Consentimiento.

No deja de asombrarme que algunos hermanos (y esto no en genérico, sino como sustantivo común masculino), reaccionen tan destempladamente frente a un proyecto de modificación del Código Penal que busca proteger a víctimas de abuso, introduciendo el concepto de “consentimiento”. El texto diría:

«El acceso carnal sin el consentimiento de la víctima, ya sea por vía vaginal, anal o bucal, constituye violación y será castigado con la pena de presidio mayor en su grado mínimo a medio.
La mera inacción o falta de resistencia de la víctima no constituye manifestación de consentimiento.
Se entenderá, especialmente, que no hay consentimiento de la víctima en cualquiera de los casos siguientes:
1º Cuando se usa fuerza o intimidación;
2º Cuando se aprovecha de la privación de sentido de la víctima o de su incapacidad para oponer resistencia;
3º Cuando se abusa de la enajenación o trastorno mental de la víctima; y
4º Cuando haya participación de más de una persona en la perpetración de los hechos”.

La Biblia – el libro sagrado de los cristianos, que tiene la sexualidad como un regalo de Dios, planteando que ésta no sólo es para la procreación, sino principalmente para el placer de un hombre y mujer que dejan padre y que se funden en un solo ser-, introduce, también, la idea del mutuo consentimiento. El apóstol Pablo (sí, el mismo que es acusado de misoginia por personas que leen los textos por encima) señaló a los cónyuges de la iglesia de Corinto:

«La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración” (1ª Corintios 7:4,5).

El texto apela que quienes se unen en matrimonio, hombres y mujeres, deben dejar de pensar en su individualidad, para pensar en el otro. ¿Notan que hombres y mujeres son convidados a vivir una sexualidad constante? ¿Notan ustedes que Pablo entiende que la mujer tiene el mismo derecho a vivir la sexualidad que el hombre? Y si bien es cierto, el texto alude al mutuo consentimiento a la hora de pensar en la abstinencia, esto no deja de ser un principio que puede ser aplicado a toda la vida sexual al interior del matrimonio. El sexo no se obliga, porque el amor no se obliga. Hombres y mujeres fueron creados con dignidad, por ende, el trato digno debe considerar lo que se vive en el espacio público como aquello que se vive en la intimidad. De hecho, por lo mismo, la defensa del matrimonio según la Biblia es clave acá. Las firmas en una libreta de familia no sólo obligan a los contrayentes, sino que, a la vez, defienden a los mismos, según corresponda.

El cuerpo en la teología cristiana no es mera materia, ni mucho menos es malo, sino que es templo del Espíritu Santo. El sexo involucra la totalidad del ser. Es también, experiencia de espiritualidad que adora al Dios de la vida que creó el placer.

¿Tanto nos cuesta entender que es hora de tomar conciencia que no porque ciertas prácticas estén normalizadas son correctas? ¿Tanto nos cuesta ponernos en el lugar de las víctimas de abusos sexuales? ¿Tanto nos cuesta entender que hay mujeres cristianas que son violadas dentro de sus propias casas por sus cónyuges? De hecho no logro entender la incoherencia de la caricaturización de este proyecto: un día los evangélicos defendemos la moral sexual según la Biblia, y al día siguiente, hoy por ejemplo, defendemos la promiscuidad y prácticas atentatorias como las que el Código Penal sancionaría. No logro ver la perversidad detrás de la modificación propuesta. Al contrario, creo que el prurito “anti» no nos deja ver más allá de nuestros ombligos.

Cuidemos nuestras expresiones en el espacio público, sobre todo cuando por nuestra poca empatía, sumada a una impotente actitud de mera reacción frente a lo que acontece a nuestro alrededor, no sólo no podamos percibir los instantes de verdad de quienes no son creyentes, sino tampoco podamos notar el dolor de quienes sufren, entre quienes con una seguridad que apena, lamentablemente, hay personas que comparten la fe con nosotros.

Claramente necesitamos ser reeducados…

Luis Pino Moyano.

“¡Más familia, menos estado”. Mi lectura del eslogan.

El denominado “bus de la libertad” ha traído una serie de reacciones en medios de prensa y en las redes sociales. Quisiera comenzar señalando que considero que mis hermanos en la fe, junto a otros sujetos, de los grupos denominados, a veces peyorativamente, como “pro-familia”, están en todo su derecho de hacerlo, ya sea en sus lugares de reunión, en las calles de las ciudades del país o en instituciones en las que se discutan estos temas. La libertad de expresión debe no sólo garantizarse sino defenderse, por más que se esté en desacuerdo de las ideas expresada, teniendo como única consideración de censura, cuando éstas atentan contra el estado de derecho o cuando en el marco de la expresión de ideas se expresan actos de violencia física o de maltrato verbal de sesgo intolerante real. Digo esto, porque he visto mucha victimización, y ésta poco ayuda a la hora de entablar diálogo y discusión en la sociedad y, en mi opinión, ambos sectores en pugna respecto de este tema, han recurrido a este discurso que emociona y/o causa escozor en quien lo ve. Ni el bus, como performance comunicativa, ni las declaraciones de las élites de los movimientos LGBTI son “incitaciones a la violencia”. Las palabras duras no rompen huesos. Lo realmente violento es acallar una voz que legítimamente puede expresarse en la sociedad, acudiendo a la prepotencia de decir “estoy del lado de la ciencia y por ello de la verdad”.

Dicho eso, quiero pasar al eslogan en cuestión. Me lo he topado en los noticieros, en el inicio del Facebook, y hoy, en una calle de Santiago, cuando me topé con el momento final de la marcha de los grupos que defendían la acción simbólico-comunicacional del “bus de la libertad”. “¡Más familia, menos estado!”, así, con signos de exclamación, porque es un grito de lucha. Grito que obnubila la mirada con una media verdad. Explicaré por qué.

Me parece que la lucha por “más familia” es un principio conducente con el mandato social expresado en la Biblia desde el Génesis en adelante. Una familia activa, vital, centrada en la búsqueda de la gloria de Cristo, campo de misión y desarrollo de todas las posibilidades de expresión con las que hemos sido dotados por el Creador. Familia como lugar de discipulado: caminata de padre, madre e hijos e hijas que siguen a Jesús. Lugar de relación, cercanía, amor, crecimiento, maduración. Más familia, sí. Pero de verdad, no mero panfleto. Porque es súper fácil decir “más familia” cuando no se participa en nada de la educación de los hijos, de su crianza, de su discipulado. Es súper fácil decir “no tocas a mis hijos”, cuando ni siquiera tú los tocas, siendo sólo alguien que ha procreado sin ser padre o madre. Un padre y una madre que viven la fe de Jesús entienden que deben ser activos en la educación de sus vástagos sin tercerizar su labor, ya sea en la escuela o en la iglesia.

“Menos estado”. ¿Por qué? Una de las cosas que más me llamó la atención de la marcha con la que me encontré, fueron la cantidad de pancartas y consignas que hablaban desde la “ciencia” y contra la “ideología” (¡…!), cómo si la ciencia estuviera libre y aséptica de presupuestos. De hecho, los grupos LGBTI también se arrogan el habla desde la ciencia y contra la fe. Graciosa similitud, si se quiere, pero en lo que a mí me toca, como protestante, me parece un pensamiento no sólo complejo, sino riesgoso, por lo menos desde el punto de vista comunicacional, toda vez que no hay ningún argumento fuera del campo ideológico que permita decir “menos estado”. La negación de un estado totalitario o de un estado visto como el papá que actúa por una masa se condice con los principios del cristianismo. Vaya un no rotundo a la “estadolatría”. Pero vaya también un no rotundo a la “estadofobia”. “Menos estado” es producto de la “estadofobia” que emerge del pensamiento liberal y no de la Escritura. Si bien es cierto, la Biblia no nos muestra un sistema político acabado por el cual jugarse en su implantación en la sociedad, si nos brinda principios de acción, entre los cuales aparece claramente la autoridad del magistrado civil a la hora de trabajar por el bienestar de la ciudad. En ese sentido, puede que hoy no nos gusten ciertos proyectos de ley relacionados con la familia, pero un estado activo ha permitido la concreción de leyes como la de matrimonio civil, o las que sancionan la violencia intrafamiliar. ¿Te imaginas que ocurriría con “menos estado” frente a una mujer golpeada y llevada a la muerte dentro de un hogar? ¿Nadie debe meterse con la familia? La ideología del “menos estado” se sustenta en las ideas secularizadoras que piensan que el humano es bueno por naturaleza y que en ese marco está dotado de ejercer libertad individual, no comunitaria, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Concluyendo: creo que el derecho preferente a la educación de los niños/as es de padres, madres o tutores asignados; creo que dicho derecho genera el deber constante de vivir junto a los hijos/as esforzándose en su educación; creo que el estado no debe coartar la libertad de acción y pensamiento de las familias que educan a sus hijos en una determinada fe; y creo que el estado tiene deberes a la hora de garantizar, por ejemplo el derecho universal a la educación, en los que la escuela cumple un papel, y también en la regulación social que debilita la aparición de sectas que dañan la vida de las personas.

Más familia entonces, con educación desde la casa, reforzada en la escuela con los conocimientos por área de saber y en la iglesia, para los cristianos, respecto de la fe, junto con un estado que garantiza y promociona derechos y al que se le regula desde la ciudadanía con participación democrática activa y constante.

Luis Pino Moyano.

Relato testimonial: El evangelio que hace volver a casa.

En enero de 2013 comenzaba esta nueva aventura virtual llamada «En el balcón y en el camino», y en el post «¿Por qué este nuevo blog?», daba a conocer las razones para ello. Quería que fuese un espacio en el cual dejar atrás el dualismo que hasta ese momento caracterizaba mi pensamiento y acción, emprendiendo una andada reformada, literal y teológicamente hablando.

Esto, porque el evangelio me había hecho volver a casa, haciéndome dejar de lado una serie de ideas y conceptos ajenos a la Biblia, que regulaban mi mente, mi corazón, mi existencia. Ideas que me hacían separar la política y la fe.

Dios es bueno y me proveyó de una comunidad, de un pastoreo, de amigos, que estuvieron conmigo en este proceso de retomar la fe revelada en la Escritura. En este post, coloco un documento en PDF en el que se puede leer mi testimonio. «El seguimiento de Jesús», «La política, el marxismo», «¿Qué creo hoy en política?» y «Una última cosa, a modo de petición», se titulan las partes del testimonio. Tal vez su lectura pueda ayudarte…

Lee el relato testimonial: «El evangelio que hace volver a casa». 

#NiUnaMenos. Pensando en voz alta.

* Publicado posteriormente en Estudios Evangélicos.

“Mis venas no terminan en mí,

sino en la sangre unánime de los que luchan por la vida,

el amor, las cosas, el paisaje y el pan, la poesía de todos”

(Roque Dalton).

“¡Ni una menos!”, un grito desgarrado, doliente, rabioso… necesario. Tan necesario que se hace evidente lo urgente de una reflexión profunda, detenida, que implique acciones coherentes con el discurso. Es decir, hacer que el “Ni una menos”, sea más que un hashtag que se transforme en trending topic de la red del pájaro azul, o en el eslogan de una campaña, o el emblema de una marcha o movilización como la que se realizará esta noche (19-10-2016), en varios lugares del país, como en el extranjero.

 Respecto a lo anterior, decir que en la sociedad de lo transparente todo urge por ser mostrado en la careta pública, el muro de la red social. Hay una compulsión por decir y estar a tono con lo que ocurre. Lamentablemente, lo que ocurre es lo que suena, lo que aparece en los medios, lo que es trending topic, o asegura muchos likes. #JeSuisCharlie, a propósito del atentado sufrido por la revista Charlie Hebdo en enero de 2015, fue la muestra mayor, a mi gusto, de este ser políticamente correctos en la virtualidad. Pura moda decadente que no tiene correlativa con la realidad cuando el mismo Charlie Hebdo se reía de los inmigrantes sirios. La visibilización es necesaria, pero es un camino corto e inconcluso si no tiene aterrizaje a la realidad y queda simplemente como una foto colgada en la web. Se asume la pancarta de moda, pero en el cotidiano no se establecen relaciones significativas y coherentes con lo dicho, y se aplasta con palabras y acciones a quienes nos parecen diferentes. Por otro lado, y en el mismo tono, resulta aberrante que el criterio de evaluación de las luchas por mejores condiciones de vida se realicen en torno a lo que se publica o no en las redes sociales, o si se puso una bandera traslucida en la fotografía de perfil o en el avatar, o una imagen ad hoc.

 Cuando uno señala esto se corre un riesgo: pensar que se está en contra del grito, en este caso, de “¡Ni una menos!”. Nada más lejos de mi intención al plantear esto. De hecho, mi crítica es a la banalización del discurso y no al repudio de la violencia machista. De hecho, me parece carente de sentido y vulgar que, a modo de contrarrestar la campaña del #NiUnaMenos, aparezca el hashtag o imágenes con un #NadieMenos. Sin lugar a dudas, creo y pujo, por un “ni una menos” al igual que un “nadie menos”. No veo la contradicción en ello. Pero sí resulta ofensivo no ponerse en el lugar de quienes sufren estructuralmente mayor violencia, jugar a la lógica del empate y reducir a consigna y panfleto algo que no se vive en la cotidianidad.

 De mi parte valoro y reconozco aportes que ha realizado el feminismo, en sus diversas corrientes, al análisis social y a las prácticas políticas y societales, sobre todo de la primera ola del feminismo. Hablo además, del feminismo reflexivo y político, y no del discurso vulgar que repite entelequias sin sentido. Como también, huelga decir, soy crítico de los fundamentos e implicancias de ciertos discursos, sobre todo emergidos de quienes son mayoritariamente tributarias de la segunda y tercera olas del feminismo, de la instalación artificial y ahistórica de un patriarcado esencializado y de la innecesaria fragmentación práctica que es mala consecuencia de la fragmentación analítica. Pero en esta hora, dichos análisis críticos están de más. Resulta insensible, carente de empatía y hasta vergonzante, que no se tenga la disposición a lo menos de comprender la reacción frente a la violencia machista constante que sufren las mujeres, que adquiere ribetes estructurales, como dije anteriormente. Lucía Pérez, de 16 años violada, empalada y asesinada hace unos días atrás en Argentina; Florencia Aguirre, de 9 años, asesinada y quemada por su padrastro en Coyhaique el sábado pasado; Lorenza Cayuan, mujer mapuche, quien dio a luz esposada y con tres gendarmes vigilándola; todos estos hechos y estas mujeres han salido a la luz en menos de una semana y son razón más que suficiente para protestar contra esto.

 Insistamos en esto: hoy no cabe ni buscar las contradicciones respecto al constructo masculino y las tensiones del ser hombre en una cultura como la nuestra. Tampoco el debate sordo desde el cristianismo con la “ideología de género” es oportuno en este momento. Dejemos la victimización a un lado y la acentuación en la antítesis cosmovisional, que suena muy ortodoxa, pero que no abraza el dolor del Otro como propio, haciéndonos parecer más fariseos que buenos samaritanos. Como señalé en otro lugar, una cosa es reaccionar, y otra cosa es ser “reaccionario”. La fe evangélica no es meramente reaccionaria. La fe evangélica es viva, propositiva, proyectiva. Reacciona frente a la ofensa, la distorsión y la perversión; pero, a la vez, piensa su fe, vive lo que cree y confiesa, y actúa glorificando a Dios y extendiendo su Reino.

 Cuando veo esto, pienso, en primer lugar, en el relato de Génesis 38, que nos muestra la historia de una mujer llamada Tamar. Ella fue una mujer abusada sexualmente y vejada socialmente. Pero la historia no termina allí. Ella, explícitamente en el texto, es amada por Dios, a quien se le ve enojadísimo por esos actos injustos y opresores, trazando una historia en la que ella es justificada no sólo religiosamente sino que, también, socialmente, lo que se traduce en un acto reivindicativo de esta mujer. Además, misteriosamente y en un acto de gracia, Dios incluye a esta mujer en la genealogía de Jesús. ¿Qué nos muestra este texto? Que el libro que sin ser leído ni estudiado y que ha sido declarado como un texto que subyuga a la mujer y fundamenta su opresión (es decir, imponiendo sobre él un estereotipo cargado de violencia), dice algo totalmente distinto: que Dios ama a las mujeres, que las ha creado a su imagen y semejanza por lo que su dignidad no está puesta en duda, que jamás se les ha subyugado a una posición inferior en la Biblia y que, por sobre todas las cosas, Jesús de Nazaret también les ha redimido, libertado de cualquier cautividad y esclavitud de la cual sistemas y hombres cobardes y pusilánimes les han impuesto.

 Y pienso también en el texto de Gálatas 3:26-28 que me correspondió predicar hace unas semanas atrás. Dice Pablo: “Pues por la fe en Cristo Jesús todos ustedes son hijos de Dios, ya que al unirse a Cristo en el bautismo, han quedado revestidos de Cristo. Ya no importa el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo”[1]. El texto que escribe el apóstol es sumamente contracultural. Para el tiempo en que fue escrito, quienes no eran judíos eran considerados “perros”, y aunque fuesen prosélitos de dicha religión, nunca llegaban a ser considerados “hijos de Abraham”; por su parte, la sociedad grecolatina, tenía un desprecio profundo por los esclavos, a los que consideraban un “implemento animado”; súmese tanto para judíos y gentiles, la extrema jerarquización que dejaba a la mujer en completa inferioridad. Todas estas distinciones deben ser abandonadas porque todos somos iguales en Cristo. Dios, en su pueblo, elimina las barreras culturales, sociales y de género, lo que se traduce en que ninguna distinción humana sirve como ventaja en términos de salvación.

 Pero hay un detalle, que es contracultural en dicho texto para el presente. Hay algunas tendencias de moda, que se molestarían mucho con respecto al uso de la palabra “hijos de Dios” y que no se hable, también, de “hijas de Dios”. Aquí me gustaría citar a Timothy Keller, quien comentando este texto y en diálogo con la cultura actual, señala que esa preocupación genera el perderse la “naturaleza revolucionaria” y “radicalmente igualitaria” de la expresión. Dice: “En la mayoría de las culturas antiguas, las hijas no podían heredar propiedades. Por lo tanto, ‘hijo’ significaba un ‘heredero legal’; lo que era un estatus prohibido para las mujeres. Pero el evangelio nos dice que todos somos hijos de Dios en Cristo. Todos somos herederos. De manera similar, la Biblia describe de forma conjunta a todos los cristianos, incluyendo a los hombres, como la ‘novia de Cristo’ (Apocalipsis 21:2). Dios es imparcial en Sus metáforas de género. Los hombres son parte de la novia de Su Hijo; y las mujeres son Sus hijos, sus herederos. Si no dejamos que Pablo llame a las mujeres cristianas ‘hijos de Dios’, perdemos lo radical y maravillosa que es esta afirmación”[2].

 La Biblia no da lugar al machismo, no fundamenta la opresión ni la marginación de las mujeres. También genera una base mucho más rotunda para condenar la idea que justifica o busca paliar el daño realizado, cuando se dice que “las mujeres provocan a los hombres con sus vestidos cortos y bla bla bla”. Cuando Jesús habla del adulterio que se produce en el corazón, da una base trascendental-religiosa contra este tipo de abuso comunicacional (véase Mateo 5:27-30). Ni maltrato, abuso, violación, acoso sexual privado ni callejero ni infidelidad son avalados por el Dios de la vida revelado en la Escritura. Por eso, es mi anhelo que el Cristo Redentor, autor y consumador de la fe, bendiga grandemente a las mujeres, y que nos responsabilice y ayude, como hombres y sociedad, en la tarea de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Él tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas…

 Cada día tiene su propio afán, nos planteaba Jesús (Mateo 6:34). Ni una menos, nadie menos. Pero hoy, en este caso, el grito unánime, acompañado de la acción correspondiente, sin lugar a dudas, debiese ser NI UNA MENOS.

 Luis Pino Moyano.


[1] Tomado de la Biblia Dios habla hoy.

[2] Timothy Keller. Gálatas para ti. Medellín, Poiema Publicaciones, 2014, p. 96.

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Un libro de sexo y una sobre-reacción “evangélica”.

Hace un par de semanas, por iniciativa de la Municipalidad de Santiago, fue publicado el libro “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, el que tiene como finalidad fortalecer los programas de educación sexual de los colegios municipales de dicha comuna. Las reacciones no se hicieron esperar, algunas bastante destempladas, por decir lo menos. Ojo, mi post no apunta a criticar la posibilidad de reaccionar. Es parte de nuestra vida de fe en el mundo que nos toca vivir reaccionar a los estímulos que nos presenta la cultura imperante. Pero una cosa es reaccionar, y otra cosa es ser “reaccionario”. La fe evangélica no es meramente reaccionaria. La fe evangélica es viva, propositiva, proyectiva. Reacciona frente a la ofensa, la distorsión y la perversión; pero, a la vez, piensa su fe, vive lo que cree y confiesa, y actúa glorificando a Dios y extendiendo su Reino.

 ¿Por qué hablo de sobre-reacción?

  • Porque los creyentes tenemos (o debiésemos tener) clara la cosmovisión bíblica respecto de la familia.

La Biblia nos muestra de manera muy clara qué es la familia y cuál es su misión. Y sí: nos habla de la heterosexualidad del esposo y la esposa, nos habla de la monogamia y su exclusivismo (“dejará el hombre a su padre y su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”), nos habla de la sexualidad como fuente de placer y procreación, nos habla de la crianza de hijos y de roles que todos debemos cumplir. Pero por sobre todas las cosas, la Biblia nos habla de que la familia no es base de nada, porque sólo Cristo es la roca. Y, por ende, la misión no es la exaltación de los sujetos que la componen, sino que es la gloria de Dios y la extensión de su Reino.

Ahora bien, dicha cosmovisión bíblica prepondera en la iglesia, y no necesariamente en los no-creyentes. Si hay algo que nos une y diferencia entre todos los sujetos, es que cada cual tiene un lugar de habla, una cosmovisión, que da significado y dota de sentido lo que se ve y se hace. En ese sentido, claramente nosotros los creyentes tenemos todo el derecho de expresar nuestras opiniones en el espacio público, aunque para el desprecio de algunos, éstas procedan de nuestro credo religioso. Pero también, debemos tener la clara noción de que no necesariamente influiremos con nuestra opinión en los no-creyentes, y que ellos tendrán sus propias visiones acordes a lo que creen y postulan.

Dos cosas para finalizar este punto: a) fíjense por favor en que dos veces insisto en un “no necesariamente”; y b) esto que parece ser un párrafo sólo para creyentes, en realidad lo es en primera instancia, pero lo es también para no-creyentes. Tú, que no eres creyente, también tienes tu cosmovisión, tus prejuicios en el sentido semántico de la expresión (y como, por ejemplo, Gadamer lo usa en su “Verdad y método”), que no necesariamente tienen correlato con una ciencia de corte naturalista, sino que, también, son objetos de fe. ¿Qué obstaculiza tu diálogo con un creyente?

  • Porque el libro no promueve en ningún momento una determinada práctica sexual.

Las primeras cosas que vi con respecto al libro fue la idea de que el libro promovería la práctica del sexo anal. Quiero ser muy honesto. Cuando leí el libro, traté de usar una hermenéutica empática con mis hermanos de fe. Traté de ponerme en su lugar. Pero en ningún momento el libro promociona dicha práctica. Dos razones que puedo dar: la primera, específica a esa temática, es que de la misma manera que el libro señala la existencia de dicha forma de relación sexual, plantea la posibilidad de contraer enfermedades de transmisión sexual. Es decir, se plantea la existencia y el riesgo. Y, en segundo lugar, porque el libro provee respuestas a preguntas de adolescentes de los colegios municipales. Trece jóvenes, de diez colegios municipales de Santiago, participaron en la puesta en común de preguntas de sus propios compañeros.

Padre cristiano, ¿tú crees que tus hijos o hijas no hacen este tipo de preguntas? ¿Estás seguro que puedes controlar todo lo que pasa por la cabeza y el corazón de tu hijo/a? ¿Crees que la historia contada en la película “Joven y alocada” es una excepción a lo que ocurre en la cotidianidad de jóvenes evangélicos? Por mucho tiempo he trabajado con jóvenes cristianos, y por un tiempo trabajé con adolescentes y jóvenes haciéndoles clases, y estas y otras preguntas surgían de ellos. Me referiré en el próximo punto sobre la educación sexual, pero antes de eso quisiera proponer lo siguiente: reacciona al libro “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”, léelo, estúdialo comparativamente con otros materiales, y dialoga con tu hijo basado en tu cosmovisión cristiana, asumiendo lo que haya que asumir, transformando lo que haya que transformar, y rechazando lo que se tenga que rechazar. Actúa desde una posición contracultural que no ve el libro y otros recursos como enemigos, sino como posibilidades de compartir una mirada de la sexualidad desde la fe cristiana.

  • Porque me parece que la idea de la educación sexual dentro del hogar, tanto en las familias como en las iglesias, en la generalidad, no es más que un bello sueño.

Es sumamente fácil en la reacción al libro, protestar diciendo “¡La educación le corresponde a los padres y las madres, dentro del núcleo familiar!”. Y yo concuerdo con eso. Concuerdo en que no hay que tercerizar la educación ni a la iglesia ni a los colegios. La Biblia habla del padre de familia como quien toma a sus hijos, como si fueran flechas en manos de un sujeto diestro con el arco, direccionando a sus hijos en un camino recto. Claramente la educación es responsabilidad de la familia. Pero, ¿cuántos padres y madres dentro de los hogares cristianos educan con respecto a la sexualidad a sus hijos? ¿Sus hijos tienen otra alternativa que ir a sus profesores o a sus pares a preguntar sobre el tema? ¿Cuántas preguntas son respondidas sin evasivas, vergüenza y con fundamentos sólidos? ¿A qué edad esperas enseñar a tu hijo/a sobre la temática?

Dentro de mi vida en la iglesia (me congrego desde los 6 años, hoy tengo 34 años), una de las cosas más dolorosas que me ha tocado ver es cómo jóvenes creyentes chocan con el embarazo precoz, precisamente, por falta de una educación sexual sana, fundada en la Biblia y en las verdades que dicen las ciencias que abordan este asunto. Y sobre todo, pienso en las chicas que viven esta experiencia, pues en una sociedad en la que impera el machismo, a ellas se les ha hecho mucho más difícil vivir con un bebé. Reitero la pregunta: ¿cuántos padres y madres dentro de los hogares cristianos educan con respecto a la sexualidad a sus hijos? Pero sumo otras dos: ¿cuántas iglesias tienen dentro de sus planes y programas educar sobre la sexualidad, desde principios, pero también respondiendo sin tabúes a las preguntas honestas que adolescentes y jóvenes tienen? ¿Cuántas editoriales cristianas han invitado a expertos en la Biblia y a diseñadores gráficos para generar libros fáciles de leer y atractivos visualmente, como el “100 preguntas sobre sexualidad adolescente”? Lamentablemente, el grito de “¡nosotros somos los que educamos!” no se queda más que en panfleto lindo pero irreal.

¿Cuál es la invitación?

  • Reaccionar contraculturalmente;
  • pensar y vivir de acuerdo a la fe, en este caso en lo referido a la sexualidad;
  • dejar de ser minoría que se victimiza buscando enemigos por doquier;
  • pasar, de una vez por todas, de lo dicho a lo que se hace concretamente.

Luis Pino Moyano.


Algunas de estas cosas las conversé previamente con mi amigo Jano Molina, quien influyó en algunas de estas reflexiones, pero a quien libero, obviamente, de la responsabilidad de estas letras.

Aprendiendo a hablar con Dios de mi familia.

Martin Luther King orando junto a su familia por los alimentos.

Este domingo 8 de febrero compartí la Escritura en la Iglesia Refugio de Gracia. Se trató del Salmo 127, en un sermón titulado «Aprendiendo a hablar con Dios de mi familia».

Algunas premisas del Sermón tienen que ver con la oración y con la familia:

La oración no es simplemente comunicación con Dios. Es también disciplina espiritual. Por ende, es algo que se tiene que aprender. ¿Qué debemos aprender? Aprender a conversar con Dios con todo lo que ello implica: a) aprender a leer orando la Escritura, b) cantar con gozo, c) llorar con esperanza, d) pedir con sabiduría, e) arrojar nuestros proyectos a las manos del Señor, f) guardar silencio cuando no sabemos que pedir (¡el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles!). Y los salmos son una buena escuela para ello».

La Biblia nos muestra de manera muy clara qué es la familia y cuál es su misión. Y sí: nos habla de la heterosexualidad del esposo y la esposa, nos habla de la monogamia y su exclusivismo (“dejará el hombre a su padre y su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”), nos habla de la sexualidad como fuente de placer y procreación, nos habla de la crianza de hijos y de roles que todos debemos cumplir. Pero por sobre todas las cosas, la Biblia nos habla de que la familia no es base de nada, porque sólo Cristo es la roca. Y, por ende, la misión no es la exaltación de los sujetos que la componen, sino que es la gloria de Dios y la extensión de su Reino.

Les comparto el audio de dicha predicación:

También, les comparto los apuntes, a los que pueden acceder haciendo clic aquí.

Un abrazo, Luis Pino Moyano.

 Muchas gracias al Pastor Cristóbal Cerón de la Iglesia Santiago Apóstol quien me invitó a compartir la Escritura en su comunidad el domingo 25 de enero de 2015, en la serie «Salmos: aprendiendo a hablar con Dios», que dio pie a esta reflexión bíblica.