Reseña de libros: “El enrejado y la vid”, de Colin Marshall y Tony Payne.

El enrejado y la vid, libro de Colin Marshall y Tony Payne propicia una lectura necesaria para la reflexión respecto del desarrollo eclesial, presentando una exposición que se adentra en el debate eclesiológico acerca de la iglesia como institución y/o movimiento. La tesis de los autores es que en la iglesia debe privilegiarse el factor movimiental, en la figura literaria, la vid; sin debilitar o aminorar el factor institucional, el enrejado, pero poniéndolo en su lugar. La vid tiene que ver con el anuncio del evangelio y la práctica del discipulado. Ante la pesada tendencia de que la estructura eclesial, con su pesado formado compartimentalizado y de agenda repleta, termine absorbiendo y apoderándose de todo en la iglesia, haciendo olvidar que la tarea fundamental de ella “es la de predicar el evangelio de Jesucristo en el poder del Espíritu Santo, cuidando que la gente se convierta, cambie y alcance una mayor madurez en ese evangelio”[1]. Deben por ello, eliminarse las barreras que se anteponen a la acción de los creyentes para el cuidado de la vid.

Para los efectos de esta reseña, la parecelación de los párrafos de análisis no se harán en pos de la secuencia de capítulos, sino en cuatro ejes fundamentales que se desprenden de la totalidad del libro: el discipulado, la capacitación, la labor pastoral y el papel de la estructura.

Comencemos por la noción de discipulado. Los autores plantearán sin ambages que el objetivo de la iglesia es hacer discípulos. Es parte de su caminata y vida constante. En una re-lectura de la Gran Comisión, señalarán que “el énfasis no está en el ‘vayan’. De hecho, una mejor traducción sería ‘cuando vayan’ o al ir’ La comisión no trata esencialmente de evangelizar por ahí en algún otro país. Es más bien una comisión que hace de la tarea de hacer discípulos algo que toda iglesia y discípulo cristiano debería hacer normalmente y de manera prioritaria[2]. El formar discípulos que hacen discípulos pone las cosas en su respectivo lugar: prioriza a las personas por sobre la estructura, pero por sobre todas las cosas, centra la mirada en el crecimiento del evangelio en la comunidad. La lógica es que sin crecimiento del evangelio no hay crecimiento real de la iglesia. El anuncio y la vida del evangelio posibilita que podamos mirar a la Misión de Dios, a saber,

lo que está haciendo ahora Dios en el mundo: predicando el evangelio en el poder del Espíritu Santo, para la salvación de las almas. Este es su programa, su agenda, su prioridad, su centro, su proyecto […]. Y a través de este programa, está reuniendo para sí a un nuevo pueblo, cuyo centro es Cristo; es decir, está haciendo crecer de manera lenta y constante una profusión de hojas en la gran vid de su reino[3].

 El crecimiento del evangelio y el retorno a la misión de Dios, nos permite recordar, en la propuesta de Marshall y Payne, que debemos abandonar nuestras pequeñas y egoístas ambiciones. Pero, por sobre todas las cosas, nos permite recordar que el crecimiento del que Dios está ocupado está en lo que se produce dentro de las personas, por la acción poderosa del Espíritu Santo. Es esto, el trabajo en la vid. Y ese trabajo de enseñanza y de transmisión de vida debe ser desarrollado en oración. Es interesante que se use el concepto “criar” discípulos en vez del verbo “crear”. El discipulado es un proceso de acogida y apego. De verdadero compañerismo cristiano, que es fruto del evangelio de la gracia. El concepto de compañerismo cristiano es definido por los autores como el ejercicio de “permanecer juntos en el evangelio, o sea, decididos a vivir como ciudadanos del cielo en medio de nuestra generación corrupta, anhelando la defensa y proclamación del evangelio, luchando por ello y soportando con valentía los conflictos, luchas y persecuciones que inevitablemente sobrevendrán después”[4]. En la Biblia el liderazgo tiene poco que ver con jerarquías, sino más bien con relaciones significativas de acompañamiento espiritual. Los roles específicos de los oficiales de la iglesia no niegan el sacerdocio universal de los creyentes.

Si bien es cierto, la capacitación es parte del discipulado en tanto compañerismo de quienes siguen, y seguirán, junto a otros las pisadas del Maestro de Galilea, merece un tratamiento diferenciado. Cuando las personas están en el centro de nuestras preocupaciones, y se deja de “usarlas” en el cumplimiento de programas, el tema de la capacitación emerge con fuerza. Es parte del crecimiento en el evangelio, porque para Marshall y Payne, primero se crece, luego se sirve y sirviendo se crece. La capacitación consiste en: “proporcionar conocimientos y enseñar cómo mejorar  las habilidades que sirvan para que los cristianos puedan aprender a hacer ciertas cosas”[5]. Esto se lleva a cabo por medio de la enseñanza de la sana doctrina de manera constante y fiel. Pero, por otro lado, incluye el traspaso de vida. El ejemplo es un acompañamiento que facilita el aprendizaje. Ciertas lecturas que potencian el factor del evangelio, disocian esta obra, que no puede dejar de comprenderse como resultado de lo que Cristo conquistó en la cruz. El buen testimonio es vida centrada en la Escritura, que dota de relevancia al factor relacional, a la amistad que conduce a la imitación. Aquí es pertinente referir a los autores: “Nos guste o no, siempre somos un ejemplo para los que enseñamos o capacitamos. No podemos dejar de ser un ejemplo”[6]. Es allí donde se nos amplía el significado del crecimiento de la iglesia: para Marshall y Payne, se crece en capacidades, carácter y convicción. En esa tarea de crecimiento se debe capacitar a todos los discípulos, desafiarlos a ser parte del ministerio, generar sistemas de entrenamiento y preparación para el ministerio pastoral.

Traigamos a colación lo que es relevado por los autores respecto del ministerio pastoral. Lo primero que se debe señalar es que las iglesias que experimentan el crecimiento desde el evangelio de Jesucristo, se transforman en iglesias proactivas. En la tarea del pastoreo como cuidado, se pone en la palestra un asunto que me hace mucho sentido desde el presbiterianismo: el liderazgo en equipo. Se deben forjar sociedades pastorales, en vez de concentrase en las estructuras políticas de la iglesia, haciendo que el pastor se ocupe más del rol ministerial que de las cuestiones administrativas. Su tarea fundamental es la de convertirse en un líder capacitador, puesto que una iglesia capacitada cumpla su labor: edificar y hacer crecer a la iglesia de Jesucristo. Con eso, el pastor no sólo huye de los modelos de provisión de servicios (figura clásica de las iglesias reformadas)  y del gerente de empresa (propio de las lógicas empresariales asumidas por las megaiglesias desde la década de los setenta del s. XX), sino configura una realidad: el ser para los demás. Marshall y Payne dirán que “cuando el pastor es un capacitador, se concentra en hacer que las personas se ministren unas a otras, en tanto que las estructuras, programas y eventos dejan de ser el centro”[7]. Es allí, donde el ministro del evangelio debe entender que la predicación es necesaria (¡y seguirá siéndolo!), pero es insuficiente. Lo suficiente es la palabra del evangelio, independiente del formato, siendo las visitas, los grupos pequeños, los estudios uno a uno, el desarrollo de ministerios, la amistad elementos constitutivos de su tarea capacitadora. Esto reporta desafíos al ministerio pastoral, los cuales son: a) tener al evangelismo como punto central de su labor; b) no deberle servicio a las estructuras; c) enfocar la enseñanza en el contenido y en las personas; y d) que el discipulado lo desarrollen personas que puedan llevarlo a cabo.

Separo el párrafo no para cambiar de eje temático, sino para especificar la mirada en el rol pastoral capacitando a quienes serán discipuladores y colaboradores en la misión. Respecto de este asunto, Marshall y Payne dicen que:

Si ocupamos todo nuestro tiempo en quienes necesitan ayuda, los cristianos estables se irán estancando y nunca recibirán capacitación para ministrar a otros, los no creyentes se quedarán sin ser evangelizados y muy pronto surgirá dentro de la congregación una regla general: si quieres contar con el tiempo y la atención del pastor, búscate un problema[8].

El no formar a otros que son potenciales discipuladores y/o líderes capacitadores, es muy decidor para nuestro tiempo. En la metáfora de los autores, con ello la vid se termina secando. Es primordial, por esto, que los pastores concentren e intencionen sus esfuerzos a la hora de discipular y capacitar a potenciales líderes y discipuladores. Acostumbrados en el mundo evangélico a esperar sensaciones respecto del llamado al ministerio, se olvida que el pastor en tanto capacitador debe guiar a otros al reconocimiento de sus dones. Es más, el pastor debe aguzar su mirada en los dones de los demás. Como dicen los autores: “Debemos ser proactivos al buscar, desafiando y poniendo a prueba a personas idóneas que puedan ser designadas para la obra del evangelio”[9]. Es así como, cuando se piensa en colaboradores en el ministerio se debe pensar en los siguientes criterios: que los compañeros en la misión sean “personas con un corazón entregado a Dios y con hambre de aprender y crecer. Deben haberse convertido plenamente, ser cristianos que estén avanzando en su vida cristiana y cuenten con la fidelidad y el potencial para ministrar a otros”[10]. En esa tarea, se les debe recordar a quienes colaborarán en las funciones de la comunidad, que esto no sólo implicará servicio, sino también renuncia. Es esta situación la que hace que se potencie la idea de ministerio a tiempo completo, y se desromantice los ministerios bivocacionales al estilo de Pablo y su construcción de tiendas, que no dejan de ser óptimos en algunos contextos. Es por esto, que la planificación de los ministerios debe tener en cuenta a las personas y a sus dones. Y por medio de esos dones planificar eventos que puedan producir contacto significativo con amigos. Muchas personas pueden trabajar en la vida de la iglesia, pero para ello hay que ceder a la tentación del control y de centralizar todo. Estar informado e impregnado de todo el quehacer de la iglesia no implica hacerlo todo. El valor del trabajo en la iglesia conduce a no tener personas esclavas de programas, capacitadas para un rol en particular que beneficia a la comunidad completa, y con ello a la innovación, diversificación y creación de nuevos ministerios en la iglesia, según la realidad propia.

Es así como el trabajo del liderazgo debe centrarse en las personas, haciendo que la estructura sea conocida y proporcione servicio para la vida de la comunidad. Para ello, la misma iglesia local debe y puede construir programas educativos propios, que atiendan a su realidad, pensando en una expansión a largo rato, dejando de lado las pretensiones de inmediatez y la pulsión por los resultados. Los autores señalan: “Si preparamos y enviamos trabajadores a nuevos campos (tanto a nivel local como global), puede suceder que nuestro ministerio local no crezca en número, pero el evangelio avanzará gracias a estos nuevos ministros de la Palabra”[11]. Todo esto debe estar imbricado a la concepción de que todo creyente es un misionero, y que debe y puede compartir la Palabra con todos a su alrededor, cuando sea, cómo sea y con quién sea. Para Marshall y Payne, debe abandonarse la idea que hace pensar que “la verdadera acción parece estar siempre en otro sitio, ya sea en otro movimiento cristiano o en algún lugar del mundo”[12]. Lo importante es que el mensaje de la buena noticia del evangelio con todo su contenido, sea anunciado con el poder del Espíritu Santo. ¡Es nuestra iglesia la que está en acción  cuando vemos la realidad con esos lentes!

¿Cuál es el papel de la estructura eclesial y/o denominacional en todo esto? Sin lugar a dudas, según lo señalado en el libro, facilitar el crecimiento del evangelio, lo que implica que este sea conocido, comprendido y que pueda vivirse de manera fructífera, teniendo muy claro que el crecimiento se da en en las personas y no en las estructuras. La estructura debe fortalecer una visión de Reino, que busque el beneficio del Reino de Dios y no el nuestro, lo que implica que a veces hay que dejar que personas dejen nuestras iglesias locales con esa tarea. No todos podemos hacer lo mismo y, por ende, la comunidad como institución puede proveer un marco para generar diagnósticos pertinentes, centrados en las personas y sus necesidades.

La estructura como enrejado puede proveer el armazón que permite el comienzo y el desarrollo de esta mirada renovada y fresca de la vida eclesial, reorientando el culto en torno a la lógica del discipulado. A su vez, generando un liderazgo colaborativo en la cercanía que permite el trabajo dentro de un consejo, el que a su vez, instala dentro de sus reuniones ordinarias instancias de capacitación, que también se abre a la posibilidad de forjar nuevos colaboradores. Es con los colaboradores que se toma la decisión de que hacer tanto en el discipulado como en las capacitaciones, lo que implica dejar el voluntarismo que tiende al esfuerzo de un individuo que se precia de iluminado.

Hace años, en el contexto de una iglesia que estaba en su proceso de plantación, leí este libro. Pero debo señalar que volver a leerlo produjo nuevamente un impacto. El impacto tiene que ver con una suerte de zamarreo que hace volver a recordar lo realmente importante en la vida de la iglesia, a saber, la práctica del discipulado. ¡Cuántas veces perdemos de vista esto atrapados por la vorágine de la estructura, e inclusive, con cosas que van más allá de esta! Y en esta práctica fundamental de la vida de la iglesia, no debemos perder de vista que quienes discipulamos, y tenemos roles que cumplir en la vida de la iglesia, entre ellas, roles de liderazgo, no dejamos nunca de ser discípulos del Maestro por excelencia, Jesucristo. Por ende, como tales, nunca llegamos a ser “modelos terminados”, siempre necesitamos de la gracia, de la restauración, del acompañamiento, y la vida en comunidad nos provee todo aquello.

Otra cosa relevante que el libro proporciona, y que me parece sumamente importante profundizar en una reflexión, tiene que ver con el asunto del buen testimonio. Este tema debe ser limpiado de los extremos antinomianos y legalistas, y puesto en su recta expresión, aquella que emerge de la Biblia. Evidentemente, como señalamos, ninguno de nosotros deja de ser un necesitado de la gracia. Todos somos pecadores. Moralmente por nuestros esfuerzos no podemos hacer ni lograr absolutamente nada para nuestra salvación. ¡Sola Gratia! Ayer, hoy y siempre, Sola Gratia. Pero tampoco debemos olvidar que somos pecadores redimidos, liberados de la culpa, de la vergüenza y del poder del pecado, y nuestra naturaleza fue transformada por la obra de Cristo en la cruz, y la acción vivificadora del Espíritu en un momento particular de nuestras vidas. Es esa obra del Espíritu Santo la que nos capacita para vivir bajo esa renovación. Esa gracia aplicada en nuestra vida nos fortalece en la lucha contra el pecado y la cultura imperante que nos trata de amoldar a su sistema. Esa lucha es posible y necesaria. Por más que quienes ejercemos liderazgos luchemos contra la idea de que somos referentes de los demás, eso jamás deja de ocurrir. Aunque no queramos, aunque discurseemos de manera lata en ello, siempre los nuevos discípulos nos mirarán. Y ahí el énfasis de Payne y Marshall, es clave. El testimonio no sustituye la buena y sana enseñanza, pero no por eso deja de ser necesario. Es un facilitador del mensaje comunicado, al dotar de sentido con aquello que se puede ver. Tu buen testimonio no te salva ni te hace mejor. Tu buen testimonio es fruto de la obra del Espíritu y sirve a la edificación de la comunidad. Tener claro ese asunto será tremendamente beneficioso.

Lo otro a lo cual quiero referirme dice relación con la preparación de nuevos ministros. Sin lugar a dudas los seminarios no son fábricas de pastores perfectos, como tampoco lo son las comunidades locales. Son esfuerzos mancomunados de seminarios, iglesias en tanto comunidad y consejos superiores, tutores, candidatos, familiares y hasta amigos, los que colaboran en este proceso. Debo señalar que me hace mucho sentido el proceso de entrenamiento previo a la entrada al seminario por los candidatos al ministerio, toda vez que este proceso puede derivar en el incentivo de la vocación, o en que se deje de lado, en un momento bastante oportuno, pero en ambos casos, proveyendo a la comunidad de un miembro capacitado y que trabaja. Además, me hace total sentido el que la formación de los nuevos ministros tenga un carácter que acentúa el factor pastoral y misiológico, más que el perfil teológico e intelectual (sin dejarlo de lado, insisto, sólo como perfil que se acentúa). Y por supuesto, experimentando un largo proceso previo de entrenamiento práctico, dicha etapa lectiva podría ser acortada, proveyendo la posibilidad de especializaciones en el área. Una iglesia reformada siempre reformándose, también puede construir un seminario reformado siempre reformándose, que lee muy bien la realidad a la luz de la Biblia. Es la Palabra la que nos hace sensibles, abriendo nuestros ojos para leer adecuadamente el momento de nuestra iglesia, de la cultura y de la sociedad. Y libros como El enrejado y la vida, sin duda son una muy buena herramienta para ello.

Luis Pino Moyano.

 


[1] Colin Marshall y Tony Payne. El enrejado y la vid.s/l, Torrentes de vida, 2010, p. 14.

[2] Ibídem, p. 20. La acentuación está en el original.

[3] Ibídem, p. 44.

[4] Ibídem, p. 76.

[5] Ibídem, p. 80.

[6] Ibídem, p. 85.

[7] Ibídem, p. 114.

[8] Ibídem, pp. 127, 128.

[9] Ibídem, p. 155.

[10] Ibídem, p. 135.

[11] Ibídem, p. 34.

[12] Ibídem, p. 38.

Esquema sintético:

Mapa Enrejado y vid

Siempre los mismos.

Es muy probable que haya escuchado por primera vez esta expresión en la iglesia a los 18 años, cuando comencé a ser delegado de mi congregación ante el Departamento Juvenil nacional, en la iglesia pentecostal a la que asistí hasta diciembre de 2009. Hoy tengo 35 años, y he seguido escuchando esta expresión. Una y otra vez, cada cierto tiempo, vuelve a aparecer. A veces, el “siempre los mismos” es una queja frente a grupos de liderazgo cerrados, que no darían posibilidades de servir a otros que tendrían los dones dados por Dios para contribuir a la edificación y alegría de su pueblo. En otras ocasiones, el “siempre los mismos” es el reclamo desesperado de quienes ejercen el liderazgo en algún grupo de la iglesia, o que participan activamente de ella, quienes se ven desalentados ante la escasa respuesta de los miembros de la comunidad a las hermosas y edificantes actividades que se han preparado. ¿Cómo responder a esto?

Quienes tienen dones dados por el Espíritu Santo no necesitan presentar currículum vitae para trabajar en la iglesia, porque para ello la comunidad cuenta con el discernimiento que da el Espíritu Santo, y que permite a los suyos generar los espacios de trabajo para el bien de ella y la gloria de Dios. Entonces, ¿qué debo hacer para comenzar a trabajar? Algunas posibilidades: 1) participa de las actividades de la iglesia de manera continua, es ahí donde las personas pueden conocer acerca de tus dones; 2) no es necesario que se te dé un cargo para comenzar a trabajar, pues en la perspectiva protestante del “sacerdocio universal de todos los creyentes” todos podemos trabajar: reúnete a orar y a discipular a otro (avísanos a los miembros del equipo pastoral para saber de aquello, orar por ti, y ayudarte en lo que sea necesario); y 3) propone ideas de trabajo y ofrécete a trabajar en ellas, porque la idea no es aumentar la agenda de los que ya tienen una copada.

A veces, el reclamo del “siempre los mismos” tiene una dosis de reclamo injusto, porque siempre habría algo que criticar: que no me gusta este sujeto, que su tono de voz cuando canta, que sus predicaciones son muy cortas, o este hermano que es “larguero” cuando predica, que su idea no fue tan buena, que la planificación aquí y allá. Y sí, es innegable que quienes conformamos la iglesia, como santos-pecadores que somos, podemos cometer una infinidad de errores, y éstos deben ser reparados. No debemos jactarnos de aquello que fue hecho mal, ni gloriarnos de nuestra falta de excelencia porque las cosas “las hacemos para el Señor” (¡…!). Pero, siempre es fácil criticar a quienes están en la primera línea de batalla cuando tú no te has dispuesto a trabajar. Puede que el hermano no tenga “dedos para el piano” en lo que está haciendo, pero tú que los tienes, ¿qué estás haciendo? ¿Simplemente ser un espectador de lo que pasa a tu lado? Como diría el pastor Timothy Keller: “Todos dicen que quieren comunidad y amistad, pero huyen cuando eso significa rendir cuentas y comprometerse”. Por otro lado, hay un dicho español que aprendí hace varios años cuando leía un libro de Homilética (la disciplina de preparar sermones bíblicos), que decía “nuestro vino es agrio, pero es nuestro”. Es muy probable que tus expectativas respecto de la iglesia, en esta crítica injusta, estén basadas en el consumo de iglesia y no en el amor que sostiene y corrige al hermano según sea necesario. ¿Cuál es tu filtro de evaluación? ¿La Biblia o tus ideas?

En el caso de los líderes, cuando presentan este reclamo del “siempre los mismos” debiesen hacerse algunas preguntas: 1) ¿la actividad preparada está leyendo correctamente el momento de la iglesia y sus necesidades?; 2) ¿es sólo la irresponsabilidad de los hermanos que se ausentan la causa de la baja asistencia?; 3) ¿tenemos como centro la gloria de Dios o nuestra propia gloria?; 4) ¿necesariamente la evaluación de lo que se realiza deben ser los números? A veces, el reclamo de los líderes de “siempre los mismos” puede parecer justificado, pero no lo es. Simplemente se está denotando un corazón farisaico que quiere “echar más carga que la que otros pueden llevar”. Porque, aunque sea una lectura errónea de la vida de la iglesia realizada por ti, o por tu equipo de liderazgo, o lisa y llanamente el fruto de la irresponsabilidad pecaminosa de quienes no se comprometen con nada, el centro de lo que hacemos debe estar en la gloria del Señor, lo que nos lleva a edificar al pueblo de Dios procurando su bienestar espiritual. Mi exhortación para ti es que sigas trabajando, no te desalientes. La semilla en ocasiones es sembrada con lágrimas en los ojos, pero siempre, si Dios te envío a desarrollar una labor en la iglesia o en la sociedad, más allá del trabajo de quien la lanza, sin dudas crecerá y traerá a su tiempo mucho gozo (lee el Salmo 126).

Cuando estaba pensando en escribir estas líneas se me vinieron muchas historias de la Biblia a la cabeza. José vendido por sus hermanos, acusado falsamente de intentar violar a una mujer, en un calabozo por años, aparentemente olvidado por Dios (léase Génesis capítulos 37, 39 y 40). O Moisés, trabajando en la liberación del pueblo de Dios y caminando con ellos a la tierra prometida, mientras la gente seguía teniendo en su cabeza todo lo “bien” que estaban cuando eran esclavos en Egipto (léase desde Éxodo a Deuteronomio para aprender de la paciencia). O a Pablo, diciéndole a su hijo espiritual Timoteo que se siente solo y desamparado, aunque puede ver actuando a Dios en medio de su prisión (léase 2ª Timoteo 4:9-18).

Pero sin lugar a dudas, la historia bíblica que más me hace sentido a la hora de pensar en el “siempre los mismos” es la de Jeremías. Este hombre oriundo de Anatot de la tribu de Benjamín, fue llamado por Dios siendo un inexperto y joven hombre para profetizar. Particularmente su dura palabra apuntaba a la apostasía y el olvido de Dios por parte de la gente (léase Jeremías 2:13), llamándoles al arrepentimiento y anunciando el cautiverio en Babilonia. Mientras en el otro lado, había profetas que anunciaban lo contrario a Jeremías, no reprendiendo el pecado y diciendo que vendría la paz (léase Jeremías 6:13-15). Si uno sigue la lectura del libro, podríamos darnos cuenta que la gente de Judá, de su pueblo e inclusive de su familia le deja solo. La gente procura lo malo para el profeta de Dios. llegando a estar preso por el mensaje que proclama. Somos injustos cuando llamamos a Jeremías coloquialmente “el profeta llorón”, cuando hay razones profundas por las cuales llorar.

Pero hay cosas que me gritan fuerte de este libro. Dios reanima a Jeremías diciéndole: “Si te arrepientes, yo te restauraré y podrás servirme. Si evitas hablar en vano, y hablas lo que en verdad vale, tú serás mi portavoz. Que ellos se vuelvan hacia ti, pero tú no te vuelvas hacia ellos. Haré que seas para este pueblo como invencible muro de bronce; pelearán contra ti, pero no te podrán vencer, porque yo estoy contigo para salvarte y librarte -afirma el Señor-. Te libraré del poder de los malvados; ¡te rescataré de las garras de los violentos!” (Jeremías 15:19-21, el destacado es mío). Si sabes que estás trabajando para Dios cuenta con su ayuda, debes saber que es Él quien puede sostenerte de verdad y que debes seguir trabajando, por más que la lucha parezca infranqueable. En las palabras que destaqué está lo que más debes tener en claro cuando piensas en el “siempre los mismos”. Los demás deben comenzar a colaborar en la obra de Dios y no tú dejarla para acomodarte a los demás. Por ello, es que debo decirte lo siguiente: Jeremías es un sujeto muy importante para entender lo que significa el éxito ministerial. El éxito ministerial no está dado en ser famoso, en las palmaditas en el hombro, en las citas de Facebook que la gente anota de tus sermones, enseñanzas o libros, ni en cuán llena está la iglesia. ¡Nadie se convirtió con el mensaje de Jeremías! ¿Estaba equivocado el profeta entonces? ¿No fue exitoso? No estaba equivocado, porque el éxito ministerial se mide por el hacer la voluntad de Yahvé el Dios Todopoderoso.

Por eso es que podemos ver, más adelante a Jeremías orando desgarradamente a Dios, como probablemente en algún momento de tu vida también lo has hecho: “¡Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir! Fuiste más fuerte que yo, y me venciste. Todo el mundo se burla de mí; se ríen de mí todo el tiempo. Cada vez que hablo, es para gritar: ‘¡Violencia! ¡Violencia!’ Por eso la palabra del Señor no deja de ser para mí un oprobio y una burla. Si digo: ‘No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre’, entonces su palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. He hecho todo lo posible por contenerla, pero ya no puedo más” (Jeremías 20:7-9). La burla y el desaliento frente a la indiferencia pueden volverse atroces, al nivel de no querer seguir haciendo lo que Dios te ha mandado a realizar. Pero Dios es el que hace que tu corazón arda y que su misión se vuelva incontenible. Tanto así, que en medio de la oscuridad vivida y el deseo de que Dios haga justicia, emerge la luz, la luz de la Palabra y de la certeza espiritual que te grita en alta voz en tu corazón que Dios está contigo. “Pero el Señor está conmigo como un guerrero poderoso”, es lo que dice el profeta en el capítulo 20, versículo 11. Lo realmente importante, entonces, es cambiar el “siempre los mismos”, por el “siempre el mismo”, con una tremenda sonrisa en tus labios, y un gozo en el alma verdaderamente grande. Si el mismo Dios está contigo siempre, lo demás es secundario.

Trabaja. Sería ideal que toda la iglesia estuviera comprometida trabajando, pero no siempre es la realidad.

Trabaja. La semilla germinará. No es tu esfuerzo, es la presencia viva y real de Dios.

Luis Pino Moyano.

* Compartida en el boletín de la Iglesia Refugio de Gracia, agosto de 2017.

Artículos sobre Cosmovisión Cristiana en Revista La Fuente.

El año 2016 fui invitado a participar con tres artículos sobre cosmovisión cristiana, pensando en un público juvenil (junto a sus líderes, por cierto), en la Revista La Fuente de Paraguay, una publicación que aborda distintos contenidos que fortalecen la reflexión y la práctica ministerial en la iglesia. De verdad una publicación plenamente recomendable.

Los artículos que escribí son breves e introductorios (el límite era una plana de la revista), y surgieron de la reflexión que estaba llevando a cabo con los jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, en mi tarea como presbítero asesor.

El orden de los artículos fue el siguiente:

Agosto de 2016: ¿Cómo mirar y pensar la realidad? ¿Por qué los jóvenes deben formarse en la cosmovisión cristiana?

Septiembre de 2016: ¿Cómo trabajar en la misión de Dios? Pensar y actuar para Cristo y su Reino. 

Octubre-Noviembre de 2016: ¿Qué es adorar a Dios en la vida entera? Cosmovisión y una vida completa para Dios.

Comparto con ustedes un documento en PDF, el que pueden abrir haciendo clic aquí, que compila los tres artículos, esperando que sea de beneficio para el cuerpo de Cristo, y como motivación a revisar los contenidos de La Fuente.

En Cristo, Luis.

Cristianismo y política. Declaración de convicciones bíblicas.

“En la mesa no se habla de religión, política y fútbol”, es uno de los lugares comunes más instalados en nuestra sociedad, y sobre todo en los contextos familiares, bajo la lógica de que es “el tabú el que permite la convivencia”. En otras palabras, el silencio de temas es lo que podría hacer preservar nuestra unidad. Desde marzo de 2016 nosotros tenemos un programa radial titulado “Religión, Política y Fútbol”, porque creemos que bajo una cosmovisión cristiana, asentada en la Escritura como única y suficiente regla de fe y de conducta, podemos hablar de todos los temas. Además, lo hacemos porque creemos que nuestra unidad no se sustenta en el tabú ni en el ser una “comunidad homogénea”, sino que en algo que sobrepasa cualquier lógica humana, a saber, el sacrificio de Jesucristo en la cruz, mediante el cual, el Dios vivo y verdadero, puede “reconciliar consigo todas las cosas” (Colosenses 1:20).

Acercarnos a la política trae consigo, en muchas ocasiones, dilemas que se deben afrontar desde la fe en Jesucristo. No estamos exentos de discusiones, pero si somos hermanos, nada de eso tiene el poder de constituirse en barrera para el encuentro de quienes se saben lavados por la sangre de Cristo. Y si el tema político se constituye en barrera para el encuentro con tu hermano, es porque eso se ha transformado en un ídolo que no te deja mirar a la cruz que derribó toda barrera de separación en el encuentro con Dios y el prójimo (Gálatas 3:26-29). Nuestra hermandad se basa en Cristo, no en un voto.

Y es aquí donde compartimos lo dicho por Juan Stam respecto de Apocalipsis, pero que a mi gusto, puede aplicarse a toda lectura de la Biblia: resulta tan ignominioso y contraproducente para el texto sagrado politizar aquello que no tiene esa finalidad, como despolitizar los textos que explícitamente hablan desde el tema. Las teologías políticas, europeas o latinoamericanas, que sólo propenden al activismo social, limitan la Misión de Dios dejando de enfatizar en la proclamación del evangelio, tal y como el evangelicalismo norteamericano con un discurso aparentemente apolítico (como si tal cosa existiera), derivó en un ensimismamiento que se complace en la experiencia religiosa sin poner atención en el prójimo, y por ende, en la misión. Es falsa dicotomía disociar la proclamación del evangelio de la práctica de la justicia (Santiago 2:14-17).

Es por esto que para colaborar desde el servicio de la Palabra a su entendimiento de la política desde un perfil cosmovisional y bíblico, es que me permito compartir con usted los siguientes principios bíblicos, junto con algunas aplicaciones prácticas:

Dios es soberano por sobre todo, pues como dice el salmista: “del Señor es la tierra y su plenitud” (Salmo 24:1). El señorío de Jesucristo es de carácter universal, y nada escapa de su dominio (Colosenses 1:15-20). Esa es la base de lo que Pablo señaló respecto de la autoridad del magistrado civil cuando dijo que “Toda autoridad ha sido puesta por Dios” (Romanos 13:1). Vale la pena recordar que quien gobernaba en ese momento el Imperio Romano era nada más y nada menos que Nerón.

Si nosotros seguimos la lectura de Romanos 13:1-7, podríamos vislumbrar que la soberanía de Dios que también se manifiesta en la historia al colocar autoridades, no excluye jamás la responsabilidad humana. La autoridad debe ejercer su labor en justicia, protegiendo al inocente y sancionando el delito. Y los demás ciudadanos tenemos el deber de obedecer activamente, pues nuestra obediencia total es a Dios, siendo las demás relativas y derivadas de esa sumisión al Señor. Nosotros tenemos la posibilidad de practicar la “desobediencia civil”, o de manera más reformada, obedecer radicalmente a Dios,  cuando se busca explícitamente mandatar aquello que la Biblia niega (Hechos 4:19,20). A su vez, el texto paulino habla de una deuda de honor e impuestos según corresponda. Esto nos libra de la “estadofobia” y de la “estadolatría”, toda vez que el estado debe ser mirado en su justa medida: como un instrumento que trabaja para el bienestar de la sociedad, salvaguardando derechos y regulando la actividad de los sujetos conforme al cuerpo legal.

Debemos preocuparnos de manera activa de nuestro prójimo, poniendo especial énfasis por los desamparados de la humanidad, que en lenguaje bíblico aparecen como “pobres, huérfanos, viudas, extranjeros” (Salmo 146:7-9) y como los “pequeñitos” de Dios (Mateo 25:34-40). No debemos olvidar que principalmente el pecado de Sodoma fue el ensimismamiento que derivó en “soberbia, gula, apatía, e indiferencia hacia el pobre y el indigente” (Ezequiel 16:49). La base de la práctica de la justicia para nosotros los cristianos está en la acción de Dios que no sólo es trascendente, absolutamente otro, sino que también es Señor que reina con sus manos sosteniendo providentemente la historia. Por eso los actos de misericordia en la Biblia son siempre actos de justicia, y dicha justicia es adoración espiritual genuina (Isaías 58:6-10).

De hecho, la Biblia une aquello que las posiciones dualistas separan: la justicia social y la moral sexual. Veamos lo dicho por el profeta Amós: “Así dice el Señor: Los delitos de Israel han llegado a su colmo; por tanto, no revocaré su castigo: Venden al justo por monedas, y al necesitado, por un par de sandalias. Pisotean la cabeza de los desvalidos como si fuera el polvo de la tierra, y pervierten el camino de los pobres. Padre e hijo se acuestan con la misma mujer, profanando así mi santo nombre” (2:6,7). No pasas a ser un marxista cuando trabajas por un mayor ejercicio de la justicia en la sociedad, como tampoco pasas a ser un derechista por defender la moral respecto de la sexualidad. Es allí donde cabe hacerse una pregunta: “-¿mi reacción de molestia contra mi hermano surge genuinamente del evangelio, o del ídolo o interés albergado en mi corazón, tapado por un manto de aparente cristianismo?”. Quiero decirte algo: nadie puede servir a dos señores. Siempre terminamos doblegándonos a uno por sobre el otro (Mateo 6:24), y eso es una ofensa a Dios de la que debemos arrepentirnos.

Desprendido de lo anterior, debemos decir que no existe en Chile un candidato que represente de manera integral los principios del Reino de Dios, por ende, no existe el candidato del pueblo de Dios. Previo a la elección, debes juzgar y ponderar los principios y programas de los candidatos, y decidir personalmente y a conciencia qué cosas privilegiarás a la hora de tu elección, de tal manera que cuando vayas a la urna secreta no te dejes llevar, simplemente, por un rostro que produce simpatía o por una performance elocuente, que sólo es fruto de un efecto publicitario. El día de las elecciones asiste a votar, no te restes de dicho proceso, sé responsable de lo que ocurre en tu país y ciudad. Y si estás descontento con el sistema político, anda y manifiesta ese descontento en tu votación, cosa de que en la estadística tu voto nulo o blanco quede contabilizado y no pase como simple apatía poco recordada.

La decisión electoral que tomes no sólo debe ser consciente de los principios del candidato de mi preferencia, sino también, de que lo que vemos como bueno y positivo en él es, al decir de Dooyeweerd, simplemente un “momento de verdad”. La consistencia sólo es posible cuando se abraza una cosmovisión cristiana sustentada en la Palabra de Dios, pero para que eso ocurra, primero debemos ser abrazados por el Padre. No busquemos frutos en árboles que no los producen.

También, desde un tono aplicativo, debo señalar lo siguiente: la política no es mala en sí misma, por lo que no es pecaminoso ni peligroso que un cristiano participe en política, o dialogue respecto de ella. La política como expresión de la actividad ciudadana en el mundo no está exenta del señorío de Cristo, y por ende puede ser un espacio para la glorificación de Dios (véanse los casos de José, Moisés, Josué, los jueces, los reyes, Daniel, Ester, Nehemías, entre otros). Y si bien es cierto, quienes servimos en la iglesia, predicando o enseñando, debiésemos tener claro que no debemos confundir el púlpito con la tribuna, sí tenemos el deber de hablar del tema desde una cosmovisión cristiana, inclusive, preparando a quienes tienen una vocación para servir en esa esfera de la vida. Calvino decía que: “Por tanto, no se debe poner en duda que el poder civil es una vocación no solamente santa y legítima delante de Dios, sino también muy sacrosanta y honrosa entre todas las vocaciones” (Institución de la Religión Cristiana, IV.XX.4).

Lo que ningún cristiano debe hacer, sobre todo si es un pastor, maestro o que ejerza algún tipo de liderazgo, ni mucho menos alguna institución, es promocionar a un candidato determinado, y llamar a votar por él porque representaría los valores y principios del pueblo de Dios. Eso genera una cooptación clerical comprometiendo la conciencia de los demás creyentes. Ningún sujeto o institución puede arrogarse la representatividad de la comunidad o de “la iglesia evangélica”, cosa que no existe. Nosotros no tenemos representantes amplios, no tenemos papas ni tampoco un solo corpus doctrinal entre las iglesias del país. La Biblia, además, no presenta un programa político sólido y cerrado, sino principios con los que se puede construir discursos susceptibles de estar marcados por la diversidad. Es allí, donde se pasa de lo teológico y lo político a lo ético. Debemos responsabilizarnos de lo que decimos, siempre a título personal, nunca a nombre de la comunidad, dispuestos a responder preguntas a dudas honestas, rendir cuentas cuando corresponda, y pedir perdón cuando hemos ofendido a los demás. La verdad siempre camina con el amor (Efesios 5:15), y es inconsistencia teológica disociar aquello que debe caminar unido siempre.

Los creyentes no podemos disociarnos de la vida en la ciudad y el país, sino por el contrario procurar y trabajar por la paz de ella (Jeremías 29:4-7). Los creyentes debemos obedecer las leyes, orar por todas las autoridades más allá de nuestros gustos y preferencias (1ª Timoteo 2:1,2), sufrir si se es perseguido (Hechos 20:22-24), y protestar (¡somos protestantes!) cuando no son fieles a su mandato haciendo preponderar la injusticia (véase el lenguaje ocupado por Isaías en el capítulo 14, los versículos 9 al 23). El cristianismo debe ser activo en la vida en el mundo, colaborando en la extensión del Reino de Dios a todas las esferas de la vida. Timothy Keller en su libro “Justicia generosa” dice: “Hacemos justicia cuando le otorgamos a todos los seres humanos su derecho como creaciones de Dios. Hacer justicia no solo incluye la enmienda de males, sino la generosidad y la preocupación social, especialmente hacia los pobres y vulnerables. Esta clase de vida refleja el carácter de Dios. Consiste en un amplio rango de actividades, desde los tratos honestos y justos con la gente en la vida diaria, pasando por donaciones regulares y radicalmente generosas de tu tiempo y recursos, hasta el activismo que busque terminar con formas particulares de injusticia, violencia y opresión”.

Nuestra esperanza real y verdadera no está en sujetos, partidos o programas políticos de diverso color y significancia. No supeditemos el triunfo de Dios en nuestro país, el mundo y en la historia total, a un resultado electoral que poco puede cambiar, o inclusive, cuando se da un cambio social que conmociona los fundamentos del mundo. Dios es providente y mucho más sabio y poderoso que nosotros. Un día todos los gobiernos de la tierra caerán (Lucas 1:51-53; Apocalipsis 18), y el Reino de Dios permanecerá firme (Lucas 1:30-33). Nuestra esperanza es escatológica y está en Aquél que dijo que tiene “el poder de hacer nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5).

Luis Pino Moyano.

 

Sobre la participación de Hormachea en la franja de Kast.

  • Hormachea tiene todo el derecho a apoyar y definirse políticamente por un determinado candidato. Eso, como primera cosa. No es un mal en sí mismo participar como cristiano en la política.
  • Lo que complica es que use su posición de “influyente” conferencista evangélico para generar una cooptación clerical. Un líder no puede comprometer la conciencia de los demás creyentes, señalando que una alternativa es más cristiana que otra. Es un infundio decir que tal o cual candidato representa el proyecto histórico del Reino de Dios.
  • ¿Hasta cuándo reducimos la discusión valórica a lo sexual? ¿Acaso no es valórica la discusión respecto a mejores condiciones de trabajo, salarios y pensiones dignos, acceso universal a la educación, y un largo etcétera?
  • No deja de llamarme la atención que muchos que se escandalizan con lo de Hormachea en la franja de Kast, hagan lo mismo reprendiendo o burlándose de hermanos que tienen una opción electoral aparentemente “menos cristiana”. Ojalá esto nos llame al respeto en la divergencia, a un clima de amistad cívica en la iglesia y la sociedad, a una lectura más profunda de la Escritura, a la oración por el país, y por supuesto, al trabajo que glorifica a Dios en el mundo.
  • Lo que es más grave, a mi gusto, en términos teológicos es supeditar el triunfo de Dios a un resultado electoral que poco cambia. Dios es providente y mucho más sabio y poderoso que nosotros. Un día todos los gobiernos de la tierra caerán, y el Reino de Dios permanecerá firme. Nuestra esperanza no está en actores o proyectos políticos de diverso color. Nuestra esperanza es escatológica y está en Jesucristo.

Luis Pino Moyano.

¿Por qué quienes trabajamos en iglesias debemos ver “El bosque de Karadima”?

Hace varias semanas atrás fuimos con mi esposa Mónica al cine a ver El Bosque de Karadima, película chilena del director Matías Lira y que contó con las actuaciones de Luis Gnecco como Fernado Karadima, Pedro Campos y Benjamín Vicuña como Thomas Leyton, Ingrid Isensee como Amparo (la esposa de Thomas), Francisco Melo como el padre Aguirre (promotor de justicia del Arzobispado), entre otros. Se trata de una excelente película, que cumple sus objetivos a cabalidad: a) reconstruir, a partir de los testimonios de las víctimas y sumado al notorio trabajo archivístico, en la persona de Thomas Leyton a quienes sufrieron el actuar del sacerdote Fernando Karadima y el largo proceso del horror a la toma de conciencia del daño realizado; y b) mostrar cómo actúa un abusador, potenciado por un círculo de poder concreto, real y experienciable y, a la vez, por un círculo de violencia subjetivo en la mente del abusado que sublima las potencialidades, inteligencia, belleza, sapiencia de quien ejerce el abuso. Todo el horror expresado magistralmente en la película, me llevó a preguntarme sobre su utillaje posterior: ¿por qué quienes trabajamos en iglesias deberíamos ver esta película? Planteo las siguientes razones:

  1. El Bosque de Karadima nos hace reflexionar sobre el abuso de poder.

Fernando Karadima, un viejo calmo, de habla parsimoniosa, era un líder que despertaba vocaciones sacerdotales en jóvenes, que estaba rodeado por muchos hijos de la élite chilena católico-romana, pero que no posee el carisma efervescente del clásico estilo del líder de pastorales juveniles. Su liderazgo procedía del ejercicio dominante de la cooptación, aquél que hace que la gente se adhiera e identifique “voluntariamente” con el sujeto que ejerce el poder. Usando la cara metáfora portaliana, el líder ocupa más el bizcocho que el palo, por ejemplo cuando le puede manejar el auto al cura, o la beca que le permite estudiar en la universidad, o “el premio mayor”: el viaje a Roma. Es el guía espiritual que dice ser un “amigo fiel” que tiene el “don” de conocer la verdad que es “tu verdad”. Es el líder que trata de “mijito”, que no siempre se ve pero que siempre está, que otorga regalos y premios, “refuerzos positivos” según el decir emperifollado de los sicólogos. Es el líder que desde su posición de poder está colocado en una suerte de “panóptico psíquico-espiritual”, al punto que afirma que “desde el momento que entraste yo te conozco”, agregando un “no te juzgo” y luego de la declaración de soledad de Thomas Leyton, puede afirmar “no… nunca más vas a estar solo”. El cura que absuelve de pecados es el amigo que no deja de ser poderoso. El cura que llama a confesar los secretos y a controlar los impulsos del cuerpo, pero que aprovecha los momentos de vulnerabilidad emocional para recibir gratificación sexual. No es menor, que las tres escenas de contenido sexual-abusivo ocurren en momentos de vulnerabilidad emocional de Leyton, es decir, Karadima se presenta como el “salvador” que llena todos los vacíos emocionales, que mientras el muchacho se siente afligido, como si todo estuviera ocurriendo, él está como si nada. Karadima es el líder que otorga una mirada displicente del pecado que tiene que ver con él. Nada lo mancha. Es el “santito”. El santito que enamora de manera culposa, que perdona mediante el toque sexual, que ejerce toda su falsa empatía. Que cela a Thomas y luego a su novia, Amparo, compitiendo en la confianza, al nivel que le señala que ha venido a “robarnos a nuestro Thommy”. Acto seguido se ofrece como su director espiritual y dice la frase que sintetiza el abuso de poder: “yo decido”. Tanto decide, que él es quien borra la vocación sacerdotal de Thomas, pidiéndole que se case con Amparo. En la homilía del bautismo del hijo de Thomas y Amparo, Karadima atormenta la conciencia del muchacho que como “hombre corriente” no pudo obedecer el llamado de la vocación. Eso lo legitima como guía espiritual de su familia, como padrino de sus hijos y como el que decide inclusive las vacaciones, los arreglos de la casa, las fiestas, constituyéndolos en meros títeres del santito.

 Todo esto muestra cómo actúa un abusador. Y sería sumamente fácil ir por aquello que está en la superficie, lo más concreto del abuso, aquello que tiene que ver con la sexualidad y la genitalidad, tratando de explicar que la pulsión sexual que conduce a la perversión es producto del celibato eclesiástico. Pero el problema no está allí. Podría no existir toque sexual y el comportamiento de Karadima seguiría siendo abusivo. El problema está en el corazón de aquél que aparta su mirada de Dios y del prójimo para centrarse en él mismo, y en esa condición da rienda suelta a los actos que dañan. El profeta Jeremías diría: “No hay nada tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo?” (Jeremías 17:9). Jesús dijo: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias. Éstas son las cosas que contaminan a la persona […] (Mateo 15:19,20). El corazón como símbolo del asiento de todas las emociones y pensamientos del ser humano, produce entonces el ejercicio abusivo del poder. Poder que daña y mata no sólo a las víctimas, sino también al victimario, alienándolo, cauterizando su conciencia. El apóstol Pedro grita a la conciencia de los pastores diciéndoles: “No sean tiranos con los que están a su cuidado, sino sean ejemplos para el rebaño” (1ª Pedro 5:3). De hecho, el problema no está en el poder, el problema está en cómo se ejerce. Cuando el poder se vuelve sentido y razón de ser no hay medición de los costos, no hay cuantificación ni problematización del daño.

 Debo señalar, que entre todo el horror e impacto que produce la visualización de esta película, en mi mente, a la salida del cine, sentí alegría de ser protestante, por creer en el sacerdocio universal de los creyentes lo que conlleva a que no necesito mediadores humanos para mi servicio a Cristo y a su iglesia. Y, por otro lado, sentí alegría de ser presbiteriano, de pertenecer a una comunidad donde no hay liderazgo jerárquico ni centralizado en un solo hombre, sino un liderazgo colegiado, colaborativo, que tiene claro el sentido pastoral y servicial a la comunidad que le ha delegado esa función discerniendo sus dones y trabajo. Ahora bien, si “los demonios creen y tiemblan” (Santiago 2:19), Karadima no deja de tener razón cuando señala que la búsqueda del demonio se debe hacer “dentro de nosotros mismos”. Muchas veces, nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. Nosotros, en varios momentos de la vida, nos constituimos como el ídolo sanguinario que mata y se sacia de todos los sacrificios que complacen nuestros deseos. Los protestantes y presbiterianos no estamos exentos del ejercicio abusivo del poder, porque hay muchos contextos eclesiales donde existe un “catolicismo larvado”, una “pastorlatría” dañina que mata el sentido de cuerpo, poniendo a un igual como un más igual que otro, siguiendo la verba orwelliana, no entendiendo que la única diferencia es el rol y no la dignidad. Por ello, los dos motivos que me causaron alegría son “vanidad de vanidades” si no se basan y sustentan en la roca que es Cristo. No en “el yo” ni en la iglesia ni en el pensamiento cristiano… en Cristo.

  1. El Bosque de Karadima nos hace reflexionar respecto a comunidades eclesiásticas que se transforman en sectas.

 La película El Bosque de Karadima no es una crítica a las iglesias, ni siquiera a la Iglesia Católica Romana. Es una crítica, a veces implícita y otras veces explícita, a la jerarquía católica como también al carácter sectario de la comunidad de El Bosque. Si bien es cierto, dentro del estudio de las religiones se ha ido reemplazando el concepto de secta por el de “nuevos movimientos religiosos”, a mi gusto es sumamente importante conservar el concepto, sobre todo desde el perfil sociológico a modo de adjetivo: lo sectario. El Bosque, era una comunidad sectaria porque había una profunda identificación con el líder, cuya palabra era la verdad, que por carácter intrínseco era incuestionable y profundamente valorada, dictando no sólo la doctrina sino la vida. Además, el comportamiento sectario conduce a la construcción de estructuras cerradas, con códigos propios, que necesitan de un rito de iniciación y del cual es muy difícil de salir. Y lo otro, es algo que señalamos en el punto anterior, el aprovechamiento de la vulnerabilidad del otro. Juan Guillermo Prado señala que “lo que hace a nuestro juicio atrayente estas sectas al converso, es la existencia de comunidades cálidas y fraternales. Una tragedia de nuestro tiempo es la soledad. Posteriormente, cuando se encuentra inmerso en el espíritu del movimiento, acepta sus doctrinas”[1].

 ¿Dónde se nota el comportamiento sectario de la comunidad de El Bosque? En muchos momentos. En la película queda sumamente clara la invitación a “unirse a la Parroquia de El Bosque”, un lugar del que “no te vas a ir nunca”, palabra amable y certera, que puede traer paz como un lugar mágico, pero dialécticamente secreto, oscuro y atemorizante. Hay una incorporación incondicional, militante, vital. Además, la identificación con el líder es tan amplia, que los otros curas de El Bosque hablaban y actuaban como Karadima. Hay una escena muy potente, el juicio disciplinador a Thomas cuando había comenzado su relación sentimental con Amparo. Aquello que debía ser una “corrección fraterna” parecía un tribunal inquisidor, oscuro, con Karadima iluminado, sentado, rodeado por los otros curas a su espalda, con palabras que “cobran sentimientos”, que hablan de traición, de mentira, de falta de lealtad y que conllevan a que Thomas Leyton prefiera romper su relación con Amparo en vez de salir de “su casa”, de su “familia”, porque como dirá Karadima a Amparo “es negro aunque usted lo vea blanco”. Cuando Thomas comienza a ser consciente respecto al abuso, y habla con el promotor de justicia, el padre Aguirre, los curas del séquito de Karadima también actúan. El cura Andrés Artiaga (representado por Marcial Tagle), habla con Amparo y le señala que todo esto es producto de la crisis matrimonial profunda que está viviendo con su esposo, acusando a Thomas de calumnia y de confusión, de daño a gente inocente, y siguiendo los pasos de su maestro con falsa empatía les invita a acercarse al Señor. Por otro lado, el componente socioeconómico del grupo es también relevante. La Parroquia de El Bosque es presentada como un negocio lucrativo, con casas e inmobiliarias ligadas a familiares de la curia. La madre de Karadima (representada por Gloria Münchmeyer) que vivía dentro de las casas de la comunidad, señala que su hijo no es un “simple cura”, porque “gracias a él no hay curas comunistas” y que además, su capacidad de reconocer y despertar vocaciones, encomendada incluso por Alberto Hurtado en su lecho de muerte, ha construido “una mina de curitas buenos”. Es tanto el poder de Karadima y de las redes sociales que le sostienen y levantan, que la investigación de los abusos es detenida por el Arzobispo ante la declaración del “santito”: “si me derrumbo, se derrumba la iglesia chilena”.

 Quienes trabajamos en iglesias debemos luchar porque nuestras comunidades no se conviertan en secta. Que si bien es necesaria la construcción de hermandad, de amistad, de confianzas para el trabajo misional, en tanto se transforman en motores de la misma, una iglesia no puede estar ensimismada, encerrada en su propia realidad, sino que tiene que “ser para los de afuera” como señalaría Bonhoeffer. Y por otro lado, los líderes tienen que mostrarse siempre como iguales-con-diferente-rol, como ovejas del buen pastor que es Cristo, como parte de una comunidad de santos-pecadores y que en más de una oportunidad van a defraudar por sus miserias a los miembros de ella. Esto va a llevar a un claro concepto del liderazgo cristiano. Un líder no es un superior, sino que es uno que modela con su ejemplo el seguimiento de Cristo, en la búsqueda de la sabiduría bíblica y a la vez en la búsqueda del perdón y el disfrute de la gracia soberana. Los pastores de la comunidad buscan comunicar lo que la Biblia dice, no aquello que sale de sus mentes como verdad infalible, por lo que nunca van a invitar a los miembros de la comunidad a dejar de hacer uso de su razón, porque los creyentes no sólo cantan y oran con el espíritu sino también con el entendimiento (1ª Corintios 14:15). Las comunidades cristianas no son mistéricas, por el contrario, son (o debiesen ser) comunidades inclusivas que se deleitan en la fraternidad con el diferente que también ha sido amado por Cristo.

  1. El Bosque de Karadima nos invita a poner atención a la voz de las víctimas para trabajar por ellas teniendo una idea clara de la disciplina eclesiástica y de la justicia civil.

 La última razón por la que creo que quienes trabajan en iglesias deben ver esta película, tiene que ver con la escucha de los que sufren. Manuel José Ossandón, hoy senador de la república, y en el momento en que se destapa en la escena pública el caso Karadima era alcalde de Puente Alto, señaló que: “me parece raro que personas tan adultas como las que están acusando y que más encima trabajaron junto a mí en algunas actividades de la Iglesia ahora aparezcan en esto, justo cuando parte de la iglesia tiene que defenderse o limpiar su imagen por casos comprobados de pedofilia”. Hablando de Karadima, el ex alcalde dijo: “ha sido formador de miles de feligreses que hoy profesan los valores cristianos de manera sobresaliente y no tengo dudas, o al menos quiero pensarlo así, que acá habrán investigaciones y juicios justos, que no estarán ligados a un lavado de imagen que deben asumir los verdaderos culpables”[2]. Más adelante, si bien se desdijo de su apoyo impertérrito a Karadima, declarando que se sentía defraudado, planteó que: “yo no creo que haya pedofilia y abuso. Yo creo que puede haber homosexualidad que es distinto, que no está correcta y que es mucho más grave si es un sacerdote, porque es el espejo que tenemos, porque es consagrado a Dios”[3]. Todas estas declaraciones fueron realizadas en alusión a la acusación presentada por el médico James Hamilton (cuyo testimonio es la base principal del personaje de Thomas Leyton, no la única, por cierto), Juan Carlos Cruz, José Andrés Murillo y Fernando Batlle respecto al abuso sexual y sicológico ejercido sobre ellos por parte del sacerdote diocesano Fernando Karadima, cuando ellos eran miembros de Acción Católica[4]. Ossandón pasó de las teorías conspirativas a la gradualidad de pecados (pedofilia versus homosexualidad). Pero más allá de eso, lo que quiero sacar a colación acá, ligando las fuentes periodísticas con el material fílmico, es un elemento tensionante del hilo dramático de la película: ¿hay abuso sexual o relaciones homosexuales? Esto, porque todas las relaciones de contenido sexual que aparecen en la película, y basadas en el testimonio de las víctimas de Karadima, fueron efectuadas cuando Thomas Leyton era mayor de edad. De hecho, fue viendo la última escena de relación sexual en la que vino a mi mente las palabras del ex alcalde hoy senador. ¿Qué hacer, qué decir frente a esto?

 Sin lugar a dudas la tensión surge por la incomprensión de la violencia que deriva en el ejercicio abusivo del poder. Como he dicho, ese ejercicio, Karadima lo realizaba por medio de la cooptación en una comunidad de perfil sectario, por ende, todo el abuso no aparece como tal, por el contrario, aparece como el ejercicio legítimo de autoridad de un santo en vida, el que es sublimado, visto como alguien más puro, más grande, más bello, más poderoso, más inteligente, más jovial de lo que realmente es. Es el círculo de violencia que legitima los usos del poder y el toque sexual asociado a él. Cuando se está en un círculo de violencia ella aparece como natural, como la realidad, como un estado de cosas que es perfecto simplemente porque es. Tardíamente, siendo adulto, cuando Thomas va adquiriendo conciencia del dolor, lo primero que siente es indefensión. “¿A quién le voy a contar?”, “¿quién me va a creer?”, son sus palabras. En la primera conversación que Thomas tiene con el padre Aguirre, el promotor de justicia, se muestra a la defensiva, de hecho le cuestiona al sacerdote que piense de su enamoramiento por el cura, sin que Aguirre realizara una pregunta o alusión a eso. En todo momento se ve a alguien que no es libre, que no actúa voluntariamente. De hecho, lo que gatilla el quiebre y la decisión de dar el paso judicial, se ve en la escena en la que el hijo de Thomas se pierde dentro de las dependencias de la Parroquia de El Bosque. Es la soledad de su hijo y el miedo de lo que le podría pasar, lo que le hace reaccionar, lo que le hace ver su condición de víctima, lo que le hace salir del trauma poniéndole por fin palabras a su dolor. Las palabras que dirige Thomas Leyton a Amparo son elocuentes: “toda nuestra vida juntos estaba contaminada por él. Nada es real”.

 Por ende, más que cuestionar por qué una víctima no habló a tiempo, lo que debemos hacer es brindar espacios de cercanía, de validación de la persona, de rearticulación de las confianzas en otros seres humanos y, por otro lado, de reafirmación como sujeto que lo lleve a dar el paso de salida del dolor y el inicio del camino a la justicia, la verdad, la paz. Las iglesias deben ser esos espacios, que escuchan la voz de “los pequeñitos de Dios” (cf. Mateo 26:35-40). La iglesia debe ejercer su autoridad para disciplinar a sus miembros[5]. Mateo 18:15-20, registra las palabras de Jesús que otorga caminos para el ejercicio de la disciplina que busca la restauración de la víctima como del victimario, ganando con el perdón a su hermano. Pero si el ofensor se niega a la disciplina, inclusive debe ser expulsado de la comunidad (excomunión), como si fuera un incrédulo o renegado. Es decir, la restauración por amor a quien sufre y por quien daña camina no sólo a través de la senda del perdón, sino también, inclusive si es necesario, por la vía de la separación de la comunidad. Por tanto, sólo es justa y equitativa la sentencia eclesiástica de “una vida de retiro, penitencia y oración” interpuesta a Karadima si hay reconocimiento y dolor por el daño realizado y arrepentimiento en el sentido de un cambio de actitud. Pero si hay tozudez y protección del culpable, la comunidad eclesiástica se mancha y perpetúa el daño, eliminando toda posibilidad de restauración de los sujetos, debilitando la fuerza del perdón. A todas luces, lo que hizo la jerarquía católica chilena fue lo último. No siguió las palabras de Jesús en pos de intereses pequeños y egoístas. No fue luz ni sal.

 Por otro lado, como protestante manifiesto la opinión histórica de la separación del Estado de la iglesia, que como reformado veo a partir de la soberanía de las esferas[6]. Es decir, la iglesia disciplina según criterios bíblicos y pastorales y la justicia civil mediante el procedimiento penal. En ambos ejercicios de justicia debe existir la protección del más débil y la presunción de inocencia del acusado. Respecto a esto último, debemos poner una salvaguarda: pueden existir relatos inoculados respecto a supuestas conductas abusivas, nacidas por venganza o por envidias, y que, comprobándose la inocencia del acusado, deben invertirse todos los medios para devolver la credibilidad perdida o dañada al sujeto. Pero en el caso de comprobar la responsabilidad y/o culpabilidad en los hechos, se debe proceder en consecuencia. Y aquí, las esferas que son independientes pueden y deben relacionarse. Si en el ejercicio de la disciplina eclesiástica el hecho denunciado equivale a delito, es responsabilidad de la iglesia denunciar en los tribunales al responsable del mismo. Y, por otro lado, si la justicia civil releva evidencias delictuales de un miembro de la iglesia, aunque dichos actos sean realizados fuera de la comunidad, quienes presiden en ella, deben ejercer la disciplina. Esto no ocurrió en el caso Karadima, probablemente por dos razones: a) la concepción jerárquica del catolicismo romano que separa a sacerdotes de laicos; y b) por una incomprensión de la disciplina eclesiástica. Evidentemente, todo proceso disciplinario es doloroso, pero en el momento presente. “Sin embargo –afirma la Escritura-, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella” (Hebreos 10:11).

 Por todo esto, creo que la película El Bosque de Karadima, es una preclara voz para quienes trabajamos en iglesias y que, por ende, debiera ser un insumo para la exhibición y el diálogo en comunidades eclesiales, en universidades, en seminarios teológicos e institutos bíblicos. Obramos mal cuando nos cegamos frente a la realidad. La realidad debe ser leída a la luz de los signos de los tiempos, con la Biblia abierta, para beneficio de nuestras comunidades.

 Luis Pino Moyano.


[1] Juan Guillermo Prado. Sectas juveniles en Chile. Santiago, La Nación, 1984, p. 112. Citado por Pablo Hoff. Otros evangelios. Deerfield, Editorial Vida, 1993, p. 17.

[2] “Ossandón defiende a Karadima y fustiga a cardenal Errázuriz”. En El Mostrador, 25 de abril de 2010 (página revisada en junio de 2015).

[3] “Manuel José Ossandón cree que la homosexualidad es más grave que la pedofilia”. En Belelú, 29 de noviembre de 2010 (página revisada en junio de 2015).

[4] Natalia Sánchez. “Caso Karadima: Chile destapa otra historia de abuso sexual de menores por miembros de la iglesia”. En el blog: Letra por letra (página revisada en junio de 2015).

[5] Sobre la disciplina eclesiástica, véase: Jonathan Muñoz. “Sobre analgésicos y cirugías”. En el blog Para cultivar un jardín, 18 de abril de 2015 (página revisada en junio de 2015).

[6] No se puede no citar acá a: Abraham Kuyper. Soberanía de las esferas. Discurso pronunciado en la Universidad Libre de Amsterdam, el 20 de octubre de 1880. En: Estudios Evangélicos, 26 de junio de 2013 (página revisada en junio de 2015).

El quehacer de un Líder.

Este sábado 13 de junio me correspondió compartir un tema con quienes desempeñan tareas de liderazgo en los grupos juveniles de Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. El tema se tituló «El quehacer de un líder», y tuvo la finalidad de presentar líneas de trabajo para quienes trabajan en las iglesias.

Una cita que ayudó a la reflexión fueron estas palabras de John Stott en su libro «Señales de una iglesia viva»: «Los líderes cristianos deben ser distintos de los del mundo. No podemos hablar de la congregación como ‘mi iglesia’, ni de otra como la ‘iglesia de fulano’. No es la congregación la que pertenece al líder sino el líder a ella. Es el pueblo de Dios al que hemos sido llamados a servir. Somos siervos, no amos o dueños. Esta es la sana perspectiva bíblica».

Pongo a disposición de ustedes las diapositivas de la exposición, las cuales pueden descargar haciendo clic aquí.

Otro elemento de reflexión fueron los siguientes vídeos:

Espero que estos materiales sirvan para su reflexión.

Un abrazo, Luis…