¡Que arda la iglesia!

“La única iglesia que ilumina es la que arde”, junto a otros gritos que esparcían su malestar y rabia contra la iglesia y la imagen de Dios (algunos irrepetibles, por quienes somos creyentes, aunque los dijésemos entre comillas), fue uno de los eslóganes producidos por los anarquistas españoles de la primera mitad del siglo XX, quienes, huelga decirlo, fueron muy influidos por el cientificismo positivista. El anarquismo español fue el más laicista y anticlerical de dicha expresión política, y el que por razones idiomáticas y de redes organizativas, influyó más en América Latina. No por nada, dichas consignas han vuelto a aparecer, y a expresarse en la realidad concreta, en las escenas iconoclastas del reventón social de octubre y noviembre de 2019, y quizá por cuánto tiempo más. 

Como protestante de raigambre reformada, no creo en la existencia de lugares sagrados y profanos, en una separación binaria que olvida que Cristo es Señor de todo. Pero, eso no obsta para que las acciones iconoclastas, de quema de templos y bandalización de los mismos, sea del todo repudiable y lamentable. E insisto, no por el lugar ni por los objetos, sino porque lo único que muestran estos actos, es a personas que enarbolan las banderas de la libertad, pero que sólo refieren a una emancipación que es ensimismada e individualizada, construyendo un conservadurismo y moralidad, contradictoriamente semantizados como progresistas. Buscan destruir a Dios y las religiones, pero terminan levantando otro altar, el de sus egos y de sus verdades relativas e individuales que desechan la posibilidad de dialogar en sociedad y aceptar las diferencias, y los afectos de personas que construyen sus propias redes sociales al alero de una comunidad eclesial. Bajo la misma lógica, esa religión secularizada, también debería arder. 

Pero quisiera re-dirigir mis palabras a otro asunto, resemantizando el eslogan, dándole otro significado y contenido. Uno que me permita gritar a voz en cuello y a desear con todas las fuerzas de las que tengo posibilidad: “¡Que arda la iglesia!”. Sí, que arda la iglesia. 

La iglesia tiene que arder, sobre todo, para que en un momento inicial podamos: a) quemar la inmoralidad del abuso de poder, expresado en maltratos económicos, eclesiales y de índole sexual; b) quemar la indecencia del enriquecimiento ilícito, amparado en “bancos celestiales” presididos por el dios del consumo al que no se le ofrenda, sino que se le pacta en lógica de oferta y demanda; y c) quemar la indolencia frente a la injusticia social, lo que se traduce en prácticas que van desde una actitud carente de misericordia frente a la pobreza y desamparo de nuestros prójimos, el desalojo de una ética cristiana fuera de la esfera eclesial y, en el peor de los casos, reproducir las acciones pecaminosas de otros bajo la excusa barata de un “todos lo hacen”. Mientras no reconozcamos la responsabilidad por comisión u omisión de nuestras comunidades cristianas, coadyuvando al malestar de cientos y miles de conciudadanos, seguiremos marcando el paso con un mensaje carente de sentido para el aquí y el ahora. El cristianismo lucha contra nuestra falta de realidad [1]. Seguimos a un Señor y Maestro, Jesús de Nazaret, que recorría las aldeas y ciudades predicando y enseñando el evangelio del Reino y, a la vez, sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo (Mateo 9:35). Cristo se compadece de quienes tienen hambre y carecen de pastor (Mateo 9:36), sana a los enfermos, toca a quienes son inmundos ceremonialmente (Mateo 8:1-3), conversa con aquellos que son considerados los parias de la sociedad (Lucas 19:1-10; Juan 4:1-42) y celebra asegurando que la fiesta no termine antes de tiempo (Juan 2:1-12). 

La iglesia tiene que arder en su tarea en el mundo. Juan Calvino, cuando definía a la iglesia señalaba que se trata de: “toda la multitud de hombres esparcidos por toda la Tierra, con una misma profesión de honrar a Dios y a Jesucristo; que tienen el Bautismo como testimonio de su fe; que testifican su unión en la verdadera doctrina y en la caridad con la participación en la Cena; que consienten en la Palabra de Dios, y que para enseñarla emplean el ministerio que Cristo ordenó” [2]. Probablemente, en esta definición nuestra vista se vaya rápidamente a los actos litúrgicos y de conocimiento escritural mencionados por el teólogo francés, pero esas tareas sólo pueden ser desarrolladas de manera consistente, sí y sólo sí, la iglesia es entendida como comunidades que están “esparcidas por el mundo”. Es mientras que la iglesia institucional y la orgánica (nosotros, los creyentes, somos la iglesia), caminamos en medio del espacio geográfico que nos toca, que cumplimos nuestra tarea de hacer discípulos, de integrar a nuevos miembros y de enseñar la Palabra de Dios, junto con la tarea de colaborar con la extensión del Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo (Romanos 14:17), y con nuestras manos, en el trabajo que desarrollamos en el día a día, produciendo bienestar para quienes son beneficiarios de lo que hacemos [3]. El pastor y misionero David Trumbull, señaló en 1879 que: “Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo” [4]. La esperanza de Trumbull no estaba en un cambio constitucional ni en la relación estratégica con liberales, radicales y masones -aunque ambas cosas podrían haber sido necesarias en dicha época-, sino en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin. La luz del evangelio debe iluminar en medio de la oscuridad, con la proclamación fiel de la Palabra de Dios, y además, en la muestra de amor al prójimo que se manifiesta en prácticas de justicia y misericordia, y en el trabajo realizado con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. Disociar esas tareas evangélicas, presenta una mirada parcial y débil del evangelio mismo, y diluye el entendimiento de su alcance y poder de transformación. 

La iglesia tiene que arder en la esperanza escatológica, la que se fundamenta en la obra de aquél que ni la tumba pudo retener, y no radica en un mero cambio social, sea del tinte político que sea. Un día todas las tiranías y todos los reinos de la tierra caerán, pero el reino de Cristo, el Señor en quien debe estar nuestra esperanza y fe, prevalecerá para siempre. Nuestra esperanza está en Cristo. ¡Él consumará la historia! ¡Él construirá la verdadera justicia! ¡Él construirá la paz! ¡Él establecerá el lugar en el que su pueblo podrá encontrarse de manera plena con Dios, con el prójimo y con la buena creación de Dios! Ningún hombre o mujer puede lograr aquello. Todo eso, no implica quietismo ni pacifismo, sino que entiende equilibradamente nuestro papel y el de Cristo. El “venga tu reino” y “hágase tu voluntad”, van de la mano, en el Padrenuestro (Mateo 6:10). Nuestra esperanza no está en lo que tú y yo podemos hacer. No está en nuestros bienes y profesiones temporales. No está en que te libres cuidándote sólo a ti y no preocupándote de quienes te rodean. La esperanza que no defrauda está en Cristo. En lo que Él hizo por ti y por mi en la cruz, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. ¿De dónde proviene, entonces, nuestro amor y justicia? Tienen que venir de Cristo. No nos dejemos dominar por los discursos de nuestra época. El evangelio debe ser el fundamento. No hay amor verdadero que no se sustente en Dios. No hay justicia social verdadera que no se sustente en Dios. No hay valoración de la vida humana que no se sustente en Dios. No hay paz verdadera y perdurable que no se sustente en Dios. ¡En él debemos poner nuestra mirada hoy! (Véase sobre esto último el Salmo 145).

La iglesia tiene que arder en el amor a quienes profesan la misma fe. La iglesia es, por definición, la comunidad de los distintos que han sido unidos por la gracia de Dios, el único lugar del mundo en el que pueden y deben convivir aquellos que fuera de su marco jamás se habrían juntado ni, mucho menos, amado. Por tanto, la iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio, a saber, la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz (1ª Pedro 1:18-20). Somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás. En Cristo, somos uno (Efesios 2:11-22; 4:1-16). Y si tenemos como mayor cualquier cosa ocurrida en el país en el devenir histórico, a un actor político del pasado o del presente o un determinado principio filosófico-político-o-económico, y eso obstaculiza nuestra relación de hermanos con otros creyentes, estamos poniendo una cosa insignificante en lugar de Cristo, como señor y dios de la vida, sustituyendo a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Si amamos más un determinado proyecto político que a nuestro propio hermano, como lo mandata la Escritura, no estamos siguiendo uno de los principales mandamientos de quienes seguimos a Jesús (Juan 15:17; 1ª Juan 4:7,8,20,21).

La iglesia tiene que arder en la búsqueda y práctica de una espiritualidad bíblica, en una genuina pentecostalidad de la iglesia. El anhelo por ser llenos del Espíritu Santo no es ni debe ser patrimonio de las comunidades de nuestros hermanos pentecostales, sino de todo el pueblo de Dios. Las palabras de Kuyper deben ser un llamado a nuestras conciencias: “A menos que Dios envíe su Espíritu, no habrá ningún cambio, y espantosamente rápido descenderán las aguas. Pero ustedes recuerdan el Arpa Eólica que a los hombres les gustaba poner fuera de sus ventanas para que la brisa pudiera convertir la música en vida. Hasta que el viento soplaba, el arpa permanecía en silencio; mientras que, nuevamente, a pesar de que el viento soplaba, si el arpa no se hallaba lista, un susurro del viento podía oírse, pero ni una nota de música etérea deleitaba el oído. Ahora bien, puede que el calvinismo [y sin duda, a mi juicio, la apelación al calvinismo, podría sustituirse por la fórmula “todo el cristianismo bíblico e histórico”] no sea otra cosa sino un arpa eólica –absolutamente impotente, por así decirlo, sin el avivamiento del Espíritu de Dios- pero aún sentimos que es nuestro deber impuesto preservar nuestra arpa y sus cuerdas entonadas correctamente, lista en la ventana de la Sión Santa de Dios, esperando el aliento del Espíritu” [5]. Sólo el Espíritu Santo tiene la posibilidad de transformar nuestros corazones, es decir, nuestros intelectos, emociones y voluntad (Romanos 8:1-17). Sólo el Espíritu Santo producirá la fuerza vitalizadora para que la iglesia esté compuesta de testigos fieles del evangelio (Hechos 1:8) y viva de acuerdo a la Palabra de Dios. Sólo el Espíritu Santo nos guiará a la verdad y a la justicia (Juan 16:13). La iglesia tiene que arder de rodillas, orando, orando mucho. Esa oración, con la Biblia abierta y en nuestros corazones, marcará la agenda a seguir, aún en medio de las convulsiones sociales  o crisis personales y colectivas que podemos vivir.

Sí, que arda la iglesia… 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] Quien mejor apela a esta falta de realismo del cristianismo contemporáneo, a mi juicio, es Francis Schaeffer. Véase: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; y, Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973. 

[2] Juan Calvino. Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro IV, Capítulo 1, Nº 7. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 811.

[3] Soy tributario acá de la propuesta de Timothy Keller. Véase: Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, pp. 263-406.

[4] La Piedra viva, verdadera y divina. Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. 

[5] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 252. Corresponde a la Conferencia “El calvinismo y el futuro”.

¿Qué es Fe Pública? ¿Qué estamos haciendo?

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En agosto de este año comenzamos a trabajar para dar vida a un núcleo de estudios llamado “Fe Pública”. Este espacio reúne a cristianos de distintos horizontes disciplinarios y que tiene por finalidad la articulación, desarrollo y aplicación del pensamiento reformacional a diversas áreas del saber y quehacer humanos. Tenemos como misión, ser un espacio de encuentro entre cristianos evangélicos dedicados a trabajar desde el pensamiento reformacional en colaboración y comunidad, anhelando, imaginando, pensando, diseñando y haciendo esfuerzos conjuntos que faciliten la manifestación del Reino de Cristo y permitan su mayor visibilidad en todos los ámbitos de la realidad creada.

Integramos este núcleo de estudios: 

  • Luis Aránguiz Kahn. Licenciado en Letras con mención en Lingüística y Literatura Hispánicas, Pontificia Universidad Católica de Chile, y Magister en Estudios Internacionales USACH; 
  • Luis Pino Moyano, Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales Universidad Academia de Humanismo Cristiano; 
  • María Jesús Cordero, Abogada, Licenciada en Derecho Universidad Católica de la Santísima Concepción, Chile, y estudiante del programa de Master en Ciencias de las Religiones y Sociedades Universidad de Artois, Francia; 
  • Jonathan Muñoz, Licenciado en Teología Seminario Teológico José Manoel da Conceição, Brasil; 
  • Gonzalo David. Licenciado en Teología Seminario Teológico Presbiteriano, Chile, y estudiante del programa de Master en Teología Facultad de Teología Protestante de París, Francia; y,
  • Javiera Abarca, Licenciada en Filosofía Universidad Alberto Hurtado.

En este período de marcha blanca hemos organizado un conversatorio, titulado “Fe Pública: la vigencia del pensamiento reformacional para Latinoamérica, en el que presentamos introducciones a pensadores reformacionales clásicos y contemporáneos: Abraham Kuyper y Herman Dooyeweerd; Alvin Plantinga, Nicholas Wolterstorff y Bob Goudzwaard. Puedes ver más detalle de estas actividades, haciendo clic aquí. Luego, hemos participado junto a otras organizaciones misionales y de trabajo estudiantil dos conversatorios titulados “Hablemos de verdad”, en los que miembros de nuestro núcleo han participado en la reflexión sobre la situación crítica del país, teniendo como marco teórico el pensamiento reformacional.

De todos estas instancias, o de manera periférica a ellas, han surgido una serie de textos, que han sido publicados en la revista virtual “Estudios Evangélicos”: Los comparto a continuación:

a. Sobre propuestas reformacionales:

Luis Pino. El neocalvinismo, el ser humano, sus derechos y un mundo posible. 

Gonzalo David. Wolterstorff, pensamiento reformacional y matrimonio entre personas del mismo sexo. 

b. De los conversatorios “Hablemos de verdad”. 

Jonathan Muñoz. Una primera reflexión evangélica acerca del octubre de 2019 en Chile. 

Luis Pino. Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa. 

Javiera Abarca. Guarda tu espada.

Gonzalo David. Calvinismo, crisis social y violencia.

Jonathan Muñoz. Fundamentalismos sin ortodoxia: La tragedia del neoconservadurismo evangélico. 

c. Actualidad nacional. 

Jonathan Muñoz. ¿Qué debemos hacer primero los cristianos ante la injusticia? 

Luis Aránguiz. ¿Podemos los evangélicos pensar un país? 

d. Traducciones de textos.

Bob Goudzwaard. Resistencia cristiana a la cultura de guerra neoliberal. 

J. A. Schlebusch. La escatología política de Groen van Prinsterer y su impacto en el conservadurismo político estadounidense. 

e. Lecturas recomendadas.

Varios autores. Chile despertó: lecturas recomendadas para una vigilia cristiana. 

Te dejamos invitado a que revises nuestra página en Facebook, a la que puedes acceder haciendo clic aquí, donde podrás encontrar más información en el tiempo, de nuevos artículos y actividades publicadas. 

Cordialmente, Luis Pino Moyano. 

40 horas para vivir bien.

Más allá de toda la discusión suscitada por el proyecto de reducción de 45 a 40 horas laborales, que en el congreso ha dado una muestra patente de la política analfabeta exacerbada por el elemento mediático (cuñas para los noticieros o verborragia twittera de 280 caracteres y poca densidad), debe destacarse la necesidad de afrontar una decisión política en torno a esta problemática que afrontamos en Chile. Ocupamos, dentro de los países de la OCDE (que es con los países con los que nos gusta compararnos), el quinto lugar dentro de las mayores jornadas laborales. Eso ya constituye un dato de la causa. Si a eso le sumamos los tiempos de desplazamiento, ¿cuánto pasamos los/as trabajadores/as del país en sus hogares? ¿Cuánto tiempo libre para la actividad que deseemos realizar, sea con la familia, amigos/as o en soledad, tenemos? La cerrazón e inflexibilidad de ciertos dogmas ideológicos no permite que miremos la política económica de un país a escala humana. Los seres humanos tenemos la capacidad de trabajar, no sólo somos “homo sapiens” sino también “homo laborans”… pensamos y hacemos. Pero a su vez, el trabajo no lo es todo, por lo tanto debemos pujar para que no se constituya en aquello que da sentido e identidad para la vida en una lógica de consumo que consume, si se me permite parafrasear a Moulian. 

Las cifras económicas son sumamente relevantes. Y resulta irrisorio que quienes cuestionaron toda la vida el economicismo de la ortodoxia marxista durante la guerra fría, tengan a la disciplina económica como la fuente que basa sus decisiones a modo del lugar del cual emana la verdad. Una disciplina económica que dejó de lado, en muchas de las facultades universitarias que la imparten, el carácter de ciencia social que ésta tuvo. Ese alejamiento de lo social conlleva a que sólo tengamos en cuenta el factor de la productividad sin pensar en el vivir bien, no entendiendo que trabajadores/as que viven bien pueden producir más. A su vez, cuando se señala que a pesar de la cantidad de horas que trabajamos no se condice con nuestra productividad, endosándonos a los/as trabajadores/as la responsabilidad en dicho factor, produce una cortina de humo frente a la realidad: los/as trabajadores/as no tenemos ninguna responsabilidad en la decisión de cuánto y cómo producimos, pues la decisión la tiene quien toma el sartén por el mango, es decir, quien funge como empleador. Los/as trabajadores/as producimos aquello que la empresa busca o puede producir. 

Como a la gente le gusta en esto la casuística, y sin referir a jugadores que no pueden terminar un torneo porque excederían su tiempo de trabajo, referiré a un ejemplo testimonial. Antes de ingresar a la universidad y mientras hacía mis primeros estudios de teología, trabajé en una empresa avícola como operario de máquinas en el proceso de faenación. Mi contrato de trabajo señalaba con toda claridad que mi empleador podía solicitarme y/o mandatarme la realización de horas extras para finalizar la producción de dicho día, cosa que ocurría todos los días de la semana, salvo los lunes y miércoles en el que convenimos mi salida “a la hora” para irme a mi jornada de clases. Jamás la línea de producción de pollos, gallinas y patos se detuvo a las 5:15 de la tarde, sino hasta que la última ave faenada llegaba a su destino, haya sido el local comercial o la refrigeración para su envío a distintos lugares de la región. Por otra parte, en los meses de enero y febrero la producción descendía tanto, que a veces la producción del día era finalizada dos horas antes, y teníamos que quedarnos en nuestro lugar de trabajo, sin hacer absolutamente nada, hasta que se cumpliera el horario de salida, pues si no se hacía de esa manera se aplicaría un descuento. 

Cité dicho ejemplo para relevar con toda la claridad y honestidad posible que los/as trabajadores chilenos/as no somos flojos/as ni tampoco decidimos respecto de la producción. Nuestro aporte está en la fuerza de trabajo, en el conocimiento y la técnica que podemos desplegar en la labor y en la mejora del desarrollo (aporte a la empresa) y condiciones (sindicalización y derechos laborales) de la misma; mientras que la decisión del empresariado está en la capacidad de emprender, invertir, competir y, todo eso genera el cómo y cuánto se produce. Y si hay un factor de larga duración en el empresariado chileno, salvo honrosas excepciones, es su mixtura de lógicas tradicionales y modernas, pues a pesar que la Reforma Agraria eliminó el latifundio, no se eliminó un modo de ser, ese del paternalismo del “palo y bizcocho” clientelista y de escasa innovación tecnológica. La élite chilena, sobre todo aquella que ha abrazado ideologías de derechas, ha sido incapaz de producir verdadero capitalismo en Chile, y la tendencia a la monopolización, a la colusión, y el rechazo de cualquier mejora en el plano de los derechos laborales a lo largo de nuestra historia es sumamente decidora. 

A su vez, en muchas ocasiones, a base de la caricaturización y del miedo infundado se ha impedido o ralentizado el avance de mejoras laborales. La descalificación de este proyecto porque emergió de parlamentarias comunistas, particularmente Camila Vallejo, quien ha mostrado en el peor momento de la oposición una capacidad de liderazgo y articulación de transversalidad que es, precisamente, aquello de lo que ha carecido lo que queda de la Nueva Mayoría, o la entrega de cifras que ya han sido cuestionadas desde estudios serios: esa idea que la aprobación de las 40 horas laborales produciría la eliminación de 300.000 empleos (Véase el estudio del Observatorio de Políticas Económicas, haciendo clic aquí). El “Más lento” del papelito que circuló ayer en algunas manos parlamentarias es una muestra clara que mayor cantidad de horas no implica mayor productividad, y es de dudosa reputación analítica que quienes defiendan a ultranza la flexibilidad laboral mantengan dicha presuposición. El pago de horas extra y la conservación de los contratos especiales (que por definición exceden las 40 horas), que se incluyó al proyecto original por la vía de la proposición y el debate, dan garantías que los sueldos tampoco se reducirían. Y de hecho, ojalá aumentaran pues los precios suben a un ritmo en que los salarios no. 

El vivir bien está asociado al trabajo y al descanso. Con nuestros trabajos producimos bienestar para quienes comparten la misma tierra. Con el descanso podemos recuperar fuerzas, producir alegría, y tener tiempo para la reflexión. Ocio no es lo que nos vende el mall o algún lugar de entretención, eso es momento de diversión o mero consumo de objetos que producen placer temporal. El ocio es tiempo para la contemplación. Y como protestante estoy claramente dispuesto a discutir el tema de la gran cantidad de días feriados que tenemos en el país, muchos de ellos provenientes del santoral católico, siempre y cuando el descanso dominical sea obligatorio (evidentemente, considerando la mantención de los servicios de salud, de seguridad y estratégicos del país). Pues es fácil aludir a la ética protestante del trabajo para hablar contra los días feriados sin defender el descanso dominical en su faceta social.

Enhorabuena, esta reducción de las horas de trabajo avancen. La salud, que incluye cuerpo, mente, emociones, voluntad y espiritualidad, lo requiere. Es de justicia pensar en el bolsillo y en el tiempo de quienes somos más. 

Luis Pino Moyano. 

 


 

Véanse, también, otros post del blog sobre temáticas cercanas:

Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo.

Cristianismo y los funestos hijos del capital.

 

Una mujer virtuosa.

Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (Proverbios 31:10).

Si hay algo que la Biblia nos enseña es a ser agradecidos. El apóstol Pablo nos enseña a pagar a cada persona lo que debemos, “al que respeto, respeto; al que honra, honra” (Romanos 13:7). Y en ese sentido, cuando celebramos el “día de la madre”, volver a este pasaje de la Escritura, nos ayudará a vivir la gratitud y la honra de manera adecuada y sin las presiones de una cultura que todo lo mercantiliza. 

La sección de Proverbios 31:10-31, a diferencia de la colección de sentencias breves que nos ayudan a la práctica sabia de la vida cotidiana, es un poema acróstico (cada verso comienza con una letra del alefato hebreo) que nos muestra a una mujer que es muy capaz en todo lo que realiza, tanto dentro como fuera de casa. Es muy interesante que en la Biblia hebrea, el libro de Proverbios, y sobre todo este último capítulo, fuese seguido del libro de Rut y del Cantar de los Cantares, todos relatos que nos muestran a mujeres viviendo conforme a los principios de su fe. 

La mujer de la que se habla es definida como una que es virtuosa. ¿Qué significa aquello? La palabra “virtuosa” alude acá a una mujer de excelencia o fuerza proveniente de la piedad. ¿Cuáles son las marcas de la identidad de esta mujer? A la luz del texto, veremos dos marcas de la identidad de esta mujer virtuosa. 

La primera marca, dice relación con su trabajo. Esta es una mujer que hace muchas cosas. Ella trabaja con entusiasmo y sacrificio, administrando con sabiduría los recursos de la familia según la necesidad de cada miembro de ella. Cuando el v. 17 dice que “Ciñe de fuerza sus lomos, y esfuerza sus brazos”, está diciendo que en ese acto de atarse un cinturón está simbolizando su disposición a la acción y al trabajo, tanto dentro como fuera de su casa. Por eso la vemos haciendo negocios con sabia valentía, haciendo ropa de temporada para cada integrante de la familia y produciendo para la venta otros productos textiles. La vemos, también, cumpliendo funciones de mayordomía de su casa y en la recta administración de los recursos del hogar. Ciertamente, es alguien que como dice el v. 27 “no come el pan de balde”. Estamos frente a una mujer diligente y laboriosa, cuya iniciativa empresarial no tiene límites en lo que refiere a la inventiva y al esfuezo. Es una mujer incansable, tanto que como dirían de Freddy Turbina, personaje de “31 minutos”, “dicen que  o duerme”. 

La segunda marca, dice relación con su testimonio. La mujer virtuosa es una cuya sabiduría práctica es de mucho valor, tanto que “su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (v. 10). Es una mujer que se acerca al hito de la creación, aquella que como “ayuda idónea”, es totalmente confiable para su marido. Es su ayuda correspondiente, su complemento, conceptos que aluden a dos cosas fundamentales: a) que ella está completa antes de casarse y, por lo mismo, aumenta o perfecciona las cualidades de su cónyuge y las suyas propias, en el sentido que el matrimonio es una institución que nos hace crecer y madurar; y b) que se dispone, con valentía, a caminar “por la calle codo a codo, siendo mucho más que dos”, parafraseando al poeta uruguayo Mario Benedetti. Tanto es así, que el v. 23 y 31 aluden que su marido, probablemente, un sujeto con autoridad política, cuando se reúne en las puertas de la ciudad que era el lugar donde se tomaban las decisiones importantes de la ciudad, es apreciado más por el testimonio de su mujer, pues como señala Proverbios 12:4: “La mujer virtuosa es corona de su marido; mas la mala, como carcoma en sus huesos”. 

Veamos otros elementos del testimonio de esta mujer: ella manifiesta acciones de justicia y misericordia a quienes sufren los rigores de la vida. Es honorable, lo que le da esplendor y belleza tal tanto que “fuerza y honor son su vestidura”, lo que le da una actitud esperanzada en la vida, ella “se ríe de lo por venir” (v. 25). La mujer virtuosa enseña con sus palabras y con su vida. Enseña, por tanto, con amor. Por otro lado, y complementando su fuerza vital, su actividad de servicio se lleva a cabo dentro y fuera de su casa. Eso hace, que esta mujer de vida piadosa sea honrada y alabada en lo público y en lo privado. En Proverbios 1:7 se afirma que el principio de la sabiduría es el temor del Señor (respeto reverente y conciencia de su santidad). Esta mujer vive conforme a dicho principio. El temor es lo que trae belleza y virtud a esta mujer, porque Dios es soberano sobre su vida cotidiana. 

En definitiva, estamos frente a una mujer que es madre-esposa-y-trabajadora juiciosa, prudente, irreprochable, esfrozada, responsable, capaz y piadosa. Esta mujer representa lo que Jesús enseñó en el gran mandamiento, pues ella ama a Dios y ama a su prójimo, tanto que no vive para ella misma, sino para los demás, y por sobre todo, para honrar con su vida a aquél que es dueño y dador de la vida. Por eso, la descripción testimonial cierra diciendo que: “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (v. 30). 

Al ir cerrando esta reflexión, debemos pensar que estas son las palabras de una madre a un hijo joven que está en búsqueda de una esposa. Ella le traza la idea de una mujer ideal, al parecer no tan fácil de encontrar, sobre todo cuando el centro de la atención está en aquello que es aparente. 

Mujer que lees esta reflexión: ¿que ves en tu autoexamen cuando te reflejas en esta mujer virtuosa? Sin lugar a dudas, las mujeres presentes acá, cumplen con varios de estos principios. Pero esta es una reflexión bíblica y no una charla motivacional que busca sostener tu autoestima. Por tanto, es probable, que en muchos de estos aspectos estés al debe, y eso no es sólo producto de una mera debilidad, sino el resultado de apartar la vista de Dios y de tu prójimo: eso es lo que la Biblia llama pecado. Entonces, la clave no está acá, para este asunto, en tu empoderamiento ni en el refuerzo de tu autoestima, sino en tu arrepentimiento. Sólo el Dios de toda gracia te puede conducir con la fuerza de su Espíritu a ser una mujer virtuosa, porque eso es consecuencia del temor del Señor. Cristo derramó su sangre y te redimió para aquello. 

Hombre que lees esta reflexión: ¿crees que estas palabras no son para ti? ¡Lo son totalmente! Esto, por tres razones: a) porque todos los creyentes, con la ayuda del Espíritu Santo, debemos vivir virtuosamente con las características de esta mujer en el trabajo y el testimonio; b) porque si eres soltero, este es el tipo de mujer con el que debes anhelar casarte; y c) porque si eres casado, tú eres un instrumento del Señor para que tu esposa crezca en gracia y sabiduría, de tal manera que en el esfuerzo piadoso de la familia ella mire al Señor. Y para eso debemos dejar la pereza y la pusilanimidad que sólo se mira el ombligo. Eso también es pecado, y debemos arrepentirnos. Cristo derramó su sangre y te redimió para que seas un esposo como él, como aquél que llega a dar su vida por su iglesia. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos” (Efesios 5:25-28a).

Disponernos a vivir así es el mejor regalo que podemos hacer en este día. 

Luis Pino Moyano.

 

Esta reflexión convierte en post un sermón basado en Proverbios 31:10-31, predicado en la 10ª Iglesia Presbiteriana de Santiago el domingo 5 de mayo de 2019. 

¡Basta de líderes evangélicos sin el evangelio!

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1ª Pedro 5:1-4).

Sin lugar a dudas, vivimos un momento crítico para las religiones y su comprensión del mundo y de la vida. Pero lo que podría ser entendido como oportunidad desde el estudio, la oración y la vida en comunidad, se ve dificultado cuando los medios de comunicación y algunos organismos estatales han buscado-y-encontrado en las iglesias una serie de prácticas reñidas con la ética bíblica y la legalidad vigente de los países. Abusos de poder, con expresiones que van desde la tiranía eclesiástica, la violencia física y psicológica, hasta los deleznables maltratos de índole sexual; las estafas y malversaciones de fondos; todo esto amparado por estructuras y lógicas sectariamente autoritarias, en las que se ejerce el control de las conciencias desde un discurso de fe. Sabemos que no todos los pastores y líderes de nuestras iglesias incurren en este tipo de actos, pero los que sí las cometen manchan la dignidad y testimonio de Jesucristo y de toda la hermandad que profesa la común fe. A todas luces, estamos frente a la construcción de una alta y pesada barrera para la proclamación del evangelio y, a la vez, ante las evidencias del desprecio a la enseñanza bíblica y teológica, la despreocupación integral de los fieles e, inclusive, la discriminación social dentro de nuestras comunidades.

Por lo mismo, quise fundamentar mi reflexión en el texto del viejo apóstol Pedro, quien con toda la humildad del mundo no ocupa su oficio como título grandilocuente, ya que se reconoce como un “presbítero” más entre otros colegas de labor, miembro de una iglesia de cristianos dispersados por la persecución en toda el Asia Menor. Aquél que fue “testigo de los padecimientos de Cristo” toma la palabra para hablar desde adentro y con conocimiento de causa. Y su texto tiene la fuerza de una declaración de principios permanentes para quienes tienen la labor de trabajar en la iglesia de Jesucristo, al nivel de decir con suma claridad lo que se debe y no se debe hacer. Veámoslo a continuación: 

  1. Los líderes de la iglesia no deben forzar, sino cuidar. Los líderes de las iglesias tienen la tarea de guiar en el camino de la fe a la congregación, pero dicha labor no tiene nada que ver con una dictadura, no se basa en la imposición sino en la exhortación fiel de la Escritura. El liderazgo cristiano abre caminos y fortalece la formación de quienes tienen dones para el servicio de Cristo y la comunidad, acrecentando el sentido de responsabilidad más que el de obligación, en la lógica antijerárquica del sacerdocio universal de los creyentes. La referencia al oficio pastoril se hace más elocuente cuando Dios Padre en el Antiguo Testamento y Jesucristo en el Nuevo, se presentan como los pastores de su pueblo, quienes a diferencia de los líderes religiosos, sí otorgaban cuidado integral, protección y defensa a sus ovejas. El buen pastor es el que muere y no pone el centro de su acción en su vida e intereses particulares o, derechamente, mezquinos. 
  2. Los líderes de la iglesia no buscan ganancias deshonestas, sino servir voluntariamente. Cuántas personas, creyentes y no, producto del enriquecimiento de quienes han tornado el oficio pastoral en una profesión burguesa, tienden a creer que el pastorado es un camino fácil para enriquecerse, al nivel de pensar (como decía un graffiti en un muro cercano a mi casa de infancia) que “Dios es amor, pero la iglesia es plata”. ¡El trabajo pastoral no tiene como fin último ganar dinero sino servir para glorificar a Dios y edificar a la iglesia! Pastor, líder de la iglesia, sea cual sea tu convicción teológica y práctica denominacional, ¿dónde está el tesoro de tu corazón cuando piensas en tu ministerio?; ¿qué es lo que te motiva a trabajar en la obra que es de Dios y no tuya? 
  3. Los líderes de la iglesia no cometen abuso de autoridad, sino que trabajan para que su testimonio sea ejemplo en la comunidad. ¿En qué momento las palabras “pastor”,  “ministro”, “líder”, “oficial”, “presbítero”, “reverendo” y hasta “apóstol” se convirtieron en significantes de una condición especial más que en roles a realizar? El ejercicio de un oficio en la iglesia no te constituye en parte de una élite con hambre y voluntad de poder, sino que te invita a seguir el método de liderazgo de aquél que no temió “rebajarse”, aparentemente, atándose una toalla en la cintura, tomar un lavatorio y de rodillas lavar los pies de cada uno de sus discípulos, como lo hacía el esclavo de la casa en la Antigüedad.

Por todo lo anterior debemos decir con toda la fuerza de un protestantismo que protesta: ¡Basta!

Basta de líderes que se autodenominan como evangélicos pero en sus predicaciones y discursos, en templos y calles, anuncian cualquier otra cosa menos el evangelio del Reino de Dios. ¡Basta de líderes que como profetas trasnochados se dedican a sembrar odiosidad, intolerancia y miedo a creyentes y no creyentes!

Basta de líderes evangélicos que por sus anhelos de cuotas de poder en la iglesia y la sociedad, y también por la construcción de un ego elevado, hablan arrogándose la representatividad del “pueblo evangélico”, un mundo que no existe como comunidad homogénea, que no tiene y se resiste a tener “Papas”, “papitos” o “patrones”, sino más bien un mundo con declaraciones de fe propias y con prácticas muy particulares.

Basta de líderes evangélicos que ocupan los púlpitos de sus iglesias a modo de plataformas políticas en las que dan la palabra a candidatos que propician sus ideologías, o que erigen y empoderan a miembros de sus filas para postularse a algún cargo público, con el consecuente llamado a sufragar por el candidato que “representa los valores del pueblo de Dios”, otra cosa que no existe a cabalidad. ¡Basta de control de las conciencias!

Basta de líderes evangélicos que colocan en posiciones de poder a hijos, hermanos, otros familiares y amigos, para constituir un séquito que malentiende la lealtad, que articula una élite de intocables a los que jamás les llega la disciplina eclesiástica. El ejercicio de los dones por parte de creyentes no requiere de un currículum vitae potenciado por lógicas de nepotismo y compadrazgo, sino más bien por la obra del Espíritu Santo discernida, evaluada y juzgada por una congregación afirmada en la Biblia. Y esto no quiere decir que un hijo de pastor no pueda ser pastor, sino que su criterio de elección no puede estar supeditado a cuestiones de familiaridad sino a un don que es reconocido por creyentes debido a la edificación que produce a la comunidad.

Basta de líderes evangélicos que ocupan los recursos de la iglesia para abrir fundaciones, ONGs y hasta empresas de diverso tipo, para concretizar sus agendas y proyectos que buscan el enriquecimiento personal o la conquista de una posición de influencia, que corrompen sistemas de gobierno eclesiástico, que dividen iglesias articulando mafias internas y que no obstan con emplear medios corruptos para empoderarse ellos y debilitar a otros, ensuciando testimonios de hermanos sin posibilidad de contrarrestar sus versiones oficiales. ¡Basta de líderes evangélicos que enseñan de ética protestante del trabajo a sus miembros sin aplicarla, aumentando la corruptela en un país que está perdiendo cada vez más la ingenuidad!

Basta de líderes evangélicos que creen que se “rebajan” cuando van al “punto de predicación” con los hermanos, cuando reciben instrucción en la escuela dominical o se dejan aconsejar por otros líderes y hermanos, cuando comparten la misma mesa con la hermandad y no una especial “para pastores”, cuando toman una escoba para barrer el templo, o una herramienta para reparar un artefacto dañado, o cuando se disponen a servir una mesa… ¡lo que rebaja a un ministro del evangelio es un testimonio que no se condice con la ética que predica! 

Basta de líderes que creen que la solución a todos los males está sólo en una mayor formación teológica. ¡La educación no tiene el poder para redimir, Cristo y sólo él puede hacerlo! Los líderes pueden ser conocedores eruditos de la Biblia, eminentes teólogos de cuya boca emerge sabiduría ortodoxa, respetuosos aplicadores de los principios de la hermenéutica y de la homilética… pero todas esas cosas se transforman en simples patrañas cuando el testimonio y la ética dejan mucho que desear.

Basta de líderes evangélicos que gustan de aparecer en televisión, sin entender que hacen “circo” con ellos, por el morbo que producen sus palabras y acciones. Es ofensivo que dichos sujetos moldeen una imagen de lo evangélico por el ruido supino de una voz que construye la idea que para ser cristiano o ir a la iglesia hay que sacarse el cerebro. 

Basta de líderes y actores evangélicos que tienen el poder económico para pagar reportajes en medios masivos de comunicación, con el afán de lavar su imagen pública a costa de sus congregaciones en las que alguna vez desarrollaron hermosas labores. 

Basta de líderes evangélicos que actúan con delirio de persecución cuando están frente al disenso, sobre todo, cuando nuestra mirada parcelada de la realidad es puesta en cuestión por actores creyentes y no creyentes. Para ello, debemos entender que la fe cristiana es una mirada de la realidad total, y que por ende, así como propone una visión respecto de la moral sexual, también propone que la ética debe estar ligada a la acción política huyendo de la lógica maquiavélica, y pone en la palestra el ejercicio de injusticia sistemático contra pobres-huérfanos-viudas-y-migrantes, denunciando los abusos contra el prójimo y el espacio habitado. ¡Basta de líderes que estupidizan y satanizan a los otros sin más argumento que la prepotencia que pone en cuestión la libertad de conciencia, actitud que en algún momento nos puede golpear en la cara y reducir efectivamente nuestras posibilidades de acción en el mundo!

Y, por supuesto, basta de congregaciones que pavimentan el camino a este tipo de liderazgos. Aquí no hay solamente falsos maestros, hay también, en las palabras de Pablo a Timoteo (2ª Timoteo 4:3,4), oyentes que dan rienda suelta a sus malos deseos y que gustan de escuchar las novelerías, mitos, innovaciones doctrinales y, por supuesto, las enseñanzas que sacien su banal necesidad. Este tipo de miembros de iglesias son los causantes de estos falsos líderes: en la lógica de una fe mercantilizada, ellos son consumidores de iglesia y de los beneficios que conlleva ocultar la verdad y legitimar a estos falsos dirigentes que quieren y, tristemente, se merecen. Las verdaderas víctimas acá son aquellas personas que trabajaron y dieron esforzadamente para la obra de Dios, y cuando lo oculto salió a la luz pudieron notar que en realidad fue para la solidificación de un patrimonio individual con aquello que éticamente no pertenecía a quienes redituaron con la fe.

Hoy más que nunca debemos poner la vista donde corresponde: en Cristo que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, lo que nos da esperanza en el momento crítico que vivimos, en el que parece que sólo nuestras miserias resaltan. Debemos buscar constituirnos en iglesias que anhelan ser renovadas por el Espíritu Santo y que se reforman continuamente a la luz de la Escritura. Debemos ser iglesias que dejan, con arrepentimiento y fe, toda la bazofia a la que le hemos dicho “¡basta!”, para ponernos a trabajar en lo que verdaderamente nos compete, a saber, que activa y armoniosamente sigamos extendiendo nuestra mano para arrojar la buena semilla del evangelio y para trabajar para la gloria de Dios en cada esfera de la vida. Si no lo hacemos, terminaremos construyendo iglesias a nuestra imagen y semejanza, espacios que no prevalecerán, pues no son “de Jesús la iglesia” y por eso “constante no ha de ser”. La iglesia que lleva nuestro apellido terminará como todo aquello que es vanidad. 

Luis Pino Moyano.


 

Publicado originalmente en Pensamiento Pentecostal.

Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo.

Siempre se hace relevante pensar en la relación entre la fe cristiana y el trabajo, esto, porque no hay nada más alejado del cristianismo bíblico que un monasticismo que separa a la iglesia del mundo, lo que deriva en la construcción de iglesias como ghettos en las que sólo nos relacionamos con “gente como nosotros” o, en el peor de los casos, a pensar que nuestra fe está limitada a servicios religiosos que pueden ser consumidos o practicados en días y horas claramente especificados y limitados. 

Sin lugar a dudas, el cristianismo tiene un alcance cósmico, porque Cristo es Señor sobre todo el universo. Pablo hablando a los hermanos de Colosas, acerca del señorío de Cristo, en el capítulo 1 de su carta, les dice: “porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él” (1:16). Más adelante dirá que “por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz” (1:20). Cristo es Señor sobre la creación, porque Él fue creador, ésta fue realizada para Él, y Él hizo todo lo necesario en la cruz para redimir “todas las cosas”. La obra de Cristo sobrepasa aquello que tradicionalmente hemos pensado como los límites de la religión y lo abraza todo con su poder transformador. ¿Por qué, entonces, habríamos de limitar nuestra fe a lo que sucede dentro de los muros de nuestros templos, si Cristo excede esos límites?

Y es ahí donde debiésemos pensar lo que significa el trabajo para nosotros. Nuestra cultura nos hace pensar en el trabajo como un mal necesario, como una práctica sacrificial que desgasta nuestro ser. Esto, probablemente, porque nuestra palabra “trabajar” proviene del latín que significa literalmente “torturar con un tripallium”, el que era un instrumento de madera, compuesto por tres palos, usado para golpear a los animales de carga y tiro que no deseaban moverse. Súmese a esto que muchos de entre nosotros, en una lectura descontextualizada de la Biblia, consideran que el trabajo es una maldición  que es fruto de la caída. Entonces, se hace necesario que la pregunta del significado que damos al trabajo sea cambiada por un: ¿qué dice la Biblia respecto de nuestra relación con el trabajo? Ayudados por la Escritura, señalaremos a continuación algunas ideas respecto del trabajo que posibilitan un significado renovado, uno profundamente cosmovisional. 

1. El trabajo fue creado por Dios. 

En varias de las mitologías antiguas orientales, los dioses habrían creado al ser humano para que les proporcionaran alimento y trabajos serviles que ellos requerían para su bienestar. No es lo que vemos en Génesis, cuando anuncia que: “También les dijo: ‘Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento. Y doy la hierba verde como alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo y a todos los seres vivientes que se arrastran por la tierra’. Y así sucedió” (Génesis 1:29,30). Aquí vemos a Dios trabajar y proporcionar lo necesario para el bienestar de sus criaturas. Eso, evidentemente, debiese cambiar nuestra noción del trabajo. Dios ha provisto en la tierra todos los recursos de alimento, agua, vestimenta, abrigo, energía y calor que necesitamos, y él nos ha dado autoridad sobre la tierra en la cual estos recursos han sido depositados.  Además de lo dicho hasta acá, vemos también el potencial creativo de Dios, que hace cosas desde la nada, y transforma las cosas que van siendo creadas.

El Dios trabajador, ha diseñado una manera de relacionarnos como seres humanos con la naturaleza. Esto queda claro, cuando Dios en el consejo intratrinitario declara: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo” (Génesis 1:26). Lo primero que debemos hacer es tener un claro concepto de quiénes somos nosotros y qué es la naturaleza. El ser humano fue creado a imagen de Dios y para dominar la tierra como representante o mayordomo de la casa de Dios. Dios colocó al hombre a la mitad del camino entre el Creador y el resto de la creación, animada e inanimada. En ciertos aspectos somos uno con el resto de la creación, pues formamos parte de ella y tenemos rango de criatura. En otros aspectos somos distintos de la naturaleza, pues fuimos creados a imagen de Dios y tenemos dominio. 

Que la vida humana, desde un punto de vista creacional, tenga mayor valor, no implica que la vida animal o vegetal no tenga ninguno. Todo lo que Dios hizo es de nuestra incumbencia, inclusive, desde los mandatos creacionales, somos responsables, pues ser cabeza siempre implica responsabilidad. Dominamos la tierra dependiendo de Dios. Nunca estamos frente a materia neutral que podamos manipular y comercializar, usar y abusar para nuestro provecho. Darrow Miller dirá que: “la cosmovisión bíblica brinda un equilibrio maravilloso entre el trabajo y el cuidado. Nosotros somos guardianes de la creación de Dios, mayordomos a cargo de su obra maravillosa. ¡Tenemos el mandato de cuidar la naturaleza!”. Esto hace surgir con fuerza la idea del mayordomo de la creación, que veremos más adelante. La labor que Dios le entrega al hombre es la de cultivar y guardar el jardín. El agricultor y el pastor, vocaciones de Dios. Responsabilidad asignada por Dios, no fruto de la maldición.

2. El trabajo tiene un mandato. 

Génesis 1:28 señala: “y los bendijo [Dios] con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo’”. Esto es lo que la teología reformada, desde su distintivo, ha denominado “mandato cultural”. Y la característica de este mandato es que le reporta al ser humano tanto una bendición como una responsabilidad (regularmente, estas cosas en la Biblia aparecen unidas). 

Ahora, uno podría decir, que este mandato tiene realidad en un lugar tan perfecto y armonioso como el jardín del Edén, y que sólo podría ser cumplido a cabalidad allí. Pero bíblicamente no es así. Este mandato cultural es repetido por Jeremías, en una carta que les escribe a los exiliados en Babilonia, en la que les dice: “Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su fruto. Cásense, y tengan hijos e hijas; y casen a sus hijos e hijas, para que a su vez ellos les den nietos. Multiplíquense allá, y no disminuyan. Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad” (Jeremías 29:5-7). Nuestro trabajo, multiplica el Shalom de Dios en la ciudad en la que vivimos, es decir la armonía, la paz, el bienestar, la abundancia, la vida en plenitud. Cristo, que tiene el poder para hacer nuevas todas las cosas, nos hace colaborar en la extensión de su Reino, también, cuando desarrollamos trabajo. 

Me permito citar, extensamente, acá el comentario de Calvino al texto de Génesis 1.28: “Moisés añade que toda la tierra fue concedida al hombre, con esta condición, que se ocupara en cultivarla. De donde se concluye que los hombres fueron creados para dedicarse a algún trabajo, y no a yacer inactivos y ociosos… Por lo cual, nada es más contrario al orden natural que consumir la vida comiendo, bebiendo y durmiendo, sin proponerse hacer nada.  Moisés añade que la custodia del jardín fue encargada a Adán, para mostrar que poseemos las cosas que Dios ha puesto en nuestras manos, con la condición de que mostrando contentamiento con un uso frugal y moderado de ellas, cuidemos lo que quede. Que aquel que posee un campo, participe de tal manera de sus frutos que la tierra no tenga que sufrir perjuicio por su negligencia; sino que se esfuerce por entregarla a su posteridad como la recibió, o incluso mejor cultivada. Que se alimente de sus frutos, de manera que no la disipe lujosamente, ni permita que sea asolada o arruinada por culpa de su desidia”. El teólogo de la Reforma en su comentario al texto bíblico enseña:

  • Que el ser humano fue creado con el potencial para trabajar.
  • Que la ociosidad es dañina para la persona y la sociedad.
  • Que Dios constituyó al ser humano como mayordomo de la creación, y esa mayordomía implica trabajo.
  • Que debemos contentarnos con el fruto del trabajo porque es la provisión de Dios.
  • Que la tierra debe ser cuidada, para que produzca buenos frutos (ni derrochar su producción ni arruinarla).
  • Calvino introduce, en pleno siglo XVI, el concepto de posteridad. Se debe pensar en las futuras generaciones.

3. ¿Qué debe caracterizar nuestro trabajo como cristianos esparcidos en el mundo? 

Algunos textos de la Escritura nos permiten desprender principios para el desarrollo de nuestra vocación en el mundo. 

El apóstol Pablo les dice a los hermanos de la iglesia de Éfeso: “Esclavos, obedezcan a sus amos terrenales con respeto y temor, y con integridad de corazón, como a Cristo. No lo hagan solo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho, sea esclavo o sea libre. Y ustedes, amos, correspondan a esta actitud de sus esclavos, dejando de amenazarlos. Recuerden que tanto ellos como ustedes tienen un mismo Amo en el cielo, y que con él no hay favoritismos” (Efesios 6:5,9). Esto es muy similar a lo dicho por el apóstol Pedro en su primera carta, cuando dice que: “Criados, sométanse con todo respeto a sus amos, no solo a los buenos y comprensivos, sino también a los insoportables. Porque es digno de elogio que, por sentido de responsabilidad delante de Dios, se soporten las penalidades, aun sufriendo injustamente. Pero ¿cómo pueden ustedes atribuirse mérito alguno si soportan que los maltraten por hacer el mal? En cambio, si sufren por hacer el bien, eso merece elogio delante de Dios” (1ª Pedro 2:18-20). 

A la luz de estos textos podemos decir que el trabajo, en primer lugar, debe ser desarrollado con responsabilidad. Aquí debemos tener presente que toda autoridad ha sido puesta por Dios, cosa de la que Pedro habla en la sección anterior al pasaje citado (2:13-17), y esa autoridad siempre es derivada pues quien la da es Dios, y es relativa en relación al mensaje revelado en su Palabra. Si bien es cierto, el texto se escribe en un momento en que la esclavitud era parte de la cotidianidad (la palabra “criado” literalmente significa “esclavo de la casa”), el principio tiene vigencia aún en los marcos donde se establecen acuerdos contractuales y ellos establecen un principio de subordinación a un empleador. Además, la esclavitud era distinta a la que tenemos en nuestra mente, por el conocimiento histórico, literario o cinematográfico de la esclavitud de la población afrodescendiente. La esclavitud de la Antigüedad no era perpetua y podía proveer buena condición de vida a quienes la experimentaban. De hecho, había esclavos que ganaban más que otros trabajadores libres (por ejemplo, los profesores). Es por eso que lo discípulos no se opusieron a la esclavitud, pero los principios bíblicos fueron fundamentales para su eliminación posterior. El ejercicio de la responsabilidad cristiana para Pablo y Pedro incluía, entonces, el respeto a los patrones (a los buenos y comprensivos, como a los insoportables), además de de sufrir injustamente si es que esa es la voluntad de Dios.

Respecto de lo anterior diremos tres cosas:

  • El contexto de la carta implica una situación desfavorable para la vida de la iglesia, en la que algunos de nuestros primeros hermanos eran esclavos. Dicho régimen legal es distinto al que tenemos en la actualidad en una sociedad que garantiza derechos a los trabajadores. 
  • Este texto, en ningún caso, prohibe la sindicalización y la lucha de cristianos por mejoras en el plano de lo laboral. Martyn Lloyd-Jones, por ejemplo, en una de sus conferencias sobre los puritanos, señaló que: “A menudo se ha sugerido –y a mi modo de ver es posible demostrarlo- que el movimiento sindical en […] Inglaterra fue una consecuencia indirecta del avivamiento. Se debió a la transformación y el nuevo nacimiento de aquellos hombres que, habiendo sido unos ignorantes y llevado una vida de continuas borracheras, empezaron a comprender su dignidad como seres humanos y a demandar, entre otras cosas, mejores condiciones de trabajo y educación; ese es el origen de los sindicatos. Conocemos, también, la conexión que hubo entre el movimiento para la abolición de la esclavitud, dirigido por William Willberforce y el citado avivamiento. Dicho movimiento fue uno de los frutos del avivamiento en cuestión y, de hecho, el argumento de algunos, según el cual jamás se hubiera podido aprobar el Acta de reforma de 1832 sin aquel gran despertar evangélico, es perfectamente defendible”. La injusticia siempre tiene que ser denunciada como tal, según la legalidad vigente, y sin ningún ánimo de venganza.
  • ¿Cómo aplicar entonces estos textos que son Palabra de Dios? De la siguiente manera: 1) Siendo respetuosos con nuestros empleadores y obedeciendo sus órdenes; 2) manteniendo un principio de responsabilidad, considerando que nuestro trabajo es don y llamado de Dios para bendición nuestra y de los demás; 3) capacitando a los creyentes a entender la relación entre su fe y su trabajo; y 4) si nos toca vivir persecución, discerniendo si se trata de represalia por nuestras malas prácticas o efectivamente por causa de nuestra fe. Si es por lo último, poner nuestra esperanza en Dios.

Lo segundo, es que el trabajo debe ser desarrollado con distintivo cristiano. En las palabras de Pablo y Pedro hay una invitación a vivir siendo reflejo de Cristo para los demás, recordando que la gracia nunca es excusa para pecar, y que la Biblia constantemente nos habla de dar buen testimonio, de ser ejemplo para los demás, de no servir simplemente cuando nos están viendo. ¡Somos llamados a ser luz del mundo! Frente a eso, debemos reconocer aquellas áreas de nuestro trabajo que son fruto de la gracia común, diferenciándolas de aquellas que podemos modificar o restaurar centrándolas en Cristo y no en las idolatrías vigentes, y de las que debemos rechazar por antiéticas. Sobre todo en tiempos de persecución injusta cuando con mayor fuerza hay que dar testimonio supremo de la fe y del discipulado de aquél que fue crucificado. Además, la Biblia nos llama a no “servir al ojo”, sino a trabajar “de buena gana, como para el Señor”. 

Pero también, hoy, cuando no se nos persigue podemos dar testimonio de lealtad radical al Señor y su Palabra. ¿Qué haremos cuándo se nos pida mentir en nuestro trabajo? ¿Qué haremos cuándo se nos pida adulterar boletas o facturas para que nuestra empresa obtenga mayor rédito? ¿Qué haremos cuando un puesto de trabajo que queremos obtener pareciera ser alcanzable sólo si inflamos nuestro currículum? ¿Qué haremos cuando se nos aparece la posibilidad de cobrar de más? ¿Qué haremos con nuestros empleados y su necesidad de un sueldo justo y un trabajo desarrollado en condiciones dignas y en el marco del respeto? ¿Qué haremos en algunas posiciones en las que se nos obligue matar a una persona, sea un bebé por medio de un aborto o un adulto por sus ideas diferentes al gobierno imperante? ¡Hoy también podemos y debemos comportarnos conforme al santo llamamiento que hemos recibido! Nuestro corazón de piedra fue transformado en uno de carne y tenemos al Espíritu que nos guía y sostiene con su poder para ello. 

El trabajo es tan valioso y honra a Dios tanto como el ministerio de la Palabra o cualquier otra labor eclesiástica. A Dios le importa todo nuestro trabajo. Calvino decía que: “Si seguimos fielmente a nuestro llamado divino, recibiremos el consuelo de saber que no hay trabajo insignificante o sucio que no sea verdaderamente respetado e importante ante los ojos de Dios” (La verdadera vida cristiana).

En tercer lugar, nuestro trabajo debe ser ejecutado con excelencia. Hemos recibido un llamado para nuestro trabajo. Vale decir, Dios nos ha encomendado una misión que realizar con nuestras manos. Extendemos el Reino de Dios cuando con el fruto de nuestras manos llevamos justicia, paz y alegría que solo pueden ser resultado de la obra del Espíritu Santo en nuestro ser. La invitación a desarrollar bien nuestro trabajo nada tiene que ver con nuestra gloria o fama. Es todo lo contrario. Dios debe ser glorificado con todo lo que nosotros hacemos. Para ello debemos ser diligentes, proactivos e innovadores. Debemos pensar que la excelencia en el trabajo es un medio importante para obtener credibilidad para nuestra fe. Pero por sobre todo, debemos permitir que el evangelio cambie el cómo hacemos nuestro trabajo, lo que significa que no trabajamos para nosotros mismos, sino para los demás, lo que conlleva que Dios sea glorificado. Tu trabajo y mi trabajo es para Dios. Y cuando usamos nuestros talentos en el trabajo estamos respondiendo al llamado de Dios para servir a la comunidad humana. Calvino señalaba que “el amor nos lleva a hacer mucho más. Nadie puede vivir exclusivamente para sí mismo y ser negligente para el prójimo. Todos tenemos que ser devotos a la acción de suplir las necesidades del prójimo” (Comentario a los Efesios). Es decir, con nuestro trabajo beneficiamos la cultura en que vivimos. 

Respecto de todo esto, Timothy Keller, de quien he tomado también los tres ejes de ejecución de nuestro trabajo (responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia), señaló en su libro “Iglesia centrada” lo siguiente: “Una teología robusta de la creación, y del amor y cuidado de Dios hacia ella, nos ayuda a ver que incluso las tareas más sencillas tales como hacer un zapato, empastar un diente o excavar una zanja son maneras de servir a Dios y edificar la comunidad humana. Nuestra producción cultural rearregla el mundo material de manera que honra a Dios y promueve el florecimiento humano. Una buena teología del trabajo resiste la tendencia del mundo moderno a valorar solo la pericia en esfuerzos que recaban más dinero y poder”.

4. El trabajo no lo es todo. 

Volviendo a Génesis 1:29,30, ya citado con antelación, debemos decir que Dios es quien nos provee todas las cosas con su trabajo realizado con placer y alegría, tanto en la creación como en el desarrollo providencial de la historia.  De hecho, el trabajo es el medio que Dios emplea para darnos lo que necesitamos. Esto se expresa con claridad en el Salmo 127:2 que dice: “En vano madrugan ustedes, y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados”. Y antes que alguien vea acá una excusa para la desidia y la flojera, el Salmo 128:2 señala: “Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y prosperidad”. El texto no es la justificación de la ociosidad, sino que nos invita a poner la mira en lo verdadero: lo que tenemos y somos no proviene de lo que hacemos, sino de Dios que nos da trabajo, capacidades y dones. 

Dorothy Sayers decía que: “El trabajo no es, primordialmente, algo que hacemos para vivir, sino algo que vivimos para hacer”. Y si bien es cierto, el trabajo no es una maldición, tampoco es la única actividad importante que desarrollamos. No despreciemos lo que Dios ha creado, a saber, los dones del trabajo; pero tampoco convirtamos en un ídolo nuestra profesión u oficio. El trabajo es parte de la vida, no la vida. ¡Cristo es la vida! Ni el sentido de nuestra vida ni nuestra identidad están en el éxito o el dinero, lo que debe producir descanso para nuestras almas y no mediocridad en lo que hacemos. ¡No busquemos nuestra identidad en lo que pensamos que somos, en lo que dicen los demás, o en lo que hacemos: nuestra identidad está en Cristo!

5. Hay un día para descansar. 

Génesis 2:2-3 no son el inicio de una nueva sección de la historia que relata el primer libro de la Biblia. El séptimo día forma también parte del trabajo de Dios. El texto dice: “Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora”. Dios luego de trabajar en crear todo lo que hay, cerró su creación con gozo con un día de descanso total. El descanso no tiene que ver acá, con la recuperación de fuerzas, pues Dios no pierde nunca las pierde, sino con el deleite. El descanso es parte del orden creado, no el resultado de la fatiga. Es Dios descansando y deleitándose en su gloria. Y es allí, principalmente, donde está nuestro fin como seres humanos: glorificar a Dios y gozar de Él para siempre. Evidentemente, el descanso nos sirve para reponer fuerzas, pero este día de reposo nos hace recordar que nuestra provisión depende de Dios que nos provee del alimento que proviene de la tierra. Lo que no es otra cosa que una muestra de sometimiento y descanso en Dios. Este es el mandamiento (Éxodo 20:8-11) más relativizado, pero que tiene alcances tremendos en la adoración, con la liturgia comunitaria; y en lo social, con la práctica de la misericordia y el descanso dominical de los trabajadores.

La dimensión social del día del Señor es un eje muy poco explorado en nuestras comunidades de fe, pero que a lo largo de la historia ha tenido vital importancia en la relación de los cristianos con el mundo. No es menor decir que los primeros países en los que el domingo se transformó en día de descanso obligatorio fue en países cristianos. 

No basta que sólo tú y yo descansemos: es necesario que otros lo hagan. Es necesario que otros puedan recuperar fuerzas y vivir la comunión en la armonía del hogar, en el disfrute con amigos y hermanos, más allá de los rigores de la vida. El descanso es fundamental para la salud como estado de perfecto bienestar físico, psíquico, emocional y espiritual. El Dios que es justo es quien reclama esto. No hay que olvidarse que los diez mandamientos comienzan con la declaración: “Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo” (Éxodo 20:2). El texto de Deuteronomio 5:14, en medio de la referencia al cuarto mandamiento, agrega un matiz al decir: “De ese modo podrán descansar tu esclavo y tu esclava, lo mismo que tú”. Aquí está la raíz de la regla de oro: el mismo bienestar que deseo para mi es el que debo desear para otro, y colaborar para construirlo. Si tengo trabajadores a mi cargo, y si yo descanso, ¿por qué negarle ese derecho a otros? Fue por esto también, que el moderno movimiento sindical tuvo en sus bases a trabajadores cristianos. La misericordia es una virtud que los creyentes no debemos olvidar. El cuarto mandamiento cierra la tabla del amor a Dios, pero la engarza con esta mirada, a la tabla del amor al prójimo. Ningún espíritu farisaico nos debe hacer olvidar lo que Jesús dijo: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo” (Marcos 2:27, RV 1960).

Algunas reflexiones finales:

Adoramos a Dios en todo lo que hacemos, pues no hay dicotomía entre sagrado y secular. Hay vidas consagradas o no consagradas. Esta comprensión es sumamente importante para la teología reformada, porque no se trata de dejar la evangelización a un lado, pues ésta es la tarea prioritaria de la iglesia. Sólo que los creyentes, en tanto iglesia esparcida en el mundo, en todas las esferas de la vida, extienden el Reino de Dios en cada espacio que les toca, el que es tornado en campo de misión. Kuyper lo expresa de la siguiente manera: “La vida cristiana como un peregrinaje no fue cambiada, pero el calvinista llegó a ser un peregrino que, de camino a nuestro hogar eterno, tenía que realizar en la tierra una tarea importante”.

Cristo no nos llama al masoquismo. Cristo nos llama a ser coherentes con el evangelio. Y es ese ejercicio de vivir lo que se profesa, siendo responsables, viviendo con distintivo cristiano y trabajando con excelencia, lo que en ocasiones traerá sufrimiento, sobre todo en una sociedad que rechaza cada vez más al Dios de la vida, caminando en pos de su degradación y muerte. Pero eso no nos hace pesimistas, porque nuestra victoria personal y comunitaria no está en lo que podemos hacer sino en Cristo que venció en la cruz trabajando con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. 

El centro de nuestro trabajo basado en una cosmovisión bíblica es, entonces, identificarnos con la ayuda del Espíritu Santo a nuestro Señor y Maestro Jesucristo, encontrando pleno sentido, gozo y descanso en Él, viviendo y desarrollando los dones que el Padre nos ha dado. No estamos solos. El Trino Dios está también allí, cuando trabajamos con nuestras manos. 

Kevin DeYoung plantea en su libro “Súper ocupados” lo siguiente: “La única obra que se debe hacer absolutamente en el mundo es la obra de Cristo. Y la obra de Cristo se lleva a cabo a través del cuerpo de Cristo. La iglesia, reunida para adorar los domingos y esparcida a través de sus miembros durante la semana, es capaz de hacer muchísimo más que cualquiera de nosotros solos. Yo puedo responder al llamado de Cristo en una o dos formas, pero soy parte de un organismo y una organización que puede responder y servir de un millón de formas”. ¿Trabajamos por la extensión del Reino de Dios en todos los espacios de la vida? Todos los cristianos estamos en misión. El lugar en el que estamos debe ser nuestro campo de misión.

Luis Pino Moyano.

 


 

Nota explicativa de la redacción y el uso de fuentes bibliográficas.

Este texto fue construido teniendo como base tres sermones: uno basado en Génesis 1:26—2:3 predicado en 2016 en la 5ª Iglesia Presbiteriana de Santiago; otro basado en 1ª Pedro 2:18-25, predicado en 2018 en la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago; y en lo relacionado al día del Señor, se tuvo en cuenta un sermón temático predicado en la Iglesia Metodista Pentecostal, también en 2018. 

Por lo mismo, las referencias no siguieron un sistema de citación con notas al pie de página, facilitando así la lectura para la exposición oral. Pero, por cuestiones éticas, me veo en la obligación de referir a los textos que influyeron en mi lectura de este asunto: 

  • DeYoung, Kevin. Súper ocupados. Grand Rapids, Editorial Portavoz, 2015. 
  • Keller, Timothy y Leary Alsdorf Katherine. Como integrar fé & trabalho: Nossa profissão a serviço do Reino de Deus. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014. A la fecha, hay edición en castellano: Keller, Timothy. Toda buena obra: conectando tu trabajo con el trabajo de Dios. Nashville, Broadman & Holman Publishers, 2018.
  • Keller, Timothy. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012. En este caso, particularmente el capítulo 26: “Cómo conectar a las personas con la cultura”, pp. 350-357.
  • Kuyper, Abraham. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas CLIR, 2010.
  • Lloyd-Jones, Martyn. Los puritanos. Sus orígenes y sucesores. Edimburg, El Estandarte de la Verdad, 2013. En este caso particular, la conferencia del año 1964: “Juan Calvino y George Whitefield”, pp. 159-196.
  • Miller, Darrow y Newton, Marit. Vida, trabajo y vocación: una teología bíblica del quehacer cotidiano. Tyler, Editorial JUCUM, 2011
  • Pereira da Costa, Hermisten. Raízes da Teologia Contemporânea. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2018. Particularmente, el capítulo 2, parte 6: “Reforma e o trabalho”, pp. 149 y ss.
  • Wolters, Albert y Goheen Michael. La creación recuperada. Bases para una cosmovisión reformacional. Medellín, Poiema Publicaciones y Dordt College Press, 2013.