La derrota y el fracaso.

Sí, hubo fake news, información falsa-falaz-y-parcial en la campaña del Rechazo. Sí, hubo una campaña que bordeó el patetismo con la idea del “rechazo por amor” como eje, financiada con muchos millones. Sí, hubo medios de comunicación de masas que se quedaron pegados y le dieron tribuna a lo peor de la Convención Constitucional, a los adalides del griterío, de la parafernalia y de la performance vacía de sentido, pero que vende. Sí, hubo gente que votó a partir de todo lo ya mencionado sin leer una sola página de la propuesta constitucional, personas que no sólo se concentraron en un puro sector social de la población. Sí, todo eso es cierto. Pero explicar la derrota solamente desde esa variable es un ejercicio autocomplaciente. Podría explicar una parte del porcentaje de la votación, pero no nos permite comprender el nivel de la paliza electoral vivida el 4 de septiembre de 2022. 61,86% vs. 38,14% de los votos.

No es menor escribir estas letras, luego de una semana en la que intenté catalizar la información, reflexiones, penas y rabias, en una fecha tan llena de memoria: 11 de septiembre. Hasta hoy no había encontrado la clave para iniciar mi reflexión escrita. Pero este día me llevó en la memoria a los análisis de izquierdas respecto a lo ocurrido con el proyecto de la Unidad Popular y lo que se comenzó a vivir con la dictadura militar que triunfara un martes en esta misma fecha. Algunos analistas hablaban del fracaso de la vía chilena al socialismo. Otros analistas hablaban de la derrota política y militar de dicho proyecto. Fracaso y derrota como opciones que se oponían en forma binaria entre sí. Desde la distancia temporal y analítica, siempre he considerado que ambas claves podrían dar una perspectiva mucho más global. Y, por cierto, volando en el tiempo hacia el 2022, creo que ambas claves debieran estar presentes a la hora de considerar el hito del 4 de septiembre de este año. 

La opción del Apruebo sostenida por diversos movimientos sociales, partidos políticos y variadas individualidades, fue derrotada por la opción Rechazo. Quienes sostuvieron la opción Rechazo, después de una tremenda derrota electoral, lograron sortear aquello y supieron usar el espacio de la Convención Constitucional con menos del tercio de convencionales como el espacio de campaña. Desde el día 1 de la Convención avizoraron que este órgano sería el móvil revitalizador del Rechazo de salida. Y desde ahí estuvieron en campaña, visibilizando la torpeza política, las performances descontextualizadas, la desmesura, todo eso unido a la exposición de información en ocasiones cierta, en otras parcial y en otras, falsa. Pero lograron instalar una discusión, un sentido común que conforma la realidad, tanto así que quienes eran mayoría circunstancial en la Convención, en muchos casos nadaron en las olas de las respuestas a la minoría circunstancial, olvidando que las fake news operan con los prejuicios a la base, por lo que responderlas te pone a la retaguardia de los procesos. El Rechazo logró activar los miedos atávicos de la sociedad chilena cuando aludía a la seguridad y la amenaza frente a lo propio, pero a su vez, removió el sentido de lo nacional tan arraigado en aquello que algunos han llamado “el alma de Chile”. Y todo eso, hizo clic en las mentes de habitantes de esta tierra, entre los cuales se encontraban varios millones que habían dejado de votar en el contexto del sufragio voluntario. El Apruebo fue derrotado el 4 de septiembre de 2022 por gente de a pie, por personas que con un lápiz y un papel marcaron la opción Rechazo, democráticamente, no con tanques y metrallas como hace cuarenta y nueve años atrás. Y eso es demoledor*. 

Pero la mirada de esa derrota queda inconclusa si sólo se ve a los otros. El Rechazo ganó porque el Apruebo fracasó. Y se fracasó desde el momento en que se pifió el himno nacional, escrito por un joven liberal, Eusebio Lillo, que fue miembro de la Sociedad de la Igualdad con Francisco Bilbao y Santiago Arcos, que fue perseguido por actuar sediciosamente contra el régimen conservador, y que ya más viejo fuera ministro del presidente Balmaceda. Se fracasó cuando el “pela’o” Vade fue descubierto en su farsa cancerígena, en lo que fue un golpe no sólo para la Convención, sino para miles de personas que padecen el rigor de una enfermedad que suena a sinónimo de dolor y muerte. Se fracasó en la desmesura, esa de quien propusiera los soviets como un modelo a seguir (lo que, menos mal, no tuvo siquiera un voto), en el disfraz, en el espectáculo de intrigas y egolatrías cuando se tuvo que elegir a la nueva mesa del órgano constituyente, en el convencional que quería votar desde la ducha. Pero, por sobre todo, se fracasó porque no se leyó bien la realidad chilena. Se fracasó porque se perdió de vista el principio democrático que señala que en dicho régimen triunfa la mayoría pero con respeto de la minoría. Se fracasó porque se construyó un texto larguísimo, en esa gran tendencia nacional por buscar regularlo todo. Se fracasó porque ese texto era un gran collage de identidades particulares, en el que en clave liberal (de izquierdas, pero liberal), individuos se veían más fortalecidos que el colectivo social. Se fracasó porque nunca logró explicarse bien el tema de la plurinacionalidad (cuestión que todavía, a diferencia de los casos de Nueva Zelanda y Bolivia, es tema de debate en los pueblos originarios que habitan el territorio chileno). Se fracasó duramente cuando la iniciativa popular más votada, “Con mi plata no”, no fue incluida en el texto constitucional, considerándola como una opción de derecha, olvidando con ello no sólo el principio democrático de la mayoría, sino también la historia de la seguridad social. 

Y, por cierto, se seguirá fracasando mal después de la derrota del 4 de septiembre, si la gran razón se busca en “los fachos pobres”. Esa identidad que nace desde el ninguneo y de una práctica tan deleznable que en Chile recibe el nombre de “roteo”, sólo devela a quien la enuncia. Decir que el triunfo del Rechazo y la consecuente derrota del Apruebo se debe a “fachos pobres”, que son inconscientes, arribistas o “tontos”, y que por ello se compraron el discurso de la derecha, es de una falta de respeto por el otro gigantesca, que presupone su ignorancia esencial y, a su vez, de una autocomplacencia que les sigue erigiendo, a los autopercibidos sabios derrotados, como vanguardia iluminadora. Eso es, precisamente, no entender nada. Es estar en un estado de embriaguez individualista, ególatra y autocentrada. ¿Dónde queda la dignidad de las personas cuando exhibo con espíritu de funa su ignorancia real o aparente? Lo que hay allí es puro clasismo travestido de progresismo. 

Parafraseando a Gramsci, la vieja Constitución de Pinochet-Lagos estaba muerta, pero lo nueva propuesta constitucional no pudo vivir, debido a todos los fenómenos morbosos que se dieron en el proceso constituyente, sobre todo desde dentro de la Convención. Con todo mi respeto a la gran mayoría de convencionales que hizo bien su trabajo, no sólo en la jornada establecida, sino hasta largas horas de la noche, hay un grupo de convencionales, esos que pululaban en los matinales como si fueran rockstars, entre los cuales hay uno que morbosamente publicó una historia secreta de la Convención (porque claro, es escritor), gente que luego de esta derrota debería tener vergüenza de andar en la calle, puesto que por sus gustitos, falta de inteligencia y realismo político, por su desmesura, hicieron que nos farreáramos la gran posibilidad de tener la primera Constitución escrita en democracia, con el Congreso Nacional abierto, con la oposición libre y sin los militares en el bloque del poder. Nos farreamos la historia. 

Mario Benedetti decía en su poema “¿Por qué cantamos?”, a modo de certeza: “Venceremos la derrota”. Quisiera en estas líneas formular la misma línea poética a modo de pregunta: ¿venceremos la derrota? La respuesta desde la incertidumbre es un “no sé”. Pero, si quisiéramos vencerla deberíamos empezar a decir las cosas como son: a casi tres años del estallido social, Chile no despertó el 18 de octubre de 2019, pues lo que tuvimos fue un “reventón histórico” que expresó el malestar social acumulado por treinta años, no sólo en clave política de izquierdas y/o progresismos variados, sino también en su calidad de individuos y consumidores (“El consumo me consume” de Tomás Moulian cada vez está más vigente). En el collage de la marcha del millón no sólo hubo propuestas, sino peticiones de variada índole. Todo ese movimiento, junto a la crisis azuzada por el desgobierno de Sebastián Piñera, fue catalizada por el Parlamento quien vio en el camino constitucional la salida institucionalizada que derivara en el restablecimiento de la paz social y del encuentro ciudadano. Octubre ya había sido derrotado y lo que se preservó fue el camino político de noviembre. Eso no fue entendido por parte importante de las izquierdas, dentro y fuera de la Convención. Y cuando se opera desde presupuestos irreales lo único cierto es el fuerte choque con la realidad. 

¿Qué queda por delante? Luego de entender la derrota y el fracaso viene la pregunta por el triunfo: ¿quién ganó el 4 de septiembre? Pensar que los partidos políticos de derechas ganaron ese día, junto con decir que el Rechazo de salida sepultó la opción de una nueva Constitución, también puede ser un error. Y si no lo es, puede ser catalizado para que lo sea. La política es el universo de lo abierto, donde no hay fatalismos, en el cual “El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal: lo que cuenta es tener el coraje para continuar”, palabra de Churchill. No se debe olvidar nunca que el 78,28% de votantes, el 25 de octubre de 2020, dijo apruebo a la pregunta “¿Quiere usted una nueva Constitución?”, y ese mismo día, el 79% votó a favor de una Convención Constitucional para llevar a cabo dicha propuesta. Ese triunfo no fue anulado el domingo pasado. Lo que se rechazó fue una propuesta de texto constitucional y no la posibilidad y/o el deseo de tener una nueva Constitución. Tiene que escribirse una nueva Constitución por medio de una Convención Constitucional, en un tiempo más acotado, con un texto mínimo que tenga el sentido histórico de recoger lo mejor de la tradición constitucional chilena, la “Constitución de Bachelet” realizada por medio de cabildos y la propuesta de realizada recientemente. Y aquí, el papel protagónico lo tendrá Gabriel Boric y su gobierno. Luego de hacer los cambios en el gabinete, y sin dejar de lado su tarea ejecutiva llevando a cumplimiento aquellos elementos de su programa que no dependían de la nueva Constitución, Boric tiene en sus manos la tarea de catalizar y conducir el momento constitucional que no terminaba el 4 de septiembre ganara quien ganara.

Huelga decirlo, Lagos tenía razón cuando señaló que el día clave para el proceso constituyente era simbólicamente el 5 de septiembre. También la tuvo cuando dijo “la vida continúa”. Por mi parte, tengo la convicción que el momento constituyente tiene que cerrarse con una nueva carta fundamental escrita en democracia, que ponga fin a la eterna transición construida a imagen y semejanza de Augusto Pinochet y tenga a la vista el país por venir. 

Luis Pino Moyano.

* Debo esta parte de la reflexión a mi colega profesora de historia Tamara Salinas. Aprovecho de agradecer también a colegas y estudiantes con quienes pude reflexionar sobre este acontecimiento, pues me ayudaron a ordenar y producir las ideas que dieron origen a este post. Sin dudas, les eximo de la responsabilidad de mis palabras y sus resultados.

Lo que señala la bandera.

Nota: El post que comparto a continuación lo escribí el día sábado 3 de septiembre de 2022, a modo de respuestas a una entrevista para Emol. Puede leer el registro que hizo ese medio de una parte de mis respuestas junto a la opinión de la historiadora Ximena Prado, haciendo clic aquí. El texto fue editado sólo en aspectos de forma para adquirir el tono de una columna de opinión.

La bandera, junto al escudo y el himno nacional es un tipo de símbolo que recibe el nombre de emblema y que, por ello, tiene como característica la representación. Pero, también recibía otro nombre, que ha caído en desuso con el tiempo: el de “enseña”, es decir, un tipo de símbolo que busca señalar hacia algo. ¿Qué representa y hacia qué señala? La respuesta es: a la nación. Y la nación como concepto tiene otro talante que el de patria, que apela a la tierra de nuestros padres y madres, en este caso, lo que busca es el sentido de una comunidad. Y aprovechando lo que alguna vez señaló Benedict Anderson, la comunidad no existe sin un sentido de homogeneidad, de unidad. El problema de grandes implicancias históricas es que la nación en Chile fue una construcción que superó el período de la Independencia y la conformación de la república: duró todo el siglo XIX, y para fomentarla se ocuparon distintos insumos, entre los que destaca la “historia patria” con su panteón de héroes, la bandera, el escudo y el himno nacional. Por lo tanto, viene a ser un símbolo de la comunidad imaginada por quienes construyeron el estado nacional, pero a su vez, es un símbolo de unidad de la patria por venir, y es allí, donde puede ser transversal a distintos sectores de la sociedad chilena. Y, a su vez, puede tener una significación distinta para quienes en ciertos momentos fueron arrasados por el estado nacional, como los pueblos que habitaron este territorio antes de la conformación de la república. No hay que olvidar que la mal llamada Pacificación de la Araucanía también fue un acto nacionalizador.

Por ello, es que dentro del momento constitucional que vivimos, en la discusión de los emblemas nacionales, me hubiese gustado mucho que se recuperara y se estableciera como oficial aquella bandera en la que se juró la Independencia el 12 de febrero de 1818, una con proporciones áureas y con una estrella solitaria que contiene dentro de ella la Wuñelfe. Ese símbolo es maravilloso, porque allí la perfección de la unidad representada en el emblema que es la bandera se da en la diversidad. Y ahí está uno de nuestros grandes desafíos del presente, cómo ser comunidad reconociendo, valorando, respetando y dando lugar en el espacio público al diálogo y debate desde las múltiples diversidades que se mueven en nuestro país.

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Por su parte, la bandera es un símbolo importante, pero no es el único. Quizá sea el más reconocido, porque está presente en colegios y en actos masivos, como en los partidos de la selección chilena. La bandera chilena siempre estuvo muy presente en distintos actos políticos a lo largo de nuestra historia, tanto por partidos de derechas, centro e izquierdas. Basta ver sus banderas y escudos, y el blanco, azul y rojo está muy presente en ellos. Durante las jornadas de protesta nacional abiertas en 1983 en oposición pública a la dictadura uno de los símbolos más prevalentes era el de la bandera. Dejó de serlo en el contexto de las movilizaciones masivas durante los gobiernos de la Concertación. La eterna transición a la democracia es bien responsable de la desafección que un sector de la población tiene hacia la bandera. Y aquí es relevante decir que ella volvió a aparecer masivamente en las calles en las movilizaciones del octubre de 2019 y que estuvo presente en el acto de cierre del Apruebo el jueves pasado, acto que se cerró con la interpretación pianística del Tío Valentín Trujillo. Por eso creo, que no vale la mención de lo positivo o negativo per se. Eso está dado por el uso. Cuando Los Prisioneros cantaron “No necesitamos banderas” en el Festival de Viña el 2003, Jorge González improvisó lo siguiente: “Una bandera es linda cuando juega la selección. / Cuando la dibujamos cuando chicos en el pizarrón. / Cuando Marcelo, Iván o Pizarro meten un gol, sí. / Pero no cuando hay que ir a matar, / allí no es linda, cuando hay que ir a odiar”La bandera se vuelve un emblema vaciado de sentido cuando es apropiada por grupos que hacen apología del odio, que vulneran la memoria de quienes sufrieron los rigores de las violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Pero con esas salvedades, la bandera no le pertenece a nadie y nos pertenece a todas las personas que somos chilenas y queremos el bienestar para quienes habitan en este país, connacionales y extranjeros.

Es aquello en particular lo que me hace creer que la performance de “Las Indetectables” en Valparaíso el sábado pasado fue horrible. Una conjunción entre vulgaridad y pobreza mental. El uso grotesco de la bandera siendo defecada e invocando el “aborto de Chile”, procede de un individualismo ególatra que ningunea al resto. Que no tiene en cuenta que la bandera es un emblema importante no sólo para quienes maltratan irrespetuosamente como “fachos pobres”. Por supuesto no está de más decir que la gran desaprobación que recibió esta performance, también respondió al hecho de la presencia de niñas, niños y adolescentes que fueron expuestas y expuestos a este acto.

Junto con ello, no creo que la respuesta a esto se dé en el marco de la fiscalización o el control, aunque hay legislación respecto del uso de la bandera y sobre las ofensas al pudor. Ni la ley ni la fiscalización tienen el poder de cambiar la conducta y las percepciones éticas de las personas. Ahí, lo que debiera ser preponderante es la reflexión. Cómo se conecta el arte con lo político, cómo aquello que se realiza en la esfera pública beneficia o daña la conciencia de las otras personas, cómo suma o resta a la causa en la que creo y trabajo. Esa ausencia de reflexión se hizo presente performáticamente. Antonio Gramsci decía que: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”. Por eso acá hubo puro morbo que gozó lo individual perdiendo de vista lo societal.

Luis Pino Moyano.

Pasar de la superficie Vega-Llaitul al abandono del tabú de la violencia en Chile.

No. No me parece grave la conversación que estaba solicitando la ministra Jeanette Vega con Héctor Llaitul, sea que ésta se diera o no. Se le encargó a ella, que a partir de su cartera hiciera un ejercicio de continuidad-resemantizada de lo que hizo el ministro Moreno durante el gobierno de Piñera #2 en el «Plan Araucanía». Sí creo que la renuncia ameritaba, pues todo parece indicar que se corría con colores propios. Fue un error de forma que debido al contexto se transformó en uno de fondo.

Lo que sí me parece grave, es que desde la PDI o la Fiscalía ad hoc se estén filtrando datos a la prensa, de manera destemplada y sin asumir las responsabilidades del daño que le hacen a la institucionalidad. Desde el tweet escrito al momento de la detención de Llaitul como las transcripciones del contenido de sus llamadas interceptadas que comprometen y/o lesionan a instituciones y personas son del todo irresponsables. Sobre todo, cuando lo que se busca es construir puentes que vayan desde la seguridad de la región hasta el fin de la beligerancia. La policía o instituciones de la judicatura no pueden jugar a la construcción de vitrinas transparentes para el exhibicionismo de aquello que por razones de estado tiene que ser cuidado. 

En Chile debe llegar el momento de ponerle fin al tabú del conflicto armado (parafraseando el título de un significativo libro de Hernán Vidal), para que comencemos a llamar a las cosas como son. Lo que ocurre en el Sur del país no son meros actos delictuales ni delitos contra la seguridad interior ni tampoco acciones de terrorismo. Se trata de un conflicto armado de baja intensidad en el que están en operación, en un contexto beligerante, los institutos que tienen el monopolio de la fuerza en el país, además de civiles de a lo menos dos sectores políticos diferentes. Porque si no tenemos empacho para hablar de la CAM como un grupo que promueve la lucha armada, tampoco deberíamos tenerlo respecto de aquellos grupos de choque de derechas de corte filofascista que también operan en la Macrozona Sur. Ese tabú del conflicto armado está roto desde la CAM. Llaitul hace casi un mes señaló que la organización que él lidera profundizaría la “guerra total en contra del estado capitalista, en tanto cuanto y estado colonial que niega todos nuestros derechos fundamentales”. Y esto tiene una línea histórica que se puede pesquisar de manera muy sencilla. Todavía hay acceso virtual a un documento titulado “Declaración de independencia, de guerra y primer parte de operaciones de la CAM”, en el que se señala sin ambages: “Por lo cual damos por terminado todo dialogo con la República de Chile y le declaramos la guerra, desde hoy 20 de octubre de 2009 en adelante”. 

Por esto, es que el gobierno tiene el deber de hacer efectiva y operativa su línea de mando en las Fuerzas Armadas y de Orden, y junto con ello dialogar con el riguroso secreto que impone el ajedrez de un conflicto militar, tal y como se hizo en España con la ETA, en Irlanda con IRA, en Colombia con las FARC. Nada nuevo debajo del sol. Al contrario, experiencia comparada suficiente a la cual echar mano. Por ello, ante la gravedad de las filtraciones, deben realizarse las investigaciones sumarias que impliquen la baja de los presuntos responsables de dichos actos, ante la ausencia de la decencia que obligaba a poner la renuncia sobre la mesa. 

Por otro lado, el conflicto con el pueblo mapuche iniciado por el estado chileno en el contexto de la mal llamada Pacificación de la Araucanía no se reduce a la CAM, pues ésta no es representativa de todo un pueblo. Llaitul, capturado almorzando en un restaurante al mediodía sin oponer resistencia siendo uno de los hombres más buscados del país desde 2020 (¿persecución policial o estrategia militar?), no es la única voz cantante. Ni Caupolicán, Lautaro o Quilapán lo fueron. La línea armada del conflicto es una arista dentro de una situación mucho más densa histórica, política y socialmente. 

Por todo eso, el primer gran desafío es llamar a las cosas como lo que son, so pena de estar combatiendo por años y años el monstruo imaginario que se ha montado más por una construcción comunicacional efectista que por una comprensión cuidada de la problemática. Terrorismo no es lo mismo que un conflicto armado de baja intensidad. Y el arte de la guerra desde hace siglos tiene formas políticas de paz armada como de confrontación bélica directa. Y como las responsabilidades estatales trascienden a los gobiernos de turno, debe hacerse de una vez por todas un claro mea culpa por haber iniciado la confrontación a fines del siglo XIX. La siembra del viento que genera la tempestad no justifica ni legitima, pero explica y responsabiliza. Y, por cierto, no quita responsabilidad a quien responde tempestuosamente.

Yo sé que esta tesis ensayada acá es polémica. Pero creo necesario ponerla sobre la mesa. La discusión hace rato está abierta.

Luis Pino Moyano. 

Reedición del libro: «La religión que busca no ser opio. La relación cristianismo-marxismo en Chile, 1968-1975».

El año 2012, publiqué mi primer libro. Se trataba de mi tesis de grado «La religión que busca no ser opio. La relación cristianismo-marxismo en Chile, 1968-1975», la que había sido evaluada con nota máxima el año anterior. Siempre tuve la intención de que fuese publicada, más que por el interés de la sobrevivencia académica, por el anhelo que un trabajo construido con mucho esfuerzo no quedara anquilosado en un anaquel polvoriento de biblioteca (eso, en el mejor de los casos), sino que circulara. Dicho sea de paso, ese objetivo se logró muy parcialmente con la primera edición, cuyo valor hacía que fuese poco asequible y desde una editorial con prácticas poco felices. Eso me llevó a considerar, 10 años después, que era necesario volver a publicarla, ahora bajo el sello independiente «Raco Ediciones», con un precio mucho más asequible. Y de una manera fortuita, esta reedición coincide con algunos actos académico-divulgativos a propósito de los 50 años del «Primer Encuentro Latinoamericano de Cristianos por el Socialismo», efectuado los días 23 al 30 de abril de 1972.

El libro busca relevar dos aspectos de la relación cristianismo marxismo en Chile durante los años 1968 a 1975. Un aspecto «concreto», que reporta una construcción histórico-relacional en movimientos y partidos tales como: Iglesia Joven, el Movimiento Camilo Torres, Cristianos por el Socialismo y los partidos Movimiento de Acción Popular Unitaria e Izquierda Cristiana. Esa relación emergió a fines de la década de 1960, abriéndose paso en la escena política durante el gobierno de la Unidad Popular y teniendo gran importancia en el período dictatorial, en la conformación de un frente político por la irrestricta defensa de los derechos humanos y en el proyecto de asentamiento democrático nacional. El otro aspecto es «subterráneo», posible de constatar en elementos discursivos que son transversales a marxistas y cristianos y que determinan modos de entender y vivir la realidad. Dichos elementos son representaciones subjetivas tales como una ética revolucionaria y una práctica acelerada que permiten nuestro acercamiento a una cultura política de izquierdas de nuevo cuño, entendiendo el fenómeno religioso de manera independiente a la ideología dominante.

¿Qué tiene de diferente esta segunda edición, además de la portada y el sello editorial? Hice para estos efectos una revisión de estilo y redacción, corregí mínimos datos y agregué imágenes ad hoc, y una adenda bibliográfico-textual, en la que explico el proceso de la investigación, su edición y además, señalo una cuestión de fondo: si bien es cierto, hoy no me posiciono desde la misma visión del mundo y la vida que hace diez años atrás, no obstante, creo que esta investigación sigue contribuyendo al debate historiográfico. Por lo menos, eso espero. 

Si tienes interés en conocer más de este libro, comparto acá una muestra con el índice, la introducción, la adenda bibliográfico-textual y los agradecimientos de la primera edición. Puedes acceder a ella, haciendo clic aquí.

También, comparto la vista previa que provee Amazon:

Finalmente, si quieres comprar el libro, puedes hacerlo en Amazon con la posibilidad de conseguirlo en formato impreso y/o digital, o en Buscalibre que es una opción más económica para quienes viven en Chile. Comparto los links:

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Un abrazo fraterno, Luis.


Portada definitiva

Un último brindis por la generación dorada.

Es imposible hablar de esta generación dorada sin referir a Marcelo Bielsa, el “Loco”, ese sujeto que desde la banca, al igual como Fernando Riera para la Roja del 62, nos aportó no sólo en juego, sino también en dignidad, haciéndonos levantar la cabeza, jugar de igual a igual, se ganara o se perdiera. En esta hora triste y que nos deja en la boca el amargo sabor de la derrota, haríamos bien en recordar sus palabras: “El éxito es deformante, relaja, engaña, nos vuelve peor, nos ayuda a enamorarnos excesivamente de nosotros mismos; el fracaso es todo lo contrario, es formativo, nos vuelve sólidos, nos acerca a las convicciones, nos vuelve coherentes. Si bien competimos para ganar, y trabajo de lo que trabajo porque quiero ganar cuando compito, si no distinguiera qué es lo realmente formativo y qué es secundario, me estaría equivocando”. 

Y sí, el éxito deforma. Contribuye al olvido. No ayuda a ponderar adecuadamente la realidad. Chile ha asistido a nueve mundiales: 1930 por invitación, 1950 sin clasificatorias por retirada de selecciones, 1962 como anfitrión (se obtuvo el tercer lugar, única vez que se ha avanzado más allá de la segunda ronda), 1966, 1974, 1982, 1998, 2010 y 2014. Matemática simple: con el de Qatar, sumaremos trece mundiales en los que no hemos participado. Esas solas cifras hacen valorar lo conseguido. Dos mundiales seguidos a los que se llegó luego de las eliminatorias más difíciles, donde todos juegan contra todos, y donde Brasil, Argentina y Uruguay siempre están clasificados, cuando hay cuatro cupos directos y uno que tiene que jugar un repechaje.

Para quienes crecimos escuchando eso de “jugamos como nunca, perdimos como siempre”, esta generación nos imprimió otro modo de mirar el fútbol. Un equipo vertical, que jugaba hacia adelante, que intentaba ganar o morir con las botas puestas. Donde Bravo, Medel, Isla, Aránguiz, Díaz, Fernández, Valdivia, Sánchez, Suazo, Vargas, Beausejour y tantos otros, nos dieron tantas alegrías. Esta generación me hizo llorar por un partido perdido, frente a Brasil en el Mundial de 2014, y me brindó la alegría de dos copas América consecutivas. Esta generación me regaló el gol que más grité, frente a Uruguay en la Copa América del 2015, ese de Isla con un tiro imparable. Esta generación me permitió ver al mejor defensa, el mejor volante mixto y el mejor “10” de mis tiempos, fuera de los libros y archivos de vídeo: Medel y su chispeza, Vidal y su amor por la camiseta, Valdivia y la magia de verdad.

El éxito deforma, porque nos hace exigir a jugadores que, estando activos y en buen nivel, ya tuvieron su mejor versión, bregar como si fueran los mismos del 2010, 2014, 2015 y 2016. Ya habíamos quedado eliminados para el mundial anterior. Y, a pesar de todo, seguimos creyendo – o anhelando en nuestro fuero interior- que podíamos ir al repechaje, esperando las derrotas o empates de Perú y Colombia. Seguimos creyendo, porque el éxito anterior se presenta como una cortina de humo frente a la realidad. Por eso, es que quiero hacer un último brindis por esta generación dorada. No porque algunos de quienes la conforman no vayan a estar en un proceso clasificatorio al mundial subsiguiente, sino porque ese período ya pasó. Es hora de que ellos, estando en la selección, sean los compañeros-mayores de Cortés, Suazo, Paulo Díaz, Kuscevic, Montecinos, Brereton y otros que vendrán. Aunque estén, ya serán otra generación. No serán la voz cantante, sino la voz de la experiencia, esa que empuja y enseña, la que genera la calma madura cuando los otros corren aportando intensidad.

El fracaso nos enseña, porque nos permite ver la realidad con toda su dureza y complejidad, y si bien la entendemos, nos permitirá configurar las acciones que nos permitan caminar. El fracaso no fue de Lasarte, que vino cuando nadie quiso, que unió a un equipo fragmentado al final del proceso de Pizzi y que encontró a algunos jugadores para el recambio, esos que Rueda no vio o no quiso ver. El fracaso es de Salah, que trajo a un técnico como Rueda que instaló un fútbol pacato, sin ganas, especulativo, y que además cometió la falta antiética de negociar con otra selección sin dejar de ser entrenador de la Roja. El fracaso es de la ANFP que se farreó el mejor momento de la selección chilena para tomar medidas a largo plazo. El fracaso es de los clubes que no han potenciado sus divisiones inferiores. El fracaso es de las sociedades anónimas que se han adueñado del fútbol, haciendo que representantes -uno en particular- tome las decisiones por sobre los técnicos. El fracaso sólo es formativo cuando hace tomar acciones. Mientras sigan ocurriendo los mismos males, el fracaso deformará tanto como el éxito.

Y esto que estamos viendo, lo vemos por una generación que, futbolísticamente, corrió los límites de lo posible. Por eso, ante esta generación dorada, no queda más que agradecer. Siempre estarán en la memoria de quienes amamos el juego con la pelota que no se mancha. 

Gracias. Salud.

Luis Pino Moyano.

Ser profesor un 29 de marzo en la Villa Francia.

Nota previa: En marzo de 2018 me encontraba trabajando en un colegio de la Villa Francia, cuyo nombre prefiero no pronunciar -mi contrato a plazo no fue renovado por participar de una huelga que buscaba mejoras en las condiciones laborales-. Ese día era «viernes santo» y coincidía con la conmemoración del «Día del joven combatiente» que recuerda el alevoso asesinato de Rafael y Eduardo Vergara Toledo un 29 de marzo de 1985, acometido por agentes de la dictadura militar. Ese día, como profesor de religión el tema ad hoc era el recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Pero en todas las salas de clases el recuerdo de las y los estudiantes partió por los hermanos Vergara Toledo, lo que suscitó esta breve reflexión que escribí en mi Facebook ese mismo día, y que hoy transcribo para mi blog.

Hoy en clases de religión hicimos un paréntesis y quisimos explicar el sentido de la semana santa. Es un colegio en la Villa Francia, y no hubo sala de clases de 7º a 2º Medio, dónde la pregunta “¿qué se recuerda esta semana?”, no tuviese como respuesta el “día del joven combatiente” o la muerte de los hermanos Vergara Toledo. Ellos viven en la misma villa, y decían “mi abuelo los conoció”, o “yo vivo cerca de dónde ellos vivían”, o “conozco a su mamá, la señora Luisa”. Obvio que tuve que hacer una mención de ellos (alrededor de quince minutos), y cómo se plegaron en un momento álgido de nuestra historia a la lucha contra una dictadura, cuyos funcionarios les dieron muerte de manera alevosa un día como hoy de 1985, el mismo día en que tres profesionales fueron degollados.

Eso jamás debe curarnos de espanto. Ojalá la violencia del estado nunca más en este país coarte vidas, sueños y proyectos.

Mientras espero en un trámite recordé una carta de Rafael Vergara Toledo que se conserva en el Museo de la Memoria. La segunda vez que fui la encontré en un intersticio, y de ahí siempre que he ido en mi tarea como profesor paso por ahí y la leo. Su final es conmovedor:

“El Señor está vivo en el hombre y nunca lo podrán matar.

La vida es nuestra.

Qué sentido tiene la vida de un hombre si no es morir para vivir y dar vida, dar realmente vida.

El Señor está con nosotros”.

Al parecer, hay ciertos tabúes que deben romperse en algún momento en nuestro país, para hablar sin miedo, como mis estudiantes, de un hecho real que todavía les llega, y que necesita ser leído en todas sus variables, entre ellas, el cristianismo católico que ellos profesaban. Ese sólo dato debiese hacernos ser más ponderados a la hora de opinar, porque el lumpen que saldrá a destrozar y quemar cosas hoy no se iguala al dolor de un padre y una madre que perdieron a tres hijos (dos un día como hoy) y que aún no tienen justicia por ellos. Esa actitud respetuosa sólo puede estar basada en la clara comprensión del profeta Isaías cuando señaló que la paz tiene como base la justicia y no al revés.

La convicción de tener la razón, y querer expresar siempre nuestros argumentos y divergencias, no nos debe llevar a la indolencia ni, mucho menos, a la indiferencia frente a la injusticia.

Luis Pino Moyano.

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La ensoñación antiliberal de Axel Kaiser y su candidato a la presidencia.

Corría el año 2018. En la noche del 2 de mayo se estaba llevando a cabo un foro organizado por “La otra mirada” y la “Fundación para el Progreso”, en la que participó el escritor peruano Mario Vargas Llosa, y que tenía como finalidad definir lo que significa ser liberal. Luego de la charla, hubo un momento de intercambio de preguntas con Vargas Llosa, dirigido por Axel Kaiser, intelectual de una de las instituciones organizadoras. Kaiser, en medio del enunciado de una pregunta, señaló: “hay dictaduras menos malas, por no decir mejores […] Por ejemplo, ¿cuántos en esta sala preferirían vivir en la dictadura de Maduro o en Cuba que lo que fueron los años 80 en Chile? Probablemente nadie. Ahí viene la pregunta…” [1]. La pregunta no pudo ser realizada, porque fue frenada por el escritor, quien con muestras de descontento le dijo: “Esa pregunta no la acepto. […] No la acepto, porque parte de una cierta toma de posición previa: que hay dictaduras buenas o que hay dictaduras menos malas. No, las dictaduras son todas malas. […] Algunas pueden traer unos beneficios económicos a ciertos sectores, (pero) el precio que se paga por eso es un precio intolerable e inaceptable. Yo creo que entrar en esa dinámica es un juego peligroso, que nos conduce a aceptar que algunas dictaduras son tolerables, aceptables, y eso no es verdad. Todas las dictaduras son inaceptables” [2].

¿Por qué traer a la memoria este recuerdo? Fundamentalmente, porque pone en la palestra un esfuerzo que algunos actores, que tienen la posibilidad de formar fundaciones que les permiten desarrollar actividad intelectual, junto con la posibilidad de generar actividades de formación y de publicación de libros, por diluir y relativizar el peso de un gobierno dictatorial. La crítica que Kaiser ha realizado de manera sistemática a las reformas que buscan profundizar beneficios a la sociedad en nombre de la igualdad, ahora es acompañada por el juicio de valor que califica como “menos mala” la dictadura de Pinochet frente a otros regímenes. Lo peor de la lógica del empate, o de la deleznable “teoría de los dos demonios”, es que atenta contra el ejercicio de la democracia. Relativizar los crímenes de lesa humanidad cometidos en Chile y en otros países de la región, por un éxito económico que no chorreó a la mayoría de la población, pero sí a su sector social no sólo es inconsistente desde pensamientos de izquierdas, sino, inclusive, desde el liberalismo que dice representar. La dictadura de un sujeto que controla de manera autoritaria los tres poderes del Estado es lo menos liberal que puede existir. Es ahí donde radicó el doble mérito de Vargas Llosa en dicha ocasión, en el sentido que sólo a partir de un enunciado de pregunta logra develar los supuestos filosóficos reales de Kaiser, sumado a que dicho escritor es una autoridad para el intelectual de marras (le ha prologado uno de sus libros) y, a la vez, es un ícono de la derecha liberal en América Latina. El debate fue hecho en la misma casa de ese sector de la política. 

Lo que podría haber quedado como la triste crónica de un hecho fortuito del pasado, cobra vigor recientemente, en el contexto del momento constituyente y de una coyuntura electoral que ha visto el alza en la popularidad y adscripción al candidato José Antonio Kast, a quien Kaiser ve como aquel que “viene a romper con el consenso social demócrata instalado y lo hace desde el liberalismo clásico” [3]. Pero, tanto el intelectual de marras como su candidato presidencial han realizado recientemente declaraciones muy poco felices respecto del régimen dictatorial chileno. El 9 de octubre de este año, en la red social Twitter, Kaiser señaló: “Si seguimos así la crisis de Chile se profundizará mucho más y no encontrará una salida institucional – por que [sic] las instituciones se encontrarán desmoronadas-. No hay que ser un genio para adivinar a quién le tocará – e implorarán- nuevamente reencauzar el país” (se adjunta captura de pantalla). Y hace dos días atrás, el 13 de noviembre, en la misma red social dijo: “Lo he afirmado innumerables veces: sostener que todas las dictaduras son IGUAL de malas es tan absurdo como decir que todas las democracias son IGUAL de buenas. Es cosa de pensar un poco y ser honestos intelectualmente para entender esto. El mal y el bien admiten grados” (también se adjunta captura de pantalla). A esto se suman las, también recientes, palabras del candidato José Antonio Kast: “Hay una situación que claramente marca una diferencia con lo que ocurre en Cuba, Venezuela o en Nicaragua. Creo que lo de Nicaragua refleja plenamente lo que en Chile no ocurrió, que, frente a elecciones democráticas, se realizaron y no se encerró a los opositores políticos. Y eso marca una diferencia fundamental. […] Díganme ustedes si las dictaduras como las conocen entregan el poder a la democracia y hacen una transición que se respeta. Eso es lo que no hacen en otros países y en Chile se hizo. Y tenemos un desarrollo económico que permite hoy día que Chile haya pasado a ser uno de los países más destacados de Latinoamérica” [4].

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Ahora bien, la dictadura de Pinochet y compañía limitada es menos mala, no sólo por los índices económicos, sino porque entregó el poder luego de la celebración de comicios, como si se tratara de algo inédito. Kast olvida que el mismo Daniel Ortega, un tirano de ayer y hoy (es un deber leer a Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez y Gioconda Belli sobre estos asuntos), entregó el poder en Nicaragua en 1990 a Violeta Barrios viuda de Chamorro, o la dictadura argentina que se vio obligada a entregar al poder luego de comicios y de la derrota militar en Las Malvinas al radical Raúl Alfonsín, en diciembre de 1983. El término de una dictadura por medio de un proceso electoral en el que es derrotada no es un factor que explique la totalidad de la trayectoria y naturaleza moral de dicho régimen. Porque por ejemplo, a la dictadura chilena no se le derrotó sólo con un lápiz y un papel como rezaba la exitosa campaña del NO y está instalado en el sentido común. Eso deja de lado las veintitrés jornadas de protesta a contar de 1983, el fallido atentado a Pinochet en 1986, la influencia de Estados Unidos apoyando la salida pactada y a la Concertación e, inclusive, el papel que cumplió dentro de la Junta Militar el general Matthei para que el resultado del plebiscito fuese respetado a pesar del intento de Pinochet por mantenerse firmemente asido del poder. Todo eso explica que a pesar de correr solo Pinochet llegara segundo, parafraseando el célebre titular del “Fortín Mapocho”. Hay más que el Plebiscito de 1988 por juzgar y ponderar. 

Y eso devela lo peor. Estos voceros del dizque liberalismo chileno no sólo relativizan la dictadura cívico-militar en términos económicos y políticos, sino que siguen vislumbrando esas manos de hierro como alternativa política. El lugar destacado del país podría ser salvaguardado por la acción de militares que reencaucen el país, obviamente, luego del ruego de la ciudadanía que gemirá por su pronunciamiento. ¡Plop! La ensoñación erótica de una derecha que se autoproclama como defensora de la libertad pero que anhela una salida violenta-pero-pacificadora, esa que sigue diciendo “después es sin llorar”, saca a la luz un ethos pinochetista que sigue perviviendo en ella. Una derecha antiliberal que no ha entendido lo que dijera Milton Friedman: “Siempre he pensado, e incluso lo he dejado por escrito, que el verdadero milagro en Chile no fue el hecho de que el libre mercado tuviera el efecto esperado, sino que un régimen militar estuviera dispuesto a tolerar y defender un régimen de libre mercado. Los regímenes militares en general tienden innatamente hacia el autoritarismo y no hacia la libertad de mercado. Siempre he argumentado que el experimento chileno podría haber sido exitoso si, y solo si, el control de la junta militar hubiera terminado” [5]. A lo que habría que añadir que la idea de la libertad frente a la acción del estado no ha sido tal, no sólo en el momento originario, sino también en el uso de una legalidad que sigue beneficiendo a unos pocos hasta ahora. Baste mencionar a Délano, Lavín, Ponce Lerou, Contesse, y hasta Piñera y la historia se cuenta sola. 

El problema con la dictadura chilena no es si fue más o menos mala que otras dictaduras en el mundo, sino en que ella mató, torturó, desapareció a hombres y mujeres en pos de conseguir su proyecto. Y eso basta para condenarla. Si nos perdemos en eso, nos merecemos irnos a la B como sociedad toda. 

Luis Pino Moyano.

 


 

Notas:

[1] “Mario Vargas Llosa frena en seco a Axel Kaiser y su alusión a las dictaduras ‘menos malas’”. En: http://www.biobiochile.cl/noticias/nacional/chile/2018/05/03/mario-vargas-llosa-frena-en-seco-a-axel-kaiser-y-su-alusion-a-las-dictaduras-menos-malas.shtml (revisada en mayo de 2018).

[2] Ibídem.

[3] Axel Kaiser. “Kast, el restaurador”. En: https://www.nuevopoder.cl/kast-el-restaurador/ (revisada en noviembre de 2021). 

[4] “El candidato de la extrema derecha en Chile destaca la dictadura de Pinochet frente a los regímenes de Nicaragua, Venezuela y Cuba”. En: https://elpais.com/internacional/2021-11-13/el-candidato-de-la-extrema-derecha-en-chile-destaca-la-dictadura-de-pinochet-frente-a-los-regimenes-de-nicaragua-venezuela-y-cuba.html (revisada en noviembre de 2021).

[5] Milton Friedman en carta a Robert J. Alexander, del 5 de agosto de 1997. Tomada de: Juan Gabriel Valdés. Los economistas de Pinochet: la Escuela de Chicago en Chile. Santiago, Fondo de Cultura Económica, 2020, p. 358. 

La debacle de Piñera y el auge de Kast es la encrucijada de la derecha chilena.

Cuando creíamos estar curados de espanto por la falta de escrúpulos en los negocios por parte de “su excelencia”, aparecen en la palestra pública los “Pandora Papers”, lo que no sólo nos recuerda el actuar de la élite chilena como una fronda, sino que además, nos hizo aparecer en portadas de la prensa mundial por un motivo que nos llena de vergüenza y rabia. El neoliberalismo chilensis es el reino del chanchullo, expresión coloquial reconocida por la RAE que significa “manejo ilícito para conseguir un fin, y especialmente para lucrarse”. En ese reino, “estado pequeño” no significa “estado débil”, por el contrario, el estado ha sido fuerte para pavimentar y solidificar el accionar del mundo privado, inclusive sus chanchullos, colusiones, evasiones y de más. 

Pero hoy existe una pequeña diferencia. La derecha chilena sabe que la única posibilidad de escapar de la debacle de un individuo es la destitución del mismo. Piñera, a diferencia de Bachelet, ha actuado indefectiblemente como el “Pater Familias” que no ha demorado la muerte de sus hijos (léase “ministros”) para salvar su caudal político. En su altar se han sacrificado muchos personajes con su potencial político, en pos de salvar a quien, de manera inescrupulosa, no ha dejado de buscar su rédito personal. Es la hora que Sebastián Piñera no arranque y asuma su responsabilidad, ya no por las violaciones a los derechos humanos ocurridas en el país, sino por sus actos ausentes de ética. Este fin de semana, a pesar de la cantidad de veces que el sucesor del ministro Cardemil, Bellolio, repitiera las palabras “mentira” y “falso” para descartar la novedad de estos hechos en relación a un caso por el que Piñera fue sobreseído, la directora de la unidad anticorrupción de la Fiscalía Marta Herrera señaló: “La opinión técnica es que los hechos relacionados con la compraventa de la minera no están expresamente incluidos en la decisión de sobreseimiento del cuarto juzgado de garantía del año 2017”. Esto, particularmente ,en las operaciones comerciales relacionadas con Minera Dominga. Por tanto, lo relevado por los Pandora Papers es una novedad en términos periodísticos.

Por tanto, Piñera debe ser juzgado civilmente en los tribunales correspondientes y políticamente en el Congreso Nacional por medio de una Acusación Constitucional. Por el bien del país. Y la derecha sabe que por su bien también. Y el empresariado del país hoy sabe que también es por su bien, toda vez que la mancha en el exterior les juega en contra. 

La debacle de Piñera tiene como uno de sus síntomas la muerte, metafóricamente hablando, de su delfín político Sebastián Sichel, quien sucumbió en un contexto en el que el discurso despolitizador no tiene cabida en un momento constituyente, que no supo agrupar a las fuerzas políticas que le apoyan, que amenazó a parlamentarios que no votarían como él pensaba respecto de los retiros de fondos provisionales, pero, por sobre todo, que en dicho discurso amenazante omitió que él había hecho sus retiros para ahorrarlos en otra cuenta, ergo, no por necesidad ni urgencia, como otros actores políticos arguyeron. A su vez, José Antonio Kast, candidato del Partido Republicano, ha ascendido al segundo lugar en las encuestas, afianzándose como la opción de la derecha en el país. Es probable, que Kast, a no ser que se modere en la discusión pública -no es lo mismo debatir no teniendo nada que perder ni ganar-, no logre conquistar “los votos de centro” y algunos de los votos del casi 20% de indecisos en términos electorales, pero él sabe que una conquista es potenciar su protagonismo para una tercera candidatura, como líder único de una coalición de derecha. Es decir, Boric puede convertirse en presidente de la república, pero éste podría enfrentarse a una oposición fortalecida políticamente. 

Ahora bien, ese fortalecimiento político pasa, primero, por una relectura de la historia. Quienes son militantes o adherentes a ideas de derechas en el país, harían bien en leer a Sofía Correa en su libro “Con las riendas del poder”, particularmente la situación abierta por la derrota electoral de 1964 que llevó a la disolución de los partidos Liberal y Conservador. A dicha lectura, sumar el texto de Verónica Valdivia “Nacionales y gremialistas: el ‘parto’ de la nueva derecha chilena, 1964-1973”, para visualizar cómo el proyecto nacional fue derrotado por el chicago-gremialismo bajo la égida de Jaime Guzmán. ¿Por qué razón? 

a. Porque para que Kast se convierta en el líder de la derecha chilena tiene que salir del clóset político y reconocerse como el chicago-gremialista que es, conservador sólo en el plano moral, pero muy liberal en cuestiones de régimen político y económico. Es decir, tendrá que dejar de lado mucho del discurso nacionalista que está en la superficie de su propuesta, y aminorar su énfasis conservador -discursivo también- porque las redes evangélicas pueden ser buenas aliadas, pero no le conducirán al poder. 

b. Porque la UDI tendrá que asumir que su tarea será abrir las puertas al hijo pródigo Kast, y no sólo recibirle, sino que vestirle con ropas regias y hacer fiesta, al nivel incluso de inmolarse dejando de existir para crear un nuevo partido político que unifique a la derecha chilena. Sobre todo, porque la UDI ya no tiene una razón de ser, toda vez que la “desjaimeguzmanización” del país con el proceso constituyente inaugurará una nueva etapa de la política. Ese nuevo partido político de derecha tendrá la tarea de construir un prisma democrático para una generación que fue hija de la Concertación y no de la dictadura. 

c. Los militantes de Renovación Nacional estarán en la encrucijada de militar en ese nuevo referente político o en crear una alternativa socialcristiana de derecha, cuyo núcleo estaría más cerca de Desbordes que de Chahuán, para referir a liderazgos sinérgicos internos. Evópoli hace rato perdió su novedad, como todo movimiento generacional terminará disgregándose. 

d. Claro está,  en la coyuntura de 1964, el costo fue votar por Frei Montalva, a sabiendas que no cambiaría un ápice de su programa por dichos sufragios. En el momento actual, el costo será destituir a Piñera, lo que les quitará un enorme lastre, y plegarse a la candidatura de José Antonio Kast. Pero si Kast no da pasos unificadores, el apoyo electoral que tendrá quedará sólo en una anécdota.

En un período de crisis como el que estamos viviendo, que tiene un estado de latencia producto de su institucionalización, se haría bien en reparar en los procesos autodestructivos del ayer. Esto, sólo si se espera construir un mañana y un país, y no sólo se piensa en mantener vanamente el poder que les queda. A pocos días de cumplirse dos años del 18 de octubre de 2019, la derecha chilena en un paso de madurez tiene que asumir su responsabilidad política, y entender de una vez por todas que gran parte de lo que vivimos ha sido por su incapacidad de gobernar. Los tiempos mejores que prometieron no llegaron, ni llegarán. Pero siempre, en política más que en ninguna otra esfera, será posible comenzar de nuevo. 

Luis Pino Moyano.