[Lectura Devocional] ¡La justicia es acto de espiritualidad!

“¡Lávense, límpiense! ¡Aparten de mi vista sus obras malvadas! ¡Dejen de hacer el mal! ¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen la justicia y reprendan al opresor! ¡Aboguen por el huérfano y defiendan a la viuda! ‘Vengan, pongamos las cosas en claro -dice el Señor-. ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana! ¿Están ustedes dispuestos a obedecer? ¡Comerán lo mejor de la tierra! ¿Se niegan y se rebelan? ¡Serán devorados por la espada!’. El Señor mismo lo ha dicho” (Isaías 1:16-20).

El profeta Isaías hace el anuncio al pueblo de Judá con una intención clara: que escuchen la Palabra de Dios. Pero la situación es muy adversa, pues dicho pueblo tiene su mente corrompida por el pecado, por lo que la voz profética diagnóstica enfermedad y asolamiento. El juego simbólico es muy interesante. Del símil del versículo 3, en el que se les compara con bueyes y asnos, que con toda su torpeza entienden la voz de su amo, mientras ellos no obedecen la voz de su Señor; se pasa a la metáfora del versículo 10, en la que los gobernantes son comparados a los principados de Sodoma y el pueblo todo, a Gomorra. Eso explica por qué su culto ofende a Dios, pues a pesar que en apariencia seguían estricta obediencia a Dios, su corazón y formalismos eran paganismo puro y sencillo (versículos 11-15). Ese es el contexto del pasaje citado al comienzo. 

La sección que he colocado al inicio habla de una serie de prácticas injustas de las cuales el pueblo de Judá debe arrepentirse, para aprender a actuar con justicia en el mundo. Es muy interesante ese punto: la justicia se aprende. ¿Y qué es lo que hay que aprender? Enumeremos: a) hacer el bien; b) buscar justicia; c) reprender al opresor; d) defender al huérfano y la viuda. Y luego de dicha enumeración, notamos toda la fuerza de uno de los versículos más conocidos del libro en el que se nos invita a buscar al Señor para recibir el perdón de nuestros pecados, por muy oscuros y profundos que éstos sean. Es el recuerdo del pacto de Dios con su pueblo, del Dios que nos ama y redime. Por eso, el texto refuerza dicha idea con consecuencias: si buscamos a Dios tendremos Shalom, es decir, vida abundante y verdadera; mientras que si no buscamos al Señor, seremos víctimas de la autodestrucción. En otras palabras, la justicia es una necesidad espiritual. 

¿Qué nos enseña este texto? Que bíblicamente, toda práctica de injusticia social emerge de una espiritualidad atrofiada, que busca ensalzar cosas y sujetos que perecen y que, por lo tanto, la justicia que necesita nuestra sociedad, y en la que nosotros debemos ser agentes activos del Reino de Dios, es un acto que busca en primer lugar la adoración del Dios vivo y verdadero. Es nuestra tarea urgente, entonces, volvernos a la Palabra de Dios para encontrar sustento en nuestras prácticas, y entender la justicia en la sociedad como una disciplina espiritual, pues esta requiere aprendizaje y un ejercicio que busca paliar una necesidad real de quienes somos creyentes en Cristo Jesús. No podremos hacer el bien, buscar la justicia, reprender al opresor y defender al huérfano y la viuda si lo hacemos sustentados en los principios de la cultura imperante, o en las ideologías de los partidos y movimientos que nos agradan, pues eso nos lleva a la parcialidad que es signo de la espiritualidad atrofiada. 

Quienes profesamos la fe evangélica en nuestro Chile debemos comenzar por arrepentirnos. Arrepentirnos de nuestro acomodamiento, ya sea a la vida en comunidades que no tienen ningún nexo con el mundo, como también, el que ha resultado de la búsqueda de meras cuotas de poder para tener algo de influencia. Debemos arrepentirnos por todas las veces que hemos creído que la tarea proclamar el evangelio está disociada de la disciplina espiritual de la justicia en la sociedad. Debemos arrepentirnos cuando hemos mirado a nuestro prójimo con parcialidad, siendo sumamente duros con el pecado y debilidad del resto, y muy autocomplacientes con nosotros mismos. Gracias a Dios por el evangelio, porque sólo en Cristo, nuestros pecados pueden ser anulados, como del “carmesí a la blanca lana”. 

Oración: Amado Señor, te adoramos por ser justo y verdadero. Nos postramos ante ti, en nuestros corazones, para pedirte perdón por nuestra espiritualidad atrofiada que se ha manifestado en injusticia, indiferencia y parcialidad. Queremos pedirte que nos limpies por el poder del sacrificio que Cristo hizo en la cruz, para que llenos del poder de tu Espíritu Santo, podamos mantener nuestra mirada en ti y en nuestros prójimos. Vivimos en nuestro país tiempos difíciles en los que no podemos actuar con indiferencia y quietud. Haznos ser artesanos de la paz que trabajan en el mundo sólo para tu gloria y honra. Lo pedimos en Cristo Jesús, amén. 

Luis Pino Moyano.

* Si quieres compartirlo, puedes hacerlo con el link, o en este formato PDF, al que puedes acceder haciendo clic aquí.

Presbiterianos hablando de política.

“- ¡Cómo es posible que pastores y presbíteros hablen de política!”. Ese reclamo, cuya legitimidad no debe ser puesta en duda, adolece de un problema: el desconocimiento de la historia de la iglesia. El presbiterianismo chileno, y particularmente la Iglesia Presbiteriana de Chile, a lo largo de su historia ha cumplido un importante rol en la sociedad. Durante el siglo XIX promovió la defensa de las libertades públicas, más adelante consagradas en las leyes laicas del gobierno de Domingo Santa María. Durante el siglo XIX y principios del XX promovió instancias educativas, hogares de menores, centros salud como la Maternidad Madre e Hijo. Durante el siglo XX se opuso a la obligatoriedad de las clases de religión católica en los colegios. Y en la participación de alguno de sus miembros, fue pieza fundamental para la promulgación de la Ley de Libertad de Cultos. Y sí, nuestros pastores, oficiales y miembros, hablaban mucho de política y de lo social. Basta echar un vistazo a las publicaciones de “El Heraldo Evangélico” y “El Heraldo Cristiano” para notar artículos sobre el acontecer noticioso chileno y del extranjero, promoviendo ciertos proyectos políticos y sociales como la separación de la Iglesia Católica y el estado en 1925, o generando una lectura interpretativa a la luz del cristianismo de corrientes políticas. O, también, podría servir recordar cómo los pastores más antiguos de la iglesia desarrollaban los “desayunos pastorales” en los que se leía la Biblia y el diario, y se conversaba en torno a ellos. 

Claramente, la práctica de esa “vieja escuela presbiteriana” tuvo un momento de dificultad con el golpe de estado de 1973 y el gobierno de facto emanado de él. Pero, en esos años nunca la medida fue censurar la opinión de los miembros de la Iglesia, sino más bien poner en la palestra que siempre que un miembro de la IPCH hablara en el espacio público lo hacía a título personal y nunca arrogándose la representatividad de la Iglesia. Ni en esas horas se puso en duda uno de los valores más preciados del genio del presbiterianismo chileno, a saber, la libertad de conciencia. Por eso, con todo el respeto que me es posible, no deja de llamar la atención el cierto tabú que algunos miembros de la iglesia quieran imponer respecto de dicha temática. Es entendible que quienes vivieron como jóvenes dicho período, y sufrieron tensiones en actividades eclesiales, quieran promover la paz, pero la paz no se basa en el tabú que permite la convivencia, sino en el entendimiento que ninguna de nuestras diferencias importa al lado de conocer a Cristo. Son basura al lado de eso. Y si nosotros nos esforzamos por levantar las barreras que antes nos separaban y que Cristo botó con la sangre de su cruz, estamos simplemente haciendo más caso de ídolos del tiempo presente que de lo que expresa el Dios Todopoderoso en su Palabra. 

No obstante lo dicho con antelación, y en mirada complementaria de ello, quienes no tenemos miedo o que no queremos imponer un tabú a la hora de hablar de estos temas, debiésemos tener en cuenta los siguientes principios, que en la hora actual no está de más recordar:

  1. La Biblia no presenta un programa político definido con todas sus líneas de acción. Lo que si presenta son principios para su entendimiento y labor. Nos enseña que dicha tarea es honrosa y que también es un espacio de adoración a Dios, por lo que debe ser llevada a cabo con responsabilidad y distintivo cristiano. Quienes somos presbiterianos podemos ser ayudados y sustentados en esta mirada, cuando leemos y practicamos lo planteado por nuestra Confesión de Fe de Westminster, en su capítulo XXIII titulado “Del magistrado civil”. 
  1. Que nada de lo que digamos puede pretender ser palabra cerrada o definitiva, ni mucho menos arrogarse la representatividad de la Iglesia o de “lo reformado”. Porque si lo que la Biblia otorga de la temática son principios y no una metodología de aplicación, puede que nuestros prismas respecto de ello sean diversos. Lo fundamental aparece consagrado en nuestros estándares de fe, lo secundario siempre es tema de discusión y nunca puede ser entendido como fundamental, pues eso se transforma inmediatamente en argumento de división. Dios nos libre de ello. 
  1. En sintonía con lo dicho con antelación, debemos actuar con amor cristiano, partiendo con acciones de respeto hacia nuestros hermanos que pueden divergir de algunas de nuestras ideas, como también respecto de otros prójimos, entre ellos del magistrado civil. Actuar con respeto es actuar con responsabilidad, y es lo que posibilita que nuestros debates no sean diálogos de sordos. Ahí el capítulo XX de nuestra Confesión de Fe, “De la libertad cristiana y la libertad de conciencia” nos puede ayudar en demasía, porque nos permitiría entender que la libertad siempre es comunitaria y se nos es regalada como don para amar y servir, y que no existe libertad de conciencia sin que esta se encuentre atada a la Palabra de Dios. Que la Biblia y no las ideologías sean el filtro y lente desde el que observamos la realidad. 

Cristo, Señor de todo, tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Él hace que el mundo, con sus sombras y muerte, sean el “teatro de la gloria de Dios” (Calvino), porque Él guía la historia hacia su consumación. Nuestra acción responsable en el mundo, como iglesia institucional y orgánica, es decir, como Iglesia Presbiteriana de Chile y como presbiterianos esparcidos en la sociedad, es el testimonio de esta esperanza. 

Fraternalmente en Cristo, Luis Pino Moyano.

[Introducción + Estudio inductivo] ¿Qué son los 5 puntos del calvinismo?

En los últimos años, en América Latina se ha vivido un despertar dentro del mundo evangélico de las llamadas doctrinas de la gracia. Dichas verdades están ligadas a la figura del reformador francés Juan Calvino (1509-1564), no porque haya elaborado dichas doctrinas, sino más bien, porque presentó las bases para rescatarlas de la lectura de la Palabra de Dios. Estas doctrinas no deben confundirse con el calvinismo, que es una cosmovisión y un sentido de la vida, aunque forman parte de él, específicamente en el área de la doctrina de la salvación. 

De manera posterior a la muerte de Calvino, un teólogo holandés que estudió con Teodoro Beza, lo que le hacía un discípulo de la primera generación del pensamiento reformado, que  desarrolló una crítica a la posición de Calvino respecto de la doctrina de la gracia de Dios, enfatizando en el libre albedrío del ser humano. Se llamaba Jacobo Arminio (1560-1609) y fue profesor de la Universidad de Leyden. Luego de la muerte de Arminio en 1610, algunos de sus discípulos presentaron una declaración doctrinal respecto de la salvación, que tenía cinco artículos, ante las autoridades de Holanda. Dicha declaración se llamó “Remonstrantes”, que significa “memorial” o “pliego de protesta”, y fue firmada por 46 ministros, que afirmaban: a) el libre albedrío o capacidad humana de decidir acercarse a Dios; b) la elección condicional; c) la redención universal o expiación general; d) la obra del Espíritu Santo en la regeneración está limitada por la voluntad humana; y e) la caída de la gracia, es decir, la posibilidad que la salvación pueda perderse. Esta doctrina arminiana es sostenida por metodistas wesleyanos, nazarenos, pentecostales e independientes.

Como gran parte de la teología cristiana, estas doctrinas de la gracia comenzaron a ser aprendidas y confesadas a modo de reacción y propuesta, en este caso con la intención de contravenir las ideas del arminianismo. Para ello, se llevó a cabo el Sínodo de la Iglesia Reformada en Dordrecht, entre el 13 de noviembre de 1618 al 9 de mayo de 1619, instancia en la que participaron 84 miembros y 18 comisionados seculares. Ellos elaboraron una respuesta en un documento conocido como los “Cánones de Dort”. En algún momento de la historia, más reciente por lo demás, pero que no se puede señalar con toda claridad, las doctrinas de la gracia llegan a recibir el nombre de TULIP, por las siglas conformadas por cada uno de los cinco puntos a modo de acróstico en inglés:

Total depravity.

Unconditional election.

Limited atonement.

Irresistible grace.

Perseverance of the saints.

Estos puntos, traducidos al castellano, son: a) depravación total, b) elección incondicional, c) expiación limitada, d) gracia irresistible, y e) perseverancia de los santos. Estas doctrinas son aceptadas en iglesias presbiterianas y reformadas,  congregacionalistas y bautistas particulares.

Cada doctrina nos permite entender la gracia que Dios nos ha tenido: en la depravación total reconocemos la condición de miseria en la que vivíamos sin Cristo, en la elección incondicional vemos el amor eterno con el que Dios decidió predestinarnos para salvación, con la expiación limitada es que podemos cantar con certeza en la vida: “Cristo me ama, bien lo sé, su Palabra me hace ver”; con la gracia irresistible podemos notar que Dios nos llamó como el pastor a sus ovejas y, la perseverancia de los santos, en la que podemos notar cómo Dios nos hace mantenernos en fidelidad a su alto llamado. Estas doctrinas no son para andar discutiéndolas ni banalizándolas en Facebook u otra red social, sino que son descubiertas y proclamadas para que sean amadas por el pueblo de Dios, para volver nuestros ojos hacia Él, celebrando su amor y para inclinar nuestros corazones a la humildad. En ellas, podemos ver el amor soberano de un Dios que nos transforma y cuida con fidelidad. 

Que el Señor nos ayude con la riqueza de su Palabra a poner nuestros ojos en Cristo, y no en nosotros mismos. Si hay algo que los cinco puntos del calvinismo buscan, sin lugar a dudas, es que adoremos a Dios y cantemos a su eterna gloria. 

En Cristo, Luis Pino Moyano.

 

* Descarga el estudio inductivo basado en los 5 puntos del calvinismo, haciendo clic aquí.

[Vídeo] Cristo, Señor de la naturaleza. Bases bíblicas para la ecología.

Parte de lo expuesto fue planteado en el post: “Biblia y ecología. Una aproximación”.

Te invito a dialogar acá en el sitio, con tus preguntas y opiniones. Si te parece lo planteado, compártelo con otras personas.

Cordialmente, Luis.

La oración comunitaria.

Una de las preguntas que el Catecismo Mayor de Westminster se hace es: “¿Qué es la oración?” (178), a lo que responde diciendo: “La oración es el ofrecimiento de nuestros deseos a Dios, en el nombre de Cristo, y por la ayuda de su Espíritu; con confesión de nuestros pecados y reconocimiento agradecido de sus beneficios”. Juan Calvino, por su parte, en la Institución de la Religión Cristiana: “Todo el que se dispone a orar, que se arrepienta de sus pecados y se revista de la persona y afecto de un pobre que va de puerta en puerta”. En ese sentido, la oración no es el privilegio de los fuertes, sino la necesidad de los débiles, de los pobres en espíritu que entienden que la fortaleza propia y de la iglesia provienen de la fuerza de Dios, de su gracia y favor. Teniendo en cuenta este marco, es que vemos la oración como un medio de gracia, que disciplinadamente trabaja en pos de una espiritualidad bíblica que anhela una reforma del Espíritu Santo en nuestra vida. Por ello, la debemos practicar cotidiana y asiduamente. La idea es que, al decir de J. I. Packer y Carolyn Nystrom, podamos a través de la oración “encontrar nuestro camino pasando de la obligación al deleite”.

Ante la necesidad de esta disciplina espiritual, debemos reconocer que la oración comunitaria es sumamente importante. El Padrenuestro nos habla de un Señor que traza una relación de adopción no conmigo a solas sino con nosotros su pueblo. Decimos “nuestro” y no mío. No hay vida de oración sin este sentido comunitario. Dietrich Bonhoeffer en su libro “Vida en comunidad” dice: “es imposible que cristianos llamados a vivir bajo la autoridad de la palabra no acaben por dirigir, también unidos, sus oraciones personales a Dios. Presentarán a Dios las mismas preces, la misma gratitud, la misma intercesión y deberán hacerlo con alegría y confianza”. 

A partir del texto de Hechos capítulo 4, versículos 23 al 31 quisiera que reconociéramos principios bíblicos para la oración comunitaria. Antes de pasar a ello, se hace necesario contextualizar nuestra lectura. Pedro y Juan, apóstoles, luego de la experiencia vivida en Pentecostés, van al templo a orar, en el mismo horario en que lo hacían todos los judíos piadosos, cuando se encuentran con un mendigo lisiado que les pide limosna. Pedro le dice: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!” (Hechos 3:6). Luego de eso, Pedro anuncia el evangelio del Señor a todos los testigos de dicha señal. Todo esto está en el relato del capítulo 3 de Hechos. Acto seguido, el capítulo 4, en su primera sección muestra que Pedro y Juan son apresados por la guardia del templo y puestos en una celda. El Consejo de Jerusalén, compuesto por gobernantes, ancianos y maestros de la ley se reunió y luego de mucho debate se coincide en que Pedro y Juan sean liberados, pero con la orden terminante de no hablar ni enseñar en el nombre de Jesús, a lo que ellos respondieron: “¿Es justo delante de Dios obedecerlos a ustedes en vez de obedecerlo a él? ¡Júzguenlo ustedes mismos! Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (4:19,20). Esto causó mucho gozo en el pueblo y mucho más profundamente en la naciente comunidad cristiana. Es ahí que aparece el versículo 23 diciéndonos a modo de conector con lo que veremos en este post: “Al quedar libres, Pedro y Juan volvieron a los suyos y les relataron todo lo que les habían dicho los jefes de los sacerdotes y los ancianos”. Eso da pie a una gozosa y fervorosa reunión de oración. 

I. Veamos, ahora, los principios para la oración comunitaria:

1. La oración comunitaria requiere de unidad: “Cuando lo oyeron, alzaron unánimes la voz en oración a Dios” (4:24a). 

El testimonio de la liberación de Pedro y Juan impactó tanto a la comunidad, que alzaron su voz para orar. Pero más que ese acto de hacerlo en voz alta, que es una cuestión de forma, lo realmente preponderante es la unidad de nuestros primeros hermanos. Ellos mantenían el espíritu de Pentecostés: la unanimidad, es decir, el mismo sentir y pensar respecto de aquello que es prioritario para la vida de la iglesia. 

Esto nos debe llevar a decir con suma claridad que la iglesia no puede existir ni subsistir si está dividida. No es un tema baladí (de poca importancia) el de la unidad de la iglesia. La unidad de la iglesia no es un valor de última categoría, transable por otros principios. El Señor Jesucristo, en la misma noche en la que fue entregado a sus captores, lo que derivó en su muerte de cruz, oró al Padre diciendo: “Pero no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo crea que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Juan 17:20-23 RVC). Esa oración de Jesús debe ser nuestro sentir y pensar. 

No podemos orar juntos si mantenemos prejuicios o rencores respecto de los demás. Debemos perdonar, restaurar, amar, para así pelear juntos la buena batalla de la fe. El sentido de cuerpo debe empaparnos en nuestro quehacer como iglesia de Jesucristo. 

2. La oración comunitaria está supeditada a la soberanía de Dios: “Soberano Señor, creador del cielo y de la tierra, del mar y de todo lo que hay en ellos” (4:24b).

Si hay algo que nuestros primeros hermanos tenían en cuenta es el marco de la soberanía de Dios. Orar no busca cambiar la voluntad de Dios, orar implica decirle a Dios lo que nosotros anhelamos pero con el anhelo que nuestro corazón sea transformado por la voluntad de Dios que es “buena, agradable y perfecta”. Y el texto para hacer dicho énfasis, nos presenta a Dios como soberano y como creador. Él es dueño absoluto de todo, porque Él creó todo el universo. Todo lo hizo bien y todo sigue siendo preservado y orientado hacia su consumación por la providencia de Dios. Dios tiene un poder irresistible e inmutable en su acción a lo largo de la historia.

Debemos tener conciencia de la soberanía de Dios cuando oramos. Y esa conciencia no tiene que ver con la falta de sinceridad ante Dios y con la expresión de nuestra vulnerabilidad ante Él, sino con un sentido de dependencia que produce descanso. Oramos a sabiendas que Él lo hará todo bien. Oramos con esperanza porque Dios tiene el poder para hacer nuevas todas las cosas.

3. La agenda de oración de la comunidad la pone la Biblia: “tú, por medio del Espíritu Santo, dijiste en labios de nuestro padre David, tu siervo: ‘¿Por qué se sublevan las naciones y en vano conspiran los pueblos? Los reyes de la tierra se rebelan y los gobernantes se confabulan contra el Señor y contra su ungido’” (4:25,26).

Aquí la oración de nuestros primeros hermanos se liga a otra disciplina espiritual: la de la lectio divina. La lectio divina es la disciplina de la lectura de la Biblia en oración gozosa. La Biblia es la que nos dice lo que debemos pensar (leer), sentir (meditar), orar y hacer (actuar-contemplar). La iglesia reunida en oración, hace suyo el Salmo 2:1,2, orándolo porque reconocen el cumplimiento de aquello en la persona de Jesucristo y su obra en la comunidad de creyentes. 

La oración comunitaria de la iglesia, al igual que nuestra oración privada, debe surgir de la lectura de la Palabra de Dios. Ella nos dice lo que debemos creer y hacer. La agenda de la iglesia no responde a proyectos y sueños personales que sólo tienen como resultado que un nombre se haga grande: ¡ese es el espíritu de las personas que construían la torre de Babel! La agenda de la Iglesia responde a lo que Dios reveló en su Palabra. Leer la Biblia no es un acto intelectual con el que se agrandan cabezas, sino que es un acto espiritual, en el que la mente y todo el ser se encuentran incluidos, donde el corazón es agrandado. Es decir, nuestro pensamiento, emociones y voluntad son cambiados cuando la Palabra de Dios penetra nuestro corazón. La iglesia viva es aquella que cree, ama y practica la Palabra. Como decía Dietrich Bonhoeffer, “No es la pobreza de nuestro corazón, sino la riqueza de la Palabra de Dios la que debe determinar nuestra plegaria” (Los Salmos: el libro de oración de la Biblia).

4. La oración comunitaria se vive en la realidad de la iglesia: “En efecto, en esta ciudad se reunieron Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y con el pueblo de Israel, contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste para hacer lo que de antemano tu poder y tu voluntad habían determinado que sucediera. Ahora, Señor, toma en cuenta sus amenazas” (4:27-29a).

Este texto muestra que la oración debe apelar a las necesidades de la comunidad. Particularmente, la de la persecución que comienzan a vivir. Momento difícil que no deja de expresar la voluntad de Dios. Me gusta mucho lo que dice una nota de la Biblia de Estudio “La justicia de Dios”: “La persecución no produce pánico en la iglesia sino que la conduce a orar. Al enfrentar la injusticia la iglesia declara la soberanía de Dios su Creador. La iglesia ora, citando la Escritura a Dios, para que ella misma recuerde que la palabra de Dios es digna de confianza. Los creyentes interpretan su situación a la luz de la soberanía de Dios y su palabra fidedigna. Los creyentes no piden un rescate, sino más bien denuedo para dar testimonio”.

¿Cuál es la realidad de nuestra iglesia-Iglesia hoy? ¿Qué necesitamos? ¿Qué debemos hacer? ¿Qué hemos recibido y qué hemos perdido con el paso del tiempo? ¿Qué debemos agradecer? ¿En qué debemos ser fortalecidos? No existe oración comunitaria si estamos solitarios y huraños respecto de lo que pasa en la vida de la iglesia. La iglesia no es un club que se reúne en ciertos horarios, la iglesia es comunidad que vive su fe todos los días, aunque nos encontremos lejos físicamente. Los grupos pequeños potencian ese sentido de comunidad, porque uno no es parte de una comunidad por compartir un café los domingos después del culto, es comunidad cuando se comparte la vida, y eso implica el compartir la mesa, el que nuestros hijos crezcan juntos y que en medio de sus juegos quiebren o derramen cosas en algún lugar de nuestro hogar. 

5. La oración comunitaria anhela el poder del Espíritu Santo para servir en la misión: “y concede a tus siervos el proclamar tu palabra sin temor alguno. Por eso, extiende tu mano para sanar y hacer señales y prodigios mediante el nombre de tu santo siervo Jesús. / Después de haber orado, tembló el lugar en que estaban reunidos; todos fueron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios sin temor alguno”. (4:29b-31).

La iglesia primitiva tuvo total claridad de la necesidad de la obra del Espíritu Santo. El libro de Hechos cada vez que menciona el poder transformador de la Tercera Persona de la Trinidad, da cuenta que su resultado es la proclamación de la fe. Por eso ellos oran para que lo que se proclame sea la Palabra y ésta se predique con valor. Toda la obra transformadora de la salud física, emocional y espiritual, en aquello que la Biblia llama milagros, busca principalmente señalar a Cristo. El texto señala que el lugar tembló luego de la oración, a modo de símbolo de la presencia divina y de la respuesta a la oración. 

Lucas dice con toda claridad que todos fueron llenos del Espíritu y eso señala que todos esos sujetos llenados de poder proclamaban su fe sin miedos. Es decir, lo que necesitamos para compartir nuestra fe ya lo tenemos y por pura gracia, mediante la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. Debemos orar para que el Espíritu Santo nos llene de poder. Eso no es pentecostalismo, es cristianismo. El fervor y la pasión por el Reino debe conducirnos a ser una iglesia que desarrolla la misión con la alegría y la fuerza del Espíritu.

II. Veamos, también, algunas ideas prácticas para la oración comunitaria.

1. Aprovechar las instancias existentes. En nuestros programas eclesiales tenemos, o podríamos tener, reuniones de oración, vigilias, grupos pequeños ¿Cómo desarrollar estas actividades? Que siempre la oración surja de la lectura de la Palabra, que se genere una instancia para agradecer y suplicar y que, en lo posible quede una bitácora de oración para nutrir nuestras oraciones individuales. Esa bitácora puede servir no sólo para recordar por qué cosas debemos orar, sino también notar cómo Dios ha respondido las oraciones, lo que nos llevaría a agradecer u orar de otra manera.

2. La oración en el culto público. La oración es un elemento de nuestro culto comunitario, y en él esta debe ser expresada de manera tal que refleje los atributos divinos, la sinceridad de la oración, y debe ser hecha con solemnidad y simpleza, con palabras propias basadas en la Escritura, con brevedad y de acuerdo a lo que se pidió orar. La única manera de aprender a orar en público es orando y escuchando a otros, es por ello, que uno debe estar llano a escuchar las oraciones de los demás también en ese sentido. Aquí se hace pertinente señalar que el momento de la oración comunitaria no corresponde a “los comerciales” (spots publicitarios) de la liturgia. Es el momento para conversar con Dios, no para conversar con los hermanos o salir a otros lugares de las dependencias de la iglesia. 

3. Los miembros oran comunitariamente sin necesidad de eventos. Los creyentes podemos orar en el acompañamiento que produce el discipulado, en los momentos difíciles, en medio de las necesidades y triunfos, en medio de la debilidad por el pecado (nexo con la disciplina espiritual de la confesión, que no debe ser confundida con el sacramento católico romano). Quienes viven la amistad o el compañerismo cristiano no requieren que la oración comunitaria esté fijada en un calendario, simplemente se juntan para orar. 

4. ¿Cómo responder a una petición de oración que se nos hace? La promesa menos cumplida de la vida de la iglesia es “- oraremos”, cuando se nos pide pedir por alguna situación en particular. Cuando se recibe una petición de oración lo que se debe hacer es, en lo posible, orar de inmediato, decir que se está orando y preocuparnos de la persona con la disposición a ser no sólo acompañantes sino instrumentos de Dios en su respuesta. La persona que solicitó la oración debe también avisar cuando la situación cambia de tal manera que podamos agradecer o cambiar nuestra forma de orar.

5. Las reuniones de oración deben dejar de ser el pariente pobre de la iglesia. Puede sonar jocoso, pero en realidad no lo es. Es constatar una tragedia, pues no existe posibilidad de vitalidad y poder en la iglesia si está no dobla sus rodillas de manera constante. No hay nada más urgente, necesario y fundamental para nuestra comunidad que oremos. Y en eso debemos arrepentirnos, confiando que Jesucristo murió y resucitó, y por esa obra nos da de su Espíritu, que transforma nuestra vida y ser.

Luis Pino Moyano. 

 


 

* Este post fue construido a partir de un bosquejo de sermón predicado en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el 9 de junio de 2019, en el marco de la serie de mensajes “Ejercítate para la piedad. Disciplinas espirituales”. A no ser que se diga lo contrario, los textos bíblicos son citados de la Nueva Versión Internacional. 

La disciplina espiritual del ayuno: algo más que simplemente abstenerse de comer.

Casi todas las religiones antiguas consideraron al ayuno como una de sus prácticas rituales importantes. Por otro lado, en tiempos más recientes (en términos históricos, por cierto), se le ha utilizado como arma política o medida de presión (la también llamada “huelga de hambre”) por movimientos que alentaban la resistencia pacífica, algunos de ellos, liderados por actores cristianos. Incluso, las nuevas espiritualidades, solapadas en discursos de “vida sana”, la han promocionado como “instrumento para la salud integral”. 

Volviendo a la religión, y sobre todo al mundo cristiano, existe también la idea muy difundida del ayuno como un pesado sacrificio que busca lograr algún favor divino, en la lógica del “intercambio”. Sin embargo, esto no obsta para que lo definamos, bíblicamente, como un sacrificio espiritual en el que nuestra vida toda entrega adoración a Dios. Una de las palabras que se traduce como sacrificio en la Biblia significa “matar por un propósito”, y la adoración que elevamos a Dios requiere la muerte de nuestro orgullo, pecaminosidad y miedo que amenazan la presentación de un culto santo y agradable para Dios.

A veces, nuestra concepción del ayuno está más relacionada con lo que éste acto espiritual significaba para los judíos, particularmente de su lectura de la ley mosaica (la lectura cristiana de la ley es una lectura distinta, necesaria, hecha a la luz de la historia de la redención conquistada por Jesucristo). Interesantemente, a diferencia de lo que el sentido común haría parecer, el ayuno era prescrito para ser realizado por el pueblo de Dios una vez al año, específicamente, para el “Día de la expiación”, la única “fiesta triste”, donde se buscaba el perdón del Dios santo ante el olvido, indiferencia y rebelión contra él. Así dice: Levítico 16:29-31: “Este será para ustedes un estatuto perpetuo, tanto para el nativo como para el extranjero: El día diez del mes séptimo ayunarán y no realizarán ningún tipo de trabajo. En dicho día se hará propiciación por ustedes para purificarlos, y delante del Señor serán purificados de todos sus pecados. Será para ustedes un día de completo reposo, en el cual ayunarán. Es un estatuto perpetuo”. 

Con el paso del tiempo, y con una mayor institucionalización de la religión judaica, se llegó a ver el ayuno como una “obra cardinal”, junto con la oración y la limosna. Los judíos ayunaban cuando estaban de luto, para expiar pecados, a modo de penitencia nacional y para comunicarse con Dios. En ese sentido, era una práctica para llamar la atención de Dios o demostrar arrepentimiento y devoción. Por lo mismo, los fariseos, judíos ortodoxos y celosos practicantes de la ley y la tradición, ayunaban dos veces a la semana, cosa que excedía con creces lo demandado en la Escritura, hasta ese momento. 

El cristianismo vino entonces a modificar nuestra noción del ayuno. David Mathis nos ayuda con su definición de esta disciplina espiritual, cuando señala que “El ayuno es una herramienta excepcional, diseñada para canalizar y expresar nuestro deseo por Dios y nuestro descontento santo en un mundo caído. Es para aquellos que no están satisfechos con el statu quo. Para aquellos que quieren más de la gracia de Dios. Para aquellos que se sienten verdaderamente desesperados por Dios”. Esta noción, la profundizaremos en la lectura bíblica que presentaremos a continuación, respondiendo a la pregunta por el significado de esta práctica de fe y espiritualidad: ¿qué es el ayuno?

1. El ayuno es una oración fortificada. 

Es imposible entender el ayuno sin la oración. A diferencia de la oración, que puede entenderse sin el ayuno, como una disciplina independiente. Eso hace que el ayuno sea necesario y que la oración sea fundamental. Un caso bíblico que ilustra esto, es la situación narrada en el libro de Ester. En ese momento de la historia bíblica, parte del pueblo de Dios se encontraba cautivo por los medo-persas, y un sujeto de dicho pueblo conspiraba para la eliminación étnica de los judíos reunidos allí, un hombre llamado Mardoqueo, en un acto de connotaciones similares al de Adán en el Edén luego de la caída, se esconde y empuja a su prima o sobrina, Ester, a la que él había adoptado como hija, para que ella actuara en defensa de sus conciudadanos presentándose ante el rey Asuero, lo que según la legalidad imperial podría costarle la vida. Ella asume al riesgo y dice: “Ester le envió a Mardoqueo esta respuesta: ‘Ve y reúne a todos los judíos que están en Susa, para que ayunen por mí. Durante tres días no coman ni beban, ni de día ni de noche. Yo, por mi parte, ayunaré con mis doncellas al igual que ustedes. Cuando cumpla con esto, me presentaré ante el rey, por más que vaya en contra de la ley. ¡Y, si perezco, que perezca!’” (Ester 4:15,16). Cuando Ester , asume valientemente su rol histórico, pide que el pueblo ayune por ella, señalando la necesidad de apoyo de la comunidad en el clamor a Dios, buscando que Él interviniera en la historia que parecía presagiar un inminente final oscuro.

Dicho caso bíblico también nos dota de una clarificación, que tiene mucho sentido para quienes somos reformados: el ayuno no es sólo una práctica individual, íntima, hacia adentro, sino una profundamente comunitaria. La preocupación espiritual cristiana es tanto vertical, manifestándose en el amor al prójimo, y horizontal, lo que se expresa en el amor al prójimo. Puedo intensificar mi oración con los ruegos de otros. 

2. El ayuno es hambre de Dios. 

El relato bíblico que quiero poner en la palestra es muy interesante. Dicho relato, lo ocuparemos, también, más adelante. Mateo registra en su evangelio lo siguiente: “Un día se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: -¿Cómo es que nosotros y los fariseos ayunamos, pero no así tus discípulos? Jesús les contestó: -¿Acaso pueden estar de luto los invitados del novio mientras él está con ellos? Llegará el día en que se les quitará el novio; entonces sí ayunarán”. Los discípulos de Juan, que eran un tipo de judíos ortodoxos, al igual que los fariseos consideraban que el ayuno era una práctica cardinal, por ende, les produce asombro e inquietud que los discípulos del Maestro de Galilea no se abstengan de comer. Jesús hace una explicación muy bella y potente. Los discípulos no ayunaban porque estaban de fiesta, estaban celebrando junto al “novio”. Pero cuando ese novio les sea quitado “entonces, sí ayunarán”. 

Llevemos esta información al dato concreto: los discípulos de Jesús ayunarían entre el arresto de Jesús, su muerte y resurrección. Jesús vuelve a compartir con los suyos, y el evangelio señala escenas de mesa compartida. Luego, Jesús ascendió al cielo, regresando al Padre, lo que abre, nuevamente, un tiempo para ayunar. En ese sentido, la totalidad de nuestra era, entre la ascensión de Jesús y su segunda venida es un tiempo en el cual la iglesia DEBE ayunar. Y no te asustes con la palabra “debe”… esto no se trata de legalismo sino de entender lo que Jesús dice: “sí ayunarán”. Él no dice, “es posible que ayunen”, ni añade un “tal vez”, “esporádicamente”, “en ocasiones”. Él afirma, “sí ayunarán”. Y lo haremos por un sentido de nostalgia de Dios. ¿De qué tenemos hambre? ¿Sentimos nostalgia de Cristo? ¿Cuáles son nuestras necesidades y prioridades? Como dice Mathis: “Al igual que el evangelio, el ayuno no es para los autosuficientes y para los que sienten todo resuelto. Es para los pobres en espíritu. Es para quienes están de duelo. Para quienes tienen hambre y sed de justicia. En otras palabras, el ayuno es para los cristianos”. 

La idea del ayuno está también muy asociada a la del banquete, tanto en la lógica de la fiesta como por la expresión de un hambre verdadera. Jesús contó una parábola sobre un hombre que preparó un gran banquete, al que todos los invitados se excusaron de participar.  Las excusas para no asistir fueron: “El primero le dijo: ‘Acabo de comprar un terreno y tengo que ir a verlo. Te ruego que me disculpes’. Otro adujo: ‘Acabo de comprar cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas. Te ruego que me disculpes’. Otro alegó: ‘Acabo de casarme y por eso no puedo ir’” (Lucas 14:18-20). ¿Acaso es ilegítimo comprarse un terreno o una casa? ¿O es ilegítimo comprarse un medio de transporte o una herramienta de trabajo -resemantizando las yuntas de bueyes, ocupadas como animales de tiro o carga? ¿Es ilegítimo casarse y formar familia? La respuesta es un rotundo no. Y es que el problema no está en la legitimidad de dichas prácticas, sino en cómo dichas cosas, personas y momentos se adueñan de la vida, otorgando sentido e identidad. En otras palabras, aquello que gobierna tu vida, si no es Dios, es un ídolo. 

Por lo que se ha dicho, es que debemos ampliar nuestra noción de ayuno. Martyn Lloyd-Jones decía que: “Si verdaderamente consideramos el ayuno, no debemos limitarlo al tema de comida y bebida; el verdadero ayuno debería de consistir en incluir la abstinencia de cualquier cosa que es legítima en sí y para sí por motivo de algún propósito espiritual. Hay muchas funciones corporales que son correctas y normales y perfectamente legítimas, pero que por alguna razón peculiar en ciertas circunstancias deberían de ser controladas. Eso es ayunar”. En otras palabras, podemos no sólo sentirnos compelidos a ayunar en el sentido estricto de la expresión, absteniéndonos de comer, sino también, ayunar de otras cosas y momentos que siendo legítimos en sí mismos, roban mucho de nuestro tiempo que podría ser ocupado para dedicarnos con tranquilidad a la oración, la lectura de la Biblia, la meditación, el silencio, la adoración.

Por su parte, Richard Foster, señaló que: “Más que cualquier otra disciplina, el ayuno revela las cosas que nos controlan. Este es un gran beneficio para el verdadero discípulo que anhela ser transformado a la imagen de Jesucristo. Cubrimos lo que está dentro de nosotros con comida y otras cosas. […] Si el orgullo nos controla, casi de inmediato será revelado. David dijo: ‘Afligí con ayuno mi alma’ (Salmo35:13). Cólera, amargura, celos, riñas, temor están en nosotros, saldrán a la superficie durante el ayuno. Al principio racionalizaremos que nuestra cólera es debido a nuestra hambre. Entonces sabremos que estamos enojados porque el espíritu de cólera está en nosotros. Podemos regocijarnos en este conocimiento porque sabemos que la sanidad está disponible por medio del poder de Cristo”. El teólogo cuáquero nos señala otra idea necesaria de tener en cuenta: si ayunando nos abstenemos de comida, cosas y momentos, legítimos en sí mismos, con mayor razón nos debemos abstener de todos aquellos pecados que tapamos con comida y más. En ese sentido, el ayuno nos sensibiliza a nuestra realidad, nos presenta nuestras áreas de debilidad, nos expone a la vulnerabilidad, todas cosas necesarias para sentirnos necesitados de la gracia del Dios que nos amó. 

3. El ayuno es adoración. 

Jesús, en la predicación por antonomasia, el sermón del monte dijo: “Cuando ayunen, no pongan cara triste como hacen los hipócritas, que demudan sus rostros para mostrar que están ayunando. Les aseguro que estos ya han obtenido toda su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara para que no sea evidente ante los demás que estás ayunando, sino solo ante tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará” (Mateo 6:16-18). ¿Qué critica Jesús de los fariseos? Con suma claridad, la humillación de los fariseos era fingida, un show, una performance espiritual. Con este tipo de actitud ya recibieron su recompensa: la gloria de los hombres. Es decir, Jesús no está discutiendo sobre el ayuno, sino con los que ayunan y sus motivaciones. El énfasis principal de toda esta sección del sermón del monte (6:1-18) es el carácter indispensable de la sinceridad en la adoración al Dios Todopoderoso. 

Es aquí, incluso, donde el contenido se funde con la forma, porque se invita a los ayunadores a lavarse la cara y perfumarse, y no a andar una cara triste o derrotada, lo que no generaría la necesidad de preguntar si se tiene hambre. Ese aspecto formal es una expresión externa de lo que hay en lo interior: un servicio voluntario, apartado de una religiosidad hipócrita, ya que echarse ungüentos era señal de gozo. Agustín de Hipona planteaba: “Consideramos a la cabeza como la razón, porque se encuentra en la parte superior del alma y gobierna los demás miembros del cuerpo. Luego el ungir la cabeza es tanto como alegrarse. Alégrese interiormente porque ayuna, el que ayunando se separa de las aspiraciones del mundo para quedar sometido a Dios”. 

¿Cuál es nuestra motivación al ayunar? ¿Recibir milagros? ¿Cumplir una norma? ¿Alcanzar un nivel por sobre los demás? Hay dos textos bíblicos que nos ayudarán a responder la interrogante. “Ahora bien —afirma el Señor—, vuélvanse a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos, rásguense el corazón y no las vestiduras” (Joel 2:12,13a); “Y, cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones ¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios” (Santiago 4:3,4, el destacado es mío). La motivación principal a la hora de ayunar es matar al yo, porque si el ayuno es adoración su finalidad es exaltar la vida del Dios vivo y verdadero, y no el acto de construcción del peor de todos los dioses, el más sanguinario y terrible, a saber, uno mismo. 

Esa mortificación del pecado queda expresada con suma claridad en el texto que ha sido llamado como el del “ayuno verdadero”. Isaías 58:3-8 señala la palabra de Dios por medio del profeta: “Y hasta me reclaman: ‘¿Para qué ayunamos, si no lo tomas en cuenta? ¿Para qué nos afligimos, si tú no lo notas?’. Pero el día en que ustedes ayunan, hacen negocios y explotan a sus obreros. Ustedes solo ayunan para pelear y reñir, y darse puñetazos a mansalva. Si quieren que el cielo atienda sus ruegos, ¡ayunen, pero no como ahora lo hacen! ¿Acaso el ayuno que he escogido es solo un día para que el hombre se mortifique? ¿Y solo para que incline la cabeza como un junco, haga duelo y se cubra de ceniza? ¿A eso llaman ustedes día de ayuno y el día aceptable al Señor. El ayuno que he escogido, ¿no es más bien romper las cadenas de injusticia y desatar las correas del yugo, poner en libertad a los oprimidos y romper toda atadura? ¿No es acaso el ayuno compartir tu pan con el hambriento y dar refugio a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no dejar de lado a tus semejantes? Si así procedes, tu luz despuntará como la aurora, y al instante llegará tu sanidad; tu justicia te abrirá el camino, y la gloria del Señor te seguirá”. Isaías nos enseña que la justicia no solo es social sino por sobre todo espiritual, por lo que no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de mentir; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de robar; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de explotar a los demás; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de chismear; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de la codicia y el egoísmo; no sacamos nada con abstenernos de comer si no nos abstenemos de… (agrega el pecado con el que luchas más duramente). El ayuno verdadero consiste en desprenderse de todo peso para que nuestra vida, nuestro único gozo, nuestro único deleite, nuestro único proyecto, nuestra única religión y fe esté en el Dios de la vida. 

He ahí el sentido de lo que el Catecismo de Heidelberg se pregunta por “¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?” (pregunta 1), a lo que se responde: “Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con preciosa sangre por todos mis pecados […]”. Y en ese acto de no pertenecernos a nosotros mismos, ergo, de adoración radical, el ayuno es una expresión de dependencia total a Dios, de adoración genuina (véase la Confesión de Fe de Westminster, capítulo 21, artículo 5). 

4. El ayuno es fiesta espiritual esperanzada. 

En el texto de Mateo 9:15 veíamos que el novio será quitado. En la parábola de las diez vírgenes se señala que el novio volverá: “A medianoche se oyó un grito: ‘¡Ahí viene el novio! ¡Salgan a recibirlo!’” (Mateo 25:6). John Piper señala: “El regocijo comienza con la pasada gracia de la muerte de Cristo y su resurrección, que entonces incluye todo lo que Dios promete en él. Mientras seamos finitos y caídos, la fe cristiana significará ambos deleite (en la pasada) encarnación y deseo (de la futura) consumación. Será tanto contentamiento como insatisfacción. Y la insatisfacción crecerá conforme crezca la medida de contentamiento que habremos conocido en Cristo”.

A eso apunta la alusión a lo viejo y lo nuevo en el texto de Mateo 9, ya referido con antelación, pero en los versículos finales de dicha sección (vv. 16 y 17). Jesús dijo: “Nadie remienda un vestido viejo con un retazo de tela nueva, porque el remiendo fruncirá el vestido y la rotura se hará peor. Ni tampoco se echa vino nuevo en odres viejos. De hacerlo así, se reventarán los odres, se derramará el vino y los odres se arruinarán. Más bien, el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así ambos se conservan”. Esto nada tiene que ver con esa cantinela de los grupos neopentecostales respecto a un nuevo tiempo de la iglesia, en el que se exige mentes renovadas y no las mentes limitadas de legalistas y gente anquilosada al pasado. Los odres viejos y los odres nuevos aluden a formas diferenciadas de entender el ayuno. Piper dice: “El lamento sobre el pecado y el anhelo de librarnos del peligro y la búsqueda de Dios que inspiró el viejo ayuno no estaba basado en la maravillosa obra acabada del Redentor”. El novio, como la simiente de la mujer, ya vino y dio un golpe mortal a Satanás, al pecado y la muerte con su triunfo en la cruz. Por ello, junto con el pastor Piper diremos que: “Lo que diferencia al cristianismo del judaísmo es que el tan anhelado reino de Dios está ahora tan presente como en el futuro”. Sí, nuevamente, estamos bajo la tensión escatológica del “ya, pero todavía no”. 

Sinteticemos: ¿qué es lo novedoso del ayuno? No es la necesidad ni el dolor ni el hambre de Dios, cosa que nos iguala a los practicantes judíos de la ley mosaica y, además, con todo el género humano. Lo novedoso, es que el sentido de vacío ya no está. Cristo llenó los vacíos. La presencia de Cristo es real y grata, nos hemos deleitado en el agradable sabor de su gracia y amor, y eso hace que sigamos teniendo hambre de Él. Y ese “llenado” lo completará cuando consume gloriosamente su reino, luego de su venida que no sólo debemos esperar, sino por sobre todo amar. El ayuno, entonces, es también una fiesta. Una fiesta que nos hace poner la vista en la agenda de Dios que tiene como hito clave el glorioso advenimiento del Señor. 

Para reflexionar y practicar:

El ayuno verdadero implica otras disciplinas espirituales como: la lectio divina, la oración, el retiro y el contentamiento (o frugalidad). En tanto disciplina, es algo que no sólo debemos practicar, sino también planificar. Aquí la pregunta que ayuda es: ¿qué haremos en lugar de comer (o de hacer la cosa que hemos decidido abstenernos)?

El ayuno nos enseña que nuestra vida, más que una performance religiosa, debe depender total y absolutamente de Dios, saciando nuestra hambre de Él, anhelando la venida de Jesucristo en gloria y majestad. Cuando entendemos el ayuno como una actividad feliz de la presencia de Cristo, nos debe hacer pasar de la disciplina al deleite, y hacer que dicho gozo se irradie en nuestra relación con Dios y con el prójimo. 

Algunas recomendaciones prácticas: a) comience su ayuno al despertar; b) termínelo a media tarde; d) luego, coma algo muy liviano; e) en medio del ayuno beba agua sin restricción; f) suspenda el ayuno si comienza algún malestar irrecuperable; g) si tiene una prescripción médica que le impida ayunar, no lo haga; h) si nunca ha ayunado, comience de a poco. El cristianismo, si bien es cierto trae implícita la marca del sufrimiento, no es masoquismo. Sí, llegará el momento en que necesitaremos mártires… pero aún no (hablo en relación a nuestra realidad nacional). 

La fiesta es importante. No es casual que el primer milagro de Jesús haya sido convertir el agua en vino en medio de una boda. Dicho milagro anticipó la alegría que su ministerio y misión trajo a nuestras vidas. Pero, siguiendo a Mathis, hay que tener claro que en nuestra realidad contemporánea el banquete se haya extendido en nuestra cultura evangélica y/o eclesial, mientras que la frugalidad y el ayuno no. Es urgente recuperar el ayuno, porque esta disciplina nos hará poner nuestra dependencia no en cosas, momentos y personas, sino sólo en Dios. 

Finalizo con las palabras de Edward Farrel: “Casi en todas partes en todo tiempo, el ayuno ha tenido un lugar de gran importancia, puesto que está íntimamente vinculado con el profundo sentido de la religión. Quizás sea esta la razón por la desaparición del ayuno en nuestros días. Cuando el sentido de Dios disminuye, el ayuno desaparece”. Hambre de Dios y sentido de vulnerabilidad hoy. Hoy, no mañana… 

Luis Pino Moyano. 

 


 

Nota contextual y bibliográfica. 

Este texto surge de mis apuntes para la exposición en la Reunión de Hombres del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, celebrada el sábado 3 de agosto de 2019, con el título de “Piedad: Disciplinas espirituales para hombres de hoy”. Hace algunos años atrás había predicado sobre esta temática en las Iglesias Puente de Vida (2011, 2012) y Refugio de Gracia 2017, por lo cual, mucho del material ya lo tenía preparado. En la construcción de esta reflexión fue clave el libro de John Piper, “Hambre de Dios”, que leí en 2011. Ese libro de este entrañable pastor bautista, fue sumamente clarificador para mi, pues antes de su lectura sólo lograba asimilar el ayuno como oración fortificada y como adoración, pero no en el sentido del hambre de Dios y la nostalgia del verdadero hogar. En un acto de honestidad, me declaro tributario de Piper para esta reflexión. 

Para la construcción de este texto, refiero la lectura de los siguientes libros:

  • Foster, Richard. Celebración de la disciplina. Hacia una vida espiritual más profunda. Buenos Aires, Editorial Peniel, 2009.
  • Mathis, David. Hábitos de gracia: disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales. Ellensburg, Proyecto Nehemías, 2016.
  • Piper, John. Hambre de Dios. Cómo desear a Dios por medio de la oración y el ayuno. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2017 (edición más actual en castellano).

No se usaron notas al pie de página, por el formato de soporte: apuntes de una presentación oral. El post buscó mantener la frescura de su carácter originario. 

Los versículos bíblicos fueron tomados de la Nueva Versión Internacional. 

Una mujer virtuosa.

Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (Proverbios 31:10).

Si hay algo que la Biblia nos enseña es a ser agradecidos. El apóstol Pablo nos enseña a pagar a cada persona lo que debemos, “al que respeto, respeto; al que honra, honra” (Romanos 13:7). Y en ese sentido, cuando celebramos el “día de la madre”, volver a este pasaje de la Escritura, nos ayudará a vivir la gratitud y la honra de manera adecuada y sin las presiones de una cultura que todo lo mercantiliza. 

La sección de Proverbios 31:10-31, a diferencia de la colección de sentencias breves que nos ayudan a la práctica sabia de la vida cotidiana, es un poema acróstico (cada verso comienza con una letra del alefato hebreo) que nos muestra a una mujer que es muy capaz en todo lo que realiza, tanto dentro como fuera de casa. Es muy interesante que en la Biblia hebrea, el libro de Proverbios, y sobre todo este último capítulo, fuese seguido del libro de Rut y del Cantar de los Cantares, todos relatos que nos muestran a mujeres viviendo conforme a los principios de su fe. 

La mujer de la que se habla es definida como una que es virtuosa. ¿Qué significa aquello? La palabra “virtuosa” alude acá a una mujer de excelencia o fuerza proveniente de la piedad. ¿Cuáles son las marcas de la identidad de esta mujer? A la luz del texto, veremos dos marcas de la identidad de esta mujer virtuosa. 

La primera marca, dice relación con su trabajo. Esta es una mujer que hace muchas cosas. Ella trabaja con entusiasmo y sacrificio, administrando con sabiduría los recursos de la familia según la necesidad de cada miembro de ella. Cuando el v. 17 dice que “Ciñe de fuerza sus lomos, y esfuerza sus brazos”, está diciendo que en ese acto de atarse un cinturón está simbolizando su disposición a la acción y al trabajo, tanto dentro como fuera de su casa. Por eso la vemos haciendo negocios con sabia valentía, haciendo ropa de temporada para cada integrante de la familia y produciendo para la venta otros productos textiles. La vemos, también, cumpliendo funciones de mayordomía de su casa y en la recta administración de los recursos del hogar. Ciertamente, es alguien que como dice el v. 27 “no come el pan de balde”. Estamos frente a una mujer diligente y laboriosa, cuya iniciativa empresarial no tiene límites en lo que refiere a la inventiva y al esfuezo. Es una mujer incansable, tanto que como dirían de Freddy Turbina, personaje de “31 minutos”, “dicen que  o duerme”. 

La segunda marca, dice relación con su testimonio. La mujer virtuosa es una cuya sabiduría práctica es de mucho valor, tanto que “su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (v. 10). Es una mujer que se acerca al hito de la creación, aquella que como “ayuda idónea”, es totalmente confiable para su marido. Es su ayuda correspondiente, su complemento, conceptos que aluden a dos cosas fundamentales: a) que ella está completa antes de casarse y, por lo mismo, aumenta o perfecciona las cualidades de su cónyuge y las suyas propias, en el sentido que el matrimonio es una institución que nos hace crecer y madurar; y b) que se dispone, con valentía, a caminar “por la calle codo a codo, siendo mucho más que dos”, parafraseando al poeta uruguayo Mario Benedetti. Tanto es así, que el v. 23 y 31 aluden que su marido, probablemente, un sujeto con autoridad política, cuando se reúne en las puertas de la ciudad que era el lugar donde se tomaban las decisiones importantes de la ciudad, es apreciado más por el testimonio de su mujer, pues como señala Proverbios 12:4: “La mujer virtuosa es corona de su marido; mas la mala, como carcoma en sus huesos”. 

Veamos otros elementos del testimonio de esta mujer: ella manifiesta acciones de justicia y misericordia a quienes sufren los rigores de la vida. Es honorable, lo que le da esplendor y belleza tal tanto que “fuerza y honor son su vestidura”, lo que le da una actitud esperanzada en la vida, ella “se ríe de lo por venir” (v. 25). La mujer virtuosa enseña con sus palabras y con su vida. Enseña, por tanto, con amor. Por otro lado, y complementando su fuerza vital, su actividad de servicio se lleva a cabo dentro y fuera de su casa. Eso hace, que esta mujer de vida piadosa sea honrada y alabada en lo público y en lo privado. En Proverbios 1:7 se afirma que el principio de la sabiduría es el temor del Señor (respeto reverente y conciencia de su santidad). Esta mujer vive conforme a dicho principio. El temor es lo que trae belleza y virtud a esta mujer, porque Dios es soberano sobre su vida cotidiana. 

En definitiva, estamos frente a una mujer que es madre-esposa-y-trabajadora juiciosa, prudente, irreprochable, esfrozada, responsable, capaz y piadosa. Esta mujer representa lo que Jesús enseñó en el gran mandamiento, pues ella ama a Dios y ama a su prójimo, tanto que no vive para ella misma, sino para los demás, y por sobre todo, para honrar con su vida a aquél que es dueño y dador de la vida. Por eso, la descripción testimonial cierra diciendo que: “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (v. 30). 

Al ir cerrando esta reflexión, debemos pensar que estas son las palabras de una madre a un hijo joven que está en búsqueda de una esposa. Ella le traza la idea de una mujer ideal, al parecer no tan fácil de encontrar, sobre todo cuando el centro de la atención está en aquello que es aparente. 

Mujer que lees esta reflexión: ¿que ves en tu autoexamen cuando te reflejas en esta mujer virtuosa? Sin lugar a dudas, las mujeres presentes acá, cumplen con varios de estos principios. Pero esta es una reflexión bíblica y no una charla motivacional que busca sostener tu autoestima. Por tanto, es probable, que en muchos de estos aspectos estés al debe, y eso no es sólo producto de una mera debilidad, sino el resultado de apartar la vista de Dios y de tu prójimo: eso es lo que la Biblia llama pecado. Entonces, la clave no está acá, para este asunto, en tu empoderamiento ni en el refuerzo de tu autoestima, sino en tu arrepentimiento. Sólo el Dios de toda gracia te puede conducir con la fuerza de su Espíritu a ser una mujer virtuosa, porque eso es consecuencia del temor del Señor. Cristo derramó su sangre y te redimió para aquello. 

Hombre que lees esta reflexión: ¿crees que estas palabras no son para ti? ¡Lo son totalmente! Esto, por tres razones: a) porque todos los creyentes, con la ayuda del Espíritu Santo, debemos vivir virtuosamente con las características de esta mujer en el trabajo y el testimonio; b) porque si eres soltero, este es el tipo de mujer con el que debes anhelar casarte; y c) porque si eres casado, tú eres un instrumento del Señor para que tu esposa crezca en gracia y sabiduría, de tal manera que en el esfuerzo piadoso de la familia ella mire al Señor. Y para eso debemos dejar la pereza y la pusilanimidad que sólo se mira el ombligo. Eso también es pecado, y debemos arrepentirnos. Cristo derramó su sangre y te redimió para que seas un esposo como él, como aquél que llega a dar su vida por su iglesia. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos” (Efesios 5:25-28a).

Disponernos a vivir así es el mejor regalo que podemos hacer en este día. 

Luis Pino Moyano.

 

Esta reflexión convierte en post un sermón basado en Proverbios 31:10-31, predicado en la 10ª Iglesia Presbiteriana de Santiago el domingo 5 de mayo de 2019. 

¡Basta de líderes evangélicos sin el evangelio!

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1ª Pedro 5:1-4).

Sin lugar a dudas, vivimos un momento crítico para las religiones y su comprensión del mundo y de la vida. Pero lo que podría ser entendido como oportunidad desde el estudio, la oración y la vida en comunidad, se ve dificultado cuando los medios de comunicación y algunos organismos estatales han buscado-y-encontrado en las iglesias una serie de prácticas reñidas con la ética bíblica y la legalidad vigente de los países. Abusos de poder, con expresiones que van desde la tiranía eclesiástica, la violencia física y psicológica, hasta los deleznables maltratos de índole sexual; las estafas y malversaciones de fondos; todo esto amparado por estructuras y lógicas sectariamente autoritarias, en las que se ejerce el control de las conciencias desde un discurso de fe. Sabemos que no todos los pastores y líderes de nuestras iglesias incurren en este tipo de actos, pero los que sí las cometen manchan la dignidad y testimonio de Jesucristo y de toda la hermandad que profesa la común fe. A todas luces, estamos frente a la construcción de una alta y pesada barrera para la proclamación del evangelio y, a la vez, ante las evidencias del desprecio a la enseñanza bíblica y teológica, la despreocupación integral de los fieles e, inclusive, la discriminación social dentro de nuestras comunidades.

Por lo mismo, quise fundamentar mi reflexión en el texto del viejo apóstol Pedro, quien con toda la humildad del mundo no ocupa su oficio como título grandilocuente, ya que se reconoce como un “presbítero” más entre otros colegas de labor, miembro de una iglesia de cristianos dispersados por la persecución en toda el Asia Menor. Aquél que fue “testigo de los padecimientos de Cristo” toma la palabra para hablar desde adentro y con conocimiento de causa. Y su texto tiene la fuerza de una declaración de principios permanentes para quienes tienen la labor de trabajar en la iglesia de Jesucristo, al nivel de decir con suma claridad lo que se debe y no se debe hacer. Veámoslo a continuación: 

  1. Los líderes de la iglesia no deben forzar, sino cuidar. Los líderes de las iglesias tienen la tarea de guiar en el camino de la fe a la congregación, pero dicha labor no tiene nada que ver con una dictadura, no se basa en la imposición sino en la exhortación fiel de la Escritura. El liderazgo cristiano abre caminos y fortalece la formación de quienes tienen dones para el servicio de Cristo y la comunidad, acrecentando el sentido de responsabilidad más que el de obligación, en la lógica antijerárquica del sacerdocio universal de los creyentes. La referencia al oficio pastoril se hace más elocuente cuando Dios Padre en el Antiguo Testamento y Jesucristo en el Nuevo, se presentan como los pastores de su pueblo, quienes a diferencia de los líderes religiosos, sí otorgaban cuidado integral, protección y defensa a sus ovejas. El buen pastor es el que muere y no pone el centro de su acción en su vida e intereses particulares o, derechamente, mezquinos. 
  2. Los líderes de la iglesia no buscan ganancias deshonestas, sino servir voluntariamente. Cuántas personas, creyentes y no, producto del enriquecimiento de quienes han tornado el oficio pastoral en una profesión burguesa, tienden a creer que el pastorado es un camino fácil para enriquecerse, al nivel de pensar (como decía un graffiti en un muro cercano a mi casa de infancia) que “Dios es amor, pero la iglesia es plata”. ¡El trabajo pastoral no tiene como fin último ganar dinero sino servir para glorificar a Dios y edificar a la iglesia! Pastor, líder de la iglesia, sea cual sea tu convicción teológica y práctica denominacional, ¿dónde está el tesoro de tu corazón cuando piensas en tu ministerio?; ¿qué es lo que te motiva a trabajar en la obra que es de Dios y no tuya? 
  3. Los líderes de la iglesia no cometen abuso de autoridad, sino que trabajan para que su testimonio sea ejemplo en la comunidad. ¿En qué momento las palabras “pastor”,  “ministro”, “líder”, “oficial”, “presbítero”, “reverendo” y hasta “apóstol” se convirtieron en significantes de una condición especial más que en roles a realizar? El ejercicio de un oficio en la iglesia no te constituye en parte de una élite con hambre y voluntad de poder, sino que te invita a seguir el método de liderazgo de aquél que no temió “rebajarse”, aparentemente, atándose una toalla en la cintura, tomar un lavatorio y de rodillas lavar los pies de cada uno de sus discípulos, como lo hacía el esclavo de la casa en la Antigüedad.

Por todo lo anterior debemos decir con toda la fuerza de un protestantismo que protesta: ¡Basta!

Basta de líderes que se autodenominan como evangélicos pero en sus predicaciones y discursos, en templos y calles, anuncian cualquier otra cosa menos el evangelio del Reino de Dios. ¡Basta de líderes que como profetas trasnochados se dedican a sembrar odiosidad, intolerancia y miedo a creyentes y no creyentes!

Basta de líderes evangélicos que por sus anhelos de cuotas de poder en la iglesia y la sociedad, y también por la construcción de un ego elevado, hablan arrogándose la representatividad del “pueblo evangélico”, un mundo que no existe como comunidad homogénea, que no tiene y se resiste a tener “Papas”, “papitos” o “patrones”, sino más bien un mundo con declaraciones de fe propias y con prácticas muy particulares.

Basta de líderes evangélicos que ocupan los púlpitos de sus iglesias a modo de plataformas políticas en las que dan la palabra a candidatos que propician sus ideologías, o que erigen y empoderan a miembros de sus filas para postularse a algún cargo público, con el consecuente llamado a sufragar por el candidato que “representa los valores del pueblo de Dios”, otra cosa que no existe a cabalidad. ¡Basta de control de las conciencias!

Basta de líderes evangélicos que colocan en posiciones de poder a hijos, hermanos, otros familiares y amigos, para constituir un séquito que malentiende la lealtad, que articula una élite de intocables a los que jamás les llega la disciplina eclesiástica. El ejercicio de los dones por parte de creyentes no requiere de un currículum vitae potenciado por lógicas de nepotismo y compadrazgo, sino más bien por la obra del Espíritu Santo discernida, evaluada y juzgada por una congregación afirmada en la Biblia. Y esto no quiere decir que un hijo de pastor no pueda ser pastor, sino que su criterio de elección no puede estar supeditado a cuestiones de familiaridad sino a un don que es reconocido por creyentes debido a la edificación que produce a la comunidad.

Basta de líderes evangélicos que ocupan los recursos de la iglesia para abrir fundaciones, ONGs y hasta empresas de diverso tipo, para concretizar sus agendas y proyectos que buscan el enriquecimiento personal o la conquista de una posición de influencia, que corrompen sistemas de gobierno eclesiástico, que dividen iglesias articulando mafias internas y que no obstan con emplear medios corruptos para empoderarse ellos y debilitar a otros, ensuciando testimonios de hermanos sin posibilidad de contrarrestar sus versiones oficiales. ¡Basta de líderes evangélicos que enseñan de ética protestante del trabajo a sus miembros sin aplicarla, aumentando la corruptela en un país que está perdiendo cada vez más la ingenuidad!

Basta de líderes evangélicos que creen que se “rebajan” cuando van al “punto de predicación” con los hermanos, cuando reciben instrucción en la escuela dominical o se dejan aconsejar por otros líderes y hermanos, cuando comparten la misma mesa con la hermandad y no una especial “para pastores”, cuando toman una escoba para barrer el templo, o una herramienta para reparar un artefacto dañado, o cuando se disponen a servir una mesa… ¡lo que rebaja a un ministro del evangelio es un testimonio que no se condice con la ética que predica! 

Basta de líderes que creen que la solución a todos los males está sólo en una mayor formación teológica. ¡La educación no tiene el poder para redimir, Cristo y sólo él puede hacerlo! Los líderes pueden ser conocedores eruditos de la Biblia, eminentes teólogos de cuya boca emerge sabiduría ortodoxa, respetuosos aplicadores de los principios de la hermenéutica y de la homilética… pero todas esas cosas se transforman en simples patrañas cuando el testimonio y la ética dejan mucho que desear.

Basta de líderes evangélicos que gustan de aparecer en televisión, sin entender que hacen “circo” con ellos, por el morbo que producen sus palabras y acciones. Es ofensivo que dichos sujetos moldeen una imagen de lo evangélico por el ruido supino de una voz que construye la idea que para ser cristiano o ir a la iglesia hay que sacarse el cerebro. 

Basta de líderes y actores evangélicos que tienen el poder económico para pagar reportajes en medios masivos de comunicación, con el afán de lavar su imagen pública a costa de sus congregaciones en las que alguna vez desarrollaron hermosas labores. 

Basta de líderes evangélicos que actúan con delirio de persecución cuando están frente al disenso, sobre todo, cuando nuestra mirada parcelada de la realidad es puesta en cuestión por actores creyentes y no creyentes. Para ello, debemos entender que la fe cristiana es una mirada de la realidad total, y que por ende, así como propone una visión respecto de la moral sexual, también propone que la ética debe estar ligada a la acción política huyendo de la lógica maquiavélica, y pone en la palestra el ejercicio de injusticia sistemático contra pobres-huérfanos-viudas-y-migrantes, denunciando los abusos contra el prójimo y el espacio habitado. ¡Basta de líderes que estupidizan y satanizan a los otros sin más argumento que la prepotencia que pone en cuestión la libertad de conciencia, actitud que en algún momento nos puede golpear en la cara y reducir efectivamente nuestras posibilidades de acción en el mundo!

Y, por supuesto, basta de congregaciones que pavimentan el camino a este tipo de liderazgos. Aquí no hay solamente falsos maestros, hay también, en las palabras de Pablo a Timoteo (2ª Timoteo 4:3,4), oyentes que dan rienda suelta a sus malos deseos y que gustan de escuchar las novelerías, mitos, innovaciones doctrinales y, por supuesto, las enseñanzas que sacien su banal necesidad. Este tipo de miembros de iglesias son los causantes de estos falsos líderes: en la lógica de una fe mercantilizada, ellos son consumidores de iglesia y de los beneficios que conlleva ocultar la verdad y legitimar a estos falsos dirigentes que quieren y, tristemente, se merecen. Las verdaderas víctimas acá son aquellas personas que trabajaron y dieron esforzadamente para la obra de Dios, y cuando lo oculto salió a la luz pudieron notar que en realidad fue para la solidificación de un patrimonio individual con aquello que éticamente no pertenecía a quienes redituaron con la fe.

Hoy más que nunca debemos poner la vista donde corresponde: en Cristo que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, lo que nos da esperanza en el momento crítico que vivimos, en el que parece que sólo nuestras miserias resaltan. Debemos buscar constituirnos en iglesias que anhelan ser renovadas por el Espíritu Santo y que se reforman continuamente a la luz de la Escritura. Debemos ser iglesias que dejan, con arrepentimiento y fe, toda la bazofia a la que le hemos dicho “¡basta!”, para ponernos a trabajar en lo que verdaderamente nos compete, a saber, que activa y armoniosamente sigamos extendiendo nuestra mano para arrojar la buena semilla del evangelio y para trabajar para la gloria de Dios en cada esfera de la vida. Si no lo hacemos, terminaremos construyendo iglesias a nuestra imagen y semejanza, espacios que no prevalecerán, pues no son “de Jesús la iglesia” y por eso “constante no ha de ser”. La iglesia que lleva nuestro apellido terminará como todo aquello que es vanidad. 

Luis Pino Moyano.


 

Publicado originalmente en Pensamiento Pentecostal.