Summer Theology: “Presbiterianismo: Identidad e Historia”.

Summer Theology es una actividad de extensión de la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, que se hace en el mes de enero. En 2019 es su quinta versión, y en esta oportunidad su tema central es “Presbiterianismo: Identidad e Historia”. 

Se realiza los días miércoles, en las dependencias de dicha iglesia, ubicada en Balmaceda 621 a pasos del Metro Plaza de Puente Alto, a las 20:00 hrs.

En este post, semana a semana, subiremos el podcast de la exposición, junto con los apuntes que serán entregados a cada participante en formato PDF.

Sesión #1: El sentido presbiteriano de la vida.

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Temas abordados: a) ¿Qué significa ser presbiteriano?; b) el corazón del sentido presbiteriano de la vida; c) el señorío de Cristo; d) la iglesia; e) el gobierno eclesiástico; f) la misión; g) la espiritualidad; h) la membresía eclesial; i) el conocimiento; j) la relación con el mundo y el trabajo.

Sesión #2: Orígenes del Presbiterianismo.

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Temas abordados: a) Premisas bíblicas y teóricas para la historia eclesiástica; b) el antecedente de la Reforma Protestante; c) Juan Calvino; d) calvinistas en Europa; e) la Reforma en Escocia; f) John Knox; g) la Iglesia de Escocia; h) el Presbiterianismo en Estados Unidos; i) la confesionalidad de la iglesia; j) la Confesión Escocesa; y k) los Estándares de Westminster.

Sesión #3: Presbiterianismo chileno, 1ª Parte.

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Temas abordados: a) Genealogía del Presbiterianismo chileno; b) José Manuel Ibáñez Guzmán; c) La Corporación Unión Evangélica; d) Proyecto misionero combativo y formas de evangelización; e) Elementos de cambio; f) Un análisis de época: “Nuestra situación presbiteriana”; g) ¿Liberalismo en la Iglesia Presbiteriana en Chile; h) Los primeros intentos de solución al estancamiento; i) Relaciones interdenominacionales.

Sesión #4: Presbiterianismo chileno, 2ª Parte.

 

Temas abordados: a) La nacionalización de la Iglesia Presbiteriana en Chile; b) Desafíos y problemas posteriores; c) Moderadores del Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile (énfasis analítico en el Pr. Horacio González); d) Situación actual de la IPCH; e) Presbiterianos y sociedad; y f) Iglesia Puente de Vida.

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Recomendaciones lectoras.

* Hemos subido libros cuyas ediciones están discontinuidas o fueron liberados por su editorial.

Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Abrir aquí.

Los estándares de Westminster. Abrir aquí.

Charles Hodge. Qué es el presbiterianismo. Abrir aquí.

Jean McLean. Historia de la Iglesia Presbiteriana en Chile. Santiago, Imprenta Universitaria, 1932; Santiago, Escuela Nacional de Artes Gráficas, 1954 (esa segunda edición tuvo información actualizada). Abrir primera edición aquí.

Carlos Núñez y Horacio González. Nuestra situación presbiteriana. Santiago, Bureau Gráfico, 1935. Abrir aquí.

Luis Pino. Plantando el evangelio en cada corazón. Hacia una historia de la Iglesia Puente de Vida (2008-2013). Abrir aquí.

Marcone Bezerra (editor). Meditad sobre vuestros caminos. Reflexiones en torno a los 150 años del presbiterianismo en Chile. Santiago, Sabiduría Libros, 2018. 

Juan Calvino. La necesidad de reformar la iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010.

Edmund Clowney. La Iglesia. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2015.

Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. San José, CLIR, 2010.

Giorgio Tourn. Juan Calvino, el reformador de Ginebra. Barcelona, Editorial CLIE, 2016.

Irven Paul. Un reformador yanqui en Chile. Santiago, Iglesia Presbiteriana de Chile, 1995.

Ximena Prado. David Trumbull, un protestante del siglo XIX puertas adentro y puertas afuera. Viña del Mar, Mediador Ediciones, 2018.

Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial Del Pacífico, 1962, pp. 36-48; 129-134.

Humberto Muñoz. Nuestros hermanos evangélicos. Santiago, Ediciones Nueva Universidad, 1974, pp. 101-122.

Humberto Lagos. Herejía en Chile. Evangélicos y protestantes desde la Colonia hasta 1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2010.

Juan Ortiz. Historia de los evangélicos en Chile: de disidentes a canutos. Liberales, radicales, masones y artesanos. Santiago, Editorial Parousía, [¿2015?], pp. 53 y ss.

Oscar Pereira. Presencia y arraigo protestante evangélico en Chile 1845-1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2016, pp. 52-104; 171-178.

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¿Por qué cantar y orar en navidad?

“El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto. Pero cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados’. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: ‘La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel’ (que significa ‘Dios con nosotros’)” (Mateo 1:18-23).

¿Se debe celebrar la navidad? ¿Es posible cantar y orar en Navidad? Algunos creen que no debemos celebrar la Navidad, por su aparente origen pagano, el del nacimiento del sol, lo que daría cuenta de un sincretismo religioso innecesario. Otros, apelando al “real sentido de la navidad”, alzan sus banderas anticonsumo, y cuestionan el ejercicio de comprar y regalar. Otros piensan que la navidad es para los niños, y que es por ellos que hay que celebrarla. Todas esas visiones conllevan maneras distintas de ver y realizar la celebración.

¿Pero qué decir frente a estas miradas tan dispares? Que a pesar de las notorias diferencias, todas se unen en un punto: el del olvido…

  • El olvido de que ésta es una tremenda oportunidad que nos brinda el calendario para hablar del amor de Jesús el Redentor, que nació en Belén, sobre todo a nuestros familiares y amigos no creyentes.
  • El olvido de que los regalos y el compartir no necesariamente muestran una actitud consumista, sino más bien, relevan la posición de nuestro corazón, el sentido que damos a dicha entrega, recordando que para el cristianismo vale más “dar que recibir”.

La Navidad es una fiesta que nos invita a no olvidar. La Navidad es un acto de memoria en el que celebramos la encarnación de Jesús, cuyo nacimiento, vida, enseñanza, muerte y resurrección nos da la certeza de la Redención, la que alcanza a todos los que fueron amados por Dios desde la eternidad, antes de que el mundo fuese.

Aún no hemos respondido a cabalidad la pregunta: ¿Por qué cantar y orar en navidad? Leímos el texto de Mateo, que nos presenta el evangelio a través de tres nombres dados al Salvador. Esos tres nombres nos presentan la identidad de Jesús y, además, el poder de su obra.

Jesús es la forma griega del nombre hebreo “Josué”. Era un nombre muy común en la época. Lo que importa es su significado y la radicalidad que alcanza en la persona del niño que nació en Belén. El nombre significa “Yahvé salva”. Sin lugar a dudas, la encarnación tiene un sentido misional cuyo clímax se encuentra en la cruz de Cristo. La navidad está muy ligada a la pascua. No son lo mismo, pero no pueden entenderse por separado. Cristo descendió a la tierra para morir. Así lo señala Pablo cuando dice: “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación. Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios” (2ª Corintios 5:17-21). Fue por nuestra salvación que la Segunda Persona de la Trinidad, Dios mismo, se hizo hombre y nació en un humilde establo, y recostado en un pesebre. Fue por amor a nosotros que Cristo sufrió la cruz. Es Dios quien está en misión, y en esa misión de reconciliación, Cristo es el Salvador. La justicia y la gracia se nos manifiestan en el pesebre y en la cruz. Junto a Charles Spurgeon podemos decir que: “Habrá paz para la raza humana, y buena voluntad hacia los hombres por siempre y para siempre, mientras se dé gloria a Dios en las alturas. ¡Oh bendito pensamiento! La Estrella de Belén nunca se ocultará. Jesús, el más hermoso entre diez mil, el más amable entre los bellos, es un gozo para siempre”.

Cristo, es el otro nombre. También es un concepto griego, que reemplaza a uno hebreo, en este caso el de Mesías. Significa “ungido” (ungir es untar con aceite), alguien que fue llamado y consagrado para cumplir una labor, en este caso la del Libertador prometido en todo el Antiguo Testamento. Cristo fue ungido para llevar a cabo su función de Rey, Profeta y Sacerdote. Esto es una buena noticia, pues el Reino de Dios se ha acercado a nosotros en la persona de Cristo, Reino que será consumado en el día final. Es una buena noticia, porque recibimos al profeta por excelencia, a aquél que nos trajo la Palabra viva del cielo, hablándonos con autoridad, no como los maestros de la ley y los fariseos. Él es el autor y el consumador de nuestra fe. Es una buena noticia porque hemos recibido al sacerdote perfecto. Sacerdote que no sólo ofició el sacrificio, sino que además fue la ofrenda perfecta, la única posible para conseguir eterna redención. Hasta el día de hoy él intercede por nosotros delante de nuestro Padre.

Emanuel, es el tercer nombre. Es el cumplimiento pleno de la profecía dicha por Isaías. Es el cumplimiento literal de la profecía y no una mera señal de la presencia de Dios con nosotros. ¡Cristo es Dios! Juan 1:1: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”; Colosenses 2:9: “Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo”; Romanos 9:5: “De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén”; Tito 2:13: “mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”; Hebreos 1:8, Dios hablando, dice: “Pero con respecto al Hijo dice: ‘Tu trono, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos, y el cetro de tu reino es un cetro de justicia’”; y 1ª Juan 5:20: “También sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al Dios verdadero. Y estamos con el Verdadero, con su Hijo Jesucristo. Éste es el Dios verdadero y la vida eterna”. No existe religión en el mundo que tenga un dios tan cercano, como el Dios verdadero, del cual el Emanuel es la imagen visible.

Un viejo himno decía: “Oh ven bendito Emanuel / de la maldad rescata a Israel, / que llora en triste desolación / y espera ansioso su liberación”. El bendito Emanuel está con nosotros, nos salvó y vive con nosotros. Él prometió estar presente con sus discípulos hasta que venga otra vez. ¡Jesucristo está con nosotros! Su presencia nos da vida.

Dietrich Bonhoeffer señaló en Resistencia y sumisión que: “La iglesia ha de colaborar en las tareas profanas de la vida social humana, no dominando, sino ayudando y sirviendo. Ha de manifestar a los hombres de todas las profesiones lo que es una vida con Cristo, lo que significa ‘ser para los demás’”. Lo que los cristianos celebramos en navidad no es la fiesta del consumo, cuyo gozo absoluto es “recibir” y “tener”, sino más bien una fiesta que se goza en “dar”, en “ser para los demás”, lo que se manifestó de manera totalmente concreta y real en un humilde pesebre, en las enseñanzas del Hijo del Hombre y en una pesada cruz.

¿Por qué cantar con fervor y orar con agradecimiento en Navidad? Porque Jesús de Nazaret, es el Cristo y es el Emanuel. ¿Qué más motivos podríamos querer?

Vivamos como salvos. Trabajemos como colaboradores del Reino de Dios. Alegrémonos porque Dios está con nosotros. Todo eso debiera llevarnos a caer de rodillas y orar con alegría y sencillez de corazón.

Navidad, sin dudas, es un tiempo para cantar y orar.

Luis Pino Moyano.

* Reflexión bíblica compartida en el culto de Nochebuena de 2016, en la Iglesia Refugio de Gracia.

Celebremos la navidad con alegría.

Está más que claro que Jesús no nació un 25 de diciembre del año 0. De hecho, es muy probable que naciera el 3 o 4 antes de él mismo. Y de hecho, es indudable que antes de nuestra celebración de la navidad existió una fiesta de origen pagano dedicada al sol invicto. ¿Por qué entonces celebrar la navidad? 

Celebramos la navidad porque esta fiesta nos invita a recordar y celebrar a Jesucristo, quien teniendo toda la alabanza en el cielo, dejó su gloria y se humanó por amor a nosotros, encarnándose en una realidad totalmente distinta a la propia. Jesús se hace carne en un pueblo que estaba sometido bajo el yugo del imperio romano, llegando a una familia de Nazaret, un lugar del que nadie esperaba nada bueno, y cuyo padre de familia era un artesano. Su pobreza es radicalizada cuando no encuentran un lugar dónde quedarse en Belén, sino solamente en una cueva donde encontraban cobijo los animales de familia, en el que la cuna fue un pesebre, es decir, el cajón donde se colocaba la comida de las especies del campo.

No es cosa menor que los primeros en recibir la noticia del nacimiento de Jesús fueron pastores trashumantes, que cargaban con el fuerte prejuicio de ser amigos de lo ajeno. Pablo señaló que: “Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes llegaran a ser ricos” (2ª Corintios 8:9). El hijo de Dios se ha humillado. Es por eso que la navidad trae consigo un mensaje que quita el miedo y produce alegría: “Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:10,11). Y aquí, hay otro motivo por el que podemos celebrar: y es que el evangelio es una fuente que produce alegría, alegría que radica en la salvación que trajo el niño que nació en Belén. 

Los ángeles que se aparecieron a los pastores, cantaron dicha noche: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad” (Lucas 2:14). He aquí, en esas breves palabras la profundidad de la buena noticia: Dios es glorificado, y sólo Él debe recibir dicha adoración, porque sólo en Cristo está la paz con Dios y con nuestro prójimo. Ese paz que tiene que ver con encuentro y comunión es el regalo por excelencia que sólo Cristo sabe dar. Y esa paz que se da no es gratis, costó un precio, la cruz del Redentor. En navidad no sólo celebramos el nacimiento, sino la misión de Dios en Cristo que tiene como punto cúspide la cruz en que el precio de nuestra redención fue pagado. 

Es por esto que la navidad nos invita a celebrar en el anuncio de todas las bondades de Dios, como también en la expresión de gozosa adoración. Es eso lo que los pastores de Belén hicieron: “Cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: ‘Vamos a Belén, a ver esto que ha pasado y que el Señor nos ha dado a conocer’. Así que fueron de prisa y encontraron a María y a José, y al niño que estaba acostado en el pesebre. Cuando vieron al niño, contaron lo que les habían dicho acerca de él, y cuantos lo oyeron se asombraron de lo que los pastores decían”  (Lucas 2:15-18). Esto que vemos en los pastores no es sólo curiosidad, es la certeza de que el mensaje recibido es verdad. Por eso se comunica. Por eso se adora. 

Veamos la navidad como una oportunidad y no como un problema. Como una oportunidad de seguir anunciando que en Belén nació el Salvador. Como una oportunidad de compartir felizmente con nuestras familias y para congregarnos y compartir con nuestros hermanos la comunión y la devoción. Si fuese posible, también, como una oportunidad de entregarnos regalos, entendiendo que lo más importante no es el objeto material, sino el sentido que le damos a dicha entrega, la posición de un corazón que se goza en dar y en la misericordia. 

Celebremos con alegría… Hay motivos para hacerlo. 

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín del mes de la Iglesia Refugio de Gracia, diciembre de 2017.

La teología del Hombre Araña.

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Ayer recordé esta experiencia en la clase de la escuela dominical, y les comenté a la hermandad que tenía muchas ganas de escribir un post sobre lo que llamo la “Teología del Hombre Araña”. Y, bueno, hoy parece ser un día muy ad hoc a la hora de pensar respecto de esta temática, debido a la muerte de Stan Lee, creador de varios personajes del universo Marvel, entre ellos, Spiderman. 

Corría el año 2014 y mi hijo Miguel tenía cuatro años. Siempre fue muy bien portado, y muy llano a aprender. Por lo que sus escasas escenas de llanto no dejaban de llamar la atención. Estábamos en medio de un culto al Señor, en la Iglesia Puente de Vida, específicamente, en el momento de la cena del Señor. Vladimir, pastor de la iglesia, comienza la realización del sacramento, llamando a los presbíteros adelante. Nos pide a uno de nosotros orar, lee el texto de 1ª Corintios 11, da las instrucciones del sacramento (mi favorita, es cuando se señala que “esta mesa no es la mesa de la Iglesia Presbiteriana de Chile, sino la mesa del Reino de Dios, por lo que todos quienes han hecho pública profesión de fe en alguna iglesia evangélica pueden participar de ella”), y nos entrega los elementos para presentarlos a la congregación. Todo iba bien…

Hasta que Miguel, mi hijo, que estaba en brazos de Mónica (mi esposa), se pone a llorar. Pero no era un llanto común y corriente, era un llanto de verdad, al estilo de Cortázar en sus “Instrucciones para llorar”, con gritos que llenaban el lugar. Y los gritos eran un conjunto de ruegos: 

– ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! ¡Quiero del pan y del vino! (tal vez exagere el número de repeticiones, pero así lo sentí yo en ese momento). 

Era horrible. No sabía qué hacer. De repente, mi mamá hace el ademán de partir su pedacito de pan para darle, y yo, un convencido y celoso credocomunionista*, la miré haciendo un ademán que gritó para callado un rotundo no. Miguel dejó su petición, pero no de llorar. Comimos del pan, bebimos del vino, oramos, y cuando todo termina al empezar el canto final, salgo de mi posición y tomo al Miguel en brazos y lo saco al jardín de la iglesia. Me siento y pongo a Miguel sobre mis piernas, comenzando a usar uno de los métodos pedagógicos más pertinentes para ese momento: “si no puedes contra él, confúndelo”. Entonces, hice preguntas que buscaban intencionalmente un no de su parte:

– Miguel, ¿entiendes lo que significa el sacramento de la cena del Señor?

– No.

– ¿Entiendes lo que significa el pan y el vino?

– No.

– ¿Entiendes lo que significa que la presencia de Cristo es real, aunque el pan sigue siendo pan y el vino sigue siendo vino?

– No, papá.

– ¿Entiendes lo que significa el cuerpo?

– No. 

– Hijo, entonces no puedes cenar. No sabes lo que esto significa.

Y ahí, en el mejor de los ánimos contextualizadores en suma al evangelio de la gracia, le pregunté:

– ¿Te acuerdas de lo que le dijo el Tío Ben Parker a su sobrino Peter?

– Sí papá.

– ¿Qué le dijo?

– “Grandes poderes conllevan grandes responsabilidades?”.

– Bueno, la cena del Señor tiene un gran poder que conlleva una gran responsabilidad. 

– Ah! Entiendo todo.

– Hijo, créeme que el día en que tú entiendas todo esto, voy a ser el primero en que va a hacer todo lo posible para que puedas participar de la cena del Señor con nosotros. 

Llegó el siguiente domingo y nuevamente celebramos la cena del Señor. Todo bien, no hubo gritos ni nada. Al terminar el culto, Mónica me comentó que Miguel, mientras se realizaba el sacramento, mirando a la congregación le preguntó: “- Mamá, ¿y ellos entenderán que grandes poderes conllevan grandes responsabilidades?”. Esa es la “Teología del Hombre Araña”, aquella que nos recuerda que la gracia no excluye las responsabilidades, que la Palabra representada en el pan y el vino, en tanto medio de gracia, tiene un tremendo poder que puede fortalecernos para la caminata de la fe, o producir un tremendo daño a quienes no quieren arrepentirse de todo corazón, llevándoles inclusive a la muerte (léase 1ª Corintios 11). La “Teología del Hombre Araña”, es aquella que nos recuerda a Jesús diciéndonos con suma claridad que “A todo el que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho; y al que se le ha confiado mucho, se le pedirá aún más” (Lucas 12:48).

Luis Pino Moyano.

* Partidario de la idea que plantea que sólo participan de la cena del Señor creyentes que han confesado su fe, haciéndose miembros de una comunidad. 

La Reforma Protestante desde hoy.

“Acuérdense de sus dirigentes, que les comunicaron la palabra de Dios. Consideren cuál fue el resultado de su estilo de vida, e imiten su fe” (Hebreos 13:7).

El autor desconocido de la carta a los Hebreos nos presenta en tres verbos la tarea de pensar la historia de la iglesia: acuérdense, consideren e imiten. Somos llamados a no olvidar a quienes nos enseñaron la Palabra, a evaluar desde el evangelio y con juicio crítico la práctica de nuestros antecesores, para que de ese análisis saquemos a cuenta qué elementos rescatar y conservar, y cuáles cambiar.

Octubre es un mes que nos lleva a recordar la Reforma Protestante. Si bien, Lutero, cuando escribió sus 95 tesis (algo así como los tweets de hoy, que buscan provocar ideas a discutir), no estaba pensando separarse de Roma, y que fue llevado a eso luego de su excomunión, si podemos encontrar en dicho texto el germen del cambio que se vendría.

Por ello, este mes nos proporciona un tiempo especial para el recuerdo. Las instancias deben aprovecharse. Y nunca está de más recordar a Martín Lutero, Ulrico Zwinglio, Juan Calvino, John Knox entre otros. Ellos fueron parte de los dirigentes que en el pasado nos comunicaron la Palabra de Dios. Y en dicha comunicación nos enseñaron de la centralidad y suficiencia de Cristo, de la salvación por pura gracia, de la justificación por la fe, de que nuestra doctrina y práctica está sustentada sólo en la Palabra y en toda ella. Nos enseñaron también que hemos sido hechos libres para amar y servir, que la iglesia reformada debe siempre reformarse a la luz de la Palabra y que sólo Dios debe ser glorificado en todo y por todos. Esa enseñanza conllevó una práctica: una vida que descansa en Cristo y sus méritos, que no es coaccionada por una jerarquía que dice cosas fuera de la Palabra y que vive para la gloria de Dios, proclamando la fe. Todos los reformadores, más allá de sus humanas limitaciones, fueron incansables predicadores de la verdad y no consideraron como valiosas sus vidas, pues lo realmente valioso era el evangelio y que el Reino de Dios fuese propagado.

¿Qué tenemos que imitar? Todas las enseñanzas relevantes de la Reforma del siglo XVI tuvieron un punto en común. No fueron innovaciones, no fueron descubrimientos ni inventos, como sí lo era, por ejemplo, la predicación de las indulgencias. El mayor mérito de la Reforma Protestante es su falta de originalidad. Lo que los reformadores hicieron, y lo que nosotros debemos seguir haciendo, es ir a la Escritura, y recoger de allí lo que creemos, pensamos y vivimos. Lo que debemos imitar es el reconocimiento del alto valor que tiene la Palabra revelada de Dios, inspirada por el Espíritu, leída en comunidad y en nuestro idioma con la ayuda del Espíritu Santo. Tener la Palabra como centro y base es más que una declaración doctrinal. Es un estilo de vida. Era el estilo de los reformadores. Dios nos ayude.

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín del mes de octubre de 2016 de la Iglesia Refugio de Gracia.

Creo en el Espíritu Santo.

“Los presbiterianos no creen en el Espíritu Santo”. ¿Has escuchado algo así antes? En mi caso fue lo primero que escuché de los presbiterianos. Se aduce a esto por la falta de fervor, de “fuego”, e inclusive en términos teológicos por la ausencia de un capítulo sobre la doctrina del Espíritu en nuestras teologías sistemáticas más clásicas. De hecho, nuestra Confesión de Fe de Westminster vivió una modificación a comienzos del siglo XX en el seno del presbiterianismo estadounidense, cuando se le agregó un capítulo especial sobre este tema, muy probablemente para responder a la aparición del movimiento pentecostal. ¿Pero es tan así?

Teólogos de la talla de J. I. Packer han dicho que la doctrina del Espíritu Santo es “la cenicienta de las doctrinas cristianas” y son muchos los que con él aducen a una falta de reflexión sobre la doctrina. Pero más recientemente otro teólogo insigne, Sinclair Ferguson, ha señalado que la doctrina del Espíritu Santo es una de las más abordadas por la literatura cristiana, sobre todo en los últimos años. Pero, aunque hay producción muy sabia y ortodoxa, que va desde Juan Calvino, llamado por algunos “el teólogo del Espíritu Santo”, pasando por el movimiento puritano, la teología reformacional y otras, no cabe duda que el problema no radica en que no se hable del Espíritu Santo, sino en lo que se habla del Espíritu y cómo se vive a propósito de ello. 

  • “Creo en el Espíritu Santo”, declara el credo apostólico. Pero, qué creemos es la pregunta. 

La Biblia llama al Espíritu adjetivándolo como santo, o nominándole como Espíritu de verdad, sabiduría, paz, amor y gloria. Le menciona como Dios en el relato de Ananías y Safira (Hechos 5:3,4), al nivel que la blasfemia contra él es declarada un pecado imperdonable (Marcos 3:28,29). Se le menciona con atributos divinos tales como la omnisciencia (1ª Corintios 2:11), la omnipresencia (Salmo 139:8,9)  y la eternidad (Hebreos 9:14).

También, la Palabra, lo refiere como una persona. Jesús y los apóstoles aplicaron el pronombre personal “él” para referirlo. Romanos 14:17 nos habla que el Reino de Dios es justicia, paz y alegría en el Espíritu. El Espíritu se alegra y nos invita a vivir en su alegría. Además de eso, el mismo Pablo señala que el Espíritu puede ser entristecido (Efesios 4:30). El Espíritu no es una “fuerza activa” ni una cosa reducida a la simbología usada para explicarlo.

Quizá una de las cosas más importantes del Espíritu Santo tenga que ver con la vida. El viejo y sufriente Job declara que participó de la creación cuando dice que “Su Espíritu hizo hermosos los cielos, y su poder atravesó a la serpiente deslizante” (Job 26:13 NTV). Pablo dice en la carta a los Romanos que “levantó a Jesús de entre los muertos”, y que por lo mismo tiene el poder de darnos vida (Romanos 8:11). Y Jesús les dijo a sus discípulos, antes de ascender al cielo que recibirían poder del Espíritu para ser testigos hasta los confines de la tierra (Hechos 1:8). La fuerza que infunde el Espíritu Santo para alentar a la iglesia es para la misión, para hablar de Cristo con denuedo, claridad y firmeza. Esa es la obra que el poder del Espíritu Santo produce en nosotros: ser testigos del mensaje del evangelio de Jesucristo en cada lugar que estemos. Fue esa la razón por la que nadie en la iglesia primitiva pensó en misioneros profesionales, sino que esta fue la lógica: “el Espíritu vive en mi, soy un testigo”. 

En el estado actual de la iglesia, si dijéramos que vamos a hablar de la obra del Espíritu Santo en la vida de los creyentes, la mayoría del mundo evangélico creería que vamos a hablar de los dones milagrosos, de hechos sobrenaturales, de cuestiones que no tienen que ver con la vida cotidiana fuera de la esfera religiosa. Pero nosotros debemos decir lo siguiente: La obra del Espíritu Santo en los creyentes tiene que ver fundamentalmente con la salvación. En el año 381, el Concilio de Constantinopla, confesó que el Espíritu Santo es el “dador de la vida”, lo que quiere decir que él es la fuente inmediata de toda la vida. Los creyentes tenemos al Espíritu Santo en ese sentido redentor, a tal nivel que podemos decir con certeza que nadie puede vivir para Dios sin que el Espíritu Santo trabaje en su vida. Es lo que nos enseña Romanos 8, que bien podríamos llamar el capítulo del Espíritu Santo, por todas las veces que se menciona a la Tercera Persona de la Trinidad en él. Se dice que el Espíritu nos da nueva vida, conforme al corazón regenerado por su obra (vv. 8-14), y por la tarea constante de la santificación (vv. 4-9, 12,13), que busca conformarnos a la imagen de Jesucristo. Hacer morir las obras de la carne es parte de la nueva vida. No existe cristianismo reformado en la práctica del libertinaje. Un creyente genuino por la obra poderosa del Espíritu Santo produce fruto (Gálatas 5:22, 23). Y aún más, el Espíritu nos hace hijos adoptivos (vv. 14, 15), lo que hace que no solo seamos pueblo sino familia de Dios. Dios es santo, santo, santo y, a la vez, es Padre que ama y salva. Y el Espíritu nos hace tan conscientes de ello que podemos orar con intimidad, a tal nivel que podemos balbucear su identidad paterna, y que cuando no sabemos qué pedir, él intercede por nosotros. 

  • El Espíritu Santo nos bendice. 

Nos bendice cuando nos bautiza a todos los creyentes por el mismo Espíritu (1ª Corintios 12:13), con lo que nos inicia en la experiencia del cristianismo, por lo que dicha experiencia no tiene que ver con algo que algunos creyentes reciban, sino que está asociada a la regeneración y a la conversión. De hecho, la evidencia de dicho bautismo no es hablar en otras lenguas, sino producir fruto. 

El Espíritu nos bendice por él es sello de garantía de la redención conquistada por Cristo, lo que nos hace sabernos propiedad del Señor, y seguros, no de nosotros, sino que en la obra de Dios. La obra del Espíritu es garantía de la herencia que recibiremos en la eternidad, nos anticipa el gozo. Por eso hoy, no mañana, podemos estar alegres. 

El Espíritu nos bendice cuando nos unge, de tal manera que hoy hemos sido puestos como “reyes y sacerdotes” (Apocalipsis 5:10). La unción del Espíritu indica la suprema responsabilidad que tenemos ante Dios y su supremo llamamiento y, a la vez, nos muestra que la presencia de Dios habita en nosotros mediante el mismo Espíritu que habita en nosotros, capacitándonos, ayudándonos y protegiéndonos para cumplir con su llamamiento. De hecho, el apóstol Juan nos señala que esa unción nos permite conocer a Dios en una nueva relación con él y, además, nos permite conocer lo que enseña la Palabra por la iluminación que lleva a cabo (1ª Juan 2:20,27). 

El Espíritu nos bendice cuando nos llena (Efesios 5:18-21, 22, 25, 6:1-9 y Colosenses 3:16-4:1). Es muy interesante que Pablo transforme en un sinónimo ser llenos del Espíritu con ser llenos de la Palabra de Dios. La única forma de ser llenos del Espíritu es llenándonos de su Palabra. No hay disociación entre Espíritu y Palabra. El Espíritu actúa en nosotros con la Palabra que él inspiró. Ser llenos del Espíritu es un deber constante, no parte de un evento o de algo accidental Ser llenos no es una opción, es una necesidad. Es parte de la vida abundante que Dios nos da, lo que nos hace ser fructíferos en la misión. Cada día y cada hora debemos buscar esa llenura. El hecho de que hayamos sido bautizados, sellados y ungidos no hace que estemos plenamente entregados al Espíritu o caminando en él. ¿Qué hace que entristezcamos y apaguemos el Espíritu en nuestra vida? ¿Con qué reemplazamos la sed de Dios?

El Espíritu nos bendice avivándonos. Dicha obra consiste en un despertar que Dios produce en la iglesia. Timothy Keller en “Iglesia centrada”, al hablar de avivamiento ocupa también el concepto de “renovación del evangelio”. Esto señala la “intensificación de las operaciones normales del Espíritu (convicción de pecado, regeneración y santificación, seguridad de la gracia) a través de los medios ordinarios de gracia (predicación de la Palabra, oración y sacramentos)”. En esta obra revitalizadora de la iglesia “los cristianos estancados cobran vida y los cristianos nominales se convierten”. Por ello es que debemos orar diciendo como el salmista “¿No volverás a darnos nueva vida, para que tu pueblo se alegre en ti?” (Salmo 85:6); o como Habacuc: “Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí. Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, En medio de los tiempos hazla conocer; En la ira acuérdate de la misericordia” (Habacuc 3:2).

El Espíritu nos bendice con dones. Esos dones son diversos, pero tienen la finalidad de producir vida y edificación en la comunidad. Los diversos dones unen a la iglesia, porque buscan la gloria de Dios y la práctica del amor en la comunidad (véase 1ª Corintios 12 — 14). Los dones no buscan el engrandecimiento personal, sino la gloria de Cristo en la iglesia y en el mundo. Sí, oíste bien: en el mundo. Porque el Espíritu Santo no solo bendice a la iglesia con dones, sino también al mundo. Cuando ves algo bueno, bello, justo y sabio en lo producido por no creyentes, por más que éstos busquen su gloria y no la del Señor, siempre es obra del Espíritu pues “todo don perfecto viene de Dios” (Santiago 1:17). Eso es lo que los reformados llamamos gracia común.

  • Y atentando contra toda lógica occidental, pero no a la lógica de una buena conversación, quiero volver la mirada al Espíritu Santo.

Jesús hablando con sus discípulos, en lo registrado por Juan 16:5-15, enseñó lo siguiente: “Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber”. 

Jesús, en el aposento alto, antes de ir a la cruz, en la cena que tuvo con sus discípulos dijo estas palabras. Busca confortarles con la promesa del Espíritu, pues él, como Consolador, confirmaría y fortalecería la fe de ellos, aún en las circunstancias de crisis y persecución que no tardarían en venir. El Espíritu es consolador, es decir alguien que intercede y aboga como ayudador de la iglesia en misión. El Espíritu es quien nos convence de nuestro pecado, nos muestra que sólo hay justicia en Cristo y nos señala con claridad la derrota de Satanás. El Espíritu nos guía y enseña por medio de la Palabra, despertando nuestros sentidos para ser sensibles a ella (lo que Calvino llama “testimonio interno”). 

Y aquí está lo más maravilloso y misterioso de todo: ¡todo está centrado en Cristo! El Espíritu no busca captar su atención sino que nos hace poner nuestra mirada a Cristo. El Espíritu procede del Padre y del Hijo, se somete en la relación de la comunidad intratrinitaria, en la que no hay competencia, hay mutua glorificación; en la que no hay inferioridad, sino subordinación. La venida del Espíritu Santo tiene como propósito exaltar a Cristo e interpretar y aplicar la obra de la salvación. ¡Qué poco nos parecemos al Espíritu! Sobre todo cuando queremos fundar nuevos reinos o establecer enseñanzas innovadoras y espectaculares.

¿Crees en el Espíritu Santo? ¿Sí, amén? Pero cambiemos de una vez por todas la pregunta: ¿vives esa fe en el Espíritu? ¿Por qué rehusas entonces la santidad que él produce en tu vida, siendo luz en el mundo y sal de la tierra? ¿Por qué te asustas de testificar del evangelio en los lugares en los que vives y trabajas? ¿Por qué te rehusas a contribuir para la justicia, paz y alegría donde quiera que estés? ¿Por qué crees que la celebración y el fervor es patrimonio de algunas denominaciones más carismáticas? ¿Por qué no estás trabajando tus dones y te excusas en el miedo o en la falta de capacitación? ¿Por qué en vez de salir del Departamento Presbiterial de Jóvenes cuando pasas los 25 o tienes un empleo bacán, y no ocupas los dones que Dios te ha dado para trabajar con los más jóvenes que tú, sobre todo en las tareas de liderazgo y no en el cómodo sillón de tu comodidad? ¿Te sientes golpeado con esto? ¡Ese es el propósito!

Pero te tengo una buena noticia: si has creído en Cristo y eres salvo, el Espíritu Santo vive en ti y te conduce al arrepentimiento, a la restauración, a la vida verdadera y al trabajo. Y si no has creído en Cristo aún, el Espíritu te puede hacer nacer de nuevo, pasar de muerte a vida. Lo dice muy bello uno de nuestros catecismos, el de Heidelberg: “¿Qué crees del Espíritu Santo? Que con el Eterno Padre e Hijo es verdadero y eterno Dios. Y que también me ha sido dado para que, por la verdadera fe, me haga participante de Cristo y de todos sus beneficios, me consuele y quede conmigo eternamente” (pregunta 53).

Luis Pino Moyano.

* Texto que escribí para mi exposición en el Encuentro “Nuestra Identidad. Ser jóvenes presbiterianos en el siglo XXI”, realizado en La Granja Presbiteriana de El Tabo, los días 7 al 9 de septiembre de 2018. 

Las obras como fruto de la fe.

“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Supongamos que a un hermano o a una hermana les falta la ropa y la comida necesarias para el día; si uno de ustedes les dice: ‘Que les vaya bien; abríguense y coman todo lo que quieran’, pero no les da lo que su cuerpo necesita, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se demuestra con hechos, es una cosa muerta. Uno podrá decir: ‘Tú tienes fe, y yo tengo hechos. Muéstrame tu fe sin hechos; yo, en cambio, te mostraré mi fe con mis hechos’. Tú crees que hay un solo Dios, y en esto haces bien; pero los demonios también lo creen, y tiemblan de miedo. No seas tonto, y reconoce que si la fe que uno tiene no va acompañada de hechos, es una fe inútil. Dios aceptó como justo a Abraham, nuestro antepasado, por lo que él hizo cuando ofreció en sacrificio a su hijo Isaac. Y puedes ver que, en el caso de Abraham, su fe se demostró con hechos, y que por sus hechos llegó a ser perfecta su fe. Así se cumplió la Escritura que dice: ‘Abraham creyó a Dios, y por eso Dios lo aceptó como justo’. Y Abraham fue llamado amigo de Dios. Ya ven ustedes, pues, que Dios declara justo al hombre también por sus hechos, y no solamente por su fe. Lo mismo pasó con Rahab, la prostituta; Dios la aceptó como justa por sus hechos, porque dio alojamiento a los mensajeros y los ayudó a salir por otro camino. En resumen: así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe está muerta si no va acompañada de hechos” (Santiago 2:14-26, Dios habla hoy).

El apóstol Santiago nos presenta una carta que nos desafía en extremo respecto de una fe que tiene un aterrizaje vital en la cotidianidad. Él enseña con suma claridad que no hacer acepción de personas es un fruto de la redención y, a la vez, presenta un desafío diferenciado para ricos y pobres, trabajando en sus potenciales áreas de debilidad: los ricos deben fortalecer su humillación y los pobres su sentido de plenitud en Cristo (1:9,10). Por su parte, nos exhorta a tener en cuenta que la religión verdadera y santa es aquella que se expresa en la asistencia de los que son desamparados, particularmente de quienes forman parte de nuestra comunidad (1:26,27). Y, acto seguido, nos declara que el favoritismo respecto de quienes tienen riqueza y poder debe ser eliminado, porque nuestros corazones solo deben deslumbrarse por la gloria de Cristo. En ese sentido, ricos y pobres de la comunidad deben ser tratados de manera igual, porque la ley se cumple en el amor al prójimo (2:1-13). Este es el antecedente contextual del texto con el que iniciamos la reflexión de este post, y que se sustenta en la siguiente pregunta: ¿Qué caracteriza este fruto de la salvación? A la luz de lo escrito por el hermano de Jesús, debemos decir que las obras producidas por la salvación de Dios en nosotros tienen la facultad de mostrarnos distintos aspectos de nuestra fe genuina en el Señor. 

En primer lugar, diremos que las obras interrogan nuestra fe (2:14-19). Como una buena colección de predicaciones, Santiago abre un nuevo camino en  la reflexión, produciendo de manera inspirada por el Espíritu Santo uno de los grandes problemas de su epístola: la relación entre fe y obras. Y es aquí donde debemos poner atención: claramente el texto apunta a la fe que nos condujo a la salvación. Es decir, el tema acá es si nuestro cristianismo puede ser simplemente una colección de enseñanzas muy hermosas y desafiantes pero que no se aterriza a la realidad. Por eso es que Santiago pregunta: “¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe?”. Santiago comienza la respuesta con una pregunta que se enlaza en lo abordado en la sección anterior (2:1-13), que dice relación con uno de los frutos del favoritismo. Si tomamos en cuenta lo dicho en la sección anterior, el apóstol en ningún caso busca que los ricos sean maltratados dentro de la comunidad, sino que lo que él ha cuestionado con toda claridad es que el buen trato debe ser parejo en toda la familia de fe, eliminando cualquier vicio de poder, riqueza o fama que nos lleve a construir relaciones de consumo para obtener beneficios, a la manera de una red social que hace ligarse con gente que podría sernos útil para nuestro desarrollo personal. 

Dicho eso, la situación supuesta por Santiago dice relación con un hermano o hermana que no tiene para satisfacer sus necesidades básicas y que reciben un trato indiferente por parte de la comunidad. El “que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse” (2:16, NVI), sin involucrarse en la vida del otro, es una acción tan similar a aquella de quienes plantean que los pobres son pobres porque son flojos, o eso de que no hay que dar el pescado sino enseñar a pescar. Es la comodidad de pensar que el mal siempre está en otro y nunca en nosotros. Es la comodidad del sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano, que cumplen con su agenda y labores, pero que pasan de largo frente al sufrimiento de quien está arrojado en el camino y ni fuerzas tiene para pedir misericordia. Los pobres no son pobres por flojos (¡no todos, por lo menos, en su gran mayoría!), sino porque hay un sistema pecaminoso que los excluye, denigra y conserva en la pobreza. Y sí, la gente requiere capacitación para trabajar y mejorar sus posibilidades laborales, y con ello, su situación de vida. Pero si alguien necesita comida es eso lo que debe satisfacerse. ¡Ampliemos nuestro concepto de necesidad! Las personas no necesitan estar en la bancarrota para recibir ayuda. Tenemos múltiples necesidades, pues somos personas integrales, que en comunidad podemos satisfacer o paliar si sólo tendemos nuestra mano. Y allí, las posibilidades son múltiples, según las áreas vocacionales, los dones que Dios nos ha dado y la amistad que podemos trabar con otros hermanos. 

El versículo 17 nos muestra la respuesta a las preguntas iniciales de Santiago: no existe la posibilidad de una fe ensimismada e indiferente, sin obras, porque la fe viva pone la atención en el prójimo. Un salvo se comporta como salvo, y si hay algo que Dios redime de nuestras vidas es aquella tendencia pecaminosa de creernos el centro del universo, para pasar a pensar en el nosotros de la comunidad. No conforme con eso, el hermano de Jesús nos presenta una posible contrapregunta, en la que entabla diálogo con un interlocutor imaginario, que piensa la fe y obras como algo disociado que puede manifestarse de manera individual en cada creyente. Es decir, que podrían existir creyentes que sólo tienen fe sin hace nada. Y Santiago, de manera muy perspicaz, responde planteando un gran dilema: ¿qué nos diferencia de los demonios si ellos también creen en Dios y hasta tiemblan ante su presencia? Lo que nos diferencia son las obras que buscan que Dios sea glorificado. Y Dios es glorificado cuando le amamos a Él con todo nuestro corazón, mente y fuerzas y cuando amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Un creyente debe vivir como creyente. No hay excusa para ello. No existe eso de los cristianos carnales. El Señor nos ha transformado para andar en novedad de vida, en una vida transformada por la gracia. Y uno de los frutos de esa transformación son las obras que van en beneficio de los demás.

En segundo lugar, el texto de Santiago nos señala a las obras como evidencia de la fe (Santiago 2:20-25). El apóstol, como el buen predicador que es, usa la historia a modo de ilustración de sus sermones. Y sí, los trata de “tontos” porque nota que no es que ignoren, sino que simplemente se cierran en sus razonamientos para no ver la realidad. Son los peores ciegos, aquellos que no quieren ver. Toma dos casos para su argumentación: el de Abraham y el de Rahab. 

De manera muy interesante, el hermano de Jesús apela a la historia de Abraham, e inclusive cita el mismo texto de Génesis que usa Pablo para argumentar a favor de la justificación por la fe. Douglas Moo, reconocido por varios estudiosos de la Biblia como uno de los mejores comentaristas de Santiago, nos dice que: “Pablo se fija en la posición cronológica de [Génesis] 15:6 y lo cita como evidencia de que, en el momento inicial, Abraham fue declarado justo solo en base a su fe. Santiago ve el mismo versículo más como un ‘lema’ que marcó toda la vida de Abraham”. Santiago nos muestra la historia de Abraham, un hombre que fue declarado justo por Dios y que actuó como tal. Su fe fue perfeccionada, desarrollada, acrecentada cuando se movió a la acción en obediencia al Dios de la vida. Abraham llegó a extremos que ninguno de nosotros habría llegado en su obediencia a Dios, o ¿acaso alguno de nosotros, subiría siquiera a un monte para llevar a su hijo al sacrificio? ¿Lo pondría en un altar amarrado? ¿Alzaría un cuchillo sobre él para quitarle la vida, para luego ofrecerlo en holocausto? ¡NADIE LO HARÍA! Abraham, el amigo de Dios, estuvo dispuesto no sólo a creer sino también a obedecer. En definitiva, y a la luz del análisis de este texto, Dios nos declara justos por gracia, vistiéndonos de la justicia de Cristo. Esa justificación opera de tal manera que ninguno de nosotros hoy tiene excusa para no practicar buenas obras. Porque Dios nos declara justos y, a la vez, nos hace justos, y con el Espíritu Santo obrando en nosotros desde el día de nuestra conversión, nos capacita para vivir de manera acorde a lo revelado en la Palabra.

El caso de Rahab es tremendo por varios motivos. El libro que es acusado como sustentador de la opresión femenina, no sólo releva históricamente la acción de una mujer, sino también de una que para la mente judía receptora original se trataba de una paria de la sociedad, una prostituta. Sí, leyó bien, de una prostituta, que en la Antigüedad servían en los templos de dioses paganos regularmente ligados a la fertilidad o al erotismo. Esta mujer estuvo en el momento oportuno para salvar la vida de los dos espías que Josué envió para inspeccionar a Jericó, escondiéndoles de sus captores, y posibilitando una salida de la ciudad. Esta mujer que ayudó a estos hombres fue salvada de la destrucción de Jericó, sino que pasó a formar parte del pueblo de Dios. Y no sólo eso, según la genealogía de Jesús registrada en Mateo, llegó a formar parte de la familia del Mesías. Una  mujer en la que el Señor obró, no sabemos cómo ni cuándo, pero cuyos frutos dignos de arrepentimiento muestran el resultado de dicha obra. 

En tercer y último lugar, Santiago nos enseña que las obras son la vida de la fe (2:26). Dicho versículo es la conclusión de esta predicación del apóstol. Y señala lo siguiente: si el cuerpo es la expresión material del espíritu, cuando se produce dicha separación es porque hay muerte, la fe sin obras está muerta. La conclusión es tajante, no hay alternativa. La fe sin obras está muerta. Y si está muerta no es la fe que produce el Espíritu Santo en nuestra vida. Es una fe aparente, de labios hacia afuera. Es una fe que no obedece al Dios que llamamos Señor. Si hoy tú reconoces que ese es tu tipo de fe, una fe que no produce obras, te invito a que realices dos acciones. La primera de ellas, es que dejes de poner tu esperanza en ti. Tú no puedes por ti mismo hacer absolutamente nada. Es tiempo de que pongas tu mirada en el único que ha podido vivir una vida perfecta, cumpliendo todos los estándares de Dios, y que murió por ti y por mi en la cruz del calvario para que tú y yo tengamos vida abundante, y que resucitó de entre los muertos. Cristo es tu redención, es tu justicia, es tu paz. En Cristo hemos sido justificados y por Él vivimos. Lo segundo, es arrepentirte de tu pecado, de tu negligencia y malas acciones. Hoy arroja tu corazón ante el Señor para pedir perdón. Y luego de eso, pide al Señor, que con su Espíritu Santo te dé fuerza y capacidades para vivir en concordancia al llamado que Dios te hizo. Somos hijos del Señor y nuestro llamado es a extender el Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo en todo lugar donde estemos con la predicación y las obras. Solo no lo puedes hacer. Solo lo echas a perder. Pero no estamos solos, Cristo, el Señor y sustentador, está con nosotros y lo estará hasta el fin del mundo.

Luego de toda esta lectura, preguntémonos: ¿Acaso Santiago contradice a Pablo en lo que plantea? Pablo habla de la justificación por la fe, sobre todo en su carta a los Romanos. Muchos creen que Santiago, no. De hecho, el catolicismo romano se ha tomado de este texto para favorecer su comprensión de la justificación por la fe y por las obras. Y es por este texto, que el reformador Martín Lutero llegó a decir que la epístola de Santiago era una “epístola de pura paja”, porque hablaba poco de Cristo y contradecía a Pablo. “Hoy o mañana encenderé la estufa con Santi”, llegó a decir el reformador. Evidentemente, era un hijo de su tiempo, lo que no obsta para decir que su interpretación es errónea. ¿Pero hay contradicción? ¡En ningún caso! Lo que simplemente hay acá es un cambio de punto focal, de lugar desde dónde se mira un mismo hecho. Pablo afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que hemos sido justificados solo por la fe en Jesucristo, sin tener mérito alguno, solo por la gracia de Dios. Dios nos declaró justo y eso nos hizo tener paz con él. Santiago afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que quienes creen han sido declarados justos y que esos justos aterrizan la justicia imputada de Cristo en ellos a sus vidas cotidianas, sirviendo a Dios y al prójimo en amor. 

En definitiva, justificados por gracia para vivir de manera justa. De hecho Lutero, comentando la carta a los Romanos, mostrando que su visión de Santiago sólo nació de un prejuicio dijo correctamente: “La fe es una cosa viva, laboriosa, activa, poderosa, de manera que es imposible que no produzca el bien sin cesar. Tampoco interroga si hay que hacer obras buenas, sino que antes que se pregunte ya las ha hecho y está siempre en el hacer. Pero quien no hace tales obras es un hombre incrédulo, anda a tientas. Busca la fe y las buenas obras y no sabe lo que es la fe o las buenas obras, y habla y charla mucho sobre ambas”. 

Dejo algunos elementos para la reflexión y la práctica:

  • En las iglesias evangélicas existe una disociación muy común entre predicar o hacer buenas obras no es bíblica. Y aquí debemos decir con mucha fuerza que el mensaje y las obras son indisociables desde el punto de vista doctrinal, y en ese sentido, acercar el evangelio a las personas por medio de la misericordia es también predicar el evangelio. 
  • Tal y como los profetas del Antiguo Testamento, el apóstol Santiago nos enseña que los actos de misericordia son considerados por Dios actos de justicia. Y la justicia es práctica de espiritualidad adoradora del Dios que es justo en todo y sobre todos. Si la avaricia es idolatría, el compartir es adoración al Dios verdadero. Jesús dijo que: “Hay más dicha en dar que en recibir” (Hechos 20:35). Si Dios te ha dado, da, comparte. Y aquí no solo hablamos de dinero o comida, estamos hablando de todo aquello que puedes compartir.
  • Apelando a este texto de Santiago, el pastor Timothy Keller señala en su libro “Justicia generosa” lo siguiente: “Si miras a alguien sin los recursos adecuados y no haces nada al respecto, enseña Santiago, tu fe está ‘muerta’, no es la verdadera fe salvadora. Así que ¿de qué ‘obras’ son de las que está hablando? Está diciendo que una vida volcada en actos de servicio a los pobres es una señal inevitable de una fe real, verdadera, justificadora y evangélica. La gracia te hace justo. Si no eres justo, no has sido verdaderamente justificado por la fe”. El desafío acá es doble: si eres salvo, arrepiéntete de tu vida de fe sin obras, y vuélcate al trabajo de extender el Reino de Dios con la predicación y las obras en cada lugar en el que te desenvuelvas. Si discerniendo en tu corazón te das cuenta que aún no eres salvo, y si notas que el Espíritu Santo te hace poner tu mirada en Cristo que nos salva, hoy es el día oportuno para que reconozcas el señorío de Jesús y la redención integral que él puede hacer en tu vida. Cristo puede encaminarte a una fe real, una cuyos frutos son las obras que interrogan, evidencian y vitalizan la fe que el Espíritu produjo en nuestro ser.

Luis Pino Moyano. 

* Adaptación del bosquejo de mi predicación en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el domingo 26 de agosto de 2018, en la serie “Sabiduría que viene de lo alto. Mensajes en la epístola de Santiago”.