“Apoyemos al compañero, pase lo que pase”.

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“Gracias muchachos, me saco el sombrero ante todos. Peleamos, sufrimos, corrimos, dejamos todo adentro. No se dio, es verdad, no se dio, pero ahora tranquilidad muchachos. No vamos a perder […], lo vamos a ganar. Tenemos experiencia de sobra. Apoyemos al compañero, pase lo que pase, ¡nos vamos con la cabeza en alto!”.

La arenga del capitán de la selección chilena de fútbol Claudio Bravo, previa al lanzamiento de penales en la semifinal de la Copa Confederaciones 2017 tuvo tintes magistrales y conmovedores. Magistral y conmovedor como los penales de Vidal, Charles Mariano y Alexis, junto a las tres tapadas del portero compatriota. Se apoyaron y se fueron con la cabeza en alto. Y esperamos, que este domingo, se vayan con la copa en sus manos, para alegría de hombres y mujeres de esta tierra.

¿Pero qué tiene que ver esta cita y el párrafo inicial con el boletín del mes de nuestra iglesia? ¡Mucho! La fuerza magistral y conmovedora de la arenga de Bravo tiene la fuerza provocativa (en sentido positivo, digámoslo), de llevarnos a recordar principios que a veces distan de nuestra práctica. El apoyo a los compañeros debe realizarse pase lo que pase. La oración gramatical es demasiado rica y profunda. La palabra compañero apela a uno que comparte el pan con un otro, que trabaja comunitariamente y puja codo codo por una bella realidad, que se compromete vital y activamente por ese que camina junto a él o ella. La palabra bien cabe en el cristianismo para ser aplicada ya sea en la prisión (Romanos 6:17), en las aflicciones (2ª Corintios 1:7), en la peregrinación (8:19), en el trabajo colaborativo (8:23; Filipenses 2:25), en la fidelidad necesaria (4:3) y en el combate de la fe como “compañeros de milicia” (Filemón 2). Todos los textos citados invitan a huir de las relaciones asépticas (esas que nunca se suben las mangas y se ensucian las manos) y de la falsa ideología del sistema mundano que nos dice que “nunca hay que meter las manos al fuego por nadie”. Eso es falso para el cristianismo, toda vez que el amor que se nos demanda es uno sacrificial. El apoyo al compañero, pase lo que pase, no tiene que ver con las consecuencias de las decisiones y actos. No nos perdamos. El apoyo es diferenciado según la necesidad de cada cual: celebración, colaboración, ánimo, consejo, consuelo, asistencia, enseñanza, exhortación y disciplina. Todo eso forma parte del pastoreo mutuo de creyentes que se entienden desde su “sacerdocio universal”.

Insistamos en esto: antes de tapar tres penales de manera consecutiva, y de que sus compañeros hicieran lo suyo convirtiendo los goles para la victoria, la frase es magistral y conmovedora, porque el pase lo que pase nos invita a amar y luchar hasta las últimas consecuencias. Ese amor que apoya pase lo que pase es el mostrado por el apóstol Pablo cuando dijo: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1ª Corintios 13:4-7). ¿Sabes lo que me pasa cuando veo esta “coincidencia de contenido? Dos cosas: a) ganas de glorificar al Dios de la vida que con su gracia común sostiene el mundo para que no sea tan malo como podría ser, dando dones, capacidades e inteligencia a todas sus criaturas; y b) en cierto sentido, dolor y desafío, puesto que muchas veces no hemos aprendido a vivir así aún en la iglesia de Cristo, a pesar de haber sido comprados y redimidos con la misma sangre del Redentor, siendo hermanados por ello, y contando con la ayuda del Espíritu Santo que da vida a la iglesia. “Apoyemos al hermano, pase lo que pase”, debiera ser la realidad constante de nuestras comunidades, no olvidando lo que apuntara hace unos años el pastor presbiteriano Eugene Peterson: “Uno de los cambios inmediatos que produce el evangelio es gramatical: nosotros en vez de yo, nuestro en vez de mío, para nosotros, en vez de para mí mismo”.

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, julio de 2017.

La duda no es nuestro peor enemigo.

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Crecí en un contexto evangélico en el que dudar era un pecado gigantesco, el peor de todos. De hecho, había una canción que reflejaba dicho carácter: “Esa duda que invade mi ser / quisiera arrancarla y llenarla de fe. / Si Cristo vive en mi vida / ¿cómo dudar?” (si la leíste cantando, puedes saber mucho de lo que hablo).  Fue la lectura bíblica la que ayudó para quitar esa idea de mi cabeza y corazón. Porque la duda no es nuestro peor enemigo.

Quisiera recurrir a dos historias bíblicas que dan sustento a lo que estoy planteando.

En Éxodo capítulos 3 y 4 se nos muestra el llamado de Dios a Moisés, con la finalidad de liderar la liberación de su pueblo esclavo en Egipto. Dios se manifestó gloriosa y poderosamente en una zarza que ardía pero que no se consumía. A pesar de todo ese poder visible, y del reconocimiento que Moisés hace de Dios, él tiene dudas. Él hace tres preguntas: 1) “¿Y quién soy yo para presentarme ante Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?” (3:11); 2) “¿Qué les respondo si me preguntan: ‘¿Y cómo se llama [el Dios que te envió]?’” (3:13); 3) “¿Y qué hago si no me creen ni me hacen caso? ¿Qué hago si me dicen: El Señor no se te ha aparecido?” (4:1). Si siguen la lectura, verán que Dios respondió todas las dudas presentadas por Moisés. Y no sólo eso, le capacitó para llevar a cabo la misión encomendada. El problema de Moisés no era la duda, sino la cobardía. De hecho, luego de que sus dudas son respondidas, se excusa ante Dios porque no tenía facilidad de palabra (algunos deducen a partir de esto que era tartamudo) (4:10), llegando más lejos, cuando le dice a Dios: “te ruego que envíes a alguna otra persona” (4:13). Dios no modifica su plan por nuestro miedo, sino que fortalece al débil.

Saltemos en la historia y lleguemos al Nuevo Testamento. Uno de los mayores predicadores de la historia, quien bautizaba en las aguas del Jordán a los pecadores arrepentidos, un valiente que no transaba su mensaje que era voz en el desierto, lo que le valió la cárcel, Juan el Bautista. Estando preso pidió a sus discípulos ir donde Jesús y preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mateo 11:3). Sí, estamos frente al mismo que dijo de Jesús “este es el cordero de Dios que quita los pecados del mundo” y que se veía a sí mismo como “el amigo del novio”. Pero en las mazmorras herodianas tiene dudas. Jesús responde a la duda de Juan: “Vayan y cuéntenle a Juan lo que están viendo y oyendo: Los ciegos ven, los cojos andan, los que tienen lepra son sanados, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncian las buenas nuevas” (11:4,5). Y por si esto fuera poco, mientras los discípulos de Juan se iban, Jesús le dice a la multitud: “Les aseguro que entre los mortales no se ha levantado nadie más grande que Juan el Bautista” (11:11). No sólo respondió la duda, sino que no le recriminó. Por el contrario, le honró frente a quienes le habían conocido. Jesús nos muestra radicalmente que la duda cuando se canaliza correctamente, cuando se arroja delante de sus pies, procurando descanso en él no es enemiga.

De hecho, hay otro paralelo en estas historias. Moisés se excusaba por cobardía. Juan estaba en la cárcel por lo contrario, por hablar sin temor, inclusive exhortando al principal romano en la zona por su adulterio. La duda no es nuestro peor enemigo… nuestro peor enemigo es la cobardía. ¿Cuál es la invitación? A que reconozcamos que no estamos exentos de la duda, que vivimos cotidianamente con ella, y que por lo mismo debemos procurar un acercamiento distinto. La duda siempre nos invita, ocupando una expresión de Spurgeon, a dar un “salto de fe” y a descansar en Cristo. No son nuestras respuestas ni fuerzas ni caminos los que nos producen descanso, porque la duda tampoco tiene el poder de alejarnos de Dios que vive más allá de nuestros dilemas mentales y emocionales. Descansemos en Cristo. Sólo Él es suficiente.

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, mayo de 2017.

Lectio Divina: leyendo la Biblia en oración gozosa.

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La Lectio Divina es una disciplina espiritual. Es una disciplina, por ende, apela al esfuerzo de una práctica cotidiana que se constituye en hábito, más allá de si uno tiene el impulso emocional para su realización (los actos de la voluntad no deben disociarse del aspecto emocional). Es espiritual porque ésta disciplina colabora en la tarea de santificación, que realiza el Espíritu Santo en nosotros desde el momento de la conversión, y en la que somos llamados a ejercitarnos, viviendo para la gloria de Dios y buscando mortificar el pecado. Una de las cosas que hay que tener presente acá es que las disciplinas son herramientas que nos ayudan en la comunión con Dios y que por sí solas no sirven si no están llenas de la obra del Espíritu Santo y sustentadas en la Palabra de Dios. Son medios, no fines en sí mismos. Si fuesen fines, se trataría de santurronería y lo que buscamos es santificación.

Lectio Divina es un concepto latino que significa “Lectura divina” o “lectura espiritual”. Me gusta hablar más de “lectura de la Biblia en oración gozosa”, porque en pocas palabras explica de manera sencilla su significado, sacándole de inmediato el cariz monacal que esta práctica pareciera tener. Históricamente, se ha usado la Lectio Divina para leer, recitar, orar y cantar los salmos, el Padrenuestro y otras oraciones y canciones que aparecen en la Escritura, aunque toda ella es susceptible de leer de esta manera.

En el prefacio de la Biblia Renovaré se señala: “¿Qué significa la lectio divina? Bien, significa escuchar el texto de la Escritura; prestar atención de verdad, escuchar rendidos y quietos. Significa rendirse ante el texto de la Escritura y permitir que su mensaje fluya hacia nosotros en lugar de intentar controlarlo. Significa reflexionar sobre el texto de la Escritura, permitir que el drama del pasaje nos atrape totalmente: alma y corazón. Significa orar el texto de la Escritura, permitir que la realidad bíblica de la vida con Dios haga surgir en nosotros el clamor de gratitud, confesión, queja o petición de nuestro corazón. Significa aplicar el texto de la Escritura, viendo como la Santa Palabra de Dios nos da una palabra personal para las circunstancias de nuestra vida. Y significa obedecer el texto de La Escritura, apartarnos siempre ‘del camino de perversidad’ y ‘andar por el camino eterno’ (Salmo 139:23-24)”.

Por su parte, Eugene Peterson en el libro “Cómete este libro”, dedicado a esta disciplina espiritual la define así: “Lectio divina es la práctica intencional y deliberada de hacer la transición de una forma de leer que trata y maneja, de forma reverente, a Jesús como muerto, a una lectura que frecuenta la compañía de amigos que están oyendo, acompañando y siguiendo al Jesús vivo”. Me gusta mucho esta definición de la disciplina, porque la muestra como una “práctica intencional y deliberada” en la que se cambia nuestra forma de leer la Palabra de Dios. Leemos habitualmente la Biblia como si ella se tratara sólo de hechos pasados, como si el Dios de la vida estuviese muerto, como si Jesús fuese un personaje más y no el Señor que sustenta nuestra existencia y que nos acompaña todos los días hasta el fin del mundo. Además de eso, esta definición aplica claramente un principio clave de la espiritualidad reformada: la espiritualidad es comunitaria. La lectura bíblica se hace en una comunidad en la que hay ánimo, impulso, exhortación, consuelo y disciplina, a la luz de la Escritura.

Un gran desafío que nos reporta la Lectio Divina es no sólo acercarnos a la Escritura teológicamente (en el sentido científico de dicha expresión), sino, también, devocionalmente. Los teólogos liberales desde el siglo XVIII dejaron de lado este tipo de acercamiento lector a la Biblia, buscando sólo un acercamiento científico-crítico. No obstante, alcanzaron importantes avances en la re-construcción de los textos en lenguas originales a partir de los manuscritos bíblicos hallados en el tiempo, dejaron de lado una lectura que siente, vive, ama y cree el texto revelado. Es en ese contexto, que contraculturalmente el pastor y teólogo Dietrich Bonhoeffer en su libro sobre los Salmos como libro de oración señaló: “No es la pobreza de nuestro corazón, sino la riqueza de la Palabra de Dios la que debe determinar nuestra plegaria. […] Es una inmensa gracia que Dios nos diga cómo podemos hablarle y cómo podemos entrar en comunión con él. Y podemos hacerlo orando en el nombre de Jesucristo: los Salmos se nos han dado para que aprendamos a orar en el nombre de Jesucristo”. 

Nosotros, los presbiterianos, confesamos la perspicuidad de la Escritura, es decir, que la Biblia es clara para todos los creyentes. No necesitamos de grandes estudios académicos para conocer a Dios que se revela en la Palabra. No malinterpretes lo que digo: creo que la teología es necesaria y relevante, el punto, es que ella está al servicio de nuestra fe y no al revés. La Biblia es lo que Dios reveló para nosotros y nuestros hijos en un acto de graciosa empatía. Y por si esto fuera poco, contamos con la ayuda del Espíritu Santo que nos asiste con la iluminación que aclara los textos. Y si esto aún te parece poco, contamos con la ayuda de la comunidad, en la que Dios entregó dones, entre ellos de enseñanza, por la que hermanos nuestros pueden edificarnos con los conocimientos adquiridos y trabajados en el marco del amor que une y edifica.

La Lectio Divina tiene los siguientes pasos:

  1. Leer: Se trata de una lectura atenta, detenida, marcada por el asombro en la que reconocemos que Dios habla y nosotros tomamos el lugar de quienes escuchan lo dicho por él. La pregunta lectora que debemos realizarnos acá es: ¿qué dice el texto?
  2. Meditar-Reflexionar: Es un tiempo en el cual degustamos el texto que trae deleite como la miel a nuestro paladar, deteniéndonos en el sentido que el texto tiene para nosotros, pues creemos que la Biblia nos habla a nosotros hoy con una frescura inagotable. La pregunta lectora que debemos realizar acá es: ¿qué me dice el texto?
  3. Orar: Aquí dedicamos tiempo para la oración que habla y calla, según el caso, teniendo en cuenta lo que el texto nos ha hablado al corazón. La oración es la respuesta de la lectura de la Biblia que es un espejo para nosotros. Es más, podemos ocupar el mismo texto y orarlo, lo que con seguridad enriquecerá nuestra conversación con Dios, dándonos la seguridad que oramos conforme a su voluntad. La pregunta acá es: ¿qué me hace decir el texto a Dios?
  4. Contemplar-Actuar: La contemplación tiene el tufillo de espacios monásticos, de gente separada del mundo. Se ocupa el adjetivo de “contemplativo” a alguien que tiene su mirada puesta sólo en lo trascendente. La verdad, es que el concepto originalmente no tenía esa idea, y es por eso, que tomo el concepto “actuar”. Esta parte de la Lectio Divina nos invita a reconocer que Dios nos ha hablado y que nosotros respondemos con la mejor traducción de la Palabra que podemos hacer: la traducción a la vida. Asumimos la agenda que nos ha puesto la oración, dejando que Dios transforme nuestra vida. La pregunta acá es: ¿qué hacer a partir de ahora?

Leamos la Biblia cotidianamente. Hagámoslo en oración. Empapémonos de ella y amémosla. Disfrutemos de la lectura que se deleita en lo que Dios nos dice en su Palabra, inclusive, cuando ella nos reprende, constituyéndose en el mayor deleite de la vida. Eliminemos la pereza y no nos consumamos en la vorágine del mundo actual. La mejor forma de escuchar la voz de Dios es leyendo su Palabra, y la Lectio Divina, sin duda, te ayudará en eso.

Compartida en la página web de Refugio de Gracia, mayo de 2017.

¿Por qué diezmar?

“Traigan su diezmo al tesoro del templo, y así habrá alimentos en mi casa. Pónganme a prueba en eso, a ver si no les abro las ventanas del cielo para vaciar sobre ustedes la más rica bendición” (Malaquías 3:10, DHH).

Puede ser que en este tiempo, hablar del diezmo sea algo complejo, pero no por eso es algo que debamos callar. La corrupción financiera de algunos ministros evangélicos, o el mal uso de los dineros por algunos encargados de finanzas de las iglesias, no es razón suficiente para obviar este tema, pues la experiencia no es normativa. Nosotros creemos que la Biblia es nuestra única y suficiente regla de fe y de práctica. Y las potenciales falencias humanas son frenadas por el ejercicio transparente de rendición de cuentas, que en el sistema presbiteriano se hace con miembros de la iglesia local, cuyo informe es presentado al Presbiterio de manera semestral.

El diezmo no es una práctica que se origina con la ley. Vemos a Abraham haciéndolo varios años antes de su promulgación en el Sinaí (Génesis 14:20). Dicha práctica es ratificada en la ley de Moisés (Levítico 27:30-32; Números 18:21-28). En el Nuevo Testamento, cuando se habla del tema, no hay ningún indicio que permita decir que es una práctica obsoleta, por el contrario, se refiere al hecho que muestra el acto de Abraham, señalado con antelación (Hebreos 7:2-9). A su vez, en la ocasión en que Jesús habla con los fariseos respecto de las prácticas religiosas aparentes, les señala que daban el diezmo no haciendo caso “de la justicia y el amor a Dios”. A lo que añadió: “Debían haber practicado esto, sin dejar de hacer aquello” (Lucas 11:42 NVI). En otras palabras, Jesús está ratificando el diezmo, señalando que es parte de nuestra espiritualidad. La Biblia nos sigue diciendo, entonces, que debemos diezmar.

Timothy Keller hablando sobre este asunto señaló que: “Jesús ratifica el diezmo, pero dice que por sí solo no es suficiente. Es decir, para un cristiano, diezmar es el estándar mínimo de generosidad y de hacer justicia. Los creyentes en Cristo no están menos en deuda con Dios ni han sido menos bendecidos por Dios que los creyentes del Antiguo Testamento. Por tanto, no deberíamos pensar que el estándar de Dios de generosidad es menor para los cristianos que para los creyentes del Antiguo Testamento. ‘A todo el que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho’”*.

“Los creyentes no estamos simplemente en la iglesia. Cada uno de nosotros somos la iglesia. Y en el trabajo por la misión somos llamados a dar lo mejor de nosotros, lo que incluye nuestros recursos financieros, que son importantísimos para el desarrollo de los trabajos en la comunidad, como para los nuevos desafíos que tendremos por delante”**.

Pero por sobre todas las cosas debemos diezmar porque es un acto de adoración a Dios. Cuando diezmamos le estamos diciendo al Señor que Él es dueño del 100% de lo que tenemos, y que somos simples mayordomos, pues lo que damos fue lo que por pura gracia hemos recibido. El combate a la pagana teología de la prosperidad no nos debe llevar a dejar de afirmar lo que la Biblia dice al respecto: el Señor nos bendecirá. El texto de Malaquías es radical: ¡haga la prueba! Sea fiel en el diezmo y compruebe que Dios será fiel a lo que dijo. Él le bendecirá, Él le sostendrá, Él cuidará de usted. Luche contra la avaricia, porque es idolatría. No ponga su confianza en el dinero ni en su esfuerzo en el trabajo. Ponga su confianza en Dios que le provee de trabajo, fuerza y sustento. Sea adorador del único Dios verdadero.

La invitación, entonces, es a que sea fiel en el diezmo y generoso en sus ofrendas (2ª Corintios 9:7). Y si tiene dudas respecto de este tema, estoy disponible para conversar con usted.

Luis Pino Moyano.

Compartida en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, marzo de 2017.

_________________

* Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, p. 219.

** Este párrafo es una traducción y síntesis de ideas del folleto “Dízimo? Que tal uma luz sobre esse assunto”, de la Igreja Presbiteriana Chácara Primavera (2016).

¡Tenemos los ojos puestos en ti!

La primera reflexión del año debiese llevarnos a pensar en el devenir de dicho período de tiempo. Si bien es cierto, no todo cambió a las cero horas del 1 de enero, no está de más decir que un nuevo año siempre trae nuevos desafíos, oportunidades laborales y académicas, trabajos en la iglesia y, también expectativas. ¿Cómo afrontar todo eso? ¿Qué hacer?, es la pregunta.

El Antiguo Testamento registra la historia de un rey del Sur, llamado Josafat. Después de Salomón no había existido un rey tan piadoso, sabio y poderoso. Este hombre atacó uno de los peores pecados del pueblo de Dios: la idolatría; y junto con eso procuró la restauración del sacerdocio, lo que conllevó un renovado aprecio por la ley del Señor y el culto al Dios vivo y verdadero.

Pero no todo era calmo una taza del leche. Un ejército de estados vecinos, encabezados por los enemigos históricos, Moab y Amón, se dispusieron a atacar a Judá. Esto está relatado en 2ª Crónicas capítulo 20. El relato bíblico es muy claro en mostrar que Josafat no reunió al ejército, sino que llamó al pueblo a orar y ayunar, en actitud humilde y adoradora. El levita Jahaziel prorrumpió en la asamblea y profetizando aseguró la victoria de Dios por su pueblo. Es decir, habría que luchar. ¿Cómo? Los versículos 21 al 23 nos muestran la estrategia: ¡Cantando! Sin mover una espada lograron la victoria e, inclusive, tomaron los despojos de los enemigos (vv. 24, 25). El resultado fue triple: a) adoraron a Dios (vv. 26-28); b) los demás pueblos temieron a Dios (v. 29); y c) Dios les dio paz (v. 30).

Pero volvamos atrás. Los versículos 5 al 12 nos muestran una oración que eleva Josafat. El rey de Judá, un guerrero como la mayoría de los gobernantes antiguos, exclama al final de su plegaria diciendo: “¡No sabemos qué hacer; por eso tenemos los ojos puestos en ti” (v. 12, DHH). Nadie hubiese esperado que quien tenía la tarea de ser el estratega del pueblo clamara diciendo “no sabemos qué hacer”. Es muy interesante esto, pues no hablamos de alguien sin preparación. Pero, por sobre todo, hablamos de alguien que entiende quién es, y sabe que todo lo que tiene procede de Dios. Bonhoeffer, predicando sobre este texto, se cuestionó por las ocasiones en que en las cuales, en vez de súplicas y plegarias, presentamos a Dios agendas, programas terminados y órdenes.

Debiésemos recordar que si pasamos por un buen momento, lo peor que podemos hacer es llenarnos de orgullo, porque la batalla de la vida no es por fuerza ni poder, sino por el Espíritu de Dios (Zacarías 4:6). Debiésemos acordarnos de Jesús cuando pasamos por momentos malos, pues él fue un “varón de dolores, hecho para el sufrimiento” (Isaías 53:3), por lo que nadie nos puede comprender más que Él. Ante Dios es que debemos echar nuestras cargas. Por él debemos esperar. En Cristo estamos completos y hay plenitud de vida. En toda circunstancia, entonces, debemos aprender a orar diciendo: “¡No sabemos qué hacer; por eso tenemos los ojos puestos en ti”.

Si hay algo que debemos hacer este nuevo año es recordar que nuestra mirada siempre, en cualquier circunstancia, debe estar puesta en Dios. Pues, como diría Calvino: “Si Dios no nos ayuda, no solamente no podremos vencer, sino ni siquiera pelear”.

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, enero de 2017.

Orar y trabajar.

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“Ora y trabaja”, es un viejo lema del cristianismo. Y quisiera invitarle a pensar en dicha sintonía en esta reflexión mensual. Muchas personas disocian la oración de la acción, como si fueran cosas distintas. Entonces, suponen que hay momentos en los que hay que dejar de orar y ponerse a trabajar, “porque no todo se soluciona de rodillas”. En mi opinión esa idea parte de una premisa errónea, a lo menos por dos razones.

La primera razón es que orar es ya una acción, un trabajo que requiere disciplina, un esfuerzo cotidiano. Esto es tan así, que en muchas circunstancias de la vida pareciera que se hace pesado apartar un tiempo para orar. Es ahí donde aparece la idea de disciplina cotidiana, porque eso nos recuerda que la oración es un medio de gracia, que nos fortalece y alimenta, que genera intimidad con el Dios vivo y verdadero. Orar es algo que hay que hacer. “Oren sin cesar” (1ª Tesalonicenses 5:17).

La segunda razón, es que orar nos impone una agenda de trabajo, nos direcciona hacia objetivos que debemos cumplir y vivir. Como diría Bonhoeffer en su libro sobre los salmos, “No es la pobreza de nuestro corazón, sino la riqueza de la Palabra de Dios la que debe determinar nuestra plegaria”. Y es que no debemos orar a secas, sino conforme a la voluntad de Dios. Leer la Biblia orando es la mejor forma de clamar a Dios en los momentos de búsqueda de Él. Y esa oración te dice lo que debes hacer.

Pensemos, a modo de ejemplo, en el Padrenuestro (Mateo 6:9-13). El clamor inicial que reconoce un Padre nos invita a vivir como hijos, con alegría y respeto reverente. Luego se nos invita a vivir la adoración y a extender el Reino de Dios viviendo en la voluntad expresada en la Palabra. Después se nos invita a ser agradecidos por la provisión de Dios, a trabajar por ella con los medios que Él nos ha dado y a dar a quienes tienen necesidad. Posteriormente se nos invita a perdonar como hemos sido perdonados, pensando en que el perdón no borra el daño realizado, pero siempre será lo mejor, lo que debemos hacer. Y, finalmente, se nos invita a vivir en santidad luchando con la fuerza del Espíritu contra la tentación. Una oración breve como el Padrenuestro nos dejó mucha tarea por realizar. Partamos por vivir esto.

Ora diariamente, a solas y con tu familia. Reúnete con hermanos para orar en su necesidad. Ven a las reuniones de oración y vive la comunidad que ríe con los que ríen y llora con los que lloran. No dejemos de orar. Es parte de nuestro quehacer.

Luis Pino Moyano.

Compartida en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, julio de 2016.

La importancia de congregarse.

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Mientras viajo en el metro rumbo al seminario o de vuelta a casa, aprovecho de leer. En este tiempo estoy leyendo “Mero cristianismo” de C. S. Lewis, al que algunos conocen más por “Las crónicas de Narnia”. En medio de la lectura, me encontré con esta joya:

“El cristianismo es la historia de cómo llegó aquí el verdadero rey, disfrazado, si queréis, y nos convocó a todos para tomar parte en una gran campaña de sabotaje. Cuando acudís a la iglesia estáis escuchando la secreta telegrafía de nuestros amigos; precisamente por eso el enemigo está tan ansioso por impedirnos acudir. Lo hace aprovechándose de nuestra vanidad, de nuestra pereza y de nuestro esnobismo intelectual”.

Es esa lectura la que me invita a reflexionar, muy brevemente, sobre la importancia de congregarse. A partir de la lectura de Lewis podemos decir que es fundamental congregarse. Es en la reunión del pueblo de Dios donde escuchamos el mensaje de nuestro Rey y Señor, de su salvación y de la certeza y esperanza de su triunfo “ya, pero todavía no”. Es el momento en que mediados por la lectura de la Palabra, de la Revelación de Dios, que nos acercamos a adorarle, y en la adoración a conocerle.

Por ello, no es menor lo que Lewis también señala. No es menor no querer congregarse. Es parte del trabajo de Satanás darte muy buenas razones para dejar de hacerlo. Y sí, también pienso en la casuística de la enfermedad o del trabajo en turnos, pero aún en esas situaciones debe haber tristeza por no poder congregarse y buscar mecanismos para hacerlo en el futuro. ¿Qué te lleva a dejar de reunirte en adoración al Dios de la vida junto al pueblo de Dios en el día que el Señor separó para ello? ¿Es la “vanidad” que te hace creer autosuficiente, llevándote a pensar sólo en cosas que perecen? ¿Es la “pereza” que te hace pensar que si no descansas el domingo no podrás andar bien en la semana, olvidando que tu verdadero descanso está en Cristo? ¿O es el “esnobismo intelectual” que te lleva a pensar que escuchando a los mismos predicadores nunca aprenderás nada “nuevo” olvidando que el evangelio es una “vieja” buena noticia? Sea la razón que sea, debes tirarlas al tacho de la basura y retomar la disciplina de congregarte.

No olvides nunca el salmo 133, pensando en los versículos 1 y 3: “¡Cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos convivan en armonía” […] Donde se da esa armonía, el SEÑOR concede bendición y vida eterna”. Es en la reunión de los redimidos donde puedes vivir la bendición del Dios que te salvó. No hay otro lugar mejor en esta tierra. ¡No dejes de congregarte!

Luis Pino Moyano.

Compartida en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, junio de 2016.

Siempre los mismos.

Es muy probable que haya escuchado por primera vez esta expresión en la iglesia a los 18 años, cuando comencé a ser delegado de mi congregación ante el Departamento Juvenil nacional, en la iglesia pentecostal a la que asistí hasta diciembre de 2009. Hoy tengo 35 años, y he seguido escuchando esta expresión. Una y otra vez, cada cierto tiempo, vuelve a aparecer. A veces, el “siempre los mismos” es una queja frente a grupos de liderazgo cerrados, que no darían posibilidades de servir a otros que tendrían los dones dados por Dios para contribuir a la edificación y alegría de su pueblo. En otras ocasiones, el “siempre los mismos” es el reclamo desesperado de quienes ejercen el liderazgo en algún grupo de la iglesia, o que participan activamente de ella, quienes se ven desalentados ante la escasa respuesta de los miembros de la comunidad a las hermosas y edificantes actividades que se han preparado. ¿Cómo responder a esto?

Quienes tienen dones dados por el Espíritu Santo no necesitan presentar currículum vitae para trabajar en la iglesia, porque para ello la comunidad cuenta con el discernimiento que da el Espíritu Santo, y que permite a los suyos generar los espacios de trabajo para el bien de ella y la gloria de Dios. Entonces, ¿qué debo hacer para comenzar a trabajar? Algunas posibilidades: 1) participa de las actividades de la iglesia de manera continua, es ahí donde las personas pueden conocer acerca de tus dones; 2) no es necesario que se te dé un cargo para comenzar a trabajar, pues en la perspectiva protestante del “sacerdocio universal de todos los creyentes” todos podemos trabajar: reúnete a orar y a discipular a otro (avísanos a los miembros del equipo pastoral para saber de aquello, orar por ti, y ayudarte en lo que sea necesario); y 3) propone ideas de trabajo y ofrécete a trabajar en ellas, porque la idea no es aumentar la agenda de los que ya tienen una copada.

A veces, el reclamo del “siempre los mismos” tiene una dosis de reclamo injusto, porque siempre habría algo que criticar: que no me gusta este sujeto, que su tono de voz cuando canta, que sus predicaciones son muy cortas, o este hermano que es “larguero” cuando predica, que su idea no fue tan buena, que la planificación aquí y allá. Y sí, es innegable que quienes conformamos la iglesia, como santos-pecadores que somos, podemos cometer una infinidad de errores, y éstos deben ser reparados. No debemos jactarnos de aquello que fue hecho mal, ni gloriarnos de nuestra falta de excelencia porque las cosas “las hacemos para el Señor” (¡…!). Pero, siempre es fácil criticar a quienes están en la primera línea de batalla cuando tú no te has dispuesto a trabajar. Puede que el hermano no tenga “dedos para el piano” en lo que está haciendo, pero tú que los tienes, ¿qué estás haciendo? ¿Simplemente ser un espectador de lo que pasa a tu lado? Como diría el pastor Timothy Keller: “Todos dicen que quieren comunidad y amistad, pero huyen cuando eso significa rendir cuentas y comprometerse”. Por otro lado, hay un dicho español que aprendí hace varios años cuando leía un libro de Homilética (la disciplina de preparar sermones bíblicos), que decía “nuestro vino es agrio, pero es nuestro”. Es muy probable que tus expectativas respecto de la iglesia, en esta crítica injusta, estén basadas en el consumo de iglesia y no en el amor que sostiene y corrige al hermano según sea necesario. ¿Cuál es tu filtro de evaluación? ¿La Biblia o tus ideas?

En el caso de los líderes, cuando presentan este reclamo del “siempre los mismos” debiesen hacerse algunas preguntas: 1) ¿la actividad preparada está leyendo correctamente el momento de la iglesia y sus necesidades?; 2) ¿es sólo la irresponsabilidad de los hermanos que se ausentan la causa de la baja asistencia?; 3) ¿tenemos como centro la gloria de Dios o nuestra propia gloria?; 4) ¿necesariamente la evaluación de lo que se realiza deben ser los números? A veces, el reclamo de los líderes de “siempre los mismos” puede parecer justificado, pero no lo es. Simplemente se está denotando un corazón farisaico que quiere “echar más carga que la que otros pueden llevar”. Porque, aunque sea una lectura errónea de la vida de la iglesia realizada por ti, o por tu equipo de liderazgo, o lisa y llanamente el fruto de la irresponsabilidad pecaminosa de quienes no se comprometen con nada, el centro de lo que hacemos debe estar en la gloria del Señor, lo que nos lleva a edificar al pueblo de Dios procurando su bienestar espiritual. Mi exhortación para ti es que sigas trabajando, no te desalientes. La semilla en ocasiones es sembrada con lágrimas en los ojos, pero siempre, si Dios te envío a desarrollar una labor en la iglesia o en la sociedad, más allá del trabajo de quien la lanza, sin dudas crecerá y traerá a su tiempo mucho gozo (lee el Salmo 126).

Cuando estaba pensando en escribir estas líneas se me vinieron muchas historias de la Biblia a la cabeza. José vendido por sus hermanos, acusado falsamente de intentar violar a una mujer, en un calabozo por años, aparentemente olvidado por Dios (léase Génesis capítulos 37, 39 y 40). O Moisés, trabajando en la liberación del pueblo de Dios y caminando con ellos a la tierra prometida, mientras la gente seguía teniendo en su cabeza todo lo “bien” que estaban cuando eran esclavos en Egipto (léase desde Éxodo a Deuteronomio para aprender de la paciencia). O a Pablo, diciéndole a su hijo espiritual Timoteo que se siente solo y desamparado, aunque puede ver actuando a Dios en medio de su prisión (léase 2ª Timoteo 4:9-18).

Pero sin lugar a dudas, la historia bíblica que más me hace sentido a la hora de pensar en el “siempre los mismos” es la de Jeremías. Este hombre oriundo de Anatot de la tribu de Benjamín, fue llamado por Dios siendo un inexperto y joven hombre para profetizar. Particularmente su dura palabra apuntaba a la apostasía y el olvido de Dios por parte de la gente (léase Jeremías 2:13), llamándoles al arrepentimiento y anunciando el cautiverio en Babilonia. Mientras en el otro lado, había profetas que anunciaban lo contrario a Jeremías, no reprendiendo el pecado y diciendo que vendría la paz (léase Jeremías 6:13-15). Si uno sigue la lectura del libro, podríamos darnos cuenta que la gente de Judá, de su pueblo e inclusive de su familia le deja solo. La gente procura lo malo para el profeta de Dios. llegando a estar preso por el mensaje que proclama. Somos injustos cuando llamamos a Jeremías coloquialmente “el profeta llorón”, cuando hay razones profundas por las cuales llorar.

Pero hay cosas que me gritan fuerte de este libro. Dios reanima a Jeremías diciéndole: “Si te arrepientes, yo te restauraré y podrás servirme. Si evitas hablar en vano, y hablas lo que en verdad vale, tú serás mi portavoz. Que ellos se vuelvan hacia ti, pero tú no te vuelvas hacia ellos. Haré que seas para este pueblo como invencible muro de bronce; pelearán contra ti, pero no te podrán vencer, porque yo estoy contigo para salvarte y librarte -afirma el Señor-. Te libraré del poder de los malvados; ¡te rescataré de las garras de los violentos!” (Jeremías 15:19-21, el destacado es mío). Si sabes que estás trabajando para Dios cuenta con su ayuda, debes saber que es Él quien puede sostenerte de verdad y que debes seguir trabajando, por más que la lucha parezca infranqueable. En las palabras que destaqué está lo que más debes tener en claro cuando piensas en el “siempre los mismos”. Los demás deben comenzar a colaborar en la obra de Dios y no tú dejarla para acomodarte a los demás. Por ello, es que debo decirte lo siguiente: Jeremías es un sujeto muy importante para entender lo que significa el éxito ministerial. El éxito ministerial no está dado en ser famoso, en las palmaditas en el hombro, en las citas de Facebook que la gente anota de tus sermones, enseñanzas o libros, ni en cuán llena está la iglesia. ¡Nadie se convirtió con el mensaje de Jeremías! ¿Estaba equivocado el profeta entonces? ¿No fue exitoso? No estaba equivocado, porque el éxito ministerial se mide por el hacer la voluntad de Yahvé el Dios Todopoderoso.

Por eso es que podemos ver, más adelante a Jeremías orando desgarradamente a Dios, como probablemente en algún momento de tu vida también lo has hecho: “¡Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir! Fuiste más fuerte que yo, y me venciste. Todo el mundo se burla de mí; se ríen de mí todo el tiempo. Cada vez que hablo, es para gritar: ‘¡Violencia! ¡Violencia!’ Por eso la palabra del Señor no deja de ser para mí un oprobio y una burla. Si digo: ‘No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre’, entonces su palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. He hecho todo lo posible por contenerla, pero ya no puedo más” (Jeremías 20:7-9). La burla y el desaliento frente a la indiferencia pueden volverse atroces, al nivel de no querer seguir haciendo lo que Dios te ha mandado a realizar. Pero Dios es el que hace que tu corazón arda y que su misión se vuelva incontenible. Tanto así, que en medio de la oscuridad vivida y el deseo de que Dios haga justicia, emerge la luz, la luz de la Palabra y de la certeza espiritual que te grita en alta voz en tu corazón que Dios está contigo. “Pero el Señor está conmigo como un guerrero poderoso”, es lo que dice el profeta en el capítulo 20, versículo 11. Lo realmente importante, entonces, es cambiar el “siempre los mismos”, por el “siempre el mismo”, con una tremenda sonrisa en tus labios, y un gozo en el alma verdaderamente grande. Si el mismo Dios está contigo siempre, lo demás es secundario.

Trabaja. Sería ideal que toda la iglesia estuviera comprometida trabajando, pero no siempre es la realidad.

Trabaja. La semilla germinará. No es tu esfuerzo, es la presencia viva y real de Dios.

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, agosto de 2017.