La derrota y el fracaso.

Sí, hubo fake news, información falsa-falaz-y-parcial en la campaña del Rechazo. Sí, hubo una campaña que bordeó el patetismo con la idea del “rechazo por amor” como eje, financiada con muchos millones. Sí, hubo medios de comunicación de masas que se quedaron pegados y le dieron tribuna a lo peor de la Convención Constitucional, a los adalides del griterío, de la parafernalia y de la performance vacía de sentido, pero que vende. Sí, hubo gente que votó a partir de todo lo ya mencionado sin leer una sola página de la propuesta constitucional, personas que no sólo se concentraron en un puro sector social de la población. Sí, todo eso es cierto. Pero explicar la derrota solamente desde esa variable es un ejercicio autocomplaciente. Podría explicar una parte del porcentaje de la votación, pero no nos permite comprender el nivel de la paliza electoral vivida el 4 de septiembre de 2022. 61,86% vs. 38,14% de los votos.

No es menor escribir estas letras, luego de una semana en la que intenté catalizar la información, reflexiones, penas y rabias, en una fecha tan llena de memoria: 11 de septiembre. Hasta hoy no había encontrado la clave para iniciar mi reflexión escrita. Pero este día me llevó en la memoria a los análisis de izquierdas respecto a lo ocurrido con el proyecto de la Unidad Popular y lo que se comenzó a vivir con la dictadura militar que triunfara un martes en esta misma fecha. Algunos analistas hablaban del fracaso de la vía chilena al socialismo. Otros analistas hablaban de la derrota política y militar de dicho proyecto. Fracaso y derrota como opciones que se oponían en forma binaria entre sí. Desde la distancia temporal y analítica, siempre he considerado que ambas claves podrían dar una perspectiva mucho más global. Y, por cierto, volando en el tiempo hacia el 2022, creo que ambas claves debieran estar presentes a la hora de considerar el hito del 4 de septiembre de este año. 

La opción del Apruebo sostenida por diversos movimientos sociales, partidos políticos y variadas individualidades, fue derrotada por la opción Rechazo. Quienes sostuvieron la opción Rechazo, después de una tremenda derrota electoral, lograron sortear aquello y supieron usar el espacio de la Convención Constitucional con menos del tercio de convencionales como el espacio de campaña. Desde el día 1 de la Convención avizoraron que este órgano sería el móvil revitalizador del Rechazo de salida. Y desde ahí estuvieron en campaña, visibilizando la torpeza política, las performances descontextualizadas, la desmesura, todo eso unido a la exposición de información en ocasiones cierta, en otras parcial y en otras, falsa. Pero lograron instalar una discusión, un sentido común que conforma la realidad, tanto así que quienes eran mayoría circunstancial en la Convención, en muchos casos nadaron en las olas de las respuestas a la minoría circunstancial, olvidando que las fake news operan con los prejuicios a la base, por lo que responderlas te pone a la retaguardia de los procesos. El Rechazo logró activar los miedos atávicos de la sociedad chilena cuando aludía a la seguridad y la amenaza frente a lo propio, pero a su vez, removió el sentido de lo nacional tan arraigado en aquello que algunos han llamado “el alma de Chile”. Y todo eso, hizo clic en las mentes de habitantes de esta tierra, entre los cuales se encontraban varios millones que habían dejado de votar en el contexto del sufragio voluntario. El Apruebo fue derrotado el 4 de septiembre de 2022 por gente de a pie, por personas que con un lápiz y un papel marcaron la opción Rechazo, democráticamente, no con tanques y metrallas como hace cuarenta y nueve años atrás. Y eso es demoledor*. 

Pero la mirada de esa derrota queda inconclusa si sólo se ve a los otros. El Rechazo ganó porque el Apruebo fracasó. Y se fracasó desde el momento en que se pifió el himno nacional, escrito por un joven liberal, Eusebio Lillo, que fue miembro de la Sociedad de la Igualdad con Francisco Bilbao y Santiago Arcos, que fue perseguido por actuar sediciosamente contra el régimen conservador, y que ya más viejo fuera ministro del presidente Balmaceda. Se fracasó cuando el “pela’o” Vade fue descubierto en su farsa cancerígena, en lo que fue un golpe no sólo para la Convención, sino para miles de personas que padecen el rigor de una enfermedad que suena a sinónimo de dolor y muerte. Se fracasó en la desmesura, esa de quien propusiera los soviets como un modelo a seguir (lo que, menos mal, no tuvo siquiera un voto), en el disfraz, en el espectáculo de intrigas y egolatrías cuando se tuvo que elegir a la nueva mesa del órgano constituyente, en el convencional que quería votar desde la ducha. Pero, por sobre todo, se fracasó porque no se leyó bien la realidad chilena. Se fracasó porque se perdió de vista el principio democrático que señala que en dicho régimen triunfa la mayoría pero con respeto de la minoría. Se fracasó porque se construyó un texto larguísimo, en esa gran tendencia nacional por buscar regularlo todo. Se fracasó porque ese texto era un gran collage de identidades particulares, en el que en clave liberal (de izquierdas, pero liberal), individuos se veían más fortalecidos que el colectivo social. Se fracasó porque nunca logró explicarse bien el tema de la plurinacionalidad (cuestión que todavía, a diferencia de los casos de Nueva Zelanda y Bolivia, es tema de debate en los pueblos originarios que habitan el territorio chileno). Se fracasó duramente cuando la iniciativa popular más votada, “Con mi plata no”, no fue incluida en el texto constitucional, considerándola como una opción de derecha, olvidando con ello no sólo el principio democrático de la mayoría, sino también la historia de la seguridad social. 

Y, por cierto, se seguirá fracasando mal después de la derrota del 4 de septiembre, si la gran razón se busca en “los fachos pobres”. Esa identidad que nace desde el ninguneo y de una práctica tan deleznable que en Chile recibe el nombre de “roteo”, sólo devela a quien la enuncia. Decir que el triunfo del Rechazo y la consecuente derrota del Apruebo se debe a “fachos pobres”, que son inconscientes, arribistas o “tontos”, y que por ello se compraron el discurso de la derecha, es de una falta de respeto por el otro gigantesca, que presupone su ignorancia esencial y, a su vez, de una autocomplacencia que les sigue erigiendo, a los autopercibidos sabios derrotados, como vanguardia iluminadora. Eso es, precisamente, no entender nada. Es estar en un estado de embriaguez individualista, ególatra y autocentrada. ¿Dónde queda la dignidad de las personas cuando exhibo con espíritu de funa su ignorancia real o aparente? Lo que hay allí es puro clasismo travestido de progresismo. 

Parafraseando a Gramsci, la vieja Constitución de Pinochet-Lagos estaba muerta, pero lo nueva propuesta constitucional no pudo vivir, debido a todos los fenómenos morbosos que se dieron en el proceso constituyente, sobre todo desde dentro de la Convención. Con todo mi respeto a la gran mayoría de convencionales que hizo bien su trabajo, no sólo en la jornada establecida, sino hasta largas horas de la noche, hay un grupo de convencionales, esos que pululaban en los matinales como si fueran rockstars, entre los cuales hay uno que morbosamente publicó una historia secreta de la Convención (porque claro, es escritor), gente que luego de esta derrota debería tener vergüenza de andar en la calle, puesto que por sus gustitos, falta de inteligencia y realismo político, por su desmesura, hicieron que nos farreáramos la gran posibilidad de tener la primera Constitución escrita en democracia, con el Congreso Nacional abierto, con la oposición libre y sin los militares en el bloque del poder. Nos farreamos la historia. 

Mario Benedetti decía en su poema “¿Por qué cantamos?”, a modo de certeza: “Venceremos la derrota”. Quisiera en estas líneas formular la misma línea poética a modo de pregunta: ¿venceremos la derrota? La respuesta desde la incertidumbre es un “no sé”. Pero, si quisiéramos vencerla deberíamos empezar a decir las cosas como son: a casi tres años del estallido social, Chile no despertó el 18 de octubre de 2019, pues lo que tuvimos fue un “reventón histórico” que expresó el malestar social acumulado por treinta años, no sólo en clave política de izquierdas y/o progresismos variados, sino también en su calidad de individuos y consumidores (“El consumo me consume” de Tomás Moulian cada vez está más vigente). En el collage de la marcha del millón no sólo hubo propuestas, sino peticiones de variada índole. Todo ese movimiento, junto a la crisis azuzada por el desgobierno de Sebastián Piñera, fue catalizada por el Parlamento quien vio en el camino constitucional la salida institucionalizada que derivara en el restablecimiento de la paz social y del encuentro ciudadano. Octubre ya había sido derrotado y lo que se preservó fue el camino político de noviembre. Eso no fue entendido por parte importante de las izquierdas, dentro y fuera de la Convención. Y cuando se opera desde presupuestos irreales lo único cierto es el fuerte choque con la realidad. 

¿Qué queda por delante? Luego de entender la derrota y el fracaso viene la pregunta por el triunfo: ¿quién ganó el 4 de septiembre? Pensar que los partidos políticos de derechas ganaron ese día, junto con decir que el Rechazo de salida sepultó la opción de una nueva Constitución, también puede ser un error. Y si no lo es, puede ser catalizado para que lo sea. La política es el universo de lo abierto, donde no hay fatalismos, en el cual “El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal: lo que cuenta es tener el coraje para continuar”, palabra de Churchill. No se debe olvidar nunca que el 78,28% de votantes, el 25 de octubre de 2020, dijo apruebo a la pregunta “¿Quiere usted una nueva Constitución?”, y ese mismo día, el 79% votó a favor de una Convención Constitucional para llevar a cabo dicha propuesta. Ese triunfo no fue anulado el domingo pasado. Lo que se rechazó fue una propuesta de texto constitucional y no la posibilidad y/o el deseo de tener una nueva Constitución. Tiene que escribirse una nueva Constitución por medio de una Convención Constitucional, en un tiempo más acotado, con un texto mínimo que tenga el sentido histórico de recoger lo mejor de la tradición constitucional chilena, la “Constitución de Bachelet” realizada por medio de cabildos y la propuesta de realizada recientemente. Y aquí, el papel protagónico lo tendrá Gabriel Boric y su gobierno. Luego de hacer los cambios en el gabinete, y sin dejar de lado su tarea ejecutiva llevando a cumplimiento aquellos elementos de su programa que no dependían de la nueva Constitución, Boric tiene en sus manos la tarea de catalizar y conducir el momento constitucional que no terminaba el 4 de septiembre ganara quien ganara.

Huelga decirlo, Lagos tenía razón cuando señaló que el día clave para el proceso constituyente era simbólicamente el 5 de septiembre. También la tuvo cuando dijo “la vida continúa”. Por mi parte, tengo la convicción que el momento constituyente tiene que cerrarse con una nueva carta fundamental escrita en democracia, que ponga fin a la eterna transición construida a imagen y semejanza de Augusto Pinochet y tenga a la vista el país por venir. 

Luis Pino Moyano.

* Debo esta parte de la reflexión a mi colega profesora de historia Tamara Salinas. Aprovecho de agradecer también a colegas y estudiantes con quienes pude reflexionar sobre este acontecimiento, pues me ayudaron a ordenar y producir las ideas que dieron origen a este post. Sin dudas, les eximo de la responsabilidad de mis palabras y sus resultados.

Lo que señala la bandera.

Nota: El post que comparto a continuación lo escribí el día sábado 3 de septiembre de 2022, a modo de respuestas a una entrevista para Emol. Puede leer el registro que hizo ese medio de una parte de mis respuestas junto a la opinión de la historiadora Ximena Prado, haciendo clic aquí. El texto fue editado sólo en aspectos de forma para adquirir el tono de una columna de opinión.

La bandera, junto al escudo y el himno nacional es un tipo de símbolo que recibe el nombre de emblema y que, por ello, tiene como característica la representación. Pero, también recibía otro nombre, que ha caído en desuso con el tiempo: el de “enseña”, es decir, un tipo de símbolo que busca señalar hacia algo. ¿Qué representa y hacia qué señala? La respuesta es: a la nación. Y la nación como concepto tiene otro talante que el de patria, que apela a la tierra de nuestros padres y madres, en este caso, lo que busca es el sentido de una comunidad. Y aprovechando lo que alguna vez señaló Benedict Anderson, la comunidad no existe sin un sentido de homogeneidad, de unidad. El problema de grandes implicancias históricas es que la nación en Chile fue una construcción que superó el período de la Independencia y la conformación de la república: duró todo el siglo XIX, y para fomentarla se ocuparon distintos insumos, entre los que destaca la “historia patria” con su panteón de héroes, la bandera, el escudo y el himno nacional. Por lo tanto, viene a ser un símbolo de la comunidad imaginada por quienes construyeron el estado nacional, pero a su vez, es un símbolo de unidad de la patria por venir, y es allí, donde puede ser transversal a distintos sectores de la sociedad chilena. Y, a su vez, puede tener una significación distinta para quienes en ciertos momentos fueron arrasados por el estado nacional, como los pueblos que habitaron este territorio antes de la conformación de la república. No hay que olvidar que la mal llamada Pacificación de la Araucanía también fue un acto nacionalizador.

Por ello, es que dentro del momento constitucional que vivimos, en la discusión de los emblemas nacionales, me hubiese gustado mucho que se recuperara y se estableciera como oficial aquella bandera en la que se juró la Independencia el 12 de febrero de 1818, una con proporciones áureas y con una estrella solitaria que contiene dentro de ella la Wuñelfe. Ese símbolo es maravilloso, porque allí la perfección de la unidad representada en el emblema que es la bandera se da en la diversidad. Y ahí está uno de nuestros grandes desafíos del presente, cómo ser comunidad reconociendo, valorando, respetando y dando lugar en el espacio público al diálogo y debate desde las múltiples diversidades que se mueven en nuestro país.

Flag_of_Chile_(1818)

Por su parte, la bandera es un símbolo importante, pero no es el único. Quizá sea el más reconocido, porque está presente en colegios y en actos masivos, como en los partidos de la selección chilena. La bandera chilena siempre estuvo muy presente en distintos actos políticos a lo largo de nuestra historia, tanto por partidos de derechas, centro e izquierdas. Basta ver sus banderas y escudos, y el blanco, azul y rojo está muy presente en ellos. Durante las jornadas de protesta nacional abiertas en 1983 en oposición pública a la dictadura uno de los símbolos más prevalentes era el de la bandera. Dejó de serlo en el contexto de las movilizaciones masivas durante los gobiernos de la Concertación. La eterna transición a la democracia es bien responsable de la desafección que un sector de la población tiene hacia la bandera. Y aquí es relevante decir que ella volvió a aparecer masivamente en las calles en las movilizaciones del octubre de 2019 y que estuvo presente en el acto de cierre del Apruebo el jueves pasado, acto que se cerró con la interpretación pianística del Tío Valentín Trujillo. Por eso creo, que no vale la mención de lo positivo o negativo per se. Eso está dado por el uso. Cuando Los Prisioneros cantaron “No necesitamos banderas” en el Festival de Viña el 2003, Jorge González improvisó lo siguiente: “Una bandera es linda cuando juega la selección. / Cuando la dibujamos cuando chicos en el pizarrón. / Cuando Marcelo, Iván o Pizarro meten un gol, sí. / Pero no cuando hay que ir a matar, / allí no es linda, cuando hay que ir a odiar”La bandera se vuelve un emblema vaciado de sentido cuando es apropiada por grupos que hacen apología del odio, que vulneran la memoria de quienes sufrieron los rigores de las violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Pero con esas salvedades, la bandera no le pertenece a nadie y nos pertenece a todas las personas que somos chilenas y queremos el bienestar para quienes habitan en este país, connacionales y extranjeros.

Es aquello en particular lo que me hace creer que la performance de “Las Indetectables” en Valparaíso el sábado pasado fue horrible. Una conjunción entre vulgaridad y pobreza mental. El uso grotesco de la bandera siendo defecada e invocando el “aborto de Chile”, procede de un individualismo ególatra que ningunea al resto. Que no tiene en cuenta que la bandera es un emblema importante no sólo para quienes maltratan irrespetuosamente como “fachos pobres”. Por supuesto no está de más decir que la gran desaprobación que recibió esta performance, también respondió al hecho de la presencia de niñas, niños y adolescentes que fueron expuestas y expuestos a este acto.

Junto con ello, no creo que la respuesta a esto se dé en el marco de la fiscalización o el control, aunque hay legislación respecto del uso de la bandera y sobre las ofensas al pudor. Ni la ley ni la fiscalización tienen el poder de cambiar la conducta y las percepciones éticas de las personas. Ahí, lo que debiera ser preponderante es la reflexión. Cómo se conecta el arte con lo político, cómo aquello que se realiza en la esfera pública beneficia o daña la conciencia de las otras personas, cómo suma o resta a la causa en la que creo y trabajo. Esa ausencia de reflexión se hizo presente performáticamente. Antonio Gramsci decía que: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”. Por eso acá hubo puro morbo que gozó lo individual perdiendo de vista lo societal.

Luis Pino Moyano.

Las epístolas de Ricardo Lagos.

El ciudadano Ricardo Lagos, el mismo que apuntó en pantalla al dictador, que fuese presidente de la república entre 2000 y 2006, y que terminara siendo defenestrado por su propio partido en abril de 2017 en su último intento de candidatura presidencial, sigue siendo un actor político clave. Nos guste o no. Lo evaluemos desde su lucha antidictatorial, o desde la clave del socialismo renovado, o desde una presidencia que comenzó con la idea del primer presidente socialista luego del golpe militar que derrocara a Salvador Allende y que terminó con el aplauso cerrado del empresariado en ese acto litúrgico que es la ENADE, o desde los fiascos del CAE y el Transantiago. Pese a ello o junto con ello, Lagos sigue siendo uno de los últimos bastiones de la política letrada: un político que escribe, que explica latamente y que sigue pensando al país de cuarenta o cincuenta años hacia adelante. Desde dicho prisma, que cuando pienso en el expresidente es el factor preponderante de mi mirada sobre él, sus dos epístolas vienen a ser una contribución al debate político democrático. Sí, porque la política en la democracia no se construye en la negación del conflicto sino en su explicitación en un marco institucional y/o público. Por ello, creo importante analizar dichos documentos

La primera epístola de Ricardo Lagos. 

La primera epístola laguiana fue fechada el 16 de junio de 2022, y tiene como destinatarios Elisa Quinteros y Gaspar Domínguez, en cuya salutación y luego de la formalidad, les refiere como “estimada amiga, estimado amigo”. Un detalle no menor, es que la carta tiene el membrete de la Fundación Democracia y Desarrollo, presidida por Lagos y que es el espacio creado por él para seguir teniendo un nexo con el debate público. La carta es breve, y se dedica en un primer momento a enumerar las ocasiones en las que Lagos contribuyó a la discusión de la Convención Constitucional, ya sea por iniciativa personal o por invitación de algunas comisiones. Luego, y teniendo dicha actuación como precedente, solicita que no se le tenga en cuenta para participar del acto de presentación del texto final de la propuesta constitucional llevado a cabo el 4 de julio, teniendo como causa el aforo del lugar y la prioridad a otras personas que no tuvieron sus mismas oportunidades de participar con antelación. Como el documento que apareció en el espacio público fue escaneado, puede notarse su firma, además de una despedida escrita a mano que señala “con especial afecto!!!”. 

No se corre ningún riesgo interpretativo para señalar que este es un documento triste, pues viene a ser respuesta a la falta de consideración, decencia y cordialidad de la Comisión no sólo a un expresidente, sino a quien tuvo el interés de “colaborar, en la medida de mis posibilidades, con el trabajo de la Convención Constitucional”. Si bien es cierto, Ricardo Lagos es uno de los sujetos claves de los 30 años que son el germen del reventón social de octubre de 2019, como señalé en mi post anterior sobre el proceso constituyente, la discusión sobre la invitación a los expresidentes fue morbosa, pues mostró a los convencionales que se oponían a ella como erráticos, torpes y poco inclusivos a la diversidad. La carta de Lagos visibilizó la falta de cortesía que cuando se manifiesta no quita lo valiente. Es decir, esta carta no es triste por lo que refiere a Lagos, sino en relación a la calidad democrática de la instancia constituyente, que le hace un flaco favor al proceso. 

La segunda epístola de Ricardo Lagos. 

Esta es una carta general, urbi et orbi, y que fue fechada hace dos días atrás, el 5 de julio de 2022, y que fue difundida a través del blog personal de Ricardo Lagos [2]. Al final del texto del blog existe la posibilidad de descargar el documento en formato PDF, lo que ha generado una disputa en redes sociales, puesto que cuando se busca el origen del documento aparece que su autoría corresponde a “jorge correa” [sic]. A mi juicio es una disputa vacua, puesto que Jorge Correa Sutil que en una primera instancia habría señalado no tener nada que ver con el documento, reconoció su participación en los siguientes términos: “En efecto, he conversado algunos aspectos constitucionales con el Presidente Lagos, quien me mostró un borrador escrito, al que le incorporé cuestiones de técnica constitucional. Yo mismo reescribí el texto pero finalmente fue el propio Presidente quien visó algunos aportes y eliminó otros que le planteé. El Presidente Lagos no es pauteable” [2]. Es decir, Correa habría participado como un amanuense, que goza de la libertad editorial de corregir y añadir, pero que no puede visar o declararse como autor del documento, sea cual sea la extensión de lo que haya escrito. El documento está firmado por Ricardo Lagos y eso es lo que termina valiendo. 

Por muy duras que sean las palabras de Ricardo Lagos, hay muchos instantes de verdad en ellas, y es necesario que tengamos en cuenta sus alcances. Enumero:

· Es cierto que el momento constituyente no habrá terminado el 4 de septiembre de 2022, sea que gane el “Apruebo” o el “Rechazo”, y frente a esa coyuntura el gobierno tendrá que abrirse como conductor del proceso y el congreso suscitar en tiempo breve un proceso de reformas, ya sea a la Constitución vigente o a la nueva. 

· La palabra consenso tiene una mala barra producto de su uso hasta el hartazgo por ciertos actores de la fenecida Concertación, pero ella tiene un talante democrático que supone el diálogo honesto, el encuentro con los diferentes sean mayoría o minoría, y el acuerdo que posibilita la sociabilidad. Y si bien es cierto, ninguna Constitución en estricto rigor es “la casa de todos”, es esperable que un texto de dicha índole debiese permitirnos ”dejar de debatir acerca de ella para convivir dentro de ella” [3].

· Lagos señala: “Si gana el apruebo, se debe abrir el debate para incorporar mejoras en el texto. Si gana el rechazo, lo logrado por la Asamblea Constituyente no podrá dejarse de lado, pues hay elementos muy rescatables en su propuesta, que debieran ser incluidos en cualquier Constitución que se escriba en el futuro” [4]. No me referiré a las propuestas de cambio que en los párrafos siguientes menciona el expresidente, pero sí lo haré respecto de la cuestión de fondo. Acá Lagos no está señalando un apoyo a las opciones “Apruebo” o “Rechazo”, sino que está realizando un acto de constatación de realidad. Si gana una opción y no la otra, tal cosa es lo que debería ocurrir, es la lógica discursiva. Lagos sigue en la suya, haciendo política con mayúsculas, pensando en el devenir, en los escenarios posibles, y claro está, quienes están “arriba de la pelota” legítimamente en una de las dos opciones, no logran percibir aquello. Es clave para la acción política construir múltiples escenarios para dotarlos de viabilidad en el futuro. Por eso dice: “El desafío por venir consistirá en construir una buena Constitución que nos una, a partir del texto que resulte vencedor” [5]. Y cierra su carta señalando: “Como otras veces en nuestra historia, Chile podrá hablar con una sola voz interpretando a la inmensa mayoría de chilenas y chilenos, que esperan de este ejercicio un país unido en su carta constitucional para el Siglo XXI” [6]. Lagos no está pensando en la coyuntura constitucional, está pensando en el Chile de cuarenta o cincuenta años más. Y quienes han seguido su carrera política sabrán que esa mirada ha sido una constante en su lectura de la realidad social. 

¿Dónde está el problema?

A mi juicio hay un problema triple. Dos problemas son de quienes leemos los documentos. Y el último, fue suscitado por su autor. 

Respecto de los problemas suscitados por la lectura de los documentos, uno proviene de la intención de encasillarlos en una opción, principalmente la del “Rechazo”. Esto ha generado que personas que a fines de los 80 y principios de los 90 veían a Lagos como un continuador de la Unidad Popular (para lo cual se realizó una de las más sucias campañas políticas en la historia republicana de Chile), hoy se declaren “laguistas”, medio en serio o medio en broma. Y junto a ellos, resucitados actores de la fenecida Concertación (léase, Tarud, Alvear y hasta Landarretche), aprovechándose del capital político de Lagos, salgan a realizar un manifiesto apoyo a la opción “Rechazo”. Por otro lado, figuras laguistas (el también resucitado Escalona), salen a corregir al expresidente en su discurso escrito. ¿Cuántos más se encontrarán con el complejo freudiano de matar al padre por estos días? Pero ese anhelo, surge de un error interpretativo muy recurrente en los tiempos de predominancia de las redes sociales: atribuirles a los textos cosas que no dicen. Lagos no se está posicionando por un “Apruebo” o un “Rechazo” en su segunda epístola, porque no es la finalidad de dicho documento. Por ello, creo que el criterio interpretativo de Gabriel Boric sobre las palabras del expresidente es acertado. Él señaló: “A mi me parece que lo que señala el expresidente, por cierto muy respetable dada su trayectoria, y que pone dos escenarios que son para mí bastante claros. En uno, de aprobarse la Constitución hay que hacerle mejoras, como lo señaló ayer la presidenta de la Convención Constitucional, como lo señaló Gaspar Domínguez también, como yo mismo, como presidente de la república estoy de acuerdo de que hay que tener esa disposición. Y en la otra opción, que es en la que gana el Rechazo, hay que depender del veto histórico que ha tenido la derecha para hacer reformas sustantivas a la Constitución. Es el pueblo el que tendrá que decidir. Yo siempre he dicho que ambas opciones son legítimas, nuestro rol como gobierno es que todos los chilenos y chilenas voten informados, para eso estaremos contribuyendo en la distribución del texto, y ojalá haya un debate con altura de miras” [7]. Esta declaración enfatiza en el carácter de constatación de la realidad que tiene el documento de Lagos. 

Por otro lado, el segundo error de análisis de lectura, proviene de no leer el texto en su contexto. No es la primera vez que Lagos habla sobre la Constitución de 1980, reformada bajo su presidencia en 2006. Y hay un texto capital para referir lo que piensa de la carta fundamental vigente: sus memorias. Las memorias son un tipo de documento que está pensando todo el tiempo en el porvenir, en cómo quiere ser evaluado el testimoniante en el futuro. Y Lagos escribió una muy extensa memoria publicada en dos tomos. En la introducción del segundo tomo, que habla desde el día siguiente al triunfo del NO el 5 de octubre de 1988 hasta el último día de su gobierno el 11 de marzo de marzo de 2006, el expresidente reporta un elemento temporal relevante. Ese tomo se terminó de escribir una semana antes del 18 de octubre de 2019. Entonces, antes del 18 de octubre, en medio del desarrollo de su testimonio, Lagos señaló sobre la Constitución vigente: “Nunca se pensó que la ‘nueva’ Constitución de 1980 – sin los enclaves autoritarios- significaba un orden político perfecto ni una democracia absoluta. Sí, en cambio, pensamos que la eliminación de estos enclaves ya permitía hablar de una democracia estándar; por eso usamos mucho el concepto ‘test democrático’ para graficar el punto. Ese fue el avance logrado con la reforma de 2005” [8].  Después del 18 de octubre, específicamente en mayo de 2020, Lagos señala en una introducción en la que se hace cargo auto-críticamente de la proclama contra los 30 años, lo que sigue: “Dicha Constitución, no obstante sus correcciones ha seguido siendo una camisa de fuerza a la cual hemos tenido que sujetarnos todos los gobernantes. […] Esta Constitución, tan difícil de reformar -sumada a cientos de normas, leyes y reglamentaciones dictadas por la dictadura saliente, y la tenaz oposición de la derecha de modificar en algo las reglas del juego- dio como resultado que los posteriores gobiernos democráticos han debido desenvolverse con este modelo y conseguir, dentro de sus acotados límites, mejorar la calidad de vida de los chilenos” [9]. Por tanto, Lagos reconoce allí las escasas posibilidades para el juego democrático que otorga la actual Constitución, y que las reformas que derivaron de la destrucción legal de los enclaves autoritarios, habría posibilitado con dificultades algunas reformas para el bien de la sociedad, y que ella misma, no es en ningún caso el texto de la democracia por excelencia. En otras palabras, si el Rechazo gana, es ese texto el que se mantiene vigente. Un texto originado en dictadura, al que se le realizaron las reformas que fueron posibles de ser efectuadas, con la fuerza transicional de la derecha mediante. Este juicio a la Constitución que lleva su firma es clave interpretativa para las alusiones recientes del expresidente. 

No obstante todo lo anterior, creo que Lagos ha asumido el problema suscitado específicamente por su segunda carta de manera insuficiente. Cuando se escribe, se tiene que asumir lo que se dice y pedir ser evaluado por aquello, pero también, en la medida que sea necesario, hacerse cargo de lo que se entendió, porque el acto comunicativo se da con otros. Lagos, luego de asentar que el juicio de su carta debe centrarse en la constatación de la realidad, señaló hoy 7 de julio lo siguiente: “habríamos esperado que hubiera un alto grado de consenso, porque en definitiva eso es un proceso constituyente. Y el encono que veo hoy entre el Rechazo y el Apruebo es tan grande, que entonces me rebelo a ser encasillado […] como quiera que yo responda, lo único que va a servir es para ahondar que unos u otros tienen razón. El país me conoce, no escabullo los bultos, los enfrento” [10]. Si bien es cierto, es posible empatizar con Lagos al reconocer el desequilibrio comunicacional respecto de si se opta por el Apruebo o el Rechazo, y que cada cual puede optar legítima y libremente por una de esas alternativas, y junto con ello, reconocer que sus palabras no pueden ser utilizadas como criterio de autoridad a diestra y a zurda sin un ejercicio comprensivo, no es posible llevar a cabo toda su solicitud. Él no puede rebelarse del todo a ser encasillado. Puede no querer estar encasillado en el Apruebo o el Rechazo, pero él ya está encasillado históricamente: socialista, fundador del PPD, expresidente de la república. Entonces, no puede desconocer su propio contexto de enunciación. No es cualquier militante de base de un partido que puede rebelarse contra la línea de su orgánica. Es un militante histórico cuyas palabras están cargadas de dicha densidad. Y si no quiere ser encasillado, habría que señalarle al expresidente que ya lo ha sido por algunos como parte de la opción “Rechazo”. Por ende, lo más coherente para la discusión democrática en su caso no es ser encasillado, sino voluntariamente encasillarse, sea en la opción que su partido ha asumido o en otra decidida por la libre. Su trayectoria política lo hace responsable de ello. 

Si hay algo que queda claro de toda esta discusión es que, a diferencia de lo que algunos han señalado, la política es con llorar y, como el mismo Lagos dijo el día en que fue defenestrado por su partido y al final del segundo tomo de sus memorias, “la vida continúa”. Veremos cómo continúa.

Luis Pino Moyano.


[1] Ricardo Lagos. Declaración sobre una nueva Constitución. En: https://www.ricardolagos.org/2022/07/05/declaracion-sobre-una-nueva-constitucion/#more-1099 (Consulta: julio de 2022).

[2] “Definitivo: Correa Sutil, declarado hombre del Rechazo, reconoce que coescribió la carta de Ricardo Lagos”. En: https://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2022/07/07/definitivo-correa-sutil-declarado-hombre-del-rechazo-reconoce-que-coescribio-la-carta-de-ricardo-lagos/ (Consulta: julio de 2022).

[3] Lagos. Declaración… Op. Cit.

[4] Ibídem. 

[5] Ibídem.

[6] Ibídem. 

[7] En: https://twitter.com/T13/status/1544377183560499201 (Consulta: julio de 2022. Corresponde a un tweet de la cuenta del noticiero Teletrece, que tiene un vídeo de una entrevista en vivo a Gabriel Boric el mismo día 5 de julio de 2022, día en que fue publicada la segunda carta de Lagos). 

[8] Ricardo Lagos. Mi vida. Gobernar para la democracia. Memorias II. Santiago, Penguin Random House Grupo Editorial, 2020, p. 795.

[9] Ibídem, p. 18. 

[10] “‘Me rebelo a ser encasillado’: Ricardo Lagos se niega a hacer pública su opción para el Plebiscito y explica el ‘malentendido’ de su carta. En: https://www.theclinic.cl/2022/07/07/ricardo-lagos-opcion-plebiscito-carta/ (Consulta: julio de 2022. Toma un fragmento de la entrevista que será publicada en La Tercera el próximo domingo 10 de julio de 2022).


La primera epístola:

La segunda epístola:

Momento constituyente: El proceso, una evaluación.

“La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados” [1]. Estas palabras del pensador sardo Antonio Gramsci, muy citadas en la actualidad en diversos análisis políticos, es un muy buen punto de partida para pensar en un proceso de evaluación del momento constituyente. Lo viejo, lo nuevo y el morbo, tan presentes en el Chile post 18 de octubre de 2019 y que se agencian cada día como un criterio de realidad en una etapa transicional que está por verse hacia dónde nos lleva. 

Lo viejo que muere.

Si bien es cierto, cada vez más creo que lo vivido en octubre-noviembre de 2019 no fue un proceso revolucionario ni de revuelta, sino de un reventón histórico, que como tal catalizó el malestar guardado por décadas en la sociedad chilena, que hizo que se nos cayera la máscara del mito de la diferencia en relación a nuestros vecinos latinoamericanos, y que explosionó con a lo menos tres rostros no necesariamente relacionados entre sí: el rostro de la protesta social, el rostro de la violencia reactiva y o de la agresividad performática (léase la primera línea y sus símiles), y un rostro lumpen manifestado en saqueos y otros actos violentos sin móviles políticos. A todo ese marco, habría que sumar la incapacidad de un gobierno de dar respuesta oportuna ante la situación crítica y las acciones represivas en las que ojos cegados por balines policiales son más que un símbolo del abuso de poder, son una atrocidad en sí mismos. 

Y algo hizo cambiar la tecla, sobre todo luego de la marcha del millón, en la que comenzó a aparecer en paralelo a los cabildos autoconvocados en distintos sectores del país, la demanda de un nuevo contrato social. Una nueva Constitución. Y eso marca un hito político, pues ya no era el Chile de Pinochet el que aparecía en el horizonte, sino el de Jaime Guzmán, sostenido por la Concertación, la Alianza por Chile, la Nueva Mayoría y Chile Vamos durante treinta años. Parafraseando al vate, por ellos, los de entonces, que seguían siendo los mismos atados a un documento firmado originalmente por los integrantes de la Junta Militar de Gobierno y los ministros de la dictadura cívico-militar en 1980, y luego firmada por Ricardo Lagos y sus ministros en la reforma que quitó los enclaves autoritarios de ella en 2005. Ese documento con autoría y co-autoría es una metáfora de lo que ha muerto: el orden democrático construido por la dictadura militar y seguido, en continuidad y cambio, por gobiernos de alianza por treinta años. Esa democracia que hizo devenir al pueblo en gente y a la ciudadanía en consumidores agotó su ciclo, en una época en lo que se reclama es una política que dé la cara y en la que exista una mayor participación de las personas. 

La crisis de Chile podría agudizarse después del 4 de septiembre de 2022. Pero no por lo que pase con el Apruebo o el Rechazo, sobre todo pensando en la hipotética posibilidad de triunfo de la última alternativa, sino por el desconocimiento que el ciclo inaugurado el 11 de septiembre de 1973 y consolidado el 11 de marzo de 1990, tuvo su fin el 15 de noviembre de 2019. El 15 de noviembre de 2019, no sólo se marcó el cierre del octubre chileno, sino que se le puso la lápida al orden guzmaniano de la política. El proceso constituyente fue la salida institucional a esa crisis y dicha propuesta bajo la pregunta de “¿Quiere usted una nueva Constitución?”, fue aprobada por un 78,28% de la ciudadanía que votó en el plebiscito del 25 de octubre de 2020. ¿Qué quiero decir con esto? Que si la opción “Rechazo” llegara a ganar, la opción no está en reformar la Constitución de 1980-2005, sino en su modificación por otro mecanismo, porque su orden ya murió. Y su acta de defunción, paradójicamente, también fue firmada por quien era presidenta de la UDI en un acto freudiano en el que se mató al padre. 

Lo nuevo que (¿no?) puede nacer. 

Si bien es cierto, parte importante de lo nuevo que estaría por nacer se encuentra en el texto del borrador de la nueva Constitución, señalo inmediatamente que no me referiré a dicho documento por ahora, pues dedicaré dos posts a dicha temática, uno viendo pros y otro contras del texto. Pero si quisiera señalar algunas ideas a modo de provocación:

· El plebiscito de salida considerará una participación universal y obligatoria, cosa que no ocurre desde las elecciones presidenciales del 2009. Las elecciones municipales de 2012 fueron las primeras en realizarse con padrón universal, con inscripción automática, pero con voto voluntario. Desde hace diez años no sabemos cómo vota la mitad de la población que puede hacerlo. Por lo tanto, más allá de lo que señalan las encuestas que constantemente son promocionadas en los medios de comunicación, hay un margen de incertidumbre muy grande. Dicho de otro modo, existe posibilidades de que gane la opción Apruebo o la opción Rechazo. Reconocerlo y aceptar el juego democrático es un ejercicio clave para quienes creemos en la posibilidad de una sociedad. Pero así como señalé en el ítem anterior que un potencial triunfo de la opción Rechazo no puede impedir la muerte del viejo ciclo, el potencial triunfo de la opción Apruebo no puede asegurar el nacimiento de lo nuevo. Y no sólo por la idea del “Apruebo para Reformar” que sostienen algunos, sino porque existe la posibilidad que este texto no logre perdurar, y sea cambiado antes de lo que se imagina. O, por otro lado, porque dejando tanto margen para la ley, los anhelos de cambios de su espíritu no logren concretizarse en la realidad. 

· En segundo lugar, una pregunta: ¿cuánto de lo nuevo sigue portando lo viejo? Y aquí, ya no citaremos a Gramsci o algún medio de izquierdas, sino a Morgan Stanley y Barclays que desde Wall Street llaman a no tener miedo al cambio constitucional pues el nuevo orden inaugurado por el texto constitucional estaría “promoviendo la inversión y manteniendo un marco fiscal mayoritariamente ortodoxo”, ya que la Convención habría descartado “reformas radicales” [2]. Ergo, ¿muere el fruto político del chicago-gremialismo guzmaniano pero no su fruto económico? ¿Tendremos un neoliberalismo con un estado más fuerte en el plano tributario? Todo eso suena al capitalismo con rostro humano del que hablaban representantes de la vieja Concertación. 

· Y en tercer lugar, lo nuevo tiene mucho que ver con el gobierno de Gabriel Boric. El nexo con el triunfo del Apruebo parece estar más que claro, sobre todo en cuestiones de aplicación del programa. Pero, será mayor su responsabilidad política a la hora de un potencial triunfo del Rechazo. ¿Cómo catalizar la muerte de lo viejo y el nacimiento de lo nuevo en ese escenario? Ese papel no será el de “Amarillos por Chile” ni el de quienes propiciaron más abiertamente la opción Rechazo, o quienes están por el “Apruebo para Reformar”, sino de quien tiene el papel de conducción política, a saber, el poder ejecutivo. Por eso, el gobierno, y principalmente el presidente, no pueden atarse al Apruebo, por más unión histórica, política y simbólica que se tenga con dicha opción. Esa prescindencia será acicate para la templanza necesaria y sentido republicano para afrontar lo nuevo si esto no llega a nacer por la vía plebiscitaria. 

Los fenómenos morbosos más variados del interregno.

Cuando comenzó el proceso constituyente estaba muy animado con el mismo. Esto porque se trataba de una posibilidad histórica inédita en doscientos años de vida republicana: una Constitución hecha en democracia. Por otro lado, claramente, este proceso ha hecho visibles disparidad de criterios en muchas temáticas, con largas discusiones. Esas discusiones no son el elemento morboso, y no tienen por qué serlo. Vivimos en una sociedad tan dañada por la dictadura y la democracia en la medida de lo posible, que generó la idea que la convivencia está sostenida en el tabú, que cualquier intercambio de ideas es leído como enojo, pelea y/o enemistad. Claramente, comisiones elegidas a dedo por gobiernos autoritarios o por un dictador no van a generar discusiones altisonantes por que lo que allí prima es la homogeneidad y uniformidad. 

El morbo está el el Pela’o Vade que falsea un cáncer, usufructuando de su performance doliente para conseguir poder, a la par de reírse en la cara de miles de personas que sufren dicha enfermedad. El morbo está en no cantar y abuchear el himno nacional musicalizado por la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile en un adultocentrismo y falta de realismo político de tintes patéticos. El morbo está en el griterío, ordinariez y espíritu de funa de Elsa Labraña o Teresa Marinovic, ambos símbolos de un autoritarismo que no es patrimonio de derechas o izquierdas.  El morbo está en la extinguida Lista del Pueblo llamando a fumar a quienes no son tan rojos como ellos según su desvencijado izquierdómetro. El morbo está en presidentes de comisiones que no sueltan el celular durante la sesión y olvidan a personas que tienen pedida la palabra. El morbo está en convencionales como Logan que no se apersona en el ex Congreso Nacional para cumplir su función. El morbo está en el convencional Nicolás Núñez que pretende votar estando en la ducha. El morbo está cuando en un egoísmo increíble se produce una larga votación para elegir a la nueva mesa de la Convención, teniendo las posibilidades de realizar un proceso limpio y sin las mezquindades de cara al país. El morbo está en convencionales que legítimamente estuvieron por la opción Rechazo en el plebiscito de octubre de 2020, pero que siendo elegidos/as como convencionales no hicieron nada para contribuir al debate con sus propuestas, sobre todo pensando que ahora son partidarios de reformar la Constitución que nunca quisieron modificar. El morbo está en la Comisión de Medioambiente a la que se le rechazó en general y en dos ocasiones su informe en el Pleno de la Convención, por esos fundamentalismos del punto y la coma de las particularidades posmodernas. El morbo está en toda la faramalla causada por la no-invitación a los expresidentes de la república, responsables de “los treinta años”, pero que en la escenificación les muestra erráticos, torpes, poco inclusivos a la diversidad. La sólida respuesta de Ricardo Lagos y las duras dos líneas de Eduardo Frei negándose a asistir a la entrega del borrador final son la coronación a la morbosidad. ¿Hay nivel de superación aún?

Ese morbo lo único que ha hecho ha sido restar. Y eso, no niega que muchos convencionales han hecho el trabajo con seriedad, aportando al debate, trabajando hasta largas horas de la noche, para tener en los tiempos establecidos el trabajo realizado. Todo mi respeto a personas que han contribuido a aquello, de diverso signo: Dámaris Abarca, Ignacio Achurra, Rodrigo Alvarez, Benito Baranda, Marcos Barraza, Alondra Carrillo, Roberto Celedón, Bernardo de la Maza, Gaspar Domínguez, Elisa Loncon, Cristian Monckeberg, Agustín Squella, entre otros/as. Sí, de distinto signo. Porque han contribuido al debate, discutido en buena lid, ayudado a ampliar las miradas. Todo mi respeto. Quienes han caído en la morbosidad y en el exhibicionismo egolátrico no merecen una sola palabra. 

El 4 de julio de 2022 la Convención Constitucional dejará de existir. La palabra estará en manos de la ciudadanía el 4 de septiembre de 2022. Lo viejo ya murió. Veremos si lo nuevo nace con el Apruebo a la nueva carta magna. O, en su defecto, veremos si los monstruos creados por el morbo pavimentaron el camino para el triunfo del Rechazo. Y si eso sucede, no será responsabilidad ni logro de una derecha aniquilada por Sebastián Piñera, sino por estricta responsabilidad de quienes quisieron ganar su propio gallito de la particularidad y la identidad propia en detrimento del país. Ese es el problema que produce la falta de realismo que te hace creer que estás haciendo historia con todo lo que haces. En ese constructo, nada termina siendo histórico, salvo la derrota. 

Luis Pino Moyano.


[1] Antonio Gramsci. Cuadernos de la cárcel. Tomo 2. México D. F., Ediciones Era, 1975, p. 37. Corresponde al Cuaderno 3 (1930 <34>).

[2] Iván Weissman. “El borrador de la nueva Constitución: Wall Street y Sanhattan hacen sus propios cálculos”. En: El Mostrador Semanal. 19 de mayo de 2022. https://www.elmostrador.cl/el-semanal/2022/05/19/1774626/ (Consulta: junio de 2022). 


Posts anteriores ligados a lo abordado acá:

El reventón social que nadie imaginó. (20 de octubre de 2019).

Nueva Constitución… muchas preguntas que requieren respuesta y definición. (19 de noviembre de 2019).

¿Hay una revolución en Chile? (12 de marzo de 2020).

¿Aprobar una nueva Constitución es una posición evangélica? (17 de septiembre de 2020).

Triunfo del Apruebo: emociones y trabajo por delante. (30 de octubre de 2020). 

¿Por qué es importante ir a votar? (14 de mayo de 2021).

Lo que se viene para el proceso constituyente a partir de los resultados electorales. (31 de mayo de 2021).

Crónica de un día histórico: Inauguración de la Convención Constitucional (4 de julio de 2021).

Religión y proceso constituyente. (13 de agosto de 2021).

La Lista del Pueblo: su agonizante destrucción de lo político. (28 de agosto de 2021).

La Lista del Pueblo: su agonizante destrucción de lo político.

El espectáculo brindado de un tiempo a esta parte por la autoproclamada “Lista del Pueblo”, especialmente por sus élites, ha estado cargado de un tinte tragicómico, propio de una política analfabeta que se centra en lo performático y en el imaginario, al modo de una publicidad de productos que satisfacen la necesidad de consumir. La pregunta cae de cajón: ¿cuál es el producto que se intentó poner a disposición? Y la respuesta es sencilla: proveer de un nuevo referente de izquierdas, por supuesto, más de izquierda que los otros existentes, compuesto efectivamente por el “pueblo” y no por sujetos corrompidos por la política institucional y/o tradicional. 

Para lograr su objetivo (auto)promocional, no han dudado en asumir el tono de las asambleas universitarias, donde los que gritan son los que ganan y donde la propuesta más radical -por irreal que sea en contenido y forma de aplicación- es la verdad verdadera que se opone al amarillismo. Por ello, toda posibilidad de lograr consensos es pensada como una transacción, o en la lengua que les es propia, una cocina. Y, quizá, dentro de lo más antiético y antiestético, esté la legitimación de una serie de actos de matonaje, entre ellos el vivido por el candidato presidencial Gabriel Boric, quien carga con el letrero del rey de los amarillos por firmar el acuerdo de noviembre de 2019 y dar su apoyo a una ley conocida como “antibarricadas», claro está, sin que los sesudos críticos de las redes sociales ad hoc pudiesen diferenciar aquellos artículos que sancionaban delitos como los saqueos e incendios, o los daños provocados a bomberos e instituciones de salud. El uso mañoso de la información, en este caso, trae el rédito de la pureza. Como objeto de consumo, la “Lista del Pueblo” sería un producto de fina selección. 

Pero es aquí donde se hace manifiesto un problema de origen y estructural de este producto performático: el purismo choca con su tendencia al divisionismo -siempre hay más puristas dentro de los puristas- y, porque cuando la expectativa no se condice con la experiencia, el efecto del discurso moral se desinfla. Y en el tiempo presuroso de la política en un momento constituyente, dicho problema se ha manifestado con esos dos alcances. Por un lado, han buscado presentar un candidato a la presidencia de la República, comenzando por Sharp, pasando por Cuevas y terminando en el fiasco de la candidatura de Ancalao. El “divide y vencerás” tradicional, se vive como si el sistema binominal nunca se hubiese acabado en Chile, puesto que en dicho formato la competencia electoral más feroz es con el “amigo”. La “Lista del Pueblo” ha adolecido de dos de los estigmas más lacerantes de las izquierdas en Chile: por un lado, ese realismo mágico que lleva a confundir retórica con realidad y, por otro, esa tendencia de incapacidad de generar alianzas que no se peleen por el punto y la coma. La experiencia de fracasos y derrotas de este sector de lo político debiese servir de algo a estas alturas. Pero para coaliciones como la “Lista del Pueblo” el pasado y el futuro no son tema. El puro presente importa. No hay historia y no hay proyecto, ergo no hay real y concreta voluntad de poder. 

El moralismo también ya ha perdido su fuerza. Comenzando por ese procedimiento electoral estilo reality show con un proceso de selección en el que una comisión elegida a dedo dictamina si el sujeto es candidato o no, a pesar de la pontificación contra la “cocina”. Es fácil y populachero gritar “el pueblo unido avanza sin partidos”, para luego “pasar máquina” e instrumentalizar en torno a un mero sentido de popularidad. Con ese mismo moralismo, la convencional Elsa Labraña grababa, o transmitía en un live, a Fernando Atria, cuando éste explicaba por qué la Convención no tiene facultades para cambiar el quórum de 2/3 y, junto con ello, por qué se oponía a los plebiscitos dirimentes tal y como fueron propuestos como idea linda pero sin aterrizaje. Y para qué hablar del espectáculo tragicómico del casi-candidato Diego Ancalao, quien presentó 23.135 partrocinios de su candidatura con firma y timbre de un notario fallecido en febrero de este año y cuya notaría había cerrado en 2018. Y sí, adivinaron, no hubo autocrítica, sólo anuncios de querellas contra Ancalao y perdón por un acto del que no serían responsables, cuando lo que habría que hacer es cerrar la puerta por fuera. Precisamente, para eso sirven los partidos políticos: organizar en torno a proyectos y no por panfletos o consignas. Aquí, en la “Lista del Pueblo”, ¿quién renuncia o pone su cargo a disposición? ¿Quién se hace cargo del mecanismo elegido para designar al candidato? ¿Quién organiza el proceso autocrítico que conduzca al establecimiento de una nueva estrategia? La responsabilidad individual y colectiva brilla por su ausencia. 

El divisionismo y el moralismo serán las palas con las que se cave la tumba política de la “Lista del Pueblo”. Quisieron destruir lo político y la política, en su sentido deliberativo y de producción de pensamiento crítico, les está dejando a la vera del camino por la vía desmembramiento, del “fuego amigo” y de la incapacidad de entender lógicas procedimentales claramente establecidas. Aquí no hay derrota, sino fracaso. La “Lista del Pueblo” ha fracasado con todo éxito, a tal nivel, que como no hay revolución. Saturno no se devoró a sus propios hijos. No fue necesario. 

A quienes sobreviven de la “Lista del Pueblo” decirles que ya no es el tiempo de hacerse cargo de su banalización de la idea de “pueblo” y su negación de lo político, del componente estratégico que subyace al concepto, y que se hayan apoderado de un momento de nuestra historia reciente -el octubre chileno- vaciado de su épica, opacando su diversidad, imponiéndole la burka de la seriedad de la muerte que sólo se queda con la indignación. Ya no tiene sentido pensar en la durabilidad de dicha coalición, que emergió como un instrumento para la llegar a la Convención Constitucional y no para otra cosa. En lo que se debe pensar, particularmente sus convencionales, es en no perder de vista la alta labor que el pueblo les delegó: la tarea de construir una nueva Constitución que es la salida institucional de la crisis y la puerta abierta a un Chile democrático sin las sombras del autoritarismo. No sé si estarán dispuestos a cargar con la mochila del fracaso de dicha instancia a costas de su irresponsabilidad y falta de creatividad transformadora. 

Luis Pino Moyano.

Religión y proceso constituyente.

El 7 de agosto el pastor y convencional constituyente Luciano Silva compartió un vídeo en sus redes sociales en el que manifestó su preocupación ante la imposibilidad de colocar la “bandera cristiana” en la antigua sede del Congreso Nacional, lugar en el que sesiona la Convención Constituyente. En dicho lugar, han sido enarboladas las banderas del país, de los pueblos originarios representados en la Convención, del movimiento que aglutina a las diversidades sexuales y del feminismo. Estos emblemas estarían ahí, en palabras de la presidenta de la Convención Elisa Loncon, según el testimonio de Silva, por “criterio regional, de paridad y de diversidad”. Hasta ahí, la argumentación podría ser atendible. Pero, según las palabras de Silva, Loncon habría señalado que no le gusta el cristianismo “por ser una religión colonizadora”, razón por la cual la bandera cristiana no sería instalada en la sede de la institución que elabora la carta fundamental para el país [1].

Lo más interesante de la argumentación de Silva es cuando plantea que no ha existido igualdad de trato, toda vez que la colocación de 27 banderas se había realizado en el contexto de la celebración del primer mes de funcionamiento de la Convención la que se amalgamó con la ceremonia ancestral pawa en agradecimiento a la Pachamama. En dicha ceremonia religiosa hubo ofrendas, música y rondas en las que convencionales danzaron con sus manos tomadas [2]. A dicha celebración, se suma todas las ocasiones en las que la machi Francisca Linconao ha recibido un trato discursivo diferenciado en la que se le reconoce como “autoridad ancestral”. En dicho sentido, intramuros de la sede política de la Convención Constitucional han existido ritos religiosos de espiritualidades diversas, en las que la fe cristiana no ha tenido cabida. 

¿Pero esta situación da para pensar, ocupando las palabras de Silva, en un acto de “violencia” y/o “discriminación”? En relación a esta problemática, aparecieron en El Mercurio dos cartas del 8 y 9 de agosto, firmadas por el sacerdote Enrique Opaso y por Manfred Svensson, respectivamente. El sacerdote Opaso, mencionando el 70% cristiano -católicos y protestantes- de la población nacional y la alta mayoría de creyentes de dicha fe en el pueblo mapuche (dato también mencionado por Silva en su vídeo), señala que “Esto es una cancelación al cristianismo. Si yo estuviera ahí (no me dejaron), habría reclamado con fuerza porque esto es intolerable” [3]. Si bien es cierto, Svensson hace alusión a las palabras de Silva en su vídeo, como a la carta de Opaso, su reflexión tiene otro cariz, pues se detiene en el aspecto simbólico y su correlato empírico en la discusión política. Para el filósofo habría un acto de diferenciación entre una diversidad y otra, haciendo una digna de exhibición en tanto tiene una valoración de bondad. Dice: “Esto es preocupante, pues las controversias sobre los símbolos adelantan el tono para cuando se entre a  discusiones sustantivas”. Más adelante señala: “decir que los símbolos a exhibir se restringen a los laicos es particularmente dudoso, en un momento en que se suele reivindicar lo mapuche no solo como cultura, sino también como cosmovisión” [4]. 

En otra sintonía, pero también en clave de reacción frente a un acto discriminatorio, es la carta elaborada por un comité de redacción conformado por pastores y obispos que cuenta con la firma de mil cuadros pastorales de diversas denominaciones evangélicas. En ella señalan que es un trato contradictorio y discriminatorio referir al cristianismo como una religión colonizadora, argumentando que: “las religiones no colonizan sino mas bien los estados y los pueblos. Las religiones y espiritualidades transmiten sus cosmovisiones de vida para que estas sean aceptadas o rechazadas libremente. Segundo, consideramos extremadamente ideológica tal respuesta, porque además menoscaba el libre juicio y voluntad del 96% del pueblo mapuche que actualmente profesa el cristianismo ya sea católico o evangélico y que, dicho sea de paso, tampoco estarían representados en su credo en esta convención constitucional. El pueblo mapuche que cree lo mismo que la presidenta, son el 3,6%” [5]. Luego, desde un perfil histórico, argumentan que el protestantismo no estuvo ligado a la empresa conquistadora y colonizadora de España, que además fue perseguido por la religión mayoritaria y que ha hecho un tremendo aporte a la sociedad desde distintos frentes. Por todo ello, plantean que “El no aceptar que en la diversidad de esta Convención esté representada nuestra fe en el símbolo de la bandera cristiana, sería una señal negativa de cara a las discusiones que se darán en torno a libertades tan importantes como lo son la libertad de culto, expresión y conciencia. Recordamos que la nueva Constitución debe ser la casa de todos y cada símbolo en la convención es de suma importancia” [6]. La carta es firmada por una organización llamada “Plataforma Evangélica Nacional” (PLENA), cuya directiva está conformada por los obispos José Rivas, Héctor Cancino, Roberto López, y por los pastores Julio Menéndez y José Luis Uriel. Además es firmada por Alfred Cooper, representante protocolar de las Iglesias Protestantes y Evangélicas, y por Daniel Anabalón, capellán en el Palacio de La Moneda. A eso se suman otras firmas. 

Ante todas estas lecturas, me permito elaborar unas reflexiones sobre la representatividad del símbolo, el clericalismo, lo laico y su relación con la religión, y el debate “discriminación”/“preocupante”. 

Sobre la representatividad del símbolo, no puedo dejar de decir que soy evangélico desde los siete años y en todo ese tiempo (¡32 años!) he visto en sólo tres lugares colocada esa bandera: el colegio de mi infancia, el Instituto Bíblico Nacional y en una iglesia presbiteriana. En mi niñez asistí a la Iglesia Evangélica Pentecostal, de cuyos himnarios la palabra “cruz” fue mayoritariamente expoliada (probablemente, para marcar su diferencia con el catolicismo romano y/o con la Iglesia Metodista Pentecostal), por lo que raramente un símbolo de una bandera que la posea puede ser representativa de ella. En la Iglesia Pentecostal Naciente, de la que fui miembro en plena comunión por quince años, nunca se usó, y había una bandera antiquísima de colores blanco y celeste, con un sol y una espada, sumado a los estandartes de cada iglesia local. En la Iglesia Presbiteriana de Chile, de la que soy miembro desde 2010, su símbolo es una cruz celta con otros símbolos en sus cuatro costados. He asistido en todos estos años a actividades de carácter interdenominacional, eclesiásticas o paraeclesiales, y no he visto flamear la bandera como un símbolo preponderante. Por lo tanto, reconociendo su existencia que data de 1897 de la mano de Charles Overton, y habiéndola visto en los lugares mencionados, junto con reconocer la legitimidad y validez que pueda tener para otros creyentes, entenderla como un símbolo distintivo del cristianismo me parece excesivo. Es probable que para los católicos la bandera albiamarilla del Vaticano sea más representativa y no la que ha enarbolado Silva y otros hermanos después de su vídeo de denuncia. A su vez, como muy bien señala Svensson en su carta, esta reclamación pareciera ser más un síntoma de añadirse al “clima de políticas de reconocimiento” [7], en el que no somos más que una identidad en medio de otras, perdiendo nuestra cualidad de una fe, cosmovisión y sentido de la vida omniabarcante. 

Además, no deja de llamarme la atención, el marcado clericalismo de la declaración de Silva, cuya reacción más directa es la carta firmada por obispos y pastores. De hecho, su vídeo comienza con la alusión “Queridos pastores”, a los que se les invita a firmar una solicitud de parte del mundo evangélico. Sí, “mundo evangélico”, en singular. No deja de ser relevante que evangélicos quieran participar en el espacio público y en la esfera política, pero tan preocupante como la ausencia del símbolo “bandera cristiana”, debiese ser el excesivo protagonismo de “pastores evangélicos”, como depositarios de una representatividad que sus iglesias no les han dado para sus fines, y por ende, tampoco un mundo evangélico unívoco inexistente. Silva que no está ahí por su labor de pastor -la que no ha sido puesta en receso para no producir confusión de esferas-, sino por un mandato dado por la ciudadanía de su distrito que le votó como candidato de Renovación Nacional. Tampoco deja de llamar la atención el comunicado de pastores y obispos evangélicos la misma semana de la conformación de un “Frente Social Cristiano” y su alianza con el candidato José Antonio Kast, en un bullente tiempo político. Sobre todo en nombres que se repiten en la búsqueda de cuotas de poder desde el mundo evangélico, no hay nada al azar, no hay puntada sin hilo. Y así y todo, en su denuncia se les pasa por alto que las banderas fueron puestas en un acto religioso en el que la fe cristiana no sólo no tuvo cabida, sino de la cual muchos creyentes cristianos, voluntariamente, no habría querido tenerlo. ¿O un evangélico o evangélica, cuyo símbolo más relevante es una Biblia leída, memorizada y amada, habría participado de una ceremonia religiosa que no forma parte de su fe, la que mínimamente podría haber sido denominada de idolátrica? Yo no habría participado.

A mi juicio, el tema más relevante, e insisto, el mejor expuesto por Silva, es el tema del estado laico y su relación con la religión. El estado laico, por definición, busca que todas las ideas, incluidas las religiosas, circulen y se expresen libremente en la sociedad, siempre y cuando se hagan con respeto de la diversidad y sin poner en riesgo la integridad de la persona humana. El estado laico se diferencia del estado confesional, y el laicismo secularizador o ateo, es confesional, pues niega el papel de lo religioso en el espacio público, relegándolo al fuero interno o prohibiéndolo como en los regímenes totalitarios. Quienes son convencionales constituyentes y suscriben la fe cristiana en sus diversas expresiones no pueden ni deben dejar su visión del mundo y de la vida cuando discuten políticamente, porque su fe tiene un ethos de quienes caminan en el mundo y buscan su transformación por la predicación del evangelio, pero también, por medio del testimonio en la práctica y en el trabajo. Y aunque les guste o no a algunos sujetos políticos, y sin negar los ejercicios opresivos y colonizadores de cristianos en el pasado o en el presente, eso no obsta para decir que el cristianismo fue el que construyó el camino para que las sociedades occidentales reconocieran la dignidad humana, la libertad de conciencia en el marco comunitario, la profunda relación entre derechos y deberes (presente, por ejemplo, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos), la noción de una justicia universal, etcétera. Y sí, mientras conquistadores arrasaban a sangre y fuego a nuestros pueblos, también se alzaba la voz de Bartolomé de las Casas y Antonio de Montesinos, junto con la acción de órdenes religiosas en sus misiones en las que las comunidades indianas eran respetadas y protegidas. Definir el cristianismo como colonizador es negar la base del único derecho social que el “Otro Indio” tuvo en la región. Ese papel político de larga data del cristianismo no desaparecerá de la noche a la mañana y tiene que ser respetado, sobre todo, en una instancia que busca construir el marco que constituirá la vida en la polis. 

Por ello, no creo que lo vivido sea un acto de violencia o discriminatorio, pero sí preocupante. Las palabras duras no rompen huesos. Elisa Loncon habría actuado, según el testimonio de Silva, con una parcialidad que su cargo no le provee, no por la ausencia de la bandera, sino por su alusión al cristianismo. Es preocupante, que dicha visión se traslape a otras discusiones, de las cuales la fe cristiana, en tanto cosmovisión y sentido de la vida, tiene mucho por decir y hacer. Es preocupante también, que por finalidades políticas se intente señalar que en actos como el referido y denunciado, se estaría intentando conculcar la libertad de culto. Eso oculta o ignora -ambas situaciones revisten gravedad social- que el Art. 135 de la Constitución, que forma parte de la reforma que regula el proceso constituyente, señala: “El texto de la Nueva Constitución que se someta a plebiscito deberá respetar el carácter de República del Estado de Chile, su régimen democrático, las sentencias judiciales firmes y ejecutorias y los tratados internacionales ratificados por Chile y que se encuentren vigentes” [8]. Dentro de los tratados internacionales, está el derecho internacional, en el que destaca la Declaración Universal de los Derechos Humanos que señala en su Art. 18: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia” [9]. Por ende, la nueva carta fundamental no puede poner en detrimento dicho derecho, a lo más, podría construir una redacción que enfatice más en la libertad individual dentro del marco privado. Eso es preocupante. Pero no nos debe llevar a la victimización, propia de minorías y de quienes anhelan el protagonismo escénico, imaginando universos conspirativos que son fruto de la ociosidad. Chile tiene una tradición constitucional que debilita cualquier imagen escatológica refundacional.

Para quienes suscribimos la fe cristiana el proceso constituyente debería llevarnos a observar críticamente, a trabajar desde los lugares que nos toca colaborando en la redacción de una “casa para todos y todas” en el país, afirmando nuestros principios bíblicos y, por sobre todo, manteniendo la cordura y la templanza, la mansedumbre y la inteligencia. Todo eso, acompañado de la oración, inclusive por quienes piensan distinto de nosotros. 

Queda mucho por hacer. 

Luis Pino Moyano.

 


[1] Canal de Youtube de Luciano Silva. “Banderas en la constitución”.

[2] “Convención realizó ceremonia ancestral pawa para conmemorar su primer mes de funcionamiento”. En: CNN Chile. 4 de agosto de 2021. 

[3] P. Enrique Opaso Valdivieso. “Una ‘cancelación’”. En: El Mercurio. 8 de agosto de 2021. 

[4] Manfred Svensson. “Símbolos compartidos”. En: El Mercurio. 9 de agosto de 2021. 

[5] “Más de mil obispos y pastores evangélicos envían dura carta a Loncón por excluir bandera cristiana: ‘Es discriminatorio y violento’”. Sitio web Ex-Ante. 

[6] Ibídem. 

[7] Svensson. Op. Cit. 

[8] Constitución Política de la República de Chile. Edición Histórica (editada por Jorge Arancibia Mattar). Santiago, El Mercurio y Universidad de Los Andes, 2020, p. 77.

[9] “La Declaración Universal de los Derechos Humanos”. En: Sitio Web de la ONU. 

 


Edición posterior.

Con fecha 30 de agosto de 2021, la Mesa de la Convención Constitucional respondió a la misiva de los pastores, de la cual presenté mi análisis, manifestando un acto reparatorio, en un gesto al diverso mundo cristiano y en particular al sector protestante. Este gesto augura la posibilidad de una casa para todos y todas en Chile, que es lo que esperamos del proceso constituyente. 

 

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Crónica de un día histórico: Inauguración de la Convención Constitucional (4 de julio de 2021).

Hoy fue uno de esos días densos en términos del tiempo histórico y cargados de historicidad. Denso, pues es imposible hablar de este, nuestro 4 de julio, sin pensar en el 18 de octubre de 2019, el día del reventón social, ese que supuestamente nadie vio venir y que hizo que $30 sonaran a treinta años. Es imposible dejar de pensar en el 25 de octubre de ese mismo año, en el que gentes de distintas edades, clases sociales, convicciones políticas y hasta clubes de fútbol coparon la Plaza Italia, en un número de un millón doscientas mil personas, a las que habría que sumar miles y miles en las calles de distintas ciudades del país. Tampoco se puede dejar de pensar en la madrugada del 15 de noviembre de 2019, día en que en la antigua sede del Congreso Nacional se firmó el “Acuerdo por la Paz Social y una Nueva Constitución”, en la que fuerzas de distinto signo concordaron en que la escritura de una nueva carta fundamental sería la salida institucional de la crisis política; y por supuesto en la que el 78% de quienes votaron aprobaron que se redacte una nueva carta fundamental y que dicha tarea recayera en una Convención Constitucional. 

Pero el hito de hoy no sólo tiene relación con hechos susceptibles de ser vistos en el tiempo corto. Es imposible no conectarlo con el golpe militar de 1973 y su institucionalización constitucional en 1980, perpetuada con pequeñas dosis democratizadoras en el fin de los enclaves autoritarios en el hito de 2005, que no finalizó la Transición (ojo expresidente Lagos). Y eso, tampoco puede ser desconectado de 1833 y 1925 en los que se promulgaron textos constitucionales, con los militares siendo parte del gobierno y con el Congreso Nacional cerrado, en una marca autoritaria de nuestra república. También tiene relación con las luchas de las mujeres por sus derechos civiles que hizo que pudieran votar y ser elegidas, conquistado para todos los procesos electorales en 1949. No se puede dejar de pensar en el movimiento estudiantil, sobre todo el de 2011, que articuló una noción de derechos sociales convertidos en mercancía bajo la lógica neoliberal. Y hoy, más que nunca, es imposible dejar de pensar en la mal llamada Pacificación de la Araucanía que comenzó en 1861, pero que produjo todo su arrasamiento a sangre y fuego especialmente entre 1881 y 1883. Es la larga jornada por una sociedad en la que todos/as tenemos los mismos derechos, somos reconocidos/as como personas humanas, parte de un mismo país y, a la vez, con mucha diversidad que debe ser reconocida en un marco pluralista. Toda esa mochila es la que está en los hombros de la Convención Constitucional. 

El día, nuestro 4 de julio, comenzó en diversos puntos de la capital y la marcha de distintos/as convencionales hacia la antigua sede del Congreso Nacional. Cuando ya lograron estar dentro de ese hermoso edificio, y se estaba a punto de comenzar la sesión, cuando convencionales comenzaron a gritar “¡No más represión, no más represión!”. Esto, porque comenzaron a recibir imágenes y vídeos de actos que podrían recibir dicha significación. En medio se comenzó a cantar el himno nacional. Muchos gritos, una discusión destemplada de Elsa Labraña con, una hasta entonces desconocida, Camen Gloria Valladares. El “¡para, para!”, al parecer no causó tanto efecto como el diálogo imperceptible por el audio televisivo de Patricia Politzer, y quien presidía la reunión tomó la iniciativa de suspender la sesión momentáneamente para informarse de lo que estaba pasando fuera del edificio. Todo este bochorno, puso sobre la mesa la falta de previsión política de quienes organizaron la sesión por no hacer el gesto de consensuar un protocolo para los ritos republicanos de esta sesión inaugural, sumado a un entendimiento de la autoridad por algunos/as constitucionales que harán bien en no perder de vista la alta labor que el pueblo les delegó. El poder originario delegado por el soberano a los convencionales es para la nueva carta fundamental y no para otra cosa, por lo que cada cosa que dicen y hacen tiene consecuencias políticas. Dicho eso, Fuerzas Especiales tiene un historial de excesos a la hora de ejercer el control social, lo que pudo detenerse con el actuar de una comitiva de convencionales que salió de la sede para dialogar con manifestante. Es que las formas represivas del orden público no deben formar del Chile por venir. Allí se constató un exceso del uso de la fuerza y también, huelga decirlo, el actuar de manifestantes que iban a romper con todo, porque quienes están dentro de la Convención serían “amarillos”, “vendidos” y otra serie de epítetos moralistas pseudorrevolucionarios. Y ahí, quienes somos partidarios/as de una nueva Constitución tenemos la responsabilidad de apoyar y, a la vez, cuidar el proceso. 

Quiero decir algo del evento “himno nacional”. A mi me gusta la letra escrita por Eusebio Lillo, quien fuera miembro de la Sociedad de la Igualdad y llegara a ser ministro de José Manuel Balmaceda, y que preserva el coro escrito por Bernardo Vera y Pintado. Ese himno dice cosas bien importantes que un país como el nuestro no debiera olvidar, inclusive en esa estrofa que tuvimos que aprender en los años grises, porque “lo sabrán nuestros hijos también” y las luchas de personas dignas pueden hacer “siempre al tirano temblar”. Pero no lo veo como un instrumento religioso al que se le falta el respeto. No hay un acto sacrílego, pues además su disrupción no tuvo dejos de iconoclasia sino el reclamo por una realidad que le excedía. No obstante, me dio pena por dos razones: a) que se utilice el himno para romper discusiones, pues no estaban las condiciones para comenzar la sesión; y b) por la orquesta de niños/as y jóvenes que lo entonó, pertenecientes a la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile, porque personas adultas no tuvieron en cuenta su condición de responsables ante personas que son menores de edad. Me encantaría que la Convención les desagraviara y les permitiera tocar el himno, el que a pesar de la disrupción se notó musicalmente bien ejecutado. 

Y así es como me acerco a las líneas finales de mi crónica, en la que no puedo dejar de destacar a dos mujeres que se robaron la película. Por un lado, la abogada Carmen Gloria Valladares quien se merece nuestro respeto y reconocimiento por su moderación. Si hoy se pudo iniciar y llegar a buen puerto la sesión, mucho tiene que ver con su papel. Escuchó, no se destempló, esperó el tiempo apropiado, condujo la ceremonia con parsimonia, en el ritmo de la democracia y con la cadencia solemne del republicanismo olvidado. Ella con sabiduría y firme ternura tomó la república sobre sus hombros y coadyuvó a que todos/as recordaran su papel histórico. Y la otra gran mujer es la presidenta de la Convención Constitucional: Elisa Loncon Antileo, Doctora en Humanidades de la Universidad de Leiden y Doctora en Literatura de la PUC, reconocida en los campos académico y social, que hizo un discurso sólido respecto del nuevo Chile que se vislumbra: uno democrático, plural, justo y armonioso, que rompa con la herencia dictatorial. Y no puedo dejar de decir que me corrió una lágrima, cuando al inicio, comenzó su alocución en mapudungun, lengua del mismo pueblo expoliado por las élites que albergaron esa sede parlamentaria en el pasado. Ese saludo, “Mari mari pu lamngen, mari mari kom pu che, mari mari Chile mapu […]”, tiene una carga simbólica y política que no puede ser sólo abordada desde una fría racionalidad política. Loncon dijo, en su saludo a los niños que estaban escuchando: “Se funda un nuevo Chile: plural, plurilingüe, con todas las culturas, con todos los pueblos, con las mujeres, con los territorios. Ese es nuestro sueño para escribir una nueva Constitución”. Más adelante, vino la elección de Jaime Bassa como vicepresidente, abogado constitucionalista, quien dijo en su discurso que “La paz social tiene un costo, y es justicia”. 

Durante el desarrollo de este hito inaugural estuve siguiendo lo que se decía en las redes sociales. Y noté que muchas personas, ya sea de sensibilidad de derechas o que se sienten alejadas de lo que se vive en el proceso constituyente, se quedaron con la impresión del ambiente disruptivo de la mañana. Y es ahí que creo que la imagen que puse al inicio de esta crónica, tiene una fuerza representativa que es un lente que permite entender el acto republicano de nuestro 4 de julio. Esto, toda vez que los acontecimientos y procesos históricos se evalúan por sus antecedentes, inicio, desarrollo, fin y con lo que deviene a partir de ellos. Si te quedas con la visión del inicio y no viste el cierre, tu lectura será corta en términos analíticos. Pero esta imagen muestra el cierre del hito inaugural: un minuto de silencio respetuoso y cada uno con sus muertos en la memoria. Esa imagen blinda una opción de “escepticismo esperanzado”. Visibiliza la política con mayúsculas, aquella que pone sobre la mesa sus ideas con respeto democrático. Y ahí vuelvo al inicio: este día está cargado de historicidad, que no es otra cosa que la capacidad que tienen los sujetos de hacer historia. Y sin lugar a dudas, cuando se va a construir una casa para todos y todas en democracia se está haciendo historia. ¿Cómo será aquello? No sé. Pero si el cauce democrático se mantiene, y más allá de las limitaciones de cualquier producto humano, será mejor de lo que hemos tenido en doscientos años de vida republicana. 

Luis Pino Moyano. 

Lo que se viene para el proceso constituyente a partir de los resultados electorales.

En menos de un año hemos visto el aterrizaje institucional del momento constituyente inaugurado la madrugada del 15 de noviembre de 2019. Ese día hubo un acuerdo amplio “por la paz social y la nueva Constitución”. Nunca debe olvidarse que este proceso se encuentra enmarcado en una alternativa política e institucional de salida a la crisis social que reventó en octubre de 2019. ¿Por qué hablo de menos de un año entonces? Principalmente, porque los procesos eleccionarios vividos el 25 de octubre de 2020, y los días 15 y 16 de mayo de 2021, han concretizado la propuesta en una institucionalidad clara. La ciudadanía que participó del plebiscito de entrada señaló en un 78,28% su deseo de una nueva Constitución y en un 79% que el órgano constitucional que la redactara fuese una Convención sin participación de parlamentarios/as. A partir de los datos de esta última elección se desprende que el órgano constitucional:

· Estará conformado por 37 convencionales de “Vamos por Chile”, 28 convencionales de “Apruebo Dignidad”, 25 convencionales “Del Apruebo”, 26 convencionales “Del Pueblo”, 11 convencionales “Independientes por una Nueva Constitución”, 17 convencionales de pueblos originarios y 11 convencionales independientes fuera de pacto. 

· Tiene diecisiete escaños para los pueblos originarios, quedando representados por siete mapuches, dos aymarás, y por un kawésqar, rapanui, yagán, quechua, atacameño, diaguita, colla y chango. 

· Tiene criterios de paridad, pues está conformada por 78 hombres y 77 mujeres, situación inédita en relación a otros procesos constituyentes. 

· Respecto de las actividades profesiones y/o labores de los/as convencionales se desprenden diversas áreas: derecho, pedagogía, ingeniería, periodismo, psicología, actuación, ciencias, medicina, sociología, diseño, trabajo social, politología y un largo etcétera. Me encanta saber que hay un mecánico automotriz y una machi (aunque no comparta la cosmovisión espiritual mapuche). 

· Tiene criterios paritarios incluso en relación a los colegios donde estudiaron. De 132 convencionales que proveyeron ese dato, 49 estudiaron en colegios públicos, 40 en colegios subvencionados, y 43 en particulares pagados. Este dato rompa con el tramado de la “fronda aristocrática” que caracteriza a la política nacional. 

¿Qué nos dicen todos esos datos?

a) En primer lugar, que la futura Constitución Política de la República de Chile no sólo será la primera hecha en un contexto democrático en más de doscientos años de vida republicana, con vigencia del Estado de Derecho, sino que además en un marco pluralista. Visiones de sujetos que no han participado tradicionalmente en la política chilena estarán allí, lo que rompe, en primer lugar con la hegemonía de los ingenieros comerciales en todas las áreas de creación de políticas públicas, por sesgo neoliberal y, además, porque rompe con el relato de ciertas personas que votaron “Rechazo” en octubre del año pasado y otras personas más escépticas, respecto de la calidad de la futura Constitución, pensando que personas escasamente capacitadas serían parte de la Convención. Esto último, denota el clasismo chileno dado por instituciones de origen y profesiones y, así también, ignorancia toda vez que existe una Comisión Técnica designada de manera paritaria por fuerzas oficialistas y de oposición con representación en el Congreso Nacional que asegurará la calidad del texto. En otras palabras, sólo la “mala leche” puede llevar a decir cosas como esa. 

b) Lo otro que nos dicen estos datos es que ninguna de las listas y pactos tiene mayoría en la Convención Constitucional, por lo que no sólo queda por determinar los cargos al interior de dicho órgano, sino también la conformación de alianzas. Con claridad, la derecha no tiene el tercio, pero eso no dice tanto, pues está por verse cómo se comportan las fuerzas provenientes de la Exnueva Mayoría y las del Frente Amplio, de lo cual ya tenemos una fotografía del momento con la inscripción de las primarias. Por otra parte, cómo actuarán los/as independientes es una interrogante de suma importancia. Independiente no significa que no tengan opinión política o que no participan de organizaciones sociales, sino que no forman parte de partidos políticos que es la institución clásica para la discusión en la polis, por lo que no reciben órdenes de dichos conglomerados. Está muy de moda la idea de los “mínimos comunes” en la contingencia política, pero quisiera ocuparla de una manera más adecuada. Esta constitución tiene que ser mínima. No todas las ideas pueden transformarse en materia constitucional, porque la Carta Fundamental no es la panacea a todos los problemas del país. Las fuerzas que optaron por aprobar debiesen dar una muestra de grandeza política al concretizar una carta de navegación y un fundamento para la vida pública que genere identificación a toda la ciudadanía del país. Una “casa común” en la metáfora de Patricio Zapata. Y para ello, los espectáculos estilo “Torre de Babel” vistos hace unos días atrás de parte de las fuerzas de oposición, lo único que harían es construir un reino propio, alto y famoso, pero con idiomas tan diferentes que la dispersión sería el único camino posible. El éxito del proceso no está hoy en manos del tercio que podía vetar los cambios, sino en aquellas fuerzas que se entienden como mayoría, pero que no necesariamente lo son. 

c) Algo que no nace de los datos ni tiene relación total con la Convención Constitucional, tiene que ver con las fuerzas políticas que se visibilizan en cargos públicos como gobernadores, alcaldes, concejales, y presidente, senadores y diputados elegidos y por elegir. Por ejemplo, la Democracia Cristiana tuvo un solo militante junto a un independiente en su lista elegidos como convencionales. Eso podría hacer pensar en la muerte de dicho partido. Si bien es cierto, la DC no tiene la fuerza que tuvo en los años sesenta e inicios de los setenta y, luego, durante los dos primeros gobiernos de la Concertación, pensar que es un partido que está muerto por la elección constituyente, sin considerar otros datos electorales, es un acto de, a lo menos, temeridad analítica. O el triunfo de independientes no necesariamente tendrá correlación con el futuro Parlamento, porque son discusiones distintas. O la derrota de la derecha, que tuvo como un lastre las acciones y omisiones de este gobierno, junto con el relato del “Rechazo para reformar” que les fue difícil de morigerar. Lo ocurrido en las elecciones de convencionales no es la regla de medida para toda la política chilena. Pensar así sería tan miope como las encuestas que vaticinaban la muerte del Frente Amplio. 

d) Por último, respecto de la participación decir que no es tan baja como parece. Comparar el porcentaje del padrón que votó en octubre de 2020 con el que lo hizo en las elecciones de este mes de mayo, es un acto de desconocimiento de los procesos electorales. El plebisicito del 25 de octubre de 2020 es el acto eleccionario que más participación tuvo desde que existe votación voluntaria en Chile. El 42,5% de la elección del 15 y 16 de mayo de 2021, fue medio punto más baja que la de Alcaldes y Concejales del 2012, medio punto más alta que la segunda vuelta presidencial del 2013, y 7 puntos más alta que la elección de alcaldes y concejales del 2016. Puede que exista la pulsión por compararla con el plebiscito, pero esta elección es más comparable con la última de alcaldes y concejales, a la que se sumó la de gobernadores regionales, lo que le quitó la mística al proceso. Eso sin contar el contexto de pandemia, una campaña mayoritariamente televisiva y/o virtual, la baja cantidad de movilización pública hacia los centros de votación, entre otras variables, que lidian con la falta de identificación con las opciones políticas en el escenario institucional o, derechamente, la apatía hacia “la política”. En síntesis, creo que la participación no fue baja en un escenario como el que estamos viviendo. 

e) Una breve palabra sobre el sistema electoral. El sistema D’Hondt no es un sistema electoral en sí mismo, sino un método para calcular proporciones, lo que se traduce en representación parlamentaria por lista. Es decir, la votación vuelve a colocar el centro en la propuesta política, en el pensamiento y proyecto, y no en la persona, lo que hizo que nuestro debate público tendiese a su farandulización, la performance y la presentación de eslóganes a la manera en la que se ofertan productos en el comercio. Más que reclamar el que en la proporción aparezcan candidatos con menos cantidad de votos que otros asumiendo un cargo en detrimento de quién habría obtenido más, la invitación es a pensar que la presuposición de nuestro actual sistema es que se vota por ideas más que por individuos. El debate de la legitimidad tiene que tener en cuenta esa variable. 

A modo de cierre decir que me declaro un “escéptico esperanzado”. Creo que existen todas las condiciones para tener una mejor Carta Fundamental que la que hoy día tenemos. Creo que vivimos en un país con una larga tradición republicana (en el buen sentido del término) que nunca ha producido refundaciones ex nihilo luego de la promulgación de textos constitucionales, lo que se puede constatar en una línea de trazabilidad de dichos textos, incluso aquellos que se forjaron en los albores del Estado Nacional chileno. Me alegra como evangélico que el candidato que más tirria vomitó contra nuestro mundo, Jaime Parada Hoyl, obtuviera 0,74% de los votos lo que denota que el ataque a la libertad de conciencia no es la opción, y espero que no la siga siendo. Soy escéptico, porque creo que lo podríamos echar a perder en peleas sin sentido que derrumben la posibilidad de consenso (en el caro sentido de dicha palabra). Soy escéptico, porque no sabemos cómo será la participación de la ciudadanía en el proceso y cuál será el carácter de dicho nexo. Soy escéptico, porque no sé cuán manchado estará el proceso por la carrera presidencial paralela al inicio del trabajo de la Convención. Soy escéptico, porque hay un plebiscito de salida de carácter universal lo que abre un nuevo escenario, imposible de comparar con ningún proceso electoral desde la promulgación del voto voluntario, con el movimiento estudiantil de 2011 y con el reventón social del 2019 mediante. Chile ha cambiado bastante. Esa sí que es una certeza. 

Luis Pino Moyano.