A 110 años del natalicio de Bonhoeffer: ¿Por qué seguir leyéndolo?

Mis palabras no tienen la intención de erigirse como un canto laudatorio a un mártir impecable e incuestionable. Sin lugar a dudas, eso sería una ofensa a la memoria de Bonhoeffer, quien con claridad y firmeza relevaba la condición de “santos-pecadores” de los creyentes. Eso es lo que vemos en la historia de la iglesia, no prohombres ni héroes, sino sujetos que obraron por la gracia recibida, mediante la fuerza del Espíritu, como también por las falencias resultantes del pecado, que no es otra cosa que el apartar la mirada del Creador.

 Ahora bien, tampoco es el acto falaz de erigir a un “Bonhoeffer conservador”, e inclusive de derecha, cuya biografía puede llegar a ser loada por George W. Bush; ni la construcción del relato izquierdoso del “Che Guevara luterano”, rescatado sólo por su praxis martirial, por su muerte en la resistencia contra el Führer; ni mucho menos la invención de cierto fundamentalismo antitodo (ojo que no estoy refiriendo a toda esa vertiente), que señala los pecados del “teólogo liberal” que muere en su ley, y que por ende, nada de rescatable tiene en su vida y su obra. Lo que pretendo, simplemente, es el rescate, o más bien, la aproximación a la obra de un sujeto que vivió en un momento de la historia y que manifestó los rigores, certezas y contradicciones de una hora particular; de un hombre en un tiempo y un espacio, con todo lo que eso implica. Ver a Bonhoeffer, es encontrarse con un cristiano, un evangélico con bastantes peculiaridades que difícilmente pueden ser delimitadas por la lectura manualística de ciertos “teólogos”, un predicador apasionado y profundo de las Escrituras, uno de los fundadores de la Iglesia Confesante, uno de los autores intelectuales de un tiranicidio frustrado, uno que es mártir en tanto no sólo es alguien que muere, sino quien porta un testimonio que lleva a que su presencia física sea extirpada de la faz de la tierra.

 Entonces, parafraseando a Mariátegui, acá no se trata de hacer calco y copia de las lecturas bonhoefferianas, se trata más bien, de leerlo desde nuestros propios lugares de producción, para crear heroicamente las herramientas que pueden seguir beneficiando a la iglesia en su acción misional en el mundo. ¿Por qué seguir leyendo al pastor y teólogo nacido en Breslau en 1906 un día como hoy? Creo, que por algunas razones como las que me arriesgaré a dar, entendiendo que estas líneas más que un análisis detallado de la obra de Bonhoeffer, buscan ser un estímulo a su lectura. Las razones que propongo son:

1. Por su refutación al liberalismo teológico: Por eso causa una sonrisa y, a veces, otro tipo de reacciones, cuando alguien señala que Bonhoeffer era teológicamente liberal. Quien así procede es porque no ha leído ni media página de lo que él señaló al respecto, y se conformó con la lectura de manuales, o simplemente con la escucha de algún profesor trasnochado. Basta leer el registro de sus discusiones, respetuosas por lo demás de la persona y las ideas, con su profesor Adolf von Harnack. O basta ver el prólogo de su libro “Los salmos: El libro de oración de la Biblia”, para notar que la lectura bíblica es un acto mayor que la mera aplicación del método histórico-crítico (¡y de cualquier otro método hermenéutico!), resultado de la ciencia naturalista, sino una experiencia espiritual de encuentro con la Palabra de Dios, en la que incluso, misteriosamente, oraciones humanas son aquello. Eso era una acción contracultural respecto del método que era la ciencia racionalmente incuestionable en las facultades de teología de la fecha.

2. Por su rescate de la catolicidad de la iglesia: Esto en Bonhoeffer era, al igual que en el punto anterior, un acto contracultural, puesto que él provenía de una denominación eclesial que se definía como nacional y que, aún más, estaba ligada al Estado. Por ende, la ecumenicidad de la iglesia, entendida como el alcance universal de la misma, fue un descubrimiento para él, toda vez, que lo que nos debiera unir es la lectura y recepción consciente del mensaje de la Palabra. Hay creyentes de Cristo, pertenecientes a su iglesia, más allá de los límites que pretendemos imaginar. Esto hace total sentido con la idea de la iglesia invisible, aquella que reconoceremos en su total extensión en el Reino consumado.

3. Por su entendimiento de la gracia: Quizá aquí esté el máximo aporte de Bonhoeffer a la teología protestante, la comprensión de la gracia, puesto que ésta fue una de las doctrinas fundantes de la Reforma del siglo XVI. Leyendo “El precio de la gracia. El seguimiento”, nos encontramos con la comprensión de una gracia cara, que al Padre le cuesta su Hijo, que al Hijo le cuesta la muerte ignominiosa en la cruz y que al discípulo le cuesta el seguimiento, es decir, el cortar la mano que hace caer, viene a ser antídoto a dos extremos presentes en distintas denominaciones eclesiales: el legalista y el antinomianismo, ambos espurios hijos de la cristiandad. Es el mensaje que exhorta a aquél que no mira la cruz y que depende de sus obras, como también es el mensaje confrontador para aquél que piensa y cree que Dios te acepta “tal como eres”, sin cambios en la vida y sin esfuerzo en la práctica de la santidad. Es decir, estamos frente a una comprensión que nos recuerda que el resultado de la salvación son las buenas obras, lo que para un reformado que lee, se traducirá en mayor gloria de Dios.

4. Por la práctica de la espiritualidad: Leer a Bonhoeffer, produce en quien lo hace con honestidad, un reencuentro con la espiritualidad. Con la lectura orante de la Biblia, con la meditación detenida de ella, con las disciplinas espirituales, con la confesión de los pecados, cuya riqueza no está en el que realiza dichos “ejercicios”, sino más bien, en quien debe ser fundamento y centro de los mismos: Cristo, porque “no es la pobreza de nuestro corazón, sino la riqueza de la Palabra de Dios la que debe determinar nuestra plegaria”[1] Y esto también es contracultural, pues apelaba en su contexto a una práctica dejada de lado por el liberalismo que se sustentaba en los ideales ilustrados de la razón moderna. Bonhoeffer apelaba a la mística, a la relación devocional con el Redentor, en la que cada acto realizado tiene un cariz espiritual. Era un batatazo al academicismo flemático en pos de una reflexión que diga algo para el aquí y el ahora, como también para el más allá.

5. Por su énfasis en la vida comunitaria: “Vida en comunidad”, sigue siendo lectura obligada para quienes están trabajando en la construcción de comunidades eclesiales, pues centra la mirada en Cristo que es autor y fundamento de la iglesia, pone la mirada en los otros que son tan pecadores como uno, lo que acrecienta una mirada realista frente al ensueño de la “iglesia ideal” de la que uno se va simplemente por la molestia. Es la muestra de vidas que se unen en adoración al Creador, mandatada en la Biblia, ligados fuertemente por el amor al prójimo. Esto, porque la comunidad es la obra del Dios vivo que nos permite una comprensión más firme de la gracia. Cito in extenso: “Debemos persuadirnos de que nuestros sueños de comunidad humana, introducidos en la comunidad, son un auténtico peligro y han de ser destruidos, so pena de muerte para la comunidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales. / Dios aborrece los ensueños piadosos porque nos hacen duros y pretenciosos. Nos hacen exigir lo imposible a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Nos erigen en jueces de los hermanos y de Dios mismo. Nuestra presencia es para los demás un reproche vivo y constante. […] /Todo lo contrario sucede cuando estamos convencidos de que Dios mismo ha puesto el fundamento único sobre el que edificar nuestra comunidad y de que, antes de cualquier iniciativa por nuestra parte, nos ha unido en un solo cuerpo por Jesucristo; pues entonces no entramos en la vida en común con exigencias, sino agradecidos de corazón y en actitud de recibir. Damos gracias a Dios por todo lo que ha obrado en nosotros. Le agradecemos que nos haya dado hermanos que viven, ellos también, bajo su llamada, bajo su perdón, bajo su promesa. No nos quejamos por aquello que no nos da, sino que le damos gracias por cuanto nos concede cada día. Nos da hermanos llamados a compartir nuestra vida pecadora bajo la bendición de su gracia. […] Cuando la vida en comunidad está gravemente amenazada por el pecado y la incomprensión, el hermano, aunque pecador, sigue siendo mi hermano. Estoy con él bajo la palabra de Cristo, y su pecado puede ser para mí una nueva ocasión de bendecir a Dios por permitirnos vivir bajo su gracia. La hora de la gran decepción por causa de los hermanos puede representar para todos nosotros un momento verdaderamente saludable, pues nos hace comprender que no podemos vivir de nuestras propias palabras ni de nuestras obras, sino únicamente de la palabra y de la obra que de verdad nos une con otros, a saber: el perdón de nuestros pecados por Jesucristo”[2].

6. Por su claro entendimiento de la relación entre evangelio y relevancia: Lamentablemente las modas tergiversan a los autores, y es probable que algunas de las reacciones antitodo sean resultado de dicho constructo. Bonhoeffer, el adalid de la relevancia, es una falsificación histórica, puesto que sólo enuncia una media verdad. Los verdaderos adalides de la relevancia eran aquellos que desde la Iglesia Luterana adscribieron al nazismo e hicieron más que genuflexiones a Adolf Hitler y sus esbirros. Ellos estaban a la orden del día. Ellos seguían “los signos de los tiempos” disociados del mensaje. Y esto nos lleva a pensar en Bonhoeffer y su “Ética”, que responde en situaciones complejas a preguntas hechas desde el presente, y desde un presente que exige compromisos y decisiones que no reportan una cotidianidad en contextos de estabilidad social, mostrándonos una vez más que el cristianismo no sólo es expresión de fe, sino una mirada omnicomprensiva de la realidad. Mirada que se hace preguntas y que responde de manera ofensiva a quienes están inmersos en la comodidad de la iglesia intramuros. Pero que se entienda, el mensaje de Bonhoeffer es el mensaje que confiesa a Jesús y la Escritura, que se detiene y basa en dicha proclamación que nace de la fuente de agua viva y no en las cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Para el pastor que a la vez es teólogo, la relevancia no está en ponerse a la orden del día. La relevancia de un cristiano está en Cristo y su mensaje y si no está en ella no es. Es agua edulcorada, demasiada actualización que ofende incluso como pregunta. Es entonces, refiriendo a la compilación de sus cartas en prisión, una resistencia que se somete. Resistencia contra el líder y el imperio que se alza como dios y como verdad, enseñándonos a ser minoría que no lloriquea con complejo de víctima, sino más bien, comunidad que avanza en las luchas cotidianas en medio de una cultura que contraviene aquello que creemos, pero que sigue enunciando el mensaje con responsabilidad y claridad. Resistencia de quienes entienden que su verdadera libertad está en quien es Señor de todo y que ella ha sido provista para amar y servir.

 Por estas razones, creo que la lectura de Bonhoeffer sigue siendo pertinente. Manos a la obra. Hay mucho que leer…

 Luis Pino Moyano.


[1] Dietrich Bonhoeffer. Los Salmos: El libro de oración de la Biblia. Bilbao, Editorial Desclée de Brouwer, 2010, p. 19.

[2] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 21-23.

Del “Síndrome Martín Lutero” y la “Inquisición Calvinista”.

Un terrible monstruo recorre nuestras iglesias y redes sociales. Un monstruo sediento de gratificación del ego. (Pseudo)Teólogos perfectirijillos que disparan contra todo y contra todos quienes se encuentren a su alcance, sobre todo, si no se acercan a su “luminosa brillantez”. Son tan geniales sus elucubraciones, que ya no necesitan de la Sola Gratia para declarar la obra de salvación y santificación que el Espíritu hace en los creyentes, complementándola con un conocimiento superior, al modo de la antigua gnosis, un conocimiento en el que hay que iniciarse para ser un “verdadero creyente”.

Quienes somos protestantes, debemos reclamar como nuestros los postulados reformadores del siglo XVI. A su vez, quienes somos calvinistas, debemos procurar leer y profundizar en la obra de este notable teólogo francés, y no sólo en fragmentos ni mucho menos en los memes de algún Facebook “reformado”. Tenemos que leer, rescatar y seguir reformando según la Palabra de Dios. La historia de la iglesia no es una historia de héroes, es una historia de santos-pecadores que trabajaron por pura gracia en la extensión del Reino. Por ende, nuestro rescate debe ser hecho en su justa dimensión, reconociendo aciertos y errores, teniendo como norma de la norma a la única y suficiente regla de fe y práctica de los creyente: La Biblia. Nuestros credos y confesiones, no son sólo textos para ser regurgitados de vez en cuando en alguna tribuna, son guía para la lectura y base para la vida en la comunidad. Ocupando la cara metáfora orwelliana, si en algún momento tu conocimiento te hace ser “más igual” entre “los iguales”, algo está andando mal. Estás suplementando la obra de Cristo con tus méritos y fuerzas.

Y aquí viene lo que entiendo como “Síndrome Martín Lutero” y como “Inquisición Calvinista”. El síndrome es terrible. Hace que ciertos sujetos, que están comenzando a leer obras teológicas, crean, ilusoriamente por lo demás, que ya saben todo y que están provistos para combatir con sus novedosas y propias “95 tesis” toda herejía que exista por ahí. Porque toda discusión para ellos es dogmática y un atentado contra sus conciencias al decir de Lutero en la Dieta de Worms. Y batallan, y batallan, por sus convicciones haciendo más enemigos que hermanos, fomentando el individualismo y no la comunidad. Citan textos recién leídos, defendiendo la verdad, pero sin amor. Y lo que es peor, sin humildad, entendiendo que el estudio de la teología versa sobre Dios, quien es inalcanzable por nuestra mente finita y limitada.

Y otros sujetos, suman una acción peor: la de la refulgente “inquisición calvinista”. Con Calvino y sus múltiples herederos siendo “vana repetición”, con el libro adquirido para la foto que eleva el estatus y con el apelativo de calvinista y confesional en el pecho. Y ahí pateando en el suelo virtual a quien ose diferenciarse de su supuesta ortodoxia. Sobre todo, la performance de moda, darle duro a los pentecostales. Desde sus cómodos sillones de lectura mancillan el nombre y el testimonio de quienes con pasión por el reino de Dios han desperdigado iglesias a lo largo y ancho del país, iglesias que cobijan a creyentes salvados por la obra única y suficiente de Cristo en la cruz. Y usan sus escasos conocimientos teológicos para burlarse de la comprensión de la iglesia, del Espíritu y su obra, de los dones, de la vida en santidad (¡como si fuera un mensaje alejado del calvinismo!), de la escatología, olvidando que la mayoría de los inquisidores fueron (¡o son todavía!) miembros de iglesias pentecostales. Y lo que es peor, cuando llegan a nuestras iglesias, quieren que los recibamos con aplausos y palmaditas en el hombro, pero ni siquiera quieren someterse al gobierno de la iglesia y aún menos quieren servir. Los inquisidores, que con displicencia cuestionan a otros, son meros consumidores de fe, de sermones, pero no gente que adora y sirve. Pues para eso se necesita de humildad y amor, cosa de la que carecen. Si han llegado hasta el colmo, porque escucharon un sermón de Paul Washer, de cuestionar la salvación de quienes fueron llamados en una predicación a pasar al púlpito para que oraran por ellos. ¿Acaso esa forma es más importante que la obra del Espíritu en el corazón? ¿Qué se creen cuando dilapidan a creyentes, a hermanos en la fe, con ese nivel de grosería botando al tacho de la basura la experiencia más bella que un cristiano pueda tener? No más, por favor. Arrepiéntanse de la altivez.

Oigan bien queridos que adolecen del “síndrome” y calvinistas para quienes sus balbuceos perfectirijillos son tenidos como dogma inquisidor y que creen que la doctrina, sobre todo la de la elección, es para ostentar frente a quienes todavía no la creen, entienden o asumen, algo así como un grado mayor de superioridad cristiana, déjenme decirlo con todas sus letras: toda esa banalidad es basura, estiércol. Porque al contrario, la doctrina reencontrada por los reformadores, más que para ser debatida u ostentada, es para ser celebrada por el pueblo que Dios ha elegido para sí. Y eso es lo que celebramos de la Reforma del siglo XVI: lo que creemos sanamente y la libertad que no engrandece. La libertad para amar y servir. El credo y la libertad cuya conciencia no está sujeta a sus disquisiciones, sino a la viva Palabra que sale de la boca de Dios.

Si tienes el síndrome y te comportas como inquisidor, arrepiéntete y deja que Dios mate al ídolo en el que te convertiste. Vuelve a casa. Al evangelio de la sola gracia.

Luis Pino Moyano

Cajón del Maipo, en el mes de la Reforma 2015.

Orar y protestar no se contradicen. Leyendo en voz alta a Sidney Rooy y a David J. Bosch.

En contextos de crisis política y social, muchos cristianos ante la pregunta del qué debo hacer, presentan respuestas que disocian el orar de la protesta. Ante dicha interrogante respondo, me respondo, que “del Señor es la tierra y su plenitud” (Salmo 24:1); que “toda autoridad ha sido puesta por Dios” (Romanos 13:1), que el pecado de Sodoma fue “la soberbia, gula, apatía, e indiferencia hacia el pobre y el indigente” (Ezequiel 16:49), todas acciones que Dios condena. Porque nuestro Dios, el Dios al que sirvo, el Dios de la vida, es el Señor que “hace justicia a los oprimidos, da de comer a los hambrientos y pone en libertad a los cautivos. El Señor da vista a los ciegos, el Señor sostiene a los agobiados, el Señor ama a los justos. El Señor protege al extranjero y sostiene al huérfano y a la viuda, pero frustra los planes de los impíos” (Salmo 146:7-9). Por ende, seguir a Dios implica orar porque “venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:10), con la convicción de que esa oración invita a una acción: amar y obedecer a nuestro Padre implica colaborar con su misión, claramente sostenida en el Salmo recientemente citado. La base de la justicia social para nosotros los cristianos está en la acción de Dios que no sólo es trascendente, absolutamente otro, sino que también  es Señor que reina con sus manos sosteniendo providentemente la historia. Como cristiano protestante que protesta, seguiré orando “por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1ª Timoteo 2:1,2), aunque sean como Nerón y, a la vez, alzaré mi voz todas las veces que sea necesario denunciando los ídolos de nuestra época, teniendo como proyecto histórico la sanidad de los pueblos, la restauración de los heridos y perniquebrados, la caminata que coadyuva a la expansión y consumación del Reino de Dios, que en la definición paulina es “justicia, paz y gozo en el Espíritu” (Romanos 14:17). Porque la verdad siempre camina con el amor (Efesios 5:15), y es inconsistencia teológica disociar aquello que debe caminar junto siempre. Orar y protestar no se contradicen, porque en ambos casos Cristo es suficiente (Colosenses 2:9,10).

 Luis Pino Moyano.


 

Dicho lo anterior, les invito a leer conmigo unas referencias de Sidney Rooy[1] y David J. Bosch[2].

Sidney Rooy define los siguientes indicadores para la acción política desde un modelo reformado:

“1. La base del quehacer político por parte del cristiano radica en la presencia dinámica del Reino de Dios en todos los aspectos de la realidad histórica.

2. La plena soberanía de Dios, tanto sobre la naturaleza como sobre toda la sociedad humana, exige la obediencia a la ley moral por parte de todas las personas, sean gobernados o gobernantes.

3. La vida plena e integral del hombre incluye los aspectos afectivo, físico y espiritual, sin los cuales no puede llegar a realizarse como ser humano según la meta establecida por Dios.

4. El cristiano tiene la vocación sagrada de responsabilizarse por lo que pase en su área de actuación, particularmente en lo político. No debe actuar como un individuo aislado de los demás, sino como un miembro de una comunidad de personas que se preocupan por el bien de la vida civil.

5. El objetivo primordial del gobierno y por lo tanto del político cristiano es el de alcanzar la equidad y la justicia en todo su territorio, dando prioridad a los pobres y oprimidos. La autoridad de todo gobierno es derivada, secundaria y limitada porque está condicionada al fiel cumplimiento de la tarea que le ha sido encomendada.

6. Los instrumentos que guían al político cristiano son los disponibles en su tiempo y espacio histórico, vistos bajo la luz de la Palabra y el Espíritu divinos.

7. El deber del cristiano como ciudadano particular es el de obedecer las leyes, orar por las autoridades, sufrir si es perseguido, y reclamar por la justicia cuando las autoridades son infieles a su mandato.

8. Se recomienda la resistencia pacífica bajo condiciones normales cuando el gobierno no cumple con su mandato de administrar justicia. Sin embargo, en casos excepcionales podría ser necesario recurrir a una resistencia abierta con el uso de la fuerza como último recurso. Tal acción solo será posible cuando haya sido autorizada por una organización social calificada y después de una consideración profunda y cuidadosa, que haya determinado la necesidad de rebelarse contra un gobierno que sistemáticamente actúa contra el bien de los gobernados.

9. Todo gobierno que traiciona su vocación y en lugar de promover el bien y castigar el mal hace lo inverso, pierde su autoridad para gobernar.

10. La Iglesia cristiana está llamada a realizar una tarea profética frente a las autoridades, una tarea didáctica con referencia a los que están dentro de su esfera de acción, y una tarea de servicio respecto a las víctimas de una política inadecuada o perversa.

11. El sacerdocio universal de los creyentes señala a la necesidad de la participación de todos, sean laicos o pastores, en el quehacer político. La capacitación de ciertos miembros del cuerpo de Cristo con dones especiales requiere la selección y preparación de ciertas personas de la comunidad cristiana para la participación activa en los partidos políticos y en los distintos niveles gubernamentales”[3].

Por su parte, David Bosch, entiende la misión como la acción de creyentes en todas las esferas de la vida, en la que también se encuentran las tareas político-sociales. Dice:

“Tan pronto como entablamos una conversación sobre Dios, en la discusión se incluye al mundo como escenario de su actividad (Hoekendijk 1967a:344). La situación histórica del mundo no es una mera condición exterior para la realización de la misión de la Iglesia; más bien, debe ser incorporada como un elemento constitutivo de nuestro entendimiento de la misión, de su objetivo y su organización (Rütti 1972:231). Tal postura está en pleno acuerdo con el entendimiento que Jesús tenía de su misión, como está reflejado en nuestros Evangelios: Jesús no volaba por las nubes, sino se sumergía en las circunstancias reales de los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos (cf. Lc. 4:18s.). Hoy día también Cristo está donde se encuentran los hambrientos y los enfermos, los explotados y los marginados. El poder de su resurrección empuja la historia hacia su final bajo la bandera ‘¡He aquí yo hago nuevas todas las cosas!’ (Ap. 21:5). Igual que su Señor, la Iglesia-en-misión tiene que tomar parte por la vida y en contra de la muerte, por la justicia y en contra de la opresión. […]

En vez de buscar conocer el plan de Dios para el futuro del mundo, preguntamos acerca del involucramiento del cristiano en el mundo (:221). Ya no se ve el mundo como un obstáculo sino como un desafío. Cristo ha resucitado y nada queda igual. Fue una victoria estupenda del maligno el habernos hecho creer que las estructuras y condiciones en este mundo no cambiarán ni necesitan realmente de un cambio; el haber considerado que los poderes políticos y sociales (y otros) están investidos de intereses de carácter inviolable; el haberse conformado en condiciones de injusticia y opresión; el haber moderado nuestra expectación hasta el punto de claudicación; el haber perdido la esperanza de una transformación significativa del statu quo; el haber sido ciegos a nuestra propia responsabilidad por el involucramiento en el mundo rumbo a su realización. Al asumir una posición crítica frente a las autoridades, las prescripciones, las tradiciones, las instituciones y las predilecciones ideológicas del orden del mundo existente llegamos a ser un fermento del nuevo mundo de Dios (cf. Gort 1980b:54)”[4].


[1] Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, pp. 41-72.

[2] David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000. Recomiendo la lectura del Capítulo Doce: “Elementos de un nuevo paradigma misionero ecuménico”, pp. 451-619.

[3] Rooy. Op. Cit., pp. 69-70.

[4] Bosch. Op. Cit., pp. 520, 617, 618.

Aprendiendo a hablar con Dios de mi familia.

Martin Luther King orando junto a su familia por los alimentos.

Este domingo 8 de febrero compartí la Escritura en la Iglesia Refugio de Gracia. Se trató del Salmo 127, en un sermón titulado “Aprendiendo a hablar con Dios de mi familia”.

Algunas premisas del Sermón tienen que ver con la oración y con la familia:

La oración no es simplemente comunicación con Dios. Es también disciplina espiritual. Por ende, es algo que se tiene que aprender. ¿Qué debemos aprender? Aprender a conversar con Dios con todo lo que ello implica: a) aprender a leer orando la Escritura, b) cantar con gozo, c) llorar con esperanza, d) pedir con sabiduría, e) arrojar nuestros proyectos a las manos del Señor, f) guardar silencio cuando no sabemos que pedir (¡el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles!). Y los salmos son una buena escuela para ello”.

La Biblia nos muestra de manera muy clara qué es la familia y cuál es su misión. Y sí: nos habla de la heterosexualidad del esposo y la esposa, nos habla de la monogamia y su exclusivismo (“dejará el hombre a su padre y su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”), nos habla de la sexualidad como fuente de placer y procreación, nos habla de la crianza de hijos y de roles que todos debemos cumplir. Pero por sobre todas las cosas, la Biblia nos habla de que la familia no es base de nada, porque sólo Cristo es la roca. Y, por ende, la misión no es la exaltación de los sujetos que la componen, sino que es la gloria de Dios y la extensión de su Reino.

Les comparto el audio de dicha predicación:

http://www.ivoox.com/aprendiendo-a-conversar-dios-mi-familia_md_4055030_wp_1.mp3″

También, les comparto los apuntes, a los que pueden acceder haciendo clic aquí.

Un abrazo, Luis Pino Moyano.

 Muchas gracias al Pastor Cristóbal Cerón de la Iglesia Santiago Apóstol quien me invitó a compartir la Escritura en su comunidad el domingo 25 de enero de 2015, en la serie “Salmos: aprendiendo a hablar con Dios”, que dio pie a esta reflexión bíblica. 

Ampliando bíblicamente la idea de la “defensa de la vida”.

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El sábado recién pasado (31 de enero de 2015), la presidenta Michelle Bachelet ha firmado un proyecto de ley que busca despenalizar la “interrupción del embarazo” en tres casos específicos: a) riesgo vital presente o futuro de la madre, b) alteración estructural congénita o genética del feto incompatible con la vida extrauterina y c) embarazo producto de una violación (hasta doce semanas de gestación y hasta dieciocho semanas, en caso de menores de catorce años). Esto ha suscitado una férrea reacción de distintos sectores, que con la intención pedagógica de facilitar la discusión, haríamos bien en reunir en dos grupos: los que se autoproclaman defensores de la vida y rechazan la propuesta porque atentaría contra el derecho a la vida, y quienes desde el feminismo, ya sea desde colectivos o desde sus principios filosófico-políticos, consideran que el proyecto es conservador, en tanto no reconoce al aborto como parte de los “derechos reproductivos”. Respecto a los argumentos que contrarrestan la visión que considera al aborto como un derecho reproductivo, ya he publicado dos post en este blog: “A propósito de discusiones recientes sobre el aborto” y “De la ausencia del evangelio y de la intolerancia de los ‘tolerantes’” (particularmente el segundo punto, que cuestiona la “fetización” de la discusión). Hago esta referencia, porque los argumentos presentados allá y acá deben ser tenidos como parte de un todo analítico.

 Por su parte, el rector de la Universidad Católica, Ignacio Sánchez, señaló: Ningún facultativo entrará a nuestra institución sabiendo que nuestra institución no está de acuerdo con el aborto, porque atenta contra la dignidad y vida de la persona humana”. Muchas personas, al leer estas palabras, se exasperan y expelen toda su rabia contra el rector y la universidad pontificia, a mi juicio equivocadamente. Sánchez está dando cuenta del principio de “libertad de conciencia”, que le hace actuar en consonancia con lo que piensa y cree, junto al cuerpo académico de su casa de estudios, respecto al aborto, no siguiendo los vaivenes del devenir político chileno. Y los grupos que se precian de tolerantes, harían bien en tener en cuenta el derecho de los otros, pues como dijera Benito Juárez “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Habiendo dicho esto, pienso que la idea de defensa de la vida que sostiene ésta y otras reflexiones se queda bastante corta. Por eso, quisiera propugnar la ampliación bíblica de dicha idea, cosa que haré en los siguientes párrafos.

 Quienes somos creyentes consideramos al humano, hombre y mujer, como un ser creado a imagen y semejanza de Dios, y por ende, presuponemos la dignidad de toda vida humana. Es eso lo que nos hace ver que la vida que se va gestando en el vientre de la mujer merece todo nuestro respeto y cuidado. De hecho, es lo que nos hace ver a nuestros hijos como una “herencia de Dios”, y como “cosa de estima el fruto del vientre” (Salmo 127:3). Por eso reímos con júbilo cuando conocemos la noticia de que seremos padres y madres, porque entendemos a los hijos como regalos, y nuestro deleite está en Dios y su acto creativo. Por eso, nos parecen extraordinarios los estudios que se han hecho con respecto al apego, y la sabiduría práctica respecto a los hijos que se va gestando junto con ellos, lo que nos invita a hablarles desde antes de que nazcan, cuidarles en todo el proceso del embarazo, y lo que nos lleva a propugnar partos respetados, que buscan fortalecer la cercanía con el bebé y no la mera asepsia moderna. Es eso, lo que nos lleva a considerar aberrante la “fetización” de la discusión, toda vez que resulta incoherente en sí misma. Se habla de “derecho reproductivo”, cuando lo que se hace es negar la reproducción. Pero por otro lado, cuando hoy existen una serie de medios que permiten prevenir el embarazo, mediante una sexualidad responsable, en tanto, ella es un acto que emerge también de la voluntad, resulta contradictorio que se coloque al aborto como previsión, cuando es todo lo contrario, es la respuesta al acto fallido, a lo que no se previó. Y sí, resulta no sólo contradictorio, sino que incoherente, que quienes propugnan la defensa de los derechos humanos, no tengan ni un ápice de vergüenza ni lástima frente a la decisión eugenésica y prepotente de decidir quién vive o no. Doble estándar, inconsecuencia e inconsistencia, no se puede decir de otra manera.

 Por la defensa de la vida: ¡No al aborto! Lo decimos fuerte y claro.

 Ahora bien, ampliemos el uso de la idea de defensa de la vida.

 ¿Y qué pasa con la defensa de la vida de la mujer con un embarazo de alto riesgo que podría encaminarla a la muerte? ¿Qué dice la Biblia al respecto? Cuando leemos la Biblia no sólo debemos buscar datos y hechos, sino sobre todo principios permanentes. Y hay un caso, expresado en la Ley de Moisés, que nos otorga algunos principios. Dice el texto: “Si en una riña los contendientes golpean a una mujer encinta, y la hacen abortar pero sin poner en peligro su vida, se les impondrá la multa que el marido de la mujer exija y que en justicia le corresponda. Si se pone en peligro la vida de la mujer, ésta será la indemnización: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, golpe por golpe, herida por herida” (Éxodo 21:22-25, la acentuación es mía). El libro que algunos consideran machista sin haberlo leído, tiene un preclaro cuidado de la vida de la mujer. A la luz del texto bíblico, la vida de la mujer es la prioritaria, puesto que la condena del delito que causa la muerte de la mujer es “vida por vida”, en otras palabras la pena capital; en su defecto, la pena que causa la muerte del bebé no nato, sin daño a la mujer considera la pena que el marido exija y que en justicia corresponda. A diferencia de la caricaturización de la “ley del talión”, lo que se busca es el pago justo y equitativo según el daño cometido, evitando la venganza y la arbitrariedad. La vida de la mujer, que para estos efectos es la esposa que camina codo a codo con un hombre, debe ser protegida y preservada con todos los esfuerzos pertinentes. Por eso es necesario legislar al respecto, no dejando vacíos a la hora de un procedimiento urgente. Las mujeres no “prestan el cuerpo” a sus bebés, son seres humanos, y la dignidad de su vida debe ser relevada siempre. No salvar la vida de la mujer que está en riesgo es un acto de egoísmo, raíz de toda acción idolátrica. Y aquí no se trata de matar al bebé que viene en camino, por el contrario, se trata de la urgencia que se presenta a la hora de salvar la vida de la madre: tiene prioridad la vida de la madre, luego la del bebé. Por ende, en caso de que el acto de salvar la vida de la madre derive en la muerte del niño no nato, debe haber un tratamiento para la mujer que incluya no sólo el fin del proceso de parto, sino uno que tenga presentes variables médicas y emocionales, como por ejemplo, que sean tratadas en salas diferentes de las mujeres que sí han dado a luz y la ayuda psicológica para superar el proceso doloroso, lugar en el que la acción pastoral de la iglesia tiene un papel preponderante.

 Donde lamentablemente queda como flatus vocis, toda la argumentación de los grupos que se levantan en “defensa de la vida”, es la ausencia discursiva respecto a lo que sigue después del parto. Pareciera que ahí concluyera la defensa, y el “indefenso” tuviera que valerse por sí mismo, “total ya nació”. En la ampliación bíblica de la idea de defensa de la vida tenemos que decir lo siguiente:

a) Los padres y las madres somos llamados a educar a nuestros hijos e hijas, y no a delegar dicha educación en instituciones, ya sea la escuela o la iglesia. Los hijos son simbolizados como flechas en las manos de los padres (Salmo 127:4), quienes deben esforzarse por encaminar sus pasos en el seguimiento de Jesús. Los padres defienden la vida cuando entienden que los hijos provienen de Dios, que es quien les cuida y provee de todo lo necesario, y que por lo mismo, comprenden que el método para ello es el trabajo de los padres dentro y fuera de la casa. No basta con tener hijos (¡no somos del Opus Dei!), hay que criarlos, educarlos, protegerlos, amarlos, disfrutarlos.

b) Defendemos la vida cuando propugnamos la justicia social. Y aquí tenemos algo muy importante que decir: la real defensa de la vida no proviene del pensamiento político de derecha, ¡proviene de Cristo!; así también, la verdadera justicia social no proviene del pensamiento de izquierda, ¡proviene de Cristo! Cometemos un craso error, entonces, cuando suplantamos el mensaje de Cristo con ideas prestadas, que no necesariamente representan todo lo que la Palabra de Dios señala. Y esto es ofensivo: mucho se dice con respecto al pensamiento de izquierda que se introduce en la reflexión bíblica, pero se ha llegado a naturalizar los valores y principios de derecha como si estos fuesen cristianos. En la Biblia, la defensa de la vida y la justicia social caminan de la mano. Defendemos la vida cuando “ayunamos verdaderamente”, según las palabras del profeta Isaías: “El ayuno que he escogido, ¿no es más bien romper las cadenas de injusticia y desatar las correas del yugo, poner en libertad a los oprimidos y romper toda atadura? ¿No es acaso el ayuno compartir tu pan con el hambriento y dar refugio a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no dejar de lado a tus semejantes?” (58:6,7). La justicia social bíblica también hace alusión a quienes se enriquecen indebidamente, cosa que no deberíamos callar nunca. Santiago, el hermano de Jesús, señaló en su carta: “Ahora escuchen, ustedes los ricos: ¡lloren a gritos por las calamidades que se les vienen encima! Se ha podrido su riqueza, y sus ropas están comidas por la polilla. Se han oxidado su oro y su plata. Ese óxido dará testimonio contra ustedes y consumirá como fuego sus cuerpos. Han amontonado riquezas, ¡y eso que estamos en los últimos tiempos! Oigan cómo clama contra ustedes el salario no pagado a los obreros que les trabajaron sus campos. El clamor de esos trabajadores ha llegado a oídos del Señor Todopoderoso. Ustedes han llevado en este mundo una vida de lujo y de placer desenfrenado. Lo que han hecho es engordar para el día de la matanza. Han condenado y matado al justo sin que él les ofreciera resistencia” (5:1-6). La defensa de la vida se realiza también en el pago justo por el trabajo realizado y en la denuncia y cambio de las estructuras de dominación que llevan al enriquecimiento de unos pocos. ¿Por qué quienes luchan contra el aborto desde el cristianismo evangélico dicen poco o nada respecto a esto? ¿Acaso la vida de los que tienen trabajos precarios no son dignas de ser defendidas? El texto habla fuerte y claro: el enriquecimiento y trabajo explotador han condenado y matado al justo. En nuestro país, la burla de la indefensión llega al extremo que una de las administradoras de fondos de pensiones, encargada de ahorrar para nuestras futuras precarias jubilaciones, recibe el nombre de “Provida”. Defendamos la vida pujando por mejor educación, mejor salud (ahí se cae la Red de Salud UC, cuyos precios inasequibles no se condicen con la defensa de la vida que dicen propugnar), mejor vivienda, mejor trabajo, mejor justicia.

 Y quisiera referirme a otro elemento de defensa de la vida antes de terminar. ¿Qué pasa con las mujeres que abortan y llegan a nuestras iglesias? Aquí no debiésemos olvidar el ideal bíblico que nos lleva a entender que la verdad sin amor no es verdad, y que el amor sin verdad no es amor. Muchos gritan verdades obstaculizando el acceso de quienes necesitan restauración. Y aquí estoy pensando, sobre todo, en aquellas mujeres, muchas niñas y adolescentes, que en situación de vulneración de sus derechos, en condiciones de pobreza o, inclusive, en una condición social privilegiada pero con altos estándares de expectativa (“no se puede ser madre antes de ser profesional”, por ejemplo), abortaron o piensan hacerlo, y me pregunto: ¿qué hacemos para ser iglesia para ellas, sus parejas y sus familias? ¿Qué hacemos para restaurarles y producir la sanidad de la culpa que les avergüenza y carcome? ¿Qué hacemos por cuidar a los bebés no deseados que nacen y no son adoptados y corren el riesgo de ir a parar a los centros del SENAME que no discriminan entre pobreza y delincuencia? ¿Qué hacemos con aquellas mujeres que son excomulgadas ipso facto por la Iglesia Católica Romana, cargando en sus conciencias con un pecado imperdonable que no aparece señalado así en la Biblia? No hay predicación respecto a los pecados sin llamado al arrepentimiento y declaración del perdón. Cuidemos nuestro lenguaje, a la hora de hablar un tema tan delicado. A veces, nos parecemos más a los fariseos que juntan piedras y buscan arrojarlas contra la mujer adúltera, que a Jesús que confronta la conciencia, que perdona el pecado y que llama a la vida nueva. Me da vergüenza y me ofende el púlpito sin gracia, el que olvida a Jesús que llama a los cargados y trabajados para darles descanso. Me da vergüenza porque cuando Cristo nos llamó estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, y nuestra injusticia hedía putrefacción. ¿Acaso nos olvidamos de dónde fuimos rescatados por Aquél que nos redimió? Defendamos la vida de quienes han causado daño a otras vidas, no olvidando nunca, que para Jesús inclusive nuestras palabras pueden derivar en asesinato. “La fe sin obras es muerta” y “misericordia quiero y no sacrificio”, son cosas que no debemos olvidar.

 He procurado hablar de la defensa de la vida desde el pensamiento político y social que emerge de la Biblia, que habla de un sistema llamado Reino de Dios que es justicia, paz, y gozo en el Espíritu. Cristo reina hoy, y nosotros debemos colaborar en la extensión de ese reino, que busca la armonía social caracterizada no sólo por nuestra limitada definición de paz, sino teniendo en cuenta la justicia y la alegría de todos los seres humanos. Colaboremos con la defensa de la vida, extendiendo el Reino de Dios a todas las esferas de la vida, hasta su futura consumación.

 En síntesis, defendamos la vida, todas las vidas, durante toda la vida.

Luis Pino Moyano.


Anexos:

“Los proponentes originales de la cosmovisión kuyperiana tendían a ser liberales en su política, favoreciendo las economías centralizadas y un gobierno expansivo con énfasis en la justicia y los derechos para las minorías. Sin embargo, en los años sesenta y ochenta surgió otra ‘ala’ de los proponentes de la cosmovisión cristiana en los Estados Unidos: la derecha religiosa. Muchos cristianos fundamentalistas como Jerry Falwell, quien había defendido abiertamente la postura pietista, la abandonaron. Falwell y otros llegaron a creer que la cultura estadounidense estaba apartándose a grandes pasos de sus valores morales, y por eso lideró a los cristianos conservadores a convertirse en una fuerza política dentro del partido republicano. La derecha religiosa usó intensamente el concepto de cosmovisión, como también la idea de la ‘cultura transformadora’, pero conectó estas ideas directamente a acciones políticas en apoyo de medidas conservadoras. El creciente estado secularista tenía que verse como un enemigo que había que reducir, y no sólo porque promovía el aborto y la homosexualidad. La filosofía política conservadora creía que los impuestos debían bajarse, el estado reducirse para favorecer al sector privado y al individuo, y las fuerzas militares ampliarse. Los de la derecha religiosa justificaban a menudo toda la agenda conservadora en base a una visión bíblica del mundo. El movimiento sostenía que necesitábamos líderes políticos que gobernaran desde un punto de vista cristiano, y este estaba definido en su mayoría por un gobierno limitado, impuestos más bajos, una fuerza militar más fuerte y la oposición al aborto y a la homosexualidad” (Timothy Keller. Iglesia Centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 198).

Recomiendo escuchar esta predicación del Pr. Jonathan Muñoz, titulada “La vida es sagrada”, para profundizar más en el tema:

Los evangélicos, la política y los medios de comunicación.

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Llevo varios días pensando escribir esta columna de opinión. No lo había hecho hasta hoy, simplemente porque quería ordenar las ideas de tal manera que esto no fuese una mera explosión reactiva, sino que, una comunicación de reflexiones y propuestas de acción. Soy protestante, eso que cotidianamente se conoce como evangélico, y desde ese lugar de producción veo la realidad. No creo en la asepsia a la hora de pensar el mundo, porque no creo en la distancia entre sujeto y objeto propia de la modernidad. Por eso, resulta incoherente cuando ciertos sujetos dicen que los cristianos debemos dejar nuestras Biblias a un lado a la hora de discutir sobre los temas de la contingencia política, porque a diferencia de lo que muchos creen, no existe un traje de cristiano que pueda sacarme o colocarme dependiendo de la ocasión. ¿Entenderán que todas las veces que observamos, por el sólo hecho de estar midiendo estamos modificando lo medido? Y ahí también hay violencia, porque presuponer que existe un pensamiento que debe ser dejado de lado a la hora de pensar-y-hablar, es porque implícitamente –y a veces, en forma explícita- se cree que el relato desde el cual ellos hablan es “superior”. No existe posibilidad de diálogo cuando no se presupone la inteligibilidad del relato del “otro”.

 Y como protestante, teniendo en cuenta lo dicho con antelación, quiero hoy protestar…

 Protesto contra los pastores y hermanos/as que salen a las calles u ocupan los medios de comunicación, haciéndose llamar “evangélicos”, cuando el mensaje que comunican es cualquier cosa menos el evangelio. Evangelio que anuncia que nadie puede salvarse por lo que hace o deja de hacer, sino por la obra de Jesús de Nazaret y su gracia inefable. Y ese mensaje apunta a todos, no sólo a quienes no han abrazado nuestra fe, sino que, prioritariamente, a nosotros los creyentes. Por ello, nuestro mensaje no es moralismo, no es una tabla de “debes hacer” y “no debes hacer”. Por el contrario, nuestro mensaje habla sobre Cristo que tiene la fuerza para hacer nuevas todas las cosas y que su reino consiste en justicia, paz y alegría, que pueden ser reales en el hoy y en el mañana, y para lo cual debemos trabajar y contribuir con esmero. En síntesis, hablar de Jesús es hablar de esperanza.

 Protesto contra quienes con mucha ansia de poder, y para obtener sus limitadas cuotas de poder, hablan arrogándose la representatividad del “pueblo evangélico”. Dicho pueblo evangélico es una entelequia que no existe más que en el relato de algunos. Nosotros no tenemos Papa ni un magisterio que nos diga lo que creer y pensar. Nuestras iglesias tienen declaraciones confesionales propias, en las que pueden haber elementos comunes, pero también hay, en la teoría y en la práctica, elementos divergentes. Nada debería obstaculizar que hablaran a título personal, o a nombre de colectivos claramente identificables (iglesias u organizaciones), en definitiva, no faltando a la lealtad hacia quienes como hermanos no les hemos dado la autorización a hablar en nombre nuestro (recomiendo leer el artículo Evangélicos y política. ¿Qué hacer?, de la revista Estudios Evangélicos).

 Protesto contra los medios de comunicación que, antes de informar, no investigan y lanzan al voleo sus mensajes diciendo cosas como “los evangélicos dicen…”, “el obispo de la iglesia evangélica declara…” y otros similares. Como señalé en el punto anterior, eso corresponde a una entelequia. Y los comunicadores profesionales que han caído en esto podrían argumentar, defendiéndose, que están diciendo lo que otros han dicho de sí mismos, lo que relevaría una falta de profesionalismo mucho peor, toda vez que ya hace muchos años existen una serie de estudios que han profundizado y problematizado sobre el desarrollo histórico del protestantismo chileno y sus distintas expresiones. Sólo por mencionar un par, el clásico de Ignacio Vergara “El protestantismo en Chile” (Editorial El Pacífico, 1962) y, el reciente libro del sociólogo Humberto Lagos “Herejía en Chile. Evangélicos y protestantes desde la Colonia hasta 1925” (Ediciones SBCH, 2010). Dichas lecturas podrían ser bastante útiles para quienes tienen que informar con responsabilidad social.

 Protesto contra los mensajes y acciones de los autodenominados pastores Javier Soto y Marcos Morales, y todo el séquito que les sigue y actúa con ellos a la par, porque lo único que hacen es sembrar odiosidad, intolerancia y miedo. Protesto, porque anuncian sus mensajes de profetas trasnochados ausentes del principio evangélico de decir la verdad con amor y de amar con verdad. Quienes han sido ofendidos y dañados por sujetos de este talante deben buscar justicia y denunciar sus actos en las instancias pertinentes. Como protestante reformado vindico la separación de la iglesia con el Estado, que otorga todas las posibilidades para expresar libremente la religión de cada cual, en lo público y en lo privado, bajo los marcos del Estado de derecho.

 Protesto contra los programas televisivos que se dan todo el tiempo para hacer entrevistas a estos sujetos, o reportajes que versan sobre ellos, simplemente por el morbo que producen sus acciones y decires. Es bastante poco serio darles tribuna a quienes predican la locura de su religión vociferante de ruido supino, con la sola finalidad de hacer circo con ellos, cuando hay tanto pastor, teólogo y/o miembro de iglesia que podría aportar en los diálogos con seriedad, respeto y profesionalismo. Lo más preocupante es lo que se instala en las audiencias de esos programas (basta ver las reacciones en las redes sociales). Porque no olvidemos que el lenguaje como la imagen comunicada tienen un poder performativo, que tiene el poder de crear realidades. Y no, no todos los evangélicos dejamos nuestros cerebros en casa cuando asistimos a la iglesia o damos testimonio de nuestra fe. Al decir del apóstol Pablo, cantamos con el espíritu, pero también cantamos con el entendimiento. En la mayoría de los casos, las generalizaciones hacen un flaco favor en los análisis.

 Protesto contra los análisis de algunos profesionales evangélicos, que cuando analizan las actuaciones del Pastor Soto y otros, “pentecostalizan” la discusión. Hablar del pentecostalismo, ese del “canuto de terno y pandero”, como si ellos simplemente dieran apoyos ciegos a quienes les lideran, actuando como masa. Si bien es cierto, el análisis del sociólogo Christian Lalive d’Epinay nos señalaba en su precursor estudio sociológico (del año 1968) que el pentecostalismo actuaba como “el refugio de las masas”, ya que estos tendían a la apoliticidad y a la escasa participación social. Evidentemente, el estudio de Lalive es, y debe ser lectura obligada, pero otra cosa es establecer un canon a partir de él, toda vez que es una mirada de un profesional que observa, como todos lo hacen, desde su lugar de producción. Y allí, el concepto de “masa” es clave, porque sobre todo para la generación sesentista la acción política estaba ligada de manera intrínseca a la militancia partidaria. El partido es la vanguardia del quehacer político en la sociedad, y quienes siguen pasivamente a candidatos y programas, son masa, que como tal son volubles a los dictámenes de otros. Y allí se produce un desconocimiento del pentecostalismo chileno y de su emergencia en un contexto político y social del país a fines del siglo XIX y principios del XX. El pentecostalismo, al igual que los políticos de élite y hasta los de la clase obrera ilustrada, frente a la “cuestión social” proponían la redención social, la regeneración del pueblo. Y dicha regeneración, los pentecostales la vivieron experimentando la conversión, y sin salir de sus lugares de habitación ni cambiando su condición de clase, como parte del mundo popular, pujaron por predicar el evangelio, llenar Chile con sus iglesias construidas a veces con materiales precarios, “andar en novedad de vida” –lo que tenía correlato con la responsabilidad, honradez y el trabajo que realizaban- y ayudar a otros a salir de la delincuencia, el alcoholismo y la drogadicción sin recibir un solo peso del Estado para ello. ¿Puede llamarse a eso “huelga social”? ¿Puede ser esa acción autónoma, responsable y proyectiva, la acción de una “masa”? Debemos, entonces, leer problematizando, sobre todo si lo hacemos desde la condición de protestantes incluyendo variables teológicas, eclesiológicas y misiológicas, que permitan agregar matices, o de plano instalar nuevos indicadores, en los análisis hecho por investigadores cuyos proyectos no tienen esa finalidad, y por ende, no buscan responder a todas nuestras interrogantes.

 Y protesto, también, contra quienes actúan con delirio de persecución frente al disenso. No estar de acuerdo con los postulados de uno u otro no debe restar posibilidades para el encuentro dialógico. Es deleznable pensar que los evangélicos sólo estamos preocupados de los “temas valóricos”, como si sólo pensáramos en cuestiones que van de “la cintura para abajo”. Sí, tenemos visiones respecto al matrimonio, la sexualidad y el aborto más o menos transversales (“de todo hay en la viña del Señor”, dice el viejo adagio), pero también discutimos-y-proponemos respecto a la ética ligada a la acción política contra la disolución maquiavélica. Hablamos de la justicia social en defensa de los pobres de la tierra y los abusos que se cometen contra el prójimo y el espacio habitado. Hablamos y defendemos la libertad de expresión, que como diría Bilbao a mediados del siglo XIX, nace de la libertad de culto. El cristianismo no es monotemático, por el contrario, es una visión total de la persona, la realidad social y los fenómenos históricos, puesto que para nosotros no todo lo sólido se ha disuelto en el aire. Hablamos desde la certeza, como también lo hacen quienes relativizan todo. Aprendamos a escucharnos y a tolerarnos a pesar de nuestras diferencias. Porque nunca la tolerancia es vaciamiento de las convicciones, es escucha y práctica que busca el bien de la convivencia en la ciudad. Opinar y actuar diferente no es violencia. Es violencia estupidizar el relato del otro. Es violencia la caricaturización y la generalización inconsistente. Es violencia el golpe, literal o figurativamente hablando.

 Pero no quiero cerrar esta columna sólo con protesta. Quiero también proponer. Y mi propuesta va a quienes profesan la fe evangélica, re-emergida en la Reforma Protestante del siglo XVI. Se hace necesario que seamos iglesia reformada siempre reformándose a la luz de la Escritura. Que demos suma importancia a lo relacional y a lo dialógico. Que escapemos de la lógica vociferante que grita sin escuchar, que en todo lugar ve persecución, que encandila en vez de alumbrar. Copemos los espacios, pero con el evangelio, que por definición es “buena noticia”. Metafóricamente, no pasemos por el campo una aplanadora que arrasa con todo y con todos, sino que sigamos parsimoniosamente lanzando con nuestra mano extendida la semilla a la tierra, tal cual lo ordenó el Maestro de Galilea.

Luis Pino Moyano.

Creo…

8299252617_97a9a56a4c_zCreo en lo relacional y en lo dialógico.
Creo en ser luz que alumbra y no luz que encandila.
No creo en “marchas para Jesús” que vociferan sin creer que Dios tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas.
Creo que el Reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu.
Creo que la verdad sin amor no es verdad, como el amor sin verdad no es amor.

Luis Pino Moyano.

La libertad cristiana.

Martín Lutero quemando la bula papal.
Martín Lutero quemando la Bula Exsurge Domine, el 12 de diciembre de 1520. Lo que comenzó como una protesta en 1517, tomaba con actos como éste, el cuerpo de una Reforma.

En el mes de la Reforma, en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, estamos compartiendo una serie de mensajes titulada: “Reforma: cuatro conceptos claves”. En el marco de dicha serie, me correspondió compartir el mensaje, basado en Gálatas 5:1-5, titulado: “La libertad cristiana”.

Hablar de la libertad cristiana es un tremendo desafío porque, sin lugar a dudas, es hablar del evangelio. Lamentablemente, de ser una de las verdades más importantes emergidas en el período de la Reforma Protestante, en muchos contextos eclesiales se ha vuelto un tabú. “No, es que hablar de la gracia es demasiado peligroso, porque lleva al libertinaje”, dirán algunos, con mucho miedo. Y sí, existe ese riesgo. Pero el riesgo es disipado toda vez que entendemos que hemos sido liberados para vivir en comunidad: hemos sido liberados para amar. Para amar a Dios y al prójimo. Y aquí hay algo que debemos recordar siempre:

La libertad de los creyentes es fruto de la obra de Cristo y no de nuestros intentos de autodeterminación. Para nosotros no hay verdadera libertad sin “Sólo Cristo” ni “Sola Gracia”.

Sin más preámbulos, les paso a compartir el vídeo de dicho mensaje, predicado el domingo 12 de octubre de 2014.

 Si alguno está interesado en el tema, también pongo a disposición los apuntes de ese sermón, los cuales son tributarios de varias lecturas, escuchas de sermones y, por supuesto, de múltiples conversaciones con amigos. Porque los sermones y la teología también se hacen en comunidad. Pueden descargarlo haciendo clic aquí.

Fraternalmente en Cristo, Luis…