La pena de Arauco en una reflexión histórica, sociopolítica y evangélica.

1. La mirada histórica. 

“No ha habido rey jamás que sujetase esta soberbia gente libertada,

ni extranjera nación que se jactase

de haber dado en sus términos pisada, 

ni comarcana tierra que se osase mover en contra y levantar espada: 

siempre fue exenta, indómita, temida, 

de leyes libre y de cerviz erguida”.

Así rezan las palabras de Alonso de Ercilla en “La Araucana”. Palabras bellas, que ensalzan la bravura de un pueblo y que dan sustento para que uno de los colores de nuestra bandera sea el rojo, aludiendo a la lucha de éste con el ejército del imperio español, pues como dice la canción “Mi banderita chilena” de Donato Román, quien fuese profesor de música de mi abuelo Manuel, dicho color es: “El rojo del copihue / Y de la sangre araucana”. Chile, desde la construcción del estado nacional ha ensalzado dicha mirada, pero desde un constructo idealizado, carente de sentido histórico. Tanto es así, que para el imaginario no es lo mismo decir Caupolicán, Galvarino, Lautaro, incluido el anciano sabio Colo-Colo, que decir, por ejemplo Michimalonco, que incendiara Santiago propinando una dura derrota a la hueste conquistadora, o Pelantaro que derrotara a Oñez de Loyola en la batalla de Curalaba, llamada hasta el día de hoy en algunos textos como “el desastre de Curalaba”. Claramente no se produce el mismo efecto que al nombrar a Mañil, Quilapán, Quilahuenque, Catriel, Calfulcura, Namuncura, Neculmán. Esto por dos razones: a) porque no son mencionados o recordados de la misma manera que quienes lucharon contra la hueste española; y b) porque su lucha fue, precisamente, contra el estado nacional chileno. O sea, el mapuche alabado y exaltado en su bravura no es aquel que se alza contra el proyecto civilizatorio y de construcción nacional que ocupó gran parte del siglo XIX. 

Y es aquí donde se debe señalar que es impropio hablar de conflicto mapuche y,  mucho más impropio, resulta hacer creer al mundo por cuánto medio es posible que este conflicto tiene más de 500 años. El pueblo mapuche logró controlar el avance del ejército del imperio español de la misma manera en que lo hizo con antelación con la avanzada incaica entre 1450 y 1480. Pero no sólo mantuvieron la línea de frontera en el río Bío-Bío, defendiéndose y atacando al ejército enemigo, sino que tuvieron la capacidad de parlamentar con los españoles, quienes a su vez le reconocieron como interlocutor válido, sobre todo de la mano con el llamado “Derecho Indiano” que reconocía al mapuche y a todos los indios de nuestra América como sujetos de derecho, en tanto se reconoció en ellos la imago Dei. 

Sé que es pesado para nuestra conciencia pero es demasiado importante señalar que el conflicto con el pueblo mapuche es reciente en términos históricos, y los españoles nada tienen que ver con él, sino que es un conflicto propiciado por el estado nacional chileno, que no reconoció el derecho a la tierra de nuestros antepasados, “los naturales del país” como se les llamaba, invadiendo su territorio y ocupándolo soberanamente a nombre de la nación. El nombre para dicha ocupación militar fue “Pacificación de la Araucanía” y fue llevada a cabo por el ejército chileno entre 1860 y 1884, con un breve intervalo producto de la Guerra del Pacífico. Esa ocupación se dio a sangre y fuego, y el pueblo mapuche fue expoliado, expulsado de sus territorios y obligado a instalarse en los valles cordilleranos. Este proceso tiene su símil en la “Campaña del Desierto” de nuestro país vecino Argentino, que barrió de manera similar con el pueblo mapuche allende los Andes, que ocupaba la Pampa. El Wallmapu no tenía la Cordillera como frontera sino como punto de contacto. La metáfora del desierto vale la pena ser reconocida acá, pues se entendió dicho territorio como uno que no estaba ocupado, pero que sí lo estaba. El tema radica en que estaba ocupado por “subhumanos”, a quienes no se les reconocía más que en su condición de barbarie. No por nada muchos mapuches y otros indígenas fueron llevados a Europa para ser exhibidos en zoológicos. 

La bandera de las mal llamadas “Pacificación de la Araucanía” y “Campaña del Desierto” no era la de Chile ni la de Argentina, sino la bandera de la civilización occidental, que entendía a Europa como el modelo a seguir. La ocupación militar fue acompañada de los ingentes esfuerzos de los estados nacionales latinoamericanos para solicitar a europeos que migraran a nuestras tierras y “colonizaran” con subsidio y apoyo estatal dichos territorios y trajeran consigo la anhelada civilización. No hay que olvidar que todo esto fue sostenido sobre todo por los sectores liberales, amparados en el discurso científico positivista y en la moda teórica del darwinismo social. Eso pone en la palestra que en el tema de la migración el problema no radica en la condición de extranjería de ciertos sujetos que vienen a nuestro país a buscar mejores oportunidades u horizontes, sino en la pobreza o riqueza o en el color de piel de los mismos. 

El pueblo mapuche, desde 1884 y hasta el inicio de la década de los ochenta del siglo pasado, no se alzó militarmente, sino que vivió un proceso de chilenización en el que muchos de ellos ocultaron su condición de mapuches. Si bien es cierto, algunos buscaron insertarse en el sistema, integrándose a los partidos políticos y movimientos sociales, y otros lucharon por conservar elementos de su cultura, nada de ello generó mejoras en su condición de vida. De hecho, las alternativas que desde los lentes actuales podríamos llamar como “progresistas” entendían al mapuche como “campesino”, integrándole o, mejor dicho, cooptándole con dicha nominación. “Palo y bizcocho”, dependiendo de quién gobierne, son dos caras de la moneda de la dominación. Muchos mapuches han sido cooptados por distintos gobiernos a punta de mínimos beneficios, en nada comparables con sus derechos reclamados. Por ejemplo, la dictadura propició medidas contrarias a la Reforma Agraria iniciada por Jorge Alessandri, fortalecida por Eduardo Frei y solidificada por Salvador Allende, poniendo dichos territorios en manos, especialmente de empresas forestales, las que no se han cansado de destruir el bosque nativo sin pensar en la posteridad. Esto fue afianzado por la Concertación y sus políticas insuficientes del llamado “Nuevo Trato”, y conservado por los gobiernos posteriores, quizá con ciertas luces que terminaron empañándose, en el quehacer de Francisco Huenchumilla como intendente y de Alfredo Moreno como ministro de desarrollo social en el recientemente dejado de lado “Plan Araucanía”. 

Una buena síntesis de lo dicho se encuentra en el canto de Violeta Parra:

“Arauco tiene una pena

Más negra que su chamal

Ya no son los españoles

Los que les hacen llorar

Hoy son los propios chilenos

Los que les quitan su pan

Levántate, Pailahuán”. 

2. La mirada sociopolítica. 

“Los pueblos indígenas tienen derecho a la libre determinación. En virtud de ese derecho determinan libremente su condición política y persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural.

Los pueblos indígenas, en ejercicio de su derecho a la libre determinación, tienen derecho a la autonomía o al autogobierno en las cuestiones relacionadas con sus asuntos internos y locales, así como a disponer de medios para financiar sus funciones autónomas”.

La cita forma parte de la “Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas”, aprobada en septiembre de 2007, en sus artículos 3 y 4. Esta es una vara de medida para evaluar la situación del pueblo mapuche y su relación con la política en el país. Y lo primero que debiésemos decir acá es que la reclamación histórica del pueblo mapuche por el Wallmapu no es antojadiza, porque no sólo tiene que ver con el reconocimiento de un territorio del que fueron despojados forzosamente, sino también en aquello que tiene que ver con su identidad que excede los límites de lo chileno. En lo posible este proceso constituyente actual debiese derivar en el reconocimiento del pueblo-nación mapuche, aymará y rapanui, haciendo de Chile un estado plurinacional, y que esta definición política sea acompañada de un real proceso de descentralización que tienda a la libre determinación en lo económico, social y cultural. Pero ese discurso descentralizador, por herencia portaliana, siempre ha sido temido y trastocado por las élites en el bloque del poder. 

Desde la década de los ochenta en adelante, se ha visto con fuerza esta reclamación por parte de sectores dentro del pueblo mapuche, expresadas en distintas organizaciones, que van desde la lucha política dentro del cauce democrático, como de alternativas que ponen en cuestión el status quo, y proponen la lucha armada como mecanismo de reivindicación. Y aquí sé que entro en un tema complejo y muy puntilloso, sobre todo, desde mi acervo evangélico. Pero en el ánimo de una hermenéutica empática, que busca comprender los procesos, debo señalar que las violencias sociales tienen distintos mecanismos de desarrollo y expresión, por lo que no se puede hacer análisis de la realidad de la violencia en La Araucanía si no se diferencia entre violencia estructural y violencia reactiva o proyectiva. 

A la luz de lo señalado en el ítem anterior, hemos visto cómo el estado nacional chileno desde 1884, y de ahí en adelante, con ciertos paréntesis de paz a la manera de tabú, ha operado con toda la fuerza que le es posible para contener y reprimir cualquier tipo de alzamiento mapuche, desde la protesta a otras acciones más radicalizadas, dentro de las cuales algunas de ellas pueden ser calificadas de delictuales. Pero dichos presuntos delitos deben ser juzgados según el debido proceso, eliminando arbitrariedades y prejuicios. Pero, ¿qué hemos visto? Ocupando una vez más la cara metáfora de Portales, el “bizcocho” ha sido menos ocupado que el “palo”. La Araucanía ha sido militarizada y a los weichafes que incurren en actos violentos se les ha aplicado la “Ley Antiterrorista”, residuo legal de la dictadura militar chilena. Ningún acto de violencia justifica el horror en la aplicación de una aparente legalidad. Todo acto de violencia debe ser sancionado de manera equitativa al daño causado. En el caso del conflicto con el pueblo mapuche el estado nacional chileno, y en particular su fuerza de orden, no ha ocupado el monopolio de la fuerza para la conservación del bienestar de toda la población, sino como se puede constatar en la historia del país ha mantenido la tradición dolorosa de “palomear rotos”, como se decía antaño. Lo que ha sido acompañado de procesos judiciales en los que la aplicación de la ley antiterrorista ha sido acompañada de juicios dobles por juzgados civiles y militares, el uso arbitrario de la detención preventiva y el uso de testigos sin rostro bajo el mecanismo de delación compensada. Entonces, cuando el actual ministro del Interior, Víctor Pérez, dice que en Chile no hay presos políticos, eso podría ser a lo menos problematizado. ¿En qué ayuda al consenso social una declaración apresurada a modo de cuña de prensa? 

Esa arbitrariedad se vio en el proceso que derivó en la muerte de Camilo Catrillanca. Se dijo tanto acerca de él. Primero fue acusado de un robo, que luego habría escapado en un tractor (cosa que sólo un citadino puede imaginar), que tenía antecedentes penales anteriores, y que habría sido parte de un enfrentamiento con los carabineros del “Comando Jungla”, todo eso para producir el efecto comunicacional de un sujeto que muere en su ley. Se señaló, también, que la muerte de este comunero, exdirigente estudiantil en las movilizaciones del 2011, estaba siendo ocupada para desfavorecer al gobierno de Sebastián Piñera. Luego se señaló que las pruebas del accionar policial habían sido inutilizadas y que, por ende, no existían. Todas las mentiras fueron cayendo una a una. Y pudimos constatar en base a pruebas que hubo doce balazos policiales, desprolijidad en el trato a un sujeto agonizante, humillación y maltrato de un menor de edad. En definitiva un montaje burdo, la corrupción en todas sus letras en pos de la derrota del enemigo interno, de múltiples caras en nuestra historia republicana. Mantener la ingenuidad después de esto, no sólo es falta de sofisticación en el análisis, sino miopía. 

El artículo 2 de la citada declaración de las Naciones Unidas, dice: “Los pueblos y los individuos indígenas son libres e iguales a todos los demás pueblos y personas y tienen derecho a no ser objeto de ningún tipo de discriminación en el ejercicio de sus derechos, en particular la fundada en su origen o identidad indígenas”. Y aquí nos adentramos a un problema de suyo relevante para nuestra forma de entendernos como seres humanos y que tiene con ver con el racismo. ¿Somos racistas los chilenos? Sólo un ejemplo que muestra dicha forma de actuar: en el primer campeonato sudaméricano, efectuado en 1916, Chile fue derrotado por la selección uruguaya en un resultado inapelable, por cuatro goles a cero. Los dirigentes del fútbol chileno solicitaron la anulación del partido porque Uruguay habría alineado con “dos jugadores africanos”, Isabelino Gradín (autor de dos goles) y Juan Delgado, descendientes de esclavos y que con todo derecho eran uruguayos. La selección charrúa era a la sazón la única que dentro de su formación contaba con jugadores negros. Chile es una sociedad clasista, y ese clasismo no está dado por el acceso a los recursos económicos, la producción y el consumo, sino por cuestiones que tienen que ver, por ripio colonial, con lo pigmentocrático. “El que no salta es mapuche”, gritado por un grupo que no tuvo miedo de sacar del tabú sus ideas en el espacio público, en medio de un toque de queda por la situación sanitaria, es sólo un síntoma de ese complejo de blanquitud que portamos por deformación social. Ese desprecio antimapuche no ayuda en nada al encuentro que puje por una salida pacífica de esta situación. Pero por sobre todas las cosas, no permitirá el encuentro con otros seres humanos. 

3. La mirada evangélica. 

“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor” (Lucas 4:18,19). 

Las palabras leídas por Jesús en la sinagoga de Nazaret son sumamente relevantes. La proclamación de las buenas nuevas incluye acciones que tienen que ver con la libertad y el bienestar de quienes han sido desharrapados de la historia y se encuentran en situación de vulnerabilidad. Como artesanos de la paz es parte de nuestro trabajo contribuir a ella, con una mirada que incluya la misericordia y la justicia, no olvidando que “El que oprime al pobre ofende a su creador, pero honra a Dios quien se apiada del necesitado” (Proverbios 14:31). Todo ello, implica no sólo una declaración doctrinal, sino tareas que tenemos por delante:

· Quienes somos creyentes cristianos debemos informarnos adecuadamente, leer libros de historia e investigación periodística, escuchar testimonios de las partes en conflicto, no lanzar al voleo juicios apresurados, so pena de incumplir el noveno mandamiento. 

· Debemos orar. Orar mucho. Orar por el pueblo mapuche, por sus distintos actores.  Orar por los habitantes de la región de La Araucanía. Orar también por las autoridades políticas del país. Orar por las fuerzas de orden que están desplegadas en la zona. Orar por quienes han ejecutado acciones racistas. Nuestra oración tiene que ser hecha de acuerdo a lo enseñado en el Padrenuestro, pidiendo que el Reino de Dios venga y se haga su voluntad en la tierra. Orar para que Dios sane los corazones, deponga las violencias de cada cual, transforme la mente 

· Levantar la voz en forma crítica respecto de la violencia, sea aquella que ha sido realizada por organizaciones mapuches que propenden al uso de la fuerza como motor de transformación, como aquella emanada de las fuerzas del estado. Quienes somos evangélicos debemos repudiar con igual fuerza los asesinatos de Werner Luchsinger y Vivianne McKay, como los de Basilio Coñonao, Julio Huentecura, Xenón Díaz, Juan Collihuín, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza, José Toro, Camilo Catrillanca, entre otros. Quienes somos creyentes entendemos la violencia como fruto de la caída, como consecuencia de pecados sociales e individuales y creemos que ella no es el medio eficaz para la construcción de una sociedad justa. Comprender los fenómenos de violencia desde la historia y las ciencias sociales, y por supuesto, desde la política, no puede implicar jamás su justificación. El Señor de la siembra y la cosecha es el Dios Todopoderoso y no nosotros. Nuestra alternativa es aquella que propugna la paz activa. No olvidemos que nuestro entendimiento del amor implica creer que éste “No se comporta con rudeza,  no es egoísta,  no se enoja fácilmente,  no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa,  todo lo cree,  todo lo espera,  todo lo soporta” (1ª Corintios 13:5-7). Amor y justicia en la gracia revelada de Cristo son indisociables.

· En una mirada que no discrimina y se ampara en actitudes segregadoras, clasistas y racistas, no debemos olvidar que una gran cantidad de mapuches son evangélicos (algunos hablan de un 35% de dicha población). Debemos orar para que el Dios que está en misión siga usándoles para la extensión de su Reino por la proclamación del evangelio y todas aquellas tareas que contribuyan a la justicia, la paz y la alegría en el Espíritu. Debemos colaborar en la construcción de templos, o en la reconstrucción de aquellos que han sido vandalizados en acciones de violencia. 

· Es muy pertinente que las comunidades evangélicas contribuyan al diálogo entre mapuches y chilenos, creyentes o no, generando espacios, facilitando sus dependencias para ello e, inclusive, colaborar en las tareas de mediación. Más allá de si algunos integrantes de la comunidad mapuche suscriben cosmovisiones religiosas distintas a la nuestra (panteísmo o animismo, o cierta fe ecléctica), como ideas políticas contrapuestas a las nuestras según el variado espectro político del país, pues claro está, que ser mapuche no es sinónimo de ser de izquierdas. ´Lo que se debe aprovechar es la larga tradición a parlamentar que ha tenido este pueblo en su historia. 

· Principalmente, no debemos olvidar que Cristo es Señor sobre todo y que nuestra cosmovisión tiene que leer todo lo que acontece a nuestro alrededor con los lentes de la Palabra de Dios. Eso nos dotará de un marco no sólo respecto de lo que creemos, sino también de lo que hacemos. No debemos olvidar que desde nuestra cosmovisión entendemos que el ser humano porta la imagen de Dios y que, aunque el pecado ha atrofiado la misma, todo hombre y mujer debe ser tratado con respeto y dignidad, sea cual sea su origen étnico. 

Con todo esto, me permito terminar esta reflexión que integra tres miradas, con las palabras del pastor Martin Niemöeller, de la Iglesia Confesante, en su sermón en la semana santa de 1946. Él señaló:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, 

guardé silencio, 

porque yo no era comunista, 

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, 

guardé silencio, 

porque yo no era socialdemócrata, 

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, 

no protesté, 

porque yo no era sindicalista, 

Cuando vinieron a llevarse a los judíos, 

no protesté, 

porque yo no era judío, 

Cuando vinieron a buscarme, 

no había nadie más que pudiera protestar”. 

En ese sentido, la protesta que como protestantes debemos realizar en el marco de las justas demandas expresadas por actores mapuches, debe darse desde la cobeligerancia, reconociendo las ideas que forman parte de la antítesis con el cristianismo, pero acentuando los puntos de contacto, sobre todo en aquello que tiene que ver con la justicia y la paz. Me preocupa sobremanera que por no estar de acuerdo con cuestiones de fondo y forma, que insisto deben ser ponderadas, juzgadas, criticadas y repudiadas según sea el caso, guardemos silencio respecto a cuestiones que son relevantes en el trato digno a otros seres humanos. 

Que no nos ocurra que por no protestar cuando vienen a llevarse a los mapuches, cuando quizá nos toque a nosotros, nadie pueda hacerlo por nuestra causa. 

Luis Pino Moyano. 

Mariano, descansa… tus obras siguen.

Ayer, a la edad de 88 años, murió Mariano Puga Concha, presbítero de la Iglesia Católica Romana en Chile, sacerdote diocesano, pero en una expresión más significativa, el cura obrero en la Villa Francia y la población La Legua, desarrollando labores como “maestro pintor”. ¿Pero qué hizo que un joven nacido en una familia aristocrática chilena, un “Puga Concha”, hiciera de la defensa, cuidado y reivindicación de los pobres de la tierra y de los represaliados por un régimen que no dudó en emplear con voracidad el terrorismo de estado, su propia causa? Él no dudaba en responder que una conversión. Fue el evangelio de Jesucristo el que lo “chaló”, forma coloquial para referir a la “bendita locura” de la que hablaba Pablo, el apóstol a los gentiles. Fueron las páginas del evangelio las que enmarcaron la ruta que tomó y su agenda como un obrero de la iglesia que le llamó. Páginas que revelan que el proyecto histórico de Dios consistía en un anuncio de las buenas nuevas que traen salud a todo el ser, y que, por lo tanto, dicho relato debe hacerse carne en el amor que trabaja en pos de los hambrientos, desnudos, enfermos y presos, mirando en ellos a Cristo mismo, en la esperanza de un Dios que hace y hará justicia, como cantaba María de Nazaret en el Magnificat. 

En los tiempos de una secularización radicalizada, que avanza con mayor fuerza, Mariano Puga, en su palabra y acción, es un mensaje a la conciencia de quienes somos cristianos y no. Eso hace que un evangélico de toda la vida se detenga a escribir en esta hora sobre un sacerdote católico. Porque estos tiempos, son también los de la visibilización de la corruptela moral y económica enraizada en el abuso de poder. Mientras sacerdotes engominados y con pulcras ropas clericales son acusados de pedofilia, y mientras muchos pastores hacen gala de un dinero que se entregó para “la obra” y no para su enriquecimiento, el testimonio ético de Mariano es una voz férrea, en el que podemos decir que sigue siendo posible un cristianismo de a de veras, más allá de las circunstancias adversas que nos tocan. Mariano Puga es un referente en un mundo en el que cada vez más carecemos de ellos. Como dijera el papa Celestino I: “Si debemos distinguirnos del pueblo o de los demás, sea por la doctrina y no por la vestimenta”. “Por sus frutos los conoceréis”, enseñó el Maestro de Galilea. 

¿En qué sentido Mariano Puga fue un referente para los cristianos? Me permito relevar los siguientes antecedentes: 

a. Sin lugar a dudas, lo primero que se debe relevar acá es su vida común con los pobres de la ciudad. Dicho acto, no fue el abajismo de la misericordia de fin de semana, sino la consistencia de la vida permanente. La salida de Mariano desde su lugar de origen fue un acto de empatía. Su vida posterior no lo fue. No necesita empatizar aquél que vive las mismas circunstancias, aquél que camina codo a codo en medio de los rigores de la vida, aquél que radicaliza su voto de pobreza ganándose el pan con el sudor de su frente. Mariano era parte de ese “pueblo que camina, / y juntos caminando podremos alcanzar / otra ciudad que no se acaba, / sin penas ni tristezas, / ciudad de eternidad”.

b. La primera vez que vi a Mariano Puga fue en una imagen televisiva, con su alba ensangrentada, luego de agarrarse a puñetes con unos sujetos que se infiltraron para provocar desórdenes en la liturgia del Parque O’Higgins con ocasión de la visita de Juan Pablo II. Mariano Puga no sólo caminó con los pobres de la ciudad, sino también con aquellos que sufrieron los rigores de “la larga noche de la dictadura”. Y allí tampoco tuvo que empatizar, pues él mismo fue torturado en la Villa Grimaldi. Entonces, sus actos de protesta contra el régimen, en los “vía crucis” en los que iba a la vanguardia con su alba y estola, no como disfraz litúrgico, sino como un escudo de quienes marchaban tras de él con pancartas con citas de la Biblia y de las conferencias episcopales de Medellín y Puebla; sumados a las acciones de no-violencia activa, como los ayunos (huelgas de hambre) y las manifestaciones en que los rezos del Padrenuestro eran la protección contra los lumazos o la bota militar, todo eso, era parte del entendimiento de su ministerio en una comunidad eclesial que asumía como propio el signo del martirio, no sólo entendido como la muerte por una causa, sino como el acto de portar un testimonio hasta el fin de la vida. Mariano nos enseñó con su testimonio que la iglesia no puede hacerse parte de la cultura de los poderosos de la tierra, no puede hacerse parte de aquellos que matan, torturan y desaparecen a quienes son enemigos históricos o circunstanciales. Nos enseñó que hay que alzar la voz todas las veces que sea necesario en defensa de la justicia que es base para la paz. 

c. Otra cosa que hay que referenciar del testimonio de Mariano fue su entendimiento de la comunidad. El protagonismo del laicado en la comunidad, para el integrismo católico romano, es sinónimo de escándalo. Dicho protagonismo estaba dado por el entendimiento de lo que un pastor cristiano debía ser: alguien con quien se conversa la fe mirándole a los ojos, donde hay liderazgo servicial. Eso se refleja en quienes hablan más en la liturgia, toman y beben los elementos de la eucaristía. Pero, por sobre todo quiero destacar tres cosas. Las dos primeras las tomo del documental “En nombre de Dios”, de Patricio Guzmán y la segunda, de una nota de prensa. a) Para Mariano la liturgia no sólo tenía que ser de cara al pueblo y en lenguaje vernáculo, sino que tenía que ser una liturgia histórica y no alienante, y que por lo tanto debe producir miedo, miedo de salir de la comodidad del status quo de la cultura imperante, miedo de celebrar la vida en un contexto donde la muerte es la tónica, todo eso hace énfasis del carácter contracultural del mensaje cristiano; b) la celebración del matrimonio desacramentalizado, donde la voz de los/as laicos/as, sobre todo quienes son casados se alzan para aconsejar y alentar a quienes han decidido dar ese paso, donde la celebración festiva se trae a la liturgia y donde el sacerdote lo que hace es impetrar la bendición sobre los cónyuges; y c) la importancia dada a la Biblia, más allá del lugar común que tenemos los evangélicos de los católicos, pues Mariano era alguien que insistía en que los miembros de la comunidad llevaran su Biblia a la misa. Para Mariano el leer la Biblia era fundamental. En el contexto de los 500 años de la Reforma, luego de reconocer el mérito de Lutero por llevar la Biblia al pueblo, señaló: “Cuando los pobres lean la Biblia a los curas se les acabará el autoritarismo, porque toda la autoridad que los curas usamos depende de la ideología que hay en el catolicismo: el curita está cerca de Dios y dice lo que Dios quiere”. Todo los símbolos mencionados acá tienen su fundamento en un entendimiento del poder y cómo éste debe ser ejercido en la comunidad, sin abusos, sin silenciamientos, sustentados en la Escritura. 

d. Lo último que quiero destacar del testimonio de Mariano fue su entendimiento del perdón. Causó mucho escándalo en un sector político y social del país, el que nada más y nada menos Mariano Puga haya ido a visitar para rezar con los presos de Punta Peuco, quienes están allí pagando sus condenas por delitos de lesa humanidad. Lo que hizo Mariano allí no tuvo que ver con transar respecto de la justicia, sino unirla cristianamente a la práctica del amor. El amor cristiano quita el poder a quienes abusan de él, exhorta al hacer un llamado al arrepentimiento, abraza y restaura a la hora de perdonar. Los violadores a los derechos humanos requieren justicia, no venganza, sobre todo de quienes siguen los pasos de Jesús que nos llamó a amar a nuestros enemigos, a bendecirles y a no maldecir. 

No puedo dejar de cerrar estas palabras a la memoria de Mariano, sin relevar una última cosa y sin despedirme. 

Mariano Puga, a días del estallido social escribió una conmovedora y potente carta, en la que en una de sus partes dijo: “¿Qué está pasando con los líderes nuestros?¿dónde están? ¿dónde está el arte? (…) ¿Quién se hace voz de las esperanzas de la calle, qué cresta pasa con los artistas de lo nuevo? Cántennos, grítennos, enséñennos a soñar, sin ustedes no somos capaces, sin los otros y otras de este mundo, no somos capaces.  ¡El despertar no tiene que morir nunca más! hasta que volvamos a ser seres humanos ‘yo te voy a sacar de sus sepulcros, pueblo mío, y te voy a llevar a la tierra’ (…) recordemos la memoria subversiva de Jesús de Nazaret y no olvidemos que lo que le llevo a ser rechazado fueron sus gestos de amor y ternura, de opción radical entre y para los pobres de la tierra, el anuncio de la buena nueva, del Evangelio, pagado con su propia vida”. Las preguntas y la esperanza siguen en pie, más allá de nuestros yerros. 

Y sí. Llegó la hora de despedirse. De decirte chao Mariano. Espero que cuando nos veamos, nos tomemos un mate, conversemos de aquello que nos ha chalado en la vida, y cantemos mientras tocas tu acordeón. Como dirá la gente que masivamente irá a despedirte: “Mariano, amigo, el pueblo está contigo”. Gracias, por haber estado con nosotros. 

Luis Pino Moyano,

Puente Alto, 14 de marzo de 2020. 

Corrientes basales de política.

Conservadurismo.

La mayoría de sus ideas surgen del Derecho Natural, que reporta un origen religioso de la naturaleza y las relaciones sociales (Dios – Familia – Patria). Para ellos, el orden es sinónimo de poder, y eso se expresa en un paternalismo-pedagógico (“al pueblo se le educa, no se le utiliza”). Eso se tradujo en América Latina en la restricción de la participación política de los sectores populares mediante lógicas censitarias sustentadas en la propiedad y los alcances de la educación. Fomentan el centralismo y los gobiernos fuertes.

El conservadurismo forma agrupaciones confesionales que buscan representar los puntos de vista de la Iglesia Católica, y los fieles más comprometidos constituyen su fuerza electoral. Una referencia que da cuenta de este eje teórico se encuentra en la discusión del órgano del Seminario Pontificio Mayor con el filósofo Francisco Bilbao luego de la publicación de su “Sociabilidad Chilena”, lo que le valió ser acusado de “sedición, blasfemia e inmoralidad”. En una de las ediciones se señala:

“Cuando Dios habla, la razón no es el juez irrecusable que debe fallar sobre los dogmas y la moral de la Relijión. El exámen entonces no solo es temerario por la limitación, sino también ridículo é injurioso á la autoridad y deferencia que se merece la palabra de Dios […] No nos cansemos: la única y verdadera elevación del entendimiento consiste en conocer y amar la grandeza y majestad de la fé. Los grandes talentos por sí mismos conducen á la sumisión: lo contrario es vicio de talentos cortos y limitados, porque el que todo lo quiere sujetar á su razón, todo lo ignora” (La Revista Católica. Nº 36, Santiago, 8 de agosto de 1844, p. 290. Se mantiene la ortografía original).

Como su base militante tiene una raigambre elitista, requiere en algunos casos asumir y promover ideas nacionalistas, para favorecer la convocatoria electoral policlasista.

 


Liberalismo.

Postula el librepensamiento (hijo de la ilustración y del humanismo secularizado), el individualismo, y la presuposición respecto a que la propiedad antecede lo social. Ese supuesto sostiene la desigualdad: sólo es libre el que tiene poder y lo ejerce. Por ende, siempre se trata de una libertad dentro del orden social establecido (dicho orden es susceptible de ser reformado en el esquema del “progreso” de la sociedad). Propugnan el libremercado autorregulado y sin intervención estatal (eso en teoría, porque los regímenes liberales tuvieron que recurrir a la fuerza del estado para sostener sus reformas ante la reacción conservadora).

Artola y Pérez dicen al respecto:

“El pensamiento liberal, plenamente elaborado en la obra del filósofo inglés John Locke (1634-1702), y en especial en sus Dos tratados del gobierno civil (1690), estaba construido a partir del postulado de la existencia de unos derechos naturales, anteriores y por lo mismo superiores a cualquier obligación política. Para Locke, y para todo el liberalismo posterior, estos derechos eran la libertad y la propiedad; desde el momento en que se ponía a todos los individuos en las mismas condiciones para que disfrutaran de ambos, surgía la igualdad, completando así el enunciado de los derechos del hombre. La igualdad no consistía, por tanto, en alcanzar una nivelación de las condiciones de vida de los hombres, objetivo por completo ajeno a los planteamientos teóricos liberales” (Miguel Artola y Manuel Pérez. Contemporánea. La historia desde 1776. Madrid, Alianza Editorial, 2014, p. 40).

En países como Inglaterra y Alemania se configuran desde el centro político, bajo el diálogo continuidad-cambio; en Estados Unidos desde la izquierda, defendiendo libertades civiles viejas e innovadoras; en Italia con una identidad de derecha conservadora, teniendo de liberal el sistema económico homónimo. En América Latina fomentaron el federalismo y el parlamentarismo. Defendieron la libertad electoral, el estado docente y laico, adhieren a la lógica republicana, democrático-representativa y constitucionalista, con un marcado énfasis en el progreso. Es indiferente en materias religiosas o, en su defecto, decididamente anticlericales. Generaron, además, una política modernizadora en lo económico y educacional, pero conservadora en lo social y en lo político (conservación de lo que el historiador liberal Alberto Edwards denominó “la fronda aristocrática”). Si bien es cierto, el liberalismo desplazó los motivos religiosos tradicionales, sacralizó en su relato a la nación y al héroe.

 


Socialcristianismo.

Según una autodefinición:

“Es un movimiento popular y supranacional que inspirado en los valores morales del cristianismo, lucha por instaurar en el mundo un régimen político, económico y social, caracterizado por la primacía de lo humano, y en el que imperen la libertad y la justicia” (Jacques Chonchol y Julio Silva Solar. ¿Qué es el socialcristianismo? Ensayo de interpretación. Santiago, Impresores “Casa Hogar San Pancracio”, 1948, p. 5).

Se presenta como una organización policlasista y reformista, que construye una vía alternativa de desarrollo alternativa al capitalismo y al marxismo, sustentada en los principios de la denominada “Doctrina Social de la Iglesia” desde el catolicismo (con sus encíclicas sociales, desde Rerum Novarum en 1891) o “ética social” desde el protestantismo (cuya expresión más madura fue el Partido Antirrevolucionario holandés). En dicho entendido, buscan una humanización del capitalismo que ponga en el centro a la persona humana y sus asociaciones (corporativismo) y sostienen un papel protagónico del estado en la construcción de políticas que aumenten las posibilidades de los sectores sociales en un acceso amplio y de calidad a la educación, salud y vivienda. Como señaló el Papa León XIII:

“Así, pues, los que gobiernan deber cooperar, primeramente y en términos generales, con toda la fuerza de las leyes e instituciones, esto es, haciendo que de la ordenación y administración misma del Estado brote espontáneamente la prosperidad tanto de la sociedad como de los individuos, ya que éste es el cometido de la política y el deber inexcusable de los gobernantes […] No es justo, según hemos dicho, que ni el individuo ni la familia sean absorbidos por el Estado; lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible, sin daño del bien común y sin injuria de nadie. No obstante, los que gobiernan deberán atender a la defensa de la comunidad y de sus miembros”  (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, 23, 26).

En ese sentido, hay un énfasis comunitario en las expresiones de la libertad.

No construyen organizaciones confesionales: lo cristiano es inspirador de su constructo teórico y de su aterrizaje en políticas sociales, lo que no excluye de su participación en el mismo a sujetos que no suscriben la fe cristiana.

Sus principales ideólogos son Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, tanto en la filosofía social como en el personalismo.

 


Socialdemocracia. 

Se aboca a la administración del capitalismo, mediante políticas reformistas que configuren lo que en Europa se ha denominado “estados de bienestar”, con marcado acento asistencialista. Ese estatismo, orientó su trabajo con la clase obrera desde la perspectiva corporativa, fomentó la configuración de estados nacionales fuertes (legal, económica y subjetivamente), y que se abre a la lógica de la mundialización. Por su parte, el sector socialdemócrata de la clase obrera organizada no busca la supresión del sistema capitalista, pues ve que el mercado otorga posibilidades para la regulación de la esfera económica (contra la tesis liberal) y la organización de la producción.

Sus reformas se han centrado en los siguientes aspectos: a) expansión progresiva de los servicios públicos, sobre todo en educación, salud y vivienda; b) un sistema fiscal regulador y actor en la esfera de la producción; c) institucionalización de la disciplina del trabajo que facilite la ejecución de los derechos de los/as trabajadores/as y políticas que lleven a la meta del pleno empleo; d) redistribución de la riqueza para garantizar a toda la ciudadanía un rédito mínimo; y c) un sistema solidario de pensiones. Como señala una declaración reciente:

“La Internacional Socialista se fundó hace cien años para coordinar la lucha mundial de los movimientos socialistas democráticos por la justicia social, la dignidad humana y la democracia. En ella se reunieron partidos y organizaciones de tradiciones diferentes, que compartían el objetivo común del socialismo democrático. A lo largo de su historia, los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas han defendido los mismos valores y principios. […] Los socialistas democráticos han llegado a proclamar estos valores por caminos muy distintos, a partir del movimiento obrero, de los movimientos populares de liberación, de las tradiciones culturales de asistencia mutua y de solidaridad comunitaria en muchas partes del mundo. También tienen raíces en las diversas tradiciones humanistas del mundo. Pero aunque existan diferencias ideológicas y culturales, todos los socialistas comparten la concepción de una sociedad mundial pacífica y democrática, con libertad, justicia y solidaridad” (Declaración de principios de la Internacional Socialista, septiembre de 2013).

Teniendo en cuenta lo anterior, sus organizaciones socialdemócratas, socialistas, laboristas, radicales, entre otras, buscan vivir los principios del socialismo en los márgenes de la democracia liberal. Cabe acá la expresión de Kautsky: “la socialdemocracia es un partido revolucionario, no un partido que hace la revolución”.

Tuvo entre sus fundadores a Louis Blanc, August Bebel, Ferdinand Lasalle, entre otros. Tuvo un ala marxista a inicios del s. XX, que en Alemania dio a sus principales dirigentes: Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

 


Marxismo.

Teoría política, económica y social que percibe la realidad desde el punto de vista de los sujetos que viven condiciones de explotación. Se fundamenta en el pensamiento de Karl Marx y Friedrich Engels. Sustenta su observación de la realidad en el materialismo dialéctico, es decir en el entendimiento que la realidad material es no sólo observable sino que, también, modificable.

Son elementos distintivos de la teoría marxista: a) la concepción de la historia como una constante lucha de clases, que es susceptible de ser pesquisada a partir de los diversos modos de producción que se han dado en el tiempo; b) la conceptualización negativa de la ideología como la verdad producida por la clase dominante y colocada como sentido común que conforma la realidad; c) la centralidad estratégica de la clase obrera: los proletarios son los sujetos revolucionarios; d) el horizonte comunista tiene en cuenta la destrucción del estado y de las clases sociales, para producir “el encuentro del hombre con el hombre”; y e) que esa lucha tiene en cuenta la violencia como medio para la conquista del poder. Como plantearía Marx contraviniendo la tesis socialdemócrata:

“Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el periodo de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este periodo corresponde también un periodo político de transición, cuyo estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado” (Karl Marx. Crítica del Programa de Gotha).

La finalidad de dicho régimen, es la utilización del estado para conducir el proceso transformador de la colectivización de la propiedad privada a su abolición, y de la hegemonía de la clase obrera a su abolición.

Por su parte, Engels, diría respecto del Manifiesto Comunista que:

“La idea central que inspira todo el Manifiesto, a saber: que el régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituye la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de esa época, y que, por tanto, toda la historia de la sociedad -una vez disuelto el primitivo régimen de comunidad del suelo- es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida -el proletariado- no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime -de la burguesía- sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases; esta idea cardinal fue fruto personal y exclusivo de Marx”. (Friedrich Engels, prólogo a la edición alemana de 1883 del Manifiesto Comunista).

Existen diferentes corrientes marxistas, que surgen no sólo del acercamiento a la obra de Marx y Engels, sino también respecto de sus polifónicos herederos: Lenin, Stalin/Trotsky, Mao Tse Tung, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, Ernesto Guevara, entre otros.

El concepto “marxiano”, por su parte, da cuenta de la lectura y especialización en la obra de Marx.

 


Anarquismo. 

La palabra tiene un origen etimológico que significa “sin gobierno”. Se trata, entonces, de una corriente política que comienza con la presuposición respecto a que el ser humano es depositario único de la historia, constructor activo de su presente y de su futuro.

Propugna la destrucción del sistema, en tanto inhibe las libertades humanas, anulando la esencia misma del ser humano. La libertad es el principio fundamental, y para conseguirla se desarrolla una guerra a la dominación que se lleva a cabo desde la concientización masiva hasta el uso de la violencia bajo el mecanismo de la acción directa en la educación, la propaganda y la revolución, “animados del más vivo deseo de entrar en una nueva era de paz social” (Elisée Reclus). De manera muy interesante, un periódico chileno llamado “Verba Roja”, señalaba que “Los elementos que darán vida y felicidad a los seres humanos: la tierra, los instrumentos de trabajo, de artes y ciencia” (Año 5, No 48. Santiago, 2a quincena de septiembre de 1923). En términos tácticos, el anarquismo desarrolló su práctica en forma espontánea y voluntarista (“la alegría de la destrucción”, en palabras de Bakunin), mediante lógicas asamblearias y movimientistas. 

La libertad que el anarquismo presupone es tanto individual como colectiva, aunque en un matiz de diferencia con el marxismo hace un énfasis en la que corresponde a la subjetividad. Como señalara una organización anarquista española a comienzos del siglo XIX:

“Es necesario insistir que la verdadera revolución se realiza en la mente de las personas; cuando el individuo comienza a pensar sin influencia extraña, ha iniciado el camino de su liberación personal y el de toda la sociedad […] No tendría objeto ninguna revolución emancipadora del género humano, en la que la humanidad se erigiera en dueña de sus propios destinos, si existe por encima del hombre un ser capaz de regir el mundo. La religión es un freno en la lucha de la humanidad por su liberación, al ofrecer una falsa vida mejor en el inexistente paraíso” (Principios y tácticas del Anarquismo. Folleto de propaganda de la Federación Anarquista Ibérica, 1916).

Los fundadores de esta corriente son Mijaíl Bakunin, Piotr Kropotkin y Elisée Reclus, estos dos últimos, fundadores de la geografía como ciencia social. Es relevante decir que existen anarquismos de izquierda, de derecha (esos que fomentan el nihilismo y la exaltación del placer individual), hasta anarquismo cristiano (León Tostoi y Jacques Ellul, entre otros). El anarquismo más gravitante en Chile fue el español, que es el más secular y anticlerical de todos (de ahí frases como “la única iglesia que ilumina es la que arde” y otras). En América Latina fueron relevantes para la conformación de las primeras organizaciones sindicales de la región.

 

Luis Pino Moyano.

 


Fuentes bibliográficas.

Para el desarrollo de este glosario de corrientes políticas se tuvo en cuenta las siguientes fuentes, aparte de las citadas directamente en el texto:

Bobbio, Norberto et al. Diccionario de política. México D.F, Siglo Veintiuno Editores, 1991.

Correa, Sofía. Con las riendas del poder. La derecha chilena en el siglo XX. Santiago, Editorial Sudamericana, 2005.

Correa, Sofía et al. Historia del siglo XX chileno: Balance paradojal. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001.

Edwards, Alberto y Frei, Eduardo. Historia de los partidos políticos chilenos. Santiago, Editorial del Pacífico, 1949.

Moulian, Tomás. En la brecha. Derechos humanos, críticas y alternativas. Santiago, LOM Ediciones, 2002.

Moyano, Cristina. “Cultura política y universos discursivos del movimiento obrero ilustrado. Chile en los albores del siglo XX”. En: Revista de Historia y Ciencias Sociales Palimpsesto. Nº 3, Vol. I, 2004. En: http://www.palimpsestousach.cl/palimpsesto/revistas/revista3_v2_2005/ Notas-investigacion/Notas-Investigacion-Cultura-politica-universos-discursivos-2004.pdf (Consulta: julio de 2014).

Ortiz Letelier, Fernando. El movimiento obrero en Chile (1891-1919). Santiago, LOM Ediciones, 2005.

Nueva Constitución… muchas preguntas que requieren respuesta y definición.

“En el mundo libre, las Constituciones emanan de los pueblos”.

Eduardo Frei Montalva.

Hace casi un mes entramos en una vorágine social inimaginada dentro del ámbito de las ciencias sociales respecto de nuestra realidad nacional. Teníamos claro cuáles eran los abusos de poder y los actos de corrupción, que superan con creces los treinta pesos de alza en el metro. Vimos cómo se nos cayó la máscara de la sociedad ordenada, aquella que otrora nos hiciera parecer como “los ingleses de Latinoamérica”, en una autopercepción llena de complacencia egolátrica. Vimos cómo las calles se llenaron de personas manifestando su protesta contra un sistema que exuda injusticia y que entienden con mucha claridad que la paz sólo será posible en nuestro país si tenemos justicia. Un millón doscientas mil personas llenaron las calles de Santiago y otras ciudades del país, en el viernes 26 de octubre de 2019, marcando un hito en la historia de las movilizaciones sociales en Chile, sobre todo, en el contexto postdictatorial.

Y aunque el gobierno ha hecho esfuerzos para que vuelva la normalidad, su aletargamiento, demora e incapacidad política, unido al malestar y re-encuentro de la sociedad civil, ha  obstaculizado y debilitado dicho camino, y conllevado que se haga visible un momento constituyente real. Cuando el gobierno de Piñera se abre el domingo 10 de noviembre a la posibilidad de una nueva Constitución, hace que difícilmente se avizore la posibilidad que salgamos de este momento de crisis institucional y social sin una nueva Carta Fundamental. Sobre todo, luego del acuerdo que en la madrugada de este viernes 15 de noviembre, muchos parlamentarios, en representación de sus partidos políticos, firmaron para un proceso constituyente dentro de los márgenes de la democracia. 

En un diálogo imaginario, relevo algunas preguntas posibles, explicitando algunas respuestas que no buscan cerrar conversaciones, sino, por el contrario, abrirlas. Es, también, la explicitación de definiciones políticas.

¿Qué es la Constitución?

Siguiendo la definición presentada por Humberto Nogueira, “La Constitución es la ley fundamental del Estado, es la norma jurídica de más alto rango en el ordenamiento jurídico. / La Constitución establece la organización, atribuciones y relaciones entre los órganos del estado, los derechos y las garantías de las personas y los cuerpos intermedios de la sociedad, los sistemas para hacer efectiva la supremacía constitucional y el procedimiento de reforma parcial o total de la Constitución” [1]. En dicho sentido, ningún ciudadano ni ninguna ley está por sobre la Constitución. Ella “constituye” lo que se realiza en la cosa pública. No por nada, también se le llama “Carta Fundamental”: carta, en el sentido de un mapa que delimita un campo de acción; y, fundamental, en tanto establece la base para el estado nacional.

Una cosa que no puede olvidarse, es que la Constitución no sólo es un asunto legal, jurídico si se quiere, sino que es un producto eminentemente político. Por ende, su discusión no sólo es cosa de abogados constitucionalistas (que claramente aportan al conocimiento y el debate), sino que todos los ciudadanos podemos aprehenderla, reflexionar y discutir respecto de ella. 

¿Por qué cambiar la Constitución? 

Si esta movilización comenzó por el aumento del precio en el metro, y que luego visibilizó abusos de poder de diversa índole y alcance, situaciones que derivan en vida indigna para la mayoría de la población, derechos sociales limitados por el sentido común del libre mercado y tantos actos de corrupción, ¿por qué la discusión ha derivado al asunto de una nueva Constitución? ¿Por qué se hace necesario modificarla? 

Hay múltiples razones que han sido expresadas, pero a mi juicio, la más relevante tiene que ver con el origen antidemocrático de la Carta Fundamental actual. Cosa que no ha sido inédita en nuestros más de doscientos años de vida republicana. Siempre han sido las élites políticas y/o militares las que han configurado el mapa y marco de acción del estado nacional chileno. Como señalaría Mario Garcés: “En realidad, ninguna de las Constituciones de larga duración -la de 1833, 1925 y 1980- han sido el resultado del ejercicio del poder constituyente de los ciudadanos, razón por la cual todas han sido objeto de sucesivas reformas hasta la nueva crisis política e institucional. La duración de esas constituciones y la estabilidad política alcanzada en algunos períodos no han sido sinónimos de legitimidad” [2]. En otras palabras, las tres constituciones más relevantes que ha tenido el país, fueron creadas no sólo de espaldas al pueblo, sino en estados de excepción, con el Congreso Nacional cerrado y con el brazo militar apoyando al gobierno, o siendo tal [3]. Plebiscitos de dudosa reputación, como el de 1925 sin cédula única, y el de 1980 sin registros electorales, no son signo de deliberación ni propuesta. 

Refirámonos a la Constitución de 1980. Parto citando in extenso a un grupo de historiadores que señala: “La Constitución de 1980 es, sin duda, el texto constitucional más controvertido a la par que inmodificable, atendida su vigencia pétrea, en sus aspectos esenciales, estos últimos veinte años. A pesar de su vigor, una sombra oscura empaña su origen. Si bien fue aprobado por el 67.04% contra el 30.19% de los votos, el plebiscito fue catalogado por sus opositores como espúreo. No se contó con registros electorales, y tanto la campaña de treinta días como los comicios se efectuaron bajo estados de emergencia, estando facultado todo ese tiempo el gobierno para relegar, detener y exiliar; el acceso a los diarios fue parcial al oficialismo, y en cuanto a la televisión le fue absolutamente vedada a los opositores” [4]. Pero no sólo eso, el acto electoral que refrendó el texto constitucional emanado de la dictadura fue, a todas luces, un fraude. ¿Por qué razón? Porque en una votación plebiscitaria lo que se busca es la aprobación o reprobación de una alternativa, pero en este caso, en una de las alternativas se jugaba más de una opción. El artículo 25 de la Constitución de 1980, señalaba originalmente que el período de gobierno del presidente de la república duraba ocho años [5]. Es decir, si alguien osaba votar que “No” lo que hacía era desaprobar un texto constitucional, en cambio, si se votaba que sí, se aprobaba la nueva Constitución y se ponía límite temporal al gobierno de Pinochet. Sin Constitución, la dictadura parecía eterna.

Todo esto denota violencia social. Eduardo Grünner, al hablar de la violencia constitutiva de nuestros estados de derecho, señala varias tesis, de las que refiero las primeras dos: “La violencia es constitutiva de la práctica política, porque es fundadora de la juridicidad estatal. […] El Estado moderno y el contractualismo son posibles por la negación de la violencia constitutiva de lo político” [6]. ¡Esto es demasiado potente! Nuestro estado de derecho ha tenido como acto fundacional la violencia política. Nuestra democracia es aquella que fue creada a imagen y semejanza de la dictadura cívico-militar chilena, cuyo modelo pervive más allá de la derrota electoral de 1989 y del 11 de marzo de 1990. Jaime Guzmán, ideólogo del régimen y artífice del texto constitucional, lo dijo con suma claridad: “En vez de gobernar para hacer, en mayor medida, lo que los adversarios quieren, resulta preferible contribuir a crear una realidad que reclame de todo el que gobierne una sujeción a las exigencias propias de ésta. Es decir, que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque -valga la metáfora- el margen de alternativas posibles que la cancha imponga de hecho a quienes jueguen en ella, sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario” [7]. La democracia protegida de la dictadura tiene su correlato con la justicia en la medida de lo posible. El amarre imposibilita ajustes significativos al sistema por la vía institucional, lo que trae consigo la naturalización de un sistema que es político e histórico en su origen y que, por ende, puede ser modificado. La negación del cambio, por quienes retóricamente apelaban a un “¡Viva el cambio!” [8], no es otra cosa que la negación de la polis. Esto lo ilustra de la siguiente manera el abogado Patricio Zapata, cuando señala que: “Existe un problema constitucional cuando la Carta Fundamental de un país, lejos de ser la ‘cancha’ que todos, o casi todos, reconocen como el espacio común en el cual llevar adelante la disputa cívica, es, más bien, un elemento que divide y excluye” [9]. 

La vida democrática de un pueblo amerita la construcción de una Carta Fundamental hecha en democracia. Por eso, hay que cambiar la Constitución, puesto que al hacerlo se propugna “modificar de raíz la orientación estratégica del Estado” [10]. 

Ya, pero cambiar la Constitución no mejora la vida en su cotidianidad. ¿Por qué no preocuparse, entonces, de los problemas de la gente? 

La verdad, es que no conozco a nadie que postule un cambio constitucional como la panacea para todos los problemas de la gente. Es evidente, que una Constitución no abarca todos los asuntos que tienen que ver con los seres humanos que habitan un país, pero eso no obsta para que pongamos nuestra preocupación allí, en una alternativa para cambiarla. Dicho de otro modo, la Constitución no soluciona todos los problemas, y no está para eso. Pero sí puede ayudarnos a cambiar algunos, sobre todo puede colaborar en el anhelo de pensar el Chile del siglo XXI en el largo plazo, y no sólo en las necesidades contingentes o coyunturales. 

Dicho lo anterior, la Constitución sí puede ayudarnos a mejorar problemas cotidianos de la gente. Sólo para poner un ejemplo: el Artículo 19, número 18 de la Constitución [11], habla sobre el sistema de pensiones, y dice dos cosas fundamentales: a) que se necesitaría quórum calificado, es decir, una votación que tenga mayoría absoluta (50%  más uno de votos), para cambiar algo del sistema de pensiones; y b) garantiza que pueden haber sistemas públicos y privados. En la práctica, sólo existe sistema público para las FFAA y de Orden y privado para el resto, por tanto, las AFP y su ejercicio están garantizados por la Constitución. Entonces, para modificar el actual sistema de pensiones, desde su reforma hasta su abolición, se requiere una reforma constitucional o, derechamente, el cambio de la misma. 

Necesitamos leer la Constitución para hacer diálogo fundamentado, y no repetir los eslóganes de los amantes del status quo. 

¿Cómo evaluar el acuerdo por una nueva Constitución desarrollado en el parlamento?

Traté de mantenerme despierto más allá de la 1 de la madrugada del 15 de noviembre de este movido 2019, pero el cansancio pudo más. Así que apenas desperté a las horas después, una de las primeras cosas que hice fue leer dicho acuerdo bastante transversal. 

Valoro varias cosas del mismo: 

  1. Siempre es importante tener claros los plazos: abril de 2020, para el plebiscito que apruebe o rechace una nueva Constitución y el órgano para redactarla;  en caso que se apruebe la idea de una nueva Constitución, se plantea octubre de 2020 para la elección de los miembros de la instancia elegida; y el plazo de nueve meses, prorrogable por tres meses en sólo una ocasión para que la Constitución sea redactada, y luego sea sometida un plebiscito ratificatorio de carácter obligatorio.
  2. Es sumamente valorable, que sólo se haya tenido en cuenta una Convención Mixta Constitucional y una Convención Constitucional (léase, Asamblea Constituyente), y que se excluyeran otros mecanismos menos participativos, sobre todo, la figura de una Comisión de Expertos, que tantos problemas nos han traído en nuestra historia política y en la actual coyuntura. Además, es valorable que el mecanismo de elección de delegados, siga el mismo sistema proporcional que las elecciones de diputados, que no exista compatibilidad de roles entre tener un cargo público y participar del órgano constituyente, junto con la inhabilidad sobreviniente para ser candidatos a elecciones populares por un año, aunque a mi juicio, podrían ser dos. 
  3. Lo más significativo, a mi juicio, es que la nueva Constitución parta en foja cero y que luego de su promulgación se derogue la Constitución de 1980. Este es el fin de la Constitución de la dictadura y el origen de una Constitución elaborada en democracia, con participación ciudadana, siendo la primera realizada de esa manera en la historia chilena. Eso nos debe llevar a valorar este momento constituyente, realizado sin un estado de excepción [12]. 

Claramente es necesario precisar aún cómo se desarrollará el ejercicio de la representatividad en la elección de los delegados de la Convención Constitucional, para que asegure la participación de la ciudadanía, limitando la cooptación que puedan desarrollar los partidos políticos, más allá de las actividades legítimas que puedan ejercer. ¿Se desarrollará a partir de la territorialidad, o a partir de la representación de distintas organizaciones de la sociedad civil, o una mezcla de ambas? ¿Tendrá cuotas de género y de pueblos originarios? ¿Se realizará, además de la reforma a la Constitución, que permita desarrollar los plebiscitos señalados, una al Artículo 13 de la Constitución [13], respecto de la edad de los ciudadanos, rebajándola, por lo menos, a los 16 años de edad? Todo eso está por verse. 

¿Es legítimo desconfiar de la “cocina” de la Clase Política Civil? ¿Qué pasa con eso del quórum de 2/3?

¿Tenemos derecho a desconfiar de la Clase Política Civil? Tristemente, sí. Por mucho tiempo nos han dado razones para desconfiar. La mirada instalada en el sentido común sobre la actividad política y de los partidos, no sólo responde al proyecto despolitizador llevado a cabo por la dictadura, sino que ha sido potenciado por este alejamiento de la sociedad civil, donde el pueblo ahora es gente (“gana la gente, Aylwin presidente”, decía el eslogan), y donde la política la construyen los expertos. Esa configuración elitaria de la política ha derivado en que los políticos profesionales sean entendidos, y lo que es peor, se entiendan, como una clase social distinta. Son los otros que no tienen criterio de realidad, porque no viven la realidad de la mayoría de la población. Súmese a aquello, la mirada desconfiada de las instituciones, dentro de las cuales los partidos políticos no gozan del prestigio y respeto ciudadano que antes tenían. Si a algo nos tiene que llevar esta crisis es a entender que los políticos profesionales no deben construir su identidad como otra clase social, y mucho menos, como una clase privilegiada. 

Pero desconfiar no significa satanizar. Y a mi juicio, referir a lo ocurrido en el Congreso Nacional como “cocina”, es del todo exagerado e injusto. ¿Por qué? Porque las reuniones que derivaron en un acuerdo consensuado en la madrugada del viernes 15 de noviembre, no se hicieron en una casa y en privado, sino en la sede del poder legislativo, con medios informativos presentes, en ese sentido, de cara al país. Pero además, porque mucho de lo acordado allí, puede ser entendido, por ejemplo, como resultado de la Comisión de Constitución de la Cámara de Diputados, en la que participaron no sólo abogados constitucionalistas afines a las corrientes políticas con expresión en el Parlamento, sino también una serie de representantes de la sociedad civil. Esto unido al hecho, que quienes son parlamentarios, bajo la lógica de la democracia que nos rige, son también representantes legítimos de quienes se dieron el tiempo de participar en el último proceso eleccionario. Todo eso dota de legitimidad, dentro del cauce institucional, a lo realizado y que derivó en el acuerdo para una nueva Constitución. Yo preguntaría, ¿cómo se podría llevar a cabo un proceso constituyente sin consensos y sin institucionalidad ad hoc?

Quizá una de las cosas que más impacto ha causado del acuerdo es su punto 6: “El órgano constituyente deberá aprobar las normas y el reglamento de votación de las mismas por un quórum de dos tercios de sus miembros en ejercicio” [14]. ¿Es un problema el asunto de los dos tercios? En la actual Constitución, claramente lo es, porque funciona como amarre para que una minoría circunstancial opere con un poder de veto frente a cualquier instancia de reforma. Es el acto de contrición al que apela Jaime Guzmán en sus palabras, para que el sistema construido por la dictadura se mantenga en el tiempo, más allá de su fin como hecho político en marzo de 1990. Es la trampa de esta Constitución, en palabras del profesor Atria. Pero, ¿lo es en esta propuesta? El no es rotundo. Y la gran razón es que la Convención Constitucional comenzará su operación con una hoja en blanco. Y en una hoja en blanco, no hay veto. Esto posibilita la construcción de consensos, o en el peor de los casos (¿o en el mejor de los casos?), es que algunas propuestas de distintos actores sociales no tendrán expresión en la nueva Constitución, lo que conllevaría a que serán materia de ley en las que no operaría dicho quórum. Un grupo de treinta y cuatro abogados constitucionalistas ha señalado lo siguiente en una declaración: “De este modo, aquellas materias que no alcancen dicho piso no serán reguladas en la Constitución y quedarán entregadas al legislador. El quórum de la constituyente, en consecuencia, genera tres efectos: i. favorece un acuerdo político amplio, ii. excluye todo veto de los defensores de la actual Constitución, y iii. fortalece la discusión legislativa, una vez aprobada la nueva Constitución” [15]. En las palabras del mismo grupo, estos dos tercios operarían como un quórum “supermayoritario”, en vez del carácter “contramayoritario” que tiene en la Constitución de 1980. No tiene el carácter de trampa que se le ha dado en una lectura apresurada, sino el de una cancha muy amplia en la que se puede jugar. 

Claramente cada sujeto individual y colectivo tiene su propio horizonte de expectativas, lo que se traduce en la idea de una sociedad mejor según sus propios principios. En la Constitución esas ideas pueden tener cabida, pero sin olvidar que se trataría de la carta de navegación para toda la ciudadanía, y no para unos pocos. La Constitución tiene que ser construida con pretensiones de durabilidad, y para ello, no puede representar sólo a una mayoría contingente, y mucho menos a una minoría amparada en el poder de fuego de los institutos armados como ha sido en 1833, 1925 y 1980. La negociación, los acuerdos y los consensos, no son cuestiones negativas en sí mismas, sobre todo cuando se procura el esfuerzo de construir un país. Como diría Patricio Zapata, no se puede tratar de la imposición de una agenda, “sino que debe reflejar un acuerdo muy amplio que se constituya en marco más legítimo donde poder seguir debatiendo y dirimiendo democráticamente nuestras diferencias” [16]. La Constitución no debiese poner cerrojos a la democracia, sino abrir puertas para su ejercicio.

¿Qué cosas debiesen estar presentes en una nueva Constitución?

Claramente, esta respuesta es la más cargada de subjetividad de todas, y puede ser respondida según el campo de experiencias y el horizontes de expectativas de cada cual. A mi juicio, el próximo texto Constitucional debiese ser más breve que el actual y escrita en un lenguaje que sea entendido no sólo por abogados, sino por la ciudadanía toda. Brevedad y simpleza, facilitarían su apropiación. Sería ideal que la nueva Constitución tenga un preámbulo, que entregue una declaración de principios democráticos orientados al bienestar común y la justicia social, apegado al derecho internacional, con un reconocimiento de los derechos humanos como universales, inalienables e imprescriptibles, constituyéndose en el principio fundamental de dicho documento normativo. El estado debiese ser plurinacional, con reconocimiento del pueblo-nación mapuche, aymará y rapanui, además de posibilitar una real descentralización regional (debo reconocer, que una de las cosas que más me gusta de la propuesta liberal, es la del federalismo). El poder legislativo debiese conformarse en un Congreso unicameral, lo que facilita la reducción de parlamentarios, porque la idea sería mantener el número de la actual Cámara de Diputados, bajo el mismo sistema proporcional de elección, y eliminar el número de senadores. Debiese existir, también, la posibilidad de referéndum revocatorio, para tener el derecho de sacar de sus cargos a quienes no cumplan con el deber delegado por la ciudadanía a las autoridades públicas. Debiese producirse un marco que profundice la fiscalización de las Fuerzas Armadas y de Orden, para que el monopolio del uso de la fuerza no signifique atentados contra la población, sobre todo aquella que expresa legítimamente su protesta y proyecto político, y nunca más se ejecuten acciones que fisuren o, de plano, destruyan el sistema democrático del país. Debiese darse fin al COSENA, porque pone de facto a las FFAA y de Orden en una posición deliberante. 

Como protestante, me gustaría que la nueva Constitución señalara explícitamente la separación del estado y las organizaciones eclesiales, estableciendo desde una comprensión laica, la posibilidad que las religiones y quienes las suscriban puedan expresarse con libertad en el espacio público, sin limitar su acción a la esfera privada. La limitación de las imposiciones de actores religiosos no implica la limitación de la libertad de conciencia y de la acción social desde una cosmovisión que tiene correlato más allá de los muros de los templos. La fe, por definición, es pública. Es más, me asiste la convicción, que no existen libertades públicas si  la libertad de creer es negada o dificultada. 

¿Cuál es papel de la ciudadanía y de los movimientos sociales? 

La ciudadanía tiene un papel fundamental que cumplir en todo este camino. Ya lo ha tenido en todo este tiempo. Sin las masivas y persistentes manifestaciones sociales, y su capacidad organizativa y propositiva constatada en los muchos cabildos y asambleas organizados en el país, no estaríamos viendo el principio del fin de la Constitución hecha a imagen y semejanza de la dictadura. 

Por ello, es que creo que el mecanismo apropiado para la construcción de la nueva Constitución debe ser la Convención Constitucional (léase, Asamblea Constituyente), conformada por ciudadanos sin otro cargo público. Si hay algo maravilloso de esta coyuntura es que se ha explicitado que el estado no tiene sólo tres poderes como se nos ha enseñado, y como quienes desempeñamos la docencia en historia y ciencias sociales somos constreñidos a señalar por planes y programas, sino de cuatro poderes: ejecutivo, legislativo, judicial y constituyente. Dicho poder constituyente, en su definición más simple, tiene la atribución de establecer o modificar la Constitución. Ese poder constituyente que la dictadura hizo que recayera en la junta de gobierno, y que fue derivado al Congreso con el amarre del quórum de dos tercios, hoy día, es necesario que vuelva a quien tiene por definición el poder en el sistema democrático, a saber, el pueblo. Dicho poder originario debería, en palabras de Jaime Bassa y Constanza Salgado, manifestarse de la siguiente manera: “La respuesta debe estructurarse a partir de ciertas premisas mínimas, entendiendo que: i) es el pueblo el titular del poder constituyente, ii) quien, considerando los intereses de todos, iii) ha de tomar la decisión fundamental acerca de su propia existencia a través de representantes que, luego de deliberar, decidan democráticamente” [17]. Es decir, la Convención Constitucional recibiría su poder derivado de quien tiene el poder constituyente originario, con la participación activa de la sociedad civil. Insisto, eso, por primera vez en nuestra historia, aunque hay una experiencia histórica, la de la Asamblea Constituyente de Asalariados e Intelectuales, truncada por el gobierno de Arturo Alessandri Palma, que debe ser valorada, evidentemente, desde una perspectiva crítica [18]. 

La otra posibilidad presentada en el acuerdo por la nueva Constitución, es la de una Convención Constitucional Mixta, en la que existiría la participación de  parlamentarios, siendo éstos un 50% de dicha instancia. Dicho sistema es legítimo y representativo, toda vez que sería refrendado por un plebiscito y porque los parlamentarios lo son por medio de una elección democrática. Pero dicha legitimidad y representatividad, puede y debe ser reforzada con señales mínimas: a) el seguir produciendo leyes de carácter social que beneficien a la mayoría de la población; b) el desarrollar comisiones investigadoras, que podrían derivar en juicios políticos a las autoridades responsables de las violaciones a los derechos humanos que hemos visto de agentes del estado durante este tiempo de amplia movilización; y c) reducir la dieta parlamentaria a la mitad, poner limitaciones a la reelección y producir un marco legal que facilite y acelere la investigación de casos de corrupción política y otorgue penas realmente ejemplificadoras, entre las cuales la cárcel sea una realidad, en un sentido igualador que acabe con la sensación de impunidad.

Para que todo esto sea desarrollado en un marco democrático, la sociedad civil debe conservar sus espacios de autoeducación y deliberación, por lo que, los cabildos, encuentros ciudadanos y/o asambleas, deben fortalecerse, más allá que no tengan un carácter vinculante, pues los delegados a la Convención Constitucional pueden nutrir y, aún más, pueden representar los acuerdos tomados en dichos espacios. Los movimientos sociales deben mantenerse activos y pujar por espacios de consenso en demandas que son transversales. El proceso constituyente no debe derivar en desmovilización, sino por el contrario, en organizaciones sociales que se movilizan activamente y acompañan este proceso con su crítica y proyectos históricos, de tal manera que sean un mecanismo de presión respecto de la acción de los actores políticos tradicionales. Si bien es cierto, los contextos son diferentes, el siguiente ejemplo requiere ser valorado en su dimensión histórica y política: ¿qué hizo que el Congreso Nacional aprobara en forma unánime la nacionalización del cobre en 1971, propuesta por el gobierno de Salvador Allende? ¿Qué hizo que sectores que no creen en el papel empresario del estado, y que tienden a la privatización de la actividad económica, votaran a favor de esta propuesta? ¿Qué hizo que eso fuese entendido de manera transversal como un acto que dignificaba lo nacional? Sin lugar a dudas, no fue sólo la acción inteligente de los partidos de la Unidad Popular o la acción de la Democracia Cristiana que facilitó dicho acuerdo, sino por sobre todo un movimiento social que tenía una acción colectiva masiva en las calles, que acompañó dicho proceso y presionó a las élites a actuar en concordancia con la demanda social. Las élites políticas no reconocerán nunca la educación, la salud, la previsión social y la vivienda como derechos sociales, si la sociedad está cómodamente esperando que otros actúen. La democracia es más que votar en un proceso eleccionario, es también organizarse con otros y proyectar un mejor mañana. 

Si la nación es una “comunidad imaginada” [19], con toda razón podemos imaginar hoy el Chile del presente y del futuro, entendiendo que, como diría Mario Garcés, “En contra de un sentido común dominante, nuestra historia política no es solo, ni mucho menos, la historia de los Estados, sino que la historia de las resistencias y alternativas de cambio que emergen una y otra vez desde la sociedad civil” [20]. 

Luis Pino Moyano.

 


 

Referencias Bibliográficas. 

[1] Humberto Nogueira (Coordinador). Manual de Educación Cívica. Educación para la democracia. Santiago, Editorial Andrés Bello y Corporación Participa, 1991, p. 112.

[2] Mario Garcés. El despertar de la sociedad. Santiago, LOM Ediciones, 2012, p. 96. 

[3] Véase: Gabriel Salazar y Julio Pinto. Historia Contemporánea de Chile I. Estado, legitimidad, ciudadanía. Santiago, LOM Ediciones, 1999, pp.13-123; Sergio Grez. “La ausencia de un poder constituyente democrático en la historia de Chile”. En: Tiempo Histórico. Revista de la Escuela de Historia de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Nº 1, Santiago, 2010, pp. 15-35. 

[4] Sofía Correa et al. Historia del siglo XX chileno. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001, pp. 323, 324. 

[5] Constitución Política de la República de Chile. Santiago, División Nacional de Comunicación Social, 1980, p. 10. 

[6] Eduardo Grünner. Las formas de la espada. Miserias de la teoría política de la violencia. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 2007, pp. 31, 39.

[7] Correa et al. Op. Cit., p. 325. Véase para profundizar: Fernando Atria. La constitución tramposa. Santiago, LOM Ediciones, 2013.

[8] Eslogan de campaña del candidato presidencial Joaquín Lavín en 1999. 

[9] Patricio Zapata. “La Constitución del bicentenario. Once tesis y una propuesta concreta”. En: Claudio Fuentes y Alfredo Joignant (editores). La solución constitucional. Plebiscitos, asambleas, congresos, sorteos y mecanismos híbridos. Santiago, Catalonia, 2015, p. 165. 

[10] Gabriel Salazar. “La ‘solución constituyente’ como proceso histórico-social”. En: Ibídem, p. 97. 

[11] Constitución Política de Chile. Santiago, Galas Ediciones, 2016, pp. 34, 35. 

[12] Acuerdo por la paz social y la nueva Constitución. 15 de noviembre de 2019. Firmado por Fuad Chahín (Democracia Cristiana), Alvaro Elizalde (Partido Socialista), Jacqueline van Rysselberghe (UDI), Catalina Pérez (Revolución Democrática), Heraldo Muñoz (PPD), Mario Desbordes (Renovación Nacional), Luis Felipe Ramos (Partido Liberal), Hernán Larraín (Evópoli), Javiera Toro (Partido Comunes), Carlos Maldonado (Partido Radical) y Gabriel Boric (¿…?). 

[13] Constitución Política de Chile. Op. Cit., p. 22. 

[14] Acuerdo por la paz social y la nueva Constitución. Op. Cit.

[15] “Más de 30 abogados constitucionalistas explican controversias por quórum de 2/3 en acuerdo para una nueva Constitución”. En: El Desconcierto. 17 de noviembre de 2019. http://www.eldesconcierto.cl/2019/11/17/mas-de-30-abogados-constitucionalistas-explican-controversias-por-quorum-de-2-3-en-acuerdo-para-una-nueva-constitucion/ (Consulta: noviembre de 2019). 

[16] Zapata. Op. Cit., p. 173. 

[17] Jaime Bassa y Constanza Salgado. “Bases constitucionales del proceso constituyente II: Principios y mecanismos para una asamblea constituyente”. En: Fuentes y Joignant (editores). Op. Cit., p. 257.

[18] Véase: Sergio Grez. “La asamblea constituyente de asalariados e intelectuales Chile, 1925: Entre el olvido y la mitificación”. En: Revista Izquierdas. Nº 29, Santiago, septiembre de 2016. http://scielo.conicyt.cl/pdf/izquierdas/n29/art01.pdf (Consulta: noviembre de 2019).

[19] Benedict Anderson. Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2006.

[20] Garcés. Op. Cit., p. 46. 

* Agradezco a Fernando Salas, por su aporte en la mejora de este artículo. 

 

Descargar versión en PDF, haciendo clic aquí.

 


 

Descarga: Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución.

 

Documental sobre la historia de los evangélicos en Chile.

El año 2017, en medio de las celebraciones por los 500 años de la Reforma Protestante, se desarrollaron diferentes actividades que invitaban al recuerdo y la reflexión respecto de nuestro pasado. Una de ellas fue desarrollada por una organización denominada “La Reforma que viene”, y que derivó en la publicación de “El libro de los 500 años” y en la realización de un documental, que pasa de lo acaecido en Europa en 1517 a la realidad chilena. 

Aportaron a esta mirada del pasado: Cristian Parker, Ximena Prado, Humberto Lagos, Javier Arcos, quien suscribe estas líneas, entre otros. Recomiendo su revisión. 

 

A la par de la participación en el documental, al que contribuí con la entrevista, datos de hechos históricos y de posibles entrevistados, estuvo el aporte respecto de una mirada histórica al pentecostalismo chileno, publicada en el libro referido, artículo que ustedes pueden revisar haciendo clic aquí.

Luis Pino Moyano.

 


 

* Nota aclaratoria: entre quienes me conocen, saben que cuando me piden una referencia académica digo: “Licenciado en Historia”, y que me da un poco de pudor cuando me llaman “historiador”. Pero como esto no sólo lo ven quienes me conocen, me permito decir que la información que me hace aparecer como “Dr.” es errónea, no la di yo. Sólo se trata de un error de la persona que editó el vídeo. Gracias. 

[Educación] Herramientas de trabajo para estudiantes.

Del tiempo que llevo trabajando como profesor me he dado cuenta que uno de nuestros grandes problemas prácticos, sobre todo a la hora de evaluar a estudiantes, radica en presuponer que éstos saben realizar los productos que les pedimos. Y ahí hay un craso error. Los/as estudiantes aprenden, en muchos casos, lo que se pide luego de la primera evaluación de un producto tal (eso, si es que hay una adecuada retroalimentación). 

Entonces, la solución a este problema pasa por explicitar lo que se requiere, inclusive dando a conocer criterios y hasta rúbricas de evaluación. 

En ese entendido, he trabajado en el tiempo, con mis estudiantes algunas clases en las que hemos conversado respecto de conocimientos y habilidades a la hora de trabajar, en mi caso particular, desde la historia, las ciencias sociales y el estudio del hecho religioso en el tiempo. Dispongo las diapositivas de dichas conversaciones, que hablan sobre cómo leer textos académicos, qué se espera de una disertación, sobre metodología de la investigación y sobre análisis fílmico. Úsalas para ayudar a tu trabajo docente o estudiantil, según sea el caso, para motivarte a estudiar más respecto de este asunto práctico, y producir tus propias herramientas.

¿Cómo leer textos académicos?

Metodología de la investigación.

Disertar. Cosas a tener en cuenta.

Análisis cinematográfico.

Cordialmente, Luis Pino Moyano.

Prat y la honorabilidad.

La primera vez que supe de Prat, según tengo memoria, lo hice por el libro que me acompañó por largas tardes de fines de los ochenta, la “Historia de Chile” de Walterio Millar. Entonces, cuando me tocó personificarlo en 2º Básico, costó más que me hicieran las charreteras y grados para mi vestón azul marino colegial convertido en uniforme, junto con la barba hecha con el tinte de un corcho quemado. La espada de He-Man funcionaba para los menesteres del combate naval. Llegado el día de la conmemoración del hito armado de Iquique, acaecido un día como hoy de 1879, antes de saltar al abordaje junto a mis compañeros como el Sargento Aldea del dibujo que corona este post, y así pasar a la gloria frente a todo el colegio sanbernardino de mi infancia, exclamé con la voz más fuerte, clara y segura que pude, y por supuesto de memoria, tal y como lo hago ahora al escribir, la arenga que toda la historiografía oficial nos ha enseñado:

– Muchachos, la contienda es desigual. Pero ánimo y valor, nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo, y espero que no sea esta la ocasión de hacerlo. ¡Mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar! Y si yo muero, ¡mis oficiales sabrán cumplir con su deber!

Cerré, por supuesto, con un “¡viva Chile!”, salté con mi espada empuñada y morí teniendo en mi mente los sones del violín del Guardiamarina Ernesto Riquelme, como otro de mis libros, el de la colección de la “Revista Petete” nos señaló respecto de la noche anterior. Es que Prat es el héroe por antonomasia, el que genera un mayor efecto de adhesión infantil y de connotación de impecabilidad. 

Pero Prat era más que un marino que en alta mar “se acordaba de su patria querida”, alguien que gustaba del sonido del mar y del movimiento de una embarcación, y formado en una institución de índole militar a la inglesa, que se fue haciendo como el soldado que nuestros libros de historia y profesores nos recordaban hasta la saciedad. Prat era el profesor que enseñaba en colegios nocturnos a obreros y artesanos, el abogado que no escatimó poner en detrimento su estatus por defender causas justas frente a sujetos muy poderosos, el espía que en ejercicios de inteligencia internacional devolvió al erario nacional lo que le sobró de sus viáticos en una gran muestra de probidad.

Por lo mismo es relevante decir que Prat no estaba el 21 de mayo de 1879 en la rada de Iquique por ser patriota, según el invento discursivo de Benjamín Vicuña Mackenna. Prat fue puesto ahí como castigo, o más bien de “pasada de cuenta”, a modo de carne de cañón, contra los acorazados más poderosos de la flota naval peruana (a saber, el Huáscar y la Independencia), por defender legalmente a compañeros de armas acusados por sus autoridades. Entre los acusados estaba su amigo Luis Uribe, que se encontraba también sobre la vieja corbeta española con bandera chilena.

No sigamos, entonces, repitiendo el infundio patriotero que emergió desde el discurso de Vicuña Mackenna para encorajinar a las masas para enrolarse voluntaria y apasionadamente para luchar en la Guerra del Pacífico, hecho inédito en nuestro país hasta esa fecha.  Hasta ese hecho, la idea de nación no se había arraigado en gran parte del país, por lo que Prat fue, históricamente y post mortem, uno de los mayores instrumentos de uso elitario para construir dicha idea, cuando se le erigió como el “santo secular” al que sólo ensucian las palomas (en una mezcla de lo escrito por William Sater y lo dicho en clases por el profesor Leopoldo Benavides).

¿Era patriota Prat? Probablemente sí, pero habría que preguntarse qué significaba eso para él. Ahora bien, yo preferiría hablar de un hombre que amaba su país, pero que por sobre todo tenía un alto concepto de la honorabilidad, en la que el valor de la palabra empañada era superior. De hecho, el “mientras yo viva” de su arenga testamentaria, subsume a la bandera que no ha sido arriada. La bandera al tope del mástil da lo mismo si son corruptos sujetos y sistemas los que la sostienen en alto. 

Luis Pino Moyano.


A modo de comentario bibliográfico, no te voy a remitir a Baradit que focaliza su atención en las supuestas prácticas espiritistas de Prat como eje movilizador de su vida. Referiré otras fuentes: en el mismo sitio de la Armada hay información sobre el juicio a Luis Uribe. También, en el libro de Gonzalo Vial Correa “Arturo Prat”, (Editorial Andrés Bello, 1995), y en el texto de Pablo de la Cerda y Claudio Ferrada “Arturo Prat: Estudiante de derecho y abogado” (Editorial Andrés Bello, 1980), hay información sobre el proceso legal en el que Prat usó sus armas leguleyas. Y por supuesto, no puede dejar de recomendarse la obra de William Sater, “La imagen heroica en Chile: Arturo Prat, santo secular” (Centro de Estudios Bicentenario, 2009). 

Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…

Luis Pino Moyano.

21 de diciembre de 1907, ciento once años antes de que me dispusiera a escribir estas letras, hombres, mujeres y niños que reclamaban mejores condiciones de vida y trabajo, fueron asesinados a sangre y fuego por el ejército chileno, en Iquique, mientras se encontraban refugiados en la Escuela Santa María. Sí, el mismo ejército “siempre vencedor y jamás vencido” como se nos repite en todas las “impecables” paradas militares, obviamente, obnubilando este acontecimiento y otros a lo largo de nuestros años de vida republicana, marcados por guerras civiles, golpes de estado y masacres obreras. 

“Es peligroso ser pobre, amigo”, rezaba la cantata escrita y musicalizada por Luis Advis, e interpretada por los Quilapayún. Ese verso sintetiza algo demasiado políticamente incorrecto para nuestros oídos barnizados de “país bacán”: la sociedad chilena tiene enquistado un clasismo, que no sólo nace del acceso al capital, o por la “noble cuna” en la que se nació, sino también, y por herencia colonial, por el color de la piel. Chile es fértil en su estratificación social y pigmentocrática. El pobre es bueno, cuando es “el roto chileno” vaciado de sentido, que lucha por el estado-nación. El mapuche es bueno, cuando se llama Caupolicán, Lautaro y Galvarino y lucha contra el imperio español, pero no cuando se llama Quilapán y lucha contra el estado chileno y su ocupación militar y genocida disfrazada eufemísticamente de “pacificación”. El extranjero es bueno, cuando representa los grandes valores de la sociedad occidental, y se engarza en el proyecto civilizador eurocéntrico del país, ayudándonos a ser “los ingleses de Latinoamérica”, mientras que la otredad india y negra es segregada, marginalizada e, inclusive, marcada por la construcción de lo delictual. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es una paráfrasis de lo cantado por los hoy viejos de ponchos negros, que tiene la finalidad de poner sobre la palestra la configuración patriotera de enemigos internos y externos, de lo cual lo mapuche y lo haitiano son claro símbolo. Chile ha tenido múltiples enemigos externos: Perú y Bolivia, con quienes nos enfrascamos en dos conflictos bélicos durante el s. XIX, y Argentina con quienes sólo nos alcanzamos a mostrar los dientes. Pero también, en ciertos momentos, Estados Unidos, el imperio, enemigo no sólo de marxistas y socialdemócratas, sino también por distintas corrientes terceristas. En los setenta y ochenta, el enemigo era el “comunismo internacional”, particularmente cubanos y soviéticos, quienes asociados conspiraban contra el régimen mesiánico-militar que había venido a refundar el país. La moneda de $5 y $10, con la imagen de la libertad personificada, con sus cadenas rotas, era un vívido símbolo de la derrota de ese enemigo, con el que nunca se enfrentaron más que en el discurso. Pero también del triunfo sobre el enemigo interno, configuración identitaria que también nos persigue en la “larga duración”: “pipiolos”, liberales rojos, mapuches, rotos que eran “palomeados” (asesinados o heridos a sablazos), anarco-sindicalistas y comunistas (figurados como “cáncer” y como “humanoides venidos de Marte”, según miembros de la Junta Militar a la que hoy algunos parlamentarios sin ninguna gota de pudor homenajean), miristas (“ratones” que se matan entre sí, según la prensa mercurial), extremistas, violentistas, encapuchados y anarquistas (sobre todo los de la casa okupa “Baco y Zanetti”, según nos informó el exministro Hinzpeter). Y ante esos enemigos, con los que el estado mediante los institutos armados sí se ha enfrentado más allá de la retórica (y vencido en la mayoría de las ocasiones), no ha dejado de dilapidar recursos y esfuerzos. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es lo que hemos visto estos últimos meses. Camilo Catrillanca, asesinado alevosamente por efectivos policiales, primero fue acusado de un robo, del que arrancó en un tractor (cosa que sólo un citadino puede imaginar), que tenía antecedentes penales anteriores, y que habría sido parte de un enfrentamiento con los carabineros del “Comando Jungla”, todo eso para producir el efecto comunicacional de un sujeto que muere en su ley. Se señaló, también, que la muerte de este comunero, exdirigente estudiantil en las movilizaciones del 2011, estaba siendo ocupada para desfavorecer al gobierno de Sebastián Piñera bajo la pútrida lógica del empate, olvidando que la mayoría de quienes rechazamos estos hechos, también nos manifestamos en contra de la muerte de otros seres humanos (¡HUMANOS!) en nuestra democracia en la medida de lo posible: Alex Lemún, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza Collío, a los que podría agregarse a Daniel Menco, Claudia López (estudiante de danza de mi alma mater) y Manuel Gutiérrez,  todos jóvenes que murieron en democracia, con gobiernos de distinta bandería. Muertes que generaron protesta, reflexión, investigación periodística, expresiones artísticas, pero que la simplonería argumental olvida intencionalmente o por ignorancia supina. 

“Es peligroso ser mapuche, amigo; es peligroso ser haitiano/a, amigo…”, es lo que hemos visto estos últimos meses. Haitianos/as sacados en masa del país, en un acto dizque voluntario, bajo la lógica del “no te echo, pero te empujo”, toda vez que experimentaron la discriminación, el abuso en el trabajo y en el arriendo de habitaciones para el descanso cotidiano. Seres humanos (¡HUMANOS!) que ven la posibilidad de volver a su tierra, y así regresar a la dignidad, aunque sea con carencia de bienes, en un retorno que les hace firmar el cierre de la puerta de regreso por nueve años. ¡Nueve años! ¿Por qué? ¿Por qué son muchos? ¿Muchos en relación a qué o quién? Muchos en relación a su color de piel, que muchos haitianos migrantes en este país que “quiere al amigo cuando es forastero” descubrieron era el negro. 

Y aquí, podrán saltar algunos lectores y decir, como diría la clase política en el bloque del poder, que “hay que cuidar nuestras fronteras”, y “la soberanía”, y “la casa ordenada”, y “bla, bla, bla”, no entendiendo nada, o maquiavélicamente por un fin proyectado, según el caso. Esa idea del aeropuerto abierto al que cualquiera entra, se te cae sólo con un viaje comparando los ingresos a otros países y a Chile, lleno de protocolos, declaraciones juradas y revisiones habidas y por haber. ¿Por qué? Porque nuestra ley de extranjería está basada en la política de seguridad nacional instalada por la dictadura, precisamente para impedir el ingreso de “retornados”, cubanos, soviéticos y todos sus secuaces que buscarían demoler un régimen. ¿Cómo puede entenderse la idea de una casa desordenada cuando la ley que regula su ingreso emergió de un gobierno en el que los derechos estaban conculcados? Sólo a partir de la lógica del enemigo externo. Es por esa lógica, que puede decirse que el “Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular” atenta contra los intereses del país, mintiéndole a la población, porque basta sólo una lectura del documento para decir que: a) este pacto no habla de la migración como un derecho (aunque está basado en un enfoque de derechos); y b) que no niega la soberanía de un país para establecer su propia legalidad migratoria, según consta en el punto 15, letra c. Chile, el vecino con síndrome de “Doña Florinda y Quico”, que se cree más que la chusma, pero teniendo similares condiciones de existencia que los demás. Porque estamos claros: es necesaria una nueva legalidad que regule la migración, en un país democrático y teniendo como base el justo y necesario equilibrio entre el derecho internacional y el interés nacional, que no se contradicen necesariamente como plantean algunos discursos trasnochados (pero que están volviendo a amanecer).

Después de todo lo dicho, no puedo cerrar mi texto. No puedo, por tener el estómago apretado, con un nudo nauseabundo, por las mentiras de la alegría, de la gente que gana, del crecimiento con igualdad y de los tiempos mejores. Por eso, recurro a uno de mis recursos más habituales a la hora de escribir: colocar una cita. Pero esta vez, no será a modo de corolario o golpe final. El texto seguirá inconcluso, inmerso en la pregunta levantada por el médico cirujano y poeta haitiano Jean Jacques Pierre-Paul a propósito de su conciudadana Joane Florvil, acusada de abandonar a su hija en una OPD y que luego de ser apresada se dijo que habría atentado contra su vida golpeándose la cabeza contra una pared, lo que le habría llevado a la muerte. Nuestro hermano Jean Jacques (digo hermano, por ser él un cristiano evangélico), tenía muy clara la verdad antes que fuese sentenciada por un tribunal: Joane no había abandonado a su hija ni atentó contra su vida, sino que fue víctima de nuestro complejo de superioridad que nos hace tener un tipo de clasismo que no sólo se basa en lo social o en la plata, sino también el color de piel. Él dijo con toda la fuerza de su verba latente:

“¿Cómo es posible vivir en medio de tanta oscuridad?

Como es posible vivir en una ciudad sin poesía 

Sin espejos, sin abrazos, sin Joane Florvil?

Soy uno de los cobardes 

Que no querían entenderte defenderte 

Lo único que se me ocurre ahora es llorar 

y escribir este poema para decirte

Que siento mucha vergüenza 

De ser parte de la humanidad que te mató

En una ciudad llena de cobardes pretenciosos 

Teníamos la oportunidad de amarte

Teníamos la oportunidad de hacer 

Con tu mirada un bello nido de pájaros”.