[Introducción + Estudio inductivo] ¿Qué son los 5 puntos del calvinismo?

En los últimos años, en América Latina se ha vivido un despertar dentro del mundo evangélico de las llamadas doctrinas de la gracia. Dichas verdades están ligadas a la figura del reformador francés Juan Calvino (1509-1564), no porque haya elaborado dichas doctrinas, sino más bien, porque presentó las bases para rescatarlas de la lectura de la Palabra de Dios. Estas doctrinas no deben confundirse con el calvinismo, que es una cosmovisión y un sentido de la vida, aunque forman parte de él, específicamente en el área de la doctrina de la salvación. 

De manera posterior a la muerte de Calvino, un teólogo holandés que estudió con Teodoro Beza, lo que le hacía un discípulo de la primera generación del pensamiento reformado, que  desarrolló una crítica a la posición de Calvino respecto de la doctrina de la gracia de Dios, enfatizando en el libre albedrío del ser humano. Se llamaba Jacobo Arminio (1560-1609) y fue profesor de la Universidad de Leyden. Luego de la muerte de Arminio en 1610, algunos de sus discípulos presentaron una declaración doctrinal respecto de la salvación, que tenía cinco artículos, ante las autoridades de Holanda. Dicha declaración se llamó “Remonstrantes”, que significa “memorial” o “pliego de protesta”, y fue firmada por 46 ministros, que afirmaban: a) el libre albedrío o capacidad humana de decidir acercarse a Dios; b) la elección condicional; c) la redención universal o expiación general; d) la obra del Espíritu Santo en la regeneración está limitada por la voluntad humana; y e) la caída de la gracia, es decir, la posibilidad que la salvación pueda perderse. Esta doctrina arminiana es sostenida por metodistas wesleyanos, nazarenos, pentecostales e independientes.

Como gran parte de la teología cristiana, estas doctrinas de la gracia comenzaron a ser aprendidas y confesadas a modo de reacción y propuesta, en este caso con la intención de contravenir las ideas del arminianismo. Para ello, se llevó a cabo el Sínodo de la Iglesia Reformada en Dordrecht, entre el 13 de noviembre de 1618 al 9 de mayo de 1619, instancia en la que participaron 84 miembros y 18 comisionados seculares. Ellos elaboraron una respuesta en un documento conocido como los “Cánones de Dort”. En algún momento de la historia, más reciente por lo demás, pero que no se puede señalar con toda claridad, las doctrinas de la gracia llegan a recibir el nombre de TULIP, por las siglas conformadas por cada uno de los cinco puntos a modo de acróstico en inglés:

Total depravity.

Unconditional election.

Limited atonement.

Irresistible grace.

Perseverance of the saints.

Estos puntos, traducidos al castellano, son: a) depravación total, b) elección incondicional, c) expiación limitada, d) gracia irresistible, y e) perseverancia de los santos. Estas doctrinas son aceptadas en iglesias presbiterianas y reformadas,  congregacionalistas y bautistas particulares.

Cada doctrina nos permite entender la gracia que Dios nos ha tenido: en la depravación total reconocemos la condición de miseria en la que vivíamos sin Cristo, en la elección incondicional vemos el amor eterno con el que Dios decidió predestinarnos para salvación, con la expiación limitada es que podemos cantar con certeza en la vida: “Cristo me ama, bien lo sé, su Palabra me hace ver”; con la gracia irresistible podemos notar que Dios nos llamó como el pastor a sus ovejas y, la perseverancia de los santos, en la que podemos notar cómo Dios nos hace mantenernos en fidelidad a su alto llamado. Estas doctrinas no son para andar discutiéndolas ni banalizándolas en Facebook u otra red social, sino que son descubiertas y proclamadas para que sean amadas por el pueblo de Dios, para volver nuestros ojos hacia Él, celebrando su amor y para inclinar nuestros corazones a la humildad. En ellas, podemos ver el amor soberano de un Dios que nos transforma y cuida con fidelidad. 

Que el Señor nos ayude con la riqueza de su Palabra a poner nuestros ojos en Cristo, y no en nosotros mismos. Si hay algo que los cinco puntos del calvinismo buscan, sin lugar a dudas, es que adoremos a Dios y cantemos a su eterna gloria. 

En Cristo, Luis Pino Moyano.

 

* Descarga el estudio inductivo basado en los 5 puntos del calvinismo, haciendo clic aquí.

[Registro Audiovisual] Coloquio “Una Fe Pública”.

El sábado 14 de septiembre realizamos un coloquio titulado “Una Fe Pública. La vigencia del pesamiento reformacional de A. Kuyper, H. Dooyeweerd, N. Wolterstorff, B. Goudzwaard y A. Plantinga”. La actividad fue maravillosa y tuvo aspectos sorprendentes. Comenzaba a las 9:00 hrs. de un día sábado, previo a una de las festividades más importantes del país. No obstante, unas cuarenta personas se acercaron a las dependencias del Centro de Literatura Cristiana, en Amunátegui 57 de Santiago, ávidos de aprender en el diálogo sobre pensamiento reformacional. De verdad, emocionante. Con gran alegría podemos decir que éste es el comienzo de varias cosas que vendrán, con la ayuda del Señor de todo. 

Comparto acá los vídeos de las dos mesas de ponencias:

  • La primera mesa abordó a dos pensadores clásicos del neocalvinismo: Abraham Kuyper y Herman Dooyeweerd, con ponencias mía y del Pr. Jonathan Muñoz. 

 

 

Opción de escuchar audio:

  • La segunda mesa abordó a pensadores más recientes: Gonzalo David habló sobre Nicholas Wolterstorff, Javiera Abarca sobre Alvin Plantinga y Luis Aránguiz sobre Bob Goudzwaard. 

 

 

También puede escucharse el audio:

Estén atentos a la página de Estudios Evangélicos y a su red en Facebook, pues se seguirán compartiendo artículos sobre esta temática e informando de nuevas instancias de reflexión que rescata y lee para el presente la propuesta reformacional.

 

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* Los podcast pueden escucharse y ser descargados desde la plataforma Ivoox, haciendo clic aquí.

La disciplina espiritual del ayuno: algo más que simplemente abstenerse de comer.

Casi todas las religiones antiguas consideraron al ayuno como una de sus prácticas rituales importantes. Por otro lado, en tiempos más recientes (en términos históricos, por cierto), se le ha utilizado como arma política o medida de presión (la también llamada “huelga de hambre”) por movimientos que alentaban la resistencia pacífica, algunos de ellos, liderados por actores cristianos. Incluso, las nuevas espiritualidades, solapadas en discursos de “vida sana”, la han promocionado como “instrumento para la salud integral”. 

Volviendo a la religión, y sobre todo al mundo cristiano, existe también la idea muy difundida del ayuno como un pesado sacrificio que busca lograr algún favor divino, en la lógica del “intercambio”. Sin embargo, esto no obsta para que lo definamos, bíblicamente, como un sacrificio espiritual en el que nuestra vida toda entrega adoración a Dios. Una de las palabras que se traduce como sacrificio en la Biblia significa “matar por un propósito”, y la adoración que elevamos a Dios requiere la muerte de nuestro orgullo, pecaminosidad y miedo que amenazan la presentación de un culto santo y agradable para Dios.

A veces, nuestra concepción del ayuno está más relacionada con lo que éste acto espiritual significaba para los judíos, particularmente de su lectura de la ley mosaica (la lectura cristiana de la ley es una lectura distinta, necesaria, hecha a la luz de la historia de la redención conquistada por Jesucristo). Interesantemente, a diferencia de lo que el sentido común haría parecer, el ayuno era prescrito para ser realizado por el pueblo de Dios una vez al año, específicamente, para el “Día de la expiación”, la única “fiesta triste”, donde se buscaba el perdón del Dios santo ante el olvido, indiferencia y rebelión contra él. Así dice: Levítico 16:29-31: “Este será para ustedes un estatuto perpetuo, tanto para el nativo como para el extranjero: El día diez del mes séptimo ayunarán y no realizarán ningún tipo de trabajo. En dicho día se hará propiciación por ustedes para purificarlos, y delante del Señor serán purificados de todos sus pecados. Será para ustedes un día de completo reposo, en el cual ayunarán. Es un estatuto perpetuo”. 

Con el paso del tiempo, y con una mayor institucionalización de la religión judaica, se llegó a ver el ayuno como una “obra cardinal”, junto con la oración y la limosna. Los judíos ayunaban cuando estaban de luto, para expiar pecados, a modo de penitencia nacional y para comunicarse con Dios. En ese sentido, era una práctica para llamar la atención de Dios o demostrar arrepentimiento y devoción. Por lo mismo, los fariseos, judíos ortodoxos y celosos practicantes de la ley y la tradición, ayunaban dos veces a la semana, cosa que excedía con creces lo demandado en la Escritura, hasta ese momento. 

El cristianismo vino entonces a modificar nuestra noción del ayuno. David Mathis nos ayuda con su definición de esta disciplina espiritual, cuando señala que “El ayuno es una herramienta excepcional, diseñada para canalizar y expresar nuestro deseo por Dios y nuestro descontento santo en un mundo caído. Es para aquellos que no están satisfechos con el statu quo. Para aquellos que quieren más de la gracia de Dios. Para aquellos que se sienten verdaderamente desesperados por Dios”. Esta noción, la profundizaremos en la lectura bíblica que presentaremos a continuación, respondiendo a la pregunta por el significado de esta práctica de fe y espiritualidad: ¿qué es el ayuno?

1. El ayuno es una oración fortificada. 

Es imposible entender el ayuno sin la oración. A diferencia de la oración, que puede entenderse sin el ayuno, como una disciplina independiente. Eso hace que el ayuno sea necesario y que la oración sea fundamental. Un caso bíblico que ilustra esto, es la situación narrada en el libro de Ester. En ese momento de la historia bíblica, parte del pueblo de Dios se encontraba cautivo por los medo-persas, y un sujeto de dicho pueblo conspiraba para la eliminación étnica de los judíos reunidos allí, un hombre llamado Mardoqueo, en un acto de connotaciones similares al de Adán en el Edén luego de la caída, se esconde y empuja a su prima o sobrina, Ester, a la que él había adoptado como hija, para que ella actuara en defensa de sus conciudadanos presentándose ante el rey Asuero, lo que según la legalidad imperial podría costarle la vida. Ella asume al riesgo y dice: “Ester le envió a Mardoqueo esta respuesta: ‘Ve y reúne a todos los judíos que están en Susa, para que ayunen por mí. Durante tres días no coman ni beban, ni de día ni de noche. Yo, por mi parte, ayunaré con mis doncellas al igual que ustedes. Cuando cumpla con esto, me presentaré ante el rey, por más que vaya en contra de la ley. ¡Y, si perezco, que perezca!’” (Ester 4:15,16). Cuando Ester , asume valientemente su rol histórico, pide que el pueblo ayune por ella, señalando la necesidad de apoyo de la comunidad en el clamor a Dios, buscando que Él interviniera en la historia que parecía presagiar un inminente final oscuro.

Dicho caso bíblico también nos dota de una clarificación, que tiene mucho sentido para quienes somos reformados: el ayuno no es sólo una práctica individual, íntima, hacia adentro, sino una profundamente comunitaria. La preocupación espiritual cristiana es tanto vertical, manifestándose en el amor al prójimo, y horizontal, lo que se expresa en el amor al prójimo. Puedo intensificar mi oración con los ruegos de otros. 

2. El ayuno es hambre de Dios. 

El relato bíblico que quiero poner en la palestra es muy interesante. Dicho relato, lo ocuparemos, también, más adelante. Mateo registra en su evangelio lo siguiente: “Un día se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: -¿Cómo es que nosotros y los fariseos ayunamos, pero no así tus discípulos? Jesús les contestó: -¿Acaso pueden estar de luto los invitados del novio mientras él está con ellos? Llegará el día en que se les quitará el novio; entonces sí ayunarán”. Los discípulos de Juan, que eran un tipo de judíos ortodoxos, al igual que los fariseos consideraban que el ayuno era una práctica cardinal, por ende, les produce asombro e inquietud que los discípulos del Maestro de Galilea no se abstengan de comer. Jesús hace una explicación muy bella y potente. Los discípulos no ayunaban porque estaban de fiesta, estaban celebrando junto al “novio”. Pero cuando ese novio les sea quitado “entonces, sí ayunarán”. 

Llevemos esta información al dato concreto: los discípulos de Jesús ayunarían entre el arresto de Jesús, su muerte y resurrección. Jesús vuelve a compartir con los suyos, y el evangelio señala escenas de mesa compartida. Luego, Jesús ascendió al cielo, regresando al Padre, lo que abre, nuevamente, un tiempo para ayunar. En ese sentido, la totalidad de nuestra era, entre la ascensión de Jesús y su segunda venida es un tiempo en el cual la iglesia DEBE ayunar. Y no te asustes con la palabra “debe”… esto no se trata de legalismo sino de entender lo que Jesús dice: “sí ayunarán”. Él no dice, “es posible que ayunen”, ni añade un “tal vez”, “esporádicamente”, “en ocasiones”. Él afirma, “sí ayunarán”. Y lo haremos por un sentido de nostalgia de Dios. ¿De qué tenemos hambre? ¿Sentimos nostalgia de Cristo? ¿Cuáles son nuestras necesidades y prioridades? Como dice Mathis: “Al igual que el evangelio, el ayuno no es para los autosuficientes y para los que sienten todo resuelto. Es para los pobres en espíritu. Es para quienes están de duelo. Para quienes tienen hambre y sed de justicia. En otras palabras, el ayuno es para los cristianos”. 

La idea del ayuno está también muy asociada a la del banquete, tanto en la lógica de la fiesta como por la expresión de un hambre verdadera. Jesús contó una parábola sobre un hombre que preparó un gran banquete, al que todos los invitados se excusaron de participar.  Las excusas para no asistir fueron: “El primero le dijo: ‘Acabo de comprar un terreno y tengo que ir a verlo. Te ruego que me disculpes’. Otro adujo: ‘Acabo de comprar cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas. Te ruego que me disculpes’. Otro alegó: ‘Acabo de casarme y por eso no puedo ir’” (Lucas 14:18-20). ¿Acaso es ilegítimo comprarse un terreno o una casa? ¿O es ilegítimo comprarse un medio de transporte o una herramienta de trabajo -resemantizando las yuntas de bueyes, ocupadas como animales de tiro o carga? ¿Es ilegítimo casarse y formar familia? La respuesta es un rotundo no. Y es que el problema no está en la legitimidad de dichas prácticas, sino en cómo dichas cosas, personas y momentos se adueñan de la vida, otorgando sentido e identidad. En otras palabras, aquello que gobierna tu vida, si no es Dios, es un ídolo. 

Por lo que se ha dicho, es que debemos ampliar nuestra noción de ayuno. Martyn Lloyd-Jones decía que: “Si verdaderamente consideramos el ayuno, no debemos limitarlo al tema de comida y bebida; el verdadero ayuno debería de consistir en incluir la abstinencia de cualquier cosa que es legítima en sí y para sí por motivo de algún propósito espiritual. Hay muchas funciones corporales que son correctas y normales y perfectamente legítimas, pero que por alguna razón peculiar en ciertas circunstancias deberían de ser controladas. Eso es ayunar”. En otras palabras, podemos no sólo sentirnos compelidos a ayunar en el sentido estricto de la expresión, absteniéndonos de comer, sino también, ayunar de otras cosas y momentos que siendo legítimos en sí mismos, roban mucho de nuestro tiempo que podría ser ocupado para dedicarnos con tranquilidad a la oración, la lectura de la Biblia, la meditación, el silencio, la adoración.

Por su parte, Richard Foster, señaló que: “Más que cualquier otra disciplina, el ayuno revela las cosas que nos controlan. Este es un gran beneficio para el verdadero discípulo que anhela ser transformado a la imagen de Jesucristo. Cubrimos lo que está dentro de nosotros con comida y otras cosas. […] Si el orgullo nos controla, casi de inmediato será revelado. David dijo: ‘Afligí con ayuno mi alma’ (Salmo35:13). Cólera, amargura, celos, riñas, temor están en nosotros, saldrán a la superficie durante el ayuno. Al principio racionalizaremos que nuestra cólera es debido a nuestra hambre. Entonces sabremos que estamos enojados porque el espíritu de cólera está en nosotros. Podemos regocijarnos en este conocimiento porque sabemos que la sanidad está disponible por medio del poder de Cristo”. El teólogo cuáquero nos señala otra idea necesaria de tener en cuenta: si ayunando nos abstenemos de comida, cosas y momentos, legítimos en sí mismos, con mayor razón nos debemos abstener de todos aquellos pecados que tapamos con comida y más. En ese sentido, el ayuno nos sensibiliza a nuestra realidad, nos presenta nuestras áreas de debilidad, nos expone a la vulnerabilidad, todas cosas necesarias para sentirnos necesitados de la gracia del Dios que nos amó. 

3. El ayuno es adoración. 

Jesús, en la predicación por antonomasia, el sermón del monte dijo: “Cuando ayunen, no pongan cara triste como hacen los hipócritas, que demudan sus rostros para mostrar que están ayunando. Les aseguro que estos ya han obtenido toda su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara para que no sea evidente ante los demás que estás ayunando, sino solo ante tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará” (Mateo 6:16-18). ¿Qué critica Jesús de los fariseos? Con suma claridad, la humillación de los fariseos era fingida, un show, una performance espiritual. Con este tipo de actitud ya recibieron su recompensa: la gloria de los hombres. Es decir, Jesús no está discutiendo sobre el ayuno, sino con los que ayunan y sus motivaciones. El énfasis principal de toda esta sección del sermón del monte (6:1-18) es el carácter indispensable de la sinceridad en la adoración al Dios Todopoderoso. 

Es aquí, incluso, donde el contenido se funde con la forma, porque se invita a los ayunadores a lavarse la cara y perfumarse, y no a andar una cara triste o derrotada, lo que no generaría la necesidad de preguntar si se tiene hambre. Ese aspecto formal es una expresión externa de lo que hay en lo interior: un servicio voluntario, apartado de una religiosidad hipócrita, ya que echarse ungüentos era señal de gozo. Agustín de Hipona planteaba: “Consideramos a la cabeza como la razón, porque se encuentra en la parte superior del alma y gobierna los demás miembros del cuerpo. Luego el ungir la cabeza es tanto como alegrarse. Alégrese interiormente porque ayuna, el que ayunando se separa de las aspiraciones del mundo para quedar sometido a Dios”. 

¿Cuál es nuestra motivación al ayunar? ¿Recibir milagros? ¿Cumplir una norma? ¿Alcanzar un nivel por sobre los demás? Hay dos textos bíblicos que nos ayudarán a responder la interrogante. “Ahora bien —afirma el Señor—, vuélvanse a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos, rásguense el corazón y no las vestiduras” (Joel 2:12,13a); “Y, cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones ¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios” (Santiago 4:3,4, el destacado es mío). La motivación principal a la hora de ayunar es matar al yo, porque si el ayuno es adoración su finalidad es exaltar la vida del Dios vivo y verdadero, y no el acto de construcción del peor de todos los dioses, el más sanguinario y terrible, a saber, uno mismo. 

Esa mortificación del pecado queda expresada con suma claridad en el texto que ha sido llamado como el del “ayuno verdadero”. Isaías 58:3-8 señala la palabra de Dios por medio del profeta: “Y hasta me reclaman: ‘¿Para qué ayunamos, si no lo tomas en cuenta? ¿Para qué nos afligimos, si tú no lo notas?’. Pero el día en que ustedes ayunan, hacen negocios y explotan a sus obreros. Ustedes solo ayunan para pelear y reñir, y darse puñetazos a mansalva. Si quieren que el cielo atienda sus ruegos, ¡ayunen, pero no como ahora lo hacen! ¿Acaso el ayuno que he escogido es solo un día para que el hombre se mortifique? ¿Y solo para que incline la cabeza como un junco, haga duelo y se cubra de ceniza? ¿A eso llaman ustedes día de ayuno y el día aceptable al Señor. El ayuno que he escogido, ¿no es más bien romper las cadenas de injusticia y desatar las correas del yugo, poner en libertad a los oprimidos y romper toda atadura? ¿No es acaso el ayuno compartir tu pan con el hambriento y dar refugio a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no dejar de lado a tus semejantes? Si así procedes, tu luz despuntará como la aurora, y al instante llegará tu sanidad; tu justicia te abrirá el camino, y la gloria del Señor te seguirá”. Isaías nos enseña que la justicia no solo es social sino por sobre todo espiritual, por lo que no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de mentir; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de robar; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de explotar a los demás; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de chismear; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de la codicia y el egoísmo; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de… (agrega el pecado con el que luchas más duramente). El ayuno verdadero consiste en desprenderse de todo peso para que nuestra vida, nuestro único gozo, nuestro único deleite, nuestro único proyecto, nuestra única religión y fe esté en el Dios de la vida. 

He ahí el sentido de lo que el Catecismo de Heidelberg se pregunta por “¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?” (pregunta 1), a lo que se responde: “Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con preciosa sangre por todos mis pecados […]”. Y en ese acto de no pertenecernos a nosotros mismos, ergo, de adoración radical, el ayuno es una expresión de dependencia total a Dios, de adoración genuina (véase la Confesión de Fe de Westminster, capítulo 21, artículo 5). 

4. El ayuno es fiesta espiritual esperanzada. 

En el texto de Mateo 9:15 veíamos que el novio será quitado. En la parábola de las diez vírgenes se señala que el novio volverá: “A medianoche se oyó un grito: ‘¡Ahí viene el novio! ¡Salgan a recibirlo!’” (Mateo 25:6). John Piper señala: “El regocijo comienza con la pasada gracia de la muerte de Cristo y su resurrección, que entonces incluye todo lo que Dios promete en él. Mientras seamos finitos y caídos, la fe cristiana significará ambos deleite (en la pasada) encarnación y deseo (de la futura) consumación. Será tanto contentamiento como insatisfacción. Y la insatisfacción crecerá conforme crezca la medida de contentamiento que habremos conocido en Cristo”.

A eso apunta la alusión a lo viejo y lo nuevo en el texto de Mateo 9, ya referido con antelación, pero en los versículos finales de dicha sección (vv. 16 y 17). Jesús dijo: “Nadie remienda un vestido viejo con un retazo de tela nueva, porque el remiendo fruncirá el vestido y la rotura se hará peor. Ni tampoco se echa vino nuevo en odres viejos. De hacerlo así, se reventarán los odres, se derramará el vino y los odres se arruinarán. Más bien, el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así ambos se conservan”. Esto nada tiene que ver con esa cantinela de los grupos neopentecostales respecto a un nuevo tiempo de la iglesia, en el que se exige mentes renovadas y no las mentes limitadas de legalistas y gente anquilosada al pasado. Los odres viejos y los odres nuevos aluden a formas diferenciadas de entender el ayuno. Piper dice: “El lamento sobre el pecado y el anhelo de librarnos del peligro y la búsqueda de Dios que inspiró el viejo ayuno no estaba basado en la maravillosa obra acabada del Redentor”. El novio, como la simiente de la mujer, ya vino y dio un golpe mortal a Satanás, al pecado y la muerte con su triunfo en la cruz. Por ello, junto con el pastor Piper diremos que: “Lo que diferencia al cristianismo del judaísmo es que el tan anhelado reino de Dios está ahora tan presente como en el futuro”. Sí, nuevamente, estamos bajo la tensión escatológica del “ya, pero todavía no”. 

Sinteticemos: ¿qué es lo novedoso del ayuno? No es la necesidad ni el dolor ni el hambre de Dios, cosa que nos iguala a los practicantes judíos de la ley mosaica y, además, con todo el género humano. Lo novedoso, es que el sentido de vacío ya no está. Cristo llenó los vacíos. La presencia de Cristo es real y grata, nos hemos deleitado en el agradable sabor de su gracia y amor, y eso hace que sigamos teniendo hambre de Él. Y ese “llenado” lo completará cuando consume gloriosamente su reino, luego de su venida que no sólo debemos esperar, sino por sobre todo amar. El ayuno, entonces, es también una fiesta. Una fiesta que nos hace poner la vista en la agenda de Dios que tiene como hito clave el glorioso advenimiento del Señor. 

Para reflexionar y practicar:

El ayuno verdadero implica otras disciplinas espirituales como: la lectio divina, la oración, el retiro y el contentamiento (o frugalidad). En tanto disciplina, es algo que no sólo debemos practicar, sino también planificar. Aquí la pregunta que ayuda es: ¿qué haremos en lugar de comer (o de hacer la cosa que hemos decidido abstenernos)?

El ayuno nos enseña que nuestra vida, más que una performance religiosa, debe depender total y absolutamente de Dios, saciando nuestra hambre de Él, anhelando la venida de Jesucristo en gloria y majestad. Cuando entendemos el ayuno como una actividad feliz de la presencia de Cristo, nos debe hacer pasar de la disciplina al deleite, y hacer que dicho gozo se irradie en nuestra relación con Dios y con el prójimo. 

Algunas recomendaciones prácticas: a) comience su ayuno al despertar; b) termínelo a media tarde; d) luego, coma algo muy liviano; e) en medio del ayuno beba agua sin restricción; f) suspenda el ayuno si comienza algún malestar irrecuperable; g) si tiene una prescripción médica que le impida ayunar, no lo haga; h) si nunca ha ayunado, comience de a poco. El cristianismo, si bien es cierto trae implícita la marca del sufrimiento, no es masoquismo. Sí, llegará el momento en que necesitaremos mártires… pero aún no (hablo en relación a nuestra realidad nacional). 

La fiesta es importante. No es casual que el primer milagro de Jesús haya sido convertir el agua en vino en medio de una boda. Dicho milagro anticipó la alegría que su ministerio y misión trajo a nuestras vidas. Pero, siguiendo a Mathis, hay que tener claro que en nuestra realidad contemporánea el banquete se haya extendido en nuestra cultura evangélica y/o eclesial, mientras que la frugalidad y el ayuno no. Es urgente recuperar el ayuno, porque esta disciplina nos hará poner nuestra dependencia no en cosas, momentos y personas, sino sólo en Dios. 

Finalizo con las palabras de Edward Farrel: “Casi en todas partes en todo tiempo, el ayuno ha tenido un lugar de gran importancia, puesto que está íntimamente vinculado con el profundo sentido de la religión. Quizás sea esta la razón por la desaparición del ayuno en nuestros días. Cuando el sentido de Dios disminuye, el ayuno desaparece”. Hambre de Dios y sentido de vulnerabilidad hoy. Hoy, no mañana… 

Luis Pino Moyano. 

 


 

Nota contextual y bibliográfica. 

Este texto surge de mis apuntes para la exposición en la Reunión de Hombres del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, celebrada el sábado 3 de agosto de 2019, con el título de “Piedad: Disciplinas espirituales para hombres de hoy”. Hace algunos años atrás había predicado sobre esta temática en las Iglesias Puente de Vida (2011, 2012) y Refugio de Gracia 2017, por lo cual, mucho del material ya lo tenía preparado. En la construcción de esta reflexión fue clave el libro de John Piper, “Hambre de Dios”, que leí en 2011. Ese libro de este entrañable pastor bautista, fue sumamente clarificador para mi, pues antes de su lectura sólo lograba asimilar el ayuno como oración fortificada y como adoración, pero no en el sentido del hambre de Dios y la nostalgia del verdadero hogar. En un acto de honestidad, me declaro tributario de Piper para esta reflexión. 

Para la construcción de este texto, refiero la lectura de los siguientes libros:

  • Foster, Richard. Celebración de la disciplina. Hacia una vida espiritual más profunda. Buenos Aires, Editorial Peniel, 2009.
  • Mathis, David. Hábitos de gracia: disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales. Ellensburg, Proyecto Nehemías, 2016.
  • Piper, John. Hambre de Dios. Cómo desear a Dios por medio de la oración y el ayuno. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2017 (edición más actual en castellano).

No se usaron notas al pie de página, por el formato de soporte: apuntes de una presentación oral. El post buscó mantener la frescura de su carácter originario. 

Los versículos bíblicos fueron tomados de la Nueva Versión Internacional. 

“Mucho valor tiene a los ojos del Señor la muerte de sus fieles”. A la memoria del hermano Pablo Hoff.

* El recorte de prensa es del archivo del Pr. Manuel Díaz, profesor del IBN. 

Durante la mañana de ayer, 23 de junio de 2019, nos hemos enterado de la noticia de la muerte de Paul Hoff Bieker, más conocido en el mundo evangélico chileno, y especialmente a quienes nos formamos en el Instituto Bíblico Nacional, como el “hermano Pablo”. Él había nacido el 23 de febrero de 1924, y se formó académicamente como Bachiller en Artes Liberales con mención en Historia de la Universidad Taylor y Magíster en Teología del Seminario Bautista del Norte, y que desarrolló su tarea como misionero de las Asambleas de Dios en Bolivia, Argentina y Chile, fundamentalmente en la tarea de la docencia teológica y la pastoral. Chile, país al que llegó en 1978 fue donde desarrolló su ministerio de más larga data, y que tuvo como su fruto principal y más maduro el Instituto Bíblico Pentecostal, fundado en 1979, y que desde 1999 recibe el nombre de Instituto Bíblico Nacional fortaleciendo su carácter interdenominacional, lo que va acompañado de sedes en más de veinte ciudades a lo largo del país. 

Ligado a su tarea docente surgieron sus libros, la mayoría de ellos publicados por Editorial Vida, relacionados con las diversas áreas del saber teológico, escritos a mano y luego escritos a máquina por su esposa, la hermana Betty, y más tarde a computador y estilizados al idioma castellano por personas ligadas al Instituto que él formó. Libros que demuestran un conocimiento profundo de la Escritura, y que facilitan su acceso a la misma, por el fuerte talante pedagógico que poseen y que, por sobre todo, invitan a mirar a Cristo Jesús cuando avanzan en el aspecto devocional. Estos libros son: 

  • “El Pentateuco” (1978), 
  • “Los libros históricos” (1980),
  • “El pastor como consejero” (1981),
  • “Se hizo hombre” (1990, sobre los evangelios sinópticos),
  • “Otros evangelios” (1993, sobre religiones comparadas),
  • “Libros Poéticos” (1998),
  • “Defensa de la fe” (en coautoría con el teólogo chileno David Miranda, publicado por Editorial Mundo Hispano, 1997),
  • y “Teología Evangélica” (Tomo 1, 1999; Tomo 2, 2000; obra reunida en un solo ejemplar, 2005).

Él diría en una introducción a uno de sus libros: “Tal vez el lector apresurado se sienta tentado a estudiar las lecciones del libro sin leer previamente las partes correspondientes de la Biblia. Si así procede, se estará defraudando a sí mismo y no aprovechará al máximo este estudio, porque la Biblia es siempre más importante que lo que dicen los hombres acerca de ella” (El Pentateuco, p. 11). A ello se suman muchos artículos desperdigados en folletos, revistas y periódicos evangélicos. Como escribió Juan, el apóstol: “Dichosos de aquí en adelante los que mueren unidos al Señor. Sí – dice el Espíritu-, ellos descansarán de sus trabajos, pues sus obras los acompañan” (Apocalipsis 14:13 DHH). En 2011, Editorial Vida publicó el libro biográfico escrito por Stuart Allsop, titulado “Mi Dios les proveerá. La apasionante historia de Pablo Hoff”, el que lamentablemente no ha sido difundido en las librerías de nuestro país. Es de justicia que lo hagan con prontitud. 

Conocí al hermano Pablo en el año 2000 cuando ingresé al Instituto Bíblico Nacional. Era un joven pentecostal, tenía 18 años y cargaba una cantidad de sueños y anhelos de servicio al Señor, sobre todo porque al comienzo de ese año sentí fuertemente un llamado al ministerio pastoral, y para eso había que prepararse. Si bien es cierto, estudiar teología tenía mala prensa, porque “la letra mata”, en mi comunidad de esos tiempos había un buen recuerdo del hermano Pablo, siendo la Iglesia Pentecostal Naciente una de las primeras denominaciones en recibir bien a este misionero. Recibí dos libros de él para iniciar el ciclo, los que leí con avidez, y que profundizamos en clases con los profesores, compañeros de curso, y principalmente con mi amigo y compañero de andanzas, Cristian Estrada. Fue fácil admirar a este ministro del evangelio, porque no sólo leímos sus libros, sino que además compartimos con él. Nunca he podido olvidar que a las dos semanas de entrar a estudiar, estaba trabajando en el Parque Bustamante como encuestador, cuando él pasa por la vereda de en frente (vivía cerca de allí), me vio, cruzó la calle, se me acercó con su característica sonrisa, me dio un fuerte apretón de manos y me preguntó por mi parecer respecto del IBN, luego se despidió con un “Dios le bendiga en todas sus labores”. 

Luego, fueron las conversaciones con él mientras tomábamos un café o sus ilustraciones testimoniales en medio de sus sermones en las que le conocimos más: su conversión a muy temprana edad, su paso como soldado en la 2ª Guerra Mundial, sus estudios teológicos en los que recibió la influencia de autores del ala conservadora y de la neoevangélica, siendo tributario de Carl Henry y Millard Erickson. Luego su trabajo misional en Bolivia y Argentina y su venida a Chile, llena de hechos providenciales: su solicitud de abrir un Instituto Bíblico para los pentecostales chilenos fue antecedida, sin mediar conversación entre ellos, por la solicitud del Pr. Francisco Anabalón de apoyo de las Asambleas de Dios para abrir un centro de estudios en el país. El trabajo misional en Chile estuvo marcado por desafíos y dificultades, pero en el que Dios abrió caminos: de las clases en el templo de la Corporación Vitacura, en Calle Rosas (frente al que hoy es el Teatro Teletón) al edificio de seis pisos en calle Ejército. Cómo él mismo no cesaba de señalar, citando la Escritura: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19, RV 1960). 

De acento “agringado”, pese a los años que llevaba en Chile, era un deleite escuchar sus predicaciones, las que eran bíblicas, llenas de fuego, y con una característica muy particular a la hora de aplicar: bajaba la voz y con voz suave golpeaba nuestros corazones y conciencias. Aunque también le vimos apasionado y molesto. Dos momentos que recuerdo vívidamente. A principios de los 2000 algunos profesores comenzaron a señalar, sin ambages, su mirada escatológica amilenarista, yendo contra la mirada dispensacionalista, hegemónica en el mundo pentecostal. En una reunión de profesores se dio la discusión, muy acalorada, de la que algunos fuimos testigos indirectos mientras realizábamos nuestras tareas en la biblioteca. La discusión terminó con un golpe de mesa y con la voz firme del hermano Pablo diciendo: “no importa cuándo el Señor viene o cómo viene; lo que nos importa es que Él viene”. El momento terminó con oración y ánimo reconciliado. 

El otro momento, fue una de las últimas capillas (momento devocional) que se hizo al final de las clases, dando cuenta que muchos se retiraban y no participaban de la misma, nos exhortó a la luz de la Palabra la importancia de una espiritualidad profunda. Ahora, con justo enojo, golpeó el púlpito y dijo “si alguno cree que estudiar Teología es para agrandar cabezas y no corazones no es digno de este Instituto”. Y esto me permite cerrar mi relato testimonial. Pablo Hoff más que un teólogo fue un valiente siervo del evangelio, un respetable creyente, que nos enseñó con la palabra y la vida que los peores enemigos de los estudios teológicos no eran quienes decían que la “letra mata”, sino aquellos que estudian y tienen “un más alto concepto de sí que el que deben tener” (Romanos 13:3). Pablo Hoff, fue un valiente misionero que entendió que el servicio a Cristo y su Reino no tiene fronteras ni barreras que el Señor de la misión no pueda derruir, y que por lo mismo, asume con una alta cuota de voluntarismo el llamado que le constriñe a ser un obrero del evangelio. Todo esto, era una invitación que no dejaba de lado la erudición, pero que fortalecía la práctica servicial y buscaba forjar carácter cristiano. Se trataba de buscar un “conocimiento ungido”. Y dicho conocimiento fortaleció al bullente pentecostalismo chileno y excede sus veredas, edificando también a creyentes de otras banderías eclesiales. 

Como alguien que se siente honrado de haber hecho sus primeras armas del conocimiento teológico en el instituto que él formó, de manera agradecida digo frente a nuestro querido hermano Pablo: muchas gracias, seguiremos “preparándonos mejor, para servir mejor” con la ayuda de Aquél que vive y permanece para siempre. 

¡Hasta pronto!

Luis Pino Moyano.

 


 * Recomiendo, para quienes quieren tener un acercamiento mayor al testimonio de vida del hermano Pablo Hoff, ver la entrevista realizada por la hermana Sara Ossa, en el Canal de YouTube de Corporación Sendas, y el texto biográfico escrito por el hermano Pablo Villouta. 

Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo.

Siempre se hace relevante pensar en la relación entre la fe cristiana y el trabajo, esto, porque no hay nada más alejado del cristianismo bíblico que un monasticismo que separa a la iglesia del mundo, lo que deriva en la construcción de iglesias como ghettos en las que sólo nos relacionamos con “gente como nosotros” o, en el peor de los casos, a pensar que nuestra fe está limitada a servicios religiosos que pueden ser consumidos o practicados en días y horas claramente especificados y limitados. 

Sin lugar a dudas, el cristianismo tiene un alcance cósmico, porque Cristo es Señor sobre todo el universo. Pablo hablando a los hermanos de Colosas, acerca del señorío de Cristo, en el capítulo 1 de su carta, les dice: “porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él” (1:16). Más adelante dirá que “por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz” (1:20). Cristo es Señor sobre la creación, porque Él fue creador, ésta fue realizada para Él, y Él hizo todo lo necesario en la cruz para redimir “todas las cosas”. La obra de Cristo sobrepasa aquello que tradicionalmente hemos pensado como los límites de la religión y lo abraza todo con su poder transformador. ¿Por qué, entonces, habríamos de limitar nuestra fe a lo que sucede dentro de los muros de nuestros templos, si Cristo excede esos límites?

Y es ahí donde debiésemos pensar lo que significa el trabajo para nosotros. Nuestra cultura nos hace pensar en el trabajo como un mal necesario, como una práctica sacrificial que desgasta nuestro ser. Esto, probablemente, porque nuestra palabra “trabajar” proviene del latín que significa literalmente “torturar con un tripallium”, el que era un instrumento de madera, compuesto por tres palos, usado para golpear a los animales de carga y tiro que no deseaban moverse. Súmese a esto que muchos de entre nosotros, en una lectura descontextualizada de la Biblia, consideran que el trabajo es una maldición  que es fruto de la caída. Entonces, se hace necesario que la pregunta del significado que damos al trabajo sea cambiada por un: ¿qué dice la Biblia respecto de nuestra relación con el trabajo? Ayudados por la Escritura, señalaremos a continuación algunas ideas respecto del trabajo que posibilitan un significado renovado, uno profundamente cosmovisional. 

1. El trabajo fue creado por Dios. 

En varias de las mitologías antiguas orientales, los dioses habrían creado al ser humano para que les proporcionaran alimento y trabajos serviles que ellos requerían para su bienestar. No es lo que vemos en Génesis, cuando anuncia que: “También les dijo: ‘Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento. Y doy la hierba verde como alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo y a todos los seres vivientes que se arrastran por la tierra’. Y así sucedió” (Génesis 1:29,30). Aquí vemos a Dios trabajar y proporcionar lo necesario para el bienestar de sus criaturas. Eso, evidentemente, debiese cambiar nuestra noción del trabajo. Dios ha provisto en la tierra todos los recursos de alimento, agua, vestimenta, abrigo, energía y calor que necesitamos, y él nos ha dado autoridad sobre la tierra en la cual estos recursos han sido depositados.  Además de lo dicho hasta acá, vemos también el potencial creativo de Dios, que hace cosas desde la nada, y transforma las cosas que van siendo creadas.

El Dios trabajador, ha diseñado una manera de relacionarnos como seres humanos con la naturaleza. Esto queda claro, cuando Dios en el consejo intratrinitario declara: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo” (Génesis 1:26). Lo primero que debemos hacer es tener un claro concepto de quiénes somos nosotros y qué es la naturaleza. El ser humano fue creado a imagen de Dios y para dominar la tierra como representante o mayordomo de la casa de Dios. Dios colocó al hombre a la mitad del camino entre el Creador y el resto de la creación, animada e inanimada. En ciertos aspectos somos uno con el resto de la creación, pues formamos parte de ella y tenemos rango de criatura. En otros aspectos somos distintos de la naturaleza, pues fuimos creados a imagen de Dios y tenemos dominio. 

Que la vida humana, desde un punto de vista creacional, tenga mayor valor, no implica que la vida animal o vegetal no tenga ninguno. Todo lo que Dios hizo es de nuestra incumbencia, inclusive, desde los mandatos creacionales, somos responsables, pues ser cabeza siempre implica responsabilidad. Dominamos la tierra dependiendo de Dios. Nunca estamos frente a materia neutral que podamos manipular y comercializar, usar y abusar para nuestro provecho. Darrow Miller dirá que: “la cosmovisión bíblica brinda un equilibrio maravilloso entre el trabajo y el cuidado. Nosotros somos guardianes de la creación de Dios, mayordomos a cargo de su obra maravillosa. ¡Tenemos el mandato de cuidar la naturaleza!”. Esto hace surgir con fuerza la idea del mayordomo de la creación, que veremos más adelante. La labor que Dios le entrega al hombre es la de cultivar y guardar el jardín. El agricultor y el pastor, vocaciones de Dios. Responsabilidad asignada por Dios, no fruto de la maldición.

2. El trabajo tiene un mandato. 

Génesis 1:28 señala: “y los bendijo [Dios] con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo’”. Esto es lo que la teología reformada, desde su distintivo, ha denominado “mandato cultural”. Y la característica de este mandato es que le reporta al ser humano tanto una bendición como una responsabilidad (regularmente, estas cosas en la Biblia aparecen unidas). 

Ahora, uno podría decir, que este mandato tiene realidad en un lugar tan perfecto y armonioso como el jardín del Edén, y que sólo podría ser cumplido a cabalidad allí. Pero bíblicamente no es así. Este mandato cultural es repetido por Jeremías, en una carta que les escribe a los exiliados en Babilonia, en la que les dice: “Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su fruto. Cásense, y tengan hijos e hijas; y casen a sus hijos e hijas, para que a su vez ellos les den nietos. Multiplíquense allá, y no disminuyan. Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad” (Jeremías 29:5-7). Nuestro trabajo, multiplica el Shalom de Dios en la ciudad en la que vivimos, es decir la armonía, la paz, el bienestar, la abundancia, la vida en plenitud. Cristo, que tiene el poder para hacer nuevas todas las cosas, nos hace colaborar en la extensión de su Reino, también, cuando desarrollamos trabajo. 

Me permito citar, extensamente, acá el comentario de Calvino al texto de Génesis 1.28: “Moisés añade que toda la tierra fue concedida al hombre, con esta condición, que se ocupara en cultivarla. De donde se concluye que los hombres fueron creados para dedicarse a algún trabajo, y no a yacer inactivos y ociosos… Por lo cual, nada es más contrario al orden natural que consumir la vida comiendo, bebiendo y durmiendo, sin proponerse hacer nada.  Moisés añade que la custodia del jardín fue encargada a Adán, para mostrar que poseemos las cosas que Dios ha puesto en nuestras manos, con la condición de que mostrando contentamiento con un uso frugal y moderado de ellas, cuidemos lo que quede. Que aquel que posee un campo, participe de tal manera de sus frutos que la tierra no tenga que sufrir perjuicio por su negligencia; sino que se esfuerce por entregarla a su posteridad como la recibió, o incluso mejor cultivada. Que se alimente de sus frutos, de manera que no la disipe lujosamente, ni permita que sea asolada o arruinada por culpa de su desidia”. El teólogo de la Reforma en su comentario al texto bíblico enseña:

  • Que el ser humano fue creado con el potencial para trabajar.
  • Que la ociosidad es dañina para la persona y la sociedad.
  • Que Dios constituyó al ser humano como mayordomo de la creación, y esa mayordomía implica trabajo.
  • Que debemos contentarnos con el fruto del trabajo porque es la provisión de Dios.
  • Que la tierra debe ser cuidada, para que produzca buenos frutos (ni derrochar su producción ni arruinarla).
  • Calvino introduce, en pleno siglo XVI, el concepto de posteridad. Se debe pensar en las futuras generaciones.

3. ¿Qué debe caracterizar nuestro trabajo como cristianos esparcidos en el mundo? 

Algunos textos de la Escritura nos permiten desprender principios para el desarrollo de nuestra vocación en el mundo. 

El apóstol Pablo les dice a los hermanos de la iglesia de Éfeso: “Esclavos, obedezcan a sus amos terrenales con respeto y temor, y con integridad de corazón, como a Cristo. No lo hagan solo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho, sea esclavo o sea libre. Y ustedes, amos, correspondan a esta actitud de sus esclavos, dejando de amenazarlos. Recuerden que tanto ellos como ustedes tienen un mismo Amo en el cielo, y que con él no hay favoritismos” (Efesios 6:5,9). Esto es muy similar a lo dicho por el apóstol Pedro en su primera carta, cuando dice que: “Criados, sométanse con todo respeto a sus amos, no solo a los buenos y comprensivos, sino también a los insoportables. Porque es digno de elogio que, por sentido de responsabilidad delante de Dios, se soporten las penalidades, aun sufriendo injustamente. Pero ¿cómo pueden ustedes atribuirse mérito alguno si soportan que los maltraten por hacer el mal? En cambio, si sufren por hacer el bien, eso merece elogio delante de Dios” (1ª Pedro 2:18-20). 

A la luz de estos textos podemos decir que el trabajo, en primer lugar, debe ser desarrollado con responsabilidad. Aquí debemos tener presente que toda autoridad ha sido puesta por Dios, cosa de la que Pedro habla en la sección anterior al pasaje citado (2:13-17), y esa autoridad siempre es derivada pues quien la da es Dios, y es relativa en relación al mensaje revelado en su Palabra. Si bien es cierto, el texto se escribe en un momento en que la esclavitud era parte de la cotidianidad (la palabra “criado” literalmente significa “esclavo de la casa”), el principio tiene vigencia aún en los marcos donde se establecen acuerdos contractuales y ellos establecen un principio de subordinación a un empleador. Además, la esclavitud era distinta a la que tenemos en nuestra mente, por el conocimiento histórico, literario o cinematográfico de la esclavitud de la población afrodescendiente. La esclavitud de la Antigüedad no era perpetua y podía proveer buena condición de vida a quienes la experimentaban. De hecho, había esclavos que ganaban más que otros trabajadores libres (por ejemplo, los profesores). Es por eso que lo discípulos no se opusieron a la esclavitud, pero los principios bíblicos fueron fundamentales para su eliminación posterior. El ejercicio de la responsabilidad cristiana para Pablo y Pedro incluía, entonces, el respeto a los patrones (a los buenos y comprensivos, como a los insoportables), además de de sufrir injustamente si es que esa es la voluntad de Dios.

Respecto de lo anterior diremos tres cosas:

  • El contexto de la carta implica una situación desfavorable para la vida de la iglesia, en la que algunos de nuestros primeros hermanos eran esclavos. Dicho régimen legal es distinto al que tenemos en la actualidad en una sociedad que garantiza derechos a los trabajadores. 
  • Este texto, en ningún caso, prohibe la sindicalización y la lucha de cristianos por mejoras en el plano de lo laboral. Martyn Lloyd-Jones, por ejemplo, en una de sus conferencias sobre los puritanos, señaló que: “A menudo se ha sugerido –y a mi modo de ver es posible demostrarlo- que el movimiento sindical en […] Inglaterra fue una consecuencia indirecta del avivamiento. Se debió a la transformación y el nuevo nacimiento de aquellos hombres que, habiendo sido unos ignorantes y llevado una vida de continuas borracheras, empezaron a comprender su dignidad como seres humanos y a demandar, entre otras cosas, mejores condiciones de trabajo y educación; ese es el origen de los sindicatos. Conocemos, también, la conexión que hubo entre el movimiento para la abolición de la esclavitud, dirigido por William Willberforce y el citado avivamiento. Dicho movimiento fue uno de los frutos del avivamiento en cuestión y, de hecho, el argumento de algunos, según el cual jamás se hubiera podido aprobar el Acta de reforma de 1832 sin aquel gran despertar evangélico, es perfectamente defendible”. La injusticia siempre tiene que ser denunciada como tal, según la legalidad vigente, y sin ningún ánimo de venganza.
  • ¿Cómo aplicar entonces estos textos que son Palabra de Dios? De la siguiente manera: 1) Siendo respetuosos con nuestros empleadores y obedeciendo sus órdenes; 2) manteniendo un principio de responsabilidad, considerando que nuestro trabajo es don y llamado de Dios para bendición nuestra y de los demás; 3) capacitando a los creyentes a entender la relación entre su fe y su trabajo; y 4) si nos toca vivir persecución, discerniendo si se trata de represalia por nuestras malas prácticas o efectivamente por causa de nuestra fe. Si es por lo último, poner nuestra esperanza en Dios.

Lo segundo, es que el trabajo debe ser desarrollado con distintivo cristiano. En las palabras de Pablo y Pedro hay una invitación a vivir siendo reflejo de Cristo para los demás, recordando que la gracia nunca es excusa para pecar, y que la Biblia constantemente nos habla de dar buen testimonio, de ser ejemplo para los demás, de no servir simplemente cuando nos están viendo. ¡Somos llamados a ser luz del mundo! Frente a eso, debemos reconocer aquellas áreas de nuestro trabajo que son fruto de la gracia común, diferenciándolas de aquellas que podemos modificar o restaurar centrándolas en Cristo y no en las idolatrías vigentes, y de las que debemos rechazar por antiéticas. Sobre todo en tiempos de persecución injusta cuando con mayor fuerza hay que dar testimonio supremo de la fe y del discipulado de aquél que fue crucificado. Además, la Biblia nos llama a no “servir al ojo”, sino a trabajar “de buena gana, como para el Señor”. 

Pero también, hoy, cuando no se nos persigue podemos dar testimonio de lealtad radical al Señor y su Palabra. ¿Qué haremos cuándo se nos pida mentir en nuestro trabajo? ¿Qué haremos cuándo se nos pida adulterar boletas o facturas para que nuestra empresa obtenga mayor rédito? ¿Qué haremos cuando un puesto de trabajo que queremos obtener pareciera ser alcanzable sólo si inflamos nuestro currículum? ¿Qué haremos cuando se nos aparece la posibilidad de cobrar de más? ¿Qué haremos con nuestros empleados y su necesidad de un sueldo justo y un trabajo desarrollado en condiciones dignas y en el marco del respeto? ¿Qué haremos en algunas posiciones en las que se nos obligue matar a una persona, sea un bebé por medio de un aborto o un adulto por sus ideas diferentes al gobierno imperante? ¡Hoy también podemos y debemos comportarnos conforme al santo llamamiento que hemos recibido! Nuestro corazón de piedra fue transformado en uno de carne y tenemos al Espíritu que nos guía y sostiene con su poder para ello. 

El trabajo es tan valioso y honra a Dios tanto como el ministerio de la Palabra o cualquier otra labor eclesiástica. A Dios le importa todo nuestro trabajo. Calvino decía que: “Si seguimos fielmente a nuestro llamado divino, recibiremos el consuelo de saber que no hay trabajo insignificante o sucio que no sea verdaderamente respetado e importante ante los ojos de Dios” (La verdadera vida cristiana).

En tercer lugar, nuestro trabajo debe ser ejecutado con excelencia. Hemos recibido un llamado para nuestro trabajo. Vale decir, Dios nos ha encomendado una misión que realizar con nuestras manos. Extendemos el Reino de Dios cuando con el fruto de nuestras manos llevamos justicia, paz y alegría que solo pueden ser resultado de la obra del Espíritu Santo en nuestro ser. La invitación a desarrollar bien nuestro trabajo nada tiene que ver con nuestra gloria o fama. Es todo lo contrario. Dios debe ser glorificado con todo lo que nosotros hacemos. Para ello debemos ser diligentes, proactivos e innovadores. Debemos pensar que la excelencia en el trabajo es un medio importante para obtener credibilidad para nuestra fe. Pero por sobre todo, debemos permitir que el evangelio cambie el cómo hacemos nuestro trabajo, lo que significa que no trabajamos para nosotros mismos, sino para los demás, lo que conlleva que Dios sea glorificado. Tu trabajo y mi trabajo es para Dios. Y cuando usamos nuestros talentos en el trabajo estamos respondiendo al llamado de Dios para servir a la comunidad humana. Calvino señalaba que “el amor nos lleva a hacer mucho más. Nadie puede vivir exclusivamente para sí mismo y ser negligente para el prójimo. Todos tenemos que ser devotos a la acción de suplir las necesidades del prójimo” (Comentario a los Efesios). Es decir, con nuestro trabajo beneficiamos la cultura en que vivimos. 

Respecto de todo esto, Timothy Keller, de quien he tomado también los tres ejes de ejecución de nuestro trabajo (responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia), señaló en su libro “Iglesia centrada” lo siguiente: “Una teología robusta de la creación, y del amor y cuidado de Dios hacia ella, nos ayuda a ver que incluso las tareas más sencillas tales como hacer un zapato, empastar un diente o excavar una zanja son maneras de servir a Dios y edificar la comunidad humana. Nuestra producción cultural rearregla el mundo material de manera que honra a Dios y promueve el florecimiento humano. Una buena teología del trabajo resiste la tendencia del mundo moderno a valorar solo la pericia en esfuerzos que recaban más dinero y poder”.

4. El trabajo no lo es todo. 

Volviendo a Génesis 1:29,30, ya citado con antelación, debemos decir que Dios es quien nos provee todas las cosas con su trabajo realizado con placer y alegría, tanto en la creación como en el desarrollo providencial de la historia.  De hecho, el trabajo es el medio que Dios emplea para darnos lo que necesitamos. Esto se expresa con claridad en el Salmo 127:2 que dice: “En vano madrugan ustedes, y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados”. Y antes que alguien vea acá una excusa para la desidia y la flojera, el Salmo 128:2 señala: “Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y prosperidad”. El texto no es la justificación de la ociosidad, sino que nos invita a poner la mira en lo verdadero: lo que tenemos y somos no proviene de lo que hacemos, sino de Dios que nos da trabajo, capacidades y dones. 

Dorothy Sayers decía que: “El trabajo no es, primordialmente, algo que hacemos para vivir, sino algo que vivimos para hacer”. Y si bien es cierto, el trabajo no es una maldición, tampoco es la única actividad importante que desarrollamos. No despreciemos lo que Dios ha creado, a saber, los dones del trabajo; pero tampoco convirtamos en un ídolo nuestra profesión u oficio. El trabajo es parte de la vida, no la vida. ¡Cristo es la vida! Ni el sentido de nuestra vida ni nuestra identidad están en el éxito o el dinero, lo que debe producir descanso para nuestras almas y no mediocridad en lo que hacemos. ¡No busquemos nuestra identidad en lo que pensamos que somos, en lo que dicen los demás, o en lo que hacemos: nuestra identidad está en Cristo!

5. Hay un día para descansar. 

Génesis 2:2-3 no son el inicio de una nueva sección de la historia que relata el primer libro de la Biblia. El séptimo día forma también parte del trabajo de Dios. El texto dice: “Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora”. Dios luego de trabajar en crear todo lo que hay, cerró su creación con gozo con un día de descanso total. El descanso no tiene que ver acá, con la recuperación de fuerzas, pues Dios no pierde nunca las pierde, sino con el deleite. El descanso es parte del orden creado, no el resultado de la fatiga. Es Dios descansando y deleitándose en su gloria. Y es allí, principalmente, donde está nuestro fin como seres humanos: glorificar a Dios y gozar de Él para siempre. Evidentemente, el descanso nos sirve para reponer fuerzas, pero este día de reposo nos hace recordar que nuestra provisión depende de Dios que nos provee del alimento que proviene de la tierra. Lo que no es otra cosa que una muestra de sometimiento y descanso en Dios. Este es el mandamiento (Éxodo 20:8-11) más relativizado, pero que tiene alcances tremendos en la adoración, con la liturgia comunitaria; y en lo social, con la práctica de la misericordia y el descanso dominical de los trabajadores.

La dimensión social del día del Señor es un eje muy poco explorado en nuestras comunidades de fe, pero que a lo largo de la historia ha tenido vital importancia en la relación de los cristianos con el mundo. No es menor decir que los primeros países en los que el domingo se transformó en día de descanso obligatorio fue en países cristianos. 

No basta que sólo tú y yo descansemos: es necesario que otros lo hagan. Es necesario que otros puedan recuperar fuerzas y vivir la comunión en la armonía del hogar, en el disfrute con amigos y hermanos, más allá de los rigores de la vida. El descanso es fundamental para la salud como estado de perfecto bienestar físico, psíquico, emocional y espiritual. El Dios que es justo es quien reclama esto. No hay que olvidarse que los diez mandamientos comienzan con la declaración: “Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo” (Éxodo 20:2). El texto de Deuteronomio 5:14, en medio de la referencia al cuarto mandamiento, agrega un matiz al decir: “De ese modo podrán descansar tu esclavo y tu esclava, lo mismo que tú”. Aquí está la raíz de la regla de oro: el mismo bienestar que deseo para mi es el que debo desear para otro, y colaborar para construirlo. Si tengo trabajadores a mi cargo, y si yo descanso, ¿por qué negarle ese derecho a otros? Fue por esto también, que el moderno movimiento sindical tuvo en sus bases a trabajadores cristianos. La misericordia es una virtud que los creyentes no debemos olvidar. El cuarto mandamiento cierra la tabla del amor a Dios, pero la engarza con esta mirada, a la tabla del amor al prójimo. Ningún espíritu farisaico nos debe hacer olvidar lo que Jesús dijo: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo” (Marcos 2:27, RV 1960).

Algunas reflexiones finales:

Adoramos a Dios en todo lo que hacemos, pues no hay dicotomía entre sagrado y secular. Hay vidas consagradas o no consagradas. Esta comprensión es sumamente importante para la teología reformada, porque no se trata de dejar la evangelización a un lado, pues ésta es la tarea prioritaria de la iglesia. Sólo que los creyentes, en tanto iglesia esparcida en el mundo, en todas las esferas de la vida, extienden el Reino de Dios en cada espacio que les toca, el que es tornado en campo de misión. Kuyper lo expresa de la siguiente manera: “La vida cristiana como un peregrinaje no fue cambiada, pero el calvinista llegó a ser un peregrino que, de camino a nuestro hogar eterno, tenía que realizar en la tierra una tarea importante”.

Cristo no nos llama al masoquismo. Cristo nos llama a ser coherentes con el evangelio. Y es ese ejercicio de vivir lo que se profesa, siendo responsables, viviendo con distintivo cristiano y trabajando con excelencia, lo que en ocasiones traerá sufrimiento, sobre todo en una sociedad que rechaza cada vez más al Dios de la vida, caminando en pos de su degradación y muerte. Pero eso no nos hace pesimistas, porque nuestra victoria personal y comunitaria no está en lo que podemos hacer sino en Cristo que venció en la cruz trabajando con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. 

El centro de nuestro trabajo basado en una cosmovisión bíblica es, entonces, identificarnos con la ayuda del Espíritu Santo a nuestro Señor y Maestro Jesucristo, encontrando pleno sentido, gozo y descanso en Él, viviendo y desarrollando los dones que el Padre nos ha dado. No estamos solos. El Trino Dios está también allí, cuando trabajamos con nuestras manos. 

Kevin DeYoung plantea en su libro “Súper ocupados” lo siguiente: “La única obra que se debe hacer absolutamente en el mundo es la obra de Cristo. Y la obra de Cristo se lleva a cabo a través del cuerpo de Cristo. La iglesia, reunida para adorar los domingos y esparcida a través de sus miembros durante la semana, es capaz de hacer muchísimo más que cualquiera de nosotros solos. Yo puedo responder al llamado de Cristo en una o dos formas, pero soy parte de un organismo y una organización que puede responder y servir de un millón de formas”. ¿Trabajamos por la extensión del Reino de Dios en todos los espacios de la vida? Todos los cristianos estamos en misión. El lugar en el que estamos debe ser nuestro campo de misión.

Luis Pino Moyano.

 


 

Nota explicativa de la redacción y el uso de fuentes bibliográficas.

Este texto fue construido teniendo como base tres sermones: uno basado en Génesis 1:26—2:3 predicado en 2016 en la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago; otro basado en 1ª Pedro 2:18-25, predicado en 2018 en la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago; y en lo relacionado al día del Señor, se tuvo en cuenta un sermón temático predicado en la Iglesia Metodista Pentecostal, también en 2018. 

Por lo mismo, las referencias no siguieron un sistema de citación con notas al pie de página, facilitando así la lectura para la exposición oral. Pero, por cuestiones éticas, me veo en la obligación de referir a los textos que influyeron en mi lectura de este asunto: 

  • DeYoung, Kevin. Súper ocupados. Grand Rapids, Editorial Portavoz, 2015. 
  • Keller, Timothy y Leary Alsdorf Katherine. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014. A la fecha, hay edición en castellano: Keller, Timothy. Toda buena obra: conectando tu trabajo con el trabajo de Dios. Nashville, Broadman & Holman Publishers, 2018.
  • Keller, Timothy. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012. En este caso, particularmente el capítulo 26: “Cómo conectar a las personas con la cultura”, pp. 350-357.
  • Kuyper, Abraham. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010.
  • Lloyd-Jones, Martyn. Los puritanos. Sus orígenes y sucesores. Edimburg, El Estandarte de la Verdad, 2013. En este caso particular, la conferencia del año 1964: “Juan Calvino y George Whitefield”, pp. 159-196.
  • Miller, Darrow y Newton, Marit. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011
  • Pereira da Costa, Hermisten. Raízes da Teologia Contemporânea. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2018. Particularmente, el capítulo 2, parte 6: “Reforma e o trabalho”, pp. 149 y ss.
  • Wolters, Albert y Goheen Michael. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013.

Summer Theology: “Presbiterianismo: Identidad e Historia”.

Summer Theology es una actividad de extensión de la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, que se hace en el mes de enero. En 2019 es su quinta versión, y en esta oportunidad su tema central es “Presbiterianismo: Identidad e Historia”. 

Se realiza los días miércoles, en las dependencias de dicha iglesia, ubicada en Balmaceda 621 a pasos del Metro Plaza de Puente Alto, a las 20:00 hrs.

En este post, semana a semana, subiremos el podcast de la exposición, junto con los apuntes que serán entregados a cada participante en formato PDF.

Sesión #1: El sentido presbiteriano de la vida.

Abrir apuntes haciendo clic aquí.

Temas abordados: a) ¿Qué significa ser presbiteriano?; b) el corazón del sentido presbiteriano de la vida; c) el señorío de Cristo; d) la iglesia; e) el gobierno eclesiástico; f) la misión; g) la espiritualidad; h) la membresía eclesial; i) el conocimiento; j) la relación con el mundo y el trabajo.

Sesión #2: Orígenes del Presbiterianismo.

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Temas abordados: a) Premisas bíblicas y teóricas para la historia eclesiástica; b) el antecedente de la Reforma Protestante; c) Juan Calvino; d) calvinistas en Europa; e) la Reforma en Escocia; f) John Knox; g) la Iglesia de Escocia; h) el Presbiterianismo en Estados Unidos; i) la confesionalidad de la iglesia; j) la Confesión Escocesa; y k) los Estándares de Westminster.

Sesión #3: Presbiterianismo chileno, 1ª Parte.

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Temas abordados: a) Genealogía del Presbiterianismo chileno; b) José Manuel Ibáñez Guzmán; c) La Corporación Unión Evangélica; d) Proyecto misionero combativo y formas de evangelización; e) Elementos de cambio; f) Un análisis de época: “Nuestra situación presbiteriana”; g) ¿Liberalismo en la Iglesia Presbiteriana en Chile; h) Los primeros intentos de solución al estancamiento; i) Relaciones interdenominacionales.

Sesión #4: Presbiterianismo chileno, 2ª Parte.

 

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Temas abordados: a) La nacionalización de la Iglesia Presbiteriana en Chile; b) Desafíos y problemas posteriores; c) Moderadores del Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile (énfasis analítico en el Pr. Horacio González); d) Situación actual de la IPCH; e) Presbiterianos y sociedad; y f) Iglesia Puente de Vida.

Material compilado.

En cada una de las sesiones hemos compartido el documento elaborado para ellas, pero para quienes gusten hemos compilado todos los apuntes en un solo documento, el que pueden descargar haciendo clic aquí.

Recomendaciones lectoras.

* Hemos subido libros cuyas ediciones están discontinuidas o fueron liberados por su editorial.

Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Abrir aquí.

Los estándares de Westminster. Abrir aquí.

Charles Hodge. Qué es el presbiterianismo. Abrir aquí.

Jean McLean. Historia de la Iglesia Presbiteriana en Chile. Santiago, Imprenta Universitaria, 1932; Santiago, Escuela Nacional de Artes Gráficas, 1954 (esa segunda edición tuvo información actualizada). Abrir primera edición aquí.

Carlos Núñez y Horacio González. Nuestra situación presbiteriana. Santiago, Bureau Gráfico, 1935. Abrir aquí.

Luis Pino. Plantando el evangelio en cada corazón. Hacia una historia de la Iglesia Puente de Vida (2008-2013). Abrir aquí.

Marcone Bezerra (editor). Meditad sobre vuestros caminos. Reflexiones en torno a los 150 años del presbiterianismo en Chile. Santiago, Sabiduría Libros, 2018. 

Juan Calvino. La necesidad de reformar la iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010.

Edmund Clowney. La Iglesia. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2015.

Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. San José, CLIR, 2010.

Giorgio Tourn. Juan Calvino, el reformador de Ginebra. Barcelona, Editorial CLIE, 2016.

Irven Paul. Un reformador yanqui en Chile. Santiago, Iglesia Presbiteriana de Chile, 1995.

Ximena Prado. David Trumbull, un protestante del siglo XIX puertas adentro y puertas afuera. Viña del Mar, Mediador Ediciones, 2018.

Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial Del Pacífico, 1962, pp. 36-48; 129-134.

Humberto Muñoz. Nuestros hermanos evangélicos. Santiago, Ediciones Nueva Universidad, 1974, pp. 101-122.

Humberto Lagos. Herejía en Chile. Evangélicos y protestantes desde la Colonia hasta 1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2010.

Juan Ortiz. Historia de los evangélicos en Chile: de disidentes a canutos. Liberales, radicales, masones y artesanos. Santiago, Editorial Parousía, [¿2015?], pp. 53 y ss.

Oscar Pereira. Presencia y arraigo protestante evangélico en Chile 1845-1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2016, pp. 52-104; 171-178.

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La teología del Hombre Araña.

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Ayer recordé esta experiencia en la clase de la escuela dominical, y les comenté a la hermandad que tenía muchas ganas de escribir un post sobre lo que llamo la “Teología del Hombre Araña”. Y, bueno, hoy parece ser un día muy ad hoc a la hora de pensar respecto de esta temática, debido a la muerte de Stan Lee, creador de varios personajes del universo Marvel, entre ellos, Spiderman. 

Corría el año 2014 y mi hijo Miguel tenía cuatro años. Siempre fue muy bien portado, y muy llano a aprender. Por lo que sus escasas escenas de llanto no dejaban de llamar la atención. Estábamos en medio de un culto al Señor, en la Iglesia Puente de Vida, específicamente, en el momento de la cena del Señor. Vladimir, pastor de la iglesia, comienza la realización del sacramento, llamando a los presbíteros adelante. Nos pide a uno de nosotros orar, lee el texto de 1ª Corintios 11, da las instrucciones del sacramento (mi favorita, es cuando se señala que “esta mesa no es la mesa de la Iglesia Presbiteriana de Chile, sino la mesa del Reino de Dios, por lo que todos quienes han hecho pública profesión de fe en alguna iglesia evangélica pueden participar de ella”), y nos entrega los elementos para presentarlos a la congregación. Todo iba bien…

Hasta que Miguel, mi hijo, que estaba en brazos de Mónica (mi esposa), se pone a llorar. Pero no era un llanto común y corriente, era un llanto de verdad, al estilo de Cortázar en sus “Instrucciones para llorar”, con gritos que llenaban el lugar. Y los gritos eran un conjunto de ruegos: 

– ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! (tal vez exagere el número de repeticiones, pero así lo sentí yo en ese momento). 

Era horrible. No sabía qué hacer. De repente, mi mamá hace el ademán de partir su pedacito de pan para darle, y yo, un convencido y celoso credocomunionista*, la miré haciendo un ademán que gritó para callado un rotundo no. Miguel dejó su petición, pero no de llorar. Comimos del pan, bebimos del vino, oramos, y cuando todo termina al empezar el canto final, salgo de mi posición y tomo al Miguel en brazos y lo saco al jardín de la iglesia. Me siento y pongo a Miguel sobre mis piernas, comenzando a usar uno de los métodos pedagógicos más pertinentes para ese momento: “si no puedes contra él, confúndelo”. Entonces, hice preguntas que buscaban intencionalmente un no de su parte:

– Miguel, ¿entiendes lo que significa el sacramento de la cena del Señor?

– No.

– ¿Entiendes lo que significa el pan y el vino?

– No.

– ¿Entiendes lo que significa que la presencia de Cristo es real, aunque el pan sigue siendo pan y el vino sigue siendo vino?

– No, papá.

– ¿Entiendes lo que significa el cuerpo?

– No. 

– Hijo, entonces no puedes cenar. No sabes lo que esto significa.

Y ahí, en el mejor de los ánimos contextualizadores en suma al evangelio de la gracia, le pregunté:

– ¿Te acuerdas de lo que le dijo el Tío Ben Parker a su sobrino Peter?

– Sí papá.

– ¿Qué le dijo?

– “Grandes poderes conllevan grandes responsabilidades?”.

– Bueno, la cena del Señor tiene un gran poder que conlleva una gran responsabilidad. 

– Ah! Entiendo todo.

– Hijo, créeme que el día en que tú entiendas todo esto, voy a ser el primero en que va a hacer todo lo posible para que puedas participar de la cena del Señor con nosotros. 

Llegó el siguiente domingo y nuevamente celebramos la cena del Señor. Todo bien, no hubo gritos ni nada. Al terminar el culto, Mónica me comentó que Miguel, mientras se realizaba el sacramento, mirando a la congregación le preguntó: “- Mamá, ¿y ellos entenderán que grandes poderes conllevan grandes responsabilidades?”. Esa es la “Teología del Hombre Araña”, aquella que nos recuerda que la gracia no excluye las responsabilidades, que la Palabra representada en el pan y el vino, en tanto medio de gracia, tiene un tremendo poder que puede fortalecernos para la caminata de la fe, o producir un tremendo daño a quienes no quieren arrepentirse de todo corazón, llevándoles inclusive a la muerte (léase 1ª Corintios 11). La “Teología del Hombre Araña”, es aquella que nos recuerda a Jesús diciéndonos con suma claridad que “A todo el que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho; y al que se le ha confiado mucho, se le pedirá aún más” (Lucas 12:48).

Luis Pino Moyano.

* Partidario de la idea que plantea que sólo participan de la cena del Señor creyentes que han confesado su fe, haciéndose miembros de una comunidad. 

Creo en el Espíritu Santo.

“Los presbiterianos no creen en el Espíritu Santo”. ¿Has escuchado algo así antes? En mi caso fue lo primero que escuché de los presbiterianos. Se aduce a esto por la falta de fervor, de “fuego”, e inclusive en términos teológicos por la ausencia de un capítulo sobre la doctrina del Espíritu en nuestras teologías sistemáticas más clásicas. De hecho, nuestra Confesión de Fe de Westminster vivió una modificación a comienzos del siglo XX en el seno del presbiterianismo estadounidense, cuando se le agregó un capítulo especial sobre este tema, muy probablemente para responder a la aparición del movimiento pentecostal. ¿Pero es tan así?

Teólogos de la talla de J. I. Packer han dicho que la doctrina del Espíritu Santo es “la cenicienta de las doctrinas cristianas” y son muchos los que con él aducen a una falta de reflexión sobre la doctrina. Pero más recientemente otro teólogo insigne, Sinclair Ferguson, ha señalado que la doctrina del Espíritu Santo es una de las más abordadas por la literatura cristiana, sobre todo en los últimos años. Pero, aunque hay producción muy sabia y ortodoxa, que va desde Juan Calvino, llamado por algunos “el teólogo del Espíritu Santo”, pasando por el movimiento puritano, la teología reformacional y otras, no cabe duda que el problema no radica en que no se hable del Espíritu Santo, sino en lo que se habla del Espíritu y cómo se vive a propósito de ello. 

  • “Creo en el Espíritu Santo”, declara el credo apostólico. Pero, qué creemos es la pregunta. 

La Biblia llama al Espíritu adjetivándolo como santo, o nominándole como Espíritu de verdad, sabiduría, paz, amor y gloria. Le menciona como Dios en el relato de Ananías y Safira (Hechos 5:3,4), al nivel que la blasfemia contra él es declarada un pecado imperdonable (Marcos 3:28,29). Se le menciona con atributos divinos tales como la omnisciencia (1ª Corintios 2:11), la omnipresencia (Salmo 139:8,9)  y la eternidad (Hebreos 9:14).

También, la Palabra, lo refiere como una persona. Jesús y los apóstoles aplicaron el pronombre personal “él” para referirlo. Romanos 14:17 nos habla que el Reino de Dios es justicia, paz y alegría en el Espíritu. El Espíritu se alegra y nos invita a vivir en su alegría. Además de eso, el mismo Pablo señala que el Espíritu puede ser entristecido (Efesios 4:30). El Espíritu no es una “fuerza activa” ni una cosa reducida a la simbología usada para explicarlo.

Quizá una de las cosas más importantes del Espíritu Santo tenga que ver con la vida. El viejo y sufriente Job declara que participó de la creación cuando dice que “Su Espíritu hizo hermosos los cielos, y su poder atravesó a la serpiente deslizante” (Job 26:13 NTV). Pablo dice en la carta a los Romanos que “levantó a Jesús de entre los muertos”, y que por lo mismo tiene el poder de darnos vida (Romanos 8:11). Y Jesús les dijo a sus discípulos, antes de ascender al cielo que recibirían poder del Espíritu para ser testigos hasta los confines de la tierra (Hechos 1:8). La fuerza que infunde el Espíritu Santo para alentar a la iglesia es para la misión, para hablar de Cristo con denuedo, claridad y firmeza. Esa es la obra que el poder del Espíritu Santo produce en nosotros: ser testigos del mensaje del evangelio de Jesucristo en cada lugar que estemos. Fue esa la razón por la que nadie en la iglesia primitiva pensó en misioneros profesionales, sino que esta fue la lógica: “el Espíritu vive en mi, soy un testigo”. 

En el estado actual de la iglesia, si dijéramos que vamos a hablar de la obra del Espíritu Santo en la vida de los creyentes, la mayoría del mundo evangélico creería que vamos a hablar de los dones milagrosos, de hechos sobrenaturales, de cuestiones que no tienen que ver con la vida cotidiana fuera de la esfera religiosa. Pero nosotros debemos decir lo siguiente: La obra del Espíritu Santo en los creyentes tiene que ver fundamentalmente con la salvación. En el año 381, el Concilio de Constantinopla, confesó que el Espíritu Santo es el “dador de la vida”, lo que quiere decir que él es la fuente inmediata de toda la vida. Los creyentes tenemos al Espíritu Santo en ese sentido redentor, a tal nivel que podemos decir con certeza que nadie puede vivir para Dios sin que el Espíritu Santo trabaje en su vida. Es lo que nos enseña Romanos 8, que bien podríamos llamar el capítulo del Espíritu Santo, por todas las veces que se menciona a la Tercera Persona de la Trinidad en él. Se dice que el Espíritu nos da nueva vida, conforme al corazón regenerado por su obra (vv. 8-14), y por la tarea constante de la santificación (vv. 4-9, 12,13), que busca conformarnos a la imagen de Jesucristo. Hacer morir las obras de la carne es parte de la nueva vida. No existe cristianismo reformado en la práctica del libertinaje. Un creyente genuino por la obra poderosa del Espíritu Santo produce fruto (Gálatas 5:22, 23). Y aún más, el Espíritu nos hace hijos adoptivos (vv. 14, 15), lo que hace que no solo seamos pueblo sino familia de Dios. Dios es santo, santo, santo y, a la vez, es Padre que ama y salva. Y el Espíritu nos hace tan conscientes de ello que podemos orar con intimidad, a tal nivel que podemos balbucear su identidad paterna, y que cuando no sabemos qué pedir, él intercede por nosotros. 

  • El Espíritu Santo nos bendice. 

Nos bendice cuando nos bautiza a todos los creyentes por el mismo Espíritu (1ª Corintios 12:13), con lo que nos inicia en la experiencia del cristianismo, por lo que dicha experiencia no tiene que ver con algo que algunos creyentes reciban, sino que está asociada a la regeneración y a la conversión. De hecho, la evidencia de dicho bautismo no es hablar en otras lenguas, sino producir fruto. 

El Espíritu nos bendice por él es sello de garantía de la redención conquistada por Cristo, lo que nos hace sabernos propiedad del Señor, y seguros, no de nosotros, sino que en la obra de Dios. La obra del Espíritu es garantía de la herencia que recibiremos en la eternidad, nos anticipa el gozo. Por eso hoy, no mañana, podemos estar alegres. 

El Espíritu nos bendice cuando nos unge, de tal manera que hoy hemos sido puestos como “reyes y sacerdotes” (Apocalipsis 5:10). La unción del Espíritu indica la suprema responsabilidad que tenemos ante Dios y su supremo llamamiento y, a la vez, nos muestra que la presencia de Dios habita en nosotros mediante el mismo Espíritu que habita en nosotros, capacitándonos, ayudándonos y protegiéndonos para cumplir con su llamamiento. De hecho, el apóstol Juan nos señala que esa unción nos permite conocer a Dios en una nueva relación con él y, además, nos permite conocer lo que enseña la Palabra por la iluminación que lleva a cabo (1ª Juan 2:20,27). 

El Espíritu nos bendice cuando nos llena (Efesios 5:18-21, 22, 25, 6:1-9 y Colosenses 3:16-4:1). Es muy interesante que Pablo transforme en un sinónimo ser llenos del Espíritu con ser llenos de la Palabra de Dios. La única forma de ser llenos del Espíritu es llenándonos de su Palabra. No hay disociación entre Espíritu y Palabra. El Espíritu actúa en nosotros con la Palabra que él inspiró. Ser llenos del Espíritu es un deber constante, no parte de un evento o de algo accidental Ser llenos no es una opción, es una necesidad. Es parte de la vida abundante que Dios nos da, lo que nos hace ser fructíferos en la misión. Cada día y cada hora debemos buscar esa llenura. El hecho de que hayamos sido bautizados, sellados y ungidos no hace que estemos plenamente entregados al Espíritu o caminando en él. ¿Qué hace que entristezcamos y apaguemos el Espíritu en nuestra vida? ¿Con qué reemplazamos la sed de Dios?

El Espíritu nos bendice avivándonos. Dicha obra consiste en un despertar que Dios produce en la iglesia. Timothy Keller en “Iglesia centrada”, al hablar de avivamiento ocupa también el concepto de “renovación del evangelio”. Esto señala la “intensificación de las operaciones normales del Espíritu (convicción de pecado, regeneración y santificación, seguridad de la gracia) a través de los medios ordinarios de gracia (predicación de la Palabra, oración y sacramentos)”. En esta obra revitalizadora de la iglesia “los cristianos estancados cobran vida y los cristianos nominales se convierten”. Por ello es que debemos orar diciendo como el salmista “¿No volverás a darnos nueva vida, para que tu pueblo se alegre en ti?” (Salmo 85:6); o como Habacuc: “Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí. Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, En medio de los tiempos hazla conocer; En la ira acuérdate de la misericordia” (Habacuc 3:2).

El Espíritu nos bendice con dones. Esos dones son diversos, pero tienen la finalidad de producir vida y edificación en la comunidad. Los diversos dones unen a la iglesia, porque buscan la gloria de Dios y la práctica del amor en la comunidad (véase 1ª Corintios 12 — 14). Los dones no buscan el engrandecimiento personal, sino la gloria de Cristo en la iglesia y en el mundo. Sí, oíste bien: en el mundo. Porque el Espíritu Santo no solo bendice a la iglesia con dones, sino también al mundo. Cuando ves algo bueno, bello, justo y sabio en lo producido por no creyentes, por más que éstos busquen su gloria y no la del Señor, siempre es obra del Espíritu pues “todo don perfecto viene de Dios” (Santiago 1:17). Eso es lo que los reformados llamamos gracia común.

  • Y atentando contra toda lógica occidental, pero no a la lógica de una buena conversación, quiero volver la mirada al Espíritu Santo.

Jesús hablando con sus discípulos, en lo registrado por Juan 16:5-15, enseñó lo siguiente: “Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber”. 

Jesús, en el aposento alto, antes de ir a la cruz, en la cena que tuvo con sus discípulos dijo estas palabras. Busca confortarles con la promesa del Espíritu, pues él, como Consolador, confirmaría y fortalecería la fe de ellos, aún en las circunstancias de crisis y persecución que no tardarían en venir. El Espíritu es consolador, es decir alguien que intercede y aboga como ayudador de la iglesia en misión. El Espíritu es quien nos convence de nuestro pecado, nos muestra que sólo hay justicia en Cristo y nos señala con claridad la derrota de Satanás. El Espíritu nos guía y enseña por medio de la Palabra, despertando nuestros sentidos para ser sensibles a ella (lo que Calvino llama “testimonio interno”). 

Y aquí está lo más maravilloso y misterioso de todo: ¡todo está centrado en Cristo! El Espíritu no busca captar su atención sino que nos hace poner nuestra mirada a Cristo. El Espíritu procede del Padre y del Hijo, se somete en la relación de la comunidad intratrinitaria, en la que no hay competencia, hay mutua glorificación; en la que no hay inferioridad, sino subordinación. La venida del Espíritu Santo tiene como propósito exaltar a Cristo e interpretar y aplicar la obra de la salvación. ¡Qué poco nos parecemos al Espíritu! Sobre todo cuando queremos fundar nuevos reinos o establecer enseñanzas innovadoras y espectaculares.

¿Crees en el Espíritu Santo? ¿Sí, amén? Pero cambiemos de una vez por todas la pregunta: ¿vives esa fe en el Espíritu? ¿Por qué rehusas entonces la santidad que él produce en tu vida, siendo luz en el mundo y sal de la tierra? ¿Por qué te asustas de testificar del evangelio en los lugares en los que vives y trabajas? ¿Por qué te rehusas a contribuir para la justicia, paz y alegría donde quiera que estés? ¿Por qué crees que la celebración y el fervor es patrimonio de algunas denominaciones más carismáticas? ¿Por qué no estás trabajando tus dones y te excusas en el miedo o en la falta de capacitación? ¿Por qué en vez de salir del Departamento Presbiterial de Jóvenes cuando pasas los 25 o tienes un empleo bacán, y no ocupas los dones que Dios te ha dado para trabajar con los más jóvenes que tú, sobre todo en las tareas de liderazgo y no en el cómodo sillón de tu comodidad? ¿Te sientes golpeado con esto? ¡Ese es el propósito!

Pero te tengo una buena noticia: si has creído en Cristo y eres salvo, el Espíritu Santo vive en ti y te conduce al arrepentimiento, a la restauración, a la vida verdadera y al trabajo. Y si no has creído en Cristo aún, el Espíritu te puede hacer nacer de nuevo, pasar de muerte a vida. Lo dice muy bello uno de nuestros catecismos, el de Heidelberg: “¿Qué crees del Espíritu Santo? Que con el Eterno Padre e Hijo es verdadero y eterno Dios. Y que también me ha sido dado para que, por la verdadera fe, me haga participante de Cristo y de todos sus beneficios, me consuele y quede conmigo eternamente” (pregunta 53).

Luis Pino Moyano.

* Texto que escribí para mi exposición en el Encuentro “Nuestra Identidad. Ser jóvenes presbiterianos en el siglo XXI”, realizado en La Granja Presbiteriana de El Tabo, los días 7 al 9 de septiembre de 2018.