Memoria, horror y perdón. Un análisis a “El lector”.

“Ser cristiano significa estar limpio en un mundo sucio. No sirve de nada tratar de escapar del contacto con el mal. No sólo está dentro de nosotros, sino también a nuestro alrededor. Por mucho que podamos mirar hacia un nuevo cielo y una nueva tierra, no podemos decidir no participar en el mundo aquí y ahora. No sólo hay que mantenerse limpio en medio de la suciedad, también debemos estar gozosos y ser compasivos en medio de sus sufrimientos. Debemos comprender el mundo para conocer lo que pertenece a Dios, saber lo que es bueno y lo que es malo. Pero no nos corresponde juzgarlo o cancelarlo, porque es Dios quien ha de juzgar”. 

H. R. Rookmaaker [1].

¿Existe algo tan difícil en la existencia humana como acercarse al horror, con sus memorias y traumas? Creo que sí. Y es el camino posterior, cuando dentro de las alternativas aparece la posibilidad del perdón. A continuación, me permitiré un análisis de la novela de Bernard Schlinck “El Lector” [2], como también de la película homónima del año 2008, basada en esta obra, y dirigida por Stephen Daldry y protagonizada por Kate Winslet (le valió el premio Oscar), Ralph Fiennes y David Kross. Aquí se hace pertinente tener en cuenta, puesto que la fuente de análisis es una novela histórica detenida en película, lo dicho por Dominick LaCapra: “No hay que confundir al teórico o comentador que (cuestionablemente, según creo) habla por la víctima, o transforma los traumas de otros en ocasión para dar un discurso de la sublimidad, con la víctima que experimenta el síntoma como recuerdo vinculante con sus allegados muertos, ni tampoco aquel individuo poseído por los muertos que habla ‘miméticamente’ con sus voces” [3]. En otras palabras, la invitación nunca es dejar de leer la producción relacionada con el horror vivido. Lo que sí hay que hacer, es tener en cuenta el efecto performativo que produce el relato, el que no sólo actúa en la razón sino también en los sentimientos, llevándonos a construir reflexiones y movilizándonos a nuevas experiencias. 

1. Rápido repaso de la obra.

Debo señalar que, salvo la discordancia de las fechas entre la novela y la película (ésta última presenta fechas posteriores a la Segunda Guerra Mundial), la película da cuenta de una representación muy fiel  al texto literario. De hecho, el interés por realizar esta reflexión surgió de la vista de la película una decena de veces, lo que no obstó a que al verla una vez más, luego de la lectura de la obra, notara en la representación fílmica una serie de detalles de representación actoral que antes había pasado por alto. El libro alumbró sobre todo el lenguaje no verbal. 

La historia muestra el romance de un quinceañero Michael Berg con una bella mujer mayor llamada Hanna Schmitz. El encuentro inicial estuvo mediado por la enfermedad de Michael, quien recibió ayuda de una desconocida. Tres meses después se produce el reencuentro, cuando el protagonista se mejora de la hepatitis (escarlatina, señala la película). Allí comienza una serie de encuentros, marcados por la triada ducha-sexo-lectura. Pasión, que despierta el romance, y que trae consigo, tanto la compañía y el deleite, como también la rabia y la incomprensión. Michael y Hanna viven el erotismo en toda su expresión. Cada vez que veo esos momentos de la película, no puedo dejar de recordar las palabras de Georges Bataille, cuando señaló que: “El erotismo del hombre difiere de la sexualidad animal precisamente en que moviliza la vida interior. El erotismo es que en la conciencia del hombre pone en cuestión al ser” [4].  De hecho, tal y como señalara Bataille, este romance furtivo da cuenta de que aparentemente se busca un objeto de deseo fuera de uno, pero lo que en realidad sucede es que esos objetos responden a nuestra interioridad, a la interioridad del ser. Ocurre que en medio de esa relación dialéctica de encuentros y desencuentros, de la noche a la mañana Hanna desaparece, lo que hace que Michael quede sumido en la soledad, en la indiferencia, lo que trasuntó en individualismo. “No fui franco con nadie”, diría Michael a su hija Julia, muchos años después. 

Michael, cumplidos sus años de escuela, pasa a estudiar derecho en la Universidad de Heidelberg. Allí toma un curso para alumnos aventajados con el formato de seminario, sobre filosofía del derecho, dirigido por el Profesor Rohl, quien había vuelto a ejercer la docencia luego de la derrota del nazismo. En ese contexto, es que junto a su profesor y compañeros de curso asisten a juicios de crímenes de lesa humanidad durante la Segunda Guerra Mundial. Allí se vuelve a encontrar con Hanna, que era una de las acusadas. Cuando desapareció, dejando su trabajo, fue porque había ingresado a las SS, en 1943. Hanna señala que se trató de una oportunidad laboral que mejoraba su condición. Estuvo en campos de concentración en Auschwitz y luego en Cracovia y, participó del traslado de prisioneros en el invierno de 1944 en las “marchas de la muerte”. Ilana Mather una joven que en su niñez había estado prisionera en las mazmorras del nazismo da cuenta del proceso de selección de reclusas para la muerte, reconociendo a las oficiales a cargo de llevar a cabo dicha tarea, entre ellas a Hanna. Ella reconoce el hecho, diciendo: “Las viejas debían hacer espacio para las nuevas […] ¿Qué habría hecho usted?”. Según el testimonio de Ilana, Hanna aparenta más bondad en las decisiones, puesto que hacía que las mujeres y niñas le leyeran por las noches. Es en medio del juicio que Michael descubre un secreto que avergüenza a Hanna más que el haber pasado por las SS. Ella no sabía leer, por eso pedía a Michael que le leyera. Por eso pedía a las niñas y mujeres, prisioneras por ser judías, que le leyeran. Michael se da cuenta de esto cuando las compañeras de armas de Hanna de estar a cargo de la sección y que fue la redactora del informe que justifica la muerte de casi una centena de prisioneras en un incendio. Se le pide firmar un documento para comparar la letra. Hanna no lo hace, y además de eso se inculpa. Hanna es condenada por la muerte de trescientas personas, y le dan cadena perpetua. 

Años después del juicio, Michael le comienza a enviar grabaciones en casete de libros a Hanna, quien seguía reclusa. Los mismos libros de las tardes de romance, junto a nuevas lecturas. A partir de eso, Hanna empezó a leer y escribir de manera autodidacta. Cuando Hanna llevaba veinte años en prisión se genera un plan de reinserción social y liberación de Hanna, por lo que acuden a la única base de apoyo posible en la red de contactos: Michael. Ahí se produce el primer contacto directo entre ambos luego de la desaparición de Hanna. Michael le habla de su divorcio, y que le consiguió un pequeño departamento, cerca de la biblioteca pública y un trabajo. La forma no fue la más apropiada. De hecho se genera una tensión por una pregunta de Michael respecto a la memoria, a lo que Hanna le dice que daba lo mismo lo que había ocurrido, que los muertos estaban muertos, y que lo que valía es que ya sabía leer. La conversación terminó sin una retroalimentación esperada, más por ella que por él. Cuando se producía el día de la liberación, Hanna se suicidó. Dejó un testamento en el que le encargó a Michael dejar sus ahorros para Ilana Mather. Él viaja a Estados Unidos para entregar dicha donación, la que Ilana no recibe, ni acepta que se entregue a una organización de familiares víctimas de la Shoá porque consideraba una ofensa que absuelve dicho hecho, aunque consiente en que se entregue a una organización judía en pro de la alfabetización. 

La novela es de un realismo y de una crudeza potentes, lo que también se ve reflejado en la película que cuenta con una deslumbrante actuación de Kate Winslet (vale la pena recordar que recibió el Oscar por dicha actuación). La trama envuelve, provocadoramente atrapa de principio a fin, y de una u otra manera, hace que uno termine empatizando con Hanna, más allá de lo que ella realizó. No se trata de una película que hable de la Shoá desde una perspectiva victimizadora, aunque éste asunto aparece en el juicio, en la discusión de la universidad, en el viaje de Michael a Auschwitz. No es lo central de la narración. Lo central es la lucha por la redención y en que al fin y al cabo todos los actores en escena se encuentran frente a un tribunal. No sólo Hanna y sus compañeros de armas. Todos. La pregunta por el sentido y la ética relacionada con las acciones que emergen de la voluntad de los seres humanos Dicha respuesta trastoca a lectores-espectadores. 

2. Preguntas que emergen de la lectura doble. 

a. ¿Cómo analizar y comprender la memoria del horror manifestada en la película desde una perspectiva cosmovisional cristiana?

La razón por la que cuando encuentro esta película en la televisión no puedo dejar de verla es porque me constriñe en mi pulsión por las construcciones historiográficas, sobre todo, aquellas que tienen que ver con la memoria del pasado reciente. Veo a Hanna y mi empatía con ella, y me pregunto, si me pondría en el lugar del otro mostrando mayor misericordia por un violador de derechos humanos, confeso de sus delitos, si fuese un conocido mío con quien el afecto, a pesar del daño realizado, nos une de manera indefectible. Hanna no muestra ninguna seña de arrepentimiento. Es más, muestra una fe en el progreso humano de corte ilustrado tremendo, pensando en que la educación, sobre todo cuando reporta el esfuerzo autodidacta, termina redimiendo a la persona.  Aquí nos encontramos con el dolor del trauma de una manera distinta a las de otras producciones. No es La lista de Schindler, ni tampoco la trasandina La noche de los lápices. Aquí no se ve el desgarro de la tortura. Se ve el desgarro del trauma de la victimaria. Es trauma, porque éste sólo es susceptible de ser dejado de lado cuando se le ponen palabras al dolor. Pero aquí, el dolor está tapado por la individuación. La película es cruenta, porque hace descubrir la parcialidad que hay en nuestros corazones, y que cuestiones que parecen tan absolutas como la justicia histórica son relativizados, cuando por ejemplo, se trata de una mujer amada como Hanna Schmitz. 

Ahora bien, no sólo es el amor que identifica con el otro, en este caso Hanna, sino también algunas de las discusiones emergidas producto del juicio. En la película, aparece esta opinión del profesor Rohl a sus estudiantes: “Las sociedades piensan que se rigen por algo llamado moralidad, se rigen por algo llamado ley. Uno no es culpable de nada sólo por trabajar en Auschwitz. Ocho mil personas trabajaron en Auschwitz. Exactamente diecinueve han sido condenadas, y sólo seis de homicidio. Para probar el homicidio, debes probar la intención. Esa es la ley. La cuestión nunca es si estuvo mal, sino si fue legal. Y no según nuestras leyes, no. Según las leyes de ese tiempo. […] Sí. La ley es limitada. Por otro lado, sospecho que la gente que mata a otra gente tiende a ser consciente de que está mal”. Aquí tenemos a un abogado poniendo en cuestión la absolutización de la mirada legal, que terminó castigando a unos pocos, a modo de chivo expiatorio, basados en la preeminencia de la ley. Preeminencia de la ley que deja de lado la moral. Y no cualquier ley, las leyes del nazismo, cuya desobediencia implicaba traición con las consecuencias previsibles de ello. Pero dicho abandono de la moral, nunca es total, pues la conciencia sigue juzgando. El dilema es terrible, porque si traslapamos este hecho ficcional a nuestros hechos factuales, en el Chile dictatorial, muchos de quienes hoy se encuentran prisioneros eran subalternos. Subalternos de un poder que se automiraba con la facultad de hacer mover las hojas con su sola palabra. ¿Hasta qué punto los responsables de los crímenes de lesa humanidad del Chile contemporáneo son chivos expiatorios de los responsables civiles y militares? ¿Qué hace que muchos de los responsables y cómplices civiles y militares, lejos de su apresamiento siguen ejerciendo dosis de poder en la sociedad re-fundada a imagen y semejanza de Pinochet?

Antes de ser lapidado, decir, que son preguntas que se relevan y estremecen a partir de la producción fílmica, no declaraciones de certezas. Porque la certeza es cosmovisional. Bíblicamente, Hanna y sus compañeras serían como aquellas personas que “sembraron vientos y cosecharán tempestades” (Oseas 8:7), por ende, sembró lo que cosechó, y frente a eso, Dios no puede ser burlado (cf. Gálatas 6:7,8). Los delincuentes deben ser juzgados, sobre todo aquellos que matan y dañan la dignidad de otros seres humanos. La vida está por sobre la propiedad privada, más allá de lo que la cultura imperante nos diga. El profeta Isaías anunciando la palabra del Dios Todopoderoso dijo: “¡Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Isaías 5:20). Si bien es cierto, misteriosamente, Dios actuó también en la historia usando como instrumento suyo a los que han hecho lo malo, ¡porque Dios es soberano siempre!, eso no señala que lo que estos sujetos desarrollaron sea su voluntad declarada en la Palabra. El asesinato, la tortura, la desaparición de personas, el ejercicio represivo debe ser señalado como tal, porque “la verdad nos hace libres” (Juan 8:32), no olvidando que nuestro Señor y Maestro se llamó escandalosamente a sí mismo “la verdad” (Juan 14:6). No justifiquemos lo injustificable ni menos celebremos ni homenajeemos al imperio de la maldad ni a sus ejecutores. No nos hagamos cómplices con el silencio ni con la voz que ensalza la tiranía. Pero, a la vez, Jesús señaló que en los tiempos que vendrían de manera posterior a su estadía en la tierra “habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12). Pero los y las creyentes debemos recordar, animados por la fuerza del Espíritu, que la señal de identificación de quienes seguimos a Jesús de Nazaret es el amor a nuestro prójimo (Juan 13:35). Más allá del daño que nos causaran, más allá del daño y el dolor que nos sigan causando. Dios, que no se complace de la muerte del malvado (Ezequiel 18:23) ejecuta su justicia en la historia, derrocando de su trono a los poderosos y exaltando a los humildes (Lucas 1:52), porque a diferencia de nosotros, Dios cuando ama no deja de ser justo. Amor y justicia, en Él y por Él, van unidos hasta el fin. Y Dios nos ayuda a vivir pensando y viviendo así con la fuerza de su Espíritu vivificador. 

b. ¿Qué utillaje reporta analizar el libro y la película para el pensamiento y acción cristianos respecto a los traumas y dolores del pasado reciente?

Tanto el libro como la película proveen un instrumento pedagógico. Interesantemente acá la belleza de la narración literaria y fílmica está marcada por el desgarro, por la enunciación de la muerte y el dolor que no tranquiliza y por el impacto que no es la sublimación trascendental, sino más bien la reflexión que hace apretar las entrañas. ¿Cómo el horror nos conduce a una propuesta de acción cristiana basada en el amor que no se desliga nunca de la verdad?

Cuando se analiza el libro y la película desde una perspectiva cosmovisional, y eso lleva a pensar la propia realidad contingente, el dolor cede su lugar a la esperanza que confronta. Nos hace ver que hay vida más allá del “valle de sombra y de muerte”. Y es allí que aparece, la políticamente incorrecta reconciliación. Nadie sale indemne de un centro de tortura, de un campo de concentración, de una mazmorra del enemigo e, inclusive, de dichos espacios constituidos en lugares de memoria o sitios de conciencia. Pero el dolor-tortura-asesinato-y-desaparición no necesariamente elimina la posibilidad del encuentro y el perdón. Y si bien es cierto, el perdón no se obliga y sólo se hace efectivo si el que perdona lo hace con sinceridad y el perdonado reconoce el error y acepta el perdón que lo restaura, debiésemos contribuir y facilitar dicho ejercicio. ¿Cómo? Ligándolo a la justicia efectiva. Es terrible cuando se confunde la venganza con la justicia y viceversa. Es la justicia y no el silencio cómplice lo que facilita el encuentro, ayudando a la sanidad del corazón de quienes sufrieron los rigores del régimen de facto. Restaura y libera al ofensor, toda vez que le quita aquello que lo autodestruye, que es el ejercicio abusivo del poder. Es esa acción, que no divorcia el amor de la verdad, la que nos genera la tarea de hacer que la cicatriz sea marca del pasado y no desgarro inmovilizador en el presente y el futuro. Lamentablemente, en el caso de Hanna, de Michael, y por qué no decirlo, de Ilana, el desgarro era más que una cicatriz. Era un peso inmovilizador que no permitía vivir. Era el trauma. 

Todo este camino nos hace encontrarnos con los daños que nosotros producimos y que otros producen en contra de otros. Nos hace vernos que nunca dejamos de estar frente a un tribunal y que a veces el juez es inclemente y sanguinario: nosotros mismos. Nos hace encontrarnos con seres humanos caídos, depravados totalmente, que actúan en consecuencia, más allá de lo buenos y admirables que nos parezcan en una determinada área. El dolor que ensimisma produciendo autojusticia nos hace estar frente a un dios falso que nunca nos permite dar el ancho. Y sí, ante Yahvé de los Ejércitos, el Dios Todopoderoso, tampoco nunca daremos el ancho… por eso, nuestra relación con Él está marcada por la gracia. Por otro lado, nos hace recordar que como cristianos tenemos siempre tarea pendiente en relación con la justicia social, la verdad y con el amor que permite el encuentro. Cada uno de nosotros debe priorizar esfuerzos en aquello que adolece.

Recordamos, entonces, haciéndonos cargo de la conflictividad de los sucesos del pasado, planteando nuevas interrogantes del ayer, del hoy y del mañana. Recordamos porque, como dijera Walter Benjamin, “sólo tiene el don de encender en el pasado la chispa de la esperanza aquel historiador que esté traspasado por [la idea de que] tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer” [5]. Recordamos el horror, porque si seguimos poniendo la basura debajo de la alfombra y borroneando nuestra historia reciente, el dolor y el desamor seguirán tan vigentes como hasta ahora. Recordamos, porque el amor no se goza de la injusticia sino que se goza en la verdad (1ª Corintios 13:6).

Luis Pino Moyano.


Referencias bibliográficas. 

[1] H. R. Rookmaaker. Arte moderno y la muerte de una cultura. Barcelona, Editorial CLIE, 2002, p. 284. 

[2] Bernard Schlinck. El lector. Barcelona, Editorial Anagrama, 2000, 203 páginas.

[3] Dominick LaCapra. Historia en tránsito. Experiencia, identidad, teoría critica. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 178.

[4] Georges Bataille. El erotismo. Barcelona, Tusquets Editores, 2000, p. 33.

[5] Walter Benjamin. La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia. Santiago, Universidad ARCIS y LOM Ediciones, 1998, p. 51. Corresponde a un texto titulado “Tesis de filosofía de la historia” o “Sobre el concepto de historia”.

Serie de artículos en La Fuente: Hablando de sexualidad con los jóvenes.

El mes de marzo aparentemente fue poco fructífero para el blog. La verdad es que no. Pronto tendremos una sorpresa que compartiremos, y que procede de lo que he compartido con ustedes en esta bitácora desde el año 2013. A su vez, marzo en la experiencia docente ha sido muy complejo a lo que se sumó el retorno a una cuarentena total en la Región Metropolitana. A pesar de ello, pude colaborar durante los meses de febrero y abril con la revista “La Fuente”. Dicha revista es una publicación paraguaya que apoya a los diversos ministerios dentro de las iglesias con sus temáticas. Esta es la segunda vez que comparto una trilogía de artículos, siendo la primera sobre cosmovisión cristiana (los pueden ver haciendo clic aquí).

Ahora compartí tres artículos sobre sexualidad pensando en líderes de jóvenes: “¿Quién se atreve a hablar de sexo en la iglesia?”, “¿Cómo guiar a una juventud bombardeada por ideologías?” y “Conservando la belleza de la sexualidad cristiana”. Puedes leerlos haciendo clic en el siguiente link:

Serie – Hablando de sexualidad con los jóvenes.

Te invito a suscribirte en la Revista, en la que seguramente encontrarás apoyo para tu trabajo en la iglesia. 

En Cristo, Luis. 

Las iglesitas dentro de la iglesia y las semillas de división.

Quisiera comenzar partiendo con la siguiente presuposición: nunca los procesos divisivos de la iglesia son felices. Siempre dejan heridas, dolor y tristeza. No por nada el apóstol Pablo señala, en su carta a los hermanos de Romanos, lo siguiente: “Pero les ruego, hermanos, que se cuiden de los que causan divisiones y tropiezos en contra de la enseñanza que ustedes han recibido, y que se aparten de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a su propio vientre, y con palabras suaves y lisonjeras engañan al corazón de los ingenuos” (Romanos 16:17,18, RVC, como todas las citas bíblicas que siguen). El texto bíblico es sumamente claro en plantear que lo que nos debe caracterizar es la enseñanza bíblica, desde el lente apostólico, es decir, cristiano, que trasunta en servicio a Jesucristo y en real edificación y alegría del cuerpo de Cristo, y no en divisiones y palabras hipócritas. Porque como señala el proverbista, “Es mejor la reprensión franca que el amor disimulado. Son más confiables las heridas del que ama, que los falsos besos del que aborrece” (Proverbios 27:5,6). La honestidad entre hermanos es demasiado valiosa. Siempre es preferible hablar con alguien que se tiene la seguridad de quién es y qué piensa, que con un solapado que sólo te lisonjea. La reprensión manifiesta es valiosa, porque ayuda a caminar y a crecer, porque busca edificar y no destruir con palabras lindas carentes de sinceridad. Y claramente, siempre ésta reprensión tiene que estar basada en la Escritura, nuestra única y suficiente regla de fe y práctica, y no en los constructos idolátricos, por mucho que aparenten piedad. 

Sería extraño que una división eclesiástica no nos produzca dolor, cuando amamos a nuestros hermanos y la unidad de la iglesia, que no sólo nos debiese resultar preciada, sino entenderla como un mandato del Señor (véase 1ª Corintios 12 — 14 y Efesios 4:1-15). La unidad de la iglesia no es un valor de última categoría, transable por otros principios. El Señor Jesucristo, en la misma noche en la que fue entregado a sus captores, lo que derivó en su muerte de cruz, oró al Padre diciendo: “Pero no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo crea que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Juan 17:20-23). La oración de Jesús debiese marcar nuestra agenda en la misión. El conservar la unidad en la familia de la fe forma parte del deseo de Dios para su pueblo. 

Pero a la vez, se hace relevante a la hora de conversar con franqueza el tema de la división procurar su “des-sentimentalización analítica”. No me refiero a dejar el amor, preclara señal de nuestra fe cristiana, sino a ponderar con rigurosidad todas las variables que están en ella, con la certeza de lo dicho por el apóstol Pablo cuando dijo: “Porque es preciso que haya disensiones entre ustedes, para que se vea claramente quiénes de ustedes son los que están aprobados” (1ª Corintios 11:19). Sí, en el caso de vivir un proceso divisivo, lloramos la pérdida de hermanos de nuestra comunidad de iglesias, pero eso no puede producir una tristeza y amargura que nos anquilose en las tareas de la misión de Dios. La disensión es mala, pero es prueba de la fe en Jesucristo. 

La teología reformada es muy clara a este respecto. Las divisiones, en su generalidad, tienen un origen pecaminoso. Louis Berkhof señala en su “Teología Sistemática” que: “algunas divisiones, tales como aquellas que se deben a diferencias de localidad o de lenguaje, son perfectamente compatibles con la unidad de la iglesia; pero otras, tales como las que se originan en perversiones doctrinales o en abusos sacramentales, en realidad estorban esa unidad. Las primeras resultan de la dirección providencial de Dios, pero las últimas se deben a la influencia del pecado: al oscurecimiento del entendimiento, al poder del error, o a los caprichos del hombre; y por tanto la iglesia tendrá que luchar por el ideal, derrotando esos obstáculos” [1]. Para Berkhof, sólo existe división legítima en aquellas que:

a) tienen relación con fronteras geográficas y o idiomáticas, cuidando así que el mensaje sea predicado en lengua vernácula (característica fundamental del protestantismo);

b) para evitar la generación de liderazgos que ejerzan un poder internacional (por eso, el presbiterianismo construye iglesias nacionales, lo que no obstaculiza la misión ni las relaciones fraternas con otros concilios);

y c) sobre todo, para evitar la perversión doctrinal que rompa las marcas de la iglesia, a saber, la predicación fiel de la Palabra de Dios, la correcta administración de los sacramentos y el recto ejercicio de la disciplina eclesiástica.

Como plantea, Sean Michael Lucas, la ruptura con una iglesia sólo puede fundamentarse un bases doctrinales profundas en las que el propio evangelio está en juego [2]. Es decir, cuando uno busca producir un quiebre legítimo de una denominación debe tener la profunda claridad que dicha iglesia madre ha renunciado al evangelio. Si esto no es así, se peca contra Dios y el prójimo y, volviendo al texto paulino a los hermanos de Corinto, se evidencia quiénes son aprobados. 

Un gran aporte teórico para esta ocasión es el brindado por el Dr. Martyn Lloyd-Jones, en su conferencia del año 1965 sobre los puritanos, titulada “Ecclesiola in ecclesia”, es decir, una “iglesita dentro de la Iglesia”. Lloyd-Jones realiza un interesante análisis histórico de grupos dentro de la iglesia, que tienen el carácter de conformar una iglesita dentro de la misma, desde la Edad Media hasta el momento contemporáneo de dicho autor. Me permitiré citar in extenso tres fragmentos de dicha conferencia.

“La idea de quienes componían estas iglesitas no era formar una nueva iglesia. Esto es elemental. No tenían interés alguno en separarse; de hecho, se oponían violentamente y con acritud a una idea semejante. No perseguían cambiar la doctrina de la Iglesia. […] No les inquietaba la doctrina de la Iglesia, sino más bien la condición y la vida espiritual de esta. […] La gente que creía en la idea de la ‘ecclesiola’ no tenía la intención de transformar por completo la iglesia, sino, más bien, de formar un núcleo de verdaderos creyentes dentro de la misma. El propósito de este núcleo sería actuar como levadura e influir en la vida de la iglesia por el bien de esta. […] El argumento parecía ser más bien que, si el intento de reformar a toda la iglesia fracasaba, entonces, lo único que podía y debía hacerse era formar este núcleo dentro de la misma con la confianza de que, por último, sería capaz de impregnar la vida de toda la congregación y reformarla” [3].

Este fragmento es fundamental, toda vez, que empatiza con los creadores de las “iglesitas dentro de las iglesias”, entendiendo que sus intenciones y motivaciones originarias puede que no hayan sido pecaminosas, inclusive, generando instancias para el conocimiento de la Escritura, la oración, la comunión, fortaleciendo la piedad y pujando para la renovación de la iglesia. El problema está en el ADN del proyecto “iglesita dentro de la Iglesia”. Señala Lloyd-Jones:

“Si divides tu iglesia y dices: ‘Voy a llamar a los verdaderos cristianos a fin de celebrar reuniones especiales para ellos’, ¿qué efectos crees que tendrá sobre el resto? Una acción así está destinada a producir resentimiento y oposición, como ha ocurrido invariablemente; así que, lejos de ayudar a tales personas, crearás en ella un espíritu de antagonismo. / En segundo lugar, como ya he sugerido, ¿acaso no lleva esto implícito en su misma esencia un elemento separatista? Sin duda estarás causando una división” [4].

Entonces, el problema de la “iglesita dentro de la Iglesia” no es de métodos ni de algunos fines conseguidos, sino en cómo se estructura dicho proyecto: la “iglesita dentro de la Iglesia” de forma inherente a su ADN padece de elitismo espiritual. Entiende que en su grupo están los mas puros doctrinalmente, aquellos que no se pervierten por ideologías, los que más oran y pujan por su santificación, los que más y mejor hacen para la misión. Por ello, pueden desarrollar las tareas de renovación de la iglesia. ¡Esto es sumamente ofensivo! Es ofensivo para el Espíritu Santo porque es Él quien renueva a la iglesia con su poder vivificador, es Él quien sostiene y guía a la iglesia a toda verdad y justicia (Juan 16:7-13; Hechos 1:8; Romanos 8:1-17). Es sumamente ofensivo para la iglesia, porque no entiende que en ella no existen creyentes como “modelos terminados”, sino pecadores que están en quiebra espiritual y que deben presentarse vulnerables ante el Dios de toda gracia. He ahí la esencia de nuestra mirada amorosa respecto de los más débiles. Pensar que se tiene el poder para construir la iglesia perfecta es pavimentar el camino para la tiranía eclesiástica y para la destrucción de la comunidad. 

Muy bien lo decía el pastor y teólogo Dietrich Bonhoeffer cuando planteó que:

“Debemos persuadirnos de que nuestros sueños de comunidad humana, introducidos en la comunidad, son un auténtico peligro y han de ser destruidos, so pena de muerte para la comunidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales. / Dios aborrece los ensueños piadosos porque nos hacen duros y pretenciosos. Nos hacen exigir lo imposible a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Nos erigen en jueces de los hermanos y de Dios mismo. Nuestra presencia es para los demás un reproche vivo y constante” [5].

Pensarse como lo más reformado dentro de lo reformado, como expresión de la pureza doctrinal, lleva en su ADN el quiebre divisivo, puesto que esa autocomprensión siempre se desarrolla en relación a otros. Soy más en relación a otro que es menos. Y ahí está el germen de los mitos fundacionales de las nuevas iglesias, que no trepidan en enlodar a otros dilapidándoles pública y privadamente, para justificar su quiebre pecaminoso. Como plantea Martyn Lloyd-Jones:

“El Nuevo Testamento admite claramente que en la iglesia hay diferentes tipos de personas: unas más fuertes y otras más débiles. Están aquellos a quienes se llama ‘espirituales’, lo que implica que hay otros que lo son menos. Se reconocen toda clase de categorías, diferencias y distinciones entre los miembros de la iglesia. Se nos exhorta siempre a llevar los unos las cargas de los otros, se dice que el fuerte debe ayudar al débil, etc. Pero, ciertamente, nada de esto justifica que se separe a unos pocos de los demás. Ninguna de estas citas sugiere en lo más mínimo algo semejante. Yo hasta diría que un proceder así contradice abiertamente las enseñanzas del Nuevo Testamento” [6].

Si algo tienes de Dios es sólo por pura gracia, y eso que tienes no es nada si no lo pones al servicio de los demás. Si no miras y actúas con amor respecto de tu prójimo no te sirve de nada tener el conocimiento y la fe ortodoxa que profesas… simplemente te estás construyendo idolátricamente como un metal que resuena y un címbalo que retiñe (1ª Corintios 13:1-3). Al final, lo que te llevará a quebrar la unidad de la Iglesia no será la pureza del evangelio de Jesucristo, sino tus ansias de poder, la ensoñación de una comunidad que no existe en la realidad de hermanos de carne y de hueso, tu agenda o proyecto ensimismado. No será tu falta de amor simplemente. Será tu amor desordenado. 

Luis Pino Moyano.


[1] Louis Berkhof. Teología Sistemática. Grand Rapids, Libros Desafío, 1999, pp. 684, 685.

[2] Sean Michael Lucas. “O que é goberno da igreja?”. En: Série Fé Reformada. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2015. 

[3] Martyn Lloyd-Jones. Los puritanos. Sus orígenes y sucesores. Edimburg, El Estandarte de la Verdad, 2013, pp. 198, 199. Corresponde a la Conferencia del año 1965, titulada: “Ecclesiola in ecclesia”.

[4] Ibídem, p. 214.

[5] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 19-23.

[6] Lloyd-Jones, Op. Cit., p. 217.

Somos sacerdotes para Dios.

Los reformadores del siglo XVI Martín Lutero, Ulrico Zwinglio, Juan Calvino, John Knox, entre otros, fueron fundamentalmente predicadores de la Palabra de Dios. Y en dicha comunicación nos enseñaron algunos principios relevantes como los que mencionaré: a) la centralidad y suficiencia de Cristo, b) la salvación por pura gracia, c) la justificación por la fe, d) que nuestra doctrina y práctica está sustentada sólo en la Palabra y en toda ella. Nos enseñaron también que hemos sido hechos libres para amar y servir, que la iglesia reformada debe siempre reformarse a la luz de la Palabra y que sólo Dios debe ser glorificado en todo y por todos. Todas esas enseñanzas relevantes tuvieron un punto en común: no fueron innovaciones ni inventos, como sí lo era, por ejemplo, la predicación de las indulgencias. El mayor mérito de la Reforma Protestante fue su falta de originalidad. Lo que los reformadores hicieron, y lo que nosotros debemos seguir haciendo, es ir a la Escritura, y recoger de allí lo que creemos, pensamos y vivimos. Lo que debemos imitar es el reconocimiento del alto valor que tiene la Palabra revelada de Dios, inspirada por el Espíritu, leída en comunidad y en nuestro idioma con la ayuda del Espíritu Santo. Tener la Palabra como centro y base es más que una declaración doctrinal, es un estilo de vida.

Una de las cosas más terribles que hizo el catolicismo romano en los siglos del Medioevo, y que en muchos lugares se sigue entendiendo así, dice relación con la separación de trabajos sagrados y profanos. Eso hizo que no sólo se valorara al sacerdocio como un trabajo sagrado en detrimento de otros oficios, sino que se derivara en una clericalización de la iglesia, es decir, se construyó una clase alta de personas superiores que tienen el poder de decir cómo creer y vivir la fe, dando paso a muchas acciones tiránicas. Frente a eso se alzó como una de las banderas de lucha de la Reforma Protestante la doctrina del Sacerdocio Universal de los Creyentes. Lutero dijo con toda claridad en su “Tratado sobre el Nuevo Testamento”: “Por lo tanto todos los cristianos son sacerdotes, todas las cristianas sacerdotisas, sean jóvenes o viejos, amos o siervos, amas o criadas, eruditos o ignorantes. En esto no hay diferencia alguna” [1].

¿Qué nos enseña la Biblia sobre esta doctrina? A través de la lectura de la Palabra de Dios daremos cuenta del significado, las bendiciones y las responsabilidades del sacerdocio universal de los creyentes.

1. ¿Qué significa el sacerdocio universal de los creyentes?

Los sacerdotes en el Antiguo Testamento eran sujetos que provenían de la tribu de Leví y que cumplían funciones en el tabernáculo y, posteriormente, en el templo. Dichas funciones eran: a) la mediación entre el pueblo y Dios, centrados por el sistema ceremonial y cúltico; b) el consultar a Dios para reconocer la voluntad divina para el pueblo de Dios; y c) la interpretación y enseñanza de la ley de Dios. Haciendo una interpretación de la obra de Cristo, teniendo en cuenta el anuncio del texto veterotestamentario, el autor desconocido de la carta a los Hebreos, dijo: “Cristo, por el contrario, al presentarse como sumo sacerdote de los bienes definitivos en el tabernáculo más excelente y perfecto, no hecho por manos humanas (es decir, que no es de esta creación), entró una sola vez y para siempre en el Lugar Santísimo. No lo hizo con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, logrando así un rescate eterno. La sangre de machos cabríos y de toros, y las cenizas de una novilla rociadas sobre personas impuras, las santifican de modo que quedan limpias por fuera. Si esto es así, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente!” (Hebreos 11:9-14). Este texto nos enseña tres verdades fundamentales acerca del oficio sacerdotal de Cristo y del cumplimiento en él de lo anunciado por el sistema ceremonial del Antiguo Testamento: a) Cristo es el sumo sacerdote; b) Cristo es el templo; y c) Cristo es la ofrenda. La muerte de Cristo fue en favor de su pueblo, en beneficio suyo y en su lugar. Fue, además, un sacrificio único y perfecto. A tal nivel cambia la noción religiosa de los primeros, que Timothy Keller dice sobre esto en un diálogo imaginario: “Cuando el cristianismo surgió, no fue considerado como una religión. Era la no-religión por excelencia. Imaginen a los vecinos de los primeros cristianos preguntándoles por su fe. ‘¿Dónde está ti templo?’. Los cristianos respondían que no tenían templo. ‘¿Cómo puede ser? ¿Dónde ofician sus sacerdotes?’. Los cristianos respondían que no tenían sacerdotes. ‘Pero… -balbuceaban sus interlocutores- ¿dónde están los sacrificios para complacer a sus dioses?’. Los cristianos respondían que ellos ya no hacían sacrificios. Jesús era el templo para acabar con todos los templos, el sacerdote para acabar con todos los sacerdotes, y el sacrificio para acabar con todos los sacrificios” [2]. Cristo modificó nuestra forma de acercarnos a la vida verdadera y a nuestra relación con Dios. Todo esto es fundamental para entender el oficio universal de los creyentes como sacerdotes para Dios. 

El apóstol Pedro en su primera carta, hablando de los creyentes en Cristo Jesús dice: “Cristo es la piedra viva, rechazada por los seres humanos, pero escogida y preciosa ante Dios. Al acercarse a él, también ustedes son como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. De este modo llegan a ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo. Así dice la Escritura: ‘Miren que pongo en Sión una piedra principal escogida y preciosa, y el que confíe en ella no será jamás defraudado’. Para ustedes los creyentes, esta piedra es preciosa; pero para los incrédulos, ‘a piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular’, y también: ‘una piedra de tropiezo y una roca que hace caer’. Tropiezan al desobedecer la palabra, para lo cual estaban destinados. Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido” (1ª Pedro 2:4-10).

El texto nos enseña que somos una comunidad de sacerdotes, y cada uno de quienes conformamos dicha comunidad somos, metafóricamente, piedras del templo de Dios. Somos sacerdotes no sólo de manera individual, sino comunitariamente: ¡No existe posibilidad para un cristianismo solitario! El cristianismo es comunitario por definición. Como diría John Leith: “Todos son iguales ante Dios, gozan de los mismos privilegios y participan de las mismas responsabilidades” [3]. El versículo 4, nos señala que Cristo es la piedra viva y fundamental. Es una piedra viva, porque es una persona y también porque tiene el poder de darnos vida a todos los demás. Fue rechazada por los hombres (¡la muerte en la cruz!), pero aprobada por Dios (¡la resurrección, ascensión y glorificación!). Es sobre Cristo que la comunidad puede encontrar fundamento sólido, porque Él es la roca inconmovible. Fuera de Cristo todos nuestros proyectos fracasan. Por su parte, Pedro en el versículo 5 señala que nosotros somos piedras vivas, esto, porque tenemos vida en Cristo. Esto, nos plantea el desafío de ser templos del Dios vivo y nos responsabiliza en la noble tarea de presentar sacrificios espirituales para Dios (más adelante hablaremos sobre eso). Es comunitariamente que presentamos dichos sacrificios para Dios, pues juntos somos piedras vivas, juntos somos el templo de Dios. A su vez, los versículos 9 y 10 nos presentan que nuestra nueva identidad como pueblo de Dios es por pura gracia, que somos reyes y sacerdotes para Dios, y que eso nos responsabiliza en la vida y el testimonio. En el Israel de Dios, conformado por judíos y gentiles, no hay un clero de sacerdotes, una clase diferente de creyentes especiales, sino un pueblo de sacerdotes. Los oficios de Cristo de rey, profeta y sacerdote, son también los oficios de la iglesia. 

Orlando Costas, en su libro “La iglesia y la misión evangelizadora”, dijo: “En primer lugar, quiere decir que cada cristiano, en virtud del sacrificio vicario de Jesucristo sobre la cruz, puede acercarse a Dios personalmente sin mediación de ninguna otra persona (Heb. 8:10-11). En segundo lugar, quiere decir que por cuanto cada creyente es miembro del cuerpo de Cristo, tiene una función, un ministerio y una misión particular que ejecutar. Dicha misión no es distinta a la misión de la Iglesia, sino que está íntimamente vinculada a ésta. En otras palabras, la Gran Comisión no es responsabilidad de una casta selecta dentro de la Iglesia, sino de cada creyente, no importa cuán humilde o cuán ignorante sea” [4]. No necesitamos mediadores para adorar, podemos ir ante la presencia de Dios todos los días de nuestra vida, sabiendo que Dios está presente y escucha nuestras plegarias. Además, la misión no es cosa de profesionales, es tarea de la iglesia, cada creyente tiene el deber sagrado de presentar a otros las buenas nuevas de Jesucristo. 

2. ¿Qué bendiciones trae el sacerdocio universal de los creyentes?

Sin lugar a dudas, la mayor bendición es que Cristo sea nuestro mediador.  Dice el evangelio de Mateo: “Entonces Jesús volvió a gritar con fuerza, y entregó su espíritu. En ese momento la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló y se partieron las rocas” (Mateo 27:50,51). Cristo, con su muerte en la cruz abrió el camino para que no necesitáramos más mediadores humanos en nuestra relación con Dios. Su muerte hace que Él, y sólo Él, sea el perfecto mediador. El velo del templo rasgado es un poderoso símbolo del fin de la ley ceremonial, ya que el camino a la presencia de Dios fue abierto por Jesucristo. El autor desconocido de la carta a los Hebreos también señaló: “Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos” (Hebreos 4:14-16). Cristo es nuestro fiel abogado en los cielos, a quien podemos acudir en nuestros momentos de necesidad. En Él tenemos gracia que nuestra vida necesita. Solo Cristo, sola gracia. 

Además, que nosotros seamos sacerdotes también es una bendición. Somos sacerdotes no por mérito propio o por capacidades que se entrenan en una preparación académica: somos sacerdotes por la gracia de Dios. Somos sostenidos en nuestro sacerdocio por Cristo. Podemos participar de la comunión con Dios porque Cristo triunfó en la cruz. Todo eso, nos invita a vivir y testimoniar como sacerdotes, que es lo que veremos a continuación.

3. ¿Qué responsabilidades trae el sacerdocio universal de los creyentes?

¿Se acabaron los sacrificios luego de la muerte de Cristo? El fin de la ley ceremonial del Antiguo Testamento no acabó con la necesidad de los sacrificios, sino que los redefinió. Ya no matamos ni quemamos animales, pero presentamos otros sacrificios. ¿Qué sacrificios presentamos a Dios hoy? Los siguientes textos nos ayudan a entender la adoración renovada de la comunidad de sacerdotes. 

Romanos 12:1,2: “Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta”. El sacrificio que se nos demanda acá es que toda nuestra vida esté rendida a Dios y sujeta a su Palabra. Se trata de una obediencia radical a Dios, una disciplina espiritual en la que no nos dejamos moldear por las ideas de la cultura imperante. Necesitamos una constante “metanoia”, una transformación del corazón, lo que involucra el intelecto, las emociones y la voluntad. Dios quiere que le demos toda nuestra vida, no las sobras de ella. 

Hebreos 13:15,16: “Así que ofrezcamos continuamente a Dios, por medio de Jesucristo, un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre. No se olviden de hacer el bien y de compartir con otros lo que tienen, porque esos son los sacrificios que agradan a Dios”. Se nos enseña acá que estos sacrificios se entregan continuamente y no de vez en cuando y que se ofrecen a Dios por medio de Jesucristo. Estos sacrificios agradan a Dios, pues la gracia nos invita a vivir para Dios. El testimonio no salva, pero es el fruto de corazones agradecidos, que son vivificados por el Espíritu Santo. Y luego menciona sacrificios espirituales, a saber, labios que le adoran haciendo resonar aquello que abunda en nuestro corazón. La adoración es un tema fundamental de la teología cristiana que entiende que nuestro fin principal es “glorificar a Dios y gozar de Él para siempre” (Catecismo menor de Westminster, pregunta 1). Y también, practicar la justicia que entre los actos concretos se hace manifiesta en la misericordia. La justicia y la misericordia en la Biblia caminan de la mano. No sólo esperamos justicia de otros, hacemos justicia cuando practicamos lo que la Biblia enseña y cuando compartimos aquello que Dios nos da. Siempre tenemos algo para dar, por muy poco que sea. Siempre podemos compartir. 

El que seamos sacerdotes para Dios trae las siguientes implicancias:

· Esta doctrina incluye aspectos de la doctrina de la salvación y de la iglesia, junto con la tarea misional. Los redimidos por Jesucristo desempeñan su trabajo para Dios en el mundo en la totalidad de las esferas de la vida. No existe separación de trabajos sagrados y profanos. Hemos sido llamados a la vocación sagrada de ser sacerdotes en el mundo. 

· El sacerdocio universal une y edifica a la iglesia. Señala la necesidad de la participación de todos y de su capacitación para su área de quehacer. Hace poner la vista en los demás buscando la edificación de la hermandad. 

· El Espíritu Santo fue derramado en todos los creyentes. El Señor otorga dones, comisiona y capacita a los líderes a su labor. La iglesia reconoce los dones y el llamado del Señor (oficios particulares, presbíteros y diáconos). En el presbiterianismo ese reconocimiento se manifiesta en la votación en el marco de las asambleas. 

· Los roles específicos de los oficiales de la iglesia no niegan el sacerdocio universal de los creyentes. Todos los creyentes son llamados a servir. Los líderes son siervos de Dios que cuidan a su pueblo.

· En la Biblia el liderazgo tiene poco que ver con jerarquías, sino más bien con relaciones significativas de acompañamiento espiritual.

· Se debe evitar la profesionalización y la burocratización del liderazgo, como la distinción entre clero y laicos. La Reforma rompió con esa diferenciación. Mantener esa distinción porque la iglesia funciona bien, es “romanismo larvado” (Juan Wherli).

· Timothy Keller, en su libro “Iglesia centrada”, señala: “El Espíritu equipa a todo creyente para ser un profeta que trae la verdad, un sacerdote que sirve con simpatía y un rey que llama a otros a un amor responsable; incluso si carece de dones especializados para el oficio o ministerio a tiempo completo. […] Esta comprensión del oficio general ayuda a prevenir que la iglesia se vuelva una burocracia de arriba hacia abajo, conservadora, alérgica a la innovación. Nos ayuda a entender a la iglesia como un ministerio que cambia la vida y que cambia el mundo; todo sin depender del control y la planificación de una jerarquía de líderes” [5].

Por todo lo anterior, todos somos responsables de la vida en comunidad. Todos somos responsables de nuestros hermanos. Todos somos responsables de cuidar la iglesia. Todos somos responsables de aprender y servir. Si tú no estás sirviendo hoy en tu comunidad, no estás cumpliendo con el llamado sagrado que Dios te ha dado para que seas un sacerdote.

Para reflexionar y practicar. 

Me libraré de decir algunas cosas citando a R. B. Kuiper, en su excelente libro “El cuerpo glorioso de Cristo”, dijo: “¡Cuán pocos miembros de la iglesia hoy en día son serios estudiantes de la Sagrada Escritura! ¡En cuán pocos hogares, llamados cristianos, es dado un lugar de honor el culto familiar, en el cual los padres oran con y por sus hijos y les enseñan la Palabra de Dios! ¡Cuán pocos, al regresar a casa después del servicio de predicación, siguen el ejemplo de los de Berea que escudriñaban la Escrituras para ver si las cosas eran así (Hch. 17:11)! ¡Cuán pocas iglesias pueden mantener activa una organización para sus hombres! ¡Cuán pocas organizaciones de mujeres en las iglesias, además de tener costura y levantar fondos para la iglesia, se ocupan en el estudio de la Biblia! ¡Cuán pocos miembros de la iglesia son capaces de dirigir a la congregación en oración pública! ¡Cuán pocos de los miembros en plena comunión reúnen las cualidades para servir como ancianos y diáconos! ¡Cuán pocos miembros de la iglesia se dan cuenta que es su solemne deber amonestar a los miembros que andan desordenadamente! ¡Cuán pocos participan en los esfuerzos evangelísticos!” [6]. Si hay algo de aquí que resuena en tu mente, es a tu conciencia. Si estás sirviendo en todas estas áreas, persiste en la gracia, buscando la gloria de Dios y no la tuya. 

La sana comprensión de esta doctrina nos puede llevar a asimilar tres cosas fundamentales:

· La primera, que como iglesia tenemos una profunda necesidad: los líderes de la iglesia necesitan sacarse la “capa de superhéroes” y nosotros tenemos el deber de sacar esa capa de nuestras mentes. Si bien es cierto, la Biblia nos demanda a quienes trabajamos para el cuerpo de Cristo cumplir con una serie de requisitos, que son parte de nuestra tarea, y que más allá de las manchas de nuestro pecado contamos con la ayuda del Espíritu Santo para ello, nuestra comunidad nunca entenderá la fuerza de la sola gracia de Dios si no nos entienden como personas que somos vulnerables. Los líderes de la iglesia somos vulnerables, no somos modelos terminados de santidad, porque somos pecadores, débiles, ignorantes en algunas áreas. Por eso, creemos que el gobierno presbiteriano de la iglesia es mejor, no sólo porque no se centraliza el poder en una sola persona, sino porque mi debilidad es suplida por la fortaleza del otro. 

· La segunda, es una comprensión de la historia en clave de providencia: a veces, Dios en su soberanía y perfecta sabiduría, se place de usar como medio la manifestación de debilidades de nuestros líderes en la iglesia, la enfermedad o situaciones traumáticas vividas por ellos, e inclusive, procesos divisivos de la iglesia, para que podamos ver con toda claridad en qué cosas o en quiénes estamos poniendo nuestra confianza. No somos indispensables para el cuerpo de Cristo. Sólo Cristo, como fundamento lo es. Sólo en su gracia, podemos ser piedras vivas dentro de la casa que es todo el pueblo de Dios. También, dichas circunstancias nos hacen ver en quién estamos descargando responsabilidades que podríamos nosotros realizar, pues “quien no trabaja da trabajo”. 

· En tercer lugar, los líderes de la iglesia, en especial los pastores, tienen necesidades espirituales y necesitan ser pastoreados y animados en la misión. Barnabas Piper, hijo del pastor John Piper, plantea en un libro en el que habla de su experiencia como hijo de pastor, dice: “Los hijos de los pastores necesitamos ver que nuestros padres se quitan el traje y la corbata y disfrutan de un buen tiempo de risas con amigos cercanos. Tenemos que ver la intensidad de nuestros padres expresada en la predicación, pero también tenemos que ver esa misma intensidad en otras áreas de la vida que no tienen que ver con la iglesia, la teología o el ministerio. Tenemos que ver a nuestros padres recurrir a un amigo querido cuando golpea una crisis o el dolor abruma. Necesitamos ver una cultura, aunque sea pequeña, de verdadera amistad. (La iglesia como un todo necesita lo mismo: ver un pastor que tiene un círculo de amigos que son queridos, honestos, que cuidan, y testarudos). De lo contrario, nos volvemos personas atrofiadas socialmente y lisiadas relacionalmente que tienen luchas para ser honestos y depender de otros cuando necesitamos ayuda, consuelo y dar cuentas” [7]. ¿Estás dispuesto a ser un amigo de pastor? ¿Estás dispuesto a hablar con ellos no sólo cuando tienes momentos difíciles en los que necesitas consejería, sino cuando quieres conversar de religión, política y fútbol? ¿Estás dispuesto a aconsejar y pastorearles cuando ellos también lo requieren?

En síntesis, el sacerdocio universal es un llamado a salir de la comodidad para comenzar a trabajar: en el evangelismo, el discipulado, la adoración, la familia, la comunidad eclesial y en las distintas vocaciones que Dios nos ha dado. Somos sacerdotes todos los días, en todo lugar y toda la vida. Como toda bendición va acompañada de responsabilidades, y para ello, necesitamos a Jesucristo, el perfecto sumo sacerdote, aquel que nos toma de la mano, nos transforma, corrige, anima, consuela y nos ayuda a caminar. Pongamos nuestros ojos en Cristo. Descansemos en Él, para que trabajemos en la iglesia y en el mundo sin pesos innecesarios. 

Luis Pino Moyano.

Este artículo tuvo como base el bosquejo de mi predicación en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el 31 de octubre de 2019, en el marco de la celebración del Día de la Reforma Protestante. 


Notas bibliográficas.

[1] Citado en: Justo González. Historia del pensamiento cristiano. Barcelona, Editorial CLIE, 2010, p. 635. 

[2] Timothy Keller. El Dios pródigo. Miami, Editorial Vida, 2011, p. 23.

[3] John Leith. A Tradição Reformada. Uma maneira de ser a comunidade cristã. São Paulo, Pendão Real, 1997. p. 168. 

[4] Orlando Costas. La iglesia y su misión evangelizadora. Buenos Aires, Editorial La Aurora, 1971, p. 65.

[5] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 367. 

[6] R. B. Kuiper. El cuerpo glorioso de Cristo. Guadalupe, Editorial CLIR, 2018, pp. 151, 152. 

[7] Barnabas Piper. El hijo del pastor. Miami, Editorial Patmos, 2016, pp. 120, 121.

Navidad y la paz.

“Noche de paz” debe ser uno de los villancicos más conocidos y transversales a las distintas tradiciones cristianas, por ende la paz es un tema del que hay que hablar en una ocasión como esta. Sí, paz. Aún en medio de los tiempos convulsionados que estamos viviendo en nuestro país, podemos hablar de paz. La ausencia de paz, o el no entendimiento de ella, ha sido una constante en la historia del mundo. Desde la caída de Adán, que no sólo trajo un quiebre en la relación con Dios, sino también con su esposa Eva, y luego en el asesinato de Abel por parte de su hermano Caín, podemos ver el origen de la ausencia de paz con Dios y con nuestro prójimo. Eso es en esencia el pecado: apartar la vista de Dios, lo que nos lleva a poner la vista en nosotros mismos, apartándola de nuestro prójimo y del mundo en que vivimos. 

En tiempos más cercanos, el siglo XX fue uno donde la paz no era el pan de cada día. Dos guerras mundiales, marcaron su primera mitad. Luego de la segunda de ellas, Gabriela Mistral, nuestra Premio Nobel de Literatura, con la agudeza que la caracteriza escribió un breve texto llamado “La palabra maldita”, mientras vivía en Veracruz en 1950. Esa palabra maldita era “paz”. Ella señalaba que se encontraba carente de todo sentido, su uso era banal, pues se hablaba de ella por todos lados, y hasta con mucha alegría aparente, pero nadie la vivía. Mistral dice: “La palabra ‘paz’ es vocablo maldito. Usted se acordará de aquello de ‘Mi paz os dejo, mi paz os doy’. Pero no está de moda Jesucristo, ya no se lleva”. Señala más adelante: “la palabra más insistente en los Evangelios es ella [¡paz!] precisamente, este vocablo tachado en los periódicos, este vocablo metido en un rincón, este monosílabo que nos está vedado como si fuera una palabrota obscena. Es la palabra por excelencia y la que, repetida hace presencia en las Escrituras sacras como una obsesión”.

¿Es la paz una palabra maldita para nosotros los creyentes en Cristo? ¿Qué nos hace falta para vivir en paz? ¿Qué significa la paz a la luz de la Palabra? ¿Cuándo la tendremos? Son preguntas demasiado necesarias. Y la esperanza de Adviento nos permite que nos acerquemos a ella, porque Cristo es quien trae y produce paz. En este artículo, veremos el anuncio de la paz, y sobre la paz-ya y la paz-todavía-no.

El anuncio de la paz.

Desde el cautiverio babilónico, y mientras más pasaba el tiempo, sobre todo en el contexto de los cuatrocientos años de silencio entre los testamentos se aceró la espera del Mesías (Leer como ejemplo, Lamentaciones 5). Se anhelaba la venida de un libertador político que les liberara del yugo romano, y un salvador que les liberara de la enfermedad y las dificultades físicas y materiales. Se hablaba de “la consolación de Israel” o “la redención de Israel”. Jesús llegó a un pueblo que esperaba y anhelaba al Mesías. Lo que nadie esperaba era que su triunfo fuese por medio de una aparente derrota: la cruz. Es en medio de esa espera que surge el anuncio. 

“En esa misma región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, turnándose para cuidar sus rebaños. Sucedió que un ángel del Señor se les apareció. La gloria del Señor los envolvió en su luz, y se llenaron de temor. Pero el ángel les dijo: ‘No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido en la Ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: Encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’. De repente apareció una multitud de ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: ‘Gloria a Dios en las alturas […](Lucas 2:8-14a).

Pongamos la atención en los receptores del mensaje: se trata de pastores trashumantes, viajeros estacionales, que buscaban los mejores lugares para que pastara su ganado. También lo hacían en invierno, para cuidar los animales que eran usados para los sacrificios. Era gente conocida por su olor: a humo y a animal, mezclado con sudor luego de tanta caminata. Pero eso no era nada al lado del prejuicio que cargaban. Los pastores eran sujetos despreciados, pues su trabajo les impedía guardar la ley ceremonial. Además de eso, como viajeros dentro del país, era común que muchos de ellos se volvieran ladrones. Es decir, los ángeles que cantan a la gloria de Dios lo hacen teniendo como audiencia a los malacatosos y malandras del mundo. Por su parte, la manifestación angelical produjo miedo en ellos, cosa muy propia en fenómenos sobrenaturales como ese, por lo que necesitan recibir aliento. El mensaje les quita el miedo y les dota de profunda alegría, de verdadera alegría. No alegría basada en momentos ni en cosas que pueden perecer y acabarse, sino una que está sustentada en Cristo y su redención. 

El mensaje tiene como centro y protagonista a Jesucristo. El nacimiento de un Salvador es de un libertador del pecado y la muerte. ¡Cristo tiene el poder para redimir todas las cosas! La mención de Cristo como Señor es una designación que refiere a la divinidad (reservado celosamente a Dios en el AT) y al dominio de Cristo. Además, es una declaración subversiva en el contexto imperial, en el que el César era llamado “señor”. Por eso, la primera confesión de fe de la iglesia cristiana, a saber, “Cristo es el Señor” no sólo era una declaración de ortodoxia teológica, sino un principio de vida tan radical que podría llevar a la pérdida de ella, a la muerte portando un testimonio, que es el significado literal del martirio. Aún así, la vista nunca está en nosotros sino en Dios: “Gloria a Dios en las alturas”. Soli Deo Gloria. 

Notemos algunos aprendizajes prácticos hasta acá. 

· Los pastores reciben el mensaje de Dios cuando trabajan. Cuestión clave en la Biblia. Dios se presenta y llama a la misión a gente que está ocupada, que está haciendo algo o está pensando en cosas por realizar. Por eso, la excusa de “no puedo porque tengo algo que hacer”, resulta tan falta de realismo e, incluso, ofensiva en relación a quienes se han dispuesto a servir a Dios.

· El mensaje produjo alegría en los pastores. Las preguntas aparecen de inmediato: a) ¿el evangelio produce alegría en los lugares en los que vives y te relacionas con otras personas?; b) ¿celebras culto a Dios con alegría o por rutina?

· El mensaje de la Navidad es esperanzador: produce que descansemos de nuestra autojusticia, de nuestros temores, fracasos y yerros. Cristo es quien nos salva.

· Cristo es el Señor. Lo que verían los pastores, sería a un bebé, acostado en un cajón que se usaba para que los animales comieran, y no a un rey poderoso. Cristo estuvo dispuesto a ser un bebé, pequeño y vulnerable. Estuvo dispuesto a perder el control. ¿Estarías dispuesto a perder el control para que el Niño de Belén sea tu verdadero Señor?

La paz ya.

“Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad (Lucas 2:14, el subrayado y la acentuación es propia). 

En el contexto del anuncio angelical se hablaba mucho de paz, de la Pax Romana, que era un artilugio impuesto y opresivo, y que correspondía al sometimiento de un súbdito (la figura posterior del vasallaje podría servir para tenerla en mente). Pero más que la pax romana, y que cualquier paz construida por seres humanos, la paz que produce Cristo es profunda y duradera. Es un acto de la gracia de Dios el recibir la paz. La paz no es para todos, es una promesa para su pueblo, la gente que Dios amó.

La paz de Cristo ya había sido anunciada en el Antiguo Testamento. El profeta Isaías señaló: “Juzgará con justicia a los desvalidos, y dará un fallo justo en favor de los pobres de la tierra. Destruirá la tierra con la vara de su boca; matará al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será el cinto de sus lomos y la fidelidad el ceñidor de su cintura. El lobo vivirá con el cordero, el leopardo se echará con el cabrito, y juntos andarán el ternero y el cachorro de león, y un niño pequeño los guiará. La vaca pastará con la osa, sus crías se echarán juntas, y el león comerá paja como el buey. Jugará el niño de pecho junto a la cueva de la cobra, y el recién destetado meterá la mano en el nido de la víbora. No harán ningún daño ni estrago en todo mi monte santo, porque rebosará la tierra con el conocimiento del Señor como rebosa el mar con las aguas. En aquel día se alzará la raíz de Isaí como estandarte de los pueblos; hacia él correrán las naciones, y glorioso será el lugar donde repose” (Isaías 11:4-10). Este texto es clave para entender lo que se denomina perspectiva profética. Hay muchos acontecimientos y acciones pasadas-presentes-y-futuras que se entremezclan en este relato. Es que el Reino de Dios tiene dos dimensiones temporales: “ya, pero todavía no”. Por ejemplo, el texto habla del juicio de Dios. ¿En qué consiste el juicio divino? Consiste en la preocupación paternal del Rey por los pobres y afligidos de la tierra y su rechazo a la tiranía, impiedad e injusticia. El propósito para la vida humana, sin distinciones ni favoritismos, es Shalom, paz, armonía social y vida en abundancia. Dicho Shalom es fruto de la justicia según Isaías 32:17. Su acción, por lo tanto, se orienta a restaurar o vindicar a quienes sufren la injusticia e instituir así la equidad.  

En las palabras del profeta Isaías notamos el estado de paz y de armonía en el que vivirían los súbditos del Reino. Las relaciones violentas y contradictorias serían transformadas de tal manera que nadie provocará el daño del otro. Es el conocimiento de Jehová que llena la tierra, tal y como las aguas cubren el mar, es lo que producirá tal condición social. Aquí no está de más recordar, que para los judíos “conocer” siempre implica “relación”. Entonces, la paz en el ya del Reino de Dios tiene que ver con nuestras relaciones con Dios y con el prójimo, que es lo que veremos a continuación. 

a. La paz con Dios: Sin lugar a dudas una de las palabras más importantes que aparecen registradas en el Apocalipsis son las dichas por Dios, desde su trono, “Yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5). Esa es la expresión del plan redentor de Dios cumplido en Cristo. Dios está en misión, redimiendo a su creación. Pablo dijo en 2ª Corintios 5:17-21: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (RV 1960). Dios está hablando de algo que está haciendo en el presente, no en el futuro (“Yo hago”). La renovación de los creyentes y de todo lo creado es cosa segura en las manos del Dios de toda gracia. Sólo Él nos puede prometer el paraíso verdadero. Esta tarea reconciliadora tiene un alcance salvífico. Romanos 5:1 dice: “En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Es Jesús, que vive la vida perfecta que nosotros no podemos vivir, que cumple la ley de Dios como nosotros no lo hemos podido hacer, que muere por nosotros sin merecerlo por que en amor nos sustituye, que hoy intercede por nosotros ante el Padre como abogado, que es nuestro único mediador entre Dios y los hombres. ¡Es Jesús quien hace todo para que tú y yo podamos volver a tener comunión con Dios! La religión cristiana no se trata de mis esfuerzos ni de los tuyos, se trata del esfuerzo de Dios en Cristo. Nuestra paz con Dios no cuesta nuestros esfuerzos, costó los esfuerzos de Cristo, que dejó su “trono y corona por mi, al venir a Belén a nacer”. 

b. La paz con nuestros hermanos en Cristo: En los tiempos de Pablo, los paganos eran llamados “perros”, y aunque algunos se hicieron prosélitos del judaísmo, nunca fueron aceptados del todo, por el hecho de no ser “hijos de Abraham”. Los judaizantes no se despojaron de ese sentimiento de superioridad que derivaba en desprecio. En la sociedad grecolatina, se miraba con desprecio a los esclavos. Aristóteles había señalado que éstos eran “un implemento animado”. También existía una jerarquización extrema entre hombres y mujeres. Flavio Josefo, historiador judío contemporáneo de Pablo, señaló en uno de sus textos que: “La mujer, como dice la ley, es en todo respecto inferior al varón” (Contra Apión II. xxiv). Todas estas distinciones deben ser abandonadas porque todos somos iguales en Cristo. Dios, en su pueblo, elimina las barreras culturales, sociales y de género, lo que se traduce en que ninguna distinción humana sirve como ventaja en términos de salvación. Pablo dijo: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y, si ustedes pertenecen a Cristo, son la descendencia de Abraham y herederos según la promesa” (Gálatas 3:26-29. Véase también: Romanos 10:12,13; Efesios 2:11-18). La iglesia es el único lugar del mundo en que podemos vivir esa realidad. La iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores o más que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio. Algo que nunca debemos olvidar: somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás.

c. La paz con todo prójimo: El texto bíblico que compartiré a continuación presenta aquello que se vivirá en el juicio final, que devela el proyecto histórico de Dios, manifestado en nuestro testimonio, es decir, palabras, hechos y motivaciones (estas últimas, ocultas en el corazón). Jesús dijo: “Todos los habitantes del mundo serán reunidos en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los machos cabríos, poniendo las ovejas a un lado y los machos cabríos al otro. Luego el rey dirá a los unos: ‘Venid, benditos de mi Padre; recibid en propiedad el reino que se os ha preparado desde el principio del mundo. Porque estuve hambriento, y vosotros me disteis de comer; estuve sediento, y me disteis de beber; llegué como un extraño, y me recibisteis en vuestra casa; no tenía ropa y me la disteis; estuve enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme’. Entonces los justos le contestarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento y te dimos de comer y beber? ¿Cuándo llegaste como un extraño y te recibimos en nuestras casas? ¿Cuándo te vimos sin ropa y te la dimos? ¿Cuándo estuviste enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?’. Y el rey les dirá: ‘Os aseguro que todo lo que hayáis hecho en favor del más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho’” (Mateo 25:32-40, La Palabra). La luz del evangelio debe iluminar en medio de la oscuridad, con la proclamación fiel de la Palabra de Dios, y además, en la muestra de amor al prójimo que se manifiesta en prácticas de justicia y misericordia, y en el trabajo realizado con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. Disociar esas tareas evangélicas, presenta una mirada parcial y débil del evangelio mismo, y diluye el entendimiento de su alcance y poder de transformación. ¿De dónde proviene, entonces, nuestro amor y justicia? Tienen que venir de Cristo. No nos dejemos dominar por los discursos de nuestra época. El evangelio debe ser el fundamento. No hay amor verdadero que no se sustente en Dios. No hay justicia social verdadera que no se sustente en Dios. No hay valoración de la vida humana que no se sustente en Dios. No hay paz verdadera y perdurable que no se sustente en Dios. ¡En él debemos poner nuestra mirada hoy!

La paz todavía no. 

Nuestra esperanza es escatológica y no un mero cambio social, sea del tinte político que sea. Es la redención que aguarda la creación toda. Es el anhelo expresado por el profeta Amós, de “que fluya el derecho como agua y la justicia como un río inagotable” (Amós 5:24). Lo que se manifestará en el Estado Eterno, luego del segundo advenimiento del Rey prometido y esperado. Venida que no sólo esperamos, sino que también amamos. Un día todas las tiranías y todos los reinos de la tierra caerán, pero el reino de Cristo, el Señor en quien debe estar nuestra esperanza y fe, prevalecerá para siempre. Nuestra esperanza está en Cristo. ¡Él consumará la historia! ¡Él construirá la verdadera justicia! ¡Él construirá la paz! ¡Él establecerá el lugar en el que su pueblo podrá encontrarse de manera plena con Dios, con el prójimo y con la buena creación de Dios! 

Ningún hombre o mujer puede lograr aquello. Todo eso, no implica quietismo ni pacifismo, sino que entiende equilibradamente nuestro papel y el de Cristo. El “venga tu reino” y “hágase tu voluntad”, van de la mano, en el Padrenuestro (Mateo 6:10). Nuestra esperanza no está en lo que tú y yo podemos hacer. No está en nuestros bienes y profesiones temporales. No está en que te libres cuidándote sólo a ti y no preocupándote de quienes te rodean. La esperanza que no defrauda está en Cristo. En lo que Él hizo por ti y por mi en la cruz, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin.

La paz que producen la justicia y la gracia de Dios se nos manifiestan en el pesebre y en la cruz. Junto a Charles Spurgeon podemos decir que: “Habrá paz para la raza humana, y buena voluntad hacia los hombres por siempre y para siempre, mientras se dé gloria a Dios en las alturas.” ¡Oh bendito pensamiento! La Estrella de Belén nunca se ocultará. Jesús, el más hermoso entre diez mil, el más amable entre los bellos, es un gozo para siempre”. De eso se trata Adviento y la celebración de la Navidad, de poner nuestra mirada en Jesús, en el que vino a nacer en Belén para inaugurar los postreros tiempos, en el que vendrá con gran gloria y majestad para consumar su obra. Anhelemos la vida en el Reino Eterno, en el hogar prometido, junto a Cristo, quien gobernado nos hará experimentar verdadera paz, justicia, armonía y goce. Lo que hoy vemos como un atisbo, será pleno allí.

Como decía un hermoso villancico: “Oh ven, oh ven, bendito Emanuel, / de la maldad rescata a Israel, / que llora en triste desolación / y espera ansiosa su liberación”. Así es. Ven Señor Jesús, anhelamos la redención final, anhelamos tu paz. Para nosotros, tu paz, no es una palabra maldita, porque es estar contigo eternamente y para siempre.

Luis Pino Moyano.

El seudoevangélico “espíritu de funa” en las redes sociales.

“Principio generador, carácter íntimo, esencia o sustancia de algo. El espíritu de una ley, de una corporación, de un siglo, de la literatura de una época” (tercera acepción de la palabra espíritu según la RAE).

En nuestro país, a fines de la década de los noventa, y en el marco de las crecientes críticas a la forma de articular la democracia, sobre todo, en lo que tiene que ver con la justicia frente a los delitos de lesa humanidad acometidos en el país durante la dictadura militar. El descontento frente a la justicia “en la medida de lo posible” hizo que un grupo de organizaciones, principalmente de familiares de represaliados políticos, comenzara a manifestarse frente a las casas o lugares de trabajo de exagentes civiles o militares de los organismos respresores, denunciándoles públicamente. La idea era generar una sanción social ante la ausencia de sanciones judiciales. Esa sanción social se le llamó “funa”, palabra proveniente del mapudungun que da cuenta de algo podrido o que se echó a perder. La  más reciente proliferación en el uso (y abuso) de las redes sociales ha hecho que las funas aumenten exponencialmente, y aludan a distintas materias, incluidas aquellas que dicen relación con aspectos de la fe. Esa proliferación mediática y presurosa ha hecho que los mecanismos de investigación y contraste de información se diluyan cayendo con cierta facilidad en la información falsa o, derechamente, en la calumnia. 

La funa en una sociedad que exige transparentarlo todo y configurar o imponer con ello una identidad del otro en oposición a uno mismo, parece ser un espíritu de esta época. Pero, ¿eso tiene que ver con la práctica de la fe cristiana? Para responder a esto, me permito señalar tres ideas:

  • El profeta Oseas, denunciando a una cultura idolátrica señala que en ella se “sembraron vientos y cosecharán tempestades” (Oseas 8:7) [1], es decir, quien ha practicado la injusticia, tarde o temprano recibirá el justo pago de sus actos, sea en esta vida o en la venidera. Pero ¿quién es el que produce la cosecha? Bíblicamente, no somos nosotros. Gálatas 6:7-9 dice con toda claridad que el Dios que no puede ser burlado dará la cosecha y, acto seguido en los versículos 9 y 10 nos invitan a hacer el “bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”, persistiendo en ello. El mismo apóstol Pablo exhorta a los creyentes de Roma, diciendo: “No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: ‘Mía es la venganza; yo pagaré’, dice el Señor. Antes bien, ‘Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta’. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Romanos 12:17-21). ¿Es entendible que personas reaccionen frente a lo malo, incluso de mala manera? Sí. ¿Es justificable? No, en ningún caso, pues para eso está la justicia civil o la disciplina eclesiástica, según sea el caso, y, por sobre todo, porque nadie debe arrogarse el papel de Dios en la venganza, porque sólo Él puede llevarla a cabo de manera santa y perfecta. Jesús señaló que en los tiempos entre su primera y segunda venida “habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12). Entonces, es la maldad y no la justicia la que hace enfriar el amor. 
  • La tarea apologética no puede confundirse con la funa. El apóstol Pedro señaló en su primera carta: “¡Dichosos ustedes, si sufren por causa de la justicia! Así que no les tengan miedo, ni se asusten. Al contrario, honren en su corazón a Cristo, como Señor, y manténganse siempre listos para defenderse, con mansedumbre y respeto, ante aquellos que les pidan explicarles la esperanza que hay en ustedes. Tengan una buena conciencia, para que sean avergonzados aquellos que murmuran y dicen que ustedes son malhechores, y los calumnian por su buena conducta en Cristo(1ª Pedro 3:14-16, RVC. Los destacados son míos). El texto refleja el contexto de la carta, que era la persecución neroniana, a mediados de los 60 d. C., entended que el sufrimiento es un signo de la iglesia de Cristo. Nos presenta la adoración como estilo de vida en la que el corazón como “centro religioso de la vida” (Dooyeweerd), articula la comunión entre cosmovisión y espiritualidad. Es dentro de ese estilo de vida, que somos llamados a estar preparados de manera permanente para la tarea apologética, combinando la mansedumbre y el respeto, entendiendo que ella debe ser desarrollada cuando se pida razón de la fe, lo que implica que no hay que dar todas las peleas ni andar a la defensiva, y que pase lo que pase, el testimonio debe ser cuidado. La funa no es apologética porque daña el testimonio de la iglesia de Cristo.
  • La funa es una violación flagrante del noveno mandamiento, que dice a la letra: “No des falso testimonio en contra de tu prójimo” (Éxodo 20:16). Reitero lo señalado en otro artículo: Violar el noveno mandamiento consiste en mentir respecto de nuestro prójimo, como decir, en contextos impropios, la verdad respecto de ellos, sin sentir misericordia y dolor frente al pecado del otro, que claramente, en dicha compresión siempre es mayor y más dañino que el pecado propio. El falso testimonio es producido, en palabras de Lutero por “lenguas falsas y labios malvados”, es decir, por aquellos que en ocasiones mienten, y en otras, buscan hacer leña del árbol caído. En ambos casos, la falta de amor al prójimo es la misma, porque en ambos casos lo que se procura es su muerte [2]. Como diría C. S. Lewis: “La cortesía es una de las virtudes cristianas; y el Nuevo Testamento odia a los entrometidos y chismosos” [3].

Te invito a que pienses del seudoevangélico “espíritu de funa” en las redes sociales como mera basura virtual. Gadamer, planteaba en “Verdad y Método” que es imposible acercarse a la realidad sin prejuicios [4]. La palabra pre-juicio es literalmente un “juicio previo”. Y todos tenemos presupuestos acerca de la realidad. A veces le damos al clavo con esa mirada previa, pero en muchas no. Entonces la actitud sana es explicitar el prejuicio desde el inicio, pero someterlo a la prueba de la evidencia y el pensamiento. Partir con un prejuicio no implica conservarlo. Por ende, las tareas son: a)  conocer de verdad a las personas y no dejarte llevar por pantallazos, vídeos y fotos sacadas de contexto, que por lo mismo no dicen nada; b) contar hasta 10 (y más si es necesario) antes de establecer un juicio lapidario respecto de una persona; c) no personalizar las discusiones, porque son las ideas las que se discuten, de tal manera que podamos avanzar, y para que después que la posición del otro gane o se vea como aquella que es más plausible, conservando la relación fraterna; d) pensar que no todo tiene que ser opinado y que uno no tiene por qué dar todas las batallas que se presentan en la vida; e) no justificar nunca una mala acción porque “otros igual lo hacen”; f) no creerte nunca el centro del universo, porque no lo eres, no lo soy; g) amar más la comunidad real, la de carne y hueso, que aquella invisible, virtual, que te apoya con un like, pero que en la hora de la dificultad y la pena no está; y h) no comentar o difundir información sobre alguien si no has hecho el ejercicio de contrastar la información y asegurarte que ella no se basa sólo en prejuicios o derechamente la difamación.

El espíritu de funa que invade a creyentes es anticristiano porque reporta un escaso o nulo respeto a la dignidad de un otro, barriendo con uno como si disentir de una opinión, o haber cometido el “grave delito” de eliminar o bloquear a alguien de una red social por sanidad mental fuese comparable a dilapidar la dignidad de otro. ¿Cuán fácil es hablar de alguien sin siquiera conocerle más que por una foto o publicación en alguna red social? ¿Cuán fácil es juzgar planteamientos de otros sin siquiera hacer el esfuerzo por comprenderlos para luego discutirlos con altura y sin falacias argumentativas o simplonas caricaturas? ¿Cuán fácil es para la gente comprar los cuentos de las personas sin el ejercicio mínimo de la prudencia de no prestarse para el basureo? ¿Y para qué decir de la enorme dificultad de tomar partido y defender a quien está siendo atacado gratuitamente? Siempre será más fácil dar like a una publicación y compartirla que contrastar la información para saber si es fidedigna. Siempre será más fácil ocupar el tiránico tribunal de las redes sociales y saltarse los medios establecidos por la iglesia o la sociedad para llegar a la justicia. Lo fácil no necesariamente implica lo ético y lo consistente con la fe bíblica. 

El tiránico tribunal de las redes sociales fue graficado por Umberto Eco de la siguiente manera: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel” [5]. No demos pie la funa como espíritu de época ni al basureo virtual ni a la simplonería en el debate. 

Hoy como ayer, ninguna red social es la vida, ninguna red social es la iglesia… Enhorabuena que así sea.

Luis Pino Moyano.


 

[1] Las citas bíblicas son tomadas, a no ser que se diga lo contrario, de la Nueva Versión Internacional.

[2] Luis Pino. El chisme y su daño relativizado.

[3] C. S. Lewis. Mero cristianismo. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1994, p. 76.

[4] Hans-Georg Gadamer. Verdad y Método. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977, pp. 331-377. En dicha sección aborda eso de manera lata. 

[5] Citado en varias paginas web, entre ellas: http://verne.elpais.com/verne/2016/02/20/articulo/1455960987_547168.html (Consulta: noviembre de 2020). 

La oración persistente.

“También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto.  ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:1-8).

Jesús, en el marco de sus enseñanzas sobre la venida del Reino de Dios, expone una parábola y Lucas, el evangelista, pone en la palestra desde un comienzo el propósito de ella: enseñar “sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar” (18:1). Esta oración persistente es una marca de un pueblo que pone su esperanza en el Señor.

Para enseñar la importancia de la oración persistente, relata la historia de un juez, que es definido según las palabras de Jesús como injusto, sin temor de Dios ni respeto con los hombres (18:2). La parábola señala que una mujer viuda insistentemente le reclamaba por justicia (18:3). Una viuda, en esa época, era un símbolo de una persona que no representaba ninguna utilidad para las autoridades. De hecho, en la cultura grecorromana tenían la obligación de volver a casarse, cosa que el cristianismo eliminó.  Esta mujer, entonces, no tenía ni el poder para influir ni el dinero para sobornar para que un juez de esta calaña actuara en su favor. Pero este juez que no respetaba a nadie, termina accediendo a la petición de la viuda “no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia” (18:5). El motivo por el cual este hombre actúa no es la justicia sino lo que para él era una obstinación de esta mujer. Él no quería cansarse con dicha actitud. 

El punto de clímax de la parábola está en el v. 6: “Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto”. Pues esto invita a poner la atención en el juez injusto. Y lo hace así, porque la parábola busca poner sobre la mesa una comparación por contraste con nuestro Señor, el Dios Todopoderoso. Jesús dice: “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia” (18:7,8a). La oración continua debe realizarse con la confianza en el carácter de Dios. Dios es inigualable, es un Padre amoroso y fiel. Es fácil recordar a Jesús en el sermón del monte diciendo “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11). 

El texto cierra de una manera bien habitual en este método de enseñanza de Jesús. Si se me permite la metáfora futbolera, el Maestro como un perito número 10 nos pone la pelota con un pase genial justo al pie. La pregunta queda abierta, y amerita a ser respondida por usted: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (1:8b). La oración persistente es un fruto de la gracia de Dios en nosotros. La fe que ejercemos es resultado de la obra del Espíritu Santo en nosotros. Tenemos todo para perseverar en la fe. ¿Qué nos apaga la fe? ¿Qué nos hace dejar de persistir como la viuda en la oración confiada y persistente? Puede que la respuesta de Dios se demore. Pero la oración permite descansar y poner la vista en Cristo y su segunda venida, pues allí está nuestra esperanza. Ahí está la respuesta a nuestras oraciones. Allí está nuestra justicia. Cualquier cosa que recibamos por gracia en el presente es un atisbo de las glorias de la gracia que viviremos en la eternidad. 

Cierro con estas palabras de Martín Lutero: “No hay cristiano que no tenga que orar sin cesar. Pero me refiero a la oración espiritual; es decir que nadie, si lo quiere, está tan rigurosamente ocupado en su trabajo al punto de no poder hablar con Dios allí mismo, en su corazón, y exponerle sus propias adversidades o las de otras personas, pedirle auxilio y rogar y, en todo ello, ejercitar y fortalecer su fe”. El Señor nos ayude a “orar siempre, y no desmayar”. 

Luis Pino Moyano.

* Devocional preparado para una reunión de oración en la 10ª Iglesia Presbiteriana De Santiago, el 10 de noviembre de 2020.  

Primeras lecturas al libro “Una dignidad despierta. Reflexiones evangélicas sobre el octubre chileno”.

El 14 de septiembre del año pasado realizamos nuestra primera actividad como núcleo. Teníamos pensado continuar con calma y lanzarnos al espacio público con el nombre de nuestro núcleo, “Fe Pública” a la par de nuestro primer libro, que terminará siendo el segundo, y que buscará presentar a cinco autores reformacionales fundamentales: Kuyper, Dooyeweerd, Wolterstorff, Plantinga y Goudzwaard, en el pos de acercarlos y leerlos para Chile y América Latina del siglo XXI, y no en pos de copias ahistóricas. Pero llegó el 18 de octubre de 2019, un día que como diría Paul Ricoeur tiene la fuerza de un “hito monstruo” que nos modificó en la cotidianidad, en nuestra forma de mirar el tiempo histórico y la sociedad, junto con la vida en la ciudad y por supuesto la práctica de nuestra fe. En ese contexto, creímos que lo más pertinente era hablar de verdad, de escucharnos de verdad y hacer el esfuerzo, también, de pensar de verdad.

“Los artículos del libro “Una dignidad despierta. Reflexiones evangélicas sobre el octubre chileno”, fueron escritos sin exagerar, en medio de una de las crisis más grandes vividas en la historia política chilena, fueron realizados desde el anhelo de la paz de la ciudad en la que nos toca vivir (Jeremías 29:7), y con la clara conciencia que no podíamos embobarnos con un sentido de urgencia que nos hiciera perder de vista lo realmente importante, a saber que Cristo es Señor de todo, y que sólo Él tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Él hace que el mundo, con sus sombras y muerte, sean el “teatro de la gloria de Dios” (Calvino), porque Él guía la historia hacia su consumación, en los que la dignidad y la justicia serán más que un anhelo y un eslogan. 

Este primer libro del Núcleo Fe Pública, a un año de los hechos del octubre chileno, viene a ser un testimonio histórico de lo que un grupo de evangélicos pensábamos en esos días. Pues esto forma parte de nuestra misión: ser un espacio de encuentro entre cristianos evangélicos dedicados a trabajar desde el pensamiento reformacional en colaboración y comunidad, anhelando, imaginando, pensando, diseñando y haciendo esfuerzos conjuntos que faciliten la manifestación del Reino de Cristo y permitan su mayor visibilidad en todos los ámbitos de la realidad creada” (De la presentación del mismo libro).

Pronto, les invitaremos a una nueva lectura, aquella del libro que sería el primero y terminó siendo el segundo. Una maravillosa analogía de la vida de quienes buscan hacerse de los primeros lugares y no terminan como quisieran. Pues como canta un bello himno protestante: “morirán los señores del mundo, mas su reino no acaba jamás”.

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1. Presentación del libro.

2. Reseñas del libro.

Reseña de Fabián Bravo en Lupa Protestante.

Reseña de Juan Pablo Espinosa en Estudios Evangélicos.

Reseña de Jean Paul Zamora en Pensamiento Pentecostal.

3. Podcast de Imagen Bautista.