Ser colocolino. Memorias y significado.

Enero de 1987, era de noche y estaba en la casa de mi Tata Manuel y de mi Mamita Chela. Voy a una de las piezas, donde había una tele a color, levanto la perilla y estaba jugando Colo-Colo con Palestino. Era la final del torneo 1986. Hugo Rubio recibe un pase, corre casi toda la cancha y lanza un tiro fuerte que derrota la resistencia de Marco Antonio Cornez. Luego de eso, el Pájaro sale corriendo se saca la camiseta, la arroja a la galería y adelanta algo de la vuelta olímpica para terminar de rodillas, rodeado de jugadores y periodistas. Vino el picazo final y Colo-Colo era campeón. En ese equipo jugaban el Cóndor Rojas, Astengo, el Chano Garrido, el Chupete Hormázabal, Jaime Pizarro, Raúl Ormeño, el Pillo Vera entre otros. Este es mi primer recuerdo de Colo-Colo. Estaba a dos meses de cumplir cinco años y ya era colocolino. Tal vez lo era de antes, pero ese es el primer recuerdo que mantengo intacto en mi cabeza: el gol del Pájaro Rubio, su celebración y la copa.  

Son muchos los recuerdos que vienen a mi mente cuando pienso en Colo-Colo. El tricampeonato 1989-1991. El 90 yo también vestí el uniforme amarillo de José Daniel Morón. La Copa Libertadores de 1991, siguiendo la primera ronda por un canal que se veía mal en la tele, en la señal 2 y con los relatos y comentarios del área deportiva de canal 7 (¿alguien más lo vio así?). Luego, de manera oficial las transmisiones las hicieron en Megavisión, con el relato de Milton Millas y los comentarios de Héctor Vega y Carlos Caszely. Todo eso era fortalecido por la revista Triunfo que salía en La Nación, los cantos en la micro amarilla de la Escuela Getsemaní en la previa de los partidos y las notas de la radio y televisión. Supe que Colo-Colo estaba haciendo algo importante cuando le ganamos a Boca Juniors, y mi Tata hincha de la U desde los tiempos del Ballet, veía a solas el partido en la cocina y aplaudía los goles de Martínez y Barticciotto, en un partido en el cual la palabra polémica le queda pequeña. La final fue transmitida conjuntamente por los canales 7 y 13. Vimos ese partido en mute, pero con la radio a todo volumen, con el relato del cantagoles, Vladimiro Mimica. Que noche más maravillosa esa del 5 de junio, con los goles de Lucho Pérez y Leonel Herrera, en el triunfo contra “el rey de copas”. Esa noche, la copa se miró y se tocó. No nos quedamos con el sabor a victoria como el mismo albo en 1973, la Unión Española en 1975 y Cobreloa en 1981 y 1982. El grito de campeón prorrumpió en el país de la democracia naciente.

Ese año 1991 mi abuela me regaló el libro “La historia de los campeones” de Edgardo Marín y ahí supe de los primeros campeonatos de 1937 y 1941, de la revolución de Platko, del Tigre Sorrel, Atilio Cremaschi, los hermanos Robledo, Misael Escuti, el cuá-cuá Hormázabal, Luis Hernán Alvarez y sus 37 goles en el torneo de 1963. Para qué hablar del Colo del 73, con Nef, Galindo, Páez, Valdés, Ahumada, Velia y el Chino Caszely y sus goles que hicieron corear a un estadio completo “se pasó”. Al año siguiente se ganó la Recopa ante Cruzeiro, con el equipo reforzado por Borghi y Adomaitis. A mediados de los 90 vino el equipo de Benítez con el Rambo Ramírez o Arbiza en portería, con Pedro Reyes, Murci Rojas, Emerson Pereira, Espina, Sierra, Barticciotto y Basay. ¿Cómo olvidar el campeonato en la quiebra del 2002? Cuando todo parecía el final, el albo con jugadores plenamente identificados con el club y que se juramentaron “morir por el Colo” bajaron la estrella más significativa, aquella que nadie esperaba pero que representa el “empuje y coraje” de quienes llevan al anciano lonko en su pecho. Vino el Colo-Colo de la era Borghi, con el adelanto de la generación dorada, con Bravo, Vidal, Valdivia, Fernández, Alexis, junto a Riffo, Lucho Mena, Fierro, el chupete Suazo y tantos otros, que jugaban con belleza y alegría. El de la Sudamericana de 2006 es el equipo que más me ha gustado, el que más disfruté de ver. Y el que hasta este año, el que me causó la mayor pena futbolera: la derrota en la final. ¿Qué habrá pasado con las longas que quedaron cerca de la parrilla que no se prendió en la casa en la que los amigos de la vida vimos ese torneo? En este último tiempo es imposible no mencionar al Pajarito Valdés y al goleador histórico del fútbol chileno, Esteban Paredes, gran capitán de nuestro equipo. “Laureles deja por todos los caminos”, dice nuestro himno. Esta es la época en la que he podido ir al estadio con mi hijo Miguel, que podrá contar más adelante que él vio en cancha a Valdivia, Paredes, Barroso. 

Por todo ello, este año ha sido más que terrible. Nunca había sufrido tanto viendo a Colo-Colo. Pasando de la pena y la rabia, a la esperanza de un equipo que se afirmó, que no luce pero juega. Y nos quedábamos en primera hasta el pitazo de penal en el minuto 95 frente a O’Higgins el domingo pasado. Pero los hinchas se ven en el momento de la derrota, habría dicho Bielsa, y así fue. Ayer un mar de gente se vio en las calles aledañas al Monumental y en los ramales de la 5 Sur, en el camino a la preparación del partido que se juega hoy en el Fiscal de Talca. No creo que es el partido más importante de la historia de Colo-Colo. A mi juicio, el partido más importante se dio el 5 de junio de 1991. Y le siguen las tres finales de 1973, cuando se nadó contra la trampa de Independiente. Pero este es el partido más sufrido y su relevancia está en que puede hacer que el equipo de los amores de la mitad de Chile viva algo inédito: descender a la segunda categoría del fútbol nacional. ¿Qué pasará? No sé. ¿Podemos ganar? Sí. ¿Podemos perder? Sí, la Universidad de Concepción es un equipo respetable. ¿Qué quiero? Ver a mi equipo morir con las botas puestas en el Fiscal de Talca, ojalá ganando. Nada se termina con el triunfo o la derrota. Pero sí debiese haber un nuevo inicio. Todo esto pide a gritos que de una vez por todas se vaya Blanco y Negro y el Colo-Colo vuelva a ser el Club Social y Deportivo, en el que las decisiones son tomadas con criterio de club y no de empresa, en el que jugadores y directivos entienden el significado del club. Un club que no le cierra las puertas a las exglorias del equipo albo que quieren contribuir con su ayuda, consejo y crítica. Un club que entiende el peso de la camiseta blanca y que no trivializa el mal juego. 

Colo-Colo es el equipo de camiseta blanca por la pureza deportiva, de short negro por la seriedad, de escudo con colores blanco-azul-y-rojo porque representa la chilenidad y sobre todo a su pueblo, ese que al día siguiente del triunfo del equipo popular encuentra “la marraqueta más blanda y el té más dulce” como dijera el gran Zorro Alamos. Y tiene como nombre el del viejo lonko Colo-Colo, un hombre que quedó registrado en “La Araucana” de Alonso de Ercilla por su sabiduría magistral y audaz. Pureza, seriedad, identificación con el pueblo y sabiduría. Todo eso estaba en la mente del profesor normalista David Arellano en la hora de la fundación del Club Social y Deportivo Colo-Colo. A Colo-Colo nadie le ha regalado nada. Todo sus triunfos han sido el logro del esfuerzo de jugadores y equipos técnicos que mojan la camiseta por dar una alegría al pueblo. Arellano, su fundador y primer capitán señaló: “En primer lugar tenemos la más absoluta disciplina, pero no la disciplina que arranca de la imposición ni de la autoridad ejercida sin contrapeso, sino de la que es natural consecuencia de la comunidad de anhelos y de afectos. Entre nosotros, todos nos sentimos iguales y ligados por un vínculo superior: el cariño al club en que militamos y que nació de nosotros mismos. Colo Colo es para nosotros más que un nombre; es un lazo de indestructible unión y este y no otro ha sido el secreto del éxito de nuestro equipo, pese a nuestros detractores”. Ese lazo de indestructible unión se verá el día de hoy, ganemos o perdamos, porque el amor por esta camiseta no se romperá, porque ella está pegada en la piel. 

Porque “en las canchas como el Colo-Colo no hay, all right!”. 

Luis Pino Moyano, profesor e hincha colocolino.

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Con Miguel, en la Ruca, 2019. 

 

Maradona, el partido que se acabó y el que comenzó un 25 de noviembre de 2020.

No tengo memoria de la primera vez que vi jugar a Maradona. Tenía cuatro años para el mundial de México 1986. Pero recuerdo el Mundial de Italia 1990, y el liderazgo deslumbrante de un jugador distinto a todos. Tobillo lesionado y todo, condujo a su equipo a la final, que perdieron con un penal de dudosa reputación. No vi su paso por Argentinos Juniors (1976-1981) ni su primera estadía en Boca Juniors (1981-1982). Tampoco lo vi jugar en Barcelona (1982-1984). No tengo recuerdos de su paso por el Napoli (1984-1992), pero sí cuando llegó al Sevilla (1992-1993) y su paso por Newell’s (1993-1994). Vino el mundial de Estados Unidos 1994, y vimos en cadena mundial como al Diego le “cortaban las piernas” por un dopping de efedrina. Luego vino su etapa final en Boca Juniors (1995-1997) y su despedida en una Bombonera repleta en 2001. En ese tiempo la única posibilidad de ver fútbol extranjero en la televisión era en los compactos de los noticieros, o en los del Zoom Deportivo y Futgol. O cuando jugaba contra un equipo chileno o donde jugara un connacional. Pero era infaltable la ida a la biblioteca del colegio para leer “Don Balón” o “Triunfo”, y así saber del fútbol mundial. Si bien es cierto, fui espectador directo de la segunda etapa de Maradona, bastó aquella para fomentar mi gusto por el 10 y capitán de todos sus equipos. He leído todo lo que me he encontrado sobre él y he visto cuánto documental y vídeos de compilación de jugadas y goles, los mejores que hizo entre sus 312 por clubes y 68 por la selección albiceleste. Más recientemente, he tenido la posibilidad de ver partidos completos de México 86 y del Napoli, en los que se vio al mejor Maradona. Todo eso me ha llevado a pensar que Diego Armando Maradona, el Pelusa, el Barrilete Cósmico, el Pibe de Oro, o simplemente el Diego, fue el mejor jugador en la historia del fútbol mundial. Uf! Qué difícil es hablar en pasado de Maradona.

Maradona no es mi ídolo. No es objeto de mi adoración (de hecho, no ocupo la palabra adoración en referencia a seres humanos). Él era nada más y nada menos que un hombre, de carne y hueso, con luces y sombras, y no soy ciego frente a ellas. Un hombre de acciones que en ciertos momentos fueron o bordearon lo patético, en una vida llena de excesos en los que nadie le dijo que no. Un hombre con declaraciones que no hacían sentido con la realidad. Maradona fue un drogadicto que luchó desde su estadía en Italia con la cocaína, una droga que más que favorecer su físico y sus cualidades deportivas, nos privó a todos quienes gozamos del fútbol del Maradona que no alcanzamos a ver. Maradona era un hombre que se nos expuso con todas sus miserias. Ahora bien, respecto de sus problemas con las drogas, en la población en la que crecí, me enseñaron y también lo aprendí, que uno no se ríe de “curados” ni “volados” (ebrios y drogadictos). Los males sociales, aunque sean causados por la desidia personal no son motivo de burla. Pueden producir pena o rabia, pero no burla. No justifico a Maradona, pero trato de hacer el ejercicio de comprender su historia, que es la de un muchachito que nació en una villa pobre y que después puede tener todos los tipos de consumo que desee, entre los cuales un Ferrari negro es una buena metáfora. Pero quizá lo más terrible, en el más amplio sentido de la palabra, fue portar la mochila de ser Diego Maradona, el de la gloria y el del barro del fracaso. “Yo erré cinco penales seguidos y seguí siendo Diego Maradona”, dijo para defender a un vilipendiado Lionel Messi en el último mundial. En la sociedad de la transparencia, en la que todos nuestros pensamientos son expuestos en el mundo virtual y real, a veces sacamos lo peor a relucir. He ahí otro mal social: la imprudencia e indolencia caminando de la mano, sumada a la inconsciencia de la propia susceptibilidad que nos hace erigirnos en jueces rigurosos pero autocomplacientes. 

No busco en Maradona un modelo de vida. Él tampoco quería serlo. En su despedida del 2001 señaló: “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”. Mi admiración por Maradona es futbolera al hueso. En la cancha, Diego fue un futbolista de una genialidad incomparable, el mejor de sus exponentes. El 10 clásico, ese que desde el mediocampo comenzaba su lucha por avanzar, con velocidad o firmeza, con gambetas o centros al pie de sus compañeros. Las rabonas y los tiros libres, que como una caricia dirigían el balón a donde quisiera. Con la pelota al pie era difícil que alguien lograra arrebatársela sin faltas. La imaginación y el sentido de espectáculo que alegra y emociona, siempre estuvieron presentes en su juego. Maradona era un artista, un rockero del fútbol. El capitán de su equipo, un líder por antonomasia, ese que empoderaba a sus compañeros porque Maradona, que se sabía bueno con el balón y tenía claro la responsabilidad de aquello, nunca perdió de vista que el juego era de 11. En la odiosa comparación que se hace hasta el día de hoy con Pelé, a mi juicio lo que hace a Maradona el mejor futbolista de la historia es que a diferencia del astro brasileño, Pelé fue el mejor porque siempre jugó con los mejores en el Santos y en Brasil, sobre todo en su más madura expresión en la selección campeona del mundo de 1970. Todos jugaban para Pelé, ese era el guión. En cambio Maradona fue el mejor en equipos que no eran los mejores, pero que llegaban a brillar y a triunfar aguerridamente, porque el capitán hacía brillar a sus compañeros. El capitán que les conseguía zapatos de fútbol a sus compañeros. El ejemplo máximo de aquellos se dio en el Napoli, un equipo de poca monta, del Sur de Italia lo que le hacía cargar un peso de discriminación social, pero el Diego lo hizo ser un equipo valeroso, que ganaba, gustaba, goleaba y que llegó a campeonar incluso fuera de sus fronteras. Pero además, Maradona se fundió con la ciudad, y por eso, el amor más pasional de quienes son sus hinchas está den la ciudad donde es “Santa Maradona”. Y para qué decir la Argentina del 86, un equipo que no tenía chapa de favorito, que viajó con severas críticas de su país, pero que le ganó a cuánto rival se le puso por delante, inclusive a Inglaterra, con la mano en uno de los goles, pero luego, con una genialidad, una maravilla inolvidable, en la que Maradona cual “barrilete cósmico”, avanzó ante los defensores ingleses que hicieron todo lo que estaba a su alcance pero sin poder frenar a quien se sabía campeón del mundo. Por eso, quienes más odiaban a Maradona no están dentro de las canchas. De sus compañeros se les escucha hablar de él con respeto y admiración, por su performance en la cancha como en su lucha por los derechos laborales de los futbolistas. Era un rebelde del fútbol, dentro y fuera de la cancha. Alguien que puede ser acusado de muchas cosas, menos de buscar la comodidad propia y ensimismada. Quienes odiaban a Maradona eran espectadores fanatizados del fútbol, pero sobre todo los dirigentes de los cuales Diego no fue un lacayo, y por eso, la mafia FIFA lo malhirió. Esos sujetos son los olvidados de la historia del fútbol, pero pasarán muchos años, y seguiremos hablando de Maradona, de su fútbol, del fuego vital que ponía en la cancha, de la nostalgia ante lo que fue y de aquello que no pudo ser ni hacer, como del brillo de sus ojos cuando hablaba de fútbol y sus colegas de oficio, particularmente de aquellos que admiraba, como Bochini de Independiente, el equipo de sus amores, y Rivelino, el gran ocho de la verde-amarela. 

Maradona murió hoy a los sesenta años de edad. Su corazón dejó de latir. El silencio de la perplejidad nos golpeó también a los que gustamos del fútbol, y que crecimos viendo y disfrutando a Maradona. La tristeza amarga que ningún tango logrará poner en escena. Diego, el mejor del fútbol mundial, siempre será recordado. Hoy, con nostalgia y pena, escuchamos y cantamos en la mente la canción de Calamaro a sabiendas de la verdad que hay en ella: “siempre  te vamos a querer / por las alegrías que le das al pueblo / y por tu arte también”.

El fútbol ha perdido a uno de sus mejores hijos. Pero, la memoria no. 

Luis Pino Moyano.

Las derrotas y la historia.

Quise escribir este post antes del partido de Chile vs. Brasil de hoy, pero no pude. Dejé unas palabras en mi muro de Facebook, las cuales, en cierto sentido serán replicadas, y en el mejor de los casos extendidas. ¿La diferencia? La certeza de la derrota. Hoy se pudo haber ganado. Bravo, Medel, Vidal, Díaz, Aránguiz, Alexis, fueron unos gigantes que hicieron ver deslucido a un equipo brasileño que no es ni la sombra de lo que alguna vez fue el Scratch, sobre todo cuando se lució en su máxima expresión, en el Mundial de México 1970. Hoy la verdeamarelha se mostró desdibujada, especualadora y sobre todo defensiva, renunciando con ello a lo más bello que tiene el fútbol: el ataque, los goles, el virtuosismo, la belleza, todas cosas que mostró el juego chileno. Chile, fiel al juego sostenido desde la época de Bielsa y conservado y solidificado por Sampaoli, salió a atacar, a jugar, a dar todo, más allá de las lesiones y el estar luchando contra todo. Así se le ganó a Australia y a España. Así se perdió con Holanda y Brasil. Fanáticamente atacando. ¿Ejemplos concretos? Vidal jugando luego de su reciente operación. Medel, jugando hoy desgarrado, infiltrado, con un vendaje excesivo, saliendo en camilla en los primeros minutos del alargue.

 Mucho se ha hablado respecto a la historia en estos días. “Los brasileños tienen historia”, nosotros, “los chilenos”, en fútbol, “no tenemos historia”. Expresiones como esas provienen de la gran premisa postulada, implícita o explícitamente, por los hagiógrafos oficiales: “la historia la escriben los vencedores”. No quiero rescatar esa premisa. Prefiero seguir a Reinhard Koselleck quien señala que, efectivamente, la historia la escriben los vencedores, pero la comprensión histórica procede de los derrotados. Él decía: “El historiador que está en el bando victorioso se inclina fácilmente a interpretar el éxito a corto plazo en términos de una teleología ex post a largo plazo. No así los vencidos. Su experiencia primaria es que todo sucedió de forma diferente de como se esperaba o se había planteado… Tienen mayor necesidad de explicar por qué ocurrió algo de lo que ellos pensaban que ocurriría. Esto puede estimular la búsqueda de alcance medio y largo plazo que expliquen… la sorpresa… y generen percepciones interiores más duraderas de, por consiguiente, mayor fuerza explicativa. A la corta, puede que la historia la hagan los vencedores. A la larga, los aumentos de la comprensión histórica han salido de los vencidos”.

 Es dicha comprensión la que permite palpar, en toda su densidad, nuestro campo de experiencias. No somos ilusos. Las derrotas de nuestra selección nos han causado tristeza, pero seguimos hinchando, anhelando. La compresión histórica de la derrota, nos hace pensar, soñar y anhelar un mejor horizonte de expectativas. No rompemos con la historia. Entendemos que ella es dinámica, que los procesos sociales, incluso los que se viven en estadios, no pueden ser reducidos a un laboratorio. Y ahí está lo genial: quienes hemos experenciado la derrota podemos sentir como nuevo, y por ende, con mayor goce, el triunfo. No rompemos con la historia: la vivimos, sentimos, la pensamos y anhelamos una mejor, más allá de golpes y derrotas. Brasil no tiene nada que ganar en fútbol, han ganado cinco veces el mundial. Si ganan éste, ya han experenciado ese sentir. Para nosotros, los que no vivimos el ’62, perdiéndonos el tercer lugar de la Roja, esto será inédito. Los únicos que podemos ver la historia para adelante como alternativa y cambio somos los derrotados.

 Al finalizar el partido de hoy, luego de la tanda de penales que nos dejó fuera del mundial, pateé la puerta de la casa, me senté en el suelo, me cayeron unas lágrimas. Nunca vi tan cerca a la selección chilena de conseguir un lugar meritorio en la historia del fútbol. Consciente de la inexistencia de los triunfos morales, vivo esta historia, la de la derrota, sintiendo amagado el sabor a la victoria, satisfecho de ver a esta generación dorada dar lo mejor de sí y anhelando, algún día, poder celebrar. Todas las contradicciones convergen en ésta historia futbolera. Pena-rabia por la derrota, por cómo perdimos. Goce y disfrute de ver a estos jugadores que defendieron con toda su chispeza la camiseta de la tierra de nuestros padres. ¡Salud!

 Luis Pino Moyano.