Hacia un entendimiento integral de la disciplina eclesiástica.

Existen tres marcas para reconocer una iglesia verdadera: la predicación fiel de la Palabra de Dios, la correcta administración de los sacramentos (dos, la Cena del Señor y el Bautismo) y la aplicación de la disciplina eclesiástica. Eso hace que hablar de disciplina sea un tema sumamente relevante a la hora de pensar la iglesia de Cristo y nuestra relación como creyentes que somos parte de una comunidad, miembros de ella, con los derechos y responsabilidades que ello implica. Se trata, sin exagerar, de un tema vital para la vida de la iglesia. 

Disciplina es una palabra que tiene mala prensa, tanto que cuando se le menciona, suena inmediatamente a castigo. Pero en la Biblia no es así. Literalmente en el Nuevo Testamento  la palabra disciplina significa “enseñanza” o “formación”, dando cuenta de un entrenamiento que se desarrolla en la caminata de la fe. Por eso ella instruye y alienta, corrige y restaura. La disciplina está imbricada de manera inseparable con el discipulado perpetuo de los creyentes. Respecto de eso, R. C. Sproul señala: “Una iglesia es responsable de la nutrición espiritual de sus miembros, de que la gente crezca en su fe y progrese en su santificación. Por lo tanto, se requiere la disciplina para mantener la iglesia libre de infecciones con impurezas y corrupción” [1]. 

Soy miembro y oficial de la Iglesia Presbiteriana de Chile, y ella en su Estatuto tiene un libro completo sobre la temática (Libro VI),  en el que se conceptualiza la disciplina eclesiástica y se regula la ejecución de un proceso, de manera consistente a la Escritura, nuestra confesionalidad, norma estatutaria, e incluso el estado de derecho del país. En dicho estatuto, se entiende la disciplina como el ejercicio de la autoridad y la aplicación del sistema de leyes que el Señor ha establecido en su iglesia, comprendiendo el cuidado y dirección de la iglesia sobre sus miembros, oficiales y tribunales u organizaciones. Se la entiende como el “ejercicio ordenado y oportuno de la autoridad conferida a la Iglesia por nuestro Señor Jesucristo” (Art. 123), que tiene como finalidad “defender la verdad y restablecer la gloria y autoridad de Cristo ante una o más ofensas, mediante la remoción y supresión del escándalo, la sanción de las ofensas para el bien espiritual de ofendidos y ofensores, la conservación y promoción de la pureza de la doctrina, la edificación de la Iglesia y el arrepentimiento del o los ofensores” (Art. 124). ¿Cómo se entiende la ofensa? A mi juicio, es una de las cosas más preciosas de esta norma estatutaria, toda vez que no se plantea una lista de pecados, sino más bien una descripción amplia, que permite la distinción de oficiales y miembros (los primeros como más responsables), junto con el discernimiento de agravantes y atenuantes. Se señala: “Ofensa es todo aquello que es contrario a las Sagradas Escrituras y a la doctrina expresada en los símbolos de fe de la IGLESIA PRESBITERIANA DE CHILE o a este estatuto, o que, aun cuando no es por su propia naturaleza ofensivo, puede tentar a otros a que ofendan o a destruir la edificación espiritual de otro creyente, sea en el actuar de un miembro, de un oficial, de un grupo, de un consejo o de un tribunal de la IGLESIA” (Art. 127). 

Teniendo todo esto en mente, abordaré a continuación la temática de la disciplina eclesiástica, a partir de tres preguntas que le haré al texto bíblico: a) ¿por qué es necesaria la disciplina eclesiástica?; b) ¿cómo ejercer la disciplina eclesiástica?; y c) ¿qué hacer luego de la disciplina eclesiástica?

1. ¿Por qué es necesaria la disciplina eclesiástica? 

“Claro que ninguna disciplina nos pone alegres al momento de recibirla, sino más bien tristes; pero después de ser ejercitados en ella, nos produce un fruto apacible de justicia. Levanten, pues, las manos caídas y las rodillas entumecidas; enderecen las sendas por donde van, para que no se desvíen los cojos, sino que sean sanados” (Hebreos 12:11-13, RVC).

Es muy interesante cómo entiende el ejercicio de la disciplina eclesiástica el autor desconocido de la carta a los Hebreos. La analogía con la práctica deportiva es más que útil, pues nos presenta las ideas de rigurosidad, salud y beneficio para la vida. Combinando textos de Proverbios e Isaías se nos presenta que la disciplina produce salud para la iglesia, sobre todo cuando nos sometemos voluntaria y humildemente a ella, lo que traerá paz. Estamos en presencia de la evidente relación de justicia y paz. La disciplina no puede ser juzgada a cabalidad por el dolor que produce inicialmente, sino por su fruto. 

El texto nos presenta la finalidad de la disciplina eclesiástica al decirnos que ella busca que el pecador se acerque a Dios y renueve su comunión espiritual con Él. La debilidad y flojera espiritual son figuradas por “las manos caídas y las rodillas entumecidas”, por lo que la disciplina es comparada con la terapia deportiva que rehabilita al atleta lesionado preparándole para una nueva carrera. Esta rehabilitación estará completa cuando haya sanidad de las heridas producidas en el pasado, y cuando se entreguen herramientas para evitar el mismo tropiezo o peligros similares. Es una preocupación espiritual y ética cuidar el bienestar de los creyentes con un entendimiento integral de la disciplina eclesiástica, permitiendo que los débiles, “los cojos” en el texto, no vacilen en su fe. 

2. ¿Cómo ejercer la disciplina eclesiástica?

“Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo cuando él y tú estén solos. Si te hace caso, habrás ganado a tu hermano. Pero si no te hace caso, haz que te acompañen uno o dos más, para que todo lo que se diga conste en labios de dos o tres testigos. Si tampoco a ellos les hace caso, hazlo saber a la iglesia; y si tampoco a la iglesia le hace caso, ténganlo entonces por gentil y cobrador de impuestos. De cierto les digo que todo lo que aten en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo. Una vez más les digo, que si en este mundo dos de ustedes se ponen de acuerdo en lo que piden, mi Padre, que está en los cielos, se lo concederá. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos” (Mateo 18:15-20 RVC). 

El texto de Mateo que registra las palabras de Jesús (¡nuestro Señor!), presenta con claridad un proceso que consta de tres etapas: primero, en privado; luego, ante testigos; y, finalmente, ante la iglesia. Estos pasos denotan que el objetivo de la disciplina es el arrepentimiento y el cuidado de ofendidos y ofensores, reduciendo el conocimiento público del daño causado. Dicha reducción no es ocultamiento, sino un acto que no disocia la verdad del amor, con un preclaro entendimiento del daño que produce el pecado en la vida de la iglesia. Todo pecado en la comunidad, se hace a expensas de ella, dañando la vida de los creyentes y de la iglesia. La corrección evita la humillación pública del ofensor, ayudándole así a su restauración. Esto presenta una verdad de máxima relevancia para la vida de la iglesia: si yo soy mano en el cuerpo, y uno que es pie sufre daño, yo también sufro porque soy parte del mismo cuerpo. Estamos en presencia de una verdad de la doctrina de la iglesia que ataca la indiferencia y el descuido frente a la vida de quienes llamamos con amor y realismo hermanos. 

Expliquemos de manera breve los pasos:

  • El primer paso es la instancia privada entre ofendido y ofensor. Este paso busca facilitar la confesión del pecado. Si se puede corregir a alguien en privado, no existe la necesidad de hacerse público su pecado. Es la etapa de la corrección fraterna caracterizada por el amor. 
  • El segundo paso, sigue siendo una instancia privada, salvo que el ofendido busca ser acompañado por dos o tres testigos que salvaguarden su testimonio, dando legitimidad a sus palabras y acciones. Es el paso en que otros escuchan, también, la otra versión de los hechos, propendiendo con ello a una posible mediación que busque acercar posiciones y arreglar aquello que fue dañado. 
  • El tercer paso apela a la comunidad. La comunidad tiene la autoridad para arreglar sus problemas internos. Es interesante que esta es una de las pocas ocasiones que los evangelios hablan directamente de “iglesia”, y esté precisamente en el contexto de la disciplina en ella. Este paso da cuenta de la necesidad de una forma de gobierno. Cuando un tribunal de la iglesia juzga a los miembros de ella, es la iglesia la que está haciéndolo. Es más, si sus líderes actúan responsablemente, bajo la dirección del Espíritu mediante la Palabra, la decisión es la de Dios. 

Aquí surge una pregunta más que válida: ¿qué pasa si el ofensor no acepta la disciplina de la iglesia? En los tiempos de Jesús existían comunidades religiosas que expulsaban a los miembros de ella sin ningún miramiento, siendo los esenios un ejemplo de ello. Todo el procedimiento enseñado por Jesús busca evitar que esto ocurra, pero abre la puerta para que en ciertas ocasiones esta medida sea tomada. Y la ocasión es clara: cuando el ofensor no acepta la disciplina, poniendo con ello en riesgo el bienestar de la comunidad. Cuando la NVI traduce “gentil y cobrador de impuestos” como “incrédulo o renegado” está poniendo el sentido de lo que quiso decir Jesús con su comparación. Los creyentes cristianos tienen en casos como estos razones fundadas para apartar al ofensor contumaz de la adoración comunitaria, suspendiendo incluso las relaciones sociales de dichos sujetos con los miembros de la comunidad. Un ejemplo de este tipo de castigo puede encontrarse en el caso del joven que tenía una relación adúltera con su madrastra en el seno de la iglesia de Corinto (1ª Corintios 5:1-13). 

Para una comprensión integral de la disciplina eclesiástica, es sumamente necesario no perder de vista lo que dicen los versículos 18 al 20. Dicho fragmento nos muestra que cuando se siguen fielmente las directrices enseñadas por Jesús, el mismo Dios del cielo aprueba las decisiones de la iglesia. El versículo 18 dice: “De cierto les digo que todo lo que aten en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo”. Como dice una nota de la Biblia Nácar Colunga: “Los términos atar y desatar tienen un sentido jurídico en la literatura rabínica de los tiempos de Cristo, y equivalen a prohibir y permitir, respectivamente, en el orden moral” [2].  Por su parte, los versículos 19 y 20 dicen: “Una vez más les digo, que si en este mundo dos de ustedes se ponen de acuerdo en lo que piden, mi Padre, que está en los cielos, se lo concederá. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos”. Es preponderante decir que estos versículos que comúnmente se dicen respecto de la oración y del culto, están en un texto que explícitamente hablan de la disciplina eclesiástica. Los principios que se obtienen de aquí nos enseñan que la oración nos pone la agenda también en el marco de la disciplina, pues nos libra tanto del espíritu vengativo como de la impunidad. Además, el Señor Jesús está presente está presente en la actividad judicial de la iglesia, lo que debiese llenarnos de convicción, esperanza, como también de profundo temor y temblor.

3. ¿Qué hacer luego de la disciplina eclesiástica? 

“Pero si alguno me ha causado tristeza, no me la ha causado sólo a mí sino, en cierto modo, a todos ustedes (y espero no exagerar). El castigo que muchos de ustedes le impusieron a esa persona, es suficiente. Ahora deben perdonarlo y consolarlo, pues de lo contrario podría consumirlo la tristeza. Por tanto, les ruego que confirmen su amor hacia él. También les escribí para comprobar la obediencia de ustedes en todo. Así que a quien ustedes perdonen, yo también lo perdono. Y se lo perdono, si es que hay algo que perdonar, por consideración a ustedes en la presencia de Cristo; no vaya a ser que Satanás se aproveche de nosotros, pues conocemos sus malignas intenciones” (2ª Corintios 2:5-11 RVC). 

Esta porción escritural nos habla de una persona que ha causado serios problemas a la comunidad en Corinto, tanto que se le impuso un duro castigo luego de un proceso disciplinario. El ofensor ha mostrado genuino pesar y arrepentimiento, por lo cual Pablo exhorta a que se le levante la disciplina, restaurándole con amor a la plena vida comunitaria. No perdamos de vista lo siguiente: Pablo no está cuestionando el proceso disciplinario. Es más, confía en los líderes que lo llevaron a cabo y señala el acierto en la ejecución del mismo. 

Lo que sí Pablo cuestiona es que se mantenga el castigo de un miembro que ya se ha arrepentido, al que Cristo había perdonado, y al que Pablo, de manera concordante, también mostró la misma acción. Él exhorta a los hermanos corintios que hagan lo mismo, que le reconcilien con cariño y levanten su sanción, pues si no lo hacen se terminará destruyendo al hermano, lo que no está en el propósito de la disciplina. De hecho, según el texto, Satanás puede salir victorioso si la iglesia, que ve el cambio en el corazón del pecador, se mantiene dura y sin perdonar a quién le ha dañado. No causemos dolores innecesarios aumentando tristeza y culpabilidad en quien ha sido perdonado.

¿Qué nos enseña este texto para la iglesia del presente?

  • La disciplina no debe convertirse en un acto de rigor inmisericorde en el cual no haya lugar para el perdón y la restauración. Si hay arrepentimiento genuino, también debe haber reintegración completa.
  • No debiéramos permitir nunca que un pecador perdonado se aparte del cuerpo de creyentes y abandone la fe, por la falta de amor de la iglesia. La falta de perdón no sólo daña al ofensor, sino a toda la iglesia. La falta de perdón es evidencia de un corazón endurecido que se cierra a manifestar la gracia de la que hemos sido beneficiarios sin merecerla. 
  • De aquí se desprende un principio para la práctica muy interesante: no es necesario poner plazos a la disciplina en una escala temporal (meses, años), sino declararla indefinida hasta que haya arrepentimiento que conduzca a la reparación y la restauración.

Para reflexionar y practicar. 

No debemos olvidar nunca que los objetivos de la disciplina de la iglesia son la gloria de Cristo, la pureza de la iglesia y la restauración del pecador.

Debiésemos entender, sobre todo quienes somos líderes en la iglesia, que no hay intocables en la comunidad cristiana. Que quienes somos miembros de la iglesia somos, por ello, susceptibles de ser disciplinados. Quienes somos miembros de la iglesia debemos recordar que “al que se le da mucho, también se le exigirá mucho; y al que se le confía mucho, se le pedirá más todavía” (Lucas 12:48b RVC); y “Porque con el juicio con que ustedes juzgan, serán juzgados; y con la medida con que miden, serán medidos” (Mateo 7:2 RVC). Esto nos ayudará a conducirnos con clara conciencia de la vocación que nos ha sido encomendada, junto con la acción en justicia cuando nos toque participar de un proceso disciplinario. Ser oficial de la iglesia es un privilegio y una responsabilidad. 

Quien no acepta la disciplina actúa en rebeldía ante Dios y la comunidad. Podemos escapar de la disciplina de la iglesia, pero de la de Dios no podemos escapar. Dios es justo y no puede ser burlado con triquiñuelas y acomodos que pervierten el sano ejercicio de la disciplina eclesiástica. La ley de la siembra y la cosecha es inexorable desde la perspectiva creyente (Gálatas 6:7-9).

¡La disciplina siempre es un acto pastoral! No hay disociación entre cuidado de los creyentes y su disciplina. David Hormachea lo explica de muy buena manera en uno de sus libros cuando dice: “Ningún hombre puede hacer algo tan malo que haga que Dios le ame menos. Ni puede hacer algo tan bueno que haga que Dios le ame más. […] Dios siempre nos ama, su amor no varía. Él es el mismo por todos los siglos. En Él no hay sombra de variación. Su amor es permanente e invariable. Cuando hacemos lo malo, Dios nos ama. Cuando hacemos lo bueno, también nos ama. Nunca deja de amarnos, solo que la manifestación de su amor es distinta dependiendo de nuestra actuación. Cuando hacemos bien nos anima y se alegra. Cuando nos equivocamos, nos exhorta y nos sigue amando. Cuando nos rebelamos, nos disciplina y nos sigue amando. / Nuestro deber como pastores, como consejeros, como miembros de las congregaciones es imitar el maravilloso amor de Dios. Debemos amar a los que pecan, a los que no les hemos descubierto su pecado, a los que pecan en aspectos poco escandalosos y hasta a los que dicen que no pecan. Debemos amar siempre. A veces recompensamos una obra bien hecha y mostramos nuestro amor con estímulos y recompensas. A veces disciplinamos una mala actuación o un acto pecaminoso expulsando a los rebeldes y restaurando a los arrepentidos; sin embargo, en todos los casos debemos actuar con amor. Ese amor que abraza, besa, acaricia, exhorta, anima, separa o expulsa y que nunca varía aunque lo manifestemos en forma distinta” [3]. La disciplina es un acto de amor. 

Debemos orar para pedir ayuda a Dios, ya sea para perdonar a quienes nos han dañado, como para dar el paso de pedir perdón, según lo que el mismo Padrenuestro nos enseña. Luego de eso, busca encontrarte con el hermano o hermana que has dañado o que te dañó, y procura la reconciliación. Confiesa tus pecados a Dios. También puedes confesar tus pecados a un hermano de confianza para que te ayude a orar, y con ello, dar tranquilidad a tu conciencia, conduciéndote con fe a la sanidad que Dios puede darte (Santiago 4:12). 

Charles Spurgeon, en su Discursos a mis estudiantes, decía que “No permitamos que nuestra predicación recta y fiel degenere en regaños a la congregación. Algunos llaman al púlpito ‘Castillo de los Cobardes,’ y tal nombre es propio en algunos casos, especialmente cuando los necios suben a él e insultan impúdicamente a sus oyentes, exponiendo al escarnio público sus faltas o flaquezas de carácter” [4]. Ni el púlpito ni las conversaciones de pasillo ni las redes sociales son el espacio para la disciplina. Esa es una actividad propia de la comunidad delegada en sus autoridades. No contamine a la iglesia con su imprudencia. Ella no castiga con justicia ni sana restaurando corazones. Sólo produce daño. Daña a personas, daña comunidades y daña el testimonio del evangelio. En definitiva, daña al mismo Jesús. 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] R. C. Sproul. Todos somos teólogos. Una introducción a la Teología Sistemática. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 2015, p. 283. 

[2] Sagrada Biblia Nácar-Colunga. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1969, p. 1069. Nota a Mateo 18:18. 

[3] David Hormachea. El adulterio. ¿Qué hago? Nashville, Grupo Nelson, p. 266. 

[4] Charles Spurgeon. Discursos a mis estudiantes. El Paso, Casa Bautista de Publicaciones, 1996, pp. 154, 155.

La miseria de las modas que reclaman originalidad. Hacia una teología libre de colonizaciones.

Luis Pino Moyano*.

Publicada originalmente en Estudios Evangélicos

Quiero comenzar relevando una premisa a ser tenida en cuenta en la lectura de este artículo: toda producción teológica es contextual. Sea que estudiemos los credos, las confesiones de fe, las predicaciones, los discursos, los libros de teología y de otras materias, las memorias, en síntesis, toda la producción de distintos cristianos en el tiempo, sigan o no sigan posiciones ortodoxas, todos hablaron respondiendo a preguntas que se hicieron en un determinado marco temporal. Así como no es lo mismo leer el Salmo 23 en la prisión que leerlo gozando de la libertad, no es lo mismo hacer teología en el medioevo que en la modernidad, en Europa o en América Latina. Como plantea René Padilla: “Ni la interpretación, ni la comunicación del evangelio se realizan en el vacío: siempre se realizan en un contexto cultural y son condicionados por el mismo” [1]. Esto, claramente reviste un problema, en el sentido de las interrogantes que genera, como de los debates que posibilita, pero a la vez, da cuenta de la riqueza histórica del cristianismo, una fe que se ha hecho carne en tiempos y espacios diversos, con un fuerte sentido comunitario. 

La tesis que declara que “toda teología es contextual”, no viene a contrarrestar, como una lectura rápida, o de plano antojadiza, pudiese llevar a presuponer, ni la ortodoxia de un cristianismo histórico ni la confesionalidad de las distintas iglesias protestantes. Tampoco es una declaración anárquica, pues la crítica a la autoridad papal y conciliar emergida en la Reforma del siglo XVI, no tuvo que ver con la idea de un “libre examen” ejecutado por individuos, sino más bien la liberación del peso autoritativo dado a un Magisterio que en cuestiones fundamentales iba contra la Palabra de Dios [2]. Tampoco es una fórmula que abre el camino, necesariamente, a la originalidad o la innovación teológica, puesto que la reafirmación de lo dicho por las generaciones pasadas del cristianismo puede ser acompañada de un sometimiento estricto a la “Sola Scriptura”. La historia eclesiástica es la historia de la comunidad, por ende, es el estudio de los creyentes en el tiempo [3], de hermanos nuestros del pasado, que deben ser comprendidos con rigurosidad analítica y, a la vez, con lentes evangélicos que son un producto del amor. Hacer tabula rasa de siglos de “Cristiandad” para un supuesto retorno a la simpleza de la iglesia primitiva, no es otra cosa que una ofensa a la memoria del testimonio cristiano, como también la excusa para el pastiche posmoderno de un cristianismo individualizado, que aunque no lo persiga, levanta discursos que se transforman en dogma y organizaciones bajo lógicas institucionales, en las que sólo los iniciados en la fe innovadora tienen cabida. 

Por otro lado, la idea de una teología contextual es una idea más ligada a la espiritualidad que a la relevancia comunicacional y/o performática, pues deja abierto el camino del asombro del estudiante de la Palabra y la fe, pues, ¿cómo podemos acercarnos al discurso sobre Dios sin asombro ante la otredad cognoscible pero incomprensible del Todopoderoso [4]? ¿Es posible acercarnos al estudio de la fe con todas las preguntas cerradas? Si la respuesta a dicha pregunta fuese afirmativa, ¿para qué tener seminarios teológicos si con la catequesis de la iglesia local basta? 

En algunos foros, conferencias o conversatorios en los que me ha tocado participar recientemente, he visto con preocupación los comentarios de asistentes a los mismos, o de ausentes que reclaman desde la tribuna que les brindan sus redes sociales, sobre la ausencia de una teología latinoamericana, poscolonial o decolonial. Y manifiesto mi preocupación, porque dicha argumentación tiende a ser usada para anular a un otro que difiere de las ideas que para el sujeto que las enuncia son un sentido común que conforma la realidad. Y eso, además de ser un argumento de autoridad, presenta una incoherencia a la hora de entender el “pensamiento crítico”, puesto que uno de sus presupuestos fundamentales es que siempre se debe sospechar del conocimiento que se constituye en sentido común. Y aquí, huelga decirlo, mucho de lo que hoy se presenta como pensamiento crítico no es más que discurso estático, no susceptible de crítica, porque introducir prismas, fisuras o rupturas teóricas es “fascismo”, o lectura “derechizante”, o discurso funcional a las clases dominantes. Umberto Eco, plantea, al contrario de dicha lectura, que es propio del fascismo entender el desacuerdo como traición. Señala explícitamente que: “El espíritu crítico realiza distinciones, y distinguir es señal de modernidad. En la cultura moderna, la comunidad científica entiende el desacuerdo como instrumento del progreso de los conocimientos. […] El desacuerdo, es, además, un signo de diversidad. El ur-fascismo crece y busca consenso explotando y exacerbando el natural miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos” [5]. 

Sin lugar a dudas, los estudios culturales han hecho un tremendo aporte desde lo poscolonial o decolonial, a la hora de rescatar a los sujetos “subalternos”, relevando con él cualquier tipo de dominación existente. Para autores como John Beverley, la globalización produce patrones que derivan en sujetos que no tienen la capacidad de narrar sus historias y configurar su identidad. Y aquí entran en tensión el escuchar al pobre como acto de solidaridad junto con la incapacidad académica de representar al “otro” [6]. Esa incapacidad parte de un problema en la matriz de las ciencias sociales, a saber, su configuración eurocéntrica. Immanuel Wallerstein señala que: “La ciencia social ha sido eurocéntrica a lo largo de su historia institucional, es decir, desde que existen departamentos dentro del sistema universitario que enseñan ciencia social. Esto no es sorprendente en lo más mínimo. La ciencia social es producto del sistema mundo moderno, y el eurocentrismo es constitutivo de la geocultura del mundo moderno” [7]. Esta visión eurocéntrica no sólo reporta un modo de entender la realidad, sino también una configuración identitaria bajo la idea del ego-moderno que “piensa y luego existe”, como de una “voluntad de poder”. Nos hemos visto obligados en muchas ocasiones a hacer uso de ciertas “modas teóricas”, para no parecer teóricamente anquilosados, comprendiendo una sociedad sin conocernos a nosotros mismos [8]. A propósito de la narrativa de vencedores y vencidos, Aníbal Quijano propone una reoriginalización del relato histórico que haga que los vencidos no se vean obligados a la imitación, a la simulación de lo ajeno y a la vergüenza de lo propio. Para Quijano esta es la razón por la cual al imponerse el patrón de poder, se le priva al sujeto subalterno de expresar libremente su opinión [9]. Situaciones como esta las hemos visto en la circulación de ideas teológicas en América Latina, en las cuales los libros de autores estadounidenses copan el mercado editorial evangélico, en los que en ocasiones se ve un traspaso civilizatorio más que bíblico, la confusión entre cosmovisión cristiana con derecha evangélica y el traspaso de recetas para el éxito en vez de herramientas que invitan a pensar la realidad propia. 

Ante esta situación Chakrabarty propone la tarea de “provincializar Europa”, es decir, evitando un rechazo simplista y desenfrenado de la modernidad, visibilizar dentro de sus propias estructuras de formas discursivas tanto las narrativas represivas como las que surgen de procesos de diálogos ciudadanos, con la finalidad de pensar un mundo heterogéneo [10]. Es allí donde Chakrabarty releva una realidad que no debe dejar de ser tenida en cuenta: “mientras uno actúe dentro del discurso de la historia producido en el espacio institucional de la universidad, no es posible salirse simplemente de la astuta confabulación de la historia con las narrativas modernizantes de la ciudadanía, lo público y lo privado burgués y el Estado Nacional. La historia , como sistema de conocimiento, está firmemente enclavada dentro de prácticas institucionales que invocan a cada paso el Estado nacional” [11]. Es interesante que dentro de este párrafo referido a la poscolonialidad, uno de cuatro autores citados sea latinoamericano, y que, por lo demás todos desarrollen su campo de acción en el seno de centros académicos, lo que lleva a decir, que mucho de lo que se rescata en nuestra región de este debate modernidad/colonialidad, sea al modo del levantamiento de una “sucursal latinoamericana de una compañía transnacional llamada ‘teoría poscolonial’” [12]. En otras palabras, la configuración de una teoría poscolonial tiene como objetivo levantar una alternativa progresista propia de un contexto posfordista, con respuestas que otros sistemas de pensamiento, como el marxismo, ya no pueden brindar. Pero, a la vez, sigue siendo un constructo elitista, centrado en la academia, bajo herramientas occidentales, y que también puede colonizar mentes. 

Una prueba de ello, es la llamada “teología latinoamericana”. Dicho concepto es una demostración doble de colonización. En primer lugar, porque fue creado a modo de sinónimo de una corriente teológica, a saber, la teología de la liberación, que si bien es cierto fue forjada en América Latina, no fue construida ex nihilo, sino con suma influencia de los teólogos políticos europeos, que tuvo la colaboración de extranjeros como Richard Shaull y Joseph Comblin, por mencionar a un protestante y un católico, que profundizó su análisis con el contacto con las teologías negra y feminista, que sin lugar a dudas son un producto del Norte global. Además, hay bastante producción teológica latinoamericana que escapa a la lógica del discurso liberacionista. Y en segundo lugar, porque no se puede dejar de lado, toda la influencia que tuvo la teoría marxista en los teólogos liberacionistas. Bástenos sólo como ejemplo, señalar que la primera cita en “Teología de la liberación” de Gustavo Gutiérrez es de Antonio Gramsci [13], cuyo concepto de intelectual orgánico sería más que útil a la hora de pensar a un teólogo como alguien que se pone al servicio de la lucha del pueblo por su liberación, entendida como sinónimo de la revolución. No he visto la misma crítica poscolonial a la referencia de los teólogos liberacionistas de Duns Escoto, Karl Rahner, Yves Congar, Christian Duquoc, Jürgen Moltmann, Johann Baptist Metz, Dietrich Bonhoeffer, Karl Barth, Luis Alonso Schökel [14], entre otros. Autores que no sólo fueron citados, sino tenidos como criterio de autoridad en algunas materias, además cuyas lecturas fueron apropiadas para pensar la realidad latinoamericana. Y alguien, con todo el derecho del mundo, podría decir: “- es que da lo mismo quienes son citados, lo importante es quiénes citan y para qué lo hacen”. Y me parecería una excelente respuesta. El tema es que esa lógica no se aplica cuando se impone a otros, a modo de presupuesto, una lógica imperial y/o colonial. Y en ese sentido, se traspasa una narrativa progresista más que la enseñanza bíblica, se confunde cosmovisión cristiana con discurso de izquierdas, y se traspasan herramientas propias de las ONGs y recetas foráneas basadas en experiencias de cambios sociales, en vez de herramientas para pensar la realidad propia. 

Es así, que me permito señalar, que yo no he sido colonizado cuando he suscrito una Confesión de Fe redactada en el siglo XVII, porque entiendo ese documento no sólo como una declaración dogmática, sino como un documento que nos brinda la posibilidad de ser comunidad al estar de acuerdo, en mi caso particular, en treinta y cinco cuestiones fundamentales con mi iglesia, y además, porque limita el poder eclesiástico, toda vez que nos hace responsables y susceptibles de la disciplina eclesiástica. Las confesiones de fe del protestantismo histórico fueron una bandera de la libertad ante la iglesia mayoritaria y hegemónica (la Iglesia Católica Romana), y así debiesen ser recordadas y/o suscritas. Por otro lado, tampoco he sido colonizado cuando leo, refiero y divulgo las ideas de Abraham Kuyper y sus herederos neocalvinistas. Claramente, muchas de las propuestas de dicho sujeto histórico, nos pueden parecer no sólo alejadas de nuestra realidad, sino también obsoletas, pero hay otras que “gozan de buena salud”. Kuyper fue uno de nuestros mejores hermanos, pero tan sólo un hombre. Por ende, el ejercicio de lectura que hago de él es siempre re-lectura contemporánea. No le tengo miedo a la traducción, porque la  intención es rescatar y no “copiar-pegar”, es pensar en-y-desde el presente y no quedarse anquilosado en pensamientos vetustos. 

José Carlos Mariátegui, en una cita muy referida por los autores culturalistas latinoamericanos, señaló: “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heróica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva”. Y eso lo dijo, dos párrafos antes de dar sus loas a Marx, Lenin y Sorel, definiéndolos, en lógica hegeliana, como “los hombres que hacen historia” [15]. En dicha lógica, el rehuir calco y copia en pos de la creación heróica no implica hacer tabula rasa respecto de las fuentes para nuestra elaboración teórica, pues el cambio convive con la continuidad. Citar autores foráneos a lo latinoamericano, entonces, no es necesariamente calco y copia. Puedo referir para crear desde el presente. Cosa que los promotores de las ideas poscoloniales dejan de lado, en pos de una corrección política en el discurso, en contradicción con todo el aparato racional y civilizatorio del que emana su reflexión y práctica académica. 

Y no puedo terminar de hacer una reflexión, desde una perspectiva bíblica, en la que me permito preguntar: ¿quién es el que ha sido realmente colonizado? Quien ha sido verdaderamente colonizado es el sujeto que ha sido cautivado por “la vana y engañosa filosofía que sigue tradiciones humanas, la que está de acuerdo con los principios de este mundo y no conforme a Cristo” (Colosenses 2:8). No ha sido colonizado el que no se deja moldear por el mundo actual, sino que vive la transformación que implica la renovación de la mente, y que se encuentra en el conocimiento de la voluntad revelada por Dios (Romanos 12:2). A la luz de estos textos de la Palabra de Dios, la lucha por no dejarse colonizar implica no ceder a la relevancia por la relevancia, aprender a tensionar los discursos de moda, dejar las lógicas de consumo y placer, aprender a escuchar al otro, y entender integralmente el cristianismo con su mensaje para el aquí y el ahora, como para el más allá y el mañana. En otras palabras, para el “ya” y el “todavía no”. 

No hay sentido decolonial cuando asumimos constructos ideológicos que contravienen lo que enseña la Palabra de Dios en pos de una falaz idea de relevancia, pues lo que nos dota de ella, como iglesia esparcida en el mundo, no es nuestro abrazo a las ideas contemporáneas que aparecen como “sentido común” en la escena contemporánea, siendo colonizados por ellas, aunque sus propuestas se apelliden de decoloniales, sino que la persona de Jesucristo y su evangelio. Si nos quedamos sin Cristo y su Palabra, lo dicho por Marx y Engels adquirirá realidad profética: “Todo lo estamental y estable se evapora, todo lo consagrado se desacraliza” [16]. Y, por cierto, no es lo que queremos que pase, ¿o no? En realidad, sólo estoy seguro de este anhelo, en quienes siguen a Jesucristo sin dejar de creer en lo que planteó de sí mismo horas antes de ir a la cruz: “Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Cristo y su Palabra no se disuelven en el aire. Él es eterno y su palabra es espíritu y vida, y permanece para siempre (Juan 6:63; Isaías 40:8).

 


 

* Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Integrante del núcleo Fe Pública.

[1] René Padilla. Misión integral. Ensayos sobre el Reino de Dios y la Iglesia. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2012, p. 165.

[2] Estas cuestiones fundamentales son relevadas con toda claridad en: Juan Calvino. La necesidad de reformar la iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010.

[3] Paráfrasis cristiana de la definición de uno de los fundadores de la escuela historiográfica francesa de los Annales: Marc Bloch. Introducción a la historia. México D. F., Fondo de cultura económica, 1957, p. 26. 

[4] Véase Karl Barth. Introducción a la teología evangélica. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006. Específicamente, la segunda parte del libro, titulada “La existencia teológica”, pp. 81-129. 

[5] Umberto Eco. Contra el fascismo. Santiago, Penguin Random House Grupo Editorial, 2018, pp. 41, 42. Cuando el autor habla de ur-fascismo, se está refiriendo a un “fascismo eterno”, que tiene elementos constituyentes que se aterrizan de maneras diversas, en distintos contextos. 

[6] John Beverley. “El Subalterno y los límites del saber académico”. En: Actuel Marx Intervenciones. Nº 2, Segundo Semestre de 2004. Santiago, Editorial ARCIS y LOM Ediciones, pp. 13-32.

[7] Wallerstein, Immanuel. “El eurocentrismo y sus avatares: Los dilemas de la ciencia social”. En: Walter Mignolo (editor). Capitalismo y geopolítica del conocimiento: El eurocentrismo y la filosofía de la liberación en el debate intelectual contemporáneo. Buenos Aires, Ediciones del Signo, 2001, p. 95. Para Wallerstein, la noción de eurocentrismo incluye a Estados Unidos por su posición hegemónica en el sistema-mundo y su constitución como colonia inglesa (pp. 96 y ss.). 

[8] Dipesh Chakrabarty. “Postcolonialismo y el Artificio de la Historia: ¿Quién habla por los pasados indios?”. En: Mignolo. Op. Cit., pp. 133-138.

[9] Aníbal Quijano. “Colonialidad del poder, Cultura y conocimiento en América Latina”. En: Mignolo, Op. Cit.

[10] Chakrabarty. En: Mignolo, Op. Cit., pp. 165-170.

[11] Ibídem, p. 163.

[12] Santiago Castro Gómez. La poscolonialidad explicada a los niños. Popayán, Editorial Universidad del Cauca e Instituto Pensar de la Universidad Javeriana, 2005, p. 12. 

[13] Gustavo Gutiérrez. Teología de la liberación. Perspectivas. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1972, p. 21. 

[14] Con un criterio muy arbitrario tomé algunos autores citados en dos libros que tenía muy a la mano en mi biblioteca: Rosino Gibellini. La nueva frontera de la Teología en América Latina. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977; y, Gustavo Gutiérrez. Hablar de Dios desde el sufrimiento del pobre. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006. El primero de los libros, reúne artículos de Gutiérrez, Comblin, Assmann, Dussel, Míguez Bonino, Alves, entre otros. Ambos libros fueron publicados por Sígueme, una editorial española. 

[15] José Carlos Mariátegui. “Aniversario y balance”. En: Amauta. Año III, Nº 17. Lima, septiembre de 1928. Tomado de: http://www.marxists.org/espanol/mariateg/1928/sep/aniv.htm (revisado en junio de 2020). 

[16] Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesto comunista. Barcelona, Editorial Crítica, 1998, p. 43. 

[Reseña de libros] “Creados a imagen de Dios”, de Anthony Hoekema.

Anthony Hoekema fue un teólogo reformado de la tradición holandesa, que vivió entre 1913 y 1988. En 1923 emigró a Estados Unidos, lugar en el que hizo estudios de Teología y Psicología, doctorándose en la primera área (se formó en Princeton y Cambridge). Se desempeñó como Pastor en la Iglesia Cristiana Reformada entre 1944 y 1956 y como profesor de Teología Sistemática en el Calvin Theological Seminary desde 1958 a 1979. Además de este libro de antropología teológica, escribió sobre dones espirituales, movimientos sectarios y escatología [1]. Referirnos a Creados a imagen de Dios, es dar cuenta de un libro que busca hacerse parte de la discusión en torno al significado del ser humano desde una perspectiva reformacional, siendo éste un problema de suyo importante y que ha atravesado la filosofía y la política a lo largo de la historia. Hoekema, girando siempre en la relación no contradictoria de criatura-persona, discurre ampliamente en todas las áreas de la existencia humana. 

Para el autor se puede distinguir a las antropologías no cristianas entre idealistas y materialistas. Las idealistas son aquellas que “consideran que el ser humano es básicamente espíritu y que su cuerpo físico es ajeno a su verdadera naturaleza”, y las materialistas señalan que “el hombre es un ser compuesto de elementos materiales, y su vida mental, emocional y espiritual es simplemente un subproducto de su estructura material” [2]. Eso hace, que desde una perspectiva teológica, ambas visiones sean insuficientes toda vez que ven al hombre desvinculado de Dios. Según Hoekema, “Una de las premisas básicas del concepto cristiano del hombre es la fe en Dios como Creador, lo cual conduce a la idea de que la persona humana no existe en forma autónoma o independiente, sino como criatura de Dios” [3]. He aquí el fundamento de una antropología cristiana, el hecho de que todos los seres creados dependen de Dios. Este basamento, conduce a Hoekema a definir al ser humano como alguien que es, a la vez, una criatura y una persona. Dice: “es una persona creada. Éste es, pues, el misterio central del hombre: ¿cómo puede el hombre ser a la vez criatura y persona? Ser criatura, […] significa dependencia absoluta de Dios; ser persona significa independencia relativa. Ser criatura significa que no puedo mover un dedo ni puedo pronunciar una palabra aparte de Dios; ser persona significa que cuando mis dedos se mueven, soy yo quien los mueve, y que cuando mis labios pronuncian palabras, soy yo quien las pronuncia. Ser criaturas significa que Dios es el alfarero y nosotros la arcilla (Ro. 9:21); ser personas significa que nosotros somos quienes damos forma a nuestras vidas con nuestras propias decisiones (Gá. 6:7-8)” [4].  Esta definición es clave, y si se quiere contracultural, puesto que liga dos elementos que nos parecen incompatibles bajo el influjo de la subjetividad moderna: dependencia y libertad. 

El que el ser humano sea una criatura tiene tremendas implicancias. La primera de ellas, tiene que ver con la posibilidad de redención. Hoekema dirá que “el hecho de que el hombre sea una criatura implica que, después de haber caído en pecado (por su propia culpa), solo puede ser redimido del mismo y rescatado de su condición caída por medio de la intervención soberana de Dios en su favor. Dado que es una criatura, sólo la gracia puede salvarlo, es decir, en total dependencia de la misericordia de Dios” [5]. La dependencia de Dios es total, porque la única posibilidad de que el diseño comience a ser restaurado por la acción soberana y libre de Dios. Por otro lado, es importantísimo señalar que “lo que en la actualidad hay de malo o pervertido en los seres humanos no formaba parte de la creación original del hombre. En el momento de su creación el hombre era muy bueno” [6]. Esto nos lleva a la consideración sobre la imagen de Dios en el hombre. Cuando hablamos de la imagen de Dios nos estamos refiriendo a que el hombre fue creado para reflejar y representar a Dios y no existe privilegio más grande dado a la humanidad que ser una imagen de aquél que nos ha creado. El autor cita a Herman Bavinck cuando declara que “El hombre no es simplemente portador o poseedor de la imagen de Dios; es la imagen de Dios. […] Nada en el hombre queda excluido de la imagen de Dios. Todas las criaturas revelan huellas de Dios, pero solo el hombre es la imagen de Dios” [7]. Citando, nuevamente, a Bavinck, se analiza el rol del cuerpo en relación a la imagen de Dios: “El cuerpo del hombre forma parte de la imagen de Dios… El cuerpo no es una tumba sino una obra de arte maravillosa de Dios, que conforma la esencia del hombre tan completa como el alma” [8]. Sintetizando, Hoekema señalará que “por imagen de Dios en el sentido más amplio o estructural queremos decir todos los dones y capacidades que le hacen posible al hombre funcionar como debería en sus diversas relaciones y vocaciones” [9]. En otras palabras, se trata del “funcionamiento adecuado del hombre en armonía con la voluntad de Dios para él” [10]. Aquí, para el autor es clave entender que el ser humano fue creado con una misión, que no es otra cosa que responder a su llamado, para la cual se les han dado dones. Dice Hoekema: “Para capacitarnos para desempeñar esa tarea, Dios nos ha dotado de muchos dones, dones que reflejan algo de su grandeza y gloria. Ver al hombre como la imagen de Dios es ver tanto la tarea como los dones. Pero la tarea es primordial; los dones son secundarios. Los dones son el medio para cumplir la tarea” [11].

El autor señalará que “el hombre es la criatura más elevada que Dios ha hecho, portador de la imagen de Dios, y está solo un poco por debajo de Dios, y bajo sus pies han sido puestas todas las cosas. Todo esto es cierto a pesar de la caída del hombre en pecado. Así pues, según el Antiguo Testamento el hombre caído sigue siendo portador de la imagen de Dios” [12]. En ese sentido, la caída dañó la imagen divina en el ser humano, pero no pudo destruirla. Hoekema, siguiendo a Calvino, dirá que la imagen de Dios en el ser humano “incluía originalmente verdadero conocimiento, justicia y santidad” [13]. El daño mayor que produjo la caída fue la pérdida de “dones sobrenaturales” con los que el hombre contaba al comienzo de sus días. Hoekema señala: “Entre los ‘dones sobrenaturales’ que los seres humanos poseían al principio, dones que se han perdido debido a la caída, estaban la fe, el amor de Dios, la caridad respecto al prójimo y el celo por la santidad y la justicia. En su estado original, el hombre podía comunicarse tanto con Dios como con otros seres humanos y responder a los mismos” [14]. Por otro lado, esto nos lleva a discurrir en la persona de Adán. Para el autor: “Adán… poseía el posse non pecare [capacidad de no pecar] pero todavía no en el non posse pecare [incapacidad de pecar]. Todavía vivía en la posibilidad de pecar…; todavía no poseía el amor perfecto, inmutable que excluye todo temor. Los teólogos reformados, por tanto, afirmaban con razón que esta posibilidad, esta mutabilidad, este ser todavía capaz de pecar… no era un aspecto de la imagen de Dios o la imagen misma, sino más bien el límite, la frontera o el borde de la imagen de Dios” [15]. Esto nos lleva a considerar tanto la grandeza como la miseria del hombre y ver al pecado como lo que es: un acto horrible con consecuencias ad hoc. Hoekema plantea que “la grandeza misma del hombre consiste en el hecho de que sigue siendo portador de la imagen de Dios. Lo que hace tan odioso el pecado es que el hombre prostituye esos espléndidos dones. Corruptio optimi pessima: la corrupción de lo mejor es lo peor” [16]. Es esto lo que debiésemos considerar todas las veces que pecamos, la condición de prostitución a la que nos rebajamos. Pero hay esperanza. 

La esperanza se encuentra en Cristo quien se ha humanado, acto que no sólo tiene implicancias soteriológicas, sino también antropológicas, en tanto se trata de una confirmación de la doctrina de la imagen de Dios. Hoekema señala: “Que Dios pudiera hacerse carne es el mayor de todos los misterios, que trascenderá siempre a nuestra comprensión humana finita. Pero, es de suponer que fue sólo debido a que el hombre había sido creado a imagen de Dios que la segunda persona de la Trinidad pudo asumir la naturaleza humana” [17]. En el acto de la encarnación, se encuentra parte importante de la tarea redentiva de Cristo, puesto que “el objetivo de la redención es que, tanto en conocimiento como en otros aspectos de sus vidas, el pueblo de Dios sea portador total y perfectamente de la imagen de Dios” [18]. Y aquí tiene mucha razón lo señalado por Emil Brunner al plantear que “cuando el hombre ingresa en el amor de Dios revelado en Cristo se convierte verdaderamente en humano. La verdadera existencia humana es la existencia en el amor de Dios” [19]. Conocemos qué es la imagen de Dios al mirar a Jesucristo, por ende, encontrarnos con el Dios encarnado nos permite vislumbrar que el centro de dicha imagen es el amor. Entonces, el llamado es a imitar a Cristo, la imagen perfecta de Dios. Cristo está totalmente orientado hacia Dios, hacia al prójimo y tiene dominio sobre la naturaleza. El hombre debe volcarse a esa triple relación. Es responsabilidad de los seres humanos, ayudada por la gracia, amar a nuestro prójimo. Hoekema dice: “La relación con otros significa que todo ser humano no debería ver sus dones y talentos como un medio para exaltación personal, sino como un medio para poder enriquecer las vidas de otros. Significa que debería estar dispuesto a ayudar a otros, a sanar sus heridas, a satisfacer sus necesidades, a llevar sus cargas y a compartir sus alegrías. Significa que deberíamos amar a los otros como a nosotros mismos. Significa que todo ser humano tiene derecho a ser aceptado por otros, a ser parte de otros, a ser amado por otros. Significa que la aceptación del hombre por parte de otros y su amor por ellos es un aspecto esencial en su condición humana” [20]. Es la relación con nuestros semejantes, la que nos conduce a mirar nuestra relación con la sociedad y con la tierra. Al ser humano se le dio un mandato cultural, el “mandato de dominar la tierra para Dios y de desarrollar una cultura que glorifique a Dios” [21]. 

Dios restaura la imagen suya en la humanidad, mediante la regeneración y santificación de los elegidos. Y en dichos actos, Dios actúa mirando al ser humano tanto como criatura y como persona. Es Dios quien salva al hombre, “pero en el momento en que el evangelio invita al oyente, le pide fe, que implica una decisión personal. Dios debe regenerar y el hombre debe creer” [22]. Cuando el Espíritu Santo ejecuta la obra salvífica, restaurando la imagen de Dios, lo hace desde una perspectiva total, incluyente y amplia de lo que es el ser humano. Hoekema dice que “el proceso de santificación afecta todos los aspectos de la vida: la relación del hombre con Dios, con otros y con la creación entera. La restauración de la imagen no atañe sólo a la religiosidad en el sentido estrecho, ni dar testimonio de Cristo a los demás, ni actividades para ‘salvar almas’; en su sentido más pleno implica la restauración de toda la vida” [23]. Esto nos lleva a entender que “cuando Dios nos renueva por medio de su Espíritu, nos capacita para renunciar al pecaminoso orgullo, la primera perversión de la imagen propia. Nos ayuda a cultivar verdadera humildad. Esto incluye, entre otras cosas, una conciencia sincera tanto de nuestras fortalezas como de nuestras debilidades”, nos da “la disposición a considerar a los demás como mejores que uno” y “la voluntad de utilizar nuestros dones al servicio de Dios y al servicio de los demás” [24]. Si bien es cierto, aunque no somos enteramente nuevos, ya que veremos la redención completa de todas las cosas en el Estado Eterno, debemos entendernos como personas genuinamente nuevas, rehuyendo la autosatisfacción, sino que con la fortaleza que da Cristo proseguir a la meta de la perfección cristiana, esto porque “los cristianos deberían verse a sí mismos como personas nuevas a las que el Espíritu Santo va renovando en forma progresiva” [25]. 

A propósito de lo señalado al final del párrafo anterior, Hoekema plantea, que lo que vemos ahora respecto a la restauración de la imagen de Dios en el hombre sólo da pistas de lo que viviremos en la vida venidera, donde veremos dicha imagen en su total plenitud, tanto que “solo entonces veremos a Dios reflejado de manera perfecta y fulgurante en un género humano glorificado” [26]. Entonces, retomando la idea de la triple relación para la que fue creado el ser humano, Hoekema dirá que es en ese momento posthistórico, que dicho propósito creativo “se mantendrá, profundizará y enriquecerá de manera infinita. Entonces amaremos a Dios por encima de todo, amaremos a nuestro prójimo como a nosotros mismos y dominaremos la creación en una forma que glorifique totalmente a Dios. La imagen de Dios en el hombre entonces se habrá perfeccionado” [27]. Dios, en el cielo nuevo y tierra nueva, consumará su tarea de hacer nuevas todas las cosas.  

Otro punto trabajado por Hoekema dice relación con la historicidad de Adán. La existencia concreta de un Adán, en un huerto creado por Dios, no sólo tiene importancia factual, sino profundamente teológica. El autor cita a Herman Ridderbos, quien dice: “El paralelismo entre Cristo y Adán es de una importancia suprema para entender el trasfondo de la historia de la salvación, de la predicación del evangelio por parte de Pablo” [28]. El pecado no es esencial ni natural a la existencia humana, por ende, por medio de Adán, nuestra primera cabeza, nos volvimos pecadores, pero mediante Cristo, el auténtico hombre, podemos volver a ser sin pecado. Esto, en primer lugar nos retrotrae a la historia pactual. Para la teología reformada es clave hablar de un pacto de obras y un pacto de gracia. Siguiendo a Bavinck, el autor dirá sobre el pacto de obras que: “las partes contratantes del pacto de obras fueron Dios y Adán. Adán no solo fue el padre de la raza humana, sino también nuestra cabeza y nuestro representante. La promesa del pacto de obras fue la vida eterna en su sentido más pleno, una vida eterna en la que Adán y sus descendientes hubieran vivido por encima de la posibilidad de pecar. La condición del pacto de obras era obediencia perfecta, no solo a la ley moral que Adán y Eva conocían por naturaleza, sino en particular al así llamado mandato de prueba: el mandato de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. El castigo del pacto de obras era la muerte en su sentido más amplio: muerte física, espiritual y eterna. Dado que Adán y Eva violaron este pacto, fueron expulsados del jardín, y cayó sobre todo el género humano la culpa y la corrupción” [29]. En la misma lógica, sobre el pacto de gracia, señalará que: “Dios en forma misericordiosa hizo un segundo pacto con el género humano, el pacto de gracia. En este segundo pacto Cristo, la nueva cabeza, no sólo sufrió el castigo por el pecado de Adán y de Eva y por los pecados de sus descendientes, sino que también rindió a Dios la obediencia perfecta que Adán y Eva no prestaron, con lo cual mereció para todos los que pertenecen a Cristo la vida eterna” [30]. Es tan relevante la comprensión de la teología del pacto que, siguiendo a Bavinck, que el pacto de obras y el pacto de gracia se mantienen o caen juntos. Es una forma de entender de manera omnicomprensiva la historia que Dios ha trazado para la humanidad. 

¿Cómo se explica el pecado? Hoekema señala: “El pecado, pues, se da contra la voluntad de Dios pero nunca fuera de o más allá de (praeter) la voluntad de Dios. Dios permitió que se diera la caída porque en su omnipotencia podía sacar el bien incluso del mal. Pero el hecho de que el pecado del ser humano no se dé fuera de la voluntad de Dios ni lo excusa ni lo explica. El pecado siempre será un enigma” [31]. Es sumamente interesante este planteamiento, porque mantiene la idea de que nada escapa a la voluntad de Dios, y que a pesar que el pecado atenta contra la misma, Dios con su poder y soberanía puede usar como instrumentos suyos a quienes hacen lo malo, haciendo que sus obras trasunten en bien. El pecado de Adán es el germen de la situación caída de la humanidad, de ahí que podamos hablar de un pecado original. Hoekema plantea que “utilizamos la expresión ‘pecado original’ por dos razones: (1) porque el pecado se originó en el tiempo del comienzo de la raza humana, y (2) porque el pecado que llamamos ‘original’ es la fuente de nuestros pecados actuales (aunque no hasta el punto de eliminar nuestra responsabilidad por los pecados que cometemos)” [32]. El pecado original incluye tanto la idea de culpa como la de contaminación, en tanto Adán actuó como representante nuestro al cometer el primer pecado, por tanto, “merecemos condenación porque Adán, nuestra cabeza y representante, conculcó la ley de Dios” [33]. La contaminación original es la corrupción de nuestro estado natural, tanto como consecuencia del pecado como la producción de otros pecados. Esto incluye la depravación profunda y la incapacidad espiritual. Hoekema analiza ambos conceptos. En primer lugar, la depravación profunda reemplaza el concepto de “depravación total”. Esto “significa que (1) la corrupción del pecado original alcanza todos los aspectos de la naturaleza humana: a la razón y voluntad tanto como a los apetitos e impulsos de la persona y (2) no está presente en el ser humano por su naturaleza el amor a Dios como el principio motor de su vida” [34]. Por su parte, para el autor, la incapacidad espiritual refiere a dos cosas: “(1) la persona no regenerada no puede hacer, decir ni pensar algo que reciba la aprobación total de parte de Dios, y por tanto no puede cumplir por completo la ley de Dios; y (2) la persona no regenerada es incapaz, aparte de la acción especial del Espíritu Santo, de cambiar la orientación básica de su vida para pasar de un amor pecaminosos por uno mismo al amor de Dios” [35]. Esto nos lleva a decir, siguiendo a Hoekema, que el pecado no tiene una existencia independiente, siempre tiene que ver con Dios y su voluntad, tiene su origen en lo que la Escritura llama “el corazón”, incluye pensamientos y también acciones, incluye tanto culpa como contaminación, y en su raíz es una forma de orgullo que suele permanecer oculta. 

Siguiendo a Pablo, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. La maravillosa de gracia se hace manifiesta desde el principio, cuando en “Génesis 3:15, que de hecho forma parte de la maldición de Dios sobre la serpiente, contiene en germen todo lo que Dios irá a hacer para redimir a aquellos cuyos primeros padres cayeron en el pecado. Todo el resto de la Biblia será un ir exponiendo el contenido de esta maravillosa promesa” [36]. Y al hablar de la gracia, es imposible no dar cuenta de un tema caro a la teología reformada: la gracia común. Hoekema, siguiendo a Calvino, señalará que en la gracia común “(1) los no creyentes tienen la luz de la verdad que resplandece en ellos; (2) los no creyentes pueden estar revestidos con excelentes dones de Dios; (3) toda verdad procede del Espíritu de Dios; (4) por tanto rechazar o despreciar la verdad cuando la proponen no creyentes es ofender al Espíritu Santo de Dios” [37]. El poder de la gracia común es tan tremendo que contiene las consecuencias del pecado. Bavinck señala que “el pecado es una fuerza, un principio que ha penetrado profundamente en todas las formas de la vida creada… Podría, dejado a sí mismo, haber asolado y destruido todo. Pero Dios ha interpuesto su gracia. Por medio de su gracia común frena el pecado en su acción desintegradora y destructora” [38]. Pero esta gracia no es suficiente para la salvación, sólo “disminuye, pero no cambia; frena, pero no derrota” [39]. Sólo la acción divina, regenerando, justificando, santificando y glorificando, son parte de la conducción a la renovación de todas las cosas. 

Otro tema analizado por Hoekema es la definición del ser humano como una unidad psicosomática, rompiendo con las visiones dicotómicas y tricotómicas. Para Hoekema, “el ser humano debe entenderse como un ser unitario. Tiene un lado físico y un lado mental o espiritual, pero no los debemos separar. La persona humana debe entenderse como un alma encarnada o un cuerpo ‘con alma’. La persona debe entenderse en su totalidad, no como un compuesto de diferentes ‘partes’” [40]. Hoekema, siguiendo esta definición, contrarresta una versión neo gnóstica preponderante en amplios sectores evangélicos, que señala que el cuerpo expresa con fuerza la naturaleza pecaminosa (versión sutil de la idea que plantea que “la materia es mala”). Dice que la Biblia “no enseña ninguna antítesis total entre espíritu (o mente) y cuerpo. Según la Escritura la materia no es mala sino que Dios la creó. La Biblia “no enseña ninguna antítesis total entre espíritu (o mente) y cuerpo. Según la Escritura la materia no es mala sino que Dios la creó. La Biblia nunca menosprecia al cuerpo humano como fuente necesaria de mal, sino que lo describe como un aspecto de la creación buena de Dios, que se puede utilizar al servicio de Dios” [41]. Teniendo este basamento doctrinal, y ligándolo a la restauración de la imagen de Dios, el autor dirá que “En el momento de la resurrección la persona será plenamente restaurada a esa unidad y, en consecuencia, una vez más será completa […] Esperamos la resurrección del cuerpo y la nueva tierra como la culminación final del programa redentor de Dios” [42]. 

El último punto analizado por Hoekema dice relación con la libertad. Libertad como expresión de la idea de persona de los seres humanos. Volvemos a la relación no contradictoria del comienzo entre criatura y persona. Hoekema habla de la capacidad de elegir de los seres humanos, señalando: “Con ‘elección’ o ‘capacidad para elegir’ querré decir la capacidad de los seres humanos de elegir entre opciones, capacidad que conlleva responsabilidad por lo que se elige. Estas elecciones o decisiones pueden ser buenas o malas, glorificar a Dios o hacerle frente. Con ‘verdadera libertad’ querré decir la capacidad de los seres humanos, con la ayuda del Espíritu Santo, de pensar, decir y hacer lo que agrada a Dios y en armonía con su voluntad revelada” [43]. El matiz es sumamente importante, porque la verdadera libertad es vivida por quienes han sido salvados, por ende, están viviendo la restauración de la imagen de Dios. Es lo que señala el autor cuando dice que “la verdadera libertad del ser humano, que se perdió en la caída, se restaura en el proceso de redención. […] La redención, por tanto, no significa liberación de la ‘esclavitud de la voluntad’; la persona regenerada ya no sigue siendo esclava del pecado” [44]. Al decir de María en el canto del Magnificat, los creyentes somos esclavos dichosos de quien nos ha salvado. 

Sin lugar estamos frente a un libro clarificador, que fusiona profundidad y simpleza a la vez. Es posible constatar un tramado lógico de principio a fin, tanto así, que sus contenidos son fácilmente interrelacionables. Se agradece, a su vez, la profundidad teológica, que permite ordenar la información previa a la lectura. Hoekema, al trabajar desde una perspectiva reformada, permite ligar elementos que en amplios sectores de las culturas evangélicas aparecen disociados:

a. En primer lugar, la ligazón entre sometimiento a quien es nuestro Creador y la práctica de la verdadera libertad. Ambos presentes en el diseño original, ambos dañados por la caída, ambos restaurados por la redención conseguida por Cristo en la cruz, ambas fruto del Espíritu en vidas que no se cansan de llevar a la vida la gracia. 

b. Y en segundo lugar, el libro es fuerte y claro a la hora de contrarrestar las ideas dicotómicas y tricotómicas, que con sus matices, tienen un claro sesgo dualista, que desliga lo material de lo inmaterial. El caro concepto de unidad psicosomática, más arraigado a la lectura bíblica, es esencial a la hora de pensar en cómo nos definimos, cómo construimos nuestras relaciones con otros seres humanos y cómo configuramos el mundo en el que vivimos. 

No puedo dejar de señalar el énfasis de Hoekema en la gracia. Nuestras grandezas proceden del amor de quien nos creó con talentos y dones para cumplir su misión. Nuestras miserias son quebradas por el poder de Cristo en la cruz, quien nos salvó por el puro afecto de su amor. Es, entonces, un libro en el que el evangelio está presente de principio a fin. 

 

Luis Pino Moyano.

Comparto un mapa conceptual que señala los temas abordados por Hoekema y su conexión lógica a lo largo del libro. 

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Notas bibliográficas.

[1] Datos tomados de http://www.theopedia.com/Anthony_Hoekema (revisada en octubre de 2013).  

[2] Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 15. 

[3] Ibídem, p. 19. 

[4] Ibídem, p. 20. 

[5] Ibídem, p. 22. 

[6] Ibídem, p. 32.

[7] Ibídem, p. 93. 

[8] Ibídem, p. 98.

[9] Ibídem, p. 100.

[10] Ibídem, p. 101. 

[11] Ibídem, p. 103.

[12] Ibídem, p. 37.

[13] Ibídem, p. 65.

[14] Ibídem.

[15] Ibídem, p. 115.

[16] Ibídem, p. 118. 

[17] Ibídem, p. 40.

[18] Ibídem, p. 45.

[19] Ibídem, p. 81.

[20] Ibídem, p. 109.

[21] Ibídem, p. 31.

[22] Ibídem, p. 23.

[23] Ibídem, p. 121.

[24] Ibídem, pp. 144, 145. 

[25] Ibídem, p. 150. 

[26] Ibídem, p. 125. 

[27] Ibídem, p. 129. 

[28] Ibídem, p. 157.

[29] Ibídem, p. 158.

[30] Ibídem, pp. 158, 159. 

[31] Ibídem, p. 175.

[32] Ibídem, p. 189.

[33] Ibídem, p. 197. 

[34] Ibídem.

[35] Ibídem, p. 200. 

[36] Ibídem, p. 180.

[37] Ibídem, p. 247.

[38] Ibídem, p. 248.

[39] Ibídem.

[40] Ibídem, p. 279. 

[41] Ibídem, p. 267.

[42] Ibídem, p. 286.

[43] Ibídem, p. 294.

[44] Ibídem, p. 302. 

[Bitácora] Retiro Presbiterial de Jóvenes: “Somos lo que amamos”.

Una de las características originarias de los blogs es que son bitácoras, es decir, concepto que se origina en la marinería, pero que podría ser entendido, también, como un cuaderno de campo. Y en este blog, “En el balcón y en el camino…”, de vez en cuando, recuperamos dicho carácter, para contar experiencias de actividades y compartir algunos materiales producidos para dichas instancias. 

Durante los días 18 al 20 de enero de 2020, en La Granja Presbiteriana de El Tabo, se desarrolló el retiro presbiterial de jóvenes “Somos lo que amamos”. Esa afirmación nos llevó a colocar como imagen el emblema de Juan Calvino, en versión castellana, que señala “Mi corazón te ofrezco Dios, pronto y sincero”. El corazón que simboliza el intelecto, las emociones y la voluntad, todas cosas fundamentales en la vida, por ende, para nuestra relación con Dios, con el prójimo y con el medio en que vivimos. Así lo dijo el proverbista: “Hijo mío, atiende a mis consejos, escucha atentamente lo que digo. No pierdas de vista mis palabras; guárdalas muy dentro de tu corazón. Ellas dan vida a quienes las hallan; son la salud del cuerpo. Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:20-23). 

Por ello, la invitación de nuestro retiro fue que reflexionáramos en torno a los amores de nuestro corazón, y cómo estos moldean nuestra vida y nuestros hábitos, tanto en las dimensiones personales como sociales y culturales. No olvidamos que la definición agustiniana de “amar desordenadamente” para referir al pecado, es una conceptualización demasiado difícil de dejar de lado. James K. Smith señaló sobre esto: “La adoración es la ‘estación de la imaginación’ que incuba nuestros amores y anhelos, para que nuestros esfuerzos culturales tengan a Dios y su Reino como punto referencial. Si hay en ti una pasión por buscar justicia, renovar la cultura y asumir su vocación de hacer fluir todo el potencial de la creación, necesitas invertir en la formación de tu imaginación. Debes ser el sanador de tu corazón. Debes adorar correctamente. Pues tú eres aquello que amas”.

Tuvimos cinco exposiciones: “Somos lo que amamos”, expuesto por el Pbro. Eliezer Leal; “Hábitos del corazón” (por quien suscribe este post); “Mandato social, familia y sexualidad”, expuesto por el Pr. Oswaldo Fernández y la hna. Kelit Pérez; “Mandato social y justicia”, por el Pr. Jonathan Muñoz; y, “Mandato social y ecología” (nuevamente, por mi). Fue un momento en que pudimos adorar a Dios, aprender y ser desafiados por la Palabra y vivir la alegría del encontrarse. Quiera el Señor que todo esto haya sido para su gloria, y para la edificación y alegría de su pueblo.

Comparto acá las diapositivas de mis dos exposiciones: 

Hábitos del corazón. La exposición comienza haciendo una apelación a la gracia cara (Bonhoeffer), para luego señalar el significado bíblico del corazón, y con esa base, relevar la verdadera batalla espiritual, aquella que se da en el área de las disciplinas espirituales. Se especifican tres: a) la lectio divina; b) la adoración comunitaria; y c) la práctica de la justicia. Se cierra con un llamado a la búsqueda de una espiritualidad sana y profunda. Se puede descargar, haciendo clic aquí.

Mandato social y ecología. Al comienzo se menciona cómo se ha ido instalando el tema del problema del descuido Medio Ambiente en la historia, por distintas corrientes, muchas de ellas ajenas al cristianismo, señalando los desafíos que nos presentan, pues dichas alternativas deben ser leídas a la luz de la cosmovisión cristiana que permita reconocer la gracia común y la antítesis. Luego se hace una apelación al señorío de Cristo y lo que ello implica en relación a la ecología, para pasar a principios de lectura bíblica reformada sobre el tema, la relación entre ecología y escatología, las tareas que podemos desarrollar, y cómo la práctica de la mayordomía está relacionada con la justicia. Dichas diapositivas, pueden descargarse haciendo clic aquí.

Para cerrar este post, comparto algunas fotos de esta maravillosa instancia. 

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En Cristo, Luis.

¿Qué es Fe Pública? ¿Qué estamos haciendo?

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En agosto de este año comenzamos a trabajar para dar vida a un núcleo de estudios llamado “Fe Pública”. Este espacio reúne a cristianos de distintos horizontes disciplinarios y que tiene por finalidad la articulación, desarrollo y aplicación del pensamiento reformacional a diversas áreas del saber y quehacer humanos. Tenemos como misión, ser un espacio de encuentro entre cristianos evangélicos dedicados a trabajar desde el pensamiento reformacional en colaboración y comunidad, anhelando, imaginando, pensando, diseñando y haciendo esfuerzos conjuntos que faciliten la manifestación del Reino de Cristo y permitan su mayor visibilidad en todos los ámbitos de la realidad creada.

Integramos este núcleo de estudios: 

  • Luis Aránguiz Kahn. Licenciado en Letras con mención en Lingüística y Literatura Hispánicas, Pontificia Universidad Católica de Chile, y Magister en Estudios Internacionales USACH; 
  • Luis Pino Moyano, Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales Universidad Academia de Humanismo Cristiano; 
  • María Jesús Cordero, Abogada, Licenciada en Derecho Universidad Católica de la Santísima Concepción, Chile, y estudiante del programa de Master en Ciencias de las Religiones y Sociedades Universidad de Artois, Francia; 
  • Jonathan Muñoz, Licenciado en Teología Seminario Teológico José Manoel da Conceição, Brasil; 
  • Gonzalo David. Licenciado en Teología Seminario Teológico Presbiteriano, Chile, y estudiante del programa de Master en Teología Facultad de Teología Protestante de París, Francia; y,
  • Javiera Abarca, Licenciada en Filosofía Universidad Alberto Hurtado.

En este período de marcha blanca hemos organizado un conversatorio, titulado “Fe Pública: la vigencia del pensamiento reformacional para Latinoamérica, en el que presentamos introducciones a pensadores reformacionales clásicos y contemporáneos: Abraham Kuyper y Herman Dooyeweerd; Alvin Plantinga, Nicholas Wolterstorff y Bob Goudzwaard. Puedes ver más detalle de estas actividades, haciendo clic aquí. Luego, hemos participado junto a otras organizaciones misionales y de trabajo estudiantil dos conversatorios titulados “Hablemos de verdad”, en los que miembros de nuestro núcleo han participado en la reflexión sobre la situación crítica del país, teniendo como marco teórico el pensamiento reformacional.

De todos estas instancias, o de manera periférica a ellas, han surgido una serie de textos, que han sido publicados en la revista virtual “Estudios Evangélicos”: Los comparto a continuación:

a. Sobre propuestas reformacionales:

Luis Pino. El neocalvinismo, el ser humano, sus derechos y un mundo posible. 

Gonzalo David. Wolterstorff, pensamiento reformacional y matrimonio entre personas del mismo sexo. 

b. De los conversatorios “Hablemos de verdad”. 

Jonathan Muñoz. Una primera reflexión evangélica acerca del octubre de 2019 en Chile. 

Luis Pino. Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa. 

Javiera Abarca. Guarda tu espada.

Gonzalo David. Calvinismo, crisis social y violencia.

Jonathan Muñoz. Fundamentalismos sin ortodoxia: La tragedia del neoconservadurismo evangélico. 

c. Actualidad nacional. 

Jonathan Muñoz. ¿Qué debemos hacer primero los cristianos ante la injusticia? 

Luis Aránguiz. ¿Podemos los evangélicos pensar un país? 

d. Traducciones de textos.

Bob Goudzwaard. Resistencia cristiana a la cultura de guerra neoliberal. 

J. A. Schlebusch. La escatología política de Groen van Prinsterer y su impacto en el conservadurismo político estadounidense. 

e. Lecturas recomendadas.

Varios autores. Chile despertó: lecturas recomendadas para una vigilia cristiana. 

Te dejamos invitado a que revises nuestra página en Facebook, a la que puedes acceder haciendo clic aquí, donde podrás encontrar más información en el tiempo, de nuevos artículos y actividades publicadas. 

Cordialmente, Luis Pino Moyano. 

[Introducción + Estudio inductivo] ¿Qué son los 5 puntos del calvinismo?

En los últimos años, en América Latina se ha vivido un despertar dentro del mundo evangélico de las llamadas doctrinas de la gracia. Dichas verdades están ligadas a la figura del reformador francés Juan Calvino (1509-1564), no porque haya elaborado dichas doctrinas, sino más bien, porque presentó las bases para rescatarlas de la lectura de la Palabra de Dios. Estas doctrinas no deben confundirse con el calvinismo, que es una cosmovisión y un sentido de la vida, aunque forman parte de él, específicamente en el área de la doctrina de la salvación. 

De manera posterior a la muerte de Calvino, un teólogo holandés que estudió con Teodoro Beza, lo que le hacía un discípulo de la primera generación del pensamiento reformado, que  desarrolló una crítica a la posición de Calvino respecto de la doctrina de la gracia de Dios, enfatizando en el libre albedrío del ser humano. Se llamaba Jacobo Arminio (1560-1609) y fue profesor de la Universidad de Leyden. Luego de la muerte de Arminio en 1610, algunos de sus discípulos presentaron una declaración doctrinal respecto de la salvación, que tenía cinco artículos, ante las autoridades de Holanda. Dicha declaración se llamó “Remonstrantes”, que significa “memorial” o “pliego de protesta”, y fue firmada por 46 ministros, que afirmaban: a) el libre albedrío o capacidad humana de decidir acercarse a Dios; b) la elección condicional; c) la redención universal o expiación general; d) la obra del Espíritu Santo en la regeneración está limitada por la voluntad humana; y e) la caída de la gracia, es decir, la posibilidad que la salvación pueda perderse. Esta doctrina arminiana es sostenida por metodistas wesleyanos, nazarenos, pentecostales e independientes.

Como gran parte de la teología cristiana, estas doctrinas de la gracia comenzaron a ser aprendidas y confesadas a modo de reacción y propuesta, en este caso con la intención de contravenir las ideas del arminianismo. Para ello, se llevó a cabo el Sínodo de la Iglesia Reformada en Dordrecht, entre el 13 de noviembre de 1618 al 9 de mayo de 1619, instancia en la que participaron 84 miembros y 18 comisionados seculares. Ellos elaboraron una respuesta en un documento conocido como los “Cánones de Dort”. En algún momento de la historia, más reciente por lo demás, pero que no se puede señalar con toda claridad, las doctrinas de la gracia llegan a recibir el nombre de TULIP, por las siglas conformadas por cada uno de los cinco puntos a modo de acróstico en inglés:

Total depravity.

Unconditional election.

Limited atonement.

Irresistible grace.

Perseverance of the saints.

Estos puntos, traducidos al castellano, son: a) depravación total, b) elección incondicional, c) expiación limitada, d) gracia irresistible, y e) perseverancia de los santos. Estas doctrinas son aceptadas en iglesias presbiterianas y reformadas,  congregacionalistas y bautistas particulares.

Cada doctrina nos permite entender la gracia que Dios nos ha tenido: en la depravación total reconocemos la condición de miseria en la que vivíamos sin Cristo, en la elección incondicional vemos el amor eterno con el que Dios decidió predestinarnos para salvación, con la expiación limitada es que podemos cantar con certeza en la vida: “Cristo me ama, bien lo sé, su Palabra me hace ver”; con la gracia irresistible podemos notar que Dios nos llamó como el pastor a sus ovejas y, la perseverancia de los santos, en la que podemos notar cómo Dios nos hace mantenernos en fidelidad a su alto llamado. Estas doctrinas no son para andar discutiéndolas ni banalizándolas en Facebook u otra red social, sino que son descubiertas y proclamadas para que sean amadas por el pueblo de Dios, para volver nuestros ojos hacia Él, celebrando su amor y para inclinar nuestros corazones a la humildad. En ellas, podemos ver el amor soberano de un Dios que nos transforma y cuida con fidelidad. 

Que el Señor nos ayude con la riqueza de su Palabra a poner nuestros ojos en Cristo, y no en nosotros mismos. Si hay algo que los cinco puntos del calvinismo buscan, sin lugar a dudas, es que adoremos a Dios y cantemos a su eterna gloria. 

En Cristo, Luis Pino Moyano.

 

* Descarga el estudio inductivo basado en los 5 puntos del calvinismo, haciendo clic aquí.

[Registro Audiovisual] Coloquio “Una Fe Pública”.

El sábado 14 de septiembre realizamos un coloquio titulado “Una Fe Pública. La vigencia del pesamiento reformacional de A. Kuyper, H. Dooyeweerd, N. Wolterstorff, B. Goudzwaard y A. Plantinga”. La actividad fue maravillosa y tuvo aspectos sorprendentes. Comenzaba a las 9:00 hrs. de un día sábado, previo a una de las festividades más importantes del país. No obstante, unas cuarenta personas se acercaron a las dependencias del Centro de Literatura Cristiana, en Amunátegui 57 de Santiago, ávidos de aprender en el diálogo sobre pensamiento reformacional. De verdad, emocionante. Con gran alegría podemos decir que éste es el comienzo de varias cosas que vendrán, con la ayuda del Señor de todo. 

Comparto acá los vídeos de las dos mesas de ponencias:

  • La primera mesa abordó a dos pensadores clásicos del neocalvinismo: Abraham Kuyper y Herman Dooyeweerd, con ponencias mía y del Pr. Jonathan Muñoz. 

 

 

Opción de escuchar audio:

  • La segunda mesa abordó a pensadores más recientes: Gonzalo David habló sobre Nicholas Wolterstorff, Javiera Abarca sobre Alvin Plantinga y Luis Aránguiz sobre Bob Goudzwaard. 

 

 

También puede escucharse el audio:

Estén atentos a la página de Estudios Evangélicos y a su red en Facebook, pues se seguirán compartiendo artículos sobre esta temática e informando de nuevas instancias de reflexión que rescata y lee para el presente la propuesta reformacional.

 

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* Los podcast pueden escucharse y ser descargados desde la plataforma Ivoox, haciendo clic aquí.

La disciplina espiritual del ayuno: algo más que simplemente abstenerse de comer.

Casi todas las religiones antiguas consideraron al ayuno como una de sus prácticas rituales importantes. Por otro lado, en tiempos más recientes (en términos históricos, por cierto), se le ha utilizado como arma política o medida de presión (la también llamada “huelga de hambre”) por movimientos que alentaban la resistencia pacífica, algunos de ellos, liderados por actores cristianos. Incluso, las nuevas espiritualidades, solapadas en discursos de “vida sana”, la han promocionado como “instrumento para la salud integral”. 

Volviendo a la religión, y sobre todo al mundo cristiano, existe también la idea muy difundida del ayuno como un pesado sacrificio que busca lograr algún favor divino, en la lógica del “intercambio”. Sin embargo, esto no obsta para que lo definamos, bíblicamente, como un sacrificio espiritual en el que nuestra vida toda entrega adoración a Dios. Una de las palabras que se traduce como sacrificio en la Biblia significa “matar por un propósito”, y la adoración que elevamos a Dios requiere la muerte de nuestro orgullo, pecaminosidad y miedo que amenazan la presentación de un culto santo y agradable para Dios.

A veces, nuestra concepción del ayuno está más relacionada con lo que éste acto espiritual significaba para los judíos, particularmente de su lectura de la ley mosaica (la lectura cristiana de la ley es una lectura distinta, necesaria, hecha a la luz de la historia de la redención conquistada por Jesucristo). Interesantemente, a diferencia de lo que el sentido común haría parecer, el ayuno era prescrito para ser realizado por el pueblo de Dios una vez al año, específicamente, para el “Día de la expiación”, la única “fiesta triste”, donde se buscaba el perdón del Dios santo ante el olvido, indiferencia y rebelión contra él. Así dice: Levítico 16:29-31: “Este será para ustedes un estatuto perpetuo, tanto para el nativo como para el extranjero: El día diez del mes séptimo ayunarán y no realizarán ningún tipo de trabajo. En dicho día se hará propiciación por ustedes para purificarlos, y delante del Señor serán purificados de todos sus pecados. Será para ustedes un día de completo reposo, en el cual ayunarán. Es un estatuto perpetuo”. 

Con el paso del tiempo, y con una mayor institucionalización de la religión judaica, se llegó a ver el ayuno como una “obra cardinal”, junto con la oración y la limosna. Los judíos ayunaban cuando estaban de luto, para expiar pecados, a modo de penitencia nacional y para comunicarse con Dios. En ese sentido, era una práctica para llamar la atención de Dios o demostrar arrepentimiento y devoción. Por lo mismo, los fariseos, judíos ortodoxos y celosos practicantes de la ley y la tradición, ayunaban dos veces a la semana, cosa que excedía con creces lo demandado en la Escritura, hasta ese momento. 

El cristianismo vino entonces a modificar nuestra noción del ayuno. David Mathis nos ayuda con su definición de esta disciplina espiritual, cuando señala que “El ayuno es una herramienta excepcional, diseñada para canalizar y expresar nuestro deseo por Dios y nuestro descontento santo en un mundo caído. Es para aquellos que no están satisfechos con el statu quo. Para aquellos que quieren más de la gracia de Dios. Para aquellos que se sienten verdaderamente desesperados por Dios”. Esta noción, la profundizaremos en la lectura bíblica que presentaremos a continuación, respondiendo a la pregunta por el significado de esta práctica de fe y espiritualidad: ¿qué es el ayuno?

1. El ayuno es una oración fortificada. 

Es imposible entender el ayuno sin la oración. A diferencia de la oración, que puede entenderse sin el ayuno, como una disciplina independiente. Eso hace que el ayuno sea necesario y que la oración sea fundamental. Un caso bíblico que ilustra esto, es la situación narrada en el libro de Ester. En ese momento de la historia bíblica, parte del pueblo de Dios se encontraba cautivo por los medo-persas, y un sujeto de dicho pueblo conspiraba para la eliminación étnica de los judíos reunidos allí, un hombre llamado Mardoqueo, en un acto de connotaciones similares al de Adán en el Edén luego de la caída, se esconde y empuja a su prima o sobrina, Ester, a la que él había adoptado como hija, para que ella actuara en defensa de sus conciudadanos presentándose ante el rey Asuero, lo que según la legalidad imperial podría costarle la vida. Ella asume al riesgo y dice: “Ester le envió a Mardoqueo esta respuesta: ‘Ve y reúne a todos los judíos que están en Susa, para que ayunen por mí. Durante tres días no coman ni beban, ni de día ni de noche. Yo, por mi parte, ayunaré con mis doncellas al igual que ustedes. Cuando cumpla con esto, me presentaré ante el rey, por más que vaya en contra de la ley. ¡Y, si perezco, que perezca!’” (Ester 4:15,16). Cuando Ester , asume valientemente su rol histórico, pide que el pueblo ayune por ella, señalando la necesidad de apoyo de la comunidad en el clamor a Dios, buscando que Él interviniera en la historia que parecía presagiar un inminente final oscuro.

Dicho caso bíblico también nos dota de una clarificación, que tiene mucho sentido para quienes somos reformados: el ayuno no es sólo una práctica individual, íntima, hacia adentro, sino una profundamente comunitaria. La preocupación espiritual cristiana es tanto vertical, manifestándose en el amor al prójimo, y horizontal, lo que se expresa en el amor al prójimo. Puedo intensificar mi oración con los ruegos de otros. 

2. El ayuno es hambre de Dios. 

El relato bíblico que quiero poner en la palestra es muy interesante. Dicho relato, lo ocuparemos, también, más adelante. Mateo registra en su evangelio lo siguiente: “Un día se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: -¿Cómo es que nosotros y los fariseos ayunamos, pero no así tus discípulos? Jesús les contestó: -¿Acaso pueden estar de luto los invitados del novio mientras él está con ellos? Llegará el día en que se les quitará el novio; entonces sí ayunarán”. Los discípulos de Juan, que eran un tipo de judíos ortodoxos, al igual que los fariseos consideraban que el ayuno era una práctica cardinal, por ende, les produce asombro e inquietud que los discípulos del Maestro de Galilea no se abstengan de comer. Jesús hace una explicación muy bella y potente. Los discípulos no ayunaban porque estaban de fiesta, estaban celebrando junto al “novio”. Pero cuando ese novio les sea quitado “entonces, sí ayunarán”. 

Llevemos esta información al dato concreto: los discípulos de Jesús ayunarían entre el arresto de Jesús, su muerte y resurrección. Jesús vuelve a compartir con los suyos, y el evangelio señala escenas de mesa compartida. Luego, Jesús ascendió al cielo, regresando al Padre, lo que abre, nuevamente, un tiempo para ayunar. En ese sentido, la totalidad de nuestra era, entre la ascensión de Jesús y su segunda venida es un tiempo en el cual la iglesia DEBE ayunar. Y no te asustes con la palabra “debe”… esto no se trata de legalismo sino de entender lo que Jesús dice: “sí ayunarán”. Él no dice, “es posible que ayunen”, ni añade un “tal vez”, “esporádicamente”, “en ocasiones”. Él afirma, “sí ayunarán”. Y lo haremos por un sentido de nostalgia de Dios. ¿De qué tenemos hambre? ¿Sentimos nostalgia de Cristo? ¿Cuáles son nuestras necesidades y prioridades? Como dice Mathis: “Al igual que el evangelio, el ayuno no es para los autosuficientes y para los que sienten todo resuelto. Es para los pobres en espíritu. Es para quienes están de duelo. Para quienes tienen hambre y sed de justicia. En otras palabras, el ayuno es para los cristianos”. 

La idea del ayuno está también muy asociada a la del banquete, tanto en la lógica de la fiesta como por la expresión de un hambre verdadera. Jesús contó una parábola sobre un hombre que preparó un gran banquete, al que todos los invitados se excusaron de participar.  Las excusas para no asistir fueron: “El primero le dijo: ‘Acabo de comprar un terreno y tengo que ir a verlo. Te ruego que me disculpes’. Otro adujo: ‘Acabo de comprar cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas. Te ruego que me disculpes’. Otro alegó: ‘Acabo de casarme y por eso no puedo ir’” (Lucas 14:18-20). ¿Acaso es ilegítimo comprarse un terreno o una casa? ¿O es ilegítimo comprarse un medio de transporte o una herramienta de trabajo -resemantizando las yuntas de bueyes, ocupadas como animales de tiro o carga? ¿Es ilegítimo casarse y formar familia? La respuesta es un rotundo no. Y es que el problema no está en la legitimidad de dichas prácticas, sino en cómo dichas cosas, personas y momentos se adueñan de la vida, otorgando sentido e identidad. En otras palabras, aquello que gobierna tu vida, si no es Dios, es un ídolo. 

Por lo que se ha dicho, es que debemos ampliar nuestra noción de ayuno. Martyn Lloyd-Jones decía que: “Si verdaderamente consideramos el ayuno, no debemos limitarlo al tema de comida y bebida; el verdadero ayuno debería de consistir en incluir la abstinencia de cualquier cosa que es legítima en sí y para sí por motivo de algún propósito espiritual. Hay muchas funciones corporales que son correctas y normales y perfectamente legítimas, pero que por alguna razón peculiar en ciertas circunstancias deberían de ser controladas. Eso es ayunar”. En otras palabras, podemos no sólo sentirnos compelidos a ayunar en el sentido estricto de la expresión, absteniéndonos de comer, sino también, ayunar de otras cosas y momentos que siendo legítimos en sí mismos, roban mucho de nuestro tiempo que podría ser ocupado para dedicarnos con tranquilidad a la oración, la lectura de la Biblia, la meditación, el silencio, la adoración.

Por su parte, Richard Foster, señaló que: “Más que cualquier otra disciplina, el ayuno revela las cosas que nos controlan. Este es un gran beneficio para el verdadero discípulo que anhela ser transformado a la imagen de Jesucristo. Cubrimos lo que está dentro de nosotros con comida y otras cosas. […] Si el orgullo nos controla, casi de inmediato será revelado. David dijo: ‘Afligí con ayuno mi alma’ (Salmo35:13). Cólera, amargura, celos, riñas, temor están en nosotros, saldrán a la superficie durante el ayuno. Al principio racionalizaremos que nuestra cólera es debido a nuestra hambre. Entonces sabremos que estamos enojados porque el espíritu de cólera está en nosotros. Podemos regocijarnos en este conocimiento porque sabemos que la sanidad está disponible por medio del poder de Cristo”. El teólogo cuáquero nos señala otra idea necesaria de tener en cuenta: si ayunando nos abstenemos de comida, cosas y momentos, legítimos en sí mismos, con mayor razón nos debemos abstener de todos aquellos pecados que tapamos con comida y más. En ese sentido, el ayuno nos sensibiliza a nuestra realidad, nos presenta nuestras áreas de debilidad, nos expone a la vulnerabilidad, todas cosas necesarias para sentirnos necesitados de la gracia del Dios que nos amó. 

3. El ayuno es adoración. 

Jesús, en la predicación por antonomasia, el sermón del monte dijo: “Cuando ayunen, no pongan cara triste como hacen los hipócritas, que demudan sus rostros para mostrar que están ayunando. Les aseguro que estos ya han obtenido toda su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara para que no sea evidente ante los demás que estás ayunando, sino solo ante tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará” (Mateo 6:16-18). ¿Qué critica Jesús de los fariseos? Con suma claridad, la humillación de los fariseos era fingida, un show, una performance espiritual. Con este tipo de actitud ya recibieron su recompensa: la gloria de los hombres. Es decir, Jesús no está discutiendo sobre el ayuno, sino con los que ayunan y sus motivaciones. El énfasis principal de toda esta sección del sermón del monte (6:1-18) es el carácter indispensable de la sinceridad en la adoración al Dios Todopoderoso. 

Es aquí, incluso, donde el contenido se funde con la forma, porque se invita a los ayunadores a lavarse la cara y perfumarse, y no a andar una cara triste o derrotada, lo que no generaría la necesidad de preguntar si se tiene hambre. Ese aspecto formal es una expresión externa de lo que hay en lo interior: un servicio voluntario, apartado de una religiosidad hipócrita, ya que echarse ungüentos era señal de gozo. Agustín de Hipona planteaba: “Consideramos a la cabeza como la razón, porque se encuentra en la parte superior del alma y gobierna los demás miembros del cuerpo. Luego el ungir la cabeza es tanto como alegrarse. Alégrese interiormente porque ayuna, el que ayunando se separa de las aspiraciones del mundo para quedar sometido a Dios”. 

¿Cuál es nuestra motivación al ayunar? ¿Recibir milagros? ¿Cumplir una norma? ¿Alcanzar un nivel por sobre los demás? Hay dos textos bíblicos que nos ayudarán a responder la interrogante. “Ahora bien —afirma el Señor—, vuélvanse a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos, rásguense el corazón y no las vestiduras” (Joel 2:12,13a); “Y, cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones ¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios” (Santiago 4:3,4, el destacado es mío). La motivación principal a la hora de ayunar es matar al yo, porque si el ayuno es adoración su finalidad es exaltar la vida del Dios vivo y verdadero, y no el acto de construcción del peor de todos los dioses, el más sanguinario y terrible, a saber, uno mismo. 

Esa mortificación del pecado queda expresada con suma claridad en el texto que ha sido llamado como el del “ayuno verdadero”. Isaías 58:3-8 señala la palabra de Dios por medio del profeta: “Y hasta me reclaman: ‘¿Para qué ayunamos, si no lo tomas en cuenta? ¿Para qué nos afligimos, si tú no lo notas?’. Pero el día en que ustedes ayunan, hacen negocios y explotan a sus obreros. Ustedes solo ayunan para pelear y reñir, y darse puñetazos a mansalva. Si quieren que el cielo atienda sus ruegos, ¡ayunen, pero no como ahora lo hacen! ¿Acaso el ayuno que he escogido es solo un día para que el hombre se mortifique? ¿Y solo para que incline la cabeza como un junco, haga duelo y se cubra de ceniza? ¿A eso llaman ustedes día de ayuno y el día aceptable al Señor. El ayuno que he escogido, ¿no es más bien romper las cadenas de injusticia y desatar las correas del yugo, poner en libertad a los oprimidos y romper toda atadura? ¿No es acaso el ayuno compartir tu pan con el hambriento y dar refugio a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no dejar de lado a tus semejantes? Si así procedes, tu luz despuntará como la aurora, y al instante llegará tu sanidad; tu justicia te abrirá el camino, y la gloria del Señor te seguirá”. Isaías nos enseña que la justicia no solo es social sino por sobre todo espiritual, por lo que no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de mentir; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de robar; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de explotar a los demás; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de chismear; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de la codicia y el egoísmo; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de… (agrega el pecado con el que luchas más duramente). El ayuno verdadero consiste en desprenderse de todo peso para que nuestra vida, nuestro único gozo, nuestro único deleite, nuestro único proyecto, nuestra única religión y fe esté en el Dios de la vida. 

He ahí el sentido de lo que el Catecismo de Heidelberg se pregunta por “¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?” (pregunta 1), a lo que se responde: “Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con preciosa sangre por todos mis pecados […]”. Y en ese acto de no pertenecernos a nosotros mismos, ergo, de adoración radical, el ayuno es una expresión de dependencia total a Dios, de adoración genuina (véase la Confesión de Fe de Westminster, capítulo 21, artículo 5). 

4. El ayuno es fiesta espiritual esperanzada. 

En el texto de Mateo 9:15 veíamos que el novio será quitado. En la parábola de las diez vírgenes se señala que el novio volverá: “A medianoche se oyó un grito: ‘¡Ahí viene el novio! ¡Salgan a recibirlo!’” (Mateo 25:6). John Piper señala: “El regocijo comienza con la pasada gracia de la muerte de Cristo y su resurrección, que entonces incluye todo lo que Dios promete en él. Mientras seamos finitos y caídos, la fe cristiana significará ambos deleite (en la pasada) encarnación y deseo (de la futura) consumación. Será tanto contentamiento como insatisfacción. Y la insatisfacción crecerá conforme crezca la medida de contentamiento que habremos conocido en Cristo”.

A eso apunta la alusión a lo viejo y lo nuevo en el texto de Mateo 9, ya referido con antelación, pero en los versículos finales de dicha sección (vv. 16 y 17). Jesús dijo: “Nadie remienda un vestido viejo con un retazo de tela nueva, porque el remiendo fruncirá el vestido y la rotura se hará peor. Ni tampoco se echa vino nuevo en odres viejos. De hacerlo así, se reventarán los odres, se derramará el vino y los odres se arruinarán. Más bien, el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así ambos se conservan”. Esto nada tiene que ver con esa cantinela de los grupos neopentecostales respecto a un nuevo tiempo de la iglesia, en el que se exige mentes renovadas y no las mentes limitadas de legalistas y gente anquilosada al pasado. Los odres viejos y los odres nuevos aluden a formas diferenciadas de entender el ayuno. Piper dice: “El lamento sobre el pecado y el anhelo de librarnos del peligro y la búsqueda de Dios que inspiró el viejo ayuno no estaba basado en la maravillosa obra acabada del Redentor”. El novio, como la simiente de la mujer, ya vino y dio un golpe mortal a Satanás, al pecado y la muerte con su triunfo en la cruz. Por ello, junto con el pastor Piper diremos que: “Lo que diferencia al cristianismo del judaísmo es que el tan anhelado reino de Dios está ahora tan presente como en el futuro”. Sí, nuevamente, estamos bajo la tensión escatológica del “ya, pero todavía no”. 

Sinteticemos: ¿qué es lo novedoso del ayuno? No es la necesidad ni el dolor ni el hambre de Dios, cosa que nos iguala a los practicantes judíos de la ley mosaica y, además, con todo el género humano. Lo novedoso, es que el sentido de vacío ya no está. Cristo llenó los vacíos. La presencia de Cristo es real y grata, nos hemos deleitado en el agradable sabor de su gracia y amor, y eso hace que sigamos teniendo hambre de Él. Y ese “llenado” lo completará cuando consume gloriosamente su reino, luego de su venida que no sólo debemos esperar, sino por sobre todo amar. El ayuno, entonces, es también una fiesta. Una fiesta que nos hace poner la vista en la agenda de Dios que tiene como hito clave el glorioso advenimiento del Señor. 

Para reflexionar y practicar:

El ayuno verdadero implica otras disciplinas espirituales como: la lectio divina, la oración, el retiro y el contentamiento (o frugalidad). En tanto disciplina, es algo que no sólo debemos practicar, sino también planificar. Aquí la pregunta que ayuda es: ¿qué haremos en lugar de comer (o de hacer la cosa que hemos decidido abstenernos)?

El ayuno nos enseña que nuestra vida, más que una performance religiosa, debe depender total y absolutamente de Dios, saciando nuestra hambre de Él, anhelando la venida de Jesucristo en gloria y majestad. Cuando entendemos el ayuno como una actividad feliz de la presencia de Cristo, nos debe hacer pasar de la disciplina al deleite, y hacer que dicho gozo se irradie en nuestra relación con Dios y con el prójimo. 

Algunas recomendaciones prácticas: a) comience su ayuno al despertar; b) termínelo a media tarde; d) luego, coma algo muy liviano; e) en medio del ayuno beba agua sin restricción; f) suspenda el ayuno si comienza algún malestar irrecuperable; g) si tiene una prescripción médica que le impida ayunar, no lo haga; h) si nunca ha ayunado, comience de a poco. El cristianismo, si bien es cierto trae implícita la marca del sufrimiento, no es masoquismo. Sí, llegará el momento en que necesitaremos mártires… pero aún no (hablo en relación a nuestra realidad nacional). 

La fiesta es importante. No es casual que el primer milagro de Jesús haya sido convertir el agua en vino en medio de una boda. Dicho milagro anticipó la alegría que su ministerio y misión trajo a nuestras vidas. Pero, siguiendo a Mathis, hay que tener claro que en nuestra realidad contemporánea el banquete se haya extendido en nuestra cultura evangélica y/o eclesial, mientras que la frugalidad y el ayuno no. Es urgente recuperar el ayuno, porque esta disciplina nos hará poner nuestra dependencia no en cosas, momentos y personas, sino sólo en Dios. 

Finalizo con las palabras de Edward Farrel: “Casi en todas partes en todo tiempo, el ayuno ha tenido un lugar de gran importancia, puesto que está íntimamente vinculado con el profundo sentido de la religión. Quizás sea esta la razón por la desaparición del ayuno en nuestros días. Cuando el sentido de Dios disminuye, el ayuno desaparece”. Hambre de Dios y sentido de vulnerabilidad hoy. Hoy, no mañana… 

Luis Pino Moyano. 

 


 

Nota contextual y bibliográfica. 

Este texto surge de mis apuntes para la exposición en la Reunión de Hombres del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, celebrada el sábado 3 de agosto de 2019, con el título de “Piedad: Disciplinas espirituales para hombres de hoy”. Hace algunos años atrás había predicado sobre esta temática en las Iglesias Puente de Vida (2011, 2012) y Refugio de Gracia 2017, por lo cual, mucho del material ya lo tenía preparado. En la construcción de esta reflexión fue clave el libro de John Piper, “Hambre de Dios”, que leí en 2011. Ese libro de este entrañable pastor bautista, fue sumamente clarificador para mi, pues antes de su lectura sólo lograba asimilar el ayuno como oración fortificada y como adoración, pero no en el sentido del hambre de Dios y la nostalgia del verdadero hogar. En un acto de honestidad, me declaro tributario de Piper para esta reflexión. 

Para la construcción de este texto, refiero la lectura de los siguientes libros:

  • Foster, Richard. Celebración de la disciplina. Hacia una vida espiritual más profunda. Buenos Aires, Editorial Peniel, 2009.
  • Mathis, David. Hábitos de gracia: disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales. Ellensburg, Proyecto Nehemías, 2016.
  • Piper, John. Hambre de Dios. Cómo desear a Dios por medio de la oración y el ayuno. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2017 (edición más actual en castellano).

No se usaron notas al pie de página, por el formato de soporte: apuntes de una presentación oral. El post buscó mantener la frescura de su carácter originario. 

Los versículos bíblicos fueron tomados de la Nueva Versión Internacional.