Pentecostalismo chileno y plantación de iglesias. Notas reflexivas.

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Luis Pino Moyano

Artículo publicado en Estudios Evangélicos.

Sin lugar a dudas, uno de los temas que reclama atención en el protestantismo latinoamericano es la plantación de iglesias, como modelo misional. Gran parte de lo que se está leyendo sobre el tema proviene de otros países, fundamentalmente de Estados Unidos, lo que no es por definición negativo, pero cuando esto busca instalarse como “calco y copia” mediante un fórceps en nuestras iglesias, es como si aceptáramos el falaz presupuesto de que “si la teoría no se condice con la realidad, es la realidad la que está equivocada”. Hemos caminado mucho tiempo con esa lógica sin mirar el enorme potencial que tenemos en nuestra región, y particularmente desde Chile, país desde donde hablo, si tomáramos en cuenta la experiencia del pentecostalismo chileno. Y sí, no podemos abstraernos de la necesidad hablar del pentecostalismo chileno como un fenómeno particular, que si bien es cierto surge contemporáneamente con la oleada pentecostal de inicios del siglo XX, junto a Estados Unidos, India, Venezuela y Noruega, el que emergiera del metodismo de perfil misiológico combativo-proselitista, sumado a su amplia base popular y a las condiciones históricas propias del país, constituyeron un modelo propio, divergente del “pentecostalismo clásico”[1]. Es decir, partir de los hechos conocidos como “Avivamiento Pentecostal”, desde 1909, se articula una nueva experiencia de fe.

 No es la finalidad de esta breve comunicación sentar una mirada histórica al pentecostalismo chileno, habiendo a estas alturas importante (no suficiente) producción sobre él[2], sino más bien generar unas notas reflexivas, que no temen al uso extemporáneo del concepto “plantación de iglesias”. Esto, porque aunque acudo a herramientas historiográficas para el análisis, estoy haciendo una lectura desde el presente y sobre todo desde la misión, con la finalidad de reconocer elementos basales de las tareas eclesiales del pentecostalismo chileno que nos permitan mirar dicha experiencia, con ojo crítico, pero también con la finalidad de aprender. Sí, lo digo con todas sus letras: de aprender. No por nada, el pentecostalismo chileno protagonizó una fuerte extensión del mensaje evangélico, impactando con él a un sector importante de la población, sobre todo en relación a las otras expresiones denominacionales del protestantismo, lo que ha llamado la atención a quienes estudian globalmente la historia del cristianismo en América Latina, como también los fenómenos misioneros[3]. A la luz de las lecturas de los trabajos realizados desde las ciencias sociales, como de algunas de sus publicaciones propias (los órganos oficiales denominacionales), la escucha por años de testimonios de hermanos y hermanas pentecostales, como mi propia vivencia de veinte años en iglesias pentecostales[4], considero que los siguientes elementos son claves en la conformación de una identidad y praxis misiológica en el pentecostalismo chileno:

  1. El profundo asentamiento del pentecostalismo chileno en el mundo popular.

 Uno de los elementos importantes dentro del mundo pentecostal en Chile, fue su desarrollo y crecimiento en los sectores populares de la población. Y, de hecho, el pregón pentecostal, basado en las ideas perfeccionistas del metodismo y del movimiento de santidad, tiene un interesante paralelo contemporáneo, en los inicios de este movimiento, con los discursos respecto a la llamada Cuestión Social, que daban cuenta de las condiciones paupérrimas de dicho sector social en las postrimerías del siglo XIX y principios del siglo XX. Los conventillos y la vida hacinada (pequeñas casas-dormitorio, pareadas, con un patio central donde se llevaba a cabo la vida social y sin alcantarillado), las amplias horas laborales sin descanso dominical, las altas tasas de desocupación, la escasa higiene y el problema del alcoholismo, eran atacados con un discurso que buscaba propiciar la redención o regeneración del pueblo y la construcción de una moral ad hoc para el sujeto renovado. Si uno lee los discursos de Recabarren, fundador del Partido Obrero Socialista y los compara con la predicación de los primeros pentecostales, en lo relacionado a la ética y a la lucha contra la intemperancia, se encontrará con amplias similitudes[5]. Lo que hacía diferente al pentecostalismo, y por ello, una alternativa para el mundo popular, es que se trataba de una “regeneración hacia adentro”, que propiciaba una separación del mundo, constituyendo a la iglesia y la casa en un microespacio de fe y novedad de vida.

 El sujeto pentecostal configuró una nueva y férrea ética del trabajo, siendo sumamente responsables. Es el que paga las deudas y que no genera desórdenes, no roba, no bebe ni fuma, sumándose a ello una estética que les caracteriza: la corbata en los hombres y el pelo largo en las mujeres, sumado a una vestimenta formal (era lo propio en la época para las ocasiones importantes, particularmente aquello que era expresión de fe, usándose la expresión “andar vestido de domingo”). En otras palabras, el pentecostal era un sujeto que se notaba. Era el vecino en que se podía confiar y, sobre todo, el que “ungía”[6] a los hijos cuando estos enfermaban, especialmente, cuando no había solución médica. La predicación con palabra y testimonio hizo que muchas personas accedieran a la fe evangélica.

 Parker y Orellana señalan a este respecto: “La grandeza del pentecostalismo es que fue un fenómeno religioso que no tuvo mentores e iniciadores como Calvino, Lutero o Wesley para que recibieran sus nombres; no nació en seminarios, aulas magnas o escritorios; nació en la calle. El pentecostalismo ha significado la ‘latinoamericanización’, ‘indigenización’, ‘tercermundización’ y/o ‘sureñización’ del protestantismo”[7]. La fe evangélica se encarnó, con el pentecostalismo en el mundo popular. Esto es sumamente importante, porque lo que debiésemos aprender del pentecostalismo no es sólo el alcance que tuvo del mundo popular, sino su ejercicio de contextualización encarnacional.

 Y si bien es cierto, el pentecostalismo pone su mirada en la venida del Señor y está marcado por un dualismo fe/mundo, éste sí respondió a las necesidades del aquí y el ahora. Con todo el respeto que merece una obra precursora como la de Lalive d’Epinay (publicada en 1968), las iglesias pentecostales fueron mucho más que “el refugio de las masas”, caracterizada por la apoliticidad y la escasa participación social. Respeto crítico que vislumbra el “lugar de producción” del autor, donde el concepto “masa” es clave de lectura, pues sobre todo para la generación sesentista la acción política estaba ligada de manera intrínseca a la militancia partidaria. El partido, como eje de la acción colectiva, era entendido como la vanguardia del quehacer político en la sociedad, y quienes siguen pasivamente a candidatos y programas, son masa, que como tal son volubles a los dictámenes de otros. A partir de eso, claramente los pentecostales son masa. ¿Pero qué ocurre si leemos a los pentecostales, convertidos a la fe de Jesús, que sin salir de sus lugares de habitación ni cambiando su condición de clase, como parte del mundo popular, pujaron por predicar el evangelio, llenar Chile con sus iglesias construidas a veces con materiales precarios, ayudaron a tantos otros a salir de la delincuencia, el alcoholismo y, más recientemente, de la drogadicción sin recibir un solo peso del Estado para ello. ¿Puede llamarse a eso “huelga social”? ¿Puede ser esa acción autónoma, responsable y proyectiva, la acción de una “masa”? Alberto Hurtado, en su libro ¿Es Chile un país católico?, problematiza la acción evangelizadora del romanismo chileno comparándolo con los esfuerzos misionales del protestantismo, relevando en numerosos momentos a los pentecostales a quienes trata, por decir lo menos, con distancia como “fervientes”. El sacerdote jesuita dijo: “Una de las causas del éxito de esta campaña en Chile es la falta de cultivo religioso de nuestra masa popular. Son ovejas sin pastor, pero con un fondo profundamente cristiano. Y esos hombres que poco a poco han ido alejándose de la Iglesia, al ver que los protestantes vienen a ellos con el Evangelio en la mano, hablándoles de Cristo, con desinterés, con insistencia, buscándolos en sus hogares, faltos de cultura para ver la diferencia profunda que separa esta predicación de la católica, abrazan muchos el protestantismo, no por alejarse de la Iglesia, sino porque creen acercarse a Cristo”[8]. Y desde este lado de la vereda, puedo decir firmemente, no sólo creyeron acercarse… sino que Cristo se acercó. Además, la hipótesis de que estos grupos “fervientes” desaparecerían, todavía no tiene correlato empírico con la realidad.

  1. El pentecostalismo chileno como fenómeno urbano.

Si bien es cierto, en un recorrido por Chile, probablemente encontremos iglesias pentecostales hasta en los lugares más alejados de la urbe, el pentecostalismo chileno creció al ritmo que las ciudades crecían. Los procesos migratorios campo-ciudad que marcaron la primera mitad del siglo XX, no fueron ajenos de la misión pentecostal. Influidos por la lógica metodista, las iglesias pentecostales crecieron mediante el establecimiento de iglesias centrales, algunas de ellas en los centros urbanos, o muy próximas a él, y el esparcimiento de locales de avanzada en la mayor cantidad de poblaciones y villas. El pastor Hoover, en su relato memorial “Historia del Avivamiento Pentecostal en Chile” publicada entre 1926-1930, en secciones de las Revistas Chile Pentecostal y Fuego de Pentecostés, señala, a 20 años del inicio de la obra pentecostal que “Las tres congregaciones en que comenzó su existencia se han multiplicado hasta que en la actualidad son más de ciento veinte, bajo el cuidado de veinte pastores ordenados y diez sin ordenación, con otros obreros laicos”. Las iglesias centrales eran dirigidas por pastores (presbíteros, diáconos y probando) y los locales de avanzada, o clases, eran presididas por un guía, que era un hermano laico, recurrentemente quien también era (o llegaba a serlo) oficial de una iglesia local. Estos locales de avanzada estaban conformados por miembros de una iglesia central que vivían en la población o villa en la que se levantaba dicho espacio. Era un lugar de encuentro y fortalecimiento de la vida espiritual, donde el protagonismo lo tenían los laicos. Probablemente, uno de los factores que más incidiera en el crecimiento de estos locales fuese que no eran una “invasión foránea”, sino un esfuerzo misionero de gente que vivía en el lugar, experimentando las mismas realidades, lo que incluye no sólo alegrías, sino también sufrimientos. Era una misión que no necesitaba empatizar, pues simplemente vivía codo a codo circunstancias similares. El crecimiento era tal, que de manera paralela al establecimiento de “poblaciones callampa”[9], crecían las “iglesias callampa”, que de la noche a la mañana se levantaban y llenaban el espacio urbano. Un fenómeno similar ocurrió, desde la década de los sesenta en las “tomas de terreno”, ocupaciones ilegales que en algunos casos, de manera posterior, eran formalizadas por el Estado en su lógica benefactora y solidaria[10]. Lo mismo ocurría con las poblaciones levantadas por los esfuerzos gubernamentales con viviendas sociales. No es exagerado decir que, en tanto la ciudad crece, las iglesias pentecostales crecían con ella.

Aquí los pentecostales lograron leer, a mi juicio, muy acertadamente la idiosincrasia chilena. Pues, si bien es cierto, muchas iglesias y locales de avanzada comenzaron a funcionar dentro de casas, muy rápidamente eso derivaba en la construcción de templos, algunos dentro de dichas casas[11] o en lugares comprados, literalmente, “con el sudor de la frente” de hermanos y hermanas, quienes con diezmos, ofrendas y una serie de actividades de financiamiento, y más adelante, mediante créditos hipotecarios, adquirían propiedades y trabajaban en la construcción de templos[12]. Pongo acento en esto, pues la sociedad chilena, en términos muy globales, tiene una pulsión por el orden, por lo estructurado. María Rosaria Stabili habla del “‘pequeño Portales’ que vive dentro de cada chileno”[13]. Los pentecostales entendían que para dar seriedad a la obra y con ello alcanzar al chileno, había que quitar toda huella de improvisación. Para ellos, reunirse en un templo, no sólo facilitaba las actividades cúlticas, sino daba muestras elocuentes de que lo que se estaba haciendo no era sólo obra del fervor, sino que resultado de una racionalidad organizativa. Ahora bien, importaba poco la pequeñez del recinto, o si los materiales de construcción eran ligeros, lo importante era levantar una “casa de oración y una puerta del cielo”. Estos recintos de reunión eran en su mayoría construidos mediante trabajo voluntario, por hermanos de la comunidad, lo que, en algunos casos, implicaba hacer trabajos nocturnos, de manera posterior a la jornada laboral formal. Muchos de esos templos, con el espacio del tiempo debían ser ampliados, o derechamente reedificados para recibir a mayor cantidad de personas.

  1. El pentecostalismo chileno, la relevancia y la educación.

 No se podría entender el éxito del pentecostalismo chileno sin entender que fue relevante por varios años. De hecho, su crisis de hoy dice relación con que, a diferencia de antaño, no está sabiendo leer los signos de los tiempos. Es decir, el traspaso de pentecostales de tercera y demás generaciones a otras denominaciones, entre ellas, de las llamadas “iglesias históricas”, no sólo dice relación con el crecimiento de capital cultural de sus fieles ni sólo con la ausencia de confesionalidad, sino en la carencia de una lectura clara y pertinente del momento actual. Lo que hoy día es tradición inamovible, ayer era una “puesta al día”, el llamado a una sociedad que podía identificarse con la experiencia pentecostal.

El pentecostalismo chileno, a pesar de la escasa formación teológica de sus cuadros pastorales, fomentaba la lectura bíblica. Dentro de la estética pentecostal no hay miembro de iglesia sin su Biblia a mano. Recuerdo con claridad al hermano Marco Dinamarca, ayudante de guía del local de avanzada de la Iglesia Evangélica Pentecostal en la Población Angelmó de San Bernardo, que me envió de vuelta a mi casa “del punto de predicación”, a mis ocho años de edad, porque debía ir a buscar mi Biblia, puesto que “un soldado nunca anda sin su espada”. Incluso, aquél hermano que es analfabeto la porta en su mano, lo que es también una señal al mundo en derredor del cambio de vida. ¡Cuántos de nuestros hermanos aprendieron a leer, inclusive, milagrosamente sólo con la Biblia como libro de texto! La predicación bíblica era sencilla de entender, sin grandes aspavientos. No sólo era vernácula porque hablaba en el idioma del país, sino porque era clara y entendible. Y eso de que fuera hablada en el idioma español era clave, ante la Iglesia Católica que a la sazón hacía sus misas en latín. Hasta el día de hoy puede oírse a los viejos pentecostales, y a otros por imitación de ellos, decir en sus predicaciones al aire libre, cuando se invita a la iglesia decir que “estos medios de gracia son en castellano y al alcance de todo entendimiento”. La versión de la Biblia leída era la Reina Valera 1909 y posteriormente la de 1960, que con toda la crítica que puede recibir de un sector de eruditos, en cuanto a traducción, sólo desde el perfil de “artefacto literario”, es una joya de la literatura española. Su uso y la memorización, fomentada desde la temprana infancia, sin duda enriquecía el vocabulario de los hermanos pentecostales. Ahí, la clase de la Escuela Dominical, con el texto (versículo) que había que memorizar, cumplía, y cumple, un rol fundamental. En una ocasión, un hermano interno en el Centro de Detención Preventiva de Puente Alto, me comentaba que unos periodistas los habían ido a entrevistar, y luego de hablar con ellos, les pedían hablar en jerga carcelaria, en coa, a lo que él respondió, “-cuando Cristo me redimió, también redimió mi lenguaje”.

Un papel similar cumplen los himnos y coritos pentecostales, los que se cantan una y otra vez, que no sólo terminan siendo vehículo de expresión de la espiritualidad, sino que además, son facilitadores y aplicadores de la doctrina pentecostal. Algunos de ellos proceden de la época de los Wesley, de otras expresiones evangélicas, y otros tantos que fueron creados desde la época del avivamiento. En el caso de la Iglesia Metodista Pentecostal, el uso del banjo, instrumento que originariamente se ocupaba en los prostíbulos del campo o de los arrabales urbanos, se transformó en un objeto evangélico por antonomasia, tal y como ocurrió con el pandero. Dicha denominación eclesial adoptó la influencia de las tunas estudiantiles, las tonadas. ¡Cuántas personas llegaron a los recintos de la IMP con la intención de aprender música (tocar guitarra, sobre todo), porque era el único lugar al que podían acceder, y luego permanecieron allí! Es necesario reconocer el aporte realizado por el musicólogo Cristian Guerra al estudio del canto pentecostal, al que no sólo derivo, sino que recomiendo por su rigurosidad metodológica e histórica[14]. Por otro lado, la otra denominación fundacional del pentecostalismo chileno, la Iglesia Evangélica Pentecostal, que canta a capela y sólo en ocasiones acompañada por un armonio u órgano, se caracterizaba por la formación de coros polifónicos. Estos conjuntos, no tenían como finalidad originaria la profesionalización de la música de la iglesia, o el mero espectáculo vocal, sino enseñar a cantar a la congregación. Ese perfil proviene de la influencia de Hoover. Y aquí, nuevamente el aspecto educador, que hace que gente del mundo popular acceda a conocimientos que en la época eran propios de la élite. En la Iglesia Pentecostal Naciente de Puente Alto, en la década de los sesenta, el iniciador del coro polifónico fue el hermano Jorge Madrid, que desempeñaba el oficio de la jardinería en plazas municipales, y que de manera autodidacta aprendió música, llegando a cantar en las cuatro voces, y enseñando a hermanos y hermanas a hacerlo. Testimonios como ese, se repiten una y otra vez en las iglesias pentecostales.

Pero insisto, la relevancia del pentecostalismo radicaba en que traía una palabra esperanzadora para el momento actual de las personas, para la situación de vida de ellas. El pentecostal era un portador de la buena noticia, que contagiaba a otros el amor de Jesucristo. Nuevamente, me permito citar a Alberto Hurtado quien da cuenta de una serie de testimonios: “Otra costumbre de los canutos es hacer oración con cualquier persona que llega a la casa. Antes de las comidas y después dan gracias, con frecuencia postrados en tierra. / La afiliación de la gente de nuestro pueblo al protestantismo, en la mayoría de los casos, suele ser duradera. La mujer de un marino, muy devota de la Santísima Virgen, recogió por lástima en su casa a una pobre mujer. Esta pobre hizo evangélica a su señora y ésta a su marido, por el gusto al Evangelio. Un hombre de mala vida catequizado por los evangélicos, que vive ahora honradamente en una choza cubierta con latas, hace 22 años que se pasó al Evangelio; aprendió a leer con suma dificultad para estar en mejores condiciones de conocer la Palabra de Dios”[15]. El evangelio tiene el poder de cambiar la vida, toda la vida y todas las vidas. Eso un pentecostal chileno lo sabe bien. Y no sólo ellos, sino también, quienes les rodeaban. Nicomedes Guzmán, en su novela La sangre y la esperanza, refiere a un grupo de pentecostales diciendo: “La fe era en sus corazones como una seda nacida de los más tersos capullos o podía ser también como un puño firme desafiando la maldad. -¡Canutos, canutos malditos! – rumoreaba alguien a sus espaldas. -¡Canutos farsantes! / Pero ellos no oían. La lógica de una lucha en que tenían puesto todo su corazón y toda su conciencia los hacía enteros. Cumplían con una función en la vida: luchaban y en su lucha inútil [sic], eran felices”[16]. Un preclaro testimonio del voluntarismo vitalizador del pentecostal chileno, del que hablaremos en el último punto.

  1. Los pentecostales fundaron iglesias nacionales.

 El pentecostalismo chileno se caracteriza por su carácter autóctono. Desde un comienzo se le dio ese cariz, más allá de la influencia del metodismo y de que uno de sus principales líderes, Willis Hoover, fuese estadounidense. Y más allá, de que cruzara las fronteras a otros países de la región e, inclusive, a otros continentes. En cada iglesia pentecostal del mundo, donde se alcen las manos y se den “tres glorias a Dios”, a modo de salva militar de honor, es porque la influencia chilena llegó hasta allí. Este carácter nacional tiene como hitos a la primera comunidad en transformarse en cuerpo autónomo, la 1ª Iglesia Metodista de Santiago, ubicada en calle Jotabeche (que hoy es sede de una de los tres grupos que se llaman Iglesia Metodista Pentecostal); y al primer pastor pentecostal chileno, Víctor Pávez, que presidió la 2ª Iglesia, ubicada en la calle Sargento Aldea (que hoy es una de las sedes de la Iglesia Evangélica Pentecostal). Antes de llamarse Iglesia Metodista Pentecostal, nombre acuñado en la invitación a Hoover para ser superintendente, estas comunidades ocuparon desde 1909 el nombre de Iglesia Metodista Nacional. Esto no sólo era un gesto, sino el marco de un camino que se seguiría de ahí en adelante. No sólo los pastores y guías de clase en su mayoría serían chilenos, sino también los fondos que la solventarían. Fue a partir de la contribución de las familias pentecostales que esta obra avanzó y se autogestionó, sin necesidad de recurrir a los aportes foráneos. De hecho, luego de la muerte de Hoover en 1936, hubo intentos de parte de las Asambleas de Dios de ligar a su conjunto de iglesias a la Iglesia Evangélica Pentecostal, lo cual no prosperó. Se dice que “quien pone la plata, pone la música”, y las iglesias pentecostales chilenas no generaron situaciones que potencialmente las encaminaran a la cooptación. Esto no quiere decir que los aportes foráneos a obras nacionales no sean bienvenidos cuando tienen como mira la extensión del Reino de Dios. Lo que no es bienvenido es el ánimo de dominar y controlar planes y programas, para que las cosas se hagan según modelos implantados por fórceps en nuestras diversas realidades.

Ligado a esto, dentro de las iglesias pentecostales chilenas se dio un fenómeno sumamente interesante. Éstas, con la incapacidad histórica de no poder reformarse sin dividirse, no vieron sus recursos disminuidos aún en circunstancias adversas como la salida de parte importante de contribuyentes, más otras situaciones críticas (discusiones, difamaciones, historias con mitos fundacionales, etcétera). La politóloga Evguenia Fediakova señala en una de sus investigaciones: “Por el contraste con el protestantismo histórico, que al obtener la autonomía administrativa y financiera de las iglesias titulares extranjeras entró en un período de declinación y disminuyó el número de fieles, la independencia y las divisiones no solamente no debilitaron el movimiento pentecostal, sino que fueron factores para su mayor crecimiento y propagación explosiva en todo el país. Sin tener ningún tipo de apoyo de la iglesia extranjera, las iglesias pentecostales demostraron una gran capacidad para la gestión autónoma, utilizando sus propios recursos (diezmos, ofrendas y otros tipos de donaciones) para el mantenimiento y desarrollo de la iglesia y formación de cuadros pastorales”[17]. Contra todo pronóstico, las iglesias formadas mediante procesos de división, también crecían y mantenían su condición de autogestión. El principio por aprender acá no es la división, sino más bien, el hecho de que en la misión el dinero no es lo más importante ni, mucho menos, lo que constituye las tareas de la iglesia. Los pentecostales chilenos han sabido ser iglesia no sólo en “la tierra que fluye leche y miel”, también lo han sido “en el desierto”. La fe en que el Espíritu Santo está en misión, yendo delante de la iglesia, es una verdad que no debe ser monopolio de un grupo eclesial, sino de todo el pueblo de Dios. Eso no fue inventado por los pentecostales, fue asumido por ellos, pero se desprende de la Escritura y en otros momentos de la historia de la iglesia ha sido declarado y vivido por distintos creyentes y comunidades que estuvieron, y están, en misión.

  1. Los pentecostales y su alto sentido del deber y la misión.

 Si hay algo que puede definir con mucha precisión a un pentecostal chileno es el concepto “militante”. Es decir, se trata de un sujeto que vive toda su realidad desde la idea de ser un “hijo del Rey”, un “soldado de Jesucristo”, lo que dota a su práctica de un voluntarismo vitalizador, lo que tiene muchas implicancias. Para el pentecostal, heredero del metodismo y, sobre todo de Wesley, “el mundo es su parroquia”. Todos los lugares son campo de misión y todas las personas son susceptibles de ser evangelizados. Y como todo creyente se ve a sí mismo como un misionero, constantemente comunica su fe y su testimonio de cambio de vida a otros que no son creyentes, ya sea familiares o desconocidos que encuentra en un trámite, en el hospital o en un microbús. Pasar de un adherente de la iglesia a alguien que comunica su fe marca un antes y un después en la praxis religiosa. Es evidente, que el premilenarismo dispensacionalista tan característico en estas comunidades dota de un sentido de urgencia a dicha predicación. Predicar no sólo implica comunicar el mensaje del Reino sino “sacar personas del infierno”. El pentecostal se siente un deudor de aquellos que van sin salvación, parafraseando uno de sus cantos.

Una de las características más importantes de la evangelización pentecostal es su método del “punto de predicación”. Es decir, el encuentro de hermanos en un horario de la tarde en una determinada intersección de calles, aledañas al local de avanzada o de la iglesia central, en la que se comunica a viva voz el evangelio. La predicación siempre es antecedida por un himno ad hoc (“Ven a él, pecador”, tal vez sea el más conocido de ellos), el que es cantado a capela o con instrumentos dependiendo de la denominación. La predicación es sencilla, se comunica la noticia de que Cristo murió y resucitó, teniendo poder para salvar. En la mayoría de las ocasiones va acompañada de un testimonio de conversión o sanidad, además de palabras respecto al fin del mundo, buscando que el oyente tome conciencia de la urgencia de su decisión de fe (nótese el cariz arminiano o wesleyano). Este método dio resultados fructíferos por largo tiempo, teniendo poca efectividad al día de hoy. No es lo mismo el Chile de puertas abiertas, con juegos de niños y conversaciones de adultos en la calle, al Chile postdictatorial del amurallamiento y enrejamiento que es expresión de un cambio en el modo de vivir. La predicación a la calle era un método que decía relación con una realidad que hoy no se ve de manera profusa. Allí hay que decir una palabra para las nuevas generaciones de pentecostales: una de las grandes virtudes del pentecostalismo chileno fue la de saberse movimiento, es decir, cada método y forma, sin alterar el contenido central, debían responder al momento presente; por ende, cuando dichas prácticas de vuelven tradición inmodificable, eso anquilosa a las iglesias. El pentecostalismo impactó al Chile del siglo XX, porque era un movimiento del siglo XX. Si no se hace ese cruce dialógico, el decrecimiento será un desagradable resultado para el pentecostalismo de hoy.

Ahora bien, dicha tarea evangelística no daría resultado alguno, sin el voluntarismo de sus miembros, de lo cual hay muchas pruebas. Dos ejemplos de ello: a) La predicación en las cárceles, al punto que un símbolo de la conversión de los reclusos sea el “ponerse la corbata”, ha sido fruto del esfuerzo pentecostal, lo que ha derivado en la rehabilitación de miles de sujetos que la sociedad veía como desadaptados e, inclusive, como escoria, pero que el pentecostal vio como alguien con “una preciosa alma que salvar”. b) Otro de los elementos, quizá uno de los más coloridos, es la existencia de Cuerpos de Ciclistas. Cuando el movimiento pentecostal emerge, la mayoría de sus miembros carecía de medios de transporte motorizado, por lo cual, la bicicleta era un medio de acercamiento. Organizar a los hermanos con ese medio, los que usan uniforme (como todos los militantes de partidos y agrupaciones políticas de inicios del siglo XX), dotando de una mística de unidad al grupo, fue sustancial de la tarea misional. Estos grupos eran denominados “el brazo largo de la iglesia”, pues podían llegar a lugares que los demás hermanos, caminando, no podían alcanzar. “Y vamos por los campos, también por la ciudad, / por rutas pedregosas con que dificultad, / en los brazos de Cristo, confiando en su poder”[18], es parte del himno del grupo, que estaba grabado a fuego en su identidad misional. El esfuerzo y el cansancio no son nada al lado de la alegría de participar de la misión, cosa que puedo testimoniar desde mi propia experiencia. El miembro de la iglesia, aunque no tenga un cargo de responsabilidad en su comunidad, se esfuerza por igual en la extensión del Reino. Cómo no recordar al hermano Castillo que a sus noventa años lloraba en la puerta de su casa porque ya no podía salir a predicar a la calle, pues ya no tenía las fuerzas suficientes; o al hermano Panchito que cuatro días antes de su fallecimiento, caminaba hacia la Escuela Dominical deteniéndose cada diez metros, porque desfallecía de cansancio y al que, al encontrarlo en el camino, llevé del brazo; o la hermana Carmelita Olmedo que, en sus últimos días, caminaba afirmándose de las rejas y de los postes de luz, para llegar a la casa del Señor; o el hermano Villa, que participó en cuánta construcción de templos pudo en su trayectoria y un día se lamentaba de no haber hecho nada por la obra del Señor. Santos-pecadores que, con una multitud de errores, sembraron la preciosa semilla con lágrimas, para que ellos, junto a otros, con regocijo recogieran el fruto de ella (cf. Salmo 126:5,6).

Otra muestra del alto sentido del deber del pentecostal chileno es la comprensión que tiene del llamado pastoral. Cuando un pentecostal es vocacionado para dicha labor, entiende que su tarea como obrero del evangelio es urgente, por lo que obedece dicho llamado. Y aquí importa poco la distancia y los recursos. Es sabido que muchos pastores pentecostales en los albores del movimiento, y al inicio de su tarea ministerial, aplicaron el ideal barthiano de andar con la Biblia y el diario debajo del brazo; ahora bien, el diario lo ocupaban para taparse en las noches donde el sueño los encontrara, y no para informarse del acontecer cotidiano. Conocí pastores, en estos tiempos, que dejaron sus labores, algunas de ellas bastante productivas, para ir al trabajo pastoral, teniendo escasez de alimentos y de un techo que los cubriera, porque lo importante era extender el Reino de Dios. El primer pastor evangélico que tuve en mi infancia, era un ministro que a lo largo de su carrera ha presidido una veintena de iglesias, por breve tiempo, pues su labor central ha sido trabajar en comunidades dañadas por procesos de división o ante la disciplina de su anterior pastor. Cuando la iglesia estaba sana, emprendía hacia un nuevo destino donde comenzaba una nueva labor. He ahí el ejemplo de la radicalidad de la obediencia que lleva al desarraigo, frente a amigos y bienes temporales. ¿Cuántos pastores fueron en los inicios de su ministerio zapateros, panaderos, albañiles, gasfíteres, maestros chasquilla[19], etcétera, para llevar el pan a su casa? Ahora, entiéndase bien, no estoy idealizando la falta de sostén económico de los nuevos pastores, porque dicha desafección podría conllevar situaciones que nadie quisiera para una familia, y debiese considerarse un error misional. Lo que me importa relevar es el sentido del deber, la obediencia a las autoridades de la iglesia, la comprensión de la necesidad del evangelio y frente a dicha mirada, los recursos económicos no son lo más importante. El evangelio es lo que importa. Y, por otro lado, si los recursos económicos faltaron, no fue por el egoísmo del Obispo o Superintendente, o del Cuerpo de Presbíteros, sino porque, en la mayoría de los casos, no existían. Entonces, ¿dejaremos de predicar porque la situación es adversa? ¿Dejaremos de obedecer al llamado a la misión porque no tenemos financiamiento? ¿Somos cristianos citadinos o entendemos que nuestro peregrinaje se da en el desierto? ¿Cuánto nos demoramos en la tarea de extender el Reino de Dios porque no hay dinero? La fidelidad pentecostal confronta nuestra comodidad. Y es que el llamado no se desobedece, porque Dios es quien lo ejecuta, y es él, quien con fidelidad y abundante misericordia, provee lo necesario. Y cada pentecostal sabe que lo que hace es por obra del poder del Espíritu Santo, quien capacita con dones al servicio de la iglesia, quien llena de su plenitud, quien santifica, quien garantiza la victoria en la misión más allá de las estadísticas y la mercadotecnia aterrizada en iglecrecimiento. Por eso, es que cuando hablan, al final de cada oportunidad tras un púlpito, ya sea para predicar o testimoniar, digan tradicionalmente: “Para Dios toda la honra y la gloria, y para mí su misericordia”.

Juan A. Mackay decía a mediados de la década de los sesenta del siglo pasado: “Los pentecostales tenían algo que ofrecer, algo que hizo vibrar a gente aletargada por la monotonía y desesperanza de su existencia. Millones respondieron al evangelio. Su vida fue transformada, se les amplió el horizonte; la vida cobró un significado dinámico. La realidad de Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo –que previamente no habían sido sino términos sentimentales ligados al ritual y al folclore- cobraron un nuevo significado, llegaron a ser medios por los cuales se comunicaba la luz, fortaleza y esperanza al espíritu humano. La gente se transformó en personas, con un propósito para vivir”[20]. La cita de Mackay, con la que cierro estas palabras, reclama dos herencias: la herencia de mi pasado pentecostal y la de mi presente presbiteriano. Actuaría deshonrando a Dios si no leyera mi historia desde la clave de la providencia, siendo un malagradecido de todo lo que aprendí y vi de fieles hombres y mujeres que sirvieron, y sirven, hasta el fin a su Rey y Señor. Mucho se ha escrito sobre los errores y los abusos del pentecostalismo, cuestión justa y necesaria. Pero también, es justo y necesario, relevar la pasión por Jesucristo en la plantación de iglesias, por parte de estos hermanos, siervos de Dios. Fueron los pentecostales quienes llenaron Chile con la locura de la predicación y, frente a eso, no sólo debemos guardar silencio reflexivo, sino también aprender para ponernos manos a la obra, sobre todo, respecto a los cinco puntos enunciados. Así como dice uno de los himnos que tantas veces resonó por las calles de este país: “¡Trabajad, trabajad! somos siervos de Dios; / seguiremos la senda que el Maestro trazó. / Renovando las fuerzas con bienes que da. / El deber que nos toca cumplido será”[21].


[1] Para conocer el pentecostalismo clásico desde su perfil doctrinal, véase Myer Pearlman. Teología Bíblica y Sistemática. Miami, Editorial Vida, 1992. Particularmente su capítulo 10, sobre el Espíritu Santo, teniendo allí, de primera mano, uno de los textos que más ha influenciado a la formación de una pneumatología pentecostal (pp. 203-250). Si bien es cierto, la experiencia carismática del pentecostalismo chileno difiere de lo señalado por Pearlman (por ejemplo, en el bautismo del Espíritu y su “señal única” de hablar en otras lenguas), a partir del ingreso del misionero Pablo Hoff y la creación del Instituto Bíblico Pentecostal en 1979, este libro se transformó en uno de los más importantes manuales de formación de ministros pentecostales en el país. Desde un perfil doctrinal e histórico, véase: Frederick Dale Bruner. Teología do Espírito Santo. A esperiência pentecostal e o testemunho do Novo Testamento. Sâo Paulo, Editora Cultura Cristâ, 2012; y Kittim Silva. La experiencia pentecostal. El despertar que sacudió a la iglesia. Miami, Editorial Carisma, 1996.

[2] Para asentar un panorama lo más completo posible de la experiencia histórica del pentecostalismo chileno véase: Angélica Barrios. “Canuto: un pasado presente a través del concepto. Antecedentes históricos del pentecostalismo en la vida de Juan Canut de Bon Gil”. En: Daniel Chiquete (coordinador). Voces del Pentecostalismo Latinoamericano II. Historia, teología, identidad. Concepción, Red Latinoamericana de Estudios Pentecostales, 2009, pp. 27-44; Matthew Bothner. “El soplo del Espíritu: Perspectivas sobre el movimiento pentecostal en Chile”. En: Estudios Públicos, Nº 55, invierno de 1994, pp. 261-296; Claudio Colombo. Aproximaciones al origen y naturaleza del pentecostalismo en Chile. En: http://www.prolades.com/cra/regions/sam/chi/Colombo_pentecostalismo.pdf (Consulta: julio de 2014). Manuel Díaz. Las sorpresas del movimiento pentecostal chileno. En: http://sites.netlook.cl/sendas/wp-content/uploads/sites/8/2012/12/las_sorpresas_del_avivamiento_pentecostal-_manuel-diaz.pdf (Consulta: julio de 2014); Cristian Guerra. La música en el movimiento Pentecostal de Chile (1909-1936): El aporte de Willis Collins Hoover y de Genaro Ríos Campos. En: http://sites.netlook.cl/sendas/wp-content/uploads/sites/8/2012/12/investigacion_musica_pentecostal.pdf (Consulta: julio de 2014); Cristian Guerra. “Tiempo, relato y canto en la comunidad pentecostal”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 127-144; Christian Lalive d’Epinay. El refugio de las masas. Estudio sociológico del protestantismo en Chile. Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2009, pp. 39-109; Willis Hoover. Historia del avivamiento pentecostal en Chile. Concepción, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2008; Martin Lindhardt. “El fin se acerca. Historia y escatología en el pentecostalismo ‘tradicional’ chileno”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. VIII, Nº 1, enero-junio de 2014, pp. 242-261; Martin Lindhardt. “Poder, género y cambio cultural en el pentecostalismo chileno”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 94-112; Miguel A. Mansilla. “De la disidencia a la sumisión. La rebeldía como principio pentecostal y los rudimentos de la pentecosfobia en Chile”. En: Cuadernos Judaicos. Nº 27, diciembre de 2010; Miguel A. Mansilla. La cruz y la esperanza. La cultura del pentecostalismo chileno en la primera mitad del siglo XX. Santiago, Editorial de la Universidad Bolivariana, 2009, pp. 11-28; Miguel A. Mansilla. “Morir… dormir… vivir… ¿Cuál es la diferencia? Las actitudes de la muerte en el pentecostalismo chileno (1909-1936). En: Revista Cultura y Religión. Vol. II., Nº 3, 2008, pp. 114-127; Miguel A. Mansilla. “Pentecostalismo y Ciencias Sociales. Reflexión en torno a las investigaciones del pentecostalismo chileno”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 21-42; Nelson Marín. “La representación social del Diablo en el Pentecostalismo: Un estudio de caso en Santiago de Chile”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. IV, Nº 2, octubre de 2010, pp. 225-240; Rodrigo Moulian. “Somatosemiosis e identidad carismática pentecostal”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 188-198; Luis Orellana. El fuego y la nieve. Historia del Movimiento Pentecostal en Chile, 1909-1932. Tomo 1. Concepción. Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2006, pp. 45-79, 103-155; David Oviedo. “Modernidad y tradición en el pentecostalismo latinoamericano. Alcances socio-políticos en el Chile actual”. En: Historia Actual Online. Nº 11, Otoño 2006, pp. 21-31; Manuel Ossa. “Trabajo y religión en el pentecostalismo”. Mella, Orlando y Frías, Patricio (Editores). Religiosidad popular, trabajo y comunidades de base. Santiago, Primus Ediciones, 1991, pp. 45-72; José Peña. Análisis teológico sobre el Avivamiento Pentecostal en Chile. En: http://www.corporacionsendas.cl/descargas/01-Avivamiento%20Pentecostal,%20analisis%20teol%F3gico%20(Jos%E9%20Pe%F1a).pdf (Consulta: julio de 2014); e Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico, 1965. Capítulo tercero “La tercera Reforma”, pp. 109-128.

[3] Por ejemplo, Rodolfo Blank. Teología y misión en América Latina. St. Louis, Concordia Publishing House, 1996, pp. 200-223; H. Fernando Bullón. Historia de la iglesia y responsabilidad social. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2008, pp. 194-203; Pablo Deiros. Historia del cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1992, pp. 751-755, 795-800; Samuel Escobar. Cómo comprender la misión. Buenos Aires, Certeza Unida, 2007. Capítulo 7: “”El Espíritu Santo y la misión cristiana”, pp. 147-166; Ondina González y Justo González. Historia del Cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2012, pp. 373-386; José Míguez Bonino. Rostros del protestantismo latinoamericano. Buenos Aires, Nueva Creación, 1995. “El rostro pentecostal del protestantismo latinoamericano”, pp. 57-79; y Ruth Tucker, Ruth. Hasta lo último de la tierra. Historia biográfica de la obra misionera. Miami, Editorial Vida, 1994. Capítulo 12, “El surgimiento del pentecostalismo: ‘Una expansión espectacular’”, pp. 369-372, 379-383.

[4] De los 7 a los 12 años asistí a la Iglesia Evangélica Pentecostal en San Bernardo y de los 12 a los 27 años a la Iglesia Pentecostal Naciente, una denominación originada por una división de la IEP en 1966, en Puente Alto. En ella fui miembro en plena comunión y trabajé en los grupos juveniles a nivel local y denominacional.

[5] Véase respecto a la Cuestión Social: Sergio Grez. De la “regeneración del pueblo” a la huelga general: génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile (1810-1890). Santiago, RIL Editores, 2007; y Julio Pinto y Verónica Valdivia. ¿Revolución proletaria o querida chusma? Socialismo y Alessandrismo en la pugna por la politización pampina (1911-1932). Santiago, LOM Ediciones, 2001. Sobre Recabarren, véase: Jaime Massardo. La formación del imaginario político de Luis Emilio Recabarren. Contribución al estudio crítico de las clases subalternas de la sociedad chilena. Santiago, LOM Ediciones, 2008; y Julio Pinto. Luis Emilio Recabarren: una biografía histórica. Santiago, LOM Ediciones, 2013.

[6] No se refiere a “untar con aceite” (aunque no lo excluye en casos extremos), sino a una oración por los enfermos con imposición de manos en la que se declaraba por fe la sanidad.

[7] Cristian Parker y Luis Orellana. “Presentación”. Lalive d’Epinay. El refugio de las masas…, Op. Cit., p. 8.

[8] Alberto Hurtado. Es Chile un país Católico. Santiago, Cámara Chilena de la Construcción, Pontificia Universidad Católica y Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, 2009, pp. 56, 57. Recomiendo leer el capítulo “La campaña protestante en Chile”, pp. 55-67.

[9] Las “Poblaciones Callampa”, eran un conjunto de viviendas en la periferia de la ciudad, levantadas en lo que originalmente eran sitios eriazos y/o desocupados, caracterizada por su desorganización (no hay planificación arquitectónica) y lo liviano de los materiales de construcción, que hacía que rápidamente las viviendas estuvieran formadas (por eso, la alusión a las callampas –hongos-). Tienen su símil con las favelas en Brasil, las villas miseria en Argentina, los cantegril en Uruguay y los pueblos jóvenes en Perú.

[10] Sobre el fenómeno poblacional, véase: Mario Garcés. Tomando su sitio. El movimiento de pobladores de Santiago, 1957-1970. Santiago, LOM Ediciones, 2002. También debe revisarse: Gabriel Salazar. Movimientos Sociales en Chile. Trayectoria histórica y proyección política. Santiago, Uqbar Editores, 2012, pp. 169-226; y Leopoldo Benavides et al. Campamentos y poblaciones de las comunas del Gran Santiago (2ª Edición). Documento de trabajo, Programa FLACSO-Santiago de Chile, Nº 192, Septiembre de 1983.

[11] En algunas ocasiones, no está de más decirlo, esto trajo problemas con los títulos de propiedad, sobre todo cuando familiares reclamaban sus derechos de herencia.

[12] Se ocupa el concepto no en la manera bíblica, sino como es usado de manera común en el mundo pentecostal chileno, y también en otras denominaciones evangélicas latinoamericanas.

[13] María Rosaria Stabili. “Mirando las cosas al revés: Algunas reflexiones a propósito del período parlamentario”. En: Luis Ortega (Editor). La guerra Civil de 1891. 100 años hoy. Santiago, Universidad de Santiago de Chile, 1991, p. 165.

[14] Cristian Guerra. La música en el movimiento Pentecostal de Chile (1909-1936): El aporte de Willis Collins Hoover y de Genaro Ríos Campos. En: http://sites.netlook.cl/sendas/wp-content/uploads/sites/8/2012/12/investigacion_musica_pentecostal.pdf (Consulta: julio de 2014); y Cristian Guerra. “Tiempo, relato y canto en la comunidad pentecostal”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 127-144.

[15] Hurtado. Op. Cit., pp. 58, 59.

[16] Nicomedes Guzmán. La sangre y la esperanza. Lo Hermida, Ediciones Periplos & Peripecias, 2015, p. 48.

[17] Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile: Dejando “el refugio de las masas” 1990-2010. Concepción y Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, 2013, pp. 21, 22

[18] Himnario Pentecostal, Nº 180. Sigo la edición hecha por la Iglesia Pentecostal Naciente.

[19] Un maestro chasquilla es un trabajador informal que hace múltiples labores y arreglos, las que aprendió como autodidactas.

[20] Juan A. Mackay. “Latin America and Revolution – II: ‘The New Mood in the Churches’”: En The Christian Century, 24 de noviembre de 1965, p. 1439. Citado por Míguez Bonino. Rostros del protestantismo…, Op. Cit., p. 58.

[21] Himnario Pentecostal, Nº 116.

Breves palabras sobre “Historia de un Oso”.

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No quise publicar nada sobre “Historia de un Oso”, luego de ganar el premio Oscar, el primero para una producción cien por ciento chilena. ¿Por qué? Simplemente porque no la había visto. Eso, hasta hace un rato atrás, en que junto a Miguel y Sophía vimos este conmovedor cortometraje, evocador de un pasado que no sólo sigue estando presente sino que nos pesa. Con una sutil simpleza nos muestra la historia del desarraigo físico que no pudo significar desarraigo emocional. Dicha representación fílmica debe ser ocupada en la sala de clases para recordar-reflexionando, así como en los hogares chilenos sin distinción.

 Emocionante como, a su vez, la realidad sigue superando la ficción. Hoy, los ganadores del Oscar fueron invitados al Palacio de La Moneda por la presidenta de la república, junto al oso de verdad, don Leopoldo Osorio, quien fuera Regidor de la Comuna de Maipú y secretario de Salvador Allende, quien no quiso asistir. Dijo: “Hoy me llamaron desde La Moneda para que a las 18:00 fuera a acompañar a Gabriel y su equipo, pero no quiero volver ahí porque es un lugar muy triste”, para luego señalar: “volvería a ir a La Moneda cuando cambie la Constitución, cuando no esté la que creó Pinochet”. Ojalá se ponga fin al espectáculo circense, en la cara metáfora fílmica, que tanto daño ha hecho a este país.

 Merecido reconocimiento.

Luis Pino Moyano.

El aporte de Paulo Freire a la Pedagogía Crítica.

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El miércoles 23 de diciembre de este año, realicé mi último trabajo formal para el Colegio Andino Antuquelén, como parte del equipo docente. Esto en el marco de una serie de talleres de autoformación que se harán, en pos de una reapropiación y fortalecimiento del proyecto educativo institucional. A mi me correspondió hablar de pedagogía crítica, y para acotar la mirada, decidí repasar las ideas del pedagogo brasileño Paulo Freire. Fue un tiempo genial, porque en la preparación pude releer textos de este insigne pensador latinoamericano, junto a la lectura de otros que no había leído, sumado al diálogo con mis compañeros/as de trabajo.

Algunas personas me han pedido compartir estos materiales. Y lo haré señalando dos cosas: a) el diaporama no reporta todo lo planteado en el acto comunicativo del miércoles; y b) tiene muchas citas, amplias citas, porque tiene la finalidad de ser un material que dé pistas, orientando caminos en la lectura freiriana.

El diaporama se puede descargar haciendo clic aquí.

En medio de la presentación, vimos este vídeo, en el que Freire aporta su visión de la educación.

De ídolos allende los Andes.

El período de doce años del kirchnerismo terminó. La analogía del ídolo de pies de barro bien cabe acá, pues cuando lo que se construye es sólo retórica, ésta, por más sólida que parezca, termina desvaneciéndose. El último período de Cristina Fernández careció de proyecto, porque careció de lectura consistente de la realidad, tanto, que ésta terminó chocando ayer, matando el “54%” basal.

Por otro lado, el peronismo está sustentado en el mito del general y de Evita, que como todos los santos laicos aguanta todos los discursos habidos y por haber, tanto que quienes lo enuncian son mayoría en el congreso. El Perón histórico es muy distinto al del justicialismo, tanto al de izquierda como al de derecha.

Ahora bien, otra cosa es no recordar: no recordar la equivalencia del peso-dólar de Menem-Cavallo, el corralito, el 25% de cesantía del 2001, el pauperismo masificado, el “que se vayan todos” a De la Rúa y a los siguientes en un par de semanas. Él kirchnerismo, sobre todo el de Néstor, volvió a la estabilidad a un país al que inescrupulosos hicieron decaer. Y, por supuesto, el rescate de la memoria reciente, poniendo sólidas cortapisas respecto al discurso sobre la dictadura, es tremendamente valorable, sobre todo para quienes vivimos en un país con cárceles especiales y homenajes a quienes participaron del régimen de facto. Respecto a eso, es que consideraba mi mayor cercanía con la opción de Scioli. Por la historia reciente y el rescate memorial.

Pero eso no es suficiente. Tanto, que el candidato levantado desde la política analfabeta del marketing, Macri, gana, prometiendo cambios y (nuevas) formas de gobierno, que no llegarán a realizarse, por la difícil correlación de fuerzas, con un congreso adverso y con un gabinete amplísimo de una coalición “anti” y no “pro”, sin mencionar la tradición de gobiernos no justicialistas que no concluyen su período (la larga duración que persigue a nuestros vecinos). Macri y su elección no es otra cosa que la reacción al gobierno de los “revolucionarios” que, parafraseando a Vasili Grossman, alardearon más e hicieron menos. Es decir, levantaron un nuevo (viejo) ídolo con pies de barro. Lo trágico, es que los vencedores de hoy, como reacción, han comenzado a moldear el suyo propio, el dios falso del cambio.

Nada hace augurar buenos aires, lamentablemente.

Luis Pino Moyano.

¿Qué celebro el 18 de septiembre?

Una amiga, en medio de la preparación de un asado dieciochero, me hizo la pregunta: “- Si tú no eres nacionalista, ¿qué celebras en estas fechas?”. Y pensándolo bien, esta es mi mejor respuesta.

 No celebro la patria ni las glorias de institutos armados. Nada de eso es mío, nada de eso me representa.

 Pero tampoco celebro a los grinch, que despotrican desde su moral anquilosada, sobre todo a esa febril revolución que comienza los lunes y termina los viernes.

 Y no celebro lo último, porque si hay mucho que celebrar. Y si una fecha permite hacer un alto, ¿qué nos impide ocuparla desde un sentido transformador?

 Celebro a los chilenos y chilenas que día a día se sacan la mugre trabajando por llevar un mejor mañana a sus hijos e hijas, hijos de este terruño.

 Celebro a los obreros, campesinos, intelectuales, estudiantes, militantes y no, todos y todas quienes lucharon, muriendo por la vida, y a quienes siguen haciéndolo, a pesar de los golpes de la vida, por el sueño de un país.

 Celebro a los y las estudiantes, especialmente a mis estudiantes, “porque son la levadura del pan que saldrá del horno con toda su sabrosura” (Violeta Parra).

 Celebro por nuestros artistas, cantantes, poetas, narradores, pintores, cineastas y actores, porque nos permiten ver en sus representaciones alegrías y desdichas, incertidumbres y esperanzas.

 Celebro a los viejos, aquellos que todavía se visten para la ocasión y nos recuerdan la importancia de la mesa familiar.

Celebro la cueca, la empanada, el asado y el vino tinto, porque nunca son en soledad, sino siempre en amistad.

 No celebro lo oficial, celebro lo nuestro, lo no-dictado ni enseñado, pero si lo aprendido y amado.

 Y ojo, respeto al que no celebra nada, porque piensa y cree que no hay nada que celebrar. De la misma manera respeto al que cree y piensa que hay que celebrar todo.

 Mi punto parte desde otra premisa: efectivamente, las cosas son, pero las cosas también cambian. Y no tengo que esperar la toma del palacio de invierno para celebrar de otra manera. Si otros celebran la nación y su construcción elitaria, allá ellos. Mi vida no consiste en hacerle feo e ingrato su andar a la gente.

 Vivan los chilenos y las chilenas.

 Luis Pino Moyano.

La Democracia Cristiana y el acto de pedirle peras al olmo.

La Democracia Cristiana, en la situación vital crítica de la Nueva Mayoría, ha concitado la atención analítica este último tiempo, particularmente de actores provenientes del espectro de la derecha chilena, ansiosos de un giro hacia derechizador de dicho partido, para así constituirse en oposición, generando coalición con quienes creen debieran ser sus aliados si se actuara en coherencia.

Citaré sólo dos ejemplos recientes de esto. Axel Kaiser, en una entrevista reciente, señala que “La Democracia Cristiana si fuera consecuente con sus principios y con lo que el país realmente necesita, debería abandonar el gobierno. Y debería dejar que el gobierno de Bachelet se las arregle sin ellos y pasar a la oposición activa, porque este es un gobierno socialista de inspiración colectivista en que el Partido Comunista juega el rol determinante y no puede ser que el Partido Demócrata Cristiano, que se supone que ha sido siempre la alternativa al comunismo en el mundo, termine apoyándolo”. Acto seguido, declara la causa del análisis falangista fallido: “Lo que pasa es que aquí todavía el fantasma del régimen militar y del ‘Sí’ y del ‘No’ divide y los actores políticos no se han enterado que estamos viviendo en el siglo XXI”.

Por su parte, Jorge Gómez, desde una sintonía teórico-conceptual, en una columna grandilocuentemente titulada “La renegada DC” declara: “A los DC les falta entender que el sin renuncia de Bachelet es más cercano al viejo avanzar sin transar que a ‘un hogar para ser habitado por los hermanos’. Quizás así entenderían que como partido no son más que parte de una gran mascarada que encubre las pretensiones maximalistas de los sectores más radicales de la Nueva Mayoría, que no creen en la propiedad privada ni los mercados libres, tampoco en la democracia representativa, la separación de poderes y la independencia del Banco Central, y menos aún en el pluralismo ideológico”.

Muy brevemente me referiré a un aspecto del análisis, que pasa por la ideología de la desideologización, esa que invita a dejar las lógicas de derecha e izquierda, de manera bastante deshonesta, por lo demás, toda vez que se habla desde un preclaro lugar de producción. Es por ello que dicho discurso equivoca el rumbo confundiendo (o queriendo confundir) a la Nueva Mayoría con la Unidad Popular, a Bachelet con Allende, al Partido Comunista de Chile con el PCUS, al comunismo con más Estado (por favor, leer a los soviéticos y sus manuales no implica conocer a Marx). Esa misma confusión, lleva a creer que la Nueva Mayoría baila al compás de la música del PC, lo cual es tan ingenuo, en el sentido que la Ilustración dio a dicho concepto, y poco informado. Véase, por ejemplo, el tema de la gratuidad en la educación, la asamblea constituyente, por mencionar sólo algunos ejes de la discusión política. La Nueva Mayoría no busca “avanzar sin transar”. Volvamos a la cordura en el debate.

Pero pasemos a otra dimensión del análisis: hablemos de la DC, dando una mirada muy rápida a su historia. Dicho partido tiene su emergencia en el marco de la elección presidencial de 1938, ante el rechazo de la juventud conservadora de apoyar a Gustavo Ross, el “delfín” de Alessandri Palma. Y si bien, la Falange Nacional, emerge desde la derecha, lo hace cuando ya estaba instalado en Chile el fenómeno de la polaridad de los tres tercios, proponiendo un camino alternativo, rescatando el socialcristianismo, el corporativismo, el personalismo. La Falange, que luego, en alianza con otros grupos políticos se constituye en el Partido Demócrata Cristiano, ve que su esfuerzo por construir una alternativa de centro es facilitado por la derechización del Partido Radical de la mano de González Videla y su “Ley Maldita”. Tanto así que, en 1964, con Frei Montalva como candidato, optan por la tesis del camino propio (elaborada principalmente por Jaime Castillo Velasco). Y es ahí donde Kaiser también se equivoca. Sí, la DC presenta un camino alternativo al marxismo, pero también respecto al liberalismo, al capitalismo. La Reforma Agraria, la chilenización del cobre, la reforma educacional, las políticas de promoción popular son parte de dicho sello. A pesar de ello, las tensiones también llegan a la DC, que en una época marcada por las revoluciones, ve emerger tendencias “terceristas” y “rebeldes” que más adelante harán emerger al MAPU. La crisis se radicaliza en 1969 con los sucesos trágicos de Pampa Irigoin. Tal es la situación del debate que en 1970, llevan como candidato al progresista Radomiro Tomic (algunos plantean la hipótesis de quitar votos a Allende con la similitud de contenido programático), luego dirimen el resultado en el Congreso votando por Allende previa firma de “garantías constitucionales”. Pero posteriormente, al verse fuera del gobierno, y ante el aumento de la base electoral de la UP que puede relevarse por los resultados de las elecciones municipales y parlamentarias de años posteriores, decide derechizarse y hacer alianza con el Partido Nacional. Votos DC declaran inconstitucional a Allende. Es la DC la que decide no establecer un diálogo con el gobierno. Es la DC la que apoya el Golpe Militar. Y no hay nada ofensivo en eso: ahí están las declaraciones de Frei, las declaraciones de Aylwin e, inclusive, las declaraciones de personeros militares y civiles ligados a la dictadura. Ahí no hubo trauma, porque la superación de los traumas implica ponerle palabras al dolor. Aquí, desde el día 12 de septiembre de 1973 hubo palabras. Y sí, mi respeto para los 13 militantes DC que tempranamente declararon públicamente su repudio a la dictadura, con los riesgos que eso conllevaba.

El giro de la DC en la dictadura, y que lo hace estar hoy en la Nueva Mayoría, tiene a mi juicio que ver a lo menos con dos razones: la perpetuación de Pinochet en el poder y el giro de la Iglesia Católica. Me voy a referir a esto último. El sentido común impone la imagen del Cardenal Raúl Silva Henríquez como un opositor a la dictadura y como férreo defensor de los Derechos Humanos, casi asimilándolo con posiciones de izquierda. Pero más bien, fue un actor bastante cercano a la DC. Ahí están la Misión General en 1963, que preparó el camino a la campaña de Frei, la suspensión a divinis de los sacerdotes que participaron de la Toma de la Catedral de Santiago en 1968, las críticas a “Cristianos por el Socialismo”, al nivel que en forma posterior al golpe, antes de impugnar a la dictadura lo hizo contra dicho extinto movimiento. De hecho, cuando la jerarquía de la Iglesia Católica asume la defensa de los derechos humanos, lo hace porque dicha categoría le permite defender víctimas y no militantes, no represaliados bajo las convenciones de Ginebra para casos de guerra. La Vicaría de la Solidaridad no defendía a sujetos involucrados en “hechos de sangre”. El giro de la DC, entonces, sigue las pisadas de la jerarquía eclesial en el camino desde la derechización al centro y la alianza con partidos de izquierda (lo que no implica izquierdización): defensa de los derechos humanos, establecimiento de la verdad, la justicia y la reconciliación. La DC cobra peso político en la Alianza Democrática, que será la base de la Concertación de Partidos por la Democracia, sobre todo luego del fracaso del tiranicidio el ’86 y el consecuente respaldo de Estados Unidos a una salida pactada con la dictadura. No es menor, que de seis comicios presidenciales después del retorno de la democracia, en tres ocasiones el candidato a la primera magistratura haya sido DC, viendo coronado su intento en dos ocasiones (¡los primeros dos gobiernos!). Es la DC, junto al sector renovado del socialismo, el que, entre otros elementos dignos de considerar, es responsable de la conservación de la jaula de hierro constitucional heredada de la dictadura y del modelo neoliberal con todos sus lastres. Es más, me atrevo a decir, que los otros partidos de la Concertación, hoy travestida en Nueva Mayoría, han sido bastante benevolentes con la DC, porque discursivamente, salvo el relato público de unos pocos, es el mismo instalado por la memoria falangista: un partido democrático, con un estadista apegado a la constitucionalidad y el Estado de Derecho como Frei Montalva.

Por eso, a diferencia de lo que plantean los columnistas de marras, la DC está sumamente cómoda en la Nueva Mayoría, y debiera hacer más cosas por seguir estándolo, porque a pesar de su cada vez más bajo peso político en las bases sociales, es un partido que dentro de dicha coalición sigue manteniendo sus cuotas de poder. Y eso, en definitiva, es lo que a la larga le interesa a las élites políticas. La DC no tiene otra posibilidad de existencia hoy. Pasar a la oposición, sólo sería factible desde el “camino propio”, lo que en términos prácticos llevaría a la desintegración política a ese partido. Pasar a la oposición derechizándose, no sólo la llevaría a la “autoflagelación”, sino, muy probablemente a su absorción por otros partidos de derecha, es decir, a su desaparición. Sin sus bases juveniles, sin sus tendencias más reformistas o progresistas, y sólo con “los guatones”, la DC sería algo así como Renovación Nacional con otra bandera.

Estimados, la DC no puede estar en mejor lugar que en la Nueva Mayoría. La derechización de los setenta, con golpe de Estado incluido, y el giro de los ochenta, con el asesinato de Frei incluido, han calado profundamente en la memoria DC.

La DC está donde le corresponde. No le pidan peras al olmo.

Luis Pino Moyano


 (A pesar del vacío historiográfico respecto a la Democracia Cristiana, quisiera recomendar la lectura de cuatro libros de autores de distinta vertiente: de Tomás Moulian, “Fracturas. De Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende (1938-1973)” y “Antes del Chile actual. La década del sesenta”; de Alfredo Jocelyn-Holt, “El Chile perplejo. Del avanzar sin transar al transar sin parar”; y de Ricardo Jocelevsky, “La Democracia Cristiana Chilena”).

La muerte de Manuel Contreras y una lectura bíblica en voz alta.

Contreras detención.

A las 22:20 hrs. del viernes 7 de agosto de 2015, según el comunicado del Hospital Militar, ha muerto Manuel Contreras, conocido por su alias de “El Mamo”, general de Ejército, encargado de la Dirección de Inteligencia Nacional, la DINA, en los primeros años de la dictadura cívico-militar encabezada por quien fuera su profesor, Augusto Pinochet Ugarte. Las reacciones pululan en las casas, las calles y las redes sociales. Felicidad, impotencia, lamento y, por supuesto, en sus cercanos, en los pocos que quedan (o los pocos que creemos que quedan), llanto y dolor. ¿Cómo reaccionar? ¿Qué decir frente a una muerte como esta? En mi mente y corazón salta la Escritura la que quiero hacer prorrumpir en voz alta.

 El dolor y el miedo causado por Manuel Contreras y su séquito fue tremendo, tan tremendo que hasta aún dura. Tengo mi televisor encendido y veo como algunas calles de Santiago se van llenando de personas que quieren expresar su rabia, y contradictoriamente, su alegría frente a la muerte de este sujeto. Y es que el general Contreras es de esos sujetos que “sembraron vientos y cosecharán tempestades” (Oseas 8:7). Sobre todo, cuando luego de más de quinientos años de condena por delitos de lesa humanidad, sólo cumplió algunos, en condiciones privilegiadas en relación a otros reos del país. Contreras, el sujeto que se ufanaba de su actuar, que señaló en varias ocasiones y en forma fehaciente que no se arrepentía de lo realizado bajo el amparo de las bayonetas y de los bandos militares que daban un marco de legalidad a su acción. En un ejercicio empático, y sin una pizca de gozo, puedo señalar que está sembrando lo que cosechó, y frente a eso, Dios no puede ser burlado (cf. Gálatas 6:7,8).

 Jesús señaló que en los tiempos que vendrían de manera posterior a su estadía en la tierra “habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12). Pero los y las creyentes debemos recordar, animados por la fuerza del Espíritu, que la señal de identificación de quienes seguimos a Jesús de Nazaret es el amor a nuestro prójimo (Juan 13:35). Más allá del daño que nos causaran, más allá del daño y el dolor que nos sigan causando. Dios, que no se complace de la muerte del malvado (Ezequiel 18:23) ejecuta su justicia en la historia, derrocando de su trono a los poderosos y exaltando a los humildes (Lucas 1:52), porque a diferencia de nosotros, Dios cuando ama no deja de ser justo. Amor y justicia, en Él y por Él, van unidos hasta el fin. Y Dios nos ayuda a vivir pensando y viviendo así con la fuerza de su Espíritu vivificador.

 Por todo esto:

 En cada lugar en el que exista un ejercicio tiránico y opresivo del poder, debemos alzar nuestra voz y realizar tareas que conduzcan a eliminar dicho ejercicio, porque el amor verdadero “no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad” (1ª Corintios 13:6). Cuando se le quitan las posibilidades de ejercer poder al opresor no sólo se muestra amor por los oprimidos, sino que se muestra amor por quien ejecuta el daño, toda vez que se le libra de todo el mal que podría seguir ejerciendo y de todo el daño que se está haciendo a sí mismo con dichos males. No actuar justamente es hacer mal a nuestro prójimo.

 El profeta Isaías anunciando la palabra del Dios Todopoderoso dijo: “¡Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Isaías 5:20). Si bien es cierto, misteriosamente, Dios actuó también en la historia usando como instrumento suyo a los que han hecho lo malo, ¡porque Dios es soberano siempre!, eso no señala que lo que estos sujetos desarrollaron sea su voluntad declarada en la Palabra. El asesinato, la tortura, la desaparición de personas, el ejercicio represivo debe ser señalado como tal, porque “la verdad nos hace libres” (Juan 8:32), no olvidando que nuestro Señor y Maestro se llamó escandalosamente a sí mismo “la verdad” (Juan 14:6). No justifiquemos lo injustificable ni menos celebremos ni homenajeemos al imperio de la maldad ni a sus ejecutores. No nos hagamos cómplices con el silencio ni con la voz que ensalza la tiranía.

 No celebro la muerte de Manuel Contreras. Tampoco lamento que sus días no fueran alargados para que viviera toda su condena. Cuando el evangelio del Dios de la vida me alcanzó y me impactó, no puedo anhelar ejercer la venganza, porque ésta sólo es justa cuando proviene de la indignación del Todopoderoso. Él dará el justo pago (Romanos 12:19). No podemos caer en la misma lógica de los que matan literal y simbólicamente, porque eso, en definitiva nos termina matando. Si Dios nos ha liberado no volvamos a andar en esclavitud (cf. Gálatas 5:1).

 Lo que sí lamento es su orgullo frente al mal realizado y la ausencia de verdad que podría haber ayudado tanto al conocimiento de nuestro pasado reciente, sobre todo, en relación al paradero de tantas víctimas que no tienen una tumba, perpetuando el dolor de sus familias. Ese orgullo es ya el infierno. Timothy Keller, siguiendo a C.S. Lewis señala: “Así vemos como serpean cual furiosas lenguas de fuego el orgullo humano, la paranoia, la autocompasión y la creencia de que todo el mundo está en un error por puro cretinismo. La noción de humildad desaparece y con ello todo atisbo de cordura. Ese ensimismamiento mortecino les tiene cautivos en la prisión creada por orgullo que crece desmesuradamente. El deterioro personal va en aumento, derivándose la culpa hacia otros de forma sistemática. El infierno está ya ahí, y a escala mucho mayor”[1]. Recordaba estas palabras luego de escuchar al diputado Tucapel Jiménez, hijo del dirigente sindical del mismo nombre asesinado por la dictadura. Él lamentaba que Contreras no pudiera liberar su corazón del peso del mal realizado, produciendo descanso para él y los demás. Yo no puedo dar por seguro el destino final de Contreras, no puedo ni debo hacerlo. Pero de lo que estoy seguro, es que él ya vivía en un infierno, aunque su enrejamiento en nada se pareciera al de una cárcel común.

 Anhelo, de todo corazón, que estos hechos apunten de una vez por todas al amor de nuestros prójimos, sobre todo de quienes han sido desharrapados del mundo. Contribuyamos a la justicia y a la verdad, al descanso y la sanidad, porque dentro del proyecto histórico de Dios está la protección y cuidado de sus pequeñitos (Mateo 25:35-40). Para nosotros el Padrenuestro no sólo es oración sino quehacer. Cuando oramos alzando nuestra voz hacia lo alto, y diciendo: “Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:10), más que un grito desesperado es el clamor de la certeza del porvenir que abre un camino esperanzador. Contribuyamos a la extensión del Reino de Dios que es “justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17). Ese estado del Reino de Dios es el que posibilita el encuentro armónico de todo lo creado, seres humanos y casa común, al amparo y sostenimiento del Creador, y por ello mismo eso va ligado a su sabia voluntad. El seguimiento de Jesús, de sus palabras y vida, debe ser parte de nuestro camino, de nuestro gozoso camino.

 Que así Dios nos ayude…

Luis Pino Moyano.


[1] Timothy Keller. La razón de Dios. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014, pp. 137, 138.

Una lágrima por Galeano.

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Puede parecer exagerado, pero así fue. Iba manejando camino al trabajo cuando me enteré de la noticia: “-hoy, 13 de abril de 2015, ha muerto el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, a los 74 años de edad”. Y me cayó una lágrima, sobrecogido por la noticia de la muerte de alguien a quien sólo conocí por sus letras y decires. Recordé que algo similar me pasó cuando murió Benedetti, otro uruguayo-latinoamericano entrañable. Y es que esa es la palabra, entrañable. Galeano no produjo, meramente, herramientas académicas. Sus libros nos hablaron de algo que conocíamos bien, que sufríamos, que soñábamos. Nos habló de ese pasado que nos sigue pesando, de realidades sangrantes como aquellas “venas abiertas” que no han cicatrizado ni menos curado, y de un horizonte que nos parece lejano y dificultoso, pero que seguimos soñando y hacia el cual caminamos. Su producción no es resentida, como dicen algunos comentaristas de redes sociales que ni siquiera leyeron un párrafo, sino sendero del mañana mejor de los hasta hoy desharrapados del mundo.

 Galeano, el periodista que no fue obsecuente y que contó realidades sin cortoplacismos y con bastante lectura de por medio (¡otro periodismo es posible!). El escritor que hacía avanzar sus letras con la misma cadencia de su habla reposada, serena, segura. El narrador que nos habló de pasados sin los clichés del gremio historiador y con mayor fuerza y relevancia, con mayor claridad de su literatura dialécticamente histórica y novelada. El pensador que recogió lo mejor que produjo las ciencias sociales de nuestro continente: la teoría de la dependencia, aquella que nos hizo ver-recordar que el capitalismo no es simplemente mercado e iniciativa privada, sino que además, y por sobre todo, un sistema de acumulación, de empoderamiento de los menos, de racionalización disciplinante, de opresión y de explotación, de anulación del otro en el que nunca hay reconocimiento, como esa figura metafórica del “ladrillo que cae sobre un charquito” y que se releva en que el bienestar de una clase no puede confundirse con el de todo un país. Porque el subdesarrollo no es simple falta de desarrollo, como aparentemente se nos define (como lo hizo la CEPAL, por ejemplo, en los años cincuenta del siglo pasado), sino que es dependencia de un centro que irradia y perpetúa su dominación hacia una periferia. Aquello que es sintetizado en el mapa diseñado a 501 años de la llegada del hombre blanco a estas tierras, ese instrumento aparentemente neutro, pero que nos muestra cabeza abajo. Las palabras de Galeano decían al pie de dicha carta geográfica:

 Hasta el mapa miente. Aprendemos la geografía del mundo en un mapa que no muestra al mundo tal cual es, sino como sus dueños mandan que sea. En el planisferio tradicional, el que se usa en las escuelas y en todas partes, el Ecuador no está en el centro, el norte ocupa dos tercios y el sur, uno. América Latina abarca en el mapamundi menos espacio que Europa y mucho menos que la suma de Estados Unidos y Canadá, cuando en realidad América Latina es dos veces más grande que Europa y bastante mayor que Estados Unidos y Canadá. El mapa, que nos achica, simboliza todo lo demás. Geografía robada, economía saqueada, historia falsificada, usurpación cotidiana de la realidad: el llamado Tercer Mundo, habitado por gentes de tercera, abarca menos, come menos, recuerda menos, vive menos, dice menos.

 Pero Galeano no es el tipo del llanto ni del masoquismo autoflagelante de cierta izquierda. Por el contrario, es el que rescata a sujetos que perviven en la memoria de nuestros pueblos (como el Allende de “El nombre encontrado”), y otros que fueron silenciados hasta el olvido, los nadies. Sin dejar de mencionar a derrotados y a los análisis forzados (tampoco hay autocomplacencia), Galeano es el que nos habla de sueños, esperanzas, proyectos históricos, actos que subvierten esta realidad perversa, de actos de asociatividad expresados en abrazos, en regresos al corazón (el recuerdo en su significado literal), en resistencias que se expresan, por ejemplo, en el fútbol que no es sólo instrumento-opio (la foto no fue casual, refiere a uno de los referentes más importantes del fútbol uruguayo: Obdulio Varela, capitán de la celeste campeona en Brasil ’50), sino alternativamente espacio de libertad y rebelde amistad. Es verba fértil que liga lo indisociable: historia, memoria (que es como el fuego) y política, que no son lo mismo, pero que caminan juntas. Y que, como la utopía, nos sigue haciendo caminar y encontrar. Aquello que hace recordar sus palabras finales en la conclusión de siete años después de la primera publicación de Las venas abiertas de América Latina, siete cortos años pero tan llenos de larga duración, que cambiaron tanto para que todo siguiera igual (fines de 1970 a abril de 1978):

 El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo. Impotente por su función de servidumbre internacional, moribundo desde que nació, el sistema tiene pies de barro. Se postula a sí mismo como destino y quisiera confundirse con la eternidad. Toda memoria es subversiva, porque es diferente, y también todo proyecto de futuro. Se obliga al zombi a comer sin sal: la sal, peligrosa, podría despertarlo. El sistema encuentra su paradigma en la inmutable sociedad de las hormigas. Por eso se lleva mal con la historia de los hombres, por lo mucho que cambia. Y porque en la historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación.

 Por eso ha sido, y es, referencia y lectura obligada en las clases y en la conversación amical. Por eso la lágrima de hoy, por tanto aprendizaje significativo, del real, concreto, experienciable y memorizable.

 Por lo mismo, no se puede terminar sin un ¡hasta siempre! Y, desde luego, ¡hasta la victoria!

 Luis Pino Moyano.

Descargar libros de Eduardo Galeano.

El mapa referido en el post...
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