“Mucho valor tiene a los ojos del Señor la muerte de sus fieles”. A la memoria del hermano Pablo Hoff.

* El recorte de prensa es del archivo del Pr. Manuel Díaz, profesor del IBN. 

Durante la mañana de ayer, 23 de junio de 2019, nos hemos enterado de la noticia de la muerte de Paul Hoff Bieker, más conocido en el mundo evangélico chileno, y especialmente a quienes nos formamos en el Instituto Bíblico Nacional, como el “hermano Pablo”. Él había nacido el 23 de febrero de 1924, y se formó académicamente como Bachiller en Artes Liberales con mención en Historia de la Universidad Taylor y Magíster en Teología del Seminario Bautista del Norte, y que desarrolló su tarea como misionero de las Asambleas de Dios en Bolivia, Argentina y Chile, fundamentalmente en la tarea de la docencia teológica y la pastoral. Chile, país al que llegó en 1978 fue donde desarrolló su ministerio de más larga data, y que tuvo como su fruto principal y más maduro el Instituto Bíblico Pentecostal, fundado en 1979, y que desde 1999 recibe el nombre de Instituto Bíblico Nacional fortaleciendo su carácter interdenominacional, lo que va acompañado de sedes en más de veinte ciudades a lo largo del país. 

Ligado a su tarea docente surgieron sus libros, la mayoría de ellos publicados por Editorial Vida, relacionados con las diversas áreas del saber teológico, escritos a mano y luego escritos a máquina por su esposa, la hermana Betty, y más tarde a computador y estilizados al idioma castellano por personas ligadas al Instituto que él formó. Libros que demuestran un conocimiento profundo de la Escritura, y que facilitan su acceso a la misma, por el fuerte talante pedagógico que poseen y que, por sobre todo, invitan a mirar a Cristo Jesús cuando avanzan en el aspecto devocional. Estos libros son: 

  • “El Pentateuco” (1978), 
  • “Los libros históricos” (1980),
  • “El pastor como consejero” (1981),
  • “Se hizo hombre” (1990, sobre los evangelios sinópticos),
  • “Otros evangelios” (1993, sobre religiones comparadas),
  • “Libros Poéticos” (1998),
  • “Defensa de la fe” (en coautoría con el teólogo chileno David Miranda, publicado por Editorial Mundo Hispano, 1997),
  • y “Teología Evangélica” (Tomo 1, 1999; Tomo 2, 2000; obra reunida en un solo ejemplar, 2005).

Él diría en una introducción a uno de sus libros: “Tal vez el lector apresurado se sienta tentado a estudiar las lecciones del libro sin leer previamente las partes correspondientes de la Biblia. Si así procede, se estará defraudando a sí mismo y no aprovechará al máximo este estudio, porque la Biblia es siempre más importante que lo que dicen los hombres acerca de ella” (El Pentateuco, p. 11). A ello se suman muchos artículos desperdigados en folletos, revistas y periódicos evangélicos. Como escribió Juan, el apóstol: “Dichosos de aquí en adelante los que mueren unidos al Señor. Sí – dice el Espíritu-, ellos descansarán de sus trabajos, pues sus obras los acompañan” (Apocalipsis 14:13 DHH). En 2011, Editorial Vida publicó el libro biográfico escrito por Stuart Allsop, titulado “Mi Dios les proveerá. La apasionante historia de Pablo Hoff”, el que lamentablemente no ha sido difundido en las librerías de nuestro país. Es de justicia que lo hagan con prontitud. 

Conocí al hermano Pablo en el año 2000 cuando ingresé al Instituto Bíblico Nacional. Era un joven pentecostal, tenía 18 años y cargaba una cantidad de sueños y anhelos de servicio al Señor, sobre todo porque al comienzo de ese año sentí fuertemente un llamado al ministerio pastoral, y para eso había que prepararse. Si bien es cierto, estudiar teología tenía mala prensa, porque “la letra mata”, en mi comunidad de esos tiempos había un buen recuerdo del hermano Pablo, siendo la Iglesia Pentecostal Naciente una de las primeras denominaciones en recibir bien a este misionero. Recibí dos libros de él para iniciar el ciclo, los que leí con avidez, y que profundizamos en clases con los profesores, compañeros de curso, y principalmente con mi amigo y compañero de andanzas, Cristian Estrada. Fue fácil admirar a este ministro del evangelio, porque no sólo leímos sus libros, sino que además compartimos con él. Nunca he podido olvidar que a las dos semanas de entrar a estudiar, estaba trabajando en el Parque Bustamante como encuestador, cuando él pasa por la vereda de en frente (vivía cerca de allí), me vio, cruzó la calle, se me acercó con su característica sonrisa, me dio un fuerte apretón de manos y me preguntó por mi parecer respecto del IBN, luego se despidió con un “Dios le bendiga en todas sus labores”. 

Luego, fueron las conversaciones con él mientras tomábamos un café o sus ilustraciones testimoniales en medio de sus sermones en las que le conocimos más: su conversión a muy temprana edad, su paso como soldado en la 2ª Guerra Mundial, sus estudios teológicos en los que recibió la influencia de autores del ala conservadora y de la neoevangélica, siendo tributario de Carl Henry y Millard Erickson. Luego su trabajo misional en Bolivia y Argentina y su venida a Chile, llena de hechos providenciales: su solicitud de abrir un Instituto Bíblico para los pentecostales chilenos fue antecedida, sin mediar conversación entre ellos, por la solicitud del Pr. Francisco Anabalón de apoyo de las Asambleas de Dios para abrir un centro de estudios en el país. El trabajo misional en Chile estuvo marcado por desafíos y dificultades, pero en el que Dios abrió caminos: de las clases en el templo de la Corporación Vitacura, en Calle Rosas (frente al que hoy es el Teatro Teletón) al edificio de seis pisos en calle Ejército. Cómo él mismo no cesaba de señalar, citando la Escritura: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19, RV 1960). 

De acento “agringado”, pese a los años que llevaba en Chile, era un deleite escuchar sus predicaciones, las que eran bíblicas, llenas de fuego, y con una característica muy particular a la hora de aplicar: bajaba la voz y con voz suave golpeaba nuestros corazones y conciencias. Aunque también le vimos apasionado y molesto. Dos momentos que recuerdo vívidamente. A principios de los 2000 algunos profesores comenzaron a señalar, sin ambages, su mirada escatológica amilenarista, yendo contra la mirada dispensacionalista, hegemónica en el mundo pentecostal. En una reunión de profesores se dio la discusión, muy acalorada, de la que algunos fuimos testigos indirectos mientras realizábamos nuestras tareas en la biblioteca. La discusión terminó con un golpe de mesa y con la voz firme del hermano Pablo diciendo: “no importa cuándo el Señor viene o cómo viene; lo que nos importa es que Él viene”. El momento terminó con oración y ánimo reconciliado. 

El otro momento, fue una de las últimas capillas (momento devocional) que se hizo al final de las clases, dando cuenta que muchos se retiraban y no participaban de la misma, nos exhortó a la luz de la Palabra la importancia de una espiritualidad profunda. Ahora, con justo enojo, golpeó el púlpito y dijo “si alguno cree que estudiar Teología es para agrandar cabezas y no corazones no es digno de este Instituto”. Y esto me permite cerrar mi relato testimonial. Pablo Hoff más que un teólogo fue un valiente siervo del evangelio, un respetable creyente, que nos enseñó con la palabra y la vida que los peores enemigos de los estudios teológicos no eran quienes decían que la “letra mata”, sino aquellos que estudian y tienen “un más alto concepto de sí que el que deben tener” (Romanos 13:3). Pablo Hoff, fue un valiente misionero que entendió que el servicio a Cristo y su Reino no tiene fronteras ni barreras que el Señor de la misión no pueda derruir, y que por lo mismo, asume con una alta cuota de voluntarismo el llamado que le constriñe a ser un obrero del evangelio. Todo esto, era una invitación que no dejaba de lado la erudición, pero que fortalecía la práctica servicial y buscaba forjar carácter cristiano. Se trataba de buscar un “conocimiento ungido”. Y dicho conocimiento fortaleció al bullente pentecostalismo chileno y excede sus veredas, edificando también a creyentes de otras banderías eclesiales. 

Como alguien que se siente honrado de haber hecho sus primeras armas del conocimiento teológico en el instituto que él formó, de manera agradecida digo frente a nuestro querido hermano Pablo: muchas gracias, seguiremos “preparándonos mejor, para servir mejor” con la ayuda de Aquél que vive y permanece para siempre. 

¡Hasta pronto!

Luis Pino Moyano.

 


 * Recomiendo, para quienes quieren tener un acercamiento mayor al testimonio de vida del hermano Pablo Hoff, ver la entrevista realizada por la hermana Sara Ossa, en el Canal de YouTube de Corporación Sendas, y el texto biográfico escrito por el hermano Pablo Villouta. 

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¡Basta de líderes evangélicos sin el evangelio!

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1ª Pedro 5:1-4).

Sin lugar a dudas, vivimos un momento crítico para las religiones y su comprensión del mundo y de la vida. Pero lo que podría ser entendido como oportunidad desde el estudio, la oración y la vida en comunidad, se ve dificultado cuando los medios de comunicación y algunos organismos estatales han buscado-y-encontrado en las iglesias una serie de prácticas reñidas con la ética bíblica y la legalidad vigente de los países. Abusos de poder, con expresiones que van desde la tiranía eclesiástica, la violencia física y psicológica, hasta los deleznables maltratos de índole sexual; las estafas y malversaciones de fondos; todo esto amparado por estructuras y lógicas sectariamente autoritarias, en las que se ejerce el control de las conciencias desde un discurso de fe. Sabemos que no todos los pastores y líderes de nuestras iglesias incurren en este tipo de actos, pero los que sí las cometen manchan la dignidad y testimonio de Jesucristo y de toda la hermandad que profesa la común fe. A todas luces, estamos frente a la construcción de una alta y pesada barrera para la proclamación del evangelio y, a la vez, ante las evidencias del desprecio a la enseñanza bíblica y teológica, la despreocupación integral de los fieles e, inclusive, la discriminación social dentro de nuestras comunidades.

Por lo mismo, quise fundamentar mi reflexión en el texto del viejo apóstol Pedro, quien con toda la humildad del mundo no ocupa su oficio como título grandilocuente, ya que se reconoce como un “presbítero” más entre otros colegas de labor, miembro de una iglesia de cristianos dispersados por la persecución en toda el Asia Menor. Aquél que fue “testigo de los padecimientos de Cristo” toma la palabra para hablar desde adentro y con conocimiento de causa. Y su texto tiene la fuerza de una declaración de principios permanentes para quienes tienen la labor de trabajar en la iglesia de Jesucristo, al nivel de decir con suma claridad lo que se debe y no se debe hacer. Veámoslo a continuación: 

  1. Los líderes de la iglesia no deben forzar, sino cuidar. Los líderes de las iglesias tienen la tarea de guiar en el camino de la fe a la congregación, pero dicha labor no tiene nada que ver con una dictadura, no se basa en la imposición sino en la exhortación fiel de la Escritura. El liderazgo cristiano abre caminos y fortalece la formación de quienes tienen dones para el servicio de Cristo y la comunidad, acrecentando el sentido de responsabilidad más que el de obligación, en la lógica antijerárquica del sacerdocio universal de los creyentes. La referencia al oficio pastoril se hace más elocuente cuando Dios Padre en el Antiguo Testamento y Jesucristo en el Nuevo, se presentan como los pastores de su pueblo, quienes a diferencia de los líderes religiosos, sí otorgaban cuidado integral, protección y defensa a sus ovejas. El buen pastor es el que muere y no pone el centro de su acción en su vida e intereses particulares o, derechamente, mezquinos. 
  2. Los líderes de la iglesia no buscan ganancias deshonestas, sino servir voluntariamente. Cuántas personas, creyentes y no, producto del enriquecimiento de quienes han tornado el oficio pastoral en una profesión burguesa, tienden a creer que el pastorado es un camino fácil para enriquecerse, al nivel de pensar (como decía un graffiti en un muro cercano a mi casa de infancia) que “Dios es amor, pero la iglesia es plata”. ¡El trabajo pastoral no tiene como fin último ganar dinero sino servir para glorificar a Dios y edificar a la iglesia! Pastor, líder de la iglesia, sea cual sea tu convicción teológica y práctica denominacional, ¿dónde está el tesoro de tu corazón cuando piensas en tu ministerio?; ¿qué es lo que te motiva a trabajar en la obra que es de Dios y no tuya? 
  3. Los líderes de la iglesia no cometen abuso de autoridad, sino que trabajan para que su testimonio sea ejemplo en la comunidad. ¿En qué momento las palabras “pastor”,  “ministro”, “líder”, “oficial”, “presbítero”, “reverendo” y hasta “apóstol” se convirtieron en significantes de una condición especial más que en roles a realizar? El ejercicio de un oficio en la iglesia no te constituye en parte de una élite con hambre y voluntad de poder, sino que te invita a seguir el método de liderazgo de aquél que no temió “rebajarse”, aparentemente, atándose una toalla en la cintura, tomar un lavatorio y de rodillas lavar los pies de cada uno de sus discípulos, como lo hacía el esclavo de la casa en la Antigüedad.

Por todo lo anterior debemos decir con toda la fuerza de un protestantismo que protesta: ¡Basta!

Basta de líderes que se autodenominan como evangélicos pero en sus predicaciones y discursos, en templos y calles, anuncian cualquier otra cosa menos el evangelio del Reino de Dios. ¡Basta de líderes que como profetas trasnochados se dedican a sembrar odiosidad, intolerancia y miedo a creyentes y no creyentes!

Basta de líderes evangélicos que por sus anhelos de cuotas de poder en la iglesia y la sociedad, y también por la construcción de un ego elevado, hablan arrogándose la representatividad del “pueblo evangélico”, un mundo que no existe como comunidad homogénea, que no tiene y se resiste a tener “Papas”, “papitos” o “patrones”, sino más bien un mundo con declaraciones de fe propias y con prácticas muy particulares.

Basta de líderes evangélicos que ocupan los púlpitos de sus iglesias a modo de plataformas políticas en las que dan la palabra a candidatos que propician sus ideologías, o que erigen y empoderan a miembros de sus filas para postularse a algún cargo público, con el consecuente llamado a sufragar por el candidato que “representa los valores del pueblo de Dios”, otra cosa que no existe a cabalidad. ¡Basta de control de las conciencias!

Basta de líderes evangélicos que colocan en posiciones de poder a hijos, hermanos, otros familiares y amigos, para constituir un séquito que malentiende la lealtad, que articula una élite de intocables a los que jamás les llega la disciplina eclesiástica. El ejercicio de los dones por parte de creyentes no requiere de un currículum vitae potenciado por lógicas de nepotismo y compadrazgo, sino más bien por la obra del Espíritu Santo discernida, evaluada y juzgada por una congregación afirmada en la Biblia. Y esto no quiere decir que un hijo de pastor no pueda ser pastor, sino que su criterio de elección no puede estar supeditado a cuestiones de familiaridad sino a un don que es reconocido por creyentes debido a la edificación que produce a la comunidad.

Basta de líderes evangélicos que ocupan los recursos de la iglesia para abrir fundaciones, ONGs y hasta empresas de diverso tipo, para concretizar sus agendas y proyectos que buscan el enriquecimiento personal o la conquista de una posición de influencia, que corrompen sistemas de gobierno eclesiástico, que dividen iglesias articulando mafias internas y que no obstan con emplear medios corruptos para empoderarse ellos y debilitar a otros, ensuciando testimonios de hermanos sin posibilidad de contrarrestar sus versiones oficiales. ¡Basta de líderes evangélicos que enseñan de ética protestante del trabajo a sus miembros sin aplicarla, aumentando la corruptela en un país que está perdiendo cada vez más la ingenuidad!

Basta de líderes evangélicos que creen que se “rebajan” cuando van al “punto de predicación” con los hermanos, cuando reciben instrucción en la escuela dominical o se dejan aconsejar por otros líderes y hermanos, cuando comparten la misma mesa con la hermandad y no una especial “para pastores”, cuando toman una escoba para barrer el templo, o una herramienta para reparar un artefacto dañado, o cuando se disponen a servir una mesa… ¡lo que rebaja a un ministro del evangelio es un testimonio que no se condice con la ética que predica! 

Basta de líderes que creen que la solución a todos los males está sólo en una mayor formación teológica. ¡La educación no tiene el poder para redimir, Cristo y sólo él puede hacerlo! Los líderes pueden ser conocedores eruditos de la Biblia, eminentes teólogos de cuya boca emerge sabiduría ortodoxa, respetuosos aplicadores de los principios de la hermenéutica y de la homilética… pero todas esas cosas se transforman en simples patrañas cuando el testimonio y la ética dejan mucho que desear.

Basta de líderes evangélicos que gustan de aparecer en televisión, sin entender que hacen “circo” con ellos, por el morbo que producen sus palabras y acciones. Es ofensivo que dichos sujetos moldeen una imagen de lo evangélico por el ruido supino de una voz que construye la idea que para ser cristiano o ir a la iglesia hay que sacarse el cerebro. 

Basta de líderes y actores evangélicos que tienen el poder económico para pagar reportajes en medios masivos de comunicación, con el afán de lavar su imagen pública a costa de sus congregaciones en las que alguna vez desarrollaron hermosas labores. 

Basta de líderes evangélicos que actúan con delirio de persecución cuando están frente al disenso, sobre todo, cuando nuestra mirada parcelada de la realidad es puesta en cuestión por actores creyentes y no creyentes. Para ello, debemos entender que la fe cristiana es una mirada de la realidad total, y que por ende, así como propone una visión respecto de la moral sexual, también propone que la ética debe estar ligada a la acción política huyendo de la lógica maquiavélica, y pone en la palestra el ejercicio de injusticia sistemático contra pobres-huérfanos-viudas-y-migrantes, denunciando los abusos contra el prójimo y el espacio habitado. ¡Basta de líderes que estupidizan y satanizan a los otros sin más argumento que la prepotencia que pone en cuestión la libertad de conciencia, actitud que en algún momento nos puede golpear en la cara y reducir efectivamente nuestras posibilidades de acción en el mundo!

Y, por supuesto, basta de congregaciones que pavimentan el camino a este tipo de liderazgos. Aquí no hay solamente falsos maestros, hay también, en las palabras de Pablo a Timoteo (2ª Timoteo 4:3,4), oyentes que dan rienda suelta a sus malos deseos y que gustan de escuchar las novelerías, mitos, innovaciones doctrinales y, por supuesto, las enseñanzas que sacien su banal necesidad. Este tipo de miembros de iglesias son los causantes de estos falsos líderes: en la lógica de una fe mercantilizada, ellos son consumidores de iglesia y de los beneficios que conlleva ocultar la verdad y legitimar a estos falsos dirigentes que quieren y, tristemente, se merecen. Las verdaderas víctimas acá son aquellas personas que trabajaron y dieron esforzadamente para la obra de Dios, y cuando lo oculto salió a la luz pudieron notar que en realidad fue para la solidificación de un patrimonio individual con aquello que éticamente no pertenecía a quienes redituaron con la fe.

Hoy más que nunca debemos poner la vista donde corresponde: en Cristo que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, lo que nos da esperanza en el momento crítico que vivimos, en el que parece que sólo nuestras miserias resaltan. Debemos buscar constituirnos en iglesias que anhelan ser renovadas por el Espíritu Santo y que se reforman continuamente a la luz de la Escritura. Debemos ser iglesias que dejan, con arrepentimiento y fe, toda la bazofia a la que le hemos dicho “¡basta!”, para ponernos a trabajar en lo que verdaderamente nos compete, a saber, que activa y armoniosamente sigamos extendiendo nuestra mano para arrojar la buena semilla del evangelio y para trabajar para la gloria de Dios en cada esfera de la vida. Si no lo hacemos, terminaremos construyendo iglesias a nuestra imagen y semejanza, espacios que no prevalecerán, pues no son “de Jesús la iglesia” y por eso “constante no ha de ser”. La iglesia que lleva nuestro apellido terminará como todo aquello que es vanidad. 

Luis Pino Moyano.


 

Publicado originalmente en Pensamiento Pentecostal.

Convertir la tragedia en oportunidad.

Escribo estas líneas sin un ápice de gozo. Fui pentecostal “a la chilena”, miembro en plena comunión por quince años de una iglesia fundada en 1966 en la comuna de Puente Alto (la Iglesia Pentecostal Naciente), que venía del tronco de una de las iglesias más tradicionales de ese mundo, la Iglesia Evangélica Pentecostal; y,  a pesar de mi alejamiento de dicha comunidad en el año 2009, mantengo mi aprecio y admiración por tantos hermanos y hermanas que han “peleado la buena batalla de la fe” y de quienes aprendí tanto desde la Palabra y la acción. Siendo hoy presbiteriano, he seguido teniendo la posibilidad de colaborar con algunas iglesias pentecostales en la predicación y la enseñanza, y he mantenido como uno de mis temas de estudio en la investigación y docencia en el área de la historia eclesiástica al pentecostalismo endógeno, cruzando tanto la mirada historiográfica y crítica con la deuda de amor a quienes sigo viendo como hermanos. Enuncio esto al comienzo de mi reflexión para que se sepa desde un comienzo que no estoy hablando desde una posición de superioridad teológica y/o moral. 

Es indudable que el hecho noticioso de Eduardo Durán, obispo de la Primera Iglesia Metodista Pentecostal, conocida en el mundo evangélico como “Jotabeche” ha copado los medios informativos, pasando desde el tono de “farándula” a la investigación acuciosa. El escandaloso mal uso de dineros que convierte al pastorado en “profesión lucrativa”, como las relaciones extramaritales sostenidas por él, han sido como un potente golpe en el estómago a la identidad evangélica del país. Los “canutos” chilenos a veces podíamos ser reconocidos como poco dados a la sociabilidad con no creyentes (el refugio de las masas, ¿se acuerdan?), y hasta con ciertos rasgos de intolerancia, pero muy pocas veces se dudaba de nuestra honestidad. Esa imagen del evangélico honrado, nuevamente, es minada por el testimonio pésimo de quienes no han entendido a Jesús diciendo que “la vida del hombre no depende de los muchos bienes que posea” (Lucas 12:15, RVC -como todas las citas en adelante). Estamos frente a una nueva muralla que nos aleja de las personas a la hora de compartir nuestra fe. Pedro lo señaló con toda claridad en su primera carta: “Que ninguno de ustedes sufra por ser homicida, ladrón o malhechor, ni por meterse en asuntos ajenos” (1ª Pedro 4:15). Cuando, en jerga futbolística, “dejamos la pelota dando botes frente al arco”, no podemos acusar persecución contra la fe cristiana. Hemos sido nosotros los que manchamos el evangelio de Cristo con nuestros actos. 

Por lo mismo, la mirada fraterna hacia el pentecostalismo, sea desde dentro de la iglesia en la que se enmarca el hecho convertido en noticia, como desde fuera de sus muros, no puede realizarse a modo de una lectura sentimental. Y aquí el principio paulino se transforma en clave de lectura: “Porque es preciso que haya disensiones entre ustedes, para que se vea claramente quiénes de ustedes son los que están aprobados” (1ª Corintios 11:19). La mirada que no disocia amor y verdad, no deja de dolerse ni de expresar cariño frente a una circunstancia tan adversa, pero a la vez tiene clara y rigurosa idea de lo que se vive: este hecho ocurrido al interior de Jotabeche nos enseña, una vez más, que la disensión en tanto contrariedad de propósito, es mala para la comunidad, pero misteriosa y realmente es prueba de la fe en Jesucristo, que señala el juicio de un Dios que no puede ser burlado, que da a cada uno lo que merece (Gálatas 6:7,8). Sin lugar a dudas, cuando caen los que tienen que caer, no podemos hacer otra cosa que mirar, con mucho temor y temblor, la mano providente de Dios en la historia. 

Frente a esto, más allá que hoy el obispo Durán esté sentado en el tribunal del “juicio social” frente a una “tan grande nube de testigos” (Hebreos 12:1), se hace pertinente que ese no sea nuestro punto focal principal. Porque nada, o muy poco, se soluciona con la salida del pastor de marras, si no se realizan tareas que lleven a que la iglesia supere históricamente el desafío de reformarse sin dividirse. Aquí, con toda claridad, el problema es tanto Durán como el sistema eclesiástico hecho a su imagen y semejanza a manera de un ídolo con pies de barro. Y como dice un himno clásico de avivamiento entonado tantas veces en la liturgia pentecostal, debemos orar y estar expectantes en la tarea que hace el Espíritu Santo cuando “Destruye el egoísmo, sí, / y quema todo mal / Ven vivificanos aquí / con fuego celestial”. Y como ocurre a lo largo de la Escritura, la oración que mira al Dios soberano es la que diseña nuestra agenda de trabajo, por lo que, hay mucho que hacer. Y este difícil momento exige acciones concretas para convertir esta tragedia en oportunidad. Propongo los siguientes elementos a tener en cuenta:

a. El caso del obispo Durán es el primero en salir a la palestra pública.

Cuando apareció en la escena pública el caso Karadima, hubo un intento inútil por pensar que esto era una excepción a la regla, inclusive, cuando había muchos “susurros” del terror y el ejercicio abusivo del poder con implicancias que caminan de lo sicológico a lo sexual. ¿Alguien imaginaba, con la salvedad de las víctimas, que Cristián Precht, reconocido por su defensa de los derechos humanos al alero de la Vicaría de la Solidaridad, y Renato Poblete, el sacerdote que tomó la posta de Alberto Hurtado en el Hogar de Cristo, estarían involucrados en este tipo de prácticas abusivas? Pero los periodistas siguieron investigando, y los tribunales civiles y la justicia eclesial hicieron su trabajo, y lo siguen realizando (no entraré, por ahora, en juicios de valor frente a lo ejecutado en algunas de estas instancias).

Nada peor que creerse curado de espanto con las acciones dolosas del obispo Durán, porque el ojo periodístico y el de los organismos fiscalizadores y de justicia ya penden sobre nosotros. Y acá no sacamos nada con realizar el ejercicio pedagógico de decir, “no somos de los mismos”, si eso no va acompañado de una ética preocupada por el testimonio. No vivimos para satisfacer el que dirán, porque Cristo es nuestro juez, pero al amar la gloria de Jesucristo sigamos sus palabras cuando nos pide a todos los creyentes “que la luz de ustedes alumbre delante de todos, para que todos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos” (Mateo 5:16). Si no nos hemos preocupado de salir de la oscuridad, procuremos arrepentirnos desde ya. Es lo primero que debemos hacer: acercarnos a Dios a sabiendas de nuestra vulnerabilidad y profunda necesidad de la gracia.

b. Se requiere una reforma en el entendimiento del liderazgo como en su ejercicio práctico. 

No deben existir más pastores que aparezcan diciendo al mundo y a viva voz “que quien me nombró acá como obispo a cargo de la congregación no fueron los hombres sino que fue Dios Todopoderoso”, cuando lo que merecen por sus acciones es la disciplina de la iglesia que confronta, sanciona y restaura. A su vez, cuando esos actos están reñidos con la legalidad, amerita que el organismo estatal competente aplique la sanción pertinente en justicia. Pero para que esas palabras vergonzosas y temerarias, porque culpan a Dios de algo que es propio de nuestros ejercicios responsables de la voluntad, no ocurran, debemos cambiar la percepción del liderazgo eclesiástico. 

Los ministros (¡palabra que significa SIERVOS!) del evangelio no son prohombres ni héroes ni “grandes hombres de Dios” ni menos parte de un clero (¡sacerdocio universal de los creyentes!), sino más bien miembros de la iglesia llamados a un oficio particular por Dios y su congregación, que son santos-pecadores que necesitan de la gracia de Dios y que su rol exige un alto compromiso y responsabilidad más que beneficios y suntuosidad. La congregación, por lo mismo, debe entender que los pastores no son “papitos” ni “generales de Dios” ni tampoco “modelos terminados” de los que se presupone su impecabilidad. Esa pastorlatría mata la iglesia y pervierte el pastorado y facilita prácticas autoritarias coercitivas o cooptativas, al modo del “palo y bizcocho” del sistema portaliano. Es esa pastorlatría junto con las heridas causadas a hermanos en la fe la que ha generado más migración de iglesias que la rebeldía a la autoridad, la lucha de poder, las convicciones teológicas o el ascenso del capital cultural de las bases de la pentecostalidad. 

Y en la práctica eso debe conllevar que los pastores deben ser entendidos como trabajadores de la iglesia, que deben desarrollar su labor de acompañamiento en visitas, conversaciones y consejerías; en la mentoría y capacitación de líderes y, por supuesto, en la elaboración de sermones, estudios bíblicos y materiales educativos para su comunidad, y que por ende debe rendir cuentas de dicho trabajo y ser evaluado por los mismos. Además, cuando sus actos ofenden y dañan al cuerpo de Cristo deben ser disciplinados según lo realizado: ¡no deben existir los intocables en la iglesia!

c. Se necesita entender que el problema no radica ni en el sistema de gobierno eclesial ni en los diezmos, sino en la manera en que se desarrolla la tarea financiera de la iglesia. 

Este problema no tiene que ver con el episcopalismo de la Primera Iglesia Metodista Pentecostal, puesto que cualquier sistema de gobierno eclesiástico puede ser conservado y ejercido en pureza espiritual, o corrompido y pervertido por nuestra pecaminosidad. Por tanto, urge que las iglesias cuenten con tesorerías descentralizadas (¡los diezmos de la iglesia no pueden ser manejados por una sola persona a su arbitrio, sea pastor o laico!), con regulación interna, información transparente, revisiones de cuenta y ejercicios de auditoría cuando surgen dudas respecto de su manejo. Todo esto requiere de la introducción de nuevos líderes y personas con habilidades y herramientas para una iglesia re-configurada. 

Sin negar la importancia del testimonio, y que cuando lo oculto sale a la luz produce reacciones de rechazo y enojo, debemos decir que la corrupción de ciertos líderes no debe obstaculizar nuestra lectura bíblica de los diezmos y/o de las ofrendas, porque los hechos no pueden confundirse con los principios. Por eso urge la transparencia y el ejercicio de la frugalidad en el liderazgo evangélico. 

Y como planteé en otro lugar, los papeles pueden decir mucho, pero acá el problema no sólo tiene que ver con la legalidad, cosa que a los creyentes nos debe importar, pero unido siempre a nociones éticas e inclusive estéticas: es ofensivo y grosero que en Chile un ministro del evangelio tenga ingresos millonarios, sobre todo cuando parte importante de su congregación trabaja esforzadamente para ganar poco más del mínimo y sostener durante un mes los avatares del presupuesto familiar. El pastor debe contar con un sueldo justo, que compense el trabajo y esfuerzo realizado, y que tenga nociones de generosidad y amor cristianos, ajustándose a la realidad socioeconómica de su iglesia, evitando así la ofensa a los pobres y que él mismo sea cooptado por líderes que cuenten con más recursos económicos.

d. Se requiere desarrollar un trabajo político consistente, es decir, no uno por la mera búsqueda de cuotas de poder. 

No es necesario aplicar una “hermenéutica de la sospecha” para pensar que mucho del interés concitado por Eduardo Durán responde a los incidentes ocurridos en el Servicio de Acción de Gracias del 2017 (conocido popularmente como “Te Deum Evangélico”), que si bien es cierto no rompió con la tradición original vivida desde 1975, aquella que convierte el púlpito en una plataforma de la política chica, de la panfletería, la lisonja, y en algunos casos, de la ordinariez, de una u otra manera generó un efecto performático mayor. Tanto el discurso de candidatura del hoy diputado Eduardo Durán Salinas, como la “oración” del pastor Lino Hormachea, que no estaban estipuladas en la planificación original, como las salidas de libreto del operador político Patricio Moya al dirigir la liturgia, fueron planificados por la red del obispo Durán para incomodar, lo que fue azuzado por parte de la congregación presente con los aplausos a los candidatos opositores a la expresidenta Bachelet, y los gritos de “¡asesina!” por la aprobación de la ley de aborto en tres causales. Nunca antes un alto dignatario de la república había salido arrancando del lugar. Y se puede argüir que lo que se estaba diciendo allí era la verdad, pero tanto el contenido como la forma estuvieron lejos de ser una protesta profética, que también podría producir rechazo o incomodidad, pero que nadie podría aducir como práctica alejada de la ética cristiana ante la disociación verdad/amor. 

El sentido común hace pensar a la prensa como “opinión pública”, cuando en realidad siempre es opinión privada con incidencia en el espacio público, y en ese sentido, su práctica investigativa nunca rehuye su subjetividad política ni la línea editorial de un grupo que sigue lógicas de red, y que alcanza a personas que ejercen poder en el país. Hubo un momento muy álgido de investigaciones periodísticas, acompañadas por acciones judiciales o de auditoría en organismos estatales, entre diciembre de 2018 y febrero de 2019 hacia las realizaciones de Durán que podrían haber tenido su germen en una suerte de “vendetta” por lo ocurrido en el Te Deum, como muchos evangélicos, inclusive lejanos a la figura del obispo metodista pentecostal, pensaron. El gran problema de ese análisis, es que parafraseando a la Escritura, los periodistas que buscaron, hallaron; y lo que encontraron fue un patrimonio excesivo para la figura de un pastor que daba cuenta de un usufructo económico feroz, junto con la relación extramarital con dos mujeres en distinta temporalidad. Es más, es sumamente decidor, que sea el mismo discurso pro-familia esbozado por Durán el que termina por llevarlo al juicio social que hoy vive: no fue la cantidad de dinero ni su consumo conspicuo el que llevó a la demanda de renuncia al obispado y a su rol de pastor por parte importante de la membresía de Jotabeche (cosa que nos debería preocupar), sino su moralidad. Y a diferencia de lo que algunos analistas fuera del mundo evangélico aducen, más que la pulsión por una moral evangélica respecto de la sexualidad humana, lo que aquí pesa más es la inconsistencia entre lo que se dice y lo que se hace. Piensen ustedes lo terrible que debe ser para alguien que escucha que la familia es la base de la sociedad (no Cristo, la roca inconmovible), que el emisor de dicho mensaje hable pésimo de su esposa en público y que desde la autojusticia y victimización presente la cantidad de tiempo en que ha adulterado la relación matrimonial que la Biblia enseña. 

La política, como muchas cosas en la vida es sin llorar. Y aquí algunas élites evangélicas han tenido, por medio de la configuración de algunas redes con actores de la clase política civil, la ilusión de que acceden al poder político, “conquistando espacios de influencia”, sin ser parte de aquello que el historiador liberal Alberto Edwards denominó “la fronda aristocrática”, lo que se releva en que sus hijos no estudian en los mismos colegios, no participan en los mismos clubes, no vacacionan en los mismos balnearios, no tienen la misma estabilidad laboral, no influyen ni en la política con mayúscula ni en la economía ni en la academia ni en la cultura. Todo eso es parte de un globo que debe ser pinchado: el de la fiestita politiquera de un cosmos que aparece inasible. 

Por ello, es que los pastores debieran dejar de aspirar a ser representantes de “la” iglesia evangélica, una entelequia que no sólo algunos periodistas precisan derruir, sino que algunos líderes anhelan para tener un boato que no les pertenece, y dedicarse al trabajo al que Dios les llamó (si es que eso en verdad ocurrió) y cumplir su rol de capacitar a la comunidad para su tarea misional en la iglesia y el mundo. Además, el amplio mundo evangélico requiere entender que su mirada no debe totalizar una parcela de la vida, sea esta la de la moral sexual o la de la justicia social, sino que debe trabajar para que, desde una teología bíblica, se aprehenda y solidifique la cosmovisión cristiana que permite entender y dar sentido a la vida desde una perspectiva que vive bajo la soberanía de Dios.

Ocupé en el título el concepto de tragedia consciente de su origen que alude a una obra dramática cuyo nudo argumental trama una lógica marcada por el sufrimiento, el dolor y la muerte. Cuando en la antigua Grecia se observaba una tragedia, se sabía que casi con toda seguridad el personaje principal de la obra iba a morir. Por ende, la motivación a ver un espectáculo de esa índole radicaba en conocer el comportamiento que dicho sujeto tendría (debo esta idea a Alfredo Jocelyn-Holt en su libro “El Chile perplejo: del avanzar sin transar al transar sin parar). Hoy estamos ante una tragedia frente a la cual, si sólo se toman acciones remediales superficiales, podría constituirse en la “crónica de una muerte anunciada” (no de la Iglesia, pero sí de algunas iglesias). Por eso, quienes amamos al pentecostalismo chileno anhelamos que la hermandad de las iglesias aludidas y por aludir se comporte a la altura de esta circunstancia. Oramos para ello. Pues hoy, como ayer, seremos conocidos por nuestros frutos. 

Luis Pino Moyano.

Del oficio pastoral a la profesión burguesa.

A todos los pastores que con la ayuda del Señor  y con mucho esfuerzo han ejercido dignamente su oficio,  no han corrompido su vocación,  y se han mantenido leales a la fe que la Escritura fundamenta. Dios siga siendo glorificado en su obra. 

Voy a comenzar mi reflexión asentando algunas premisas: a) si bien es cierto, son de público conocimiento los casos en los que pastores han hecho un uso fraudulento de su oficio eclesiástico, haciendo un aprovechamiento de la labor para convertir al pastorado en una actividad lucrativa, no es menos real que esos casos son una minoría en la realidad de las iglesias del país; b) creo firmemente que el pastorado a tiempo completo es la forma ideal para el desarrollo de dicha labor, con todo lo que ella implica: acompañamiento en visitas, conversaciones y consejerías; en la mentoría y capacitación de líderes y, por supuesto, en la elaboración de sermones, estudios bíblicos y materiales educativos para su comunidad; c) pertenezco a una iglesia, que dentro de su sistema de gobierno, nos previene también de la pecaminosidad de todos los miembros del cuerpo de Cristo, por lo cual, nuestros líderes siempre tienen a alguien a quién rendir cuentas, y por otro lado, como todos, también son susceptibles de disciplina eclesiástica: en la iglesia no hay intocables; y d) escribo estas líneas a sabiendas de mi condición de candidato al sagrado ministerio de la iglesia a la que pertenezco, por ende, lo hago con mucho respeto de quienes me anteceden en esa carrera y de los cuales puedo testimoniar con admiración sus esfuerzos y dedicación en el trabajo de cuidar de la “grey de Dios”. 

Cuando ocurrió la Reforma Protestante del siglo XVI, sus líderes propugnaron la idea de no estar alejados del pueblo de Dios bajo lógicas jerárquicas, pues el oficio pastoral es un trabajo y no una dignidad especial, lo que llegó a expresarse inclusive en cuestiones estéticas, con el remplazo de las pomposas vestimentas del clero romano, por la sobria toga de los profesores: es decir, se quiso señalar con toda claridad que los pastores son ministros de la Palabra, personas cuya labor principal es enseñar de manera fiel, profunda y clara los contenidos de la Palabra de Dios. 

Y si bien es cierto, el poder no es malo en sí mismo, claramente su mal uso ha conllevado a que sujetos se corrompan, y perviertan el oficio pastoral con prácticas abusivas, con liderazgos autocráticos, y con enriquecimiento inmoral. Ese ejemplo de perversión puede entenderse en la elocuente comparación que hizo el pastor Oscar Pereira, cuando señalando a los líderes nacionales del pentecostalismo chileno en los albores del s. XX, y cómo éstos estilos de pastorado marcaron a sus dos principales denominaciones (a saber, la Iglesia Evangélica Pentecostal y la Iglesia Metodista Pentecostal), dijo: “a [Víctor] Pávez [, primer pastor pentecostal chileno] se le obedecía a Biblia abierta y mirándolo de frente, pero al Obispo [Manuel] Umaña se le llegó a obedecer a Biblia cerrada y mirándolo hacia arriba” [1]. Es decir, este grave problema tiene como raíz el acto de cerrar la Biblia lo que pavimenta el camino para una incomprensión del liderazgo cristiano. 

Mi intención es centrarme en el problema del aburguesamiento del ministerio pastoral: en otras palabras, en el desvío que olvida que éste es un oficio respetable y que, por ello, no requiere de profesionalización ni de recursos exuberantes ni mal habidos como para elevarlo de estatus. 

Si nosotros vamos a la Biblia, notaremos en ella que la tarea de pastorear la iglesia es presentada como un trabajo arduo, que se manifiesta en la guía por medio de la enseñanza y la amonestación (1ª Tesalonicenses 5:12,13), que entre sus labores está el dirigir bien los asuntos de la comunidad y la dedicación a la predicación y la enseñanza de la Palabra (1ª Timoteo 5:17), y que todo su rol les hace responsables ante Dios, a quien un día tendrán que rendir cuentas (Hebreos 13:17). Por ello, la iglesia debe sostenerlos económicamente y buscar un compañerismo espiritual con ellos, entendiendo el principio paulino que señala que “El que recibe instrucción en la palabra de Dios, comparta todo lo bueno con quien le enseña” (Gálatas 6:6, el destacado es mío). Por otro lado, la cita ya señalada de la carta a los hermanos de Tesalónica dice que debe haber consideración hacia ellos, se les debe amar y tener en alta estima. El autor desconocido de la carta a los Hebreos dirá en el texto ya citado que los líderes que se sujetan a la Palabra (autoridad derivada y relativa) deben ser obedecidos por la congregación. Y, para coronar la idea, el apóstol Pablo señala a su hijo espiritual Timoteo (también en el versículo citado con antelación), que los presbíteros que cumplen bien su labor pastoral, sobre todo aquellos que se dedican a la proclamación de la Palabra, deben ser dignificados con doble honor, lo que ha dado pie a que algunos estudiosos de la Biblia señalen dos ideas: a) si bien es cierto, no podemos afirmar a cabalidad un sistema homogéneo de gobierno en la iglesia primitiva, ya es posible ver una dedicación exclusiva a una labor por parte de algunos presbíteros; y b) que el concepto de “doble honor” podría apelar a un “honorario”, es decir, a una paga. Tanto es así que el mismo apóstol Pablo, quien desarrolló un ministerio que hoy llamaríamos bi-vocacional (Hechos 20:34,35; 1ª Corintios 9:12) y que inspiró a una corriente de misión llamada “los constructores de tiendas”, fue muy explícito en señalar que quienes trabajan exclusivamente en la obra deben ser sostenidos por la comunidad (1ª Corintios 9:1-14), puesto que el que trabaja es digno de su salario (1ª Timoteo 5:17,18). Los casos no constituyen la regla: ¡no debemos olvidarnos de cuáles son nuestros deberes!

Pero la misma Palabra de Dios es muy clara respecto a que los líderes no deben ser “amigos del dinero” (1ª Timoteo 3:3), no deben codiciar ganancias mal habidas y que su servicio al Príncipe de los Pastores no debe estar motivado “por ambición de dinero, sino con afán de servir, como Dios quiere” (1ª Pedro 5:2). Enredarse en los negocios de la vida es una traición al Señor que llamó a un ministro para ser siervo de Dios y de la iglesia, es la conservación de la vida cuando Dios pide morir (2ª Timoteo 2:4,11-13). Y aquí, nuevamente, es preciso decir que el problema no está ni en el dinero ni en el salario, sino en la codicia. Y la codicia no se mide cuantitativamente ni requiere de calculadora, porque tiene que ver con una posición del corazón que en vez de poner la vista en Dios la coloca en el dinero, convirtiendo algo que es una bendición en un objeto idolátrico. Y cuando eso se olvida, no se tiene en cuenta la mancha y el obstáculo que se pone al evangelio de Jesucristo. Por eso he ocupado la idea de profesión burguesa, puesto que la palabra “burgués” es definida por la RAE en sus quinta y sexta acepción como: “ciudadano de la clase media acomodada. / Persona de mentalidad conservadora que procura la estabilidad económica y social” [2]. Es cuando ese deseo gobierna el corazón que las palabras de Jesús deben resonar: “Manténganse atentos y cuídense de toda avaricia, porque la vida del hombre no depende de los muchos bienes que posea” (Lucas 12:15, RVC).

Llevemos este asunto a cuestiones muy prácticas:

· Es facilitador de la conversión del oficio pastoral en profesión burguesa: a) la espiritualización que conduce a mirar a los ministros del evangelio como prohombres, “grandes siervos de Dios”, y no como santos-pecadores que requieren de la gracia de Dios tanto como todos los miembros de la iglesia [3]; b) remuneraciones exhorbitantes en relación a la realidad económica del país; c) redes de poder eclesiástico donde iglesias son usadas para proyectos personalistas o de facciones partidarias, algunas tristemente con características de mafia, o como “trampolín” para iglesias “más grandes y lucrativas” (téngase en cuenta el uso de las comillas); d) el olvido que pone una pesada carga en los seminarios y en los candidatos al ministerio, imposible de ser sobrellevada: la graduación de estudios teológicos no implica necesariamente ordenación, pues la preparación para el ministerio pastoral se lleva a cabo prioritariamente en la iglesia local y son los presbiterios y/o denominaciones (dependiendo del caso) quienes ordenan pastores; y e) pensar que esto sólo es un mal de iglesias de gobierno episcopal o de aquellas que tienden a la Teología de la Prosperidad: todo sistema de gobierno eclesiástico puede ser conservado en pureza o corrompido y pervertido. 

· Es perentorio que las iglesias cuenten con tesorerías descentralizadas (¡los diezmos de la iglesia no pueden ser manejados por una sola persona a su arbitrio, sea pastor o laico!), con regulación interna, información transparente, revisiones de cuenta y ejercicios de auditoría cuando surgen dudas respecto de su manejo. Esto debe sumarse a una comprensión del gobierno eclesiástico que evite el autoritarismo pastoral y la cooptación de los miembros. En este punto es pertinente decir, que no todas las personas son víctimas de estos sistemas, pues algunos lo sostienen con apologías a ellos, con ocultamiento de la verdad y/o con anhelos de alguna cuota de poder eclesiástico a modo de “chorreo”. Víctimas son aquellos que a pesar de ser muy pobres juntaron peso a peso, se sacaron literalmente el pan de la boca, hicieron empanadas, pescado frito, sándwiches de múltiples sabores y cuantas delicias puedan imaginar para juntar fondos. Víctimas son los hermanos obreros de la construcción que trabajaban de día para ellos y sus familias, y de noche y en fin de semana levantaban templos a lo largo del país. Todos ellos son víctimas cuando lo oculto sale a la luz, y aquello que fue hecho para la obra de Dios aparece como patrimonio de un particular, que hace usufructo de lo que no le pertenece éticamente. 

· A propósito de lo último, los papeles pueden decir mucho. Pero acá el problema no sólo tiene que ver con la legalidad, cosa que a los creyentes nos debe importar, pero unido siempre a nociones éticas e inclusive estéticas: es ofensivo y grosero que en Chile un ministro del evangelio gane una millonada, sobre todo cuando parte importante de su congregación se saca la mugre para ganar poco más del mínimo y sostener durante un mes los avatares del presupuesto familiar. 

· Con esto, no estoy proponiendo que un pastor deba tener un mal pasar. Siempre he creído, que como trabajadores dignos de un salario, y cuando es posible, deben tener una buena situación económica que se traduce en una remuneración justa de la iglesia (paridad entre trabajo y paga), que cumple los deberes legales de imposiciones para salud y una futura pensión, junto con todo el cariño y afecto que pueden expresar los hermanos (a propósito de Gálatas 6:6). Los tiempos de ocio con la familia y los amigos deben ser respetados por la congregación. En este punto, y producto de nuestra segregación social y geográfica, no sostengo un igualitarismo en el salario, sino más bien que el sueldo del pastor debe ajustarse a la realidad socioeconómica de su congregación, evitando ofender a los pobres y dar mal testimonio a la sociedad secular, y a la vez, buscando poner coto a la cooptación de otros líderes que lo pueden transformar, perdonando lo coloquial, en “el junior administrativo de la iglesia”.

· Creo firmemente que, más allá de la realidad del tiempo efectivo de trabajo del pastor para la iglesia, sea completo o parcial, éste debe tener a lo menos un oficio, que le permita autosustentarse, pues su llamado a la misión no debe estar supeditado a variables económicas. Esto, por varias razones: a) la imposibilidad de regular a cabalidad los tiempos de trabajo de los pastores (muchos pueden testificar de jornadas de trabajo que terminan a altas horas de la noche, inclusive, en la madrugada), podría generar una tentación a la ociosidad que podría ser paliada con disciplina basados en una ética bíblica del trabajo, y en esa disciplina, la experiencia claramente ayuda; b) si bien es cierto, hemos dicho que el ideal del trabajo pastoral se da en su expresión a tiempo completo, tenemos que tener claro que esa no es la realidad de todas las congregaciones, por ende, limitar el llamado pastoral por la imposibilidad de asegurar en principio un sueldo tal, a lo menos podría adolecer de carencia de prudencia y realismo (he ahí el riesgo de la satanización del ministerio bi-vocacional); c) los pastores, al ser susceptibles de disciplina eclesiástica, o por ciertas realidades ajenas a él mismo y que implican fracasos temporales en el ministerio, en algunas ocasiones se encontrarán compelidos a una “reinvención laboral”, lo que se facilita con habilidades y herramientas de trabajo adquiridas y entrenadas con antelación al oficio pastoral. 

Cierro con esta cita de Richard Baxter en una de las obras clásicas sobre el ministerio pastoral: “¡Te atreves a hacerte llamar pastor, pero las almas son tan viles a tus ojos que prefieres que perezcan eternamente en lugar de que tú y tu familia vivan de manera humilde! Mejor que pidas limosna antes de arriesgar la salvación de los demás por una desventaja” [4].

Luis Pino Moyano. 

 


 

[1] Oscar Pereira. Presencia y arraigo protestante evangélico en Chile 1845-1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2016.

[2] Sitio web de la Real Academia Española. http://dle.rae.es/?id=6J2MtbE (consulta: abril de 2019).

[3] Para un tratamiento profundo de esa idea, véase: Paul Tripp. El llamamiento peligroso. Graham, Publicaciones Faro de Gracia, 2012. 

[4] Richard Baxter. El pastor renovado. Edimburgo, El Estandarte de la Verdad, 2009, p. 78. Hay una edición resumida en la web: http://www.iglesiareformada.com/Baxter_el_pastor_reformado.pdf (Consulta: abril de 2019). 

La Reforma Protestante desde hoy.

“Acuérdense de sus dirigentes, que les comunicaron la palabra de Dios. Consideren cuál fue el resultado de su estilo de vida, e imiten su fe” (Hebreos 13:7).

El autor desconocido de la carta a los Hebreos nos presenta en tres verbos la tarea de pensar la historia de la iglesia: acuérdense, consideren e imiten. Somos llamados a no olvidar a quienes nos enseñaron la Palabra, a evaluar desde el evangelio y con juicio crítico la práctica de nuestros antecesores, para que de ese análisis saquemos a cuenta qué elementos rescatar y conservar, y cuáles cambiar.

Octubre es un mes que nos lleva a recordar la Reforma Protestante. Si bien, Lutero, cuando escribió sus 95 tesis (algo así como los tweets de hoy, que buscan provocar ideas a discutir), no estaba pensando separarse de Roma, y que fue llevado a eso luego de su excomunión, si podemos encontrar en dicho texto el germen del cambio que se vendría.

Por ello, este mes nos proporciona un tiempo especial para el recuerdo. Las instancias deben aprovecharse. Y nunca está de más recordar a Martín Lutero, Ulrico Zwinglio, Juan Calvino, John Knox entre otros. Ellos fueron parte de los dirigentes que en el pasado nos comunicaron la Palabra de Dios. Y en dicha comunicación nos enseñaron de la centralidad y suficiencia de Cristo, de la salvación por pura gracia, de la justificación por la fe, de que nuestra doctrina y práctica está sustentada sólo en la Palabra y en toda ella. Nos enseñaron también que hemos sido hechos libres para amar y servir, que la iglesia reformada debe siempre reformarse a la luz de la Palabra y que sólo Dios debe ser glorificado en todo y por todos. Esa enseñanza conllevó una práctica: una vida que descansa en Cristo y sus méritos, que no es coaccionada por una jerarquía que dice cosas fuera de la Palabra y que vive para la gloria de Dios, proclamando la fe. Todos los reformadores, más allá de sus humanas limitaciones, fueron incansables predicadores de la verdad y no consideraron como valiosas sus vidas, pues lo realmente valioso era el evangelio y que el Reino de Dios fuese propagado.

¿Qué tenemos que imitar? Todas las enseñanzas relevantes de la Reforma del siglo XVI tuvieron un punto en común. No fueron innovaciones, no fueron descubrimientos ni inventos, como sí lo era, por ejemplo, la predicación de las indulgencias. El mayor mérito de la Reforma Protestante es su falta de originalidad. Lo que los reformadores hicieron, y lo que nosotros debemos seguir haciendo, es ir a la Escritura, y recoger de allí lo que creemos, pensamos y vivimos. Lo que debemos imitar es el reconocimiento del alto valor que tiene la Palabra revelada de Dios, inspirada por el Espíritu, leída en comunidad y en nuestro idioma con la ayuda del Espíritu Santo. Tener la Palabra como centro y base es más que una declaración doctrinal. Es un estilo de vida. Era el estilo de los reformadores. Dios nos ayude.

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín del mes de octubre de 2016 de la Iglesia Refugio de Gracia.

Los evangélicos y los derechos humanos en el contexto dictatorial chileno. Reflexiones para el presente.

* La fotografía corresponde al Te Deum Ecuménico del año 1971, y ella muestra, entre otros, al pastor luterano Helmut Frenz, figura clave en la defensa de los derechos humanos en Chile.

Luis Pino Moyano[1].

           En muchos contextos eclesiales sigue siendo considerado algo impropio, que tiene relación con un mundo alejado de Dios. Tanto es así, que el acercamiento a lo político se realiza, regularmente, de manera reactiva y en torno a ejes valóricos, carentes de discusión teórica y con pocos alcances proyectivos de mediano y largo plazo. Entonces, espacios como éste y que se vienen dando en los últimos años, en los que se puede hablar de política con honestidad y sin paranoia, se agradecen.

            Por otro lado, quisiera señalar algunos elementos relacionados con el contexto de enunciación de mi reflexión y su finalidad:

  • Si bien es cierto, se me ha invitado en mi condición de trabajador de la disciplina historiográfica, y más allá de ocupar las herramientas de análisis que provienen de ella y de otras ciencias sociales, mi reflexión no procede centralmente de allí. Lo que estoy haciendo en este momento no es el mero “ejercicio intelectual” al que ciertos sujetos quisieron referir respecto de esta instancia. Hoy día estoy hablando como evangélico, desde mi acervo presbiteriano, por lo que el perfil de esta reflexión es sobre todo eclesiológica.
  • Y es allí donde está la finalidad de mi comunicación: pensar el pasado reciente del amplio y polifónico mundo evangélico chileno en el contexto dictatorial, su relación con dicho régimen y su acercamiento al tema de los derechos humanos, como insumo para la acción del presente de nuestras iglesias y de las distintas organizaciones que emanan del trabajo de cristianos esparcidos por el mundo. Esto lo haremos a partir de ejes teóricos y de acción que esbozaré a continuación.

            La relación con el poder político[2].

            Las relaciones con el poder político se desarrollaron desde dos perspectivas: del apoyo al régimen dictatorial y desde su crítica contracultural. Estos acercamientos manifestaron algunos elementos comunes. Uno de ellos es el ejercicio periférico de un grupo minoritario de la sociedad, que aspiraba a una influencia más protagónica en el espacio público. Esto tiene un aspecto muy loable, pues como diría Juan Sepúlveda, “Lo que estas tendencias tuvieron en común es que ambas se sintieron comprometidas, de un modo u otro, con la realidad presente y futura del país. La imagen de un pueblo evangélico marginado y ajeno a la realidad del país había comenzado a quedar atrás”[3]. A su vez, otro elemento común dice relación con que dichas acciones fueron desarrolladas por cuadros pastorales, en otras palabras, por élites eclesiásticas. Esto requiere ser relevado cuando estamos hablando de relaciones con el poder político, toda vez que micropoderes eclesiales son los que se hacen cargo de la discusión y la acción política.

            En este ítem me referiré solo al grupo político-eclesiástico que se dio en el sector conservador, articulado en el “Consejo de Pastores”. Dicho sector apoyó abiertamente al régimen dictatorial encabezado por Augusto Pinochet. Esto lo hizo, pues ya desde la década de los cincuenta del siglo XX, por influencia norteamericana, sobre todo del sector fundamentalista ligado a la derecha religiosa estadounidense, que le hizo barajar un discurso anticomunista, aparentemente apolítico, que ponía la vista solo en “las cosas del cielo”. Dicho sector resemantizó de manera evangélica el discurso mesiánico de la dictadura. Fue tanta su cercanía que desde ahí data la confusión mediática de hablar de “la” iglesia evangélica, pues esta era aquella que podía participar de instancias públicas. La creación posterior del Centro Evangélico Nacional Coordinador de Actividades, CENCA, trajo reconocimiento oficial, instalación de oficinas, mediación exclusiva y excluyente con el gobierno, y hasta un Servicio de Acción de Gracias para alabar a Dios y lisonjear al “príncipe”. Por si es que lo olvidamos: estamos hablando de la época dictatorial, para que no nos confundamos (cualquier similitud con hechos recientes es más que una coincidencia). Todo esto fue acompañado de financiamiento estatal para el desarrollo de actividades “evangelizadoras” por los famosos ministros Yiye Ávila, Richard Wurmbrand y Jimmy Swaggart, quienes en sus prédicas favorecieron las tareas del régimen de facto.

            Lo que no entendieron estos hermanos, embobados por una dosis de cercanía con el poder nunca antes vista desde el mundo evangélico, es que el realismo político implica altas dosis de asociatividad en redes de verdad, y no en aquellas en las que hay simplemente un tratamiento protocolar. La dictadura militar chilena se vio favorecida por un sector que la legitimó bíblicamente, que vio en su tarea de reconstrucción nacional una obra del mismo Dios, mientras el catolicismo romano institucionalmente refería una crítica sistemática y una lucha sobre todo en el plano judicial, en pos de la defensa de los derechos humanos universales. Este acercamiento a la dictadura, en palabras de Evguenia Fediakova, simbolizó para el mundo evangélico las expectativas de elevar su estatus dentro de la sociedad y obtener el mismo reconocimiento público, político y judicial que tenía la Iglesia Católica[4], de lo cual no se obtuvo resultados consistentes. Como señalaría Mariano Ávila: “La relación del Consejo de Pastores con la dictadura militar tuvo una evolución que fue desde una ‘luna de miel’ placentera y complaciente, hasta una ‘vida marital’ en la que la dictadura fue cada vez más dominante, y a la vez fue abandonando y menospreciando al liderazgo evangélico leal a su proyecto”[5]. La metáfora es decidora. La relación con estos pastores se dio desde el uso útil. Eso, en jerga coloquial política se llama tener “tontos útiles”. Y lamentablemente, muchos líderes evangélicos aún no han aprendido eso, pues siguen con el globo de la inocencia política muy inflado, siendo útiles para tal o cual sector de la política nacional. Ojalá algún día se les reviente. Oremos y trabajemos para ello.

            La finalidad de nuestros actos litúrgicos.

            Ya mencionamos el Servicio de Acción de Gracias, inaugurado en septiembre de 1975[6], que vino a tensionar la acción religiosa en el espacio público, toda vez que desde 1970 el Te Deum realizado en la Catedral de Santiago tenía el carácter de ecuménico. ¿Pero cuál es la finalidad de este servicio? ¿Alabar a Dios con todo nuestro ser y escuchar la predicación fiel de la Escritura; o, en su defecto, realizar una performance religiosa ante autoridades que vienen con sus trajes de gala a nuestra celebración cúltica? O para no ser acusado de maniqueo, ¿un poco de ambas? Aquí me parece pertinente responder con las preguntas planteadas por Juan Stam en uno de sus libros: “¿Qué pensar cuando se invita al general Pinochet, denunciado por muchos organismos internacionales por su comprobada tortura de presos políticos, a participar oficialmente en la dedicación solemne de un gigantesco templo protestante en Chile? ¿Qué pensar cuando líderes protestantes elogian desde el púlpito y por radio a dictadores (porque defienden los intereses religiosos), les presentan una Biblia y un homenaje, sin exhortarles en nombre del Señor por las injusticias que se cometen a diario?”[7]. Ojalá llegue el día en que en esos espacios se exhorte a la práctica de la justicia y el derecho, basados en la Escritura, a quienes son autoridad. Con respeto, obediencia y honor, pero recordando que todo eso es relativo y derivado de y por Dios. Pues si Dios es el Dios de la vida, en contextos de sombra o de muerte nuestras liturgias no pueden adecuarse al estado de cosas. La celebración esperanzada en Dios es de por sí contracultural y subversiva.

            La lectura y proclamación profética de la Palabra de Dios.

            Voy a colocar tres ejemplos, uno individual y dos colectivos. El primero es el caso del pastor Helmut Frenz, quien el 23 de septiembre de 1973, es decir, el segundo domingo del golpe militar se atrevió a señalar en su sermón, ante un auditorio feliz por la intervención militar, lo siguiente con gran fuerza profética: “Tomemos a Jesucristo como modelo y no al socialismo –tampoco al capitalismo- ni a algún sistema de ideologías, sino que sólo y únicamente a Jesús. Él es el Señor y nosotros le obedecemos. Estoy preparado, amigos, a poner en juego mi reputación, porque me vayan a señalar como colaborador de la izquierda porque nuevamente debo abogar por los perseguidos y oprimidos. Pero no se trata de eso. Jesucristo nos exhorta a ser colaboradores de la humanidad. No debemos esquivar esta invitación. Se solicita nuestro testimonio poniéndonos a disposición de aquellos a quienes nadie quiere ayudar. ‘Busquen primero el reino de Dios y su justicia, así recibirán también todo’. Amén”[8]. Frenz tenía muy claro cuál era el objetivo de la lucha que debía darse. Más allá de los errores que puedan reconocerse o achacarse al gobierno de Allende y a su coalición, la Unidad Popular, nada, absolutamente nada, puede justificar los horrores que el régimen dictatorial. Tampoco una lectura exitista y cuestionable en clave económica puede obnubilar nuestra mirada de ellos. Años después el pastor luterano diría: “La expresión ‘violación de los derechos humanos‘ es una formulación eufemística y apaciguante. En realidad se trata de crímenes gravísimos, cometidos en nombre del Estado y con su autorización: detenciones arbitrarias, deportaciones y desaparición de personas, tortura y asesinato por orden del Estado. Quien siendo conocedor de estos crímenes, calla, se hace cómplice[9]. Aquí no estamos, entonces, frente a un simple luchador por los derechos humanos, sino a uno que trabajó contra el terrorismo del estado y todo su aparataje criminal. En dicho contexto él no vio a quienes sufrían los rigores de la dictadura simplemente como “víctimas” sino como “represaliados” por querer concretizar un proyecto histórico.

            Otro ejemplo, es el de la “Carta Abierta” a Pinochet, del 29 de agosto de 1986, el que era considerado por muchos como el “año decisivo” en la lucha contra el régimen. Este documento se trabajó a instancias de la “Confraternidad Cristiana de Iglesias” y tiene un alto perfil bíblico y aterrizado a la realidad concreta de los sectores en los que el mundo evangélico desarrollaba su tarea con mayor fuerza: en las poblaciones de extracción popular. Se acusa esta situación escandalosa, en lenguaje bíblico, que atenta contra la voluntad de Dios, pues se pone en riesgo la vida de personas indefensas e impotentes frente a un régimen que no ha dudado en usar la violencia para sostenerse, con un poder de fuego desigual frente a civiles. Luego de poner en la palestra todo esto, el llamado al gobierno presidido por Pinochet fue el siguiente: “En consecuencia, hacemos un responsable, firme y urgente llamado al Gobierno que Ud. preside, a realizar un acto de desprendimiento y amor por el país, dando curso inmediato a un proceso de transición democrática que el propio pueblo de Chile determine a través de sus variadas organizaciones. / De no escuchar éste y muchos otros llamados, su Gobierno, y en esa medida, las instituciones armadas se están haciendo responsables ante el creciente clima de guerra que tendrá imprevisibles consecuencias para el país, y acreedores del juicio de Dios por la sangre derramada”[10]. Esto es hablar con claridad a un gobierno. Pueden cuestionarse múltiples cosas de quienes desarrollaron la iniciativa, pero, con suma claridad el documento aterriza lo que la Biblia enseña con suma claridad: que la paz siempre es antecedida por la justicia (Isaías 32:17).

            El otro es el antiejemplo: pastores que a nombre de sus congregaciones, y sin ninguna crisis de representatividad, firmaron declaraciones de apoyo a la dictadura, señalando que las violaciones a los Derechos Humanos eran invención del comunismo internacional. El “gobierno militar” y su “pronunciamiento”, para estos sujetos, era una respuesta a las oraciones a Dios[11].Dichos líderes evangélicos no sólo no anunciaron el evangelio, sino que pregonaron la legitimidad de la mano dura militar de manera herética, constantiniana y parcial, como habría señalado el pastor bautista Óscar Pereira. Cuando nos acercamos a esta realidad vergonzosa, esa de arrogarse la voz del pueblo evangélico, como si este pueblo fuese unívoco y homogéneo, además de la corrupción del mensaje profético, nos acercamos a un pasado que, entonces, no está tan pasado y que además pesa. ¡Basta de líderes evangélicos a los que se les debe mirar hacia arriba y con la Biblia cerrada! Como diría Humberto Lagos: “La historia reciente en estos ámbitos nacionales reclama procesos autorreflexivos y de contrición de aquellos que a veces, por ignorancia, desinformación u opciones ideológicas contradichas con los valores cristianos, fueron conniventes ideológicamente con el ‘mal’ -con la mentira- y colaboraron con gobiernos de facto cuyas conductas represivas lesionaron gravemente a miles de personas en su dignidad de creaturas originadas en el Dios de la vida”[12].

            El entendimiento de las relaciones ecuménicas.

            Sin lugar a dudas, una de las oportunidades que abrió el régimen dictatorial fue la de juntarse. Instancias, además de las mencionadas con antelación, tales como la “Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas”, FASIC, y el “Servicio Evangélico para el Desarrollo”, SEPADE, realizaron tareas de suma importancia en pro de la defensa de los derechos humanos, el rescate de la memoria y el pensamiento cristiano. Pero sin lugar a dudas, el Comité de Cooperación para la Paz de Chile (o Comité Pro Paz), sea quizá el más relevante, por lo que significó. Mucho antes de que la Iglesia Católica a nivel institucional desarrollara una crítica al régimen, y a menos de un mes del mismo, el 6 de octubre de 1973, se formó esta instancia que desarrolló la defensa de los acusados en los “Consejos de Guerra”. Vale decir, más que la defensa de los derechos humanos de estos sujetos, se trataba de la defensa de militantes, sin vaciar de sentido a los sujetos, cosa que marcó el énfasis en la persecución ideológica llevada a cabo por la dictadura. Mención honrosa a los pastores Luis Pozo (bautista), Tomás Stevens (Iglesia Metodista), Julio Assad (Iglesia Metodista Pentecostal) y Augusto Fernández (Iglesia Luterana y UNELAM), quienes junto a Helmut Frenz y otros representantes de credos religiosos dieron inicio a esta tarea de sujetos que no “pasaron de largo”, tal y como el samaritano de la parábola (Lucas 10:25-37).

            La iglesia y la Missio Dei.

            El teólogo Samuel Escobar hizo en una ocasión el siguiente planteamiento: “Un sector evangélico, tanto en Chile como en Brasil, ha apoyado abiertamente el autoritarismo conservador. Le ha faltado una comprensión del proceso ideológico del mismo, y en ese sentido no ha sido fiel a la tradición protestante del siglo pasado y comienzos del presente. Es decir, cortejado por el poder no ha tenido valor o recursos para una tarea crítica[13]. ¿Con qué experiencia protestante está comparando Escobar a los evangélicos que apoyaron los regímenes dictatoriales? Queda claro con la oleada misionera de la mitad del siglo XIX, que en pos de una misión combativa predicó y extendió el Reino de Dios, enseñando la Biblia y amando al prójimo de manera concreta: con colegios, orfanatorios, ligas de intemperancia, centros médicos, maternidades. “Un protestantismo que protesta”, como habría dicho el entrañable pastor Juan Wherli. Y si bien es cierto, mi punto no tiene que ver con el restauracionismo del siglo XIX, soy parte de un grupo de evangélicos que anhela que nuestro discurso y acción caminen de la mano de la fe en aquél que dice que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, y no de una fe neoliberal, marcada por el consumo de experiencias y personas, y que incentiva a la preocupación en el peor y más sanguinario de todos los dioses, a saber, uno mismo. No olvidemos nunca que Jesucristo y su mensaje es lo que dota de relevancia a la iglesia. Como diría el Dr. Martin Luther King: “Si la iglesia de Jesucristo ha de recobrar su poder, su mensaje y su sonido de autenticidad, tendrá que conformarse a las demandas del evangelio exclusivamente”[14].

Santiago, 14 de septiembre de 2018.

[1] Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Tesista del programa de Magíster en Historia de la Universidad de Santiago de Chile. E-Mail: luispinomoyano@gmail.com

[2] Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Santiago, Vicaría de la Solidaridad y UNELAM, 1978. Tomo I “Investigación exploratoria” y tomo II “Anexos”.

[3] Juan Sepúlveda. De peregrinos a ciudadanos. Breve historia del cristianismo evangélico en Chile. Santiago, Fundación Konrad Adenauer y Comunidad Teológica Evangélica, 2000, pp. 146, 147.

[4] Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile: Dejando “el refugio de las masas” 1990-2010. Concepción y Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2013, p. 48.

[5] Mariano Ávila. Entre Dios y el César: Líderes evangélicos y política en México (1992-2002). Grand Rapids, Libros Desafío, 2008, p. 118.

[6] Véase el artículo de Alejandro Zapata. “La tentación de los reinados: la institucionalidad evangélica durante la Dictadura Militar”. En: Pensamiento Pentecostal. 4 de septiembre de 2017. http://pensamientopentecostal.wordpress.com/2017/09/04/la-tentacion-de-los-reinados-la-institucionalidad-evangelica-durante-la-dictadura-militar-por-alejandro-zapata/ (Consulta: septiembre de 2018).

[7] Juan Stam. Apocalipsis & Imperio. Introducción al Apocalipsis de Juan. Valparaíso, Concordia Ediciones, 2013, p. 129.

[8] Helmut Frenz. Mi vida chilena. Solidaridad con los oprimidos. Santiago, LOM Ediciones, 2006, p. 144.

[9] HelmutFrenz. “Porque este era el único camino”. Eugenio Ahumada et al. Chile: la memoria prohibida. Las violaciones a los derechos humanos 1973-1983. Santiago, Pehuén Editores, 1990, pp. XVI, XVII.

[10] La carta abierta fue firmada por Obispo Enrique Chávez, Iglesia Pentecostal de Chile; Dr. Jorge Cárdenas, Moderador Iglesia Evangélica Presbiteriana; Obispo José Flores, Iglesia Comunión de los Hermanos; Pastor Edgardo Toro, Director nacional Iglesia Wesleyana Nacional; Obispo Sinforiano Gutiérrez, Misiones Pentecostales Libres; Pastor Narciso Sepúlveda B., Presidente Misión “Iglesia Pentecostal”; Pastora Juana Albornoz, Misión Apostólica Universal; Obispo Isaías Gutiérrez. Por la Junta Directiva de la Confraternidad Cristiana de Iglesias firmaron: P. Juan Sepúlveda, Presidente; Vicario Pedro Zavala, Secretario; Hno. Óscar Avello, Prosecretario; P.Leonardo Gajardo,Tesorero; P. Dagoberto Ramírez, Vocal.  

[11] Pedro Puentes (editor). Posición Evangélica: un documento que define posiciones. Santiago, Editora Nacional Gabriela Mistral, 1975. Disponible en el Sitio Web de la Biblioteca del Museo de la Memoria: http://www.bibliotecamuseodelamemoria.cl/gsdl/collect/textosym/index/assoc/HASH01c6/47f77b83.dir/00000680000001000002.pdf (consulta: septiembre de 2018).

[12] Humberto Lagos. “Derechos humanos, fe cristiana y revelación bíblica”. En: René Padilla et al. Los derechos humanos y el Reino de Dios. Lima, Ediciones Puma, 2010, p. 97.

[13] Samuel Escobar. “El poder y las ideologías en América Latina”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Grand Rapids y Buenos Aires, Nueva Creación y Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1986, p. 176.

[14] Martin Luther King. Strenght to Love. Londres, Collins, 1974, p. 22 (traducción de René Padilla en “Misión integral”).


 

Documentos Anexos:

Declaración de la Iglesia Evangélica (1974). En Pedro Puentes, Posición Evangélica.

Carta abierta a Augusto Pinochet (1986)

Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Tomo I.

Humberto Lagos. La libertad religiosa en Chile, los evangélicos y el gobierno militar. Tomo II.

Reseña de libros: “El enrejado y la vid”, de Colin Marshall y Tony Payne.

El enrejado y la vid, libro de Colin Marshall y Tony Payne propicia una lectura necesaria para la reflexión respecto del desarrollo eclesial, presentando una exposición que se adentra en el debate eclesiológico acerca de la iglesia como institución y/o movimiento. La tesis de los autores es que en la iglesia debe privilegiarse el factor movimiental, en la figura literaria, la vid; sin debilitar o aminorar el factor institucional, el enrejado, pero poniéndolo en su lugar. La vid tiene que ver con el anuncio del evangelio y la práctica del discipulado. Ante la pesada tendencia de que la estructura eclesial, con su pesado formado compartimentalizado y de agenda repleta, termine absorbiendo y apoderándose de todo en la iglesia, haciendo olvidar que la tarea fundamental de ella “es la de predicar el evangelio de Jesucristo en el poder del Espíritu Santo, cuidando que la gente se convierta, cambie y alcance una mayor madurez en ese evangelio”[1]. Deben por ello, eliminarse las barreras que se anteponen a la acción de los creyentes para el cuidado de la vid.

Para los efectos de esta reseña, la parecelación de los párrafos de análisis no se harán en pos de la secuencia de capítulos, sino en cuatro ejes fundamentales que se desprenden de la totalidad del libro: el discipulado, la capacitación, la labor pastoral y el papel de la estructura.

Comencemos por la noción de discipulado. Los autores plantearán sin ambages que el objetivo de la iglesia es hacer discípulos. Es parte de su caminata y vida constante. En una re-lectura de la Gran Comisión, señalarán que “el énfasis no está en el ‘vayan’. De hecho, una mejor traducción sería ‘cuando vayan’ o al ir’ La comisión no trata esencialmente de evangelizar por ahí en algún otro país. Es más bien una comisión que hace de la tarea de hacer discípulos algo que toda iglesia y discípulo cristiano debería hacer normalmente y de manera prioritaria[2]. El formar discípulos que hacen discípulos pone las cosas en su respectivo lugar: prioriza a las personas por sobre la estructura, pero por sobre todas las cosas, centra la mirada en el crecimiento del evangelio en la comunidad. La lógica es que sin crecimiento del evangelio no hay crecimiento real de la iglesia. El anuncio y la vida del evangelio posibilita que podamos mirar a la Misión de Dios, a saber,

lo que está haciendo ahora Dios en el mundo: predicando el evangelio en el poder del Espíritu Santo, para la salvación de las almas. Este es su programa, su agenda, su prioridad, su centro, su proyecto […]. Y a través de este programa, está reuniendo para sí a un nuevo pueblo, cuyo centro es Cristo; es decir, está haciendo crecer de manera lenta y constante una profusión de hojas en la gran vid de su reino[3].

 El crecimiento del evangelio y el retorno a la misión de Dios, nos permite recordar, en la propuesta de Marshall y Payne, que debemos abandonar nuestras pequeñas y egoístas ambiciones. Pero, por sobre todas las cosas, nos permite recordar que el crecimiento del que Dios está ocupado está en lo que se produce dentro de las personas, por la acción poderosa del Espíritu Santo. Es esto, el trabajo en la vid. Y ese trabajo de enseñanza y de transmisión de vida debe ser desarrollado en oración. Es interesante que se use el concepto “criar” discípulos en vez del verbo “crear”. El discipulado es un proceso de acogida y apego. De verdadero compañerismo cristiano, que es fruto del evangelio de la gracia. El concepto de compañerismo cristiano es definido por los autores como el ejercicio de “permanecer juntos en el evangelio, o sea, decididos a vivir como ciudadanos del cielo en medio de nuestra generación corrupta, anhelando la defensa y proclamación del evangelio, luchando por ello y soportando con valentía los conflictos, luchas y persecuciones que inevitablemente sobrevendrán después”[4]. En la Biblia el liderazgo tiene poco que ver con jerarquías, sino más bien con relaciones significativas de acompañamiento espiritual. Los roles específicos de los oficiales de la iglesia no niegan el sacerdocio universal de los creyentes.

Si bien es cierto, la capacitación es parte del discipulado en tanto compañerismo de quienes siguen, y seguirán, junto a otros las pisadas del Maestro de Galilea, merece un tratamiento diferenciado. Cuando las personas están en el centro de nuestras preocupaciones, y se deja de “usarlas” en el cumplimiento de programas, el tema de la capacitación emerge con fuerza. Es parte del crecimiento en el evangelio, porque para Marshall y Payne, primero se crece, luego se sirve y sirviendo se crece. La capacitación consiste en: “proporcionar conocimientos y enseñar cómo mejorar  las habilidades que sirvan para que los cristianos puedan aprender a hacer ciertas cosas”[5]. Esto se lleva a cabo por medio de la enseñanza de la sana doctrina de manera constante y fiel. Pero, por otro lado, incluye el traspaso de vida. El ejemplo es un acompañamiento que facilita el aprendizaje. Ciertas lecturas que potencian el factor del evangelio, disocian esta obra, que no puede dejar de comprenderse como resultado de lo que Cristo conquistó en la cruz. El buen testimonio es vida centrada en la Escritura, que dota de relevancia al factor relacional, a la amistad que conduce a la imitación. Aquí es pertinente referir a los autores: “Nos guste o no, siempre somos un ejemplo para los que enseñamos o capacitamos. No podemos dejar de ser un ejemplo”[6]. Es allí donde se nos amplía el significado del crecimiento de la iglesia: para Marshall y Payne, se crece en capacidades, carácter y convicción. En esa tarea de crecimiento se debe capacitar a todos los discípulos, desafiarlos a ser parte del ministerio, generar sistemas de entrenamiento y preparación para el ministerio pastoral.

Traigamos a colación lo que es relevado por los autores respecto del ministerio pastoral. Lo primero que se debe señalar es que las iglesias que experimentan el crecimiento desde el evangelio de Jesucristo, se transforman en iglesias proactivas. En la tarea del pastoreo como cuidado, se pone en la palestra un asunto que me hace mucho sentido desde el presbiterianismo: el liderazgo en equipo. Se deben forjar sociedades pastorales, en vez de concentrase en las estructuras políticas de la iglesia, haciendo que el pastor se ocupe más del rol ministerial que de las cuestiones administrativas. Su tarea fundamental es la de convertirse en un líder capacitador, puesto que una iglesia capacitada cumpla su labor: edificar y hacer crecer a la iglesia de Jesucristo. Con eso, el pastor no sólo huye de los modelos de provisión de servicios (figura clásica de las iglesias reformadas)  y del gerente de empresa (propio de las lógicas empresariales asumidas por las megaiglesias desde la década de los setenta del s. XX), sino configura una realidad: el ser para los demás. Marshall y Payne dirán que “cuando el pastor es un capacitador, se concentra en hacer que las personas se ministren unas a otras, en tanto que las estructuras, programas y eventos dejan de ser el centro”[7]. Es allí, donde el ministro del evangelio debe entender que la predicación es necesaria (¡y seguirá siéndolo!), pero es insuficiente. Lo suficiente es la palabra del evangelio, independiente del formato, siendo las visitas, los grupos pequeños, los estudios uno a uno, el desarrollo de ministerios, la amistad elementos constitutivos de su tarea capacitadora. Esto reporta desafíos al ministerio pastoral, los cuales son: a) tener al evangelismo como punto central de su labor; b) no deberle servicio a las estructuras; c) enfocar la enseñanza en el contenido y en las personas; y d) que el discipulado lo desarrollen personas que puedan llevarlo a cabo.

Separo el párrafo no para cambiar de eje temático, sino para especificar la mirada en el rol pastoral capacitando a quienes serán discipuladores y colaboradores en la misión. Respecto de este asunto, Marshall y Payne dicen que:

Si ocupamos todo nuestro tiempo en quienes necesitan ayuda, los cristianos estables se irán estancando y nunca recibirán capacitación para ministrar a otros, los no creyentes se quedarán sin ser evangelizados y muy pronto surgirá dentro de la congregación una regla general: si quieres contar con el tiempo y la atención del pastor, búscate un problema[8].

El no formar a otros que son potenciales discipuladores y/o líderes capacitadores, es muy decidor para nuestro tiempo. En la metáfora de los autores, con ello la vid se termina secando. Es primordial, por esto, que los pastores concentren e intencionen sus esfuerzos a la hora de discipular y capacitar a potenciales líderes y discipuladores. Acostumbrados en el mundo evangélico a esperar sensaciones respecto del llamado al ministerio, se olvida que el pastor en tanto capacitador debe guiar a otros al reconocimiento de sus dones. Es más, el pastor debe aguzar su mirada en los dones de los demás. Como dicen los autores: “Debemos ser proactivos al buscar, desafiando y poniendo a prueba a personas idóneas que puedan ser designadas para la obra del evangelio”[9]. Es así como, cuando se piensa en colaboradores en el ministerio se debe pensar en los siguientes criterios: que los compañeros en la misión sean “personas con un corazón entregado a Dios y con hambre de aprender y crecer. Deben haberse convertido plenamente, ser cristianos que estén avanzando en su vida cristiana y cuenten con la fidelidad y el potencial para ministrar a otros”[10]. En esa tarea, se les debe recordar a quienes colaborarán en las funciones de la comunidad, que esto no sólo implicará servicio, sino también renuncia. Es esta situación la que hace que se potencie la idea de ministerio a tiempo completo, y se desromantice los ministerios bivocacionales al estilo de Pablo y su construcción de tiendas, que no dejan de ser óptimos en algunos contextos. Es por esto, que la planificación de los ministerios debe tener en cuenta a las personas y a sus dones. Y por medio de esos dones planificar eventos que puedan producir contacto significativo con amigos. Muchas personas pueden trabajar en la vida de la iglesia, pero para ello hay que ceder a la tentación del control y de centralizar todo. Estar informado e impregnado de todo el quehacer de la iglesia no implica hacerlo todo. El valor del trabajo en la iglesia conduce a no tener personas esclavas de programas, capacitadas para un rol en particular que beneficia a la comunidad completa, y con ello a la innovación, diversificación y creación de nuevos ministerios en la iglesia, según la realidad propia.

Es así como el trabajo del liderazgo debe centrarse en las personas, haciendo que la estructura sea conocida y proporcione servicio para la vida de la comunidad. Para ello, la misma iglesia local debe y puede construir programas educativos propios, que atiendan a su realidad, pensando en una expansión a largo rato, dejando de lado las pretensiones de inmediatez y la pulsión por los resultados. Los autores señalan: “Si preparamos y enviamos trabajadores a nuevos campos (tanto a nivel local como global), puede suceder que nuestro ministerio local no crezca en número, pero el evangelio avanzará gracias a estos nuevos ministros de la Palabra”[11]. Todo esto debe estar imbricado a la concepción de que todo creyente es un misionero, y que debe y puede compartir la Palabra con todos a su alrededor, cuando sea, cómo sea y con quién sea. Para Marshall y Payne, debe abandonarse la idea que hace pensar que “la verdadera acción parece estar siempre en otro sitio, ya sea en otro movimiento cristiano o en algún lugar del mundo”[12]. Lo importante es que el mensaje de la buena noticia del evangelio con todo su contenido, sea anunciado con el poder del Espíritu Santo. ¡Es nuestra iglesia la que está en acción  cuando vemos la realidad con esos lentes!

¿Cuál es el papel de la estructura eclesial y/o denominacional en todo esto? Sin lugar a dudas, según lo señalado en el libro, facilitar el crecimiento del evangelio, lo que implica que este sea conocido, comprendido y que pueda vivirse de manera fructífera, teniendo muy claro que el crecimiento se da en en las personas y no en las estructuras. La estructura debe fortalecer una visión de Reino, que busque el beneficio del Reino de Dios y no el nuestro, lo que implica que a veces hay que dejar que personas dejen nuestras iglesias locales con esa tarea. No todos podemos hacer lo mismo y, por ende, la comunidad como institución puede proveer un marco para generar diagnósticos pertinentes, centrados en las personas y sus necesidades.

La estructura como enrejado puede proveer el armazón que permite el comienzo y el desarrollo de esta mirada renovada y fresca de la vida eclesial, reorientando el culto en torno a la lógica del discipulado. A su vez, generando un liderazgo colaborativo en la cercanía que permite el trabajo dentro de un consejo, el que a su vez, instala dentro de sus reuniones ordinarias instancias de capacitación, que también se abre a la posibilidad de forjar nuevos colaboradores. Es con los colaboradores que se toma la decisión de que hacer tanto en el discipulado como en las capacitaciones, lo que implica dejar el voluntarismo que tiende al esfuerzo de un individuo que se precia de iluminado.

Hace años, en el contexto de una iglesia que estaba en su proceso de plantación, leí este libro. Pero debo señalar que volver a leerlo produjo nuevamente un impacto. El impacto tiene que ver con una suerte de zamarreo que hace volver a recordar lo realmente importante en la vida de la iglesia, a saber, la práctica del discipulado. ¡Cuántas veces perdemos de vista esto atrapados por la vorágine de la estructura, e inclusive, con cosas que van más allá de esta! Y en esta práctica fundamental de la vida de la iglesia, no debemos perder de vista que quienes discipulamos, y tenemos roles que cumplir en la vida de la iglesia, entre ellas, roles de liderazgo, no dejamos nunca de ser discípulos del Maestro por excelencia, Jesucristo. Por ende, como tales, nunca llegamos a ser “modelos terminados”, siempre necesitamos de la gracia, de la restauración, del acompañamiento, y la vida en comunidad nos provee todo aquello.

Otra cosa relevante que el libro proporciona, y que me parece sumamente importante profundizar en una reflexión, tiene que ver con el asunto del buen testimonio. Este tema debe ser limpiado de los extremos antinomianos y legalistas, y puesto en su recta expresión, aquella que emerge de la Biblia. Evidentemente, como señalamos, ninguno de nosotros deja de ser un necesitado de la gracia. Todos somos pecadores. Moralmente por nuestros esfuerzos no podemos hacer ni lograr absolutamente nada para nuestra salvación. ¡Sola Gratia! Ayer, hoy y siempre, Sola Gratia. Pero tampoco debemos olvidar que somos pecadores redimidos, liberados de la culpa, de la vergüenza y del poder del pecado, y nuestra naturaleza fue transformada por la obra de Cristo en la cruz, y la acción vivificadora del Espíritu en un momento particular de nuestras vidas. Es esa obra del Espíritu Santo la que nos capacita para vivir bajo esa renovación. Esa gracia aplicada en nuestra vida nos fortalece en la lucha contra el pecado y la cultura imperante que nos trata de amoldar a su sistema. Esa lucha es posible y necesaria. Por más que quienes ejercemos liderazgos luchemos contra la idea de que somos referentes de los demás, eso jamás deja de ocurrir. Aunque no queramos, aunque discurseemos de manera lata en ello, siempre los nuevos discípulos nos mirarán. Y ahí el énfasis de Payne y Marshall, es clave. El testimonio no sustituye la buena y sana enseñanza, pero no por eso deja de ser necesario. Es un facilitador del mensaje comunicado, al dotar de sentido con aquello que se puede ver. Tu buen testimonio no te salva ni te hace mejor. Tu buen testimonio es fruto de la obra del Espíritu y sirve a la edificación de la comunidad. Tener claro ese asunto será tremendamente beneficioso.

Lo otro a lo cual quiero referirme dice relación con la preparación de nuevos ministros. Sin lugar a dudas los seminarios no son fábricas de pastores perfectos, como tampoco lo son las comunidades locales. Son esfuerzos mancomunados de seminarios, iglesias en tanto comunidad y consejos superiores, tutores, candidatos, familiares y hasta amigos, los que colaboran en este proceso. Debo señalar que me hace mucho sentido el proceso de entrenamiento previo a la entrada al seminario por los candidatos al ministerio, toda vez que este proceso puede derivar en el incentivo de la vocación, o en que se deje de lado, en un momento bastante oportuno, pero en ambos casos, proveyendo a la comunidad de un miembro capacitado y que trabaja. Además, me hace total sentido el que la formación de los nuevos ministros tenga un carácter que acentúa el factor pastoral y misiológico, más que el perfil teológico e intelectual (sin dejarlo de lado, insisto, sólo como perfil que se acentúa). Y por supuesto, experimentando un largo proceso previo de entrenamiento práctico, dicha etapa lectiva podría ser acortada, proveyendo la posibilidad de especializaciones en el área. Una iglesia reformada siempre reformándose, también puede construir un seminario reformado siempre reformándose, que lee muy bien la realidad a la luz de la Biblia. Es la Palabra la que nos hace sensibles, abriendo nuestros ojos para leer adecuadamente el momento de nuestra iglesia, de la cultura y de la sociedad. Y libros como El enrejado y la vida, sin duda son una muy buena herramienta para ello.

Luis Pino Moyano.

 


[1] Colin Marshall y Tony Payne. El enrejado y la vid.s/l, Torrentes de vida, 2010, p. 14.

[2] Ibídem, p. 20. La acentuación está en el original.

[3] Ibídem, p. 44.

[4] Ibídem, p. 76.

[5] Ibídem, p. 80.

[6] Ibídem, p. 85.

[7] Ibídem, p. 114.

[8] Ibídem, pp. 127, 128.

[9] Ibídem, p. 155.

[10] Ibídem, p. 135.

[11] Ibídem, p. 34.

[12] Ibídem, p. 38.

Esquema sintético:

Mapa Enrejado y vid

Siempre los mismos.

Es muy probable que haya escuchado por primera vez esta expresión en la iglesia a los 18 años, cuando comencé a ser delegado de mi congregación ante el Departamento Juvenil nacional, en la iglesia pentecostal a la que asistí hasta diciembre de 2009. Hoy tengo 35 años, y he seguido escuchando esta expresión. Una y otra vez, cada cierto tiempo, vuelve a aparecer. A veces, el “siempre los mismos” es una queja frente a grupos de liderazgo cerrados, que no darían posibilidades de servir a otros que tendrían los dones dados por Dios para contribuir a la edificación y alegría de su pueblo. En otras ocasiones, el “siempre los mismos” es el reclamo desesperado de quienes ejercen el liderazgo en algún grupo de la iglesia, o que participan activamente de ella, quienes se ven desalentados ante la escasa respuesta de los miembros de la comunidad a las hermosas y edificantes actividades que se han preparado. ¿Cómo responder a esto?

Quienes tienen dones dados por el Espíritu Santo no necesitan presentar currículum vitae para trabajar en la iglesia, porque para ello la comunidad cuenta con el discernimiento que da el Espíritu Santo, y que permite a los suyos generar los espacios de trabajo para el bien de ella y la gloria de Dios. Entonces, ¿qué debo hacer para comenzar a trabajar? Algunas posibilidades: 1) participa de las actividades de la iglesia de manera continua, es ahí donde las personas pueden conocer acerca de tus dones; 2) no es necesario que se te dé un cargo para comenzar a trabajar, pues en la perspectiva protestante del “sacerdocio universal de todos los creyentes” todos podemos trabajar: reúnete a orar y a discipular a otro (avísanos a los miembros del equipo pastoral para saber de aquello, orar por ti, y ayudarte en lo que sea necesario); y 3) propone ideas de trabajo y ofrécete a trabajar en ellas, porque la idea no es aumentar la agenda de los que ya tienen una copada.

A veces, el reclamo del “siempre los mismos” tiene una dosis de reclamo injusto, porque siempre habría algo que criticar: que no me gusta este sujeto, que su tono de voz cuando canta, que sus predicaciones son muy cortas, o este hermano que es “larguero” cuando predica, que su idea no fue tan buena, que la planificación aquí y allá. Y sí, es innegable que quienes conformamos la iglesia, como santos-pecadores que somos, podemos cometer una infinidad de errores, y éstos deben ser reparados. No debemos jactarnos de aquello que fue hecho mal, ni gloriarnos de nuestra falta de excelencia porque las cosas “las hacemos para el Señor” (¡…!). Pero, siempre es fácil criticar a quienes están en la primera línea de batalla cuando tú no te has dispuesto a trabajar. Puede que el hermano no tenga “dedos para el piano” en lo que está haciendo, pero tú que los tienes, ¿qué estás haciendo? ¿Simplemente ser un espectador de lo que pasa a tu lado? Como diría el pastor Timothy Keller: “Todos dicen que quieren comunidad y amistad, pero huyen cuando eso significa rendir cuentas y comprometerse”. Por otro lado, hay un dicho español que aprendí hace varios años cuando leía un libro de Homilética (la disciplina de preparar sermones bíblicos), que decía “nuestro vino es agrio, pero es nuestro”. Es muy probable que tus expectativas respecto de la iglesia, en esta crítica injusta, estén basadas en el consumo de iglesia y no en el amor que sostiene y corrige al hermano según sea necesario. ¿Cuál es tu filtro de evaluación? ¿La Biblia o tus ideas?

En el caso de los líderes, cuando presentan este reclamo del “siempre los mismos” debiesen hacerse algunas preguntas: 1) ¿la actividad preparada está leyendo correctamente el momento de la iglesia y sus necesidades?; 2) ¿es sólo la irresponsabilidad de los hermanos que se ausentan la causa de la baja asistencia?; 3) ¿tenemos como centro la gloria de Dios o nuestra propia gloria?; 4) ¿necesariamente la evaluación de lo que se realiza deben ser los números? A veces, el reclamo de los líderes de “siempre los mismos” puede parecer justificado, pero no lo es. Simplemente se está denotando un corazón farisaico que quiere “echar más carga que la que otros pueden llevar”. Porque, aunque sea una lectura errónea de la vida de la iglesia realizada por ti, o por tu equipo de liderazgo, o lisa y llanamente el fruto de la irresponsabilidad pecaminosa de quienes no se comprometen con nada, el centro de lo que hacemos debe estar en la gloria del Señor, lo que nos lleva a edificar al pueblo de Dios procurando su bienestar espiritual. Mi exhortación para ti es que sigas trabajando, no te desalientes. La semilla en ocasiones es sembrada con lágrimas en los ojos, pero siempre, si Dios te envío a desarrollar una labor en la iglesia o en la sociedad, más allá del trabajo de quien la lanza, sin dudas crecerá y traerá a su tiempo mucho gozo (lee el Salmo 126).

Cuando estaba pensando en escribir estas líneas se me vinieron muchas historias de la Biblia a la cabeza. José vendido por sus hermanos, acusado falsamente de intentar violar a una mujer, en un calabozo por años, aparentemente olvidado por Dios (léase Génesis capítulos 37, 39 y 40). O Moisés, trabajando en la liberación del pueblo de Dios y caminando con ellos a la tierra prometida, mientras la gente seguía teniendo en su cabeza todo lo “bien” que estaban cuando eran esclavos en Egipto (léase desde Éxodo a Deuteronomio para aprender de la paciencia). O a Pablo, diciéndole a su hijo espiritual Timoteo que se siente solo y desamparado, aunque puede ver actuando a Dios en medio de su prisión (léase 2ª Timoteo 4:9-18).

Pero sin lugar a dudas, la historia bíblica que más me hace sentido a la hora de pensar en el “siempre los mismos” es la de Jeremías. Este hombre oriundo de Anatot de la tribu de Benjamín, fue llamado por Dios siendo un inexperto y joven hombre para profetizar. Particularmente su dura palabra apuntaba a la apostasía y el olvido de Dios por parte de la gente (léase Jeremías 2:13), llamándoles al arrepentimiento y anunciando el cautiverio en Babilonia. Mientras en el otro lado, había profetas que anunciaban lo contrario a Jeremías, no reprendiendo el pecado y diciendo que vendría la paz (léase Jeremías 6:13-15). Si uno sigue la lectura del libro, podríamos darnos cuenta que la gente de Judá, de su pueblo e inclusive de su familia le deja solo. La gente procura lo malo para el profeta de Dios. llegando a estar preso por el mensaje que proclama. Somos injustos cuando llamamos a Jeremías coloquialmente “el profeta llorón”, cuando hay razones profundas por las cuales llorar.

Pero hay cosas que me gritan fuerte de este libro. Dios reanima a Jeremías diciéndole: “Si te arrepientes, yo te restauraré y podrás servirme. Si evitas hablar en vano, y hablas lo que en verdad vale, tú serás mi portavoz. Que ellos se vuelvan hacia ti, pero tú no te vuelvas hacia ellos. Haré que seas para este pueblo como invencible muro de bronce; pelearán contra ti, pero no te podrán vencer, porque yo estoy contigo para salvarte y librarte -afirma el Señor-. Te libraré del poder de los malvados; ¡te rescataré de las garras de los violentos!” (Jeremías 15:19-21, el destacado es mío). Si sabes que estás trabajando para Dios cuenta con su ayuda, debes saber que es Él quien puede sostenerte de verdad y que debes seguir trabajando, por más que la lucha parezca infranqueable. En las palabras que destaqué está lo que más debes tener en claro cuando piensas en el “siempre los mismos”. Los demás deben comenzar a colaborar en la obra de Dios y no tú dejarla para acomodarte a los demás. Por ello, es que debo decirte lo siguiente: Jeremías es un sujeto muy importante para entender lo que significa el éxito ministerial. El éxito ministerial no está dado en ser famoso, en las palmaditas en el hombro, en las citas de Facebook que la gente anota de tus sermones, enseñanzas o libros, ni en cuán llena está la iglesia. ¡Nadie se convirtió con el mensaje de Jeremías! ¿Estaba equivocado el profeta entonces? ¿No fue exitoso? No estaba equivocado, porque el éxito ministerial se mide por el hacer la voluntad de Yahvé el Dios Todopoderoso.

Por eso es que podemos ver, más adelante a Jeremías orando desgarradamente a Dios, como probablemente en algún momento de tu vida también lo has hecho: “¡Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir! Fuiste más fuerte que yo, y me venciste. Todo el mundo se burla de mí; se ríen de mí todo el tiempo. Cada vez que hablo, es para gritar: ‘¡Violencia! ¡Violencia!’ Por eso la palabra del Señor no deja de ser para mí un oprobio y una burla. Si digo: ‘No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre’, entonces su palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. He hecho todo lo posible por contenerla, pero ya no puedo más” (Jeremías 20:7-9). La burla y el desaliento frente a la indiferencia pueden volverse atroces, al nivel de no querer seguir haciendo lo que Dios te ha mandado a realizar. Pero Dios es el que hace que tu corazón arda y que su misión se vuelva incontenible. Tanto así, que en medio de la oscuridad vivida y el deseo de que Dios haga justicia, emerge la luz, la luz de la Palabra y de la certeza espiritual que te grita en alta voz en tu corazón que Dios está contigo. “Pero el Señor está conmigo como un guerrero poderoso”, es lo que dice el profeta en el capítulo 20, versículo 11. Lo realmente importante, entonces, es cambiar el “siempre los mismos”, por el “siempre el mismo”, con una tremenda sonrisa en tus labios, y un gozo en el alma verdaderamente grande. Si el mismo Dios está contigo siempre, lo demás es secundario.

Trabaja. Sería ideal que toda la iglesia estuviera comprometida trabajando, pero no siempre es la realidad.

Trabaja. La semilla germinará. No es tu esfuerzo, es la presencia viva y real de Dios.

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, agosto de 2017.