Somos sacerdotes para Dios.

Los reformadores del siglo XVI Martín Lutero, Ulrico Zwinglio, Juan Calvino, John Knox, entre otros, fueron fundamentalmente predicadores de la Palabra de Dios. Y en dicha comunicación nos enseñaron algunos principios relevantes como los que mencionaré: a) la centralidad y suficiencia de Cristo, b) la salvación por pura gracia, c) la justificación por la fe, d) que nuestra doctrina y práctica está sustentada sólo en la Palabra y en toda ella. Nos enseñaron también que hemos sido hechos libres para amar y servir, que la iglesia reformada debe siempre reformarse a la luz de la Palabra y que sólo Dios debe ser glorificado en todo y por todos. Todas esas enseñanzas relevantes tuvieron un punto en común: no fueron innovaciones ni inventos, como sí lo era, por ejemplo, la predicación de las indulgencias. El mayor mérito de la Reforma Protestante fue su falta de originalidad. Lo que los reformadores hicieron, y lo que nosotros debemos seguir haciendo, es ir a la Escritura, y recoger de allí lo que creemos, pensamos y vivimos. Lo que debemos imitar es el reconocimiento del alto valor que tiene la Palabra revelada de Dios, inspirada por el Espíritu, leída en comunidad y en nuestro idioma con la ayuda del Espíritu Santo. Tener la Palabra como centro y base es más que una declaración doctrinal, es un estilo de vida.

Una de las cosas más terribles que hizo el catolicismo romano en los siglos del Medioevo, y que en muchos lugares se sigue entendiendo así, dice relación con la separación de trabajos sagrados y profanos. Eso hizo que no sólo se valorara al sacerdocio como un trabajo sagrado en detrimento de otros oficios, sino que se derivara en una clericalización de la iglesia, es decir, se construyó una clase alta de personas superiores que tienen el poder de decir cómo creer y vivir la fe, dando paso a muchas acciones tiránicas. Frente a eso se alzó como una de las banderas de lucha de la Reforma Protestante la doctrina del Sacerdocio Universal de los Creyentes. Lutero dijo con toda claridad en su “Tratado sobre el Nuevo Testamento”: “Por lo tanto todos los cristianos son sacerdotes, todas las cristianas sacerdotisas, sean jóvenes o viejos, amos o siervos, amas o criadas, eruditos o ignorantes. En esto no hay diferencia alguna” [1].

¿Qué nos enseña la Biblia sobre esta doctrina? A través de la lectura de la Palabra de Dios daremos cuenta del significado, las bendiciones y las responsabilidades del sacerdocio universal de los creyentes.

1. ¿Qué significa el sacerdocio universal de los creyentes?

Los sacerdotes en el Antiguo Testamento eran sujetos que provenían de la tribu de Leví y que cumplían funciones en el tabernáculo y, posteriormente, en el templo. Dichas funciones eran: a) la mediación entre el pueblo y Dios, centrados por el sistema ceremonial y cúltico; b) el consultar a Dios para reconocer la voluntad divina para el pueblo de Dios; y c) la interpretación y enseñanza de la ley de Dios. Haciendo una interpretación de la obra de Cristo, teniendo en cuenta el anuncio del texto veterotestamentario, el autor desconocido de la carta a los Hebreos, dijo: “Cristo, por el contrario, al presentarse como sumo sacerdote de los bienes definitivos en el tabernáculo más excelente y perfecto, no hecho por manos humanas (es decir, que no es de esta creación), entró una sola vez y para siempre en el Lugar Santísimo. No lo hizo con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, logrando así un rescate eterno. La sangre de machos cabríos y de toros, y las cenizas de una novilla rociadas sobre personas impuras, las santifican de modo que quedan limpias por fuera. Si esto es así, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente!” (Hebreos 11:9-14). Este texto nos enseña tres verdades fundamentales acerca del oficio sacerdotal de Cristo y del cumplimiento en él de lo anunciado por el sistema ceremonial del Antiguo Testamento: a) Cristo es el sumo sacerdote; b) Cristo es el templo; y c) Cristo es la ofrenda. La muerte de Cristo fue en favor de su pueblo, en beneficio suyo y en su lugar. Fue, además, un sacrificio único y perfecto. A tal nivel cambia la noción religiosa de los primeros, que Timothy Keller dice sobre esto en un diálogo imaginario: “Cuando el cristianismo surgió, no fue considerado como una religión. Era la no-religión por excelencia. Imaginen a los vecinos de los primeros cristianos preguntándoles por su fe. ‘¿Dónde está ti templo?’. Los cristianos respondían que no tenían templo. ‘¿Cómo puede ser? ¿Dónde ofician sus sacerdotes?’. Los cristianos respondían que no tenían sacerdotes. ‘Pero… -balbuceaban sus interlocutores- ¿dónde están los sacrificios para complacer a sus dioses?’. Los cristianos respondían que ellos ya no hacían sacrificios. Jesús era el templo para acabar con todos los templos, el sacerdote para acabar con todos los sacerdotes, y el sacrificio para acabar con todos los sacrificios” [2]. Cristo modificó nuestra forma de acercarnos a la vida verdadera y a nuestra relación con Dios. Todo esto es fundamental para entender el oficio universal de los creyentes como sacerdotes para Dios. 

El apóstol Pedro en su primera carta, hablando de los creyentes en Cristo Jesús dice: “Cristo es la piedra viva, rechazada por los seres humanos, pero escogida y preciosa ante Dios. Al acercarse a él, también ustedes son como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. De este modo llegan a ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo. Así dice la Escritura: ‘Miren que pongo en Sión una piedra principal escogida y preciosa, y el que confíe en ella no será jamás defraudado’. Para ustedes los creyentes, esta piedra es preciosa; pero para los incrédulos, ‘a piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular’, y también: ‘una piedra de tropiezo y una roca que hace caer’. Tropiezan al desobedecer la palabra, para lo cual estaban destinados. Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido” (1ª Pedro 2:4-10).

El texto nos enseña que somos una comunidad de sacerdotes, y cada uno de quienes conformamos dicha comunidad somos, metafóricamente, piedras del templo de Dios. Somos sacerdotes no sólo de manera individual, sino comunitariamente: ¡No existe posibilidad para un cristianismo solitario! El cristianismo es comunitario por definición. Como diría John Leith: “Todos son iguales ante Dios, gozan de los mismos privilegios y participan de las mismas responsabilidades” [3]. El versículo 4, nos señala que Cristo es la piedra viva y fundamental. Es una piedra viva, porque es una persona y también porque tiene el poder de darnos vida a todos los demás. Fue rechazada por los hombres (¡la muerte en la cruz!), pero aprobada por Dios (¡la resurrección, ascensión y glorificación!). Es sobre Cristo que la comunidad puede encontrar fundamento sólido, porque Él es la roca inconmovible. Fuera de Cristo todos nuestros proyectos fracasan. Por su parte, Pedro en el versículo 5 señala que nosotros somos piedras vivas, esto, porque tenemos vida en Cristo. Esto, nos plantea el desafío de ser templos del Dios vivo y nos responsabiliza en la noble tarea de presentar sacrificios espirituales para Dios (más adelante hablaremos sobre eso). Es comunitariamente que presentamos dichos sacrificios para Dios, pues juntos somos piedras vivas, juntos somos el templo de Dios. A su vez, los versículos 9 y 10 nos presentan que nuestra nueva identidad como pueblo de Dios es por pura gracia, que somos reyes y sacerdotes para Dios, y que eso nos responsabiliza en la vida y el testimonio. En el Israel de Dios, conformado por judíos y gentiles, no hay un clero de sacerdotes, una clase diferente de creyentes especiales, sino un pueblo de sacerdotes. Los oficios de Cristo de rey, profeta y sacerdote, son también los oficios de la iglesia. 

Orlando Costas, en su libro “La iglesia y la misión evangelizadora”, dijo: “En primer lugar, quiere decir que cada cristiano, en virtud del sacrificio vicario de Jesucristo sobre la cruz, puede acercarse a Dios personalmente sin mediación de ninguna otra persona (Heb. 8:10-11). En segundo lugar, quiere decir que por cuanto cada creyente es miembro del cuerpo de Cristo, tiene una función, un ministerio y una misión particular que ejecutar. Dicha misión no es distinta a la misión de la Iglesia, sino que está íntimamente vinculada a ésta. En otras palabras, la Gran Comisión no es responsabilidad de una casta selecta dentro de la Iglesia, sino de cada creyente, no importa cuán humilde o cuán ignorante sea” [4]. No necesitamos mediadores para adorar, podemos ir ante la presencia de Dios todos los días de nuestra vida, sabiendo que Dios está presente y escucha nuestras plegarias. Además, la misión no es cosa de profesionales, es tarea de la iglesia, cada creyente tiene el deber sagrado de presentar a otros las buenas nuevas de Jesucristo. 

2. ¿Qué bendiciones trae el sacerdocio universal de los creyentes?

Sin lugar a dudas, la mayor bendición es que Cristo sea nuestro mediador.  Dice el evangelio de Mateo: “Entonces Jesús volvió a gritar con fuerza, y entregó su espíritu. En ese momento la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló y se partieron las rocas” (Mateo 27:50,51). Cristo, con su muerte en la cruz abrió el camino para que no necesitáramos más mediadores humanos en nuestra relación con Dios. Su muerte hace que Él, y sólo Él, sea el perfecto mediador. El velo del templo rasgado es un poderoso símbolo del fin de la ley ceremonial, ya que el camino a la presencia de Dios fue abierto por Jesucristo. El autor desconocido de la carta a los Hebreos también señaló: “Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos” (Hebreos 4:14-16). Cristo es nuestro fiel abogado en los cielos, a quien podemos acudir en nuestros momentos de necesidad. En Él tenemos gracia que nuestra vida necesita. Solo Cristo, sola gracia. 

Además, que nosotros seamos sacerdotes también es una bendición. Somos sacerdotes no por mérito propio o por capacidades que se entrenan en una preparación académica: somos sacerdotes por la gracia de Dios. Somos sostenidos en nuestro sacerdocio por Cristo. Podemos participar de la comunión con Dios porque Cristo triunfó en la cruz. Todo eso, nos invita a vivir y testimoniar como sacerdotes, que es lo que veremos a continuación.

3. ¿Qué responsabilidades trae el sacerdocio universal de los creyentes?

¿Se acabaron los sacrificios luego de la muerte de Cristo? El fin de la ley ceremonial del Antiguo Testamento no acabó con la necesidad de los sacrificios, sino que los redefinió. Ya no matamos ni quemamos animales, pero presentamos otros sacrificios. ¿Qué sacrificios presentamos a Dios hoy? Los siguientes textos nos ayudan a entender la adoración renovada de la comunidad de sacerdotes. 

Romanos 12:1,2: “Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta”. El sacrificio que se nos demanda acá es que toda nuestra vida esté rendida a Dios y sujeta a su Palabra. Se trata de una obediencia radical a Dios, una disciplina espiritual en la que no nos dejamos moldear por las ideas de la cultura imperante. Necesitamos una constante “metanoia”, una transformación del corazón, lo que involucra el intelecto, las emociones y la voluntad. Dios quiere que le demos toda nuestra vida, no las sobras de ella. 

Hebreos 13:15,16: “Así que ofrezcamos continuamente a Dios, por medio de Jesucristo, un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre. No se olviden de hacer el bien y de compartir con otros lo que tienen, porque esos son los sacrificios que agradan a Dios”. Se nos enseña acá que estos sacrificios se entregan continuamente y no de vez en cuando y que se ofrecen a Dios por medio de Jesucristo. Estos sacrificios agradan a Dios, pues la gracia nos invita a vivir para Dios. El testimonio no salva, pero es el fruto de corazones agradecidos, que son vivificados por el Espíritu Santo. Y luego menciona sacrificios espirituales, a saber, labios que le adoran haciendo resonar aquello que abunda en nuestro corazón. La adoración es un tema fundamental de la teología cristiana que entiende que nuestro fin principal es “glorificar a Dios y gozar de Él para siempre” (Catecismo menor de Westminster, pregunta 1). Y también, practicar la justicia que entre los actos concretos se hace manifiesta en la misericordia. La justicia y la misericordia en la Biblia caminan de la mano. No sólo esperamos justicia de otros, hacemos justicia cuando practicamos lo que la Biblia enseña y cuando compartimos aquello que Dios nos da. Siempre tenemos algo para dar, por muy poco que sea. Siempre podemos compartir. 

El que seamos sacerdotes para Dios trae las siguientes implicancias:

· Esta doctrina incluye aspectos de la doctrina de la salvación y de la iglesia, junto con la tarea misional. Los redimidos por Jesucristo desempeñan su trabajo para Dios en el mundo en la totalidad de las esferas de la vida. No existe separación de trabajos sagrados y profanos. Hemos sido llamados a la vocación sagrada de ser sacerdotes en el mundo. 

· El sacerdocio universal une y edifica a la iglesia. Señala la necesidad de la participación de todos y de su capacitación para su área de quehacer. Hace poner la vista en los demás buscando la edificación de la hermandad. 

· El Espíritu Santo fue derramado en todos los creyentes. El Señor otorga dones, comisiona y capacita a los líderes a su labor. La iglesia reconoce los dones y el llamado del Señor (oficios particulares, presbíteros y diáconos). En el presbiterianismo ese reconocimiento se manifiesta en la votación en el marco de las asambleas. 

· Los roles específicos de los oficiales de la iglesia no niegan el sacerdocio universal de los creyentes. Todos los creyentes son llamados a servir. Los líderes son siervos de Dios que cuidan a su pueblo.

· En la Biblia el liderazgo tiene poco que ver con jerarquías, sino más bien con relaciones significativas de acompañamiento espiritual.

· Se debe evitar la profesionalización y la burocratización del liderazgo, como la distinción entre clero y laicos. La Reforma rompió con esa diferenciación. Mantener esa distinción porque la iglesia funciona bien, es “romanismo larvado” (Juan Wherli).

· Timothy Keller, en su libro “Iglesia centrada”, señala: “El Espíritu equipa a todo creyente para ser un profeta que trae la verdad, un sacerdote que sirve con simpatía y un rey que llama a otros a un amor responsable; incluso si carece de dones especializados para el oficio o ministerio a tiempo completo. […] Esta comprensión del oficio general ayuda a prevenir que la iglesia se vuelva una burocracia de arriba hacia abajo, conservadora, alérgica a la innovación. Nos ayuda a entender a la iglesia como un ministerio que cambia la vida y que cambia el mundo; todo sin depender del control y la planificación de una jerarquía de líderes” [5].

Por todo lo anterior, todos somos responsables de la vida en comunidad. Todos somos responsables de nuestros hermanos. Todos somos responsables de cuidar la iglesia. Todos somos responsables de aprender y servir. Si tú no estás sirviendo hoy en tu comunidad, no estás cumpliendo con el llamado sagrado que Dios te ha dado para que seas un sacerdote.

Para reflexionar y practicar. 

Me libraré de decir algunas cosas citando a R. B. Kuiper, en su excelente libro “El cuerpo glorioso de Cristo”, dijo: “¡Cuán pocos miembros de la iglesia hoy en día son serios estudiantes de la Sagrada Escritura! ¡En cuán pocos hogares, llamados cristianos, es dado un lugar de honor el culto familiar, en el cual los padres oran con y por sus hijos y les enseñan la Palabra de Dios! ¡Cuán pocos, al regresar a casa después del servicio de predicación, siguen el ejemplo de los de Berea que escudriñaban la Escrituras para ver si las cosas eran así (Hch. 17:11)! ¡Cuán pocas iglesias pueden mantener activa una organización para sus hombres! ¡Cuán pocas organizaciones de mujeres en las iglesias, además de tener costura y levantar fondos para la iglesia, se ocupan en el estudio de la Biblia! ¡Cuán pocos miembros de la iglesia son capaces de dirigir a la congregación en oración pública! ¡Cuán pocos de los miembros en plena comunión reúnen las cualidades para servir como ancianos y diáconos! ¡Cuán pocos miembros de la iglesia se dan cuenta que es su solemne deber amonestar a los miembros que andan desordenadamente! ¡Cuán pocos participan en los esfuerzos evangelísticos!” [6]. Si hay algo de aquí que resuena en tu mente, es a tu conciencia. Si estás sirviendo en todas estas áreas, persiste en la gracia, buscando la gloria de Dios y no la tuya. 

La sana comprensión de esta doctrina nos puede llevar a asimilar tres cosas fundamentales:

· La primera, que como iglesia tenemos una profunda necesidad: los líderes de la iglesia necesitan sacarse la “capa de superhéroes” y nosotros tenemos el deber de sacar esa capa de nuestras mentes. Si bien es cierto, la Biblia nos demanda a quienes trabajamos para el cuerpo de Cristo cumplir con una serie de requisitos, que son parte de nuestra tarea, y que más allá de las manchas de nuestro pecado contamos con la ayuda del Espíritu Santo para ello, nuestra comunidad nunca entenderá la fuerza de la sola gracia de Dios si no nos entienden como personas que somos vulnerables. Los líderes de la iglesia somos vulnerables, no somos modelos terminados de santidad, porque somos pecadores, débiles, ignorantes en algunas áreas. Por eso, creemos que el gobierno presbiteriano de la iglesia es mejor, no sólo porque no se centraliza el poder en una sola persona, sino porque mi debilidad es suplida por la fortaleza del otro. 

· La segunda, es una comprensión de la historia en clave de providencia: a veces, Dios en su soberanía y perfecta sabiduría, se place de usar como medio la manifestación de debilidades de nuestros líderes en la iglesia, la enfermedad o situaciones traumáticas vividas por ellos, e inclusive, procesos divisivos de la iglesia, para que podamos ver con toda claridad en qué cosas o en quiénes estamos poniendo nuestra confianza. No somos indispensables para el cuerpo de Cristo. Sólo Cristo, como fundamento lo es. Sólo en su gracia, podemos ser piedras vivas dentro de la casa que es todo el pueblo de Dios. También, dichas circunstancias nos hacen ver en quién estamos descargando responsabilidades que podríamos nosotros realizar, pues “quien no trabaja da trabajo”. 

· En tercer lugar, los líderes de la iglesia, en especial los pastores, tienen necesidades espirituales y necesitan ser pastoreados y animados en la misión. Barnabas Piper, hijo del pastor John Piper, plantea en un libro en el que habla de su experiencia como hijo de pastor, dice: “Los hijos de los pastores necesitamos ver que nuestros padres se quitan el traje y la corbata y disfrutan de un buen tiempo de risas con amigos cercanos. Tenemos que ver la intensidad de nuestros padres expresada en la predicación, pero también tenemos que ver esa misma intensidad en otras áreas de la vida que no tienen que ver con la iglesia, la teología o el ministerio. Tenemos que ver a nuestros padres recurrir a un amigo querido cuando golpea una crisis o el dolor abruma. Necesitamos ver una cultura, aunque sea pequeña, de verdadera amistad. (La iglesia como un todo necesita lo mismo: ver un pastor que tiene un círculo de amigos que son queridos, honestos, que cuidan, y testarudos). De lo contrario, nos volvemos personas atrofiadas socialmente y lisiadas relacionalmente que tienen luchas para ser honestos y depender de otros cuando necesitamos ayuda, consuelo y dar cuentas” [7]. ¿Estás dispuesto a ser un amigo de pastor? ¿Estás dispuesto a hablar con ellos no sólo cuando tienes momentos difíciles en los que necesitas consejería, sino cuando quieres conversar de religión, política y fútbol? ¿Estás dispuesto a aconsejar y pastorearles cuando ellos también lo requieren?

En síntesis, el sacerdocio universal es un llamado a salir de la comodidad para comenzar a trabajar: en el evangelismo, el discipulado, la adoración, la familia, la comunidad eclesial y en las distintas vocaciones que Dios nos ha dado. Somos sacerdotes todos los días, en todo lugar y toda la vida. Como toda bendición va acompañada de responsabilidades, y para ello, necesitamos a Jesucristo, el perfecto sumo sacerdote, aquel que nos toma de la mano, nos transforma, corrige, anima, consuela y nos ayuda a caminar. Pongamos nuestros ojos en Cristo. Descansemos en Él, para que trabajemos en la iglesia y en el mundo sin pesos innecesarios. 

Luis Pino Moyano.

Este artículo tuvo como base el bosquejo de mi predicación en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el 31 de octubre de 2019, en el marco de la celebración del Día de la Reforma Protestante. 


Notas bibliográficas.

[1] Citado en: Justo González. Historia del pensamiento cristiano. Barcelona, Editorial CLIE, 2010, p. 635. 

[2] Timothy Keller. El Dios pródigo. Miami, Editorial Vida, 2011, p. 23.

[3] John Leith. A Tradição Reformada. Uma maneira de ser a comunidade cristã. São Paulo, Pendão Real, 1997. p. 168. 

[4] Orlando Costas. La iglesia y su misión evangelizadora. Buenos Aires, Editorial La Aurora, 1971, p. 65.

[5] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 367. 

[6] R. B. Kuiper. El cuerpo glorioso de Cristo. Guadalupe, Editorial CLIR, 2018, pp. 151, 152. 

[7] Barnabas Piper. El hijo del pastor. Miami, Editorial Patmos, 2016, pp. 120, 121.

¡Que arda la iglesia!

“La única iglesia que ilumina es la que arde”, junto a otros gritos que esparcían su malestar y rabia contra la iglesia y la imagen de Dios (algunos irrepetibles, por quienes somos creyentes, aunque los dijésemos entre comillas), fue uno de los eslóganes producidos por los anarquistas españoles de la primera mitad del siglo XX, quienes, huelga decirlo, fueron muy influidos por el cientificismo positivista. El anarquismo español fue el más laicista y anticlerical de dicha expresión política, y el que por razones idiomáticas y de redes organizativas, influyó más en América Latina. No por nada, dichas consignas han vuelto a aparecer, y a expresarse en la realidad concreta, en las escenas iconoclastas del reventón social de octubre y noviembre de 2019, y quizá por cuánto tiempo más. 

Como protestante de raigambre reformada, no creo en la existencia de lugares sagrados y profanos, en una separación binaria que olvida que Cristo es Señor de todo. Pero, eso no obsta para que las acciones iconoclastas, de quema de templos y bandalización de los mismos, sea del todo repudiable y lamentable. E insisto, no por el lugar ni por los objetos, sino porque lo único que muestran estos actos, es a personas que enarbolan las banderas de la libertad, pero que sólo refieren a una emancipación que es ensimismada e individualizada, construyendo un conservadurismo y moralidad, contradictoriamente semantizados como progresistas. Buscan destruir a Dios y las religiones, pero terminan levantando otro altar, el de sus egos y de sus verdades relativas e individuales que desechan la posibilidad de dialogar en sociedad y aceptar las diferencias, y los afectos de personas que construyen sus propias redes sociales al alero de una comunidad eclesial. Bajo la misma lógica, esa religión secularizada, también debería arder. 

Pero quisiera re-dirigir mis palabras a otro asunto, resemantizando el eslogan, dándole otro significado y contenido. Uno que me permita gritar a voz en cuello y a desear con todas las fuerzas de las que tengo posibilidad: “¡Que arda la iglesia!”. Sí, que arda la iglesia. 

La iglesia tiene que arder, sobre todo, para que en un momento inicial podamos: a) quemar la inmoralidad del abuso de poder, expresado en maltratos económicos, eclesiales y de índole sexual; b) quemar la indecencia del enriquecimiento ilícito, amparado en “bancos celestiales” presididos por el dios del consumo al que no se le ofrenda, sino que se le pacta en lógica de oferta y demanda; y c) quemar la indolencia frente a la injusticia social, lo que se traduce en prácticas que van desde una actitud carente de misericordia frente a la pobreza y desamparo de nuestros prójimos, el desalojo de una ética cristiana fuera de la esfera eclesial y, en el peor de los casos, reproducir las acciones pecaminosas de otros bajo la excusa barata de un “todos lo hacen”. Mientras no reconozcamos la responsabilidad por comisión u omisión de nuestras comunidades cristianas, coadyuvando al malestar de cientos y miles de conciudadanos, seguiremos marcando el paso con un mensaje carente de sentido para el aquí y el ahora. El cristianismo lucha contra nuestra falta de realidad [1]. Seguimos a un Señor y Maestro, Jesús de Nazaret, que recorría las aldeas y ciudades predicando y enseñando el evangelio del Reino y, a la vez, sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo (Mateo 9:35). Cristo se compadece de quienes tienen hambre y carecen de pastor (Mateo 9:36), sana a los enfermos, toca a quienes son inmundos ceremonialmente (Mateo 8:1-3), conversa con aquellos que son considerados los parias de la sociedad (Lucas 19:1-10; Juan 4:1-42) y celebra asegurando que la fiesta no termine antes de tiempo (Juan 2:1-12). 

La iglesia tiene que arder en su tarea en el mundo. Juan Calvino, cuando definía a la iglesia señalaba que se trata de: “toda la multitud de hombres esparcidos por toda la Tierra, con una misma profesión de honrar a Dios y a Jesucristo; que tienen el Bautismo como testimonio de su fe; que testifican su unión en la verdadera doctrina y en la caridad con la participación en la Cena; que consienten en la Palabra de Dios, y que para enseñarla emplean el ministerio que Cristo ordenó” [2]. Probablemente, en esta definición nuestra vista se vaya rápidamente a los actos litúrgicos y de conocimiento escritural mencionados por el teólogo francés, pero esas tareas sólo pueden ser desarrolladas de manera consistente, sí y sólo sí, la iglesia es entendida como comunidades que están “esparcidas por el mundo”. Es mientras que la iglesia institucional y la orgánica (nosotros, los creyentes, somos la iglesia), caminamos en medio del espacio geográfico que nos toca, que cumplimos nuestra tarea de hacer discípulos, de integrar a nuevos miembros y de enseñar la Palabra de Dios, junto con la tarea de colaborar con la extensión del Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo (Romanos 14:17), y con nuestras manos, en el trabajo que desarrollamos en el día a día, produciendo bienestar para quienes son beneficiarios de lo que hacemos [3]. El pastor y misionero David Trumbull, señaló en 1879 que: “Aún aquí en las repúblicas Sud-americanas hay síntomas que indican semejantes tendencias de romper con las tradiciones erróneas del pasado, de emplear la razón y de escudriñar las escrituras. Esparcidos rayos de luz indican, esperanzadamente, la proximidad del alba aún en Chile. El sol de justicia de Dios está trepando las cimas de los Andes, y creemos que no estará distante el día de la regeneración religiosa de la nación chilena. Cuando el clero del país dirija sus miradas al cielo y no a Roma; cuando estas iglesias descansen sobre Jesucristo, la Piedra viva, verdadera y divina, y no sobre concilios ambiciosos y sectarios; y cuando el pueblo chileno lea y estudie la Biblia para conocer y obedecer la revelada verdad de Dios en Cristo; entonces se verá una reformación, saludable y permanente en el sentido del verdadero cristianismo” [4]. La esperanza de Trumbull no estaba en un cambio constitucional ni en la relación estratégica con liberales, radicales y masones -aunque ambas cosas podrían haber sido necesarias en dicha época-, sino en Jesucristo y en el avance de la misión sostenida por el Señor hasta el fin. La luz del evangelio debe iluminar en medio de la oscuridad, con la proclamación fiel de la Palabra de Dios, y además, en la muestra de amor al prójimo que se manifiesta en prácticas de justicia y misericordia, y en el trabajo realizado con responsabilidad, distintivo cristiano y excelencia. Disociar esas tareas evangélicas, presenta una mirada parcial y débil del evangelio mismo, y diluye el entendimiento de su alcance y poder de transformación. 

La iglesia tiene que arder en la esperanza escatológica, la que se fundamenta en la obra de aquél que ni la tumba pudo retener, y no radica en un mero cambio social, sea del tinte político que sea. Un día todas las tiranías y todos los reinos de la tierra caerán, pero el reino de Cristo, el Señor en quien debe estar nuestra esperanza y fe, prevalecerá para siempre. Nuestra esperanza está en Cristo. ¡Él consumará la historia! ¡Él construirá la verdadera justicia! ¡Él construirá la paz! ¡Él establecerá el lugar en el que su pueblo podrá encontrarse de manera plena con Dios, con el prójimo y con la buena creación de Dios! Ningún hombre o mujer puede lograr aquello. Todo eso, no implica quietismo ni pacifismo, sino que entiende equilibradamente nuestro papel y el de Cristo. El “venga tu reino” y “hágase tu voluntad”, van de la mano, en el Padrenuestro (Mateo 6:10). Nuestra esperanza no está en lo que tú y yo podemos hacer. No está en nuestros bienes y profesiones temporales. No está en que te libres cuidándote sólo a ti y no preocupándote de quienes te rodean. La esperanza que no defrauda está en Cristo. En lo que Él hizo por ti y por mi en la cruz, en la herencia eterna que nos trae su salvación, en el amor que nos provee en los rostros y las manos de una comunidad. Cristo lo hizo todo, y él llevará su plan perfecto hasta el fin. ¿De dónde proviene, entonces, nuestro amor y justicia? Tienen que venir de Cristo. No nos dejemos dominar por los discursos de nuestra época. El evangelio debe ser el fundamento. No hay amor verdadero que no se sustente en Dios. No hay justicia social verdadera que no se sustente en Dios. No hay valoración de la vida humana que no se sustente en Dios. No hay paz verdadera y perdurable que no se sustente en Dios. ¡En él debemos poner nuestra mirada hoy! (Véase sobre esto último el Salmo 145).

La iglesia tiene que arder en el amor a quienes profesan la misma fe. La iglesia es, por definición, la comunidad de los distintos que han sido unidos por la gracia de Dios, el único lugar del mundo en el que pueden y deben convivir aquellos que fuera de su marco jamás se habrían juntado ni, mucho menos, amado. Por tanto, la iglesia no es lugar para la arrogancia, para creerse mejores que los otros. Todos fuimos comprados al mismo precio, a saber, la sangre preciosa de Jesucristo en la cruz (1ª Pedro 1:18-20). Somos cristianos por encima de cualquier cosa. Somos de Cristo, eso es lo que marca nuestra existencia y nuestras relaciones con los demás. En Cristo, somos uno (Efesios 2:11-22; 4:1-16). Y si tenemos como mayor cualquier cosa ocurrida en el país en el devenir histórico, a un actor político del pasado o del presente o un determinado principio filosófico-político-o-económico, y eso obstaculiza nuestra relación de hermanos con otros creyentes, estamos poniendo una cosa insignificante en lugar de Cristo, como señor y dios de la vida, sustituyendo a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13). Si amamos más un determinado proyecto político que a nuestro propio hermano, como lo mandata la Escritura, no estamos siguiendo uno de los principales mandamientos de quienes seguimos a Jesús (Juan 15:17; 1ª Juan 4:7,8,20,21).

La iglesia tiene que arder en la búsqueda y práctica de una espiritualidad bíblica, en una genuina pentecostalidad de la iglesia. El anhelo por ser llenos del Espíritu Santo no es ni debe ser patrimonio de las comunidades de nuestros hermanos pentecostales, sino de todo el pueblo de Dios. Las palabras de Kuyper deben ser un llamado a nuestras conciencias: “A menos que Dios envíe su Espíritu, no habrá ningún cambio, y espantosamente rápido descenderán las aguas. Pero ustedes recuerdan el Arpa Eólica que a los hombres les gustaba poner fuera de sus ventanas para que la brisa pudiera convertir la música en vida. Hasta que el viento soplaba, el arpa permanecía en silencio; mientras que, nuevamente, a pesar de que el viento soplaba, si el arpa no se hallaba lista, un susurro del viento podía oírse, pero ni una nota de música etérea deleitaba el oído. Ahora bien, puede que el calvinismo [y sin duda, a mi juicio, la apelación al calvinismo, podría sustituirse por la fórmula “todo el cristianismo bíblico e histórico”] no sea otra cosa sino un arpa eólica –absolutamente impotente, por así decirlo, sin el avivamiento del Espíritu de Dios- pero aún sentimos que es nuestro deber impuesto preservar nuestra arpa y sus cuerdas entonadas correctamente, lista en la ventana de la Sión Santa de Dios, esperando el aliento del Espíritu” [5]. Sólo el Espíritu Santo tiene la posibilidad de transformar nuestros corazones, es decir, nuestros intelectos, emociones y voluntad (Romanos 8:1-17). Sólo el Espíritu Santo producirá la fuerza vitalizadora para que la iglesia esté compuesta de testigos fieles del evangelio (Hechos 1:8) y viva de acuerdo a la Palabra de Dios. Sólo el Espíritu Santo nos guiará a la verdad y a la justicia (Juan 16:13). La iglesia tiene que arder de rodillas, orando, orando mucho. Esa oración, con la Biblia abierta y en nuestros corazones, marcará la agenda a seguir, aún en medio de las convulsiones sociales  o crisis personales y colectivas que podemos vivir.

Sí, que arda la iglesia… 

Luis Pino Moyano.

 


 

[1] Quien mejor apela a esta falta de realismo del cristianismo contemporáneo, a mi juicio, es Francis Schaeffer. Véase: Francis Schaeffer. Huyendo de la razón. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1969; y, Francis Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. Barcelona, Ediciones Evangélicas Españolas, 1973. 

[2] Juan Calvino. Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Libro IV, Capítulo 1, Nº 7. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 811.

[3] Soy tributario acá de la propuesta de Timothy Keller. Véase: Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, pp. 263-406.

[4] La Piedra viva, verdadera y divina. Valparaíso, 30 de agosto 1879, año VIII, Nº 29, p. 182. 

[5] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 252. Corresponde a la Conferencia “El calvinismo y el futuro”.

Documental sobre la historia de los evangélicos en Chile.

El año 2017, en medio de las celebraciones por los 500 años de la Reforma Protestante, se desarrollaron diferentes actividades que invitaban al recuerdo y la reflexión respecto de nuestro pasado. Una de ellas fue desarrollada por una organización denominada “La Reforma que viene”, y que derivó en la publicación de “El libro de los 500 años” y en la realización de un documental, que pasa de lo acaecido en Europa en 1517 a la realidad chilena. 

Aportaron a esta mirada del pasado: Cristian Parker, Ximena Prado, Humberto Lagos, Javier Arcos, quien suscribe estas líneas, entre otros. Recomiendo su revisión. 

 

A la par de la participación en el documental, al que contribuí con la entrevista, datos de hechos históricos y de posibles entrevistados, estuvo el aporte respecto de una mirada histórica al pentecostalismo chileno, publicada en el libro referido, artículo que ustedes pueden revisar haciendo clic aquí.

Luis Pino Moyano.

 


 

* Nota aclaratoria: entre quienes me conocen, saben que cuando me piden una referencia académica digo: “Licenciado en Historia”, y que me da un poco de pudor cuando me llaman “historiador”. Pero como esto no sólo lo ven quienes me conocen, me permito decir que la información que me hace aparecer como “Dr.” es errónea, no la di yo. Sólo se trata de un error de la persona que editó el vídeo. Gracias. 

¡Basta de líderes evangélicos sin el evangelio!

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1ª Pedro 5:1-4).

Sin lugar a dudas, vivimos un momento crítico para las religiones y su comprensión del mundo y de la vida. Pero lo que podría ser entendido como oportunidad desde el estudio, la oración y la vida en comunidad, se ve dificultado cuando los medios de comunicación y algunos organismos estatales han buscado-y-encontrado en las iglesias una serie de prácticas reñidas con la ética bíblica y la legalidad vigente de los países. Abusos de poder, con expresiones que van desde la tiranía eclesiástica, la violencia física y psicológica, hasta los deleznables maltratos de índole sexual; las estafas y malversaciones de fondos; todo esto amparado por estructuras y lógicas sectariamente autoritarias, en las que se ejerce el control de las conciencias desde un discurso de fe. Sabemos que no todos los pastores y líderes de nuestras iglesias incurren en este tipo de actos, pero los que sí las cometen manchan la dignidad y testimonio de Jesucristo y de toda la hermandad que profesa la común fe. A todas luces, estamos frente a la construcción de una alta y pesada barrera para la proclamación del evangelio y, a la vez, ante las evidencias del desprecio a la enseñanza bíblica y teológica, la despreocupación integral de los fieles e, inclusive, la discriminación social dentro de nuestras comunidades.

Por lo mismo, quise fundamentar mi reflexión en el texto del viejo apóstol Pedro, quien con toda la humildad del mundo no ocupa su oficio como título grandilocuente, ya que se reconoce como un “presbítero” más entre otros colegas de labor, miembro de una iglesia de cristianos dispersados por la persecución en toda el Asia Menor. Aquél que fue “testigo de los padecimientos de Cristo” toma la palabra para hablar desde adentro y con conocimiento de causa. Y su texto tiene la fuerza de una declaración de principios permanentes para quienes tienen la labor de trabajar en la iglesia de Jesucristo, al nivel de decir con suma claridad lo que se debe y no se debe hacer. Veámoslo a continuación: 

  1. Los líderes de la iglesia no deben forzar, sino cuidar. Los líderes de las iglesias tienen la tarea de guiar en el camino de la fe a la congregación, pero dicha labor no tiene nada que ver con una dictadura, no se basa en la imposición sino en la exhortación fiel de la Escritura. El liderazgo cristiano abre caminos y fortalece la formación de quienes tienen dones para el servicio de Cristo y la comunidad, acrecentando el sentido de responsabilidad más que el de obligación, en la lógica antijerárquica del sacerdocio universal de los creyentes. La referencia al oficio pastoril se hace más elocuente cuando Dios Padre en el Antiguo Testamento y Jesucristo en el Nuevo, se presentan como los pastores de su pueblo, quienes a diferencia de los líderes religiosos, sí otorgaban cuidado integral, protección y defensa a sus ovejas. El buen pastor es el que muere y no pone el centro de su acción en su vida e intereses particulares o, derechamente, mezquinos. 
  2. Los líderes de la iglesia no buscan ganancias deshonestas, sino servir voluntariamente. Cuántas personas, creyentes y no, producto del enriquecimiento de quienes han tornado el oficio pastoral en una profesión burguesa, tienden a creer que el pastorado es un camino fácil para enriquecerse, al nivel de pensar (como decía un graffiti en un muro cercano a mi casa de infancia) que “Dios es amor, pero la iglesia es plata”. ¡El trabajo pastoral no tiene como fin último ganar dinero sino servir para glorificar a Dios y edificar a la iglesia! Pastor, líder de la iglesia, sea cual sea tu convicción teológica y práctica denominacional, ¿dónde está el tesoro de tu corazón cuando piensas en tu ministerio?; ¿qué es lo que te motiva a trabajar en la obra que es de Dios y no tuya? 
  3. Los líderes de la iglesia no cometen abuso de autoridad, sino que trabajan para que su testimonio sea ejemplo en la comunidad. ¿En qué momento las palabras “pastor”,  “ministro”, “líder”, “oficial”, “presbítero”, “reverendo” y hasta “apóstol” se convirtieron en significantes de una condición especial más que en roles a realizar? El ejercicio de un oficio en la iglesia no te constituye en parte de una élite con hambre y voluntad de poder, sino que te invita a seguir el método de liderazgo de aquél que no temió “rebajarse”, aparentemente, atándose una toalla en la cintura, tomar un lavatorio y de rodillas lavar los pies de cada uno de sus discípulos, como lo hacía el esclavo de la casa en la Antigüedad.

Por todo lo anterior debemos decir con toda la fuerza de un protestantismo que protesta: ¡Basta!

Basta de líderes que se autodenominan como evangélicos pero en sus predicaciones y discursos, en templos y calles, anuncian cualquier otra cosa menos el evangelio del Reino de Dios. ¡Basta de líderes que como profetas trasnochados se dedican a sembrar odiosidad, intolerancia y miedo a creyentes y no creyentes!

Basta de líderes evangélicos que por sus anhelos de cuotas de poder en la iglesia y la sociedad, y también por la construcción de un ego elevado, hablan arrogándose la representatividad del “pueblo evangélico”, un mundo que no existe como comunidad homogénea, que no tiene y se resiste a tener “Papas”, “papitos” o “patrones”, sino más bien un mundo con declaraciones de fe propias y con prácticas muy particulares.

Basta de líderes evangélicos que ocupan los púlpitos de sus iglesias a modo de plataformas políticas en las que dan la palabra a candidatos que propician sus ideologías, o que erigen y empoderan a miembros de sus filas para postularse a algún cargo público, con el consecuente llamado a sufragar por el candidato que “representa los valores del pueblo de Dios”, otra cosa que no existe a cabalidad. ¡Basta de control de las conciencias!

Basta de líderes evangélicos que colocan en posiciones de poder a hijos, hermanos, otros familiares y amigos, para constituir un séquito que malentiende la lealtad, que articula una élite de intocables a los que jamás les llega la disciplina eclesiástica. El ejercicio de los dones por parte de creyentes no requiere de un currículum vitae potenciado por lógicas de nepotismo y compadrazgo, sino más bien por la obra del Espíritu Santo discernida, evaluada y juzgada por una congregación afirmada en la Biblia. Y esto no quiere decir que un hijo de pastor no pueda ser pastor, sino que su criterio de elección no puede estar supeditado a cuestiones de familiaridad sino a un don que es reconocido por creyentes debido a la edificación que produce a la comunidad.

Basta de líderes evangélicos que ocupan los recursos de la iglesia para abrir fundaciones, ONGs y hasta empresas de diverso tipo, para concretizar sus agendas y proyectos que buscan el enriquecimiento personal o la conquista de una posición de influencia, que corrompen sistemas de gobierno eclesiástico, que dividen iglesias articulando mafias internas y que no obstan con emplear medios corruptos para empoderarse ellos y debilitar a otros, ensuciando testimonios de hermanos sin posibilidad de contrarrestar sus versiones oficiales. ¡Basta de líderes evangélicos que enseñan de ética protestante del trabajo a sus miembros sin aplicarla, aumentando la corruptela en un país que está perdiendo cada vez más la ingenuidad!

Basta de líderes evangélicos que creen que se “rebajan” cuando van al “punto de predicación” con los hermanos, cuando reciben instrucción en la escuela dominical o se dejan aconsejar por otros líderes y hermanos, cuando comparten la misma mesa con la hermandad y no una especial “para pastores”, cuando toman una escoba para barrer el templo, o una herramienta para reparar un artefacto dañado, o cuando se disponen a servir una mesa… ¡lo que rebaja a un ministro del evangelio es un testimonio que no se condice con la ética que predica! 

Basta de líderes que creen que la solución a todos los males está sólo en una mayor formación teológica. ¡La educación no tiene el poder para redimir, Cristo y sólo él puede hacerlo! Los líderes pueden ser conocedores eruditos de la Biblia, eminentes teólogos de cuya boca emerge sabiduría ortodoxa, respetuosos aplicadores de los principios de la hermenéutica y de la homilética… pero todas esas cosas se transforman en simples patrañas cuando el testimonio y la ética dejan mucho que desear.

Basta de líderes evangélicos que gustan de aparecer en televisión, sin entender que hacen “circo” con ellos, por el morbo que producen sus palabras y acciones. Es ofensivo que dichos sujetos moldeen una imagen de lo evangélico por el ruido supino de una voz que construye la idea que para ser cristiano o ir a la iglesia hay que sacarse el cerebro. 

Basta de líderes y actores evangélicos que tienen el poder económico para pagar reportajes en medios masivos de comunicación, con el afán de lavar su imagen pública a costa de sus congregaciones en las que alguna vez desarrollaron hermosas labores. 

Basta de líderes evangélicos que actúan con delirio de persecución cuando están frente al disenso, sobre todo, cuando nuestra mirada parcelada de la realidad es puesta en cuestión por actores creyentes y no creyentes. Para ello, debemos entender que la fe cristiana es una mirada de la realidad total, y que por ende, así como propone una visión respecto de la moral sexual, también propone que la ética debe estar ligada a la acción política huyendo de la lógica maquiavélica, y pone en la palestra el ejercicio de injusticia sistemático contra pobres-huérfanos-viudas-y-migrantes, denunciando los abusos contra el prójimo y el espacio habitado. ¡Basta de líderes que estupidizan y satanizan a los otros sin más argumento que la prepotencia que pone en cuestión la libertad de conciencia, actitud que en algún momento nos puede golpear en la cara y reducir efectivamente nuestras posibilidades de acción en el mundo!

Y, por supuesto, basta de congregaciones que pavimentan el camino a este tipo de liderazgos. Aquí no hay solamente falsos maestros, hay también, en las palabras de Pablo a Timoteo (2ª Timoteo 4:3,4), oyentes que dan rienda suelta a sus malos deseos y que gustan de escuchar las novelerías, mitos, innovaciones doctrinales y, por supuesto, las enseñanzas que sacien su banal necesidad. Este tipo de miembros de iglesias son los causantes de estos falsos líderes: en la lógica de una fe mercantilizada, ellos son consumidores de iglesia y de los beneficios que conlleva ocultar la verdad y legitimar a estos falsos dirigentes que quieren y, tristemente, se merecen. Las verdaderas víctimas acá son aquellas personas que trabajaron y dieron esforzadamente para la obra de Dios, y cuando lo oculto salió a la luz pudieron notar que en realidad fue para la solidificación de un patrimonio individual con aquello que éticamente no pertenecía a quienes redituaron con la fe.

Hoy más que nunca debemos poner la vista donde corresponde: en Cristo que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, lo que nos da esperanza en el momento crítico que vivimos, en el que parece que sólo nuestras miserias resaltan. Debemos buscar constituirnos en iglesias que anhelan ser renovadas por el Espíritu Santo y que se reforman continuamente a la luz de la Escritura. Debemos ser iglesias que dejan, con arrepentimiento y fe, toda la bazofia a la que le hemos dicho “¡basta!”, para ponernos a trabajar en lo que verdaderamente nos compete, a saber, que activa y armoniosamente sigamos extendiendo nuestra mano para arrojar la buena semilla del evangelio y para trabajar para la gloria de Dios en cada esfera de la vida. Si no lo hacemos, terminaremos construyendo iglesias a nuestra imagen y semejanza, espacios que no prevalecerán, pues no son “de Jesús la iglesia” y por eso “constante no ha de ser”. La iglesia que lleva nuestro apellido terminará como todo aquello que es vanidad. 

Luis Pino Moyano.


 

Publicado originalmente en Pensamiento Pentecostal.

Jesús, el misionero.

“Jesús recorría todas las ciudades y las aldeas, y enseñaba en las sinagogas de ellos, predicaba el evangelio del reino y sanaba toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Al ver las multitudes, Jesús tuvo compasión de ellas porque estaban desamparadas y dispersas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: ‘Ciertamente, es mucha la mies, pero son pocos los segadores. Por tanto, pidan al Señor de la mies que envíe segadores a cosechar la mies’” (Mateo 9:35-38, RVC).

Jesús es el cumplimiento de todas las promesas del Antiguo Testamento, es el actor clave en la historia de la Redención. Es quien no sólo cumple la misión de anunciar la gloria de Dios en el mundo, sino que hace, con el poder transformador de su evangelio, “nuevas todas las cosas”, restaurando el mundo caído y haciendo que muchos hombres y mujeres en todo el mundo, de todas las familias de la tierra, adoren al Dios Todopoderoso y trabajen para su Reino que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo. Desde este punto de vista, es necesario señalar que la misión de Jesús es encarnacional. Juan 1:14 declara con fuerza: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. Es decir, en un determinado momento de la historia, y en un muy particular espacio geográfico, el Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, vino a este mundo. El texto presenta la idea, en su idioma original, que Cristo “tabernaculizó” entre nosotros. En Cristo, tenemos a Dios presente en el mundo. Él es el Emanuel, Dios con nosotros. 

A la luz del relato bíblico, Cristo, teniendo toda la alabanza en el cielo, se humilló, se hizo pobre (no teniendo siquiera dónde recostar su cabeza), y además de eso pagó el precio de nuestra salvación. 2ª Corintios 5:21 nos dice una verdad radical respecto de Jesús: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Pero a Jesús, y eso estaba en el plan perfecto de Dios, ni la tumba lo pudo retener. Él resucitó venciendo la muerte. La misión encarnacional de Cristo se hace patente, entonces, en su vida, muerte y resurrección, y en cada una de esas etapas, Cristo es vencedor. Como diría John Stott: “el Hijo no se quedó en la segura humanidad de su cielo, remotamente lejano del pecado y la tragedia humanos. El ingresó efectivamente en nuestro mundo. Se vació a sí mismo de su gloria y se humilló para servir” (El cristiano contemporáneo). He aquí la base teológica y escritural de estas palabras.

El texto bíblico que hemos citado al comienzo de esta reflexión sirve como un breve y consistente resumen de las actividades de Jesús descritas en los capítulos 5 al 9 del evangelio de Mateo. Jesús había presentado el Reino de Dios con palabras y acciones, a tal nivel que su primer gran sermón fue corroborado por milagros que señalaban su poder (un ciclo de diez milagros). La fama de Jesús se ha ido extendiendo, por lo cual gente con muchas necesidades se acercó a él. Luego, en el capítulo 10, Jesús llamará a sus apóstoles, los cuales serán enviados como pastores de un rebaño y como agricultores que trabajan en el momento de la cosecha (obreros, no gerentes). En ese sentido, el texto de Mateo 9:35-38 funciona como un intermedio o puente de la narración histórica que está presentando Mateo y el sermón sobre la misión del capítulo 10.

La propuesta de la reflexión de este post es que Jesús, el misionero por excelencia, nos invita con su vida a considerar los siguientes elementos fundamentales de la misión.

Las tareas de la misión. 

Por mucho tiempo, un sector muy vasto del cristianismo ha tenido un concepto reducido de la misión, pensando que ésta sólo consiste en la predicación del evangelio, la que incluso, sólo afectaría un área de la vida: la espiritual. Es así, que la fe no es aterrizada respecto del cuerpo y de las necesidades concretas de las personas que nos rodean, como también de nosotros mismos. Jesús, nos enseña acá, con su vida y palabras, que la misión no sólo tiene que ver con “lo espiritual”, sino con toda la realidad del ser humano. Por otro lado, muchos cristianos piensan que misión, tiene que ver con ir a lugares donde hay personas que no han sido alcanzadas por la predicación del evangelio, y por lo tanto, como una tarea que sólo algunos “profesionales” realizan: pastores, plantadores de iglesias, misioneros. La misión es de Dios, e incluye a los creyentes, a cada creyente, por pura gracia convocándoles a la tarea de predicar el evangelio a todo el género humano, y a extender con sus vidas y trabajo el Reino de Dios en cada esfera de la vida.

El texto bíblico reporta la necesidad del movimiento, al señalar a Jesús recorriendo ciudades y aldeas. La palabra en su idioma original refiere a una actividad continua. La misión, entonces, no se desarrolla desde un escritorio, sino en el camino. Jesús es alguien que trabaja, y duramente, por el Reino de Dios. La tranquilidad produce incomodidad en él. Esto nos enseña un principio: la comodidad produce aletargamiento. La iglesia no debe estar entre cuatro paredes, sino recorriendo su ciudad, conociendo a las personas, relacionándose con ellas. La misión está donde tú estás… no es un evento, es la vida. El lugar en el que habitas cotidianamente es tu campo de misión, sea en Chile o en otro lugar del mundo. 

Es muy interesante lo que hace Mateo con su relato que nos lleva a decir que el Señorío de Cristo es total, y por ende, la misión involucra la totalidad de las cosas. Esto lo hace al diferenciar entre ejes de la misión que Jesús está llevando a cabo, y que dan cuenta de la integralidad de la vida de los seres humanos.

  • Enseñar. La palabra ocupada en el griego, es la que da origen a la palabra didáctica. Enseñar se refiere a impartir una información más detallada acerca del anuncio hecho. Jesús no sólo anuncia, sino que explica. La capacitación de los creyentes no es opcional, es algo fundamental para la vida. No desvalorices las actividades que tu iglesia provee para tu entrenamiento espiritual. 
  • Predicar el evangelio del Reino. Si bien es cierto, la predicación tiene una dimensión de enseñanza, su finalidad es otra: la proclamación y anuncio de la verdad. En este caso, lo que se predica es el evangelio del Reino. El evangelio son las Buenas noticias que nos presentan la verdad que nos dice que Dios nos ha regalado salvación por medio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Es nuestro sagrado deber. Y para eso ya tienes lo prioritario, que no son métodos, sino tu vida salvada. Por su parte, los cuatro evangelios hablan del Reino de Dios, pero Mateo lo hace con un énfasis especial. Ocupa el concepto de “reino de los cielos” para mantener la reserva judía de pronunciar indebidamente el nombre del Señor. Esta expresión, en palabras de William Hendriksen, reporta cuatro ideas fundamentales: “las expresiones ‘el reino de los cielos’, ‘el reino de Dios’, o simplemente ‘el reino’ (cuando el contexto deja en claro que se quiere decir ‘el reino de los cielos o de Dios’) [1] indican el reinado de Dios, su gobierno o soberanía, reconocido en los corazones [2] y que opera en la vida de su pueblo, efectuando la completa salvación de ellos, [3] su constitución como una iglesia, y finalmente [4] como un universo redimido” (Comentario a San Mateo). Estos cuatro elementos están relacionados entre sí, y se manifiestan en la lógica del “ya, pero todavía no” que espera la consumación de todas las cosas por Cristo. Lo relevante, es que todo está subordinado a la gloria de Dios. Es demasiado relevante que la enseñanza y la predicación se hacía en la sinagoga, en el lugar de los otros, y no en el lugar propio. El evangelio nos saca de la comodidad de nuestros templos para ir al lugar de los demás.
  • Sanidad. Esta idea nos muestra que el Reino de Dios se había acercado en la persona de Jesucristo. Los milagros señalan el poder transformador de Cristo: quien tiene poder de modificar la naturaleza o lo material, puede transformar el ser y perdonar pecados. Otra cosa fundamental, es que Cristo sanó a todo tipo de personas: judíos y gentiles, ricos o pobres, mostrando preocupación por las necesidades integrales de las personas según la realidad que atravesaban. Y un detalle, la palabra griega, es la que da origen a la palabra “terapia”, que alude también a un concepto más amplio que curar una enfermedad. Por eso se habla también de dolor. Cristo tiene el poder para curar tus enfermedades y dolores. Él mismo lo señaló: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio” (Mateo 11:5).

El corazón de la misión.

Jesús no sólo tuvo preocupación por sus discípulos, con quienes compartió la comunidad por casi tres años, sino por todas las personas. Las multitudes a las cuales nos acerca Jesús, dan cuenta que nuestra preocupación tiene que pensar en todos los seres humanos. Pero dicha preocupación no sirve de nada, si alguien no tiene amor. Pablo lo dice explícitamente: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1ª Corintios 13:3). Cristo, literalmente, “se conmovió desde las entrañas”. La universalidad del mensaje no es abstracta, a todo el mundo, como si miráramos un mapa o un programa formal de acción. Es concreta y muy real porque el Señor se acerca a personas de carne y hueso que están abatidas. 

Aquí está también la urgencia de la misión: Jesús tuvo compasión de quienes sufren el abuso, el abandono y el agotamiento, por quienes no tienen esperanza, y que carecen de guía y acompañamiento que les eduque y proteja según sea necesario. No hay misión sin misericordia. No hay cristianismo sin amor al prójimo. No hay fe sin obras. Como dijo Samuel Escobar: “La misión también incluye la compasión como resultado de la profunda preocupación por las multitudes y sus necesidades. No es ni un brote de emoción sentimental ni una opción académica por los pobres, sino la realización de acciones de servicio concretas e intencionales con el fin de alimentar a la multitud con pan para la vida, además de compartir el Pan de vida” (Cómo comprender la misión).

Jesús ve a las personas como “ovejas sin pastor”. La imagen de las ovejas que tienen pastor o que carecen de él, es recurrente en el Antiguo Testamento y es apropiada por los apóstoles para referir a Jesús. Los rabinos y los líderes religiosos de la época dañaban a las personas poniéndoles más carga que la que pueden llevar.  ¿Cómo miramos nosotros a los no creyentes? Nosotros tendemos a mirar a las personas, creyentes o no, sobre todo en los primeros acercamientos, a partir de la diferencia. Y si bien es cierto, es un punto focal legítimo, porque tendemos a aprender de manera significativa por comparaciones, no es la única forma que tenemos de mirar. De hecho, los creyentes tenemos un filtro para mirar a los demás llamado evangelio. El evangelio nos hace ver en los otros a “ovejas sin pastor”, carentes de cuidado, necesitadas de alimento genuino (¡la Palabra de Dios!) y como potenciales receptores de nuestro amor. 

Pero nuestra tendencia, pecaminosa por lo demás, consiste en ver a los demás como candidatos al infierno o, derechamente, como enemigos. La gracia se diluye en nuestras concepciones mentales cuando vemos a las personas de esa manera. Y aquí es necesario decir lo siguiente: si el cristianismo no bota las barreras étnicas, nacionales, culturales, políticas, entre hombres y mujeres, y de clases sociales, es porque en algo nos estamos adaptando a la individuación del sistema imperante. Podemos llamar, de manera bíblica y consistente, que cualquier cosa que se transforme en una barrera a la proclamación del evangelio es un ídolo monstruoso, pues “cuando se sirve a Cristo, ya no hay más rotos ni realeza”, al decir hip-hopero de Elemento en su “Presuntos enemigos”.

El llamado de la misión.

Una de las consideraciones que debiésemos tener es que el trabajo es mucho. La mies apela al tema de la evangelización, más que cualquiera otra de las tareas. Pero en todas ellas se requieren manos. Mi amigo y pastor Vladimir Pacheco me enseñó hace algunos años que “quien no trabaja, da trabajo”. Y es demasiado real. Si tú no trabajas, terminas haciendo que otros realicen la labor que a ti te tocaba, por lo que hay muchas personas que se terminan desgastando en las tareas del Reino porque no sólo hacen su labor, sino que hacen la de otros que no se comprometen por la iglesia de Cristo. Piensa en lo ofensivo de expresiones tales como: “-es que yo trabajo”, a modo de excusa para no participar de las labores de la comunidad. Hoy debes sentirte incómodo si no estás haciendo nada, o haciendo poco. ¡Hoy debemos arrepentirnos!

Al cerrar el texto, notamos que la oración es la que pone la agenda. Y como en todo orden de cosas, la oración nos obliga. Ante Dios en oración nos presentamos como súbditos ante el soberano del universo. Y allí decimos cosas que a veces nos cuesta aterrizar en la vida. Por lo mismo, debemos considerar que ella funciona no sólo como comunicación con Dios, sino como lineamiento para la acción. Oración y trabajo siempre van de la mano. 

Debemos orar por los trabajadores del Reino de Dios, porque nadie desarrollará nada sin que Dios lo llame y lo prepare para llevar a cabo su labor. Es el Señor quien regala sus dones y levanta ministros para trabajar en su Reino y edificar la iglesia. Y como suele ocurrir en la historia bíblica, el Señor envía a los mismos que oraron, como se señala en el siguiente capítulo respecto del llamado a los doce apóstoles. 

Para la reflexión final:

  • Jesús, el protagonista de esta historia, actúa escandalosamente. Es probable, que los papás y las mamás judíos hayan tenido algún dicho similar al “dime con quién andas y te diré quién eres”, que escuchamos repetidamente en nuestros hogares. A Jesús poco le importa eso. Él tiene muestras de compasión y acercamiento con pobres, mujeres, samaritanos, leprosos, endemoniados y, por supuesto, con publicanos. Los toca, conversa con ellos, hasta comparte la mesa y, desde luego, sana las heridas del corazón, transformándoles como sólo él sabe hacerlo
  • Este texto nos ha mostrado con suma claridad que no existe esa disociación artificial entre proclamar el evangelio y hacer buenas obras. Hacer extremos implica construir iglesias en las que existe una religión que no tiene nada para la vida aquí y ahora, o, por el contrario, construir una comunidad estilo ONG que solo piensa en la tierra y no tiene a la vista el cielo y la maravilla de su justicia en plenitud. Ambos son mensajes incompletos, porque nos hacen pensar en un Cristo limitado, y no en el anunciado por Pablo cuando señala que “todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16). Cristo es el Señor de todo, por lo tanto la iglesia le debe servir y amar en todo.
  • ¿Entiendes tú que faltan obreros en la viña del Señor, y que tú puedes ser uno de ellos? ¿Sientes compasión por las personas que necesitan del buen pastor para ser amadas y cuidadas de verdad? ¿Reconoces que el ministerio de Jesús buscaba predicar y enseñar, junto con sanar “toda enfermedad y dolencia del pueblo”? ¿Te preocupa predicar y vivir un evangelio que se preocupe por las personas integralmente? Aterrizando aún más esto, ¿qué estás dispuesto hacer frente a esta buena nueva desde hoy? ¿Qué te comprometes a practicar para predicar y servir a otros? ¡Dios nos libre de sentarnos en la comodidad y la indiferencia! ¡Dios nos ayude para gastarnos para él, pensando en que lo más importante es el Reino de Dios y no nuestras agendas limitadas!

Luis Pino Moyano.

* El texto convierte en artículo el bosquejo de una predicación homónima realizada en el Retiro Presbiterial de Jóvenes: “Anuncia su gloria”, expuesta el domingo 20 de enero de 2019, en La Granja Presbiteriana de El Tabo. 

Las obras como fruto de la fe.

“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Supongamos que a un hermano o a una hermana les falta la ropa y la comida necesarias para el día; si uno de ustedes les dice: ‘Que les vaya bien; abríguense y coman todo lo que quieran’, pero no les da lo que su cuerpo necesita, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se demuestra con hechos, es una cosa muerta. Uno podrá decir: ‘Tú tienes fe, y yo tengo hechos. Muéstrame tu fe sin hechos; yo, en cambio, te mostraré mi fe con mis hechos’. Tú crees que hay un solo Dios, y en esto haces bien; pero los demonios también lo creen, y tiemblan de miedo. No seas tonto, y reconoce que si la fe que uno tiene no va acompañada de hechos, es una fe inútil. Dios aceptó como justo a Abraham, nuestro antepasado, por lo que él hizo cuando ofreció en sacrificio a su hijo Isaac. Y puedes ver que, en el caso de Abraham, su fe se demostró con hechos, y que por sus hechos llegó a ser perfecta su fe. Así se cumplió la Escritura que dice: ‘Abraham creyó a Dios, y por eso Dios lo aceptó como justo’. Y Abraham fue llamado amigo de Dios. Ya ven ustedes, pues, que Dios declara justo al hombre también por sus hechos, y no solamente por su fe. Lo mismo pasó con Rahab, la prostituta; Dios la aceptó como justa por sus hechos, porque dio alojamiento a los mensajeros y los ayudó a salir por otro camino. En resumen: así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe está muerta si no va acompañada de hechos” (Santiago 2:14-26, Dios habla hoy).

El apóstol Santiago nos presenta una carta que nos desafía en extremo respecto de una fe que tiene un aterrizaje vital en la cotidianidad. Él enseña con suma claridad que no hacer acepción de personas es un fruto de la redención y, a la vez, presenta un desafío diferenciado para ricos y pobres, trabajando en sus potenciales áreas de debilidad: los ricos deben fortalecer su humillación y los pobres su sentido de plenitud en Cristo (1:9,10). Por su parte, nos exhorta a tener en cuenta que la religión verdadera y santa es aquella que se expresa en la asistencia de los que son desamparados, particularmente de quienes forman parte de nuestra comunidad (1:26,27). Y, acto seguido, nos declara que el favoritismo respecto de quienes tienen riqueza y poder debe ser eliminado, porque nuestros corazones solo deben deslumbrarse por la gloria de Cristo. En ese sentido, ricos y pobres de la comunidad deben ser tratados de manera igual, porque la ley se cumple en el amor al prójimo (2:1-13). Este es el antecedente contextual del texto con el que iniciamos la reflexión de este post, y que se sustenta en la siguiente pregunta: ¿Qué caracteriza este fruto de la salvación? A la luz de lo escrito por el hermano de Jesús, debemos decir que las obras producidas por la salvación de Dios en nosotros tienen la facultad de mostrarnos distintos aspectos de nuestra fe genuina en el Señor. 

En primer lugar, diremos que las obras interrogan nuestra fe (2:14-19). Como una buena colección de predicaciones, Santiago abre un nuevo camino en  la reflexión, produciendo de manera inspirada por el Espíritu Santo uno de los grandes problemas de su epístola: la relación entre fe y obras. Y es aquí donde debemos poner atención: claramente el texto apunta a la fe que nos condujo a la salvación. Es decir, el tema acá es si nuestro cristianismo puede ser simplemente una colección de enseñanzas muy hermosas y desafiantes pero que no se aterriza a la realidad. Por eso es que Santiago pregunta: “¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe?”. Santiago comienza la respuesta con una pregunta que se enlaza en lo abordado en la sección anterior (2:1-13), que dice relación con uno de los frutos del favoritismo. Si tomamos en cuenta lo dicho en la sección anterior, el apóstol en ningún caso busca que los ricos sean maltratados dentro de la comunidad, sino que lo que él ha cuestionado con toda claridad es que el buen trato debe ser parejo en toda la familia de fe, eliminando cualquier vicio de poder, riqueza o fama que nos lleve a construir relaciones de consumo para obtener beneficios, a la manera de una red social que hace ligarse con gente que podría sernos útil para nuestro desarrollo personal. 

Dicho eso, la situación supuesta por Santiago dice relación con un hermano o hermana que no tiene para satisfacer sus necesidades básicas y que reciben un trato indiferente por parte de la comunidad. El “que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse” (2:16, NVI), sin involucrarse en la vida del otro, es una acción tan similar a aquella de quienes plantean que los pobres son pobres porque son flojos, o eso de que no hay que dar el pescado sino enseñar a pescar. Es la comodidad de pensar que el mal siempre está en otro y nunca en nosotros. Es la comodidad del sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano, que cumplen con su agenda y labores, pero que pasan de largo frente al sufrimiento de quien está arrojado en el camino y ni fuerzas tiene para pedir misericordia. Los pobres no son pobres por flojos (¡no todos, por lo menos, en su gran mayoría!), sino porque hay un sistema pecaminoso que los excluye, denigra y conserva en la pobreza. Y sí, la gente requiere capacitación para trabajar y mejorar sus posibilidades laborales, y con ello, su situación de vida. Pero si alguien necesita comida es eso lo que debe satisfacerse. ¡Ampliemos nuestro concepto de necesidad! Las personas no necesitan estar en la bancarrota para recibir ayuda. Tenemos múltiples necesidades, pues somos personas integrales, que en comunidad podemos satisfacer o paliar si sólo tendemos nuestra mano. Y allí, las posibilidades son múltiples, según las áreas vocacionales, los dones que Dios nos ha dado y la amistad que podemos trabar con otros hermanos. 

El versículo 17 nos muestra la respuesta a las preguntas iniciales de Santiago: no existe la posibilidad de una fe ensimismada e indiferente, sin obras, porque la fe viva pone la atención en el prójimo. Un salvo se comporta como salvo, y si hay algo que Dios redime de nuestras vidas es aquella tendencia pecaminosa de creernos el centro del universo, para pasar a pensar en el nosotros de la comunidad. No conforme con eso, el hermano de Jesús nos presenta una posible contrapregunta, en la que entabla diálogo con un interlocutor imaginario, que piensa la fe y obras como algo disociado que puede manifestarse de manera individual en cada creyente. Es decir, que podrían existir creyentes que sólo tienen fe sin hace nada. Y Santiago, de manera muy perspicaz, responde planteando un gran dilema: ¿qué nos diferencia de los demonios si ellos también creen en Dios y hasta tiemblan ante su presencia? Lo que nos diferencia son las obras que buscan que Dios sea glorificado. Y Dios es glorificado cuando le amamos a Él con todo nuestro corazón, mente y fuerzas y cuando amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Un creyente debe vivir como creyente. No hay excusa para ello. No existe eso de los cristianos carnales. El Señor nos ha transformado para andar en novedad de vida, en una vida transformada por la gracia. Y uno de los frutos de esa transformación son las obras que van en beneficio de los demás.

En segundo lugar, el texto de Santiago nos señala a las obras como evidencia de la fe (Santiago 2:20-25). El apóstol, como el buen predicador que es, usa la historia a modo de ilustración de sus sermones. Y sí, los trata de “tontos” porque nota que no es que ignoren, sino que simplemente se cierran en sus razonamientos para no ver la realidad. Son los peores ciegos, aquellos que no quieren ver. Toma dos casos para su argumentación: el de Abraham y el de Rahab. 

De manera muy interesante, el hermano de Jesús apela a la historia de Abraham, e inclusive cita el mismo texto de Génesis que usa Pablo para argumentar a favor de la justificación por la fe. Douglas Moo, reconocido por varios estudiosos de la Biblia como uno de los mejores comentaristas de Santiago, nos dice que: “Pablo se fija en la posición cronológica de [Génesis] 15:6 y lo cita como evidencia de que, en el momento inicial, Abraham fue declarado justo solo en base a su fe. Santiago ve el mismo versículo más como un ‘lema’ que marcó toda la vida de Abraham”. Santiago nos muestra la historia de Abraham, un hombre que fue declarado justo por Dios y que actuó como tal. Su fe fue perfeccionada, desarrollada, acrecentada cuando se movió a la acción en obediencia al Dios de la vida. Abraham llegó a extremos que ninguno de nosotros habría llegado en su obediencia a Dios, o ¿acaso alguno de nosotros, subiría siquiera a un monte para llevar a su hijo al sacrificio? ¿Lo pondría en un altar amarrado? ¿Alzaría un cuchillo sobre él para quitarle la vida, para luego ofrecerlo en holocausto? ¡NADIE LO HARÍA! Abraham, el amigo de Dios, estuvo dispuesto no sólo a creer sino también a obedecer. En definitiva, y a la luz del análisis de este texto, Dios nos declara justos por gracia, vistiéndonos de la justicia de Cristo. Esa justificación opera de tal manera que ninguno de nosotros hoy tiene excusa para no practicar buenas obras. Porque Dios nos declara justos y, a la vez, nos hace justos, y con el Espíritu Santo obrando en nosotros desde el día de nuestra conversión, nos capacita para vivir de manera acorde a lo revelado en la Palabra.

El caso de Rahab es tremendo por varios motivos. El libro que es acusado como sustentador de la opresión femenina, no sólo releva históricamente la acción de una mujer, sino también de una que para la mente judía receptora original se trataba de una paria de la sociedad, una prostituta. Sí, leyó bien, de una prostituta, que en la Antigüedad servían en los templos de dioses paganos regularmente ligados a la fertilidad o al erotismo. Esta mujer estuvo en el momento oportuno para salvar la vida de los dos espías que Josué envió para inspeccionar a Jericó, escondiéndoles de sus captores, y posibilitando una salida de la ciudad. Esta mujer que ayudó a estos hombres fue salvada de la destrucción de Jericó, sino que pasó a formar parte del pueblo de Dios. Y no sólo eso, según la genealogía de Jesús registrada en Mateo, llegó a formar parte de la familia del Mesías. Una  mujer en la que el Señor obró, no sabemos cómo ni cuándo, pero cuyos frutos dignos de arrepentimiento muestran el resultado de dicha obra. 

En tercer y último lugar, Santiago nos enseña que las obras son la vida de la fe (2:26). Dicho versículo es la conclusión de esta predicación del apóstol. Y señala lo siguiente: si el cuerpo es la expresión material del espíritu, cuando se produce dicha separación es porque hay muerte, la fe sin obras está muerta. La conclusión es tajante, no hay alternativa. La fe sin obras está muerta. Y si está muerta no es la fe que produce el Espíritu Santo en nuestra vida. Es una fe aparente, de labios hacia afuera. Es una fe que no obedece al Dios que llamamos Señor. Si hoy tú reconoces que ese es tu tipo de fe, una fe que no produce obras, te invito a que realices dos acciones. La primera de ellas, es que dejes de poner tu esperanza en ti. Tú no puedes por ti mismo hacer absolutamente nada. Es tiempo de que pongas tu mirada en el único que ha podido vivir una vida perfecta, cumpliendo todos los estándares de Dios, y que murió por ti y por mi en la cruz del calvario para que tú y yo tengamos vida abundante, y que resucitó de entre los muertos. Cristo es tu redención, es tu justicia, es tu paz. En Cristo hemos sido justificados y por Él vivimos. Lo segundo, es arrepentirte de tu pecado, de tu negligencia y malas acciones. Hoy arroja tu corazón ante el Señor para pedir perdón. Y luego de eso, pide al Señor, que con su Espíritu Santo te dé fuerza y capacidades para vivir en concordancia al llamado que Dios te hizo. Somos hijos del Señor y nuestro llamado es a extender el Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo en todo lugar donde estemos con la predicación y las obras. Solo no lo puedes hacer. Solo lo echas a perder. Pero no estamos solos, Cristo, el Señor y sustentador, está con nosotros y lo estará hasta el fin del mundo.

Luego de toda esta lectura, preguntémonos: ¿Acaso Santiago contradice a Pablo en lo que plantea? Pablo habla de la justificación por la fe, sobre todo en su carta a los Romanos. Muchos creen que Santiago, no. De hecho, el catolicismo romano se ha tomado de este texto para favorecer su comprensión de la justificación por la fe y por las obras. Y es por este texto, que el reformador Martín Lutero llegó a decir que la epístola de Santiago era una “epístola de pura paja”, porque hablaba poco de Cristo y contradecía a Pablo. “Hoy o mañana encenderé la estufa con Santi”, llegó a decir el reformador. Evidentemente, era un hijo de su tiempo, lo que no obsta para decir que su interpretación es errónea. ¿Pero hay contradicción? ¡En ningún caso! Lo que simplemente hay acá es un cambio de punto focal, de lugar desde dónde se mira un mismo hecho. Pablo afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que hemos sido justificados solo por la fe en Jesucristo, sin tener mérito alguno, solo por la gracia de Dios. Dios nos declaró justo y eso nos hizo tener paz con él. Santiago afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que quienes creen han sido declarados justos y que esos justos aterrizan la justicia imputada de Cristo en ellos a sus vidas cotidianas, sirviendo a Dios y al prójimo en amor. 

En definitiva, justificados por gracia para vivir de manera justa. De hecho Lutero, comentando la carta a los Romanos, mostrando que su visión de Santiago sólo nació de un prejuicio dijo correctamente: “La fe es una cosa viva, laboriosa, activa, poderosa, de manera que es imposible que no produzca el bien sin cesar. Tampoco interroga si hay que hacer obras buenas, sino que antes que se pregunte ya las ha hecho y está siempre en el hacer. Pero quien no hace tales obras es un hombre incrédulo, anda a tientas. Busca la fe y las buenas obras y no sabe lo que es la fe o las buenas obras, y habla y charla mucho sobre ambas”. 

Dejo algunos elementos para la reflexión y la práctica:

  • En las iglesias evangélicas existe una disociación muy común entre predicar o hacer buenas obras no es bíblica. Y aquí debemos decir con mucha fuerza que el mensaje y las obras son indisociables desde el punto de vista doctrinal, y en ese sentido, acercar el evangelio a las personas por medio de la misericordia es también predicar el evangelio. 
  • Tal y como los profetas del Antiguo Testamento, el apóstol Santiago nos enseña que los actos de misericordia son considerados por Dios actos de justicia. Y la justicia es práctica de espiritualidad adoradora del Dios que es justo en todo y sobre todos. Si la avaricia es idolatría, el compartir es adoración al Dios verdadero. Jesús dijo que: “Hay más dicha en dar que en recibir” (Hechos 20:35). Si Dios te ha dado, da, comparte. Y aquí no solo hablamos de dinero o comida, estamos hablando de todo aquello que puedes compartir.
  • Apelando a este texto de Santiago, el pastor Timothy Keller señala en su libro “Justicia generosa” lo siguiente: “Si miras a alguien sin los recursos adecuados y no haces nada al respecto, enseña Santiago, tu fe está ‘muerta’, no es la verdadera fe salvadora. Así que ¿de qué ‘obras’ son de las que está hablando? Está diciendo que una vida volcada en actos de servicio a los pobres es una señal inevitable de una fe real, verdadera, justificadora y evangélica. La gracia te hace justo. Si no eres justo, no has sido verdaderamente justificado por la fe”. El desafío acá es doble: si eres salvo, arrepiéntete de tu vida de fe sin obras, y vuélcate al trabajo de extender el Reino de Dios con la predicación y las obras en cada lugar en el que te desenvuelvas. Si discerniendo en tu corazón te das cuenta que aún no eres salvo, y si notas que el Espíritu Santo te hace poner tu mirada en Cristo que nos salva, hoy es el día oportuno para que reconozcas el señorío de Jesús y la redención integral que él puede hacer en tu vida. Cristo puede encaminarte a una fe real, una cuyos frutos son las obras que interrogan, evidencian y vitalizan la fe que el Espíritu produjo en nuestro ser.

Luis Pino Moyano. 

* Adaptación del bosquejo de mi predicación en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el domingo 26 de agosto de 2018, en la serie “Sabiduría que viene de lo alto. Mensajes en la epístola de Santiago”.

El culto en el marco de la plantación y revitalización de iglesias en la Iglesia Presbiteriana de Chile.

* El artículo que compartimos a continuación es resultado de la conversión de una exposición presentada en la Conferencia “El culto en la revitalización & plantación de iglesias”, organizada por la Red Planta, del Presbiterio Centro de la IPCH, el 24 de septiembre de 2016. Debo señalar, que es una exposición que piensa desde la realidad de la IPCH en el proceso misiológico señalado, y preparada para ese contexto eclesial, aunque algunos principios puedan ser de beneficio para muchos hermanos de otras iglesias. 

Luis Pino Moyano.

  1. Una introducción necesaria.

 La plantación y revitalización de iglesias en el presente reporta una serie de desafíos en el desarrollo de la tarea misional. Uno de ellos dice relación con el culto y las expresiones comunitarias que emergen en él. Por ende, definir la adoración y sus alcances es tarea prioritaria, sobre todo, teniendo claro que un eje principal de la producción teológica presbiteriana es la gloria de Dios. Lejos de limitar la adoración a la música (y un tipo de música, lento, intimista), o sólo al momento del culto, sumado a la idea que señala que la celebración está ligada a momentos, circunstancias o cosas que nos satisfacen, queremos volvernos a la Escritura, viendo lo que ésta señala respecto de ella.

Las palabras que se traducen por adoración en nuestras versiones castellanas, en sus idiomas originales dan cuenta de a) postrarse, b) besar en la mejilla a la persona amada; c) reverencia con sentimiento de maravilla y asombro; y d) servir y homenajear[1].  Todo esto nos apunta al servicio de un esclavo que responde a la acción y mandato de un Señor que es soberano por sobre todo. Adorar es reconocer los atributos de Dios, su naturaleza, carácter y atributos, estimulados por el Espíritu Santo y sustentados en la Escritura. En la adoración la gracia, la fe y el conocimiento están férreamente ligados, al punto que nuestro acto de alabar al Dios de la vida se transforma en un acto vital y cotidiano que nace de un corazón regenerado y agradecido. Es pertinente acá referir las palabras de William Temple: “Adorar es despertar la conciencia por la santidad de Dios, alimentar la mente con la verdad de Dios, purificar la imaginación con la hermosura de Dios, abrir el corazón al amor de Dios y dedicar la voluntad al propósito de Dios”[2]. Todo el ser debe conducirse a la práctica constante de adorar. Intelecto, emociones y voluntad deben ser rendidos ante la presencia del Dios Todopoderoso.

Es en el acto cotidiano y permanente de adorar que emerge la necesidad de hablar del culto público en el contexto de la plantación y la revitalización de iglesias en el marco de nuestra denominación, la Iglesia Presbiteriana de Chile. Aquí resulta relevante usar, a modo de caja de herramientas, dos conceptos caros de la disciplina historiográfica, a saber, continuidad y cambio. La continuidad apela al tiempo en la larga duración[3], a lo que trasciende épocas. El cambio da cuenta del dinamismo de la historia (la historia no se repite), de las fracturas y de los elementos coyunturales. Esta contextualización hace más evidente nuestra situación, porque dentro de los elementos de continuidad de nuestra práctica litúrgica tenemos el desafío de ser iglesias presbiterianas, con todo lo que eso implica: una historia larga, una confesionalidad, una forma de gobierno y práctica eclesiológica distintiva, una forma de culto y, por supuesto, tradiciones, de las que, usando las palabras de J. I. Packer, “somos víctimas y beneficiarios”. Quienes trabajamos en la plantación o en la revitalización de iglesias no somos inventores de la pólvora ni mucho menos los agentes creativos o innovadores dentro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, una comunidad de iglesias que hace unos días cumplió 150 años en el país. Somos, más bien continuadores de un largo peregrinaje. Dicho eso, claramente nos vemos desafiados por la situación de vida del Chile actual y de nuestros propios contextos locales, en las ciudades y barrios en los que nos movemos, como para mantenernos anquilosados. Hablamos acá del cambio que es resultado de la lectura del tiempo en que se vive y de la encarnación en una cultura. Entonces, el propósito de estas líneas es responder cuáles serían los elementos de continuidad y los de cambio en el culto de la Iglesia Presbiteriana de Chile, particularmente en sus plantaciones y revitalizaciones de iglesias. Esto se llevará a cabo siguiendo la lectura bíblica, la producción teológica y confesional reformada, como la reflexión reciente de algunos ministros que están pensando los procesos misionales de la iglesia, aterrizándolos a nuestra realidad como herramientas de las que se puede obtener utillaje y no como fórceps interpretativos de la misma.

  1. Elementos de continuidad en el culto.

 2.1. Bases bíblicas para la adoración del pueblo de Dios.

La Biblia en sus páginas, de manera continua, directa e indirectamente,  nos invita a llevar a cabo la tarea de adorar. Sólo para los efectos de este trabajo, me limitaré a seguir prioritariamente el texto de Isaías 12:1-6, el que complementaré con el seguimiento de otros textos. El profeta dijo:

En aquel día dirás: Cantaré a ti, oh Jehová; pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó, y me has consolado. He aquí Dios es salvación mía; me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es JAH Jehová, quien ha sido salvación para mí.Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación.Y diréis en aquel día: Cantad a Jehová, aclamad su nombre, haced célebres en los pueblos sus obras, recordad que su nombre es engrandecido. Cantad salmos a Jehová, porque ha hecho cosas magníficas; sea sabido esto por toda la tierra. Regocíjate y canta, oh moradora de Sion; porque grande es en medio de ti el Santo de Israel[4].

El texto bíblico referido nos plantea de manera clara a quién es que debemos de adorar (versículos 2 al 3). Dios es quien debe recibir todos nuestros actos de adoración. Él debe ser glorificado siempre, fundamentalmente, porque en todo su poder y gloria se ha dignado, misericordiosamente, a salvarnos y, luego de hacerlo, no nos desampara, sino que nos da la fuerza para seguir viviendo renovados por su amor y guía. De hecho, por el acto de Dios de preservarnos y ayudándonos a vivir, por su presencia viva, poderosa y constante, es que el profeta proclamando la palabra del Señor, no limita la adoración a los momentos o circunstancias que estamos atravesando, sino que nos invita a cantar en cualquier situación, sea en los momentos agradables o en los adversos, en el enojo o en el consuelo dado por Dios (versículo 1). El Predicador lo dirá con fuerza: “En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él” (Eclesiastés 7:14). Nada escapa al plan perfecto de Dios. Decirlo de manera ortodoxa no cuesta tanto como creerlo de verdad y vivirlo. Es el Espíritu Santo quien nos ayuda en la debilidad para lanzarnos a los brazos del Señor siempre. Pareciera ser que en la adversidad es donde más nos cuesta adorar. Pero no siempre es así. Es más, como nuestro corazón está debilitado, partido o triturado delante de Dios, y nos hallamos impotentes frente a nuestro Creador, somos más susceptibles a depender de Dios. Es en la hora del éxito, de la fama, de los buenos resultados, donde debemos luchar con más ahínco contra el ensimismamiento que deriva en culto egolátrico. El Señor debe ser bendecido en todo tiempo, siempre alabado, porque Él es bueno, fiel y de gran amor (Salmo 34:1; 100:5). Cerrando esta profecía cantada, Isaías señala quiénes son los sujetos que adoran: el pueblo de Dios y, a su vez, todos los pueblos de la tierra (versículos 4 al 6). La adoración es convocada por el Dios creador de todo, siendo todas sus criaturas llamadas a brindársela. El culto público debe estar caracterizado por esa invitación universal que llama e incluye a personas, más allá de cualquier barrera humana, social, económica, religiosa o cultural. La adoración bíblica siempre es comunal y es convocante. Sobre esto, John Piper cuando planteará que:

Las misiones no son el objetivo último de la Iglesia. El objetivo último es la adoración. Las misiones existen porque no hay adoración. La adoración es el objetivo último, y no las misiones, porque Dios es la realidad última, no el Hombre. Cuando esta era se acabe, y los millones de redimidos se postren ante el trono de Dios, las misiones dejarán de existir. Es una necesidad temporal. Pero la adoración permanece para siempre[5].

En síntesis, la adoración comunitaria del pueblo de Dios, particularmente en el culto estricto del día del Señor, es una celebración escatológica y misional, es anuncio de la esperanza bienaventurada y proclamación de la buena noticia de Jesucristo.

Complementando lo dicho por Isaías, otros textos nos reportan otros elementos a tener en cuenta a la hora de adorar:

  • ¿Cómo adorar? La Palabra del Señor nos motiva a hacerlo con alegría y regocijo, marcados por un amplio sentido de agradecimiento (Salmo 100:2,4). Tenemos el gran desafío de mantener el aspecto celebrativo del culto a Dios. El culto es fiesta al Dios Todopoderoso que nos salvó en el marco de la alegría perdurable de la redención. Salmos, himnos y cánticos espirituales deben ser expresados a Dios de todo corazón (Efesios 5:19). El canto es resultado de la alegría (Santiago 5:13b).
  • La adoración es un gozoso trabajo disciplinado (1ª Tesalonicenses 5:16-18). Y es una disciplina que busca nuestra sumisión ante el rey que gobierna soberanamente la historia y nuestras historias particulares. Fuimos hechos por el Señor y no nos pertenecemos a nosotros mismos (Salmo 100:3), por lo que el culto no puede limitarse a las apariencias, a un movimiento de labios en actitud religiosa performática, sino de un corazón que teme a Dios y se acerca con sinceridad y humildad ante su presencia (Isaías 29:13).
  • La Biblia establece el día de la adoración comunitaria, el que debe ser guardado celosamente para dedicarlo solamente al Señor, santificando a Dios y descansando sólo en Él (Éxodo 20:8-11). Súmese a ello, que el sábado cristiano, el primer día de la semana, celebra la resurrección del Señor (Juan 20:1). El domingo es el día en que la comunidad cristiana, desde sus inicios (Hechos 20:7; 1ª Corintios 16:1,2), se deleita en el único vencedor del pecado y la muerte, avizorando el triunfo final, el reposo eterno que tendremos en el futuro (Hebreos 4:1-11). El domingo no hay cosa más importante que celebrar culto al Señor.

2.2. Bases de la tradición calvinista para el culto.

Como señalamos al comienzo, la gloria de Dios es el eje de nuestra teología. Hacemos bien, entonces, a recurrir a fuentes claves de la tradición calvinista respecto de nuestro culto comunitario a Dios.

Juan Calvino, señala prioritariamente, que “para que las ceremonias nos sirvan de ejercicio de piedad es preciso que nos lleven a Cristo”[6]. El culto no se trata de nuestra moralidad, esfuerzo, actos excelentes ni de la socialización entre creyentes. El culto nos conduce a Cristo, a su cruz, porque sólo por su obra redentora es posible cantar y orar de manera genuina. Es por la justicia de Cristo, en su vida y en su muerte, que podemos presentarnos frente al Dios santo y temible.

Para Calvino esto es tan relevante, que él nota que dentro de las necesidades que conducen a la reforma de la iglesia, un papel importante lo jugaba la adoración. Para el teólogo y pastor de Ginebra, el fundamento principal del culto es reconocer a Dios como Él es: fuente de toda virtud, justicia, santidad, sabiduría, verdad, poder, bondad, misericordia, vida y salvación. Para ello, hay que recurrir a las Escrituras, pues éstas nos dicen quién es Dios y cómo debe ser adorado, desechando toda innovación que se constituye en idolatría. Para Calvino, el culto romanista es un regreso al judaísmo, porque se centra en la forma vana y en el deber cumplido, y no en el sacrificio espiritual obediente, posible por Cristo que cumple el anuncio que realiza sobre él el Antiguo Testamento, por medio de las ceremonias del tabernáculo y/o del templo. La libertad cristiana se enmarca en la regulación que brinda la Palabra. Señala que: “Dios ni habita en ceremonias, ni pone valor alguno en ellas, si se consideran sólo en sí mismas; sino que Él mira la fe y la sinceridad del corazón; y que el único fin por el cual Él las ordenó, y las aprueba, es para que puedan ser ejercidos limpios de la fe, de la oración y de la alabanza”[7].

Por su parte, la Confesión de Fe de Westminster, en su capítulo 21 nos habla sobre la adoración religiosa y el día de reposo. Sintetizando, nuestro documento confesional declara:

  • Que sólo hay un Dios que debe ser adorado: el trino Dios, único digno en ser adorado.
  • La forma aceptable de adoración está instituida y limitada por la Escritura, no por nuestra imaginación o por el influjo de Satanás.
  • La adoración sólo es posible por el acto mediador de Cristo.
  • La oración por medio de Cristo y ayudada por el Espíritu tiene un papel fundamental en la adoración.
  • Partes de la adoración religiosa: lectura de la Biblia, predicación sana, la escucha atenta de la Palabra, el canto de los salmos con el corazón, la debida administración y recepción de los sacramentos. En diferentes oportunidades pueden realizarse: juramentos y votos, ayunos solemnes y acciones de gracias.
  • La adoración no está condicionada por el lugar en que se realiza, sino por la disposición del corazón: adorar en espíritu y en verdad. Esto es fundamento del culto individual, familiar y de la iglesia reunida.
  • El sábado cristiano, que es el domingo, por la resurrección del Señor, es el día que debe ser guardado por la comunidad cristiana.

Nuestro documento confesional sienta las bases de la diferenciación de aspectos del culto, léase del culto lato y del culto estricto. El culto lato, refiere a una adoración amplia, que da cuenta de todo lo que hacemos y decimos para la gloria de Dios en todas las esferas de la vida, en el acto de estar de manera constante ante la faz de Dios, viviendo para él (Coram Deo). El culto estricto, por su parte, es acotado, y su especificidad releva el encuentro de Dios con su pueblo, en el que la gloria de Dios es proclamada y el evangelio de Jesucristo es anuncio y centro, y que se desarrolla en la esfera eclesiástica. Ambas son expresiones de una misma y sola adoración. La adoración del culto estricto es la continuación del culto lato de nuestra cotidianidad, por ende, el domingo no estamos haciendo algo inédito en relación a nuestra semana. Nuestro punto de mira acá, está centrado en el culto estricto.

Respecto del culto estricto, y siguiendo a Michael Goheen, que en mi opinión es consistente con la propuesta confesional, se puede señalar que la identidad de la iglesia está en la adoración, en cómo la realiza. Todo el culto, su estructura, sus cánticos, las oraciones, su predicación, debe expresar a sus asistentes los hechos poderosos de Dios pasados, presentes y futuros[8]. De hecho, el culto estricto es una proclamación comunitaria de la Palabra, al nivel que en ella ocurren las tres marcas de la iglesia verdadera (conceptualización cara de la teología reformada), a saber la predicación fiel de la Palabra de Dios, administración correcta de los sacramentos y la disciplina eclesiástica (esta última, a lo menos, en su sentido primario). Por ello es que resulta tan importante mantener la diferenciación entre elementos (puntos d y e de la síntesis confesional) y circunstancias. Las circunstancias vienen a ser las maneras particulares en las que llevamos a cabo los elementos propios del culto.

La base que sustenta la práctica de nuestro culto estricto es y será siempre la Escritura. Lo que se canta, ora, predica y presenta en el sacramento debe expresar lo que la Palabra de Dios dice. Dicho de otro modo, no se debe hacer nada en la reunión de adoración a menos que la Biblia ofrezca alguna base para la adoración. Esto es lo que en la tradición reformada se denomina “principio regulador del culto”[9]. Como señalará J. I. Packer: “Toda iglesia local, dondequiera que se encuentre, que esté espiritualmente viva, sin duda alguna se tomará muy en serio su canto, su oración y su predicación, y los protegerá con gran celo a los tres”[10].

Lo que se canta debe ser trabajado o estudiado, según el caso, a la luz de las Escrituras. Dietrich Bonhoeffer señaló en su Vida en comunidad que “El corazón canta porque está lleno de la presencia de Cristo. De ahí que, en la Iglesia, el canto sea un acto espiritual. Presupone sumisión a la palabra y a la comunidad, mucha humildad y una gran disciplina. Un cántico que no fuese cantado con el corazón no sería más que un himno horrible y confuso de autoalabanza humana. Cuando no se canta por Dios, se canta por uno mismo o por la música. Pero de esa forma el cántico nuevo degenera en un canto a los ídolos”[11]. Me gusta mucho el énfasis del pastor y teólogo alemán porque abre camino a una lectura confesional. Las confesiones de fe no sólo son declaraciones teológicas que se creen y afirman, sino que además, son marcos para la vida común: nos hacen estar de acuerdo, a lo menos, en una serie de puntos definidos. Los equipos de adoración no son independientes a la hora de definir lo que se canta en la congregación, debiendo fundamentar su elección en la Palabra de Dios, con la ayuda de la añosa sabiduría confesional. Se canta lo que se cree es un viejo principio que no debemos quitar en el afán de inventar la pólvora emergiendo a un devenir incierto.

2.3. Bases en nuestro Manual de Culto.

La Constitución de la Iglesia Presbiteriana de Chile cuenta con un libro titulado “Manual de culto”. En él, se reafirman los principios confesionales, a modo de base teológica. Respecto del culto público se señala:

  • Se brinda una definición del culto público: “es un acto religioso, a través del cual el pueblo de Dios adora al Señor entrando en comunión con él, haciéndole confesión de pecados y buscando por la mediación de Jesucristo el perdón, la santificación de la vida y el crecimiento espiritual. Es ocasión oportuna para la proclamación del mensaje redentor del Evangelio de Cristo, para adoctrinamiento y comunión de los cristianos”(Artículo 9).
  • Se reafirman los elementos propios del culto: “lectura de la Palabra de Dios, predicación, cánticos sagrados, oraciones y ofrendas y la administración de los sacramentos”(Artículo 10).
  • Se hacen alusiones al comportamiento de los creyentes antes, durante y después del culto, las que están marcadas por una piedad respetuosa y reverente (Artículo 13).

Quienes somos miembros de la Iglesia Presbiteriana de Chile hacemos bien en volver a los documentos que nos dan el marco regulatorio de nuestra convivencia. He aquí la disciplina en su principio primario, en tanto exigencia mínima para la vida comunitaria, en este caso, en la esfera del culto.

Hagamos énfasis en lo señalado en el artículo 9, respecto a que el culto es la “ocasión oportuna para la proclamación del evangelio”. Esto requiere que la predicación, como todo el culto, debe manifestarse en el marco de la adoración evangelística, convocando a los incrédulos y hablando en el idioma de las personas y siendo comprensible para ellas. Timothy Keller plantea lo siguiente sobre este tipo de adoración:

El culto de adoración semanal puede ser muy efectivo para evangelizar a los no cristianos y para la edificación de los cristianos si no se dirige específicamente a unos y otros, sino que se centra en el evangelio y se lleva a cabo en lenguaje vernáculo […] Es una falsa dicotomía insistir que debemos escoger entre buscar agradar a Dios y preocuparnos por la forma en que se sientan los que no asisten a la iglesia o lo que pudieran pensar durante nuestros cultos de adoración[12].

El principio acá es que si todos los pueblos de la tierra son convocados a adorar a Dios, todos quienes escuchan la proclamación del evangelio en todo el culto debiesen entender y ser exhortados con lo que allí ocurre. No es disruptivo preocuparse de quienes participan en el culto si no se deja de lado que la finalidad principal del mismo es adorar a Dios. La lógica es la siguiente: el culto es dirigido al Dios vivo y real, se centra en el evangelio de Jesucristo y se comunica en lenguaje vernáculo.

  1. Elementos de cambio en el culto.

Teniendo como base lo señalado anteriormente, a modo de premisa, en el contexto de la plantación y revitalización de iglesias que dialogan con la sociedad en la que viven, debiese, con mucho temor y temblor, realizar algunos cambios en nuestra práctica litúrgica. Esto no contraviene en nada la práctica reformada. De hecho, Calvino hace una propuesta que genera la línea interpretativa de este ítem, cuando al hablar de algunas formas de expresar los elementos del culto, dijo:

Por no tratarse de algo necesario para nuestra salvación, y porque deben adaptarse diversamente para edificación de la Iglesia conforme a las costumbres de cada nación, conviene, según lo exigiere la utilidad de la Iglesia, cambiar y abolir las ya pasadas, y ordenar otras nuevas.

Admito que no debemos apresurarnos a hacer otras temerariamente a casa paso y sin motivo serio. La caridad decidirá perfectamente lo que perjudica y lo que edifica; si permitimos que ella gobierne, todo irá bien[13].

Fijémonos en lo siguiente: que sin la necesidad de actuar temerariamente ni en forma unilateral o arbitraria, los cambios en el culto, sustentados en la Biblia, practicados en el amor y leyendo con sabiduría el tiempo histórico que se vive, según el “teólogo de la Reforma”, tienen la finalidad de cuidar la integridad del culto.

El primer asunto a tener en cuenta con respecto del cambio es que el culto debe ser contextualizado. Siguiendo a Ronaldo Lidório, la comunicación, en tanto hecho social, debe ser dialógica, relacional, inteligible, ética y aplicable. La Biblia y su verdad no es negociable ni está sujeta a la cultura de los emisores y de los receptores del mensaje; pero es “transculturalmente aplicable y supraculturalmente evidente”[14]. La correcta contextualización no es adaptación, sino lectura del tiempo presente con la Biblia en la mano como norma total y final para la vida. Con la Biblia en la mano se puede distinguir aquello que es rescatable, redimible o rechazable de la cultura en la que actuamos. Keller señala:

Pablo nos recuerda que en toda cultura hay muchas cosas que no contradicen directamente a las Escrituras y por consiguiente ni se prohíben ni se ordenan. Tales rasgos culturales deben, en general, ser aceptados con caridad y humildad, para evitar hacer innecesariamente foráneo el evangelio. Esto es cierto no sólo para la predicación, sino también para la adoración como cuerpo[15].

La iglesia no puede mantenerse pasiva respecto de la cultura en la que se vive. Evaluar, dialogar, asumir, modificar, desechar, son acciones preponderantes a la hora de pensar en nuestra liturgia en el momento actual.

Otro elemento de cambio necesario consiste en matar el espíritu del “culto para consumidores”. Ni la creatividad, ni  lo inspirador o motivacional, ni la búsqueda de ser agradables, reemplaza la obediencia y fidelidad a la Palabra. Kuyper acertó cuando señaló que “Los cultos sensuales de la Iglesia tienden a mitigar y adular religiosamente al hombre, y solamente el servicio puramente espiritual del calvinismo tiene como objetivo la adoración pura de Dios adorándole en espíritu y verdad”[16]. Cuando se habla de “culto sensual” uno tendería a pensar en iglesias que predican el pseudoevangelio de la prosperidad, en predicaciones motivacionales y de más. Pero esto también nos toca a nosotros. Debemos, necesariamente, preguntarnos: ¿hasta qué punto nuestro culto busca satisfacer nuestros gustos y emociones? Saquemos a colación algunos asuntos:

  • La salmodia exclusiva. Debemos señalar que cantar los salmos y otros textos bíblicos musicalizados ponen en nuestros labios con seguridad la Palabra de Dios. Pero eso no obsta, para que lo que cantemos en himnos y canciones, expresando lo que la Biblia dice, quede fuera del culto. De hecho, pensar que la Confesión de Fe de Westminster defiende la salmodia exclusiva es una transposición ahistórica del documento. Robert Rayburn explica que el concepto se usa en el documento confesional de manera amplia para referir a todo canto entonado a Dios y que muy tempranamente las iglesias reformadas publicarían himnarios que presentan salmos musicalizados e himnos[17]. Una posición como la de los salmodia-exclusivistas, que busca dejar sólo certezas, releva muchas preguntas necesarias: ¿Qué versión de la Biblia se debe utilizar en la salmodia exclusiva? ¿En lengua vernácula o en hebreo? ¿Incluye el uso de canciones que aparecen en otros libros de la Biblia del Antiguo y Nuevo Testamento? ¿Qué instrumentos musicales y de difusión deben emplearse? ¿Es un tema fundamental como para dividirse? ¿Qué pasa si los salmos musicalizados suenan a rock, cueca o tonada, hip-hop y demás?¿Los promotores de la salmodia exclusiva los aceptarían? ¿Hasta qué punto eso no es simplemente una práctica de consumo cúltico que busca resucitar expresiones del pasado como una moda? Sin lugar a dudas, una salmodia preferente, que incluya otros textos de la Biblia musicalizados, sumado a himnos que reflejen fielmente lo dicho en la Biblia (como pensamos respecto de nuestros documentos confesionales) es parte de una producción reformada coherente con su historia.
  • Las emociones en el culto. El culto es una instancia celebrativa y no debe perder nunca ese cariz. Ahora bien, ¿por qué limitar las emociones a las más notorias, a saber, llanto y fervor? ¿Por qué confundir emoción con presencia del Espíritu?Como diría el apóstol Pablo: “¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento” (1ª Corintios 14:15).
  • La reverencia. Las plantaciones y las revitalizaciones se caracterizan por la presencia de muchos matrimonios jóvenes, y con ello la gran presencia de bebés y niños. Enseñemos sin olvidar que los adultos somos nosotros. Como le escuchara en variadas ocasiones al Pastor Vladimir Pacheco: “somos informales, no irreverentes”.
  • El estilo musical. Ricardo Agreste plantea que este “puede combinar diferentes elementos, mas siempre demostrando gran sensibilidad cultural con las personas a las cuales la comunidad es enviada. El factor más importante acá no es la preferencia de sus miembros, sino un estilo encarnacional que se desenvuelve a partir de la conciencia de una iglesia que adora misionalmente a Dios[18]. Por su parte, Paul Jones dice que La música presentada debe ser excelente, la mejor que la congregación puede ofrecer, espiritual, alegre, profunda, inteligible, conveniente, que honre a Dios, teocéntrica, propiamente ensayada, viva, instructiva, funcional y artística[19]. Aquí emergen dos preguntas fundamentales: ¿Hasta qué punto nuestros cultos son una copia de la cultura anglosajona de ayer y hoy, o de las iglesias presbiterianas en el Chile del siglo XIX, o de las iglesias madres o de las que colaboran en nuestro financiamiento? ¿Hasta qué punto son un viaje en una máquina del tiempo y el espacio, que produce bienestar sólo a los que han sido iniciados en un tipo de cultura? Lo fundamental, acá, es lo que se canta. Como señala Jones: “¿Qué es la música de adoración? Es alabanza, oración y proclamación en formato musical según los principios bíblicos. ¿Qué no es? No es centrada en el hombre, no es entretenimiento autoindulgente para objetivos utilitarios o pragmáticos[20]
  1. Reflexiones finales.

Sin lugar a dudas, el culto en la plantación y revitalización de iglesias produce enormes desafíos. Pero con una gran certeza: que este debe ser una instancia que:

  1. Adora a Dios y sólo a Él culto es para Él.
  2. Tiene como base la Palabra de Dios y el evangelio como centro unificador.
  3. Un espacio en el que la comunidad, en su vida de unidad, expresa su adoración al Señor tal y como lo hizo en toda la semana.
  4. Un lugar en el que se dialoga con la cultura y con los incrédulos.
  5. Un momento en el que el gozo renovado por Dios en la expresión de la Palabra predicada, orada y cantada, tanto creyentes como incrédulos, son confrontados, transformados y liberados.

Aquí, es de poca importancia importancia si la iglesia es pequeña o grande, pues el culto debe ser realizado con igual fidelidad a la Palabra, devoción, amor, fervor. Como diría Kuyper: “Aunque la Iglesia reformada de corazón pueda ser pequeña en número, como Iglesias ellas siempre demostrarán ser indispensables para el calvinismo; y aquí también la pequeñez de la semilla no tiene por qué disturbarnos, con tal que aquella semilla sea sana e íntegra, repleta de una vida generativa e irreprimible”[21].


[1] W. E. Vine. Diccionario expositivo de palabras del Antiguo y del Nuevo Testamento. Nashville, Editorial Caribe, 1999, pp. 23, 24 (sección Nuevo Testamento).

[2] Citado en: Eduardo Nelson. “La adoración y la música en la Biblia”. En: Daniel Carro et al (editores). Comentario Bíblico Mundo Hispano. Tomo 8, Salmos. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 1997, p. 10.

[3] Este es un gran aporte de la escuela historiográfica francesa de los Annales, particularmente, de su segunda generación encabezada por Fernand Braudel.

[4] Todos los textos citados, salvo si se dice lo contrario, son tomados de la versión Reina Valera 1960.

[5] John Piper. ¡Alégrense las naciones! La supremacía de Dios en las misiones. Barcelona, Editorial CLIE, 2007, p. 27.

[6] Juan Calvino. Institución de la Religión Cristiana. Tomo II. Libro IV.X.29. Rijswik, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 2006, p. 952,

[7] Juan Calvino. La necesidad de reformar la Iglesia. Edmonton, Landmark Project Press, 2010, p. 39. Todo este párrafo viene a sintetizar lo señalado por Calvino en esta obra, en distintos lugares de la misma.

[8] Michael Goheen. A igreja missional na Biblia. Luz para as naçoes. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, pp. 240-242. La traducción es nuestra.

[9] Véase respecto de este asunto: Hermisten Maia Pereira. “O culto cristão na perspectiva de Calvino: uma análise introdutória”. En: Fides Reformata. Año VIII, n°2. São Paulo, CPAJ, 2003, pp. 73-104; y Jonathan Muñoz. En busca de una orientación segura para el culto cristiano. Un estudio histórico-teológico sobre el principio regulador del culto calvinista. Tesis presentada como requisito parcial para la ordenación al Sagrado Ministerio del H. Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, febrero de 2006

[10] J. I. Packer. Teología concisa. Miami, Editorial Unilit, 1998, p. 210.

[11] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad.Salamanca, Ediciones Sígueme, 2014, pp. 58, 59.

[12] Timothy Keller. Iglesia centrada. Miami, Editorial Vida, 2012, p. 320, 322.

[13] Calvino. Institución… Op. Cit., Libro IV.X.30, p. 953.

[14] Ronaldo Lidório. Introduçao à Antropologia Missionária. São Paulo, Vida Nova, 2011, p. 130. La traducción es nuestra.

[15] Keller. Op. Cit., p. 315.

[16] Abraham Kuyper. Conferencias sobre el calvinismo. Una cosmovisión bíblica. San José, Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2010, p. 83. Corresponde a la conferencia “El calvinismo y la religión”.

[17] Paul Jones. “O que é música para o culto?”. En: Sean Michael Lucas et al. Serie Fé Reformada.Volume 1. São Paulo, Editora Cultura Cristã, 2015, p. 103. La traducción es nuestra.

[18] Ricardo Agreste. Igreja tô fora! São Paulo, Z3 Editora, 2007, p. 122. La traducción es nuestra.

[19] Jones. Op. Cit., p. 122.

[20] Ibídem, p. 121.

[21] Kuyper. Op. Cit., p. 246. Corresponde a la conferencia “El calvinismo y el futuro”.

Reflexiones a 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

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“Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz” (Jeremías 29:4-7).

El profeta Jeremías, inspirado por el Espíritu Santo, escribe una carta a gente de su pueblo que se encontraba exiliada en Babilonia. Lo hace para contrarrestar a los mismos falsos profetas que habían señalado que no habría cautiverio, proclamando un mensaje artificioso de paz, y que ahora, buscando arreglar su mensaje y reputación, anunciaban que dicho tiempo de expatriación serían breves dos años. Jeremías no estaba dispuesto a palmotearle el hombro a nadie ni a actuar con temeridad inventando mensajes alejados de la voluntad de Dios, por lo que les señala con toda franqueza que el cautiverio duraría setenta años. Jeremías tiene el coraje de hablar con la verdad a personas que son víctimas del desarraigo, a personas que anhelaban volver a su tierra, y que desde un tiempo vivían bajo el dominio babilónico, ciudad-imperio que es símbolo de los imperios injustos, que están centrados en el pecado. No por nada, en Apocalipsis hay una alusión simbólica a “Babilonia, la grande”. Ya desde el contexto de la carta, hay una importante lección, que se profundizará con la lectura del fragmento que hemos colocado al comienzo: Aún en  medio de esa ciudad símbolo del pecado, la invitación no es a formar ghettos virtuosos de “gente como uno”, sino a un cristianismo activo y vital, que es sal y luz del mundo.

 “Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos”. Esta es una de las invitaciones más radicales de aceptación de la voluntad de Dios respecto del exilio en Babilonia. No se les invita a dejar de añorar su tierra. Se les invita a pensar en esta otra tierra, a la que deben amar y por la que deben trabajar para su cuidado y para el beneficio de los seres humanos y de la naturaleza (mandato cultural). La construcción de las casas, en este contexto, es el sometimiento a la disciplina de Dios. Es allí, en la ciudad ajena (peregrinos) que debe ser la propia (extranjeros), donde se debe desarrollar trabajo con distintivo cristiano, responsabilidad y excelencia, y en ese orden, para no perder el sentido de la vocación cristiana. El distintivo cristiano es la base de este prisma, pues nuestro énfasis para la vida en la ciudad está en la vida que se entrega para la gloria de Dios sin la parcelación de su existencia, lo que trasunta en buen testimonio o, en otras palabras, en la alegría de personas que se ven beneficiadas de tener hijos de Dios entre sus cercanos.

 “Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis”. De las cosas más bellas de la Escritura, es que siempre se nos vuelve la mirada al diseño divino. En este caso, estamos frente a la reiteración y recuerdo del mandato social: casarse y tener hijos. Las iglesias no sólo crecen por medio de la predicación del evangelio, sino también de manera orgánica, con familias que se constituyen sustentadas en el pacto matrimonial del cual Dios es garante y testigo fiel, y que fructifica con el nacimiento y la crianza de hijos. La familia es pieza clave del discipulado cristiano, la iglesia doméstica en la que esposo y esposa, padres e hijos, viven su fe de manera constante y cotidiana en el seguimiento de las pisadas del Maestro de Galilea, de quien todos los creyentes somos discípulos.

 “Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz”. Babilonia es el imperio que oprime, por ende, y sólo desde una lógica aparentemente humana, sus habitantes son los enemigos, el prójimo indeseable. Pero es en esa ciudad, que el pueblo de Dios es mandatado para buscar y orar por Shalom que se vive en la paz, justicia, vida abundante, y armonía social. No somos llamados a formar ghettos de gente virtuosa en la iglesia y la familia, ni fortalezas de censura que nos impiden ver el fruto de la gracia común que se manifiesta en la ciencia, la técnica, el arte, teniendo sumamente claro que es en el Reino de Dios donde radica el Shalom, y no en los “reinosde este mundo que perecen.Por lo tanto, es el pueblo de Dios el que debe hacer el trabajo de contextualizarse (que no es lo mismo que adaptarse pasivamente a la cultura). Se requiere para ello una sólida cosmovisión cristiana que permita saber qué se puede asumir, qué modificar y qué rechazar. ¿Cuánto trabajamos por el bienestar de la ciudad? ¿Cuánto oramos por el bienestar de la ciudad? Debemos orar “por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1ª Timoteo 2:1,2), aunque sean como Nerón. Y es la oración sustentada en la Palabra la que pone la agenda para la misión.

 Dicho esto, me permito algunas reflexiones:

 1) La misión no es tarea de pastores, misioneros transculturales, plantadores de iglesias y más. La misión es de Dios y por gracia toda la iglesia es incluida en ella. Toda la iglesia es, o debiese ser, misionera. Y es allí, donde debemos señalar que la tarea misional de la iglesia es compartir la buena nueva de Jesús y extender el reino de Dios, en cada esfera de la vida, por medio del trabajo. En otras palabras, cada miembro de la iglesia desarrolla la misión en su quehacer cotidiano anunciando-viviendo-haciendo. Hoy, 7 de junio de 2018 se celebran 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile, que tiene como hito la fundación de la Iglesia Santísima Trinidad (la 1ª Iglesia Presbiteriana de Santiago), lo que marca un muy buen momento para pensar la misión en la ciudad.

 2) ¿Cuáles son nuestras preocupaciones hoy? Los pastores Carlos Núñez y Horacio González, en un texto del año 1935 titulado “Nuestra situación presbiteriana”, dijeron:

“El evangelismo no se preocupó por el mejoramiento efectivo de las vidas individuales; sólo se preocupó de alcanzar grandes cantidades de personas, y para lograr esto muchos evangelistas empleaban métodos más bien expectaculares [sic] que espirituales. La extensión evangelística consumió grandes sumas de dinero y rebajó valores éticos, dando en muchos casos la importancia a los valores monetarios, y llegó a relegar a último término la noción de la justicia social en favor de conseguir fondos para la expansión eclesiástica[1].

La crítica que ellos realizan en este punto, tiene que ver con esfuerzos voluntaristas que sólo tenían la intención de proselitar nuevos creyentes, sin preocuparse de sus realidades ni lo que ellos pensaban y sentían. A su vez, denota con claridad, que la preocupación por la justicia social no es exógena al presbiterianismo. Lo realmente exógeno al presbiterianismo, como teología y “sentido de la vida” (en la cara expresión de Mackay), es separar la iglesia del mundo, cosa que con toda claridad no hicieron quienes nos antecedieron en las filas del presbiterianismo chileno. Ejemplos del esfuerzo misional con impacto en la sociedad fueron las Sociedades del Esfuerzo Cristiano (con su énfasis en el activismo evangelizador y en la educación bíblica), junto con la Escuela Popular fundada por Trumbull, los colegios ingleses, los dispensarios para huérfanos,las ligas de intemperancia, y la Maternidad Madre e Hijo (fundada en 1927). También puede relevarse, el trabajo de difusión periodística en “La Piedra viva, verdadera y divina” que tuvo como redactores a Trumbull e Ibáñez, y “El Heraldo Evangélico, o “El Heraldo Cristiano” (cuando se fusionó con la revista metodista “El Cristiano”), en las que habían abundantes páginas respecto al acontecer noticioso de Chile y el mundo, junto con análisis de contingencia. Nuestros hermanos entendieron con suma claridad que no hay separación entre trabajos sagrados y trabajos seculares, todos nuestros trabajos deben y pueden ser hechos para la gloria de Dios.

 3) Hemos señalado, en el punto anterior, que que no hay trabajo más importante o sagrado que otro. Pero esa misma declaración implica que debemos tener la noción que la labor de los presbíteros docentes o pastores, no es un trabajo de menor valía y esfuerzo. No es oficio de segunda categoría como para ser abordado peyorativamente o tenerlo sin consideración. Gálatas 6:6 dice con toda claridad que “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye”. No dejemos nunca de ser agradecidos de quienes con esfuerzo nos enseñan la Palabra de Dios, animan, amonestan y oran por nosotros, cumpliendo su labor de pastorear la grey de Dios. Un ejemplo de la labor tesonera de nuestros pastores queda ilustrado en las palabras del pastor David Trumbull, dirigidas al Rev. José Manuel Ibáñez Guzmán, primer pastor protestante chileno y el primero de habla castellana en América Latina, el día de su ordenación el 1 de noviembre de 1871, en la Iglesia Santísima Trinidad. Trumbull señaló:

“Desde ahora tu obra de vida ha de ser la predicación; en discursos públicos –por la palabra pronunciada viva voce-; en explicaciones particulares; -en la administración de los Sagrados Sacramentos; en amonestaciones y el ejercicio de la disciplina de la casa del Señor; -en actos caritativos y buenas obras; – tendrás el insigne privilegio de presentar continuamente al Hijo y Cordero de Dios ante la atención de tus semejantes. / Tienes que trabajar como un representante de la Iglesia libre en país libre, y a la misma vez inculcar todos los santos deberes de la religión; oponiéndose al indiferentismo irreligioso y a la tiranía eclesiástica; luchando tenazmente con los que prohíben la lectura de los Santos Evangelios, y con los incrédulos. / Predica, pues, la palabra aquí en el centro de la vida intelectual de Chile; insta a tiempo y fuera de tiempo; reprende, ruega, amonesta con toda paciencia y doctrina. Pon tu confianza en el mensaje porque es divino, del cielo. / Con nada menos debemos contentarnos; nada más podemos apetecer. De tales obreros evangélicos la nación chilena tiene necesidad; de tales predicadores la Iglesia chilena tiene necesidad. A ti te cabe, mi hermano, el honor de ser el primero, bendiga Dios lo que hoy se hace para que no seas el último, sino que cien veces más esta grata ceremonia sea repetida hasta que el pueblo del Señor tenga pastores verdaderos según su corazón que lo apacentarán con la divina ciencia y doctrina”[2].

El trabajo pastoral es sumamente arduo, y requiere de acompañamiento, amistad, colaboración. Es una responsabilidad enorme, sobre todo en lo que implica la predicación recta y fiel de las Escrituras, como también, la asesoría-consejería de la hermandad. La Biblia nos reporta el deber de reconocer esta labor, cuando Pablo le dice a Timoteo: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar” (1ª Timoteo 5:17).

 4) La iglesia, en la sólida distinción reformada de sus esferas institucional y orgánica (los creyentes esparcidos en el mundo), puede y debe trabajar asistiendo, educando y reformando la sociedad según sea su caso. Produce profundo gozo ver iglesias presbiterianas en nuestro país generando espacios de capacitación bíblica y cosmovisional, instancias de acogida y asistencia de inmigrantes, levantando ferias de servicio que hacen que juntemos nuestras manos para aportar desde las vocaciones que Dios nos ha dado, levantando preuniversitarios gratuitos como en Concepción, o a hermanos de nuestras filas trabajando en cárceles o siendo invitados a ser expositores en espacios universitarios. Produce gozo porque es la iglesia movilizándose a ser para los de afuera, trabajando con esfuerzo para que Dios sea glorificado, sometiéndonos a la voluntad de Dios y descansando en Él. Esto no excluye la predicación del evangelio ni la plantación de nuevas iglesias, en las que con pasión por Cristo muchos estamos trabajando. Muy por el contrario, son puentes que acercan el evangelio. Muestras concretas del amor que Dios produce en los hijos salvados y amados por él. Quedan por delante las tareas de reforma, que por su carácter no deben ser ejercidas por la iglesia institucional sino por la iglesia orgánica. Se requiere creyentes que lo sean a cabalidad en las instituciones públicas o privadas en las que ejerzan sus labores, con una alta ética cristiana que aterriza los principios bíblicos a sus labores en el mundo. Recientemente, el pastor Manuel Covarrubias señaló en el Servicio de Acción de Gracias del año 2017:

“Como evangélicos y fundados en las Sagradas Escrituras, por cierto tenemos que respetar el derecho de cada persona, y defender la libertad de conciencia, porque viviendo en una sociedad plural también reclamamos el derecho a que nosotros podamos decir y pensar libremente fundados en las Sagradas Escrituras. […] La invitación, cuando estamos celebrando el aniversario patrio, es a que el pueblo chileno, cada persona, desde el que no tiene ilustración al que tiene mayor ilustración, sepa que solamente en Cristo Jesús está el fundamento para una vida de justicia, de verdad y de amor”[3].

Todas nuestras tareas deben tener a Cristo como lo que es: rey y soberano de todo: el mundo, la iglesia, la familia y de nuestras vidas. Por ende, todo lugar es campo de misión. A 150 años de la Iglesia Presbiteriana de Chile hacemos bien en no olvidar esto.

 No puedo concluir estas líneas sin una nota personal. Estoy muy emocionado y feliz por ser parte de las filas del presbiterianismo. Si bien es cierto, he caminado en los últimos ocho de los ciento cincuenta años, me siento heredero de toda esta larga vida y tradición. Esto, por el cariño, acogida y acompañamiento de pastores, colegas presbíteros y hermanos y hermanas con los que hemos trabado, también, amistad; por la posibilidad de aprender en la comunidad y de servir, en mi paso por la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago, en la Iglesia Refugio de Gracia (avanzada de la 5ª Iglesia de Santiago en Maipú) y hoy, en el trabajo colaborativo con la 10ª Iglesia de Santiago, como también en el trabajo con los jóvenes del Presbiterio Centro y en el Seminario Teológico Presbiteriano, ¡nuestro seminario!, en el que he sido beneficiado en mi labor como estudiante y como profesor asistente en el área de la historia eclesiástica. Estoy emocionado y feliz porque estos ocho años son de una densidad histórica de profundas y significativas experiencias, en las que claramente he sido beneficiado, y de las que estoy profundamente agradecido. Emocionado y feliz, porque fue acá, por medio de la predicación fiel y relevante, que volví al hogar del evangelio, sólo por la obra del Espíritu Santo. Mi compromiso, esfuerzo y fidelidad, con la ayuda del Señor y Redentor Jesucristo, a esta comunidad de creyentes de la que soy miembro, la Iglesia Presbiteriana de Chile.

 Que cumplamos muchos años más, predicando el evangelio, viviendo en la fraterna amistad la fe, y extendiendo el Reino de Dios en cada esfera de la vida, hasta que nuestro Señor Jesucristo vuelva. Y sí, como siempre: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad” (Salmo 115:1).

 Luis Pino Moyano.

Puente Alto, 7 de junio de 2018, en ocasión del sesquicentenario de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

 


[1] Carlos Núñez y Horacio González. Nuestra situación presbiteriana. Santiago, Bureau Gráfico, agosto de 1935, p. 7. Disponible en la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile (revisada en junio de 2018).

 

[2] “Ordenación”. En: La Piedra viva, verdadera y divina. Nº 21, Año II, Valparaíso, 16 de noviembre de 1871, pp. 57-59 (la cita recoge fragmentos de la alocución de Trumbull).

 

[3] “Servicio de Acción de Gracias”. En: Canal de Youtube Jotabeche. Minuto 2:26:22 (revisada en junio de 2018).