La miseria de las modas que reclaman originalidad. Hacia una teología libre de colonizaciones.

Luis Pino Moyano*.

Publicada originalmente en Estudios Evangélicos

Quiero comenzar relevando una premisa a ser tenida en cuenta en la lectura de este artículo: toda producción teológica es contextual. Sea que estudiemos los credos, las confesiones de fe, las predicaciones, los discursos, los libros de teología y de otras materias, las memorias, en síntesis, toda la producción de distintos cristianos en el tiempo, sigan o no sigan posiciones ortodoxas, todos hablaron respondiendo a preguntas que se hicieron en un determinado marco temporal. Así como no es lo mismo leer el Salmo 23 en la prisión que leerlo gozando de la libertad, no es lo mismo hacer teología en el medioevo que en la modernidad, en Europa o en América Latina. Como plantea René Padilla: “Ni la interpretación, ni la comunicación del evangelio se realizan en el vacío: siempre se realizan en un contexto cultural y son condicionados por el mismo” [1]. Esto, claramente reviste un problema, en el sentido de las interrogantes que genera, como de los debates que posibilita, pero a la vez, da cuenta de la riqueza histórica del cristianismo, una fe que se ha hecho carne en tiempos y espacios diversos, con un fuerte sentido comunitario. 

La tesis que declara que “toda teología es contextual”, no viene a contrarrestar, como una lectura rápida, o de plano antojadiza, pudiese llevar a presuponer, ni la ortodoxia de un cristianismo histórico ni la confesionalidad de las distintas iglesias protestantes. Tampoco es una declaración anárquica, pues la crítica a la autoridad papal y conciliar emergida en la Reforma del siglo XVI, no tuvo que ver con la idea de un “libre examen” ejecutado por individuos, sino más bien la liberación del peso autoritativo dado a un Magisterio que en cuestiones fundamentales iba contra la Palabra de Dios [2]. Tampoco es una fórmula que abre el camino, necesariamente, a la originalidad o la innovación teológica, puesto que la reafirmación de lo dicho por las generaciones pasadas del cristianismo puede ser acompañada de un sometimiento estricto a la “Sola Scriptura”. La historia eclesiástica es la historia de la comunidad, por ende, es el estudio de los creyentes en el tiempo [3], de hermanos nuestros del pasado, que deben ser comprendidos con rigurosidad analítica y, a la vez, con lentes evangélicos que son un producto del amor. Hacer tabula rasa de siglos de “Cristiandad” para un supuesto retorno a la simpleza de la iglesia primitiva, no es otra cosa que una ofensa a la memoria del testimonio cristiano, como también la excusa para el pastiche posmoderno de un cristianismo individualizado, que aunque no lo persiga, levanta discursos que se transforman en dogma y organizaciones bajo lógicas institucionales, en las que sólo los iniciados en la fe innovadora tienen cabida. 

Por otro lado, la idea de una teología contextual es una idea más ligada a la espiritualidad que a la relevancia comunicacional y/o performática, pues deja abierto el camino del asombro del estudiante de la Palabra y la fe, pues, ¿cómo podemos acercarnos al discurso sobre Dios sin asombro ante la otredad cognoscible pero incomprensible del Todopoderoso [4]? ¿Es posible acercarnos al estudio de la fe con todas las preguntas cerradas? Si la respuesta a dicha pregunta fuese afirmativa, ¿para qué tener seminarios teológicos si con la catequesis de la iglesia local basta? 

En algunos foros, conferencias o conversatorios en los que me ha tocado participar recientemente, he visto con preocupación los comentarios de asistentes a los mismos, o de ausentes que reclaman desde la tribuna que les brindan sus redes sociales, sobre la ausencia de una teología latinoamericana, poscolonial o decolonial. Y manifiesto mi preocupación, porque dicha argumentación tiende a ser usada para anular a un otro que difiere de las ideas que para el sujeto que las enuncia son un sentido común que conforma la realidad. Y eso, además de ser un argumento de autoridad, presenta una incoherencia a la hora de entender el “pensamiento crítico”, puesto que uno de sus presupuestos fundamentales es que siempre se debe sospechar del conocimiento que se constituye en sentido común. Y aquí, huelga decirlo, mucho de lo que hoy se presenta como pensamiento crítico no es más que discurso estático, no susceptible de crítica, porque introducir prismas, fisuras o rupturas teóricas es “fascismo”, o lectura “derechizante”, o discurso funcional a las clases dominantes. Umberto Eco, plantea, al contrario de dicha lectura, que es propio del fascismo entender el desacuerdo como traición. Señala explícitamente que: “El espíritu crítico realiza distinciones, y distinguir es señal de modernidad. En la cultura moderna, la comunidad científica entiende el desacuerdo como instrumento del progreso de los conocimientos. […] El desacuerdo, es, además, un signo de diversidad. El ur-fascismo crece y busca consenso explotando y exacerbando el natural miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos” [5]. 

Sin lugar a dudas, los estudios culturales han hecho un tremendo aporte desde lo poscolonial o decolonial, a la hora de rescatar a los sujetos “subalternos”, relevando con él cualquier tipo de dominación existente. Para autores como John Beverley, la globalización produce patrones que derivan en sujetos que no tienen la capacidad de narrar sus historias y configurar su identidad. Y aquí entran en tensión el escuchar al pobre como acto de solidaridad junto con la incapacidad académica de representar al “otro” [6]. Esa incapacidad parte de un problema en la matriz de las ciencias sociales, a saber, su configuración eurocéntrica. Immanuel Wallerstein señala que: “La ciencia social ha sido eurocéntrica a lo largo de su historia institucional, es decir, desde que existen departamentos dentro del sistema universitario que enseñan ciencia social. Esto no es sorprendente en lo más mínimo. La ciencia social es producto del sistema mundo moderno, y el eurocentrismo es constitutivo de la geocultura del mundo moderno” [7]. Esta visión eurocéntrica no sólo reporta un modo de entender la realidad, sino también una configuración identitaria bajo la idea del ego-moderno que “piensa y luego existe”, como de una “voluntad de poder”. Nos hemos visto obligados en muchas ocasiones a hacer uso de ciertas “modas teóricas”, para no parecer teóricamente anquilosados, comprendiendo una sociedad sin conocernos a nosotros mismos [8]. A propósito de la narrativa de vencedores y vencidos, Aníbal Quijano propone una reoriginalización del relato histórico que haga que los vencidos no se vean obligados a la imitación, a la simulación de lo ajeno y a la vergüenza de lo propio. Para Quijano esta es la razón por la cual al imponerse el patrón de poder, se le priva al sujeto subalterno de expresar libremente su opinión [9]. Situaciones como esta las hemos visto en la circulación de ideas teológicas en América Latina, en las cuales los libros de autores estadounidenses copan el mercado editorial evangélico, en los que en ocasiones se ve un traspaso civilizatorio más que bíblico, la confusión entre cosmovisión cristiana con derecha evangélica y el traspaso de recetas para el éxito en vez de herramientas que invitan a pensar la realidad propia. 

Ante esta situación Chakrabarty propone la tarea de “provincializar Europa”, es decir, evitando un rechazo simplista y desenfrenado de la modernidad, visibilizar dentro de sus propias estructuras de formas discursivas tanto las narrativas represivas como las que surgen de procesos de diálogos ciudadanos, con la finalidad de pensar un mundo heterogéneo [10]. Es allí donde Chakrabarty releva una realidad que no debe dejar de ser tenida en cuenta: “mientras uno actúe dentro del discurso de la historia producido en el espacio institucional de la universidad, no es posible salirse simplemente de la astuta confabulación de la historia con las narrativas modernizantes de la ciudadanía, lo público y lo privado burgués y el Estado Nacional. La historia , como sistema de conocimiento, está firmemente enclavada dentro de prácticas institucionales que invocan a cada paso el Estado nacional” [11]. Es interesante que dentro de este párrafo referido a la poscolonialidad, uno de cuatro autores citados sea latinoamericano, y que, por lo demás todos desarrollen su campo de acción en el seno de centros académicos, lo que lleva a decir, que mucho de lo que se rescata en nuestra región de este debate modernidad/colonialidad, sea al modo del levantamiento de una “sucursal latinoamericana de una compañía transnacional llamada ‘teoría poscolonial’” [12]. En otras palabras, la configuración de una teoría poscolonial tiene como objetivo levantar una alternativa progresista propia de un contexto posfordista, con respuestas que otros sistemas de pensamiento, como el marxismo, ya no pueden brindar. Pero, a la vez, sigue siendo un constructo elitista, centrado en la academia, bajo herramientas occidentales, y que también puede colonizar mentes. 

Una prueba de ello, es la llamada “teología latinoamericana”. Dicho concepto es una demostración doble de colonización. En primer lugar, porque fue creado a modo de sinónimo de una corriente teológica, a saber, la teología de la liberación, que si bien es cierto fue forjada en América Latina, no fue construida ex nihilo, sino con suma influencia de los teólogos políticos europeos, que tuvo la colaboración de extranjeros como Richard Shaull y Joseph Comblin, por mencionar a un protestante y un católico, que profundizó su análisis con el contacto con las teologías negra y feminista, que sin lugar a dudas son un producto del Norte global. Además, hay bastante producción teológica latinoamericana que escapa a la lógica del discurso liberacionista. Y en segundo lugar, porque no se puede dejar de lado, toda la influencia que tuvo la teoría marxista en los teólogos liberacionistas. Bástenos sólo como ejemplo, señalar que la primera cita en “Teología de la liberación” de Gustavo Gutiérrez es de Antonio Gramsci [13], cuyo concepto de intelectual orgánico sería más que útil a la hora de pensar a un teólogo como alguien que se pone al servicio de la lucha del pueblo por su liberación, entendida como sinónimo de la revolución. No he visto la misma crítica poscolonial a la referencia de los teólogos liberacionistas de Duns Escoto, Karl Rahner, Yves Congar, Christian Duquoc, Jürgen Moltmann, Johann Baptist Metz, Dietrich Bonhoeffer, Karl Barth, Luis Alonso Schökel [14], entre otros. Autores que no sólo fueron citados, sino tenidos como criterio de autoridad en algunas materias, además cuyas lecturas fueron apropiadas para pensar la realidad latinoamericana. Y alguien, con todo el derecho del mundo, podría decir: “- es que da lo mismo quienes son citados, lo importante es quiénes citan y para qué lo hacen”. Y me parecería una excelente respuesta. El tema es que esa lógica no se aplica cuando se impone a otros, a modo de presupuesto, una lógica imperial y/o colonial. Y en ese sentido, se traspasa una narrativa progresista más que la enseñanza bíblica, se confunde cosmovisión cristiana con discurso de izquierdas, y se traspasan herramientas propias de las ONGs y recetas foráneas basadas en experiencias de cambios sociales, en vez de herramientas para pensar la realidad propia. 

Es así, que me permito señalar, que yo no he sido colonizado cuando he suscrito una Confesión de Fe redactada en el siglo XVII, porque entiendo ese documento no sólo como una declaración dogmática, sino como un documento que nos brinda la posibilidad de ser comunidad al estar de acuerdo, en mi caso particular, en treinta y cinco cuestiones fundamentales con mi iglesia, y además, porque limita el poder eclesiástico, toda vez que nos hace responsables y susceptibles de la disciplina eclesiástica. Las confesiones de fe del protestantismo histórico fueron una bandera de la libertad ante la iglesia mayoritaria y hegemónica (la Iglesia Católica Romana), y así debiesen ser recordadas y/o suscritas. Por otro lado, tampoco he sido colonizado cuando leo, refiero y divulgo las ideas de Abraham Kuyper y sus herederos neocalvinistas. Claramente, muchas de las propuestas de dicho sujeto histórico, nos pueden parecer no sólo alejadas de nuestra realidad, sino también obsoletas, pero hay otras que “gozan de buena salud”. Kuyper fue uno de nuestros mejores hermanos, pero tan sólo un hombre. Por ende, el ejercicio de lectura que hago de él es siempre re-lectura contemporánea. No le tengo miedo a la traducción, porque la  intención es rescatar y no “copiar-pegar”, es pensar en-y-desde el presente y no quedarse anquilosado en pensamientos vetustos. 

José Carlos Mariátegui, en una cita muy referida por los autores culturalistas latinoamericanos, señaló: “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heróica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva”. Y eso lo dijo, dos párrafos antes de dar sus loas a Marx, Lenin y Sorel, definiéndolos, en lógica hegeliana, como “los hombres que hacen historia” [15]. En dicha lógica, el rehuir calco y copia en pos de la creación heróica no implica hacer tabula rasa respecto de las fuentes para nuestra elaboración teórica, pues el cambio convive con la continuidad. Citar autores foráneos a lo latinoamericano, entonces, no es necesariamente calco y copia. Puedo referir para crear desde el presente. Cosa que los promotores de las ideas poscoloniales dejan de lado, en pos de una corrección política en el discurso, en contradicción con todo el aparato racional y civilizatorio del que emana su reflexión y práctica académica. 

Y no puedo terminar de hacer una reflexión, desde una perspectiva bíblica, en la que me permito preguntar: ¿quién es el que ha sido realmente colonizado? Quien ha sido verdaderamente colonizado es el sujeto que ha sido cautivado por “la vana y engañosa filosofía que sigue tradiciones humanas, la que está de acuerdo con los principios de este mundo y no conforme a Cristo” (Colosenses 2:8). No ha sido colonizado el que no se deja moldear por el mundo actual, sino que vive la transformación que implica la renovación de la mente, y que se encuentra en el conocimiento de la voluntad revelada por Dios (Romanos 12:2). A la luz de estos textos de la Palabra de Dios, la lucha por no dejarse colonizar implica no ceder a la relevancia por la relevancia, aprender a tensionar los discursos de moda, dejar las lógicas de consumo y placer, aprender a escuchar al otro, y entender integralmente el cristianismo con su mensaje para el aquí y el ahora, como para el más allá y el mañana. En otras palabras, para el “ya” y el “todavía no”. 

No hay sentido decolonial cuando asumimos constructos ideológicos que contravienen lo que enseña la Palabra de Dios en pos de una falaz idea de relevancia, pues lo que nos dota de ella, como iglesia esparcida en el mundo, no es nuestro abrazo a las ideas contemporáneas que aparecen como “sentido común” en la escena contemporánea, siendo colonizados por ellas, aunque sus propuestas se apelliden de decoloniales, sino que la persona de Jesucristo y su evangelio. Si nos quedamos sin Cristo y su Palabra, lo dicho por Marx y Engels adquirirá realidad profética: “Todo lo estamental y estable se evapora, todo lo consagrado se desacraliza” [16]. Y, por cierto, no es lo que queremos que pase, ¿o no? En realidad, sólo estoy seguro de este anhelo, en quienes siguen a Jesucristo sin dejar de creer en lo que planteó de sí mismo horas antes de ir a la cruz: “Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Cristo y su Palabra no se disuelven en el aire. Él es eterno y su palabra es espíritu y vida, y permanece para siempre (Juan 6:63; Isaías 40:8).

 


 

* Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Integrante del núcleo Fe Pública.

[1] René Padilla. Misión integral. Ensayos sobre el Reino de Dios y la Iglesia. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2012, p. 165.

[2] Estas cuestiones fundamentales son relevadas con toda claridad en: Juan Calvino. La necesidad de reformar la iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010.

[3] Paráfrasis cristiana de la definición de uno de los fundadores de la escuela historiográfica francesa de los Annales: Marc Bloch. Introducción a la historia. México D. F., Fondo de cultura económica, 1957, p. 26. 

[4] Véase Karl Barth. Introducción a la teología evangélica. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006. Específicamente, la segunda parte del libro, titulada “La existencia teológica”, pp. 81-129. 

[5] Umberto Eco. Contra el fascismo. Santiago, Penguin Random House Grupo Editorial, 2018, pp. 41, 42. Cuando el autor habla de ur-fascismo, se está refiriendo a un “fascismo eterno”, que tiene elementos constituyentes que se aterrizan de maneras diversas, en distintos contextos. 

[6] John Beverley. “El Subalterno y los límites del saber académico”. En: Actuel Marx Intervenciones. Nº 2, Segundo Semestre de 2004. Santiago, Editorial ARCIS y LOM Ediciones, pp. 13-32.

[7] Wallerstein, Immanuel. “El eurocentrismo y sus avatares: Los dilemas de la ciencia social”. En: Walter Mignolo (editor). Capitalismo y geopolítica del conocimiento: El eurocentrismo y la filosofía de la liberación en el debate intelectual contemporáneo. Buenos Aires, Ediciones del Signo, 2001, p. 95. Para Wallerstein, la noción de eurocentrismo incluye a Estados Unidos por su posición hegemónica en el sistema-mundo y su constitución como colonia inglesa (pp. 96 y ss.). 

[8] Dipesh Chakrabarty. “Postcolonialismo y el Artificio de la Historia: ¿Quién habla por los pasados indios?”. En: Mignolo. Op. Cit., pp. 133-138.

[9] Aníbal Quijano. “Colonialidad del poder, Cultura y conocimiento en América Latina”. En: Mignolo, Op. Cit.

[10] Chakrabarty. En: Mignolo, Op. Cit., pp. 165-170.

[11] Ibídem, p. 163.

[12] Santiago Castro Gómez. La poscolonialidad explicada a los niños. Popayán, Editorial Universidad del Cauca e Instituto Pensar de la Universidad Javeriana, 2005, p. 12. 

[13] Gustavo Gutiérrez. Teología de la liberación. Perspectivas. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1972, p. 21. 

[14] Con un criterio muy arbitrario tomé algunos autores citados en dos libros que tenía muy a la mano en mi biblioteca: Rosino Gibellini. La nueva frontera de la Teología en América Latina. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977; y, Gustavo Gutiérrez. Hablar de Dios desde el sufrimiento del pobre. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006. El primero de los libros, reúne artículos de Gutiérrez, Comblin, Assmann, Dussel, Míguez Bonino, Alves, entre otros. Ambos libros fueron publicados por Sígueme, una editorial española. 

[15] José Carlos Mariátegui. “Aniversario y balance”. En: Amauta. Año III, Nº 17. Lima, septiembre de 1928. Tomado de: http://www.marxists.org/espanol/mariateg/1928/sep/aniv.htm (revisado en junio de 2020). 

[16] Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesto comunista. Barcelona, Editorial Crítica, 1998, p. 43. 

Espiritualidad presbiteriana. Conceptualización y aterrizaje práctico.

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Luis Pino Moyano[1].

El sentido común ha hecho creer que presbiterianismo es sinónimo de un racionalismo frío, falto de una espiritualidad rica, lo que se traduciría en una suerte de adolescencia de los creyentes en su acercamiento cotidiano a Jesucristo. Nada más alejado de la realidad. No por nada, el símbolo original del presbiterianismo fue la zarza que ardía en la gloriosa manifestación de Dios a Moisés (Éxodo 3:1-7), junto con el emblema latino de “Nec Tamen Consumebatur”, “Aún así no se consumía”. Yahvé, el Dios del Pacto, se ha revelado en su Palabra y ha trazado una relación de amor con su pueblo. Ha sido tan indestructible dicha relación, que el fuego de su santa justicia se nos manifiesta misericordiosamente sin consumirnos. Dicho símbolo, tiene otro elemento aplicable a la vida de los creyentes, en el sentido que nuestros hermanos escoceses, y luego, por herencia, muchos otros presbiterianos en el tiempo tuvieron a la vista, pues, como dirá Carlos Parada, “estaban conscientes que la Palabra de Dios es llama que no se apaga y que tiene como propósito encender el mundo entero”[2]. Ese acto de encender el mundo se lleva a cabo en el seguimiento fiel de Jesucristo, en la vida de santidad, en la proclamación del evangelio y de la extensión del Reino de Dios en todas las esferas de la vida.

Un eje significativo de la espiritualidad presbiteriana es que ésta es confesional, es decir, que esta adhiere y sustenta su práctica en una declaración de fe, que explica los elementos fundamentales de la enseñanza bíblica y produce una defensa frente a quienes atenten contra ella (en el caso de la Confesión de Fe de Westiminster, el catolicismo romano y el anabaptismo, principalmente). A su vez, esta Confesión de Fe se haya fortalecida por el aprendizaje y reconocimiento de los credos del cristianismo universal, que hacen que no perdamos de vista la catolicidad de la Iglesia, y los catecismos que nos ayudan en la instrucción de los creyentes, sobre todo de quienes están dando sus pasos para una membresía en plena comunión. En mi caso, soy miembro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, y ella reconoce junto con la cristiandad universal los credos apostólico, niceno-constantinopolitano, atanasiano y el de Calcedonia. Por su parte, reconoce la Confesión de Fe de Westminster en su revisión de 1903, la que es suscrita por sus oficiales (pastores, presbíteros y diáconos), junto con los Catecismos Mayor y Menor de Westminster y el de Heidelberg. Para algunos creyentes cristianos en la actualidad, decir que somos una iglesia confesional sería sinónimo de ausencia de libertad, a lo que digo que eso es totalmente falaz, toda vez, que la libertad cristiana es por definición comunitaria, y tiene la intención de amar y servir a Dios y al prójimo (véase Gálatas 5:1-15). Lo que hace la confesionalidad es dar un marco para la vida eclesial, permitiendo ser realmente una “común-unidad” que reconoce y acuerda como suyos unos artículos de fe, sumado a la limitación de la tiranía eclesiástica: nadie enseña a su antojo cosas que escapan a la Escritura, en asuntos de doctrina y práctica[3]. Esto, porque la Confesión es una norma normada por la Biblia, que es la única Palabra de Dios. Entonces, la confesionalidad es bandera de libertad y no cadena que inmoviliza.

Si quisiéramos definir la espiritualidad presbiteriana de manera muy breve, deberíamos decir que se trata de la práctica de creyentes reformados por el Espíritu Santo, sustentada en en la enseñanza de la Palabra de Dios, y que se traduce en una vida que anhela “glorificar a Dios y gozar de él para siempre”[4]. Todo lo que colabore en la tarea de glorificar y gozarnos en Dios, contribuye a una espiritualidad sana. Y aquí hay un papel doble: el del Espíritu Santo que aplica las obras de la gracia, de manera soberana, renovando la vida de los creyentes en Cristo, como también, la respuesta de dichos hombres y mujeres a dicha obra, viviendo de acuerdo a la nueva naturaleza que se nos ha sido dada (véase Romanos 8:1-17).

Hace un momento atrás, señalé que soy miembro de una iglesia que suscribe la Confesión de Fe de Westminster, en su versión de 1903, lo que tiene mucho que ver con el entendimiento de la espiritualidad, puesto que entre los dos capítulos añadidos por la PCUSA a los treinta y tres originales, posee uno titulado “Del Espíritu Santo”. Hay muchos presbiterianos en el mundo que no suscriben dicha versión confesional, porque creen que no son necesarios, toda vez que la Confesión original ya hablaba de dichos temas. Hay otros que han señalado, sin desparpajo que estos harían guiños al arminianismo y al liberalismo teológico. Bástenos acá citar a Benjamin Warfield, de quien nadie dudaría de su ortodoxia, y que fuese uno de los opositores a dicha reforma, cuando asume su posición como un “voto vencido”: “La doctrina expuesta en estas varias secciones es la doctrina común de las iglesias calvinistas, y se puede encontrar ampliamente expuesta en el cuerpo de teología de cualquier teólogo calvinista común. El capítulo es, por lo tanto, un resumen compacto de la doctrina calvinista ordinaria del Espíritu Santo y su obra”[5]. En otras palabras, estamos frente a una respuesta calvinista de cuño presbiteriano, a la obra del Espíritu Santo y al amor de Dios y las misiones, en un contexto de auge del pentecostalismo y del movimiento misionero moderno, lo que da cuenta que la teología es contextual, puesto que responde a las interrogantes del presente a la luz de la Escritura. El capítulo 34 de la Confesión de Fe de Westminster, reformado por la PCUSA en 1903, señala en su punto 4: “Cuando el Espíritu Santo mora en los creyentes, éstos quedan estrechamente unidos a Cristo quien es la Cabeza y, por lo tanto, unidos entre sí en la Iglesia, que es Su cuerpo. El llama y unge a los ministros para su santo oficio, habilita a los demás oficiales de la Iglesia para su obra especial, y proporciona distintos dones y gracias a los miembros de ella. Hace eficaces la Palabra y las ordenanzas del Evangelio. Él preservará la Iglesia, la hará crecer hasta que llene el mundo, la purificará y posteriormente la presentará completamente santa en la presencia de Dios[6]. De dicha declaración extraeremos a continuación algunos principios para la espiritualidad.

Un principio prioritario de la espiritualidad presbiteriana es que es esencialmente comunitaria. Hoy, cuando hablamos de espiritualidad, se tiende a ensalzar la intimidad y lo interior, enfatizando en la práctica de las disciplinas espirituales. En cambio, la espiritualidad presbiteriana tiende a ensalzar lo comunitario, con prácticas visibles en lo exterior, que impactan en el alma por cierto, y que enfatizan en la práctica de los medios de gracia. Como señalará Timothy Keller: “Debemos decir con claridad que no estamos hablando meramente de relaciones informales e individuales entre cristianos, sino también de membresía y participación en la iglesia institucional, reunida bajo sus líderes para la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor. La predicación de la Palabra por aquellos dotados, preparados y autorizados por la iglesia para hacerlo, y la participación de la Cena del Señor –con todo el autoexamen y la rendición corporativa de cuentas que lleva consigo- son maneras irremplazables en que la comunidad cristiana provee testimonio, formación espiritual y comunión con Dios[7]. Charles Hodge, en un discurso en el que describe qué es el presbiterianismo, planteaba que: Esta morada del Espíritu en el cristiano que enlaza a todos los miembros del cuerpo de Cristo, produce, no solamente aquella unión interior o subjetiva que se manifiesta en la simpatía y cariño, en la unidad de fe y amor, sino también la unión y comunión externas. Hace que los cristianos se reúnan para celebrar el culto, y para vigilarse y cuidarse mutuamente, debiendo para ello estar sujetos el uno al otro en el temor del Señor. / Pone a todos en sujeción a la palabra de Dios como la regla de fe y práctica. Les da no solamente interés mutuo en el bienestar, pureza y edificación de cada uno, sino que también les impone la obligación de promover estos resultados. Cuando alguno de los miembros sufre, todos sufren con él; y cuando alguno de ellos se siente satisfecho, todos se regocijan con él[8]. Por su parte, John Knox, reformador reconocido por ser el padre del presbiterianismo, decía que: La congregación a la que me refiero es la que se reúne en el nombre de Jesucristo, dando gloria y magnificando a Dios Padre por los infinitos beneficios reunidos en su Hijo, nuestro Señor. […] Quien se aparta de una congregación como esta (pero ¿dónde hallarla?) declara que no es miembro del Cuerpo de Cristo[9]. Todas estas citas, presentadas en orden cronológico inverso, presuponen que la espiritualidad presbiteriana se hace manifiesta en un compromiso espiritual y activo con la iglesia visible, la que colabora en la edificación del cuerpo de Cristo con la multiplicidad de dones que se manifiestan en ella. No se puede ser creyente cristiano sin participar de la vida de la iglesia. No se puede orar diciendo “Padre nuestro…”, si el nosotros no es real en un tiempo y en un espacio determinado. El cristianismo es indefectiblemente comunitario, o no será.

Un elemento sumamente relevante para la espiritualidad presbiteriana es la celebración del culto comunitario y el acto de guardar el día del Señor. El capítulo 21 de la Confesión de Fe de Westminster[10], enseña que:

  • Sólo hay un Dios que debe ser adorado: el trino Dios, único digno de recibir gloria por parte de su pueblo.
  • La forma aceptable de adoración está instituida y limitada por la Escritura, no por nuestra imaginación o por el influjo de Satanás.
  • La adoración sólo es posible por el acto mediador de Cristo.
  • La oración por medio de Cristo y ayudada por el Espíritu tiene un papel fundamental en la adoración.
  • Partes de la adoración religiosa: lectura de la Biblia, predicación sana, la escucha atenta de la Palabra, el canto de los salmos con el corazón, la debida administración y recepción de los sacramentos. En diferentes oportunidades pueden realizarse: juramentos y votos, ayunos solemnes y acciones de gracias.
  • La adoración no está condicionada por el lugar en que se realiza, sino por la disposición del corazón: adorar en espíritu y en verdad. Esto es fundamento del culto individual, familiar y de la iglesia reunida.
  • El sábado cristiano, que es el domingo, por la resurrección del Señor, es el día que debe ser guardado por la comunidad cristiana.

De este asunto quisiera relevar con mayor fuerza el carácter cristocéntrico de la espiritualidad presbiteriana, porque todo el acto de adoración de los creyentes, sea en el culto lato de la vida, como en el culto estricto de la comunidad de creyentes reunidos en el día del Señor, necesitan de la mediación de Cristo. Nuestro culto a Dios, en el cual todo el ser es presentado a Dios en adoración, en el que la mente es transformada por la Palabra de Dios, en el que cantamos con gratitud en el corazón y en el que actuamos con amor, justicia y misericordia hacia nuestro prójimo (Romanos 12:1,2; Hebreos 13:15,16), sólo es posible porque Cristo está en-y-con nosotros, ayudándonos a vivir para la gloria de Dios. Calvino decía que “Para que las ceremonias nos sirvan de ejercicio de piedad es preciso que nos lleven a Cristo”[11]. La espiritualidad presbiteriana no pierde de vista ni a Dios ni al prójimo. Aquí es pertinente recoger la definición de “piedad” propuesta por Hermisten Maia, al entenderla como una relación teológicamente orientada del humano para con Dios en su devoción y reverencia y, a su conducta bíblicamente ajustada y coherente con su prójimo. La piedad envuelve comunión con Dios y el cultivo de relaciones justas con nuestros hermanos. La obediencia es la madre de la piedad, resume Calvino[12]

Hablamos en el párrafo anterior de la transformación que experimentamos los creyentes en Cristo. Si los seres humanos somos entendidos como creados a imagen y semejanza de Dios, como unidad psicosomática (el cuerpo es la expresión material del alma en un tiempo y espacio), como criatura (súbdito) y persona (libertad según su naturaleza)[13], el ser humano completo requiere ser transformado. Es así que llegamos a plantear otro principio fundamental de la espiritualidad presbiteriana: ¡Todo es espiritual! El corazón, que es el “centro religioso de la vida”[14], en las palabras de Dooyeweerd, viene a dotar de coherencia todas las áreas de la existencia humana. La verdadera transformación del corazón implica el cambio del intelecto, las emociones y la voluntad. Una espiritualidad profunda debe buscar el enriquecimiento de dichas áreas, cuidando el corazón, como diría el proverbista, porque de él mana la vida (Proverbios 4:23). Timothy Keller y Kathy Keller dirán que: La mejor manera de cuidar tu corazón para la sabiduría es adorando a Dios, procurando que tu boca, tu mente, tu imaginación e incluso tu cuerpo estén todos orientados hacia Él”[15].

En la práctica de la piedad que es consciente de la realidad espiritual de todas las cosas, tiene en un puesto de primacía la Biblia como Palabra de Dios. La espiritualidad presbiteriana es bíblica, y entiende que soberanía de las esferas no deja de lado lo que dice la Escritura, puesto que ella da respuesta a las problemáticas  de la vida, en sus diversas áreas de desarrollo. Así lo señala la Confesión de Fe de Westminster en su capítulo 1, punto 6: “Todo el consejo de Dios tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y vida, está expresamente expuesto en la Escritura o por buena y necesaria consecuencia puede ser deducido de la Escritura[16]. La Biblia es, y debe ser, la base de todo lo que creemos y hacemos, y todo lo que acontece a nuestro alrededor debe ser leído con sus lentes.

La espiritualidad presbiteriana está marcada por la doctrina del sacerdocio universal de los creyentes (véase, 1ª Pedro 2:4-10), pues en el presbiterianismo no existe la separación entre clero y laicos. Todos somos el pueblo de Dios, sacerdotes que buscamos con todo ahínco que Dios sea glorificado en cada cosa que hacemos, con los dones que el Espíritu Santo nos ha dado. Lo que sí distinguimos es el oficio particular al que alguno de sus miembros han sido llamados por Dios, y que es reconocido en la comunidad, lo que se refrenda en las asambleas de ella por medio del voto. Creemos que el liderazgo bíblico tiene poco que ver con jerarquías, sino más bien con relaciones significativas de acompañamiento espiritual, en el que todos los creyentes somos responsables. Somos responsables de acompañar y de ser acompañados por nuestros hermanos, en la tarea de aprender y servir. Esa tarea es espiritualidad. En sí, el sacerdocio universal es un llamado al trabajo: en el evangelismo, el discipulado, la adoración, la familia, la comunidad eclesial y en las distintas vocaciones que Dios nos ha dado. Somos sacerdotes todos los días, en todo lugar y toda la vida[17]. Como toda bendición va acompañada de responsabilidades, y para ello, necesitamos a Jesucristo, el perfecto sumo sacerdote, aquel que nos toma de la mano, nos transforma, corrige, anima, consuela y nos ayuda a caminar.

Juan A. Mackay, en “El sentido presbiteriano de la vida”, concluye que: “Los presbiterianos y las iglesias presbiterianas, debido a su profunda convicción acerca de la intervención de Dios en la historia, proclaman la necesidad de considerar los asuntos humanos desde una perspectiva profética. Si el mundo es verdaderamente el teatro de la gloria de Dios, entonces la vida humana en todos sus aspectos deberá mirarse e interpretarse a la luz misma de Dios[18]. Siendo Cristo Señor de todo, viviendo vidas que están sustentadas en la Palabra que vive y permanece, y misionando para el Reino de Dios en todas las esferas de la vida, la adoración debiese abarcar todas las áreas de nuestra existencia. Isaías 66:1,2 señala con toda claridad: Así dice el Señor: El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me pueden construir? ¿Qué morada me pueden ofrecer? Fue mi mano la que hizo todas estas cosas; fue así como llegaron a existir afirma el Señor . Yo estimo a los pobres y contritos de espíritu, a los que tiemblan ante mi palabra. En la vida para Dios no hay posibilidad para el dualismo. No hay posibilidad de pensar y vivir la adoración sólo en templos o parroquias. Así como la mirada de fe del cristianismo es total y la misión lo abarca todo, la adoración, por su parte, es cósmica y pública. Porque como señalará Francis Schaeffer: Las personas hacen de acuerdo con lo que creen. Cualquiera que sea el punto de vista sobre su mundo, eso es lo que serátrasladado al mundo exterior[19]. Lo que creemos se traduce siempre aquello que hacemos.

A la luz de todo esto, la vocación a la que Dios nos ha llamado, y que se traduce en nuestro trabajo en cada lugar en el que nos desenvolvemos, debe ser leído en clave espiritual. Dios nos ha llamado a servirle en el mundo con nociones de amor y de justicia, siendo el fruto de nuestros manos, la forma en la que Dios se acerca dando bienestar a quienes nos rodean[20]. No hay trabajo sagrado o profano, sólo hay trabajo que glorifica a Dios o que no le glorifica. Como diría David Trumbull, fundador de la obra presbiteriana en Chile, “Servir a Cristo es reformar la sociedad, es consolar al afligido, es instruir al ignorante y es conducir al arrepentimiento a los que están alejados de Dios”[21]. No por nada el presbiterianismo del que hemos sido herederos en América Latina, por la vía de la misión, se esforzó en predicar el evangelio de la mano de una ardua tarea social, manifestada en la creación de centros educacionales (primarios, secundarios y terciarios), de hospitales y diversos centros de salud, orfanatos y ligas contra la intemperancia; todo eso unido al apego a un sistema democrático representativo, al respeto y promoción de los derechos humanos y civiles, y al desarrollo de una economía que promueve la inventiva, el emprendimiento y la libre circulación de mercancías para el desarrollo de calidad de vida. Todo este trabajo misional es entendido como acto responsable de los creyentes en la búsqueda de la glorificación a Dios (ética protestante del trabajo).

Por eso, no deja de llamar la atención, que en algunos sectores del presbiterianismo hoy día, por cuidarse de los embates del liberalismo teológico, el liberacionismo y el posmodernismo, tienda a refugiarse bajo el techo y abrigo del fundamentalismo. Lo que Eliezer Leal aplica para la confesionalidad presbiteriana en 1903, quisiera ponerlo en la palestra hoy, pues la espiritualidad presbiteriana “nos acerca a un calvinismo que no cede ante el liberalismo teológico, pero tampoco se conforma a una escolástica protestante cómoda y exclusivista. Nos acerca a un calvinismo que supera la dicotomía entre lo bíblico y lo relevante, y nos invita a involucrarnos con nuestra cultura, reconociendo los dones del Espíritu en medio de ella, pero también siendo celosos en reconocer sus idolatrías y vanas filosofías[22]. La espiritualidad presbiteriana no es ensimismada. Alza sus manos y voces para glorificar a Dios, y extiende las manos horizontalmente, cuando ama a su prójimo, hermano en Cristo o no, buscando su alegría, aliento, sanidad y consuelo.

Que Dios siga siendo glorificado en la iglesia y en el mundo.


[1] Presbítero de la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago “Puente de Vida”. Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Este artículo fue escrito a modo de apuntes para el Conversatorio: “¿Qué entendemos por espiritualidad?”, organizado por la Red Teológica de Estudiantes (Santiago, 21 de mayo de 2020).

Consecuente con la propuesta temática, he procurado citar a autores presbiterianos, con la sola salvedad de Calvino, Dooyeweerd y Hoekema, que forman parte de la tradición reformada. En el caso de Kuiper, el texto referido fue escrito por él mientras era pastor de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.

[2] Carlos Parada. Hacia una visión reformada de la relación personal del creyente con el Espíritu Santo. Una propuesta de definición desde la Confesión de Fe de Westminster y obras de teología reformada relevantes en lengua castellana, en diálogo con la comprensión que tienen de dicha relación miembros de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Tesis para el grado de Licenciado en Teología del Seminario Teológico Presbiteriano José Manuel Ibáñez Guzmán. Santiago, 2016, p. 112.

[3] Véase: Carl Trueman. ¿Por qué los cristianos necesitan confesiones? En: http://icr-grancanaria.jimdofree.com/por-qué-los-cristianos-necesitan-confesiones-por-carl-trueman/ (Consulta: mayo de 2020).

[4] Catecismo Menor de Westminster, pregunta 1. Disponible en: Los estándares de Westminster. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 119.

[5] Benjamin Warfield. “The Confession of Faith as revised in 1903”. En: The Union Seminary Magazine. Nº 1, Vol. XVI. Richmond, 1904, pp. 13, 14. Disponible en: http://static1.squarespace.com/static/590be125ff7c502a07752a5b/t/5adce3ce352f538288fe51ee/1524425681807/Warfield%2C+Benjamin+Breckinridge%2C+The+Confession+of+Faith+as+Revised+in+1903.pdf(Consulta: mayo de 2020). Citado y traducido en: Eliezer Leal. Una Teología histórica de la enmienda de 1903 a la Confesión de Fe de Westminster. Tesis para el grado de Licenciado en Teología del Seminario Teológico Presbiteriano José Manuel Ibáñez Guzmán. Santiago, 2019, p, 71.

[6] Confesión de Fe de Westminster. Versión de 1903. En: http://www.puentedevida.cl/wp-content/uploads/2020/03/Confesión-de-fe-de-Westminster-1903.pdf (Consulta: mayo de 2020).

[7] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 333.

[8] Charles Hodge. ¿Qué es el presbiterianismo? México, Imprenta Presbiteriana de Vapor, 1886, pp. 58, 59. Se ha actualizado la ortografía acentual.

[9] John Knox y Juan Calvino. Oración y la vida cristiana. Buenos Aires, Editorial Peniel, 2017, pp. 44, 45. El texto citado de Knox data de 1553, y fue titulado: “Tratado sobre la oración, o confesión y declaración de oraciones a ella añadidas”. La consulta que apela a la ubicación de una iglesia fiel a Jesucristo está ligada a un contexto en que la Reforma recién estaba emergiendo.

[10] Confesión de Fe de Westminster. Op. Cit.

[11] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro IV.X.29. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 952.

[12] Hermisten Maia Pereira da Costa. “A vitalidade da teologia sistemática reformada: Algumas de suas ênfases e desafios”. En: Felipe Sabino de Araujo Neto (editor). A sistemática da vida. Ensaios en honra de Heber Carlos de Campos. Brasília, Editora Monergismo, 2015, p. 84.

[13] Esto es una síntesis de la sistematización teológica realizada en: Anthony Hoekema. Creados a imagen de Dios. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005.

[14] Herman Dooyeweerd. No Crepúsculo do Pensamento Ocidental. Editora Hagnos, São Paulo, 2010. Específicamente el ensayo “O que é o homem?”.

[15] Timothy Keller y Kathy Keller. Sabiduría de Dios para navegar por la vida. Medellín, Poiema Publicaciones, 2018, p. 85.

[16] Confesión de Fe de Westminster. Op. Cit.

[17] Véase sobre este asunto: R. B. Kuiper. El cuerpo glorioso de Cristo. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2018, pp. 146-152 (bajo el subtítulo “El oficio universal”).

[18] Juan A. Mackay. El sentido presbiteriano de la vida. Bogotá, Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina, 1969. Edición digitalizada disponible en: http://iglesiapresbiterianadetexcoco.files.wordpress.com/2010/10/jhon-a-mackay-el-sentido-presbiteriano-de-la-vida.pdf (Consulta: mayo de 2020).

[19] Francis Schaeffer. Polución y la muerte del hombre. Enfoque cristiano a la ecología. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 1973, p. 8.

[20] Soy tributario acá de la propuesta de Timothy Keller referida a la relación entre fe y trabajo. Timothy Keller. Iglesia centrada. Op. Cit., pp. 350-355; y, Timothy Keller. Toda buena obra: Conecta tu trabajo con el trabajo de Dios. Nashville, B&H Publishing Group, 2018.

[21] De un sermón de David Trumbull, titulado “Un siervo de Jesucristo”, basado en Romanos 1:1. Citado en: Irven Paul. Un reformador yanqui en Chile. Vida y obra de David Trumbull. Santiago, IPCH Ediciones, 1995, p. 159.

[22] Eliezer Leal. Op. Cit. pp. 77.

[Ebook] El Magníficat de María y la esperanza que no defrauda.

He querido compartir con ustedes, en estos días aciagos, una reflexión sobre la esperanza que no defrauda. Lo hago, metafóricamente, de la mano de María, una joven mujer de Nazaret, que canta a la gracia, la justicia y la fidelidad del pacto del Dios Todopoderoso. Es un texto breve que es compartido en distintos formatos para su lectura: PDF (con tamaño apropiado para su lectura en un smartphone o tablet), Epub, y MOBI (para kindle). Los dos últimos están en una carpeta comprimida, ya que WordPress no los soporta como archivos para añadir. 

El material es difundido con una licencia “Creative Commons” 4.0, es decir, que esta versión no puede ser comercializada y si es compartida, debe serlo en el mismo formato. 

Espero que esta reflexión bíblica sea de bendición para ti. Y si lo es, ayuda a su difusión. 

Cordialmente, Luis. 

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Empresarios que glorifican a Dios y sirven a sus empleados.

1. ¿Por qué escribir un post como este?

El 1 de mayo del año pasado escribí un post titulado “Trabajar para la gloria de Dios y el bienestar del mundo”, en el que presento algunas bases cosmovisionales sobre el trabajo y cómo cada labor que realizamos tiene que ver con nuestra relación con Dios y su Reino, sumado al hecho que el producto de nuestras manos puede bendecir a quienes nos rodean. Poco tiempo después, en el marco de una serie de mensajes de la Iglesia Puente de Vida, me correspondió predicar un sermón titulado “Un amo en común”, mostrando cómo la Biblia mandata a trabajadores y amos a desarrollar sus labores glorificando a Dios y sirviendo a quienes les rodean. La primera parte de dicho mensaje, junto con algunas conclusiones, está condensada en el post que cité al comienzo, mientras que la segunda parte del sermón, viene a completar mi reflexión sobre esta temática, poniendo en la palestra a un actor al que muchas veces olvidamos cuando hablamos de “ética del trabajo”, y que es relevante que quienes somos cristianos protestantes, que defendemos la idea de “Sola Scriptura”, digamos algo sobre el empresario, sea de una pequeña, mediana o gran empresa, sobre todo si dicho sujeto es un hermano en la fe. Todos debemos basar nuestra acción en el mundo en la Palabra de Dios, y leer nuestras profesiones a partir de un lente cosmovisional. 

Es una omisión grave de la predicación cuando perdemos de vista lo que la Biblia dice sobre la tarea empresarial. Me impactó mucho leer esta historia en el libro “Justicia generosa”, de Timothy Keller. La cito extensamente:

“Raymond Fung, evangelista de Hong Kong, cuenta cómo estaba hablando de la fe cristiana con un trabajador textil y le invitó a acompañarle y visitar  una iglesia. El hombre no podía ir al servicio del domingo sin perder un día de paga, pero lo hizo. Después del servicio Fung y el hombre fueron a comer. El trabajador dijo: ‘Bueno, el sermón me impresionó’. Había tratado del pecado. ‘Lo que el predicador dijo, lo veo en mi: pereza, temperamento violento y adicción al entretenimiento barato. Fung contuvo el aliento tratando de controlar su emoción. ¿Le habría llegado el mensaje del evangelio? Se sintió desilusionado. ‘No dijo nada acerca de mi jefe’, le dijo el hombre a Fung. Cuando el predicador había repasado la lista de pecados, ‘[no había dicho] nada acerca de cómo emplea a niños trabajadores, cómo no nos da las vacaciones que nos corresponden legalmente, cómo coloca etiquetas falsas, cómo nos obliga a trabajar más horas…’. Fung sabía que había miembros de la clase dirigente sentados en la congregación, pero aquellos pecados nunca se mencionaban. El trabajador textil comprendía que él era pecador, pero negaba el mensaje de la iglesia porque sentía que no era un mensaje completo. Harvie Conn, quien relató esta historia en su libro, añadió que los predicadores del evangelio que se centran en algunos pecados pero no en los pecados de opresión ‘no pueden trabajar de ninguna manera entre la abrumadora mayoría de la población del mundo, campesinos y trabajadores pobres’” [1].

Tenemos algo que decir al respecto, porque la Biblia ya lo ha dicho. El texto de la Escritura en el que se sustenta nuestra reflexión es Efesios 6:9:

“Y ustedes, amos, correspondan a esta actitud de sus esclavos, dejando de amenazarlos. Recuerden que tanto ellos como ustedes tienen un mismo Amo en el cielo, y que con él no hay favoritismos”.

2. Un mensaje contracultural: la correspondencia al trabajo bien realizado. 

Esta porción escritural de la pluma de Pablo es sumamente contracultural. De la misma manera que en el contexto de la carta era contracultural exigir deberes a esposos y padres, era un acto de cuestionamiento del orden imperante decir una palabra respecto del deber de los amos. En cierto sentido, lo que el apóstol está haciendo es poner coto a un sistema que construye una jerarquía social que otorga privilegios a unos y trabajo a otros, simplemente por la familia en la que se nació o por el acceso a la propiedad. Para esta sociedad, trabajar con las manos era algo indigno para “hombres de bien”. Ser libre implicaba no trabajar. 

Pablo invita a los empleadores a un trabajo relevante. Corresponder a la actitud de trabajadores que desarrollan bien su labor es fundamental. Un trabajador debe recibir la honra y el pago que amerita por su labor realizada. Otorgar condiciones laborales adecuadas, donde la dignidad de las personas no sea trastocada, donde no existan jornadas laborales abusivas donde la vida -en términos integrales- es negada, donde exista un sueldo que tenga relación con la producción y las ganancias que la empresa obtiene y donde el día del Señor sea respetado, forma parte del deber de empresarios cristianos. Si tienes trabajadores a tu cargo, evalúa hoy si vives de acuerdo a la Palabra del Señor en esta área. 

3. No emplear herramientas de amenaza. 

En la época de Pablo, el padre de familia no sólo era una autoridad al interior del hogar, sino que era también una autoridad de carácter judicial. Como padre de familia y amo en su trabajo, éste podía ejercer castigos sobre sus subordinados, que podían ir desde la reprensión, pasando por el castigo físico, hasta inclusive matar a un desobediente. 

Un empresario o líder cristiano no basa su respeto en el miedo que otros tengan de él, sino en acentuar el trato digno de quienes son subordinados. Emplear herramientas como el acoso laboral o la amenaza constante de despidos atenta contra este principio bíblico. Porque una cosa es despedir a un trabajador por no llevar a cabo las labores especificadas en su contrato, y otra muy distinta es despedirle porque demanda el derecho a buenas condiciones laborales. 

Evaluar no implica, necesariamente, castigar. Evaluar implica corregir y retroalimentar, e incluso reconocer y premiar, dependiendo del caso. ¿Eres un empleador que sólo destaca los aspectos negativos de tus trabajadores? ¿Te has dado cuenta de las cosas buenas que realizas? ¿Las reconoces y premias, dependiendo del caso? 

4. Buenas condiciones laborales. 

Pero, ¿qué es esto de las buenas condiciones laborales? Dejemos que el texto de Deuteronomio 24:14,15 nos lo diga: “No te aproveches del empleado pobre y necesitado, sea este un compatriota israelita o un extranjero. Le pagarás su jornal cada día, antes de la puesta del sol, porque es pobre y cuenta solo con ese dinero. De lo contrario, él clamará al Señor contra ti y tú resultarás convicto de pecado”. Este texto enseña cuatro principios respecto del trabajo en los creyentes:

a. Los empleadores deben ser justos: no deben oprimir y deben pagar lo que corresponde en el momento oportuno. 

b. Los trabajadores deben entender que son las manos de Dios para llevar el sustento al hogar: la provisión es de Dios. ¿Cuál es el papel de los empleadores? Entender que no se permite efectuar dicha labor con alegría y sencillez de corazón si no hay salario proporcional al trabajo realizado o si, derechamente, no hay salario. 

c. Es justo y necesario orar por las situaciones laborales adversas.

d. Dios siempre hace justicia: Él siempre dará el pago justo. Esto implica temor y adoración por parte de quienes tienen la digna tarea de ser empresarios. 

5. Cuidado con la lógica anticristiana que impera en el mercado. 

El mercado es un espacio legítimo, como el desarrollo de la empresa privada también lo es. Pero vivimos en un mundo caído en el que lo que podría ser desarrollado con virtud, se realiza con vicios y corrupción. Para un empresario cristiano el “todos lo hacen” no vale, pues es similar a transar los principios de la fe cristiana. Me referiré a dos cosas en particular.

En primer lugar, la Biblia enseña que los negocios deben desarrollarse con justicia. Levítico 19:35,36 dice: “No cometan injusticias falseando las medidas de longitud, de peso y de capacidad. Usen balanzas, pesas y medidas justas. Yo soy el Señor su Dios, que los saqué de Egipto”. Cobrar de más, falsear datos comerciales, especular, coludirse con otras empresas, monopolizar productos, atentan contra la ética del Reino de Dios. Las empresas deben producir bienes y servicios que busquen no sólo llenar los bolsillos, sino que beneficien a la población y que al momento de ser adquiridos pueda hacerse a un precio adecuado. No hablo de barato ni caro, sino adecuado al producto que se oferta. 

Por otro lado, las riquezas no son prohibidas en la Biblia. Las riquezas son un don de Dios. Pero como todo don de Dios, tiene profundo poder y exige, entonces, responsabilidades. En dicho sentido, la acumulación es pecaminosa. Santiago 5:1-6 dice: “Ahora escuchen, ustedes los ricos: ¡lloren a gritos por las calamidades que se les vienen encima! Se ha podrido su riqueza, y sus ropas están comidas por la polilla. Se han oxidado su oro y su plata. Ese óxido dará testimonio contra ustedes y consumirá como fuego sus cuerpos. Han amontonado riquezas, ¡y eso que estamos en los últimos tiempos! Oigan cómo clama contra ustedes el salario no pagado a los obreros que les trabajaron sus campos. El clamor de esos trabajadores ha llegado a oídos del Señor Todopoderoso. Ustedes han llevado en este mundo una vida de lujo y de placer desenfrenado. Lo que han hecho es engordar para el día de la matanza. Han condenado y matado al justo sin que él les ofreciera resistencia”. El problema en este texto es la acumulación simbolizada por riquezas podridas, ropa apolillada y plata oxidada. Amontonar riquezas es un acto idolátrico que acarrea autodestrucción. El salario no pagado y el trato indigno de los trabajadores, sumado al desenfreno al que lleva el lujo y el placer, sólo acarrea violencia. Y esa violencia es fruto de la caída: un fruto que no entiende la justicia de Dios que nos invita a mirarle a Él y a sus dones como herramientas para servir a otros con generosidad. 

En el Reino de Dios no vale el que todos lo hagan. Como diría el abuelo de un amigo: “No importa que los demás no cumplan. Tú cumple”. 

6. La batalla que empleadores y trabajadores deben dar para el Señor.

El texto de Efesios señala que los trabajadores son esclavos de Cristo y que el Señor les recompensará según el trabajo que hayan realizado. Respecto de los amos, dice que ellos tienen un mismo Amo que los trabajadores en el cielo, y que Dios no tiene favoritismos. Trabajadores y empresarios cristianos servimos a un mismo Señor. Como diría Elemento en su canción “Presuntos enemigos”: “Cuando se sirve a Cristo, ya no hay más rotos ni realeza”. El Señor tiene el poder de botar todas las barreras que nos separan. Y si nosotros en la iglesia y en la sociedad hacemos todo lo posible por volver a levantarlas, lo único que hacemos es barrer con la verdad de la Palabra, levantando ídolos que buscan nuestra autoexaltación. 

Génesis 1:28 dice: “y los bendijo con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo’”. La teología reformada, basándose en dicho texto, elaboró un concepto caro: mandato cultural. Dicho mandato le reporta al ser humano tanto una bendición como una responsabilidad (regularmente, estas cosas en la Biblia aparecen unidas). Hace un tiempo, estuve haciendo clases en el Centro de Estudios Pastorales de la Iglesia Anglicana de Chile, sobre teología del trabajo, y al señalar este texto, una estudiante muy suspicaz me señaló: “pero nosotros vivimos en un mundo caído, donde no siempre se puede cumplir dicho mandato, ni se puede trabajar en nuestras vocaciones”. ¿Qué decir a eso? Que efectivamente, nuestra condición caída, hace que el trabajo sea en muchas circunstancias infructuoso, que haya condiciones adversas que nos terminan deshumanizando, y que no necesariamente hacemos lo que nos gusta, o para lo que fuimos llamados por Dios a realizar. Nuestro mundo no se parece al Edén. 

Pero, en Babilonia también se vive dicho mandato cultural. Jeremías 29:5-7 registra una carta que el profeta le escribe a personas exiliadas en un imperio que es símbolo del pecado, el abuso de poder y el paganismo. En ella, pronunciando la palabra de Dios, Jeremías les dice: “Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de su fruto. Cásense, y tengan hijos e hijas; y casen a sus hijos e hijas, para que a su vez ellos les den nietos. Multiplíquense allá, y no disminuyan. Además, busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad”. En otras palabras, tanto en el Edén como en Babilonia, o en sus copias felices o tristes, nuestro trabajo, multiplica el Shalom de Dios en la ciudad en la que vivimos, es decir la armonía, la paz, el bienestar, la abundancia, la vida en plenitud. Colaboramos con la extensión del Reino de Dios cuando trabajamos. Tú y yo somos las manos de Dios para producir bienestar en el mundo con el trabajo o el emprendimiento que desarrollamos. ¿Entiendes la tremenda responsabilidad que tenemos entonces? ¡Cuánto necesitamos arrepentirnos! ¡Cuánto necesitamos que el Espíritu nos llene de poder para desarrollar la hermosa tarea de trabajar en la iglesia y en el mundo, y aprovechar los efectos de la gracia común!

7. Reflexión final. 

En el año 1891, en Holanda, se desarrolló se desarrolló el Congreso Social Cristiano, organizado por el Partido Antirrevolucionario. Dicha instancia, contó con discursos, diálogos y la conformación de un programa de acción política, que llevaría a su fundador, el pastor y teólogo Abraham Kuyper, a ser elegido como primer ministro de su país en 1901. En dicha ocasión, en el discurso inaugural señaló:

“Sólo una cosa es necesaria para encontrarse frente a una cuestión social: observar la insustentabilidad del estado actual de cosas. Al declarar la insustentabilidad, no será por cuenta de factores secundarios, sino provenientes de un craso error en la propia estructura fundamental de nuestra convivencia social. Para quien no reconoce eso y piensa que el mal puede ser sanado por medio de una piedad creciente, por medio de relaciones más amigables y de una mayor caridad, para ellos el problema puede ser una cuestión religiosa o una cuestión filantrópica, pero nunca una cuestión social. Así, piensan que la cuestión social es inexistente. Por tanto, esta cuestión sólo puede estar presente si realizamos una crítica arquitectónica con respecto a la propia sociedad humana, para entonces, desechar y seguir en la búsqueda que lleve a la realización de un arreglo diferente de construcción social y a creer en su posibilidad” [2]. 

¿Qué vemos acá? Una defensa irrestricta de la dignidad humana, de condiciones laborales justas, del papel del estado como garante de derechos, de un discurso de la pobreza como algo a eliminar, de lo corto de las perspectivas asistencialistas y paternalistas y la posibilidad de un cambio social en pos de una sociedad más justa. Y es que se era antirrevolucionario en relación a la revolución francesa y el liberalismo, y de manera posterior, frente a los totalitarismos fascista y bolchevique, pero no se era reaccionario en relación a la historia. Nadie que crea en el poder redentor de Jesucristo puede serlo. 

La presencia fiel del cristianismo en el mundo no se mide por las veces que se dice “Dios” o se citan versículos bíblicos, sino por la coherencia entre pensamiento y acción, y la consistencia entre pensamiento y palabra de Dios. Tenemos mucha tarea por realizar. Trabajadores y empresarios, tenemos mucha tarea por realizar. 

Luis Pino Moyano.

 

[1] Timothy Keller. Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, p. 83. El texto que Keller cita fue tomado de: Harvie Conn. Bible studies in evangelization and simple lifestyle. Carlisle, Paternoster, 1981, p. 18.

[2] Abraham Kuyper. O problema da pobreza: a questão social e a religião cristã. Rio de Janeiro, Thomas Nelson Brasil, 2020, p. 119 (la traducción es mía). 

 

Seguir siendo iglesia en tiempos de coronavirus.

El coronavirus ha traído enfermedad y la lamentable pérdida de vidas, restricciones parciales o totales a la libertad de desplazamiento y de reunión, el seguimiento obligado de protocolos de salud y la adecuación de la realidad laboral al teletrabajo o la pérdida temporal del trabajo, y junto con ello, muchos desafíos para mantener la vida comunitaria. La necesidad de sociabilización se acrecienta. Y las conversaciones con una taza de café en la mano y los abrazos a la despedida que antes eran tan cotidianos y, por ende, triviales, hoy se transforman en algo que añoramos. Anhelamos el encuentro fraterno y amical. 

Claramente, quienes somos creyentes tenemos el desafío de seguir siendo iglesia en  los tiempos del coronavirus. Y la primera vez que pensé en lo importante de acometer esta tarea con esfuerzo responsable y con la mayor calidad que podamos producir, vino a mi memoria el texto de Génesis 4:26. Ese texto está al final del relato histórico de la primera familia, que había sido expulsada del Edén y que se había encontrado con las trágicas consecuencias del pecado: Abel muerto, Caín errante, y un hijo que nació como señal de la esperanza en Dios llamado Set. De este sujeto se habla muy poco, pero se señala que él, junto con su familia piadosa, celebraron culto al Dios Todopoderoso. El texto dice: “Set tuvo también un hijo al que llamó Enós. Desde entonces se comenzó a invocar el nombre del Señor”. Esta es la primera mención de un culto comunitario en la Escritura. Y aquí emerge el primero de los desafíos: mantener y fortificar la adoración del pueblo de Dios en sus hogares. Es muy pertinente decir, con toda claridad, que no estamos celebrando cultos on line, sino que estamos entregando insumos que ayuden a las familias, congregadas en el seno hogareño, a invocar el nombre del Señor. 

Son las familias reunidas, los creyentes miembros de la iglesia esparcida en el mundo, quienes oran, cantan, ofrendan, leen y escuchan la Escritura, todos elementos del culto. Una transmisión en línea, manuales litúrgicos y otros insumos son una ayuda que permite a los creyentes celebrar apropiadamente el culto al Señor, y no perder el sentido de comunidad. La circunstancia es la distinta. Ya nos encontraremos para celebrar al Dios vivo y verdadero, para luego estrecharnos un abrazo y conversar. Nuestra nostalgia es la del encuentro con los hermanos y amigos que no podemos ver, y no la de no haber celebrado el día del Señor como iglesia que somos. El no entender esta realidad es tener un concepto bastante limitado de lo que es la iglesia. La iglesia del Señor es el pueblo conformado por aquellos que Dios amó desde la eternidad y que se hace visible en la comunidad que invoca el nombre del Señor. En el pasado, en la familia setita. Actualmente, nuestra familia, en el hogar. Nosotros somos la iglesia, y eso, por pura gracia. Eso seguimos celebramos en el tiempo que nos toca vivir, porque Dios nos amó y sigue amando. Y el no poder reunirnos en nuestros templos, circunstancialmente, no nos impide para ello.

Un desafío ligado a lo anterior, ha tenido que ver con el aprendizaje y el despliegue de conocimientos sobre herramientas virtuales. Este es el tiempo de usar de manera adecuada las redes sociales, con infografías, reflexiones, vídeos en vivo con sermones, estudios y reflexiones de la Palabra de Dios. Por otro lado, la búsqueda de cuáles aplicaciones son las más funcionales para la realización de videollamadas, que nos permitan mantener la dinámica de grupos, el desarrollo de clases que permitan la interacción y el desarrollo de reuniones de oración, de trabajo y de adoración. También, la generación de materiales educativos y devocionales en las páginas web de las iglesias, junto con el desarrollo de plataformas para la educación a distancia. Todo esto forma parte del esfuerzo comunitario ante el llamado responsable de quedarse en casa y de no reunirnos en público, junto con la valoración de la gracia común en el uso de la tecnología que tenemos a disposición. Santiago dice en su carta: “Todo beneficio y todo don perfecto bajan de lo alto, del creador de la luz, en quien no hay cambios ni períodos de sombra” (1:17). Todavía queda por saber cómo respondemos ante las necesidades de creyentes que se congregan solos en su grupo familiar, de aquellos que por su edad avanzada no han tenido la suficiente alfabetización virtual, o de quienes no pueden acceder a una buena conexión de internet. Cada respuesta debe adecuarse a la realidad de cada comunidad. 

Las iglesias tenemos el desafío de no disociar ética de legalidad. El maquiavelismo que disocia fines de medios no forma parte del modo de ser y vivir de quienes profesamos la fe de Jesús. Y aquí, hay tres cosas por decir:

  • Debemos tener una mirada equilibrada del estado: ni la estadolatría ni la estadofobia forman parte de la comprensión escritural respecto del rol del magistrado civil, el que debe velar por el bienestar común. Y ahí, si bien es cierto, no ha existido la prohibición de nuestras reuniones (cosa que los programas de televisión parecen olvidar), si ha existido desde el principio clara conciencia que quienes tienen enfermedades crónicas, niños y personas de la tercera edad, deben restarse de las reuniones públicas. Y con ellos, los familiares que podrían ser fuentes de contagio para esas personas que corren mayores riesgos. 
  • Por eso la suspensión de las actividades cúlticas no obedece a una cuestión meramente legal, sino a un imperativo ético. Es un acto de amor al prójimo, en tanto se busca conservar el bienestar físico de quienes nos rodean. Jesús lo dijo así: “Mi mandamiento es este: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. El amor supremo consiste en dar la vida por los amigos” (Juan 15:12,13). Lo que certifica que nuestra fe es verdadera es el amor, y ese amor implica negarse a uno mismo en favor de los demás. La misericordia es una expresión viva de la fe en un Señor que sanaba a personas en el día de reposo, más allá del juicio taxativo de los líderes religiosos de su época.
  • Quien confunde fe con temeridad está leyendo el Salmo 91 como lo hacía Satanás, y no como le respondió Jesús a su tentador: “Entonces el diablo llevó a Jesús a Jerusalén, lo subió al alero del Templo y le dijo: – Si de veras eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque dicen las Escrituras: Dios ordenará a sus ángeles que cuiden de ti y que te tomen en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra. Jesús le contestó: – También está dicho: No pondrás a prueba al Señor tu Dios” (Lucas 4:9-12). El proverbista señala: “El prudente ve el peligro y se esconde, los incautos se arriesgan y lo pagan” (Proverbios 22:3). La prudencia es fruto de un corazón que ha sido renovado por el poder transformador del Espíritu. Si alguien le pide disociar espiritualidad de conocimiento, o en lenguaje evangélico, espíritu de mente, la persona que ha hecho eso tiene una fe atrofiada, que no ha ponderado que Dios salva al ser humano integralmente y, por ende, está preocupado de todo el ser. Eso es propio de un espíritu sectario que invita a crédulos y no a creyentes.

Finalmente, tenemos el desafío de ser comunidad y de mantener los lazos de ella. Sobre todo quienes miramos críticamente la idea de un estado paternalista, porque creemos que su rol no es hacerlo todo, debemos comprometernos a los esfuerzos solidarios que estén a nuestro alcance. Y para eso, no necesitamos de grandes medidas y tareas (que pueden ser válidas y necesarias), sino partir por la comunidad. Pablo, el apóstol, lo dice así: “aprovechemos cualquier oportunidad para hacer el bien a todos, y especialmente a los hermanos en la fe” (Gálatas 6:10). Comencemos haciendo el bien a la familia de la fe. Eso desafía nuestra comodidad y el modo de ser de una cultura que no sólo ha enrejado o amurallado sus casas, sino también sus corazones. Debemos combatir la hiperindividualización de la cultura imperante. No existe cristianismo solitario, por lo que seguimos siendo parte de una comunidad aunque no podamos reunirnos presencialmente. Debemos generar conexión real y no al estilo superficial de las redes sociales, debemos amar y ser amados en atención del otro (reciprocidad), debemos afirmarnos y cuidarnos. Una llamada telefónica, una videollamada, un mensaje de WhatsApp, sirven para sentirnos acompañados. Como diría Dietrich Bonhoeffer: “Ciertos cristianos, y en especial los predicadores, creen a menudo que, cada vez que se encuentran con otros hombres, su único servicio consiste en ‘ofrecerles’ algo. Se olvidan de que el saber escuchar puede ser más útil que el hablar. Mucha gente busca a alguien que les escuche y no lo encuentran entre los cristianos, porque éstos se ponen a hablar incluso cuando deberían escuchar. Ahora bien, aquel que ya no sabe escuchar a sus hermanos, pronto será incapaz de escuchar a Dios, porque también ante Dios no hará otra cosa que hablar”*. Y este, más que nunca, es el tiempo de escuchar. Es el tiempo de servir. Es el tiempo de pensar en los demás antes que en uno mismo. 

Ser miembros de la iglesia es una enorme bendición. Y como toda bendición de Dios, según lo que enseña la Biblia de principio a fin, siempre implica responsabilidad. Manos a la obra.

Luis Pino Moyano. 

 


 

* Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, p. 106. 

** Este post es la presentación ordenada de mis apuntes y reflexiones en los conversatorios organizados por el núcleo “Fe Pública”, con el título “Fe en tiempos de coronavirus”, los días 30 de marzo y 7 de abril de 2020. Para esta reflexión, ocupé la traducción bíblica “La Palabra. El mensaje de Dios para mi”, de las Sociedades Bíblicas Unidas, en su edición hispanoamericana.  

[Bitácora] Retiro Presbiterial de Jóvenes: “Somos lo que amamos”.

Una de las características originarias de los blogs es que son bitácoras, es decir, concepto que se origina en la marinería, pero que podría ser entendido, también, como un cuaderno de campo. Y en este blog, “En el balcón y en el camino…”, de vez en cuando, recuperamos dicho carácter, para contar experiencias de actividades y compartir algunos materiales producidos para dichas instancias. 

Durante los días 18 al 20 de enero de 2020, en La Granja Presbiteriana de El Tabo, se desarrolló el retiro presbiterial de jóvenes “Somos lo que amamos”. Esa afirmación nos llevó a colocar como imagen el emblema de Juan Calvino, en versión castellana, que señala “Mi corazón te ofrezco Dios, pronto y sincero”. El corazón que simboliza el intelecto, las emociones y la voluntad, todas cosas fundamentales en la vida, por ende, para nuestra relación con Dios, con el prójimo y con el medio en que vivimos. Así lo dijo el proverbista: “Hijo mío, atiende a mis consejos, escucha atentamente lo que digo. No pierdas de vista mis palabras; guárdalas muy dentro de tu corazón. Ellas dan vida a quienes las hallan; son la salud del cuerpo. Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:20-23). 

Por ello, la invitación de nuestro retiro fue que reflexionáramos en torno a los amores de nuestro corazón, y cómo estos moldean nuestra vida y nuestros hábitos, tanto en las dimensiones personales como sociales y culturales. No olvidamos que la definición agustiniana de “amar desordenadamente” para referir al pecado, es una conceptualización demasiado difícil de dejar de lado. James K. Smith señaló sobre esto: “La adoración es la ‘estación de la imaginación’ que incuba nuestros amores y anhelos, para que nuestros esfuerzos culturales tengan a Dios y su Reino como punto referencial. Si hay en ti una pasión por buscar justicia, renovar la cultura y asumir su vocación de hacer fluir todo el potencial de la creación, necesitas invertir en la formación de tu imaginación. Debes ser el sanador de tu corazón. Debes adorar correctamente. Pues tú eres aquello que amas”.

Tuvimos cinco exposiciones: “Somos lo que amamos”, expuesto por el Pbro. Eliezer Leal; “Hábitos del corazón” (por quien suscribe este post); “Mandato social, familia y sexualidad”, expuesto por el Pr. Oswaldo Fernández y la hna. Kelit Pérez; “Mandato social y justicia”, por el Pr. Jonathan Muñoz; y, “Mandato social y ecología” (nuevamente, por mi). Fue un momento en que pudimos adorar a Dios, aprender y ser desafiados por la Palabra y vivir la alegría del encontrarse. Quiera el Señor que todo esto haya sido para su gloria, y para la edificación y alegría de su pueblo.

Comparto acá las diapositivas de mis dos exposiciones: 

Hábitos del corazón. La exposición comienza haciendo una apelación a la gracia cara (Bonhoeffer), para luego señalar el significado bíblico del corazón, y con esa base, relevar la verdadera batalla espiritual, aquella que se da en el área de las disciplinas espirituales. Se especifican tres: a) la lectio divina; b) la adoración comunitaria; y c) la práctica de la justicia. Se cierra con un llamado a la búsqueda de una espiritualidad sana y profunda. Se puede descargar, haciendo clic aquí.

Mandato social y ecología. Al comienzo se menciona cómo se ha ido instalando el tema del problema del descuido Medio Ambiente en la historia, por distintas corrientes, muchas de ellas ajenas al cristianismo, señalando los desafíos que nos presentan, pues dichas alternativas deben ser leídas a la luz de la cosmovisión cristiana que permita reconocer la gracia común y la antítesis. Luego se hace una apelación al señorío de Cristo y lo que ello implica en relación a la ecología, para pasar a principios de lectura bíblica reformada sobre el tema, la relación entre ecología y escatología, las tareas que podemos desarrollar, y cómo la práctica de la mayordomía está relacionada con la justicia. Dichas diapositivas, pueden descargarse haciendo clic aquí.

Para cerrar este post, comparto algunas fotos de esta maravillosa instancia. 

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En Cristo, Luis.

La radicalidad del padre olvidado.

Hablar de padres en la sociedad en la que vivimos no está de moda. Quienes somos padres cargamos con los lastres de sujetos que pueden ser considerados progenitores o sostenedores, pero no como padres. O, peor aún, sujetos que han ejercido maltratos, abusos o abandono. De todo eso se nutre la idea de “patriarcado”, como eje de la dominación masculina sobre la mujer, tanto en lo público como en lo privado. Es indudable, a la luz de la evidencia histórica, que ha existido ese ejercicio de violencia activa sobre la mujer, pero el problema radica en la esencialización de dicho concepto, que no permite ni la lectura crítica ni aquella que es comprensiva de la diversidad dada en la historia, inclusive, en el patriarcado. Así lo comprendía la mismísima Kate Millet, en su libro “Política Sexual” del año 1969, el primero en abordar la categoría de patriarcado como eje analítico desde el enfoque de género. Ella decía: “Si bien la institución del patriarcado es una constante social tan hondamente arraigada que se manifiesta en todas las formas políticas, sociales y económicas, ya se trate de las castas y clases o del feudalismo y la burocracia, y también en las principales religiones, muestra, no obstante, una notable diversidad, tanto histórica como geográfica. […] En el momento actual resulta imposible resolver la cuestión de los orígenes históricos del patriarcado (ya derive sobre todo de la fuerza física superior del varón, ya de una revalorización de dicha fuerza, como resultado de un cambio de circunstancias)” [1]. Esa “notable diversidad” denota que el patriarcado no puede ser reducido a una entelequia caracterizada por la dominación y la violencia, puesto que esta forma de estructurar la sociedad ha mostrado, a lo largo de la historia, diversos rostros. 

De esa notable diversidad patriarcal da cuenta el relato del evangelio de Mateo 1:18-25. Dicho texto tiene como antecedente la genealogía de Jesús. Es decir, luego de mostrar la familiaridad de Jesús con la dinastía davídica, clara señal de su mesiazgo, ahora el apóstol pasa a hacer énfasis en el nacimiento virginal del Salvador. En dicho momento de la historia, José y María se encontraban desposados, es decir, comprometidos para un futuro matrimonio. Éste era un compromiso tan real que al prometido se le llamaba ya “marido”, y a ambos “esposo” o esposa”, lo que permite relevar el hecho que para la ley de Moisés ese compromiso esponsal tenía la misma fuerza que el matrimonio, tanto así que ese compromiso sólo podía disolverse con el divorcio. Sólo faltaba para el matrimonio la “reunión”, que era el momento en que el esposo recibía en su casa a su esposa. 

José es un padre olvidado, claramente no por sus hijos, sino por quienes leemos la Escitura o escuchamos sus historias. La Biblia habla muy poco acerca de José. Lo hace, específicamente, en esta etapa, la del anuncio, nacimiento e infancia de Jesús; y luego, en algunas alusiones respecto de Jesús como “el hijo de José”, en las que se hace alusión a su oficio de artesano, algo así como un “maestro chasquilla” que hace todo tipo de reparaciones. Eso ha llevado a presumir, con fundamento, que murió de manera previa al desarrollo del ministerio del Señor. A su vez, sabemos que José era un artesano que trabajaba como carpintero, a pesar de ser parte de la dinastía del rey de David, perteneciendo entonces a una familia venida a menos. Sin fundamento, se plantea un posible primer matrimonio de José, del cual habría enviudado, y que fue allí donde habrían nacido “los hermanos de Jesús”, todo esto para armonizar con la doctrina católico-romana de la virginidad perpetua de Jesús, que además se asienta en una visión dualista del sexo. El texto de Mateo es suficientemente claro  para decir que después del puerperio, José y María habrían tenido relaciones sexuales, como todo matrimonio las realiza según el diseño de Dios. 

El texto bíblico referido presenta a José como un hombre justo. Es decir, se trata de un hombre que es celoso de la ley, y que como dice el Salmo 1 medita en ella de día y de noche. La justicia de José se manifiesta de manera vívida en el texto, cuando éste se entera que su futura esposa está embarazada, sin que él hubiese tenido parte en ello. José práctica la justicia en cuatro áreas relevantes:

En la forma de ejercer la justicia: “Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto” (Mateo 1:19).Cuando José se entera que su prometida está embarazada, él toma la decisión que todo judío habría realizado en la época: divorciarse, para así romper el vínculo que la unía a dicha mujer. El tema es cómo busca llevar a cabo dicho divorcio. En esos tiempos no existía una práctica tal como un divorcio en secreto. Éste era siempre un acto público, con testigos y escritura de un acta. José al pensar en una salida distinta, busca divorciarse sin repudiar a María.

En la forma en que ama: José no sólo busca divorciarse sin repudiar, sino que anhela que María no sea difamada. Por favor, pongámonos en los zapatos de José. ¿Cuántos chistes has escuchado respecto de lo “tonto” que fue este carpintero de Nazaret al creer en el relato de María? Pero él estaba en un tremendo dilema. Por una parte, conocía a María y sabía que podía recibir el título de “mujer virtuosa”; y por otro lado, el hecho del embarazo sin su participación era demasiado evidente. Por ende, cuando no quiere exponerla “a vergüenza pública”, su motivación está en un profundo amor. Ojo con esto: el problema más terrible no era que María no fuese virgen antes del matrimonio (acción pecaminosa según la Biblia), sino que habría sido fecundada por otro hombre. Nadie moría por lo primero. Pero en el segundo caso, la ley era tajante: “si la acusación es verdadera y no se demuestra la virginidad de la joven, la llevarán a la puerta de la casa de su padre, y allí los hombres de la ciudad la apedrearán hasta matarla. Esto le pasará por haber cometido una maldad en Israel y por deshonrar con su mala conducta la casa de su padre. Así extirparás el mal que haya en medio de ti” (Deuteronomio 22:20,21). Con su acción quería librar a María de alguna pena, lo que implicaba aducir que ella fue forzada por otro hombre, sin que pudiera defenderse ni pedir ayuda. Él conoce la ley y la aplica con misericordia. 

En la forma en que recibe la Palabra del Señor: José ha meditado qué hacer, busca una solución, pero Dios el Señor lo frena. Esto es tremendo: Dios, al enviar un ángel a hablar con Zacarías (sacerdote y padre de Juan el Bautista), María y José, está rompiendo 400 años de silencio con su pueblo. José tiene un sueño en que se le dice que debía casarse con María y que el hijo que venía en camino era el Salvador enviado por Yahvé (Mateo 1:20-23). Es decidor lo que señala el v. 24: “Cuando José se despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y recibió a María por esposa”. José está frente a la misión que Dios le impone perplejo y lleno de temor. Es él quien llama al niño del pesebre como Jesús, aquel que salvará a su pueblo de sus pecados. José como padre protege el misterio de la encarnación. Se hace cargo del hijo heredero del trono de su antepasado David. En síntesis, José obedece a la misión que se le ha encomendado por la Palabra de Dios. 

José es justo por su valentía. Volvamos a ponernos en los zapatos de José. Piensa, en una conversación con sus amigos, cuando supieron que María estaba embarazada antes del casamiento (en esa época también se sabía que los niños no nacen en 4 o 5 meses de gestación), éstos podrían haberle dicho, “o fuiste tú, u otro la dejó embarazada”. ¿Ustedes le habrían creído cuando les dijera que el Espíritu Santo hizo concebir a María? José estuvo dispuesto a asumir que se le tratara como un promiscuo o como un “gorreado”, porque no estaba pendiente en su nombre sino en el nombre de Dios. José estaba más interesado en la reputación de Dios que en la suya propia. Por ello, José puede ser un esposo que ama y un padre que acoge, porque la gracia de Dios le ha justificado y le capacita para vivir de manera coherente, siendo justo. 

En algún momento de la vida, o en varios momentos de ella, Dios nos pedirá cosas tan difíciles como a José. ¿Estaremos dispuestos a glorificar a Dios con nuestra obediencia, aunque eso pueda hacer que nuestra reputación colapse? Y aquí debemos recordar que lo que hizo radicalmente justo a José no fueron sus capacidades, destreza, fuerzas y contexto, sino la poderosa gracia del Dios que radicalmente se entrega por amor. José tuvo dudas de diversa índole, pero no se quedó con ellas, sino que escuchó atentamente y meditó, para con toda seguridad obedecer y arriesgarse a un cumplimiento radical. 

Sólo el Dios de la vida puede darnos alegría y temor como expresiones de nuestra adoración, lo que nos conducirá a una vida sin medias tintas, sino profundamente radical. Una vida en la que hombres y padres podemos ser justos, amorosos, atentos a la Palabra de Dios y valientes, para llevar a cabo el liderazgo-servicio firme y cariñoso del que la Biblia nos habla.

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] Kate Millet. Política sexual. Valencia, Ediciones Cátedra, 1995, pp. 71, 75

El rol de padres y madres para el bien de la familia.

Vivimos en un mundo en que la palabra rol, como suena a posición y deber, es rechazada. Pero el problema no sólo es lingüístico o conceptual, sino también de práctica. En el mundo caído en el que vivimos, los roles al interior de la familia se encuentran atrofiados y obnubilados. El tema, no es volver al sentido común que nos impone la cultura, sino retornar a la verdad de la Palabra. En ese retorno, nos encontramos con los capítulos 5 y 6 de la carta de Pablo a los Efesios, notando allí un mensaje que es contracultural por excelencia. Es contracultural porque el marido y padre son incluidos con deberes, cosa muy poco habitual en la Antigüedad, pero además, porque se pide el sometimiento de todos (5:21). Los distintos actores de la familia somos llamados a un sometimiento radical y mutuo. Y dicho sometimiento a la tarea que emana de la verdad de la Palabra es resultado de la acción vivificadora del Espíritu Santo que nos capacita para el trabajo de cada uno en el lugar que nos toca, llenándonos de su poder (5:18).

Dos preocupaciones fundamentales hacen que sea más que necesario volver a la Escritura en la tarea de ser padres y madres:

  • Los medios de comunicación nos brindan cotidianamente un panorama sobre el poco respeto de la vida de la vida de los niños, el que se manifiesta en: a) negligencia y descuido respecto a los niños; b) maltrato y abuso (dentro de los hogares, fuera de ellos y en instituciones tristemente célebres como el SENAME); y c) el aborto entendido como un “derecho reproductivo” y no como el atentado contra la vida de un ser humano. 
  • Por otro lado, una despreocupación de la vida matrimonial. Los cónyuges, devenidos en padres y madres tienden a constituir la relación con los hijos como la más importante de la vida. Se olvida que ellos crecen y también “dejan padre y madre…”. El matrimonio es exclusivista, no sólo en el sentido de la monogamia, sino en que cuando se produce se da origen a una nueva familia, que construirá sus propias prácticas y tradiciones. El olvido del esposo o la esposa, lleva a una etapa crítica del matrimonio conocida como el “nido vacío”: el encuentro con un otro olvidado o desdeñado. Nada daña tanto a los hijos que un padre y madre que no manifiestan una unidad radical. Timothy y Kathy Keller, en el libro “El significado del matrimonio”, señalan: “Tu matrimonio ha de ser para ti más importante que todo aquello otro que cuente en tu vida. Ningún ser humano tendrá mayor derecho a tu amor, tus cuidados, tu dedicación y tu fidelidad que tu pareja. Dios nos insta a dejar padre y madre, pese a lo importantes que han sido, y serán, en nuestras vidas, para poder formar así una nueva unión que habrá de ser la más primordial y fuerte de nuestra vida” [1].

Volveremos a la Escritura para notar en ella el significado de nuestro rol como padres y madres. Comenzaremos viendo una premisa, para luego pasar a dos tareas. 

La premisa: los hijos a la luz de la Biblia. 

El salmista nos muestra la importancia de los hijos para el pueblo de Dios, cuando señala que: “Los hijos son una herencia del Señor, los frutos del vientre son una recompensa. Como flechas en las manos del guerrero son los hijos de la juventud. Dichosos los que llenan su aljaba con esta clase de flechas. No serán avergonzados por sus enemigos cuando litiguen con ellos en los tribunales” (Salmo 127:3-5). Los hijos, en la enseñanza bíblica, no son mero producto de la virilidad y de la fertilidad: son un don de Dios. Tanto, que el salmista ocupa el concepto “herencia”, dando cuenta de un don y de una esperanza. La  tierra está ligada a la idea de posteridad. Otro elemento que brinda el salmo, es que los hijos son como un arsenal de flechas, para la protección futura. Los hijos serán ayuda, defensa y apoyo en el futuro. La Reina Valera 1960 traduce de forma más literal el texto, denotando que el padre “No será avergonzado cuando hablare con los enemigos en la puerta” (127:5b). En la Antigüedad, las decisiones importantes de la ciudad se tomaban en las puertas de la ciudad. Los hijos protegerán a sus padres cuando se encuentren en la dificultad y la indefensión. 

Este texto trae importantes enseñanzas, que enumero a continuación:

  • Reconocer que los hijos son don de Dios como base de todas las tareas que tenemos como padres y madres. Nuestros hijos no nos pertenecen, le pertenecen al Señor. Nuestra relación no es de dominio, sino de autoridad relativa y derivada de Dios. 
  • Si los hijos son un don de Dios, ¿por qué postergar la procreación por motivos egoístas? ¿Por qué cerrarse a la adopción, en el caso, de que no pudieran ser padres por la vía natural? Tener hijos es una bendición a la que no debemos renunciar. Al hablar de motivos egoístas, evidentemente, saco de esta variable a quienes no pueden tener hijos por razones de fertilidad o de salud, ni tampoco planteo aprehensiones contra los métodos de control de la natalidad, que pueden ser entendidos como acto de mayordomía en relación a los dones que Dios nos da.
  • Debemos dejar de lado pensar en los hijos para la satisfacción personal, sino que pensar en ellos para la gloria de Dios. Que en todo lo que hagan, sean seguidores de Cristo, que amen su gracia. Los hijos no nacen para cumplir nuestros anhelos o deseos frustrados, tienen su propia vida, personalidad, anhelos y deseos. ¿Apoyaremos a nuestros hijos si nos dicen que quieren ser pastores o misioneros, deportistas o artistas, a pesar que no sean oficios riesgosos y no muy bien remunerados? Nuestra tarea es fortalecer las vocaciones que Dios les ha dado para el bienestar del mundo.

La primera tarea: no hacer enojar a los hijos.

El apóstol Pablo en Efesios 6:4a, dice: “Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos”. Aquí hay un fuerte elemento contracultural. No podemos olvidar que aquí estamos frente a un código normativo en una sociedad antigua, en la que el “pater familias” no sólo tenía era una autoridad en el sentido más contemporáneo de dicho concepto, sino que su potestad era de carácter judicial, tanto así que él podría decidir si un hijo vivía o no. Entonces, es sorprendente que Pablo, en pleno siglo primero de nuestra era, exhorte a los padres contra el abuso de poder, el malestar o las expresiones de favoritismo, todas acciones que deben ser excluidas de la crianza de los hijos. El fastidiar a los hijos trae amargura y resentimiento. 

Esto no significa, en ningún caso, que los niños tengan el poder. Me permito citar, extensamente, a Kevin DeYoung, quien en su libro “Súper ocupados”, desarrolla un capítulo titulado “Una cruel kindergarquía”, en el que plantea: “Vivimos en una era en la que la felicidad y el éxito futuros de nuestros hijos sobrepasan las demás preocupaciones. […] ‘Bajo la kindergarquía -señala Joseph Epstein- todas las cosas están centradas en los niños: su escolarización, sus lecciones, sus predilecciones, su cuidado y alimentación, y el alto mantenimiento en general; los hijos son el meollo del asunto’. […] Los padres cristianos en particular, a menudo, actúan con un determinismo implícito. Tememos que unos pocos movimientos en falso arruinen a nuestros hijos para siempre y, a la vez, suponemos que la combinación correcta de protección e instrucción producirá invariablemente buenos hijos. Leslie Leyland Fields tiene razón: ‘Uno de los mitos más resistentes y valiosos de ser padres es que la crianza crea al hijo’. […] ¿Podría ser que hemos hecho de la crianza y la educación algo demasiado complicado? ¿No será que lo más importante no es lo que hacemos, sino quiénes somos como padres? Ellos recordarán nuestro carácter antes que nuestras reglas exactas respecto de la televisión y los pastelitos’” [2]. Aquí hay dos cosas fundamentales: a) el único rey del hogar es Cristo, y son los padres quienes han sido puestos en un rol de autoridad, por lo tanto, los hijos no gobiernan; y b) en nuestra tarea de educación y autoridad, las normas no son lo más importante (lo que no quiere decir que no existan), sino una relación basada en el amor y la verdad con un marcado carácter cristiano, es decir, con un acento en el testimonio. Poco a poco, los hijos que no sólo conocen las glorias sino que también las sombras de nuestras vidas, irán evaluando la coherencia de la fe que profesamos en el aterrizaje a la vida. 

Pensemos en un caso de la Escritura. David es uno de los sujetos históricos de la Biblia más notable en la historia que ella relata: un líder tremendo, estadista, guerrero, salmista, popular (había canciones que celebraban su valentía en la guerra). Pero la Biblia que no da cuenta de héroes, sino de hombres y mujeres pecadores, no esconde que era un pésimo padre. Amnón, hijo mayor de David con Ahinoam, urdió un plan para abusar de su media hermana Tamar, hija de David y Maaca (2ª Samuel 13:1-22). La Septuaginta además de señalar el enojo de David, señala que no castigó a Amnón porque era su favorito (v. 21). Absalón, hermano directo de Tamar, espera dos años que su padre haga justicia. Al no verla, ejecuta la venganza, pagando a asesinos a sueldo para que mate a Amnón, en medio de un banquete preparado por él. Eso le obliga a huir (2ª Samuel 13:23-39). David, tiempo después, cuidando la imagen de su reinado, hace volver a Absalón de su exilio, pero no quiere volver a verle la cara, lo que genera más resentimiento y odio (2ª Samuel 14:23,24). Absalón, a diferencia de lo dicho en el Salmo 127, comienza a hacer mala fama de su padre en las puertas de la ciudad, llegando al extremo de tramar un “golpe de estado” contra David (2ª Samuel 15). El rey guerrero escapa, dando paso a la escena más patética de su vida. Cuando sus valientes deciden hacer guerra contra Absalón, él les dice, “No me traten duro al joven Absalón” (2ª Samuel 18:5). Joab general del ejército, mata a Absalón clavándole tres lanzas en el pecho (2ª Samuel 18:14). La historia termina con David diciendo: “¡Ay, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar! ¡Ay, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (2ª Samuel 18:33).

¿Qué vemos en esa historia? Ausencia de cariño, cuidado y de disciplina, sumado a la  injusticia, imparcialidad e indiferencia. Frente a eso, debemos preguntarnos, ¿de qué nos sirve lograr nuestros propósitos como individuos si perdemos a nuestras familias? ¿De qué nos sirve comprar casas y llenarlas de cosas, dándoles a nuestros hijos, todos los gustos que quisieran, si los perdemos? ¿De qué nos sirve pagarles la mejor educación escolar y universitaria si no los formamos para la vida, para que sean humanos respetuosos y honrados, creyentes que amen a Dios y al prójimo? Nunca es tarde para pedir perdón. Nunca es tarde para reparar. Nunca es tarde para volver al diseño de la Palabra de Dios. Y en este caso, el orden de los factores sí altera el producto. 

No puedo cerrar este ítem sin una palabra para los hijos: amen a sus padres, aprendan a reconocer errores, aprendan a perdonar. Vean a sus papás y mamás como personas que se han sacado la mugre, con una multitud de errores, pero esperando cosas mejores que las que lograron. Ellos son tan pecadores como ustedes, por lo que necesitan la gracia de Dios al igual que ustedes. Sean proactivos, sobre todo si ya son grandes, en el proceso de perdón, reparación y regreso al diseño de la Palabra de Dios. 

La segunda tarea: la crianza que educa en el Señor. 

Pablo cierra el versículo 4, del capítulo 6 de Efesios, diciendo: “sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor”. Cuando habla de esto, está pensando en el cuidado integral de los hijos: sus cuerpos, emociones, intelecto y espiritualidad, en el reconocimiento de que ellos portan la imagen de Dios. La disciplina forja la mente y la enseñanza ejercita la mente, por tanto, son tareas más que necesarias. 

Aquí parece pertinente hablar sobre el modelo educativo presentado en la Biblia. Deuteronomio 6:1-9, señala: “Estos son los mandamientos, preceptos y normas que el Señor tu Dios mandó que yo te enseñara, para que los pongas en práctica en la tierra de la que vas a tomar posesión, para que durante toda tu vida tú y tus hijos y tus nietos honren al Señor tu Dios cumpliendo todos los preceptos y mandamientos que te doy, y para que disfrutes de larga vida. Escucha, Israel, y esfuérzate en obedecer. Así te irá bien y serás un pueblo muy numeroso en la tierra donde abundan la leche y la miel, tal como te lo prometió el Señor, el Dios de tus antepasados. Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo; llévalas en tu frente como una marca; escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades”. Nuestras casas deben estar llenas de la Palabra de Dios: ella debe ser enseñada, leída en momentos devocionales, e inclusive, puesta en las paredes de nuestra casa, aunque eso nos parezca exagerado hoy. También la memorización, a la que se le ha construido injustamente una mala fama, es parte fundamental: enseña a tus hijos el Padrenuestro, los diez mandamientos, el Credo Apostólico, que son parte de una inducción a la teología cristiana y a la espiritualidad sana. Apóyate con los catecismos e historias bíblicas ilustradas. 

La enseñanza de nuestros hijos tiene en mente el corazón, más que la conducta. Jesús planteó que: “Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad” (Marcos 7:21,22). Por ello, hacemos bien en tener en cuenta el proverbio que dice: “Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23). Nuestra tarea es pastoral: es el cuidado espiritual de nuestros hijos que los hace entender vulnerables ante el Dios Todopoderoso y santo, necesitados de su misericordia y perdón [3]. Los castigos no sirven de nada si no hay arrepentimiento (lo que no quiere decir que no existan). Conduce a tus hijos a la oración, ora con ellos, para que el Espíritu Santo haga su obra en sus vidas, cambiando sus corazones. Recuerda que tú no eres el Espíritu Santo. Sólo Él puede regenerarlos y santificarlos. Pero tú eres un instrumento suyo, que colabora en esa caminata. 

Finalmente, la educación cristiana es respetuosa de la personalidad e integralidad de los hijos. Cada hijo o hija (aquí me permito acentuar dicha diferencia) es distinto, con virtudes, defectos, debilidades y fortalezas propios, y con vocaciones diferenciadas. Confía en que la educación sustentada en la Palabra y ayudada por el Espíritu, es inclusiva y transformadora. Es inclusiva, porque hijos e hijas son alcanzados por la Palabra del Maestro. Es transformadora, porque la semilla del Evangelio fructificará. Por eso, les bautizamos (quienes somos paidobautistas) y les enseñamos el Padrenuestro, porque creemos que son miembros de la familia del Pacto, hijos de Dios. Y nos afirmamos en dicha esperanza. Como diría Andrew Kuyvenhoven: “Enseñamos a nuestro hijos acerca de Dios aun antes que ellos sepan hablar o caminar, y nunca dejamos de hacerlo. La educación en la vida del pacto no es opcional; Dios la requiere. También rechazamos la noción de que la ‘religión’ es un simple asunto de ‘elección personal’ puesto que pensamos que es inmoral ocultar a nuestros niños lo que es más grande y sagrado para nosotros. Sería criminal enseñar a nuestros niños a vivir, y negarles al mismo tiempo la vida misma. Conocer a Dios, ¡de eso se trata la vida!” [4]. 

¿Qué consecuencias trae la enseñanza de esta segunda tarea? A mi juicio, las siguientes:

  • Tener hijos es otra forma de hacer discípulos. Las iglesias también crecen orgánicamente. Dietrich Bonhoeffer señaló: “De Dios reciben los padres a sus hijos, y hacia Dios los deben encaminar” [5]. 
  • No delegar la educación en terceros. Ni la escuela ni la iglesia podrán cumplir jamás la función que tú como padre y tú como madre debes cumplir. Esto debiera llevarnos a no culpar a quienes colaboran con nuestra tarea educadora en la Escuela Dominical. He escuchado a algunos predicadores que dicen algo así: “Tus hijos son educados en escuelas que tienen profesores con mentalidad secularizada, tendrán al año miles de horas donde recibirán la influencia de pensamientos que atentan contra la Palabra de Dios. Pero cuando van a la Escuela Dominical, cantan o dibujan y pintan, en menos de una hora a la semana. ¿Tú crees que eso les ayuda para resistir las mentiras diabólicas que les dicen en la escuela?”. Parece sólido, ¿no? Pero yo pregunto, en ese análisis, ¿dónde están los padres y madres cristianos? ¿Qué hacen con sus horas en las que les forman como misioneros en el mundo, y activamente problematizan lo que sus hijos aprenden a la luz de la Palabra? Es fácil y cómodo tercerizar lo que nos corresponde, porque si nuestros hijos no siguen nuestra fe, la culpa será de la iglesia y no mía. Eso, a todas luces, no sólo es irresponsable, sino una desfachatez.
  • Es importante reafirmar que nosotros no somos el Espíritu Santo. Nosotros no convertimos a nuestros hijos en creyentes. Pero por el poder del Espíritu somos testigos con ellos, preparando sus corazones de discípulos, cumpliendo nuestra tarea de anunciar la voz del Señor. Plantamos y regamos, con la fe y la esperanza que el Señor dará el crecimiento.

Una reflexión final. 

Kevin DeYoung, a quien ya he citado con antelación, señala lo que podría ser una buena síntesis de lo visto hasta acá: “Criar hijos no es ni mucho menos el tema principal de las Escrituras. Dios no da muchas instrucciones concretas sobre la relación padre-hijo, salvo que los padres deben enseñar a sus hijos acerca de Dios (Dt. 6:7; Pr. 1—9), disciplinarlos (Pr. 23:13; He. 12:7-11), estar agradecidos por ellos (Salmo 127:3-5) y no hacerlos enojar (Ef. 6:4). El resto de los detalles depende de la familia, la cultura, la sabiduría del Espíritu y mucha prueba y error” [6]. 

Ahora, me permito preguntarte a ti que eres padre o madre, ¿cómo te sientes después de todo? ¿Te sientes mal por los errores que has cometido o, derechamente, por tus fracasos en el rol que Dios te ha mandatado en su Palabra? Con amor quiero decirte que hay trabajo por hacer, pero siempre afirmados en la gracia. No somos la familia Ingalls, ni las familias perfectas del sueño americano. Somos familias, que fallan, demasiado parecidas a la de la familia Simpsons. Familias que necesitan ser redimidas por pura gracia. No te olvides que no estás solo, o sola, en esta batalla de la vida. Jesús te habla en su Palabra animándote en la esperanza: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5, RV 1960).

Luis Pino Moyano. 

 

* Este post corresponde a la transcripción y adaptación del sermón predicado en la Iglesia Puente de Vida, en el marco de la serie “Roles & Familia. El retorno a la verdad”, el domingo 24 de noviembre de 2019.


 

[1] Timothy Keller y Kathy Keller. El significado del matrimonio. Enfrentando las dificultades del compromiso con la sabiduría de Dios. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014, p. 160. 

[2] Kevin DeYoung. Súper ocupados. Grand Rapids, Editorial Portavoz, 2015, pp. 65, 66, 68, 73. 

[3] Véase para profundizar en esta idea: Ted Tripp. ¿Cómo pastorear el corazón de su hijo? Medellín, Editorial Eternidad y Poiema Publicaciones, 2011. 

[4] Andrew Kuyvenhoven. Partícipes en el pacto. Grand Rapids, Libros Desafío, 2004, pp. 95, 96. 

[5] Dietrich Bonhoeffer. Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2001, p. 42.  

[6] DeYoung. Op. Cit., p. 73.