La radicalidad del padre olvidado.

Hablar de padres en la sociedad en la que vivimos no está de moda. Quienes somos padres cargamos con los lastres de sujetos que pueden ser considerados progenitores o sostenedores, pero no como padres. O, peor aún, sujetos que han ejercido maltratos, abusos o abandono. De todo eso se nutre la idea de “patriarcado”, como eje de la dominación masculina sobre la mujer, tanto en lo público como en lo privado. Es indudable, a la luz de la evidencia histórica, que ha existido ese ejercicio de violencia activa sobre la mujer, pero el problema radica en la esencialización de dicho concepto, que no permite ni la lectura crítica ni aquella que es comprensiva de la diversidad dada en la historia, inclusive, en el patriarcado. Así lo comprendía la mismísima Kate Millet, en su libro “Política Sexual” del año 1969, el primero en abordar la categoría de patriarcado como eje analítico desde el enfoque de género. Ella decía: “Si bien la institución del patriarcado es una constante social tan hondamente arraigada que se manifiesta en todas las formas políticas, sociales y económicas, ya se trate de las castas y clases o del feudalismo y la burocracia, y también en las principales religiones, muestra, no obstante, una notable diversidad, tanto histórica como geográfica. […] En el momento actual resulta imposible resolver la cuestión de los orígenes históricos del patriarcado (ya derive sobre todo de la fuerza física superior del varón, ya de una revalorización de dicha fuerza, como resultado de un cambio de circunstancias)” [1]. Esa “notable diversidad” denota que el patriarcado no puede ser reducido a una entelequia caracterizada por la dominación y la violencia, puesto que esta forma de estructurar la sociedad ha mostrado, a lo largo de la historia, diversos rostros. 

De esa notable diversidad patriarcal da cuenta el relato del evangelio de Mateo 1:18-25. Dicho texto tiene como antecedente la genealogía de Jesús. Es decir, luego de mostrar la familiaridad de Jesús con la dinastía davídica, clara señal de su mesiazgo, ahora el apóstol pasa a hacer énfasis en el nacimiento virginal del Salvador. En dicho momento de la historia, José y María se encontraban desposados, es decir, comprometidos para un futuro matrimonio. Éste era un compromiso tan real que al prometido se le llamaba ya “marido”, y a ambos “esposo” o esposa”, lo que permite relevar el hecho que para la ley de Moisés ese compromiso esponsal tenía la misma fuerza que el matrimonio, tanto así que ese compromiso sólo podía disolverse con el divorcio. Sólo faltaba para el matrimonio la “reunión”, que era el momento en que el esposo recibía en su casa a su esposa. 

José es un padre olvidado, claramente no por sus hijos, sino por quienes leemos la Escitura o escuchamos sus historias. La Biblia habla muy poco acerca de José. Lo hace, específicamente, en esta etapa, la del anuncio, nacimiento e infancia de Jesús; y luego, en algunas alusiones respecto de Jesús como “el hijo de José”, en las que se hace alusión a su oficio de artesano, algo así como un “maestro chasquilla” que hace todo tipo de reparaciones. Eso ha llevado a presumir, con fundamento, que murió de manera previa al desarrollo del ministerio del Señor. A su vez, sabemos que José era un artesano que trabajaba como carpintero, a pesar de ser parte de la dinastía del rey de David, perteneciendo entonces a una familia venida a menos. Sin fundamento, se plantea un posible primer matrimonio de José, del cual habría enviudado, y que fue allí donde habrían nacido “los hermanos de Jesús”, todo esto para armonizar con la doctrina católico-romana de la virginidad perpetua de Jesús, que además se asienta en una visión dualista del sexo. El texto de Mateo es suficientemente claro  para decir que después del puerperio, José y María habrían tenido relaciones sexuales, como todo matrimonio las realiza según el diseño de Dios. 

El texto bíblico referido presenta a José como un hombre justo. Es decir, se trata de un hombre que es celoso de la ley, y que como dice el Salmo 1 medita en ella de día y de noche. La justicia de José se manifiesta de manera vívida en el texto, cuando éste se entera que su futura esposa está embarazada, sin que él hubiese tenido parte en ello. José práctica la justicia en cuatro áreas relevantes:

En la forma de ejercer la justicia: “Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto” (Mateo 1:19).Cuando José se entera que su prometida está embarazada, él toma la decisión que todo judío habría realizado en la época: divorciarse, para así romper el vínculo que la unía a dicha mujer. El tema es cómo busca llevar a cabo dicho divorcio. En esos tiempos no existía una práctica tal como un divorcio en secreto. Éste era siempre un acto público, con testigos y escritura de un acta. José al pensar en una salida distinta, busca divorciarse sin repudiar a María.

En la forma en que ama: José no sólo busca divorciarse sin repudiar, sino que anhela que María no sea difamada. Por favor, pongámonos en los zapatos de José. ¿Cuántos chistes has escuchado respecto de lo “tonto” que fue este carpintero de Nazaret al creer en el relato de María? Pero él estaba en un tremendo dilema. Por una parte, conocía a María y sabía que podía recibir el título de “mujer virtuosa”; y por otro lado, el hecho del embarazo sin su participación era demasiado evidente. Por ende, cuando no quiere exponerla “a vergüenza pública”, su motivación está en un profundo amor. Ojo con esto: el problema más terrible no era que María no fuese virgen antes del matrimonio (acción pecaminosa según la Biblia), sino que habría sido fecundada por otro hombre. Nadie moría por lo primero. Pero en el segundo caso, la ley era tajante: “si la acusación es verdadera y no se demuestra la virginidad de la joven, la llevarán a la puerta de la casa de su padre, y allí los hombres de la ciudad la apedrearán hasta matarla. Esto le pasará por haber cometido una maldad en Israel y por deshonrar con su mala conducta la casa de su padre. Así extirparás el mal que haya en medio de ti” (Deuteronomio 22:20,21). Con su acción quería librar a María de alguna pena, lo que implicaba aducir que ella fue forzada por otro hombre, sin que pudiera defenderse ni pedir ayuda. Él conoce la ley y la aplica con misericordia. 

En la forma en que recibe la Palabra del Señor: José ha meditado qué hacer, busca una solución, pero Dios el Señor lo frena. Esto es tremendo: Dios, al enviar un ángel a hablar con Zacarías (sacerdote y padre de Juan el Bautista), María y José, está rompiendo 400 años de silencio con su pueblo. José tiene un sueño en que se le dice que debía casarse con María y que el hijo que venía en camino era el Salvador enviado por Yahvé (Mateo 1:20-23). Es decidor lo que señala el v. 24: “Cuando José se despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y recibió a María por esposa”. José está frente a la misión que Dios le impone perplejo y lleno de temor. Es él quien llama al niño del pesebre como Jesús, aquel que salvará a su pueblo de sus pecados. José como padre protege el misterio de la encarnación. Se hace cargo del hijo heredero del trono de su antepasado David. En síntesis, José obedece a la misión que se le ha encomendado por la Palabra de Dios. 

José es justo por su valentía. Volvamos a ponernos en los zapatos de José. Piensa, en una conversación con sus amigos, cuando supieron que María estaba embarazada antes del casamiento (en esa época también se sabía que los niños no nacen en 4 o 5 meses de gestación), éstos podrían haberle dicho, “o fuiste tú, u otro la dejó embarazada”. ¿Ustedes le habrían creído cuando les dijera que el Espíritu Santo hizo concebir a María? José estuvo dispuesto a asumir que se le tratara como un promiscuo o como un “gorreado”, porque no estaba pendiente en su nombre sino en el nombre de Dios. José estaba más interesado en la reputación de Dios que en la suya propia. Por ello, José puede ser un esposo que ama y un padre que acoge, porque la gracia de Dios le ha justificado y le capacita para vivir de manera coherente, siendo justo. 

En algún momento de la vida, o en varios momentos de ella, Dios nos pedirá cosas tan difíciles como a José. ¿Estaremos dispuestos a glorificar a Dios con nuestra obediencia, aunque eso pueda hacer que nuestra reputación colapse? Y aquí debemos recordar que lo que hizo radicalmente justo a José no fueron sus capacidades, destreza, fuerzas y contexto, sino la poderosa gracia del Dios que radicalmente se entrega por amor. José tuvo dudas de diversa índole, pero no se quedó con ellas, sino que escuchó atentamente y meditó, para con toda seguridad obedecer y arriesgarse a un cumplimiento radical. 

Sólo el Dios de la vida puede darnos alegría y temor como expresiones de nuestra adoración, lo que nos conducirá a una vida sin medias tintas, sino profundamente radical. Una vida en la que hombres y padres podemos ser justos, amorosos, atentos a la Palabra de Dios y valientes, para llevar a cabo el liderazgo-servicio firme y cariñoso del que la Biblia nos habla.

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] Kate Millet. Política sexual. Valencia, Ediciones Cátedra, 1995, pp. 71, 75

El rol de padres y madres para el bien de la familia.

Vivimos en un mundo en que la palabra rol, como suena a posición y deber, es rechazada. Pero el problema no sólo es lingüístico o conceptual, sino también de práctica. En el mundo caído en el que vivimos, los roles al interior de la familia se encuentran atrofiados y obnubilados. El tema, no es volver al sentido común que nos impone la cultura, sino retornar a la verdad de la Palabra. En ese retorno, nos encontramos con los capítulos 5 y 6 de la carta de Pablo a los Efesios, notando allí un mensaje que es contracultural por excelencia. Es contracultural porque el marido y padre son incluidos con deberes, cosa muy poco habitual en la Antigüedad, pero además, porque se pide el sometimiento de todos (5:21). Los distintos actores de la familia somos llamados a un sometimiento radical y mutuo. Y dicho sometimiento a la tarea que emana de la verdad de la Palabra es resultado de la acción vivificadora del Espíritu Santo que nos capacita para el trabajo de cada uno en el lugar que nos toca, llenándonos de su poder (5:18).

Dos preocupaciones fundamentales hacen que sea más que necesario volver a la Escritura en la tarea de ser padres y madres:

  • Los medios de comunicación nos brindan cotidianamente un panorama sobre el poco respeto de la vida de la vida de los niños, el que se manifiesta en: a) negligencia y descuido respecto a los niños; b) maltrato y abuso (dentro de los hogares, fuera de ellos y en instituciones tristemente célebres como el SENAME); y c) el aborto entendido como un “derecho reproductivo” y no como el atentado contra la vida de un ser humano. 
  • Por otro lado, una despreocupación de la vida matrimonial. Los cónyuges, devenidos en padres y madres tienden a constituir la relación con los hijos como la más importante de la vida. Se olvida que ellos crecen y también “dejan padre y madre…”. El matrimonio es exclusivista, no sólo en el sentido de la monogamia, sino en que cuando se produce se da origen a una nueva familia, que construirá sus propias prácticas y tradiciones. El olvido del esposo o la esposa, lleva a una etapa crítica del matrimonio conocida como el “nido vacío”: el encuentro con un otro olvidado o desdeñado. Nada daña tanto a los hijos que un padre y madre que no manifiestan una unidad radical. Timothy y Kathy Keller, en el libro “El significado del matrimonio”, señalan: “Tu matrimonio ha de ser para ti más importante que todo aquello otro que cuente en tu vida. Ningún ser humano tendrá mayor derecho a tu amor, tus cuidados, tu dedicación y tu fidelidad que tu pareja. Dios nos insta a dejar padre y madre, pese a lo importantes que han sido, y serán, en nuestras vidas, para poder formar así una nueva unión que habrá de ser la más primordial y fuerte de nuestra vida” [1].

Volveremos a la Escritura para notar en ella el significado de nuestro rol como padres y madres. Comenzaremos viendo una premisa, para luego pasar a dos tareas. 

La premisa: los hijos a la luz de la Biblia. 

El salmista nos muestra la importancia de los hijos para el pueblo de Dios, cuando señala que: “Los hijos son una herencia del Señor, los frutos del vientre son una recompensa. Como flechas en las manos del guerrero son los hijos de la juventud. Dichosos los que llenan su aljaba con esta clase de flechas. No serán avergonzados por sus enemigos cuando litiguen con ellos en los tribunales” (Salmo 127:3-5). Los hijos, en la enseñanza bíblica, no son mero producto de la virilidad y de la fertilidad: son un don de Dios. Tanto, que el salmista ocupa el concepto “herencia”, dando cuenta de un don y de una esperanza. La  tierra está ligada a la idea de posteridad. Otro elemento que brinda el salmo, es que los hijos son como un arsenal de flechas, para la protección futura. Los hijos serán ayuda, defensa y apoyo en el futuro. La Reina Valera 1960 traduce de forma más literal el texto, denotando que el padre “No será avergonzado cuando hablare con los enemigos en la puerta” (127:5b). En la Antigüedad, las decisiones importantes de la ciudad se tomaban en las puertas de la ciudad. Los hijos protegerán a sus padres cuando se encuentren en la dificultad y la indefensión. 

Este texto trae importantes enseñanzas, que enumero a continuación:

  • Reconocer que los hijos son don de Dios como base de todas las tareas que tenemos como padres y madres. Nuestros hijos no nos pertenecen, le pertenecen al Señor. Nuestra relación no es de dominio, sino de autoridad relativa y derivada de Dios. 
  • Si los hijos son un don de Dios, ¿por qué postergar la procreación por motivos egoístas? ¿Por qué cerrarse a la adopción, en el caso, de que no pudieran ser padres por la vía natural? Tener hijos es una bendición a la que no debemos renunciar. Al hablar de motivos egoístas, evidentemente, saco de esta variable a quienes no pueden tener hijos por razones de fertilidad o de salud, ni tampoco planteo aprehensiones contra los métodos de control de la natalidad, que pueden ser entendidos como acto de mayordomía en relación a los dones que Dios nos da.
  • Debemos dejar de lado pensar en los hijos para la satisfacción personal, sino que pensar en ellos para la gloria de Dios. Que en todo lo que hagan, sean seguidores de Cristo, que amen su gracia. Los hijos no nacen para cumplir nuestros anhelos o deseos frustrados, tienen su propia vida, personalidad, anhelos y deseos. ¿Apoyaremos a nuestros hijos si nos dicen que quieren ser pastores o misioneros, deportistas o artistas, a pesar que no sean oficios riesgosos y no muy bien remunerados? Nuestra tarea es fortalecer las vocaciones que Dios les ha dado para el bienestar del mundo.

La primera tarea: no hacer enojar a los hijos.

El apóstol Pablo en Efesios 6:4a, dice: “Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos”. Aquí hay un fuerte elemento contracultural. No podemos olvidar que aquí estamos frente a un código normativo en una sociedad antigua, en la que el “pater familias” no sólo tenía era una autoridad en el sentido más contemporáneo de dicho concepto, sino que su potestad era de carácter judicial, tanto así que él podría decidir si un hijo vivía o no. Entonces, es sorprendente que Pablo, en pleno siglo primero de nuestra era, exhorte a los padres contra el abuso de poder, el malestar o las expresiones de favoritismo, todas acciones que deben ser excluidas de la crianza de los hijos. El fastidiar a los hijos trae amargura y resentimiento. 

Esto no significa, en ningún caso, que los niños tengan el poder. Me permito citar, extensamente, a Kevin DeYoung, quien en su libro “Súper ocupados”, desarrolla un capítulo titulado “Una cruel kindergarquía”, en el que plantea: “Vivimos en una era en la que la felicidad y el éxito futuros de nuestros hijos sobrepasan las demás preocupaciones. […] ‘Bajo la kindergarquía -señala Joseph Epstein- todas las cosas están centradas en los niños: su escolarización, sus lecciones, sus predilecciones, su cuidado y alimentación, y el alto mantenimiento en general; los hijos son el meollo del asunto’. […] Los padres cristianos en particular, a menudo, actúan con un determinismo implícito. Tememos que unos pocos movimientos en falso arruinen a nuestros hijos para siempre y, a la vez, suponemos que la combinación correcta de protección e instrucción producirá invariablemente buenos hijos. Leslie Leyland Fields tiene razón: ‘Uno de los mitos más resistentes y valiosos de ser padres es que la crianza crea al hijo’. […] ¿Podría ser que hemos hecho de la crianza y la educación algo demasiado complicado? ¿No será que lo más importante no es lo que hacemos, sino quiénes somos como padres? Ellos recordarán nuestro carácter antes que nuestras reglas exactas respecto de la televisión y los pastelitos’” [2]. Aquí hay dos cosas fundamentales: a) el único rey del hogar es Cristo, y son los padres quienes han sido puestos en un rol de autoridad, por lo tanto, los hijos no gobiernan; y b) en nuestra tarea de educación y autoridad, las normas no son lo más importante (lo que no quiere decir que no existan), sino una relación basada en el amor y la verdad con un marcado carácter cristiano, es decir, con un acento en el testimonio. Poco a poco, los hijos que no sólo conocen las glorias sino que también las sombras de nuestras vidas, irán evaluando la coherencia de la fe que profesamos en el aterrizaje a la vida. 

Pensemos en un caso de la Escritura. David es uno de los sujetos históricos de la Biblia más notable en la historia que ella relata: un líder tremendo, estadista, guerrero, salmista, popular (había canciones que celebraban su valentía en la guerra). Pero la Biblia que no da cuenta de héroes, sino de hombres y mujeres pecadores, no esconde que era un pésimo padre. Amnón, hijo mayor de David con Ahinoam, urdió un plan para abusar de su media hermana Tamar, hija de David y Maaca (2ª Samuel 13:1-22). La Septuaginta además de señalar el enojo de David, señala que no castigó a Amnón porque era su favorito (v. 21). Absalón, hermano directo de Tamar, espera dos años que su padre haga justicia. Al no verla, ejecuta la venganza, pagando a asesinos a sueldo para que mate a Amnón, en medio de un banquete preparado por él. Eso le obliga a huir (2ª Samuel 13:23-39). David, tiempo después, cuidando la imagen de su reinado, hace volver a Absalón de su exilio, pero no quiere volver a verle la cara, lo que genera más resentimiento y odio (2ª Samuel 14:23,24). Absalón, a diferencia de lo dicho en el Salmo 127, comienza a hacer mala fama de su padre en las puertas de la ciudad, llegando al extremo de tramar un “golpe de estado” contra David (2ª Samuel 15). El rey guerrero escapa, dando paso a la escena más patética de su vida. Cuando sus valientes deciden hacer guerra contra Absalón, él les dice, “No me traten duro al joven Absalón” (2ª Samuel 18:5). Joab general del ejército, mata a Absalón clavándole tres lanzas en el pecho (2ª Samuel 18:14). La historia termina con David diciendo: “¡Ay, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar! ¡Ay, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (2ª Samuel 18:33).

¿Qué vemos en esa historia? Ausencia de cariño, cuidado y de disciplina, sumado a la  injusticia, imparcialidad e indiferencia. Frente a eso, debemos preguntarnos, ¿de qué nos sirve lograr nuestros propósitos como individuos si perdemos a nuestras familias? ¿De qué nos sirve comprar casas y llenarlas de cosas, dándoles a nuestros hijos, todos los gustos que quisieran, si los perdemos? ¿De qué nos sirve pagarles la mejor educación escolar y universitaria si no los formamos para la vida, para que sean humanos respetuosos y honrados, creyentes que amen a Dios y al prójimo? Nunca es tarde para pedir perdón. Nunca es tarde para reparar. Nunca es tarde para volver al diseño de la Palabra de Dios. Y en este caso, el orden de los factores sí altera el producto. 

No puedo cerrar este ítem sin una palabra para los hijos: amen a sus padres, aprendan a reconocer errores, aprendan a perdonar. Vean a sus papás y mamás como personas que se han sacado la mugre, con una multitud de errores, pero esperando cosas mejores que las que lograron. Ellos son tan pecadores como ustedes, por lo que necesitan la gracia de Dios al igual que ustedes. Sean proactivos, sobre todo si ya son grandes, en el proceso de perdón, reparación y regreso al diseño de la Palabra de Dios. 

La segunda tarea: la crianza que educa en el Señor. 

Pablo cierra el versículo 4, del capítulo 6 de Efesios, diciendo: “sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor”. Cuando habla de esto, está pensando en el cuidado integral de los hijos: sus cuerpos, emociones, intelecto y espiritualidad, en el reconocimiento de que ellos portan la imagen de Dios. La disciplina forja la mente y la enseñanza ejercita la mente, por tanto, son tareas más que necesarias. 

Aquí parece pertinente hablar sobre el modelo educativo presentado en la Biblia. Deuteronomio 6:1-9, señala: “Estos son los mandamientos, preceptos y normas que el Señor tu Dios mandó que yo te enseñara, para que los pongas en práctica en la tierra de la que vas a tomar posesión, para que durante toda tu vida tú y tus hijos y tus nietos honren al Señor tu Dios cumpliendo todos los preceptos y mandamientos que te doy, y para que disfrutes de larga vida. Escucha, Israel, y esfuérzate en obedecer. Así te irá bien y serás un pueblo muy numeroso en la tierra donde abundan la leche y la miel, tal como te lo prometió el Señor, el Dios de tus antepasados. Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo; llévalas en tu frente como una marca; escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades”. Nuestras casas deben estar llenas de la Palabra de Dios: ella debe ser enseñada, leída en momentos devocionales, e inclusive, puesta en las paredes de nuestra casa, aunque eso nos parezca exagerado hoy. También la memorización, a la que se le ha construido injustamente una mala fama, es parte fundamental: enseña a tus hijos el Padrenuestro, los diez mandamientos, el Credo Apostólico, que son parte de una inducción a la teología cristiana y a la espiritualidad sana. Apóyate con los catecismos e historias bíblicas ilustradas. 

La enseñanza de nuestros hijos tiene en mente el corazón, más que la conducta. Jesús planteó que: “Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad” (Marcos 7:21,22). Por ello, hacemos bien en tener en cuenta el proverbio que dice: “Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23). Nuestra tarea es pastoral: es el cuidado espiritual de nuestros hijos que los hace entender vulnerables ante el Dios Todopoderoso y santo, necesitados de su misericordia y perdón [3]. Los castigos no sirven de nada si no hay arrepentimiento (lo que no quiere decir que no existan). Conduce a tus hijos a la oración, ora con ellos, para que el Espíritu Santo haga su obra en sus vidas, cambiando sus corazones. Recuerda que tú no eres el Espíritu Santo. Sólo Él puede regenerarlos y santificarlos. Pero tú eres un instrumento suyo, que colabora en esa caminata. 

Finalmente, la educación cristiana es respetuosa de la personalidad e integralidad de los hijos. Cada hijo o hija (aquí me permito acentuar dicha diferencia) es distinto, con virtudes, defectos, debilidades y fortalezas propios, y con vocaciones diferenciadas. Confía en que la educación sustentada en la Palabra y ayudada por el Espíritu, es inclusiva y transformadora. Es inclusiva, porque hijos e hijas son alcanzados por la Palabra del Maestro. Es transformadora, porque la semilla del Evangelio fructificará. Por eso, les bautizamos (quienes somos paidobautistas) y les enseñamos el Padrenuestro, porque creemos que son miembros de la familia del Pacto, hijos de Dios. Y nos afirmamos en dicha esperanza. Como diría Andrew Kuyvenhoven: “Enseñamos a nuestro hijos acerca de Dios aun antes que ellos sepan hablar o caminar, y nunca dejamos de hacerlo. La educación en la vida del pacto no es opcional; Dios la requiere. También rechazamos la noción de que la ‘religión’ es un simple asunto de ‘elección personal’ puesto que pensamos que es inmoral ocultar a nuestros niños lo que es más grande y sagrado para nosotros. Sería criminal enseñar a nuestros niños a vivir, y negarles al mismo tiempo la vida misma. Conocer a Dios, ¡de eso se trata la vida!” [4]. 

¿Qué consecuencias trae la enseñanza de esta segunda tarea? A mi juicio, las siguientes:

  • Tener hijos es otra forma de hacer discípulos. Las iglesias también crecen orgánicamente. Dietrich Bonhoeffer señaló: “De Dios reciben los padres a sus hijos, y hacia Dios los deben encaminar” [5]. 
  • No delegar la educación en terceros. Ni la escuela ni la iglesia podrán cumplir jamás la función que tú como padre y tú como madre debes cumplir. Esto debiera llevarnos a no culpar a quienes colaboran con nuestra tarea educadora en la Escuela Dominical. He escuchado a algunos predicadores que dicen algo así: “Tus hijos son educados en escuelas que tienen profesores con mentalidad secularizada, tendrán al año miles de horas donde recibirán la influencia de pensamientos que atentan contra la Palabra de Dios. Pero cuando van a la Escuela Dominical, cantan o dibujan y pintan, en menos de una hora a la semana. ¿Tú crees que eso les ayuda para resistir las mentiras diabólicas que les dicen en la escuela?”. Parece sólido, ¿no? Pero yo pregunto, en ese análisis, ¿dónde están los padres y madres cristianos? ¿Qué hacen con sus horas en las que les forman como misioneros en el mundo, y activamente problematizan lo que sus hijos aprenden a la luz de la Palabra? Es fácil y cómodo tercerizar lo que nos corresponde, porque si nuestros hijos no siguen nuestra fe, la culpa será de la iglesia y no mía. Eso, a todas luces, no sólo es irresponsable, sino una desfachatez.
  • Es importante reafirmar que nosotros no somos el Espíritu Santo. Nosotros no convertimos a nuestros hijos en creyentes. Pero por el poder del Espíritu somos testigos con ellos, preparando sus corazones de discípulos, cumpliendo nuestra tarea de anunciar la voz del Señor. Plantamos y regamos, con la fe y la esperanza que el Señor dará el crecimiento.

Una reflexión final. 

Kevin DeYoung, a quien ya he citado con antelación, señala lo que podría ser una buena síntesis de lo visto hasta acá: “Criar hijos no es ni mucho menos el tema principal de las Escrituras. Dios no da muchas instrucciones concretas sobre la relación padre-hijo, salvo que los padres deben enseñar a sus hijos acerca de Dios (Dt. 6:7; Pr. 1—9), disciplinarlos (Pr. 23:13; He. 12:7-11), estar agradecidos por ellos (Salmo 127:3-5) y no hacerlos enojar (Ef. 6:4). El resto de los detalles depende de la familia, la cultura, la sabiduría del Espíritu y mucha prueba y error” [6]. 

Ahora, me permito preguntarte a ti que eres padre o madre, ¿cómo te sientes después de todo? ¿Te sientes mal por los errores que has cometido o, derechamente, por tus fracasos en el rol que Dios te ha mandatado en su Palabra? Con amor quiero decirte que hay trabajo por hacer, pero siempre afirmados en la gracia. No somos la familia Ingalls, ni las familias perfectas del sueño americano. Somos familias, que fallan, demasiado parecidas a la de la familia Simpsons. Familias que necesitan ser redimidas por pura gracia. No te olvides que no estás solo, o sola, en esta batalla de la vida. Jesús te habla en su Palabra animándote en la esperanza: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5, RV 1960).

Luis Pino Moyano. 

 

* Este post corresponde a la transcripción y adaptación del sermón predicado en la Iglesia Puente de Vida, en el marco de la serie “Roles & Familia. El retorno a la verdad”, el domingo 24 de noviembre de 2019.


 

[1] Timothy Keller y Kathy Keller. El significado del matrimonio. Enfrentando las dificultades del compromiso con la sabiduría de Dios. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2014, p. 160. 

[2] Kevin DeYoung. Súper ocupados. Grand Rapids, Editorial Portavoz, 2015, pp. 65, 66, 68, 73. 

[3] Véase para profundizar en esta idea: Ted Tripp. ¿Cómo pastorear el corazón de su hijo? Medellín, Editorial Eternidad y Poiema Publicaciones, 2011. 

[4] Andrew Kuyvenhoven. Partícipes en el pacto. Grand Rapids, Libros Desafío, 2004, pp. 95, 96. 

[5] Dietrich Bonhoeffer. Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2001, p. 42.  

[6] DeYoung. Op. Cit., p. 73. 

Una mujer virtuosa.

Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (Proverbios 31:10).

Si hay algo que la Biblia nos enseña es a ser agradecidos. El apóstol Pablo nos enseña a pagar a cada persona lo que debemos, “al que respeto, respeto; al que honra, honra” (Romanos 13:7). Y en ese sentido, cuando celebramos el “día de la madre”, volver a este pasaje de la Escritura, nos ayudará a vivir la gratitud y la honra de manera adecuada y sin las presiones de una cultura que todo lo mercantiliza. 

La sección de Proverbios 31:10-31, a diferencia de la colección de sentencias breves que nos ayudan a la práctica sabia de la vida cotidiana, es un poema acróstico (cada verso comienza con una letra del alefato hebreo) que nos muestra a una mujer que es muy capaz en todo lo que realiza, tanto dentro como fuera de casa. Es muy interesante que en la Biblia hebrea, el libro de Proverbios, y sobre todo este último capítulo, fuese seguido del libro de Rut y del Cantar de los Cantares, todos relatos que nos muestran a mujeres viviendo conforme a los principios de su fe. 

La mujer de la que se habla es definida como una que es virtuosa. ¿Qué significa aquello? La palabra “virtuosa” alude acá a una mujer de excelencia o fuerza proveniente de la piedad. ¿Cuáles son las marcas de la identidad de esta mujer? A la luz del texto, veremos dos marcas de la identidad de esta mujer virtuosa. 

La primera marca, dice relación con su trabajo. Esta es una mujer que hace muchas cosas. Ella trabaja con entusiasmo y sacrificio, administrando con sabiduría los recursos de la familia según la necesidad de cada miembro de ella. Cuando el v. 17 dice que “Ciñe de fuerza sus lomos, y esfuerza sus brazos”, está diciendo que en ese acto de atarse un cinturón está simbolizando su disposición a la acción y al trabajo, tanto dentro como fuera de su casa. Por eso la vemos haciendo negocios con sabia valentía, haciendo ropa de temporada para cada integrante de la familia y produciendo para la venta otros productos textiles. La vemos, también, cumpliendo funciones de mayordomía de su casa y en la recta administración de los recursos del hogar. Ciertamente, es alguien que como dice el v. 27 “no come el pan de balde”. Estamos frente a una mujer diligente y laboriosa, cuya iniciativa empresarial no tiene límites en lo que refiere a la inventiva y al esfuezo. Es una mujer incansable, tanto que como dirían de Freddy Turbina, personaje de “31 minutos”, “dicen que  o duerme”. 

La segunda marca, dice relación con su testimonio. La mujer virtuosa es una cuya sabiduría práctica es de mucho valor, tanto que “su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (v. 10). Es una mujer que se acerca al hito de la creación, aquella que como “ayuda idónea”, es totalmente confiable para su marido. Es su ayuda correspondiente, su complemento, conceptos que aluden a dos cosas fundamentales: a) que ella está completa antes de casarse y, por lo mismo, aumenta o perfecciona las cualidades de su cónyuge y las suyas propias, en el sentido que el matrimonio es una institución que nos hace crecer y madurar; y b) que se dispone, con valentía, a caminar “por la calle codo a codo, siendo mucho más que dos”, parafraseando al poeta uruguayo Mario Benedetti. Tanto es así, que el v. 23 y 31 aluden que su marido, probablemente, un sujeto con autoridad política, cuando se reúne en las puertas de la ciudad que era el lugar donde se tomaban las decisiones importantes de la ciudad, es apreciado más por el testimonio de su mujer, pues como señala Proverbios 12:4: “La mujer virtuosa es corona de su marido; mas la mala, como carcoma en sus huesos”. 

Veamos otros elementos del testimonio de esta mujer: ella manifiesta acciones de justicia y misericordia a quienes sufren los rigores de la vida. Es honorable, lo que le da esplendor y belleza tal tanto que “fuerza y honor son su vestidura”, lo que le da una actitud esperanzada en la vida, ella “se ríe de lo por venir” (v. 25). La mujer virtuosa enseña con sus palabras y con su vida. Enseña, por tanto, con amor. Por otro lado, y complementando su fuerza vital, su actividad de servicio se lleva a cabo dentro y fuera de su casa. Eso hace, que esta mujer de vida piadosa sea honrada y alabada en lo público y en lo privado. En Proverbios 1:7 se afirma que el principio de la sabiduría es el temor del Señor (respeto reverente y conciencia de su santidad). Esta mujer vive conforme a dicho principio. El temor es lo que trae belleza y virtud a esta mujer, porque Dios es soberano sobre su vida cotidiana. 

En definitiva, estamos frente a una mujer que es madre-esposa-y-trabajadora juiciosa, prudente, irreprochable, esfrozada, responsable, capaz y piadosa. Esta mujer representa lo que Jesús enseñó en el gran mandamiento, pues ella ama a Dios y ama a su prójimo, tanto que no vive para ella misma, sino para los demás, y por sobre todo, para honrar con su vida a aquél que es dueño y dador de la vida. Por eso, la descripción testimonial cierra diciendo que: “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (v. 30). 

Al ir cerrando esta reflexión, debemos pensar que estas son las palabras de una madre a un hijo joven que está en búsqueda de una esposa. Ella le traza la idea de una mujer ideal, al parecer no tan fácil de encontrar, sobre todo cuando el centro de la atención está en aquello que es aparente. 

Mujer que lees esta reflexión: ¿que ves en tu autoexamen cuando te reflejas en esta mujer virtuosa? Sin lugar a dudas, las mujeres presentes acá, cumplen con varios de estos principios. Pero esta es una reflexión bíblica y no una charla motivacional que busca sostener tu autoestima. Por tanto, es probable, que en muchos de estos aspectos estés al debe, y eso no es sólo producto de una mera debilidad, sino el resultado de apartar la vista de Dios y de tu prójimo: eso es lo que la Biblia llama pecado. Entonces, la clave no está acá, para este asunto, en tu empoderamiento ni en el refuerzo de tu autoestima, sino en tu arrepentimiento. Sólo el Dios de toda gracia te puede conducir con la fuerza de su Espíritu a ser una mujer virtuosa, porque eso es consecuencia del temor del Señor. Cristo derramó su sangre y te redimió para aquello. 

Hombre que lees esta reflexión: ¿crees que estas palabras no son para ti? ¡Lo son totalmente! Esto, por tres razones: a) porque todos los creyentes, con la ayuda del Espíritu Santo, debemos vivir virtuosamente con las características de esta mujer en el trabajo y el testimonio; b) porque si eres soltero, este es el tipo de mujer con el que debes anhelar casarte; y c) porque si eres casado, tú eres un instrumento del Señor para que tu esposa crezca en gracia y sabiduría, de tal manera que en el esfuerzo piadoso de la familia ella mire al Señor. Y para eso debemos dejar la pereza y la pusilanimidad que sólo se mira el ombligo. Eso también es pecado, y debemos arrepentirnos. Cristo derramó su sangre y te redimió para que seas un esposo como él, como aquél que llega a dar su vida por su iglesia. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos” (Efesios 5:25-28a).

Disponernos a vivir así es el mejor regalo que podemos hacer en este día. 

Luis Pino Moyano.

 

Esta reflexión convierte en post un sermón basado en Proverbios 31:10-31, predicado en la 10ª Iglesia Presbiteriana de Santiago el domingo 5 de mayo de 2019. 

Consentimiento.

amant

No deja de asombrarme que algunos hermanos (y esto no en genérico, sino como sustantivo común masculino), reaccionen tan destempladamente frente a un proyecto de modificación del Código Penal que busca proteger a víctimas de abuso, introduciendo el concepto de “consentimiento”. El texto diría:

“El acceso carnal sin el consentimiento de la víctima, ya sea por vía vaginal, anal o bucal, constituye violación y será castigado con la pena de presidio mayor en su grado mínimo a medio.
La mera inacción o falta de resistencia de la víctima no constituye manifestación de consentimiento.
Se entenderá, especialmente, que no hay consentimiento de la víctima en cualquiera de los casos siguientes:
1º Cuando se usa fuerza o intimidación;
2º Cuando se aprovecha de la privación de sentido de la víctima o de su incapacidad para oponer resistencia;
3º Cuando se abusa de la enajenación o trastorno mental de la víctima; y
4º Cuando haya participación de más de una persona en la perpetración de los hechos”.

La Biblia – el libro sagrado de los cristianos, que tiene la sexualidad como un regalo de Dios, planteando que ésta no sólo es para la procreación, sino principalmente para el placer de un hombre y mujer que dejan padre y que se funden en un solo ser-, introduce, también, la idea del mutuo consentimiento. El apóstol Pablo (sí, el mismo que es acusado de misoginia por personas que leen los textos por encima) señaló a los cónyuges de la iglesia de Corinto:

“La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración” (1ª Corintios 7:4,5).

El texto apela que quienes se unen en matrimonio, hombres y mujeres, deben dejar de pensar en su individualidad, para pensar en el otro. ¿Notan que hombres y mujeres son convidados a vivir una sexualidad constante? ¿Notan ustedes que Pablo entiende que la mujer tiene el mismo derecho a vivir la sexualidad que el hombre? Y si bien es cierto, el texto alude al mutuo consentimiento a la hora de pensar en la abstinencia, esto no deja de ser un principio que puede ser aplicado a toda la vida sexual al interior del matrimonio. El sexo no se obliga, porque el amor no se obliga. Hombres y mujeres fueron creados con dignidad, por ende, el trato digno debe considerar lo que se vive en el espacio público como aquello que se vive en la intimidad. De hecho, por lo mismo, la defensa del matrimonio según la Biblia es clave acá. Las firmas en una libreta de familia no sólo obligan a los contrayentes, sino que, a la vez, defienden a los mismos, según corresponda.

El cuerpo en la teología cristiana no es mera materia, ni mucho menos es malo, sino que es templo del Espíritu Santo. El sexo involucra la totalidad del ser. Es también, experiencia de espiritualidad que adora al Dios de la vida que creó el placer.

¿Tanto nos cuesta entender que es hora de tomar conciencia que no porque ciertas prácticas estén normalizadas son correctas? ¿Tanto nos cuesta ponernos en el lugar de las víctimas de abusos sexuales? ¿Tanto nos cuesta entender que hay mujeres cristianas que son violadas dentro de sus propias casas por sus cónyuges? De hecho no logro entender la incoherencia de la caricaturización de este proyecto: un día los evangélicos defendemos la moral sexual según la Biblia, y al día siguiente, hoy por ejemplo, defendemos la promiscuidad y prácticas atentatorias como las que el Código Penal sancionaría. No logro ver la perversidad detrás de la modificación propuesta. Al contrario, creo que el prurito “anti” no nos deja ver más allá de nuestros ombligos.

Cuidemos nuestras expresiones en el espacio público, sobre todo cuando por nuestra poca empatía, sumada a una impotente actitud de mera reacción frente a lo que acontece a nuestro alrededor, no sólo no podamos percibir los instantes de verdad de quienes no son creyentes, sino tampoco podamos notar el dolor de quienes sufren, entre quienes con una seguridad que apena, lamentablemente, hay personas que comparten la fe con nosotros.

Claramente necesitamos ser reeducados…

Luis Pino Moyano.

#NiUnaMenos. Pensando en voz alta.

ni_una_menos_liniers_original

* Publicado posteriormente en Estudios Evangélicos.

“Mis venas no terminan en mí,

sino en la sangre unánime de los que luchan por la vida,

el amor, las cosas, el paisaje y el pan, la poesía de todos”

(Roque Dalton).

“¡Ni una menos!”, un grito desgarrado, doliente, rabioso… necesario. Tan necesario que se hace evidente lo urgente de una reflexión profunda, detenida, que implique acciones coherentes con el discurso. Es decir, hacer que el “Ni una menos”, sea más que un hashtag que se transforme en trending topic de la red del pájaro azul, o en el eslogan de una campaña, o el emblema de una marcha o movilización como la que se realizará esta noche (19-10-2016), en varios lugares del país, como en el extranjero.

 Respecto a lo anterior, decir que en la sociedad de lo transparente todo urge por ser mostrado en la careta pública, el muro de la red social. Hay una compulsión por decir y estar a tono con lo que ocurre. Lamentablemente, lo que ocurre es lo que suena, lo que aparece en los medios, lo que es trending topic, o asegura muchos likes. #JeSuisCharlie, a propósito del atentado sufrido por la revista Charlie Hebdo en enero de 2015, fue la muestra mayor, a mi gusto, de este ser políticamente correctos en la virtualidad. Pura moda decadente que no tiene correlativa con la realidad cuando el mismo Charlie Hebdo se reía de los inmigrantes sirios. La visibilización es necesaria, pero es un camino corto e inconcluso si no tiene aterrizaje a la realidad y queda simplemente como una foto colgada en la web. Se asume la pancarta de moda, pero en el cotidiano no se establecen relaciones significativas y coherentes con lo dicho, y se aplasta con palabras y acciones a quienes nos parecen diferentes. Por otro lado, y en el mismo tono, resulta aberrante que el criterio de evaluación de las luchas por mejores condiciones de vida se realicen en torno a lo que se publica o no en las redes sociales, o si se puso una bandera traslucida en la fotografía de perfil o en el avatar, o una imagen ad hoc.

 Cuando uno señala esto se corre un riesgo: pensar que se está en contra del grito, en este caso, de “¡Ni una menos!”. Nada más lejos de mi intención al plantear esto. De hecho, mi crítica es a la banalización del discurso y no al repudio de la violencia machista. De hecho, me parece carente de sentido y vulgar que, a modo de contrarrestar la campaña del #NiUnaMenos, aparezca el hashtag o imágenes con un #NadieMenos. Sin lugar a dudas, creo y pujo, por un “ni una menos” al igual que un “nadie menos”. No veo la contradicción en ello. Pero sí resulta ofensivo no ponerse en el lugar de quienes sufren estructuralmente mayor violencia, jugar a la lógica del empate y reducir a consigna y panfleto algo que no se vive en la cotidianidad.

 De mi parte valoro y reconozco aportes que ha realizado el feminismo, en sus diversas corrientes, al análisis social y a las prácticas políticas y societales, sobre todo de la primera ola del feminismo. Hablo además, del feminismo reflexivo y político, y no del discurso vulgar que repite entelequias sin sentido. Como también, huelga decir, soy crítico de los fundamentos e implicancias de ciertos discursos, sobre todo emergidos de quienes son mayoritariamente tributarias de la segunda y tercera olas del feminismo, de la instalación artificial y ahistórica de un patriarcado esencializado y de la innecesaria fragmentación práctica que es mala consecuencia de la fragmentación analítica. Pero en esta hora, dichos análisis críticos están de más. Resulta insensible, carente de empatía y hasta vergonzante, que no se tenga la disposición a lo menos de comprender la reacción frente a la violencia machista constante que sufren las mujeres, que adquiere ribetes estructurales, como dije anteriormente. Lucía Pérez, de 16 años violada, empalada y asesinada hace unos días atrás en Argentina; Florencia Aguirre, de 9 años, asesinada y quemada por su padrastro en Coyhaique el sábado pasado; Lorenza Cayuan, mujer mapuche, quien dio a luz esposada y con tres gendarmes vigilándola; todos estos hechos y estas mujeres han salido a la luz en menos de una semana y son razón más que suficiente para protestar contra esto.

 Insistamos en esto: hoy no cabe ni buscar las contradicciones respecto al constructo masculino y las tensiones del ser hombre en una cultura como la nuestra. Tampoco el debate sordo desde el cristianismo con la “ideología de género” es oportuno en este momento. Dejemos la victimización a un lado y la acentuación en la antítesis cosmovisional, que suena muy ortodoxa, pero que no abraza el dolor del Otro como propio, haciéndonos parecer más fariseos que buenos samaritanos. Como señalé en otro lugar, una cosa es reaccionar, y otra cosa es ser “reaccionario”. La fe evangélica no es meramente reaccionaria. La fe evangélica es viva, propositiva, proyectiva. Reacciona frente a la ofensa, la distorsión y la perversión; pero, a la vez, piensa su fe, vive lo que cree y confiesa, y actúa glorificando a Dios y extendiendo su Reino.

 Cuando veo esto, pienso, en primer lugar, en el relato de Génesis 38, que nos muestra la historia de una mujer llamada Tamar. Ella fue una mujer abusada sexualmente y vejada socialmente. Pero la historia no termina allí. Ella, explícitamente en el texto, es amada por Dios, a quien se le ve enojadísimo por esos actos injustos y opresores, trazando una historia en la que ella es justificada no sólo religiosamente sino que, también, socialmente, lo que se traduce en un acto reivindicativo de esta mujer. Además, misteriosamente y en un acto de gracia, Dios incluye a esta mujer en la genealogía de Jesús. ¿Qué nos muestra este texto? Que el libro que sin ser leído ni estudiado y que ha sido declarado como un texto que subyuga a la mujer y fundamenta su opresión (es decir, imponiendo sobre él un estereotipo cargado de violencia), dice algo totalmente distinto: que Dios ama a las mujeres, que las ha creado a su imagen y semejanza por lo que su dignidad no está puesta en duda, que jamás se les ha subyugado a una posición inferior en la Biblia y que, por sobre todas las cosas, Jesús de Nazaret también les ha redimido, libertado de cualquier cautividad y esclavitud de la cual sistemas y hombres cobardes y pusilánimes les han impuesto.

 Y pienso también en el texto de Gálatas 3:26-28 que me correspondió predicar hace unas semanas atrás. Dice Pablo: “Pues por la fe en Cristo Jesús todos ustedes son hijos de Dios, ya que al unirse a Cristo en el bautismo, han quedado revestidos de Cristo. Ya no importa el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo”[1]. El texto que escribe el apóstol es sumamente contracultural. Para el tiempo en que fue escrito, quienes no eran judíos eran considerados “perros”, y aunque fuesen prosélitos de dicha religión, nunca llegaban a ser considerados “hijos de Abraham”; por su parte, la sociedad grecolatina, tenía un desprecio profundo por los esclavos, a los que consideraban un “implemento animado”; súmese tanto para judíos y gentiles, la extrema jerarquización que dejaba a la mujer en completa inferioridad. Todas estas distinciones deben ser abandonadas porque todos somos iguales en Cristo. Dios, en su pueblo, elimina las barreras culturales, sociales y de género, lo que se traduce en que ninguna distinción humana sirve como ventaja en términos de salvación.

 Pero hay un detalle, que es contracultural en dicho texto para el presente. Hay algunas tendencias de moda, que se molestarían mucho con respecto al uso de la palabra “hijos de Dios” y que no se hable, también, de “hijas de Dios”. Aquí me gustaría citar a Timothy Keller, quien comentando este texto y en diálogo con la cultura actual, señala que esa preocupación genera el perderse la “naturaleza revolucionaria” y “radicalmente igualitaria” de la expresión. Dice: “En la mayoría de las culturas antiguas, las hijas no podían heredar propiedades. Por lo tanto, ‘hijo’ significaba un ‘heredero legal’; lo que era un estatus prohibido para las mujeres. Pero el evangelio nos dice que todos somos hijos de Dios en Cristo. Todos somos herederos. De manera similar, la Biblia describe de forma conjunta a todos los cristianos, incluyendo a los hombres, como la ‘novia de Cristo’ (Apocalipsis 21:2). Dios es imparcial en Sus metáforas de género. Los hombres son parte de la novia de Su Hijo; y las mujeres son Sus hijos, sus herederos. Si no dejamos que Pablo llame a las mujeres cristianas ‘hijos de Dios’, perdemos lo radical y maravillosa que es esta afirmación”[2].

 La Biblia no da lugar al machismo, no fundamenta la opresión ni la marginación de las mujeres. También genera una base mucho más rotunda para condenar la idea que justifica o busca paliar el daño realizado, cuando se dice que “las mujeres provocan a los hombres con sus vestidos cortos y bla bla bla”. Cuando Jesús habla del adulterio que se produce en el corazón, da una base trascendental-religiosa contra este tipo de abuso comunicacional (véase Mateo 5:27-30). Ni maltrato, abuso, violación, acoso sexual privado ni callejero ni infidelidad son avalados por el Dios de la vida revelado en la Escritura. Por eso, es mi anhelo que el Cristo Redentor, autor y consumador de la fe, bendiga grandemente a las mujeres, y que nos responsabilice y ayude, como hombres y sociedad, en la tarea de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Él tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas…

 Cada día tiene su propio afán, nos planteaba Jesús (Mateo 6:34). Ni una menos, nadie menos. Pero hoy, en este caso, el grito unánime, acompañado de la acción correspondiente, sin lugar a dudas, debiese ser NI UNA MENOS.

 Luis Pino Moyano.


[1] Tomado de la Biblia Dios habla hoy.

[2] Timothy Keller. Gálatas para ti. Medellín, Poiema Publicaciones, 2014, p. 96.

presentacion1

Aprendiendo a hablar con Dios de mi familia.

Martin Luther King orando junto a su familia por los alimentos.

Este domingo 8 de febrero compartí la Escritura en la Iglesia Refugio de Gracia. Se trató del Salmo 127, en un sermón titulado “Aprendiendo a hablar con Dios de mi familia”.

Algunas premisas del Sermón tienen que ver con la oración y con la familia:

La oración no es simplemente comunicación con Dios. Es también disciplina espiritual. Por ende, es algo que se tiene que aprender. ¿Qué debemos aprender? Aprender a conversar con Dios con todo lo que ello implica: a) aprender a leer orando la Escritura, b) cantar con gozo, c) llorar con esperanza, d) pedir con sabiduría, e) arrojar nuestros proyectos a las manos del Señor, f) guardar silencio cuando no sabemos que pedir (¡el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles!). Y los salmos son una buena escuela para ello”.

La Biblia nos muestra de manera muy clara qué es la familia y cuál es su misión. Y sí: nos habla de la heterosexualidad del esposo y la esposa, nos habla de la monogamia y su exclusivismo (“dejará el hombre a su padre y su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”), nos habla de la sexualidad como fuente de placer y procreación, nos habla de la crianza de hijos y de roles que todos debemos cumplir. Pero por sobre todas las cosas, la Biblia nos habla de que la familia no es base de nada, porque sólo Cristo es la roca. Y, por ende, la misión no es la exaltación de los sujetos que la componen, sino que es la gloria de Dios y la extensión de su Reino.

Les comparto el audio de dicha predicación:

http://www.ivoox.com/aprendiendo-a-conversar-dios-mi-familia_md_4055030_wp_1.mp3″

También, les comparto los apuntes, a los que pueden acceder haciendo clic aquí.

Un abrazo, Luis Pino Moyano.

 Muchas gracias al Pastor Cristóbal Cerón de la Iglesia Santiago Apóstol quien me invitó a compartir la Escritura en su comunidad el domingo 25 de enero de 2015, en la serie “Salmos: aprendiendo a hablar con Dios”, que dio pie a esta reflexión bíblica. 

AVP. Pensando en voz alta.

¿Qué pienso del AVP? En realidad toda la discusión y batahola que ha generado el Acuedo de Vida en Pareja, solución chilensis a las demandas de las élites gay del país, me da absolutamente lo mismo. Para mí pesa menos que un paquete de cabritas[1]. Es parte del gatopardismo chileno y el resultado de temas que se vuelven moda. Hoy está de moda denunciar todo lo que suena a machismo: que no hay que leer esto, que no hay que decir esto, que no hay que escribir, pensar, decir y bla bla bla. Es irrisorio, por decir lo menos, que quienes dicen proclamar libertades terminan pareciendo una nueva Inquisición.

Por lo mismo, no me queda otra que señalar con suficiente claridad:

  • Detesto el conservadurismo del mundo progre que toma como bandera de lucha una institución, léase matrimonio (porque concordemos en algo: lo que comenzó siendo un acuerdo contractual respecto a patrimonio, está siendo una suerte de “matrimonio encubierto” -y eso que dijo el senador Ossandón hoy, lo han dicho mucho antes un sinnúmero de homosexuales reconocidos en sus ámbitos, y que no están de acuerdo con el accionar político de las élites gay), que desde dicho sesgo es reproductora del orden “patriarcal”, además de su carácter “normalizador”.
  • Detesto el moralismo de quienes no entienden el mensaje de la gracia, que precisamente nos debiera diferenciar de quienes ponen las obras por sobre la acción de Dios en la historia. Qué perdedor resulta eso de ir al Congreso a abuchear y a gritar sandeces, que en nada se relacionan con el evangelio de Cristo. El evangelio señala claramente que nosotros no podíamos hacer absolutamente nada para salvarnos y que es Dios, quien por pura gracia, se relacionó con quienes amó. Dios justo-santo-temible-amoroso-gracioso-bondadoso. Dios, el de la Biblia, no disocia sus atributos ni tiene muchas caras como el dios Jano.

Y lo peor de todo esto es la ironía de la historia que termina entretejiendo a ambos grupúsculos (entiéndase: élites gay y pastores que se entienden “mundo evangélico”). Ambos caen en el mismo juego doble: por un lado naturalizan las acciones históricas, al punto que son fatalistas que llegan a creer que se nace de una determinada manera y que nada ni nadie puede cambiar (¿naturalismo?, ¿positivismo?); y, por el otro lado, tienen una fe ciega en la legalidad, creyendo que la promulgación de edictos cambiará las conductas de las personas. O creen que el AVP vencerá la discriminación y la intolerancia, o por el otro lado, creen que el AVP es el paso previo de la “agenda gay”.

“Oye, pero tú eres evangélico, ¿cómo opinas de esa manera?”, podría decir alguno. Por todo ello, me da lo mismo el AVP y toda su discusión. Porque tengo mi mirada puesta en Dios, quien proclama “¡He aquí yo hago nuevas todas las cosas!”. Mi tarea y, por ende, a lo que debiera ponerle el hombro, es la colaboración en la extensión del Reino de Dios que es “justicia, paz y gozo”. Yo no tengo que andar cambiando a nadie, porque yo, por mis propias fuerzas, no puedo ni conmigo mismo. Todo lo demás es basura que quiere anteponerse al mensaje de Cristo.

Luis Pino Moyano.


Léase, también, un post donde hablo de esto más ampliamente: De la ausencia del evangelio y de la intolerancia de los “tolerantes”.

[1] En otros países: pop corn, palomitas de maíz, pochoclo y quizá cuántos otros nombres.

A ti, que decidiste casarte.

¿Decidiste casarte? Más que despedirte de la soltería, pensando en que se te viene un tremendo peso que generará tristeza, aflicción, duelo, deberías comenzar a sentir el gozo de la bienvenida al matrimonio. A diferencia de lo que nos dice la cultura dominante, el matrimonio no es algo triste, no hará alejarte de tus amigos/as ni de la diversión. De hecho, te abrirá la posibilidad a tener nuevos/as amigos/as y, con certeza, te traerá nuevos momentos divertidos. ¿Sabes cuál es el problema de no ver esa realidad? El problema radica en cómo entendemos el DEBER. No nos gusta el deber, el rol, la tarea, porque nos parece un peso enorme que nos mata la vida. Pero créanme que no existe gozo más grande que compartir la vida con la persona que amas.

No quiero que tengas miedo, ni desincentivar tu decisión a casarte, pero si no entiendes que puedes ser feliz “labrando el comienzo de una nueva historia” con la persona amada, cavarás la tumba de tu propia vida. Porque esta es una historia en la que todos los días tendrás que tomar la decisión de amar a tu compañero/a de vida, historia en la que ya no será, como dijo Bonhoeffer, el amor lo que sostenga tu relación, sino tu matrimonio lo que sostenga tu amor; historia en la que como hombre deberás dejar la cobardía y la pereza y cumplir con tu tarea de sacerdote de tu hogar, conduciendo hacia la adoración todo acto y pensamiento de tu familia, entendiendo que como Jesús fuiste llamado a servir y no a ser servido por tu mujer; historia en la que como mujer deberás sentirte contenta, amada y protegida por un hombre que no es un pusilánime y en la que contribuirás con tu sabiduría, porque la invitación bíblica es la de caminar codo a codo con tu hombre; historia en la que más temprano que tarde llegarán a ser padre y madre y tendrán la responsabilidad de educar hijos en los cimientos de la verdad y la esperanza; historia en la que tú la ames a ella, en la que ella te amará a ti, y en la que juntos amen al Señor.

Deja de ver esto como peso, como carga que cansa y desalienta. La felicidad en tu matrimonio no estará en lo que tú hagas por ti mismo/a, reclamando tu derecho a ser feliz, porque eso es sólo mirarte el ombligo y ver tu propia individualidad. No te estoy diciendo nada nuevo, nada original, porque es el mensaje viejo pero relevante de las Escrituras. El mensaje que busca el amor que se sacrifica por darse al otro, que no busca lo suyo propio, un amor que se da. Tu felicidad estará en hacer feliz a la persona que amas.

¿Cuesta? Un montón. Todos los días te costará. ¿Pero no encuentras que el desafío te provoca y te saca de la comodidad, levantándote a procurar el bien de quien amas? ¿Acaso eso no es felicidad?

Dile chao a la soltería y atrévete a la decisión diaria del matrimonio en la que conocerás una nueva construcción de la felicidad, una felicidad que nunca será solitaria.

Un abrazo, Luis…