Un último brindis por la generación dorada.

Es imposible hablar de esta generación dorada sin referir a Marcelo Bielsa, el “Loco”, ese sujeto que desde la banca, al igual como Fernando Riera para la Roja del 62, nos aportó no sólo en juego, sino también en dignidad, haciéndonos levantar la cabeza, jugar de igual a igual, se ganara o se perdiera. En esta hora triste y que nos deja en la boca el amargo sabor de la derrota, haríamos bien en recordar sus palabras: “El éxito es deformante, relaja, engaña, nos vuelve peor, nos ayuda a enamorarnos excesivamente de nosotros mismos; el fracaso es todo lo contrario, es formativo, nos vuelve sólidos, nos acerca a las convicciones, nos vuelve coherentes. Si bien competimos para ganar, y trabajo de lo que trabajo porque quiero ganar cuando compito, si no distinguiera qué es lo realmente formativo y qué es secundario, me estaría equivocando”. 

Y sí, el éxito deforma. Contribuye al olvido. No ayuda a ponderar adecuadamente la realidad. Chile ha asistido a nueve mundiales: 1930 por invitación, 1950 sin clasificatorias por retirada de selecciones, 1962 como anfitrión (se obtuvo el tercer lugar, única vez que se ha avanzado más allá de la segunda ronda), 1966, 1974, 1982, 1998, 2010 y 2014. Matemática simple: con el de Qatar, sumaremos trece mundiales en los que no hemos participado. Esas solas cifras hacen valorar lo conseguido. Dos mundiales seguidos a los que se llegó luego de las eliminatorias más difíciles, donde todos juegan contra todos, y donde Brasil, Argentina y Uruguay siempre están clasificados, cuando hay cuatro cupos directos y uno que tiene que jugar un repechaje.

Para quienes crecimos escuchando eso de “jugamos como nunca, perdimos como siempre”, esta generación nos imprimió otro modo de mirar el fútbol. Un equipo vertical, que jugaba hacia adelante, que intentaba ganar o morir con las botas puestas. Donde Bravo, Medel, Isla, Aránguiz, Díaz, Fernández, Valdivia, Sánchez, Suazo, Vargas, Beausejour y tantos otros, nos dieron tantas alegrías. Esta generación me hizo llorar por un partido perdido, frente a Brasil en el Mundial de 2014, y me brindó la alegría de dos copas América consecutivas. Esta generación me regaló el gol que más grité, frente a Uruguay en la Copa América del 2015, ese de Isla con un tiro imparable. Esta generación me permitió ver al mejor defensa, el mejor volante mixto y el mejor “10” de mis tiempos, fuera de los libros y archivos de vídeo: Medel y su chispeza, Vidal y su amor por la camiseta, Valdivia y la magia de verdad.

El éxito deforma, porque nos hace exigir a jugadores que, estando activos y en buen nivel, ya tuvieron su mejor versión, bregar como si fueran los mismos del 2010, 2014, 2015 y 2016. Ya habíamos quedado eliminados para el mundial anterior. Y, a pesar de todo, seguimos creyendo – o anhelando en nuestro fuero interior- que podíamos ir al repechaje, esperando las derrotas o empates de Perú y Colombia. Seguimos creyendo, porque el éxito anterior se presenta como una cortina de humo frente a la realidad. Por eso, es que quiero hacer un último brindis por esta generación dorada. No porque algunos de quienes la conforman no vayan a estar en un proceso clasificatorio al mundial subsiguiente, sino porque ese período ya pasó. Es hora de que ellos, estando en la selección, sean los compañeros-mayores de Cortés, Suazo, Paulo Díaz, Kuscevic, Montecinos, Brereton y otros que vendrán. Aunque estén, ya serán otra generación. No serán la voz cantante, sino la voz de la experiencia, esa que empuja y enseña, la que genera la calma madura cuando los otros corren aportando intensidad.

El fracaso nos enseña, porque nos permite ver la realidad con toda su dureza y complejidad, y si bien la entendemos, nos permitirá configurar las acciones que nos permitan caminar. El fracaso no fue de Lasarte, que vino cuando nadie quiso, que unió a un equipo fragmentado al final del proceso de Pizzi y que encontró a algunos jugadores para el recambio, esos que Rueda no vio o no quiso ver. El fracaso es de Salah, que trajo a un técnico como Rueda que instaló un fútbol pacato, sin ganas, especulativo, y que además cometió la falta antiética de negociar con otra selección sin dejar de ser entrenador de la Roja. El fracaso es de la ANFP que se farreó el mejor momento de la selección chilena para tomar medidas a largo plazo. El fracaso es de los clubes que no han potenciado sus divisiones inferiores. El fracaso es de las sociedades anónimas que se han adueñado del fútbol, haciendo que representantes -uno en particular- tome las decisiones por sobre los técnicos. El fracaso sólo es formativo cuando hace tomar acciones. Mientras sigan ocurriendo los mismos males, el fracaso deformará tanto como el éxito.

Y esto que estamos viendo, lo vemos por una generación que, futbolísticamente, corrió los límites de lo posible. Por eso, ante esta generación dorada, no queda más que agradecer. Siempre estarán en la memoria de quienes amamos el juego con la pelota que no se mancha. 

Gracias. Salud.

Luis Pino Moyano.

Ser profesor un 29 de marzo en la Villa Francia.

Nota previa: En marzo de 2018 me encontraba trabajando en un colegio de la Villa Francia, cuyo nombre prefiero no pronunciar -mi contrato a plazo no fue renovado por participar de una huelga que buscaba mejoras en las condiciones laborales-. Ese día era «viernes santo» y coincidía con la conmemoración del «Día del joven combatiente» que recuerda el alevoso asesinato de Rafael y Eduardo Vergara Toledo un 29 de marzo de 1985, acometido por agentes de la dictadura militar. Ese día, como profesor de religión el tema ad hoc era el recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Pero en todas las salas de clases el recuerdo de las y los estudiantes partió por los hermanos Vergara Toledo, lo que suscitó esta breve reflexión que escribí en mi Facebook ese mismo día, y que hoy transcribo para mi blog.

Hoy en clases de religión hicimos un paréntesis y quisimos explicar el sentido de la semana santa. Es un colegio en la Villa Francia, y no hubo sala de clases de 7º a 2º Medio, dónde la pregunta “¿qué se recuerda esta semana?”, no tuviese como respuesta el “día del joven combatiente” o la muerte de los hermanos Vergara Toledo. Ellos viven en la misma villa, y decían “mi abuelo los conoció”, o “yo vivo cerca de dónde ellos vivían”, o “conozco a su mamá, la señora Luisa”. Obvio que tuve que hacer una mención de ellos (alrededor de quince minutos), y cómo se plegaron en un momento álgido de nuestra historia a la lucha contra una dictadura, cuyos funcionarios les dieron muerte de manera alevosa un día como hoy de 1985, el mismo día en que tres profesionales fueron degollados.

Eso jamás debe curarnos de espanto. Ojalá la violencia del estado nunca más en este país coarte vidas, sueños y proyectos.

Mientras espero en un trámite recordé una carta de Rafael Vergara Toledo que se conserva en el Museo de la Memoria. La segunda vez que fui la encontré en un intersticio, y de ahí siempre que he ido en mi tarea como profesor paso por ahí y la leo. Su final es conmovedor:

“El Señor está vivo en el hombre y nunca lo podrán matar.

La vida es nuestra.

Qué sentido tiene la vida de un hombre si no es morir para vivir y dar vida, dar realmente vida.

El Señor está con nosotros”.

Al parecer, hay ciertos tabúes que deben romperse en algún momento en nuestro país, para hablar sin miedo, como mis estudiantes, de un hecho real que todavía les llega, y que necesita ser leído en todas sus variables, entre ellas, el cristianismo católico que ellos profesaban. Ese sólo dato debiese hacernos ser más ponderados a la hora de opinar, porque el lumpen que saldrá a destrozar y quemar cosas hoy no se iguala al dolor de un padre y una madre que perdieron a tres hijos (dos un día como hoy) y que aún no tienen justicia por ellos. Esa actitud respetuosa sólo puede estar basada en la clara comprensión del profeta Isaías cuando señaló que la paz tiene como base la justicia y no al revés.

La convicción de tener la razón, y querer expresar siempre nuestros argumentos y divergencias, no nos debe llevar a la indolencia ni, mucho menos, a la indiferencia frente a la injusticia.

Luis Pino Moyano.

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La ensoñación antiliberal de Axel Kaiser y su candidato a la presidencia.

Corría el año 2018. En la noche del 2 de mayo se estaba llevando a cabo un foro organizado por “La otra mirada” y la “Fundación para el Progreso”, en la que participó el escritor peruano Mario Vargas Llosa, y que tenía como finalidad definir lo que significa ser liberal. Luego de la charla, hubo un momento de intercambio de preguntas con Vargas Llosa, dirigido por Axel Kaiser, intelectual de una de las instituciones organizadoras. Kaiser, en medio del enunciado de una pregunta, señaló: “hay dictaduras menos malas, por no decir mejores […] Por ejemplo, ¿cuántos en esta sala preferirían vivir en la dictadura de Maduro o en Cuba que lo que fueron los años 80 en Chile? Probablemente nadie. Ahí viene la pregunta…” [1]. La pregunta no pudo ser realizada, porque fue frenada por el escritor, quien con muestras de descontento le dijo: “Esa pregunta no la acepto. […] No la acepto, porque parte de una cierta toma de posición previa: que hay dictaduras buenas o que hay dictaduras menos malas. No, las dictaduras son todas malas. […] Algunas pueden traer unos beneficios económicos a ciertos sectores, (pero) el precio que se paga por eso es un precio intolerable e inaceptable. Yo creo que entrar en esa dinámica es un juego peligroso, que nos conduce a aceptar que algunas dictaduras son tolerables, aceptables, y eso no es verdad. Todas las dictaduras son inaceptables” [2].

¿Por qué traer a la memoria este recuerdo? Fundamentalmente, porque pone en la palestra un esfuerzo que algunos actores, que tienen la posibilidad de formar fundaciones que les permiten desarrollar actividad intelectual, junto con la posibilidad de generar actividades de formación y de publicación de libros, por diluir y relativizar el peso de un gobierno dictatorial. La crítica que Kaiser ha realizado de manera sistemática a las reformas que buscan profundizar beneficios a la sociedad en nombre de la igualdad, ahora es acompañada por el juicio de valor que califica como “menos mala” la dictadura de Pinochet frente a otros regímenes. Lo peor de la lógica del empate, o de la deleznable “teoría de los dos demonios”, es que atenta contra el ejercicio de la democracia. Relativizar los crímenes de lesa humanidad cometidos en Chile y en otros países de la región, por un éxito económico que no chorreó a la mayoría de la población, pero sí a su sector social no sólo es inconsistente desde pensamientos de izquierdas, sino, inclusive, desde el liberalismo que dice representar. La dictadura de un sujeto que controla de manera autoritaria los tres poderes del Estado es lo menos liberal que puede existir. Es ahí donde radicó el doble mérito de Vargas Llosa en dicha ocasión, en el sentido que sólo a partir de un enunciado de pregunta logra develar los supuestos filosóficos reales de Kaiser, sumado a que dicho escritor es una autoridad para el intelectual de marras (le ha prologado uno de sus libros) y, a la vez, es un ícono de la derecha liberal en América Latina. El debate fue hecho en la misma casa de ese sector de la política. 

Lo que podría haber quedado como la triste crónica de un hecho fortuito del pasado, cobra vigor recientemente, en el contexto del momento constituyente y de una coyuntura electoral que ha visto el alza en la popularidad y adscripción al candidato José Antonio Kast, a quien Kaiser ve como aquel que “viene a romper con el consenso social demócrata instalado y lo hace desde el liberalismo clásico” [3]. Pero, tanto el intelectual de marras como su candidato presidencial han realizado recientemente declaraciones muy poco felices respecto del régimen dictatorial chileno. El 9 de octubre de este año, en la red social Twitter, Kaiser señaló: “Si seguimos así la crisis de Chile se profundizará mucho más y no encontrará una salida institucional – por que [sic] las instituciones se encontrarán desmoronadas-. No hay que ser un genio para adivinar a quién le tocará – e implorarán- nuevamente reencauzar el país” (se adjunta captura de pantalla). Y hace dos días atrás, el 13 de noviembre, en la misma red social dijo: “Lo he afirmado innumerables veces: sostener que todas las dictaduras son IGUAL de malas es tan absurdo como decir que todas las democracias son IGUAL de buenas. Es cosa de pensar un poco y ser honestos intelectualmente para entender esto. El mal y el bien admiten grados” (también se adjunta captura de pantalla). A esto se suman las, también recientes, palabras del candidato José Antonio Kast: “Hay una situación que claramente marca una diferencia con lo que ocurre en Cuba, Venezuela o en Nicaragua. Creo que lo de Nicaragua refleja plenamente lo que en Chile no ocurrió, que, frente a elecciones democráticas, se realizaron y no se encerró a los opositores políticos. Y eso marca una diferencia fundamental. […] Díganme ustedes si las dictaduras como las conocen entregan el poder a la democracia y hacen una transición que se respeta. Eso es lo que no hacen en otros países y en Chile se hizo. Y tenemos un desarrollo económico que permite hoy día que Chile haya pasado a ser uno de los países más destacados de Latinoamérica” [4].

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Ahora bien, la dictadura de Pinochet y compañía limitada es menos mala, no sólo por los índices económicos, sino porque entregó el poder luego de la celebración de comicios, como si se tratara de algo inédito. Kast olvida que el mismo Daniel Ortega, un tirano de ayer y hoy (es un deber leer a Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez y Gioconda Belli sobre estos asuntos), entregó el poder en Nicaragua en 1990 a Violeta Barrios viuda de Chamorro, o la dictadura argentina que se vio obligada a entregar al poder luego de comicios y de la derrota militar en Las Malvinas al radical Raúl Alfonsín, en diciembre de 1983. El término de una dictadura por medio de un proceso electoral en el que es derrotada no es un factor que explique la totalidad de la trayectoria y naturaleza moral de dicho régimen. Porque por ejemplo, a la dictadura chilena no se le derrotó sólo con un lápiz y un papel como rezaba la exitosa campaña del NO y está instalado en el sentido común. Eso deja de lado las veintitrés jornadas de protesta a contar de 1983, el fallido atentado a Pinochet en 1986, la influencia de Estados Unidos apoyando la salida pactada y a la Concertación e, inclusive, el papel que cumplió dentro de la Junta Militar el general Matthei para que el resultado del plebiscito fuese respetado a pesar del intento de Pinochet por mantenerse firmemente asido del poder. Todo eso explica que a pesar de correr solo Pinochet llegara segundo, parafraseando el célebre titular del “Fortín Mapocho”. Hay más que el Plebiscito de 1988 por juzgar y ponderar. 

Y eso devela lo peor. Estos voceros del dizque liberalismo chileno no sólo relativizan la dictadura cívico-militar en términos económicos y políticos, sino que siguen vislumbrando esas manos de hierro como alternativa política. El lugar destacado del país podría ser salvaguardado por la acción de militares que reencaucen el país, obviamente, luego del ruego de la ciudadanía que gemirá por su pronunciamiento. ¡Plop! La ensoñación erótica de una derecha que se autoproclama como defensora de la libertad pero que anhela una salida violenta-pero-pacificadora, esa que sigue diciendo “después es sin llorar”, saca a la luz un ethos pinochetista que sigue perviviendo en ella. Una derecha antiliberal que no ha entendido lo que dijera Milton Friedman: “Siempre he pensado, e incluso lo he dejado por escrito, que el verdadero milagro en Chile no fue el hecho de que el libre mercado tuviera el efecto esperado, sino que un régimen militar estuviera dispuesto a tolerar y defender un régimen de libre mercado. Los regímenes militares en general tienden innatamente hacia el autoritarismo y no hacia la libertad de mercado. Siempre he argumentado que el experimento chileno podría haber sido exitoso si, y solo si, el control de la junta militar hubiera terminado” [5]. A lo que habría que añadir que la idea de la libertad frente a la acción del estado no ha sido tal, no sólo en el momento originario, sino también en el uso de una legalidad que sigue beneficiendo a unos pocos hasta ahora. Baste mencionar a Délano, Lavín, Ponce Lerou, Contesse, y hasta Piñera y la historia se cuenta sola. 

El problema con la dictadura chilena no es si fue más o menos mala que otras dictaduras en el mundo, sino en que ella mató, torturó, desapareció a hombres y mujeres en pos de conseguir su proyecto. Y eso basta para condenarla. Si nos perdemos en eso, nos merecemos irnos a la B como sociedad toda. 

Luis Pino Moyano.

 


 

Notas:

[1] “Mario Vargas Llosa frena en seco a Axel Kaiser y su alusión a las dictaduras ‘menos malas’”. En: http://www.biobiochile.cl/noticias/nacional/chile/2018/05/03/mario-vargas-llosa-frena-en-seco-a-axel-kaiser-y-su-alusion-a-las-dictaduras-menos-malas.shtml (revisada en mayo de 2018).

[2] Ibídem.

[3] Axel Kaiser. “Kast, el restaurador”. En: https://www.nuevopoder.cl/kast-el-restaurador/ (revisada en noviembre de 2021). 

[4] “El candidato de la extrema derecha en Chile destaca la dictadura de Pinochet frente a los regímenes de Nicaragua, Venezuela y Cuba”. En: https://elpais.com/internacional/2021-11-13/el-candidato-de-la-extrema-derecha-en-chile-destaca-la-dictadura-de-pinochet-frente-a-los-regimenes-de-nicaragua-venezuela-y-cuba.html (revisada en noviembre de 2021).

[5] Milton Friedman en carta a Robert J. Alexander, del 5 de agosto de 1997. Tomada de: Juan Gabriel Valdés. Los economistas de Pinochet: la Escuela de Chicago en Chile. Santiago, Fondo de Cultura Económica, 2020, p. 358. 

La debacle de Piñera y el auge de Kast es la encrucijada de la derecha chilena.

Cuando creíamos estar curados de espanto por la falta de escrúpulos en los negocios por parte de “su excelencia”, aparecen en la palestra pública los “Pandora Papers”, lo que no sólo nos recuerda el actuar de la élite chilena como una fronda, sino que además, nos hizo aparecer en portadas de la prensa mundial por un motivo que nos llena de vergüenza y rabia. El neoliberalismo chilensis es el reino del chanchullo, expresión coloquial reconocida por la RAE que significa “manejo ilícito para conseguir un fin, y especialmente para lucrarse”. En ese reino, “estado pequeño” no significa “estado débil”, por el contrario, el estado ha sido fuerte para pavimentar y solidificar el accionar del mundo privado, inclusive sus chanchullos, colusiones, evasiones y de más. 

Pero hoy existe una pequeña diferencia. La derecha chilena sabe que la única posibilidad de escapar de la debacle de un individuo es la destitución del mismo. Piñera, a diferencia de Bachelet, ha actuado indefectiblemente como el “Pater Familias” que no ha demorado la muerte de sus hijos (léase “ministros”) para salvar su caudal político. En su altar se han sacrificado muchos personajes con su potencial político, en pos de salvar a quien, de manera inescrupulosa, no ha dejado de buscar su rédito personal. Es la hora que Sebastián Piñera no arranque y asuma su responsabilidad, ya no por las violaciones a los derechos humanos ocurridas en el país, sino por sus actos ausentes de ética. Este fin de semana, a pesar de la cantidad de veces que el sucesor del ministro Cardemil, Bellolio, repitiera las palabras “mentira” y “falso” para descartar la novedad de estos hechos en relación a un caso por el que Piñera fue sobreseído, la directora de la unidad anticorrupción de la Fiscalía Marta Herrera señaló: “La opinión técnica es que los hechos relacionados con la compraventa de la minera no están expresamente incluidos en la decisión de sobreseimiento del cuarto juzgado de garantía del año 2017”. Esto, particularmente ,en las operaciones comerciales relacionadas con Minera Dominga. Por tanto, lo relevado por los Pandora Papers es una novedad en términos periodísticos.

Por tanto, Piñera debe ser juzgado civilmente en los tribunales correspondientes y políticamente en el Congreso Nacional por medio de una Acusación Constitucional. Por el bien del país. Y la derecha sabe que por su bien también. Y el empresariado del país hoy sabe que también es por su bien, toda vez que la mancha en el exterior les juega en contra. 

La debacle de Piñera tiene como uno de sus síntomas la muerte, metafóricamente hablando, de su delfín político Sebastián Sichel, quien sucumbió en un contexto en el que el discurso despolitizador no tiene cabida en un momento constituyente, que no supo agrupar a las fuerzas políticas que le apoyan, que amenazó a parlamentarios que no votarían como él pensaba respecto de los retiros de fondos provisionales, pero, por sobre todo, que en dicho discurso amenazante omitió que él había hecho sus retiros para ahorrarlos en otra cuenta, ergo, no por necesidad ni urgencia, como otros actores políticos arguyeron. A su vez, José Antonio Kast, candidato del Partido Republicano, ha ascendido al segundo lugar en las encuestas, afianzándose como la opción de la derecha en el país. Es probable, que Kast, a no ser que se modere en la discusión pública -no es lo mismo debatir no teniendo nada que perder ni ganar-, no logre conquistar “los votos de centro” y algunos de los votos del casi 20% de indecisos en términos electorales, pero él sabe que una conquista es potenciar su protagonismo para una tercera candidatura, como líder único de una coalición de derecha. Es decir, Boric puede convertirse en presidente de la república, pero éste podría enfrentarse a una oposición fortalecida políticamente. 

Ahora bien, ese fortalecimiento político pasa, primero, por una relectura de la historia. Quienes son militantes o adherentes a ideas de derechas en el país, harían bien en leer a Sofía Correa en su libro “Con las riendas del poder”, particularmente la situación abierta por la derrota electoral de 1964 que llevó a la disolución de los partidos Liberal y Conservador. A dicha lectura, sumar el texto de Verónica Valdivia “Nacionales y gremialistas: el ‘parto’ de la nueva derecha chilena, 1964-1973”, para visualizar cómo el proyecto nacional fue derrotado por el chicago-gremialismo bajo la égida de Jaime Guzmán. ¿Por qué razón? 

a. Porque para que Kast se convierta en el líder de la derecha chilena tiene que salir del clóset político y reconocerse como el chicago-gremialista que es, conservador sólo en el plano moral, pero muy liberal en cuestiones de régimen político y económico. Es decir, tendrá que dejar de lado mucho del discurso nacionalista que está en la superficie de su propuesta, y aminorar su énfasis conservador -discursivo también- porque las redes evangélicas pueden ser buenas aliadas, pero no le conducirán al poder. 

b. Porque la UDI tendrá que asumir que su tarea será abrir las puertas al hijo pródigo Kast, y no sólo recibirle, sino que vestirle con ropas regias y hacer fiesta, al nivel incluso de inmolarse dejando de existir para crear un nuevo partido político que unifique a la derecha chilena. Sobre todo, porque la UDI ya no tiene una razón de ser, toda vez que la “desjaimeguzmanización” del país con el proceso constituyente inaugurará una nueva etapa de la política. Ese nuevo partido político de derecha tendrá la tarea de construir un prisma democrático para una generación que fue hija de la Concertación y no de la dictadura. 

c. Los militantes de Renovación Nacional estarán en la encrucijada de militar en ese nuevo referente político o en crear una alternativa socialcristiana de derecha, cuyo núcleo estaría más cerca de Desbordes que de Chahuán, para referir a liderazgos sinérgicos internos. Evópoli hace rato perdió su novedad, como todo movimiento generacional terminará disgregándose. 

d. Claro está,  en la coyuntura de 1964, el costo fue votar por Frei Montalva, a sabiendas que no cambiaría un ápice de su programa por dichos sufragios. En el momento actual, el costo será destituir a Piñera, lo que les quitará un enorme lastre, y plegarse a la candidatura de José Antonio Kast. Pero si Kast no da pasos unificadores, el apoyo electoral que tendrá quedará sólo en una anécdota.

En un período de crisis como el que estamos viviendo, que tiene un estado de latencia producto de su institucionalización, se haría bien en reparar en los procesos autodestructivos del ayer. Esto, sólo si se espera construir un mañana y un país, y no sólo se piensa en mantener vanamente el poder que les queda. A pocos días de cumplirse dos años del 18 de octubre de 2019, la derecha chilena en un paso de madurez tiene que asumir su responsabilidad política, y entender de una vez por todas que gran parte de lo que vivimos ha sido por su incapacidad de gobernar. Los tiempos mejores que prometieron no llegaron, ni llegarán. Pero siempre, en política más que en ninguna otra esfera, será posible comenzar de nuevo. 

Luis Pino Moyano.

Crónica de un día histórico: Inauguración de la Convención Constitucional (4 de julio de 2021).

Hoy fue uno de esos días densos en términos del tiempo histórico y cargados de historicidad. Denso, pues es imposible hablar de este, nuestro 4 de julio, sin pensar en el 18 de octubre de 2019, el día del reventón social, ese que supuestamente nadie vio venir y que hizo que $30 sonaran a treinta años. Es imposible dejar de pensar en el 25 de octubre de ese mismo año, en el que gentes de distintas edades, clases sociales, convicciones políticas y hasta clubes de fútbol coparon la Plaza Italia, en un número de un millón doscientas mil personas, a las que habría que sumar miles y miles en las calles de distintas ciudades del país. Tampoco se puede dejar de pensar en la madrugada del 15 de noviembre de 2019, día en que en la antigua sede del Congreso Nacional se firmó el “Acuerdo por la Paz Social y una Nueva Constitución”, en la que fuerzas de distinto signo concordaron en que la escritura de una nueva carta fundamental sería la salida institucional de la crisis política; y por supuesto en la que el 78% de quienes votaron aprobaron que se redacte una nueva carta fundamental y que dicha tarea recayera en una Convención Constitucional. 

Pero el hito de hoy no sólo tiene relación con hechos susceptibles de ser vistos en el tiempo corto. Es imposible no conectarlo con el golpe militar de 1973 y su institucionalización constitucional en 1980, perpetuada con pequeñas dosis democratizadoras en el fin de los enclaves autoritarios en el hito de 2005, que no finalizó la Transición (ojo expresidente Lagos). Y eso, tampoco puede ser desconectado de 1833 y 1925 en los que se promulgaron textos constitucionales, con los militares siendo parte del gobierno y con el Congreso Nacional cerrado, en una marca autoritaria de nuestra república. También tiene relación con las luchas de las mujeres por sus derechos civiles que hizo que pudieran votar y ser elegidas, conquistado para todos los procesos electorales en 1949. No se puede dejar de pensar en el movimiento estudiantil, sobre todo el de 2011, que articuló una noción de derechos sociales convertidos en mercancía bajo la lógica neoliberal. Y hoy, más que nunca, es imposible dejar de pensar en la mal llamada Pacificación de la Araucanía que comenzó en 1861, pero que produjo todo su arrasamiento a sangre y fuego especialmente entre 1881 y 1883. Es la larga jornada por una sociedad en la que todos/as tenemos los mismos derechos, somos reconocidos/as como personas humanas, parte de un mismo país y, a la vez, con mucha diversidad que debe ser reconocida en un marco pluralista. Toda esa mochila es la que está en los hombros de la Convención Constitucional. 

El día, nuestro 4 de julio, comenzó en diversos puntos de la capital y la marcha de distintos/as convencionales hacia la antigua sede del Congreso Nacional. Cuando ya lograron estar dentro de ese hermoso edificio, y se estaba a punto de comenzar la sesión, cuando convencionales comenzaron a gritar “¡No más represión, no más represión!”. Esto, porque comenzaron a recibir imágenes y vídeos de actos que podrían recibir dicha significación. En medio se comenzó a cantar el himno nacional. Muchos gritos, una discusión destemplada de Elsa Labraña con, una hasta entonces desconocida, Camen Gloria Valladares. El “¡para, para!”, al parecer no causó tanto efecto como el diálogo imperceptible por el audio televisivo de Patricia Politzer, y quien presidía la reunión tomó la iniciativa de suspender la sesión momentáneamente para informarse de lo que estaba pasando fuera del edificio. Todo este bochorno, puso sobre la mesa la falta de previsión política de quienes organizaron la sesión por no hacer el gesto de consensuar un protocolo para los ritos republicanos de esta sesión inaugural, sumado a un entendimiento de la autoridad por algunos/as constitucionales que harán bien en no perder de vista la alta labor que el pueblo les delegó. El poder originario delegado por el soberano a los convencionales es para la nueva carta fundamental y no para otra cosa, por lo que cada cosa que dicen y hacen tiene consecuencias políticas. Dicho eso, Fuerzas Especiales tiene un historial de excesos a la hora de ejercer el control social, lo que pudo detenerse con el actuar de una comitiva de convencionales que salió de la sede para dialogar con manifestante. Es que las formas represivas del orden público no deben formar del Chile por venir. Allí se constató un exceso del uso de la fuerza y también, huelga decirlo, el actuar de manifestantes que iban a romper con todo, porque quienes están dentro de la Convención serían “amarillos”, “vendidos” y otra serie de epítetos moralistas pseudorrevolucionarios. Y ahí, quienes somos partidarios/as de una nueva Constitución tenemos la responsabilidad de apoyar y, a la vez, cuidar el proceso. 

Quiero decir algo del evento “himno nacional”. A mi me gusta la letra escrita por Eusebio Lillo, quien fuera miembro de la Sociedad de la Igualdad y llegara a ser ministro de José Manuel Balmaceda, y que preserva el coro escrito por Bernardo Vera y Pintado. Ese himno dice cosas bien importantes que un país como el nuestro no debiera olvidar, inclusive en esa estrofa que tuvimos que aprender en los años grises, porque “lo sabrán nuestros hijos también” y las luchas de personas dignas pueden hacer “siempre al tirano temblar”. Pero no lo veo como un instrumento religioso al que se le falta el respeto. No hay un acto sacrílego, pues además su disrupción no tuvo dejos de iconoclasia sino el reclamo por una realidad que le excedía. No obstante, me dio pena por dos razones: a) que se utilice el himno para romper discusiones, pues no estaban las condiciones para comenzar la sesión; y b) por la orquesta de niños/as y jóvenes que lo entonó, pertenecientes a la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile, porque personas adultas no tuvieron en cuenta su condición de responsables ante personas que son menores de edad. Me encantaría que la Convención les desagraviara y les permitiera tocar el himno, el que a pesar de la disrupción se notó musicalmente bien ejecutado. 

Y así es como me acerco a las líneas finales de mi crónica, en la que no puedo dejar de destacar a dos mujeres que se robaron la película. Por un lado, la abogada Carmen Gloria Valladares quien se merece nuestro respeto y reconocimiento por su moderación. Si hoy se pudo iniciar y llegar a buen puerto la sesión, mucho tiene que ver con su papel. Escuchó, no se destempló, esperó el tiempo apropiado, condujo la ceremonia con parsimonia, en el ritmo de la democracia y con la cadencia solemne del republicanismo olvidado. Ella con sabiduría y firme ternura tomó la república sobre sus hombros y coadyuvó a que todos/as recordaran su papel histórico. Y la otra gran mujer es la presidenta de la Convención Constitucional: Elisa Loncon Antileo, Doctora en Humanidades de la Universidad de Leiden y Doctora en Literatura de la PUC, reconocida en los campos académico y social, que hizo un discurso sólido respecto del nuevo Chile que se vislumbra: uno democrático, plural, justo y armonioso, que rompa con la herencia dictatorial. Y no puedo dejar de decir que me corrió una lágrima, cuando al inicio, comenzó su alocución en mapudungun, lengua del mismo pueblo expoliado por las élites que albergaron esa sede parlamentaria en el pasado. Ese saludo, “Mari mari pu lamngen, mari mari kom pu che, mari mari Chile mapu […]”, tiene una carga simbólica y política que no puede ser sólo abordada desde una fría racionalidad política. Loncon dijo, en su saludo a los niños que estaban escuchando: “Se funda un nuevo Chile: plural, plurilingüe, con todas las culturas, con todos los pueblos, con las mujeres, con los territorios. Ese es nuestro sueño para escribir una nueva Constitución”. Más adelante, vino la elección de Jaime Bassa como vicepresidente, abogado constitucionalista, quien dijo en su discurso que “La paz social tiene un costo, y es justicia”. 

Durante el desarrollo de este hito inaugural estuve siguiendo lo que se decía en las redes sociales. Y noté que muchas personas, ya sea de sensibilidad de derechas o que se sienten alejadas de lo que se vive en el proceso constituyente, se quedaron con la impresión del ambiente disruptivo de la mañana. Y es ahí que creo que la imagen que puse al inicio de esta crónica, tiene una fuerza representativa que es un lente que permite entender el acto republicano de nuestro 4 de julio. Esto, toda vez que los acontecimientos y procesos históricos se evalúan por sus antecedentes, inicio, desarrollo, fin y con lo que deviene a partir de ellos. Si te quedas con la visión del inicio y no viste el cierre, tu lectura será corta en términos analíticos. Pero esta imagen muestra el cierre del hito inaugural: un minuto de silencio respetuoso y cada uno con sus muertos en la memoria. Esa imagen blinda una opción de “escepticismo esperanzado”. Visibiliza la política con mayúsculas, aquella que pone sobre la mesa sus ideas con respeto democrático. Y ahí vuelvo al inicio: este día está cargado de historicidad, que no es otra cosa que la capacidad que tienen los sujetos de hacer historia. Y sin lugar a dudas, cuando se va a construir una casa para todos y todas en democracia se está haciendo historia. ¿Cómo será aquello? No sé. Pero si el cauce democrático se mantiene, y más allá de las limitaciones de cualquier producto humano, será mejor de lo que hemos tenido en doscientos años de vida republicana. 

Luis Pino Moyano. 

El viento que juguetea en los cabellos y dos Manuel en la memoria.

“Mientras mi patria no sea libre, no soltaré ni la pluma ni la espada”. Esas son palabras de Manuel Xavier Rodríguez y Erdoíza, uno de los sujetos que luchó por la ruptura del pacto colonial a comienzos del siglo XIX. Su muerte está fechada por muchos historiadores en el 26 de mayo de 1818, o sea, un día como hoy, aunque es muy probable que haya ocurrido algunos días antes. El héroe convertido en villano por el régimen o’higginiano, era supuestamente trasladado a Quillota, cuando vio la muerte por un pistoletazo artero en el camino hacia Til Til. 

Más allá de las imágenes míticas sobre este sujeto que se funde con el personaje, junto con el uso político dado a su mito -por un lado, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez; y, por otro lado y desde otra clave, los juramentos del Frente Nacionalista Patria y Libertad bajo su Monumento frente a lo que es hoy el Edificio Telefónica-, es destacable en Rodríguez su lucha contra el régimen de restauración monárquica, encabezado por Casimiro Marcó del Pont, la inclusión de los sectores populares en la lucha independentista y por sobre todo su posición crítica con quienes quieren perpetuarse en el poder, sin el peso de la crítica. “Es tan arraigada esta idea en mí, que si fuera Director y no encontrase quien me hiciera la revolución, me la haría yo mismo”, fue la respuesta del Húsar de la Muerte al dictador que le ofrecía un viaje de estudios a Estados Unidos o Europa, financiado por la naciente república. Idea que construye una noción libertaria de la política en la que lo importante es el proceso histórico y el proyecto que se tiene, más que la persona que lo ejecuta. Y, junto con ello, la crítica que como arma no sólo impacta mi mirada del otro, sino también el propio comportamiento y acción de quien la genera. 

Por su parte, la memoria de Manuel Rodríguez, me hace recordar a otro Manuel, mi Tata. Mi abuelo era un admirador de Rodríguez. No olvido el día que en los años del Kínder en el colegio, que eran también los años grises, nos fomentaron la imagen de O’Higgins, por lo que en mi entusiasmo tomé una moneda de $1, esas grandes que habían, la perforé con un clavo y le puse una lana para colgarla en mi cuello cual medalla. Cuando llegó mi Tata de su trabajo me miró, y me dijo: “¿por qué tiene a ese traidor en el pecho? El verdadero padre de la patria es Manuel Rodríguez». Acto seguido, me fui a la pieza a leer mi “Historia de Chile” de Walterio Millar, para conocer más de ese sujeto. Y la impresión es máxima. Los disfraces, las hazañas, su uniforme azul de Húsar de la Muerte, con unas calaveras y huesos cruzados al más puro estilo de los piratas, su relación con los hermanos Carrera. Es difícil que alguien no se fascine con eso. Por eso, no me causaba impresión que en las idas al Cementerio General, mientras me llevaba de la mano, pasaba a dejar unos claveles rojos a su tumba. Mi Tata fue de los viejos puentealtinos que emocionados vieron la reinauguración de la “Plaza de Armas Manuel Rodríguez”, ya no con un busto, sino con una estatua al héroe de los mil rostros. Viejos que se emocionaron hasta las lágrimas por ese acto de dignidad a uno de los nuestros. 

Es así, como la historia se funde con la memoria, y el pasado se hace presente en la mente que lucha por no olvidar, por lo que es imposible no terminar estas palabras cantando en la mente…

«Sólo sé que el viento va

jugueteando en sus cabellos

y que el sol brilla en sus ojos

cuando le conducen

camino a Til-Til”. 

(Patricio Manns, El cautivo de Til Til).

Luis Pino Moyano.

A propósito de Gaza, por Eric Hobsbawm.

Nota introductoria: Eric Hobsbawm (1917-2012), historiador británico, se desmpeñó como profesor de emérito de Historia Social y Económica en el Birkbeck College de la Universidad de Londres. Sin lugar a dudas, Hobsbawm fue uno de los mayores cultores de la disciplina historiográfica, siendo parte de la bullente escuela marxista británica junto a E. P. Thompson, Maurice Dobb, Cristopher Hill, George Rudé, entre otros. Sus obras principales – “La era de la revolución”, “La era del capital”, “La era del imperio” e “Historia del siglo XX”- pretendieron trazar una comprensión global de la modernidad, sumándose a ellas sus otros análisis de sujetos sociales, procesos históricos, debates teóricos e, inclusive, crítica de arte, particularmente de la música. Por todo esto, Hobsbawm es una voz autorizada para hablar de procesos históricos que arrastramos pesadamente desde el siglo pasado, entre ellos el conflicto entre Israel y Palestina. Pero eso no es todo. Acá es importante señalar que el historiador británico es de ascendencia judía, por ende, el tema le involucra. Acá se habla de algo que es propio y que evidencia que la crítica a la política israelí no es, necesariamente, ni judeofóbica ni antisemita. Por ahora, simplemente, les invito a leer. Luis Pino Moyano. 

Durante tres semanas la barbarie ha sido mostrada ante un público universal, que ha observado, juzgado y, con pocas excepciones, rechazado el uso del terror militar por parte Israel contra un millón y medio de habitantes bloqueados desde 2006 en la Franja de Gaza. Nunca antes las justificaciones oficiales de la invasión han quedado tan claramente refutadas como ahora, con la combinación de cámaras y aritmética; ni el lenguaje de las “objetivos militares” con las imágenes de niños ensangrentados y de escuelas incendiadas. Trece muertos de un lado, 1.360 de otro: no es difícil establecer dónde está la víctima. No hay mucho más que decir acerca de la terrible operación de Israel en Gaza.

Excepto para aquellos de nosotros que somos judíos. En una larga e insegura historia como pueblo en la diáspora, nuestra reacción natural ante eventos públicos ha incluido inevitablemente la pregunta: “¿Es bueno o malo para los judíos?” En este caso, la respuesta es inequívoca: “Malo para los judíos”.

Es claramente malo para los cinco millones y medio de judíos que viven en Israel y los territorios ocupados desde 1967, cuya seguridad se ve amenazada por las acciones militares que los gobiernos israelíes tomen en Gaza y en Líbano, acciones que demuestran su incapacidad para lograr sus objetivos declarados y que perpetúan e intensifican el aislamiento de Israel en un Oriente Medio hostil. Dado que ni el genocidio o la expulsión masiva de palestinos de lo que queda de su tierra natal así como la destrucción del estado de Israel están en la agenda práctica de ambas partes en conflicto, sólo una coexistencia negociada en igualdad de condiciones entre los dos grupos puede proporcionar un futuro estable. Cada nueva aventura militar, como las de Gaza y el Líbano, hará que esa solución sea más difícil y fortalecerá al ala derecha israelí y a los colonos de la Ribera Occidental, que encabezan el rechazo a la solución negociada.

Al igual que la guerra del Líbano en 2006, Gaza ha oscurecido las perspectivas de futuro para Israel. También ha oscurecido las perspectivas de los nueve millones de judíos que viven en la diáspora. Permítanme que no me ande con rodeos: la crítica de Israel no implica antisemitismo, pero las acciones del gobierno de Israel causan vergüenza entre los judíos y, sobre todo, estimulan el antisemitismo de nuestros días. Desde 1945, los judíos, dentro y fuera de Israel, se han beneficiado enormemente de la mala conciencia de un mundo occidental, que había rechazado la inmigración judía en la década de 1930, unos años antes de que permitiera o no se opusiera al genocidio. ¿Cuánta de esa mala conciencia, que prácticamente eliminó el antisemitismo en Occidente durante sesenta años y produjo una época dorada para su diáspora, queda en pie al día de hoy?

La acción de Israel en Gaza no es la de un pueblo que es una víctima de la historia, ni siquiera es el “pequeño valiente” Israel de la mitología de 1948-67, con un David derrotando a todos los Goliaths de su entorno. Israel está perdiendo la buena voluntad tan rápidamente como los EE.UU. de George W. Bush, y por razones similares: la ceguera nacionalista y la megalomanía del poder militar. Lo que es bueno para Israel y lo que es bueno para los judíos como pueblo son cosas que están evidentemente vinculadas, pero mientras no haya una respuesta justa a la cuestión de Palestina no son y no pueden ser idénticas. Y es esencial para los judíos que se diga.

Publicado en London Review of Books, Vol. 31, Nº 2, 29 de enero de 2009. El texto fue publicado en 2014 por el periódico chileno El Ciudadano. Esta es una versión de dicha publicación, corregida en su traducción por Atilio Borón. 

¿Cómo, por qué y para qué la Historia? Una lectura a tres propuestas posmodernas.

De manera posterior a la segunda guerra mundial los elementos fundantes de la modernidad se ponen en duda. Ya no se cree ni en linealidades ni en progresos. Se caen los metarrelatos y, al decir Lacan, quien revierte uno de los eslóganes de los jóvenes del mayo del ’68, “las estructuras salieron realmente a la calle”. Es así como nos acercamos a la mentada “crisis de la historia”. Gérard Noiriel postula que esta crisis se debe a una pérdida de identidad, debido a que se ha producido una multiplicidad de respuestas a la pregunta que define la disciplina: ¿qué es la historia? [1] Estamos en presencia de un debate polifónico por antonomasia. Se viviría bajo lo que Lyotard denominó “la condición posmoderna”, la que se caracteriza por la deconstrucción, la discontinuidad y la relatividad, elementos que se mueven como tormentosas aguas [2]. Dicha escena permite la configuración de un nuevo paradigma histórico que presenta el texto histórico como un artefacto literario. Entonces, a partir de la lectura de Hayden White, Michel Focault y Keith Jenkins [3], y el acercamiento a la cuestión metodológica, que implica no sólo el contenido del discurso sino también su forma (el cómo), podemos extender la discusión a la finalidad y utilidad de la historia (el por qué y el para qué). 

Hayden White sitúa la discusión sobre la disciplina historiográfica, en el cuestionamiento de la existencia de un método propio de la historia y de una conciencia histórica. A su vez, el debate se hace parte de la discusión que señala el carácter ficticio de las reconstrucciones históricas, su lucha por insertarse en el estatuto epistémico de las ciencias sociales [4]. ¿Es ciencia rigurosa o arte auténtico? En ese sentido, White rescata las dudas de filósofos ingleses y estadounidenses que plantean que la conciencia histórica viene a ser la base teórica de una posición ideológica cuyo prejuicio se transforma en el fundamento de la superioridad de la sociedad industrial moderna. 

White define la obra histórica “como lo que manifiestamente es: es decir, una estructura verbal en forma de discurso de prosa narrativa que dice ser un modelo, o imagen de estructuras y procesos pasados con el fin de explicar lo que fueron representándolos” [5]. Entre sus modelos reconocidos, el autor ve a (historiadores tradicionales) Michelet, Ranke, Tocqueville y Burckardt y a (filósofos de la historia) Hegel, Marx, Nietzsche y Croce. Éstos asentarían un canon que permite señalar qué es y no es una obra histórica. Los historiadores tradicionales organizan su relato en el campo de la crónica, que no es más que el ordenamiento de los hechos, en el orden temporal en que ocurrieron. Cuando los elementos se organizan en el relato, presuponemos la ordenación de hechos como componentes de un espectáculo, con un comienzo, medio y fin. Los hechos no son coherentes en sí mismos, es el relato el que los dota de coherencia, permitiendo su comprensión. Aquí el elemento clave es la trama. White define tramado como “la manera en una secuencia de sucesos organizada en un relato de cierto tipo particular” [6]. El historiador se encuentra obligado a tramar y lo puede hacer de cuatro modos de trama: romance, tragedia, comedia y sátira. Para el autor, hasta la historia más sincrónica y estructural se encuentra tramada de alguna manera. La sátira es el relato organizado en el modo irónico. Por su parte, el romance es, fundamentalmente, un drama de autoidentificación simbolizado por la trascendencia del héroe del mundo de la experiencia, su victoria y su liberación final. Tenemos también la tragedia y la comedia. La primera de ellas, desemboca en una revelación de la naturaleza de las fuerzas que se oponen al hombre. La segunda, desemboca en la reconciliación final de fuerzas opuestas. Estas cuatro formas arquetípicas de relato nos proporcionan un medio de caracterización de los distintos tipos de efectos explicativos que un historiador puede alcanzar en el nivel de la narrativa y, nos permite distinguir las narrativas diacrónicas o procesionales de las sincrónicas o estáticas, en las que domina el sentimiento de continuidad estructural. Estas narrativas indican solamente una diferencia en la relación continuidad-cambio. En ese sentido, la argumentación formal es el sentido o significado de todo lo que el historiador ya tramó. Es por eso que el autor habla de una poética de la historia recalcando su componente imaginativo. Y es ese componente, el que le permite establecer que el historiador está implicado ideológicamente, se encuentra posicionado. Para White, la ideología es “un conjunto de prescripciones para tomar posición en el mundo presente de la praxis social y actuar sobre él” [7]. 

A eso se refiere, por su parte Keith Jenkins cuando señala que la historia es “ideológica y posicionada/posicionante”, es “siempre para alguien” [8]. Vale decir, la reconstrucción historiográfica del pasado no es natural ni objetiva ni posible. Siempre hay representación y por ende constructo cultural. Jenkins dirá que “el pasado no existe ‘históricamente’ fuera de las apropiaciones textuales y constructivas de historiadores, por lo cual, habiendo sido hecho por ellos, no tiene independencia propia que le permita resistir a su voluntad interpretativa, en lo particular a nivel del significado” [9]. Y, en ese sentido, si hay una constatación posible al historizar la propia disciplina es que la ideología burguesa se ha articulado en el discurso histórico. 

Es lo anterior lo que nos permite un acercamiento a la propuesta foucaultiana. Foucault propone un sistema de estudio que es la genealogía, que no está interesada en conocer los orígenes, sino, más bien las procedencias. En la genealogía uno se acerca a lo esencial a bandazos, por lo cual uno siempre trabaja a partir de un dominio empírico. Pero para él, la problematización no es la representación de un objeto preexistente ni la creación discursiva de un objeto que no existe, sino más bien, “el conjunto de las prácticas discursivas y no discursivas lo que hace entrar a algo en el juego de lo verdadero y de lo falso y lo constituye como objeto de pensamiento” [10]. Lo importante, en esta forma de reflexión, es el fenómeno a estudiar, ya no en un contexto social, político y epistemológico o en relación con los otros, sino con el problema invertido, en relación al individuo mismo. La pregunta sería: “-¿Cómo lo afecta a uno una situación?” Foucault señala: “He aquí lo que he intentado reconstruir: la formación y el desarrollo de una práctica del yo que tiene por objetivo constituirse a uno mismo en tanto obrero de la belleza de su propia vida” [11]. La metodología, partiría con el tema en los términos en que se plantea en la actualidad, realizando un análisis a partir de una cuestión presente [12]. 

Todo ello nos hace entender al pensador francés cuando señala que “la genealogía no se opone a la historia como la visión altiva y profunda del filósofo se opone a la mirada de topo sabio; se opone, por el contrario, al desplegamiento metahistórico de las significaciones ideales y de las indefinidas teleologías” [13]. Foucault insiste en dos cosas. En que no hay posibilidad de descubrir los orígenes, como causas unívocas, sino más bien relevar emergencias, puesto que la historia, siguiendo la idea nietzscheana, es humana, sobre todo humana. Por ello es que el sujeto que historiza lo que observa siempre mira desde un determinado ángulo. En ese sentido, se debe obviar la pretensión cientificista de la separación del sujeto cognoscente con su objeto de estudio. Y eso otorgaría herramientas. Al decir de Jenkins, el posmodernismo radical, “ofrece al menos la posibilidad de mantener vivo el pensamiento emancipatorio” [14]. No se trata de la mera repetición de lo viejo. 

Debo señalar que la crítica posmoderna a la historia, en muchos aspectos, me hace sentido. Me hace consciente del uso de los conceptos y de su utillaje político, ergo de su carencia de neutralidad. Me hace consciente de mis decisiones a la hora de narrar y de escribir, puesto que no existe historia sin narración y discurso. Bajo ese sentido, puedo distinguir la diferencia entre ficcionalidad y falsedad, en tanto todo hecho o evento en la historia siempre lo miro desde un lugar de producción, lugar que está cargado de toda mi subjetividad, lo que no es reducido por el uso de métodos y herramientas de análisis, por que no son ellas las que me usan a mí, sino al revés. El relato final siempre dice lo que quiero decir, y si no lo hace, no está bien logrado. Eso, además, es lo que me hace dar importancia en mi relato a ciertos sujetos o acciones y minusvalorar e, inclusive, omitir a otros. Pero esos reconocimientos no me pueden hacer obviar a los sujetos. No soy yo el que les da habla, cuando ellos ya la tuvieron antes. No doy voz al sin voz, sino relevo al que ha sido ocultado o acallado por una voz (pre)potente. 

Foucault decía que “La historia tiene más que hacer que servir a la filosofía y narrar el nacimiento necesario de la verdad y del valor; la historia ha de ser el conocimiento diferencial de las energías y las debilidades, de las cumbres y de los hundimientos, de los venenos y de los contravenenos. La historia ha de ser la ciencia de los remedios” [15]. Pero, ¿cómo puede ser la ciencia de los remedios si mi historia carece de sujetos? Porque si bien es cierto, Jenkins señala que el posmodernismo radical aumenta o mantiene la posibilidad de emancipación, habría que preguntarse: ¿emancipación de quién? Lisa y llanamente, emancipación del sujeto historiador que escribe y narra apartado de toda normatividad cientificista. Pero no emancipación de los sujetos que narro o leo, puesto que quedan atrapados en mi escritura. Están sujetados por mi relato. Sin lugar a dudas, esa no es la historia que quiero escribir ni mucho menos hacer. 

Luis Pino Moyano.


Notas bibliográficas. 

[1] Gérard Noiriel. Sobre la crisis de la Historia. Madrid, Ediciones Cátedra, 1997. 

[2] Jean-François Lyotard. La condición postmoderna. Informe sobre el saber. Madrid, Ediciones Cátedra, 1987.   

[3] Hayden White. Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2002; Michel Foucault. Nietzsche, la genealogía, la historia. Valencia, Pre-textos, 1997; Keith Jenkins. ¿Por qué la historia? México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2006. He leído, para esta entrega, los textos de Foucault y Jenkins en función del texto de White, agregando, a su vez, unas breves referencias a otras lecturas.  

[4] La discusión fue propuesta en diversos momentos por Valéry, Heidegger, Sartre, Lévi-Strauss y Foucault.

[5] White. Op. Cit., p. 14.

[6] Ibídem, p. 18.  

[7] Ibídem, p. 32. 

[8] Jenkins. Op Cit., p. 12. 

[9] Ibídem, p. 13. 

[10] Michel Foucault. Saber y Verdad. Madrid, Editorial La Piqueta, 1991, pp. 231, 232. Capítulo: “El interés por la verdad”.  

[11] Ibídem, p. 234. 

[12] Ibídem, p. 237. 

[13] Foucault. Nietzsche… Op. Cit., p. 13. 

[14] Jenkins. Op. Cit., p. 64  

[15] Foucault. Nietzsche… Op. Cit., p. 53.