbucear su identidad paterna, y que cuando no sabemos qué pedir, él intercede por nosotros. 

  • El Espíritu Santo nos bendice. 

Nos bendice cuando nos bautiza a todos los creyentes por el mismo Espíritu (1ª Corintios 12:13), con lo que nos inicia en la experiencia del cristianismo, por lo que dicha experiencia no tiene que ver con algo que algunos creyentes reciban, sino que está asociada a la regeneración y a la conversión. De hecho, la evidencia de dicho bautismo no es hablar en otras lenguas, sino producir fruto. 

El Espíritu nos bendice por él es sello de garantía de la redención conquistada por Cristo, lo que nos hace sabernos propiedad del Señor, y seguros, no de nosotros, sino que en la obra de Dios. La obra del Espíritu es garantía de la herencia que recibiremos en la eternidad, nos anticipa el gozo. Por eso hoy, no mañana, podemos estar alegres. 

El Espíritu nos bendice cuando nos unge, de tal manera que hoy hemos sido puestos como “reyes y sacerdotes” (Apocalipsis 5:10). La unción del Espíritu indica la suprema responsabilidad que tenemos ante Dios y su supremo llamamiento y, a la vez, nos muestra que la presencia de Dios habita en nosotros mediante el mismo Espíritu que habita en nosotros, capacitándonos, ayudándonos y protegiéndonos para cumplir con su llamamiento. De hecho, el apóstol Juan nos señala que esa unción nos permite conocer a Dios en una nueva relación con él y, además, nos permite conocer lo que enseña la Palabra por la iluminación que lleva a cabo (1ª Juan 2:20,27). 

El Espíritu nos bendice cuando nos llena (Efesios 5:18-21, 22, 25, 6:1-9 y Colosenses 3:16-4:1). Es muy interesante que Pablo transforme en un sinónimo ser llenos del Espíritu con ser llenos de la Palabra de Dios. La única forma de ser llenos del Espíritu es llenándonos de su Palabra. No hay disociación entre Espíritu y Palabra. El Espíritu actúa en nosotros con la Palabra que él inspiró. Ser llenos del Espíritu es un deber constante, no parte de un evento o de algo accidental Ser llenos no es una opción, es una necesidad. Es parte de la vida abundante que Dios nos da, lo que nos hace ser fructíferos en la misión. Cada día y cada hora debemos buscar esa llenura. El hecho de que hayamos sido bautizados, sellados y ungidos no hace que estemos plenamente entregados al Espíritu o caminando en él. ¿Qué hace que entristezcamos y apaguemos el Espíritu en nuestra vida? ¿Con qué reemplazamos la sed de Dios?

El Espíritu nos bendice avivándonos. Dicha obra consiste en un despertar que Dios produce en la iglesia. Timothy Keller en “Iglesia centrada”, al hablar de avivamiento ocupa también el concepto de “renovación del evangelio”. Esto señala la “intensificación de las operaciones normales del Espíritu (convicción de pecado, regeneración y santificación, seguridad de la gracia) a través de los medios ordinarios de gracia (predicación de la Palabra, oración y sacramentos)”. En esta obra revitalizadora de la iglesia “los cristianos estancados cobran vida y los cristianos nominales se convierten”. Por ello es que debemos orar diciendo como el salmista “¿No volverás a darnos nueva vida, para que tu pueblo se alegre en ti?” (Salmo 85:6); o como Habacuc: “Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí. Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, En medio de los tiempos hazla conocer; En la ira acuérdate de la misericordia” (Habacuc 3:2).

El Espíritu nos bendice con dones. Esos dones son diversos, pero tienen la finalidad de producir vida y edificación en la comunidad. Los diversos dones unen a la iglesia, porque buscan la gloria de Dios y la práctica del amor en la comunidad (véase 1ª Corintios 12 — 14). Los dones no buscan el engrandecimiento personal, sino la gloria de Cristo en la iglesia y en el mundo. Sí, oíste bien: en el mundo. Porque el Espíritu Santo no solo bendice a la iglesia con dones, sino también al mundo. Cuando ves algo bueno, bello, justo y sabio en lo producido por no creyentes, por más que éstos busquen su gloria y no la del Señor, siempre es obra del Espíritu pues “todo don perfecto viene de Dios” (Santiago 1:17). Eso es lo que los reformados llamamos gracia común.

  • Y atentando contra toda lógica occidental, pero no a la lógica de una buena conversación, quiero volver la mirada al Espíritu Santo.

Jesús hablando con sus discípulos, en lo registrado por Juan 16:5-15, enseñó lo siguiente: “Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber”. 

Jesús, en el aposento alto, antes de ir a la cruz, en la cena que tuvo con sus discípulos dijo estas palabras. Busca confortarles con la promesa del Espíritu, pues él, como Consolador, confirmaría y fortalecería la fe de ellos, aún en las circunstancias de crisis y persecución que no tardarían en venir. El Espíritu es consolador, es decir alguien que intercede y aboga como ayudador de la iglesia en misión. El Espíritu es quien nos convence de nuestro pecado, nos muestra que sólo hay justicia en Cristo y nos señala con claridad la derrota de Satanás. El Espíritu nos guía y enseña por medio de la Palabra, despertando nuestros sentidos para ser sensibles a ella (lo que Calvino llama “testimonio interno”). 

Y aquí está lo más maravilloso y misterioso de todo: ¡todo está centrado en Cristo! El Espíritu no busca captar su atención sino que nos hace poner nuestra mirada a Cristo. El Espíritu procede del Padre y del Hijo, se somete en la relación de la comunidad intratrinitaria, en la que no hay competencia, hay mutua glorificación; en la que no hay inferioridad, sino subordinación. La venida del Espíritu Santo tiene como propósito exaltar a Cristo e interpretar y aplicar la obra de la salvación. ¡Qué poco nos parecemos al Espíritu! Sobre todo cuando queremos fundar nuevos reinos o establecer enseñanzas innovadoras y espectaculares.

¿Crees en el Espíritu Santo? ¿Sí, amén? Pero cambiemos de una vez por todas la pregunta: ¿vives esa fe en el Espíritu? ¿Por qué rehusas entonces la santidad que él produce en tu vida, siendo luz en el mundo y sal de la tierra? ¿Por qué te asustas de testificar del evangelio en los lugares en los que vives y trabajas? ¿Por qué te rehusas a contribuir para la justicia, paz y alegría donde quiera que estés? ¿Por qué crees que la celebración y el fervor es patrimonio de algunas denominaciones más carismáticas? ¿Por qué no estás trabajando tus dones y te excusas en el miedo o en la falta de capacitación? ¿Por qué en vez de salir del Departamento Presbiterial de Jóvenes cuando pasas los 25 o tienes un empleo bacán, y no ocupas los dones que Dios te ha dado para trabajar con los más jóvenes que tú, sobre todo en las tareas de liderazgo y no en el cómodo sillón de tu comodidad? ¿Te sientes golpeado con esto? ¡Ese es el propósito!

Pero te tengo una buena noticia: si has creído en Cristo y eres salvo, el Espíritu Santo vive en ti y te conduce al arrepentimiento, a la restauración, a la vida verdadera y al trabajo. Y si no has creído en Cristo aún, el Espíritu te puede hacer nacer de nuevo, pasar de muerte a vida. Lo dice muy bello uno de nuestros catecismos, el de Heidelberg: “¿Qué crees del Espíritu Santo? Que con el Eterno Padre e Hijo es verdadero y eterno Dios. Y que también me ha sido dado para que, por la verdadera fe, me haga participante de Cristo y de todos sus beneficios, me consuele y quede conmigo eternamente” (pregunta 53).

Luis Pino Moyano.

* Texto que escribí para mi exposición en el Encuentro “Nuestra Identidad. Ser jóvenes presbiterianos en el siglo XXI”, realizado en La Granja Presbiteriana de El Tabo, los días 7 al 9 de septiembre de 2018. 

Las obras como fruto de la fe.

“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Supongamos que a un hermano o a una hermana les falta la ropa y la comida necesarias para el día; si uno de ustedes les dice: ‘Que les vaya bien; abríguense y coman todo lo que quieran’, pero no les da lo que su cuerpo necesita, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se demuestra con hechos, es una cosa muerta. Uno podrá decir: ‘Tú tienes fe, y yo tengo hechos. Muéstrame tu fe sin hechos; yo, en cambio, te mostraré mi fe con mis hechos’. Tú crees que hay un solo Dios, y en esto haces bien; pero los demonios también lo creen, y tiemblan de miedo. No seas tonto, y reconoce que si la fe que uno tiene no va acompañada de hechos, es una fe inútil. Dios aceptó como justo a Abraham, nuestro antepasado, por lo que él hizo cuando ofreció en sacrificio a su hijo Isaac. Y puedes ver que, en el caso de Abraham, su fe se demostró con hechos, y que por sus hechos llegó a ser perfecta su fe. Así se cumplió la Escritura que dice: ‘Abraham creyó a Dios, y por eso Dios lo aceptó como justo’. Y Abraham fue llamado amigo de Dios. Ya ven ustedes, pues, que Dios declara justo al hombre también por sus hechos, y no solamente por su fe. Lo mismo pasó con Rahab, la prostituta; Dios la aceptó como justa por sus hechos, porque dio alojamiento a los mensajeros y los ayudó a salir por otro camino. En resumen: así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe está muerta si no va acompañada de hechos” (Santiago 2:14-26, Dios habla hoy).

El apóstol Santiago nos presenta una carta que nos desafía en extremo respecto de una fe que tiene un aterrizaje vital en la cotidianidad. Él enseña con suma claridad que no hacer acepción de personas es un fruto de la redención y, a la vez, presenta un desafío diferenciado para ricos y pobres, trabajando en sus potenciales áreas de debilidad: los ricos deben fortalecer su humillación y los pobres su sentido de plenitud en Cristo (1:9,10). Por su parte, nos exhorta a tener en cuenta que la religión verdadera y santa es aquella que se expresa en la asistencia de los que son desamparados, particularmente de quienes forman parte de nuestra comunidad (1:26,27). Y, acto seguido, nos declara que el favoritismo respecto de quienes tienen riqueza y poder debe ser eliminado, porque nuestros corazones solo deben deslumbrarse por la gloria de Cristo. En ese sentido, ricos y pobres de la comunidad deben ser tratados de manera igual, porque la ley se cumple en el amor al prójimo (2:1-13). Este es el antecedente contextual del texto con el que iniciamos la reflexión de este post, y que se sustenta en la siguiente pregunta: ¿Qué caracteriza este fruto de la salvación? A la luz de lo escrito por el hermano de Jesús, debemos decir que las obras producidas por la salvación de Dios en nosotros tienen la facultad de mostrarnos distintos aspectos de nuestra fe genuina en el Señor. 

En primer lugar, diremos que las obras interrogan nuestra fe (2:14-19). Como una buena colección de predicaciones, Santiago abre un nuevo camino en  la reflexión, produciendo de manera inspirada por el Espíritu Santo uno de los grandes problemas de su epístola: la relación entre fe y obras. Y es aquí donde debemos poner atención: claramente el texto apunta a la fe que nos condujo a la salvación. Es decir, el tema acá es si nuestro cristianismo puede ser simplemente una colección de enseñanzas muy hermosas y desafiantes pero que no se aterriza a la realidad. Por eso es que Santiago pregunta: “¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe?”. Santiago comienza la respuesta con una pregunta que se enlaza en lo abordado en la sección anterior (2:1-13), que dice relación con uno de los frutos del favoritismo. Si tomamos en cuenta lo dicho en la sección anterior, el apóstol en ningún caso busca que los ricos sean maltratados dentro de la comunidad, sino que lo que él ha cuestionado con toda claridad es que el buen trato debe ser parejo en toda la familia de fe, eliminando cualquier vicio de poder, riqueza o fama que nos lleve a construir relaciones de consumo para obtener beneficios, a la manera de una red social que hace ligarse con gente que podría sernos útil para nuestro desarrollo personal. 

Dicho eso, la situación supuesta por Santiago dice relación con un hermano o hermana que no tiene para satisfacer sus necesidades básicas y que reciben un trato indiferente por parte de la comunidad. El “que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse” (2:16, NVI), sin involucrarse en la vida del otro, es una acción tan similar a aquella de quienes plantean que los pobres son pobres porque son flojos, o eso de que no hay que dar el pescado sino enseñar a pescar. Es la comodidad de pensar que el mal siempre está en otro y nunca en nosotros. Es la comodidad del sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano, que cumplen con su agenda y labores, pero que pasan de largo frente al sufrimiento de quien está arrojado en el camino y ni fuerzas tiene para pedir misericordia. Los pobres no son pobres por flojos (¡no todos, por lo menos, en su gran mayoría!), sino porque hay un sistema pecaminoso que los excluye, denigra y conserva en la pobreza. Y sí, la gente requiere capacitación para trabajar y mejorar sus posibilidades laborales, y con ello, su situación de vida. Pero si alguien necesita comida es eso lo que debe satisfacerse. ¡Ampliemos nuestro concepto de necesidad! Las personas no necesitan estar en la bancarrota para recibir ayuda. Tenemos múltiples necesidades, pues somos personas integrales, que en comunidad podemos satisfacer o paliar si sólo tendemos nuestra mano. Y allí, las posibilidades son múltiples, según las áreas vocacionales, los dones que Dios nos ha dado y la amistad que podemos trabar con otros hermanos. 

El versículo 17 nos muestra la respuesta a las preguntas iniciales de Santiago: no existe la posibilidad de una fe ensimismada e indiferente, sin obras, porque la fe viva pone la atención en el prójimo. Un salvo se comporta como salvo, y si hay algo que Dios redime de nuestras vidas es aquella tendencia pecaminosa de creernos el centro del universo, para pasar a pensar en el nosotros de la comunidad. No conforme con eso, el hermano de Jesús nos presenta una posible contrapregunta, en la que entabla diálogo con un interlocutor imaginario, que piensa la fe y obras como algo disociado que puede manifestarse de manera individual en cada creyente. Es decir, que podrían existir creyentes que sólo tienen fe sin hace nada. Y Santiago, de manera muy perspicaz, responde planteando un gran dilema: ¿qué nos diferencia de los demonios si ellos también creen en Dios y hasta tiemblan ante su presencia? Lo que nos diferencia son las obras que buscan que Dios sea glorificado. Y Dios es glorificado cuando le amamos a Él con todo nuestro corazón, mente y fuerzas y cuando amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Un creyente debe vivir como creyente. No hay excusa para ello. No existe eso de los cristianos carnales. El Señor nos ha transformado para andar en novedad de vida, en una vida transformada por la gracia. Y uno de los frutos de esa transformación son las obras que van en beneficio de los demás.

En segundo lugar, el texto de Santiago nos señala a las obras como evidencia de la fe (Santiago 2:20-25). El apóstol, como el buen predicador que es, usa la historia a modo de ilustración de sus sermones. Y sí, los trata de “tontos” porque nota que no es que ignoren, sino que simplemente se cierran en sus razonamientos para no ver la realidad. Son los peores ciegos, aquellos que no quieren ver. Toma dos casos para su argumentación: el de Abraham y el de Rahab. 

De manera muy interesante, el hermano de Jesús apela a la historia de Abraham, e inclusive cita el mismo texto de Génesis que usa Pablo para argumentar a favor de la justificación por la fe. Douglas Moo, reconocido por varios estudiosos de la Biblia como uno de los mejores comentaristas de Santiago, nos dice que: “Pablo se fija en la posición cronológica de [Génesis] 15:6 y lo cita como evidencia de que, en el momento inicial, Abraham fue declarado justo solo en base a su fe. Santiago ve el mismo versículo más como un ‘lema’ que marcó toda la vida de Abraham”. Santiago nos muestra la historia de Abraham, un hombre que fue declarado justo por Dios y que actuó como tal. Su fe fue perfeccionada, desarrollada, acrecentada cuando se movió a la acción en obediencia al Dios de la vida. Abraham llegó a extremos que ninguno de nosotros habría llegado en su obediencia a Dios, o ¿acaso alguno de nosotros, subiría siquiera a un monte para llevar a su hijo al sacrificio? ¿Lo pondría en un altar amarrado? ¿Alzaría un cuchillo sobre él para quitarle la vida, para luego ofrecerlo en holocausto? ¡NADIE LO HARÍA! Abraham, el amigo de Dios, estuvo dispuesto no sólo a creer sino también a obedecer. En definitiva, y a la luz del análisis de este texto, Dios nos declara justos por gracia, vistiéndonos de la justicia de Cristo. Esa justificación opera de tal manera que ninguno de nosotros hoy tiene excusa para no practicar buenas obras. Porque Dios nos declara justos y, a la vez, nos hace justos, y con el Espíritu Santo obrando en nosotros desde el día de nuestra conversión, nos capacita para vivir de manera acorde a lo revelado en la Palabra.

El caso de Rahab es tremendo por varios motivos. El libro que es acusado como sustentador de la opresión femenina, no sólo releva históricamente la acción de una mujer, sino también de una que para la mente judía receptora original se trataba de una paria de la sociedad, una prostituta. Sí, leyó bien, de una prostituta, que en la Antigüedad servían en los templos de dioses paganos regularmente ligados a la fertilidad o al erotismo. Esta mujer estuvo en el momento oportuno para salvar la vida de los dos espías que Josué envió para inspeccionar a Jericó, escondiéndoles de sus captores, y posibilitando una salida de la ciudad. Esta mujer que ayudó a estos hombres fue salvada de la destrucción de Jericó, sino que pasó a formar parte del pueblo de Dios. Y no sólo eso, según la genealogía de Jesús registrada en Mateo, llegó a formar parte de la familia del Mesías. Una  mujer en la que el Señor obró, no sabemos cómo ni cuándo, pero cuyos frutos dignos de arrepentimiento muestran el resultado de dicha obra. 

En tercer y último lugar, Santiago nos enseña que las obras son la vida de la fe (2:26). Dicho versículo es la conclusión de esta predicación del apóstol. Y señala lo siguiente: si el cuerpo es la expresión material del espíritu, cuando se produce dicha separación es porque hay muerte, la fe sin obras está muerta. La conclusión es tajante, no hay alternativa. La fe sin obras está muerta. Y si está muerta no es la fe que produce el Espíritu Santo en nuestra vida. Es una fe aparente, de labios hacia afuera. Es una fe que no obedece al Dios que llamamos Señor. Si hoy tú reconoces que ese es tu tipo de fe, una fe que no produce obras, te invito a que realices dos acciones. La primera de ellas, es que dejes de poner tu esperanza en ti. Tú no puedes por ti mismo hacer absolutamente nada. Es tiempo de que pongas tu mirada en el único que ha podido vivir una vida perfecta, cumpliendo todos los estándares de Dios, y que murió por ti y por mi en la cruz del calvario para que tú y yo tengamos vida abundante, y que resucitó de entre los muertos. Cristo es tu redención, es tu justicia, es tu paz. En Cristo hemos sido justificados y por Él vivimos. Lo segundo, es arrepentirte de tu pecado, de tu negligencia y malas acciones. Hoy arroja tu corazón ante el Señor para pedir perdón. Y luego de eso, pide al Señor, que con su Espíritu Santo te dé fuerza y capacidades para vivir en concordancia al llamado que Dios te hizo. Somos hijos del Señor y nuestro llamado es a extender el Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo en todo lugar donde estemos con la predicación y las obras. Solo no lo puedes hacer. Solo lo echas a perder. Pero no estamos solos, Cristo, el Señor y sustentador, está con nosotros y lo estará hasta el fin del mundo.

Luego de toda esta lectura, preguntémonos: ¿Acaso Santiago contradice a Pablo en lo que plantea? Pablo habla de la justificación por la fe, sobre todo en su carta a los Romanos. Muchos creen que Santiago, no. De hecho, el catolicismo romano se ha tomado de este texto para favorecer su comprensión de la justificación por la fe y por las obras. Y es por este texto, que el reformador Martín Lutero llegó a decir que la epístola de Santiago era una “epístola de pura paja”, porque hablaba poco de Cristo y contradecía a Pablo. “Hoy o mañana encenderé la estufa con Santi”, llegó a decir el reformador. Evidentemente, era un hijo de su tiempo, lo que no obsta para decir que su interpretación es errónea. ¿Pero hay contradicción? ¡En ningún caso! Lo que simplemente hay acá es un cambio de punto focal, de lugar desde dónde se mira un mismo hecho. Pablo afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que hemos sido justificados solo por la fe en Jesucristo, sin tener mérito alguno, solo por la gracia de Dios. Dios nos declaró justo y eso nos hizo tener paz con él. Santiago afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que quienes creen han sido declarados justos y que esos justos aterrizan la justicia imputada de Cristo en ellos a sus vidas cotidianas, sirviendo a Dios y al prójimo en amor. 

En definitiva, justificados por gracia para vivir de manera justa. De hecho Lutero, comentando la carta a los Romanos, mostrando que su visión de Santiago sólo nació de un prejuicio dijo correctamente: “La fe es una cosa viva, laboriosa, activa, poderosa, de manera que es imposible que no produzca el bien sin cesar. Tampoco interroga si hay que hacer obras buenas, sino que antes que se pregunte ya las ha hecho y está siempre en el hacer. Pero quien no hace tales obras es un hombre incrédulo, anda a tientas. Busca la fe y las buenas obras y no sabe lo que es la fe o las buenas obras, y habla y charla mucho sobre ambas”. 

Dejo algunos elementos para la reflexión y la práctica:

  • En las iglesias evangélicas existe una disociación muy común entre predicar o hacer buenas obras no es bíblica. Y aquí debemos decir con mucha fuerza que el mensaje y las obras son indisociables desde el punto de vista doctrinal, y en ese sentido, acercar el evangelio a las personas por medio de la misericordia es también predicar el evangelio. 
  • Tal y como los profetas del Antiguo Testamento, el apóstol Santiago nos enseña que los actos de misericordia son considerados por Dios actos de justicia. Y la justicia es práctica de espiritualidad adoradora del Dios que es justo en todo y sobre todos. Si la avaricia es idolatría, el compartir es adoración al Dios verdadero. Jesús dijo que: “Hay más dicha en dar que en recibir” (Hechos 20:35). Si Dios te ha dado, da, comparte. Y aquí no solo hablamos de dinero o comida, estamos hablando de todo aquello que puedes compartir.
  • Apelando a este texto de Santiago, el pastor Timothy Keller señala en su libro “Justicia generosa” lo siguiente: “Si miras a alguien sin los recursos adecuados y no haces nada al respecto, enseña Santiago, tu fe está ‘muerta’, no es la verdadera fe salvadora. Así que ¿de qué ‘obras’ son de las que está hablando? Está diciendo que una vida volcada en actos de servicio a los pobres es una señal inevitable de una fe real, verdadera, justificadora y evangélica. La gracia te hace justo. Si no eres justo, no has sido verdaderamente justificado por la fe”. El desafío acá es doble: si eres salvo, arrepiéntete de tu vida de fe sin obras, y vuélcate al trabajo de extender el Reino de Dios con la predicación y las obras en cada lugar en el que te desenvuelvas. Si discerniendo en tu corazón te das cuenta que aún no eres salvo, y si notas que el Espíritu Santo te hace poner tu mirada en Cristo que nos salva, hoy es el día oportuno para que reconozcas el señorío de Jesús y la redención integral que él puede hacer en tu vida. Cristo puede encaminarte a una fe real, una cuyos frutos son las obras que interrogan, evidencian y vitalizan la fe que el Espíritu produjo en nuestro ser.

Luis Pino Moyano. 

* Adaptación del bosquejo de mi predicación en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el domingo 26 de agosto de 2018, en la serie “Sabiduría que viene de lo alto. Mensajes en la epístola de Santiago”.

El culto en el marco de la plantación y revitalización de iglesias en la Iglesia Presbiteriana de Chile.

* El artículo que compartimos a continuación es resultado de la conversión de una exposición presentada en la Conferencia “El culto en la revitalización & plantación de iglesias”, organizada por la Red Planta, del Presbiterio Centro de la IPCH, el 24 de septiembre de 2016. Debo señalar, que es una exposición que piensa desde la realidad de la IPCH en el proceso misiológico señalado, y preparada para ese contexto eclesial, aunque algunos principios puedan ser de beneficio para muchos hermanos de otras iglesias. 

Luis Pino Moyano.

  1. Una introducción necesaria.

 La plantación y revitalización de iglesias en el presente reporta una serie de desafíos en el desarrollo de la tarea misional. Uno de ellos dice relación con el culto y las expresiones comunitarias que emergen en él. Por ende, definir la adoración y sus alcances es tarea prioritaria, sobre todo, teniendo claro que un eje principal de la producción teológica presbiteriana es la gloria de Dios. Lejos de limitar la adoración a la música (y un tipo de música, lento, intimista), o sólo al momento del culto, sumado a la idea que señala que la celebración está ligada a momentos, circunstancias o cosas que nos satisfacen, queremos volvernos a la Escritura, viendo lo que ésta señala respecto de ella.

Las palabras que se traducen por adoración en nuestras versiones castellanas, en sus idiomas originales dan cuenta de a) postrarse, b) besar en la mejilla a la persona amada; c) reverencia con sentimiento de maravilla y asombro; y d) servir y homenajear[1].  Todo esto nos apunta al servicio de un esclavo que responde a la acción y mandato de un Señor que es soberano por sobre todo. Adorar es reconocer los atributos de Dios, su naturaleza, carácter y atributos, estimulados por el Espíritu Santo y sustentados en la Escritura. En la adoración la gracia, la fe y el conocimiento están férreamente ligados, al punto que nuestro acto de alabar al Dios de la vida se transforma en un acto vital y cotidiano que nace de un corazón regenerado y agradecido. Es pertinente acá referir las palabras de William Temple: “Adorar es despertar la conciencia por la santidad de Dios, alimentar la mente con la verdad de Dios, purificar la imaginación con la hermosura de Dios, abrir el corazón al amor de Dios y dedicar la voluntad al propósito de Dios”[2]. Todo el ser debe conducirse a la práctica constante de adorar. Intelecto, emociones y voluntad deben ser rendidos ante la presencia del Dios Todopoderoso.

Es en el acto cotidiano y permanente de adorar que emerge la necesidad de hablar del culto público en el contexto de la plantación y la revitalización de iglesias en el marco de nuestra denominación, la Iglesia Presbiteriana de Chile. Aquí resulta relevante usar, a modo de caja de herramientas, dos conceptos caros de la disciplina historiográfica, a saber, continuidad y cambio. La continuidad apela al tiempo en la larga duración[3], a lo que trasciende épocas. El cambio da cuenta del dinamismo de la historia (la historia no se repite), de las fracturas y de los elementos coyunturales. Esta contextualización hace más evidente nuestra situación, porque dentro de los elementos de continuidad de nuestra práctica litúrgica tenemos el desafío de ser iglesias presbiterianas, con todo lo que eso implica: una historia larga, una confesionalidad, una forma de gobierno y práctica eclesiológica distintiva, una forma de culto y, por supuesto, tradiciones, de las que, usando las palabras de J. I. Packer, “somos víctimas y beneficiarios”. Quienes trabajamos en la plantación o en la revitalización de iglesias no somos inventores de la pólvora ni mucho menos los agentes creativos o innovadores dentro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, una comunidad de iglesias que hace unos días cumplió 150 años en el país. Somos, más bien continuadores de un largo peregrinaje. Dicho eso, claramente nos vemos desafiados por la situación de vida del Chile actual y de nuestros propios contextos locales, en las ciudades y barrios en los que nos movemos, como para mantenernos anquilosados. Hablamos acá del cambio que es resultado de la lectura del tiempo en que se vive y de la encarnación en una cultura. Entonces, el propósito de estas líneas es responder cuáles serían los elementos de continuidad y los de cambio en el culto de la Iglesia Presbiteriana de Chile, particularmente en sus plantaciones y revitalizaciones de iglesias. Esto se llevará a cabo siguiendo la lectura bíblica, la producción teológica y confesional reformada, como la reflexión reciente de algunos ministros que están pensando los procesos misionales de la iglesia, aterrizándolos a nuestra realidad como herramientas de las que se puede obtener utillaje y no como fórceps interpretativos de la misma.

  1. Elementos de continuidad en el culto.

 2.1. Bases bíblicas para la adoración del pueblo de Dios.

La Biblia en sus páginas, de manera continua, directa e indirectamente,  nos invita a llevar a cabo la tarea de adorar. Sólo para los efectos de este trabajo, me limitaré a seguir prioritariamente el texto de Isaías 12:1-6, el que complementaré con el seguimiento de otros textos. El profeta dijo:

En aquel día dirás: Cantaré a ti, oh Jehová; pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó, y me has consolado. He aquí Dios es salvación mía; me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es JAH Jehová, quien ha sido salvación para mí.Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación.Y diréis en aquel día: Cantad a Jehová, aclamad su nombre, haced célebres en los pueblos sus obras, recordad que su nombre es engrandecido. Cantad salmos a Jehová, porque ha hecho cosas magníficas; sea sabido esto por toda la tierra. Regocíjate y canta, oh moradora de Sion; porque grande es en medio de ti el Santo de Israel[4].

El texto bíblico referido nos plantea de manera clara a quién es que debemos de adorar (versículos 2 al 3). Dios es quien debe recibir todos nuestros actos de adoración. Él debe ser glorificado siempre, fundamentalmente, porque en todo su poder y gloria se ha dignado, misericordiosamente, a salvarnos y, luego de hacerlo, no nos desampara, sino que nos da la fuerza para seguir viviendo renovados por su amor y guía. De hecho, por el acto de Dios de preservarnos y ayudándonos a vivir, por su presencia viva, poderosa y constante, es que el profeta proclamando la palabra del Señor, no limita la adoración a los momentos o circunstancias que estamos atravesando, sino que nos invita a cantar en cualquier situación, sea en los momentos agradables o en los adversos, en el enojo o en el consuelo dado por Dios (versículo 1). El Predicador lo dirá con fuerza: “En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él” (Eclesiastés 7:14). Nada escapa al plan perfecto de Dios. Decirlo de manera ortodoxa no cuesta tanto como creerlo de verdad y vivirlo. Es el Espíritu Santo quien nos ayuda en la debilidad para lanzarnos a los brazos del Señor siempre. Pareciera ser que en la adversidad es donde más nos cuesta adorar. Pero no siempre es así. Es más, como nuestro corazón está debilitado, partido o triturado delante de Dios, y nos hallamos impotentes frente a nuestro Creador, somos más susceptibles a depender de Dios. Es en la hora del éxito, de la fama, de los buenos resultados, donde debemos luchar con más ahínco contra el ensimismamiento que deriva en culto egolátrico. El Señor debe ser bendecido en todo tiempo, siempre alabado, porque Él es bueno, fiel y de gran amor (Salmo 34:1; 100:5). Cerrando esta profecía cantada, Isaías señala quiénes son los sujetos que adoran: el pueblo de Dios y, a su vez, todos los pueblos de la tierra (versículos 4 al 6). La adoración es convocada por el Dios creador de todo, siendo todas sus criaturas llamadas a brindársela. El culto público debe estar caracterizado por esa invitación universal que llama e incluye a personas, más allá de cualquier barrera humana, social, económica, religiosa o cultural. La adoración bíblica siempre es comunal y es convocante. Sobre esto, John Piper cuando planteará que:

Las misiones no son el objetivo último de la Iglesia. El objetivo último es la adoración. Las misiones existen porque no hay adoración. La adoración es el objetivo último, y no las misiones, porque Dios es la realidad última, no el Hombre. Cuando esta era se acabe, y los millones de redimidos se postren ante el trono de Dios, las misiones dejarán de existir. Es una necesidad temporal. Pero la adoración permanece para siempre[5].

En síntesis, la adoración comunitaria del pueblo de Dios, particularmente en el culto estricto del día del Señor, es una celebración escatológica y misional, es anuncio de la esperanza bienaventurada y proclamación de la buena noticia de Jesucristo.

Complementando lo dicho por Isaías, otros textos nos reportan otros elementos a tener en cuenta a la hora de adorar:

  • ¿Cómo adorar? La Palabra del Señor nos motiva a hacerlo con alegría y regocijo, marcados por un amplio sentido de agradecimiento (Salmo 100:2,4). Tenemos el gran desafío de mantener el aspecto celebrativo del culto a Dios. El culto es fiesta al Dios Todopoderoso que nos salvó en el marco de la alegría perdurable de la redención. Salmos, himnos y cánticos espirituales deben ser expresados a Dios de todo corazón (Efesios 5:19). El canto es resultado de la alegría (Santiago 5:13b).
  • La adoración es un gozoso trabajo disciplinado (1ª Tesalonicenses 5:16-18). Y es una disciplina que busca nuestra sumisión ante el rey que gobierna soberanamente la historia y nuestras historias particulares. Fuimos hechos por el Señor y no nos pertenecemos a nosotros mismos (Salmo 100:3), por lo que el culto no puede limitarse a las apariencias, a un movimiento de labios en actitud religiosa performática, sino de un corazón que teme a Dios y se acerca con sinceridad y humildad ante su presencia (Isaías 29:13).
  • La Biblia establece el día de la adoración comunitaria, el que debe ser guardado celosamente para dedicarlo solamente al Señor, santificando a Dios y descansando sólo en Él (Éxodo 20:8-11). Súmese a ello, que el sábado cristiano, el primer día de la semana, celebra la resurrección del Señor (Juan 20:1). El domingo es el día en que la comunidad cristiana, desde sus inicios (Hechos 20:7; 1ª Corintios 16:1,2), se deleita en el único vencedor del pecado y la muerte, avizorando el triunfo final, el reposo eterno que tendremos en el futuro (Hebreos 4:1-11). El domingo no hay cosa más importante que celebrar culto al Señor.

2.2. Bases de la tradición calvinista para el culto.

Como señalamos al comienzo, la gloria de Dios es el eje de nuestra teología. Hacemos bien, entonces, a recurrir a fuentes claves de la tradición calvinista respecto de nuestro culto comunitario a Dios.

Juan Calvino, señala prioritariamente, que “para que las ceremonias nos sirvan de ejercicio de piedad es preciso que nos lleven a Cristo”[6]. El culto no se trata de nuestra moralidad, esfuerzo, actos excelentes ni de la socialización entre creyentes. El culto nos conduce a Cristo, a su cruz, porque sólo por su obra redentora es posible cantar y orar de manera genuina. Es por la justicia de Cristo, en su vida y en su muerte, que podemos presentarnos frente al Dios santo y temible.

Para Calvino esto es tan relevante, que él nota que dentro de las necesidades que conducen a la reforma de la iglesia, un papel importante lo jugaba la adoración. Para el teólogo y pastor de Ginebra, el fundamento principal del culto es reconocer a Dios como Él es: fuente de toda virtud, justicia, santidad, sabiduría, verdad, poder, bondad, misericordia, vida y salvación. Para ello, hay que recurrir a las Escrituras, pues éstas nos dicen quién es Dios y cómo debe ser adorado, desechando toda innovación que se constituye en idolatría. Para Calvino, el culto romanista es un regreso al judaísmo, porque se centra en la forma vana y en el deber cumplido, y no en el sacrificio espiritual obediente, posible por Cristo que cumple el anuncio que realiza sobre él el Antiguo Testamento, por medio de las ceremonias del tabernáculo y/o del templo. La libertad cristiana se enmarca en la regulación que brinda la Palabra. Señala que: “Dios ni habita en ceremonias, ni pone valor alguno en ellas, si se consideran sólo en sí mismas; sino que Él mira la fe y la sinceridad del corazón; y que el único fin por el cual Él las ordenó, y las aprueba, es para que puedan ser ejercidos limpios de la fe, de la oración y de la alabanza”[7].

Por su parte, la Confesión de Fe de Westminster, en su capítulo 21 nos habla sobre la adoración religiosa y el día de reposo. Sintetizando, nuestro documento confesional declara:

  • Que sólo hay un Dios que debe ser adorado: el trino Dios, único digno en ser adorado.
  • La forma aceptable de adoración está instituida y limitada por la Escritura, no por nuestra imaginación o por el influjo de Satanás.
  • La adoración sólo es posible por el acto mediador de Cristo.
  • La oración por medio de Cristo y ayudada por el Espíritu tiene un papel fundamental en la adoración.
  • Partes de la adoración religiosa: lectura de la Biblia, predicación sana, la escucha atenta de la Palabra, el canto de los salmos con el corazón, la debida administración y recepción de los sacramentos. En diferentes oportunidades pueden realizarse: juramentos y votos, ayunos solemnes y acciones de gracias.
  • La adoración no está condicionada por el lugar en que se realiza, sino por la disposición del corazón: adorar en espíritu y en verdad. Esto es fundamento del culto individual, familiar y de la iglesia reunida.
  • El sábado cristiano, que es el domingo, por la resurrección del Señor, es el día que debe ser guardado por la comunidad cristiana.

Nuestro documento confesional sienta las bases de la diferenciación de aspectos del culto, léase del culto lato y del culto estricto. El culto lato, refiere a una adoración amplia, que da cuenta de todo lo que hacemos y decimos para la gloria de Dios en todas las esferas de la vida, en el acto de estar de manera constante ante la faz de Dios, viviendo para él (Coram Deo). El culto estricto, por su parte, es acotado, y su especificidad releva el encuentro de Dios con su pueblo, en el que la gloria de Dios es proclamada y el evangelio de Jesucristo es anuncio y centro, y que se desarrolla en la esfera eclesiástica. Ambas son expresiones de una misma y sola adoración. La adoración del culto estricto es la continuación del culto lato de nuestra cotidianidad, por ende, el domingo no estamos haciendo algo inédito en relación a nuestra semana. Nuestro punto de mira acá, está centrado en el culto estricto.

Respecto del culto estricto, y siguiendo a Michael Goheen, que en mi opinión es consistente con la propuesta confesional, se puede señalar que la identidad de la iglesia está en la adoración, en cómo la realiza. Todo el culto, su estructura, sus cánticos, las oraciones, su predicación, debe expresar a sus asistentes los hechos poderosos de Dios pasados, presentes y futuros[8]. De hecho, el culto estricto es una proclamación comunitaria de la Palabra, al nivel que en ella ocurren las tres marcas de la iglesia verdadera (conceptualización cara de la teología reformada), a saber la predicación fiel de la Palabra de Dios, administración correcta de los sacramentos y la disciplina eclesiástica (esta última, a lo menos, en su sentido primario). Por ello es que resulta tan importante mantener la diferenciación entre elementos (puntos d y e de la síntesis confesional) y circunstancias. Las circunstancias vienen a ser las maneras particulares en las que llevamos a cabo los elementos propios del culto.

La base que sustenta la práctica de nuestro culto estricto es y será siempre la Escritura. Lo que se canta, ora, predica y presenta en el sacramento debe expresar lo que la Palabra de Dios dice. Dicho de otro modo, no se debe hacer nada en la reunión de adoración a menos que la Biblia ofrezca alguna base para la adoración. Esto es lo que en la tradición reformada se denomina “principio regulador del culto”[9]. Como señalará J. I. Packer: “Toda iglesia local, dondequiera que se encuentre, que esté espiritualmente viva, sin duda alguna se tomará muy en serio su canto, su oración y su predicación, y los protegerá con gran celo a los tres”[10].

Lo que se canta debe ser trabajado o estudiado, según el caso, a la luz de las Escrituras. Dietrich Bonhoeffer señaló en su Vida en comunidad que “El corazón canta porque está lleno de la presencia de Cristo. De ahí que, en la Iglesia, el canto sea un acto espiritual. Presupone sumisión a la palabra y a la comunidad, mucha humildad y una gran disciplina. Un cántico que no fuese cantado con el corazón no sería más que un himno horrible y confuso de autoalabanza humana. Cuando no se canta por Dios, se canta por uno mismo o por la música. Pero de esa forma el cántico nuevo degenera en un canto a los ídolos”[11]. Me gusta mucho el énfasis del pastor y teólogo alemán porque abre camino a una lectura confesional. Las confesiones de fe no sólo son declaraciones teológicas que se creen y afirman, sino que además, son marcos para la vida común: nos hacen estar de acuerdo, a lo menos, en una serie de puntos definidos. Los equipos de adoración no son independientes a la hora de definir lo que se canta en la congregación, debiendo fundamentar su elección en la Palabra de Dios, con la ayuda de la añosa sabiduría confesional. Se canta lo que se cree es un viejo principio que no debemos quitar en el afán de inventar la pólvora emergiendo a un devenir incierto.

2.3. Bases en nuestro Manual de Culto.

La Constitución de la Iglesia Presbiteriana de Chile cuenta con un libro titulado “Manual de culto”. En él, se reafirman los principios confesionales, a modo de base teológica. Respecto del culto público se señala:

  • Se brinda una definición del culto público: “es un acto religioso, a través del cual el pueblo de Dios adora al Señor entrando en comunión con él, haciéndole confesión de pecados y buscando por la mediación de Jesucristo el perdón, la santificación de la vida y el crecimiento espiritual. Es ocasión oportuna para la proclamación del mensaje redentor del Evangelio de Cristo, para adoctrinamiento y comunión de los cristianos”(Artículo 9).
  • Se reafirman los elementos propios del culto: “lectura de la Palabra de Dios, predicación, cánticos sagrados, oraciones y ofrendas y la administración de los sacramentos”(Artículo 10).
  • Se hacen alusiones al comportamiento de los creyentes antes, durante y después del culto, las que están marcadas por una piedad respetuosa y reverente (Artículo 13).

Quienes somos miembros de la Iglesia Presbiteriana de Chile hacemos bien en volver a los documentos que nos dan el marco regulatorio de nuestra convivencia. He aquí la disciplina en su principio primario, en tanto exigencia mínima para la vida comunitaria, en este caso, en la esfera del culto.

Hagamos énfasis en lo señalado en el artículo 9, respecto a que el culto es la “ocasión oportuna para la proclamación del evangelio”. Esto requiere que la predicación, como todo el culto, debe manifestarse en el marco de la adoración evangelística, convocando a los incrédulos y hablando en el idioma de las personas y siendo comprensible para ellas. Timothy Keller plantea lo siguiente sobre este tipo de adoración:

El culto de adoración semanal puede ser muy efectivo para evangelizar a los no cristianos y para la edificación de los cristianos si no se dirige específicamente a unos y otros, sino que se centra en el evangelio y se lleva a cabo en lenguaje vernáculo […] Es una falsa dicotomía insistir que debemos escoger entre buscar agradar a Dios y preocuparnos por la forma en que se sientan los que no asisten a la iglesia o lo que pudieran pensar durante nuestros cultos de adoración[12].

El principio acá es que si todos los pueblos de la tierra son convocados a adorar a Dios, todos quienes escuchan la proclamación del evangelio en todo el culto debiesen entender y ser exhortados con lo que allí ocurre. No es disruptivo preocuparse de quienes participan en el culto si no se deja de lado que la finalidad principal del mismo es adorar a Dios. La lógica es la siguiente: el culto es dirigido al Dios vivo y real, se centra en el evangelio de Jesucristo y se comunica en lenguaje vernáculo.

  1. Elementos de cambio en el culto.

Teniendo como base lo señalado anteriormente, a modo de premisa, en el contexto de la plantación y revitalización de iglesias que dialogan con la sociedad en la que viven, debiese, con mucho temor y temblor, realizar algunos cambios en nuestra práctica litúrgica. Esto no contraviene en nada la práctica reformada. De hecho, Calvino hace una propuesta que genera la línea interpretativa de este ítem, cuando al hablar de algunas formas de expresar los elementos del culto, dijo:

Por no tratarse de algo necesario para nuestra salvación, y porque deben adaptarse diversamente para edificación de la Iglesia conforme a las costumbres de cada nación, conviene, según lo exigiere la utilidad de la Iglesia, cambiar y abolir las ya pasadas, y ordenar otras nuevas.

Admito que no debemos apresurarnos a hacer otras temerariamente a casa paso y sin motivo serio. La caridad decidirá perfectamente lo que perjudica y lo que edifica; si permitimos que ella gobierne, todo irá bien[13].

Fijémonos en lo siguiente: que sin la necesidad de actuar temerariamente ni en forma unilateral o arbitraria, los cambios en el culto, sustentados en la Biblia, practicados en el amor y leyendo con sabiduría el tiempo histórico que se vive, según el “teólogo de la Reforma”, tienen la finalidad de cuidar la integridad del culto.

El primer asunto a tener en cuenta con respecto del cambio es que el culto debe ser contextualizado. Siguiendo a Ronaldo Lidório, la comunicación, en tanto hecho social, debe ser dialógica, relacional, inteligible, ética y aplicable. La Biblia y su verdad no es negociable ni está sujeta a la cultura de los emisores y de los receptores del mensaje; pero es “transculturalmente aplicable y supraculturalmente evidente”[14]. La correcta contextualización no es adaptación, sino lectura del tiempo presente con la Biblia en la mano como norma total y final para la vida. Con la Biblia en la mano se puede distinguir aquello que es rescatable, redimible o rechazable de la cultura en la que actuamos. Keller señala:

Pablo nos recuerda que en toda cultura hay muchas cosas que no contradicen directamente a las Escrituras y por consiguiente ni se prohíben ni se ordenan. Tales rasgos culturales deben, en general, ser aceptados con caridad y humildad, para evitar hacer innecesariamente foráneo el evangelio. Esto es cierto no sólo para la predicación, sino también para la adoración como cuerpo[15].

La iglesia no puede mantenerse pasiva respecto de la cultura en la que se vive. Evaluar, dialogar, asumir, modificar, desechar, son acciones preponderantes a la hora de pensar en nuestra liturgia en el momento actual.

Otro elemento de cambio necesario consiste en matar el espíritu del “culto para consumidores”. Ni la creatividad, ni  lo inspirador o motivacional, ni la búsqueda de ser agradables, reemplaza la obediencia y fidelidad a la Palabra. Kuyper acertó cuando señaló que “Los cultos sensuales de la Iglesia tienden a mitigar y adular religiosamente al hombre, y solamente el servicio puramente espiritual del calvinismo tiene como objetivo la adoración pura de Dios adorándole en espíritu y verdad”[16]. Cuando se habla de “culto sensual” uno tendería a pensar en iglesias que predican el pseudoevangelio de la prosperidad, en predicaciones motivacionales y de más. Pero esto también nos toca a nosotros. Debemos, necesariamente, preguntarnos: ¿hasta qué punto nuestro culto busca satisfacer nuestros gustos y emociones? Saquemos a colación algunos asuntos:

  • La salmodia exclusiva. Debemos señalar que cantar los salmos y otros textos bíblicos musicalizados ponen en nuestros labios con seguridad la Palabra de Dios. Pero eso no obsta, para que lo que cantemos en himnos y canciones, expresando lo que la Biblia dice, quede fuera del culto. De hecho, pensar que la Confesión de Fe de Westminster defiende la salmodia exclusiva es una transposición ahistórica del documento. Robert Rayburn explica que el concepto se usa en el documento confesional de manera amplia para referir a todo canto entonado a Dios y que muy tempranamente las iglesias reformadas publicarían himnarios que presentan salmos musicalizados e himnos[17]. Una posición como la de los salmodia-exclusivistas, que busca dejar sólo certezas, releva muchas preguntas necesarias: ¿Qué versión de la Biblia se debe utilizar en la salmodia exclusiva? ¿En lengua vernácula o en hebreo? ¿Incluye el uso de canciones que aparecen en otros libros de la Biblia del Antiguo y Nuevo Testamento? ¿Qué instrumentos musicales y de difusión deben emplearse? ¿Es un tema fundamental como para dividirse? ¿Qué pasa si los salmos musicalizados suenan a rock, cueca o tonada, hip-hop y demás?¿Los promotores de la salmodia exclusiva los aceptarían? ¿Hasta qué punto eso no es simplemente una práctica de consumo cúltico que busca resucitar expresiones del pasado como una moda? Sin lugar a dudas, una salmodia preferente, que incluya otros textos de la Biblia musicalizados, sumado a himnos que reflejen fielmente lo dicho en la Biblia (como pensamos respecto de nuestros documentos confesionales) es parte de una producción reformada coherente con su historia.
  • Las emociones en el culto. El culto es una instancia celebrativa y no debe perder nunca ese cariz. Ahora bien, ¿por qué limitar las emociones a las más notorias, a saber, llanto y fervor? ¿Por qué confundir emoción con presencia del Espíritu?Como diría el apóstol Pablo: “¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento” (1ª Corintios 14:15).
  • La reverencia. Las plantaciones y las revitalizaciones se caracterizan por la presencia de muchos matrimonios jóvenes, y con ello la gran presencia de bebés y niños. Enseñemos sin olvidar que los adultos somos nosotros. Como le escuchara en variadas ocasiones al Pastor Vladimir Pacheco: “somos informales, no irreverentes”.
  • El estilo musical. Ricardo Agreste plantea que este “puede combinar diferentes elementos, mas siempre demostrando gran sensibilidad cultural con las personas a las cuales la comunidad es enviada. El factor más importante acá no es la preferencia de sus miembros, sino un estilo encarnacional que se desenvuelve a partir de la conciencia de una iglesia que adora misionalmente a Dios[18]. Por su parte, Paul Jones dice que La música presentada debe ser excelente, la mejor que la congregación puede ofrecer, espiritual, alegre, profunda, inteligible, conveniente, que honre a Dios, teocéntrica, propiamente ensayada, viva, instructiva, funcional y artística[19]. Aquí emergen dos preguntas fundamentales: ¿Hasta qué punto nuestros cultos son una copia de la cultura anglosajona de ayer y hoy, o de las iglesias presbiterianas en el Chile del siglo XIX, o de las iglesias madres o de las que colaboran en nuestro financiamiento? ¿Hasta qué punto son un viaje en una máquina del tiempo y el espacio, que produce bienestar sólo a los que han sido iniciados en un tipo de cultura? Lo fundamental, acá, es lo que se canta. Como señala Jones: “¿Qué es la música de adoración? Es alabanza, oración y proclamación en formato musical según los principios bíblicos. ¿Qué no es? No es centrada en el hombre, no es entretenimiento autoindulgente para objetivos utilitarios o pragmáticos[20]
  1. Reflexiones finales.

Sin lugar a dudas, el culto en la plantación y revitalización de iglesias produce enormes desafíos. Pero con una gran certeza: que este debe ser una instancia que:

  1. Adora a Dios y sólo a Él culto es para Él.
  2. Tiene como base la Palabra de Dios y el evangelio como centro unificador.
  3. Un espacio en el que la comunidad, en su vida de unidad, expresa su adoración al Señor tal y como lo hizo en toda la semana.
  4. Un lugar en el que se dialoga con la cultura y con los incrédulos.
  5. Un momento en el que el gozo renovado por Dios en la expresión de la Palabra predicada, orada y cantada, tanto creyentes como incrédulos, son confrontados, transformados y liberados.

Aquí, es de poca importancia importancia si la iglesia es pequeña o grande, pues el culto debe ser realizado con igual fidelidad a la Palabra, devoción, amor, fervor. Como diría Kuyper: “Aunque la Iglesia reformada de corazón pueda ser pequeña en número, como Iglesias ellas siempre demostrarán ser indispensables para el calvinismo; y aquí también la pequeñez de la semilla no tiene por qué disturbarnos, con tal que aquella semilla sea sana e íntegra, repleta de una vida generativa e irreprimible”[21].


[1] W. E. Vine. Diccionario expositivo de palabras del Antiguo y del Nuevo Testamento. Nashville, Editorial Caribe, 1999, pp. 23, 24 (sección Nuevo Testamento).

[2] Citado en: Eduardo Nelson. “La adoración y la música en la Biblia”. En: Daniel Carro et al (editores). Comentario Bíblico Mundo Hispano. Tomo 8, Salmos. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 1997, p. 10.

[3] Este es un gran aporte de la escuela historiográfica francesa de los Annales, particularmente, de su segunda generación encabezada por Fernand Braudel.

[4] Todos los textos citados, salvo si se dice lo contrario, son tomados de la versión Reina Valera 1960.

[5] John Piper. ¡Alégrense las naciones! La supremacía de Dios en las misiones. Barcelona, Editorial CLIE, 2007, p. 27.

[6] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Tomo II. Libro IV.X.29. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 952,

[7] Juan Calvino. La necesidad de reformar la Iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010, p. 39. Todo este párrafo viene a sintetizar lo señalado por Calvino en esta obra, en distintos lugares de la misma.

[8] Michael Goheen. A igreja missional na Biblia. Luz para as naçoes. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, pp. 240-242. La traducción es nuestra.

[9] Véase respecto de este asunto: Hermisten Maia Pereira. “O culto cristão na perspectiva de Calvino: uma análise introdutória”. En: Fides Reformata. Año VIII, n°2. São Paulo, CPAJ, 2003, pp. 73-104; y Jonathan Muñoz. En busca de una orientación segura para el culto cristiano. Un estudio histórico-teológico sobre el principio regulador del culto calvinista. Tesis presentada como requisito parcial para la ordenación al Sagrado Ministerio del H. Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, febrero de 2006

[10] J. I. Packer. Teología concisa. Miami, Editorial Unilit, 1998, p. 210.

[11] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad.Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 58, 59.

[12] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 320, 322.

[13] Calvino. Institución… Op. Cit., Libro IV.X.30, p. 953.

[14] Ronaldo Lidório. Introduçao à Antropologia Missionária. São Paulo, Vida Nova, 2011, p. 130. La traducción es nuestra.

[15] Keller. Op. Cit., p. 315.

[16] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 83. Corresponde a la conferencia “El calvinismo y la religión”.

[17] Paul Jones. “O que é música para o culto?”. En: Sean Michael Lucas et al. Serie Fé Reformada.Volume 1. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2015, p. 103. La traducción es nuestra.

[18] Ricardo Agreste. Igreja tô fora! São Paulo, Z3 Editora, 2007, p. 122. La traducción es nuestra.

[19] Jones. Op. Cit., p. 122.

[20] Ibídem, p. 121.

[21] Kuyper. Op. Cit., p. 246. Corresponde a la conferencia “El calvinismo y el futuro”.

El chisme y su daño relativizado.

No andes con chismes entre tu gente. No tomes parte en el asesinato de tu prójimo. Yo soy el Señor” (Levítico 19:16 DHH).

 En muchas ocasiones he escuchado la idea que el chisme es un problema propio de la existencia de comunidades humanas. Donde hay personas, siempre habrá rumor, ideas de pasillo e, inclusive, falso testimonio. Y en cierto sentido, uno podría encontrar razón a esta idea, toda vez, que quienes participamos de comunidades sabemos que eso ocurre en la realidad cotidiana. El problema de esto, es que la naturalización del chisme termina por relativizar su daño. Y, además de eso, olvida que se trata de un pecado, es decir un acto de rebelión a las verdades reveladas en las Escrituras que es consecuencia de apartar la mirada de Dios y del prójimo, y que por eso no ama ni sirve al Señor ni al hermano.

 El texto de Levítico, citado al comienzo, es elocuente al respecto. Prohíbe de manera tajante el chisme en la comunidad. Y por si esto fuese poco, lo analoga con la idea del asesinato del prójimo. Porque el chisme no sólo mata la imagen de las personas, sino también mata su vida en la comunidad. Y esto, es tan relevante, que el Señor mismo le pone su firma a dicho mandamiento. El Dios del pacto, que es fiel eternamente, es el autor de un mandamiento perenne. Pablo, el apóstol, llega a expresar a los hermanos de Corinto, ante la posibilidad de un nuevo viaje, su miedo en relación a este pecado tan dañino, diciendo que: “Temo que haya discordias, envidias, enojos, egoísmos, chismes, críticas, orgullos y desórdenes. Temo también que, en mi próxima visita, mi Dios me haga sentir vergüenza de ustedes, y que me haga llorar por muchos de ustedes que desde hace tiempo vienen pecando” (2ª Corintios 12:20b, 21a). El chisme debiese producirnos miedo, vergüenza y tristeza. No es lo propio de la comunidad conformada por gente perdonada por Cristo, comprada y lavada con su misma sangre. La gracia cara es la invitación más que suficiente para procurar la mortificación de dicho pecado.

 Una base fundamental para esta práctica se encuentra en la obediencia al noveno mandamiento (octavo, en la tradición católica), que expresa, también en forma tajante: “No digas mentiras en perjuicio de tu prójimo” (Éxodo 20:16). Pareciese ser, para muchos de nosotros, que podemos quedar fácilmente eximidos de este mandamiento simplemente por el acto de no mentir, de no “levantar falso testimonio” contra nuestro prójimo. Pero esa no es la lectura que históricamente el cristianismo ha dado ha dicho mandamiento. Me permito citar acá dos documentos.

El primero de ellos, corresponde a las palabras de Martín Lutero, en un texto redactado para enseñar a orar a su amigo el barbero Pedro Beskendorf, en el que señala que este mandamiento enseña: “Primero. Nos enseña que tenemos que ser sinceros los unos con los otros, evitar toda suerte de mentiras y calumnias, y decir y escuchar de buen grado lo bueno de los demás. Con esto se nos ha construido una muralla y una protección contra las lenguas falsas y los labios malvados que pueden afectar nuestro buen nombre y nuestra reputación; no dejará Dios impunes a quienes lo quebranten, como queda dicho acerca de los anteriores mandamientos. / Segundo. Tenemos que agradecerle tanto la doctrina como la protección que tan graciosamente nos concede. / Tercero. Debemos confesar y pedir perdón por haber transcurrido nuestra vida en forma tan ingrata, pecadora y en tratos murmuradores falsos que atentaron contra nuestro prójimo. Estamos obligados a asegurar su fama y su inocencia, como desearíamos lo hiciesen con nosotros. / Cuarto. Pidamos ayuda para, en adelante, observar este mandamiento, para que nos conceda una lengua bienintencionada, etc.”[1].

 Por su parte, el Catecismo Mayor de Westminster, dice al respecto que: “Los deberes exigidos en el noveno mandamiento son el preservar y promover la verdad entre los hombres, y la buena fama del prójimo, así como la nuestra […] una estima caritativa hacia nuestro prójimo; amando, deseando y regocijándonos por su buen nombre; entristeciéndonos por sus debilidades, y ocultándolas; reconociendo libremente sus dones y cualidades, defendiendo su inocencia; prontitud para recibir un buen informe, y falta de disposición para creer un mal rumor, acerca de ellos; disuadiendo a los chismosos, aduladores y calumniadores” (pregunta 144), y que este mandamiento se viola, por ejemplo, cuando se actúa en “perjuicio contra la verdad y buen nombre tanto nuestro como del prójimo, especialmente delante de los tribunales públicos” (pregunta 145).

 En otras palabras, estas lecturas cambian nuestra manera de entender el falso testimonio. Violar el noveno mandamiento consiste, entonces, en mentir respecto de nuestro prójimo, como decir, en contextos impropios, la verdad respecto de ellos, sin sentir misericordia y dolor frente al pecado del otro, que claramente, en dicha compresión siempre es mayor y más dañino que el pecado propio. El falso testimonio es producido, en palabras de Lutero por “lenguas falsas y labios malvados”, es decir, por aquellos que en ocasiones mienten, y en otras, buscan hacer leña del árbol caído. En ambos casos, la falta de amor al prójimo es la misma, porque en ambos casos lo que se procura es su muerte. Por eso es bueno hablar de chisme, a secas. Eso es lo que debiesen entender quienes dan pie al chisme, poniendo toda su atención a estos. El chisme existe cuando usted habla y también cuando presta su oído. Si tiene dudas respecto de algo o de alguien, acuda a la persona y no se deje llevar por rumores. El chisme mata la comunidad. Defienda a sus hermanos, protéjalos del posible daño. Y si hay daño causado, ayude a recoger las “plumas desperdigadas” por la ciudad, aunque en esa tarea se vaya la vida y más, como en la cara imagen de la película La Duda.

 En un mundo que cada vez más está marcado por la indolencia e inmediatez de las redes sociales, huyamos, por favor, y pongamos límites a la cobardía de quienes ocupan “castillos de los cobardes”[2], pues en público palmotean el hombro y saludan con cordialidad, pero en secreto y sin piedad golpean y dilapidan la honra de los demás. Es fácil motejar a otros con apelativos, o aludir ideas o pensamientos no dichos o sacados de contexto, en conversaciones de pasillo, redes sociales e, inclusive, en documentos oficiales. Pero siempre será mucho más difícil y lento, pero más sano y restaurador, una conversación honesta y marcada por el amor que el evangelio produce en los creyentes. Como dirá Francisco Lacueva respecto del “Derecho a la propia reputación”: “Fácilmente se nos olvida que uno de los principales deberes sociales es el de respetar la reputación ajena (Ex. 20:16; Deut. 5:20). Sant. 3:1-12 describe plásticamente el daño que puede hacer la mala lengua. Muchos creyentes que parecen extremadamente puritanos en otras materias, no tienen empacho en publicar secretos fallos de otros hermanos ni en dañar su estimación con frases, gestos, reticencias o silencios calculados. El orgullo, el egoísmo o la envidia suelen estar en la base de tales actitudes muy poco cristianas. ‘Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto’ (Sant. 3:2)”[3].

 Si no tengo la capacidad de afirmar en público lo que digo en privado, mejor guardo silencio. Si no tengo la forma de probar de manera fehaciente lo que digo, mejor guardo silencio. Si dañé la honra, la imagen y la vida en comunidad de un hermano, debo pedir perdón y buscar reparar cuánto antes y de manera efectiva al prójimo. Si no oro por la debilidad de mi prójimo y no procuro su fortalecimiento, por medio de la preocupación y el acompañamiento, mejor guardo silencio. Aunque la crítica sea verdadera y necesaria, si no ocupo la misma cantidad de tiempo para orar por ello, que en lo que divulgo mis pensamientos, es verdad sin amor, por ende, en la idea bíblica, lisa y llanamente, no es verdad respecto de mi prójimo. Debo decirme que se trata de mi hermano. ¡Es mi hermano, por Dios! Esa expresión no puede ser una fría fórmula canuta de buen decir. Debo vivirla. No contribuyamos a la muerte de mi hermano ni de la comunidad.

 ¡Ah! Y una palabra para quienes han sufrido los daños del falso testimonio. Busca ablandar tu corazón por medio de la oración y la memoria del evangelio. La comunidad no es esa falsa ensoñación en la que no hay desilusiones. La iglesia está conformada por santos-pecadores, de los cuales yo soy uno, y tú eres otro, y ambos (principalmente yo, desde luego) contribuimos a la imperfección de la comunidad. Si cuando yo fallo, quiero ser perdonado y restaurado, porque no pensar de la misma manera respecto de quienes nos dañan. Sí, es cierto, que el perdón sólo se hace efectivo de verdad cuando el que daña reconoce su error, se arrepiente y busca reparar el daño. Sí, también es cierto, que el arrepentimiento no excluye la disciplina que sana y hace “entrar a lo cojo al camino”. Pero la verdad prioritaria es que debemos estar dispuestos a perdonar. Esto por dos razones fundamentales: a) porque el Señor lo manda, debemos amar a nuestros “presuntos enemigos” y procurar su bien, sabiendo que Dios trabaja y ejerce su justicia (Romanos 12:17-21); y b) porque nuestra identidad está en Cristo y sólo en él estamos completos (Colosenses 2:9, 10), por lo que ni lo que los otros opinen no tiene, ni debe tener la fuerza, para hacerte olvidar que eres un hijo que ha sido amado por Dios. ¿Te suena a cliché? Puede serlo, si no fuese parte de un doloroso aprendizaje que me ha tocado experimentar en varias ocasiones. Pero siempre se puede terminar agradeciendo a Cristo, porque mientras somos zarandeados como trigo por el Maligno, él ora al Padre para que nuestra fe no falte (Lucas 22:31, 32), como el perfecto y único mediador que es. Tú tranquilo, sigue, no te victimices, camina… la obra es de Dios.

Luis Pino Moyano.


 

[1] Martín Lutero. El Magnificat seguido de “Método sencillo de oración para un buen amigo”. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2017, p. 138. El texto fue escrito en 1535, y fue traducido al castellano para dicha edición por Teófanes Egido.

[2] Expresión de Spurgeon respecto del mal uso del púlpito por predicadores que enrostran las debilidades de los demás, aprovechándose de la tribuna dada por la iglesia.

[3] Francisco Lacueva. Etica Cristiana. Curso de Formación Teológica, Tomo 10. Barcelona, Editorial CLIE, p. 208.

La importancia de capacitarnos en la iglesia.

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El reformador escocés y fundador del presbiterianismo John Knox señaló en una ocasión que “San Pablo llama a la congregación ‘el cuerpo de Cristo’ con lo cual indica que ningún miembro puede sostenerse ni alimentarse sin la ayuda y el apoyo de los demás. Por ello creo que es necesario para la inteligencia de las Escrituras que haya reuniones de los hermanos”. Lo dicho por el reformador es sumamente relevante para la vida de la iglesia en su totalidad, como para nosotros en nuestra particularidad, en el proceso que estamos viviendo de plantar o revitalizar iglesias y, además, de celebrar la Reforma Protestante, y no sólo aquella que emergió en el siglo dieciséis, sino aquella que vivimos de manera constante por la presencia y fuerza del Espíritu Santo, nos debe hacer volver a la Escritura, a la Sola Escritura.

Ahora bien, no basta con la lectura individual, pues la espiritualidad reformada es fundamentalmente una práctica comunitaria. Regularmente, aquellos que leen la Biblia solos, con sesgo individualista, terminan afirmando doctrinas que contravienen los postulados del cristianismo histórico. He ahí una de las razones por las que suscribimos confesiones de fe: dotar a la iglesia de un marco común de fe. No somos comunidad de fe cuando creemos lo que queremos.

Si la iglesia es el cuerpo de Cristo es muy importante leer, estudiar, amar y vivir la Palabra de Dios de manera común. Cuando nos juntamos a estudiar, no sólo pensamos, sino que vivimos, aprendemos, nos alimentamos. Es sumamente necesario reunirse para aprender comunitariamente. Tus preguntas u opiniones van a enriquecer siempre las miradas limitadas que todos tenemos. A su vez, somos parte una comunión que no inventa la pólvora, ni mucho menos es una secta de 7, 150 o 500 años. Aprovechemos los aportes que han hecho hermanos nuestros de ayer y hoy para posibilitar más aprendizajes.

Si quieres aprender las Escrituras no rehúyas las “reuniones de hermanos” ni “la ayuda y el apoyo de los demás”. Participa de la Escuela Dominical, ven al culto con ánimo de escuchar a Dios hablar en su Palabra leída y predicada con fidelidad, asiste a las capacitaciones. Aprovechemos las oportunidades que tenemos para aprender, y no desvaloricemos nunca el esfuerzo que se hace para ello.

Para finalizar no puedo abstenerme de decir lo siguiente: Las capacitaciones que la iglesia da no son para agrandar nuestros cerebros y producir placer en las capacidades cognitivas que vemos florecer. Las capacitaciones de la iglesia implican aprender para servir. Esto, toda vez, que el Espíritu nos llena para ser testigos de su amor, bondad y poder, y no para la autocomplacencia. El conocimiento de Dios no anquilosa, por el contrario, moviliza a la adoración, la vida comunitaria, la mortificación del pecado y la misión que extiende el Reino de Dios.

Luis Pino Moyano.

* Publicada originalmente en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, abril de 2017.

El avivamiento que necesitamos.

Gioele

Cada cierto tiempo es necesario que nos detengamos en el camino y consideremos cómo es nuestro andar. Esto, porque tendemos a automatizar los procesos de la vida, y en la belleza desafiante de lo cotidiano, podemos naturalizar o pensar que es normal cierta forma de vivir. En nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos, esto urge. ¿Hace cuánto tiempo no adoras a Dios con fervor y gozo? ¿Cuándo fue la última vez que lloraste a los pies de Cristo? ¿Hace cuánto que no sientes el gozo de compartir la fe con otros, en la lectura de la Palabra, en el estudio de ella y en la oración junto a alguien que lucha igual o más que tú? ¿Hace cuánto no compartes tu mesa con un hermano, fuera de las actividades organizadas por la iglesia? ¿Dejaste de soñar con esta comunidad? ¿Ya no corres ni te comprometes como antes para servir? ¿Te sientes obnubilado por el pecado de los otros o el tuyo propio? Si somos honestos, la radiografía puede ser dramática… Tal vez notemos que estemos más moribundos de lo que creemos. O tal vez, ya tengamos la certeza del valle oscuro que atravesamos. Pero hay remedio…

Sería fácil decirte que para salir de una situación adversa basta con tu esfuerzo y compromiso. Me gustaría mucho pedirte que te comprometas a cantar, leer, servir y vivir, añadiéndote a las actividades de la comunidad sin más. O tal vez, lo más fácil sería dejar de esforzarse y avanzar hasta que la máquina se detenga sola, simplemente por un acto de empatía, o más bien, de frío realismo. Porque al igual que tú, y como esa querida niña argentina llamada Mafalda, he dicho muchas veces “paren el mundo que me quiero bajar”. Y sí, tu esfuerzo y compromiso son sumamente importantes, y los necesitamos. Pero eso sería un avivamiento inventado y superficial, que no hace raíces en ti. Y es que debo decirte, una vez más, que esto no se trata de ti, ni comienza por ti. Si estuviésemos heridos al medio de una calzada, producto de un vehículo que nos atropelló, con toda seguridad no podríamos darnos “los primeros auxilios”. Necesitamos de un prójimo que nos ayude. En nuestra salud espiritual deteriorada, necesitamos que alguien nos preste su ayuda, su fuerza, su salud, su poder.

Un avivamiento es primordialmente una obra del Espíritu Santo. Es la acción que la Tercera Persona de la Trinidad hace para sostener, fortalecer, restaurar y dar vida a su iglesia. Como dice Timothy Keller, “a través del avivamiento, los cristianos estancados cobran vida y los cristianos nominales se convierten”. ¿De cuáles eres tú? ¿Estancado o nominal? ¡Ruega al Dios Todopoderoso que te despierte a la realidad de que necesitamos depender del Espíritu Santo para poder vivir! No te acomodes, por favor, ni te ensimismes en tu dolor o malas experiencias. Porque “el avivamiento no es una curiosidad histórica; es un patrón sistemático de cómo el Espíritu Santo trabaja en una comunidad para detener y contrarrestar el modo por defecto del corazón humano” (Keller). Ese modo por defecto, es producto del pecado que nos hace apartar la mirada del Dios vivo y real, y de nuestros hermanos, para ponerla en nosotros mismos, en nuestros sentimientos engañosos, y en nuestro anhelo de la iglesia perfecta o ideal. ¿Quieres una iglesia viva, poderosa, activa, sabia, madura? Parte por ocupar el mismo tiempo que usas para criticarla en tu mente o con otros, orando por ella, por sus miembros y por sus líderes. Si la iglesia necesita vida, es porque tú necesitas vida. Porque yo necesito vida. Y esa vida no la da un líder o el hecho de que comiences a mover tus manos para trabajar. Esa vida la da el Espíritu por misericordia a aquél que entiende su fragilidad, vulnerabilidad y necesidad de la gracia.

El salmista decía “¿No volverás a darnos nueva vida, para que tu pueblo se alegre en ti?” (Salmo 85:6). ¿Por qué no comienzas a orar esta semana por esta necesidad de vida para ti y la iglesia y luego nos preguntamos por el qué vamos a hacer? En nuestra realidad como Refugio de Gracia, necesitamos la vida que nos puede dar el Espíritu Santo. Sólo Él puede revitalizar a la iglesia. Sólo Él puede reparar a la comunidad. Sólo Él puede llenarte de poder para servir y testificar.

Nuestra esperanza de continuar se encuentra en la certeza de la vida que nos puede regalar el Espíritu Santo. Ese es el avivamiento que necesitamos.

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, noviembre de 2017.