Somos sacerdotes para Dios.

Los reformadores del siglo XVI Martín Lutero, Ulrico Zwinglio, Juan Calvino, John Knox, entre otros, fueron fundamentalmente predicadores de la Palabra de Dios. Y en dicha comunicación nos enseñaron algunos principios relevantes como los que mencionaré: a) la centralidad y suficiencia de Cristo, b) la salvación por pura gracia, c) la justificación por la fe, d) que nuestra doctrina y práctica está sustentada sólo en la Palabra y en toda ella. Nos enseñaron también que hemos sido hechos libres para amar y servir, que la iglesia reformada debe siempre reformarse a la luz de la Palabra y que sólo Dios debe ser glorificado en todo y por todos. Todas esas enseñanzas relevantes tuvieron un punto en común: no fueron innovaciones ni inventos, como sí lo era, por ejemplo, la predicación de las indulgencias. El mayor mérito de la Reforma Protestante fue su falta de originalidad. Lo que los reformadores hicieron, y lo que nosotros debemos seguir haciendo, es ir a la Escritura, y recoger de allí lo que creemos, pensamos y vivimos. Lo que debemos imitar es el reconocimiento del alto valor que tiene la Palabra revelada de Dios, inspirada por el Espíritu, leída en comunidad y en nuestro idioma con la ayuda del Espíritu Santo. Tener la Palabra como centro y base es más que una declaración doctrinal, es un estilo de vida.

Una de las cosas más terribles que hizo el catolicismo romano en los siglos del Medioevo, y que en muchos lugares se sigue entendiendo así, dice relación con la separación de trabajos sagrados y profanos. Eso hizo que no sólo se valorara al sacerdocio como un trabajo sagrado en detrimento de otros oficios, sino que se derivara en una clericalización de la iglesia, es decir, se construyó una clase alta de personas superiores que tienen el poder de decir cómo creer y vivir la fe, dando paso a muchas acciones tiránicas. Frente a eso se alzó como una de las banderas de lucha de la Reforma Protestante la doctrina del Sacerdocio Universal de los Creyentes. Lutero dijo con toda claridad en su “Tratado sobre el Nuevo Testamento”: “Por lo tanto todos los cristianos son sacerdotes, todas las cristianas sacerdotisas, sean jóvenes o viejos, amos o siervos, amas o criadas, eruditos o ignorantes. En esto no hay diferencia alguna” [1].

¿Qué nos enseña la Biblia sobre esta doctrina? A través de la lectura de la Palabra de Dios daremos cuenta del significado, las bendiciones y las responsabilidades del sacerdocio universal de los creyentes.

1. ¿Qué significa el sacerdocio universal de los creyentes?

Los sacerdotes en el Antiguo Testamento eran sujetos que provenían de la tribu de Leví y que cumplían funciones en el tabernáculo y, posteriormente, en el templo. Dichas funciones eran: a) la mediación entre el pueblo y Dios, centrados por el sistema ceremonial y cúltico; b) el consultar a Dios para reconocer la voluntad divina para el pueblo de Dios; y c) la interpretación y enseñanza de la ley de Dios. Haciendo una interpretación de la obra de Cristo, teniendo en cuenta el anuncio del texto veterotestamentario, el autor desconocido de la carta a los Hebreos, dijo: “Cristo, por el contrario, al presentarse como sumo sacerdote de los bienes definitivos en el tabernáculo más excelente y perfecto, no hecho por manos humanas (es decir, que no es de esta creación), entró una sola vez y para siempre en el Lugar Santísimo. No lo hizo con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, logrando así un rescate eterno. La sangre de machos cabríos y de toros, y las cenizas de una novilla rociadas sobre personas impuras, las santifican de modo que quedan limpias por fuera. Si esto es así, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente!” (Hebreos 11:9-14). Este texto nos enseña tres verdades fundamentales acerca del oficio sacerdotal de Cristo y del cumplimiento en él de lo anunciado por el sistema ceremonial del Antiguo Testamento: a) Cristo es el sumo sacerdote; b) Cristo es el templo; y c) Cristo es la ofrenda. La muerte de Cristo fue en favor de su pueblo, en beneficio suyo y en su lugar. Fue, además, un sacrificio único y perfecto. A tal nivel cambia la noción religiosa de los primeros, que Timothy Keller dice sobre esto en un diálogo imaginario: “Cuando el cristianismo surgió, no fue considerado como una religión. Era la no-religión por excelencia. Imaginen a los vecinos de los primeros cristianos preguntándoles por su fe. ‘¿Dónde está ti templo?’. Los cristianos respondían que no tenían templo. ‘¿Cómo puede ser? ¿Dónde ofician sus sacerdotes?’. Los cristianos respondían que no tenían sacerdotes. ‘Pero… -balbuceaban sus interlocutores- ¿dónde están los sacrificios para complacer a sus dioses?’. Los cristianos respondían que ellos ya no hacían sacrificios. Jesús era el templo para acabar con todos los templos, el sacerdote para acabar con todos los sacerdotes, y el sacrificio para acabar con todos los sacrificios” [2]. Cristo modificó nuestra forma de acercarnos a la vida verdadera y a nuestra relación con Dios. Todo esto es fundamental para entender el oficio universal de los creyentes como sacerdotes para Dios. 

El apóstol Pedro en su primera carta, hablando de los creyentes en Cristo Jesús dice: “Cristo es la piedra viva, rechazada por los seres humanos, pero escogida y preciosa ante Dios. Al acercarse a él, también ustedes son como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. De este modo llegan a ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo. Así dice la Escritura: ‘Miren que pongo en Sión una piedra principal escogida y preciosa, y el que confíe en ella no será jamás defraudado’. Para ustedes los creyentes, esta piedra es preciosa; pero para los incrédulos, ‘a piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular’, y también: ‘una piedra de tropiezo y una roca que hace caer’. Tropiezan al desobedecer la palabra, para lo cual estaban destinados. Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido” (1ª Pedro 2:4-10).

El texto nos enseña que somos una comunidad de sacerdotes, y cada uno de quienes conformamos dicha comunidad somos, metafóricamente, piedras del templo de Dios. Somos sacerdotes no sólo de manera individual, sino comunitariamente: ¡No existe posibilidad para un cristianismo solitario! El cristianismo es comunitario por definición. Como diría John Leith: “Todos son iguales ante Dios, gozan de los mismos privilegios y participan de las mismas responsabilidades” [3]. El versículo 4, nos señala que Cristo es la piedra viva y fundamental. Es una piedra viva, porque es una persona y también porque tiene el poder de darnos vida a todos los demás. Fue rechazada por los hombres (¡la muerte en la cruz!), pero aprobada por Dios (¡la resurrección, ascensión y glorificación!). Es sobre Cristo que la comunidad puede encontrar fundamento sólido, porque Él es la roca inconmovible. Fuera de Cristo todos nuestros proyectos fracasan. Por su parte, Pedro en el versículo 5 señala que nosotros somos piedras vivas, esto, porque tenemos vida en Cristo. Esto, nos plantea el desafío de ser templos del Dios vivo y nos responsabiliza en la noble tarea de presentar sacrificios espirituales para Dios (más adelante hablaremos sobre eso). Es comunitariamente que presentamos dichos sacrificios para Dios, pues juntos somos piedras vivas, juntos somos el templo de Dios. A su vez, los versículos 9 y 10 nos presentan que nuestra nueva identidad como pueblo de Dios es por pura gracia, que somos reyes y sacerdotes para Dios, y que eso nos responsabiliza en la vida y el testimonio. En el Israel de Dios, conformado por judíos y gentiles, no hay un clero de sacerdotes, una clase diferente de creyentes especiales, sino un pueblo de sacerdotes. Los oficios de Cristo de rey, profeta y sacerdote, son también los oficios de la iglesia. 

Orlando Costas, en su libro “La iglesia y la misión evangelizadora”, dijo: “En primer lugar, quiere decir que cada cristiano, en virtud del sacrificio vicario de Jesucristo sobre la cruz, puede acercarse a Dios personalmente sin mediación de ninguna otra persona (Heb. 8:10-11). En segundo lugar, quiere decir que por cuanto cada creyente es miembro del cuerpo de Cristo, tiene una función, un ministerio y una misión particular que ejecutar. Dicha misión no es distinta a la misión de la Iglesia, sino que está íntimamente vinculada a ésta. En otras palabras, la Gran Comisión no es responsabilidad de una casta selecta dentro de la Iglesia, sino de cada creyente, no importa cuán humilde o cuán ignorante sea” [4]. No necesitamos mediadores para adorar, podemos ir ante la presencia de Dios todos los días de nuestra vida, sabiendo que Dios está presente y escucha nuestras plegarias. Además, la misión no es cosa de profesionales, es tarea de la iglesia, cada creyente tiene el deber sagrado de presentar a otros las buenas nuevas de Jesucristo. 

2. ¿Qué bendiciones trae el sacerdocio universal de los creyentes?

Sin lugar a dudas, la mayor bendición es que Cristo sea nuestro mediador.  Dice el evangelio de Mateo: “Entonces Jesús volvió a gritar con fuerza, y entregó su espíritu. En ese momento la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló y se partieron las rocas” (Mateo 27:50,51). Cristo, con su muerte en la cruz abrió el camino para que no necesitáramos más mediadores humanos en nuestra relación con Dios. Su muerte hace que Él, y sólo Él, sea el perfecto mediador. El velo del templo rasgado es un poderoso símbolo del fin de la ley ceremonial, ya que el camino a la presencia de Dios fue abierto por Jesucristo. El autor desconocido de la carta a los Hebreos también señaló: “Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos” (Hebreos 4:14-16). Cristo es nuestro fiel abogado en los cielos, a quien podemos acudir en nuestros momentos de necesidad. En Él tenemos gracia que nuestra vida necesita. Solo Cristo, sola gracia. 

Además, que nosotros seamos sacerdotes también es una bendición. Somos sacerdotes no por mérito propio o por capacidades que se entrenan en una preparación académica: somos sacerdotes por la gracia de Dios. Somos sostenidos en nuestro sacerdocio por Cristo. Podemos participar de la comunión con Dios porque Cristo triunfó en la cruz. Todo eso, nos invita a vivir y testimoniar como sacerdotes, que es lo que veremos a continuación.

3. ¿Qué responsabilidades trae el sacerdocio universal de los creyentes?

¿Se acabaron los sacrificios luego de la muerte de Cristo? El fin de la ley ceremonial del Antiguo Testamento no acabó con la necesidad de los sacrificios, sino que los redefinió. Ya no matamos ni quemamos animales, pero presentamos otros sacrificios. ¿Qué sacrificios presentamos a Dios hoy? Los siguientes textos nos ayudan a entender la adoración renovada de la comunidad de sacerdotes. 

Romanos 12:1,2: “Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta”. El sacrificio que se nos demanda acá es que toda nuestra vida esté rendida a Dios y sujeta a su Palabra. Se trata de una obediencia radical a Dios, una disciplina espiritual en la que no nos dejamos moldear por las ideas de la cultura imperante. Necesitamos una constante “metanoia”, una transformación del corazón, lo que involucra el intelecto, las emociones y la voluntad. Dios quiere que le demos toda nuestra vida, no las sobras de ella. 

Hebreos 13:15,16: “Así que ofrezcamos continuamente a Dios, por medio de Jesucristo, un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre. No se olviden de hacer el bien y de compartir con otros lo que tienen, porque esos son los sacrificios que agradan a Dios”. Se nos enseña acá que estos sacrificios se entregan continuamente y no de vez en cuando y que se ofrecen a Dios por medio de Jesucristo. Estos sacrificios agradan a Dios, pues la gracia nos invita a vivir para Dios. El testimonio no salva, pero es el fruto de corazones agradecidos, que son vivificados por el Espíritu Santo. Y luego menciona sacrificios espirituales, a saber, labios que le adoran haciendo resonar aquello que abunda en nuestro corazón. La adoración es un tema fundamental de la teología cristiana que entiende que nuestro fin principal es “glorificar a Dios y gozar de Él para siempre” (Catecismo menor de Westminster, pregunta 1). Y también, practicar la justicia que entre los actos concretos se hace manifiesta en la misericordia. La justicia y la misericordia en la Biblia caminan de la mano. No sólo esperamos justicia de otros, hacemos justicia cuando practicamos lo que la Biblia enseña y cuando compartimos aquello que Dios nos da. Siempre tenemos algo para dar, por muy poco que sea. Siempre podemos compartir. 

El que seamos sacerdotes para Dios trae las siguientes implicancias:

· Esta doctrina incluye aspectos de la doctrina de la salvación y de la iglesia, junto con la tarea misional. Los redimidos por Jesucristo desempeñan su trabajo para Dios en el mundo en la totalidad de las esferas de la vida. No existe separación de trabajos sagrados y profanos. Hemos sido llamados a la vocación sagrada de ser sacerdotes en el mundo. 

· El sacerdocio universal une y edifica a la iglesia. Señala la necesidad de la participación de todos y de su capacitación para su área de quehacer. Hace poner la vista en los demás buscando la edificación de la hermandad. 

· El Espíritu Santo fue derramado en todos los creyentes. El Señor otorga dones, comisiona y capacita a los líderes a su labor. La iglesia reconoce los dones y el llamado del Señor (oficios particulares, presbíteros y diáconos). En el presbiterianismo ese reconocimiento se manifiesta en la votación en el marco de las asambleas. 

· Los roles específicos de los oficiales de la iglesia no niegan el sacerdocio universal de los creyentes. Todos los creyentes son llamados a servir. Los líderes son siervos de Dios que cuidan a su pueblo.

· En la Biblia el liderazgo tiene poco que ver con jerarquías, sino más bien con relaciones significativas de acompañamiento espiritual.

· Se debe evitar la profesionalización y la burocratización del liderazgo, como la distinción entre clero y laicos. La Reforma rompió con esa diferenciación. Mantener esa distinción porque la iglesia funciona bien, es “romanismo larvado” (Juan Wherli).

· Timothy Keller, en su libro “Iglesia centrada”, señala: “El Espíritu equipa a todo creyente para ser un profeta que trae la verdad, un sacerdote que sirve con simpatía y un rey que llama a otros a un amor responsable; incluso si carece de dones especializados para el oficio o ministerio a tiempo completo. […] Esta comprensión del oficio general ayuda a prevenir que la iglesia se vuelva una burocracia de arriba hacia abajo, conservadora, alérgica a la innovación. Nos ayuda a entender a la iglesia como un ministerio que cambia la vida y que cambia el mundo; todo sin depender del control y la planificación de una jerarquía de líderes” [5].

Por todo lo anterior, todos somos responsables de la vida en comunidad. Todos somos responsables de nuestros hermanos. Todos somos responsables de cuidar la iglesia. Todos somos responsables de aprender y servir. Si tú no estás sirviendo hoy en tu comunidad, no estás cumpliendo con el llamado sagrado que Dios te ha dado para que seas un sacerdote.

Para reflexionar y practicar. 

Me libraré de decir algunas cosas citando a R. B. Kuiper, en su excelente libro “El cuerpo glorioso de Cristo”, dijo: “¡Cuán pocos miembros de la iglesia hoy en día son serios estudiantes de la Sagrada Escritura! ¡En cuán pocos hogares, llamados cristianos, es dado un lugar de honor el culto familiar, en el cual los padres oran con y por sus hijos y les enseñan la Palabra de Dios! ¡Cuán pocos, al regresar a casa después del servicio de predicación, siguen el ejemplo de los de Berea que escudriñaban la Escrituras para ver si las cosas eran así (Hch. 17:11)! ¡Cuán pocas iglesias pueden mantener activa una organización para sus hombres! ¡Cuán pocas organizaciones de mujeres en las iglesias, además de tener costura y levantar fondos para la iglesia, se ocupan en el estudio de la Biblia! ¡Cuán pocos miembros de la iglesia son capaces de dirigir a la congregación en oración pública! ¡Cuán pocos de los miembros en plena comunión reúnen las cualidades para servir como ancianos y diáconos! ¡Cuán pocos miembros de la iglesia se dan cuenta que es su solemne deber amonestar a los miembros que andan desordenadamente! ¡Cuán pocos participan en los esfuerzos evangelísticos!” [6]. Si hay algo de aquí que resuena en tu mente, es a tu conciencia. Si estás sirviendo en todas estas áreas, persiste en la gracia, buscando la gloria de Dios y no la tuya. 

La sana comprensión de esta doctrina nos puede llevar a asimilar tres cosas fundamentales:

· La primera, que como iglesia tenemos una profunda necesidad: los líderes de la iglesia necesitan sacarse la “capa de superhéroes” y nosotros tenemos el deber de sacar esa capa de nuestras mentes. Si bien es cierto, la Biblia nos demanda a quienes trabajamos para el cuerpo de Cristo cumplir con una serie de requisitos, que son parte de nuestra tarea, y que más allá de las manchas de nuestro pecado contamos con la ayuda del Espíritu Santo para ello, nuestra comunidad nunca entenderá la fuerza de la sola gracia de Dios si no nos entienden como personas que somos vulnerables. Los líderes de la iglesia somos vulnerables, no somos modelos terminados de santidad, porque somos pecadores, débiles, ignorantes en algunas áreas. Por eso, creemos que el gobierno presbiteriano de la iglesia es mejor, no sólo porque no se centraliza el poder en una sola persona, sino porque mi debilidad es suplida por la fortaleza del otro. 

· La segunda, es una comprensión de la historia en clave de providencia: a veces, Dios en su soberanía y perfecta sabiduría, se place de usar como medio la manifestación de debilidades de nuestros líderes en la iglesia, la enfermedad o situaciones traumáticas vividas por ellos, e inclusive, procesos divisivos de la iglesia, para que podamos ver con toda claridad en qué cosas o en quiénes estamos poniendo nuestra confianza. No somos indispensables para el cuerpo de Cristo. Sólo Cristo, como fundamento lo es. Sólo en su gracia, podemos ser piedras vivas dentro de la casa que es todo el pueblo de Dios. También, dichas circunstancias nos hacen ver en quién estamos descargando responsabilidades que podríamos nosotros realizar, pues “quien no trabaja da trabajo”. 

· En tercer lugar, los líderes de la iglesia, en especial los pastores, tienen necesidades espirituales y necesitan ser pastoreados y animados en la misión. Barnabas Piper, hijo del pastor John Piper, plantea en un libro en el que habla de su experiencia como hijo de pastor, dice: “Los hijos de los pastores necesitamos ver que nuestros padres se quitan el traje y la corbata y disfrutan de un buen tiempo de risas con amigos cercanos. Tenemos que ver la intensidad de nuestros padres expresada en la predicación, pero también tenemos que ver esa misma intensidad en otras áreas de la vida que no tienen que ver con la iglesia, la teología o el ministerio. Tenemos que ver a nuestros padres recurrir a un amigo querido cuando golpea una crisis o el dolor abruma. Necesitamos ver una cultura, aunque sea pequeña, de verdadera amistad. (La iglesia como un todo necesita lo mismo: ver un pastor que tiene un círculo de amigos que son queridos, honestos, que cuidan, y testarudos). De lo contrario, nos volvemos personas atrofiadas socialmente y lisiadas relacionalmente que tienen luchas para ser honestos y depender de otros cuando necesitamos ayuda, consuelo y dar cuentas” [7]. ¿Estás dispuesto a ser un amigo de pastor? ¿Estás dispuesto a hablar con ellos no sólo cuando tienes momentos difíciles en los que necesitas consejería, sino cuando quieres conversar de religión, política y fútbol? ¿Estás dispuesto a aconsejar y pastorearles cuando ellos también lo requieren?

En síntesis, el sacerdocio universal es un llamado a salir de la comodidad para comenzar a trabajar: en el evangelismo, el discipulado, la adoración, la familia, la comunidad eclesial y en las distintas vocaciones que Dios nos ha dado. Somos sacerdotes todos los días, en todo lugar y toda la vida. Como toda bendición va acompañada de responsabilidades, y para ello, necesitamos a Jesucristo, el perfecto sumo sacerdote, aquel que nos toma de la mano, nos transforma, corrige, anima, consuela y nos ayuda a caminar. Pongamos nuestros ojos en Cristo. Descansemos en Él, para que trabajemos en la iglesia y en el mundo sin pesos innecesarios. 

Luis Pino Moyano.

Este artículo tuvo como base el bosquejo de mi predicación en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el 31 de octubre de 2019, en el marco de la celebración del Día de la Reforma Protestante. 


Notas bibliográficas.

[1] Citado en: Justo González. Historia del pensamiento cristiano. Barcelona, Editorial CLIE, 2010, p. 635. 

[2] Timothy Keller. El Dios pródigo. Miami, Editorial Vida, 2011, p. 23.

[3] John Leith. A Tradição Reformada. Uma maneira de ser a comunidade cristã. São Paulo, Pendão Real, 1997. p. 168. 

[4] Orlando Costas. La iglesia y su misión evangelizadora. Buenos Aires, Editorial La Aurora, 1971, p. 65.

[5] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 367. 

[6] R. B. Kuiper. El cuerpo glorioso de Cristo. Guadalupe, Editorial CLIR, 2018, pp. 151, 152. 

[7] Barnabas Piper. El hijo del pastor. Miami, Editorial Patmos, 2016, pp. 120, 121.

Navidad y la paz.

“Noche de paz” debe ser uno de los villancicos más conocidos y transversales a las distintas tradiciones cristianas, por ende la paz es un tema del que hay que hablar en una ocasión como esta. Sí, paz. Aún en medio de los tiempos convulsionados que estamos viviendo en nuestro país, podemos hablar de paz. La ausencia de paz, o el no entendimiento de ella, ha sido una constante en la historia del mundo. Desde la caída de Adán, que no sólo trajo un quiebre en la relación con Dios, sino también con su esposa Eva, y luego en el asesinato de Abel por parte de su hermano Caín, podemos ver el origen de la ausencia de paz con Dios y con nuestro prójimo. Eso es en esencia el pecado: apartar la vista de Dios, lo que nos lleva a poner la vista en nosotros mismos, apartándola de nuestro prójimo y del mundo en que vivimos. 

En tiempos más cercanos, el siglo XX fue uno donde la paz no era el pan de cada día. Dos guerras mundiales, marcaron su primera mitad. Luego de la segunda de ellas, Gabriela Mistral, nuestra Premio Nobel de Literatura, con la agudeza que la caracteriza escribió un breve texto llamado “La palabra maldita”, mientras vivía en Veracruz en 1950. Esa palabra maldita era “paz”. Ella señalaba que se encontraba carente de todo sentido, su uso era banal, pues se hablaba de ella por todos lados, y hasta con mucha alegría aparente, pero nadie la vivía. Mistral dice: “La palabra ‘paz’ es vocablo maldito. Usted se acordará de aquello de ‘Mi paz os dejo, mi paz os doy’. Pero no está de moda Jesucristo, ya no se lleva”. Señala más adelante: “la palabra más insistente en los Evangelios es ella [¡paz!] precisamente, este vocablo tachado en los periódicos, este vocablo metido en un rincón, este monosílabo que nos está vedado como si fuera una palabrota obscena. Es la palabra por excelencia y la que, repetida hace presencia en las Escrituras sacras como una obsesión”.

¿Es la paz una palabra maldita para nosotros los creyentes en Cristo? ¿Qué nos hace falta para vivir en paz? ¿Qué significa la paz a la luz de la Palabra? ¿Cuándo la tendremos? Son preguntas demasiado necesarias. Y la esperanza de Adviento nos permite que nos acerquemos a ella, porque Cristo es quien trae y produce paz. En este artículo, veremos el anuncio de la paz, y sobre la paz-ya y la paz-todavía-no.

El anuncio de la paz.

Desde el cautiverio babilónico, y mientras más pasaba el tiempo, sobre todo en el contexto de los cuatrocientos años de silencio entre los testamentos se aceró la espera del Mesías (Leer como ejemplo, Lamentaciones 5). Se anhelaba la venida de un libertador político que les liberara del yugo romano, y un salvador que les liberara de la enfermedad y las dificultades físicas y materiales. Se hablaba de “la consolación de Israel” o “la redención de Israel”. Jesús llegó a un pueblo que esperaba y anhelaba al Mesías. Lo que nadie esperaba era que su triunfo fuese por medio de una aparente derrota: la cruz. Es en medio de esa espera que surge el anuncio. 

“En esa misma región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, turnándose para cuidar sus rebaños. Sucedió que un ángel del Señor se les apareció. La gloria del Señor los envolvió en su luz, y se llenaron de temor. Pero el ángel les dijo: ‘No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido en la Ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: Encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’. De repente apareció una multitud de ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: ‘Gloria a Dios en las alturas […](Lucas 2:8-14a).

Pongamos la atención en los receptores del mensaje: se trata de pastores trashumantes, viajeros estacionales, que buscaban los mejores lugares para que pastara su ganado. También lo hacían en invierno, para cuidar los animales que eran usados para los sacrificios. Era gente conocida por su olor: a humo y a animal, mezclado con sudor luego de tanta caminata. Pero eso no era nada al lado del prejuicio que cargaban. Los pastores eran sujetos despreciados, pues su trabajo les impedía guardar la ley ceremonial. Además de eso, como viajeros dentro del país, era común que muchos de ellos se volvieran ladrones. Es decir, los ángeles que cantan a la gloria de Dios lo hacen teniendo como audiencia a los malacatosos y malandras del mundo. Por su parte, la manifestación angelical produjo miedo en ellos, cosa muy propia en fenómenos sobrenaturales como ese, por lo que necesitan recibir aliento. El mensaje les quita el miedo y les dota de profunda alegría, de verdadera alegría. No alegría basada en momentos ni en cosas que pueden perecer y acabarse, sino una que está sustentada en Cristo y su redención. 

El mensaje tiene como centro y protagonista a Jesucristo. El nacimiento de un Salvador es de un libertador del pecado y la muerte. ¡Cristo tiene el poder para redimir todas las cosas! La mención de Cristo como Señor es una designación que refiere a la divinidad (reservado celosamente a Dios en el AT) y al dominio de Cristo. Además, es una declaración subversiva en el contexto imperial, en el que el César era llamado “señor”. Por eso, la primera confesión de fe de la iglesia cristiana, a saber, “Cristo es el Señor” no sólo era una declaración de ortodoxia teológica, sino un principio de vida tan radical que podría llevar a la pérdida de ella, a la muerte portando un testimonio, que es el significado literal del martirio. Aún así, la vista nunca está en nosotros sino en Dios: “Gloria a Dios en las alturas”. Soli Deo Gloria. 

Notemos algunos aprendizajes prácticos hasta acá. 

· Los pastores reciben el mensaje de Dios cuando trabajan. Cuestión clave en la Biblia. Dios se presenta y llama a la misión a gente que está ocupada, que está haciendo algo o está pensando en cosas por realizar. Por eso, la excusa de “no puedo porque tengo algo que hacer”, resulta tan falta de realismo e, incluso, ofensiva en relación a quienes se han dispuesto a servir a Dios.

· El mensaje produjo alegría en los pastores. Las preguntas aparecen de inmediato: a) ¿el evangelio produce alegría en los lugares en los que vives y te relacionas con otras personas?; b) ¿celebras culto a Dios con alegría o por rutina?

· El mensaje de la Navidad es esperanzador: produce que descansemos de nuestra autojusticia, de nuestros temores, fracasos y yerros. Cristo es quien nos salva.

· Cristo es el Señor. Lo que verían los pastores, sería a un bebé, acostado en un cajón que se usaba para que los animales comieran, y no a un rey poderoso. Cristo estuvo dispuesto a ser un bebé, pequeño y vulnerable. Estuvo dispuesto a perder el control. ¿Estarías dispuesto a perder el control para que el Niño de Belén sea tu verdadero Señor?

La paz ya.

“Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad (Lucas 2:14, el subrayado y la acentuación es propia). 

En el contexto del anuncio angelical se hablaba mucho de paz, de la Pax Romana, que era un artilugio impuesto y opresivo, y que correspondía al sometimiento de un súbdito (la figura posterior del vasallaje podría servir para tenerla en mente). Pero más que la pax romana, y que cualquier paz construida por seres humanos, la paz que produce Cristo es profunda y duradera. Es un acto de la gracia de Dios el recibir la paz. La paz no es para todos, es una promesa para su pueblo, la gente que Dios amó.

La paz de Cristo ya había sido anunciada en el Antiguo Testamento. El profeta Isaías señaló: “Juzgará con justicia a los desvalidos, y dará un fallo justo en favor de los pobres de la tierra. Destruirá la tierra con la vara de su boca; matará al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será el cinto de sus lomos y la fidelidad el ceñidor de su cintura. El lobo vivirá con el cordero, el leopardo se echará con el cabrito, y juntos andarán el ternero y el cachorro de león, y un niño pequeño los guiará. La vaca pastará con la osa, sus crías se echarán juntas, y el león comerá paja como el buey. Jugará el niño de pecho junto a la cueva de la cobra, y el recién destetado meterá la mano en el nido de la víbora. No harán ningún daño ni estrago en todo mi monte santo, porque rebosará la tierra con el conocimiento del Señor como rebosa el mar con las aguas. En aquel día se alzará la raíz de Isaí como estandarte de los pueblos; hacia él correrán las naciones, y glorioso será el lugar donde repose” (Isaías 11:4-10). Este texto es clave para entender lo que se denomina perspectiva profética. Hay muchos acontecimientos y acciones pasadas-presentes-y-futuras que se entremezclan en este relato. Es que el Reino de Dios tiene dos dimensiones temporales: “ya, pero todavía no”. Por ejemplo, el texto habla del juicio de Dios. ¿En qué consiste el juicio divino? Consiste en la preocupación paternal del Rey por los pobres y afligidos de la tierra y su rechazo a la tiranía, impiedad e injusticia. El propósito para la vida humana, sin distinciones ni favoritismos, es Shalom, paz, armonía social y vida en abundancia. Dicho Shalom es fruto de la justicia según Isaías 32:17. Su acción, por lo tanto, se orienta a restaurar o vindicar a quienes sufren la injusticia e instituir así la equidad.  

En las palabras del profeta Isaías notamos el estado de paz y de armonía en el que vivirían los súbditos del Reino. Las relaciones violentas y contradictorias serían transformadas de tal manera que nadie provocará el daño del otro. Es el conocimiento de Jehová que llena la tierra, tal y como las aguas cubren el mar, es lo que producirá tal condición social. Aquí no está de más recordar, que para los judíos “conocer” siempre implica “relación”. Entonces, la paz en el ya del Reino de Dios tiene que ver con nuestras relaciones con Dios y con el prójimo, que es lo que veremos a continuación. 

a. La paz con Dios: Sin lugar a dudas una de las palabras más importantes que aparecen registradas en el Apocalipsis son las dichas por Dios, desde su trono, “Yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5). Esa es la expresión del plan redentor de Dios cumplido en Cristo. Dios está en misión, redimiendo a su creación. Pablo dijo en 2ª Corintios 5:17-21: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (RV 1960). Dios está hablando de algo que está haciendo en el presente, no en el futuro (“Yo hago”). La renovación de los creyentes y de todo lo creado es cosa segura en las manos del Dios de toda gracia. Sólo Él nos puede prometer el paraíso verdadero. Esta tarea reconciliadora tiene un alcance salvífico. Romanos 5:1 dice: “En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Es Jesús, que vive la vida perfecta que nosotros no podemos vivir, que cumple la ley de Dios como nosotros no lo hemos podido hacer, que muere por nosotros sin merecerlo por que en amor nos sustituye, que hoy intercede por nosotros ante el Padre como abogado, que es nuestro único mediador entre Dios y los hombres. ¡Es Jesús quien hace todo para que tú y yo podamos volver a tener comunión con Dios! La religión cristiana no se trata de mis esfuerzos ni de los tuyos, se trata del esfuerzo de Dios en Cristo. Nuestra paz con Dios no cuesta nuestros esfuerzos, costó los esfuerzos de Cristo, que dejó su “trono y corona por mi, al venir a Belén a nacer”. 

b. La paz con nuestros hermanos en Cristo: En los tiempos de Pablo, los paganos eran llamados “perros”, y aunque algunos se hicieron prosélitos del judaísmo, nunca fueron aceptados del todo, por el hecho de no ser “hijos de Abraham”. Los judaizantes no se despojaron de ese sentimiento de superioridad que derivaba en desprecio. En la sociedad grecolatina, se miraba con desprecio a los esclavos. Aristóteles había señalado que éstos eran “un implemento animado”. También existía una jerarquización extrema entre hombres y mujeres. Flavio Josefo, historiador judío contemporáneo de Pablo, señaló en uno de sus textos que: “La mujer, como dice la ley, es en todo respecto inferior al varón” (Contra Apión II. xxiv). Todas estas distinciones deben ser abandonadas porque todos somos iguales en Cristo. Dios, en su pueblo, elimina las barreras culturales, sociales y de género, lo que se traduce en que ninguna distinción humana sirve como ventaja en términos de salvación. Pablo dijo: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y, si ustedes pertenecen a Cristo, son la descendencia de Abraham y herederos según la promesa” (Gálatas 3:26-29. Véase también: Romanos 10:12,13; Efesios 2:11-18). La iglesia es el único lugar del mundo en que podemos vivir esa realidad. La iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores o más que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio. Algo que nunca debemos olvidar: somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás.

c. La paz con todo prójimo: El texto bíblico que compartiré a continuación presenta aquello que se vivirá en el juicio final, que devela el proyecto histórico de Dios, manifestado en nuestro testimonio, es decir, palabras, hechos y motivaciones (estas últimas, ocultas en el corazón). Jesús dijo: “Todos los habitantes del mundo serán reunidos en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los machos cabríos, poniendo las ovejas a un lado y los machos cabríos al otro. Luego el rey dirá a los unos: ‘Venid, benditos de mi Padre; recibid en propiedad el reino que se os ha preparado desde el principio del mundo. Porque estuve hambriento, y vosotros me disteis de comer; estuve sediento, y me disteis de beber; llegué como un extraño, y me recibisteis en vuestra casa; no tenía ropa y me la disteis; estuve enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme’. Entonces los justos le contestarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento y te dimos de comer y beber? ¿Cuándo llegaste como un extraño y te recibimos en nuestras casas? ¿Cuándo te vimos sin ropa y te la dimos? ¿Cuándo estuviste enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?’. Y el rey les dirá: ‘Os aseguro que todo lo que hayáis hecho en favor del más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho’” (Mateo 25:32-40, La Palabra). La luz del evangelio debe iluminar en medio de la oscuridad, con la proclamación fiel de la Palabra de Dios, y además, en la muestra de amor al prójimo que se manifiesta en prácticas de justicia y misericordia, y en el trabajo realizado con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. Disociar esas tareas evangélicas, presenta una mirada parcial y débil del evangelio mismo, y diluye el entendimiento de su alcance y poder de transformación. ¿De dónde proviene, entonces, nuestro amor y justicia? Tienen que venir de Cristo. No nos dejemos dominar por los discursos de nuestra época. El evangelio debe ser el fundamento. No hay amor verdadero que no se sustente en Dios. No hay justicia social verdadera que no se sustente en Dios. No hay valoración de la vida humana que no se sustente en Dios. No hay paz verdadera y perdurable que no se sustente en Dios. ¡En él debemos poner nuestra mirada hoy!

La paz todavía no. 

Nuestra esperanza es escatológica y no un mero cambio social, sea del tinte político que sea. Es la redención que aguarda la creación toda. Es el anhelo expresado por el profeta Amós, de “que fluya el derecho como agua y la justicia como un río inagotable” (Amós 5:24). Lo que se manifestará en el Estado Eterno, luego del segundo advenimiento del Rey prometido y esperado. Venida que no sólo esperamos, sino que también amamos. Un día todas las tiranías y todos los reinos de la tierra caerán, pero el reino de Cristo, el Señor en quien debe estar nuestra esperanza y fe, prevalecerá para siempre. Nuestra esperanza está en Cristo. ¡Él consumará la historia! ¡Él construirá la verdadera justicia! ¡Él construirá la paz! ¡Él establecerá el lugar en el que su pueblo podrá encontrarse de manera plena con Dios, con el prójimo y con la buena creación de Dios! 

Ningún hombre o mujer puede lograr aquello. Todo eso, no implica quietismo ni pacifismo, sino que entiende equilibradamente nuestro papel y el de Cristo. El “venga tu reino” y “hágase tu voluntad”, van de la mano, en el Padrenuestro (Mateo 6:10). Nuestra esperanza no está en lo que tú y yo podemos hacer. No está en nuestros bienes y profesiones temporales. No está en que te libres cuidándote sólo a ti y no preocupándote de quienes te rodean. La esperanza que no defrauda está en Cristo. En lo que Él hizo por ti y por mi en la cruz, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin.

La paz que producen la justicia y la gracia de Dios se nos manifiestan en el pesebre y en la cruz. Junto a Charles Spurgeon podemos decir que: “Habrá paz para la raza humana, y buena voluntad hacia los hombres por siempre y para siempre, mientras se dé gloria a Dios en las alturas.” ¡Oh bendito pensamiento! La Estrella de Belén nunca se ocultará. Jesús, el más hermoso entre diez mil, el más amable entre los bellos, es un gozo para siempre”. De eso se trata Adviento y la celebración de la Navidad, de poner nuestra mirada en Jesús, en el que vino a nacer en Belén para inaugurar los postreros tiempos, en el que vendrá con gran gloria y majestad para consumar su obra. Anhelemos la vida en el Reino Eterno, en el hogar prometido, junto a Cristo, quien gobernado nos hará experimentar verdadera paz, justicia, armonía y goce. Lo que hoy vemos como un atisbo, será pleno allí.

Como decía un hermoso villancico: “Oh ven, oh ven, bendito Emanuel, / de la maldad rescata a Israel, / que llora en triste desolación / y espera ansiosa su liberación”. Así es. Ven Señor Jesús, anhelamos la redención final, anhelamos tu paz. Para nosotros, tu paz, no es una palabra maldita, porque es estar contigo eternamente y para siempre.

Luis Pino Moyano.

El seudoevangélico “espíritu de funa” en las redes sociales.

“Principio generador, carácter íntimo, esencia o sustancia de algo. El espíritu de una ley, de una corporación, de un siglo, de la literatura de una época” (tercera acepción de la palabra espíritu según la RAE).

En nuestro país, a fines de la década de los noventa, y en el marco de las crecientes críticas a la forma de articular la democracia, sobre todo, en lo que tiene que ver con la justicia frente a los delitos de lesa humanidad acometidos en el país durante la dictadura militar. El descontento frente a la justicia “en la medida de lo posible” hizo que un grupo de organizaciones, principalmente de familiares de represaliados políticos, comenzara a manifestarse frente a las casas o lugares de trabajo de exagentes civiles o militares de los organismos respresores, denunciándoles públicamente. La idea era generar una sanción social ante la ausencia de sanciones judiciales. Esa sanción social se le llamó “funa”, palabra proveniente del mapudungun que da cuenta de algo podrido o que se echó a perder. La  más reciente proliferación en el uso (y abuso) de las redes sociales ha hecho que las funas aumenten exponencialmente, y aludan a distintas materias, incluidas aquellas que dicen relación con aspectos de la fe. Esa proliferación mediática y presurosa ha hecho que los mecanismos de investigación y contraste de información se diluyan cayendo con cierta facilidad en la información falsa o, derechamente, en la calumnia. 

La funa en una sociedad que exige transparentarlo todo y configurar o imponer con ello una identidad del otro en oposición a uno mismo, parece ser un espíritu de esta época. Pero, ¿eso tiene que ver con la práctica de la fe cristiana? Para responder a esto, me permito señalar tres ideas:

  • El profeta Oseas, denunciando a una cultura idolátrica señala que en ella se “sembraron vientos y cosecharán tempestades” (Oseas 8:7) [1], es decir, quien ha practicado la injusticia, tarde o temprano recibirá el justo pago de sus actos, sea en esta vida o en la venidera. Pero ¿quién es el que produce la cosecha? Bíblicamente, no somos nosotros. Gálatas 6:7-9 dice con toda claridad que el Dios que no puede ser burlado dará la cosecha y, acto seguido en los versículos 9 y 10 nos invitan a hacer el “bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”, persistiendo en ello. El mismo apóstol Pablo exhorta a los creyentes de Roma, diciendo: “No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: ‘Mía es la venganza; yo pagaré’, dice el Señor. Antes bien, ‘Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta’. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Romanos 12:17-21). ¿Es entendible que personas reaccionen frente a lo malo, incluso de mala manera? Sí. ¿Es justificable? No, en ningún caso, pues para eso está la justicia civil o la disciplina eclesiástica, según sea el caso, y, por sobre todo, porque nadie debe arrogarse el papel de Dios en la venganza, porque sólo Él puede llevarla a cabo de manera santa y perfecta. Jesús señaló que en los tiempos entre su primera y segunda venida “habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12). Entonces, es la maldad y no la justicia la que hace enfriar el amor. 
  • La tarea apologética no puede confundirse con la funa. El apóstol Pedro señaló en su primera carta: “¡Dichosos ustedes, si sufren por causa de la justicia! Así que no les tengan miedo, ni se asusten. Al contrario, honren en su corazón a Cristo, como Señor, y manténganse siempre listos para defenderse, con mansedumbre y respeto, ante aquellos que les pidan explicarles la esperanza que hay en ustedes. Tengan una buena conciencia, para que sean avergonzados aquellos que murmuran y dicen que ustedes son malhechores, y los calumnian por su buena conducta en Cristo(1ª Pedro 3:14-16, RVC. Los destacados son míos). El texto refleja el contexto de la carta, que era la persecución neroniana, a mediados de los 60 d. C., entended que el sufrimiento es un signo de la iglesia de Cristo. Nos presenta la adoración como estilo de vida en la que el corazón como “centro religioso de la vida” (Dooyeweerd), articula la comunión entre cosmovisión y espiritualidad. Es dentro de ese estilo de vida, que somos llamados a estar preparados de manera permanente para la tarea apologética, combinando la mansedumbre y el respeto, entendiendo que ella debe ser desarrollada cuando se pida razón de la fe, lo que implica que no hay que dar todas las peleas ni andar a la defensiva, y que pase lo que pase, el testimonio debe ser cuidado. La funa no es apologética porque daña el testimonio de la iglesia de Cristo.
  • La funa es una violación flagrante del noveno mandamiento, que dice a la letra: “No des falso testimonio en contra de tu prójimo” (Éxodo 20:16). Reitero lo señalado en otro artículo: Violar el noveno mandamiento consiste en mentir respecto de nuestro prójimo, como decir, en contextos impropios, la verdad respecto de ellos, sin sentir misericordia y dolor frente al pecado del otro, que claramente, en dicha compresión siempre es mayor y más dañino que el pecado propio. El falso testimonio es producido, en palabras de Lutero por “lenguas falsas y labios malvados”, es decir, por aquellos que en ocasiones mienten, y en otras, buscan hacer leña del árbol caído. En ambos casos, la falta de amor al prójimo es la misma, porque en ambos casos lo que se procura es su muerte [2]. Como diría C. S. Lewis: “La cortesía es una de las virtudes cristianas; y el Nuevo Testamento odia a los entrometidos y chismosos” [3].

Te invito a que pienses del seudoevangélico “espíritu de funa” en las redes sociales como mera basura virtual. Gadamer, planteaba en “Verdad y Método” que es imposible acercarse a la realidad sin prejuicios [4]. La palabra pre-juicio es literalmente un “juicio previo”. Y todos tenemos presupuestos acerca de la realidad. A veces le damos al clavo con esa mirada previa, pero en muchas no. Entonces la actitud sana es explicitar el prejuicio desde el inicio, pero someterlo a la prueba de la evidencia y el pensamiento. Partir con un prejuicio no implica conservarlo. Por ende, las tareas son: a)  conocer de verdad a las personas y no dejarte llevar por pantallazos, vídeos y fotos sacadas de contexto, que por lo mismo no dicen nada; b) contar hasta 10 (y más si es necesario) antes de establecer un juicio lapidario respecto de una persona; c) no personalizar las discusiones, porque son las ideas las que se discuten, de tal manera que podamos avanzar, y para que después que la posición del otro gane o se vea como aquella que es más plausible, conservando la relación fraterna; d) pensar que no todo tiene que ser opinado y que uno no tiene por qué dar todas las batallas que se presentan en la vida; e) no justificar nunca una mala acción porque “otros igual lo hacen”; f) no creerte nunca el centro del universo, porque no lo eres, no lo soy; g) amar más la comunidad real, la de carne y hueso, que aquella invisible, virtual, que te apoya con un like, pero que en la hora de la dificultad y la pena no está; y h) no comentar o difundir información sobre alguien si no has hecho el ejercicio de contrastar la información y asegurarte que ella no se basa sólo en prejuicios o derechamente la difamación.

El espíritu de funa que invade a creyentes es anticristiano porque reporta un escaso o nulo respeto a la dignidad de un otro, barriendo con uno como si disentir de una opinión, o haber cometido el “grave delito” de eliminar o bloquear a alguien de una red social por sanidad mental fuese comparable a dilapidar la dignidad de otro. ¿Cuán fácil es hablar de alguien sin siquiera conocerle más que por una foto o publicación en alguna red social? ¿Cuán fácil es juzgar planteamientos de otros sin siquiera hacer el esfuerzo por comprenderlos para luego discutirlos con altura y sin falacias argumentativas o simplonas caricaturas? ¿Cuán fácil es para la gente comprar los cuentos de las personas sin el ejercicio mínimo de la prudencia de no prestarse para el basureo? ¿Y para qué decir de la enorme dificultad de tomar partido y defender a quien está siendo atacado gratuitamente? Siempre será más fácil dar like a una publicación y compartirla que contrastar la información para saber si es fidedigna. Siempre será más fácil ocupar el tiránico tribunal de las redes sociales y saltarse los medios establecidos por la iglesia o la sociedad para llegar a la justicia. Lo fácil no necesariamente implica lo ético y lo consistente con la fe bíblica. 

El tiránico tribunal de las redes sociales fue graficado por Umberto Eco de la siguiente manera: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel” [5]. No demos pie la funa como espíritu de época ni al basureo virtual ni a la simplonería en el debate. 

Hoy como ayer, ninguna red social es la vida, ninguna red social es la iglesia… Enhorabuena que así sea.

Luis Pino Moyano.


 

[1] Las citas bíblicas son tomadas, a no ser que se diga lo contrario, de la Nueva Versión Internacional.

[2] Luis Pino. El chisme y su daño relativizado.

[3] C. S. Lewis. Mero cristianismo. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1994, p. 76.

[4] Hans-Georg Gadamer. Verdad y Método. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977, pp. 331-377. En dicha sección aborda eso de manera lata. 

[5] Citado en varias paginas web, entre ellas: http://verne.elpais.com/verne/2016/02/20/articulo/1455960987_547168.html (Consulta: noviembre de 2020). 

La oración persistente.

“También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto.  ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:1-8).

Jesús, en el marco de sus enseñanzas sobre la venida del Reino de Dios, expone una parábola y Lucas, el evangelista, pone en la palestra desde un comienzo el propósito de ella: enseñar “sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar” (18:1). Esta oración persistente es una marca de un pueblo que pone su esperanza en el Señor.

Para enseñar la importancia de la oración persistente, relata la historia de un juez, que es definido según las palabras de Jesús como injusto, sin temor de Dios ni respeto con los hombres (18:2). La parábola señala que una mujer viuda insistentemente le reclamaba por justicia (18:3). Una viuda, en esa época, era un símbolo de una persona que no representaba ninguna utilidad para las autoridades. De hecho, en la cultura grecorromana tenían la obligación de volver a casarse, cosa que el cristianismo eliminó.  Esta mujer, entonces, no tenía ni el poder para influir ni el dinero para sobornar para que un juez de esta calaña actuara en su favor. Pero este juez que no respetaba a nadie, termina accediendo a la petición de la viuda “no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia” (18:5). El motivo por el cual este hombre actúa no es la justicia sino lo que para él era una obstinación de esta mujer. Él no quería cansarse con dicha actitud. 

El punto de clímax de la parábola está en el v. 6: “Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto”. Pues esto invita a poner la atención en el juez injusto. Y lo hace así, porque la parábola busca poner sobre la mesa una comparación por contraste con nuestro Señor, el Dios Todopoderoso. Jesús dice: “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia” (18:7,8a). La oración continua debe realizarse con la confianza en el carácter de Dios. Dios es inigualable, es un Padre amoroso y fiel. Es fácil recordar a Jesús en el sermón del monte diciendo “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11). 

El texto cierra de una manera bien habitual en este método de enseñanza de Jesús. Si se me permite la metáfora futbolera, el Maestro como un perito número 10 nos pone la pelota con un pase genial justo al pie. La pregunta queda abierta, y amerita a ser respondida por usted: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (1:8b). La oración persistente es un fruto de la gracia de Dios en nosotros. La fe que ejercemos es resultado de la obra del Espíritu Santo en nosotros. Tenemos todo para perseverar en la fe. ¿Qué nos apaga la fe? ¿Qué nos hace dejar de persistir como la viuda en la oración confiada y persistente? Puede que la respuesta de Dios se demore. Pero la oración permite descansar y poner la vista en Cristo y su segunda venida, pues allí está nuestra esperanza. Ahí está la respuesta a nuestras oraciones. Allí está nuestra justicia. Cualquier cosa que recibamos por gracia en el presente es un atisbo de las glorias de la gracia que viviremos en la eternidad. 

Cierro con estas palabras de Martín Lutero: “No hay cristiano que no tenga que orar sin cesar. Pero me refiero a la oración espiritual; es decir que nadie, si lo quiere, está tan rigurosamente ocupado en su trabajo al punto de no poder hablar con Dios allí mismo, en su corazón, y exponerle sus propias adversidades o las de otras personas, pedirle auxilio y rogar y, en todo ello, ejercitar y fortalecer su fe”. El Señor nos ayude a “orar siempre, y no desmayar”. 

Luis Pino Moyano.

* Devocional preparado para una reunión de oración en la 10ª Iglesia Presbiteriana De Santiago, el 10 de noviembre de 2020.  

Primeras lecturas al libro “Una dignidad despierta. Reflexiones evangélicas sobre el octubre chileno”.

El 14 de septiembre del año pasado realizamos nuestra primera actividad como núcleo. Teníamos pensado continuar con calma y lanzarnos al espacio público con el nombre de nuestro núcleo, “Fe Pública” a la par de nuestro primer libro, que terminará siendo el segundo, y que buscará presentar a cinco autores reformacionales fundamentales: Kuyper, Dooyeweerd, Wolterstorff, Plantinga y Goudzwaard, en el pos de acercarlos y leerlos para Chile y América Latina del siglo XXI, y no en pos de copias ahistóricas. Pero llegó el 18 de octubre de 2019, un día que como diría Paul Ricoeur tiene la fuerza de un “hito monstruo” que nos modificó en la cotidianidad, en nuestra forma de mirar el tiempo histórico y la sociedad, junto con la vida en la ciudad y por supuesto la práctica de nuestra fe. En ese contexto, creímos que lo más pertinente era hablar de verdad, de escucharnos de verdad y hacer el esfuerzo, también, de pensar de verdad.

“Los artículos del libro “Una dignidad despierta. Reflexiones evangélicas sobre el octubre chileno”, fueron escritos sin exagerar, en medio de una de las crisis más grandes vividas en la historia política chilena, fueron realizados desde el anhelo de la paz de la ciudad en la que nos toca vivir (Jeremías 29:7), y con la clara conciencia que no podíamos embobarnos con un sentido de urgencia que nos hiciera perder de vista lo realmente importante, a saber que Cristo es Señor de todo, y que sólo Él tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Él hace que el mundo, con sus sombras y muerte, sean el “teatro de la gloria de Dios” (Calvino), porque Él guía la historia hacia su consumación, en los que la dignidad y la justicia serán más que un anhelo y un eslogan. 

Este primer libro del Núcleo Fe Pública, a un año de los hechos del octubre chileno, viene a ser un testimonio histórico de lo que un grupo de evangélicos pensábamos en esos días. Pues esto forma parte de nuestra misión: ser un espacio de encuentro entre cristianos evangélicos dedicados a trabajar desde el pensamiento reformacional en colaboración y comunidad, anhelando, imaginando, pensando, diseñando y haciendo esfuerzos conjuntos que faciliten la manifestación del Reino de Cristo y permitan su mayor visibilidad en todos los ámbitos de la realidad creada” (De la presentación del mismo libro).

Pronto, les invitaremos a una nueva lectura, aquella del libro que sería el primero y terminó siendo el segundo. Una maravillosa analogía de la vida de quienes buscan hacerse de los primeros lugares y no terminan como quisieran. Pues como canta un bello himno protestante: “morirán los señores del mundo, mas su reino no acaba jamás”.

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1. Presentación del libro.

2. Reseñas del libro.

Reseña de Fabián Bravo en Lupa Protestante.

Reseña de Juan Pablo Espinosa en Estudios Evangélicos.

Reseña de Jean Paul Zamora en Pensamiento Pentecostal.

3. Podcast de Imagen Bautista.

Conversaciones sobre la Reforma Protestante.

Durante este mes de octubre, he tenido la posibilidad de compartir distintas conversaciones en torno a la Reforma Protestante, y quisiera compartir en un día como hoy, 31 de octubre, donde se conmemora la aparición pública de las 95 Tesis de Martín Lutero hace 503 años atrás. La idea transversal es reconocer el aporte de los reformadores, sobre todo en su anhelo de volver a la Escritura como la Palabra de Dios, y las fortalezas que nos provee una tradición. 

Compartiré dichas participaciones, según el orden cronológico:

1. El plan de Dios sobre la sociedad y la cultura. 

En esta exposición, refiero al papel de los creyentes cristianos en la cultura y la sociedad, recordando los mandatos creacionales, tan caros para la tradición reformada. La actividad fue realizada por la Iglesia Presbiteriana de Chiguayante.

2. Entrevista sobre las Reformas Protestantes.

En la entrevista, se abordan desde distintos prismas el hito del 31 de octubre de 1517 y el movimiento de Reforma que abrió, con sus luces y sombras, y los desafíos que nos reporta en el presente. La entrevista fue realizada en el marco de la Red Teológica de Estudiantes. 

3. La confesionalidad de la Iglesia.

¿Qué es la confesionalidad de la iglesia? ¿Cómo se elaboró la Confesión de Fe de Westminster? ¿Cuáles son sus implicaciones para la vida en comunidad? Son preguntas que son respondidas en este vídeo, publicado hoy 31 de octubre de 2020, en el que la Iglesia Puente de Vida se hace parte de la celebración de los 503 años de la Reforma Protestante. 

¿Qué es la libertad de conciencia? Una perspectiva reformada.

Hace unos diecisiete años atrás llegó a mis manos uno de los libros más revolucionarios que he leído en mi vida: “El despertar de la gracia” de Charles Swindoll. Fue un libro liberador, que me hizo descansar en la gracia de aquel que me había salvado por el puro afecto de su amor. Swindoll habla allí de los “asesinos de la gracia”, un grupo de sujetos que en pos de luchar contra el antinomianismo (la idea que asegura que ya no debemos poner en práctica la ley de Dios), ha ocultado una de las verdades más bellas y poderosas de la Reforma Protestante, a saber, la libertad cristiana, convirtiéndola en un tabú [1]. La libertad cristiana fue una de las banderas de lucha de la Reforma Protestante, y para hablar de ella, se leyó, predicó y enseñó, principalmente, la carta de Pablo a los Gálatas, a la que Lutero se declaraba simbólicamente unido en matrimonio, llamándola “mi Katharina v. Bora” [2]. Uno de los textos fundamentales para entender la carta a los Gálatas, está en el capítulo 2, versículo 16: “Sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley sino por la fe de Jesucristo, y también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, ya que por las obras de la ley nadie será justificado” [3]. Lo que nos lleva a señalar con claridad y firmeza que la libertad de los creyentes es fruto de la obra de Cristo y no de nuestros intentos de autodeterminación. Para nosotros no hay verdadera libertad sin “Sólo Cristo” ni “Sola Gracia”. 

Sin Cristo nuestra condición de esclavitud se mantiene vigente. Pablo dijo: “Manténganse, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud” (Gálatas 5:1). El yugo al que hace referencia Pablo es una figura de sujeción y, en el caso de este versículo, denota opresión, figurando el peso del legalismo que intentaba complementar el mensaje del evangelio con los ritos religiosos del judaísmo. Esas enseñanzas eran esclavitud, pues como diría William Hendriksen: “un Cristo suplementado es un Cristo suplantado” [4]. Y no es que la ley sea mala, pero el cumplimiento de ella como medio para la salvación se hace imposible, puesto que la violación de un solo precepto nos hace deudores de toda ella. Más bien, la ley cumple un propósito fundamental en la salvación: es el profesor que nos toma de la mano [5] y que nos conduce a Cristo, a la libertad para vivir en Él. Y es Cristo quien nos capacita con amor de tal manera que vivamos para Él. La salvación siempre incluye la práctica de la justicia por parte del pueblo de Dios, siendo potenciados por el Espíritu Santo para una obediencia renovada a Dios según lo expresado en su Palabra. Por ende, tampoco hay libertad cristiana sin “Sola Scriptura”. 

Y es así que llegamos a la idea de “libertad de conciencia”. La idea, dentro del protestantismo, siempre trae a la memoria lo dicho por Lutero en la dieta de Worms (18 de abril de 1521): “A menos que me convenzan con argumentos extraídos de las Escrituras o por medio de razón evidente (no confío en el Papa ni en los conclilios, pues es sabido que se han equivocado a menudo y hasta se han contradicho), me debo a las Escrituras que cito y mi conciencia es presa de la palabra de Dios. No quiero retractarme de nada, pues no es seguro ni justo obrar contra la propia conciencia” [6]. ¿Hay aquí libertad de conciencia? Sí, Lutero no se someterá ciegamente a ninguna autoridad establecida si esta niega la verdad de Dios. La libertad le permite correr veloz y con certeza de llegar a la meta que es Cristo, según el marco de la Palabra, como un tren corre veloz y efectivamente por sus rieles. La conciencia es, literalmente, con-saber o con-certeza. Así lo explica la historiadora Lyndal Roper: “Cuando Lutero afirmaba que su conciencia era ‘presa de la palabra de Dios’, quería decir que no cabía moverla ni alterarla: ‘sabía’ -mente y emociones-, lo que era la Palabra de Dios y no podía negarla” [7]. 

Por herencia protestante, la “Confesión de fe de Westminster”, un documento que en palabras de Benjamin Warfield fue “el fruto más maduro de la redacción de credos en la Reforma” [8], usa el concepto de libertad de conciencia de manera positiva, es decir, validándolo como un principio a rescatar, defender y vivir, explicándolo de la siguiente manera en su capítulo 20, punto 2: “Sólo Dios es el Señor de la conciencia, (Rom. 14:4.) y la exime de las doctrinas y mandamientos de hombre que sean en algo contrarios a su palabra o pretenden sustituir a ésta en asuntos de fe o de culto. (Hech. 4:19 y 5:29. I Cor. 7:23. Mat. 23:8-10 y 15:9. II Cor. 1:24.) Así es que, creer que tales doctrinas y obedecer tales mandamientos con la conciencia, es destruir la verdadera libertad de ésta última; (Col. 2:20, 22,23. Gal. 1:10; 2:4 y 5:1.) y el requerir una fe implícita y una obediencia ciega y absoluta, es destruir la razón y la libertad de conciencia. (Isa. 8:20. Hech. 17:11. Juan 4:22. Ose. 5:11. Apoc. 13:12,16,17)” [9]. En definitiva, según esta declaración confesional, la libertad de conciencia está atada a la obra de redención conquistada por Cristo en la cruz y cimentada en lo que enseña la Escritura como norma de todas las normas. Huelga decir acá que fue esta comprensión teológica la que se irradió, primero en las colonias inglesas que se independizaron conformando Estados Unidos, por la influencia del movimiento puritano, y desde ahí a todos los movimientos republicanos-antimonárquicos modernos, como quedó expresado en distintos textos constitucionales [10].

El señorío universal de Cristo, que deriva en que nuestra fe es cósmica y pública, es fundamental para entender nuestra libertad, la obediencia renovada a la voluntad de Dios y la resistencia a cualquier tipo de tiranía que puje por enseñorearse de nuestros intelectos, emociones y voluntad. Es en relación a este entendimiento, que Abraham Kuyper en su discurso inaugural de la Universidad Libre de Amsterdam, planteó que: “Existe un dominio de la naturaleza en el que la Soberanía ejerce poder sobre la materia conforme a leyes fijas. Existe también un dominio de lo personal, del hogar, de la ciencia, de la vida social y la religiosa, cada uno de los cuales obedece a sus propias leyes de la vida, cada uno se somete a su propio regente. Un ámbito del pensamiento donde solo las leyes de la lógica pueden gobernar. Un ámbito de la conciencia donde nadie sino solo el Santo puede dar soberanos mandamientos. Finalmente, un ámbito de la fe, en que solo la persona es soberana, quien, mediante la fe, se consagra a sí misma en las profundidades de su ser” [11]. Para el teólogo, pastor y político holandés, el soberano no es la esfera, un sujeto o una institución, sino el Señor Todopoderoso, y nada ni nadie está sobre Él. Aquí no hay lugar para el totalitarismo ni el individualismo ni el mercantilismo ni el clericalismo. Perder de vista esto no sólo es una concesión intelectual, sino, por sobre todo, espiritual, lo que nos responsabiliza respecto de lo que pensamos y vivimos. “Fijemos la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2a), es una tarea vital. 

Por cierto, la libertad cristiana no sólo es individual, sino eminentemente comunitaria. Pablo exhorta a los hermanos de Galacia de la siguiente manera: “Hermanos, ustedes han sido llamados a la libertad, sólo que no usen la libertad como pretexto para pecar; más bien, sírvanse los unos a los otros por amor. Porque toda la ley se cumple en esta sola palabra: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Pero si ustedes se muerden y se devoran los unos a los otros, tengan cuidado de no consumirse también los unos a los otros” (Gálatas 5:13-15). La libertad que Cristo conquistó en la cruz no se ejerce en la soledad, sino en la comunidad de otros liberados por su obra redentora. El versículo 15 es durísimo, porque compara a quienes usan su libertad a expensas de otros hermanos con bestias salvajes que se muerden y devoran entre ellos, destruyendo la comunidad. Quienes practican esto ensalzan su autojusticia y construyen una religión ególatra. La libertad cristiana se experimenta amando y sirviendo a Dios y al prójimo. Es más, la obediencia a la ley de Dios está en el amor (véase, Romanos 13:10). 

Finalmente, esta libertad cristiana conlleva que asumamos con certeza que somos la iglesia que está en misión en el mundo que nos toca vivir. Y en el mundo que nos toca, cada vez que veamos verdad, justicia, bondad, paz y belleza, lo que observamos es la mano de Dios en la historia, a pesar de nuestros fallos y miserias. Que sujetos del pasado o del presente digan cosas que se ajusten a lo que pensamos no debe llevarnos a asumir todo el modelo teórico e ideológico que ellos poseen, y que está manchado por el pecado. Sigue siendo tarea perentoria para los creyentes lo dicho por Pablo en su carta a los Romanos 12:2: “No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto” (Dios habla hoy). La libertad de los cristianos es la libertad en el marco del mensaje de Cristo. No se trata del “dejar hacer, dejar pasar” de la ideología liberal, en el que cada uno se autodetermina pensando lo que se quiera, aunque eso se contraponga a la Escritura. Si en nuestro “fuero interno” no está entronizado Cristo somos seguidores de las idolatrías de la época que nos toca vivir y no discípulos fieles del Maestro de Galilea. Son de mucho valor acá las palabras de Juan Mackay: “Antes bien, debe ser fiel a su vocación y cumplir su misión. Y esto, debe hacerlo en un espíritu de absoluta obediencia a Cristo; para ello, deberá tomar conciencia de la realidad y de la situación en que vive, ganando de este modo, el derecho a ser oída y a ser tomada en serio. Jamás deberá la Iglesia conformarse a cierta cultura o civilización sino que de acuerdo con el espíritu de peregrinaje que le es propio, debe marchar siempre adelante y hacia su meta final” [12]. El respeto a las ideas ajenas, la tolerancia a las mismas y una sana idea de contextualización, no consisten en la renuncia al evangelio de Jesucristo. En Jesús y la buena noticia predicada por Él radica la verdadera relevancia del cristianismo. La libertad de conciencia es entonces una herramienta que sirve al cumplimiento de nuestra tarea fundamental: a extensión del Reino de Dios, por medio de la predicación del evangelio y el desarrollo de nuestra labor, para la gloria de Dios, la edificación y alegría de la iglesia, y el bienestar de todo prójimo creado a imagen y semejanza de Dios.

Luis Pino Moyano.

[1] Charles Swindoll. El despertar de la gracia. Nashville, Editorial Caribe, 1995.

[2] Erwin Iserloh. “Martín Lutero y el comienzo de la Reforma (1517-1525)”. En: Hubert Jedin. Manual de Historia de la Iglesia Tomo V, Reforma, Reforma Católica y Contrarreforma. Barcelona, Editorial Herder, 1972 ,p. 79. Es una referencia a WA Tr 2, 69, n.° 146 (D. Martin Luthers Werke, Tischreden, 6 t, Weimar 1912-21). 

[3] A no ser que se diga lo contrario, los versículos bíblicos son tomados de la Reina Valera Contemporánea. 

[4] William Hendriksen. Comentario al Nuevo Testamento. Exposición de Gálatas. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 120.

[5] Esa es la idea del ayo de Gálatas 3:24. 

[6] Lyndal Roper. Martín Lutero. Renegado y profeta. Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2017, p. 197. 

[7] Ibídem, p. 198. 

[8] Citado en: J. I. Packer. Teología concisa. Una guía a las creencias del cristianismo histórico. Miami, Editorial Unilit, p. xi. 

[9] Confesión de Fe de Westminster, versión 1903. En: http://www.puentedevida.cl/wp-content/uploads/2020/03/Confesión-de-fe-de-Westminster-1903.pdf (Consulta: octubre de 2020). 

[10] Ernst Troeltsch. El protestantismo y el mundo moderno. México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1967, p. 66, 67. El autor entiende esto como un “descubrimiento esclarecedor” de Georg Jellinek, aunque no lo comparte del todo, particularmente por la actitud que habrían tenido los puritanos con actores anabaptistas o cuáqueros. 

[11] Abraham Kuyper. “Soberanía de las esferas (20 octubre de 1880)”. En: Estudios Evangélicos. http://estudiosevangelicos.org/soberania-de-las-esferas/ (Consulta: septiembre de 2020).

[12] Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Bogotá, Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina, 1969, p. 128.

 

Documentos Anexos:

Martín Lutero. La libertad cristiana (1520).

Comunicado del H. Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile acerca del plebiscito.

Acerca del uso y abuso de la Biblia en coyunturas políticas.

Luis Pino Moyano*.

Publicado originalmente en Estudios Evangélicos.

1. La contextualización del problema. 

Que los evangélicos acudamos a la Biblia para entender y explicar el mundo y la vida no es ninguna novedad. Anhelamos ser “el pueblo del libro” y postulamos que nuestra fe, no sólo tiene que ver con aquello que sucede al interior de nuestros templos y hogares, pues ella no es privada, sino que es una fe cósmica y pública. Como declarara el apóstol Pablo, al referirse a nuestro Señor Jesucristo: “porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente” (Colosenses 1:16,17) [1]. El entendimiento del señorío total y universal de Cristo es base fundamental de nuestra cosmovisión cristiana, y nos llama a un seguimiento fiel a la Escritura como su Palabra que es enseñanza pero, por sobre todo, mandamiento. Y es dicha lectura, la que se traduce en una presencia fiel de los creyentes dispersos por el mundo. 

El señorío de Cristo que conduce a la fidelidad, reclama una lectura coherente y consistente con dicho principio vital, y en el caso al que nos referimos acá, es pertinente tener en cuenta esto a la hora de pensar y actuar en política. Como dirá Juan Stam: “En aras de la fidelidad bíblica, reconocemos sin tapujos que este libro es muy político. De hecho, como dice un refrán que se ha hecho axiomático en nuestros tiempos, ‘todo es político, pero la política no es todo’. Si bien es un error ‘politizar’ un texto más de lo que es político, por otro lado es un error muy grave, y una falta de fidelidad a la Palabra de Dios, pretender ‘despolitizar’ un texto tan evidentemente político como es el libro de Apocalipsis” [2]. Esto que el autor, como especialista en Apocalipsis alude respecto a dicho libro, es posible de ser aplicado a toda la Escritura. Es por ello, que las teologías políticas, europeas o latinoamericanas, que sólo propenden al activismo social, limitan la Misión de Dios dejando de enfatizar en la proclamación del evangelio, tal y como el evangelicalismo norteamericano con un discurso aparentemente apolítico (como si tal cosa existiera), derivó en un ensimismamiento que se complace en la experiencia religiosa sin poner atención en el prójimo, y por ende, en la misión. El apóstol Santiago nos alerta respecto de la parcialidad con mucha fuerza: “Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Supongamos que un hermano o una hermana no tiene con qué vestirse y carece del alimento diario, y uno de ustedes le dice: ‘Que le vaya bien; abríguese y coma hasta saciarse’, pero no le da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta” (Santiago 2:14-17). A la luz de este texto es una falsa dicotomía disociar la proclamación del evangelio de la práctica de la justicia y la misericordia. 

2. La gravedad teológica de la lectura de la Biblia dentro de la lógica izquierda-derecha. 

En medio de múltiples debates políticos, actores evangélicos prorrumpen con voz elocuente en la escena pública, ya sea arrogándose la representatividad de “la Iglesia Evangélica”, concepto imaginario que no tiene correlato empírico en la realidad, o en el peor de los casos, formulando ensoñaciones como esa de estar “del lado de Dios”. Y más allá del tema de la libertad de conciencia, asunto fundamental a ser tenido en cuenta en la discusión política acometida por los creyentes, pretendo llamar la atención de los lectores a otro asunto, uno que reviste gravedad teológica. Pues si bien es cierto, cada creyente tiene todo el derecho a apoyar y definirse políticamente por una determinada causa política, pues dicha actividad no es mala en sí misma, otra cosa es valorar dicha causa como “el proyecto histórico de Dios”. Supeditar el triunfo de Dios, y del reino que consumará en la historia, a una victoria electoral que no tiene la fuerza de cambiar toda la realidad es, con todas sus letras, una aberración a lo que la Biblia enseña. Dios es providente y mucho más sabio y poderoso que nosotros. Un día todos los gobiernos de la tierra caerán, mientras que el Reino de Dios permanecerá incólume. Por ende, nuestra esperanza no está en actores o proyectos políticos de diverso color, pues ella a es escatológica y está centrada en la persona de Jesucristo, Señor nuestro. 

Ejemplificaré con dos textos bíblicos sobre cómo el uso parcial para fortalecer la convicción política propia nos hace perder de vista la riqueza de la Palabra de Dios:

a. Amós 2:6,7 nos plantea un tremendo dilema para nuestra comprensión actual: “Así dice el Señor: Los delitos de Israel han llegado a su colmo; por tanto, no revocaré su castigo: Venden al justo por monedas, y al necesitado, por un par de sandalias. Pisotean la cabeza de los desvalidos como si fuera el polvo de la tierra, y pervierten el camino de los pobres. Padre e hijo se acuestan con la misma mujer, profanando así mi santo nombre”. A partir, de este texto vemos la parcialidad de la separación realizada por posiciones dualistas que enfatizan en la justicia social o en la moral sexual, cuando este texto une ambas consideraciones. No pasas a ser un marxista cuando propugnas y trabajas por un mayor ejercicio de la justicia en la sociedad, como tampoco pasas a ser un derechista por defender la moral respecto de la sexualidad. Es del todo consistente con el cristianismo defender a las víctimas indefensas asesinadas por el aborto, cuyos gritos no alcanzan a ser oídos por nosotros, como defender a los menores abusados en hogares del SENAME, pues ellos no son ni fetos ni simple “stock”, sino seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios. Es del todo consistente con el cristianismo defender el matrimonio heterosexual, monogámico, y la familia emergida de dicha relación y, acto seguido, levantar la voz por los derechos de quienes son vulnerados o postergados en la historia, en el trabajo, la salud, la educación, el acceso a la vivienda y el cuidado de una pensión digna.

b. No es posible dejar de lado el texto de Romanos 13:1-7 en una reflexión sobre este tema. En él vemos al Dios soberano poniendo autoridades en el mundo. Dicha autoridad siempre es derivada de Dios y relativa respecto de Él y su Palabra. Por ello, la acción soberana de Dios no excluye nuestra responsabilidad, en tanto que la la autoridad debe ejercer su labor en justicia, protegiendo al inocente y sancionando el delito, y los demás ciudadanos tenemos el deber de obedecer activamente, pues nuestra obediencia total es a Dios. Es en consecuencia a dicha comprensión que los creyentes tenemos la posibilidad de practicar la “desobediencia civil”, o de manera más reformada, obedecer radicalmente a Dios,  cuando se busca explícitamente mandatar aquello que la Biblia niega (léase Hechos 4:19,20). Es maravilloso como cierra Pablo dicha exhortación, invitando a tener en cuenta una deuda de honor y respeto, junto con el pago de los impuestos, todo ello unido y en relación a quien corresponda. Este texto de la Escritura nos libra de la “Estadolatría” y de la “Estadofobia”, toda vez que mira al estado en su justa medida y sin despersonalizaciones que omiten la responsabilidad de quienes ejercen autoridad, es decir, como un instrumento que trabaja para el bienestar de la sociedad, salvaguardando derechos y regulando la actividad de los sujetos conforme al cuerpo legal.

Por todo ello, el clivaje político izquierda-derecha, reciente en términos en históricos en comparación con los textos de Amós y de la carta de Pablo a los Romanos, le hace un flaco favor a nuestra lectura de la Biblia y nuestra comprensión de la realidad en torno a ella. ¿Por qué disociar aquello que la Biblia une? ¿Por qué disociar la justicia social de la moral sexual, y la responsabilidad individual de la social? 

3. La necesidad de una hermenéutica fiel al texto bíblico. 

Todo lo anterior genera un profundo llamado a la interpretación fiel de la Escritura. Los evangélicos debemos tener en cuenta que el reconocimiento de la Biblia como Palabra de Dios debe traducirse en fidelidad y respeto a ella. Mis lentes como lector no tienen la primacía en la tarea de comprender y anunciar el texto sagrado, por lo que vale la pena tener en cuenta, como primera cosa, la precisión realizada por Manfred Svensson al señalar que: “la caracterización de la aproximación protestante a la Biblia como una disposición de ‘libre examen’ resulta históricamente inútil: la fórmula de hecho ni siquiera se registra en el siglo XVI, y es más bien recurrente en la apologética católica del siglo XIX y en las contemporáneas reivindicaciones protestantes” [3]. El “libre examen” no fue bandera de lucha de la Reforma Protestante, sino traducciones de la Biblia en lenguaje vernáculo fieles a los manuscritos en hebreo, arameo y griego; la tarea exegética y la implementación del método gramático-histórico y, por sobre todo, una lectura y escucha de la Palabra de Dios al interior de una comunidad. Y es aquí, respecto de la lectura comunitaria de la Biblia, donde también se hace valiosa la prevención realizada por Gordon Fee y Douglas Stuart: “Los protestantes no tienen magisterio, y debemos estar con razón preocupados cuando oímos que alguien dice que conoce el significado divino más profundo de un texto, sobre todo si el texto nunca significó lo que quiere hacérsele decir. De esas cosas nacen las sectas e innumerables herejías menores” [4]. El discernimiento de la comunidad, a la manera de la evaluación realizada por los hermanos de la comunidad de Berea, quienes con “sentimientos más nobles” se daban la tarea diaria de examinar “las Escrituras para ver si era verdad lo que se les anunciaba” (Hechos 17:11), junto con la comprensión escritural del señorío de Cristo por sobre todo, es un antídoto contra todo tipo de tiranía eclesiástica de quienes proclaman sus ensoñaciones alejadas de la fidelidad a la Palabra de Dios. 

Nadie tiene el derecho a torcer la Escritura para su conveniencia. Como dirá Louis Berkhof: “Aunque es cierto que el intérprete debe ser perfectamente libre en sus labores, no debe confundirse su libertad con la licencia. Es libre, ciertamente, de toda restricción y autoridad externa, pero no es libre de las leyes inherentes al objeto de su interpretación. En todas sus exposiciones está amarrado por lo que está escrito, y no tiene el derecho de atribuir sus pensamientos a los autores del texto sagrado [5]. Es un infundio alejado de la fidelidad a la Palabra de Dios plantear que un determinado proyecto político es de Dios y otro de Satanás, sólo porque se condice con nuestras aspiraciones personales. Es iluso pensar que el constructo ideológico desarrollado por sujetos con “conciencias encallecidas” (1ª Timoteo 4:2) está libre de la mancha del pecado. No es reconocimiento de la “gracia común” aquello que termina glorificando a hombres y mujeres del pasado y del presente, y no al Dios Todopoderoso que no comparte su gloria con nadie (Salmo 115:1; Isaías 42:8). La Biblia no presenta un programa político sólido y cerrado, sino principios con los que se puede construir discursos susceptibles de estar marcados por la diversidad en la voz de distintos creyentes cristianos, comprados con la misma sangre de Cristo. No hay nada menos evangélico que situar a Dios del lado de una ensoñación ideológica en eslóganes huérfanos de sentido. Un dios de izquierda o derecha es una profanación de lo sagrado. En lenguaje llano: idolatría.

Entonces, en obediencia al mandamiento que dice a la letra: “No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios, porque yo, el Señor, no consideraré inocente al que tome en vano mi nombre” (Éxodo 20:7, RVC), digamos junto a Martín Lutero: “tengo que usar el nombre de Dios con respeto, santa y dignamente, que no debo acudir a él para juramentos, imprecaciones ni engaños” [6]. El que se mencione a Dios en un discurso político, sea del color que sea, no es prueba de apego y fidelidad a la Biblia, y en ella, a la herencia legada por el cristianismo histórico. 

* Licenciado en Historia con Mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Miembro del Núcleo Fe Pública. 

[1] A no ser que se diga lo contrario, los versículos bíblicos son tomados de la Nueva Versión Internacional.

[2] Juan Stam. Apocalipsis & Imperio. Introducción al Apocalipsis de Juan. Valparaíso, Concordia Ediciones, 2013, p. 15. 

[3] Manfred Svensson. Reforma protestante y tradición intelectual cristiana. Barcelona, Editorial CLIE, 2016, p. 149.

[4] Gordon Fee y Douglas Stuart. Lectura eficaz de la Biblia. Miami, Editorial Vida, 2007, p. 31.

[5] Louis Berkhof. Principios de interpretación bíblica. Jenison, Editorial TELL, 1992, p. 53. La acentuación está en el original, aunque en cursiva.  

[6] Martín Lutero. El Magnificat, seguido de Método sencillo de oración. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2017, p. 125. La cita corresponde al “Método sencillo de oración”.