¿Cómo hacer historia eclesiástica? Un diálogo lector con Karl Barth.

Son muchas las preguntas que surgen a la hora de realizar la tarea de historizar la vida de la iglesia, sobre todo, cuando se trata de la propia comunidad de fe, con discursos fundacionales que hacen del pasado un constructo pesado, y con testigos vivos que reclaman la posesión de la verdad con un impertérrito “yo estuve ahí”. ¿Qué hacer para sacar del relegamiento de la historia del simple anecdotario que otorga recursos ilustrativos para el sermón del domingo? ¿Qué hacer para sobrepasar las historias acontecimentales, llenas de personajes, héroes, mártires, hechos y fechas, para derivar a historias centradas en problemas de estudio y de profundo carácter interdisciplinario? ¿Qué hacer para que esta disciplina deje de ser la excusa argumentativa de las iglesias emergentes, que hacen tabula rasa de siglos de historia de la “cristiandad” para el supuesto regreso a la iglesia primitiva y sus prácticas sencillas, levantando constructos que se transforman en institucionalidad y dogma, aunque no quieran, pastiche posmoderna de un cristianismo individualizado, más que comunitario? ¿Qué hacer para entender que la historia de la iglesia es la historia de la comunidad y que, por ende, los sujetos del pasado son nuestros hermanos en la común fe?

No pretendo acá responder esas preguntas, pero sí quiero invitar al inicio de un camino con la referencia a un acto pedagógico propio. Cada vez que tengo la posibilidad de comenzar un ciclo de clases de historia eclesiástica, en centros de formación teológica o en iglesias, realizo el mismo acto: tomo en mis manos el libro Introducción a la Teología Evangélica del teólogo suizo Karl Barth y leo una definición que él realiza de manera breve pero profunda en torno a lo que él llamaba “el diálogo secundario de la teología”, que no es otra cosa que el estudio histórico. Cito extensamente a Barth:

“La segunda tarea del estudio teológico se ocupa, en particular, de lo que hemos denominado el diálogo secundario. Desde luego, sin esta discusión secundaria no podría llevarse a cabo ni la exégesis bíblica ni el estudio en cualquier otra esfera de la teología Se trata de estudiar la historia de la Iglesia, su vida teórica y práctica, sus acciones y confesiones de fe y, por tanto, su teología. Lo que está implicado en ello es el largo camino que el conocimiento cristiano –ese elemento fundamental de la vida comunitaria- emprendió y viene realizando desde los días de los profetas y de los apóstoles hasta el momento presente. Puesto que la historia de la Iglesia participa de manera innegable y continua en la historia profana o historia del mundo, y puesto que es también sin duda una parte de la historia universal constituida por el mensaje bíblico del cual ella surge, habrá que examinar entonces la historia de la Iglesia de la misma manera que se estudian otras historias. Se trata de una historia de la fe, de la incredulidad, de la fe errónea y de la superstición; una historia de la proclamación y de la negación de Jesucristo, de las deformaciones y de las renovaciones del Evangelio, de la obediencia que la Cristiandad rindió al Evangelio o que de manera abierta o secreta le negó. La historia de la iglesia, de los dogmas y de la teología es necesariamente, desde la perspectiva de esta comunidad de santos y pecadores, un objeto de estudio teológico. Más aún, la comunidad del tiempo presente se halla incluida en las filas de esa gran comunidad y debe ser valorada por los mismos criterios” [1].

He aquí la que a mi juicio es la definición más completa de la historia eclesiástica con la que me he encontrado en el discurso cristiano, y es en el desgajamiento de ella que profundizaremos en el concepto, en diálogo con otros autores. Barth señala grosso modo que: 

a) La historia eclesiástica es marco necesario para la producción teológica y exegética. 

La pregunta que siempre abre el diálogo académico: “¿Por qué?” La respuesta fácil dice relación con que el cristianismo es una religión que se ha dado en la historia, con continuidades y cambios, en distintos contextos sociales. Y sí, es una respuesta correcta, pero no del todo satisfactoria, debido a que se queda en una mirada de superficie. La historia es marco porque el cristianismo, en tanto fe-vida, es eminentemente histórico.

Quien mejor lo señala, es el fundador de la Escuela de los Annales Marc Bloch, cuando escribió que: “El cristianismo es una religión de historiadores. Otros sistemas religiosos han podido fundar sus creencias y sus ritos en una mitología más o menos exterior al tiempo humano. Por libros sagrados, tienen los cristianos libros de historia, y sus liturgias conmemoran, con los episodios de la vida terrestre de un Dios, los fastos de la Iglesia y de los santos. El cristianismo es además histórico en otro sentido, quizá más profundo: colocado entre la Caída y el Juicio Final, el destino de la humanidad representa, a sus ojos, una larga aventura, de la cual cada destino, cada ‘peregrinación’ individual, ofrece, a su vez, el reflejo; en la duración y, por lo tanto, en la historia, eje central de toda meditación cristiana se desarrolla el gran drama del Pecado y de la Redención” [2]. Esta maravillosa definición de Bloch la tengo presente cada vez que participo de la Cena del Señor en la comunidad. Allí, en ese acto litúrgico, sacramento y medio de gracia, está representada a cabalidad la densidad del tiempo histórico y la duración (la que con Braudel se transformará en la longue durée, la larga duración). Allí en la mesa de comunión está el pasado, el que rememora la vicaria cruz de Cristo y su resurrección por nuestro bien, ligado al presente de la presencia real y mística del Verbo y de la unidad de la comunidad amada por el Dios de la vida, y el futuro, porque la esperanza del regreso del Señor y Rey para consumar la redención y su reino es elemento sustancial de la vida de la iglesia. Bloch, habla de esto al mostrar al cristianismo como la “peregrinación” individual y colectiva tras los pasos del Carpintero de Galilea, en la historia trazada de principio a fin por el Creador. El cristianismo es histórico. Será histórico o no será nada.

b) El estudio histórico del cristianismo, y con él de la iglesia, debe centrarse en la esfera factual y en los discursos que dan sentido a dicha praxis de fe-vida. 

La invitación de Barth, es a construir una historia que busque entender la ligazón entre discurso y acción, entre teología y praxis. Esta idea tiene implicancias tanto en la producción histórica como en la construcción de una disciplina historiográfica marcada por el cristianismo. Lo factual, léase tanto acontecimientos como procesos, debe seguir siendo estudiado. Esto, a pesar que en el marco de la producción histórica desde el cristianismo protestante, se trata del espectro más explotado [3], debe seguir siendo realizado, teniendo en cuenta aquello que el historiador Peter Winn denominó como las fases reconstructiva e interpretativa [4]. La tarea de la primera fase sigue siendo necesaria puesto que aún hay acontecimientos, procesos y actores históricos que no han sido relevados, o estudiados mínimamente, junto a voces que reclaman su escucha. Pero dicha tarea no puede ser acometida con seriedad y rigurosidad profesional si no se toma en cuenta la dimensión interpretativa acerca del pasado y del acto de recordación que habla desde el presente, dando un salto de la respuesta al qué, para pasar a responder el cómo y el para qué, de tal manera que nos acerquemos al contenido del discurso sin disociarlo de la forma en que éste es enunciado, y permitiéndonos dar cuenta de la finalidad que dicho relato tuvo o tiene en los receptores. 

Es hora de dejar de lado las producciones meramente acontecimentales, del pasado por el pasado. La historia de los anticuarios debe dar paso a la historia viva y bullente de los mercados, en la cara metáfora de Henry Pirenne dicha a Bloch, la que el viejo maestro del fundador de Annales explicó diciendo: “si yo fuera un anticuario sólo me gustaría ver las cosas viejas. Pero soy un historiador y por eso amo la vida” [5]. Y no hay historia bullente y viva sin preguntas nuevas y para el presente.

c) La historia eclesiástica es el estudio del cristianismo en el tiempo.

Esta paráfrasis de la sintética definición de Bloch a la disciplina historiográfica está ligada tanto a una noción escatológica, como a una filosófica que entiende que no existe historia de la iglesia separada de una historia profana, sino que ambas caminan por la misma ruta trazada providencialmente. Esto debería llevarnos a concluir que cualquier intento de disociar la historia de la iglesia de la historia del mundo no sólo le hace un flaco favor a la primera, sino que es un acto de inconsistencia teológica. Flaco favor, pues no nos permite mirar con mayor claridad el contexto de enunciación cultural, político, social y económico de ciertos discursos teológicos y prácticas eclesiales, respondiendo al por qué dijeron lo que dijeron e hicieron lo que hicieron. Inconsistencia teológica, pues no nos permite tener en cuenta la mano providente de Dios que traza y dirige la historia hacia su consumación. Para esto se hace relevante, en primera instancia, conocer el pasado-presente de la región o país en la que se emplaza su análisis, su devenir histórico, sus sociedades, su producción cultural y económica, pues eso es congruente con la mirada total de la historia. Y, en segunda instancia, la historia debe estudiarse de manera crítica y con los métodos propios de la historiografía (principalmente en lo que dice relación al trabajo con fuentes) y de las disciplinas que dialogan con ella, tanto de las ciencias sociales como de las humanidades.

Y, no sólo en tercera instancia, sino por sobre todo, como marco de comprensión global en lo que Juan Stam denominó como una de las tareas de la teología, a saber, la de “acompañar al pueblo de Dios en su misión histórica. Eso significa que el teólogo debe ser un especialista en la lectura de ‘las señales de los tiempos’ que discierne el kairós histórico, es decir, el momento oportuno de que nos habla Efesios 5:16” [6]. Esa condición de especialistas nos hace recordar las palabras de Jesús, cuando él nos invita a no ser como fariseos y saduceos, ignorantes de los signos de los tiempos (Mateo 16:3). Ese texto del evangelio de Mateo es el único en la Biblia que ocupa el concepto “signos de los tiempos”, aludiendo, tal y como lo habían hecho los profetas veterotestamentarios, a lo que Dios había realizado en el pasado y lo que estaba mostrando en el presente a través del su Hijo. Teológicamente, se ha ocupado más para referir a acontecimientos o procesos que, como su nombre lo dice, señalan hacia la segunda venida de Cristo, el signo por antonomasia. Quienes trabajamos estudiando la historia de la iglesia debemos tener en cuenta que la visión de la historia en el cristianismo es lineal [7] y que en la actualidad estamos viviendo “los postreros tiempos”. 

Esto hace pertinente referir lo dicho por Anthony Hoekema: “La idea de que la historia se mueve hacia metas establecidas por Dios y que el futuro debe ser visto como el cumplimiento de promesas hechas en el pasado, es la singular contribución de los profetas de Israel” [8]. Esta mirada de la historia es respuesta a la comprensión omniabarcante del cristianismo, en la que Dios es Señor de todo, por ende, también de la historia (Salmo 103:19; Efesios 1:11) y en la que Cristo es el centro (Colosenses 1:15-23). Es más, Cristo ha introducido la nueva era, la de los tiempos postreros, con su primera venida (Hebreos 1:1, 2) y él, con su poder redentor, hace que la historia avance a su consumación, a la eternidad en los “cielos nuevos y la tierra nueva” (los capítulos 5, 21 y 22 de Apocalipsis son claves en esta lectura) [9]. No somos ni pesimistas ni fatalistas, tampoco buscamos escapar de este mundo en pos del venidero, sino que miramos la historia, nuestro pasado-presente, a la luz del triunfo de Cristo en la cruz y sobre la tumba. Es la historia guiada y centrada en aquél que clamó: “Consumado es” (Juan 19:30). No hay en el cristianismo escatología pesimista u optimista. En el cristianismo la mirada del tiempo histórico en su densidad está marcada por el signo de la esperanza. 

d) La historia de la iglesia no es una historia de héroes, sino de hombres y mujeres, santos-pecadores, con aciertos y errores. 

El esfuerzo historiador debe ir acompañado de la eliminación de los mitos fundacionales y del levantamiento de héroes, que obstaculizan el análisis crítico y profundo de la historia de la iglesia. El cristianismo en el tiempo ha tenido en sus filas a hombres y mujeres que son santos-pecadores. Lo más notorio de ello, tiene que ver con la esfera de los aciertos y errores cometidos por creyentes a lo largo de la historia. Justo González, en uno de sus libros, invita a quienes trabajan en la historia de la iglesia a seguir el ejemplo de las historias bíblicas, porque dichos relatos: “no son inocentes, sino que van mucho más allá de la inocencia. Los únicos héroes auténticos de la Biblia son el Dios de la historia y la historia misma, que sigue su implacable marcha a pesar de los fracasos de sus protagonistas” [10]. Esto tiene implicancias en la espiritualidad, puesto que “quienes conciben y leen su historia en términos de pureza y altos ideales se excluyen a sí mismos del poder y la inspiración de las Escrituras” [11]. La historia de la iglesia debe conservar la disciplina de pobreza de espíritu, porque ella trae bienaventuranza. La altivez histórica, manifestada en la elevación de proyectos denominacionales [12] y de sujetos en un tono hagiográfico, como si se tratara de creyentes impecables, lleva al falseamiento de la misma. En la historia, como en la teología y la vida, la finalidad es la gloria de Dios que vive para siempre, no olvidando que “la historia del cristianismo es la historia de los hechos del Espíritu entre hombres y las mujeres que nos han precedido en la fe” [13].

e) Que ligado a lo anterior la historia de la iglesia es el testimonio de la comunidad, ergo es la historia de quienes son nuestros hermanos aunque hayan muerto hace siglos. 

Mirar la historia de la iglesia, con riguroso análisis crítico, no es sinónimo de dejar de lado los “lentes del evangelio” para notar los hechos del pasado, reconociendo que nuestros hermanos del ayer eran santos-pecadores. La mirada desde el evangelio nos permitirá rescatar elementos teóricos y proyectivos de corrientes teológicas adversas, por definición, a la nuestra, que de otra forma eliminaríamos de cuajo. Nos haría recordar la gracia común, en la que vemos que todo don perfecto proviene de Dios (Santiago 1:17), por lo que podemos decir, al igual que antaño, que toda verdad es verdad de Dios. Ahí está nuestro gran problema en el estudio respecto del pasado y del presente de la iglesia, que en muchos casos nos acercamos al pensamiento de autores y corrientes a partir de manuales, sin distinguir los prejuicios que estos establecen, y no en la lectura directa, que permite distinguir entre lo asumible, lo redimible y lo desechable. Actuamos condenatoriamente desde el desconocimiento y la indiferencia. Lo que es peor, actuamos así, porque no reconocemos en el otro a nuestro hermano por el cual Cristo también derramó su sangre, y que con ripios y fallas, puja animado por el Espíritu por el avance del Reino. Me permito citar, nuevamente en forma extensa a Barth: 

“Servirá de algún principio rector inspirado por un determinado sistema filosófico (de la forma en que lo intentó en particular el gran F. Christian Baur), para tratar de dominar la historia de la comunidad en el tiempo que media entre la primera venida y la última venida del Señor. Se limitará sencillamente a ver y mostrar cómo y hasta qué punto todo lo que sucedió y sigue sucediendo en la historia de la comunidad era y es carne; carne, como recuerda el profeta, semejante a la hierba y la flor del campo (Is 40, 6). Esa carne es transitoria, pues su esencia consiste en pasar y desvanecerse. Ahora bien, puesto que Dios es el origen y la meta de esa historia que pasa, los acontecimientos de la historia no está nunca desprovistos del perdón de los pecados ni vacíos de la esperanza en la resurrección de la carne. La ciencia teológica de la historia se abstendrá serenamente de cualquier glorificación completa de un elemento de la comunidad o de cualquier descalificación absoluta de otro elemento. En vez de eso, llorará con los que lloran y se regocijará con los que se regocijan. Permitirá sencillamente que todos los que vivieron, pensaron, hablaron y trabajaron antes de nosotros, hablen por sí mismos. Cuando en beneficio de la comunidad actual, se ilumina de esta manera la vida anterior de la comunidad, entonces la ciencia teológica de la historia servirá también, de manera secundaria y subsidiaria, para la futura congregación, consolidación y misión de la comunidad” [14]. 

La historia que mira desde el evangelio es real e integralmente historia de la iglesia, pues no glorificará a nadie más que a Dios, criticando lo que haya que criticar y, a la vez, amando a nuestros hermanos del ayer, aprendiendo de sus aciertos y errores, lo que sin duda reportará un enorme utillaje para la misión en el presente. 

Con todo esto, Karl Barth nos presenta la importancia y la limitación de la tarea histórico-eclesiástica. Es importante, porque no existe posibilidad de pensar un cristianismo disociado del tiempo histórico. Pero su alcance es limitado, toda vez que ella no tiene la voz concluyente en materias de doctrina y práctica. Esa voz concluyente la conocemos en la Palabra de Dios cuyo magno fin es conducirnos a mirar a Cristo en fe, adoración y asombro. 

Luis Pino Moyano. 


Notas bibliográficas.

[1] Karl Barth. Introducción a la teología evangélica. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006, p. 207.

[2] Marc Bloch. Introducción a la Historia. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 1957, pp. 9, 10. El libro ha sido publicado por la misma casa editora con el título “Apología para la historia o el oficio del historiador”.

[3] Sólo a modo de indicación, muestra de lo dicho son las obras: Kenneth Scott Latourette. Historia del Cristianismo. Tomos I y II. El Paso, Casa Bautista de Publicaciones, 1979 (publicado en varias ediciones); Williston Walker. Historia de la iglesia cristiana. Buenos Aires, Editorial La Aurora, 1957; Justo González. Historia del cristianismo. Desde la era de los mártires hasta la era inconclusa. Miami, Editorial Unilit, 2009.

[4] El autor trabaja este asunto en la problemática respecto a la historización del tiempo presente Peter Winn. “El pasado está presente. Historia y memoria en el Chile contemporáneo”. En: Anne Pérotin-Dumon (editora). Historizar el pasado vivo en América Latina. http://etica.uahurtado.cl/historizarelpasadovivo/es_contenido.php (revisada en julio de 2012).

[5] Bloch. Op. Cit., p. 38.

[6] Juan Stam. Apocalipsis y profecía. Las señales de los tiempos y el tercer milenio. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 1998, p. 16.

[7] Sobre este punto, es importante lo señalado por Theo Donner: “La historia tiene principio en la creación, va hacia un fin que es la consumación final, el juicio, los nuevos cielos y la nueva tierra. Además, la historia tiene un centro que es la encarnación de Cristo, la cruz y la resurrección. No hay movimiento cíclico, sino que toda la historia se mueve hacia una meta. Este fin implica al mismo tiempo juicio y promesa, dependiendo de cómo responde el ser humano frente al evento central de la historia, la venida de Cristo”. Theo Donner. Posmodernidad y fe. Una cosmovisión cristiana para un mundo fragmentado. Barcelona, Editorial CLIE, 2012, pp. 106, 107.

[8] Anthony Hoekema. La Biblia y el futuro. Grand Rapids, Libros Desafío, 2008, p. 38.

[9] En estos elementos del punto de vista cristiano he seguido la lectura de Hoekema, Op. Cit., pp. 39-54.

[10] Justo González. Teología liberadora. Enfoque desde la opresión en una tierra extraña. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2006, p. 124.

[11] Ibídem.

[12] A modo de ejemplo, referir el caso del libro de Jesse Lyman Hurlbut. Historia de la iglesia cristiana. Deerfield, Editorial Vida, 1994. A pesar de que su esfuerzo sintético y divulgativo es valorable, la idea de llamar a la iglesia primitiva como “iglesia pentecostal” y finalizar el libro con la historia de las Asambleas de Dios, es bastante cuestionable, no por el hecho de la subjetividad de la interpretación, sino por la trama construida que busca develar la continuidad y la restauración de la fuerza pneumatológica original de la iglesia en una denominación.

[13] González. Historia del cristianismo. Op. Cit., p. 22.

[14] Barth. Op. Cit., pp. 208, 209.

Las iglesitas dentro de la iglesia y las semillas de división.

Quisiera comenzar partiendo con la siguiente presuposición: nunca los procesos divisivos de la iglesia son felices. Siempre dejan heridas, dolor y tristeza. No por nada el apóstol Pablo señala, en su carta a los hermanos de Romanos, lo siguiente: “Pero les ruego, hermanos, que se cuiden de los que causan divisiones y tropiezos en contra de la enseñanza que ustedes han recibido, y que se aparten de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a su propio vientre, y con palabras suaves y lisonjeras engañan al corazón de los ingenuos” (Romanos 16:17,18, RVC, como todas las citas bíblicas que siguen). El texto bíblico es sumamente claro en plantear que lo que nos debe caracterizar es la enseñanza bíblica, desde el lente apostólico, es decir, cristiano, que trasunta en servicio a Jesucristo y en real edificación y alegría del cuerpo de Cristo, y no en divisiones y palabras hipócritas. Porque como señala el proverbista, “Es mejor la reprensión franca que el amor disimulado. Son más confiables las heridas del que ama, que los falsos besos del que aborrece” (Proverbios 27:5,6). La honestidad entre hermanos es demasiado valiosa. Siempre es preferible hablar con alguien que se tiene la seguridad de quién es y qué piensa, que con un solapado que sólo te lisonjea. La reprensión manifiesta es valiosa, porque ayuda a caminar y a crecer, porque busca edificar y no destruir con palabras lindas carentes de sinceridad. Y claramente, siempre ésta reprensión tiene que estar basada en la Escritura, nuestra única y suficiente regla de fe y práctica, y no en los constructos idolátricos, por mucho que aparenten piedad. 

Sería extraño que una división eclesiástica no nos produzca dolor, cuando amamos a nuestros hermanos y la unidad de la iglesia, que no sólo nos debiese resultar preciada, sino entenderla como un mandato del Señor (véase 1ª Corintios 12 — 14 y Efesios 4:1-15). La unidad de la iglesia no es un valor de última categoría, transable por otros principios. El Señor Jesucristo, en la misma noche en la que fue entregado a sus captores, lo que derivó en su muerte de cruz, oró al Padre diciendo: “Pero no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo crea que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Juan 17:20-23). La oración de Jesús debiese marcar nuestra agenda en la misión. El conservar la unidad en la familia de la fe forma parte del deseo de Dios para su pueblo. 

Pero a la vez, se hace relevante a la hora de conversar con franqueza el tema de la división procurar su “des-sentimentalización analítica”. No me refiero a dejar el amor, preclara señal de nuestra fe cristiana, sino a ponderar con rigurosidad todas las variables que están en ella, con la certeza de lo dicho por el apóstol Pablo cuando dijo: “Porque es preciso que haya disensiones entre ustedes, para que se vea claramente quiénes de ustedes son los que están aprobados” (1ª Corintios 11:19). Sí, en el caso de vivir un proceso divisivo, lloramos la pérdida de hermanos de nuestra comunidad de iglesias, pero eso no puede producir una tristeza y amargura que nos anquilose en las tareas de la misión de Dios. La disensión es mala, pero es prueba de la fe en Jesucristo. 

La teología reformada es muy clara a este respecto. Las divisiones, en su generalidad, tienen un origen pecaminoso. Louis Berkhof señala en su “Teología Sistemática” que: “algunas divisiones, tales como aquellas que se deben a diferencias de localidad o de lenguaje, son perfectamente compatibles con la unidad de la iglesia; pero otras, tales como las que se originan en perversiones doctrinales o en abusos sacramentales, en realidad estorban esa unidad. Las primeras resultan de la dirección providencial de Dios, pero las últimas se deben a la influencia del pecado: al oscurecimiento del entendimiento, al poder del error, o a los caprichos del hombre; y por tanto la iglesia tendrá que luchar por el ideal, derrotando esos obstáculos” [1]. Para Berkhof, sólo existe división legítima en aquellas que:

a) tienen relación con fronteras geográficas y o idiomáticas, cuidando así que el mensaje sea predicado en lengua vernácula (característica fundamental del protestantismo);

b) para evitar la generación de liderazgos que ejerzan un poder internacional (por eso, el presbiterianismo construye iglesias nacionales, lo que no obstaculiza la misión ni las relaciones fraternas con otros concilios);

y c) sobre todo, para evitar la perversión doctrinal que rompa las marcas de la iglesia, a saber, la predicación fiel de la Palabra de Dios, la correcta administración de los sacramentos y el recto ejercicio de la disciplina eclesiástica.

Como plantea, Sean Michael Lucas, la ruptura con una iglesia sólo puede fundamentarse un bases doctrinales profundas en las que el propio evangelio está en juego [2]. Es decir, cuando uno busca producir un quiebre legítimo de una denominación debe tener la profunda claridad que dicha iglesia madre ha renunciado al evangelio. Si esto no es así, se peca contra Dios y el prójimo y, volviendo al texto paulino a los hermanos de Corinto, se evidencia quiénes son aprobados. 

Un gran aporte teórico para esta ocasión es el brindado por el Dr. Martyn Lloyd-Jones, en su conferencia del año 1965 sobre los puritanos, titulada “Ecclesiola in ecclesia”, es decir, una “iglesita dentro de la Iglesia”. Lloyd-Jones realiza un interesante análisis histórico de grupos dentro de la iglesia, que tienen el carácter de conformar una iglesita dentro de la misma, desde la Edad Media hasta el momento contemporáneo de dicho autor. Me permitiré citar in extenso tres fragmentos de dicha conferencia.

“La idea de quienes componían estas iglesitas no era formar una nueva iglesia. Esto es elemental. No tenían interés alguno en separarse; de hecho, se oponían violentamente y con acritud a una idea semejante. No perseguían cambiar la doctrina de la Iglesia. […] No les inquietaba la doctrina de la Iglesia, sino más bien la condición y la vida espiritual de esta. […] La gente que creía en la idea de la ‘ecclesiola’ no tenía la intención de transformar por completo la iglesia, sino, más bien, de formar un núcleo de verdaderos creyentes dentro de la misma. El propósito de este núcleo sería actuar como levadura e influir en la vida de la iglesia por el bien de esta. […] El argumento parecía ser más bien que, si el intento de reformar a toda la iglesia fracasaba, entonces, lo único que podía y debía hacerse era formar este núcleo dentro de la misma con la confianza de que, por último, sería capaz de impregnar la vida de toda la congregación y reformarla” [3].

Este fragmento es fundamental, toda vez, que empatiza con los creadores de las “iglesitas dentro de las iglesias”, entendiendo que sus intenciones y motivaciones originarias puede que no hayan sido pecaminosas, inclusive, generando instancias para el conocimiento de la Escritura, la oración, la comunión, fortaleciendo la piedad y pujando para la renovación de la iglesia. El problema está en el ADN del proyecto “iglesita dentro de la Iglesia”. Señala Lloyd-Jones:

“Si divides tu iglesia y dices: ‘Voy a llamar a los verdaderos cristianos a fin de celebrar reuniones especiales para ellos’, ¿qué efectos crees que tendrá sobre el resto? Una acción así está destinada a producir resentimiento y oposición, como ha ocurrido invariablemente; así que, lejos de ayudar a tales personas, crearás en ella un espíritu de antagonismo. / En segundo lugar, como ya he sugerido, ¿acaso no lleva esto implícito en su misma esencia un elemento separatista? Sin duda estarás causando una división” [4].

Entonces, el problema de la “iglesita dentro de la Iglesia” no es de métodos ni de algunos fines conseguidos, sino en cómo se estructura dicho proyecto: la “iglesita dentro de la Iglesia” de forma inherente a su ADN padece de elitismo espiritual. Entiende que en su grupo están los mas puros doctrinalmente, aquellos que no se pervierten por ideologías, los que más oran y pujan por su santificación, los que más y mejor hacen para la misión. Por ello, pueden desarrollar las tareas de renovación de la iglesia. ¡Esto es sumamente ofensivo! Es ofensivo para el Espíritu Santo porque es Él quien renueva a la iglesia con su poder vivificador, es Él quien sostiene y guía a la iglesia a toda verdad y justicia (Juan 16:7-13; Hechos 1:8; Romanos 8:1-17). Es sumamente ofensivo para la iglesia, porque no entiende que en ella no existen creyentes como “modelos terminados”, sino pecadores que están en quiebra espiritual y que deben presentarse vulnerables ante el Dios de toda gracia. He ahí la esencia de nuestra mirada amorosa respecto de los más débiles. Pensar que se tiene el poder para construir la iglesia perfecta es pavimentar el camino para la tiranía eclesiástica y para la destrucción de la comunidad. 

Muy bien lo decía el pastor y teólogo Dietrich Bonhoeffer cuando planteó que:

“Debemos persuadirnos de que nuestros sueños de comunidad humana, introducidos en la comunidad, son un auténtico peligro y han de ser destruidos, so pena de muerte para la comunidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales. / Dios aborrece los ensueños piadosos porque nos hacen duros y pretenciosos. Nos hacen exigir lo imposible a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Nos erigen en jueces de los hermanos y de Dios mismo. Nuestra presencia es para los demás un reproche vivo y constante” [5].

Pensarse como lo más reformado dentro de lo reformado, como expresión de la pureza doctrinal, lleva en su ADN el quiebre divisivo, puesto que esa autocomprensión siempre se desarrolla en relación a otros. Soy más en relación a otro que es menos. Y ahí está el germen de los mitos fundacionales de las nuevas iglesias, que no trepidan en enlodar a otros dilapidándoles pública y privadamente, para justificar su quiebre pecaminoso. Como plantea Martyn Lloyd-Jones:

“El Nuevo Testamento admite claramente que en la iglesia hay diferentes tipos de personas: unas más fuertes y otras más débiles. Están aquellos a quienes se llama ‘espirituales’, lo que implica que hay otros que lo son menos. Se reconocen toda clase de categorías, diferencias y distinciones entre los miembros de la iglesia. Se nos exhorta siempre a llevar los unos las cargas de los otros, se dice que el fuerte debe ayudar al débil, etc. Pero, ciertamente, nada de esto justifica que se separe a unos pocos de los demás. Ninguna de estas citas sugiere en lo más mínimo algo semejante. Yo hasta diría que un proceder así contradice abiertamente las enseñanzas del Nuevo Testamento” [6].

Si algo tienes de Dios es sólo por pura gracia, y eso que tienes no es nada si no lo pones al servicio de los demás. Si no miras y actúas con amor respecto de tu prójimo no te sirve de nada tener el conocimiento y la fe ortodoxa que profesas… simplemente te estás construyendo idolátricamente como un metal que resuena y un címbalo que retiñe (1ª Corintios 13:1-3). Al final, lo que te llevará a quebrar la unidad de la Iglesia no será la pureza del evangelio de Jesucristo, sino tus ansias de poder, la ensoñación de una comunidad que no existe en la realidad de hermanos de carne y de hueso, tu agenda o proyecto ensimismado. No será tu falta de amor simplemente. Será tu amor desordenado. 

Luis Pino Moyano.


[1] Louis Berkhof. Teología Sistemática. Grand Rapids, Libros Desafío, 1999, pp. 684, 685.

[2] Sean Michael Lucas. “O que é goberno da igreja?”. En: Série Fé Reformada. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2015. 

[3] Martyn Lloyd-Jones. Los puritanos. Sus orígenes y sucesores. Edimburg, El Estandarte de la Verdad, 2013, pp. 198, 199. Corresponde a la Conferencia del año 1965, titulada: “Ecclesiola in ecclesia”.

[4] Ibídem, p. 214.

[5] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 19-23.

[6] Lloyd-Jones, Op. Cit., p. 217.

Somos sacerdotes para Dios.

Los reformadores del siglo XVI Martín Lutero, Ulrico Zwinglio, Juan Calvino, John Knox, entre otros, fueron fundamentalmente predicadores de la Palabra de Dios. Y en dicha comunicación nos enseñaron algunos principios relevantes como los que mencionaré: a) la centralidad y suficiencia de Cristo, b) la salvación por pura gracia, c) la justificación por la fe, d) que nuestra doctrina y práctica está sustentada sólo en la Palabra y en toda ella. Nos enseñaron también que hemos sido hechos libres para amar y servir, que la iglesia reformada debe siempre reformarse a la luz de la Palabra y que sólo Dios debe ser glorificado en todo y por todos. Todas esas enseñanzas relevantes tuvieron un punto en común: no fueron innovaciones ni inventos, como sí lo era, por ejemplo, la predicación de las indulgencias. El mayor mérito de la Reforma Protestante fue su falta de originalidad. Lo que los reformadores hicieron, y lo que nosotros debemos seguir haciendo, es ir a la Escritura, y recoger de allí lo que creemos, pensamos y vivimos. Lo que debemos imitar es el reconocimiento del alto valor que tiene la Palabra revelada de Dios, inspirada por el Espíritu, leída en comunidad y en nuestro idioma con la ayuda del Espíritu Santo. Tener la Palabra como centro y base es más que una declaración doctrinal, es un estilo de vida.

Una de las cosas más terribles que hizo el catolicismo romano en los siglos del Medioevo, y que en muchos lugares se sigue entendiendo así, dice relación con la separación de trabajos sagrados y profanos. Eso hizo que no sólo se valorara al sacerdocio como un trabajo sagrado en detrimento de otros oficios, sino que se derivara en una clericalización de la iglesia, es decir, se construyó una clase alta de personas superiores que tienen el poder de decir cómo creer y vivir la fe, dando paso a muchas acciones tiránicas. Frente a eso se alzó como una de las banderas de lucha de la Reforma Protestante la doctrina del Sacerdocio Universal de los Creyentes. Lutero dijo con toda claridad en su “Tratado sobre el Nuevo Testamento”: “Por lo tanto todos los cristianos son sacerdotes, todas las cristianas sacerdotisas, sean jóvenes o viejos, amos o siervos, amas o criadas, eruditos o ignorantes. En esto no hay diferencia alguna” [1].

¿Qué nos enseña la Biblia sobre esta doctrina? A través de la lectura de la Palabra de Dios daremos cuenta del significado, las bendiciones y las responsabilidades del sacerdocio universal de los creyentes.

1. ¿Qué significa el sacerdocio universal de los creyentes?

Los sacerdotes en el Antiguo Testamento eran sujetos que provenían de la tribu de Leví y que cumplían funciones en el tabernáculo y, posteriormente, en el templo. Dichas funciones eran: a) la mediación entre el pueblo y Dios, centrados por el sistema ceremonial y cúltico; b) el consultar a Dios para reconocer la voluntad divina para el pueblo de Dios; y c) la interpretación y enseñanza de la ley de Dios. Haciendo una interpretación de la obra de Cristo, teniendo en cuenta el anuncio del texto veterotestamentario, el autor desconocido de la carta a los Hebreos, dijo: “Cristo, por el contrario, al presentarse como sumo sacerdote de los bienes definitivos en el tabernáculo más excelente y perfecto, no hecho por manos humanas (es decir, que no es de esta creación), entró una sola vez y para siempre en el Lugar Santísimo. No lo hizo con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, logrando así un rescate eterno. La sangre de machos cabríos y de toros, y las cenizas de una novilla rociadas sobre personas impuras, las santifican de modo que quedan limpias por fuera. Si esto es así, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente!” (Hebreos 11:9-14). Este texto nos enseña tres verdades fundamentales acerca del oficio sacerdotal de Cristo y del cumplimiento en él de lo anunciado por el sistema ceremonial del Antiguo Testamento: a) Cristo es el sumo sacerdote; b) Cristo es el templo; y c) Cristo es la ofrenda. La muerte de Cristo fue en favor de su pueblo, en beneficio suyo y en su lugar. Fue, además, un sacrificio único y perfecto. A tal nivel cambia la noción religiosa de los primeros, que Timothy Keller dice sobre esto en un diálogo imaginario: “Cuando el cristianismo surgió, no fue considerado como una religión. Era la no-religión por excelencia. Imaginen a los vecinos de los primeros cristianos preguntándoles por su fe. ‘¿Dónde está ti templo?’. Los cristianos respondían que no tenían templo. ‘¿Cómo puede ser? ¿Dónde ofician sus sacerdotes?’. Los cristianos respondían que no tenían sacerdotes. ‘Pero… -balbuceaban sus interlocutores- ¿dónde están los sacrificios para complacer a sus dioses?’. Los cristianos respondían que ellos ya no hacían sacrificios. Jesús era el templo para acabar con todos los templos, el sacerdote para acabar con todos los sacerdotes, y el sacrificio para acabar con todos los sacrificios” [2]. Cristo modificó nuestra forma de acercarnos a la vida verdadera y a nuestra relación con Dios. Todo esto es fundamental para entender el oficio universal de los creyentes como sacerdotes para Dios. 

El apóstol Pedro en su primera carta, hablando de los creyentes en Cristo Jesús dice: “Cristo es la piedra viva, rechazada por los seres humanos, pero escogida y preciosa ante Dios. Al acercarse a él, también ustedes son como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. De este modo llegan a ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo. Así dice la Escritura: ‘Miren que pongo en Sión una piedra principal escogida y preciosa, y el que confíe en ella no será jamás defraudado’. Para ustedes los creyentes, esta piedra es preciosa; pero para los incrédulos, ‘a piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular’, y también: ‘una piedra de tropiezo y una roca que hace caer’. Tropiezan al desobedecer la palabra, para lo cual estaban destinados. Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido” (1ª Pedro 2:4-10).

El texto nos enseña que somos una comunidad de sacerdotes, y cada uno de quienes conformamos dicha comunidad somos, metafóricamente, piedras del templo de Dios. Somos sacerdotes no sólo de manera individual, sino comunitariamente: ¡No existe posibilidad para un cristianismo solitario! El cristianismo es comunitario por definición. Como diría John Leith: “Todos son iguales ante Dios, gozan de los mismos privilegios y participan de las mismas responsabilidades” [3]. El versículo 4, nos señala que Cristo es la piedra viva y fundamental. Es una piedra viva, porque es una persona y también porque tiene el poder de darnos vida a todos los demás. Fue rechazada por los hombres (¡la muerte en la cruz!), pero aprobada por Dios (¡la resurrección, ascensión y glorificación!). Es sobre Cristo que la comunidad puede encontrar fundamento sólido, porque Él es la roca inconmovible. Fuera de Cristo todos nuestros proyectos fracasan. Por su parte, Pedro en el versículo 5 señala que nosotros somos piedras vivas, esto, porque tenemos vida en Cristo. Esto, nos plantea el desafío de ser templos del Dios vivo y nos responsabiliza en la noble tarea de presentar sacrificios espirituales para Dios (más adelante hablaremos sobre eso). Es comunitariamente que presentamos dichos sacrificios para Dios, pues juntos somos piedras vivas, juntos somos el templo de Dios. A su vez, los versículos 9 y 10 nos presentan que nuestra nueva identidad como pueblo de Dios es por pura gracia, que somos reyes y sacerdotes para Dios, y que eso nos responsabiliza en la vida y el testimonio. En el Israel de Dios, conformado por judíos y gentiles, no hay un clero de sacerdotes, una clase diferente de creyentes especiales, sino un pueblo de sacerdotes. Los oficios de Cristo de rey, profeta y sacerdote, son también los oficios de la iglesia. 

Orlando Costas, en su libro “La iglesia y la misión evangelizadora”, dijo: “En primer lugar, quiere decir que cada cristiano, en virtud del sacrificio vicario de Jesucristo sobre la cruz, puede acercarse a Dios personalmente sin mediación de ninguna otra persona (Heb. 8:10-11). En segundo lugar, quiere decir que por cuanto cada creyente es miembro del cuerpo de Cristo, tiene una función, un ministerio y una misión particular que ejecutar. Dicha misión no es distinta a la misión de la Iglesia, sino que está íntimamente vinculada a ésta. En otras palabras, la Gran Comisión no es responsabilidad de una casta selecta dentro de la Iglesia, sino de cada creyente, no importa cuán humilde o cuán ignorante sea” [4]. No necesitamos mediadores para adorar, podemos ir ante la presencia de Dios todos los días de nuestra vida, sabiendo que Dios está presente y escucha nuestras plegarias. Además, la misión no es cosa de profesionales, es tarea de la iglesia, cada creyente tiene el deber sagrado de presentar a otros las buenas nuevas de Jesucristo. 

2. ¿Qué bendiciones trae el sacerdocio universal de los creyentes?

Sin lugar a dudas, la mayor bendición es que Cristo sea nuestro mediador.  Dice el evangelio de Mateo: “Entonces Jesús volvió a gritar con fuerza, y entregó su espíritu. En ese momento la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló y se partieron las rocas” (Mateo 27:50,51). Cristo, con su muerte en la cruz abrió el camino para que no necesitáramos más mediadores humanos en nuestra relación con Dios. Su muerte hace que Él, y sólo Él, sea el perfecto mediador. El velo del templo rasgado es un poderoso símbolo del fin de la ley ceremonial, ya que el camino a la presencia de Dios fue abierto por Jesucristo. El autor desconocido de la carta a los Hebreos también señaló: “Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos” (Hebreos 4:14-16). Cristo es nuestro fiel abogado en los cielos, a quien podemos acudir en nuestros momentos de necesidad. En Él tenemos gracia que nuestra vida necesita. Solo Cristo, sola gracia. 

Además, que nosotros seamos sacerdotes también es una bendición. Somos sacerdotes no por mérito propio o por capacidades que se entrenan en una preparación académica: somos sacerdotes por la gracia de Dios. Somos sostenidos en nuestro sacerdocio por Cristo. Podemos participar de la comunión con Dios porque Cristo triunfó en la cruz. Todo eso, nos invita a vivir y testimoniar como sacerdotes, que es lo que veremos a continuación.

3. ¿Qué responsabilidades trae el sacerdocio universal de los creyentes?

¿Se acabaron los sacrificios luego de la muerte de Cristo? El fin de la ley ceremonial del Antiguo Testamento no acabó con la necesidad de los sacrificios, sino que los redefinió. Ya no matamos ni quemamos animales, pero presentamos otros sacrificios. ¿Qué sacrificios presentamos a Dios hoy? Los siguientes textos nos ayudan a entender la adoración renovada de la comunidad de sacerdotes. 

Romanos 12:1,2: “Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta”. El sacrificio que se nos demanda acá es que toda nuestra vida esté rendida a Dios y sujeta a su Palabra. Se trata de una obediencia radical a Dios, una disciplina espiritual en la que no nos dejamos moldear por las ideas de la cultura imperante. Necesitamos una constante “metanoia”, una transformación del corazón, lo que involucra el intelecto, las emociones y la voluntad. Dios quiere que le demos toda nuestra vida, no las sobras de ella. 

Hebreos 13:15,16: “Así que ofrezcamos continuamente a Dios, por medio de Jesucristo, un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre. No se olviden de hacer el bien y de compartir con otros lo que tienen, porque esos son los sacrificios que agradan a Dios”. Se nos enseña acá que estos sacrificios se entregan continuamente y no de vez en cuando y que se ofrecen a Dios por medio de Jesucristo. Estos sacrificios agradan a Dios, pues la gracia nos invita a vivir para Dios. El testimonio no salva, pero es el fruto de corazones agradecidos, que son vivificados por el Espíritu Santo. Y luego menciona sacrificios espirituales, a saber, labios que le adoran haciendo resonar aquello que abunda en nuestro corazón. La adoración es un tema fundamental de la teología cristiana que entiende que nuestro fin principal es “glorificar a Dios y gozar de Él para siempre” (Catecismo menor de Westminster, pregunta 1). Y también, practicar la justicia que entre los actos concretos se hace manifiesta en la misericordia. La justicia y la misericordia en la Biblia caminan de la mano. No sólo esperamos justicia de otros, hacemos justicia cuando practicamos lo que la Biblia enseña y cuando compartimos aquello que Dios nos da. Siempre tenemos algo para dar, por muy poco que sea. Siempre podemos compartir. 

El que seamos sacerdotes para Dios trae las siguientes implicancias:

· Esta doctrina incluye aspectos de la doctrina de la salvación y de la iglesia, junto con la tarea misional. Los redimidos por Jesucristo desempeñan su trabajo para Dios en el mundo en la totalidad de las esferas de la vida. No existe separación de trabajos sagrados y profanos. Hemos sido llamados a la vocación sagrada de ser sacerdotes en el mundo. 

· El sacerdocio universal une y edifica a la iglesia. Señala la necesidad de la participación de todos y de su capacitación para su área de quehacer. Hace poner la vista en los demás buscando la edificación de la hermandad. 

· El Espíritu Santo fue derramado en todos los creyentes. El Señor otorga dones, comisiona y capacita a los líderes a su labor. La iglesia reconoce los dones y el llamado del Señor (oficios particulares, presbíteros y diáconos). En el presbiterianismo ese reconocimiento se manifiesta en la votación en el marco de las asambleas. 

· Los roles específicos de los oficiales de la iglesia no niegan el sacerdocio universal de los creyentes. Todos los creyentes son llamados a servir. Los líderes son siervos de Dios que cuidan a su pueblo.

· En la Biblia el liderazgo tiene poco que ver con jerarquías, sino más bien con relaciones significativas de acompañamiento espiritual.

· Se debe evitar la profesionalización y la burocratización del liderazgo, como la distinción entre clero y laicos. La Reforma rompió con esa diferenciación. Mantener esa distinción porque la iglesia funciona bien, es “romanismo larvado” (Juan Wherli).

· Timothy Keller, en su libro “Iglesia centrada”, señala: “El Espíritu equipa a todo creyente para ser un profeta que trae la verdad, un sacerdote que sirve con simpatía y un rey que llama a otros a un amor responsable; incluso si carece de dones especializados para el oficio o ministerio a tiempo completo. […] Esta comprensión del oficio general ayuda a prevenir que la iglesia se vuelva una burocracia de arriba hacia abajo, conservadora, alérgica a la innovación. Nos ayuda a entender a la iglesia como un ministerio que cambia la vida y que cambia el mundo; todo sin depender del control y la planificación de una jerarquía de líderes” [5].

Por todo lo anterior, todos somos responsables de la vida en comunidad. Todos somos responsables de nuestros hermanos. Todos somos responsables de cuidar la iglesia. Todos somos responsables de aprender y servir. Si tú no estás sirviendo hoy en tu comunidad, no estás cumpliendo con el llamado sagrado que Dios te ha dado para que seas un sacerdote.

Para reflexionar y practicar. 

Me libraré de decir algunas cosas citando a R. B. Kuiper, en su excelente libro “El cuerpo glorioso de Cristo”, dijo: “¡Cuán pocos miembros de la iglesia hoy en día son serios estudiantes de la Sagrada Escritura! ¡En cuán pocos hogares, llamados cristianos, es dado un lugar de honor el culto familiar, en el cual los padres oran con y por sus hijos y les enseñan la Palabra de Dios! ¡Cuán pocos, al regresar a casa después del servicio de predicación, siguen el ejemplo de los de Berea que escudriñaban la Escrituras para ver si las cosas eran así (Hch. 17:11)! ¡Cuán pocas iglesias pueden mantener activa una organización para sus hombres! ¡Cuán pocas organizaciones de mujeres en las iglesias, además de tener costura y levantar fondos para la iglesia, se ocupan en el estudio de la Biblia! ¡Cuán pocos miembros de la iglesia son capaces de dirigir a la congregación en oración pública! ¡Cuán pocos de los miembros en plena comunión reúnen las cualidades para servir como ancianos y diáconos! ¡Cuán pocos miembros de la iglesia se dan cuenta que es su solemne deber amonestar a los miembros que andan desordenadamente! ¡Cuán pocos participan en los esfuerzos evangelísticos!” [6]. Si hay algo de aquí que resuena en tu mente, es a tu conciencia. Si estás sirviendo en todas estas áreas, persiste en la gracia, buscando la gloria de Dios y no la tuya. 

La sana comprensión de esta doctrina nos puede llevar a asimilar tres cosas fundamentales:

· La primera, que como iglesia tenemos una profunda necesidad: los líderes de la iglesia necesitan sacarse la “capa de superhéroes” y nosotros tenemos el deber de sacar esa capa de nuestras mentes. Si bien es cierto, la Biblia nos demanda a quienes trabajamos para el cuerpo de Cristo cumplir con una serie de requisitos, que son parte de nuestra tarea, y que más allá de las manchas de nuestro pecado contamos con la ayuda del Espíritu Santo para ello, nuestra comunidad nunca entenderá la fuerza de la sola gracia de Dios si no nos entienden como personas que somos vulnerables. Los líderes de la iglesia somos vulnerables, no somos modelos terminados de santidad, porque somos pecadores, débiles, ignorantes en algunas áreas. Por eso, creemos que el gobierno presbiteriano de la iglesia es mejor, no sólo porque no se centraliza el poder en una sola persona, sino porque mi debilidad es suplida por la fortaleza del otro. 

· La segunda, es una comprensión de la historia en clave de providencia: a veces, Dios en su soberanía y perfecta sabiduría, se place de usar como medio la manifestación de debilidades de nuestros líderes en la iglesia, la enfermedad o situaciones traumáticas vividas por ellos, e inclusive, procesos divisivos de la iglesia, para que podamos ver con toda claridad en qué cosas o en quiénes estamos poniendo nuestra confianza. No somos indispensables para el cuerpo de Cristo. Sólo Cristo, como fundamento lo es. Sólo en su gracia, podemos ser piedras vivas dentro de la casa que es todo el pueblo de Dios. También, dichas circunstancias nos hacen ver en quién estamos descargando responsabilidades que podríamos nosotros realizar, pues “quien no trabaja da trabajo”. 

· En tercer lugar, los líderes de la iglesia, en especial los pastores, tienen necesidades espirituales y necesitan ser pastoreados y animados en la misión. Barnabas Piper, hijo del pastor John Piper, plantea en un libro en el que habla de su experiencia como hijo de pastor, dice: “Los hijos de los pastores necesitamos ver que nuestros padres se quitan el traje y la corbata y disfrutan de un buen tiempo de risas con amigos cercanos. Tenemos que ver la intensidad de nuestros padres expresada en la predicación, pero también tenemos que ver esa misma intensidad en otras áreas de la vida que no tienen que ver con la iglesia, la teología o el ministerio. Tenemos que ver a nuestros padres recurrir a un amigo querido cuando golpea una crisis o el dolor abruma. Necesitamos ver una cultura, aunque sea pequeña, de verdadera amistad. (La iglesia como un todo necesita lo mismo: ver un pastor que tiene un círculo de amigos que son queridos, honestos, que cuidan, y testarudos). De lo contrario, nos volvemos personas atrofiadas socialmente y lisiadas relacionalmente que tienen luchas para ser honestos y depender de otros cuando necesitamos ayuda, consuelo y dar cuentas” [7]. ¿Estás dispuesto a ser un amigo de pastor? ¿Estás dispuesto a hablar con ellos no sólo cuando tienes momentos difíciles en los que necesitas consejería, sino cuando quieres conversar de religión, política y fútbol? ¿Estás dispuesto a aconsejar y pastorearles cuando ellos también lo requieren?

En síntesis, el sacerdocio universal es un llamado a salir de la comodidad para comenzar a trabajar: en el evangelismo, el discipulado, la adoración, la familia, la comunidad eclesial y en las distintas vocaciones que Dios nos ha dado. Somos sacerdotes todos los días, en todo lugar y toda la vida. Como toda bendición va acompañada de responsabilidades, y para ello, necesitamos a Jesucristo, el perfecto sumo sacerdote, aquel que nos toma de la mano, nos transforma, corrige, anima, consuela y nos ayuda a caminar. Pongamos nuestros ojos en Cristo. Descansemos en Él, para que trabajemos en la iglesia y en el mundo sin pesos innecesarios. 

Luis Pino Moyano.

Este artículo tuvo como base el bosquejo de mi predicación en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el 31 de octubre de 2019, en el marco de la celebración del Día de la Reforma Protestante. 


Notas bibliográficas.

[1] Citado en: Justo González. Historia del pensamiento cristiano. Barcelona, Editorial CLIE, 2010, p. 635. 

[2] Timothy Keller. El Dios pródigo. Miami, Editorial Vida, 2011, p. 23.

[3] John Leith. A Tradição Reformada. Uma maneira de ser a comunidade cristã. São Paulo, Pendão Real, 1997. p. 168. 

[4] Orlando Costas. La iglesia y su misión evangelizadora. Buenos Aires, Editorial La Aurora, 1971, p. 65.

[5] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 367. 

[6] R. B. Kuiper. El cuerpo glorioso de Cristo. Guadalupe, Editorial CLIR, 2018, pp. 151, 152. 

[7] Barnabas Piper. El hijo del pastor. Miami, Editorial Patmos, 2016, pp. 120, 121.

Conversaciones sobre la Reforma Protestante.

Durante este mes de octubre, he tenido la posibilidad de compartir distintas conversaciones en torno a la Reforma Protestante, y quisiera compartir en un día como hoy, 31 de octubre, donde se conmemora la aparición pública de las 95 Tesis de Martín Lutero hace 503 años atrás. La idea transversal es reconocer el aporte de los reformadores, sobre todo en su anhelo de volver a la Escritura como la Palabra de Dios, y las fortalezas que nos provee una tradición. 

Compartiré dichas participaciones, según el orden cronológico:

1. El plan de Dios sobre la sociedad y la cultura. 

En esta exposición, refiero al papel de los creyentes cristianos en la cultura y la sociedad, recordando los mandatos creacionales, tan caros para la tradición reformada. La actividad fue realizada por la Iglesia Presbiteriana de Chiguayante.

2. Entrevista sobre las Reformas Protestantes.

En la entrevista, se abordan desde distintos prismas el hito del 31 de octubre de 1517 y el movimiento de Reforma que abrió, con sus luces y sombras, y los desafíos que nos reporta en el presente. La entrevista fue realizada en el marco de la Red Teológica de Estudiantes. 

3. La confesionalidad de la Iglesia.

¿Qué es la confesionalidad de la iglesia? ¿Cómo se elaboró la Confesión de Fe de Westminster? ¿Cuáles son sus implicaciones para la vida en comunidad? Son preguntas que son respondidas en este vídeo, publicado hoy 31 de octubre de 2020, en el que la Iglesia Puente de Vida se hace parte de la celebración de los 503 años de la Reforma Protestante. 

Ciclo de estudios sobre Juan Calvino.

Este tiempo de cuarentena, ha hecho que nos refugiemos y que nos perdamos instancias presenciales de conversación y aprendizaje. Pero dicha situación no obsta para que aprovechemos las herramientas que están a nuestro alcance y podamos compartir talleres, cursos, conversatorios desde distintas plataformas virtuales. Es así, que hace poco más de un mes tomé la iniciativa de hacer unas transmisiones por medio de Facebook Live, sobre la vida y obra del teólogo francés y reformador en Ginebra, Juan Calvino. Así fue que durante cuatro lunes, a las 5 de la tarde, nos acompañamos virtualmente conversando sobre esta temática.

La parcelación del ciclo de estudios fue así:

22 de junio: Contexto histórico de la Reforma Protestante.
29 de junio: Biografía de Juan Calvino.
6 de julio: Producción teológica de Juan Calvino.
13 de julio: Pensamiento económico y social de Juan Calvino.

La idea de las exposiciones era acercar a Juan Calvino a creyentes y no, a calvinistas y a quienes no lo son, y sobre todo a personas que les entusiasma aprender de historia de la iglesia. De hecho, hubo excelentes preguntas y opiniones en cada una de las emisiones. Si abre preguntas y motivaciones a estudiar más, se habrá cumplido el objetivo.

A continuación, comparto los vídeos de cada una de las exposiciones, para que puedan verlas cuando estimen conveniente, esperando que sean un aporte para sus conocimiento.

Hacia un entendimiento integral de la disciplina eclesiástica.

Existen tres marcas para reconocer una iglesia verdadera: la predicación fiel de la Palabra de Dios, la correcta administración de los sacramentos (dos, la Cena del Señor y el Bautismo) y la aplicación de la disciplina eclesiástica. Eso hace que hablar de disciplina sea un tema sumamente relevante a la hora de pensar la iglesia de Cristo y nuestra relación como creyentes que somos parte de una comunidad, miembros de ella, con los derechos y responsabilidades que ello implica. Se trata, sin exagerar, de un tema vital para la vida de la iglesia. 

Disciplina es una palabra que tiene mala prensa, tanto que cuando se le menciona, suena inmediatamente a castigo. Pero en la Biblia no es así. Literalmente en el Nuevo Testamento  la palabra disciplina significa “enseñanza” o “formación”, dando cuenta de un entrenamiento que se desarrolla en la caminata de la fe. Por eso ella instruye y alienta, corrige y restaura. La disciplina está imbricada de manera inseparable con el discipulado perpetuo de los creyentes. Respecto de eso, R. C. Sproul señala: “Una iglesia es responsable de la nutrición espiritual de sus miembros, de que la gente crezca en su fe y progrese en su santificación. Por lo tanto, se requiere la disciplina para mantener la iglesia libre de infecciones con impurezas y corrupción” [1]. 

Soy miembro y oficial de la Iglesia Presbiteriana de Chile, y ella en su Estatuto tiene un libro completo sobre la temática (Libro VI),  en el que se conceptualiza la disciplina eclesiástica y se regula la ejecución de un proceso, de manera consistente a la Escritura, nuestra confesionalidad, norma estatutaria, e incluso el estado de derecho del país. En dicho estatuto, se entiende la disciplina como el ejercicio de la autoridad y la aplicación del sistema de leyes que el Señor ha establecido en su iglesia, comprendiendo el cuidado y dirección de la iglesia sobre sus miembros, oficiales y tribunales u organizaciones. Se la entiende como el “ejercicio ordenado y oportuno de la autoridad conferida a la Iglesia por nuestro Señor Jesucristo” (Art. 123), que tiene como finalidad “defender la verdad y restablecer la gloria y autoridad de Cristo ante una o más ofensas, mediante la remoción y supresión del escándalo, la sanción de las ofensas para el bien espiritual de ofendidos y ofensores, la conservación y promoción de la pureza de la doctrina, la edificación de la Iglesia y el arrepentimiento del o los ofensores” (Art. 124). ¿Cómo se entiende la ofensa? A mi juicio, es una de las cosas más preciosas de esta norma estatutaria, toda vez que no se plantea una lista de pecados, sino más bien una descripción amplia, que permite la distinción de oficiales y miembros (los primeros como más responsables), junto con el discernimiento de agravantes y atenuantes. Se señala: “Ofensa es todo aquello que es contrario a las Sagradas Escrituras y a la doctrina expresada en los símbolos de fe de la IGLESIA PRESBITERIANA DE CHILE o a este estatuto, o que, aun cuando no es por su propia naturaleza ofensivo, puede tentar a otros a que ofendan o a destruir la edificación espiritual de otro creyente, sea en el actuar de un miembro, de un oficial, de un grupo, de un consejo o de un tribunal de la IGLESIA” (Art. 127). 

Teniendo todo esto en mente, abordaré a continuación la temática de la disciplina eclesiástica, a partir de tres preguntas que le haré al texto bíblico: a) ¿por qué es necesaria la disciplina eclesiástica?; b) ¿cómo ejercer la disciplina eclesiástica?; y c) ¿qué hacer luego de la disciplina eclesiástica?

1. ¿Por qué es necesaria la disciplina eclesiástica? 

“Claro que ninguna disciplina nos pone alegres al momento de recibirla, sino más bien tristes; pero después de ser ejercitados en ella, nos produce un fruto apacible de justicia. Levanten, pues, las manos caídas y las rodillas entumecidas; enderecen las sendas por donde van, para que no se desvíen los cojos, sino que sean sanados” (Hebreos 12:11-13, RVC).

Es muy interesante cómo entiende el ejercicio de la disciplina eclesiástica el autor desconocido de la carta a los Hebreos. La analogía con la práctica deportiva es más que útil, pues nos presenta las ideas de rigurosidad, salud y beneficio para la vida. Combinando textos de Proverbios e Isaías se nos presenta que la disciplina produce salud para la iglesia, sobre todo cuando nos sometemos voluntaria y humildemente a ella, lo que traerá paz. Estamos en presencia de la evidente relación de justicia y paz. La disciplina no puede ser juzgada a cabalidad por el dolor que produce inicialmente, sino por su fruto. 

El texto nos presenta la finalidad de la disciplina eclesiástica al decirnos que ella busca que el pecador se acerque a Dios y renueve su comunión espiritual con Él. La debilidad y flojera espiritual son figuradas por “las manos caídas y las rodillas entumecidas”, por lo que la disciplina es comparada con la terapia deportiva que rehabilita al atleta lesionado preparándole para una nueva carrera. Esta rehabilitación estará completa cuando haya sanidad de las heridas producidas en el pasado, y cuando se entreguen herramientas para evitar el mismo tropiezo o peligros similares. Es una preocupación espiritual y ética cuidar el bienestar de los creyentes con un entendimiento integral de la disciplina eclesiástica, permitiendo que los débiles, “los cojos” en el texto, no vacilen en su fe. 

2. ¿Cómo ejercer la disciplina eclesiástica?

“Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo cuando él y tú estén solos. Si te hace caso, habrás ganado a tu hermano. Pero si no te hace caso, haz que te acompañen uno o dos más, para que todo lo que se diga conste en labios de dos o tres testigos. Si tampoco a ellos les hace caso, hazlo saber a la iglesia; y si tampoco a la iglesia le hace caso, ténganlo entonces por gentil y cobrador de impuestos. De cierto les digo que todo lo que aten en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo. Una vez más les digo, que si en este mundo dos de ustedes se ponen de acuerdo en lo que piden, mi Padre, que está en los cielos, se lo concederá. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos” (Mateo 18:15-20 RVC). 

El texto de Mateo que registra las palabras de Jesús (¡nuestro Señor!), presenta con claridad un proceso que consta de tres etapas: primero, en privado; luego, ante testigos; y, finalmente, ante la iglesia. Estos pasos denotan que el objetivo de la disciplina es el arrepentimiento y el cuidado de ofendidos y ofensores, reduciendo el conocimiento público del daño causado. Dicha reducción no es ocultamiento, sino un acto que no disocia la verdad del amor, con un preclaro entendimiento del daño que produce el pecado en la vida de la iglesia. Todo pecado en la comunidad, se hace a expensas de ella, dañando la vida de los creyentes y de la iglesia. La corrección evita la humillación pública del ofensor, ayudándole así a su restauración. Esto presenta una verdad de máxima relevancia para la vida de la iglesia: si yo soy mano en el cuerpo, y uno que es pie sufre daño, yo también sufro porque soy parte del mismo cuerpo. Estamos en presencia de una verdad de la doctrina de la iglesia que ataca la indiferencia y el descuido frente a la vida de quienes llamamos con amor y realismo hermanos. 

Expliquemos de manera breve los pasos:

  • El primer paso es la instancia privada entre ofendido y ofensor. Este paso busca facilitar la confesión del pecado. Si se puede corregir a alguien en privado, no existe la necesidad de hacerse público su pecado. Es la etapa de la corrección fraterna caracterizada por el amor. 
  • El segundo paso, sigue siendo una instancia privada, salvo que el ofendido busca ser acompañado por dos o tres testigos que salvaguarden su testimonio, dando legitimidad a sus palabras y acciones. Es el paso en que otros escuchan, también, la otra versión de los hechos, propendiendo con ello a una posible mediación que busque acercar posiciones y arreglar aquello que fue dañado. 
  • El tercer paso apela a la comunidad. La comunidad tiene la autoridad para arreglar sus problemas internos. Es interesante que esta es una de las pocas ocasiones que los evangelios hablan directamente de “iglesia”, y esté precisamente en el contexto de la disciplina en ella. Este paso da cuenta de la necesidad de una forma de gobierno. Cuando un tribunal de la iglesia juzga a los miembros de ella, es la iglesia la que está haciéndolo. Es más, si sus líderes actúan responsablemente, bajo la dirección del Espíritu mediante la Palabra, la decisión es la de Dios. 

Aquí surge una pregunta más que válida: ¿qué pasa si el ofensor no acepta la disciplina de la iglesia? En los tiempos de Jesús existían comunidades religiosas que expulsaban a los miembros de ella sin ningún miramiento, siendo los esenios un ejemplo de ello. Todo el procedimiento enseñado por Jesús busca evitar que esto ocurra, pero abre la puerta para que en ciertas ocasiones esta medida sea tomada. Y la ocasión es clara: cuando el ofensor no acepta la disciplina, poniendo con ello en riesgo el bienestar de la comunidad. Cuando la NVI traduce “gentil y cobrador de impuestos” como “incrédulo o renegado” está poniendo el sentido de lo que quiso decir Jesús con su comparación. Los creyentes cristianos tienen en casos como estos razones fundadas para apartar al ofensor contumaz de la adoración comunitaria, suspendiendo incluso las relaciones sociales de dichos sujetos con los miembros de la comunidad. Un ejemplo de este tipo de castigo puede encontrarse en el caso del joven que tenía una relación adúltera con su madrastra en el seno de la iglesia de Corinto (1ª Corintios 5:1-13). 

Para una comprensión integral de la disciplina eclesiástica, es sumamente necesario no perder de vista lo que dicen los versículos 18 al 20. Dicho fragmento nos muestra que cuando se siguen fielmente las directrices enseñadas por Jesús, el mismo Dios del cielo aprueba las decisiones de la iglesia. El versículo 18 dice: “De cierto les digo que todo lo que aten en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo”. Como dice una nota de la Biblia Nácar Colunga: “Los términos atar y desatar tienen un sentido jurídico en la literatura rabínica de los tiempos de Cristo, y equivalen a prohibir y permitir, respectivamente, en el orden moral” [2].  Por su parte, los versículos 19 y 20 dicen: “Una vez más les digo, que si en este mundo dos de ustedes se ponen de acuerdo en lo que piden, mi Padre, que está en los cielos, se lo concederá. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos”. Es preponderante decir que estos versículos que comúnmente se dicen respecto de la oración y del culto, están en un texto que explícitamente hablan de la disciplina eclesiástica. Los principios que se obtienen de aquí nos enseñan que la oración nos pone la agenda también en el marco de la disciplina, pues nos libra tanto del espíritu vengativo como de la impunidad. Además, el Señor Jesús está presente está presente en la actividad judicial de la iglesia, lo que debiese llenarnos de convicción, esperanza, como también de profundo temor y temblor.

3. ¿Qué hacer luego de la disciplina eclesiástica? 

“Pero si alguno me ha causado tristeza, no me la ha causado sólo a mí sino, en cierto modo, a todos ustedes (y espero no exagerar). El castigo que muchos de ustedes le impusieron a esa persona, es suficiente. Ahora deben perdonarlo y consolarlo, pues de lo contrario podría consumirlo la tristeza. Por tanto, les ruego que confirmen su amor hacia él. También les escribí para comprobar la obediencia de ustedes en todo. Así que a quien ustedes perdonen, yo también lo perdono. Y se lo perdono, si es que hay algo que perdonar, por consideración a ustedes en la presencia de Cristo; no vaya a ser que Satanás se aproveche de nosotros, pues conocemos sus malignas intenciones” (2ª Corintios 2:5-11 RVC). 

Esta porción escritural nos habla de una persona que ha causado serios problemas a la comunidad en Corinto, tanto que se le impuso un duro castigo luego de un proceso disciplinario. El ofensor ha mostrado genuino pesar y arrepentimiento, por lo cual Pablo exhorta a que se le levante la disciplina, restaurándole con amor a la plena vida comunitaria. No perdamos de vista lo siguiente: Pablo no está cuestionando el proceso disciplinario. Es más, confía en los líderes que lo llevaron a cabo y señala el acierto en la ejecución del mismo. 

Lo que sí Pablo cuestiona es que se mantenga el castigo de un miembro que ya se ha arrepentido, al que Cristo había perdonado, y al que Pablo, de manera concordante, también mostró la misma acción. Él exhorta a los hermanos corintios que hagan lo mismo, que le reconcilien con cariño y levanten su sanción, pues si no lo hacen se terminará destruyendo al hermano, lo que no está en el propósito de la disciplina. De hecho, según el texto, Satanás puede salir victorioso si la iglesia, que ve el cambio en el corazón del pecador, se mantiene dura y sin perdonar a quién le ha dañado. No causemos dolores innecesarios aumentando tristeza y culpabilidad en quien ha sido perdonado.

¿Qué nos enseña este texto para la iglesia del presente?

  • La disciplina no debe convertirse en un acto de rigor inmisericorde en el cual no haya lugar para el perdón y la restauración. Si hay arrepentimiento genuino, también debe haber reintegración completa.
  • No debiéramos permitir nunca que un pecador perdonado se aparte del cuerpo de creyentes y abandone la fe, por la falta de amor de la iglesia. La falta de perdón no sólo daña al ofensor, sino a toda la iglesia. La falta de perdón es evidencia de un corazón endurecido que se cierra a manifestar la gracia de la que hemos sido beneficiarios sin merecerla. 
  • De aquí se desprende un principio para la práctica muy interesante: no es necesario poner plazos a la disciplina en una escala temporal (meses, años), sino declararla indefinida hasta que haya arrepentimiento que conduzca a la reparación y la restauración.

Para reflexionar y practicar. 

No debemos olvidar nunca que los objetivos de la disciplina de la iglesia son la gloria de Cristo, la pureza de la iglesia y la restauración del pecador.

Debiésemos entender, sobre todo quienes somos líderes en la iglesia, que no hay intocables en la comunidad cristiana. Que quienes somos miembros de la iglesia somos, por ello, susceptibles de ser disciplinados. Quienes somos miembros de la iglesia debemos recordar que “al que se le da mucho, también se le exigirá mucho; y al que se le confía mucho, se le pedirá más todavía” (Lucas 12:48b RVC); y “Porque con el juicio con que ustedes juzgan, serán juzgados; y con la medida con que miden, serán medidos” (Mateo 7:2 RVC). Esto nos ayudará a conducirnos con clara conciencia de la vocación que nos ha sido encomendada, junto con la acción en justicia cuando nos toque participar de un proceso disciplinario. Ser oficial de la iglesia es un privilegio y una responsabilidad. 

Quien no acepta la disciplina actúa en rebeldía ante Dios y la comunidad. Podemos escapar de la disciplina de la iglesia, pero de la de Dios no podemos escapar. Dios es justo y no puede ser burlado con triquiñuelas y acomodos que pervierten el sano ejercicio de la disciplina eclesiástica. La ley de la siembra y la cosecha es inexorable desde la perspectiva creyente (Gálatas 6:7-9).

¡La disciplina siempre es un acto pastoral! No hay disociación entre cuidado de los creyentes y su disciplina. David Hormachea lo explica de muy buena manera en uno de sus libros cuando dice: “Ningún hombre puede hacer algo tan malo que haga que Dios le ame menos. Ni puede hacer algo tan bueno que haga que Dios le ame más. […] Dios siempre nos ama, su amor no varía. Él es el mismo por todos los siglos. En Él no hay sombra de variación. Su amor es permanente e invariable. Cuando hacemos lo malo, Dios nos ama. Cuando hacemos lo bueno, también nos ama. Nunca deja de amarnos, solo que la manifestación de su amor es distinta dependiendo de nuestra actuación. Cuando hacemos bien nos anima y se alegra. Cuando nos equivocamos, nos exhorta y nos sigue amando. Cuando nos rebelamos, nos disciplina y nos sigue amando. / Nuestro deber como pastores, como consejeros, como miembros de las congregaciones es imitar el maravilloso amor de Dios. Debemos amar a los que pecan, a los que no les hemos descubierto su pecado, a los que pecan en aspectos poco escandalosos y hasta a los que dicen que no pecan. Debemos amar siempre. A veces recompensamos una obra bien hecha y mostramos nuestro amor con estímulos y recompensas. A veces disciplinamos una mala actuación o un acto pecaminoso expulsando a los rebeldes y restaurando a los arrepentidos; sin embargo, en todos los casos debemos actuar con amor. Ese amor que abraza, besa, acaricia, exhorta, anima, separa o expulsa y que nunca varía aunque lo manifestemos en forma distinta” [3]. La disciplina es un acto de amor. 

Debemos orar para pedir ayuda a Dios, ya sea para perdonar a quienes nos han dañado, como para dar el paso de pedir perdón, según lo que el mismo Padrenuestro nos enseña. Luego de eso, busca encontrarte con el hermano o hermana que has dañado o que te dañó, y procura la reconciliación. Confiesa tus pecados a Dios. También puedes confesar tus pecados a un hermano de confianza para que te ayude a orar, y con ello, dar tranquilidad a tu conciencia, conduciéndote con fe a la sanidad que Dios puede darte (Santiago 4:12). 

Charles Spurgeon, en su Discursos a mis estudiantes, decía que “No permitamos que nuestra predicación recta y fiel degenere en regaños a la congregación. Algunos llaman al púlpito ‘Castillo de los Cobardes,’ y tal nombre es propio en algunos casos, especialmente cuando los necios suben a él e insultan impúdicamente a sus oyentes, exponiendo al escarnio público sus faltas o flaquezas de carácter” [4]. Ni el púlpito ni las conversaciones de pasillo ni las redes sociales son el espacio para la disciplina. Esa es una actividad propia de la comunidad delegada en sus autoridades. No contamine a la iglesia con su imprudencia. Ella no castiga con justicia ni sana restaurando corazones. Sólo produce daño. Daña a personas, daña comunidades y daña el testimonio del evangelio. En definitiva, daña al mismo Jesús. 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] R. C. Sproul. Todos somos teólogos. Una introducción a la Teología Sistemática. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 2015, p. 283. 

[2] Sagrada Biblia Nácar-Colunga. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1969, p. 1069. Nota a Mateo 18:18. 

[3] David Hormachea. El adulterio. ¿Qué hago? Nashville, Grupo Nelson, p. 266. 

[4] Charles Spurgeon. Discursos a mis estudiantes. El Paso, Casa Bautista de Publicaciones, 1996, pp. 154, 155.

[Reseña de libros] “Creados a imagen de Dios”, de Anthony Hoekema.

Anthony Hoekema fue un teólogo reformado de la tradición holandesa, que vivió entre 1913 y 1988. En 1923 emigró a Estados Unidos, lugar en el que hizo estudios de Teología y Psicología, doctorándose en la primera área (se formó en Princeton y Cambridge). Se desempeñó como Pastor en la Iglesia Cristiana Reformada entre 1944 y 1956 y como profesor de Teología Sistemática en el Calvin Theological Seminary desde 1958 a 1979. Además de este libro de antropología teológica, escribió sobre dones espirituales, movimientos sectarios y escatología [1]. Referirnos a Creados a imagen de Dios, es dar cuenta de un libro que busca hacerse parte de la discusión en torno al significado del ser humano desde una perspectiva reformacional, siendo éste un problema de suyo importante y que ha atravesado la filosofía y la política a lo largo de la historia. Hoekema, girando siempre en la relación no contradictoria de criatura-persona, discurre ampliamente en todas las áreas de la existencia humana. 

Para el autor se puede distinguir a las antropologías no cristianas entre idealistas y materialistas. Las idealistas son aquellas que “consideran que el ser humano es básicamente espíritu y que su cuerpo físico es ajeno a su verdadera naturaleza”, y las materialistas señalan que “el hombre es un ser compuesto de elementos materiales, y su vida mental, emocional y espiritual es simplemente un subproducto de su estructura material” [2]. Eso hace, que desde una perspectiva teológica, ambas visiones sean insuficientes toda vez que ven al hombre desvinculado de Dios. Según Hoekema, “Una de las premisas básicas del concepto cristiano del hombre es la fe en Dios como Creador, lo cual conduce a la idea de que la persona humana no existe en forma autónoma o independiente, sino como criatura de Dios” [3]. He aquí el fundamento de una antropología cristiana, el hecho de que todos los seres creados dependen de Dios. Este basamento, conduce a Hoekema a definir al ser humano como alguien que es, a la vez, una criatura y una persona. Dice: “es una persona creada. Éste es, pues, el misterio central del hombre: ¿cómo puede el hombre ser a la vez criatura y persona? Ser criatura, […] significa dependencia absoluta de Dios; ser persona significa independencia relativa. Ser criatura significa que no puedo mover un dedo ni puedo pronunciar una palabra aparte de Dios; ser persona significa que cuando mis dedos se mueven, soy yo quien los mueve, y que cuando mis labios pronuncian palabras, soy yo quien las pronuncia. Ser criaturas significa que Dios es el alfarero y nosotros la arcilla (Ro. 9:21); ser personas significa que nosotros somos quienes damos forma a nuestras vidas con nuestras propias decisiones (Gá. 6:7-8)” [4].  Esta definición es clave, y si se quiere contracultural, puesto que liga dos elementos que nos parecen incompatibles bajo el influjo de la subjetividad moderna: dependencia y libertad. 

El que el ser humano sea una criatura tiene tremendas implicancias. La primera de ellas, tiene que ver con la posibilidad de redención. Hoekema dirá que “el hecho de que el hombre sea una criatura implica que, después de haber caído en pecado (por su propia culpa), solo puede ser redimido del mismo y rescatado de su condición caída por medio de la intervención soberana de Dios en su favor. Dado que es una criatura, sólo la gracia puede salvarlo, es decir, en total dependencia de la misericordia de Dios” [5]. La dependencia de Dios es total, porque la única posibilidad de que el diseño comience a ser restaurado por la acción soberana y libre de Dios. Por otro lado, es importantísimo señalar que “lo que en la actualidad hay de malo o pervertido en los seres humanos no formaba parte de la creación original del hombre. En el momento de su creación el hombre era muy bueno” [6]. Esto nos lleva a la consideración sobre la imagen de Dios en el hombre. Cuando hablamos de la imagen de Dios nos estamos refiriendo a que el hombre fue creado para reflejar y representar a Dios y no existe privilegio más grande dado a la humanidad que ser una imagen de aquél que nos ha creado. El autor cita a Herman Bavinck cuando declara que “El hombre no es simplemente portador o poseedor de la imagen de Dios; es la imagen de Dios. […] Nada en el hombre queda excluido de la imagen de Dios. Todas las criaturas revelan huellas de Dios, pero solo el hombre es la imagen de Dios” [7]. Citando, nuevamente, a Bavinck, se analiza el rol del cuerpo en relación a la imagen de Dios: “El cuerpo del hombre forma parte de la imagen de Dios… El cuerpo no es una tumba sino una obra de arte maravillosa de Dios, que conforma la esencia del hombre tan completa como el alma” [8]. Sintetizando, Hoekema señalará que “por imagen de Dios en el sentido más amplio o estructural queremos decir todos los dones y capacidades que le hacen posible al hombre funcionar como debería en sus diversas relaciones y vocaciones” [9]. En otras palabras, se trata del “funcionamiento adecuado del hombre en armonía con la voluntad de Dios para él” [10]. Aquí, para el autor es clave entender que el ser humano fue creado con una misión, que no es otra cosa que responder a su llamado, para la cual se les han dado dones. Dice Hoekema: “Para capacitarnos para desempeñar esa tarea, Dios nos ha dotado de muchos dones, dones que reflejan algo de su grandeza y gloria. Ver al hombre como la imagen de Dios es ver tanto la tarea como los dones. Pero la tarea es primordial; los dones son secundarios. Los dones son el medio para cumplir la tarea” [11].

El autor señalará que “el hombre es la criatura más elevada que Dios ha hecho, portador de la imagen de Dios, y está solo un poco por debajo de Dios, y bajo sus pies han sido puestas todas las cosas. Todo esto es cierto a pesar de la caída del hombre en pecado. Así pues, según el Antiguo Testamento el hombre caído sigue siendo portador de la imagen de Dios” [12]. En ese sentido, la caída dañó la imagen divina en el ser humano, pero no pudo destruirla. Hoekema, siguiendo a Calvino, dirá que la imagen de Dios en el ser humano “incluía originalmente verdadero conocimiento, justicia y santidad” [13]. El daño mayor que produjo la caída fue la pérdida de “dones sobrenaturales” con los que el hombre contaba al comienzo de sus días. Hoekema señala: “Entre los ‘dones sobrenaturales’ que los seres humanos poseían al principio, dones que se han perdido debido a la caída, estaban la fe, el amor de Dios, la caridad respecto al prójimo y el celo por la santidad y la justicia. En su estado original, el hombre podía comunicarse tanto con Dios como con otros seres humanos y responder a los mismos” [14]. Por otro lado, esto nos lleva a discurrir en la persona de Adán. Para el autor: “Adán… poseía el posse non pecare [capacidad de no pecar] pero todavía no en el non posse pecare [incapacidad de pecar]. Todavía vivía en la posibilidad de pecar…; todavía no poseía el amor perfecto, inmutable que excluye todo temor. Los teólogos reformados, por tanto, afirmaban con razón que esta posibilidad, esta mutabilidad, este ser todavía capaz de pecar… no era un aspecto de la imagen de Dios o la imagen misma, sino más bien el límite, la frontera o el borde de la imagen de Dios” [15]. Esto nos lleva a considerar tanto la grandeza como la miseria del hombre y ver al pecado como lo que es: un acto horrible con consecuencias ad hoc. Hoekema plantea que “la grandeza misma del hombre consiste en el hecho de que sigue siendo portador de la imagen de Dios. Lo que hace tan odioso el pecado es que el hombre prostituye esos espléndidos dones. Corruptio optimi pessima: la corrupción de lo mejor es lo peor” [16]. Es esto lo que debiésemos considerar todas las veces que pecamos, la condición de prostitución a la que nos rebajamos. Pero hay esperanza. 

La esperanza se encuentra en Cristo quien se ha humanado, acto que no sólo tiene implicancias soteriológicas, sino también antropológicas, en tanto se trata de una confirmación de la doctrina de la imagen de Dios. Hoekema señala: “Que Dios pudiera hacerse carne es el mayor de todos los misterios, que trascenderá siempre a nuestra comprensión humana finita. Pero, es de suponer que fue sólo debido a que el hombre había sido creado a imagen de Dios que la segunda persona de la Trinidad pudo asumir la naturaleza humana” [17]. En el acto de la encarnación, se encuentra parte importante de la tarea redentiva de Cristo, puesto que “el objetivo de la redención es que, tanto en conocimiento como en otros aspectos de sus vidas, el pueblo de Dios sea portador total y perfectamente de la imagen de Dios” [18]. Y aquí tiene mucha razón lo señalado por Emil Brunner al plantear que “cuando el hombre ingresa en el amor de Dios revelado en Cristo se convierte verdaderamente en humano. La verdadera existencia humana es la existencia en el amor de Dios” [19]. Conocemos qué es la imagen de Dios al mirar a Jesucristo, por ende, encontrarnos con el Dios encarnado nos permite vislumbrar que el centro de dicha imagen es el amor. Entonces, el llamado es a imitar a Cristo, la imagen perfecta de Dios. Cristo está totalmente orientado hacia Dios, hacia al prójimo y tiene dominio sobre la naturaleza. El hombre debe volcarse a esa triple relación. Es responsabilidad de los seres humanos, ayudada por la gracia, amar a nuestro prójimo. Hoekema dice: “La relación con otros significa que todo ser humano no debería ver sus dones y talentos como un medio para exaltación personal, sino como un medio para poder enriquecer las vidas de otros. Significa que debería estar dispuesto a ayudar a otros, a sanar sus heridas, a satisfacer sus necesidades, a llevar sus cargas y a compartir sus alegrías. Significa que deberíamos amar a los otros como a nosotros mismos. Significa que todo ser humano tiene derecho a ser aceptado por otros, a ser parte de otros, a ser amado por otros. Significa que la aceptación del hombre por parte de otros y su amor por ellos es un aspecto esencial en su condición humana” [20]. Es la relación con nuestros semejantes, la que nos conduce a mirar nuestra relación con la sociedad y con la tierra. Al ser humano se le dio un mandato cultural, el “mandato de dominar la tierra para Dios y de desarrollar una cultura que glorifique a Dios” [21]. 

Dios restaura la imagen suya en la humanidad, mediante la regeneración y santificación de los elegidos. Y en dichos actos, Dios actúa mirando al ser humano tanto como criatura y como persona. Es Dios quien salva al hombre, “pero en el momento en que el evangelio invita al oyente, le pide fe, que implica una decisión personal. Dios debe regenerar y el hombre debe creer” [22]. Cuando el Espíritu Santo ejecuta la obra salvífica, restaurando la imagen de Dios, lo hace desde una perspectiva total, incluyente y amplia de lo que es el ser humano. Hoekema dice que “el proceso de santificación afecta todos los aspectos de la vida: la relación del hombre con Dios, con otros y con la creación entera. La restauración de la imagen no atañe sólo a la religiosidad en el sentido estrecho, ni dar testimonio de Cristo a los demás, ni actividades para ‘salvar almas’; en su sentido más pleno implica la restauración de toda la vida” [23]. Esto nos lleva a entender que “cuando Dios nos renueva por medio de su Espíritu, nos capacita para renunciar al pecaminoso orgullo, la primera perversión de la imagen propia. Nos ayuda a cultivar verdadera humildad. Esto incluye, entre otras cosas, una conciencia sincera tanto de nuestras fortalezas como de nuestras debilidades”, nos da “la disposición a considerar a los demás como mejores que uno” y “la voluntad de utilizar nuestros dones al servicio de Dios y al servicio de los demás” [24]. Si bien es cierto, aunque no somos enteramente nuevos, ya que veremos la redención completa de todas las cosas en el Estado Eterno, debemos entendernos como personas genuinamente nuevas, rehuyendo la autosatisfacción, sino que con la fortaleza que da Cristo proseguir a la meta de la perfección cristiana, esto porque “los cristianos deberían verse a sí mismos como personas nuevas a las que el Espíritu Santo va renovando en forma progresiva” [25]. 

A propósito de lo señalado al final del párrafo anterior, Hoekema plantea, que lo que vemos ahora respecto a la restauración de la imagen de Dios en el hombre sólo da pistas de lo que viviremos en la vida venidera, donde veremos dicha imagen en su total plenitud, tanto que “solo entonces veremos a Dios reflejado de manera perfecta y fulgurante en un género humano glorificado” [26]. Entonces, retomando la idea de la triple relación para la que fue creado el ser humano, Hoekema dirá que es en ese momento posthistórico, que dicho propósito creativo “se mantendrá, profundizará y enriquecerá de manera infinita. Entonces amaremos a Dios por encima de todo, amaremos a nuestro prójimo como a nosotros mismos y dominaremos la creación en una forma que glorifique totalmente a Dios. La imagen de Dios en el hombre entonces se habrá perfeccionado” [27]. Dios, en el cielo nuevo y tierra nueva, consumará su tarea de hacer nuevas todas las cosas.  

Otro punto trabajado por Hoekema dice relación con la historicidad de Adán. La existencia concreta de un Adán, en un huerto creado por Dios, no sólo tiene importancia factual, sino profundamente teológica. El autor cita a Herman Ridderbos, quien dice: “El paralelismo entre Cristo y Adán es de una importancia suprema para entender el trasfondo de la historia de la salvación, de la predicación del evangelio por parte de Pablo” [28]. El pecado no es esencial ni natural a la existencia humana, por ende, por medio de Adán, nuestra primera cabeza, nos volvimos pecadores, pero mediante Cristo, el auténtico hombre, podemos volver a ser sin pecado. Esto, en primer lugar nos retrotrae a la historia pactual. Para la teología reformada es clave hablar de un pacto de obras y un pacto de gracia. Siguiendo a Bavinck, el autor dirá sobre el pacto de obras que: “las partes contratantes del pacto de obras fueron Dios y Adán. Adán no solo fue el padre de la raza humana, sino también nuestra cabeza y nuestro representante. La promesa del pacto de obras fue la vida eterna en su sentido más pleno, una vida eterna en la que Adán y sus descendientes hubieran vivido por encima de la posibilidad de pecar. La condición del pacto de obras era obediencia perfecta, no solo a la ley moral que Adán y Eva conocían por naturaleza, sino en particular al así llamado mandato de prueba: el mandato de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. El castigo del pacto de obras era la muerte en su sentido más amplio: muerte física, espiritual y eterna. Dado que Adán y Eva violaron este pacto, fueron expulsados del jardín, y cayó sobre todo el género humano la culpa y la corrupción” [29]. En la misma lógica, sobre el pacto de gracia, señalará que: “Dios en forma misericordiosa hizo un segundo pacto con el género humano, el pacto de gracia. En este segundo pacto Cristo, la nueva cabeza, no sólo sufrió el castigo por el pecado de Adán y de Eva y por los pecados de sus descendientes, sino que también rindió a Dios la obediencia perfecta que Adán y Eva no prestaron, con lo cual mereció para todos los que pertenecen a Cristo la vida eterna” [30]. Es tan relevante la comprensión de la teología del pacto que, siguiendo a Bavinck, que el pacto de obras y el pacto de gracia se mantienen o caen juntos. Es una forma de entender de manera omnicomprensiva la historia que Dios ha trazado para la humanidad. 

¿Cómo se explica el pecado? Hoekema señala: “El pecado, pues, se da contra la voluntad de Dios pero nunca fuera de o más allá de (praeter) la voluntad de Dios. Dios permitió que se diera la caída porque en su omnipotencia podía sacar el bien incluso del mal. Pero el hecho de que el pecado del ser humano no se dé fuera de la voluntad de Dios ni lo excusa ni lo explica. El pecado siempre será un enigma” [31]. Es sumamente interesante este planteamiento, porque mantiene la idea de que nada escapa a la voluntad de Dios, y que a pesar que el pecado atenta contra la misma, Dios con su poder y soberanía puede usar como instrumentos suyos a quienes hacen lo malo, haciendo que sus obras trasunten en bien. El pecado de Adán es el germen de la situación caída de la humanidad, de ahí que podamos hablar de un pecado original. Hoekema plantea que “utilizamos la expresión ‘pecado original’ por dos razones: (1) porque el pecado se originó en el tiempo del comienzo de la raza humana, y (2) porque el pecado que llamamos ‘original’ es la fuente de nuestros pecados actuales (aunque no hasta el punto de eliminar nuestra responsabilidad por los pecados que cometemos)” [32]. El pecado original incluye tanto la idea de culpa como la de contaminación, en tanto Adán actuó como representante nuestro al cometer el primer pecado, por tanto, “merecemos condenación porque Adán, nuestra cabeza y representante, conculcó la ley de Dios” [33]. La contaminación original es la corrupción de nuestro estado natural, tanto como consecuencia del pecado como la producción de otros pecados. Esto incluye la depravación profunda y la incapacidad espiritual. Hoekema analiza ambos conceptos. En primer lugar, la depravación profunda reemplaza el concepto de “depravación total”. Esto “significa que (1) la corrupción del pecado original alcanza todos los aspectos de la naturaleza humana: a la razón y voluntad tanto como a los apetitos e impulsos de la persona y (2) no está presente en el ser humano por su naturaleza el amor a Dios como el principio motor de su vida” [34]. Por su parte, para el autor, la incapacidad espiritual refiere a dos cosas: “(1) la persona no regenerada no puede hacer, decir ni pensar algo que reciba la aprobación total de parte de Dios, y por tanto no puede cumplir por completo la ley de Dios; y (2) la persona no regenerada es incapaz, aparte de la acción especial del Espíritu Santo, de cambiar la orientación básica de su vida para pasar de un amor pecaminosos por uno mismo al amor de Dios” [35]. Esto nos lleva a decir, siguiendo a Hoekema, que el pecado no tiene una existencia independiente, siempre tiene que ver con Dios y su voluntad, tiene su origen en lo que la Escritura llama “el corazón”, incluye pensamientos y también acciones, incluye tanto culpa como contaminación, y en su raíz es una forma de orgullo que suele permanecer oculta. 

Siguiendo a Pablo, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. La maravillosa de gracia se hace manifiesta desde el principio, cuando en “Génesis 3:15, que de hecho forma parte de la maldición de Dios sobre la serpiente, contiene en germen todo lo que Dios irá a hacer para redimir a aquellos cuyos primeros padres cayeron en el pecado. Todo el resto de la Biblia será un ir exponiendo el contenido de esta maravillosa promesa” [36]. Y al hablar de la gracia, es imposible no dar cuenta de un tema caro a la teología reformada: la gracia común. Hoekema, siguiendo a Calvino, señalará que en la gracia común “(1) los no creyentes tienen la luz de la verdad que resplandece en ellos; (2) los no creyentes pueden estar revestidos con excelentes dones de Dios; (3) toda verdad procede del Espíritu de Dios; (4) por tanto rechazar o despreciar la verdad cuando la proponen no creyentes es ofender al Espíritu Santo de Dios” [37]. El poder de la gracia común es tan tremendo que contiene las consecuencias del pecado. Bavinck señala que “el pecado es una fuerza, un principio que ha penetrado profundamente en todas las formas de la vida creada… Podría, dejado a sí mismo, haber asolado y destruido todo. Pero Dios ha interpuesto su gracia. Por medio de su gracia común frena el pecado en su acción desintegradora y destructora” [38]. Pero esta gracia no es suficiente para la salvación, sólo “disminuye, pero no cambia; frena, pero no derrota” [39]. Sólo la acción divina, regenerando, justificando, santificando y glorificando, son parte de la conducción a la renovación de todas las cosas. 

Otro tema analizado por Hoekema es la definición del ser humano como una unidad psicosomática, rompiendo con las visiones dicotómicas y tricotómicas. Para Hoekema, “el ser humano debe entenderse como un ser unitario. Tiene un lado físico y un lado mental o espiritual, pero no los debemos separar. La persona humana debe entenderse como un alma encarnada o un cuerpo ‘con alma’. La persona debe entenderse en su totalidad, no como un compuesto de diferentes ‘partes’” [40]. Hoekema, siguiendo esta definición, contrarresta una versión neo gnóstica preponderante en amplios sectores evangélicos, que señala que el cuerpo expresa con fuerza la naturaleza pecaminosa (versión sutil de la idea que plantea que “la materia es mala”). Dice que la Biblia “no enseña ninguna antítesis total entre espíritu (o mente) y cuerpo. Según la Escritura la materia no es mala sino que Dios la creó. La Biblia “no enseña ninguna antítesis total entre espíritu (o mente) y cuerpo. Según la Escritura la materia no es mala sino que Dios la creó. La Biblia nunca menosprecia al cuerpo humano como fuente necesaria de mal, sino que lo describe como un aspecto de la creación buena de Dios, que se puede utilizar al servicio de Dios” [41]. Teniendo este basamento doctrinal, y ligándolo a la restauración de la imagen de Dios, el autor dirá que “En el momento de la resurrección la persona será plenamente restaurada a esa unidad y, en consecuencia, una vez más será completa […] Esperamos la resurrección del cuerpo y la nueva tierra como la culminación final del programa redentor de Dios” [42]. 

El último punto analizado por Hoekema dice relación con la libertad. Libertad como expresión de la idea de persona de los seres humanos. Volvemos a la relación no contradictoria del comienzo entre criatura y persona. Hoekema habla de la capacidad de elegir de los seres humanos, señalando: “Con ‘elección’ o ‘capacidad para elegir’ querré decir la capacidad de los seres humanos de elegir entre opciones, capacidad que conlleva responsabilidad por lo que se elige. Estas elecciones o decisiones pueden ser buenas o malas, glorificar a Dios o hacerle frente. Con ‘verdadera libertad’ querré decir la capacidad de los seres humanos, con la ayuda del Espíritu Santo, de pensar, decir y hacer lo que agrada a Dios y en armonía con su voluntad revelada” [43]. El matiz es sumamente importante, porque la verdadera libertad es vivida por quienes han sido salvados, por ende, están viviendo la restauración de la imagen de Dios. Es lo que señala el autor cuando dice que “la verdadera libertad del ser humano, que se perdió en la caída, se restaura en el proceso de redención. […] La redención, por tanto, no significa liberación de la ‘esclavitud de la voluntad’; la persona regenerada ya no sigue siendo esclava del pecado” [44]. Al decir de María en el canto del Magnificat, los creyentes somos esclavos dichosos de quien nos ha salvado. 

Sin lugar estamos frente a un libro clarificador, que fusiona profundidad y simpleza a la vez. Es posible constatar un tramado lógico de principio a fin, tanto así, que sus contenidos son fácilmente interrelacionables. Se agradece, a su vez, la profundidad teológica, que permite ordenar la información previa a la lectura. Hoekema, al trabajar desde una perspectiva reformada, permite ligar elementos que en amplios sectores de las culturas evangélicas aparecen disociados:

a. En primer lugar, la ligazón entre sometimiento a quien es nuestro Creador y la práctica de la verdadera libertad. Ambos presentes en el diseño original, ambos dañados por la caída, ambos restaurados por la redención conseguida por Cristo en la cruz, ambas fruto del Espíritu en vidas que no se cansan de llevar a la vida la gracia. 

b. Y en segundo lugar, el libro es fuerte y claro a la hora de contrarrestar las ideas dicotómicas y tricotómicas, que con sus matices, tienen un claro sesgo dualista, que desliga lo material de lo inmaterial. El caro concepto de unidad psicosomática, más arraigado a la lectura bíblica, es esencial a la hora de pensar en cómo nos definimos, cómo construimos nuestras relaciones con otros seres humanos y cómo configuramos el mundo en el que vivimos. 

No puedo dejar de señalar el énfasis de Hoekema en la gracia. Nuestras grandezas proceden del amor de quien nos creó con talentos y dones para cumplir su misión. Nuestras miserias son quebradas por el poder de Cristo en la cruz, quien nos salvó por el puro afecto de su amor. Es, entonces, un libro en el que el evangelio está presente de principio a fin. 

 

Luis Pino Moyano.

Comparto un mapa conceptual que señala los temas abordados por Hoekema y su conexión lógica a lo largo del libro. 

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Notas bibliográficas.

[1] Datos tomados de http://www.theopedia.com/Anthony_Hoekema (revisada en octubre de 2013).  

[2] Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 15. 

[3] Ibídem, p. 19. 

[4] Ibídem, p. 20. 

[5] Ibídem, p. 22. 

[6] Ibídem, p. 32.

[7] Ibídem, p. 93. 

[8] Ibídem, p. 98.

[9] Ibídem, p. 100.

[10] Ibídem, p. 101. 

[11] Ibídem, p. 103.

[12] Ibídem, p. 37.

[13] Ibídem, p. 65.

[14] Ibídem.

[15] Ibídem, p. 115.

[16] Ibídem, p. 118. 

[17] Ibídem, p. 40.

[18] Ibídem, p. 45.

[19] Ibídem, p. 81.

[20] Ibídem, p. 109.

[21] Ibídem, p. 31.

[22] Ibídem, p. 23.

[23] Ibídem, p. 121.

[24] Ibídem, pp. 144, 145. 

[25] Ibídem, p. 150. 

[26] Ibídem, p. 125. 

[27] Ibídem, p. 129. 

[28] Ibídem, p. 157.

[29] Ibídem, p. 158.

[30] Ibídem, pp. 158, 159. 

[31] Ibídem, p. 175.

[32] Ibídem, p. 189.

[33] Ibídem, p. 197. 

[34] Ibídem.

[35] Ibídem, p. 200. 

[36] Ibídem, p. 180.

[37] Ibídem, p. 247.

[38] Ibídem, p. 248.

[39] Ibídem.

[40] Ibídem, p. 279. 

[41] Ibídem, p. 267.

[42] Ibídem, p. 286.

[43] Ibídem, p. 294.

[44] Ibídem, p. 302.