Retiro “Sacerdotes: ¿Cuál es mi lugar en el Reino de Dios?”.

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Durante los días 18 al 21 de enero de 2018, en la Granja Presbiteriana de El Tabo, se llevó a cabo el Retiro Presbiterial de Jóvenes, este año bajo la temática “Sacerdotes: ¿Cuál es mi lugar en el Reino de Dios?”. La idea del mismo fue abordar la doctrina del sacerdocio universal de los creyentes, y cómo esta conceptualización se puede aterrizar al quehacer de cada hijo de Dios en el mundo, aunque en esta ocasión quisimos apuntar sobre todo al desarrollo de trabajos en la iglesia: discipulado (expuso el Pr. Caleb Fernández), evangelismo (expuso el Pr. Carlos Muñoz), vocaciones (expuso el Pr. Jonathan Muñoz) y liderazgo (expuso el Pr. Vladimir Pacheco). Compartió con nosotros, también, el moderador del Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile, Pr. Daniel Vásquez, una exposición titulada “Desafíos de la IPCH para la juventud”.

En esta ocasión, el tercer retiro de jóvenes en el que participo, me tocó compartir el tema introductorio a la doctrina del sacerdocio universal, además de un taller de diaconado junto a mi esposa Mónica. De hecho, esta es la primera vez en la que participo de un retiro presbiterial junto a toda mi familia, lo que le dio un significado muy especial a esta instancia.

Comparto acá las diapositivas de mi exposición, como también los apuntes que guiaron la conversación en el taller de diaconado, los que pueden ser de utilidad. Es más, dicho taller de diaconado se ha proyectado en el tiempo, ya que estamos preparando en conjunto una feria de servicios en la comuna de Puente Alto para el mes de mayo de este año, y anhelamos también que trascienda a dicho momento. Si te quieres sumar, puedes hacerlo.

¿Qué es el sacerdocio universal? (Diapositivas de la exposición introductoria).

Taller de diaconado (Apuntes que guiaron la conversación).

También les comparto algunas fotos de la actividad:

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Un abrazo, Luis.

Cristianismo y política. Cosas a tener en cuenta en un contexto electoral.

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“En la mesa no se habla de religión, política y fútbol”, es uno de los lugares comunes más instalados en nuestra sociedad, y sobre todo en los contextos familiares, bajo la lógica de que es “el tabú el que permite la convivencia”. En otras palabras, el silencio de temas es lo que podría hacer preservar nuestra unidad. Desde marzo de 2016 nosotros tenemos un programa radial titulado “Religión, Política y Fútbol”, porque creemos que bajo una cosmovisión cristiana, asentada en la Escritura como única y suficiente regla de fe y de conducta, podemos hablar de todos los temas. Además, lo hacemos porque creemos que nuestra unidad no se sustenta en el tabú ni en el ser una “comunidad homogénea”, sino que en algo que sobrepasa cualquier lógica humana, a saber, el sacrificio de Jesucristo en la cruz, mediante el cual, el Dios vivo y verdadero, puede “reconciliar consigo todas las cosas” (Colosenses 1:20).

Estar ad portas de un nuevo proceso electoral trae consigo, en muchas ocasiones, dilemas que se deben afrontar desde la fe en Jesucristo. No estamos exentos de discusiones, pero si somos hermanos, nada de eso tiene el poder de constituirse en barrera para el encuentro de quienes se saben lavados por la sangre de Cristo. Y si el tema político se constituye en barrera para el encuentro con tu hermano, es porque eso se ha transformado en un ídolo que no te deja mirar a la cruz que derribó toda barrera de separación en el encuentro con Dios y el prójimo (Gálatas 3:26-29). Nuestra hermandad se basa en Cristo, no en un voto.

Y es aquí donde compartimos lo dicho por Juan Stam respecto de Apocalipsis, pero que a mi gusto, puede aplicarse a toda lectura de la Biblia: resulta tan ignominioso y contraproducente para el texto sagrado politizar aquello que no tiene esa finalidad, como despolitizar los textos que explícitamente hablan desde el tema. Las teologías políticas, europeas o latinoamericanas, que sólo propenden al activismo social, limitan la Misión de Dios dejando de enfatizar en la proclamación del evangelio, tal y como el evangelicalismo norteamericano con un discurso aparentemente apolítico (como si tal cosa existiera), derivó en un ensimismamiento que se complace en la experiencia religiosa sin poner atención en el prójimo, y por ende, en la misión. Es falsa dicotomía disociar la proclamación del evangelio de la práctica de la justicia (Santiago 2:14-17).

Es por esto que para colaborar desde el servicio de la Palabra a su decisión electoral, como a su entendimiento de la política desde un perfil cosmovisional y bíblico, es que me permito compartir con usted los siguientes principios bíblicos, junto con algunas aplicaciones prácticas:

Dios es soberano por sobre todo, pues como dice el salmista: “del Señor es la tierra y su plenitud” (Salmo 24:1). El señorío de Jesucristo es de carácter universal, y nada escapa de su dominio (Colosenses 1:15-20). Esa es la base de lo que Pablo señaló respecto de la autoridad del magistrado civil cuando dijo que “Toda autoridad ha sido puesta por Dios” (Romanos 13:1). Vale la pena recordar que quien gobernaba en ese momento el Imperio Romano era nada más y nada menos que Nerón.

Si nosotros seguimos la lectura de Romanos 13:1-7, podríamos vislumbrar que la soberanía de Dios que también se manifiesta en la historia al colocar autoridades, no excluye jamás la responsabilidad humana. La autoridad debe ejercer su labor en justicia, protegiendo al inocente y sancionando el delito. Y los demás ciudadanos tenemos el deber de obedecer activamente, pues nuestra obediencia total es a Dios, siendo las demás relativas y derivadas de esa sumisión al Señor. Nosotros tenemos la posibilidad de practicar la “desobediencia civil”, o de manera más reformada, obedecer radicalmente a Dios,  cuando se busca explícitamente mandatar aquello que la Biblia niega (Hechos 4:19,20). A su vez, el texto paulino habla de una deuda de honor e impuestos según corresponda. Esto nos libra de la “estadofobia” y de la “estadolatría”, toda vez que el estado debe ser mirado en su justa medida: como un instrumento que trabaja para el bienestar de la sociedad, salvaguardando derechos y regulando la actividad de los sujetos conforme al cuerpo legal.

Debemos preocuparnos de manera activa de nuestro prójimo, poniendo especial énfasis por los desamparados de la humanidad, que en lenguaje bíblico aparecen como “pobres, huérfanos, viudas, extranjeros” (Salmo 146:7-9) y como los “pequeñitos” de Dios (Mateo 25:34-40). No debemos olvidar que principalmente el pecado de Sodoma fue el ensimismamiento que derivó en “soberbia, gula, apatía, e indiferencia hacia el pobre y el indigente” (Ezequiel 16:49). La base de la práctica de la justicia para nosotros los cristianos está en la acción de Dios que no sólo es trascendente, absolutamente otro, sino que también es Señor que reina con sus manos sosteniendo providentemente la historia. Por eso los actos de misericordia en la Biblia son siempre actos de justicia, y dicha justicia es adoración espiritual genuina (Isaías 58:6-10).

De hecho, la Biblia une aquello que las posiciones dualistas separan: la justicia social y la moral sexual. Veamos lo dicho por el profeta Amós: “Así dice el Señor: Los delitos de Israel han llegado a su colmo; por tanto, no revocaré su castigo: Venden al justo por monedas, y al necesitado, por un par de sandalias. Pisotean la cabeza de los desvalidos como si fuera el polvo de la tierra, y pervierten el camino de los pobres. Padre e hijo se acuestan con la misma mujer, profanando así mi santo nombre” (2:6,7). No pasas a ser un marxista cuando trabajas por un mayor ejercicio de la justicia en la sociedad, como tampoco pasas a ser un derechista por defender la moral respecto de la sexualidad. Es allí donde cabe hacerse una pregunta: “-¿mi reacción de molestia contra mi hermano surge genuinamente del evangelio, o del ídolo o interés albergado en mi corazón, tapado por un manto de aparente cristianismo?”. Quiero decirte algo: nadie puede servir a dos señores. Siempre terminamos doblegándonos a uno por sobre el otro (Mateo 6:24), y eso es una ofensa a Dios de la que debemos arrepentirnos.

Desprendido de lo anterior, debemos decir que no existe en Chile un candidato que represente de manera integral los principios del Reino de Dios, por ende, no existe el candidato del pueblo de Dios. Previo a la elección, debes juzgar y ponderar los principios y programas de los candidatos, y decidir personalmente y a conciencia qué cosas privilegiarás a la hora de tu elección, de tal manera que cuando vayas a la urna secreta no te dejes llevar, simplemente, por un rostro que produce simpatía o por una performance elocuente, que sólo es fruto de un efecto publicitario. El día de las elecciones asiste a votar, no te restes de dicho proceso, sé responsable de lo que ocurre en tu país y ciudad. Y si estás descontento con el sistema político, anda y manifiesta ese descontento en tu votación, cosa de que en la estadística tu voto nulo o blanco quede contabilizado y no pase como simple apatía poco recordada.

La decisión electoral que tomes no sólo debe ser consciente de los principios del candidato de mi preferencia, sino también, de que lo que vemos como bueno y positivo en él es, al decir de Dooyeweerd, simplemente un “momento de verdad”. La consistencia sólo es posible cuando se abraza una cosmovisión cristiana sustentada en la Palabra de Dios, pero para que eso ocurra, primero debemos ser abrazados por el Padre. No busquemos frutos en árboles que no los producen.

También, desde un tono aplicativo, debo señalar lo siguiente: la política no es mala en sí misma, por lo que no es pecaminoso ni peligroso que un cristiano participe en política, o dialogue respecto de ella. La política como expresión de la actividad ciudadana en el mundo no está exenta del señorío de Cristo, y por ende puede ser un espacio para la glorificación de Dios (véanse los casos de José, Moisés, Josué, los jueces, los reyes, Daniel, Ester, Nehemías, entre otros). Y si bien es cierto, quienes servimos en la iglesia, predicando o enseñando, debiésemos tener claro que no debemos confundir el púlpito con la tribuna, sí tenemos el deber de hablar del tema desde una cosmovisión cristiana, inclusive, preparando a quienes tienen una vocación para servir en esa esfera de la vida. Calvino decía que: “Por tanto, no se debe poner en duda que el poder civil es una vocación no solamente santa y legítima delante de Dios, sino también muy sacrosanta y honrosa entre todas las vocaciones” (Institución de la Religión Cristiana, IV.XX.4).

Lo que ningún cristiano debe hacer, sobre todo si es un pastor, maestro o que ejerza algún tipo de liderazgo, ni mucho menos alguna institución, es promocionar a un candidato determinado, y llamar a votar por él porque representaría los valores y principios del pueblo de Dios. Eso genera una cooptación clerical comprometiendo la conciencia de los demás creyentes. Ningún sujeto o institución puede arrogarse la representatividad de la comunidad o de “la iglesia evangélica”, cosa que no existe. Nosotros no tenemos representantes amplios, no tenemos papas ni tampoco un solo corpus doctrinal entre las iglesias del país. La Biblia, además, no presenta un programa político sólido y cerrado, sino principios con los que se puede construir discursos susceptibles de estar marcados por la diversidad. Es allí, donde se pasa de lo teológico y lo político a lo ético. Debemos responsabilizarnos de lo que decimos, siempre a título personal, nunca a nombre de la comunidad, dispuestos a responder preguntas a dudas honestas, rendir cuentas cuando corresponda, y pedir perdón cuando hemos ofendido a los demás. La verdad siempre camina con el amor (Efesios 5:15), y es inconsistencia teológica disociar aquello que debe caminar unido siempre.

Los creyentes no podemos disociarnos de la vida en la ciudad y el país, sino por el contrario procurar y trabajar por la paz de ella (Jeremías 29:4-7). Los creyentes debemos obedecer las leyes, orar por todas las autoridades más allá de nuestros gustos y preferencias (1ª Timoteo 2:1,2), sufrir si se es perseguido (Hechos 20:22-24), y protestar (¡somos protestantes!) cuando no son fieles a su mandato haciendo preponderar la injusticia (véase el lenguaje ocupado por Isaías en el capítulo 14, los versículos 9 al 23). El cristianismo debe ser activo en la vida en el mundo, colaborando en la extensión del Reino de Dios a todas las esferas de la vida. Timothy Keller en su libro “Justicia generosa” dice: “Hacemos justicia cuando le otorgamos a todos los seres humanos su derecho como creaciones de Dios. Hacer justicia no solo incluye la enmienda de males, sino la generosidad y la preocupación social, especialmente hacia los pobres y vulnerables. Esta clase de vida refleja el carácter de Dios. Consiste en un amplio rango de actividades, desde los tratos honestos y justos con la gente en la vida diaria, pasando por donaciones regulares y radicalmente generosas de tu tiempo y recursos, hasta el activismo que busque terminar con formas particulares de injusticia, violencia y opresión”.

Nuestra esperanza real y verdadera no está en sujetos, partidos o programas políticos de diverso color y significancia. No supeditemos el triunfo de Dios en nuestro país, el mundo y en la historia total, a un resultado electoral que poco puede cambiar, o inclusive, cuando se da un cambio social que conmociona los fundamentos del mundo. Dios es providente y mucho más sabio y poderoso que nosotros. Un día todos los gobiernos de la tierra caerán (Lucas 1:51-53; Apocalipsis 18), y el Reino de Dios permanecerá firme (Lucas 1:30-33). Nuestra esperanza es escatológica y está en Aquél que dijo que tiene “el poder de hacer nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5).

Luis Pino Moyano.

 

En casa del publicano.

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Publicado originalmente Metanoia.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención en este último tiempo, respecto de la reaparición en la escena pública de cristianos evangélicos en Chile, con la intención de plantear ideas, algunas de ellas, en cierto sentido, transversales, tiene relación con la falta de atención en la forma en la que nos relacionamos con quienes no son creyentes cristianos como nosotros. En ese andar reflexivo, y ayudado por los jóvenes de la 7ª Iglesia Presbiteriana de Santiago que me invitaron a conversar sobre este asunto a partir de esta pregunta, a quienes agradezco su gran deferencia y, por supuesto, libero de responsabilidad de lo dicho acá, es que me he propuesto plantear algunas ideas. En primer lugar, quiero ir a la historia relatada en el evangelio de Lucas que nos presenta la relación que Jesús llega a tener con Zaqueo. El evangelio dice:

“Jesús entró en Jericó, y comenzó a cruzar la ciudad. Mientras caminaba, un hombre rico llamado Zaqueo, que era jefe de los cobradores de impuestos, trataba de ver quién era Jesús, pero por causa de la multitud no podía hacerlo, pues era de baja estatura. Pero rápidamente se adelantó y, para verlo, se trepó a un árbol, pues Jesús iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó a ese lugar, levantó la vista y le dijo: ‘Zaqueo, apúrate y baja de allí, porque hoy tengo que pasar la noche en tu casa’. Zaqueo bajó de prisa, y con mucho gusto recibió a Jesús. Todos, al ver esto, murmuraban, pues decían que Jesús había entrado en la casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso de pie y le dijo al Señor: ‘Señor, voy a dar ahora mismo la mitad de mis bienes a los pobres. Y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces más lo defraudado’. Jesús le dijo: ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues este hombre también es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido’” (Lucas 19:1-10, RVC).

La historia nos muestra a un sujeto llamado Zaqueo, cuyo nombre muy bonito (significaba “puro”, “justo”, o inclusive, “Dios se acordó”), no le representaba socialmente. Zaqueo era jefe de los cobradores de impuestos. Éstos tenían una muy mala reputación social, pues eran símbolo de la explotación imperial que recaía sobre sus coterráneos, por medio del cobro de impuestos que enriquecían las arcas romanas, lo que les constituía en enemigos de Israel. No sólo eso marcaba su reputación, sino el hecho sabido: muchos de los publicanos eran ladrones, cobrando más del impuesto asignado, lo que les permitía obtener un oneroso rédito. Rápidamente estos hombres ascendían socialmente, obtenían lujos que otros no podían alcanzar en su vida, pero un dejo de vacío les terminaba consumiendo. Los cobradores de impuestos vivían a las afueras de la ciudad, alejados de las personas. Nadie quería estar cerca de ellos, ni mucho menos, entrar en sus casas. Ningún padre de familia respetable y celoso de la ley del Señor habría permitido que una hija suya se hubiese casado con un cobrador de impuestos, por ende, la única relación posible (no legítima) con el sexo opuesto se efectuaba con prostitutas. Teniéndolo (aparentemente) todo, eran parias de la sociedad. Esta situación estaba exacerbada en Zaqueo, pues era jefe de los cobradores de impuestos de Jericó. O sea, en su ciudad, Zaqueo era el símbolo por excelencia de la corrupción, opresión e inmoralidad.

El jefe de los publicanos, en la cima de su profesión, pero con una necesidad que nada ni nadie podía llenar, por alguna circunstancia que no aparece en el texto conoce a Jesús. Lo que sí aparece con claridad, es que anhelaba profundamente conocerle. La regeneración operada en su corazón por el Espíritu Santo (¡calvinismo a la vena!), le hace no tener en cuenta su dignidad ni lo que dirían acerca de él. Sin miedo al ridículo, se sube a un árbol para ver a Jesús.

Uno tendería a pensar, a la luz del relato, que el protagonista central de esta historia es Zaqueo, cosa que surge de una mirada rápida. Y no es así. Él no es el protagonista central, porque ese papel recae en Jesús, como en todo el evangelio (y como debiese ser en todos nuestros planes y programas). Es Jesús quien busca a Zaqueo, se acerca y le habla. Es Jesús, en una prerrogativa que los reyes tenían, quien no siendo solicitado actúa invitándose a la casa de quien sólo puede ser un súbdito. Y aquí hay otra muestra de la regeneración: el texto señala que Zaqueo bajó de prisa del árbol y con gusto desplegó los preparativos para recibir a Jesús en su hogar. ¡La gracia es irresistible! Jesús, el protagonista de esta historia, actúa escandalosamente. Es probable, que los papás y las mamás judíos hayan tenido algún dicho similar al “dime con quién andas y te diré quién eres”, que escuchamos repetidamente en nuestros hogares. A Jesús eso poco le importa. Él tiene muestras de compasión y acercamiento con pobres, mujeres, samaritanos, leprosos, endemoniados y, por supuesto, con publicanos. Los toca, conversa con ellos, hasta comparte la mesa y, desde luego, sana las heridas del corazón, transformándoles como sólo él sabe hacerlo. Jesús hace lo que ningún judío respetable y preocupado por su alta reputación habría hecho: entra en la casa de Zaqueo a comer con él. Hay un acto de compasión por el pecador que muestra el amor que, al decir de Pablo, supera con creces nuestro entendimiento.

Aquí ocurre algo muy interesante: sin que Jesús dijera una sola palabra respecto de la baja condición moral de Zaqueo, sin exhortarle a cambiar, éste, por la obra del Espíritu, traducida en frutos de arrepentimiento, se compromete a restaurar el daño causado por él a sus conciudadanos, devolviéndoles, tal y como expresaba la ley del Señor (Éxodo 22:1), cuatro veces lo que había tomado de ellos injustamente. Pero Zaqueo, en “el primer amor” de la conversión, se compromete más allá de lo que la ley establecía, cuando señala que dará la mitad de sus bienes a los pobres. La misericordia de Zaqueo, que refleja que su corazón de piedra fue transformado en uno de carne, se palpa en su mirada respecto de las riquezas y cómo éstas pueden ser utilizadas principalmente en beneficio de los demás, porque “Dar algo al pobre es dárselo al Señor; el Señor sabe pagar el bien que se hace” (Proverbios 19:17, RVC). Luego de esto, Jesús alza su voz por primera vez en aquella casa para señalar que este publicano despreciado había sido salvado (¡sola gracia!, protestantismo a la vena), siendo reposicionado en la familia del pacto como un hijo de Abrahán. Jesús releva, también, algo sobre su identidad: el es quien viene a buscar y salvar a los perdidos. Y eso es tan radical en la vida y misión de Jesus, que él estaba en Jericó de paso, camino hacia Jerusalén, para experimentar el doloroso sufrimiento en la cruz por nuestra redención.

Si creemos y confesamos que la Biblia contiene todo lo necesario para nuestra salvación, y no hay nada que falte en ella, debiésemos tener presente que las palabras dichas por Jesús refieran a la salvación de los perdidos y no sean un mensaje centrado en la moralidad individual. Por lo mismo, quisiera invitarte a hacerte la siguiente imagen mental: ¿a quién, por ningún motivo, le predicarías el evangelio de Jesucristo? ¿La tienes ya en tu cabeza? Cumpliendo éste paso, es necesario que te preguntes si de verdad crees en la salvación por pura gracia. ¿De verdad estás dispuesto a dejar tus prejuicios dominantes y la comodidad de no acercarte a personas diferentes a ti por amor a Cristo y su misión?

¿Cómo miramos a los no creyentes? Nosotros tendemos a mirar a las personas, creyentes o no, sobre todo en los primeros acercamientos, a partir de la diferencia. Y si bien es cierto, es un punto focal legítimo, porque tendemos a aprender de manera significativa por comparaciones, no es la única forma que tenemos de mirar. De hecho, los creyentes tenemos un filtro para mirar a los demás llamado evangelio. El evangelio nos hace ver en los otros a “ovejas sin pastor”, carentes de cuidado, necesitadas de alimento genuino (¡la Palabra de Dios!) y como potenciales receptores de nuestro amor. Pero nuestra tendencia, pecaminosa por lo demás, consiste en ver a los demás como candidatos al infierno o, derechamente, como enemigos. La gracia se diluye en nuestras concepciones mentales cuando vemos a las personas de esa manera. Y aquí es necesario decir lo siguiente: si el cristianismo no bota las barreras étnicas, nacionales, culturales, políticas, entre hombres y mujeres, y de clases sociales, es porque en algo nos estamos adaptando a la individuación del sistema imperante. Podemos llamar de manera bíblica y consistente, que cualquier cosa que se transforme en una barrera a la proclamación del evangelio es un ídolo monstruoso, pues “cuando se sirve a Cristo, ya no hay más rotos ni realeza”, al decir hip-hopero de Elemento en su “Presuntos enemigos”.

Es aquí, entonces, donde la cosmovisión cristiana y la misión de Dios se funden en un solo plano, puesto que el cristianismo no es ascético ni intramuros, sino que se expresa en el mundo de manera concreta y vital como sal y luz. Ninguno de nosotros está llamado a formar ghettos de gente virtuosa en la iglesia y la familia, ni a la construcción de fortalezas de censura que nos impiden ver el fruto de la gracia común que se manifiesta en la ciencia, la técnica, el arte. Tal y como la invitación de Jeremías a los exiliados en Babilonia (Jeremías 29:4-7), somos llamados a apuntar al bienestar de la ciudad mediante el trabajo (mandato cultural), la construcción de familias y posteridad (mandato social) y por la búsqueda del bienestar común. Todo esto, porque de dicha acción depende nuestro propio bienestar. La postura del profeta no es reaccionaria, sino profundamente activa. Shalom no sólo es paz, es justicia social, vida abundante, armonía. Y es más, es sumamente contracultural para los receptores originales, pues lo que el profeta les pide a los exiliados en la ciudad símbolo del pecado y la corrupción, Babilonia, es que colaboren en la propagación del Shalom de Dios en un espacio abiertamente pagano.

Entonces, tenemos desafíos por delante:

  1. A la hora de dialogar con otros, tenemos el deber de reconocer no sólo aquello que atenta contra las verdades eternas de la Palabra de Dios, cosa muy necesaria y justa por lo demás, sino también, reconocer la belleza y verdad que por algunos instantes ciertos no creyentes pueden producir. El problema nunca está en leer, ver o escuchar, sino que siempre está en no pensar y en no abrirse a la posibilidad de dialogar. La correcta contextualización del evangelio en los lugares donde vivimos y trabajamos se da en el reconocimiento de aquello que podemos asumir como propio, transformar por medio del trabajo redentivo y, ciertamente, aquello que debemos rechazar radicalmente como pecaminoso. Pero para eso, lo primero que hay que hacer es conocer y no crear búrbujas que cuando se rompen dejan muchos estragos.
  1. Seamos amigos de las personas. Timothy Keller en su libro “Iglesia centrada” utiliza el concepto de integridad relacional, la que se da en la cotidianidad en el hecho de que nosotros somos iguales que nuestros vecinos y amigos, y a la vez, profundamente diferentes en el plano ético sustentado en la Escritura. Esto requiere de vitalidad y trabajo, porque invita a salir del ensimismamiento individualista de nuestra generación, para pasar a la aventura del conocer y amar a quien es diferente a mí. Ese amor que ha marcado el ejercicio de la hospitalidad cristiana por siglos, no puede ser desdeñado en el presente por nuestra omisión. Una base poderosa para la predicación del evangelio, a lo largo de la historia cristiana, ha sido el amor desplegado por los creyentes. Y no es que la salvación que Dios realiza en las personas dependa de nuestras acciones, sino que éstas son ocupadas por él para propiciar oportunidades para compartir el evangelio e invitar a tu comunidad a quienes son tus amigos. Tú cumple el mandato de predicar dicho mensaje, sin importar cuántas veces lo hagas, aunque no den los resultados que esperas. Y, ¡por favor!, no dejes a tus amigos porque no se convierten. La amistad no es un medio maquiavélico que se desecha cuando alguien no es salvo. Es terrible el dolor de personas que muy posteriormente han experimentado la conversión, y se han visto usadas por amigos que les desecharon, simplemente, por no no lograr lo que ellos esperaban. El amor verdadero de relaciones significativas es un puente para la proclamación del evangelio, no un medio infalible ni tampoco uno desechable. El discipulado se da en el marco del amor y la verdad.

Nunca debiésemos olvidar cuando nos relacionamos con no creyentes, que la única posibilidad de coherencia se alcanza abrazando una sólida cosmovisión cristiana. Pero previamente a eso, uno debe ser abrazado por el Padre. Zaqueo no podía por sí mismo cumplir la ley e ir más allá de ella. Necesitó del abrazo del Padre dado en Jesucristo. ¡Sí!, es sumamente importante decir la verdad que emerge de la Biblia como una lámpara constantemente encendida. Pero eso, nunca es un obstáculo para amar. Pues, si Cristo te miró con amor a ti, depravado totalmente (yo, el primero de esos), ¿por qué no puedes mirar a otros con amor? ¿Por qué te molesta tanto, entonces, que otros no puedan con ellos mismos? ¿Acaso tú puedes contigo mismo, para que en una actitud moralista te atrevas a desechar a quienes no alcanzan tus estándares de vida, inalcanzables para ti también? Necesitamos arrepentirnos y volver al evangelio. Al evangelio anunciado por Jesús en Jericó, en la casa de Zaqueo el jefe de los cobradores de impuestos.

Luis Pino Moyano.

Cuando la comunidad se rompe por una idea diferente.

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De la película: “Kingsman: the secret service”.

Leyendo una compilación de entrevistas hechas a Violeta Parra entre 1954 y 1967, me encontré con una en la que se le preguntó sobre la opinión que la prensa tenía respecto de ella. Señaló que particularmente los diarios que discordaban de su opinión política (ella habla de “los diarios de derecha, de la burguesía”) no la trataban bien. Acto seguido, señala lo que a mi me parece relevante sacar a colación en este post. Dice Violeta Parra: “Cada vez que me meto en política, esa gente se enoja conmigo; quisieran que sólo fuera cantante. Pero también hay personas pertenecientes a la burguesía que son muy abiertas y me aprecian. Lo que hay que hacer es juntar a todo el mundo… y a veces los enemigos son más interesantes que los amigos”[1].

Me gusta la fuerza de la expresión parriana, porque me lleva a pensar en la realidad de la iglesia. Hay muchos factores que causan divisiones al interior de las comunidades eclesiales, pero sin duda, la más compleja de vivir y derruir es aquella que dice relación con las posiciones políticas. A veces, se espera que ciertos sujetos no den sus opiniones políticas, acallando el pensamiento diverso y la capacidad de pensar. Entonces, “facho”, “amarillo” y “marxista” surgen como adjetivos calificativos, de corte denigratorio, más que como conceptos respecto de una identidad política. Somos veloces para definir a las personas, sin siquiera hacer el ejercicio de escucharles. Todo esto, a expensas de no aprender ni conocer, precisamente, porque no nos abrimos al diálogo con el diferente, con un otro que tiene la fuerza para mostrarnos la debilidad de nuestros argumentos y no simplemente con el otro-igual que nos palmotea el hombro, nos felicita o de buenas a primeras nos da un like de Facebook. Esto es lamentable, porque a veces no-creyentes nos dan lecciones de “amistad cívica” mayores a las que nos encontramos en muchas comunidades (gloria a Dios por la gracia común). Nos alejamos voluntaria y unilateralmente de la posibilidad de encontrar lo “interesante” que existe en el que a simple vista es un “enemigo”.

Todo esto tiene mucha relación con lo expresado años atrás por el apóstol Pablo en su carta a los Gálatas. Documento clave en el contexto de la Reforma Protestante, por ser un emblema de la libertad cristiana. Pablo es sumamente radical cuando dice: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26-28, NVI). En el contexto vital de la carta, los paganos eran tenidos por los judíos como “perros”, los griegos consideraban a los esclavos “implementos animados”, las mujeres -como en muchos momentos de la historia- eran vistas como sujetos inferiores. Lo que Pablo exhorta acá debe resonar en nuestras mentes y corazones. Todas las barreras sociales, culturales y de género deben ser abandonadas, porque nadie puede salvarse por ellas, ni mucho menos, puede ganar el favor de Dios por una determinada condición. El Señor proclamó la paz entre nosotros botando con el poder de su Espíritu “el muro de enemistad que nos separaba”, haciéndonos parte de un mismo pueblo. Lo que nos identifica plenamente es que somos “hijos de Dios”. ¡No hay mayor apelativo identificador que podamos recibir!

Con la ayuda del Señor la iglesia se transforma en el único lugar que puede vivir la amistad y hermandad de aquellos que, en otros contextos, nada ni nadie los podría unir. Y esto, porque la iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio: a saber, la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz. Somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás.

Esto nos reporta dos desafíos: evaluar todos nuestros pensamientos a la luz de una sólida cosmovisión cristiana, que tiene como fundamento la única y suficiente regla de fe y de práctica. Aún así, es susceptible que sigamos reconociendo diferencias de opinión en la iglesia de Cristo. Entonces, vale la pena decir con fuerza que ninguna de esas divisiones y diferencias vale algo en el pueblo de Dios. En Cristo, somos uno. Y si usted tiene como mayor cualquier cosa ocurrida en el país en el devenir histórico, a un actor político del pasado o del presente o un determinado principio filosófico-político-o-económico, y eso obstaculiza su relación de hermano con otro en la iglesia, está poniendo otra cosa en lugar de Cristo, como señor y dios de su vida, sustituyendo a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Si usted ama más un determinado proyecto político que a su propio hermano, como lo mandata la Escritura, no está siguiendo uno de los principales mandamientos de quienes siguen a Jesús (Juan 15:17; 1ª Juan 4:7,8,20,21). Tengamos la capacidad de dialogar y de disentir de manera respetuosa frente a las posiciones ajenas.

Que la ideología propia con la que vemos los ídolos de los demás (y que nos hace gozar cuando éstos se desmoronan), no obnubile la mirada respecto de nuestros propios ídolos. La honestidad del corazón, más que necesaria, es urgente. Claramente esto cuesta. Pero “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9, NVI). No seamos culpables de destruir la unidad del cuerpo de Cristo por levantar muros e ídolos que el Señor derribó y derrotó con su sangre en la cruz. Y en esto, Dios no nos pide tibieza ni medias tintas, sino llegar a “dar la vida por los amigos” (Juan 15:13). Eso de “no meto las manos al fuego por nadie”, no forma parte de los principios del Reino sino de la ideología del mundo. Más allá, de que corras el riesgo de quemarte.

Como dice mi amigo Elemento, con la fuerza de su hip-hop, “Porque, ¿qué son las diferencias? / Cuando se sirve a Cristo ya no hay más rotos ni realeza”[2].

 Luis Pino Moyano.


[1] “Violeta Parra: una gran artista chilena”. Entrevista realizada por Hubert Joanneton para Radio-TV Je Vais Tour, Lausana, Suiza. En: Marisol García. Violeta Parra en sus palabras. Entrevistas (1954-1967). Santiago, Catalonia y Periodismo UDP, 2016, p. 109.

[2] Elemento. “Presuntos enemigos”. En el EP: El poeta es un profeta.

La teología es para la doxología.

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Luis Pino Moyano[1].

* Publicado originalmente en Cantemos el Evangelio.

A comienzos de la década del 2000 iba rumbo a mi casa en un microbús, luego de una jornada laboral ardua, y viendo por la ventana me encontré con una muy humilde librería que tenía en su mostrador un ejemplar de un libro que hace un tiempo buscaba: Teología concisa, del teólogo anglicano J. I. Packer. Me paré de un sopetón, toqué el timbre, crucé la calle y compré el libro. Tomé otro microbús y me fui a casa. Mientras viajaba comencé a leer y en el prefacio, en la segunda página del libro, me encontré con una de las declaraciones más bellas y contundentes que he leído de la pluma de un teólogo. El impacto fue inmediato. Y la memoria, desde ese día, comenzó su trabajo de discernimiento de la realidad. Packer dijo: “Tal como les digo con frecuencia a mis estudiantes, la teología es para la doxología y la consagración; esto es para alabar a Dios y practicar la santidad. Por consiguiente, se la debe presentar de tal forma que nos haga conscientes de la presencia divina. La teología se halla en su momento más sano cuando se halla conscientemente bajo el ojo de Dios y cuando está cantando para su gloria”[2]. Analicemos lo dicho acá.

  1. La teología es para la doxología.

 Doxología, literalmente, significa palabra o discurso de gloria. A lo largo de la historia se aplicaba a la alabanza a la Trinidad. Cuando Packer hace su planteamiento nos vuela la cabeza, porque nos muestra a la teología con una finalidad bastante diferente a la que nosotros pensamos en la cotidianidad: la teología no es para agigantar nuestros cerebros de conocimiento memorable ni mucho menos para aparentar saber tanto que despreciamos a hermanos que carecerían de dicho saber; no, la teología es para la adoración, para alabar al Dios de la vida, conociendo lo que la Biblia nos dice acerca del ser de Dios, de su carácter santo, de sus atributos.

Entonces, no es verdadero conocimiento de Dios aquél que busca meros aprendizajes, o el aplauso de las personas, o los likes de Facebook. Conocer, bíblicamente, implica intimidad, cercanía, la que no es posible sin un acto de gracia de aquél que nos amó desde la eternidad. Cuando conocemos a Dios reconocemos que Él es eterno, grande, impecable, todopoderoso, omnisciente, omnipresente, mientras que nosotros somos finitos, pequeños, pecables, débiles, con capacidades físicas y cognitivas limitadas. Frente a dicha realidad, no queda otra alternativa que alzar las manos al cielo y adorar al Dios que vive y permanece para siempre. Pero, por si esto fuera poco, la revelación registrada en la Biblia por inspiración del Espíritu Santo es un acto de condescendencia tan grande, al nivel que Dios puso en su boca santa nuestras palabras. Moisés señaló: “El Señor nuestro Dios tiene secretos que nadie conoce. No se nos pedirá cuenta de ellos. Sin embargo, nosotros y nuestros hijos somos responsables por siempre de todo lo que se nos ha revelado, a fin de que obedezcamos todas las condiciones de estas instrucciones” (Deuteronomio 29:29 NTV). Ante ese Dios graciosamente condescendiente, no sólo hablamos, sino también callamos, rindiéndonos ante su presencia, alzando nuestras manos con alegría y sencillez de corazón.

Isaías 12 es uno de los muchos textos de la Biblia que nos habla sobre la adoración. Nos dice que debemos adorar a Dios, siendo Él la razón única verdadera, concreta y consistente de dicho acto. Nos señala los motivos: hemos sido salvados por Él y recibimos de su parte la fuerza necesaria para la vida. Releva que dicha adoración no está limitada por los momentos, por ende, no surge ni de la alegría ni de la tristeza, sino de la gracia de Dios que vive en nosotros y nos da alegría constante. Y el texto nos señala, también, quiénes adoran: el pueblo de Dios y todos los pueblos de la tierra. Esto quiere decir que la adoración bíblica siempre es comunal y es convocante. Respecto de esto último me parece pertinente citar al pastor John Piper cuando plantea que “Las misiones no son el objetivo último de la Iglesia. El objetivo último es la adoración. Las misiones existen porque no hay adoración. La adoración es el objetivo último, y no las misiones, porque Dios es la realidad última, no el Hombre. Cuando esta era se acabe, y los millones de redimidos se postren ante el trono de Dios, las misiones dejarán de existir. Es una necesidad temporal. Pero la adoración permanece para siempre”[3]. En síntesis, la adoración comunitaria del pueblo de Dios, particularmente en el culto estricto del día del Señor, es una celebración escatológica y misional, es anuncio de la esperanza bienaventurada y proclamación de la buena noticia de Jesucristo.

  1. ¿Y la práctica de la santidad?

 ¿Podría haber recortado esta parte porque el artículo habla de adoración? Sí. Claramente sí. Era cómodo para ti y para mí (habría escrito menos y tú habrías ocupado menos tiempo en leer). Ahora bien, no será una mirada amplia, sino una aplicada al acto de adorar.

La adoración es parte de la práctica de la santidad. Estamos Coram Deo, ante la faz del Dios tres veces santo, de quien no podemos jamás ocultarnos, en el que temor y amor se conjugan en el misterio de la gracia que nos hizo vivir de verdad. La adoración es parte de la práctica de la santidad, porque nos enseña a someternos tal y como nos dice el salmista: “Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado” (Salmo 100:3, RV 1960). La adoración surge del verdadero conocimiento, que al decir de Calvino procede del conocimiento de Dios y de nosotros mismos. No hay adoración cuando no nos reconocemos como criaturas, pueblo, ovejas, frente al único Dios verdadero y soberano sobre todo. La adoración es parte de la práctica de santidad porque nos invita a la honestidad delante de Dios. El profeta Isaías proclamó la palabra de Yahvé que dice: “Este pueblo dice que me pertenece; me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. Y la adoración que me dirige no es más que reglas humanas, aprendidas de memoria” (Isaías 29:13 NTV). Por muy melodiosas que sean nuestras voces (soy muy solidario conmigo en esto) eso no sirve de nada si lo que emana de ella no es el resultado de un corazón agradecido.

  1. Cantar para la gloria de Dios.

 En este punto quisiera centrarme en el canto comunitario del pueblo de Dios a la hora del culto, no por excluir a quienes se dedican a la producción e interpretación musical, sino simplemente porque éste se encuentra conectado con mis tareas en la iglesia. En el momento del culto es la iglesia la que canta, por ende, los equipos de adoración ayudan a dicha tarea dirigiendo. Esa dirección no es tomar el lugar de la congregación profesionalizando la expresión celebrativa del culto, sino una guía por medio de la enseñanza práctica del canto que se expresa con decencia y orden. A 500 años de la Reforma retomemos la fuerte convicción del canto congregacional como sello del culto protestante.

Por su parte, los cantos deben expresar lo que la Palabra de Dios dice. Los cantos son instrumentos que sirven a la Biblia en la producción y declaración de una teología sana. En dicha teología el conocimiento nunca está disociado de la emoción, pues como planteó el apóstol Pablo: Oraré en el espíritu y también oraré con palabras que entiendo. Cantaré en el espíritu y también cantaré con palabras que entiendo” (1ª Corintios 14:15, NTV). La disociación entre razón y emociones es propia de la modernidad humanista y secular. Somos seres integrales que no nos sacamos el cerebro a la hora de cultuar al Señor. Por esto, lo que se canta debe ser trabajado o estudiado, según el caso, a la luz de las Escrituras. Dietrich Bonhoeffer señaló en su Vida en comunidad que “El corazón canta porque está lleno de la presencia de Cristo. De ahí que, en la Iglesia, el canto sea un acto espiritual. Presupone sumisión a la palabra y a la comunidad, mucha humildad y una gran disciplina. Un cántico que no fuese cantado con el corazón no sería más que un himno horrible y confuso de autoalabanza humana. Cuando no se canta por Dios, se canta por uno mismo o por la música. Pero de esa forma el cántico nuevo degenera en un canto a los ídolos”[4]. Me gusta mucho el énfasis del pastor y teólogo alemán porque abre camino a una lectura confesional. Las confesiones de fe no sólo son declaraciones teológicas que se creen y afirman, sino que además, son marcos para la vida común: nos hacen estar de acuerdo, a lo menos, en una serie de puntos definidos. Los equipos de adoración no son independientes a la hora de definir lo que se canta en la congregación, debiendo fundamentar su elección en la Palabra de Dios, con la ayuda de la añosa sabiduría confesional. Se canta lo que se cree es un viejo principio que no debemos quitar en el afán de inventar la pólvora emergiendo a un devenir incierto.

Aquí surge una pregunta: ¿Hasta qué punto nuestro culto busca satisfacer nuestros gustos y emociones? Y ojo con esto, que con el boom de la teología reformada en América Latina hasta la “salmodia exclusiva” puede transformarse en objeto de consumo, pues el mercado da para todo. Debemos matar el espíritu de “culto para consumidores”. Ni la búsqueda de la creatividad, de lo inspirador, de lo motivacional y del constituirnos en sujetos agradables, reemplaza a la obediencia y a la fidelidad. El ejemplo de la salmodia exclusiva es valioso en este punto. Quiero dar mi opinión sin dogmatizar ni generalizar. Postulo que los salmos y otros textos bíblicos musicalizados ponen en nuestros labios con seguridad la Palabra de Dios. Pero eso no obsta, para que lo que cantemos en himnos y canciones, expresando lo que la Biblia dice, quede fuera del culto. Me juego, entonces, por una “salmodia preferente”. Ahora bien, frente a la problemática de cantar sólo salmos, yo me pregunto: ¿qué pasa si los salmos musicalizados suenan a rock, cueca o tonada, hip-hop y demás? ¿Los promotores de la salmodia exclusiva los aceptarían? ¿Hasta qué punto eso, en algunos casos, no es simplemente una práctica de consumo cúltico que busca resucitar expresiones del pasado como una moda?

Respecto del estilo musical empleado en el culto congregacional concuerdo con lo señalado por el pastor Ricardo Agreste que plantea que: “El estilo musical […] puede combinar diferentes elementos, mas siempre demostrando gran sensibilidad cultural con las personas a las cuales la comunidad es enviada. El factor más importante acá no es la preferencia de sus miembros, sino un estilo encarnacional que se desenvuelve a partir de la conciencia de una iglesia que adora misionalmente a Dios”[5]. Y aquí, nuevamente otras preguntas que invito a que te hagas: ¿Hasta qué punto nuestros cultos son una copia de la cultura anglosajona de ayer y hoy, o de las iglesias del Chile del siglo XIX, o de las iglesias madres o de las que colaboran en nuestro financiamiento? ¿Hasta qué punto son un viaje en una máquina del tiempo y el espacio, que produce bienestar sólo a los que han sido iniciados en un tipo de cultura? La sana teología, sin necesidad de transar con lo permanente, es siempre dialogante con la cultura y con los sujetos de hoy, creyentes o no.

Y aquí llegamos al punto central de la declaración, despejando las aristas que se nos presentan respecto del tema: El culto es para Dios, no para nosotros. Debe centrarse en Él, basarse en su Palabra, realizarse con pasión-fervor-y-excelencia. Dios es celoso, no comparte su gloria con nadie (Isaías 42:8). Cualquier obstáculo, por muy piadoso que parezca, si interfiere en la comunión con Dios, se transforma en un acto idolátrico. Dicho esto, es evidente que la adoración gozosa trae resultados consigo para el pueblo de Dios. El tema es que dichos resultados no son la finalidad, sino que existen por la adoración al trino Dios, y debemos alegrarnos por ello. En la adoración somos confrontados, transformados y liberados por quien tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Y ese acto redentivo trae felicidad a la comunidad fraterna en Jesús. Por eso, “¿Alguno está feliz? Que cante alabanzas” (Santiago 5:13, NTV).


[1] Esposo de Mónica, papá de Miguel y Sophía. Plantador de la Iglesia Refugio de Gracia (Maipú, Chile). Licenciado en Historia.

[2] Packer, James I. Teología Concisa. Una guía a las creencias del cristianismo histórico. Miami, Editorial Unilit, 1998, p. xi.

[3] John Piper. ¡Alégrense las naciones! La supremacía de Dios en las misiones. Barcelona, Editorial CLIE, 2007, p. 27.

[4] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 58, 59.

[5] Ricardo Agreste. Igreja? Tô fora! São Paulo, Z3 Editora, 2015, p. 122. La traducción es mía.

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La liturgia en la plantación y la revitalización de iglesias.

El 24 de septiembre de 2016, en la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, se llevó a cabo el Encuentro Presbiterial Planta! 2016. En él se abordó el tema del culto en el contexto de la plantación y la revitalización de iglesias.

 En dicha instancia me correspondió realizar el taller de liturgia. Les comparto el vídeo y las diapositivas de la presentación, esperando que sean útiles en la reflexión de este tema.

 Puede descargar las diapositivas haciendo clic aquí.

Cosmovisión cristiana y posmodernidad.

Entre los días 20 al 24 de enero de 2016, se realizó el “Retiro Metanoia” de los Jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Allí, tuve la oportunidad de compartir el tema “Posmodernidad y Cosmovisión Cristiana”.

 Comparto este vídeo como un recurso más para la comprensión de la época en la que vivimos y los desafíos que ésta nos propone como cristianos.