Summer Theology: “Presbiterianismo: Identidad e Historia”.

Summer Theology es una actividad de extensión de la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, que se hace en el mes de enero. En 2019 es su quinta versión, y en esta oportunidad su tema central es “Presbiterianismo: Identidad e Historia”. 

Se realiza los días miércoles, en las dependencias de dicha iglesia, ubicada en Balmaceda 621 a pasos del Metro Plaza de Puente Alto, a las 20:00 hrs.

En este post, semana a semana, subiremos el podcast de la exposición, junto con los apuntes que serán entregados a cada participante en formato PDF.

Sesión #1: El sentido presbiteriano de la vida.

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Temas abordados: a) ¿Qué significa ser presbiteriano?; b) el corazón del sentido presbiteriano de la vida; c) el señorío de Cristo; d) la iglesia; e) el gobierno eclesiástico; f) la misión; g) la espiritualidad; h) la membresía eclesial; i) el conocimiento; j) la relación con el mundo y el trabajo.

Sesión #2: Orígenes del Presbiterianismo.

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Temas abordados: a) Premisas bíblicas y teóricas para la historia eclesiástica; b) el antecedente de la Reforma Protestante; c) Juan Calvino; d) calvinistas en Europa; e) la Reforma en Escocia; f) John Knox; g) la Iglesia de Escocia; h) el Presbiterianismo en Estados Unidos; i) la confesionalidad de la iglesia; j) la Confesión Escocesa; y k) los Estándares de Westminster.

Sesión #3: Presbiterianismo chileno, 1ª Parte.

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Temas abordados: a) Genealogía del Presbiterianismo chileno; b) José Manuel Ibáñez Guzmán; c) La Corporación Unión Evangélica; d) Proyecto misionero combativo y formas de evangelización; e) Elementos de cambio; f) Un análisis de época: “Nuestra situación presbiteriana”; g) ¿Liberalismo en la Iglesia Presbiteriana en Chile; h) Los primeros intentos de solución al estancamiento; i) Relaciones interdenominacionales.

Sesión #4: Presbiterianismo chileno, 2ª Parte.

 

Temas abordados: a) La nacionalización de la Iglesia Presbiteriana en Chile; b) Desafíos y problemas posteriores; c) Moderadores del Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile (énfasis analítico en el Pr. Horacio González); d) Situación actual de la IPCH; e) Presbiterianos y sociedad; y f) Iglesia Puente de Vida.

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Recomendaciones lectoras.

* Hemos subido libros cuyas ediciones están discontinuidas o fueron liberados por su editorial.

Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Abrir aquí.

Los estándares de Westminster. Abrir aquí.

Charles Hodge. Qué es el presbiterianismo. Abrir aquí.

Jean McLean. Historia de la Iglesia Presbiteriana en Chile. Santiago, Imprenta Universitaria, 1932; Santiago, Escuela Nacional de Artes Gráficas, 1954 (esa segunda edición tuvo información actualizada). Abrir primera edición aquí.

Carlos Núñez y Horacio González. Nuestra situación presbiteriana. Santiago, Bureau Gráfico, 1935. Abrir aquí.

Luis Pino. Plantando el evangelio en cada corazón. Hacia una historia de la Iglesia Puente de Vida (2008-2013). Abrir aquí.

Marcone Bezerra (editor). Meditad sobre vuestros caminos. Reflexiones en torno a los 150 años del presbiterianismo en Chile. Santiago, Sabiduría Libros, 2018. 

Juan Calvino. La necesidad de reformar la iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010.

Edmund Clowney. La Iglesia. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2015.

Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. San José, CLIR, 2010.

Giorgio Tourn. Juan Calvino, el reformador de Ginebra. Barcelona, Editorial CLIE, 2016.

Irven Paul. Un reformador yanqui en Chile. Santiago, Iglesia Presbiteriana de Chile, 1995.

Ximena Prado. David Trumbull, un protestante del siglo XIX puertas adentro y puertas afuera. Viña del Mar, Mediador Ediciones, 2018.

Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial Del Pacífico, 1962, pp. 36-48; 129-134.

Humberto Muñoz. Nuestros hermanos evangélicos. Santiago, Ediciones Nueva Universidad, 1974, pp. 101-122.

Humberto Lagos. Herejía en Chile. Evangélicos y protestantes desde la Colonia hasta 1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2010.

Juan Ortiz. Historia de los evangélicos en Chile: de disidentes a canutos. Liberales, radicales, masones y artesanos. Santiago, Editorial Parousía, [¿2015?], pp. 53 y ss.

Oscar Pereira. Presencia y arraigo protestante evangélico en Chile 1845-1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2016, pp. 52-104; 171-178.

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La teología del Hombre Araña.

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Ayer recordé esta experiencia en la clase de la escuela dominical, y les comenté a la hermandad que tenía muchas ganas de escribir un post sobre lo que llamo la “Teología del Hombre Araña”. Y, bueno, hoy parece ser un día muy ad hoc a la hora de pensar respecto de esta temática, debido a la muerte de Stan Lee, creador de varios personajes del universo Marvel, entre ellos, Spiderman. 

Corría el año 2014 y mi hijo Miguel tenía cuatro años. Siempre fue muy bien portado, y muy llano a aprender. Por lo que sus escasas escenas de llanto no dejaban de llamar la atención. Estábamos en medio de un culto al Señor, en la Iglesia Puente de Vida, específicamente, en el momento de la cena del Señor. Vladimir, pastor de la iglesia, comienza la realización del sacramento, llamando a los presbíteros adelante. Nos pide a uno de nosotros orar, lee el texto de 1ª Corintios 11, da las instrucciones del sacramento (mi favorita, es cuando se señala que “esta mesa no es la mesa de la Iglesia Presbiteriana de Chile, sino la mesa del Reino de Dios, por lo que todos quienes han hecho pública profesión de fe en alguna iglesia evangélica pueden participar de ella”), y nos entrega los elementos para presentarlos a la congregación. Todo iba bien…

Hasta que Miguel, mi hijo, que estaba en brazos de Mónica (mi esposa), se pone a llorar. Pero no era un llanto común y corriente, era un llanto de verdad, al estilo de Cortázar en sus “Instrucciones para llorar”, con gritos que llenaban el lugar. Y los gritos eran un conjunto de ruegos: 

– ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! (tal vez exagere el número de repeticiones, pero así lo sentí yo en ese momento). 

Era horrible. No sabía qué hacer. De repente, mi mamá hace el ademán de partir su pedacito de pan para darle, y yo, un convencido y celoso credocomunionista*, la miré haciendo un ademán que gritó para callado un rotundo no. Miguel dejó su petición, pero no de llorar. Comimos del pan, bebimos del vino, oramos, y cuando todo termina al empezar el canto final, salgo de mi posición y tomo al Miguel en brazos y lo saco al jardín de la iglesia. Me siento y pongo a Miguel sobre mis piernas, comenzando a usar uno de los métodos pedagógicos más pertinentes para ese momento: “si no puedes contra él, confúndelo”. Entonces, hice preguntas que buscaban intencionalmente un no de su parte:

– Miguel, ¿entiendes lo que significa el sacramento de la cena del Señor?

– No.

– ¿Entiendes lo que significa el pan y el vino?

– No.

– ¿Entiendes lo que significa que la presencia de Cristo es real, aunque el pan sigue siendo pan y el vino sigue siendo vino?

– No, papá.

– ¿Entiendes lo que significa el cuerpo?

– No. 

– Hijo, entonces no puedes cenar. No sabes lo que esto significa.

Y ahí, en el mejor de los ánimos contextualizadores en suma al evangelio de la gracia, le pregunté:

– ¿Te acuerdas de lo que le dijo el Tío Ben Parker a su sobrino Peter?

– Sí papá.

– ¿Qué le dijo?

– “Grandes poderes conllevan grandes responsabilidades?”.

– Bueno, la cena del Señor tiene un gran poder que conlleva una gran responsabilidad. 

– Ah! Entiendo todo.

– Hijo, créeme que el día en que tú entiendas todo esto, voy a ser el primero en que va a hacer todo lo posible para que puedas participar de la cena del Señor con nosotros. 

Llegó el siguiente domingo y nuevamente celebramos la cena del Señor. Todo bien, no hubo gritos ni nada. Al terminar el culto, Mónica me comentó que Miguel, mientras se realizaba el sacramento, mirando a la congregación le preguntó: “- Mamá, ¿y ellos entenderán que grandes poderes conllevan grandes responsabilidades?”. Esa es la “Teología del Hombre Araña”, aquella que nos recuerda que la gracia no excluye las responsabilidades, que la Palabra representada en el pan y el vino, en tanto medio de gracia, tiene un tremendo poder que puede fortalecernos para la caminata de la fe, o producir un tremendo daño a quienes no quieren arrepentirse de todo corazón, llevándoles inclusive a la muerte (léase 1ª Corintios 11). La “Teología del Hombre Araña”, es aquella que nos recuerda a Jesús diciéndonos con suma claridad que “A todo el que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho; y al que se le ha confiado mucho, se le pedirá aún más” (Lucas 12:48).

Luis Pino Moyano.

* Partidario de la idea que plantea que sólo participan de la cena del Señor creyentes que han confesado su fe, haciéndose miembros de una comunidad. 

Creo en el Espíritu Santo.

“Los presbiterianos no creen en el Espíritu Santo”. ¿Has escuchado algo así antes? En mi caso fue lo primero que escuché de los presbiterianos. Se aduce a esto por la falta de fervor, de “fuego”, e inclusive en términos teológicos por la ausencia de un capítulo sobre la doctrina del Espíritu en nuestras teologías sistemáticas más clásicas. De hecho, nuestra Confesión de Fe de Westminster vivió una modificación a comienzos del siglo XX en el seno del presbiterianismo estadounidense, cuando se le agregó un capítulo especial sobre este tema, muy probablemente para responder a la aparición del movimiento pentecostal. ¿Pero es tan así?

Teólogos de la talla de J. I. Packer han dicho que la doctrina del Espíritu Santo es “la cenicienta de las doctrinas cristianas” y son muchos los que con él aducen a una falta de reflexión sobre la doctrina. Pero más recientemente otro teólogo insigne, Sinclair Ferguson, ha señalado que la doctrina del Espíritu Santo es una de las más abordadas por la literatura cristiana, sobre todo en los últimos años. Pero, aunque hay producción muy sabia y ortodoxa, que va desde Juan Calvino, llamado por algunos “el teólogo del Espíritu Santo”, pasando por el movimiento puritano, la teología reformacional y otras, no cabe duda que el problema no radica en que no se hable del Espíritu Santo, sino en lo que se habla del Espíritu y cómo se vive a propósito de ello. 

  • “Creo en el Espíritu Santo”, declara el credo apostólico. Pero, qué creemos es la pregunta. 

La Biblia llama al Espíritu adjetivándolo como santo, o nominándole como Espíritu de verdad, sabiduría, paz, amor y gloria. Le menciona como Dios en el relato de Ananías y Safira (Hechos 5:3,4), al nivel que la blasfemia contra él es declarada un pecado imperdonable (Marcos 3:28,29). Se le menciona con atributos divinos tales como la omnisciencia (1ª Corintios 2:11), la omnipresencia (Salmo 139:8,9)  y la eternidad (Hebreos 9:14).

También, la Palabra, lo refiere como una persona. Jesús y los apóstoles aplicaron el pronombre personal “él” para referirlo. Romanos 14:17 nos habla que el Reino de Dios es justicia, paz y alegría en el Espíritu. El Espíritu se alegra y nos invita a vivir en su alegría. Además de eso, el mismo Pablo señala que el Espíritu puede ser entristecido (Efesios 4:30). El Espíritu no es una “fuerza activa” ni una cosa reducida a la simbología usada para explicarlo.

Quizá una de las cosas más importantes del Espíritu Santo tenga que ver con la vida. El viejo y sufriente Job declara que participó de la creación cuando dice que “Su Espíritu hizo hermosos los cielos, y su poder atravesó a la serpiente deslizante” (Job 26:13 NTV). Pablo dice en la carta a los Romanos que “levantó a Jesús de entre los muertos”, y que por lo mismo tiene el poder de darnos vida (Romanos 8:11). Y Jesús les dijo a sus discípulos, antes de ascender al cielo que recibirían poder del Espíritu para ser testigos hasta los confines de la tierra (Hechos 1:8). La fuerza que infunde el Espíritu Santo para alentar a la iglesia es para la misión, para hablar de Cristo con denuedo, claridad y firmeza. Esa es la obra que el poder del Espíritu Santo produce en nosotros: ser testigos del mensaje del evangelio de Jesucristo en cada lugar que estemos. Fue esa la razón por la que nadie en la iglesia primitiva pensó en misioneros profesionales, sino que esta fue la lógica: “el Espíritu vive en mi, soy un testigo”. 

En el estado actual de la iglesia, si dijéramos que vamos a hablar de la obra del Espíritu Santo en la vida de los creyentes, la mayoría del mundo evangélico creería que vamos a hablar de los dones milagrosos, de hechos sobrenaturales, de cuestiones que no tienen que ver con la vida cotidiana fuera de la esfera religiosa. Pero nosotros debemos decir lo siguiente: La obra del Espíritu Santo en los creyentes tiene que ver fundamentalmente con la salvación. En el año 381, el Concilio de Constantinopla, confesó que el Espíritu Santo es el “dador de la vida”, lo que quiere decir que él es la fuente inmediata de toda la vida. Los creyentes tenemos al Espíritu Santo en ese sentido redentor, a tal nivel que podemos decir con certeza que nadie puede vivir para Dios sin que el Espíritu Santo trabaje en su vida. Es lo que nos enseña Romanos 8, que bien podríamos llamar el capítulo del Espíritu Santo, por todas las veces que se menciona a la Tercera Persona de la Trinidad en él. Se dice que el Espíritu nos da nueva vida, conforme al corazón regenerado por su obra (vv. 8-14), y por la tarea constante de la santificación (vv. 4-9, 12,13), que busca conformarnos a la imagen de Jesucristo. Hacer morir las obras de la carne es parte de la nueva vida. No existe cristianismo reformado en la práctica del libertinaje. Un creyente genuino por la obra poderosa del Espíritu Santo produce fruto (Gálatas 5:22, 23). Y aún más, el Espíritu nos hace hijos adoptivos (vv. 14, 15), lo que hace que no solo seamos pueblo sino familia de Dios. Dios es santo, santo, santo y, a la vez, es Padre que ama y salva. Y el Espíritu nos hace tan conscientes de ello que podemos orar con intimidad, a tal nivel que podemos balbucear su identidad paterna, y que cuando no sabemos qué pedir, él intercede por nosotros. 

  • El Espíritu Santo nos bendice. 

Nos bendice cuando nos bautiza a todos los creyentes por el mismo Espíritu (1ª Corintios 12:13), con lo que nos inicia en la experiencia del cristianismo, por lo que dicha experiencia no tiene que ver con algo que algunos creyentes reciban, sino que está asociada a la regeneración y a la conversión. De hecho, la evidencia de dicho bautismo no es hablar en otras lenguas, sino producir fruto. 

El Espíritu nos bendice por él es sello de garantía de la redención conquistada por Cristo, lo que nos hace sabernos propiedad del Señor, y seguros, no de nosotros, sino que en la obra de Dios. La obra del Espíritu es garantía de la herencia que recibiremos en la eternidad, nos anticipa el gozo. Por eso hoy, no mañana, podemos estar alegres. 

El Espíritu nos bendice cuando nos unge, de tal manera que hoy hemos sido puestos como “reyes y sacerdotes” (Apocalipsis 5:10). La unción del Espíritu indica la suprema responsabilidad que tenemos ante Dios y su supremo llamamiento y, a la vez, nos muestra que la presencia de Dios habita en nosotros mediante el mismo Espíritu que habita en nosotros, capacitándonos, ayudándonos y protegiéndonos para cumplir con su llamamiento. De hecho, el apóstol Juan nos señala que esa unción nos permite conocer a Dios en una nueva relación con él y, además, nos permite conocer lo que enseña la Palabra por la iluminación que lleva a cabo (1ª Juan 2:20,27). 

El Espíritu nos bendice cuando nos llena (Efesios 5:18-21, 22, 25, 6:1-9 y Colosenses 3:16-4:1). Es muy interesante que Pablo transforme en un sinónimo ser llenos del Espíritu con ser llenos de la Palabra de Dios. La única forma de ser llenos del Espíritu es llenándonos de su Palabra. No hay disociación entre Espíritu y Palabra. El Espíritu actúa en nosotros con la Palabra que él inspiró. Ser llenos del Espíritu es un deber constante, no parte de un evento o de algo accidental Ser llenos no es una opción, es una necesidad. Es parte de la vida abundante que Dios nos da, lo que nos hace ser fructíferos en la misión. Cada día y cada hora debemos buscar esa llenura. El hecho de que hayamos sido bautizados, sellados y ungidos no hace que estemos plenamente entregados al Espíritu o caminando en él. ¿Qué hace que entristezcamos y apaguemos el Espíritu en nuestra vida? ¿Con qué reemplazamos la sed de Dios?

El Espíritu nos bendice avivándonos. Dicha obra consiste en un despertar que Dios produce en la iglesia. Timothy Keller en “Iglesia centrada”, al hablar de avivamiento ocupa también el concepto de “renovación del evangelio”. Esto señala la “intensificación de las operaciones normales del Espíritu (convicción de pecado, regeneración y santificación, seguridad de la gracia) a través de los medios ordinarios de gracia (predicación de la Palabra, oración y sacramentos)”. En esta obra revitalizadora de la iglesia “los cristianos estancados cobran vida y los cristianos nominales se convierten”. Por ello es que debemos orar diciendo como el salmista “¿No volverás a darnos nueva vida, para que tu pueblo se alegre en ti?” (Salmo 85:6); o como Habacuc: “Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí. Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, En medio de los tiempos hazla conocer; En la ira acuérdate de la misericordia” (Habacuc 3:2).

El Espíritu nos bendice con dones. Esos dones son diversos, pero tienen la finalidad de producir vida y edificación en la comunidad. Los diversos dones unen a la iglesia, porque buscan la gloria de Dios y la práctica del amor en la comunidad (véase 1ª Corintios 12 — 14). Los dones no buscan el engrandecimiento personal, sino la gloria de Cristo en la iglesia y en el mundo. Sí, oíste bien: en el mundo. Porque el Espíritu Santo no solo bendice a la iglesia con dones, sino también al mundo. Cuando ves algo bueno, bello, justo y sabio en lo producido por no creyentes, por más que éstos busquen su gloria y no la del Señor, siempre es obra del Espíritu pues “todo don perfecto viene de Dios” (Santiago 1:17). Eso es lo que los reformados llamamos gracia común.

  • Y atentando contra toda lógica occidental, pero no a la lógica de una buena conversación, quiero volver la mirada al Espíritu Santo.

Jesús hablando con sus discípulos, en lo registrado por Juan 16:5-15, enseñó lo siguiente: “Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber”. 

Jesús, en el aposento alto, antes de ir a la cruz, en la cena que tuvo con sus discípulos dijo estas palabras. Busca confortarles con la promesa del Espíritu, pues él, como Consolador, confirmaría y fortalecería la fe de ellos, aún en las circunstancias de crisis y persecución que no tardarían en venir. El Espíritu es consolador, es decir alguien que intercede y aboga como ayudador de la iglesia en misión. El Espíritu es quien nos convence de nuestro pecado, nos muestra que sólo hay justicia en Cristo y nos señala con claridad la derrota de Satanás. El Espíritu nos guía y enseña por medio de la Palabra, despertando nuestros sentidos para ser sensibles a ella (lo que Calvino llama “testimonio interno”). 

Y aquí está lo más maravilloso y misterioso de todo: ¡todo está centrado en Cristo! El Espíritu no busca captar su atención sino que nos hace poner nuestra mirada a Cristo. El Espíritu procede del Padre y del Hijo, se somete en la relación de la comunidad intratrinitaria, en la que no hay competencia, hay mutua glorificación; en la que no hay inferioridad, sino subordinación. La venida del Espíritu Santo tiene como propósito exaltar a Cristo e interpretar y aplicar la obra de la salvación. ¡Qué poco nos parecemos al Espíritu! Sobre todo cuando queremos fundar nuevos reinos o establecer enseñanzas innovadoras y espectaculares.

¿Crees en el Espíritu Santo? ¿Sí, amén? Pero cambiemos de una vez por todas la pregunta: ¿vives esa fe en el Espíritu? ¿Por qué rehusas entonces la santidad que él produce en tu vida, siendo luz en el mundo y sal de la tierra? ¿Por qué te asustas de testificar del evangelio en los lugares en los que vives y trabajas? ¿Por qué te rehusas a contribuir para la justicia, paz y alegría donde quiera que estés? ¿Por qué crees que la celebración y el fervor es patrimonio de algunas denominaciones más carismáticas? ¿Por qué no estás trabajando tus dones y te excusas en el miedo o en la falta de capacitación? ¿Por qué en vez de salir del Departamento Presbiterial de Jóvenes cuando pasas los 25 o tienes un empleo bacán, y no ocupas los dones que Dios te ha dado para trabajar con los más jóvenes que tú, sobre todo en las tareas de liderazgo y no en el cómodo sillón de tu comodidad? ¿Te sientes golpeado con esto? ¡Ese es el propósito!

Pero te tengo una buena noticia: si has creído en Cristo y eres salvo, el Espíritu Santo vive en ti y te conduce al arrepentimiento, a la restauración, a la vida verdadera y al trabajo. Y si no has creído en Cristo aún, el Espíritu te puede hacer nacer de nuevo, pasar de muerte a vida. Lo dice muy bello uno de nuestros catecismos, el de Heidelberg: “¿Qué crees del Espíritu Santo? Que con el Eterno Padre e Hijo es verdadero y eterno Dios. Y que también me ha sido dado para que, por la verdadera fe, me haga participante de Cristo y de todos sus beneficios, me consuele y quede conmigo eternamente” (pregunta 53).

Luis Pino Moyano.

* Texto que escribí para mi exposición en el Encuentro “Nuestra Identidad. Ser jóvenes presbiterianos en el siglo XXI”, realizado en La Granja Presbiteriana de El Tabo, los días 7 al 9 de septiembre de 2018. 

Análisis de Teologías Políticas en Estudios Evangélicos.

Durante parte del primer semestre de 2018, la revista virtual Estudios Evangélicos estuvo publicando una serie de artículos sobre Teologías Políticas, otorgando insumos teóricos y analíticos que fortalezcan la reflexión  y el debate público de los evangélicos y, por supuesto, de otros lectores que trasciendan a ese espectro social. Los editores de esta serie de artículos se plantearon las siguientes preguntas: ¿Existe un canon de autores protestantes desde la cual pensarla? ¿Qué beneficios y riesgos presentan las distintas tradiciones cristianas de reflexión social?

Los artículos que forman parte de esta serie son:

Matthew Lee Anderson, “¿Puede haber una teología política evangélica?”. 

Luis Aránguiz, “Una imaginación redentiva: constantinismo y democracia en J. H. Yoder“.

Stanley Hauerwas, “¿Puede ser cristiana la democracia? Reflexiones sobre cómo (no) ser un teólogo político”.

Ignacio Cid, “¿Es posible la teología política en nuestros días? Esbozos de una respuesta”.

Manfred Svensson, “Cosmovisión y pluralismo. La mirada kuyperiana”.

Luis Pino, “La teología de la liberación a la luz de la gracia común. Una propuesta analítica”

Gonzalo David, “Nicholas Wolterstorff: Una respuesta neocalvinista al liberalismo de razón pública”.

Bradford Littlejohn, “¿Qué hay de malo con la palabra ‘cosmovisión’?”

La invitación es a leer, dialogar y discutir, y por supuesto, a difundir según sus propios intereses y lecturas. 

El culto en el marco de la plantación y revitalización de iglesias en la Iglesia Presbiteriana de Chile.

* El artículo que compartimos a continuación es resultado de la conversión de una exposición presentada en la Conferencia “El culto en la revitalización & plantación de iglesias”, organizada por la Red Planta, del Presbiterio Centro de la IPCH, el 24 de septiembre de 2016. Debo señalar, que es una exposición que piensa desde la realidad de la IPCH en el proceso misiológico señalado, y preparada para ese contexto eclesial, aunque algunos principios puedan ser de beneficio para muchos hermanos de otras iglesias. 

Luis Pino Moyano.

  1. Una introducción necesaria.

 La plantación y revitalización de iglesias en el presente reporta una serie de desafíos en el desarrollo de la tarea misional. Uno de ellos dice relación con el culto y las expresiones comunitarias que emergen en él. Por ende, definir la adoración y sus alcances es tarea prioritaria, sobre todo, teniendo claro que un eje principal de la producción teológica presbiteriana es la gloria de Dios. Lejos de limitar la adoración a la música (y un tipo de música, lento, intimista), o sólo al momento del culto, sumado a la idea que señala que la celebración está ligada a momentos, circunstancias o cosas que nos satisfacen, queremos volvernos a la Escritura, viendo lo que ésta señala respecto de ella.

Las palabras que se traducen por adoración en nuestras versiones castellanas, en sus idiomas originales dan cuenta de a) postrarse, b) besar en la mejilla a la persona amada; c) reverencia con sentimiento de maravilla y asombro; y d) servir y homenajear[1].  Todo esto nos apunta al servicio de un esclavo que responde a la acción y mandato de un Señor que es soberano por sobre todo. Adorar es reconocer los atributos de Dios, su naturaleza, carácter y atributos, estimulados por el Espíritu Santo y sustentados en la Escritura. En la adoración la gracia, la fe y el conocimiento están férreamente ligados, al punto que nuestro acto de alabar al Dios de la vida se transforma en un acto vital y cotidiano que nace de un corazón regenerado y agradecido. Es pertinente acá referir las palabras de William Temple: “Adorar es despertar la conciencia por la santidad de Dios, alimentar la mente con la verdad de Dios, purificar la imaginación con la hermosura de Dios, abrir el corazón al amor de Dios y dedicar la voluntad al propósito de Dios”[2]. Todo el ser debe conducirse a la práctica constante de adorar. Intelecto, emociones y voluntad deben ser rendidos ante la presencia del Dios Todopoderoso.

Es en el acto cotidiano y permanente de adorar que emerge la necesidad de hablar del culto público en el contexto de la plantación y la revitalización de iglesias en el marco de nuestra denominación, la Iglesia Presbiteriana de Chile. Aquí resulta relevante usar, a modo de caja de herramientas, dos conceptos caros de la disciplina historiográfica, a saber, continuidad y cambio. La continuidad apela al tiempo en la larga duración[3], a lo que trasciende épocas. El cambio da cuenta del dinamismo de la historia (la historia no se repite), de las fracturas y de los elementos coyunturales. Esta contextualización hace más evidente nuestra situación, porque dentro de los elementos de continuidad de nuestra práctica litúrgica tenemos el desafío de ser iglesias presbiterianas, con todo lo que eso implica: una historia larga, una confesionalidad, una forma de gobierno y práctica eclesiológica distintiva, una forma de culto y, por supuesto, tradiciones, de las que, usando las palabras de J. I. Packer, “somos víctimas y beneficiarios”. Quienes trabajamos en la plantación o en la revitalización de iglesias no somos inventores de la pólvora ni mucho menos los agentes creativos o innovadores dentro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, una comunidad de iglesias que hace unos días cumplió 150 años en el país. Somos, más bien continuadores de un largo peregrinaje. Dicho eso, claramente nos vemos desafiados por la situación de vida del Chile actual y de nuestros propios contextos locales, en las ciudades y barrios en los que nos movemos, como para mantenernos anquilosados. Hablamos acá del cambio que es resultado de la lectura del tiempo en que se vive y de la encarnación en una cultura. Entonces, el propósito de estas líneas es responder cuáles serían los elementos de continuidad y los de cambio en el culto de la Iglesia Presbiteriana de Chile, particularmente en sus plantaciones y revitalizaciones de iglesias. Esto se llevará a cabo siguiendo la lectura bíblica, la producción teológica y confesional reformada, como la reflexión reciente de algunos ministros que están pensando los procesos misionales de la iglesia, aterrizándolos a nuestra realidad como herramientas de las que se puede obtener utillaje y no como fórceps interpretativos de la misma.

  1. Elementos de continuidad en el culto.

 2.1. Bases bíblicas para la adoración del pueblo de Dios.

La Biblia en sus páginas, de manera continua, directa e indirectamente,  nos invita a llevar a cabo la tarea de adorar. Sólo para los efectos de este trabajo, me limitaré a seguir prioritariamente el texto de Isaías 12:1-6, el que complementaré con el seguimiento de otros textos. El profeta dijo:

En aquel día dirás: Cantaré a ti, oh Jehová; pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó, y me has consolado. He aquí Dios es salvación mía; me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es JAH Jehová, quien ha sido salvación para mí.Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación.Y diréis en aquel día: Cantad a Jehová, aclamad su nombre, haced célebres en los pueblos sus obras, recordad que su nombre es engrandecido. Cantad salmos a Jehová, porque ha hecho cosas magníficas; sea sabido esto por toda la tierra. Regocíjate y canta, oh moradora de Sion; porque grande es en medio de ti el Santo de Israel[4].

El texto bíblico referido nos plantea de manera clara a quién es que debemos de adorar (versículos 2 al 3). Dios es quien debe recibir todos nuestros actos de adoración. Él debe ser glorificado siempre, fundamentalmente, porque en todo su poder y gloria se ha dignado, misericordiosamente, a salvarnos y, luego de hacerlo, no nos desampara, sino que nos da la fuerza para seguir viviendo renovados por su amor y guía. De hecho, por el acto de Dios de preservarnos y ayudándonos a vivir, por su presencia viva, poderosa y constante, es que el profeta proclamando la palabra del Señor, no limita la adoración a los momentos o circunstancias que estamos atravesando, sino que nos invita a cantar en cualquier situación, sea en los momentos agradables o en los adversos, en el enojo o en el consuelo dado por Dios (versículo 1). El Predicador lo dirá con fuerza: “En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él” (Eclesiastés 7:14). Nada escapa al plan perfecto de Dios. Decirlo de manera ortodoxa no cuesta tanto como creerlo de verdad y vivirlo. Es el Espíritu Santo quien nos ayuda en la debilidad para lanzarnos a los brazos del Señor siempre. Pareciera ser que en la adversidad es donde más nos cuesta adorar. Pero no siempre es así. Es más, como nuestro corazón está debilitado, partido o triturado delante de Dios, y nos hallamos impotentes frente a nuestro Creador, somos más susceptibles a depender de Dios. Es en la hora del éxito, de la fama, de los buenos resultados, donde debemos luchar con más ahínco contra el ensimismamiento que deriva en culto egolátrico. El Señor debe ser bendecido en todo tiempo, siempre alabado, porque Él es bueno, fiel y de gran amor (Salmo 34:1; 100:5). Cerrando esta profecía cantada, Isaías señala quiénes son los sujetos que adoran: el pueblo de Dios y, a su vez, todos los pueblos de la tierra (versículos 4 al 6). La adoración es convocada por el Dios creador de todo, siendo todas sus criaturas llamadas a brindársela. El culto público debe estar caracterizado por esa invitación universal que llama e incluye a personas, más allá de cualquier barrera humana, social, económica, religiosa o cultural. La adoración bíblica siempre es comunal y es convocante. Sobre esto, John Piper cuando planteará que:

Las misiones no son el objetivo último de la Iglesia. El objetivo último es la adoración. Las misiones existen porque no hay adoración. La adoración es el objetivo último, y no las misiones, porque Dios es la realidad última, no el Hombre. Cuando esta era se acabe, y los millones de redimidos se postren ante el trono de Dios, las misiones dejarán de existir. Es una necesidad temporal. Pero la adoración permanece para siempre[5].

En síntesis, la adoración comunitaria del pueblo de Dios, particularmente en el culto estricto del día del Señor, es una celebración escatológica y misional, es anuncio de la esperanza bienaventurada y proclamación de la buena noticia de Jesucristo.

Complementando lo dicho por Isaías, otros textos nos reportan otros elementos a tener en cuenta a la hora de adorar:

  • ¿Cómo adorar? La Palabra del Señor nos motiva a hacerlo con alegría y regocijo, marcados por un amplio sentido de agradecimiento (Salmo 100:2,4). Tenemos el gran desafío de mantener el aspecto celebrativo del culto a Dios. El culto es fiesta al Dios Todopoderoso que nos salvó en el marco de la alegría perdurable de la redención. Salmos, himnos y cánticos espirituales deben ser expresados a Dios de todo corazón (Efesios 5:19). El canto es resultado de la alegría (Santiago 5:13b).
  • La adoración es un gozoso trabajo disciplinado (1ª Tesalonicenses 5:16-18). Y es una disciplina que busca nuestra sumisión ante el rey que gobierna soberanamente la historia y nuestras historias particulares. Fuimos hechos por el Señor y no nos pertenecemos a nosotros mismos (Salmo 100:3), por lo que el culto no puede limitarse a las apariencias, a un movimiento de labios en actitud religiosa performática, sino de un corazón que teme a Dios y se acerca con sinceridad y humildad ante su presencia (Isaías 29:13).
  • La Biblia establece el día de la adoración comunitaria, el que debe ser guardado celosamente para dedicarlo solamente al Señor, santificando a Dios y descansando sólo en Él (Éxodo 20:8-11). Súmese a ello, que el sábado cristiano, el primer día de la semana, celebra la resurrección del Señor (Juan 20:1). El domingo es el día en que la comunidad cristiana, desde sus inicios (Hechos 20:7; 1ª Corintios 16:1,2), se deleita en el único vencedor del pecado y la muerte, avizorando el triunfo final, el reposo eterno que tendremos en el futuro (Hebreos 4:1-11). El domingo no hay cosa más importante que celebrar culto al Señor.

2.2. Bases de la tradición calvinista para el culto.

Como señalamos al comienzo, la gloria de Dios es el eje de nuestra teología. Hacemos bien, entonces, a recurrir a fuentes claves de la tradición calvinista respecto de nuestro culto comunitario a Dios.

Juan Calvino, señala prioritariamente, que “para que las ceremonias nos sirvan de ejercicio de piedad es preciso que nos lleven a Cristo”[6]. El culto no se trata de nuestra moralidad, esfuerzo, actos excelentes ni de la socialización entre creyentes. El culto nos conduce a Cristo, a su cruz, porque sólo por su obra redentora es posible cantar y orar de manera genuina. Es por la justicia de Cristo, en su vida y en su muerte, que podemos presentarnos frente al Dios santo y temible.

Para Calvino esto es tan relevante, que él nota que dentro de las necesidades que conducen a la reforma de la iglesia, un papel importante lo jugaba la adoración. Para el teólogo y pastor de Ginebra, el fundamento principal del culto es reconocer a Dios como Él es: fuente de toda virtud, justicia, santidad, sabiduría, verdad, poder, bondad, misericordia, vida y salvación. Para ello, hay que recurrir a las Escrituras, pues éstas nos dicen quién es Dios y cómo debe ser adorado, desechando toda innovación que se constituye en idolatría. Para Calvino, el culto romanista es un regreso al judaísmo, porque se centra en la forma vana y en el deber cumplido, y no en el sacrificio espiritual obediente, posible por Cristo que cumple el anuncio que realiza sobre él el Antiguo Testamento, por medio de las ceremonias del tabernáculo y/o del templo. La libertad cristiana se enmarca en la regulación que brinda la Palabra. Señala que: “Dios ni habita en ceremonias, ni pone valor alguno en ellas, si se consideran sólo en sí mismas; sino que Él mira la fe y la sinceridad del corazón; y que el único fin por el cual Él las ordenó, y las aprueba, es para que puedan ser ejercidos limpios de la fe, de la oración y de la alabanza”[7].

Por su parte, la Confesión de Fe de Westminster, en su capítulo 21 nos habla sobre la adoración religiosa y el día de reposo. Sintetizando, nuestro documento confesional declara:

  • Que sólo hay un Dios que debe ser adorado: el trino Dios, único digno en ser adorado.
  • La forma aceptable de adoración está instituida y limitada por la Escritura, no por nuestra imaginación o por el influjo de Satanás.
  • La adoración sólo es posible por el acto mediador de Cristo.
  • La oración por medio de Cristo y ayudada por el Espíritu tiene un papel fundamental en la adoración.
  • Partes de la adoración religiosa: lectura de la Biblia, predicación sana, la escucha atenta de la Palabra, el canto de los salmos con el corazón, la debida administración y recepción de los sacramentos. En diferentes oportunidades pueden realizarse: juramentos y votos, ayunos solemnes y acciones de gracias.
  • La adoración no está condicionada por el lugar en que se realiza, sino por la disposición del corazón: adorar en espíritu y en verdad. Esto es fundamento del culto individual, familiar y de la iglesia reunida.
  • El sábado cristiano, que es el domingo, por la resurrección del Señor, es el día que debe ser guardado por la comunidad cristiana.

Nuestro documento confesional sienta las bases de la diferenciación de aspectos del culto, léase del culto lato y del culto estricto. El culto lato, refiere a una adoración amplia, que da cuenta de todo lo que hacemos y decimos para la gloria de Dios en todas las esferas de la vida, en el acto de estar de manera constante ante la faz de Dios, viviendo para él (Coram Deo). El culto estricto, por su parte, es acotado, y su especificidad releva el encuentro de Dios con su pueblo, en el que la gloria de Dios es proclamada y el evangelio de Jesucristo es anuncio y centro, y que se desarrolla en la esfera eclesiástica. Ambas son expresiones de una misma y sola adoración. La adoración del culto estricto es la continuación del culto lato de nuestra cotidianidad, por ende, el domingo no estamos haciendo algo inédito en relación a nuestra semana. Nuestro punto de mira acá, está centrado en el culto estricto.

Respecto del culto estricto, y siguiendo a Michael Goheen, que en mi opinión es consistente con la propuesta confesional, se puede señalar que la identidad de la iglesia está en la adoración, en cómo la realiza. Todo el culto, su estructura, sus cánticos, las oraciones, su predicación, debe expresar a sus asistentes los hechos poderosos de Dios pasados, presentes y futuros[8]. De hecho, el culto estricto es una proclamación comunitaria de la Palabra, al nivel que en ella ocurren las tres marcas de la iglesia verdadera (conceptualización cara de la teología reformada), a saber la predicación fiel de la Palabra de Dios, administración correcta de los sacramentos y la disciplina eclesiástica (esta última, a lo menos, en su sentido primario). Por ello es que resulta tan importante mantener la diferenciación entre elementos (puntos d y e de la síntesis confesional) y circunstancias. Las circunstancias vienen a ser las maneras particulares en las que llevamos a cabo los elementos propios del culto.

La base que sustenta la práctica de nuestro culto estricto es y será siempre la Escritura. Lo que se canta, ora, predica y presenta en el sacramento debe expresar lo que la Palabra de Dios dice. Dicho de otro modo, no se debe hacer nada en la reunión de adoración a menos que la Biblia ofrezca alguna base para la adoración. Esto es lo que en la tradición reformada se denomina “principio regulador del culto”[9]. Como señalará J. I. Packer: “Toda iglesia local, dondequiera que se encuentre, que esté espiritualmente viva, sin duda alguna se tomará muy en serio su canto, su oración y su predicación, y los protegerá con gran celo a los tres”[10].

Lo que se canta debe ser trabajado o estudiado, según el caso, a la luz de las Escrituras. Dietrich Bonhoeffer señaló en su Vida en comunidad que “El corazón canta porque está lleno de la presencia de Cristo. De ahí que, en la Iglesia, el canto sea un acto espiritual. Presupone sumisión a la palabra y a la comunidad, mucha humildad y una gran disciplina. Un cántico que no fuese cantado con el corazón no sería más que un himno horrible y confuso de autoalabanza humana. Cuando no se canta por Dios, se canta por uno mismo o por la música. Pero de esa forma el cántico nuevo degenera en un canto a los ídolos”[11]. Me gusta mucho el énfasis del pastor y teólogo alemán porque abre camino a una lectura confesional. Las confesiones de fe no sólo son declaraciones teológicas que se creen y afirman, sino que además, son marcos para la vida común: nos hacen estar de acuerdo, a lo menos, en una serie de puntos definidos. Los equipos de adoración no son independientes a la hora de definir lo que se canta en la congregación, debiendo fundamentar su elección en la Palabra de Dios, con la ayuda de la añosa sabiduría confesional. Se canta lo que se cree es un viejo principio que no debemos quitar en el afán de inventar la pólvora emergiendo a un devenir incierto.

2.3. Bases en nuestro Manual de Culto.

La Constitución de la Iglesia Presbiteriana de Chile cuenta con un libro titulado “Manual de culto”. En él, se reafirman los principios confesionales, a modo de base teológica. Respecto del culto público se señala:

  • Se brinda una definición del culto público: “es un acto religioso, a través del cual el pueblo de Dios adora al Señor entrando en comunión con él, haciéndole confesión de pecados y buscando por la mediación de Jesucristo el perdón, la santificación de la vida y el crecimiento espiritual. Es ocasión oportuna para la proclamación del mensaje redentor del Evangelio de Cristo, para adoctrinamiento y comunión de los cristianos”(Artículo 9).
  • Se reafirman los elementos propios del culto: “lectura de la Palabra de Dios, predicación, cánticos sagrados, oraciones y ofrendas y la administración de los sacramentos”(Artículo 10).
  • Se hacen alusiones al comportamiento de los creyentes antes, durante y después del culto, las que están marcadas por una piedad respetuosa y reverente (Artículo 13).

Quienes somos miembros de la Iglesia Presbiteriana de Chile hacemos bien en volver a los documentos que nos dan el marco regulatorio de nuestra convivencia. He aquí la disciplina en su principio primario, en tanto exigencia mínima para la vida comunitaria, en este caso, en la esfera del culto.

Hagamos énfasis en lo señalado en el artículo 9, respecto a que el culto es la “ocasión oportuna para la proclamación del evangelio”. Esto requiere que la predicación, como todo el culto, debe manifestarse en el marco de la adoración evangelística, convocando a los incrédulos y hablando en el idioma de las personas y siendo comprensible para ellas. Timothy Keller plantea lo siguiente sobre este tipo de adoración:

El culto de adoración semanal puede ser muy efectivo para evangelizar a los no cristianos y para la edificación de los cristianos si no se dirige específicamente a unos y otros, sino que se centra en el evangelio y se lleva a cabo en lenguaje vernáculo […] Es una falsa dicotomía insistir que debemos escoger entre buscar agradar a Dios y preocuparnos por la forma en que se sientan los que no asisten a la iglesia o lo que pudieran pensar durante nuestros cultos de adoración[12].

El principio acá es que si todos los pueblos de la tierra son convocados a adorar a Dios, todos quienes escuchan la proclamación del evangelio en todo el culto debiesen entender y ser exhortados con lo que allí ocurre. No es disruptivo preocuparse de quienes participan en el culto si no se deja de lado que la finalidad principal del mismo es adorar a Dios. La lógica es la siguiente: el culto es dirigido al Dios vivo y real, se centra en el evangelio de Jesucristo y se comunica en lenguaje vernáculo.

  1. Elementos de cambio en el culto.

Teniendo como base lo señalado anteriormente, a modo de premisa, en el contexto de la plantación y revitalización de iglesias que dialogan con la sociedad en la que viven, debiese, con mucho temor y temblor, realizar algunos cambios en nuestra práctica litúrgica. Esto no contraviene en nada la práctica reformada. De hecho, Calvino hace una propuesta que genera la línea interpretativa de este ítem, cuando al hablar de algunas formas de expresar los elementos del culto, dijo:

Por no tratarse de algo necesario para nuestra salvación, y porque deben adaptarse diversamente para edificación de la Iglesia conforme a las costumbres de cada nación, conviene, según lo exigiere la utilidad de la Iglesia, cambiar y abolir las ya pasadas, y ordenar otras nuevas.

Admito que no debemos apresurarnos a hacer otras temerariamente a casa paso y sin motivo serio. La caridad decidirá perfectamente lo que perjudica y lo que edifica; si permitimos que ella gobierne, todo irá bien[13].

Fijémonos en lo siguiente: que sin la necesidad de actuar temerariamente ni en forma unilateral o arbitraria, los cambios en el culto, sustentados en la Biblia, practicados en el amor y leyendo con sabiduría el tiempo histórico que se vive, según el “teólogo de la Reforma”, tienen la finalidad de cuidar la integridad del culto.

El primer asunto a tener en cuenta con respecto del cambio es que el culto debe ser contextualizado. Siguiendo a Ronaldo Lidório, la comunicación, en tanto hecho social, debe ser dialógica, relacional, inteligible, ética y aplicable. La Biblia y su verdad no es negociable ni está sujeta a la cultura de los emisores y de los receptores del mensaje; pero es “transculturalmente aplicable y supraculturalmente evidente”[14]. La correcta contextualización no es adaptación, sino lectura del tiempo presente con la Biblia en la mano como norma total y final para la vida. Con la Biblia en la mano se puede distinguir aquello que es rescatable, redimible o rechazable de la cultura en la que actuamos. Keller señala:

Pablo nos recuerda que en toda cultura hay muchas cosas que no contradicen directamente a las Escrituras y por consiguiente ni se prohíben ni se ordenan. Tales rasgos culturales deben, en general, ser aceptados con caridad y humildad, para evitar hacer innecesariamente foráneo el evangelio. Esto es cierto no sólo para la predicación, sino también para la adoración como cuerpo[15].

La iglesia no puede mantenerse pasiva respecto de la cultura en la que se vive. Evaluar, dialogar, asumir, modificar, desechar, son acciones preponderantes a la hora de pensar en nuestra liturgia en el momento actual.

Otro elemento de cambio necesario consiste en matar el espíritu del “culto para consumidores”. Ni la creatividad, ni  lo inspirador o motivacional, ni la búsqueda de ser agradables, reemplaza la obediencia y fidelidad a la Palabra. Kuyper acertó cuando señaló que “Los cultos sensuales de la Iglesia tienden a mitigar y adular religiosamente al hombre, y solamente el servicio puramente espiritual del calvinismo tiene como objetivo la adoración pura de Dios adorándole en espíritu y verdad”[16]. Cuando se habla de “culto sensual” uno tendería a pensar en iglesias que predican el pseudoevangelio de la prosperidad, en predicaciones motivacionales y de más. Pero esto también nos toca a nosotros. Debemos, necesariamente, preguntarnos: ¿hasta qué punto nuestro culto busca satisfacer nuestros gustos y emociones? Saquemos a colación algunos asuntos:

  • La salmodia exclusiva. Debemos señalar que cantar los salmos y otros textos bíblicos musicalizados ponen en nuestros labios con seguridad la Palabra de Dios. Pero eso no obsta, para que lo que cantemos en himnos y canciones, expresando lo que la Biblia dice, quede fuera del culto. De hecho, pensar que la Confesión de Fe de Westminster defiende la salmodia exclusiva es una transposición ahistórica del documento. Robert Rayburn explica que el concepto se usa en el documento confesional de manera amplia para referir a todo canto entonado a Dios y que muy tempranamente las iglesias reformadas publicarían himnarios que presentan salmos musicalizados e himnos[17]. Una posición como la de los salmodia-exclusivistas, que busca dejar sólo certezas, releva muchas preguntas necesarias: ¿Qué versión de la Biblia se debe utilizar en la salmodia exclusiva? ¿En lengua vernácula o en hebreo? ¿Incluye el uso de canciones que aparecen en otros libros de la Biblia del Antiguo y Nuevo Testamento? ¿Qué instrumentos musicales y de difusión deben emplearse? ¿Es un tema fundamental como para dividirse? ¿Qué pasa si los salmos musicalizados suenan a rock, cueca o tonada, hip-hop y demás?¿Los promotores de la salmodia exclusiva los aceptarían? ¿Hasta qué punto eso no es simplemente una práctica de consumo cúltico que busca resucitar expresiones del pasado como una moda? Sin lugar a dudas, una salmodia preferente, que incluya otros textos de la Biblia musicalizados, sumado a himnos que reflejen fielmente lo dicho en la Biblia (como pensamos respecto de nuestros documentos confesionales) es parte de una producción reformada coherente con su historia.
  • Las emociones en el culto. El culto es una instancia celebrativa y no debe perder nunca ese cariz. Ahora bien, ¿por qué limitar las emociones a las más notorias, a saber, llanto y fervor? ¿Por qué confundir emoción con presencia del Espíritu?Como diría el apóstol Pablo: “¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento” (1ª Corintios 14:15).
  • La reverencia. Las plantaciones y las revitalizaciones se caracterizan por la presencia de muchos matrimonios jóvenes, y con ello la gran presencia de bebés y niños. Enseñemos sin olvidar que los adultos somos nosotros. Como le escuchara en variadas ocasiones al Pastor Vladimir Pacheco: “somos informales, no irreverentes”.
  • El estilo musical. Ricardo Agreste plantea que este “puede combinar diferentes elementos, mas siempre demostrando gran sensibilidad cultural con las personas a las cuales la comunidad es enviada. El factor más importante acá no es la preferencia de sus miembros, sino un estilo encarnacional que se desenvuelve a partir de la conciencia de una iglesia que adora misionalmente a Dios[18]. Por su parte, Paul Jones dice que La música presentada debe ser excelente, la mejor que la congregación puede ofrecer, espiritual, alegre, profunda, inteligible, conveniente, que honre a Dios, teocéntrica, propiamente ensayada, viva, instructiva, funcional y artística[19]. Aquí emergen dos preguntas fundamentales: ¿Hasta qué punto nuestros cultos son una copia de la cultura anglosajona de ayer y hoy, o de las iglesias presbiterianas en el Chile del siglo XIX, o de las iglesias madres o de las que colaboran en nuestro financiamiento? ¿Hasta qué punto son un viaje en una máquina del tiempo y el espacio, que produce bienestar sólo a los que han sido iniciados en un tipo de cultura? Lo fundamental, acá, es lo que se canta. Como señala Jones: “¿Qué es la música de adoración? Es alabanza, oración y proclamación en formato musical según los principios bíblicos. ¿Qué no es? No es centrada en el hombre, no es entretenimiento autoindulgente para objetivos utilitarios o pragmáticos[20]
  1. Reflexiones finales.

Sin lugar a dudas, el culto en la plantación y revitalización de iglesias produce enormes desafíos. Pero con una gran certeza: que este debe ser una instancia que:

  1. Adora a Dios y sólo a Él culto es para Él.
  2. Tiene como base la Palabra de Dios y el evangelio como centro unificador.
  3. Un espacio en el que la comunidad, en su vida de unidad, expresa su adoración al Señor tal y como lo hizo en toda la semana.
  4. Un lugar en el que se dialoga con la cultura y con los incrédulos.
  5. Un momento en el que el gozo renovado por Dios en la expresión de la Palabra predicada, orada y cantada, tanto creyentes como incrédulos, son confrontados, transformados y liberados.

Aquí, es de poca importancia importancia si la iglesia es pequeña o grande, pues el culto debe ser realizado con igual fidelidad a la Palabra, devoción, amor, fervor. Como diría Kuyper: “Aunque la Iglesia reformada de corazón pueda ser pequeña en número, como Iglesias ellas siempre demostrarán ser indispensables para el calvinismo; y aquí también la pequeñez de la semilla no tiene por qué disturbarnos, con tal que aquella semilla sea sana e íntegra, repleta de una vida generativa e irreprimible”[21].


[1] W. E. Vine. Diccionario expositivo de palabras del Antiguo y del Nuevo Testamento. Nashville, Editorial Caribe, 1999, pp. 23, 24 (sección Nuevo Testamento).

[2] Citado en: Eduardo Nelson. “La adoración y la música en la Biblia”. En: Daniel Carro et al (editores). Comentario Bíblico Mundo Hispano. Tomo 8, Salmos. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 1997, p. 10.

[3] Este es un gran aporte de la escuela historiográfica francesa de los Annales, particularmente, de su segunda generación encabezada por Fernand Braudel.

[4] Todos los textos citados, salvo si se dice lo contrario, son tomados de la versión Reina Valera 1960.

[5] John Piper. ¡Alégrense las naciones! La supremacía de Dios en las misiones. Barcelona, Editorial CLIE, 2007, p. 27.

[6] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Tomo II. Libro IV.X.29. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 952,

[7] Juan Calvino. La necesidad de reformar la Iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010, p. 39. Todo este párrafo viene a sintetizar lo señalado por Calvino en esta obra, en distintos lugares de la misma.

[8] Michael Goheen. A igreja missional na Biblia. Luz para as naçoes. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, pp. 240-242. La traducción es nuestra.

[9] Véase respecto de este asunto: Hermisten Maia Pereira. “O culto cristão na perspectiva de Calvino: uma análise introdutória”. En: Fides Reformata. Año VIII, n°2. São Paulo, CPAJ, 2003, pp. 73-104; y Jonathan Muñoz. En busca de una orientación segura para el culto cristiano. Un estudio histórico-teológico sobre el principio regulador del culto calvinista. Tesis presentada como requisito parcial para la ordenación al Sagrado Ministerio del H. Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, febrero de 2006

[10] J. I. Packer. Teología concisa. Miami, Editorial Unilit, 1998, p. 210.

[11] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad.Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 58, 59.

[12] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 320, 322.

[13] Calvino. Institución… Op. Cit., Libro IV.X.30, p. 953.

[14] Ronaldo Lidório. Introduçao à Antropologia Missionária. São Paulo, Vida Nova, 2011, p. 130. La traducción es nuestra.

[15] Keller. Op. Cit., p. 315.

[16] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 83. Corresponde a la conferencia “El calvinismo y la religión”.

[17] Paul Jones. “O que é música para o culto?”. En: Sean Michael Lucas et al. Serie Fé Reformada.Volume 1. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2015, p. 103. La traducción es nuestra.

[18] Ricardo Agreste. Igreja tô fora! São Paulo, Z3 Editora, 2007, p. 122. La traducción es nuestra.

[19] Jones. Op. Cit., p. 122.

[20] Ibídem, p. 121.

[21] Kuyper. Op. Cit., p. 246. Corresponde a la conferencia “El calvinismo y el futuro”.

Artículos sobre Cosmovisión Cristiana en Revista La Fuente.

Revista La Fuente

El año 2016 fui invitado a participar con tres artículos sobre cosmovisión cristiana, pensando en un público juvenil (junto a sus líderes, por cierto), en la Revista La Fuente de Paraguay, una publicación que aborda distintos contenidos que fortalecen la reflexión y la práctica ministerial en la iglesia. De verdad una publicación plenamente recomendable.

Los artículos que escribí son breves e introductorios (el límite era una plana de la revista), y surgieron de la reflexión que estaba llevando a cabo con los jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, en mi tarea como presbítero asesor.

El orden de los artículos fue el siguiente:

Agosto de 2016: ¿Cómo mirar y pensar la realidad? ¿Por qué los jóvenes deben formarse en la cosmovisión cristiana?

Septiembre de 2016: ¿Cómo trabajar en la misión de Dios? Pensar y actuar para Cristo y su Reino. 

Octubre-Noviembre de 2016: ¿Qué es adorar a Dios en la vida entera? Cosmovisión y una vida completa para Dios.

Comparto con ustedes un documento en PDF, el que pueden abrir haciendo clic aquí, que compila los tres artículos, esperando que sea de beneficio para el cuerpo de Cristo, y como motivación a revisar los contenidos de La Fuente.

En Cristo, Luis.

Retiro “Sacerdotes: ¿Cuál es mi lugar en el Reino de Dios?”.

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Durante los días 18 al 21 de enero de 2018, en la Granja Presbiteriana de El Tabo, se llevó a cabo el Retiro Presbiterial de Jóvenes, este año bajo la temática “Sacerdotes: ¿Cuál es mi lugar en el Reino de Dios?”. La idea del mismo fue abordar la doctrina del sacerdocio universal de los creyentes, y cómo esta conceptualización se puede aterrizar al quehacer de cada hijo de Dios en el mundo, aunque en esta ocasión quisimos apuntar sobre todo al desarrollo de trabajos en la iglesia: discipulado (expuso el Pr. Caleb Fernández), evangelismo (expuso el Pr. Carlos Muñoz), vocaciones (expuso el Pr. Jonathan Muñoz) y liderazgo (expuso el Pr. Vladimir Pacheco). Compartió con nosotros, también, el moderador del Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile, Pr. Daniel Vásquez, una exposición titulada “Desafíos de la IPCH para la juventud”.

En esta ocasión, el tercer retiro de jóvenes en el que participo, me tocó compartir el tema introductorio a la doctrina del sacerdocio universal, además de un taller de diaconado junto a mi esposa Mónica. De hecho, esta es la primera vez en la que participo de un retiro presbiterial junto a toda mi familia, lo que le dio un significado muy especial a esta instancia.

Comparto acá las diapositivas de mi exposición, como también los apuntes que guiaron la conversación en el taller de diaconado, los que pueden ser de utilidad. Es más, dicho taller de diaconado se ha proyectado en el tiempo, ya que estamos preparando en conjunto una feria de servicios en la comuna de Puente Alto para el mes de mayo de este año, y anhelamos también que trascienda a dicho momento. Si te quieres sumar, puedes hacerlo.

¿Qué es el sacerdocio universal? (Diapositivas de la exposición introductoria).

Taller de diaconado (Apuntes que guiaron la conversación).

También les comparto algunas fotos de la actividad:

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Un abrazo, Luis.

Pensamiento económico y social de Juan Calvino.

Calvino oct

El domingo 22 de octubre de 2017, me correspondió compartir una exposición sobre el pensamiento económico y social de Juan Calvino.

¿Cuál fue el propósito de abordar esta temática?

Por sobre todo, ampliar la mirada de Calvino. A muchos de nosotros, que no somos presbiterianos de origen, sino que venimos de otras comunidades eclesiales, nuestro acercamiento se debió al reconocimiento de las doctrinas de la gracia. A eso le llamábamos “calvinismo”. Calvino propuso una mirada completa de la realidad. El calvinismo es una cosmovisión en la idea de un filtro para mirar el mundo, además de un “sentido de la vida” como diría Juan Mackay. En dicha ampliación, hemos querido hablar del pensamiento económico y social de Calvino. En otras palabras de Política con mayúsculas. Si Cristo es Señor por sobre todo, de todo y en todos, y el Reino de Dios excede los muros de nuestros templos, no hay temas vedados para los creyentes.

Comparto acá el audio de dicha exposición: