Serie de artículos en La Fuente: Hablando de sexualidad con los jóvenes.

El mes de marzo aparentemente fue poco fructífero para el blog. La verdad es que no. Pronto tendremos una sorpresa que compartiremos, y que procede de lo que he compartido con ustedes en esta bitácora desde el año 2013. A su vez, marzo en la experiencia docente ha sido muy complejo a lo que se sumó el retorno a una cuarentena total en la Región Metropolitana. A pesar de ello, pude colaborar durante los meses de febrero y abril con la revista “La Fuente”. Dicha revista es una publicación paraguaya que apoya a los diversos ministerios dentro de las iglesias con sus temáticas. Esta es la segunda vez que comparto una trilogía de artículos, siendo la primera sobre cosmovisión cristiana (los pueden ver haciendo clic aquí).

Ahora compartí tres artículos sobre sexualidad pensando en líderes de jóvenes: “¿Quién se atreve a hablar de sexo en la iglesia?”, “¿Cómo guiar a una juventud bombardeada por ideologías?” y “Conservando la belleza de la sexualidad cristiana”. Puedes leerlos haciendo clic en el siguiente link:

Serie – Hablando de sexualidad con los jóvenes.

Te invito a suscribirte en la Revista, en la que seguramente encontrarás apoyo para tu trabajo en la iglesia. 

En Cristo, Luis. 

Hacia un entendimiento integral de la disciplina eclesiástica.

Existen tres marcas para reconocer una iglesia verdadera: la predicación fiel de la Palabra de Dios, la correcta administración de los sacramentos (dos, la Cena del Señor y el Bautismo) y la aplicación de la disciplina eclesiástica. Eso hace que hablar de disciplina sea un tema sumamente relevante a la hora de pensar la iglesia de Cristo y nuestra relación como creyentes que somos parte de una comunidad, miembros de ella, con los derechos y responsabilidades que ello implica. Se trata, sin exagerar, de un tema vital para la vida de la iglesia. 

Disciplina es una palabra que tiene mala prensa, tanto que cuando se le menciona, suena inmediatamente a castigo. Pero en la Biblia no es así. Literalmente en el Nuevo Testamento  la palabra disciplina significa “enseñanza” o “formación”, dando cuenta de un entrenamiento que se desarrolla en la caminata de la fe. Por eso ella instruye y alienta, corrige y restaura. La disciplina está imbricada de manera inseparable con el discipulado perpetuo de los creyentes. Respecto de eso, R. C. Sproul señala: “Una iglesia es responsable de la nutrición espiritual de sus miembros, de que la gente crezca en su fe y progrese en su santificación. Por lo tanto, se requiere la disciplina para mantener la iglesia libre de infecciones con impurezas y corrupción” [1]. 

Soy miembro y oficial de la Iglesia Presbiteriana de Chile, y ella en su Estatuto tiene un libro completo sobre la temática (Libro VI),  en el que se conceptualiza la disciplina eclesiástica y se regula la ejecución de un proceso, de manera consistente a la Escritura, nuestra confesionalidad, norma estatutaria, e incluso el estado de derecho del país. En dicho estatuto, se entiende la disciplina como el ejercicio de la autoridad y la aplicación del sistema de leyes que el Señor ha establecido en su iglesia, comprendiendo el cuidado y dirección de la iglesia sobre sus miembros, oficiales y tribunales u organizaciones. Se la entiende como el “ejercicio ordenado y oportuno de la autoridad conferida a la Iglesia por nuestro Señor Jesucristo” (Art. 123), que tiene como finalidad “defender la verdad y restablecer la gloria y autoridad de Cristo ante una o más ofensas, mediante la remoción y supresión del escándalo, la sanción de las ofensas para el bien espiritual de ofendidos y ofensores, la conservación y promoción de la pureza de la doctrina, la edificación de la Iglesia y el arrepentimiento del o los ofensores” (Art. 124). ¿Cómo se entiende la ofensa? A mi juicio, es una de las cosas más preciosas de esta norma estatutaria, toda vez que no se plantea una lista de pecados, sino más bien una descripción amplia, que permite la distinción de oficiales y miembros (los primeros como más responsables), junto con el discernimiento de agravantes y atenuantes. Se señala: “Ofensa es todo aquello que es contrario a las Sagradas Escrituras y a la doctrina expresada en los símbolos de fe de la IGLESIA PRESBITERIANA DE CHILE o a este estatuto, o que, aun cuando no es por su propia naturaleza ofensivo, puede tentar a otros a que ofendan o a destruir la edificación espiritual de otro creyente, sea en el actuar de un miembro, de un oficial, de un grupo, de un consejo o de un tribunal de la IGLESIA” (Art. 127). 

Teniendo todo esto en mente, abordaré a continuación la temática de la disciplina eclesiástica, a partir de tres preguntas que le haré al texto bíblico: a) ¿por qué es necesaria la disciplina eclesiástica?; b) ¿cómo ejercer la disciplina eclesiástica?; y c) ¿qué hacer luego de la disciplina eclesiástica?

1. ¿Por qué es necesaria la disciplina eclesiástica? 

“Claro que ninguna disciplina nos pone alegres al momento de recibirla, sino más bien tristes; pero después de ser ejercitados en ella, nos produce un fruto apacible de justicia. Levanten, pues, las manos caídas y las rodillas entumecidas; enderecen las sendas por donde van, para que no se desvíen los cojos, sino que sean sanados” (Hebreos 12:11-13, RVC).

Es muy interesante cómo entiende el ejercicio de la disciplina eclesiástica el autor desconocido de la carta a los Hebreos. La analogía con la práctica deportiva es más que útil, pues nos presenta las ideas de rigurosidad, salud y beneficio para la vida. Combinando textos de Proverbios e Isaías se nos presenta que la disciplina produce salud para la iglesia, sobre todo cuando nos sometemos voluntaria y humildemente a ella, lo que traerá paz. Estamos en presencia de la evidente relación de justicia y paz. La disciplina no puede ser juzgada a cabalidad por el dolor que produce inicialmente, sino por su fruto. 

El texto nos presenta la finalidad de la disciplina eclesiástica al decirnos que ella busca que el pecador se acerque a Dios y renueve su comunión espiritual con Él. La debilidad y flojera espiritual son figuradas por “las manos caídas y las rodillas entumecidas”, por lo que la disciplina es comparada con la terapia deportiva que rehabilita al atleta lesionado preparándole para una nueva carrera. Esta rehabilitación estará completa cuando haya sanidad de las heridas producidas en el pasado, y cuando se entreguen herramientas para evitar el mismo tropiezo o peligros similares. Es una preocupación espiritual y ética cuidar el bienestar de los creyentes con un entendimiento integral de la disciplina eclesiástica, permitiendo que los débiles, “los cojos” en el texto, no vacilen en su fe. 

2. ¿Cómo ejercer la disciplina eclesiástica?

“Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo cuando él y tú estén solos. Si te hace caso, habrás ganado a tu hermano. Pero si no te hace caso, haz que te acompañen uno o dos más, para que todo lo que se diga conste en labios de dos o tres testigos. Si tampoco a ellos les hace caso, hazlo saber a la iglesia; y si tampoco a la iglesia le hace caso, ténganlo entonces por gentil y cobrador de impuestos. De cierto les digo que todo lo que aten en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo. Una vez más les digo, que si en este mundo dos de ustedes se ponen de acuerdo en lo que piden, mi Padre, que está en los cielos, se lo concederá. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos” (Mateo 18:15-20 RVC). 

El texto de Mateo que registra las palabras de Jesús (¡nuestro Señor!), presenta con claridad un proceso que consta de tres etapas: primero, en privado; luego, ante testigos; y, finalmente, ante la iglesia. Estos pasos denotan que el objetivo de la disciplina es el arrepentimiento y el cuidado de ofendidos y ofensores, reduciendo el conocimiento público del daño causado. Dicha reducción no es ocultamiento, sino un acto que no disocia la verdad del amor, con un preclaro entendimiento del daño que produce el pecado en la vida de la iglesia. Todo pecado en la comunidad, se hace a expensas de ella, dañando la vida de los creyentes y de la iglesia. La corrección evita la humillación pública del ofensor, ayudándole así a su restauración. Esto presenta una verdad de máxima relevancia para la vida de la iglesia: si yo soy mano en el cuerpo, y uno que es pie sufre daño, yo también sufro porque soy parte del mismo cuerpo. Estamos en presencia de una verdad de la doctrina de la iglesia que ataca la indiferencia y el descuido frente a la vida de quienes llamamos con amor y realismo hermanos. 

Expliquemos de manera breve los pasos:

  • El primer paso es la instancia privada entre ofendido y ofensor. Este paso busca facilitar la confesión del pecado. Si se puede corregir a alguien en privado, no existe la necesidad de hacerse público su pecado. Es la etapa de la corrección fraterna caracterizada por el amor. 
  • El segundo paso, sigue siendo una instancia privada, salvo que el ofendido busca ser acompañado por dos o tres testigos que salvaguarden su testimonio, dando legitimidad a sus palabras y acciones. Es el paso en que otros escuchan, también, la otra versión de los hechos, propendiendo con ello a una posible mediación que busque acercar posiciones y arreglar aquello que fue dañado. 
  • El tercer paso apela a la comunidad. La comunidad tiene la autoridad para arreglar sus problemas internos. Es interesante que esta es una de las pocas ocasiones que los evangelios hablan directamente de “iglesia”, y esté precisamente en el contexto de la disciplina en ella. Este paso da cuenta de la necesidad de una forma de gobierno. Cuando un tribunal de la iglesia juzga a los miembros de ella, es la iglesia la que está haciéndolo. Es más, si sus líderes actúan responsablemente, bajo la dirección del Espíritu mediante la Palabra, la decisión es la de Dios. 

Aquí surge una pregunta más que válida: ¿qué pasa si el ofensor no acepta la disciplina de la iglesia? En los tiempos de Jesús existían comunidades religiosas que expulsaban a los miembros de ella sin ningún miramiento, siendo los esenios un ejemplo de ello. Todo el procedimiento enseñado por Jesús busca evitar que esto ocurra, pero abre la puerta para que en ciertas ocasiones esta medida sea tomada. Y la ocasión es clara: cuando el ofensor no acepta la disciplina, poniendo con ello en riesgo el bienestar de la comunidad. Cuando la NVI traduce “gentil y cobrador de impuestos” como “incrédulo o renegado” está poniendo el sentido de lo que quiso decir Jesús con su comparación. Los creyentes cristianos tienen en casos como estos razones fundadas para apartar al ofensor contumaz de la adoración comunitaria, suspendiendo incluso las relaciones sociales de dichos sujetos con los miembros de la comunidad. Un ejemplo de este tipo de castigo puede encontrarse en el caso del joven que tenía una relación adúltera con su madrastra en el seno de la iglesia de Corinto (1ª Corintios 5:1-13). 

Para una comprensión integral de la disciplina eclesiástica, es sumamente necesario no perder de vista lo que dicen los versículos 18 al 20. Dicho fragmento nos muestra que cuando se siguen fielmente las directrices enseñadas por Jesús, el mismo Dios del cielo aprueba las decisiones de la iglesia. El versículo 18 dice: “De cierto les digo que todo lo que aten en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo”. Como dice una nota de la Biblia Nácar Colunga: “Los términos atar y desatar tienen un sentido jurídico en la literatura rabínica de los tiempos de Cristo, y equivalen a prohibir y permitir, respectivamente, en el orden moral” [2].  Por su parte, los versículos 19 y 20 dicen: “Una vez más les digo, que si en este mundo dos de ustedes se ponen de acuerdo en lo que piden, mi Padre, que está en los cielos, se lo concederá. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos”. Es preponderante decir que estos versículos que comúnmente se dicen respecto de la oración y del culto, están en un texto que explícitamente hablan de la disciplina eclesiástica. Los principios que se obtienen de aquí nos enseñan que la oración nos pone la agenda también en el marco de la disciplina, pues nos libra tanto del espíritu vengativo como de la impunidad. Además, el Señor Jesús está presente está presente en la actividad judicial de la iglesia, lo que debiese llenarnos de convicción, esperanza, como también de profundo temor y temblor.

3. ¿Qué hacer luego de la disciplina eclesiástica? 

“Pero si alguno me ha causado tristeza, no me la ha causado sólo a mí sino, en cierto modo, a todos ustedes (y espero no exagerar). El castigo que muchos de ustedes le impusieron a esa persona, es suficiente. Ahora deben perdonarlo y consolarlo, pues de lo contrario podría consumirlo la tristeza. Por tanto, les ruego que confirmen su amor hacia él. También les escribí para comprobar la obediencia de ustedes en todo. Así que a quien ustedes perdonen, yo también lo perdono. Y se lo perdono, si es que hay algo que perdonar, por consideración a ustedes en la presencia de Cristo; no vaya a ser que Satanás se aproveche de nosotros, pues conocemos sus malignas intenciones” (2ª Corintios 2:5-11 RVC). 

Esta porción escritural nos habla de una persona que ha causado serios problemas a la comunidad en Corinto, tanto que se le impuso un duro castigo luego de un proceso disciplinario. El ofensor ha mostrado genuino pesar y arrepentimiento, por lo cual Pablo exhorta a que se le levante la disciplina, restaurándole con amor a la plena vida comunitaria. No perdamos de vista lo siguiente: Pablo no está cuestionando el proceso disciplinario. Es más, confía en los líderes que lo llevaron a cabo y señala el acierto en la ejecución del mismo. 

Lo que sí Pablo cuestiona es que se mantenga el castigo de un miembro que ya se ha arrepentido, al que Cristo había perdonado, y al que Pablo, de manera concordante, también mostró la misma acción. Él exhorta a los hermanos corintios que hagan lo mismo, que le reconcilien con cariño y levanten su sanción, pues si no lo hacen se terminará destruyendo al hermano, lo que no está en el propósito de la disciplina. De hecho, según el texto, Satanás puede salir victorioso si la iglesia, que ve el cambio en el corazón del pecador, se mantiene dura y sin perdonar a quién le ha dañado. No causemos dolores innecesarios aumentando tristeza y culpabilidad en quien ha sido perdonado.

¿Qué nos enseña este texto para la iglesia del presente?

  • La disciplina no debe convertirse en un acto de rigor inmisericorde en el cual no haya lugar para el perdón y la restauración. Si hay arrepentimiento genuino, también debe haber reintegración completa.
  • No debiéramos permitir nunca que un pecador perdonado se aparte del cuerpo de creyentes y abandone la fe, por la falta de amor de la iglesia. La falta de perdón no sólo daña al ofensor, sino a toda la iglesia. La falta de perdón es evidencia de un corazón endurecido que se cierra a manifestar la gracia de la que hemos sido beneficiarios sin merecerla. 
  • De aquí se desprende un principio para la práctica muy interesante: no es necesario poner plazos a la disciplina en una escala temporal (meses, años), sino declararla indefinida hasta que haya arrepentimiento que conduzca a la reparación y la restauración.

Para reflexionar y practicar. 

No debemos olvidar nunca que los objetivos de la disciplina de la iglesia son la gloria de Cristo, la pureza de la iglesia y la restauración del pecador.

Debiésemos entender, sobre todo quienes somos líderes en la iglesia, que no hay intocables en la comunidad cristiana. Que quienes somos miembros de la iglesia somos, por ello, susceptibles de ser disciplinados. Quienes somos miembros de la iglesia debemos recordar que “al que se le da mucho, también se le exigirá mucho; y al que se le confía mucho, se le pedirá más todavía” (Lucas 12:48b RVC); y “Porque con el juicio con que ustedes juzgan, serán juzgados; y con la medida con que miden, serán medidos” (Mateo 7:2 RVC). Esto nos ayudará a conducirnos con clara conciencia de la vocación que nos ha sido encomendada, junto con la acción en justicia cuando nos toque participar de un proceso disciplinario. Ser oficial de la iglesia es un privilegio y una responsabilidad. 

Quien no acepta la disciplina actúa en rebeldía ante Dios y la comunidad. Podemos escapar de la disciplina de la iglesia, pero de la de Dios no podemos escapar. Dios es justo y no puede ser burlado con triquiñuelas y acomodos que pervierten el sano ejercicio de la disciplina eclesiástica. La ley de la siembra y la cosecha es inexorable desde la perspectiva creyente (Gálatas 6:7-9).

¡La disciplina siempre es un acto pastoral! No hay disociación entre cuidado de los creyentes y su disciplina. David Hormachea lo explica de muy buena manera en uno de sus libros cuando dice: “Ningún hombre puede hacer algo tan malo que haga que Dios le ame menos. Ni puede hacer algo tan bueno que haga que Dios le ame más. […] Dios siempre nos ama, su amor no varía. Él es el mismo por todos los siglos. En Él no hay sombra de variación. Su amor es permanente e invariable. Cuando hacemos lo malo, Dios nos ama. Cuando hacemos lo bueno, también nos ama. Nunca deja de amarnos, solo que la manifestación de su amor es distinta dependiendo de nuestra actuación. Cuando hacemos bien nos anima y se alegra. Cuando nos equivocamos, nos exhorta y nos sigue amando. Cuando nos rebelamos, nos disciplina y nos sigue amando. / Nuestro deber como pastores, como consejeros, como miembros de las congregaciones es imitar el maravilloso amor de Dios. Debemos amar a los que pecan, a los que no les hemos descubierto su pecado, a los que pecan en aspectos poco escandalosos y hasta a los que dicen que no pecan. Debemos amar siempre. A veces recompensamos una obra bien hecha y mostramos nuestro amor con estímulos y recompensas. A veces disciplinamos una mala actuación o un acto pecaminoso expulsando a los rebeldes y restaurando a los arrepentidos; sin embargo, en todos los casos debemos actuar con amor. Ese amor que abraza, besa, acaricia, exhorta, anima, separa o expulsa y que nunca varía aunque lo manifestemos en forma distinta” [3]. La disciplina es un acto de amor. 

Debemos orar para pedir ayuda a Dios, ya sea para perdonar a quienes nos han dañado, como para dar el paso de pedir perdón, según lo que el mismo Padrenuestro nos enseña. Luego de eso, busca encontrarte con el hermano o hermana que has dañado o que te dañó, y procura la reconciliación. Confiesa tus pecados a Dios. También puedes confesar tus pecados a un hermano de confianza para que te ayude a orar, y con ello, dar tranquilidad a tu conciencia, conduciéndote con fe a la sanidad que Dios puede darte (Santiago 4:12). 

Charles Spurgeon, en su Discursos a mis estudiantes, decía que “No permitamos que nuestra predicación recta y fiel degenere en regaños a la congregación. Algunos llaman al púlpito ‘Castillo de los Cobardes,’ y tal nombre es propio en algunos casos, especialmente cuando los necios suben a él e insultan impúdicamente a sus oyentes, exponiendo al escarnio público sus faltas o flaquezas de carácter” [4]. Ni el púlpito ni las conversaciones de pasillo ni las redes sociales son el espacio para la disciplina. Esa es una actividad propia de la comunidad delegada en sus autoridades. No contamine a la iglesia con su imprudencia. Ella no castiga con justicia ni sana restaurando corazones. Sólo produce daño. Daña a personas, daña comunidades y daña el testimonio del evangelio. En definitiva, daña al mismo Jesús. 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] R. C. Sproul. Todos somos teólogos. Una introducción a la Teología Sistemática. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 2015, p. 283. 

[2] Sagrada Biblia Nácar-Colunga. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1969, p. 1069. Nota a Mateo 18:18. 

[3] David Hormachea. El adulterio. ¿Qué hago? Nashville, Grupo Nelson, p. 266. 

[4] Charles Spurgeon. Discursos a mis estudiantes. El Paso, Casa Bautista de Publicaciones, 1996, pp. 154, 155.

“Mucho valor tiene a los ojos del Señor la muerte de sus fieles”. A la memoria del hermano Pablo Hoff.

* El recorte de prensa es del archivo del Pr. Manuel Díaz, profesor del IBN. 

Durante la mañana de ayer, 23 de junio de 2019, nos hemos enterado de la noticia de la muerte de Paul Hoff Bieker, más conocido en el mundo evangélico chileno, y especialmente a quienes nos formamos en el Instituto Bíblico Nacional, como el “hermano Pablo”. Él había nacido el 23 de febrero de 1924, y se formó académicamente como Bachiller en Artes Liberales con mención en Historia de la Universidad Taylor y Magíster en Teología del Seminario Bautista del Norte, y que desarrolló su tarea como misionero de las Asambleas de Dios en Bolivia, Argentina y Chile, fundamentalmente en la tarea de la docencia teológica y la pastoral. Chile, país al que llegó en 1978 fue donde desarrolló su ministerio de más larga data, y que tuvo como su fruto principal y más maduro el Instituto Bíblico Pentecostal, fundado en 1979, y que desde 1999 recibe el nombre de Instituto Bíblico Nacional fortaleciendo su carácter interdenominacional, lo que va acompañado de sedes en más de veinte ciudades a lo largo del país. 

Ligado a su tarea docente surgieron sus libros, la mayoría de ellos publicados por Editorial Vida, relacionados con las diversas áreas del saber teológico, escritos a mano y luego escritos a máquina por su esposa, la hermana Betty, y más tarde a computador y estilizados al idioma castellano por personas ligadas al Instituto que él formó. Libros que demuestran un conocimiento profundo de la Escritura, y que facilitan su acceso a la misma, por el fuerte talante pedagógico que poseen y que, por sobre todo, invitan a mirar a Cristo Jesús cuando avanzan en el aspecto devocional. Estos libros son: 

  • “El Pentateuco” (1978), 
  • “Los libros históricos” (1980),
  • “El pastor como consejero” (1981),
  • “Se hizo hombre” (1990, sobre los evangelios sinópticos),
  • “Otros evangelios” (1993, sobre religiones comparadas),
  • “Libros Poéticos” (1998),
  • “Defensa de la fe” (en coautoría con el teólogo chileno David Miranda, publicado por Editorial Mundo Hispano, 1997),
  • y “Teología Evangélica” (Tomo 1, 1999; Tomo 2, 2000; obra reunida en un solo ejemplar, 2005).

Él diría en una introducción a uno de sus libros: “Tal vez el lector apresurado se sienta tentado a estudiar las lecciones del libro sin leer previamente las partes correspondientes de la Biblia. Si así procede, se estará defraudando a sí mismo y no aprovechará al máximo este estudio, porque la Biblia es siempre más importante que lo que dicen los hombres acerca de ella” (El Pentateuco, p. 11). A ello se suman muchos artículos desperdigados en folletos, revistas y periódicos evangélicos. Como escribió Juan, el apóstol: “Dichosos de aquí en adelante los que mueren unidos al Señor. Sí – dice el Espíritu-, ellos descansarán de sus trabajos, pues sus obras los acompañan” (Apocalipsis 14:13 DHH). En 2011, Editorial Vida publicó el libro biográfico escrito por Stuart Allsop, titulado “Mi Dios les proveerá. La apasionante historia de Pablo Hoff”, el que lamentablemente no ha sido difundido en las librerías de nuestro país. Es de justicia que lo hagan con prontitud. 

Conocí al hermano Pablo en el año 2000 cuando ingresé al Instituto Bíblico Nacional. Era un joven pentecostal, tenía 18 años y cargaba una cantidad de sueños y anhelos de servicio al Señor, sobre todo porque al comienzo de ese año sentí fuertemente un llamado al ministerio pastoral, y para eso había que prepararse. Si bien es cierto, estudiar teología tenía mala prensa, porque “la letra mata”, en mi comunidad de esos tiempos había un buen recuerdo del hermano Pablo, siendo la Iglesia Pentecostal Naciente una de las primeras denominaciones en recibir bien a este misionero. Recibí dos libros de él para iniciar el ciclo, los que leí con avidez, y que profundizamos en clases con los profesores, compañeros de curso, y principalmente con mi amigo y compañero de andanzas, Cristian Estrada. Fue fácil admirar a este ministro del evangelio, porque no sólo leímos sus libros, sino que además compartimos con él. Nunca he podido olvidar que a las dos semanas de entrar a estudiar, estaba trabajando en el Parque Bustamante como encuestador, cuando él pasa por la vereda de en frente (vivía cerca de allí), me vio, cruzó la calle, se me acercó con su característica sonrisa, me dio un fuerte apretón de manos y me preguntó por mi parecer respecto del IBN, luego se despidió con un “Dios le bendiga en todas sus labores”. 

Luego, fueron las conversaciones con él mientras tomábamos un café o sus ilustraciones testimoniales en medio de sus sermones en las que le conocimos más: su conversión a muy temprana edad, su paso como soldado en la 2ª Guerra Mundial, sus estudios teológicos en los que recibió la influencia de autores del ala conservadora y de la neoevangélica, siendo tributario de Carl Henry y Millard Erickson. Luego su trabajo misional en Bolivia y Argentina y su venida a Chile, llena de hechos providenciales: su solicitud de abrir un Instituto Bíblico para los pentecostales chilenos fue antecedida, sin mediar conversación entre ellos, por la solicitud del Pr. Francisco Anabalón de apoyo de las Asambleas de Dios para abrir un centro de estudios en el país. El trabajo misional en Chile estuvo marcado por desafíos y dificultades, pero en el que Dios abrió caminos: de las clases en el templo de la Corporación Vitacura, en Calle Rosas (frente al que hoy es el Teatro Teletón) al edificio de seis pisos en calle Ejército. Cómo él mismo no cesaba de señalar, citando la Escritura: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19, RV 1960). 

De acento “agringado”, pese a los años que llevaba en Chile, era un deleite escuchar sus predicaciones, las que eran bíblicas, llenas de fuego, y con una característica muy particular a la hora de aplicar: bajaba la voz y con voz suave golpeaba nuestros corazones y conciencias. Aunque también le vimos apasionado y molesto. Dos momentos que recuerdo vívidamente. A principios de los 2000 algunos profesores comenzaron a señalar, sin ambages, su mirada escatológica amilenarista, yendo contra la mirada dispensacionalista, hegemónica en el mundo pentecostal. En una reunión de profesores se dio la discusión, muy acalorada, de la que algunos fuimos testigos indirectos mientras realizábamos nuestras tareas en la biblioteca. La discusión terminó con un golpe de mesa y con la voz firme del hermano Pablo diciendo: “no importa cuándo el Señor viene o cómo viene; lo que nos importa es que Él viene”. El momento terminó con oración y ánimo reconciliado. 

El otro momento, fue una de las últimas capillas (momento devocional) que se hizo al final de las clases, dando cuenta que muchos se retiraban y no participaban de la misma, nos exhortó a la luz de la Palabra la importancia de una espiritualidad profunda. Ahora, con justo enojo, golpeó el púlpito y dijo “si alguno cree que estudiar Teología es para agrandar cabezas y no corazones no es digno de este Instituto”. Y esto me permite cerrar mi relato testimonial. Pablo Hoff más que un teólogo fue un valiente siervo del evangelio, un respetable creyente, que nos enseñó con la palabra y la vida que los peores enemigos de los estudios teológicos no eran quienes decían que la “letra mata”, sino aquellos que estudian y tienen “un más alto concepto de sí que el que deben tener” (Romanos 13:3). Pablo Hoff, fue un valiente misionero que entendió que el servicio a Cristo y su Reino no tiene fronteras ni barreras que el Señor de la misión no pueda derruir, y que por lo mismo, asume con una alta cuota de voluntarismo el llamado que le constriñe a ser un obrero del evangelio. Todo esto, era una invitación que no dejaba de lado la erudición, pero que fortalecía la práctica servicial y buscaba forjar carácter cristiano. Se trataba de buscar un “conocimiento ungido”. Y dicho conocimiento fortaleció al bullente pentecostalismo chileno y excede sus veredas, edificando también a creyentes de otras banderías eclesiales. 

Como alguien que se siente honrado de haber hecho sus primeras armas del conocimiento teológico en el instituto que él formó, de manera agradecida digo frente a nuestro querido hermano Pablo: muchas gracias, seguiremos “preparándonos mejor, para servir mejor” con la ayuda de Aquél que vive y permanece para siempre. 

¡Hasta pronto!

Luis Pino Moyano.

 


 * Recomiendo, para quienes quieren tener un acercamiento mayor al testimonio de vida del hermano Pablo Hoff, ver la entrevista realizada por la hermana Sara Ossa, en el Canal de YouTube de Corporación Sendas, y el texto biográfico escrito por el hermano Pablo Villouta. 

¡Basta de líderes evangélicos sin el evangelio!

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1ª Pedro 5:1-4).

Sin lugar a dudas, vivimos un momento crítico para las religiones y su comprensión del mundo y de la vida. Pero lo que podría ser entendido como oportunidad desde el estudio, la oración y la vida en comunidad, se ve dificultado cuando los medios de comunicación y algunos organismos estatales han buscado-y-encontrado en las iglesias una serie de prácticas reñidas con la ética bíblica y la legalidad vigente de los países. Abusos de poder, con expresiones que van desde la tiranía eclesiástica, la violencia física y psicológica, hasta los deleznables maltratos de índole sexual; las estafas y malversaciones de fondos; todo esto amparado por estructuras y lógicas sectariamente autoritarias, en las que se ejerce el control de las conciencias desde un discurso de fe. Sabemos que no todos los pastores y líderes de nuestras iglesias incurren en este tipo de actos, pero los que sí las cometen manchan la dignidad y testimonio de Jesucristo y de toda la hermandad que profesa la común fe. A todas luces, estamos frente a la construcción de una alta y pesada barrera para la proclamación del evangelio y, a la vez, ante las evidencias del desprecio a la enseñanza bíblica y teológica, la despreocupación integral de los fieles e, inclusive, la discriminación social dentro de nuestras comunidades.

Por lo mismo, quise fundamentar mi reflexión en el texto del viejo apóstol Pedro, quien con toda la humildad del mundo no ocupa su oficio como título grandilocuente, ya que se reconoce como un “presbítero” más entre otros colegas de labor, miembro de una iglesia de cristianos dispersados por la persecución en toda el Asia Menor. Aquél que fue “testigo de los padecimientos de Cristo” toma la palabra para hablar desde adentro y con conocimiento de causa. Y su texto tiene la fuerza de una declaración de principios permanentes para quienes tienen la labor de trabajar en la iglesia de Jesucristo, al nivel de decir con suma claridad lo que se debe y no se debe hacer. Veámoslo a continuación: 

  1. Los líderes de la iglesia no deben forzar, sino cuidar. Los líderes de las iglesias tienen la tarea de guiar en el camino de la fe a la congregación, pero dicha labor no tiene nada que ver con una dictadura, no se basa en la imposición sino en la exhortación fiel de la Escritura. El liderazgo cristiano abre caminos y fortalece la formación de quienes tienen dones para el servicio de Cristo y la comunidad, acrecentando el sentido de responsabilidad más que el de obligación, en la lógica antijerárquica del sacerdocio universal de los creyentes. La referencia al oficio pastoril se hace más elocuente cuando Dios Padre en el Antiguo Testamento y Jesucristo en el Nuevo, se presentan como los pastores de su pueblo, quienes a diferencia de los líderes religiosos, sí otorgaban cuidado integral, protección y defensa a sus ovejas. El buen pastor es el que muere y no pone el centro de su acción en su vida e intereses particulares o, derechamente, mezquinos. 
  2. Los líderes de la iglesia no buscan ganancias deshonestas, sino servir voluntariamente. Cuántas personas, creyentes y no, producto del enriquecimiento de quienes han tornado el oficio pastoral en una profesión burguesa, tienden a creer que el pastorado es un camino fácil para enriquecerse, al nivel de pensar (como decía un graffiti en un muro cercano a mi casa de infancia) que “Dios es amor, pero la iglesia es plata”. ¡El trabajo pastoral no tiene como fin último ganar dinero sino servir para glorificar a Dios y edificar a la iglesia! Pastor, líder de la iglesia, sea cual sea tu convicción teológica y práctica denominacional, ¿dónde está el tesoro de tu corazón cuando piensas en tu ministerio?; ¿qué es lo que te motiva a trabajar en la obra que es de Dios y no tuya? 
  3. Los líderes de la iglesia no cometen abuso de autoridad, sino que trabajan para que su testimonio sea ejemplo en la comunidad. ¿En qué momento las palabras “pastor”,  “ministro”, “líder”, “oficial”, “presbítero”, “reverendo” y hasta “apóstol” se convirtieron en significantes de una condición especial más que en roles a realizar? El ejercicio de un oficio en la iglesia no te constituye en parte de una élite con hambre y voluntad de poder, sino que te invita a seguir el método de liderazgo de aquél que no temió “rebajarse”, aparentemente, atándose una toalla en la cintura, tomar un lavatorio y de rodillas lavar los pies de cada uno de sus discípulos, como lo hacía el esclavo de la casa en la Antigüedad.

Por todo lo anterior debemos decir con toda la fuerza de un protestantismo que protesta: ¡Basta!

Basta de líderes que se autodenominan como evangélicos pero en sus predicaciones y discursos, en templos y calles, anuncian cualquier otra cosa menos el evangelio del Reino de Dios. ¡Basta de líderes que como profetas trasnochados se dedican a sembrar odiosidad, intolerancia y miedo a creyentes y no creyentes!

Basta de líderes evangélicos que por sus anhelos de cuotas de poder en la iglesia y la sociedad, y también por la construcción de un ego elevado, hablan arrogándose la representatividad del “pueblo evangélico”, un mundo que no existe como comunidad homogénea, que no tiene y se resiste a tener “Papas”, “papitos” o “patrones”, sino más bien un mundo con declaraciones de fe propias y con prácticas muy particulares.

Basta de líderes evangélicos que ocupan los púlpitos de sus iglesias a modo de plataformas políticas en las que dan la palabra a candidatos que propician sus ideologías, o que erigen y empoderan a miembros de sus filas para postularse a algún cargo público, con el consecuente llamado a sufragar por el candidato que “representa los valores del pueblo de Dios”, otra cosa que no existe a cabalidad. ¡Basta de control de las conciencias!

Basta de líderes evangélicos que colocan en posiciones de poder a hijos, hermanos, otros familiares y amigos, para constituir un séquito que malentiende la lealtad, que articula una élite de intocables a los que jamás les llega la disciplina eclesiástica. El ejercicio de los dones por parte de creyentes no requiere de un currículum vitae potenciado por lógicas de nepotismo y compadrazgo, sino más bien por la obra del Espíritu Santo discernida, evaluada y juzgada por una congregación afirmada en la Biblia. Y esto no quiere decir que un hijo de pastor no pueda ser pastor, sino que su criterio de elección no puede estar supeditado a cuestiones de familiaridad sino a un don que es reconocido por creyentes debido a la edificación que produce a la comunidad.

Basta de líderes evangélicos que ocupan los recursos de la iglesia para abrir fundaciones, ONGs y hasta empresas de diverso tipo, para concretizar sus agendas y proyectos que buscan el enriquecimiento personal o la conquista de una posición de influencia, que corrompen sistemas de gobierno eclesiástico, que dividen iglesias articulando mafias internas y que no obstan con emplear medios corruptos para empoderarse ellos y debilitar a otros, ensuciando testimonios de hermanos sin posibilidad de contrarrestar sus versiones oficiales. ¡Basta de líderes evangélicos que enseñan de ética protestante del trabajo a sus miembros sin aplicarla, aumentando la corruptela en un país que está perdiendo cada vez más la ingenuidad!

Basta de líderes evangélicos que creen que se “rebajan” cuando van al “punto de predicación” con los hermanos, cuando reciben instrucción en la escuela dominical o se dejan aconsejar por otros líderes y hermanos, cuando comparten la misma mesa con la hermandad y no una especial “para pastores”, cuando toman una escoba para barrer el templo, o una herramienta para reparar un artefacto dañado, o cuando se disponen a servir una mesa… ¡lo que rebaja a un ministro del evangelio es un testimonio que no se condice con la ética que predica! 

Basta de líderes que creen que la solución a todos los males está sólo en una mayor formación teológica. ¡La educación no tiene el poder para redimir, Cristo y sólo él puede hacerlo! Los líderes pueden ser conocedores eruditos de la Biblia, eminentes teólogos de cuya boca emerge sabiduría ortodoxa, respetuosos aplicadores de los principios de la hermenéutica y de la homilética… pero todas esas cosas se transforman en simples patrañas cuando el testimonio y la ética dejan mucho que desear.

Basta de líderes evangélicos que gustan de aparecer en televisión, sin entender que hacen “circo” con ellos, por el morbo que producen sus palabras y acciones. Es ofensivo que dichos sujetos moldeen una imagen de lo evangélico por el ruido supino de una voz que construye la idea que para ser cristiano o ir a la iglesia hay que sacarse el cerebro. 

Basta de líderes y actores evangélicos que tienen el poder económico para pagar reportajes en medios masivos de comunicación, con el afán de lavar su imagen pública a costa de sus congregaciones en las que alguna vez desarrollaron hermosas labores. 

Basta de líderes evangélicos que actúan con delirio de persecución cuando están frente al disenso, sobre todo, cuando nuestra mirada parcelada de la realidad es puesta en cuestión por actores creyentes y no creyentes. Para ello, debemos entender que la fe cristiana es una mirada de la realidad total, y que por ende, así como propone una visión respecto de la moral sexual, también propone que la ética debe estar ligada a la acción política huyendo de la lógica maquiavélica, y pone en la palestra el ejercicio de injusticia sistemático contra pobres-huérfanos-viudas-y-migrantes, denunciando los abusos contra el prójimo y el espacio habitado. ¡Basta de líderes que estupidizan y satanizan a los otros sin más argumento que la prepotencia que pone en cuestión la libertad de conciencia, actitud que en algún momento nos puede golpear en la cara y reducir efectivamente nuestras posibilidades de acción en el mundo!

Y, por supuesto, basta de congregaciones que pavimentan el camino a este tipo de liderazgos. Aquí no hay solamente falsos maestros, hay también, en las palabras de Pablo a Timoteo (2ª Timoteo 4:3,4), oyentes que dan rienda suelta a sus malos deseos y que gustan de escuchar las novelerías, mitos, innovaciones doctrinales y, por supuesto, las enseñanzas que sacien su banal necesidad. Este tipo de miembros de iglesias son los causantes de estos falsos líderes: en la lógica de una fe mercantilizada, ellos son consumidores de iglesia y de los beneficios que conlleva ocultar la verdad y legitimar a estos falsos dirigentes que quieren y, tristemente, se merecen. Las verdaderas víctimas acá son aquellas personas que trabajaron y dieron esforzadamente para la obra de Dios, y cuando lo oculto salió a la luz pudieron notar que en realidad fue para la solidificación de un patrimonio individual con aquello que éticamente no pertenecía a quienes redituaron con la fe.

Hoy más que nunca debemos poner la vista donde corresponde: en Cristo que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, lo que nos da esperanza en el momento crítico que vivimos, en el que parece que sólo nuestras miserias resaltan. Debemos buscar constituirnos en iglesias que anhelan ser renovadas por el Espíritu Santo y que se reforman continuamente a la luz de la Escritura. Debemos ser iglesias que dejan, con arrepentimiento y fe, toda la bazofia a la que le hemos dicho “¡basta!”, para ponernos a trabajar en lo que verdaderamente nos compete, a saber, que activa y armoniosamente sigamos extendiendo nuestra mano para arrojar la buena semilla del evangelio y para trabajar para la gloria de Dios en cada esfera de la vida. Si no lo hacemos, terminaremos construyendo iglesias a nuestra imagen y semejanza, espacios que no prevalecerán, pues no son “de Jesús la iglesia” y por eso “constante no ha de ser”. La iglesia que lleva nuestro apellido terminará como todo aquello que es vanidad. 

Luis Pino Moyano.


 

Publicado originalmente en Pensamiento Pentecostal.

Convertir la tragedia en oportunidad.

Escribo estas líneas sin un ápice de gozo. Fui pentecostal “a la chilena”, miembro en plena comunión por quince años de una iglesia fundada en 1966 en la comuna de Puente Alto (la Iglesia Pentecostal Naciente), que venía del tronco de una de las iglesias más tradicionales de ese mundo, la Iglesia Evangélica Pentecostal; y,  a pesar de mi alejamiento de dicha comunidad en el año 2009, mantengo mi aprecio y admiración por tantos hermanos y hermanas que han “peleado la buena batalla de la fe” y de quienes aprendí tanto desde la Palabra y la acción. Siendo hoy presbiteriano, he seguido teniendo la posibilidad de colaborar con algunas iglesias pentecostales en la predicación y la enseñanza, y he mantenido como uno de mis temas de estudio en la investigación y docencia en el área de la historia eclesiástica al pentecostalismo endógeno, cruzando tanto la mirada historiográfica y crítica con la deuda de amor a quienes sigo viendo como hermanos. Enuncio esto al comienzo de mi reflexión para que se sepa desde un comienzo que no estoy hablando desde una posición de superioridad teológica y/o moral. 

Es indudable que el hecho noticioso de Eduardo Durán, obispo de la Primera Iglesia Metodista Pentecostal, conocida en el mundo evangélico como “Jotabeche” ha copado los medios informativos, pasando desde el tono de “farándula” a la investigación acuciosa. El escandaloso mal uso de dineros que convierte al pastorado en “profesión lucrativa”, como las relaciones extramaritales sostenidas por él, han sido como un potente golpe en el estómago a la identidad evangélica del país. Los “canutos” chilenos a veces podíamos ser reconocidos como poco dados a la sociabilidad con no creyentes (el refugio de las masas, ¿se acuerdan?), y hasta con ciertos rasgos de intolerancia, pero muy pocas veces se dudaba de nuestra honestidad. Esa imagen del evangélico honrado, nuevamente, es minada por el testimonio pésimo de quienes no han entendido a Jesús diciendo que “la vida del hombre no depende de los muchos bienes que posea” (Lucas 12:15, RVC -como todas las citas en adelante). Estamos frente a una nueva muralla que nos aleja de las personas a la hora de compartir nuestra fe. Pedro lo señaló con toda claridad en su primera carta: “Que ninguno de ustedes sufra por ser homicida, ladrón o malhechor, ni por meterse en asuntos ajenos” (1ª Pedro 4:15). Cuando, en jerga futbolística, “dejamos la pelota dando botes frente al arco”, no podemos acusar persecución contra la fe cristiana. Hemos sido nosotros los que manchamos el evangelio de Cristo con nuestros actos. 

Por lo mismo, la mirada fraterna hacia el pentecostalismo, sea desde dentro de la iglesia en la que se enmarca el hecho convertido en noticia, como desde fuera de sus muros, no puede realizarse a modo de una lectura sentimental. Y aquí el principio paulino se transforma en clave de lectura: “Porque es preciso que haya disensiones entre ustedes, para que se vea claramente quiénes de ustedes son los que están aprobados” (1ª Corintios 11:19). La mirada que no disocia amor y verdad, no deja de dolerse ni de expresar cariño frente a una circunstancia tan adversa, pero a la vez tiene clara y rigurosa idea de lo que se vive: este hecho ocurrido al interior de Jotabeche nos enseña, una vez más, que la disensión en tanto contrariedad de propósito, es mala para la comunidad, pero misteriosa y realmente es prueba de la fe en Jesucristo, que señala el juicio de un Dios que no puede ser burlado, que da a cada uno lo que merece (Gálatas 6:7,8). Sin lugar a dudas, cuando caen los que tienen que caer, no podemos hacer otra cosa que mirar, con mucho temor y temblor, la mano providente de Dios en la historia. 

Frente a esto, más allá que hoy el obispo Durán esté sentado en el tribunal del “juicio social” frente a una “tan grande nube de testigos” (Hebreos 12:1), se hace pertinente que ese no sea nuestro punto focal principal. Porque nada, o muy poco, se soluciona con la salida del pastor de marras, si no se realizan tareas que lleven a que la iglesia supere históricamente el desafío de reformarse sin dividirse. Aquí, con toda claridad, el problema es tanto Durán como el sistema eclesiástico hecho a su imagen y semejanza a manera de un ídolo con pies de barro. Y como dice un himno clásico de avivamiento entonado tantas veces en la liturgia pentecostal, debemos orar y estar expectantes en la tarea que hace el Espíritu Santo cuando “Destruye el egoísmo, sí, / y quema todo mal / Ven vivificanos aquí / con fuego celestial”. Y como ocurre a lo largo de la Escritura, la oración que mira al Dios soberano es la que diseña nuestra agenda de trabajo, por lo que, hay mucho que hacer. Y este difícil momento exige acciones concretas para convertir esta tragedia en oportunidad. Propongo los siguientes elementos a tener en cuenta:

a. El caso del obispo Durán es el primero en salir a la palestra pública.

Cuando apareció en la escena pública el caso Karadima, hubo un intento inútil por pensar que esto era una excepción a la regla, inclusive, cuando había muchos “susurros” del terror y el ejercicio abusivo del poder con implicancias que caminan de lo sicológico a lo sexual. ¿Alguien imaginaba, con la salvedad de las víctimas, que Cristián Precht, reconocido por su defensa de los derechos humanos al alero de la Vicaría de la Solidaridad, y Renato Poblete, el sacerdote que tomó la posta de Alberto Hurtado en el Hogar de Cristo, estarían involucrados en este tipo de prácticas abusivas? Pero los periodistas siguieron investigando, y los tribunales civiles y la justicia eclesial hicieron su trabajo, y lo siguen realizando (no entraré, por ahora, en juicios de valor frente a lo ejecutado en algunas de estas instancias).

Nada peor que creerse curado de espanto con las acciones dolosas del obispo Durán, porque el ojo periodístico y el de los organismos fiscalizadores y de justicia ya penden sobre nosotros. Y acá no sacamos nada con realizar el ejercicio pedagógico de decir, “no somos de los mismos”, si eso no va acompañado de una ética preocupada por el testimonio. No vivimos para satisfacer el que dirán, porque Cristo es nuestro juez, pero al amar la gloria de Jesucristo sigamos sus palabras cuando nos pide a todos los creyentes “que la luz de ustedes alumbre delante de todos, para que todos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos” (Mateo 5:16). Si no nos hemos preocupado de salir de la oscuridad, procuremos arrepentirnos desde ya. Es lo primero que debemos hacer: acercarnos a Dios a sabiendas de nuestra vulnerabilidad y profunda necesidad de la gracia.

b. Se requiere una reforma en el entendimiento del liderazgo como en su ejercicio práctico. 

No deben existir más pastores que aparezcan diciendo al mundo y a viva voz “que quien me nombró acá como obispo a cargo de la congregación no fueron los hombres sino que fue Dios Todopoderoso”, cuando lo que merecen por sus acciones es la disciplina de la iglesia que confronta, sanciona y restaura. A su vez, cuando esos actos están reñidos con la legalidad, amerita que el organismo estatal competente aplique la sanción pertinente en justicia. Pero para que esas palabras vergonzosas y temerarias, porque culpan a Dios de algo que es propio de nuestros ejercicios responsables de la voluntad, no ocurran, debemos cambiar la percepción del liderazgo eclesiástico. 

Los ministros (¡palabra que significa SIERVOS!) del evangelio no son prohombres ni héroes ni “grandes hombres de Dios” ni menos parte de un clero (¡sacerdocio universal de los creyentes!), sino más bien miembros de la iglesia llamados a un oficio particular por Dios y su congregación, que son santos-pecadores que necesitan de la gracia de Dios y que su rol exige un alto compromiso y responsabilidad más que beneficios y suntuosidad. La congregación, por lo mismo, debe entender que los pastores no son “papitos” ni “generales de Dios” ni tampoco “modelos terminados” de los que se presupone su impecabilidad. Esa pastorlatría mata la iglesia y pervierte el pastorado y facilita prácticas autoritarias coercitivas o cooptativas, al modo del “palo y bizcocho” del sistema portaliano. Es esa pastorlatría junto con las heridas causadas a hermanos en la fe la que ha generado más migración de iglesias que la rebeldía a la autoridad, la lucha de poder, las convicciones teológicas o el ascenso del capital cultural de las bases de la pentecostalidad. 

Y en la práctica eso debe conllevar que los pastores deben ser entendidos como trabajadores de la iglesia, que deben desarrollar su labor de acompañamiento en visitas, conversaciones y consejerías; en la mentoría y capacitación de líderes y, por supuesto, en la elaboración de sermones, estudios bíblicos y materiales educativos para su comunidad, y que por ende debe rendir cuentas de dicho trabajo y ser evaluado por los mismos. Además, cuando sus actos ofenden y dañan al cuerpo de Cristo deben ser disciplinados según lo realizado: ¡no deben existir los intocables en la iglesia!

c. Se necesita entender que el problema no radica ni en el sistema de gobierno eclesial ni en los diezmos, sino en la manera en que se desarrolla la tarea financiera de la iglesia. 

Este problema no tiene que ver con el episcopalismo de la Primera Iglesia Metodista Pentecostal, puesto que cualquier sistema de gobierno eclesiástico puede ser conservado y ejercido en pureza espiritual, o corrompido y pervertido por nuestra pecaminosidad. Por tanto, urge que las iglesias cuenten con tesorerías descentralizadas (¡los diezmos de la iglesia no pueden ser manejados por una sola persona a su arbitrio, sea pastor o laico!), con regulación interna, información transparente, revisiones de cuenta y ejercicios de auditoría cuando surgen dudas respecto de su manejo. Todo esto requiere de la introducción de nuevos líderes y personas con habilidades y herramientas para una iglesia re-configurada. 

Sin negar la importancia del testimonio, y que cuando lo oculto sale a la luz produce reacciones de rechazo y enojo, debemos decir que la corrupción de ciertos líderes no debe obstaculizar nuestra lectura bíblica de los diezmos y/o de las ofrendas, porque los hechos no pueden confundirse con los principios. Por eso urge la transparencia y el ejercicio de la frugalidad en el liderazgo evangélico. 

Y como planteé en otro lugar, los papeles pueden decir mucho, pero acá el problema no sólo tiene que ver con la legalidad, cosa que a los creyentes nos debe importar, pero unido siempre a nociones éticas e inclusive estéticas: es ofensivo y grosero que en Chile un ministro del evangelio tenga ingresos millonarios, sobre todo cuando parte importante de su congregación trabaja esforzadamente para ganar poco más del mínimo y sostener durante un mes los avatares del presupuesto familiar. El pastor debe contar con un sueldo justo, que compense el trabajo y esfuerzo realizado, y que tenga nociones de generosidad y amor cristianos, ajustándose a la realidad socioeconómica de su iglesia, evitando así la ofensa a los pobres y que él mismo sea cooptado por líderes que cuenten con más recursos económicos.

d. Se requiere desarrollar un trabajo político consistente, es decir, no uno por la mera búsqueda de cuotas de poder. 

No es necesario aplicar una “hermenéutica de la sospecha” para pensar que mucho del interés concitado por Eduardo Durán responde a los incidentes ocurridos en el Servicio de Acción de Gracias del 2017 (conocido popularmente como “Te Deum Evangélico”), que si bien es cierto no rompió con la tradición original vivida desde 1975, aquella que convierte el púlpito en una plataforma de la política chica, de la panfletería, la lisonja, y en algunos casos, de la ordinariez, de una u otra manera generó un efecto performático mayor. Tanto el discurso de candidatura del hoy diputado Eduardo Durán Salinas, como la “oración” del pastor Lino Hormachea, que no estaban estipuladas en la planificación original, como las salidas de libreto del operador político Patricio Moya al dirigir la liturgia, fueron planificados por la red del obispo Durán para incomodar, lo que fue azuzado por parte de la congregación presente con los aplausos a los candidatos opositores a la expresidenta Bachelet, y los gritos de “¡asesina!” por la aprobación de la ley de aborto en tres causales. Nunca antes un alto dignatario de la república había salido arrancando del lugar. Y se puede argüir que lo que se estaba diciendo allí era la verdad, pero tanto el contenido como la forma estuvieron lejos de ser una protesta profética, que también podría producir rechazo o incomodidad, pero que nadie podría aducir como práctica alejada de la ética cristiana ante la disociación verdad/amor. 

El sentido común hace pensar a la prensa como “opinión pública”, cuando en realidad siempre es opinión privada con incidencia en el espacio público, y en ese sentido, su práctica investigativa nunca rehuye su subjetividad política ni la línea editorial de un grupo que sigue lógicas de red, y que alcanza a personas que ejercen poder en el país. Hubo un momento muy álgido de investigaciones periodísticas, acompañadas por acciones judiciales o de auditoría en organismos estatales, entre diciembre de 2018 y febrero de 2019 hacia las realizaciones de Durán que podrían haber tenido su germen en una suerte de “vendetta” por lo ocurrido en el Te Deum, como muchos evangélicos, inclusive lejanos a la figura del obispo metodista pentecostal, pensaron. El gran problema de ese análisis, es que parafraseando a la Escritura, los periodistas que buscaron, hallaron; y lo que encontraron fue un patrimonio excesivo para la figura de un pastor que daba cuenta de un usufructo económico feroz, junto con la relación extramarital con dos mujeres en distinta temporalidad. Es más, es sumamente decidor, que sea el mismo discurso pro-familia esbozado por Durán el que termina por llevarlo al juicio social que hoy vive: no fue la cantidad de dinero ni su consumo conspicuo el que llevó a la demanda de renuncia al obispado y a su rol de pastor por parte importante de la membresía de Jotabeche (cosa que nos debería preocupar), sino su moralidad. Y a diferencia de lo que algunos analistas fuera del mundo evangélico aducen, más que la pulsión por una moral evangélica respecto de la sexualidad humana, lo que aquí pesa más es la inconsistencia entre lo que se dice y lo que se hace. Piensen ustedes lo terrible que debe ser para alguien que escucha que la familia es la base de la sociedad (no Cristo, la roca inconmovible), que el emisor de dicho mensaje hable pésimo de su esposa en público y que desde la autojusticia y victimización presente la cantidad de tiempo en que ha adulterado la relación matrimonial que la Biblia enseña. 

La política, como muchas cosas en la vida es sin llorar. Y aquí algunas élites evangélicas han tenido, por medio de la configuración de algunas redes con actores de la clase política civil, la ilusión de que acceden al poder político, “conquistando espacios de influencia”, sin ser parte de aquello que el historiador liberal Alberto Edwards denominó “la fronda aristocrática”, lo que se releva en que sus hijos no estudian en los mismos colegios, no participan en los mismos clubes, no vacacionan en los mismos balnearios, no tienen la misma estabilidad laboral, no influyen ni en la política con mayúscula ni en la economía ni en la academia ni en la cultura. Todo eso es parte de un globo que debe ser pinchado: el de la fiestita politiquera de un cosmos que aparece inasible. 

Por ello, es que los pastores debieran dejar de aspirar a ser representantes de “la” iglesia evangélica, una entelequia que no sólo algunos periodistas precisan derruir, sino que algunos líderes anhelan para tener un boato que no les pertenece, y dedicarse al trabajo al que Dios les llamó (si es que eso en verdad ocurrió) y cumplir su rol de capacitar a la comunidad para su tarea misional en la iglesia y el mundo. Además, el amplio mundo evangélico requiere entender que su mirada no debe totalizar una parcela de la vida, sea esta la de la moral sexual o la de la justicia social, sino que debe trabajar para que, desde una teología bíblica, se aprehenda y solidifique la cosmovisión cristiana que permite entender y dar sentido a la vida desde una perspectiva que vive bajo la soberanía de Dios.

Ocupé en el título el concepto de tragedia consciente de su origen que alude a una obra dramática cuyo nudo argumental trama una lógica marcada por el sufrimiento, el dolor y la muerte. Cuando en la antigua Grecia se observaba una tragedia, se sabía que casi con toda seguridad el personaje principal de la obra iba a morir. Por ende, la motivación a ver un espectáculo de esa índole radicaba en conocer el comportamiento que dicho sujeto tendría (debo esta idea a Alfredo Jocelyn-Holt en su libro “El Chile perplejo: del avanzar sin transar al transar sin parar). Hoy estamos ante una tragedia frente a la cual, si sólo se toman acciones remediales superficiales, podría constituirse en la “crónica de una muerte anunciada” (no de la Iglesia, pero sí de algunas iglesias). Por eso, quienes amamos al pentecostalismo chileno anhelamos que la hermandad de las iglesias aludidas y por aludir se comporte a la altura de esta circunstancia. Oramos para ello. Pues hoy, como ayer, seremos conocidos por nuestros frutos. 

Luis Pino Moyano.

Del oficio pastoral a la profesión burguesa.

A todos los pastores que con la ayuda del Señor  y con mucho esfuerzo han ejercido dignamente su oficio,  no han corrompido su vocación,  y se han mantenido leales a la fe que la Escritura fundamenta. Dios siga siendo glorificado en su obra. 

Voy a comenzar mi reflexión asentando algunas premisas: a) si bien es cierto, son de público conocimiento los casos en los que pastores han hecho un uso fraudulento de su oficio eclesiástico, haciendo un aprovechamiento de la labor para convertir al pastorado en una actividad lucrativa, no es menos real que esos casos son una minoría en la realidad de las iglesias del país; b) creo firmemente que el pastorado a tiempo completo es la forma ideal para el desarrollo de dicha labor, con todo lo que ella implica: acompañamiento en visitas, conversaciones y consejerías; en la mentoría y capacitación de líderes y, por supuesto, en la elaboración de sermones, estudios bíblicos y materiales educativos para su comunidad; c) pertenezco a una iglesia, que dentro de su sistema de gobierno, nos previene también de la pecaminosidad de todos los miembros del cuerpo de Cristo, por lo cual, nuestros líderes siempre tienen a alguien a quién rendir cuentas, y por otro lado, como todos, también son susceptibles de disciplina eclesiástica: en la iglesia no hay intocables; y d) escribo estas líneas a sabiendas de mi condición de candidato al sagrado ministerio de la iglesia a la que pertenezco, por ende, lo hago con mucho respeto de quienes me anteceden en esa carrera y de los cuales puedo testimoniar con admiración sus esfuerzos y dedicación en el trabajo de cuidar de la “grey de Dios”. 

Cuando ocurrió la Reforma Protestante del siglo XVI, sus líderes propugnaron la idea de no estar alejados del pueblo de Dios bajo lógicas jerárquicas, pues el oficio pastoral es un trabajo y no una dignidad especial, lo que llegó a expresarse inclusive en cuestiones estéticas, con el remplazo de las pomposas vestimentas del clero romano, por la sobria toga de los profesores: es decir, se quiso señalar con toda claridad que los pastores son ministros de la Palabra, personas cuya labor principal es enseñar de manera fiel, profunda y clara los contenidos de la Palabra de Dios. 

Y si bien es cierto, el poder no es malo en sí mismo, claramente su mal uso ha conllevado a que sujetos se corrompan, y perviertan el oficio pastoral con prácticas abusivas, con liderazgos autocráticos, y con enriquecimiento inmoral. Ese ejemplo de perversión puede entenderse en la elocuente comparación que hizo el pastor Oscar Pereira, cuando señalando a los líderes nacionales del pentecostalismo chileno en los albores del s. XX, y cómo éstos estilos de pastorado marcaron a sus dos principales denominaciones (a saber, la Iglesia Evangélica Pentecostal y la Iglesia Metodista Pentecostal), dijo: “a [Víctor] Pávez [, primer pastor pentecostal chileno] se le obedecía a Biblia abierta y mirándolo de frente, pero al Obispo [Manuel] Umaña se le llegó a obedecer a Biblia cerrada y mirándolo hacia arriba” [1]. Es decir, este grave problema tiene como raíz el acto de cerrar la Biblia lo que pavimenta el camino para una incomprensión del liderazgo cristiano. 

Mi intención es centrarme en el problema del aburguesamiento del ministerio pastoral: en otras palabras, en el desvío que olvida que éste es un oficio respetable y que, por ello, no requiere de profesionalización ni de recursos exuberantes ni mal habidos como para elevarlo de estatus. 

Si nosotros vamos a la Biblia, notaremos en ella que la tarea de pastorear la iglesia es presentada como un trabajo arduo, que se manifiesta en la guía por medio de la enseñanza y la amonestación (1ª Tesalonicenses 5:12,13), que entre sus labores está el dirigir bien los asuntos de la comunidad y la dedicación a la predicación y la enseñanza de la Palabra (1ª Timoteo 5:17), y que todo su rol les hace responsables ante Dios, a quien un día tendrán que rendir cuentas (Hebreos 13:17). Por ello, la iglesia debe sostenerlos económicamente y buscar un compañerismo espiritual con ellos, entendiendo el principio paulino que señala que “El que recibe instrucción en la palabra de Dios, comparta todo lo bueno con quien le enseña” (Gálatas 6:6, el destacado es mío). Por otro lado, la cita ya señalada de la carta a los hermanos de Tesalónica dice que debe haber consideración hacia ellos, se les debe amar y tener en alta estima. El autor desconocido de la carta a los Hebreos dirá en el texto ya citado que los líderes que se sujetan a la Palabra (autoridad derivada y relativa) deben ser obedecidos por la congregación. Y, para coronar la idea, el apóstol Pablo señala a su hijo espiritual Timoteo (también en el versículo citado con antelación), que los presbíteros que cumplen bien su labor pastoral, sobre todo aquellos que se dedican a la proclamación de la Palabra, deben ser dignificados con doble honor, lo que ha dado pie a que algunos estudiosos de la Biblia señalen dos ideas: a) si bien es cierto, no podemos afirmar a cabalidad un sistema homogéneo de gobierno en la iglesia primitiva, ya es posible ver una dedicación exclusiva a una labor por parte de algunos presbíteros; y b) que el concepto de “doble honor” podría apelar a un “honorario”, es decir, a una paga. Tanto es así que el mismo apóstol Pablo, quien desarrolló un ministerio que hoy llamaríamos bi-vocacional (Hechos 20:34,35; 1ª Corintios 9:12) y que inspiró a una corriente de misión llamada “los constructores de tiendas”, fue muy explícito en señalar que quienes trabajan exclusivamente en la obra deben ser sostenidos por la comunidad (1ª Corintios 9:1-14), puesto que el que trabaja es digno de su salario (1ª Timoteo 5:17,18). Los casos no constituyen la regla: ¡no debemos olvidarnos de cuáles son nuestros deberes!

Pero la misma Palabra de Dios es muy clara respecto a que los líderes no deben ser “amigos del dinero” (1ª Timoteo 3:3), no deben codiciar ganancias mal habidas y que su servicio al Príncipe de los Pastores no debe estar motivado “por ambición de dinero, sino con afán de servir, como Dios quiere” (1ª Pedro 5:2). Enredarse en los negocios de la vida es una traición al Señor que llamó a un ministro para ser siervo de Dios y de la iglesia, es la conservación de la vida cuando Dios pide morir (2ª Timoteo 2:4,11-13). Y aquí, nuevamente, es preciso decir que el problema no está ni en el dinero ni en el salario, sino en la codicia. Y la codicia no se mide cuantitativamente ni requiere de calculadora, porque tiene que ver con una posición del corazón que en vez de poner la vista en Dios la coloca en el dinero, convirtiendo algo que es una bendición en un objeto idolátrico. Y cuando eso se olvida, no se tiene en cuenta la mancha y el obstáculo que se pone al evangelio de Jesucristo. Por eso he ocupado la idea de profesión burguesa, puesto que la palabra “burgués” es definida por la RAE en sus quinta y sexta acepción como: “ciudadano de la clase media acomodada. / Persona de mentalidad conservadora que procura la estabilidad económica y social” [2]. Es cuando ese deseo gobierna el corazón que las palabras de Jesús deben resonar: “Manténganse atentos y cuídense de toda avaricia, porque la vida del hombre no depende de los muchos bienes que posea” (Lucas 12:15, RVC).

Llevemos este asunto a cuestiones muy prácticas:

· Es facilitador de la conversión del oficio pastoral en profesión burguesa: a) la espiritualización que conduce a mirar a los ministros del evangelio como prohombres, “grandes siervos de Dios”, y no como santos-pecadores que requieren de la gracia de Dios tanto como todos los miembros de la iglesia [3]; b) remuneraciones exhorbitantes en relación a la realidad económica del país; c) redes de poder eclesiástico donde iglesias son usadas para proyectos personalistas o de facciones partidarias, algunas tristemente con características de mafia, o como “trampolín” para iglesias “más grandes y lucrativas” (téngase en cuenta el uso de las comillas); d) el olvido que pone una pesada carga en los seminarios y en los candidatos al ministerio, imposible de ser sobrellevada: la graduación de estudios teológicos no implica necesariamente ordenación, pues la preparación para el ministerio pastoral se lleva a cabo prioritariamente en la iglesia local y son los presbiterios y/o denominaciones (dependiendo del caso) quienes ordenan pastores; y e) pensar que esto sólo es un mal de iglesias de gobierno episcopal o de aquellas que tienden a la Teología de la Prosperidad: todo sistema de gobierno eclesiástico puede ser conservado en pureza o corrompido y pervertido. 

· Es perentorio que las iglesias cuenten con tesorerías descentralizadas (¡los diezmos de la iglesia no pueden ser manejados por una sola persona a su arbitrio, sea pastor o laico!), con regulación interna, información transparente, revisiones de cuenta y ejercicios de auditoría cuando surgen dudas respecto de su manejo. Esto debe sumarse a una comprensión del gobierno eclesiástico que evite el autoritarismo pastoral y la cooptación de los miembros. En este punto es pertinente decir, que no todas las personas son víctimas de estos sistemas, pues algunos lo sostienen con apologías a ellos, con ocultamiento de la verdad y/o con anhelos de alguna cuota de poder eclesiástico a modo de “chorreo”. Víctimas son aquellos que a pesar de ser muy pobres juntaron peso a peso, se sacaron literalmente el pan de la boca, hicieron empanadas, pescado frito, sándwiches de múltiples sabores y cuantas delicias puedan imaginar para juntar fondos. Víctimas son los hermanos obreros de la construcción que trabajaban de día para ellos y sus familias, y de noche y en fin de semana levantaban templos a lo largo del país. Todos ellos son víctimas cuando lo oculto sale a la luz, y aquello que fue hecho para la obra de Dios aparece como patrimonio de un particular, que hace usufructo de lo que no le pertenece éticamente. 

· A propósito de lo último, los papeles pueden decir mucho. Pero acá el problema no sólo tiene que ver con la legalidad, cosa que a los creyentes nos debe importar, pero unido siempre a nociones éticas e inclusive estéticas: es ofensivo y grosero que en Chile un ministro del evangelio gane una millonada, sobre todo cuando parte importante de su congregación se saca la mugre para ganar poco más del mínimo y sostener durante un mes los avatares del presupuesto familiar. 

· Con esto, no estoy proponiendo que un pastor deba tener un mal pasar. Siempre he creído, que como trabajadores dignos de un salario, y cuando es posible, deben tener una buena situación económica que se traduce en una remuneración justa de la iglesia (paridad entre trabajo y paga), que cumple los deberes legales de imposiciones para salud y una futura pensión, junto con todo el cariño y afecto que pueden expresar los hermanos (a propósito de Gálatas 6:6). Los tiempos de ocio con la familia y los amigos deben ser respetados por la congregación. En este punto, y producto de nuestra segregación social y geográfica, no sostengo un igualitarismo en el salario, sino más bien que el sueldo del pastor debe ajustarse a la realidad socioeconómica de su congregación, evitando ofender a los pobres y dar mal testimonio a la sociedad secular, y a la vez, buscando poner coto a la cooptación de otros líderes que lo pueden transformar, perdonando lo coloquial, en “el junior administrativo de la iglesia”.

· Creo firmemente que, más allá de la realidad del tiempo efectivo de trabajo del pastor para la iglesia, sea completo o parcial, éste debe tener a lo menos un oficio, que le permita autosustentarse, pues su llamado a la misión no debe estar supeditado a variables económicas. Esto, por varias razones: a) la imposibilidad de regular a cabalidad los tiempos de trabajo de los pastores (muchos pueden testificar de jornadas de trabajo que terminan a altas horas de la noche, inclusive, en la madrugada), podría generar una tentación a la ociosidad que podría ser paliada con disciplina basados en una ética bíblica del trabajo, y en esa disciplina, la experiencia claramente ayuda; b) si bien es cierto, hemos dicho que el ideal del trabajo pastoral se da en su expresión a tiempo completo, tenemos que tener claro que esa no es la realidad de todas las congregaciones, por ende, limitar el llamado pastoral por la imposibilidad de asegurar en principio un sueldo tal, a lo menos podría adolecer de carencia de prudencia y realismo (he ahí el riesgo de la satanización del ministerio bi-vocacional); c) los pastores, al ser susceptibles de disciplina eclesiástica, o por ciertas realidades ajenas a él mismo y que implican fracasos temporales en el ministerio, en algunas ocasiones se encontrarán compelidos a una “reinvención laboral”, lo que se facilita con habilidades y herramientas de trabajo adquiridas y entrenadas con antelación al oficio pastoral. 

Cierro con esta cita de Richard Baxter en una de las obras clásicas sobre el ministerio pastoral: “¡Te atreves a hacerte llamar pastor, pero las almas son tan viles a tus ojos que prefieres que perezcan eternamente en lugar de que tú y tu familia vivan de manera humilde! Mejor que pidas limosna antes de arriesgar la salvación de los demás por una desventaja” [4].

Luis Pino Moyano. 

 


 

[1] Oscar Pereira. Presencia y arraigo protestante evangélico en Chile 1845-1925. Santiago, Ediciones Sociedad Bíblica Chilena, 2016.

[2] Sitio web de la Real Academia Española. http://dle.rae.es/?id=6J2MtbE (consulta: abril de 2019).

[3] Para un tratamiento profundo de esa idea, véase: Paul Tripp. El llamamiento peligroso. Graham, Publicaciones Faro de Gracia, 2012. 

[4] Richard Baxter. El pastor renovado. Edimburgo, El Estandarte de la Verdad, 2009, p. 78. Hay una edición resumida en la web: http://www.iglesiareformada.com/Baxter_el_pastor_reformado.pdf (Consulta: abril de 2019). 

La Reforma Protestante desde hoy.

“Acuérdense de sus dirigentes, que les comunicaron la palabra de Dios. Consideren cuál fue el resultado de su estilo de vida, e imiten su fe” (Hebreos 13:7).

El autor desconocido de la carta a los Hebreos nos presenta en tres verbos la tarea de pensar la historia de la iglesia: acuérdense, consideren e imiten. Somos llamados a no olvidar a quienes nos enseñaron la Palabra, a evaluar desde el evangelio y con juicio crítico la práctica de nuestros antecesores, para que de ese análisis saquemos a cuenta qué elementos rescatar y conservar, y cuáles cambiar.

Octubre es un mes que nos lleva a recordar la Reforma Protestante. Si bien, Lutero, cuando escribió sus 95 tesis (algo así como los tweets de hoy, que buscan provocar ideas a discutir), no estaba pensando separarse de Roma, y que fue llevado a eso luego de su excomunión, si podemos encontrar en dicho texto el germen del cambio que se vendría.

Por ello, este mes nos proporciona un tiempo especial para el recuerdo. Las instancias deben aprovecharse. Y nunca está de más recordar a Martín Lutero, Ulrico Zwinglio, Juan Calvino, John Knox entre otros. Ellos fueron parte de los dirigentes que en el pasado nos comunicaron la Palabra de Dios. Y en dicha comunicación nos enseñaron de la centralidad y suficiencia de Cristo, de la salvación por pura gracia, de la justificación por la fe, de que nuestra doctrina y práctica está sustentada sólo en la Palabra y en toda ella. Nos enseñaron también que hemos sido hechos libres para amar y servir, que la iglesia reformada debe siempre reformarse a la luz de la Palabra y que sólo Dios debe ser glorificado en todo y por todos. Esa enseñanza conllevó una práctica: una vida que descansa en Cristo y sus méritos, que no es coaccionada por una jerarquía que dice cosas fuera de la Palabra y que vive para la gloria de Dios, proclamando la fe. Todos los reformadores, más allá de sus humanas limitaciones, fueron incansables predicadores de la verdad y no consideraron como valiosas sus vidas, pues lo realmente valioso era el evangelio y que el Reino de Dios fuese propagado.

¿Qué tenemos que imitar? Todas las enseñanzas relevantes de la Reforma del siglo XVI tuvieron un punto en común. No fueron innovaciones, no fueron descubrimientos ni inventos, como sí lo era, por ejemplo, la predicación de las indulgencias. El mayor mérito de la Reforma Protestante es su falta de originalidad. Lo que los reformadores hicieron, y lo que nosotros debemos seguir haciendo, es ir a la Escritura, y recoger de allí lo que creemos, pensamos y vivimos. Lo que debemos imitar es el reconocimiento del alto valor que tiene la Palabra revelada de Dios, inspirada por el Espíritu, leída en comunidad y en nuestro idioma con la ayuda del Espíritu Santo. Tener la Palabra como centro y base es más que una declaración doctrinal. Es un estilo de vida. Era el estilo de los reformadores. Dios nos ayude.

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín del mes de octubre de 2016 de la Iglesia Refugio de Gracia.