La radicalidad del padre olvidado.

Hablar de padres en la sociedad en la que vivimos no está de moda. Quienes somos padres cargamos con los lastres de sujetos que pueden ser considerados progenitores o sostenedores, pero no como padres. O, peor aún, sujetos que han ejercido maltratos, abusos o abandono. De todo eso se nutre la idea de “patriarcado”, como eje de la dominación masculina sobre la mujer, tanto en lo público como en lo privado. Es indudable, a la luz de la evidencia histórica, que ha existido ese ejercicio de violencia activa sobre la mujer, pero el problema radica en la esencialización de dicho concepto, que no permite ni la lectura crítica ni aquella que es comprensiva de la diversidad dada en la historia, inclusive, en el patriarcado. Así lo comprendía la mismísima Kate Millet, en su libro “Política Sexual” del año 1969, el primero en abordar la categoría de patriarcado como eje analítico desde el enfoque de género. Ella decía: “Si bien la institución del patriarcado es una constante social tan hondamente arraigada que se manifiesta en todas las formas políticas, sociales y económicas, ya se trate de las castas y clases o del feudalismo y la burocracia, y también en las principales religiones, muestra, no obstante, una notable diversidad, tanto histórica como geográfica. […] En el momento actual resulta imposible resolver la cuestión de los orígenes históricos del patriarcado (ya derive sobre todo de la fuerza física superior del varón, ya de una revalorización de dicha fuerza, como resultado de un cambio de circunstancias)” [1]. Esa “notable diversidad” denota que el patriarcado no puede ser reducido a una entelequia caracterizada por la dominación y la violencia, puesto que esta forma de estructurar la sociedad ha mostrado, a lo largo de la historia, diversos rostros. 

De esa notable diversidad patriarcal da cuenta el relato del evangelio de Mateo 1:18-25. Dicho texto tiene como antecedente la genealogía de Jesús. Es decir, luego de mostrar la familiaridad de Jesús con la dinastía davídica, clara señal de su mesiazgo, ahora el apóstol pasa a hacer énfasis en el nacimiento virginal del Salvador. En dicho momento de la historia, José y María se encontraban desposados, es decir, comprometidos para un futuro matrimonio. Éste era un compromiso tan real que al prometido se le llamaba ya “marido”, y a ambos “esposo” o esposa”, lo que permite relevar el hecho que para la ley de Moisés ese compromiso esponsal tenía la misma fuerza que el matrimonio, tanto así que ese compromiso sólo podía disolverse con el divorcio. Sólo faltaba para el matrimonio la “reunión”, que era el momento en que el esposo recibía en su casa a su esposa. 

José es un padre olvidado, claramente no por sus hijos, sino por quienes leemos la Escitura o escuchamos sus historias. La Biblia habla muy poco acerca de José. Lo hace, específicamente, en esta etapa, la del anuncio, nacimiento e infancia de Jesús; y luego, en algunas alusiones respecto de Jesús como “el hijo de José”, en las que se hace alusión a su oficio de artesano, algo así como un “maestro chasquilla” que hace todo tipo de reparaciones. Eso ha llevado a presumir, con fundamento, que murió de manera previa al desarrollo del ministerio del Señor. A su vez, sabemos que José era un artesano que trabajaba como carpintero, a pesar de ser parte de la dinastía del rey de David, perteneciendo entonces a una familia venida a menos. Sin fundamento, se plantea un posible primer matrimonio de José, del cual habría enviudado, y que fue allí donde habrían nacido “los hermanos de Jesús”, todo esto para armonizar con la doctrina católico-romana de la virginidad perpetua de Jesús, que además se asienta en una visión dualista del sexo. El texto de Mateo es suficientemente claro  para decir que después del puerperio, José y María habrían tenido relaciones sexuales, como todo matrimonio las realiza según el diseño de Dios. 

El texto bíblico referido presenta a José como un hombre justo. Es decir, se trata de un hombre que es celoso de la ley, y que como dice el Salmo 1 medita en ella de día y de noche. La justicia de José se manifiesta de manera vívida en el texto, cuando éste se entera que su futura esposa está embarazada, sin que él hubiese tenido parte en ello. José práctica la justicia en cuatro áreas relevantes:

En la forma de ejercer la justicia: “Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto” (Mateo 1:19).Cuando José se entera que su prometida está embarazada, él toma la decisión que todo judío habría realizado en la época: divorciarse, para así romper el vínculo que la unía a dicha mujer. El tema es cómo busca llevar a cabo dicho divorcio. En esos tiempos no existía una práctica tal como un divorcio en secreto. Éste era siempre un acto público, con testigos y escritura de un acta. José al pensar en una salida distinta, busca divorciarse sin repudiar a María.

En la forma en que ama: José no sólo busca divorciarse sin repudiar, sino que anhela que María no sea difamada. Por favor, pongámonos en los zapatos de José. ¿Cuántos chistes has escuchado respecto de lo “tonto” que fue este carpintero de Nazaret al creer en el relato de María? Pero él estaba en un tremendo dilema. Por una parte, conocía a María y sabía que podía recibir el título de “mujer virtuosa”; y por otro lado, el hecho del embarazo sin su participación era demasiado evidente. Por ende, cuando no quiere exponerla “a vergüenza pública”, su motivación está en un profundo amor. Ojo con esto: el problema más terrible no era que María no fuese virgen antes del matrimonio (acción pecaminosa según la Biblia), sino que habría sido fecundada por otro hombre. Nadie moría por lo primero. Pero en el segundo caso, la ley era tajante: “si la acusación es verdadera y no se demuestra la virginidad de la joven, la llevarán a la puerta de la casa de su padre, y allí los hombres de la ciudad la apedrearán hasta matarla. Esto le pasará por haber cometido una maldad en Israel y por deshonrar con su mala conducta la casa de su padre. Así extirparás el mal que haya en medio de ti” (Deuteronomio 22:20,21). Con su acción quería librar a María de alguna pena, lo que implicaba aducir que ella fue forzada por otro hombre, sin que pudiera defenderse ni pedir ayuda. Él conoce la ley y la aplica con misericordia. 

En la forma en que recibe la Palabra del Señor: José ha meditado qué hacer, busca una solución, pero Dios el Señor lo frena. Esto es tremendo: Dios, al enviar un ángel a hablar con Zacarías (sacerdote y padre de Juan el Bautista), María y José, está rompiendo 400 años de silencio con su pueblo. José tiene un sueño en que se le dice que debía casarse con María y que el hijo que venía en camino era el Salvador enviado por Yahvé (Mateo 1:20-23). Es decidor lo que señala el v. 24: “Cuando José se despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y recibió a María por esposa”. José está frente a la misión que Dios le impone perplejo y lleno de temor. Es él quien llama al niño del pesebre como Jesús, aquel que salvará a su pueblo de sus pecados. José como padre protege el misterio de la encarnación. Se hace cargo del hijo heredero del trono de su antepasado David. En síntesis, José obedece a la misión que se le ha encomendado por la Palabra de Dios. 

José es justo por su valentía. Volvamos a ponernos en los zapatos de José. Piensa, en una conversación con sus amigos, cuando supieron que María estaba embarazada antes del casamiento (en esa época también se sabía que los niños no nacen en 4 o 5 meses de gestación), éstos podrían haberle dicho, “o fuiste tú, u otro la dejó embarazada”. ¿Ustedes le habrían creído cuando les dijera que el Espíritu Santo hizo concebir a María? José estuvo dispuesto a asumir que se le tratara como un promiscuo o como un “gorreado”, porque no estaba pendiente en su nombre sino en el nombre de Dios. José estaba más interesado en la reputación de Dios que en la suya propia. Por ello, José puede ser un esposo que ama y un padre que acoge, porque la gracia de Dios le ha justificado y le capacita para vivir de manera coherente, siendo justo. 

En algún momento de la vida, o en varios momentos de ella, Dios nos pedirá cosas tan difíciles como a José. ¿Estaremos dispuestos a glorificar a Dios con nuestra obediencia, aunque eso pueda hacer que nuestra reputación colapse? Y aquí debemos recordar que lo que hizo radicalmente justo a José no fueron sus capacidades, destreza, fuerzas y contexto, sino la poderosa gracia del Dios que radicalmente se entrega por amor. José tuvo dudas de diversa índole, pero no se quedó con ellas, sino que escuchó atentamente y meditó, para con toda seguridad obedecer y arriesgarse a un cumplimiento radical. 

Sólo el Dios de la vida puede darnos alegría y temor como expresiones de nuestra adoración, lo que nos conducirá a una vida sin medias tintas, sino profundamente radical. Una vida en la que hombres y padres podemos ser justos, amorosos, atentos a la Palabra de Dios y valientes, para llevar a cabo el liderazgo-servicio firme y cariñoso del que la Biblia nos habla.

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] Kate Millet. Política sexual. Valencia, Ediciones Cátedra, 1995, pp. 71, 75

El rol de padres y madres para el bien de la familia.

Vivimos en un mundo en que la palabra rol, como suena a posición y deber, es rechazada. Pero el problema no sólo es lingüístico o conceptual, sino también de práctica. En el mundo caído en el que vivimos, los roles al interior de la familia se encuentran atrofiados y obnubilados. El tema, no es volver al sentido común que nos impone la cultura, sino retornar a la verdad de la Palabra. En ese retorno, nos encontramos con los capítulos 5 y 6 de la carta de Pablo a los Efesios, notando allí un mensaje que es contracultural por excelencia. Es contracultural porque el marido y padre son incluidos con deberes, cosa muy poco habitual en la Antigüedad, pero además, porque se pide el sometimiento de todos (5:21). Los distintos actores de la familia somos llamados a un sometimiento radical y mutuo. Y dicho sometimiento a la tarea que emana de la verdad de la Palabra es resultado de la acción vivificadora del Espíritu Santo que nos capacita para el trabajo de cada uno en el lugar que nos toca, llenándonos de su poder (5:18).

Dos preocupaciones fundamentales hacen que sea más que necesario volver a la Escritura en la tarea de ser padres y madres:

  • Los medios de comunicación nos brindan cotidianamente un panorama sobre el poco respeto de la vida de la vida de los niños, el que se manifiesta en: a) negligencia y descuido respecto a los niños; b) maltrato y abuso (dentro de los hogares, fuera de ellos y en instituciones tristemente célebres como el SENAME); y c) el aborto entendido como un “derecho reproductivo” y no como el atentado contra la vida de un ser humano. 
  • Por otro lado, una despreocupación de la vida matrimonial. Los cónyuges, devenidos en padres y madres tienden a constituir la relación con los hijos como la más importante de la vida. Se olvida que ellos crecen y también “dejan padre y madre…”. El matrimonio es exclusivista, no sólo en el sentido de la monogamia, sino en que cuando se produce se da origen a una nueva familia, que construirá sus propias prácticas y tradiciones. El olvido del esposo o la esposa, lleva a una etapa crítica del matrimonio conocida como el “nido vacío”: el encuentro con un otro olvidado o desdeñado. Nada daña tanto a los hijos que un padre y madre que no manifiestan una unidad radical. Timothy y Kathy Keller, en el libro “El significado del matrimonio”, señalan: “Tu matrimonio ha de ser para ti más importante que todo aquello otro que cuente en tu vida. Ningún ser humano tendrá mayor derecho a tu amor, tus cuidados, tu dedicación y tu fidelidad que tu pareja. Dios nos insta a dejar padre y madre, pese a lo importantes que han sido, y serán, en nuestras vidas, para poder formar así una nueva unión que habrá de ser la más primordial y fuerte de nuestra vida” [1].

Volveremos a la Escritura para notar en ella el significado de nuestro rol como padres y madres. Comenzaremos viendo una premisa, para luego pasar a dos tareas. 

La premisa: los hijos a la luz de la Biblia. 

El salmista nos muestra la importancia de los hijos para el pueblo de Dios, cuando señala que: “Los hijos son una herencia del Señor, los frutos del vientre son una recompensa. Como flechas en las manos del guerrero son los hijos de la juventud. Dichosos los que llenan su aljaba con esta clase de flechas. No serán avergonzados por sus enemigos cuando litiguen con ellos en los tribunales” (Salmo 127:3-5). Los hijos, en la enseñanza bíblica, no son mero producto de la virilidad y de la fertilidad: son un don de Dios. Tanto, que el salmista ocupa el concepto “herencia”, dando cuenta de un don y de una esperanza. La  tierra está ligada a la idea de posteridad. Otro elemento que brinda el salmo, es que los hijos son como un arsenal de flechas, para la protección futura. Los hijos serán ayuda, defensa y apoyo en el futuro. La Reina Valera 1960 traduce de forma más literal el texto, denotando que el padre “No será avergonzado cuando hablare con los enemigos en la puerta” (127:5b). En la Antigüedad, las decisiones importantes de la ciudad se tomaban en las puertas de la ciudad. Los hijos protegerán a sus padres cuando se encuentren en la dificultad y la indefensión. 

Este texto trae importantes enseñanzas, que enumero a continuación:

  • Reconocer que los hijos son don de Dios como base de todas las tareas que tenemos como padres y madres. Nuestros hijos no nos pertenecen, le pertenecen al Señor. Nuestra relación no es de dominio, sino de autoridad relativa y derivada de Dios. 
  • Si los hijos son un don de Dios, ¿por qué postergar la procreación por motivos egoístas? ¿Por qué cerrarse a la adopción, en el caso, de que no pudieran ser padres por la vía natural? Tener hijos es una bendición a la que no debemos renunciar. Al hablar de motivos egoístas, evidentemente, saco de esta variable a quienes no pueden tener hijos por razones de fertilidad o de salud, ni tampoco planteo aprehensiones contra los métodos de control de la natalidad, que pueden ser entendidos como acto de mayordomía en relación a los dones que Dios nos da.
  • Debemos dejar de lado pensar en los hijos para la satisfacción personal, sino que pensar en ellos para la gloria de Dios. Que en todo lo que hagan, sean seguidores de Cristo, que amen su gracia. Los hijos no nacen para cumplir nuestros anhelos o deseos frustrados, tienen su propia vida, personalidad, anhelos y deseos. ¿Apoyaremos a nuestros hijos si nos dicen que quieren ser pastores o misioneros, deportistas o artistas, a pesar que no sean oficios riesgosos y no muy bien remunerados? Nuestra tarea es fortalecer las vocaciones que Dios les ha dado para el bienestar del mundo.

La primera tarea: no hacer enojar a los hijos.

El apóstol Pablo en Efesios 6:4a, dice: “Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos”. Aquí hay un fuerte elemento contracultural. No podemos olvidar que aquí estamos frente a un código normativo en una sociedad antigua, en la que el “pater familias” no sólo tenía era una autoridad en el sentido más contemporáneo de dicho concepto, sino que su potestad era de carácter judicial, tanto así que él podría decidir si un hijo vivía o no. Entonces, es sorprendente que Pablo, en pleno siglo primero de nuestra era, exhorte a los padres contra el abuso de poder, el malestar o las expresiones de favoritismo, todas acciones que deben ser excluidas de la crianza de los hijos. El fastidiar a los hijos trae amargura y resentimiento. 

Esto no significa, en ningún caso, que los niños tengan el poder. Me permito citar, extensamente, a Kevin DeYoung, quien en su libro “Súper ocupados”, desarrolla un capítulo titulado “Una cruel kindergarquía”, en el que plantea: “Vivimos en una era en la que la felicidad y el éxito futuros de nuestros hijos sobrepasan las demás preocupaciones. […] ‘Bajo la kindergarquía -señala Joseph Epstein- todas las cosas están centradas en los niños: su escolarización, sus lecciones, sus predilecciones, su cuidado y alimentación, y el alto mantenimiento en general; los hijos son el meollo del asunto’. […] Los padres cristianos en particular, a menudo, actúan con un determinismo implícito. Tememos que unos pocos movimientos en falso arruinen a nuestros hijos para siempre y, a la vez, suponemos que la combinación correcta de protección e instrucción producirá invariablemente buenos hijos. Leslie Leyland Fields tiene razón: ‘Uno de los mitos más resistentes y valiosos de ser padres es que la crianza crea al hijo’. […] ¿Podría ser que hemos hecho de la crianza y la educación algo demasiado complicado? ¿No será que lo más importante no es lo que hacemos, sino quiénes somos como padres? Ellos recordarán nuestro carácter antes que nuestras reglas exactas respecto de la televisión y los pastelitos’” [2]. Aquí hay dos cosas fundamentales: a) el único rey del hogar es Cristo, y son los padres quienes han sido puestos en un rol de autoridad, por lo tanto, los hijos no gobiernan; y b) en nuestra tarea de educación y autoridad, las normas no son lo más importante (lo que no quiere decir que no existan), sino una relación basada en el amor y la verdad con un marcado carácter cristiano, es decir, con un acento en el testimonio. Poco a poco, los hijos que no sólo conocen las glorias sino que también las sombras de nuestras vidas, irán evaluando la coherencia de la fe que profesamos en el aterrizaje a la vida. 

Pensemos en un caso de la Escritura. David es uno de los sujetos históricos de la Biblia más notable en la historia que ella relata: un líder tremendo, estadista, guerrero, salmista, popular (había canciones que celebraban su valentía en la guerra). Pero la Biblia que no da cuenta de héroes, sino de hombres y mujeres pecadores, no esconde que era un pésimo padre. Amnón, hijo mayor de David con Ahinoam, urdió un plan para abusar de su media hermana Tamar, hija de David y Maaca (2ª Samuel 13:1-22). La Septuaginta además de señalar el enojo de David, señala que no castigó a Amnón porque era su favorito (v. 21). Absalón, hermano directo de Tamar, espera dos años que su padre haga justicia. Al no verla, ejecuta la venganza, pagando a asesinos a sueldo para que mate a Amnón, en medio de un banquete preparado por él. Eso le obliga a huir (2ª Samuel 13:23-39). David, tiempo después, cuidando la imagen de su reinado, hace volver a Absalón de su exilio, pero no quiere volver a verle la cara, lo que genera más resentimiento y odio (2ª Samuel 14:23,24). Absalón, a diferencia de lo dicho en el Salmo 127, comienza a hacer mala fama de su padre en las puertas de la ciudad, llegando al extremo de tramar un “golpe de estado” contra David (2ª Samuel 15). El rey guerrero escapa, dando paso a la escena más patética de su vida. Cuando sus valientes deciden hacer guerra contra Absalón, él les dice, “No me traten duro al joven Absalón” (2ª Samuel 18:5). Joab general del ejército, mata a Absalón clavándole tres lanzas en el pecho (2ª Samuel 18:14). La historia termina con David diciendo: “¡Ay, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar! ¡Ay, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (2ª Samuel 18:33).

¿Qué vemos en esa historia? Ausencia de cariño, cuidado y de disciplina, sumado a la  injusticia, imparcialidad e indiferencia. Frente a eso, debemos preguntarnos, ¿de qué nos sirve lograr nuestros propósitos como individuos si perdemos a nuestras familias? ¿De qué nos sirve comprar casas y llenarlas de cosas, dándoles a nuestros hijos, todos los gustos que quisieran, si los perdemos? ¿De qué nos sirve pagarles la mejor educación escolar y universitaria si no los formamos para la vida, para que sean humanos respetuosos y honrados, creyentes que amen a Dios y al prójimo? Nunca es tarde para pedir perdón. Nunca es tarde para reparar. Nunca es tarde para volver al diseño de la Palabra de Dios. Y en este caso, el orden de los factores sí altera el producto. 

No puedo cerrar este ítem sin una palabra para los hijos: amen a sus padres, aprendan a reconocer errores, aprendan a perdonar. Vean a sus papás y mamás como personas que se han sacado la mugre, con una multitud de errores, pero esperando cosas mejores que las que lograron. Ellos son tan pecadores como ustedes, por lo que necesitan la gracia de Dios al igual que ustedes. Sean proactivos, sobre todo si ya son grandes, en el proceso de perdón, reparación y regreso al diseño de la Palabra de Dios. 

La segunda tarea: la crianza que educa en el Señor. 

Pablo cierra el versículo 4, del capítulo 6 de Efesios, diciendo: “sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor”. Cuando habla de esto, está pensando en el cuidado integral de los hijos: sus cuerpos, emociones, intelecto y espiritualidad, en el reconocimiento de que ellos portan la imagen de Dios. La disciplina forja la mente y la enseñanza ejercita la mente, por tanto, son tareas más que necesarias. 

Aquí parece pertinente hablar sobre el modelo educativo presentado en la Biblia. Deuteronomio 6:1-9, señala: “Estos son los mandamientos, preceptos y normas que el Señor tu Dios mandó que yo te enseñara, para que los pongas en práctica en la tierra de la que vas a tomar posesión, para que durante toda tu vida tú y tus hijos y tus nietos honren al Señor tu Dios cumpliendo todos los preceptos y mandamientos que te doy, y para que disfrutes de larga vida. Escucha, Israel, y esfuérzate en obedecer. Así te irá bien y serás un pueblo muy numeroso en la tierra donde abundan la leche y la miel, tal como te lo prometió el Señor, el Dios de tus antepasados. Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo; llévalas en tu frente como una marca; escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades”. Nuestras casas deben estar llenas de la Palabra de Dios: ella debe ser enseñada, leída en momentos devocionales, e inclusive, puesta en las paredes de nuestra casa, aunque eso nos parezca exagerado hoy. También la memorización, a la que se le ha construido injustamente una mala fama, es parte fundamental: enseña a tus hijos el Padrenuestro, los diez mandamientos, el Credo Apostólico, que son parte de una inducción a la teología cristiana y a la espiritualidad sana. Apóyate con los catecismos e historias bíblicas ilustradas. 

La enseñanza de nuestros hijos tiene en mente el corazón, más que la conducta. Jesús planteó que: “Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad” (Marcos 7:21,22). Por ello, hacemos bien en tener en cuenta el proverbio que dice: “Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23). Nuestra tarea es pastoral: es el cuidado espiritual de nuestros hijos que los hace entender vulnerables ante el Dios Todopoderoso y santo, necesitados de su misericordia y perdón [3]. Los castigos no sirven de nada si no hay arrepentimiento (lo que no quiere decir que no existan). Conduce a tus hijos a la oración, ora con ellos, para que el Espíritu Santo haga su obra en sus vidas, cambiando sus corazones. Recuerda que tú no eres el Espíritu Santo. Sólo Él puede regenerarlos y santificarlos. Pero tú eres un instrumento suyo, que colabora en esa caminata. 

Finalmente, la educación cristiana es respetuosa de la personalidad e integralidad de los hijos. Cada hijo o hija (aquí me permito acentuar dicha diferencia) es distinto, con virtudes, defectos, debilidades y fortalezas propios, y con vocaciones diferenciadas. Confía en que la educación sustentada en la Palabra y ayudada por el Espíritu, es inclusiva y transformadora. Es inclusiva, porque hijos e hijas son alcanzados por la Palabra del Maestro. Es transformadora, porque la semilla del Evangelio fructificará. Por eso, les bautizamos (quienes somos paidobautistas) y les enseñamos el Padrenuestro, porque creemos que son miembros de la familia del Pacto, hijos de Dios. Y nos afirmamos en dicha esperanza. Como diría Andrew Kuyvenhoven: “Enseñamos a nuestro hijos acerca de Dios aun antes que ellos sepan hablar o caminar, y nunca dejamos de hacerlo. La educación en la vida del pacto no es opcional; Dios la requiere. También rechazamos la noción de que la ‘religión’ es un simple asunto de ‘elección personal’ puesto que pensamos que es inmoral ocultar a nuestros niños lo que es más grande y sagrado para nosotros. Sería criminal enseñar a nuestros niños a vivir, y negarles al mismo tiempo la vida misma. Conocer a Dios, ¡de eso se trata la vida!” [4]. 

¿Qué consecuencias trae la enseñanza de esta segunda tarea? A mi juicio, las siguientes:

  • Tener hijos es otra forma de hacer discípulos. Las iglesias también crecen orgánicamente. Dietrich Bonhoeffer señaló: “De Dios reciben los padres a sus hijos, y hacia Dios los deben encaminar” [5]. 
  • No delegar la educación en terceros. Ni la escuela ni la iglesia podrán cumplir jamás la función que tú como padre y tú como madre debes cumplir. Esto debiera llevarnos a no culpar a quienes colaboran con nuestra tarea educadora en la Escuela Dominical. He escuchado a algunos predicadores que dicen algo así: “Tus hijos son educados en escuelas que tienen profesores con mentalidad secularizada, tendrán al año miles de horas donde recibirán la influencia de pensamientos que atentan contra la Palabra de Dios. Pero cuando van a la Escuela Dominical, cantan o dibujan y pintan, en menos de una hora a la semana. ¿Tú crees que eso les ayuda para resistir las mentiras diabólicas que les dicen en la escuela?”. Parece sólido, ¿no? Pero yo pregunto, en ese análisis, ¿dónde están los padres y madres cristianos? ¿Qué hacen con sus horas en las que les forman como misioneros en el mundo, y activamente problematizan lo que sus hijos aprenden a la luz de la Palabra? Es fácil y cómodo tercerizar lo que nos corresponde, porque si nuestros hijos no siguen nuestra fe, la culpa será de la iglesia y no mía. Eso, a todas luces, no sólo es irresponsable, sino una desfachatez.
  • Es importante reafirmar que nosotros no somos el Espíritu Santo. Nosotros no convertimos a nuestros hijos en creyentes. Pero por el poder del Espíritu somos testigos con ellos, preparando sus corazones de discípulos, cumpliendo nuestra tarea de anunciar la voz del Señor. Plantamos y regamos, con la fe y la esperanza que el Señor dará el crecimiento.

Una reflexión final. 

Kevin DeYoung, a quien ya he citado con antelación, señala lo que podría ser una buena síntesis de lo visto hasta acá: “Criar hijos no es ni mucho menos el tema principal de las Escrituras. Dios no da muchas instrucciones concretas sobre la relación padre-hijo, salvo que los padres deben enseñar a sus hijos acerca de Dios (Dt. 6:7; Pr. 1—9), disciplinarlos (Pr. 23:13; He. 12:7-11), estar agradecidos por ellos (Salmo 127:3-5) y no hacerlos enojar (Ef. 6:4). El resto de los detalles depende de la familia, la cultura, la sabiduría del Espíritu y mucha prueba y error” [6]. 

Ahora, me permito preguntarte a ti que eres padre o madre, ¿cómo te sientes después de todo? ¿Te sientes mal por los errores que has cometido o, derechamente, por tus fracasos en el rol que Dios te ha mandatado en su Palabra? Con amor quiero decirte que hay trabajo por hacer, pero siempre afirmados en la gracia. No somos la familia Ingalls, ni las familias perfectas del sueño americano. Somos familias, que fallan, demasiado parecidas a la de la familia Simpsons. Familias que necesitan ser redimidas por pura gracia. No te olvides que no estás solo, o sola, en esta batalla de la vida. Jesús te habla en su Palabra animándote en la esperanza: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5, RV 1960).

Luis Pino Moyano. 

 

* Este post corresponde a la transcripción y adaptación del sermón predicado en la Iglesia Puente de Vida, en el marco de la serie “Roles & Familia. El retorno a la verdad”, el domingo 24 de noviembre de 2019.


 

[1] Timothy Keller y Kathy Keller. El significado del matrimonio. Enfrentando las dificultades del compromiso con la sabiduría de Dios. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014, p. 160. 

[2] Kevin DeYoung. Súper ocupados. Grand Rapids, Editorial Portavoz, 2015, pp. 65, 66, 68, 73. 

[3] Véase para profundizar en esta idea: Ted Tripp. ¿Cómo pastorear el corazón de su hijo? Medellín, Editorial Eternidad y Poiema Publicaciones, 2011. 

[4] Andrew Kuyvenhoven. Partícipes en el pacto. Grand Rapids, Libros Desafío, 2004, pp. 95, 96. 

[5] Dietrich Bonhoeffer. Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2001, p. 42.  

[6] DeYoung. Op. Cit., p. 73. 

Niño predicador, niña activista… La convicción en la niñez y los discursos públicos.

El discurso de una niña y la reacción suscitada.

Debo decir que no seguí en directo el discurso de Greta Thunberg, porque tengo ciertas resistencias a lo que esté de moda, sean discursos, prácticas y hasta cuestiones estéticas. Pero cuando veo la reacción que pulula en las redes sociales, donde se le acusa hasta de la práctica del aborto libre con la típica estética sanguinolienta de quienes no entienden que la dignidad humana también implica un trato respetuoso del cuerpo difunto (¡yo sí creo que un feto es un ser humano!), todo eso en un mundo virtual cómodo en el que el meme se transforma en estatuto de verdad. 

Debo decir, también, que si bien es cierto no comparto la matriz cosmovisional de Greta Thunberg ni tampoco su énfasis de final inminente y catastrófico de carácter fatalista, no puedo dejar de reconocer algunos instantes de verdad en su alocución en la Cumbre de Clima de las Naciones Unidas. Sí, concuerdo en el intelecto y la emoción, que no se pueden separar en la integralidad de la naturaleza humana, cuando ella dice que: “Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías. Y sin embargo, soy de los afortunados. La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando. Estamos en el comienzo de una extinción masiva. Y de lo único que pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?” [1]. Eso es lo que efectivamente estamos haciendo: matando el sentido de la posteridad, tan presente en la Escritura cuando habla de la tierra, y que se puede constatar en la lectura de Calvino en su comentario al Génesis (¡ya en el siglo XVI!), como cuando en la segunda mitad del siglo XX, y la cuestión ecológica comenzaba a ser tema de preocupación mundial, Francis Schaeffer toma posición con su libro “Polución y la muerte del hombre. Enfoque cristiano a la ecología” (¡un libro publicado en 1970!). Por favor, ¡estoy hablando de autores que no se vendieron al “dragón verde”! Dragón verde, que es un muñeco de paja de sectores fundamentalistas dentro del mundo evangélico y reformado, que rehúye su responsabilidad dentro del mandato cultural, sacando textos de contexto y difundiéndolos para obnubilar la mirada respecto de la realidad del cambio climático. Realidad que amerita ser problematizada, pero con argumentos y no con más panfletería de poca monta, propia de una teología irresponsable con la iglesia y el mundo. He escrito de esto en un post titulado, y que refiero para no ahondar más en este punto [2]. 

Lo ofensivo, lo vacuo y lo grotesco. 

Toda esta reacción, sobre todo, la de mis hermanos evangélicos, me parece ofensiva, vacua y grotesca. Y paso a argumentar en qué sentido es ofensiva, vacua y grotesca, para que no se me acuse gratuitamente de victimización millenial, a la que busco resistir contraculturalmente con toda la fuerza que me es posible:

  • Me parece que esta reacción es ofensiva porque contraviene el mandamiento de no levantar falso testimonio contra nuestro prójimo, el que tiene como implicación no sólo el hecho de mentir o calumniar respecto de otras personas, sino también respecto del destruir la imagen de otros, incluso divulgando información real pero con motivación destructiva. Nuestros catecismos emanados de la reflexión protestante advierten respecto de esto. Pero bástenos para esta ocasión referir las palabras de Lutero, cuando señaló que: “Con esto se nos ha construido una muralla y una protección contra las lenguas falsas y los labios malvados que pueden afectar nuestro buen nombre y nuestra reputación […] Estamos obligados a asegurar su fama [la de nuestro prójimo] y su inocencia, como desearíamos lo hiciesen con nosotros” [3]. En este caso, esto se hace cada vez grave, toda vez que se trata de adultos afectando el buen nombre y reputación de una menor de edad. 
  • Me parece que esta reacción es vacua, por la sencilla razón que nosotros sí podemos reconocer cuando un no creyente dice verdades, sin alterar un ápice nuestra convicción cosmovisional, porque reconocer no implica, necesariamente, asumir acríticamente. Dios dotó de inteligencia a todos los seres humanos, y quienes la desarrollan por medio del estudio y el trabajo, lo hacen responsablemente, aunque su producto no tenga como finalidad humana glorificar a Dios. Pero el ejercicio de la razón que produce un mejor conocimiento del mundo lo hace, más allá de nuestras egoístas intenciones [4]. Y puede ser que su padre, madre y ella usen poleras antifascistas y ella porte una bandera del movimiento LGBT, todos símbolos de causas con las que se puede o no estar de acuerdo, parcial o totalmente, pero eso no obsta para reconocer cuando alguien dice algo verdadero y justo. Vuelvo a la cita de Greta Thumberg. Un meme difundido como estatuto de verdad la muestra a ella en un tren con un muy buen desayuno, junto con la frase: “Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías”; para que, acto seguido, se ponga una foto de niños venezolanos buscando comida en medio de basura esparcida en la calle. Pero no repara que ella misma hace reconocimiento de su propia realidad cuando dice: “Y sin embargo, soy de los afortunados”. Entonces, dicha lógica sólo monta un clasismo aparente y un resentimiento tan emocional como lo que se critica. Qué duda cabe que hay lugares en el mundo en los que “La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando”. Y que eso se debe, mayoritariamente, no a que no me dé una ducha más corta o que no recicle en vez de producir basura (cosas loables y necesarias de hacer), sino a la avaricia de gente poderosa que sólo busca tener más. Ella da en el clavo cuando dice con la fuerza que ya quisiera tener, y en la tribuna en la que no puedo estar: “Y de lo único que pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?”. Doy gracias a Dios por esta voz, porque las piedras hablan cuando nosotros callamos. Y, debemos procurar arrepentirnos, si nuestra crítica a un discurso ideológico procede de otra fuente ideológica, de otro compromiso de fe. 
  • Me parece que esta reacción es grotesca, porque repara en imágenes que acentúan en la gestualidad de Greta Thunberg, o en los énfasis de su voz, sin reparar que muchos de ellos tienen que ver con el Síndrome de Ásperger que ella tiene como condición y no como enfermedad. Dicha condición no admite burlas ni lástima de una integración a medias, sino real y concreta inclusión. Cuando se reparten imágenes con intenciones burlescas se atenta contra el reconocimiento de la “imago Dei”, que hace que el respeto a la dignidad del ser humano no se gane sino que se presuponga. Además, es grotesca, porque no mira a la cara a personas, padres y madres, que se esfuerzan día a día en el acto de comprender amando a sus hijos/as con Ásperger, procurando espacios inclusivos para ellos, de los cuales la iglesia tiene que ser uno de ellos. Y, un poco de conocimiento sobre este asunto, podría hacernos entender por qué estamos en presencia de una niña que es inteligente y que, como decían los más antiguos en tono coloquial, “habla de corrido”. 

Infancia, convicción y espacio público. 

Debo decir, además, y sin contravenir un ápice de lo dicho en los párrafos anteriores, que de todas maneras considero que Greta Thunberg está siendo sometida a una sobreexposición innecesaria para su edad. Pero, en ningún caso, considero que esto sea una vulneración de derechos por quienes son los adultos responsables de su cuidado. Y no lo considero así, porque creo de verdad y no desde el panfleto, en el derecho preferente de los padres de educar a sus hijos. Como dije a un conocido que un día le ofrecía a mi hijo una camiseta de la Universidad de Chile, cuando yo estaba inculcando su gusto por el Colo-Colo: “a mi hijo yo le enseño de religión, de política y de fútbol”. Por eso, no sólo él y Sophía comparten mi mismo techo hogareño, sino me acompañan a reunirme con la iglesia los domingos, o al estadio cuando queremos y podemos, o a las calles de mi ciudad cuando demandamos y proponemos una “educación gratuita, pública, laica, de calidad y con control comunitario”. No veo nada ilegítimo en que hijos/as compartan las mismas o similares convicciones a sus padres y madres. 

Por lo mismo, estos últimos días he tenido en mi mente a Nezareth Casti Rey, conocido hace algunos años atrás como “El niño predicador”, del que también se decía que era usado por sus padres con fines de proselitismo religioso, o como víctima de un fanatismo eclesial, porque, ¿cómo un niño puede saber tantos textos bíblicos o hablar de esa manera con tanta naturalidad? Quienes conocemos algo del mundo evangélico sabemos que el leer muy tempranamente la Biblia (sobre todo en la querida Reina Valera 1960) y cantar muchos de los textos bíblicos o himnos clásicos, aumenta el acervo lingüístico y facilita la memorización. Yo mismo fui un niño predicador, y nadie me vulneró en mi infancia. Y no tuve ninguna contradicción en mi mente con el hecho de que luego de predicar en el local de avanzada de “Arturo Prat” en Puente Alto, al llegar a mi casa y antes de ir a acostarme, tomara mi Ferrari Testarossa Matchbox y jugara con él imaginando mundos por los que avanzaba con él con mano firme. A los 10 años confesé mi fe en Jesucristo como mi Señor y Redentor. A los 13 años era profesor de una clase de Escuela Dominical. A los 14 era un predicador. Hoy tengo 37 años y miro dicho pasado con emoción y gratitud. 

¿Qué tiene que ver todo eso con lo que he venido hablando? Tiene que ver porque los niños pueden tener limitaciones dadas por la edad y la experiencia, pero eso no implica que sean tontos, o que no puedan comprender la realidad a su alrededor, ni mucho menos que no puedan pensar y creer con convicción. Y lucharé porque nadie le quite el derecho ni a mi hijo ni a mi hija de decir que son presbiterianos, ni a mi ni a esposa para educarles conforme a dicho “sentido de la vida”. Porque no sólo mi fe es pública, sino que la de ellos también lo es. Vociferar que los/s niños/as no puedan hablar de sus convicciones puede resultar en un acicate para las voces que quieren reducir la fe a un espacio privado, atentando contra la libertad de conciencia. Debemos cuidarnos de construir argumentos tipo boomerang, que se nos pueden devolver golpeándonos en la cara. 

Por otra parte, tanto la infantilización como la adolescencia son constructos modernos. Los/as niños/as de antes compartían con los adultos de sus familias las conversaciones, en las que por ejemplo, se contaban cuentos como “La Caperucita”, que cerraba con ella comida por un lobo y sin el final feliz edulcorado que se le agregó con posteridad. En muchas culturas, el paso de la niñez a la adultez, y casi desde la aparición de la presencia humana en el planeta, era dada en los niños cerca de los 12 años por la vía de ritos de iniciación configurados como norma cultural, lo que hacía entenderles como hombres; y las niñas, luego de su menarquia, eran participantes de un rito que las reconocía como mujeres. Reconocer y enseñar a los/as niños/as de acuerdo a su edad no debe implicar estupidización.

Los niños son niños, no tontos… Las niñas son niñas, no son tontas. Y debemos esforzarnos para que nunca actúen neciamente, educándoles y escuchándoles, valorando su personalidad y la sabiduría que progresivamente van adquiriendo. 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] “Greta Thunberg: el desafiante discurso de la adolescente sueca ante los líderes mundiales en la cumbre del clima de la ONU”. En: http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-49804774 (Consulta: septiembre de 2019).

[2] “Biblia y ecología. Una aproximación”. En: https://enelbalconyenelcamino.com/2016/02/16/biblia-y-ecologia-una-aproximacion/ (Consulta: septiembre de 2019).

[3] Martín Lutero. El Magnificat seguido de “Método sencillo de oración para un buen amigo”. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2017, p. 138. El texto al que refiero es el método para la oración, el que fue escrito en 1535, y fue traducido al castellano para dicha edición por Teófanes Egido.

[4] Hablé de modo introductorio y refiriendo a la lectura de pensadores reformacionales en el post: “Doce tesis sobre la gracia común y la verdad en los no creyentes”. En: https://enelbalconyenelcamino.com/2017/03/23/doce-tesis-sobre-la-gracia-comun-y-la-verdad-en-los-no-creyentes/ (Consulta: septiembre de 2019).

Una mujer virtuosa.

Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (Proverbios 31:10).

Si hay algo que la Biblia nos enseña es a ser agradecidos. El apóstol Pablo nos enseña a pagar a cada persona lo que debemos, “al que respeto, respeto; al que honra, honra” (Romanos 13:7). Y en ese sentido, cuando celebramos el “día de la madre”, volver a este pasaje de la Escritura, nos ayudará a vivir la gratitud y la honra de manera adecuada y sin las presiones de una cultura que todo lo mercantiliza. 

La sección de Proverbios 31:10-31, a diferencia de la colección de sentencias breves que nos ayudan a la práctica sabia de la vida cotidiana, es un poema acróstico (cada verso comienza con una letra del alefato hebreo) que nos muestra a una mujer que es muy capaz en todo lo que realiza, tanto dentro como fuera de casa. Es muy interesante que en la Biblia hebrea, el libro de Proverbios, y sobre todo este último capítulo, fuese seguido del libro de Rut y del Cantar de los Cantares, todos relatos que nos muestran a mujeres viviendo conforme a los principios de su fe. 

La mujer de la que se habla es definida como una que es virtuosa. ¿Qué significa aquello? La palabra “virtuosa” alude acá a una mujer de excelencia o fuerza proveniente de la piedad. ¿Cuáles son las marcas de la identidad de esta mujer? A la luz del texto, veremos dos marcas de la identidad de esta mujer virtuosa. 

La primera marca, dice relación con su trabajo. Esta es una mujer que hace muchas cosas. Ella trabaja con entusiasmo y sacrificio, administrando con sabiduría los recursos de la familia según la necesidad de cada miembro de ella. Cuando el v. 17 dice que “Ciñe de fuerza sus lomos, y esfuerza sus brazos”, está diciendo que en ese acto de atarse un cinturón está simbolizando su disposición a la acción y al trabajo, tanto dentro como fuera de su casa. Por eso la vemos haciendo negocios con sabia valentía, haciendo ropa de temporada para cada integrante de la familia y produciendo para la venta otros productos textiles. La vemos, también, cumpliendo funciones de mayordomía de su casa y en la recta administración de los recursos del hogar. Ciertamente, es alguien que como dice el v. 27 “no come el pan de balde”. Estamos frente a una mujer diligente y laboriosa, cuya iniciativa empresarial no tiene límites en lo que refiere a la inventiva y al esfuezo. Es una mujer incansable, tanto que como dirían de Freddy Turbina, personaje de “31 minutos”, “dicen que  o duerme”. 

La segunda marca, dice relación con su testimonio. La mujer virtuosa es una cuya sabiduría práctica es de mucho valor, tanto que “su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (v. 10). Es una mujer que se acerca al hito de la creación, aquella que como “ayuda idónea”, es totalmente confiable para su marido. Es su ayuda correspondiente, su complemento, conceptos que aluden a dos cosas fundamentales: a) que ella está completa antes de casarse y, por lo mismo, aumenta o perfecciona las cualidades de su cónyuge y las suyas propias, en el sentido que el matrimonio es una institución que nos hace crecer y madurar; y b) que se dispone, con valentía, a caminar “por la calle codo a codo, siendo mucho más que dos”, parafraseando al poeta uruguayo Mario Benedetti. Tanto es así, que el v. 23 y 31 aluden que su marido, probablemente, un sujeto con autoridad política, cuando se reúne en las puertas de la ciudad que era el lugar donde se tomaban las decisiones importantes de la ciudad, es apreciado más por el testimonio de su mujer, pues como señala Proverbios 12:4: “La mujer virtuosa es corona de su marido; mas la mala, como carcoma en sus huesos”. 

Veamos otros elementos del testimonio de esta mujer: ella manifiesta acciones de justicia y misericordia a quienes sufren los rigores de la vida. Es honorable, lo que le da esplendor y belleza tal tanto que “fuerza y honor son su vestidura”, lo que le da una actitud esperanzada en la vida, ella “se ríe de lo por venir” (v. 25). La mujer virtuosa enseña con sus palabras y con su vida. Enseña, por tanto, con amor. Por otro lado, y complementando su fuerza vital, su actividad de servicio se lleva a cabo dentro y fuera de su casa. Eso hace, que esta mujer de vida piadosa sea honrada y alabada en lo público y en lo privado. En Proverbios 1:7 se afirma que el principio de la sabiduría es el temor del Señor (respeto reverente y conciencia de su santidad). Esta mujer vive conforme a dicho principio. El temor es lo que trae belleza y virtud a esta mujer, porque Dios es soberano sobre su vida cotidiana. 

En definitiva, estamos frente a una mujer que es madre-esposa-y-trabajadora juiciosa, prudente, irreprochable, esfrozada, responsable, capaz y piadosa. Esta mujer representa lo que Jesús enseñó en el gran mandamiento, pues ella ama a Dios y ama a su prójimo, tanto que no vive para ella misma, sino para los demás, y por sobre todo, para honrar con su vida a aquél que es dueño y dador de la vida. Por eso, la descripción testimonial cierra diciendo que: “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (v. 30). 

Al ir cerrando esta reflexión, debemos pensar que estas son las palabras de una madre a un hijo joven que está en búsqueda de una esposa. Ella le traza la idea de una mujer ideal, al parecer no tan fácil de encontrar, sobre todo cuando el centro de la atención está en aquello que es aparente. 

Mujer que lees esta reflexión: ¿que ves en tu autoexamen cuando te reflejas en esta mujer virtuosa? Sin lugar a dudas, las mujeres presentes acá, cumplen con varios de estos principios. Pero esta es una reflexión bíblica y no una charla motivacional que busca sostener tu autoestima. Por tanto, es probable, que en muchos de estos aspectos estés al debe, y eso no es sólo producto de una mera debilidad, sino el resultado de apartar la vista de Dios y de tu prójimo: eso es lo que la Biblia llama pecado. Entonces, la clave no está acá, para este asunto, en tu empoderamiento ni en el refuerzo de tu autoestima, sino en tu arrepentimiento. Sólo el Dios de toda gracia te puede conducir con la fuerza de su Espíritu a ser una mujer virtuosa, porque eso es consecuencia del temor del Señor. Cristo derramó su sangre y te redimió para aquello. 

Hombre que lees esta reflexión: ¿crees que estas palabras no son para ti? ¡Lo son totalmente! Esto, por tres razones: a) porque todos los creyentes, con la ayuda del Espíritu Santo, debemos vivir virtuosamente con las características de esta mujer en el trabajo y el testimonio; b) porque si eres soltero, este es el tipo de mujer con el que debes anhelar casarte; y c) porque si eres casado, tú eres un instrumento del Señor para que tu esposa crezca en gracia y sabiduría, de tal manera que en el esfuerzo piadoso de la familia ella mire al Señor. Y para eso debemos dejar la pereza y la pusilanimidad que sólo se mira el ombligo. Eso también es pecado, y debemos arrepentirnos. Cristo derramó su sangre y te redimió para que seas un esposo como él, como aquél que llega a dar su vida por su iglesia. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos” (Efesios 5:25-28a).

Disponernos a vivir así es el mejor regalo que podemos hacer en este día. 

Luis Pino Moyano.

 

Esta reflexión convierte en post un sermón basado en Proverbios 31:10-31, predicado en la 10ª Iglesia Presbiteriana de Santiago el domingo 5 de mayo de 2019. 

La teología del Hombre Araña.

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Ayer recordé esta experiencia en la clase de la escuela dominical, y les comenté a la hermandad que tenía muchas ganas de escribir un post sobre lo que llamo la “Teología del Hombre Araña”. Y, bueno, hoy parece ser un día muy ad hoc a la hora de pensar respecto de esta temática, debido a la muerte de Stan Lee, creador de varios personajes del universo Marvel, entre ellos, Spiderman. 

Corría el año 2014 y mi hijo Miguel tenía cuatro años. Siempre fue muy bien portado, y muy llano a aprender. Por lo que sus escasas escenas de llanto no dejaban de llamar la atención. Estábamos en medio de un culto al Señor, en la Iglesia Puente de Vida, específicamente, en el momento de la cena del Señor. Vladimir, pastor de la iglesia, comienza la realización del sacramento, llamando a los presbíteros adelante. Nos pide a uno de nosotros orar, lee el texto de 1ª Corintios 11, da las instrucciones del sacramento (mi favorita, es cuando se señala que “esta mesa no es la mesa de la Iglesia Presbiteriana de Chile, sino la mesa del Reino de Dios, por lo que todos quienes han hecho pública profesión de fe en alguna iglesia evangélica pueden participar de ella”), y nos entrega los elementos para presentarlos a la congregación. Todo iba bien…

Hasta que Miguel, mi hijo, que estaba en brazos de Mónica (mi esposa), se pone a llorar. Pero no era un llanto común y corriente, era un llanto de verdad, al estilo de Cortázar en sus “Instrucciones para llorar”, con gritos que llenaban el lugar. Y los gritos eran un conjunto de ruegos: 

– ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! (tal vez exagere el número de repeticiones, pero así lo sentí yo en ese momento). 

Era horrible. No sabía qué hacer. De repente, mi mamá hace el ademán de partir su pedacito de pan para darle, y yo, un convencido y celoso credocomunionista*, la miré haciendo un ademán que gritó para callado un rotundo no. Miguel dejó su petición, pero no de llorar. Comimos del pan, bebimos del vino, oramos, y cuando todo termina al empezar el canto final, salgo de mi posición y tomo al Miguel en brazos y lo saco al jardín de la iglesia. Me siento y pongo a Miguel sobre mis piernas, comenzando a usar uno de los métodos pedagógicos más pertinentes para ese momento: “si no puedes contra él, confúndelo”. Entonces, hice preguntas que buscaban intencionalmente un no de su parte:

– Miguel, ¿entiendes lo que significa el sacramento de la cena del Señor?

– No.

– ¿Entiendes lo que significa el pan y el vino?

– No.

– ¿Entiendes lo que significa que la presencia de Cristo es real, aunque el pan sigue siendo pan y el vino sigue siendo vino?

– No, papá.

– ¿Entiendes lo que significa el cuerpo?

– No. 

– Hijo, entonces no puedes cenar. No sabes lo que esto significa.

Y ahí, en el mejor de los ánimos contextualizadores en suma al evangelio de la gracia, le pregunté:

– ¿Te acuerdas de lo que le dijo el Tío Ben Parker a su sobrino Peter?

– Sí papá.

– ¿Qué le dijo?

– “Grandes poderes conllevan grandes responsabilidades?”.

– Bueno, la cena del Señor tiene un gran poder que conlleva una gran responsabilidad. 

– Ah! Entiendo todo.

– Hijo, créeme que el día en que tú entiendas todo esto, voy a ser el primero en que va a hacer todo lo posible para que puedas participar de la cena del Señor con nosotros. 

Llegó el siguiente domingo y nuevamente celebramos la cena del Señor. Todo bien, no hubo gritos ni nada. Al terminar el culto, Mónica me comentó que Miguel, mientras se realizaba el sacramento, mirando a la congregación le preguntó: “- Mamá, ¿y ellos entenderán que grandes poderes conllevan grandes responsabilidades?”. Esa es la “Teología del Hombre Araña”, aquella que nos recuerda que la gracia no excluye las responsabilidades, que la Palabra representada en el pan y el vino, en tanto medio de gracia, tiene un tremendo poder que puede fortalecernos para la caminata de la fe, o producir un tremendo daño a quienes no quieren arrepentirse de todo corazón, llevándoles inclusive a la muerte (léase 1ª Corintios 11). La “Teología del Hombre Araña”, es aquella que nos recuerda a Jesús diciéndonos con suma claridad que “A todo el que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho; y al que se le ha confiado mucho, se le pedirá aún más” (Lucas 12:48).

Luis Pino Moyano.

* Partidario de la idea que plantea que sólo participan de la cena del Señor creyentes que han confesado su fe, haciéndose miembros de una comunidad. 

Agosto y la vejez.

“Hay que pasar agosto”, es una típica expresión chilena. Hasta hace poco, este mes era uno de los más helados y lluviosos del país, lo que traía consigo resfríos y otras enfermedades. Pero, a pesar del cambio climático, la expresión se sigue repitiendo, sobre todo en relación a aquellos que tienen más edad. Quisiera aprovechar esta circunstancia para pensar en voz alta sobre la vejez a la luz de la Biblia.

La Biblia dice cosas como estas con respecto a la vejez: “Ponte de pie en presencia de los mayores. Respeta a los ancianos. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor” (Levítico 19:32); “Aun en la vejez, cuando ya peinen canas, yo seré el mismo, yo los sostendré. Yo los hice, y cuidaré de ustedes; los sostendré y los libraré” (Isaías 46:4). Estos textos nos muestran una realidad profunda Dios ama y cuida de manera providente a quienes han llegado a la ancianidad. Y presupone, en la lógica comunitaria, que los creyentes debemos amar a quienes Él ama, y cuidar a quienes Él cuida. En la iglesia, las brechas son disueltas, por lo que el principio de hermandad pesa mucho más que el de la edad. Escucha, comprensión, apoyo deben ser cotidianos. Lo que debe extenderse hacia nuestras relaciones familiares.

Pablo, en su primera carta a Timoteo, en el capítulo 5, invita al cuidado de las viudas, en el caso del desamparo a la iglesia, en los otros casos a la familia (vv. 3 y 4). En el versículo 8 plantea un principio que se extiende a hombres y mujeres: “El que no provee para los suyos, y sobre todo para los de su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo”. Tenemos un deber insoslayable. Y una cosa muy importante para decir: somos instrumentos de Dios para la cosecha de los viejos que con esfuerzo nos criaron y ayudaron. Pero si ese no fue el caso, nuestra labor es devolver bien y no mal. Dios es el encargado de dar la cosecha, no nosotros.

Nuestro país se encuentra altamente sensibilizado por estos días con respecto a esta temática, debido a las deficiencias del actual sistema de pensiones (AFP), que hace que el 87,4% de los hombres y el 94,2% de las mujeres reciba mensualmente una pensión menor o igual a $156.312 (datos de la Fundación Sol, junio de 2016). Se requiere, por tanto, una mejor repartición de los recursos, que permita una vejez digna. Como creyentes tenemos varias tareas: a) decir la verdad en amor, denunciando la injusticia; b) orar por nuestros ancianos para que sus pensiones sean generosamente justas y por las autoridades para que tomen buenas decisiones; y c) actuar en ayuda de quienes lo necesiten. Recordemos que nuestro prójimo no sólo es el más cercano, sino todo ser humano. Eso nos enseñó Jesús en la parábola del buen samaritano (Lucas 10:25-37).

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín del mes de Refugio de Gracia, agosto de 2016.

Consentimiento.

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No deja de asombrarme que algunos hermanos (y esto no en genérico, sino como sustantivo común masculino), reaccionen tan destempladamente frente a un proyecto de modificación del Código Penal que busca proteger a víctimas de abuso, introduciendo el concepto de “consentimiento”. El texto diría:

“El acceso carnal sin el consentimiento de la víctima, ya sea por vía vaginal, anal o bucal, constituye violación y será castigado con la pena de presidio mayor en su grado mínimo a medio.
La mera inacción o falta de resistencia de la víctima no constituye manifestación de consentimiento.
Se entenderá, especialmente, que no hay consentimiento de la víctima en cualquiera de los casos siguientes:
1º Cuando se usa fuerza o intimidación;
2º Cuando se aprovecha de la privación de sentido de la víctima o de su incapacidad para oponer resistencia;
3º Cuando se abusa de la enajenación o trastorno mental de la víctima; y
4º Cuando haya participación de más de una persona en la perpetración de los hechos”.

La Biblia – el libro sagrado de los cristianos, que tiene la sexualidad como un regalo de Dios, planteando que ésta no sólo es para la procreación, sino principalmente para el placer de un hombre y mujer que dejan padre y que se funden en un solo ser-, introduce, también, la idea del mutuo consentimiento. El apóstol Pablo (sí, el mismo que es acusado de misoginia por personas que leen los textos por encima) señaló a los cónyuges de la iglesia de Corinto:

“La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración” (1ª Corintios 7:4,5).

El texto apela que quienes se unen en matrimonio, hombres y mujeres, deben dejar de pensar en su individualidad, para pensar en el otro. ¿Notan que hombres y mujeres son convidados a vivir una sexualidad constante? ¿Notan ustedes que Pablo entiende que la mujer tiene el mismo derecho a vivir la sexualidad que el hombre? Y si bien es cierto, el texto alude al mutuo consentimiento a la hora de pensar en la abstinencia, esto no deja de ser un principio que puede ser aplicado a toda la vida sexual al interior del matrimonio. El sexo no se obliga, porque el amor no se obliga. Hombres y mujeres fueron creados con dignidad, por ende, el trato digno debe considerar lo que se vive en el espacio público como aquello que se vive en la intimidad. De hecho, por lo mismo, la defensa del matrimonio según la Biblia es clave acá. Las firmas en una libreta de familia no sólo obligan a los contrayentes, sino que, a la vez, defienden a los mismos, según corresponda.

El cuerpo en la teología cristiana no es mera materia, ni mucho menos es malo, sino que es templo del Espíritu Santo. El sexo involucra la totalidad del ser. Es también, experiencia de espiritualidad que adora al Dios de la vida que creó el placer.

¿Tanto nos cuesta entender que es hora de tomar conciencia que no porque ciertas prácticas estén normalizadas son correctas? ¿Tanto nos cuesta ponernos en el lugar de las víctimas de abusos sexuales? ¿Tanto nos cuesta entender que hay mujeres cristianas que son violadas dentro de sus propias casas por sus cónyuges? De hecho no logro entender la incoherencia de la caricaturización de este proyecto: un día los evangélicos defendemos la moral sexual según la Biblia, y al día siguiente, hoy por ejemplo, defendemos la promiscuidad y prácticas atentatorias como las que el Código Penal sancionaría. No logro ver la perversidad detrás de la modificación propuesta. Al contrario, creo que el prurito “anti” no nos deja ver más allá de nuestros ombligos.

Cuidemos nuestras expresiones en el espacio público, sobre todo cuando por nuestra poca empatía, sumada a una impotente actitud de mera reacción frente a lo que acontece a nuestro alrededor, no sólo no podamos percibir los instantes de verdad de quienes no son creyentes, sino tampoco podamos notar el dolor de quienes sufren, entre quienes con una seguridad que apena, lamentablemente, hay personas que comparten la fe con nosotros.

Claramente necesitamos ser reeducados…

Luis Pino Moyano.

“¡Más familia, menos estado”. Mi lectura del eslogan.

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El denominado “bus de la libertad” ha traído una serie de reacciones en medios de prensa y en las redes sociales. Quisiera comenzar señalando que considero que mis hermanos en la fe, junto a otros sujetos, de los grupos denominados, a veces peyorativamente, como “pro-familia”, están en todo su derecho de hacerlo, ya sea en sus lugares de reunión, en las calles de las ciudades del país o en instituciones en las que se discutan estos temas. La libertad de expresión debe no sólo garantizarse sino defenderse, por más que se esté en desacuerdo de las ideas expresada, teniendo como única consideración de censura, cuando éstas atentan contra el estado de derecho o cuando en el marco de la expresión de ideas se expresan actos de violencia física o de maltrato verbal de sesgo intolerante real. Digo esto, porque he visto mucha victimización, y ésta poco ayuda a la hora de entablar diálogo y discusión en la sociedad y, en mi opinión, ambos sectores en pugna respecto de este tema, han recurrido a este discurso que emociona y/o causa escozor en quien lo ve. Ni el bus, como performance comunicativa, ni las declaraciones de las élites de los movimientos LGBTI son “incitaciones a la violencia”. Las palabras duras no rompen huesos. Lo realmente violento es acallar una voz que legítimamente puede expresarse en la sociedad, acudiendo a la prepotencia de decir “estoy del lado de la ciencia y por ello de la verdad”.

Dicho eso, quiero pasar al eslogan en cuestión. Me lo he topado en los noticieros, en el inicio del Facebook, y hoy, en una calle de Santiago, cuando me topé con el momento final de la marcha de los grupos que defendían la acción simbólico-comunicacional del “bus de la libertad”. “¡Más familia, menos estado!”, así, con signos de exclamación, porque es un grito de lucha. Grito que obnubila la mirada con una media verdad. Explicaré por qué.

Me parece que la lucha por “más familia” es un principio conducente con el mandato social expresado en la Biblia desde el Génesis en adelante. Una familia activa, vital, centrada en la búsqueda de la gloria de Cristo, campo de misión y desarrollo de todas las posibilidades de expresión con las que hemos sido dotados por el Creador. Familia como lugar de discipulado: caminata de padre, madre e hijos e hijas que siguen a Jesús. Lugar de relación, cercanía, amor, crecimiento, maduración. Más familia, sí. Pero de verdad, no mero panfleto. Porque es súper fácil decir “más familia” cuando no se participa en nada de la educación de los hijos, de su crianza, de su discipulado. Es súper fácil decir “no tocas a mis hijos”, cuando ni siquiera tú los tocas, siendo sólo alguien que ha procreado sin ser padre o madre. Un padre y una madre que viven la fe de Jesús entienden que deben ser activos en la educación de sus vástagos sin tercerizar su labor, ya sea en la escuela o en la iglesia.

“Menos estado”. ¿Por qué? Una de las cosas que más me llamó la atención de la marcha con la que me encontré, fueron la cantidad de pancartas y consignas que hablaban desde la “ciencia” y contra la “ideología” (¡…!), cómo si la ciencia estuviera libre y aséptica de presupuestos. De hecho, los grupos LGBTI también se arrogan el habla desde la ciencia y contra la fe. Graciosa similitud, si se quiere, pero en lo que a mí me toca, como protestante, me parece un pensamiento no sólo complejo, sino riesgoso, por lo menos desde el punto de vista comunicacional, toda vez que no hay ningún argumento fuera del campo ideológico que permita decir “menos estado”. La negación de un estado totalitario o de un estado visto como el papá que actúa por una masa se condice con los principios del cristianismo. Vaya un no rotundo a la “estadolatría”. Pero vaya también un no rotundo a la “estadofobia”. “Menos estado” es producto de la “estadofobia” que emerge del pensamiento liberal y no de la Escritura. Si bien es cierto, la Biblia no nos muestra un sistema político acabado por el cual jugarse en su implantación en la sociedad, si nos brinda principios de acción, entre los cuales aparece claramente la autoridad del magistrado civil a la hora de trabajar por el bienestar de la ciudad. En ese sentido, puede que hoy no nos gusten ciertos proyectos de ley relacionados con la familia, pero un estado activo ha permitido la concreción de leyes como la de matrimonio civil, o las que sancionan la violencia intrafamiliar. ¿Te imaginas que ocurriría con “menos estado” frente a una mujer golpeada y llevada a la muerte dentro de un hogar? ¿Nadie debe meterse con la familia? La ideología del “menos estado” se sustenta en las ideas secularizadoras que piensan que el humano es bueno por naturaleza y que en ese marco está dotado de ejercer libertad individual, no comunitaria, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Concluyendo: creo que el derecho preferente a la educación de los niños/as es de padres, madres o tutores asignados; creo que dicho derecho genera el deber constante de vivir junto a los hijos/as esforzándose en su educación; creo que el estado no debe coartar la libertad de acción y pensamiento de las familias que educan a sus hijos en una determinada fe; y creo que el estado tiene deberes a la hora de garantizar, por ejemplo el derecho universal a la educación, en los que la escuela cumple un papel, y también en la regulación social que debilita la aparición de sectas que dañan la vida de las personas.

Más familia entonces, con educación desde la casa, reforzada en la escuela con los conocimientos por área de saber y en la iglesia, para los cristianos, respecto de la fe, junto con un estado que garantiza y promociona derechos y al que se le regula desde la ciudadanía con participación democrática activa y constante.

Luis Pino Moyano.