La misión y la iglesia.

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No es que la iglesia tiene una misión de salvación que cumplir en el mundo; es que la misión del Hijo y del Espíritu por medio del Padre incluye a la Iglesia”.

Jürgen Moltmann. La Iglesia, fuerza del Espíritu. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1978, p. 88 (traducción de Bosch).

El día de ayer, sábado 17 de diciembre, me correspondió compartir una exposición para los líderes de jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile, que trató sobre misión y la iglesia. De una u otra manera, fue una síntesis de lo que venimos estudiando durante dos años: cosmovisión, discipulado, trabajo y vocación.

Les comparto las diapositivas de la exposición, las que puede descargar, haciendo clic aquí.

Un abrazo en Cristo, Luis.

La participación en la Conferencia de Plantación de Iglesias del CTPI 2016.

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Mientras disfruto el mediodía de São Paulo, comienzo a escribir este breve post en la casa de Guilherme y Miriam, quienes muy gentilmente nos han hospedado durante estos días.

Estamos acá por nuestra participación en la VIII Conferencia de Plantación de Iglesias, organizada por el CTPI. Fue una conferencia desafiante, que confrontó y nos llamó a ser iglesias transformadoras, orgánicamente, afectando la vida de la iglesia y de la sociedad con sus miembros diseminados en ella, por el poder del evangelio.

Quisiera compartir mis apuntes de las exposiciones y del taller en el que participé con Michael Goheen y Ronaldo Lidório. Evidentemente, estos apuntes no alcanzan a representar el potencial de las palabras expresadas, pero pueden reportar una ayuda y provocación para quienes están interesados en la plantación y la revitalización de iglesias.

Lea los apuntes haciendo clic aquí (también puede descargarlos).

Ha sido un muy buen tiempo de fraternidad con el Pastor David Vilches, el Presbítero Felipe Aguilar y con David Vilches Lagos, además de todas las lindas personas con las que hemos podido compartir estos día.

Un abrazo en Cristo, Luis…

Iglesia en misión permanente.

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Una de las mejores definiciones que conozco acerca de la misión la escribió el teólogo Jürgen Moltmann. Dijo: “No es que la iglesia tiene una misión de salvación que cumplir en el mundo; es que la misión del Hijo y del Espíritu por medio del Padre incluye a la Iglesia”. Aquí se ponen las cosas en su lugar: la misión no es de la iglesia, es de Dios, y es Él quien, por el puro afecto de su amor, incluye en ella a su pueblo.

 Eso es lo que notamos en el libro de Hechos de los apóstoles, que hemos comenzado a estudiar nuestros domingos. Vemos a una iglesia que está consciente de que depende de la fuerza del Espíritu Santo para llevar a cabo la tarea de extender el Reino de Dios, que entiende que ese poder es para ser testigos y no para ensimismarse y quedarse contemplando el cielo, sin trabajar en la tarea que se le ha encomendado, en la cual, todos los creyentes son misioneros. Vemos a Dios que con su providencia sostiene la historia y la guía hasta su fin, por lo cual los triunfos y sufrimientos que se viven no escapan a su voluntad perfecta, en la cual Cristo siempre triunfa, pues la victoria final fue conseguida en la cruz. Y notamos que, la historia que nos relata Lucas, a diferencia de las hagiografías (historias de los santos o relatos llenos de elogios), o de las historias oficiales, no nos muestra a sujetos impecables a los que nadie puede alcanzar, sino a hombres y mujeres, santos y pecadores a la vez, fuertes y débiles, que logran cosas y que se equivocan. Lo que no es otra cosa que decir que el único héroe impecable, digno de honra y alabanza, encontrado en las páginas de la Biblia es Jesucristo nuestro Señor y Redentor.

 La historia que encontramos en Hechos debiese movilizarnos a ser una iglesia en misión permanente. Dios es el mismo, sigue siendo fiel; el Espíritu sigue llenando de poder y capacitando a la iglesia con dones para servir, y la iglesia sigue siendo santa y pecadora. ¿Qué esperas para disponerte a servir? ¿Eres un misionero en todas las esferas de la vida? ¿Es el seguimiento de Cristo lo más relevante de tu vida? Son preguntas que debemos hacernos y responder hoy.

 Luis Pino Moyano.


* Publicado originalmente en la página de la Iglesia Refugio de Gracia.

Pentecostalismo chileno y plantación de iglesias. Notas reflexivas.

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Luis Pino Moyano

Artículo publicado en Estudios Evangélicos.

Sin lugar a dudas, uno de los temas que reclama atención en el protestantismo latinoamericano es la plantación de iglesias, como modelo misional. Gran parte de lo que se está leyendo sobre el tema proviene de otros países, fundamentalmente de Estados Unidos, lo que no es por definición negativo, pero cuando esto busca instalarse como “calco y copia” mediante un fórceps en nuestras iglesias, es como si aceptáramos el falaz presupuesto de que “si la teoría no se condice con la realidad, es la realidad la que está equivocada”. Hemos caminado mucho tiempo con esa lógica sin mirar el enorme potencial que tenemos en nuestra región, y particularmente desde Chile, país desde donde hablo, si tomáramos en cuenta la experiencia del pentecostalismo chileno. Y sí, no podemos abstraernos de la necesidad hablar del pentecostalismo chileno como un fenómeno particular, que si bien es cierto surge contemporáneamente con la oleada pentecostal de inicios del siglo XX, junto a Estados Unidos, India, Venezuela y Noruega, el que emergiera del metodismo de perfil misiológico combativo-proselitista, sumado a su amplia base popular y a las condiciones históricas propias del país, constituyeron un modelo propio, divergente del “pentecostalismo clásico”[1]. Es decir, partir de los hechos conocidos como “Avivamiento Pentecostal”, desde 1909, se articula una nueva experiencia de fe.

 No es la finalidad de esta breve comunicación sentar una mirada histórica al pentecostalismo chileno, habiendo a estas alturas importante (no suficiente) producción sobre él[2], sino más bien generar unas notas reflexivas, que no temen al uso extemporáneo del concepto “plantación de iglesias”. Esto, porque aunque acudo a herramientas historiográficas para el análisis, estoy haciendo una lectura desde el presente y sobre todo desde la misión, con la finalidad de reconocer elementos basales de las tareas eclesiales del pentecostalismo chileno que nos permitan mirar dicha experiencia, con ojo crítico, pero también con la finalidad de aprender. Sí, lo digo con todas sus letras: de aprender. No por nada, el pentecostalismo chileno protagonizó una fuerte extensión del mensaje evangélico, impactando con él a un sector importante de la población, sobre todo en relación a las otras expresiones denominacionales del protestantismo, lo que ha llamado la atención a quienes estudian globalmente la historia del cristianismo en América Latina, como también los fenómenos misioneros[3]. A la luz de las lecturas de los trabajos realizados desde las ciencias sociales, como de algunas de sus publicaciones propias (los órganos oficiales denominacionales), la escucha por años de testimonios de hermanos y hermanas pentecostales, como mi propia vivencia de veinte años en iglesias pentecostales[4], considero que los siguientes elementos son claves en la conformación de una identidad y praxis misiológica en el pentecostalismo chileno:

  1. El profundo asentamiento del pentecostalismo chileno en el mundo popular.

 Uno de los elementos importantes dentro del mundo pentecostal en Chile, fue su desarrollo y crecimiento en los sectores populares de la población. Y, de hecho, el pregón pentecostal, basado en las ideas perfeccionistas del metodismo y del movimiento de santidad, tiene un interesante paralelo contemporáneo, en los inicios de este movimiento, con los discursos respecto a la llamada Cuestión Social, que daban cuenta de las condiciones paupérrimas de dicho sector social en las postrimerías del siglo XIX y principios del siglo XX. Los conventillos y la vida hacinada (pequeñas casas-dormitorio, pareadas, con un patio central donde se llevaba a cabo la vida social y sin alcantarillado), las amplias horas laborales sin descanso dominical, las altas tasas de desocupación, la escasa higiene y el problema del alcoholismo, eran atacados con un discurso que buscaba propiciar la redención o regeneración del pueblo y la construcción de una moral ad hoc para el sujeto renovado. Si uno lee los discursos de Recabarren, fundador del Partido Obrero Socialista y los compara con la predicación de los primeros pentecostales, en lo relacionado a la ética y a la lucha contra la intemperancia, se encontrará con amplias similitudes[5]. Lo que hacía diferente al pentecostalismo, y por ello, una alternativa para el mundo popular, es que se trataba de una “regeneración hacia adentro”, que propiciaba una separación del mundo, constituyendo a la iglesia y la casa en un microespacio de fe y novedad de vida.

 El sujeto pentecostal configuró una nueva y férrea ética del trabajo, siendo sumamente responsables. Es el que paga las deudas y que no genera desórdenes, no roba, no bebe ni fuma, sumándose a ello una estética que les caracteriza: la corbata en los hombres y el pelo largo en las mujeres, sumado a una vestimenta formal (era lo propio en la época para las ocasiones importantes, particularmente aquello que era expresión de fe, usándose la expresión “andar vestido de domingo”). En otras palabras, el pentecostal era un sujeto que se notaba. Era el vecino en que se podía confiar y, sobre todo, el que “ungía”[6] a los hijos cuando estos enfermaban, especialmente, cuando no había solución médica. La predicación con palabra y testimonio hizo que muchas personas accedieran a la fe evangélica.

 Parker y Orellana señalan a este respecto: “La grandeza del pentecostalismo es que fue un fenómeno religioso que no tuvo mentores e iniciadores como Calvino, Lutero o Wesley para que recibieran sus nombres; no nació en seminarios, aulas magnas o escritorios; nació en la calle. El pentecostalismo ha significado la ‘latinoamericanización’, ‘indigenización’, ‘tercermundización’ y/o ‘sureñización’ del protestantismo”[7]. La fe evangélica se encarnó, con el pentecostalismo en el mundo popular. Esto es sumamente importante, porque lo que debiésemos aprender del pentecostalismo no es sólo el alcance que tuvo del mundo popular, sino su ejercicio de contextualización encarnacional.

 Y si bien es cierto, el pentecostalismo pone su mirada en la venida del Señor y está marcado por un dualismo fe/mundo, éste sí respondió a las necesidades del aquí y el ahora. Con todo el respeto que merece una obra precursora como la de Lalive d’Epinay (publicada en 1968), las iglesias pentecostales fueron mucho más que “el refugio de las masas”, caracterizada por la apoliticidad y la escasa participación social. Respeto crítico que vislumbra el “lugar de producción” del autor, donde el concepto “masa” es clave de lectura, pues sobre todo para la generación sesentista la acción política estaba ligada de manera intrínseca a la militancia partidaria. El partido, como eje de la acción colectiva, era entendido como la vanguardia del quehacer político en la sociedad, y quienes siguen pasivamente a candidatos y programas, son masa, que como tal son volubles a los dictámenes de otros. A partir de eso, claramente los pentecostales son masa. ¿Pero qué ocurre si leemos a los pentecostales, convertidos a la fe de Jesús, que sin salir de sus lugares de habitación ni cambiando su condición de clase, como parte del mundo popular, pujaron por predicar el evangelio, llenar Chile con sus iglesias construidas a veces con materiales precarios, ayudaron a tantos otros a salir de la delincuencia, el alcoholismo y, más recientemente, de la drogadicción sin recibir un solo peso del Estado para ello. ¿Puede llamarse a eso “huelga social”? ¿Puede ser esa acción autónoma, responsable y proyectiva, la acción de una “masa”? Alberto Hurtado, en su libro ¿Es Chile un país católico?, problematiza la acción evangelizadora del romanismo chileno comparándolo con los esfuerzos misionales del protestantismo, relevando en numerosos momentos a los pentecostales a quienes trata, por decir lo menos, con distancia como “fervientes”. El sacerdote jesuita dijo: “Una de las causas del éxito de esta campaña en Chile es la falta de cultivo religioso de nuestra masa popular. Son ovejas sin pastor, pero con un fondo profundamente cristiano. Y esos hombres que poco a poco han ido alejándose de la Iglesia, al ver que los protestantes vienen a ellos con el Evangelio en la mano, hablándoles de Cristo, con desinterés, con insistencia, buscándolos en sus hogares, faltos de cultura para ver la diferencia profunda que separa esta predicación de la católica, abrazan muchos el protestantismo, no por alejarse de la Iglesia, sino porque creen acercarse a Cristo”[8]. Y desde este lado de la vereda, puedo decir firmemente, no sólo creyeron acercarse… sino que Cristo se acercó. Además, la hipótesis de que estos grupos “fervientes” desaparecerían, todavía no tiene correlato empírico con la realidad.

  1. El pentecostalismo chileno como fenómeno urbano.

Si bien es cierto, en un recorrido por Chile, probablemente encontremos iglesias pentecostales hasta en los lugares más alejados de la urbe, el pentecostalismo chileno creció al ritmo que las ciudades crecían. Los procesos migratorios campo-ciudad que marcaron la primera mitad del siglo XX, no fueron ajenos de la misión pentecostal. Influidos por la lógica metodista, las iglesias pentecostales crecieron mediante el establecimiento de iglesias centrales, algunas de ellas en los centros urbanos, o muy próximas a él, y el esparcimiento de locales de avanzada en la mayor cantidad de poblaciones y villas. El pastor Hoover, en su relato memorial “Historia del Avivamiento Pentecostal en Chile” publicada entre 1926-1930, en secciones de las Revistas Chile Pentecostal y Fuego de Pentecostés, señala, a 20 años del inicio de la obra pentecostal que “Las tres congregaciones en que comenzó su existencia se han multiplicado hasta que en la actualidad son más de ciento veinte, bajo el cuidado de veinte pastores ordenados y diez sin ordenación, con otros obreros laicos”. Las iglesias centrales eran dirigidas por pastores (presbíteros, diáconos y probando) y los locales de avanzada, o clases, eran presididas por un guía, que era un hermano laico, recurrentemente quien también era (o llegaba a serlo) oficial de una iglesia local. Estos locales de avanzada estaban conformados por miembros de una iglesia central que vivían en la población o villa en la que se levantaba dicho espacio. Era un lugar de encuentro y fortalecimiento de la vida espiritual, donde el protagonismo lo tenían los laicos. Probablemente, uno de los factores que más incidiera en el crecimiento de estos locales fuese que no eran una “invasión foránea”, sino un esfuerzo misionero de gente que vivía en el lugar, experimentando las mismas realidades, lo que incluye no sólo alegrías, sino también sufrimientos. Era una misión que no necesitaba empatizar, pues simplemente vivía codo a codo circunstancias similares. El crecimiento era tal, que de manera paralela al establecimiento de “poblaciones callampa”[9], crecían las “iglesias callampa”, que de la noche a la mañana se levantaban y llenaban el espacio urbano. Un fenómeno similar ocurrió, desde la década de los sesenta en las “tomas de terreno”, ocupaciones ilegales que en algunos casos, de manera posterior, eran formalizadas por el Estado en su lógica benefactora y solidaria[10]. Lo mismo ocurría con las poblaciones levantadas por los esfuerzos gubernamentales con viviendas sociales. No es exagerado decir que, en tanto la ciudad crece, las iglesias pentecostales crecían con ella.

Aquí los pentecostales lograron leer, a mi juicio, muy acertadamente la idiosincrasia chilena. Pues, si bien es cierto, muchas iglesias y locales de avanzada comenzaron a funcionar dentro de casas, muy rápidamente eso derivaba en la construcción de templos, algunos dentro de dichas casas[11] o en lugares comprados, literalmente, “con el sudor de la frente” de hermanos y hermanas, quienes con diezmos, ofrendas y una serie de actividades de financiamiento, y más adelante, mediante créditos hipotecarios, adquirían propiedades y trabajaban en la construcción de templos[12]. Pongo acento en esto, pues la sociedad chilena, en términos muy globales, tiene una pulsión por el orden, por lo estructurado. María Rosaria Stabili habla del “‘pequeño Portales’ que vive dentro de cada chileno”[13]. Los pentecostales entendían que para dar seriedad a la obra y con ello alcanzar al chileno, había que quitar toda huella de improvisación. Para ellos, reunirse en un templo, no sólo facilitaba las actividades cúlticas, sino daba muestras elocuentes de que lo que se estaba haciendo no era sólo obra del fervor, sino que resultado de una racionalidad organizativa. Ahora bien, importaba poco la pequeñez del recinto, o si los materiales de construcción eran ligeros, lo importante era levantar una “casa de oración y una puerta del cielo”. Estos recintos de reunión eran en su mayoría construidos mediante trabajo voluntario, por hermanos de la comunidad, lo que, en algunos casos, implicaba hacer trabajos nocturnos, de manera posterior a la jornada laboral formal. Muchos de esos templos, con el espacio del tiempo debían ser ampliados, o derechamente reedificados para recibir a mayor cantidad de personas.

  1. El pentecostalismo chileno, la relevancia y la educación.

 No se podría entender el éxito del pentecostalismo chileno sin entender que fue relevante por varios años. De hecho, su crisis de hoy dice relación con que, a diferencia de antaño, no está sabiendo leer los signos de los tiempos. Es decir, el traspaso de pentecostales de tercera y demás generaciones a otras denominaciones, entre ellas, de las llamadas “iglesias históricas”, no sólo dice relación con el crecimiento de capital cultural de sus fieles ni sólo con la ausencia de confesionalidad, sino en la carencia de una lectura clara y pertinente del momento actual. Lo que hoy día es tradición inamovible, ayer era una “puesta al día”, el llamado a una sociedad que podía identificarse con la experiencia pentecostal.

El pentecostalismo chileno, a pesar de la escasa formación teológica de sus cuadros pastorales, fomentaba la lectura bíblica. Dentro de la estética pentecostal no hay miembro de iglesia sin su Biblia a mano. Recuerdo con claridad al hermano Marco Dinamarca, ayudante de guía del local de avanzada de la Iglesia Evangélica Pentecostal en la Población Angelmó de San Bernardo, que me envió de vuelta a mi casa “del punto de predicación”, a mis ocho años de edad, porque debía ir a buscar mi Biblia, puesto que “un soldado nunca anda sin su espada”. Incluso, aquél hermano que es analfabeto la porta en su mano, lo que es también una señal al mundo en derredor del cambio de vida. ¡Cuántos de nuestros hermanos aprendieron a leer, inclusive, milagrosamente sólo con la Biblia como libro de texto! La predicación bíblica era sencilla de entender, sin grandes aspavientos. No sólo era vernácula porque hablaba en el idioma del país, sino porque era clara y entendible. Y eso de que fuera hablada en el idioma español era clave, ante la Iglesia Católica que a la sazón hacía sus misas en latín. Hasta el día de hoy puede oírse a los viejos pentecostales, y a otros por imitación de ellos, decir en sus predicaciones al aire libre, cuando se invita a la iglesia decir que “estos medios de gracia son en castellano y al alcance de todo entendimiento”. La versión de la Biblia leída era la Reina Valera 1909 y posteriormente la de 1960, que con toda la crítica que puede recibir de un sector de eruditos, en cuanto a traducción, sólo desde el perfil de “artefacto literario”, es una joya de la literatura española. Su uso y la memorización, fomentada desde la temprana infancia, sin duda enriquecía el vocabulario de los hermanos pentecostales. Ahí, la clase de la Escuela Dominical, con el texto (versículo) que había que memorizar, cumplía, y cumple, un rol fundamental. En una ocasión, un hermano interno en el Centro de Detención Preventiva de Puente Alto, me comentaba que unos periodistas los habían ido a entrevistar, y luego de hablar con ellos, les pedían hablar en jerga carcelaria, en coa, a lo que él respondió, “-cuando Cristo me redimió, también redimió mi lenguaje”.

Un papel similar cumplen los himnos y coritos pentecostales, los que se cantan una y otra vez, que no sólo terminan siendo vehículo de expresión de la espiritualidad, sino que además, son facilitadores y aplicadores de la doctrina pentecostal. Algunos de ellos proceden de la época de los Wesley, de otras expresiones evangélicas, y otros tantos que fueron creados desde la época del avivamiento. En el caso de la Iglesia Metodista Pentecostal, el uso del banjo, instrumento que originariamente se ocupaba en los prostíbulos del campo o de los arrabales urbanos, se transformó en un objeto evangélico por antonomasia, tal y como ocurrió con el pandero. Dicha denominación eclesial adoptó la influencia de las tunas estudiantiles, las tonadas. ¡Cuántas personas llegaron a los recintos de la IMP con la intención de aprender música (tocar guitarra, sobre todo), porque era el único lugar al que podían acceder, y luego permanecieron allí! Es necesario reconocer el aporte realizado por el musicólogo Cristian Guerra al estudio del canto pentecostal, al que no sólo derivo, sino que recomiendo por su rigurosidad metodológica e histórica[14]. Por otro lado, la otra denominación fundacional del pentecostalismo chileno, la Iglesia Evangélica Pentecostal, que canta a capela y sólo en ocasiones acompañada por un armonio u órgano, se caracterizaba por la formación de coros polifónicos. Estos conjuntos, no tenían como finalidad originaria la profesionalización de la música de la iglesia, o el mero espectáculo vocal, sino enseñar a cantar a la congregación. Ese perfil proviene de la influencia de Hoover. Y aquí, nuevamente el aspecto educador, que hace que gente del mundo popular acceda a conocimientos que en la época eran propios de la élite. En la Iglesia Pentecostal Naciente de Puente Alto, en la década de los sesenta, el iniciador del coro polifónico fue el hermano Jorge Madrid, que desempeñaba el oficio de la jardinería en plazas municipales, y que de manera autodidacta aprendió música, llegando a cantar en las cuatro voces, y enseñando a hermanos y hermanas a hacerlo. Testimonios como ese, se repiten una y otra vez en las iglesias pentecostales.

Pero insisto, la relevancia del pentecostalismo radicaba en que traía una palabra esperanzadora para el momento actual de las personas, para la situación de vida de ellas. El pentecostal era un portador de la buena noticia, que contagiaba a otros el amor de Jesucristo. Nuevamente, me permito citar a Alberto Hurtado quien da cuenta de una serie de testimonios: “Otra costumbre de los canutos es hacer oración con cualquier persona que llega a la casa. Antes de las comidas y después dan gracias, con frecuencia postrados en tierra. / La afiliación de la gente de nuestro pueblo al protestantismo, en la mayoría de los casos, suele ser duradera. La mujer de un marino, muy devota de la Santísima Virgen, recogió por lástima en su casa a una pobre mujer. Esta pobre hizo evangélica a su señora y ésta a su marido, por el gusto al Evangelio. Un hombre de mala vida catequizado por los evangélicos, que vive ahora honradamente en una choza cubierta con latas, hace 22 años que se pasó al Evangelio; aprendió a leer con suma dificultad para estar en mejores condiciones de conocer la Palabra de Dios”[15]. El evangelio tiene el poder de cambiar la vida, toda la vida y todas las vidas. Eso un pentecostal chileno lo sabe bien. Y no sólo ellos, sino también, quienes les rodeaban. Nicomedes Guzmán, en su novela La sangre y la esperanza, refiere a un grupo de pentecostales diciendo: “La fe era en sus corazones como una seda nacida de los más tersos capullos o podía ser también como un puño firme desafiando la maldad. -¡Canutos, canutos malditos! – rumoreaba alguien a sus espaldas. -¡Canutos farsantes! / Pero ellos no oían. La lógica de una lucha en que tenían puesto todo su corazón y toda su conciencia los hacía enteros. Cumplían con una función en la vida: luchaban y en su lucha inútil [sic], eran felices”[16]. Un preclaro testimonio del voluntarismo vitalizador del pentecostal chileno, del que hablaremos en el último punto.

  1. Los pentecostales fundaron iglesias nacionales.

 El pentecostalismo chileno se caracteriza por su carácter autóctono. Desde un comienzo se le dio ese cariz, más allá de la influencia del metodismo y de que uno de sus principales líderes, Willis Hoover, fuese estadounidense. Y más allá, de que cruzara las fronteras a otros países de la región e, inclusive, a otros continentes. En cada iglesia pentecostal del mundo, donde se alcen las manos y se den “tres glorias a Dios”, a modo de salva militar de honor, es porque la influencia chilena llegó hasta allí. Este carácter nacional tiene como hitos a la primera comunidad en transformarse en cuerpo autónomo, la 1ª Iglesia Metodista de Santiago, ubicada en calle Jotabeche (que hoy es sede de una de los tres grupos que se llaman Iglesia Metodista Pentecostal); y al primer pastor pentecostal chileno, Víctor Pávez, que presidió la 2ª Iglesia, ubicada en la calle Sargento Aldea (que hoy es una de las sedes de la Iglesia Evangélica Pentecostal). Antes de llamarse Iglesia Metodista Pentecostal, nombre acuñado en la invitación a Hoover para ser superintendente, estas comunidades ocuparon desde 1909 el nombre de Iglesia Metodista Nacional. Esto no sólo era un gesto, sino el marco de un camino que se seguiría de ahí en adelante. No sólo los pastores y guías de clase en su mayoría serían chilenos, sino también los fondos que la solventarían. Fue a partir de la contribución de las familias pentecostales que esta obra avanzó y se autogestionó, sin necesidad de recurrir a los aportes foráneos. De hecho, luego de la muerte de Hoover en 1936, hubo intentos de parte de las Asambleas de Dios de ligar a su conjunto de iglesias a la Iglesia Evangélica Pentecostal, lo cual no prosperó. Se dice que “quien pone la plata, pone la música”, y las iglesias pentecostales chilenas no generaron situaciones que potencialmente las encaminaran a la cooptación. Esto no quiere decir que los aportes foráneos a obras nacionales no sean bienvenidos cuando tienen como mira la extensión del Reino de Dios. Lo que no es bienvenido es el ánimo de dominar y controlar planes y programas, para que las cosas se hagan según modelos implantados por fórceps en nuestras diversas realidades.

Ligado a esto, dentro de las iglesias pentecostales chilenas se dio un fenómeno sumamente interesante. Éstas, con la incapacidad histórica de no poder reformarse sin dividirse, no vieron sus recursos disminuidos aún en circunstancias adversas como la salida de parte importante de contribuyentes, más otras situaciones críticas (discusiones, difamaciones, historias con mitos fundacionales, etcétera). La politóloga Evguenia Fediakova señala en una de sus investigaciones: “Por el contraste con el protestantismo histórico, que al obtener la autonomía administrativa y financiera de las iglesias titulares extranjeras entró en un período de declinación y disminuyó el número de fieles, la independencia y las divisiones no solamente no debilitaron el movimiento pentecostal, sino que fueron factores para su mayor crecimiento y propagación explosiva en todo el país. Sin tener ningún tipo de apoyo de la iglesia extranjera, las iglesias pentecostales demostraron una gran capacidad para la gestión autónoma, utilizando sus propios recursos (diezmos, ofrendas y otros tipos de donaciones) para el mantenimiento y desarrollo de la iglesia y formación de cuadros pastorales”[17]. Contra todo pronóstico, las iglesias formadas mediante procesos de división, también crecían y mantenían su condición de autogestión. El principio por aprender acá no es la división, sino más bien, el hecho de que en la misión el dinero no es lo más importante ni, mucho menos, lo que constituye las tareas de la iglesia. Los pentecostales chilenos han sabido ser iglesia no sólo en “la tierra que fluye leche y miel”, también lo han sido “en el desierto”. La fe en que el Espíritu Santo está en misión, yendo delante de la iglesia, es una verdad que no debe ser monopolio de un grupo eclesial, sino de todo el pueblo de Dios. Eso no fue inventado por los pentecostales, fue asumido por ellos, pero se desprende de la Escritura y en otros momentos de la historia de la iglesia ha sido declarado y vivido por distintos creyentes y comunidades que estuvieron, y están, en misión.

  1. Los pentecostales y su alto sentido del deber y la misión.

 Si hay algo que puede definir con mucha precisión a un pentecostal chileno es el concepto “militante”. Es decir, se trata de un sujeto que vive toda su realidad desde la idea de ser un “hijo del Rey”, un “soldado de Jesucristo”, lo que dota a su práctica de un voluntarismo vitalizador, lo que tiene muchas implicancias. Para el pentecostal, heredero del metodismo y, sobre todo de Wesley, “el mundo es su parroquia”. Todos los lugares son campo de misión y todas las personas son susceptibles de ser evangelizados. Y como todo creyente se ve a sí mismo como un misionero, constantemente comunica su fe y su testimonio de cambio de vida a otros que no son creyentes, ya sea familiares o desconocidos que encuentra en un trámite, en el hospital o en un microbús. Pasar de un adherente de la iglesia a alguien que comunica su fe marca un antes y un después en la praxis religiosa. Es evidente, que el premilenarismo dispensacionalista tan característico en estas comunidades dota de un sentido de urgencia a dicha predicación. Predicar no sólo implica comunicar el mensaje del Reino sino “sacar personas del infierno”. El pentecostal se siente un deudor de aquellos que van sin salvación, parafraseando uno de sus cantos.

Una de las características más importantes de la evangelización pentecostal es su método del “punto de predicación”. Es decir, el encuentro de hermanos en un horario de la tarde en una determinada intersección de calles, aledañas al local de avanzada o de la iglesia central, en la que se comunica a viva voz el evangelio. La predicación siempre es antecedida por un himno ad hoc (“Ven a él, pecador”, tal vez sea el más conocido de ellos), el que es cantado a capela o con instrumentos dependiendo de la denominación. La predicación es sencilla, se comunica la noticia de que Cristo murió y resucitó, teniendo poder para salvar. En la mayoría de las ocasiones va acompañada de un testimonio de conversión o sanidad, además de palabras respecto al fin del mundo, buscando que el oyente tome conciencia de la urgencia de su decisión de fe (nótese el cariz arminiano o wesleyano). Este método dio resultados fructíferos por largo tiempo, teniendo poca efectividad al día de hoy. No es lo mismo el Chile de puertas abiertas, con juegos de niños y conversaciones de adultos en la calle, al Chile postdictatorial del amurallamiento y enrejamiento que es expresión de un cambio en el modo de vivir. La predicación a la calle era un método que decía relación con una realidad que hoy no se ve de manera profusa. Allí hay que decir una palabra para las nuevas generaciones de pentecostales: una de las grandes virtudes del pentecostalismo chileno fue la de saberse movimiento, es decir, cada método y forma, sin alterar el contenido central, debían responder al momento presente; por ende, cuando dichas prácticas de vuelven tradición inmodificable, eso anquilosa a las iglesias. El pentecostalismo impactó al Chile del siglo XX, porque era un movimiento del siglo XX. Si no se hace ese cruce dialógico, el decrecimiento será un desagradable resultado para el pentecostalismo de hoy.

Ahora bien, dicha tarea evangelística no daría resultado alguno, sin el voluntarismo de sus miembros, de lo cual hay muchas pruebas. Dos ejemplos de ello: a) La predicación en las cárceles, al punto que un símbolo de la conversión de los reclusos sea el “ponerse la corbata”, ha sido fruto del esfuerzo pentecostal, lo que ha derivado en la rehabilitación de miles de sujetos que la sociedad veía como desadaptados e, inclusive, como escoria, pero que el pentecostal vio como alguien con “una preciosa alma que salvar”. b) Otro de los elementos, quizá uno de los más coloridos, es la existencia de Cuerpos de Ciclistas. Cuando el movimiento pentecostal emerge, la mayoría de sus miembros carecía de medios de transporte motorizado, por lo cual, la bicicleta era un medio de acercamiento. Organizar a los hermanos con ese medio, los que usan uniforme (como todos los militantes de partidos y agrupaciones políticas de inicios del siglo XX), dotando de una mística de unidad al grupo, fue sustancial de la tarea misional. Estos grupos eran denominados “el brazo largo de la iglesia”, pues podían llegar a lugares que los demás hermanos, caminando, no podían alcanzar. “Y vamos por los campos, también por la ciudad, / por rutas pedregosas con que dificultad, / en los brazos de Cristo, confiando en su poder”[18], es parte del himno del grupo, que estaba grabado a fuego en su identidad misional. El esfuerzo y el cansancio no son nada al lado de la alegría de participar de la misión, cosa que puedo testimoniar desde mi propia experiencia. El miembro de la iglesia, aunque no tenga un cargo de responsabilidad en su comunidad, se esfuerza por igual en la extensión del Reino. Cómo no recordar al hermano Castillo que a sus noventa años lloraba en la puerta de su casa porque ya no podía salir a predicar a la calle, pues ya no tenía las fuerzas suficientes; o al hermano Panchito que cuatro días antes de su fallecimiento, caminaba hacia la Escuela Dominical deteniéndose cada diez metros, porque desfallecía de cansancio y al que, al encontrarlo en el camino, llevé del brazo; o la hermana Carmelita Olmedo que, en sus últimos días, caminaba afirmándose de las rejas y de los postes de luz, para llegar a la casa del Señor; o el hermano Villa, que participó en cuánta construcción de templos pudo en su trayectoria y un día se lamentaba de no haber hecho nada por la obra del Señor. Santos-pecadores que, con una multitud de errores, sembraron la preciosa semilla con lágrimas, para que ellos, junto a otros, con regocijo recogieran el fruto de ella (cf. Salmo 126:5,6).

Otra muestra del alto sentido del deber del pentecostal chileno es la comprensión que tiene del llamado pastoral. Cuando un pentecostal es vocacionado para dicha labor, entiende que su tarea como obrero del evangelio es urgente, por lo que obedece dicho llamado. Y aquí importa poco la distancia y los recursos. Es sabido que muchos pastores pentecostales en los albores del movimiento, y al inicio de su tarea ministerial, aplicaron el ideal barthiano de andar con la Biblia y el diario debajo del brazo; ahora bien, el diario lo ocupaban para taparse en las noches donde el sueño los encontrara, y no para informarse del acontecer cotidiano. Conocí pastores, en estos tiempos, que dejaron sus labores, algunas de ellas bastante productivas, para ir al trabajo pastoral, teniendo escasez de alimentos y de un techo que los cubriera, porque lo importante era extender el Reino de Dios. El primer pastor evangélico que tuve en mi infancia, era un ministro que a lo largo de su carrera ha presidido una veintena de iglesias, por breve tiempo, pues su labor central ha sido trabajar en comunidades dañadas por procesos de división o ante la disciplina de su anterior pastor. Cuando la iglesia estaba sana, emprendía hacia un nuevo destino donde comenzaba una nueva labor. He ahí el ejemplo de la radicalidad de la obediencia que lleva al desarraigo, frente a amigos y bienes temporales. ¿Cuántos pastores fueron en los inicios de su ministerio zapateros, panaderos, albañiles, gasfíteres, maestros chasquilla[19], etcétera, para llevar el pan a su casa? Ahora, entiéndase bien, no estoy idealizando la falta de sostén económico de los nuevos pastores, porque dicha desafección podría conllevar situaciones que nadie quisiera para una familia, y debiese considerarse un error misional. Lo que me importa relevar es el sentido del deber, la obediencia a las autoridades de la iglesia, la comprensión de la necesidad del evangelio y frente a dicha mirada, los recursos económicos no son lo más importante. El evangelio es lo que importa. Y, por otro lado, si los recursos económicos faltaron, no fue por el egoísmo del Obispo o Superintendente, o del Cuerpo de Presbíteros, sino porque, en la mayoría de los casos, no existían. Entonces, ¿dejaremos de predicar porque la situación es adversa? ¿Dejaremos de obedecer al llamado a la misión porque no tenemos financiamiento? ¿Somos cristianos citadinos o entendemos que nuestro peregrinaje se da en el desierto? ¿Cuánto nos demoramos en la tarea de extender el Reino de Dios porque no hay dinero? La fidelidad pentecostal confronta nuestra comodidad. Y es que el llamado no se desobedece, porque Dios es quien lo ejecuta, y es él, quien con fidelidad y abundante misericordia, provee lo necesario. Y cada pentecostal sabe que lo que hace es por obra del poder del Espíritu Santo, quien capacita con dones al servicio de la iglesia, quien llena de su plenitud, quien santifica, quien garantiza la victoria en la misión más allá de las estadísticas y la mercadotecnia aterrizada en iglecrecimiento. Por eso, es que cuando hablan, al final de cada oportunidad tras un púlpito, ya sea para predicar o testimoniar, digan tradicionalmente: “Para Dios toda la honra y la gloria, y para mí su misericordia”.

Juan A. Mackay decía a mediados de la década de los sesenta del siglo pasado: “Los pentecostales tenían algo que ofrecer, algo que hizo vibrar a gente aletargada por la monotonía y desesperanza de su existencia. Millones respondieron al evangelio. Su vida fue transformada, se les amplió el horizonte; la vida cobró un significado dinámico. La realidad de Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo –que previamente no habían sido sino términos sentimentales ligados al ritual y al folclore- cobraron un nuevo significado, llegaron a ser medios por los cuales se comunicaba la luz, fortaleza y esperanza al espíritu humano. La gente se transformó en personas, con un propósito para vivir”[20]. La cita de Mackay, con la que cierro estas palabras, reclama dos herencias: la herencia de mi pasado pentecostal y la de mi presente presbiteriano. Actuaría deshonrando a Dios si no leyera mi historia desde la clave de la providencia, siendo un malagradecido de todo lo que aprendí y vi de fieles hombres y mujeres que sirvieron, y sirven, hasta el fin a su Rey y Señor. Mucho se ha escrito sobre los errores y los abusos del pentecostalismo, cuestión justa y necesaria. Pero también, es justo y necesario, relevar la pasión por Jesucristo en la plantación de iglesias, por parte de estos hermanos, siervos de Dios. Fueron los pentecostales quienes llenaron Chile con la locura de la predicación y, frente a eso, no sólo debemos guardar silencio reflexivo, sino también aprender para ponernos manos a la obra, sobre todo, respecto a los cinco puntos enunciados. Así como dice uno de los himnos que tantas veces resonó por las calles de este país: “¡Trabajad, trabajad! somos siervos de Dios; / seguiremos la senda que el Maestro trazó. / Renovando las fuerzas con bienes que da. / El deber que nos toca cumplido será”[21].


[1] Para conocer el pentecostalismo clásico desde su perfil doctrinal, véase Myer Pearlman. Teología Bíblica y Sistemática. Miami, Editorial Vida, 1992. Particularmente su capítulo 10, sobre el Espíritu Santo, teniendo allí, de primera mano, uno de los textos que más ha influenciado a la formación de una pneumatología pentecostal (pp. 203-250). Si bien es cierto, la experiencia carismática del pentecostalismo chileno difiere de lo señalado por Pearlman (por ejemplo, en el bautismo del Espíritu y su “señal única” de hablar en otras lenguas), a partir del ingreso del misionero Pablo Hoff y la creación del Instituto Bíblico Pentecostal en 1979, este libro se transformó en uno de los más importantes manuales de formación de ministros pentecostales en el país. Desde un perfil doctrinal e histórico, véase: Frederick Dale Bruner. Teología do Espírito Santo. A esperiência pentecostal e o testemunho do Novo Testamento. Sâo Paulo, Editora Cultura Cristâ, 2012; y Kittim Silva. La experiencia pentecostal. El despertar que sacudió a la iglesia. Miami, Editorial Carisma, 1996.

[2] Para asentar un panorama lo más completo posible de la experiencia histórica del pentecostalismo chileno véase: Angélica Barrios. “Canuto: un pasado presente a través del concepto. Antecedentes históricos del pentecostalismo en la vida de Juan Canut de Bon Gil”. En: Daniel Chiquete (coordinador). Voces del Pentecostalismo Latinoamericano II. Historia, teología, identidad. Concepción, Red Latinoamericana de Estudios Pentecostales, 2009, pp. 27-44; Matthew Bothner. “El soplo del Espíritu: Perspectivas sobre el movimiento pentecostal en Chile”. En: Estudios Públicos, Nº 55, invierno de 1994, pp. 261-296; Claudio Colombo. Aproximaciones al origen y naturaleza del pentecostalismo en Chile. En: http://www.prolades.com/cra/regions/sam/chi/Colombo_pentecostalismo.pdf (Consulta: julio de 2014). Manuel Díaz. Las sorpresas del movimiento pentecostal chileno. En: http://sites.netlook.cl/sendas/wp-content/uploads/sites/8/2012/12/las_sorpresas_del_avivamiento_pentecostal-_manuel-diaz.pdf (Consulta: julio de 2014); Cristian Guerra. La música en el movimiento Pentecostal de Chile (1909-1936): El aporte de Willis Collins Hoover y de Genaro Ríos Campos. En: http://sites.netlook.cl/sendas/wp-content/uploads/sites/8/2012/12/investigacion_musica_pentecostal.pdf (Consulta: julio de 2014); Cristian Guerra. “Tiempo, relato y canto en la comunidad pentecostal”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 127-144; Christian Lalive d’Epinay. El refugio de las masas. Estudio sociológico del protestantismo en Chile. Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados, 2009, pp. 39-109; Willis Hoover. Historia del avivamiento pentecostal en Chile. Concepción, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2008; Martin Lindhardt. “El fin se acerca. Historia y escatología en el pentecostalismo ‘tradicional’ chileno”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. VIII, Nº 1, enero-junio de 2014, pp. 242-261; Martin Lindhardt. “Poder, género y cambio cultural en el pentecostalismo chileno”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 94-112; Miguel A. Mansilla. “De la disidencia a la sumisión. La rebeldía como principio pentecostal y los rudimentos de la pentecosfobia en Chile”. En: Cuadernos Judaicos. Nº 27, diciembre de 2010; Miguel A. Mansilla. La cruz y la esperanza. La cultura del pentecostalismo chileno en la primera mitad del siglo XX. Santiago, Editorial de la Universidad Bolivariana, 2009, pp. 11-28; Miguel A. Mansilla. “Morir… dormir… vivir… ¿Cuál es la diferencia? Las actitudes de la muerte en el pentecostalismo chileno (1909-1936). En: Revista Cultura y Religión. Vol. II., Nº 3, 2008, pp. 114-127; Miguel A. Mansilla. “Pentecostalismo y Ciencias Sociales. Reflexión en torno a las investigaciones del pentecostalismo chileno”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 21-42; Nelson Marín. “La representación social del Diablo en el Pentecostalismo: Un estudio de caso en Santiago de Chile”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. IV, Nº 2, octubre de 2010, pp. 225-240; Rodrigo Moulian. “Somatosemiosis e identidad carismática pentecostal”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 188-198; Luis Orellana. El fuego y la nieve. Historia del Movimiento Pentecostal en Chile, 1909-1932. Tomo 1. Concepción. Centro Evangélico de Estudios Pentecostales, 2006, pp. 45-79, 103-155; David Oviedo. “Modernidad y tradición en el pentecostalismo latinoamericano. Alcances socio-políticos en el Chile actual”. En: Historia Actual Online. Nº 11, Otoño 2006, pp. 21-31; Manuel Ossa. “Trabajo y religión en el pentecostalismo”. Mella, Orlando y Frías, Patricio (Editores). Religiosidad popular, trabajo y comunidades de base. Santiago, Primus Ediciones, 1991, pp. 45-72; José Peña. Análisis teológico sobre el Avivamiento Pentecostal en Chile. En: http://www.corporacionsendas.cl/descargas/01-Avivamiento%20Pentecostal,%20analisis%20teol%F3gico%20(Jos%E9%20Pe%F1a).pdf (Consulta: julio de 2014); e Ignacio Vergara. El protestantismo en Chile. Santiago, Editorial del Pacífico, 1965. Capítulo tercero “La tercera Reforma”, pp. 109-128.

[3] Por ejemplo, Rodolfo Blank. Teología y misión en América Latina. St. Louis, Concordia Publishing House, 1996, pp. 200-223; H. Fernando Bullón. Historia de la iglesia y responsabilidad social. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2008, pp. 194-203; Pablo Deiros. Historia del cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1992, pp. 751-755, 795-800; Samuel Escobar. Cómo comprender la misión. Buenos Aires, Certeza Unida, 2007. Capítulo 7: “”El Espíritu Santo y la misión cristiana”, pp. 147-166; Ondina González y Justo González. Historia del Cristianismo en América Latina. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2012, pp. 373-386; José Míguez Bonino. Rostros del protestantismo latinoamericano. Buenos Aires, Nueva Creación, 1995. “El rostro pentecostal del protestantismo latinoamericano”, pp. 57-79; y Ruth Tucker, Ruth. Hasta lo último de la tierra. Historia biográfica de la obra misionera. Miami, Editorial Vida, 1994. Capítulo 12, “El surgimiento del pentecostalismo: ‘Una expansión espectacular’”, pp. 369-372, 379-383.

[4] De los 7 a los 12 años asistí a la Iglesia Evangélica Pentecostal en San Bernardo y de los 12 a los 27 años a la Iglesia Pentecostal Naciente, una denominación originada por una división de la IEP en 1966, en Puente Alto. En ella fui miembro en plena comunión y trabajé en los grupos juveniles a nivel local y denominacional.

[5] Véase respecto a la Cuestión Social: Sergio Grez. De la “regeneración del pueblo” a la huelga general: génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile (1810-1890). Santiago, RIL Editores, 2007; y Julio Pinto y Verónica Valdivia. ¿Revolución proletaria o querida chusma? Socialismo y Alessandrismo en la pugna por la politización pampina (1911-1932). Santiago, LOM Ediciones, 2001. Sobre Recabarren, véase: Jaime Massardo. La formación del imaginario político de Luis Emilio Recabarren. Contribución al estudio crítico de las clases subalternas de la sociedad chilena. Santiago, LOM Ediciones, 2008; y Julio Pinto. Luis Emilio Recabarren: una biografía histórica. Santiago, LOM Ediciones, 2013.

[6] No se refiere a “untar con aceite” (aunque no lo excluye en casos extremos), sino a una oración por los enfermos con imposición de manos en la que se declaraba por fe la sanidad.

[7] Cristian Parker y Luis Orellana. “Presentación”. Lalive d’Epinay. El refugio de las masas…, Op. Cit., p. 8.

[8] Alberto Hurtado. Es Chile un país Católico. Santiago, Cámara Chilena de la Construcción, Pontificia Universidad Católica y Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, 2009, pp. 56, 57. Recomiendo leer el capítulo “La campaña protestante en Chile”, pp. 55-67.

[9] Las “Poblaciones Callampa”, eran un conjunto de viviendas en la periferia de la ciudad, levantadas en lo que originalmente eran sitios eriazos y/o desocupados, caracterizada por su desorganización (no hay planificación arquitectónica) y lo liviano de los materiales de construcción, que hacía que rápidamente las viviendas estuvieran formadas (por eso, la alusión a las callampas –hongos-). Tienen su símil con las favelas en Brasil, las villas miseria en Argentina, los cantegril en Uruguay y los pueblos jóvenes en Perú.

[10] Sobre el fenómeno poblacional, véase: Mario Garcés. Tomando su sitio. El movimiento de pobladores de Santiago, 1957-1970. Santiago, LOM Ediciones, 2002. También debe revisarse: Gabriel Salazar. Movimientos Sociales en Chile. Trayectoria histórica y proyección política. Santiago, Uqbar Editores, 2012, pp. 169-226; y Leopoldo Benavides et al. Campamentos y poblaciones de las comunas del Gran Santiago (2ª Edición). Documento de trabajo, Programa FLACSO-Santiago de Chile, Nº 192, Septiembre de 1983.

[11] En algunas ocasiones, no está de más decirlo, esto trajo problemas con los títulos de propiedad, sobre todo cuando familiares reclamaban sus derechos de herencia.

[12] Se ocupa el concepto no en la manera bíblica, sino como es usado de manera común en el mundo pentecostal chileno, y también en otras denominaciones evangélicas latinoamericanas.

[13] María Rosaria Stabili. “Mirando las cosas al revés: Algunas reflexiones a propósito del período parlamentario”. En: Luis Ortega (Editor). La guerra Civil de 1891. 100 años hoy. Santiago, Universidad de Santiago de Chile, 1991, p. 165.

[14] Cristian Guerra. La música en el movimiento Pentecostal de Chile (1909-1936): El aporte de Willis Collins Hoover y de Genaro Ríos Campos. En: http://sites.netlook.cl/sendas/wp-content/uploads/sites/8/2012/12/investigacion_musica_pentecostal.pdf (Consulta: julio de 2014); y Cristian Guerra. “Tiempo, relato y canto en la comunidad pentecostal”. En: Revista Cultura y Religión. Vol. III, Nº 2, 2009, pp. 127-144.

[15] Hurtado. Op. Cit., pp. 58, 59.

[16] Nicomedes Guzmán. La sangre y la esperanza. Lo Hermida, Ediciones Periplos & Peripecias, 2015, p. 48.

[17] Evguenia Fediakova. Evangélicos, política y sociedad en Chile: Dejando “el refugio de las masas” 1990-2010. Concepción y Santiago, Centro Evangélico de Estudios Pentecostales e Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, 2013, pp. 21, 22

[18] Himnario Pentecostal, Nº 180. Sigo la edición hecha por la Iglesia Pentecostal Naciente.

[19] Un maestro chasquilla es un trabajador informal que hace múltiples labores y arreglos, las que aprendió como autodidactas.

[20] Juan A. Mackay. “Latin America and Revolution – II: ‘The New Mood in the Churches’”: En The Christian Century, 24 de noviembre de 1965, p. 1439. Citado por Míguez Bonino. Rostros del protestantismo…, Op. Cit., p. 58.

[21] Himnario Pentecostal, Nº 116.

Biblia y ecología. Una aproximación.

* Foto mía, tomada en Viña del Mar en enero de 2016.

Una de las preocupaciones mayores del mundo actual dice relación con el descuido del medioambiente. Por lo mismo, en los últimos cuarenta años, hemos visto proliferar una serie estudios y acciones con respecto al deterioro del planeta. Los hippies, Greenpeace y otras instituciones y ONG’s, el “buen vivir” de las culturas andinoamericanas (rescatado actualmente por el canciller boliviano David Choquehuanca), la crítica al daño ecológico desde la variable económica (en las vertientes investigativas, por ejemplo, de Naomi Klein en su reciente libro “Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima”, o en su vertiente más cercana y popular, como la de Pepe Mujica), hasta “Laudato si’” de Francisco, nos gritan de forma elocuente respecto al daño ecológico.

 Frente a esto, llama la atención, no sólo las actitudes de indiferencia, sino de rechazo abierto a pensar con seriedad el tema, como si simplemente se tratase de una “eco-histeria” producto de las voces religiosas del “dragón verde”. Evidentemente, hacemos bien en mirar con ojo aguzado a los exponentes de estos pensamientos y las bases de sus pensamientos: el animismo, el panteísmo, el materialismo, las doctrinas New Age, e, inclusive, la teología natural que supone lo creado como revelación paralela a la Biblia, y con ello, efectuar una sólida crítica bíblica que ponga en su lugar aquello que debemos desechar. Pero, por otro lado, cerrar nuestros oídos a esta temática nos hace quedarnos sin tema y, con ello, sin personas que nos escuchen porque “el cristianismo no tiene nada que decirles”. A su vez, nosotros creemos en la “gracia común” que nos hace reconocer los elementos de verdad en otros, aunque no sean creyentes, además de aquellos elementos que son redimibles desde una cosmovisión cristiana. Aunque, tal vez, lo más terrible sea que, siguiendo la cara metáfora de Jesús, “las piedras” hayan hablado ante nuestro silencio.

 La contaminación, la destrucción de espacios geográficos, la erosión de los suelos, la cacería indiscriminada, la reducción de la capa de ozono, el cambio climático (sea calentamiento, enfriamiento o cualquiera otra alternativa en debate), son voces fuertes y elocuentes que debieran llamar nuestra atención como creyentes. El cuidado de la creación es un tema urgente del mundo actual, y no preocuparse de aquello es muestra de una terrible ignorancia o, lisa y llanamente, el resultado de una fría e insensible indiferencia. Si decimos con Abraham Kuyper que “No hay un centímetro cuadrado en todo el dominio de la existencia humana sobre el cual Cristo, quien es soberano sobre todo, no proclama: ‘¡Es mío!’”; debiésemos afirmar entonces que Cristo es Señor de la naturaleza. Eso cambia el panorama, porque nos permite asentar como base de nuestra comprensión de la naturaleza y de su cuidado nada más y nada menos que el señorío de Cristo quien es “rey de reyes y señor de señores”. Pues tal y como dijera Francis Schaeffer: “Los hombres hacen de acuerdo con lo que creen. Cualquiera que sea el punto de vista sobre su mundo, eso es lo que será trasladado al mundo exterior”. El creer siempre implica un sentido amplio del deber-hacer. Esta breve aproximación, partiendo desde un punto de vista creacional, mostrará el sentido, propósito y responsabilidad de cuidado del creyente por la creación dado por la triada: creer-pensar-hacer.

  1. ¿Qué debemos creer del señorío de Cristo sobre la naturaleza?

 La Biblia señala: “Al Señor tu Dios le pertenecen los cielos y lo más alto de los cielos, la tierra y todo lo que hay en ella” (Deuteronomio 10:14); “¿Y quién tiene alguna cuenta que cobrarme? ¡Mío es todo cuanto hay bajo los cielos!” (Job 41:11); “Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan” (Salmo 24:1). Dios quien no sólo es trascendente, sino también inmanente, se muestra activo en su creación, que le pertenece. La tierra es de Él, lo que le hace no sólo Señor de su devenir, de su historia, sino también de su estado de natural, y en su interrelación, del espacio geográfico. En una declaración cósmica, el apóstol Pablo refiere, también, al señorío de Cristo sobre el planeta, cuya pertenencia radica en su derecho de creación, redención y de futura heredad. El texto dice: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente. Él es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de la resurrección, para ser en todo el primero. Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz” (Colosenses 1:15-20).

  1. ¿Qué debemos pensar respecto al señorío de Cristo sobre la naturaleza?

 La tierra es buena, eso lo declara Génesis 1 y 2, porque ha sido creada por Dios que es bueno. Esta bondad es a priori de nuestra comprensión de la misma, aunque no intrínseca, pues es el resultado de la aprobación de Dios a su creación. Por ende, no hablamos de ella como divinidad ni como persona, lo que es propio de las idolatrías del pasado y del presente. Es decir, no la adoramos. La creación está bajo el diseño y el mandato divino, revelando su gloria, implicando la provisión de alimentos y goce a los seres humanos, e inclusive, en ocasiones, ser un instrumento del juicio del Creador según su sabia providencia.

 Génesis 3 señala que la tierra sería maldita a causa del ser humano, lo que se traduce que ella también está en una situación caída, a causa del pecado. Y es que como diría Francis Schaeffer: “Cuando el hombre quebranta la verdad de Dios, sólo se acarrea sufrimientos”. La creación anhela su redención, a la que debemos colaborar como parte de la extensión del Reino. Aunque, habrá una redención final, en el momento de la consumación de la historia: “Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar. Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido. Oí una potente voz que provenía del trono y decía: ‘¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir’” (Apocalipsis 21:1-4). Cristo, que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas redimirá la tierra, haciéndola un espacio de justicia, porque Dios mismo morará junto a su pueblo, lo que hará de este espacio redimido un lugar de alegría, libre de penas y dolores. La tierra será un espacio de trabajo satisfactorio, libre de enajenación, explotación y depredación. El sueño moderno, inalcanzado en ese progreso indefinido que nunca llegó, era un camino religioso alternativo al cristianismo.

 “Los cielos le pertenecen al Señor, pero a la humanidad le ha dado la tierra” (Salmo 115:16). No somos dueños de la tierra, no tenemos el título de propiedad, somos algo así como los inquilinos (la figura del “patrón de fundo” no sólo es violenta por una serie de prácticas constatables en la historia hacendal latinoamericana, sino porque buscaba constituirse en amo y señor de un espacio limitado) responsables ante Dios por la forma en que tratamos lo que a Dios le pertenece. La creación existe para la gloria de Dios y cuando disfrutamos de ella, disfrutamos de Dios que la creó. Reflejamos nuestra adoración a Dios cuando cuidamos y amamos aquello que nos ha provisto. Conocemos a Dios cuando valoramos lo que Él valora. Schaeffer señalaba: “Si amo al Amante, amo lo que el Amante ha hecho. Quizás esta es la razón por la que tantos cristianos sienten una falta de realidad en sus vidas. Si yo no amo lo que el amante ha hecho -en el área del hombre y en la de la naturaleza- y realmente lo amo porque él lo ha hecho, ¿amo realmente al Amante?”.

  1. ¿Qué debemos hacer a partir del señorío de Cristo sobre la naturaleza?

 Debemos, en primer lugar, tener clara conciencia de quiénes somos: criaturas de Dios, hechos a su imagen y semejanza, puestos por Dios como representantes y mayordomos de casa común. La Biblia habla del dominio que tenemos sobre el resto de la creación, por ende animales y vegetales no son iguales a nosotros (los perros y gatos no son nuestros hijos, por más que los queramos), teniendo un menor valor que la vida humana, lo que no implica que no valgan nada. Por el contrario, Dios nos hace responsables en el mandato cultural, puesto que ser cabeza en la Biblia implica más tareas, responsabilidades y servicio, que mero liderazgo. Dominamos la creación dependiendo del Creador. Cuando nos acercamos a animales y vegetales nunca estamos frente a “materia neutra” susceptible de uso, abuso, manipulación y/o comercialización. No son seres humanos, pero tampoco “astillas sin valor”.

 En segundo lugar, debemos trabajar por el cuidado del medioambiente como parte de la misión de Dios, que colabora en la extensión del Reino hasta su consumación final. La misión es evangelización, pero es mucho más. Limitar el hecho de que Dios estaba reconciliando con Cristo y su cruz al mundo debilita nuestro mensaje y labor (2ª Corintios 5:17-21). Cuidar el espacio, esté o no esté en una situación crítica (y esto lo señalo para quienes dudan de esa situación de crisis), es un asunto de alegría y esperanza, pues forma parte de nuestro “ministerio de reconciliación”. Cristopher Wright señala: “La verdadera acción ambiental cristiana es también provechosa para la evangelización, no porque sea algún tipo de portada para la ‘misión real’ sino porque declara en palabras y en hechos el amor ilimitado del Creador por toda su creación (el que por supuesto incluye su amor por los seres humanos) y no esconde la historia bíblica del costo que pagó el Creador por redimir a ambos, Esa acción es una encarnación misional de las verdades bíblicas de que el Señor ama todo lo creado y que ese mismo Dios amó de tal manera al mundo que dio a su único Hijo no solamente para que los creyentes no perezcan, sino en definitiva para que todas las cosas sean reconciliadas con Dios por medio de la sangre de su cruz. Porque Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo”. Si creemos en la redención final de todas las cosas, dicha escatología debería ser base de nuestra ética: lo que esperamos de Dios debería afectar la forma en que vivimos ahora y debiese determinar nuestros objetivos, con la finalidad de realizar cambios en nuestro presente. Cuidar la creación es una oportunidad profética para la iglesia, porque nos lleva a ejercitar la compasión, la armonía social y la justicia propias del Shalom de Dios. La naturaleza es más que una prueba para mostrar la existencia de Dios. Saquemos esa comprensión platónica de “salvación del alma”, que espera sólo la vida futura sin hacer nada en el presente. Debemos trabajar por la sanidad de la tierra en el aquí y el ahora.

 En tercer lugar, debemos plegarnos a la serie de tareas que, desde más tiempo que nosotros, distintas personas, creyentes y no creyentes, llevan haciendo por el cuidado del medioambiente, eligiendo formas sustentables de energía, desconectando aparatos innecesarios; adquiriendo comida, ropa, bienes y servicios de empresas cuyas prácticas de política ambiental son sustentables y éticamente sólidas. Participando, ¡y creando!, asociaciones de mayordomos del espacio. Evitando el consumo y los gastos excesivos, reciclando todo lo que podamos, comprometiéndonos con un estilo de vida frugal, poniendo el acento en el compartir y el disfrutar más que en el derrochar.

 En cuarto y último lugar, debemos entender que trabajar por el medioambiente, lo que es parte integral de la misión de Dios a la que se encuentra convocada la iglesia, no es otra cosa que trabajar por la justicia social. El salmista dice: “Oh Dios, otorga tu justicia al rey, tu rectitud al príncipe heredero. Así juzgará con rectitud a tu pueblo y hará justicia a tus pobres. Brindarán los montes bienestar al pueblo, y fruto de justicia las colinas. El rey hará justicia a los pobres del pueblo y salvará a los necesitados; ¡él aplastará a los opresores!” (Salmo 72:1-4). Debemos entender que gran parte de los problemas del medioambiente, la contaminación, la desforestación a gran escala, la extinción de especies, no son resultado de esfuerzos mal habidos de individuos comunes y corrientes, sino del quehacer inescrupuloso de quienes se sienten dueños de la tierra. Y si bien es cierto, la Biblia declara el principio de propiedad, este se encuentra subsumido al principio bíblico de que los frutos de la tierra fueron hechos para todos: “La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra es mía y ustedes no son aquí más que forasteros y huéspedes” (Levítico 25:23). La creación debe ser usada para el beneficio del prójimo y no para la destrucción de ella, ni menos de las personas. No se puede hacer cualquier cosa en nombre del progreso. Actuar en justicia según los parámetros bíblicos también trae consigo la armonía con el mundo natural. Eso es parte del Shalom de Dios, pues la vida abundante está relacionada con una tierra abundante. Además, como ya hemos esbozado, nuestros esfuerzos ecológicos tienen el valor profético de señalar la realización cósmica de que Cristo es Señor de todo.

 Es pertinente terminar con las palabras del salmista: “¡Oh Señor, cuán numerosas son tus obras! ¡Todas ellas las hiciste con sabiduría! ¡Rebosa la tierra con todas tus criaturas! Allí está el mar, ancho e infinito, que abunda en animales, grandes y pequeños, cuyo número es imposible conocer. Allí navegan los barcos y se mece Leviatán, que tú creaste para jugar con él. Todos ellos esperan de ti que a su tiempo les des su alimento. Tú les das, y ellos recogen; abres la mano, y se colman de bienes. Si escondes tu rostro, se aterran; si les quitas el aliento, mueren y vuelven al polvo. Pero si envías tu Espíritu, son creados, y así renuevas la faz de la tierra. Que la gloria del Señor perdure eternamente; que el Señor se regocije en sus obras” (Salmo 104:24-31).

 Luis Pino Moyano.


Esta breve aproximación a la Biblia y la ecología es resultado de una predicación realizada en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el domingo 27 de diciembre de 2015, en el marco de la serie “Señor Total. El señorío de Cristo en todas las esferas de la vida”. El mensaje se tituló, “Cristo, Señor de la Naturaleza”. He realizado un arreglo posterior del texto para que siga la lógica de un artículo de difusión.

Soy tributario en esta reflexión de dos autores que he citado en este texto y que no he referido a la manera clásica, pues lo que deseo referenciar es todo lo señalado por ellos, promoviendo su lectura, reflexión y discusión:

  •  Francis Schaeffer. Polución y la muerte del hombre. Enfoque cristiano a la ecología. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 1973. Su versión en inglés fue publicada en 1970, lo que lo hace un texto precursor respecto a una problemática que recién se avizoraba. Además, es un texto, que como todo “clásico” mantiene inusitada vigencia.
  •  Cristopher Wright. La misión de Dios. Descubriendo el gran mensaje de la Biblia. Buenos Aires, Ediciones Certeza Unida, 2009. Particularmente, respecto a este tema, propongo la lectura de su Parte 4: “El campo de la misión”, pp. 529 y ss. En ella Wright liga las tareas ecológicas a la gran comisión, la que comienza con una declaración del Señorío de Cristo sobre el universo (véase Mateo 28:18). Gracias a mi amigo Gerardo Vásquez por la recomendación de este libro.

Entrevista en la página de la Iglesia Presbiteriana de Chile.

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El día 1 de julio de 2015, la página de la Iglesia Presbiteriana de Chile compartió una entrevista que me realizaron, para conocer de mi quehacer y reflexión en torno a lo realizado hasta el momento como candidato al sagrado ministerio del Presbiterio Centro de dicha comunidad.

  1. Cuéntanos un poco de ti ¿Nombre? ¿Estado civil? ¿Hijos?

 Soy Luis Rodrigo Pino Moyano, puentealtino de nacimiento, tengo 33 años, estoy casado con Mónica González. Juntos somos padres de Miguel Ignacio de 5 años y Sophía Javiera de 2 años y 8 meses.

  1. ¿En qué iglesias estás actualmente sirviendo y cuéntanos un poco de lo que haces?

 Soy miembro de la 11ª Iglesia Presbiteriana de Santiago “Puente de Vida”. En esta comunidad tengo distintas labores como presbítero regente: colaboro en la predicación, lo que es un tremendo desafío y responsabilidad. A la par de eso, en algunas ocasiones he trabajado junto al pastor Vladimir en el diseño de algunas de las series de mensajes. Lidero el grupo pequeño de “Lomas de Eyzaguirre” (los viernes, desde las 21:00 hrs.), que es un conjunto de condominios muy cerca del límite entre Puente Alto y el Cajón del Maipo, en el que estudiamos y conversamos los textos que serán expuestos en el sermón del día domingo. Colaboro con una de las clases del curso de catecúmenos, y este año, junto a Carlos Parada, tenemos la tarea de hacer clases de historia de la iglesia, todos los primeros sábados del mes, siguiendo el plan del libro de Justo González, “Historia del cristianismo”. Hemos tenido dos clases y ha sido una experiencia muy bella, puesto que nos conduce a vislumbrar que somos comunidad, que somos iglesia, no sólo con nuestros hermanos del hoy, sino también con los del ayer, además de un llamado a la humildad, puesto que nos encontramos que no inventamos nada. Los temas, discusiones, preocupaciones y problemáticas más relevantes llevan siglos de antigüedad. También soy secretario del consistorio, cosa bastante compleja para quien gusta de la historia, porque siempre estoy pensando en qué me gustaría encontrar en “los papeles” para hacer historia.

A nivel presbiterial, este año me ha correspondido ser asesor del Departamento de Jóvenes, lo que no sólo ha sido un desafío, sino también un reencuentro con una labor que me apasiona. Ver a jóvenes que aman a Jesús, que luchan día a día por la fuerza que el Espíritu les da, ya sea en los estudios, en el trabajo, en las familias, en sus relaciones amicales, y poder tender una mano con sentido pastoral es una hermosa bendición. Trabajar con David y con Claudio, y con los líderes de cada iglesia, ha sido un tremendo privilegio

Paralelo a todo eso, soy profesor en el Colegio Andino Antuquelén, en El Manzano (Cajón del Maipo), el que es un espacio de inclusión y mediado por el arte. Ahí hago clases de historia y de realidad nacional, unos talleres, coordino el área de Ciencias Sociales, trabajo en la web y en las redes sociales del colegio. Algo así como tirar el córner y cabecearlo. Uf! Mucha pega. Pero Dios es quien me llena de fuerzas en todas estas labores que son parte de la Misión, que sólo es suya.

  1. ¿Cómo llegaste al convencimiento de que Dios te estaba llamando al ministerio?

 A los 18 años, siendo un joven pentecostal, sentí en mi corazón, en un culto que despertó varias vocaciones, el llamado al pastorado. Por ello, ingresé a estudiar teología al Instituto Bíblico Nacional, con el anhelo de aprender para servir. En mi antiguo contexto eclesial no se estilaba señalar dicho llamado, por lo cual era una cuestión oculta, aparentemente. Pero dicho llamado salía a la luz en el trabajo con jóvenes y sobre todo en la predicación. Si hay algo que me encanta y apasiona realizar es predicar, hablar de Jesús, de la gracia soberana y abundante.

Lamentablemente, lo que nos pasa a muchos en dichos contextos, cuando tenemos ganas de aprender, ante la ausencia de confesionalidad, nos llenamos de otras ideas y pensamientos, lo que conlleva a otros proyectos. Cuando mis pasos iban enrielados a otro camino (sin dejar de asistir a la iglesia, por lo demás), la llegada a Puente de Vida me trajo de regreso a casa. Allí el papel de Vladimir fue clave. En una ocasión, me pidió predicar basado en el texto de Nehemías capítulo 5. El sermón se llamaba “El poder de la justicia social”. Yo me froté las manos y sonrientemente me dije “- este es mi tema”. Cuando estaba terminando el sermón, me hago una pregunta simple que de un sopetón se convirtió en la pregunta existencial: “- ¿Con qué ojos estoy leyendo esto? ¿Con los ojos de Cristo o con los ojos de Marx?”. La respuesta fue dura, porque no sólo mi sermón, sino mi vida la estaba viendo con otros ojos y no con los de quien es el camino, la verdad y la vida. Estaba cambiando a la fuente de agua viva por cisternas rotas que no retienen agua. Allí, la predicación del evangelio domingo a domingo, el pastoreo presente y significativo, la vida en comunidad reconstruida, la confrontación con el pecado, todo eso me restauró y despertó la vocación oculta, tanto como un fuego ardiendo que no pude resistir. Hoy no quiero ser-y-hacer otra cosa que un siervo de Cristo mi Señor y predicar hasta que mi cabeza tenga memoria de la sola gracia.

Sólo decir algo más. Hay dos tipos de ejemplos que me motivan en el camino al ministerio pastoral. El pastor presbiteriano que exhorta aprendiendo, que expone con claridad el mensaje, que es leal a los símbolos de la fe reformada y a su comunidad, que entiende que el trabajo no lo hace solo sino al lado, hombro con hombro, junto a un consistorio. Y por otro lado, los viejos pastores pentecostales que pude conocer. Hombres honrados, fieles, militantes cristianos, que andaban con la Biblia y el diario debajo del brazo, y este último no para informarse sino para taparse en las noches teniendo las estrellas del cielo como techo. Hombres que eran convocados al pastorado y a la semana estaban en el destino, por lejano que fuera, por amor a Cristo. Ambos modelos tienen algo en común: la gloria de Dios. Dios me ayude.

  1. ¿Tu familia cómo se lo ha tomado?

 Mi esposa Mónica ha sido fundamental en este proceso. Con ella he aprendido a ser esposo y padre, hombre en definitiva, con todo lo que ello implica. Recuerdo cuando le dije que volvería al Seminario para proseguir los pasos al ministerio pastoral. Su respuesta fue breve pero elocuente: “-Menos mal que te diste cuenta”. Ese día lo conversamos con Vladimir y nos enfilamos en este camino. Es maravilloso tener una mujer que camina codo a codo con uno, que apoya y alienta en las distintas tareas, trasnoches de estudio, domingos de predicación en Puente de Vida o cuando me invitan a otras iglesias. Ver que con ella, Miguel y Sophía mis hijos, van creciendo y conociendo el amor de Jesús, orando por mí y colaborando en los trabajos, amando la misión y la comunidad. Dones de Dios que me hacen sentir un hombre feliz por todos estos instrumentos de paz que me ayudan en esta caminata.

  1. Hoy estás estudiando para seguir el proceso de capacitación, cuéntanos ¿Qué ha significado el seminario para tu vida?

El Seminario Teológico Presbiteriano ha sido tremendamente relevante en este tiempo. Por varias razones, siendo la primera de ellas el que sea el Seminario de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Es decir, todo lo que nosotros estamos aprendiendo tiene que ver con el servicio a nuestras iglesias, rescatando todo lo bueno de ellas y buscando reformar lo malo de estas comunidades de santos pecadores. Por otro lado, el Seminario es un espacio confesional, que busca relevar, rescatar y producir teología reformada, expresando lealtad a nuestros símbolos de fe, haciendo nuestra la herencia de Calvino, Knox, Bavinck, Kuyper, Berkhof y tantos otros, a modo de marco teórico y lugar de producción. Además, es un espacio académico, que desde “el sentido presbiteriano de la vida” dialoga con otras disciplinas de estudio, no perdiendo la capacidad de asombro frente al Dios eterno, haciéndonos viejas y nuevas preguntas para el hoy, a la par del amplio proceso de lecturas que aportan a la caja de herramientas teológica, misional y pastoral. Otra de las cosas que más me ha marcado del seminario es su perfil misional. La misiología no disocia la reflexión y el análisis del quehacer, por el contrario, nos lleva a pensar y vivir la misión en la ciudad, la plantación y revitalización de nuevas iglesias, junto a otras tareas extensivas del Reino de Dios en la sociedad. Y quizá lo más importante, es que el Seminario es un taller de oficios, en el que varios de los que pasamos por sus aulas caminamos al ministerio pastoral, o sea, en un futuro, potencialmente, seremos colegas en el ministerio. A su vez, nuestros profesores, en su mayoría son pastores de la IPCH, que leen sus materias desde esa labor, y que más adelante, también serán nuestros colegas. La reflexión, la amistad-fraternidad, los proyectos y las aulas confluyen en dicho espacio que debemos potenciar. De hecho, espero en un futuro no muy lejano apoyar a nuestra casa de estudios desde la docencia, sobre todo en el área de la historia, las ciencias sociales y la pedagogía, lo cual no sólo veo como una tarea o un privilegio, sino también como un deber: dar de gracia de lo que por gracia he recibido. Nada más que eso.

  1. ¿Cuáles son, según tu punto de vista, los mayores desafíos de la IPCH? ¿Cómo podrías aportar en esto?

Según mi punto de vista, la IPCH vive un momento de aceleración en su historia. En términos historiográficos, de esos escasos momentos en los que confluyen factores de corta, mediana y larga duración. Dichos factores tienen que ver con la plantación de nuevas iglesias y con la misión. Todo eso trae desafíos. El primero de ellos no es transar el mensaje de Cristo, verdadera agua viva, por la relevancia y el éxito financiero y numérico. Cosas importantes, pero que en nuestros corazones pueden transformarse en ídolos. Es decir, sin transar el mensaje responder al hombre, la mujer, el joven y el niño de hoy. Además de eso, un desafío de larga duración es cómo fortalecemos nuestra identidad presbiteriana sobrepasando las barreras subjetivas que impone la pesada tradición episcopal y jerárquica del catolicismo romano presente en América Latina desde la Colonia. La pregunta es, ¿cómo generamos más liderazgos colaborativos? Y mejor aún, ¿cómo hacemos para que los consistorios no se transformen en espacios burocráticos que ralentizan la misión, sino que se constituyan en talleres para obreros que miran pastoralmente sus procesos? Pienso también en la tendencia latinoamericana de pentecostales y neopentecostales que están llegando a nuestras iglesias por el acercamiento a algunas de las verdades reformadas, preguntándome en ¿cómo hacemos para ayudarles en sus preguntas y en su búsqueda de conocer al Dios de la Biblia, sin matar su amor por la obra y el carácter servicial que mayormente les caracteriza? O más aún, ¿cómo dejamos de lado el falso concepto de hermanos mayores y de iglesia histórica, que nos hemos o nos han impuesto, para servir a quienes buscan sanidad de la mente y el corazón? ¿Cómo aportar? Pienso en dos miradas que debería hacer caminar juntas: la mirada pastoral y fraternal, junto a la mirada académica. Creo que debiésemos generar muchos espacios multidisciplinarios y desde las distintas áreas de servicio de la IPCH, para orar por nuestra realidad y pensarla. A veces caemos en el mismo error de distintos grupos en América Latina: tratar de imponer por fórceps todo aquello que nos dictan desde Europa y Estados Unidos en nuestra realidad, pensado en que si la teoría no se condice la realidad es la realidad la que está equivocada. Debemos, sin dejar de leer todos los libros y producciones que aportan, producir y sistematizar conocimiento que esté ligado a nuestras realidades, sea esta nacional, regional, comunal, barrial. Y ahí tenemos mucha gente, que de dar trabajo puede pasar a trabajar y a seguir el proyecto de Dios. Biblia abierta, ojos bien abiertos, manos que trabajan y ayudan. En todo esto me gustaría aportar.

  1. ¿Por qué quisieras que la Iglesia Presbiteriana de Chile orara por ti?

Quisiera que me ayudaran a orar por tres motivos: en primer lugar, por mi familia, por Mónica mi esposa, por Miguel y Sophía, y al orar por ellos, oren por mí para que Dios me ayude a ser el esposo y padre que pastorea el corazón de la que es “mi primera iglesia”. En segundo lugar, quisiera que oraran por los proyectos que estamos pensando para el próximo año, tanto para ser seminarista a tiempo completo y a la vez el inicio de la caminata a un nuevo proyecto de plantación de iglesia en Puente Alto. Y finalmente, para que Dios sea glorificado siempre y para que la fuerza del Espíritu Santo me anime en toda labor. Muchas gracias, de antemano, por sus oraciones al Dios de la vida.

El quehacer de un Líder.

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Este sábado 13 de junio me correspondió compartir un tema con quienes desempeñan tareas de liderazgo en los grupos juveniles de Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. El tema se tituló “El quehacer de un líder”, y tuvo la finalidad de presentar líneas de trabajo para quienes trabajan en las iglesias.

Una cita que ayudó a la reflexión fueron estas palabras de John Stott en su libro “Señales de una iglesia viva”: “Los líderes cristianos deben ser distintos de los del mundo. No podemos hablar de la congregación como ‘mi iglesia’, ni de otra como la ‘iglesia de fulano’. No es la congregación la que pertenece al líder sino el líder a ella. Es el pueblo de Dios al que hemos sido llamados a servir. Somos siervos, no amos o dueños. Esta es la sana perspectiva bíblica”.

Pongo a disposición de ustedes las diapositivas de la exposición, las cuales pueden descargar haciendo clic aquí.

Otro elemento de reflexión fueron los siguientes vídeos:

Espero que estos materiales sirvan para su reflexión.

Un abrazo, Luis…