Corrientes basales de política.

Conservadurismo.

La mayoría de sus ideas surgen del Derecho Natural, que reporta un origen religioso de la naturaleza y las relaciones sociales (Dios – Familia – Patria). Para ellos, el orden es sinónimo de poder, y eso se expresa en un paternalismo-pedagógico (“al pueblo se le educa, no se le utiliza”). Eso se tradujo en América Latina en la restricción de la participación política de los sectores populares mediante lógicas censitarias sustentadas en la propiedad y los alcances de la educación. Fomentan el centralismo y los gobiernos fuertes.

El conservadurismo forma agrupaciones confesionales que buscan representar los puntos de vista de la Iglesia Católica, y los fieles más comprometidos constituyen su fuerza electoral. Una referencia que da cuenta de este eje teórico se encuentra en la discusión del órgano del Seminario Pontificio Mayor con el filósofo Francisco Bilbao luego de la publicación de su “Sociabilidad Chilena”, lo que le valió ser acusado de “sedición, blasfemia e inmoralidad”. En una de las ediciones se señala:

“Cuando Dios habla, la razón no es el juez irrecusable que debe fallar sobre los dogmas y la moral de la Relijión. El exámen entonces no solo es temerario por la limitación, sino también ridículo é injurioso á la autoridad y deferencia que se merece la palabra de Dios […] No nos cansemos: la única y verdadera elevación del entendimiento consiste en conocer y amar la grandeza y majestad de la fé. Los grandes talentos por sí mismos conducen á la sumisión: lo contrario es vicio de talentos cortos y limitados, porque el que todo lo quiere sujetar á su razón, todo lo ignora” (La Revista Católica. Nº 36, Santiago, 8 de agosto de 1844, p. 290. Se mantiene la ortografía original).

Como su base militante tiene una raigambre elitista, requiere en algunos casos asumir y promover ideas nacionalistas, para favorecer la convocatoria electoral policlasista.

 


Liberalismo.

Postula el librepensamiento (hijo de la ilustración y del humanismo secularizado), el individualismo, y la presuposición respecto a que la propiedad antecede lo social. Ese supuesto sostiene la desigualdad: sólo es libre el que tiene poder y lo ejerce. Por ende, siempre se trata de una libertad dentro del orden social establecido (dicho orden es susceptible de ser reformado en el esquema del “progreso” de la sociedad). Propugnan el libremercado autorregulado y sin intervención estatal (eso en teoría, porque los regímenes liberales tuvieron que recurrir a la fuerza del estado para sostener sus reformas ante la reacción conservadora).

Artola y Pérez dicen al respecto:

“El pensamiento liberal, plenamente elaborado en la obra del filósofo inglés John Locke (1634-1702), y en especial en sus Dos tratados del gobierno civil (1690), estaba construido a partir del postulado de la existencia de unos derechos naturales, anteriores y por lo mismo superiores a cualquier obligación política. Para Locke, y para todo el liberalismo posterior, estos derechos eran la libertad y la propiedad; desde el momento en que se ponía a todos los individuos en las mismas condiciones para que disfrutaran de ambos, surgía la igualdad, completando así el enunciado de los derechos del hombre. La igualdad no consistía, por tanto, en alcanzar una nivelación de las condiciones de vida de los hombres, objetivo por completo ajeno a los planteamientos teóricos liberales” (Miguel Artola y Manuel Pérez. Contemporánea. La historia desde 1776. Madrid, Alianza Editorial, 2014, p. 40).

En países como Inglaterra y Alemania se configuran desde el centro político, bajo el diálogo continuidad-cambio; en Estados Unidos desde la izquierda, defendiendo libertades civiles viejas e innovadoras; en Italia con una identidad de derecha conservadora, teniendo de liberal el sistema económico homónimo. En América Latina fomentaron el federalismo y el parlamentarismo. Defendieron la libertad electoral, el estado docente y laico, adhieren a la lógica republicana, democrático-representativa y constitucionalista, con un marcado énfasis en el progreso. Es indiferente en materias religiosas o, en su defecto, decididamente anticlericales. Generaron, además, una política modernizadora en lo económico y educacional, pero conservadora en lo social y en lo político (conservación de lo que el historiador liberal Alberto Edwards denominó “la fronda aristocrática”). Si bien es cierto, el liberalismo desplazó los motivos religiosos tradicionales, sacralizó en su relato a la nación y al héroe.

 


Socialcristianismo.

Según una autodefinición:

“Es un movimiento popular y supranacional que inspirado en los valores morales del cristianismo, lucha por instaurar en el mundo un régimen político, económico y social, caracterizado por la primacía de lo humano, y en el que imperen la libertad y la justicia” (Jacques Chonchol y Julio Silva Solar. ¿Qué es el socialcristianismo? Ensayo de interpretación. Santiago, Impresores “Casa Hogar San Pancracio”, 1948, p. 5).

Se presenta como una organización policlasista y reformista, que construye una vía alternativa de desarrollo alternativa al capitalismo y al marxismo, sustentada en los principios de la denominada “Doctrina Social de la Iglesia” desde el catolicismo (con sus encíclicas sociales, desde Rerum Novarum en 1891) o “ética social” desde el protestantismo (cuya expresión más madura fue el Partido Antirrevolucionario holandés). En dicho entendido, buscan una humanización del capitalismo que ponga en el centro a la persona humana y sus asociaciones (corporativismo) y sostienen un papel protagónico del estado en la construcción de políticas que aumenten las posibilidades de los sectores sociales en un acceso amplio y de calidad a la educación, salud y vivienda. Como señaló el Papa León XIII:

“Así, pues, los que gobiernan deber cooperar, primeramente y en términos generales, con toda la fuerza de las leyes e instituciones, esto es, haciendo que de la ordenación y administración misma del Estado brote espontáneamente la prosperidad tanto de la sociedad como de los individuos, ya que éste es el cometido de la política y el deber inexcusable de los gobernantes […] No es justo, según hemos dicho, que ni el individuo ni la familia sean absorbidos por el Estado; lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible, sin daño del bien común y sin injuria de nadie. No obstante, los que gobiernan deberán atender a la defensa de la comunidad y de sus miembros”  (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, 23, 26).

En ese sentido, hay un énfasis comunitario en las expresiones de la libertad.

No construyen organizaciones confesionales: lo cristiano es inspirador de su constructo teórico y de su aterrizaje en políticas sociales, lo que no excluye de su participación en el mismo a sujetos que no suscriben la fe cristiana.

Sus principales ideólogos son Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, tanto en la filosofía social como en el personalismo.

 


Socialdemocracia. 

Se aboca a la administración del capitalismo, mediante políticas reformistas que configuren lo que en Europa se ha denominado “estados de bienestar”, con marcado acento asistencialista. Ese estatismo, orientó su trabajo con la clase obrera desde la perspectiva corporativa, fomentó la configuración de estados nacionales fuertes (legal, económica y subjetivamente), y que se abre a la lógica de la mundialización. Por su parte, el sector socialdemócrata de la clase obrera organizada no busca la supresión del sistema capitalista, pues ve que el mercado otorga posibilidades para la regulación de la esfera económica (contra la tesis liberal) y la organización de la producción.

Sus reformas se han centrado en los siguientes aspectos: a) expansión progresiva de los servicios públicos, sobre todo en educación, salud y vivienda; b) un sistema fiscal regulador y actor en la esfera de la producción; c) institucionalización de la disciplina del trabajo que facilite la ejecución de los derechos de los/as trabajadores/as y políticas que lleven a la meta del pleno empleo; d) redistribución de la riqueza para garantizar a toda la ciudadanía un rédito mínimo; y c) un sistema solidario de pensiones. Como señala una declaración reciente:

“La Internacional Socialista se fundó hace cien años para coordinar la lucha mundial de los movimientos socialistas democráticos por la justicia social, la dignidad humana y la democracia. En ella se reunieron partidos y organizaciones de tradiciones diferentes, que compartían el objetivo común del socialismo democrático. A lo largo de su historia, los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas han defendido los mismos valores y principios. […] Los socialistas democráticos han llegado a proclamar estos valores por caminos muy distintos, a partir del movimiento obrero, de los movimientos populares de liberación, de las tradiciones culturales de asistencia mutua y de solidaridad comunitaria en muchas partes del mundo. También tienen raíces en las diversas tradiciones humanistas del mundo. Pero aunque existan diferencias ideológicas y culturales, todos los socialistas comparten la concepción de una sociedad mundial pacífica y democrática, con libertad, justicia y solidaridad” (Declaración de principios de la Internacional Socialista, septiembre de 2013).

Teniendo en cuenta lo anterior, sus organizaciones socialdemócratas, socialistas, laboristas, radicales, entre otras, buscan vivir los principios del socialismo en los márgenes de la democracia liberal. Cabe acá la expresión de Kautsky: “la socialdemocracia es un partido revolucionario, no un partido que hace la revolución”.

Tuvo entre sus fundadores a Louis Blanc, August Bebel, Ferdinand Lasalle, entre otros. Tuvo un ala marxista a inicios del s. XX, que en Alemania dio a sus principales dirigentes: Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

 


Marxismo.

Teoría política, económica y social que percibe la realidad desde el punto de vista de los sujetos que viven condiciones de explotación. Se fundamenta en el pensamiento de Karl Marx y Friedrich Engels. Sustenta su observación de la realidad en el materialismo dialéctico, es decir en el entendimiento que la realidad material es no sólo observable sino que, también, modificable.

Son elementos distintivos de la teoría marxista: a) la concepción de la historia como una constante lucha de clases, que es susceptible de ser pesquisada a partir de los diversos modos de producción que se han dado en el tiempo; b) la conceptualización negativa de la ideología como la verdad producida por la clase dominante y colocada como sentido común que conforma la realidad; c) la centralidad estratégica de la clase obrera: los proletarios son los sujetos revolucionarios; d) el horizonte comunista tiene en cuenta la destrucción del estado y de las clases sociales, para producir “el encuentro del hombre con el hombre”; y e) que esa lucha tiene en cuenta la violencia como medio para la conquista del poder. Como plantearía Marx contraviniendo la tesis socialdemócrata:

“Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el periodo de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este periodo corresponde también un periodo político de transición, cuyo estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado” (Karl Marx. Crítica del Programa de Gotha).

La finalidad de dicho régimen, es la utilización del estado para conducir el proceso transformador de la colectivización de la propiedad privada a su abolición, y de la hegemonía de la clase obrera a su abolición.

Por su parte, Engels, diría respecto del Manifiesto Comunista que:

“La idea central que inspira todo el Manifiesto, a saber: que el régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituye la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de esa época, y que, por tanto, toda la historia de la sociedad -una vez disuelto el primitivo régimen de comunidad del suelo- es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida -el proletariado- no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime -de la burguesía- sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases; esta idea cardinal fue fruto personal y exclusivo de Marx”. (Friedrich Engels, prólogo a la edición alemana de 1883 del Manifiesto Comunista).

Existen diferentes corrientes marxistas, que surgen no sólo del acercamiento a la obra de Marx y Engels, sino también respecto de sus polifónicos herederos: Lenin, Stalin/Trotsky, Mao Tse Tung, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, Ernesto Guevara, entre otros.

El concepto “marxiano”, por su parte, da cuenta de la lectura y especialización en la obra de Marx.

 


Anarquismo. 

La palabra tiene un origen etimológico que significa “sin gobierno”. Se trata, entonces, de una corriente política que comienza con la presuposición respecto a que el ser humano es depositario único de la historia, constructor activo de su presente y de su futuro.

Propugna la destrucción del sistema, en tanto inhibe las libertades humanas, anulando la esencia misma del ser humano. La libertad es el principio fundamental, y para conseguirla se desarrolla una guerra a la dominación que se lleva a cabo desde la concientización masiva hasta el uso de la violencia bajo el mecanismo de la acción directa en la educación, la propaganda y la revolución, “animados del más vivo deseo de entrar en una nueva era de paz social” (Elisée Reclus). De manera muy interesante, un periódico chileno llamado “Verba Roja”, señalaba que “Los elementos que darán vida y felicidad a los seres humanos: la tierra, los instrumentos de trabajo, de artes y ciencia” (Año 5, No 48. Santiago, 2a quincena de septiembre de 1923). En términos tácticos, el anarquismo desarrolló su práctica en forma espontánea y voluntarista (“la alegría de la destrucción”, en palabras de Bakunin), mediante lógicas asamblearias y movimientistas. 

La libertad que el anarquismo presupone es tanto individual como colectiva, aunque en un matiz de diferencia con el marxismo hace un énfasis en la que corresponde a la subjetividad. Como señalara una organización anarquista española a comienzos del siglo XIX:

“Es necesario insistir que la verdadera revolución se realiza en la mente de las personas; cuando el individuo comienza a pensar sin influencia extraña, ha iniciado el camino de su liberación personal y el de toda la sociedad […] No tendría objeto ninguna revolución emancipadora del género humano, en la que la humanidad se erigiera en dueña de sus propios destinos, si existe por encima del hombre un ser capaz de regir el mundo. La religión es un freno en la lucha de la humanidad por su liberación, al ofrecer una falsa vida mejor en el inexistente paraíso” (Principios y tácticas del Anarquismo. Folleto de propaganda de la Federación Anarquista Ibérica, 1916).

Los fundadores de esta corriente son Mijaíl Bakunin, Piotr Kropotkin y Elisée Reclus, estos dos últimos, fundadores de la geografía como ciencia social. Es relevante decir que existen anarquismos de izquierda, de derecha (esos que fomentan el nihilismo y la exaltación del placer individual), hasta anarquismo cristiano (León Tostoi y Jacques Ellul, entre otros). El anarquismo más gravitante en Chile fue el español, que es el más secular y anticlerical de todos (de ahí frases como “la única iglesia que ilumina es la que arde” y otras). En América Latina fueron relevantes para la conformación de las primeras organizaciones sindicales de la región.

 

Luis Pino Moyano.

 


Fuentes bibliográficas.

Para el desarrollo de este glosario de corrientes políticas se tuvo en cuenta las siguientes fuentes, aparte de las citadas directamente en el texto:

Bobbio, Norberto et al. Diccionario de política. México D.F, Siglo Veintiuno Editores, 1991.

Correa, Sofía. Con las riendas del poder. La derecha chilena en el siglo XX. Santiago, Editorial Sudamericana, 2005.

Correa, Sofía et al. Historia del siglo XX chileno: Balance paradojal. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001.

Edwards, Alberto y Frei, Eduardo. Historia de los partidos políticos chilenos. Santiago, Editorial del Pacífico, 1949.

Moulian, Tomás. En la brecha. Derechos humanos, críticas y alternativas. Santiago, LOM Ediciones, 2002.

Moyano, Cristina. “Cultura política y universos discursivos del movimiento obrero ilustrado. Chile en los albores del siglo XX”. En: Revista de Historia y Ciencias Sociales Palimpsesto. Nº 3, Vol. I, 2004. En: http://www.palimpsestousach.cl/palimpsesto/revistas/revista3_v2_2005/ Notas-investigacion/Notas-Investigacion-Cultura-politica-universos-discursivos-2004.pdf (Consulta: julio de 2014).

Ortiz Letelier, Fernando. El movimiento obrero en Chile (1891-1919). Santiago, LOM Ediciones, 2005.

¿Qué es Fe Pública? ¿Qué estamos haciendo?

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En agosto de este año comenzamos a trabajar para dar vida a un núcleo de estudios llamado “Fe Pública”. Este espacio reúne a cristianos de distintos horizontes disciplinarios y que tiene por finalidad la articulación, desarrollo y aplicación del pensamiento reformacional a diversas áreas del saber y quehacer humanos. Tenemos como misión, ser un espacio de encuentro entre cristianos evangélicos dedicados a trabajar desde el pensamiento reformacional en colaboración y comunidad, anhelando, imaginando, pensando, diseñando y haciendo esfuerzos conjuntos que faciliten la manifestación del Reino de Cristo y permitan su mayor visibilidad en todos los ámbitos de la realidad creada.

Integramos este núcleo de estudios: 

  • Luis Aránguiz Kahn. Licenciado en Letras con mención en Lingüística y Literatura Hispánicas, Pontificia Universidad Católica de Chile, y Magister en Estudios Internacionales USACH; 
  • Luis Pino Moyano, Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales Universidad Academia de Humanismo Cristiano; 
  • María Jesús Cordero, Abogada, Licenciada en Derecho Universidad Católica de la Santísima Concepción, Chile, y estudiante del programa de Master en Ciencias de las Religiones y Sociedades Universidad de Artois, Francia; 
  • Jonathan Muñoz, Licenciado en Teología Seminario Teológico José Manoel da Conceição, Brasil; 
  • Gonzalo David. Licenciado en Teología Seminario Teológico Presbiteriano, Chile, y estudiante del programa de Master en Teología Facultad de Teología Protestante de París, Francia; y,
  • Javiera Abarca, Licenciada en Filosofía Universidad Alberto Hurtado.

En este período de marcha blanca hemos organizado un conversatorio, titulado “Fe Pública: la vigencia del pensamiento reformacional para Latinoamérica, en el que presentamos introducciones a pensadores reformacionales clásicos y contemporáneos: Abraham Kuyper y Herman Dooyeweerd; Alvin Plantinga, Nicholas Wolterstorff y Bob Goudzwaard. Puedes ver más detalle de estas actividades, haciendo clic aquí. Luego, hemos participado junto a otras organizaciones misionales y de trabajo estudiantil dos conversatorios titulados “Hablemos de verdad”, en los que miembros de nuestro núcleo han participado en la reflexión sobre la situación crítica del país, teniendo como marco teórico el pensamiento reformacional.

De todos estas instancias, o de manera periférica a ellas, han surgido una serie de textos, que han sido publicados en la revista virtual “Estudios Evangélicos”: Los comparto a continuación:

a. Sobre propuestas reformacionales:

Luis Pino. El neocalvinismo, el ser humano, sus derechos y un mundo posible. 

Gonzalo David. Wolterstorff, pensamiento reformacional y matrimonio entre personas del mismo sexo. 

b. De los conversatorios “Hablemos de verdad”. 

Jonathan Muñoz. Una primera reflexión evangélica acerca del octubre de 2019 en Chile. 

Luis Pino. Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa. 

Javiera Abarca. Guarda tu espada.

Gonzalo David. Calvinismo, crisis social y violencia.

Jonathan Muñoz. Fundamentalismos sin ortodoxia: La tragedia del neoconservadurismo evangélico. 

c. Actualidad nacional. 

Jonathan Muñoz. ¿Qué debemos hacer primero los cristianos ante la injusticia? 

Luis Aránguiz. ¿Podemos los evangélicos pensar un país? 

d. Traducciones de textos.

Bob Goudzwaard. Resistencia cristiana a la cultura de guerra neoliberal. 

J. A. Schlebusch. La escatología política de Groen van Prinsterer y su impacto en el conservadurismo político estadounidense. 

e. Lecturas recomendadas.

Varios autores. Chile despertó: lecturas recomendadas para una vigilia cristiana. 

Te dejamos invitado a que revises nuestra página en Facebook, a la que puedes acceder haciendo clic aquí, donde podrás encontrar más información en el tiempo, de nuevos artículos y actividades publicadas. 

Cordialmente, Luis Pino Moyano. 

Vídeo: Cosmovisión cristiana y política.

El vídeo que compartimos a continuación fue realizado a modo de transmisión en vivo en mi perfil de Facebook, y busca introducirnos a los principios bíblicos para la comprensión y la práctica de quienes somos cristianos en la sociedad, específicamente en la acción política. Lo realizamos con la convicción respecto a la necesidad de entregar herramientas bíblicas en la situación que vive nuestro país. 

La exposición comienza en el minuto 2:00. 

Nueva Constitución… muchas preguntas que requieren respuesta y definición.

“En el mundo libre, las Constituciones emanan de los pueblos”.

Eduardo Frei Montalva.

Hace casi un mes entramos en una vorágine social inimaginada dentro del ámbito de las ciencias sociales respecto de nuestra realidad nacional. Teníamos claro cuáles eran los abusos de poder y los actos de corrupción, que superan con creces los treinta pesos de alza en el metro. Vimos cómo se nos cayó la máscara de la sociedad ordenada, aquella que otrora nos hiciera parecer como “los ingleses de Latinoamérica”, en una autopercepción llena de complacencia egolátrica. Vimos cómo las calles se llenaron de personas manifestando su protesta contra un sistema que exuda injusticia y que entienden con mucha claridad que la paz sólo será posible en nuestro país si tenemos justicia. Un millón doscientas mil personas llenaron las calles de Santiago y otras ciudades del país, en el viernes 26 de octubre de 2019, marcando un hito en la historia de las movilizaciones sociales en Chile, sobre todo, en el contexto postdictatorial.

Y aunque el gobierno ha hecho esfuerzos para que vuelva la normalidad, su aletargamiento, demora e incapacidad política, unido al malestar y re-encuentro de la sociedad civil, ha  obstaculizado y debilitado dicho camino, y conllevado que se haga visible un momento constituyente real. Cuando el gobierno de Piñera se abre el domingo 10 de noviembre a la posibilidad de una nueva Constitución, hace que difícilmente se avizore la posibilidad que salgamos de este momento de crisis institucional y social sin una nueva Carta Fundamental. Sobre todo, luego del acuerdo que en la madrugada de este viernes 15 de noviembre, muchos parlamentarios, en representación de sus partidos políticos, firmaron para un proceso constituyente dentro de los márgenes de la democracia. 

En un diálogo imaginario, relevo algunas preguntas posibles, explicitando algunas respuestas que no buscan cerrar conversaciones, sino, por el contrario, abrirlas. Es, también, la explicitación de definiciones políticas.

¿Qué es la Constitución?

Siguiendo la definición presentada por Humberto Nogueira, “La Constitución es la ley fundamental del Estado, es la norma jurídica de más alto rango en el ordenamiento jurídico. / La Constitución establece la organización, atribuciones y relaciones entre los órganos del estado, los derechos y las garantías de las personas y los cuerpos intermedios de la sociedad, los sistemas para hacer efectiva la supremacía constitucional y el procedimiento de reforma parcial o total de la Constitución” [1]. En dicho sentido, ningún ciudadano ni ninguna ley está por sobre la Constitución. Ella “constituye” lo que se realiza en la cosa pública. No por nada, también se le llama “Carta Fundamental”: carta, en el sentido de un mapa que delimita un campo de acción; y, fundamental, en tanto establece la base para el estado nacional.

Una cosa que no puede olvidarse, es que la Constitución no sólo es un asunto legal, jurídico si se quiere, sino que es un producto eminentemente político. Por ende, su discusión no sólo es cosa de abogados constitucionalistas (que claramente aportan al conocimiento y el debate), sino que todos los ciudadanos podemos aprehenderla, reflexionar y discutir respecto de ella. 

¿Por qué cambiar la Constitución? 

Si esta movilización comenzó por el aumento del precio en el metro, y que luego visibilizó abusos de poder de diversa índole y alcance, situaciones que derivan en vida indigna para la mayoría de la población, derechos sociales limitados por el sentido común del libre mercado y tantos actos de corrupción, ¿por qué la discusión ha derivado al asunto de una nueva Constitución? ¿Por qué se hace necesario modificarla? 

Hay múltiples razones que han sido expresadas, pero a mi juicio, la más relevante tiene que ver con el origen antidemocrático de la Carta Fundamental actual. Cosa que no ha sido inédita en nuestros más de doscientos años de vida republicana. Siempre han sido las élites políticas y/o militares las que han configurado el mapa y marco de acción del estado nacional chileno. Como señalaría Mario Garcés: “En realidad, ninguna de las Constituciones de larga duración -la de 1833, 1925 y 1980- han sido el resultado del ejercicio del poder constituyente de los ciudadanos, razón por la cual todas han sido objeto de sucesivas reformas hasta la nueva crisis política e institucional. La duración de esas constituciones y la estabilidad política alcanzada en algunos períodos no han sido sinónimos de legitimidad” [2]. En otras palabras, las tres constituciones más relevantes que ha tenido el país, fueron creadas no sólo de espaldas al pueblo, sino en estados de excepción, con el Congreso Nacional cerrado y con el brazo militar apoyando al gobierno, o siendo tal [3]. Plebiscitos de dudosa reputación, como el de 1925 sin cédula única, y el de 1980 sin registros electorales, no son signo de deliberación ni propuesta. 

Refirámonos a la Constitución de 1980. Parto citando in extenso a un grupo de historiadores que señala: “La Constitución de 1980 es, sin duda, el texto constitucional más controvertido a la par que inmodificable, atendida su vigencia pétrea, en sus aspectos esenciales, estos últimos veinte años. A pesar de su vigor, una sombra oscura empaña su origen. Si bien fue aprobado por el 67.04% contra el 30.19% de los votos, el plebiscito fue catalogado por sus opositores como espúreo. No se contó con registros electorales, y tanto la campaña de treinta días como los comicios se efectuaron bajo estados de emergencia, estando facultado todo ese tiempo el gobierno para relegar, detener y exiliar; el acceso a los diarios fue parcial al oficialismo, y en cuanto a la televisión le fue absolutamente vedada a los opositores” [4]. Pero no sólo eso, el acto electoral que refrendó el texto constitucional emanado de la dictadura fue, a todas luces, un fraude. ¿Por qué razón? Porque en una votación plebiscitaria lo que se busca es la aprobación o reprobación de una alternativa, pero en este caso, en una de las alternativas se jugaba más de una opción. El artículo 25 de la Constitución de 1980, señalaba originalmente que el período de gobierno del presidente de la república duraba ocho años [5]. Es decir, si alguien osaba votar que “No” lo que hacía era desaprobar un texto constitucional, en cambio, si se votaba que sí, se aprobaba la nueva Constitución y se ponía límite temporal al gobierno de Pinochet. Sin Constitución, la dictadura parecía eterna.

Todo esto denota violencia social. Eduardo Grünner, al hablar de la violencia constitutiva de nuestros estados de derecho, señala varias tesis, de las que refiero las primeras dos: “La violencia es constitutiva de la práctica política, porque es fundadora de la juridicidad estatal. […] El Estado moderno y el contractualismo son posibles por la negación de la violencia constitutiva de lo político” [6]. ¡Esto es demasiado potente! Nuestro estado de derecho ha tenido como acto fundacional la violencia política. Nuestra democracia es aquella que fue creada a imagen y semejanza de la dictadura cívico-militar chilena, cuyo modelo pervive más allá de la derrota electoral de 1989 y del 11 de marzo de 1990. Jaime Guzmán, ideólogo del régimen y artífice del texto constitucional, lo dijo con suma claridad: “En vez de gobernar para hacer, en mayor medida, lo que los adversarios quieren, resulta preferible contribuir a crear una realidad que reclame de todo el que gobierne una sujeción a las exigencias propias de ésta. Es decir, que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque -valga la metáfora- el margen de alternativas posibles que la cancha imponga de hecho a quienes jueguen en ella, sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario” [7]. La democracia protegida de la dictadura tiene su correlato con la justicia en la medida de lo posible. El amarre imposibilita ajustes significativos al sistema por la vía institucional, lo que trae consigo la naturalización de un sistema que es político e histórico en su origen y que, por ende, puede ser modificado. La negación del cambio, por quienes retóricamente apelaban a un “¡Viva el cambio!” [8], no es otra cosa que la negación de la polis. Esto lo ilustra de la siguiente manera el abogado Patricio Zapata, cuando señala que: “Existe un problema constitucional cuando la Carta Fundamental de un país, lejos de ser la ‘cancha’ que todos, o casi todos, reconocen como el espacio común en el cual llevar adelante la disputa cívica, es, más bien, un elemento que divide y excluye” [9]. 

La vida democrática de un pueblo amerita la construcción de una Carta Fundamental hecha en democracia. Por eso, hay que cambiar la Constitución, puesto que al hacerlo se propugna “modificar de raíz la orientación estratégica del Estado” [10]. 

Ya, pero cambiar la Constitución no mejora la vida en su cotidianidad. ¿Por qué no preocuparse, entonces, de los problemas de la gente? 

La verdad, es que no conozco a nadie que postule un cambio constitucional como la panacea para todos los problemas de la gente. Es evidente, que una Constitución no abarca todos los asuntos que tienen que ver con los seres humanos que habitan un país, pero eso no obsta para que pongamos nuestra preocupación allí, en una alternativa para cambiarla. Dicho de otro modo, la Constitución no soluciona todos los problemas, y no está para eso. Pero sí puede ayudarnos a cambiar algunos, sobre todo puede colaborar en el anhelo de pensar el Chile del siglo XXI en el largo plazo, y no sólo en las necesidades contingentes o coyunturales. 

Dicho lo anterior, la Constitución sí puede ayudarnos a mejorar problemas cotidianos de la gente. Sólo para poner un ejemplo: el Artículo 19, número 18 de la Constitución [11], habla sobre el sistema de pensiones, y dice dos cosas fundamentales: a) que se necesitaría quórum calificado, es decir, una votación que tenga mayoría absoluta (50%  más uno de votos), para cambiar algo del sistema de pensiones; y b) garantiza que pueden haber sistemas públicos y privados. En la práctica, sólo existe sistema público para las FFAA y de Orden y privado para el resto, por tanto, las AFP y su ejercicio están garantizados por la Constitución. Entonces, para modificar el actual sistema de pensiones, desde su reforma hasta su abolición, se requiere una reforma constitucional o, derechamente, el cambio de la misma. 

Necesitamos leer la Constitución para hacer diálogo fundamentado, y no repetir los eslóganes de los amantes del status quo. 

¿Cómo evaluar el acuerdo por una nueva Constitución desarrollado en el parlamento?

Traté de mantenerme despierto más allá de la 1 de la madrugada del 15 de noviembre de este movido 2019, pero el cansancio pudo más. Así que apenas desperté a las horas después, una de las primeras cosas que hice fue leer dicho acuerdo bastante transversal. 

Valoro varias cosas del mismo: 

  1. Siempre es importante tener claros los plazos: abril de 2020, para el plebiscito que apruebe o rechace una nueva Constitución y el órgano para redactarla;  en caso que se apruebe la idea de una nueva Constitución, se plantea octubre de 2020 para la elección de los miembros de la instancia elegida; y el plazo de nueve meses, prorrogable por tres meses en sólo una ocasión para que la Constitución sea redactada, y luego sea sometida un plebiscito ratificatorio de carácter obligatorio.
  2. Es sumamente valorable, que sólo se haya tenido en cuenta una Convención Mixta Constitucional y una Convención Constitucional (léase, Asamblea Constituyente), y que se excluyeran otros mecanismos menos participativos, sobre todo, la figura de una Comisión de Expertos, que tantos problemas nos han traído en nuestra historia política y en la actual coyuntura. Además, es valorable que el mecanismo de elección de delegados, siga el mismo sistema proporcional que las elecciones de diputados, que no exista compatibilidad de roles entre tener un cargo público y participar del órgano constituyente, junto con la inhabilidad sobreviniente para ser candidatos a elecciones populares por un año, aunque a mi juicio, podrían ser dos. 
  3. Lo más significativo, a mi juicio, es que la nueva Constitución parta en foja cero y que luego de su promulgación se derogue la Constitución de 1980. Este es el fin de la Constitución de la dictadura y el origen de una Constitución elaborada en democracia, con participación ciudadana, siendo la primera realizada de esa manera en la historia chilena. Eso nos debe llevar a valorar este momento constituyente, realizado sin un estado de excepción [12]. 

Claramente es necesario precisar aún cómo se desarrollará el ejercicio de la representatividad en la elección de los delegados de la Convención Constitucional, para que asegure la participación de la ciudadanía, limitando la cooptación que puedan desarrollar los partidos políticos, más allá de las actividades legítimas que puedan ejercer. ¿Se desarrollará a partir de la territorialidad, o a partir de la representación de distintas organizaciones de la sociedad civil, o una mezcla de ambas? ¿Tendrá cuotas de género y de pueblos originarios? ¿Se realizará, además de la reforma a la Constitución, que permita desarrollar los plebiscitos señalados, una al Artículo 13 de la Constitución [13], respecto de la edad de los ciudadanos, rebajándola, por lo menos, a los 16 años de edad? Todo eso está por verse. 

¿Es legítimo desconfiar de la “cocina” de la Clase Política Civil? ¿Qué pasa con eso del quórum de 2/3?

¿Tenemos derecho a desconfiar de la Clase Política Civil? Tristemente, sí. Por mucho tiempo nos han dado razones para desconfiar. La mirada instalada en el sentido común sobre la actividad política y de los partidos, no sólo responde al proyecto despolitizador llevado a cabo por la dictadura, sino que ha sido potenciado por este alejamiento de la sociedad civil, donde el pueblo ahora es gente (“gana la gente, Aylwin presidente”, decía el eslogan), y donde la política la construyen los expertos. Esa configuración elitaria de la política ha derivado en que los políticos profesionales sean entendidos, y lo que es peor, se entiendan, como una clase social distinta. Son los otros que no tienen criterio de realidad, porque no viven la realidad de la mayoría de la población. Súmese a aquello, la mirada desconfiada de las instituciones, dentro de las cuales los partidos políticos no gozan del prestigio y respeto ciudadano que antes tenían. Si a algo nos tiene que llevar esta crisis es a entender que los políticos profesionales no deben construir su identidad como otra clase social, y mucho menos, como una clase privilegiada. 

Pero desconfiar no significa satanizar. Y a mi juicio, referir a lo ocurrido en el Congreso Nacional como “cocina”, es del todo exagerado e injusto. ¿Por qué? Porque las reuniones que derivaron en un acuerdo consensuado en la madrugada del viernes 15 de noviembre, no se hicieron en una casa y en privado, sino en la sede del poder legislativo, con medios informativos presentes, en ese sentido, de cara al país. Pero además, porque mucho de lo acordado allí, puede ser entendido, por ejemplo, como resultado de la Comisión de Constitución de la Cámara de Diputados, en la que participaron no sólo abogados constitucionalistas afines a las corrientes políticas con expresión en el Parlamento, sino también una serie de representantes de la sociedad civil. Esto unido al hecho, que quienes son parlamentarios, bajo la lógica de la democracia que nos rige, son también representantes legítimos de quienes se dieron el tiempo de participar en el último proceso eleccionario. Todo eso dota de legitimidad, dentro del cauce institucional, a lo realizado y que derivó en el acuerdo para una nueva Constitución. Yo preguntaría, ¿cómo se podría llevar a cabo un proceso constituyente sin consensos y sin institucionalidad ad hoc?

Quizá una de las cosas que más impacto ha causado del acuerdo es su punto 6: “El órgano constituyente deberá aprobar las normas y el reglamento de votación de las mismas por un quórum de dos tercios de sus miembros en ejercicio” [14]. ¿Es un problema el asunto de los dos tercios? En la actual Constitución, claramente lo es, porque funciona como amarre para que una minoría circunstancial opere con un poder de veto frente a cualquier instancia de reforma. Es el acto de contrición al que apela Jaime Guzmán en sus palabras, para que el sistema construido por la dictadura se mantenga en el tiempo, más allá de su fin como hecho político en marzo de 1990. Es la trampa de esta Constitución, en palabras del profesor Atria. Pero, ¿lo es en esta propuesta? El no es rotundo. Y la gran razón es que la Convención Constitucional comenzará su operación con una hoja en blanco. Y en una hoja en blanco, no hay veto. Esto posibilita la construcción de consensos, o en el peor de los casos (¿o en el mejor de los casos?), es que algunas propuestas de distintos actores sociales no tendrán expresión en la nueva Constitución, lo que conllevaría a que serán materia de ley en las que no operaría dicho quórum. Un grupo de treinta y cuatro abogados constitucionalistas ha señalado lo siguiente en una declaración: “De este modo, aquellas materias que no alcancen dicho piso no serán reguladas en la Constitución y quedarán entregadas al legislador. El quórum de la constituyente, en consecuencia, genera tres efectos: i. favorece un acuerdo político amplio, ii. excluye todo veto de los defensores de la actual Constitución, y iii. fortalece la discusión legislativa, una vez aprobada la nueva Constitución” [15]. En las palabras del mismo grupo, estos dos tercios operarían como un quórum “supermayoritario”, en vez del carácter “contramayoritario” que tiene en la Constitución de 1980. No tiene el carácter de trampa que se le ha dado en una lectura apresurada, sino el de una cancha muy amplia en la que se puede jugar. 

Claramente cada sujeto individual y colectivo tiene su propio horizonte de expectativas, lo que se traduce en la idea de una sociedad mejor según sus propios principios. En la Constitución esas ideas pueden tener cabida, pero sin olvidar que se trataría de la carta de navegación para toda la ciudadanía, y no para unos pocos. La Constitución tiene que ser construida con pretensiones de durabilidad, y para ello, no puede representar sólo a una mayoría contingente, y mucho menos a una minoría amparada en el poder de fuego de los institutos armados como ha sido en 1833, 1925 y 1980. La negociación, los acuerdos y los consensos, no son cuestiones negativas en sí mismas, sobre todo cuando se procura el esfuerzo de construir un país. Como diría Patricio Zapata, no se puede tratar de la imposición de una agenda, “sino que debe reflejar un acuerdo muy amplio que se constituya en marco más legítimo donde poder seguir debatiendo y dirimiendo democráticamente nuestras diferencias” [16]. La Constitución no debiese poner cerrojos a la democracia, sino abrir puertas para su ejercicio.

¿Qué cosas debiesen estar presentes en una nueva Constitución?

Claramente, esta respuesta es la más cargada de subjetividad de todas, y puede ser respondida según el campo de experiencias y el horizontes de expectativas de cada cual. A mi juicio, el próximo texto Constitucional debiese ser más breve que el actual y escrita en un lenguaje que sea entendido no sólo por abogados, sino por la ciudadanía toda. Brevedad y simpleza, facilitarían su apropiación. Sería ideal que la nueva Constitución tenga un preámbulo, que entregue una declaración de principios democráticos orientados al bienestar común y la justicia social, apegado al derecho internacional, con un reconocimiento de los derechos humanos como universales, inalienables e imprescriptibles, constituyéndose en el principio fundamental de dicho documento normativo. El estado debiese ser plurinacional, con reconocimiento del pueblo-nación mapuche, aymará y rapanui, además de posibilitar una real descentralización regional (debo reconocer, que una de las cosas que más me gusta de la propuesta liberal, es la del federalismo). El poder legislativo debiese conformarse en un Congreso unicameral, lo que facilita la reducción de parlamentarios, porque la idea sería mantener el número de la actual Cámara de Diputados, bajo el mismo sistema proporcional de elección, y eliminar el número de senadores. Debiese existir, también, la posibilidad de referéndum revocatorio, para tener el derecho de sacar de sus cargos a quienes no cumplan con el deber delegado por la ciudadanía a las autoridades públicas. Debiese producirse un marco que profundice la fiscalización de las Fuerzas Armadas y de Orden, para que el monopolio del uso de la fuerza no signifique atentados contra la población, sobre todo aquella que expresa legítimamente su protesta y proyecto político, y nunca más se ejecuten acciones que fisuren o, de plano, destruyan el sistema democrático del país. Debiese darse fin al COSENA, porque pone de facto a las FFAA y de Orden en una posición deliberante. 

Como protestante, me gustaría que la nueva Constitución señalara explícitamente la separación del estado y las organizaciones eclesiales, estableciendo desde una comprensión laica, la posibilidad que las religiones y quienes las suscriban puedan expresarse con libertad en el espacio público, sin limitar su acción a la esfera privada. La limitación de las imposiciones de actores religiosos no implica la limitación de la libertad de conciencia y de la acción social desde una cosmovisión que tiene correlato más allá de los muros de los templos. La fe, por definición, es pública. Es más, me asiste la convicción, que no existen libertades públicas si  la libertad de creer es negada o dificultada. 

¿Cuál es papel de la ciudadanía y de los movimientos sociales? 

La ciudadanía tiene un papel fundamental que cumplir en todo este camino. Ya lo ha tenido en todo este tiempo. Sin las masivas y persistentes manifestaciones sociales, y su capacidad organizativa y propositiva constatada en los muchos cabildos y asambleas organizados en el país, no estaríamos viendo el principio del fin de la Constitución hecha a imagen y semejanza de la dictadura. 

Por ello, es que creo que el mecanismo apropiado para la construcción de la nueva Constitución debe ser la Convención Constitucional (léase, Asamblea Constituyente), conformada por ciudadanos sin otro cargo público. Si hay algo maravilloso de esta coyuntura es que se ha explicitado que el estado no tiene sólo tres poderes como se nos ha enseñado, y como quienes desempeñamos la docencia en historia y ciencias sociales somos constreñidos a señalar por planes y programas, sino de cuatro poderes: ejecutivo, legislativo, judicial y constituyente. Dicho poder constituyente, en su definición más simple, tiene la atribución de establecer o modificar la Constitución. Ese poder constituyente que la dictadura hizo que recayera en la junta de gobierno, y que fue derivado al Congreso con el amarre del quórum de dos tercios, hoy día, es necesario que vuelva a quien tiene por definición el poder en el sistema democrático, a saber, el pueblo. Dicho poder originario debería, en palabras de Jaime Bassa y Constanza Salgado, manifestarse de la siguiente manera: “La respuesta debe estructurarse a partir de ciertas premisas mínimas, entendiendo que: i) es el pueblo el titular del poder constituyente, ii) quien, considerando los intereses de todos, iii) ha de tomar la decisión fundamental acerca de su propia existencia a través de representantes que, luego de deliberar, decidan democráticamente” [17]. Es decir, la Convención Constitucional recibiría su poder derivado de quien tiene el poder constituyente originario, con la participación activa de la sociedad civil. Insisto, eso, por primera vez en nuestra historia, aunque hay una experiencia histórica, la de la Asamblea Constituyente de Asalariados e Intelectuales, truncada por el gobierno de Arturo Alessandri Palma, que debe ser valorada, evidentemente, desde una perspectiva crítica [18]. 

La otra posibilidad presentada en el acuerdo por la nueva Constitución, es la de una Convención Constitucional Mixta, en la que existiría la participación de  parlamentarios, siendo éstos un 50% de dicha instancia. Dicho sistema es legítimo y representativo, toda vez que sería refrendado por un plebiscito y porque los parlamentarios lo son por medio de una elección democrática. Pero dicha legitimidad y representatividad, puede y debe ser reforzada con señales mínimas: a) el seguir produciendo leyes de carácter social que beneficien a la mayoría de la población; b) el desarrollar comisiones investigadoras, que podrían derivar en juicios políticos a las autoridades responsables de las violaciones a los derechos humanos que hemos visto de agentes del estado durante este tiempo de amplia movilización; y c) reducir la dieta parlamentaria a la mitad, poner limitaciones a la reelección y producir un marco legal que facilite y acelere la investigación de casos de corrupción política y otorgue penas realmente ejemplificadoras, entre las cuales la cárcel sea una realidad, en un sentido igualador que acabe con la sensación de impunidad.

Para que todo esto sea desarrollado en un marco democrático, la sociedad civil debe conservar sus espacios de autoeducación y deliberación, por lo que, los cabildos, encuentros ciudadanos y/o asambleas, deben fortalecerse, más allá que no tengan un carácter vinculante, pues los delegados a la Convención Constitucional pueden nutrir y, aún más, pueden representar los acuerdos tomados en dichos espacios. Los movimientos sociales deben mantenerse activos y pujar por espacios de consenso en demandas que son transversales. El proceso constituyente no debe derivar en desmovilización, sino por el contrario, en organizaciones sociales que se movilizan activamente y acompañan este proceso con su crítica y proyectos históricos, de tal manera que sean un mecanismo de presión respecto de la acción de los actores políticos tradicionales. Si bien es cierto, los contextos son diferentes, el siguiente ejemplo requiere ser valorado en su dimensión histórica y política: ¿qué hizo que el Congreso Nacional aprobara en forma unánime la nacionalización del cobre en 1971, propuesta por el gobierno de Salvador Allende? ¿Qué hizo que sectores que no creen en el papel empresario del estado, y que tienden a la privatización de la actividad económica, votaran a favor de esta propuesta? ¿Qué hizo que eso fuese entendido de manera transversal como un acto que dignificaba lo nacional? Sin lugar a dudas, no fue sólo la acción inteligente de los partidos de la Unidad Popular o la acción de la Democracia Cristiana que facilitó dicho acuerdo, sino por sobre todo un movimiento social que tenía una acción colectiva masiva en las calles, que acompañó dicho proceso y presionó a las élites a actuar en concordancia con la demanda social. Las élites políticas no reconocerán nunca la educación, la salud, la previsión social y la vivienda como derechos sociales, si la sociedad está cómodamente esperando que otros actúen. La democracia es más que votar en un proceso eleccionario, es también organizarse con otros y proyectar un mejor mañana. 

Si la nación es una “comunidad imaginada” [19], con toda razón podemos imaginar hoy el Chile del presente y del futuro, entendiendo que, como diría Mario Garcés, “En contra de un sentido común dominante, nuestra historia política no es solo, ni mucho menos, la historia de los Estados, sino que la historia de las resistencias y alternativas de cambio que emergen una y otra vez desde la sociedad civil” [20]. 

Luis Pino Moyano.

 


 

Referencias Bibliográficas. 

[1] Humberto Nogueira (Coordinador). Manual de Educación Cívica. Educación para la democracia. Santiago, Editorial Andrés Bello y Corporación Participa, 1991, p. 112.

[2] Mario Garcés. El despertar de la sociedad. Santiago, LOM Ediciones, 2012, p. 96. 

[3] Véase: Gabriel Salazar y Julio Pinto. Historia Contemporánea de Chile I. Estado, legitimidad, ciudadanía. Santiago, LOM Ediciones, 1999, pp.13-123; Sergio Grez. “La ausencia de un poder constituyente democrático en la historia de Chile”. En: Tiempo Histórico. Revista de la Escuela de Historia de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Nº 1, Santiago, 2010, pp. 15-35. 

[4] Sofía Correa et al. Historia del siglo XX chileno. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001, pp. 323, 324. 

[5] Constitución Política de la República de Chile. Santiago, División Nacional de Comunicación Social, 1980, p. 10. 

[6] Eduardo Grünner. Las formas de la espada. Miserias de la teoría política de la violencia. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 2007, pp. 31, 39.

[7] Correa et al. Op. Cit., p. 325. Véase para profundizar: Fernando Atria. La constitución tramposa. Santiago, LOM Ediciones, 2013.

[8] Eslogan de campaña del candidato presidencial Joaquín Lavín en 1999. 

[9] Patricio Zapata. “La Constitución del bicentenario. Once tesis y una propuesta concreta”. En: Claudio Fuentes y Alfredo Joignant (editores). La solución constitucional. Plebiscitos, asambleas, congresos, sorteos y mecanismos híbridos. Santiago, Catalonia, 2015, p. 165. 

[10] Gabriel Salazar. “La ‘solución constituyente’ como proceso histórico-social”. En: Ibídem, p. 97. 

[11] Constitución Política de Chile. Santiago, Galas Ediciones, 2016, pp. 34, 35. 

[12] Acuerdo por la paz social y la nueva Constitución. 15 de noviembre de 2019. Firmado por Fuad Chahín (Democracia Cristiana), Alvaro Elizalde (Partido Socialista), Jacqueline van Rysselberghe (UDI), Catalina Pérez (Revolución Democrática), Heraldo Muñoz (PPD), Mario Desbordes (Renovación Nacional), Luis Felipe Ramos (Partido Liberal), Hernán Larraín (Evópoli), Javiera Toro (Partido Comunes), Carlos Maldonado (Partido Radical) y Gabriel Boric (¿…?). 

[13] Constitución Política de Chile. Op. Cit., p. 22. 

[14] Acuerdo por la paz social y la nueva Constitución. Op. Cit.

[15] “Más de 30 abogados constitucionalistas explican controversias por quórum de 2/3 en acuerdo para una nueva Constitución”. En: El Desconcierto. 17 de noviembre de 2019. http://www.eldesconcierto.cl/2019/11/17/mas-de-30-abogados-constitucionalistas-explican-controversias-por-quorum-de-2-3-en-acuerdo-para-una-nueva-constitucion/ (Consulta: noviembre de 2019). 

[16] Zapata. Op. Cit., p. 173. 

[17] Jaime Bassa y Constanza Salgado. “Bases constitucionales del proceso constituyente II: Principios y mecanismos para una asamblea constituyente”. En: Fuentes y Joignant (editores). Op. Cit., p. 257.

[18] Véase: Sergio Grez. “La asamblea constituyente de asalariados e intelectuales Chile, 1925: Entre el olvido y la mitificación”. En: Revista Izquierdas. Nº 29, Santiago, septiembre de 2016. http://scielo.conicyt.cl/pdf/izquierdas/n29/art01.pdf (Consulta: noviembre de 2019).

[19] Benedict Anderson. Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2006.

[20] Garcés. Op. Cit., p. 46. 

* Agradezco a Fernando Salas, por su aporte en la mejora de este artículo. 

 

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Descarga: Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución.

 

Ni zelotes ni herodianos. Por una alternativa cristiana de paz activa.

Imagen e intervención de Manos Arriba.

Luis Pino Moyano*.

Publicado en Estudios Evangélicos.

“Por supuesto, no queremos que los hombres dejen que su cristianismo influya en su vida política, porque el establecimiento de algo parecido a una sociedad verdaderamente justa sería una catástrofe de primera magnitud” [1]. Antes que alguien diga “-¡Amén!” a estas palabras, debo decir que son parte de una de las cartas enviadas por Escrutopo a Orugario, en su afán de enseñarle a ser un “buen demonio”. C. S. Lewis, en ese maravilloso libro nos presenta lo urgente y necesario que es pensar la vida en sociedad desde una visión del mundo y la vida explícitamente cristiana. Lo que es terror para el infierno es una bendición para el mundo en el que vivimos, y es parte del cumplimiento del proyecto histórico de Dios inaugurado en la creación y sostenido con mano providente hasta su consumación final. 

En dicha realización de la tarea política de los cristianos esparcidos en el mundo, la construcción de la paz es tarea fundamental. Y allí, la pregunta por el tipo de paz es más que pertinente. Claramente, atenta contra la paz cualquier visión política y social que entienda a la violencia como la “partera” de la historia, como el único método para construir un mundo diferente. Pero también atenta contra la paz, aquella mirada y actitud frente a la vida de acomodarse al sistema imperante, no generando ninguna crítica de aquello que es cuestionable y rechazable a la luz de la Palabra de Dios. Los cristianos no somos ni zelotes ni herodianos. Ni radicales ni quietistas. Ni apologistas de la violencia ni indiferentes ante una realidad que deberíamos ver con compasión. Ambas formas de hacer política en la sociedad, por más excluyentes que parezcan, no lo son en realidad, pues buscan una misma cosa: que el poder sea ejercido por una parte de la población en detrimento de otros. Y ahí, las palabras de C. S. Lewis nos advierten: “Cada nuevo poder ganado por el hombre es también un poder sobre el hombre. Cada avance lo deja más débil y más fuerte. En cada victoria, además de ser el general que triunfa, es también el prisionero que sigue el carro triunfal” [2]. El poder es un don de Dios dado a los seres humanos que se transforma en ídolo cuando busca la autoexaltación de los seres humanos, haciéndoles apartar la vista del Dios Todopoderoso y del prójimo a quien debemos amar como a nosotros mismos [3]. 

Tampoco el pacifismo es alternativa. C. S. Lewis, explicando el texto de Mateo 6:29, “Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra”, y contradiciendo la interpretación pacifista de él, señala: “En la medida en que los únicos factores relevantes en este caso sean un daño hacia mí de parte de mi prójimo y un deseo mío de tomar represalias, sostengo que el cristianismo ordena la absoluta mortificación de ese deseo. No hay que dar cuartel a la voz de nuestro interior que dice: ‘Él me ha hecho esto a mi, yo le haré lo mismo a él’. Pero en el  momento en que introduces otros factores, por supuesto, el problema cambia. ¿Acaso alguien supone que los oyentes de nuestro Señor entendieron que él se refería a que si un maniaco homicida, intentando asesinar a un tercero, intentara apartarme de su camino, yo debería hacerme a un lado y permitirle que llegase a su víctima? No creo posible que se hubiera entendido así” [4]. A la luz de la Escritura se puede decir que existen conflictos, guerras e, inclusive, muertes que son injustos, pero otros que no lo son. Y allí la relación entre paz y justicia salta a la palestra. 

Nada más justo que la ley del Señor. Y esa ley buscaba asegurar relaciones armónicas entre los seres humanos, condenando prácticas como la codicia, la falta de solidaridad hacia los pobres, el descuido de la tierra, la injusticia y la falta de equidad entre daño y pena; y propiciando la celebración de años sabáticos y de jubileos, que tenían por finalidad hacer descansar la tierra y proclamar, entre otras cosas, el indulto de muchos condenados. Por su parte, los salmos y los profetas, recordándonos las palabras de la ley, nos hablan de un Dios justo, que mira con bondad a quien sufre los rigores impuestos por líderes políticos y religiosos, representados como pastores que sacan la lana de las ovejas gordas para luego engullirlas, dejando a débiles, heridas y perniquebradas a un lado. No por nada, cuando se señalan los pecados de Sodoma, el profeta dice que fueron: “la soberbia, gula, apatía, e indiferencia hacia el pobre y el indigente” (Ezequiel 16:49). Todo ello atenta contra el bienestar que los creyentes debemos buscar para el mundo creado por Dios, teniendo en cuenta que dichos mandatos pueden y deben ser cumplidos tanto en el Edén como en Babilonia. La paz, entonces, no es sólo ausencia de conflicto, pues Shalom es también justicia social, vida abundante y armonía con los otros sujetos que portan, por derecho de creación, la imagen y semejanza de Dios. 

Esto nos lleva a decir que la paz de la cual habla la Escritura no tiene nada que ver con la pasividad o con una lectura y actitud reaccionaria frente a la vida. Nadie que crea que Cristo tiene el poder para hacer nuevas todas las cosas puede mantenerse inactivo en el mundo. El Espíritu Santo, con su obra poderosa, nos libra de la ociosidad dañina respecto de nosotros, de nuestro prójimo y de la creación completa. 

¿Qué hacer? es la pregunta. En primer lugar, me permito citar un texto confesional. Se trata de la Confesión Escocesa, formulada en 1560 y redactada por John Knox, John Winram, John Spottiswoode, John Willock, John Douglas y John Row. En su capítulo XIV titulado “Las obras que Dios considera buenas”, plantea: “Honrar al padre, a la madre, a los príncipes, gobernantes y poderes superiores; amarlos, apoyarlos, obedecer sus órdenes si éstas no se oponen a los mandamientos de Dios, salvar la vida de los inocentes, sofocar la tiranía, mantener nuestros cuerpos limpios y puros, vivir sobriamente y ser temperantes; tratar con justicia, de palabra y de hecho a todas las personas y finalmente, reprimir cualquier deseo de perjudicar a nuestro prójimo, son las obras de la segunda categoría [la segunda tabla de los diez mandamientos, del amor al prójimo], y éstas son aceptables y agradables a Dios ya que son ordenadas por él mismo” [5]. Cabe destacar, que este documento confesional fue el primero de esa índole, en el protestantismo histórico, en plantear la necesidad de resistir la tiranía como acto de obediencia a Dios. 

Por su parte, C. S. Lewis, en su libro “Mero Cristianismo”, en su capítulo “Moral Social”, se esfuerza por responder a la pregunta: ¿cómo sería una sociedad enteramente cristiana? Dicho autor señaló que “No habrá pasajeros ni parásitos: si alguien no trabaja, no debería comer. Todos deberán trabajar con sus propias manos y, lo que es más, el trabajo de cada uno será para producir algo bueno: no habrá fabricación de lujos tontos y luego propaganda más tonta aún para persuadirnos a comprarlos. Y no hay que ‘ser un creído’ ni ‘andar dándose aires’ ni ser ostentoso. […] Por otra parte, [la Escritura] está siempre insistiendo en la obediencia: obediencia (y manifestaciones externas de respeto) de todos nosotros a los magistrados adecuadamente nominados, de los niños hacia sus padres, y (temo que no va a ser en absoluto popular) de las esposas a los maridos. En tercer lugar, debe ser una sociedad alegre: llena de cantos y gozo, y donde la preocupación y la ansiedad serían consideradas malas. La cortesía es una de las virtudes cristianas; y el Nuevo Testamento odia a los entrometidos y chismosos” [6]. 

Algunas otras tareas que me permito relevar, respecto de nuestro quehacer en la sociedad a partir de la paz que se vive en la justicia, son:

  1. Debemos trabajar teniendo en cuenta la triada presentada en la Biblia: pobres, desamparados (huérfanos-viudas) y extranjeros. No debemos olvidar que quienes sufren los rigores de la vida (enfermedad, cárcel, desnudez, hambre), en el discurso bíblico, son los pequeñitos de Dios, y recordando que los actos de misericordia son siempre actos de justicia. Lo contrario reporta una espiritualidad atrofiada e idolátrica. 
  2. Debemos protestar y trabajar para “terminar con formas particulares de injusticia, violencia y opresión” [7]. En cada lugar en el que exista un ejercicio tiránico y opresivo del poder, debemos alzar nuestra voz y realizar tareas que conduzcan a eliminar dicho ejercicio, porque el amor verdadero “no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad” (1ª Corintios 13:6). Nuestra protesta debe buscar como fin la sanidad de los pueblos, la restauración de los heridos y perniquebrados, la construcción de un proyecto que coadyuve a la expansión y consumación del Reino de Dios, que en la definición paulina es “justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17). La tarea de vivir el Shalom de Dios no es la de crear algo inédito, sino una tarea reparatoria y transformadora.
  3. Siguiendo en esto a Sidney Rooy, no debemos olvidar que la tarea de los creyentes cristianos es profética (en relación a las autoridades), didáctica (dentro de ella) y de servicio (respecto de las víctimas de la injusticia). Se recomienda el ejercicio de la resistencia pacífica, pero de manera coherente con la tradición cristiana, no hay que olvidar que en casos extremos puede usarse la fuerza, pues “Todo gobierno que traiciona su vocación y en lugar de promover el bien y castigar el mal hace lo inverso, pierde su autoridad para gobernar” [8]. 
  4. Debemos orar “por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1ª Timoteo 2:1,2), aunque sean como Nerón. Además, el clamor para que se haga la voluntad del Señor, como reza el Padrenuestro, debe estar siempre en nuestra boca, porque la motivación para orar debe ser el reconocimiento de la soberanía de Dios.
  5. El profeta Isaías anunciando la palabra  del Dios Todopoderoso dijo: “¡Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Isaías 5:20). Si bien es cierto, misteriosamente, Dios actúa también en la historia usando como instrumento suyo a los que hacen lo malo, ¡porque Dios es soberano siempre!, eso no señala que lo que estos sujetos desarrollan sea su voluntad expresada en la Palabra. No justifiquemos lo injustificable ni menos celebremos ni homenajeemos al imperio de la maldad ni a sus ejecutores. No nos hagamos cómplices con el silencio ni con la voz que ensalza la opresión. 
  6. No anhelemos ejercer la venganza, porque ésta sólo es justa cuando proviene de la indignación del Todopoderoso. Él dará el justo pago (Romanos 12:19). No podemos caer en la misma lógica de los que matan literal y simbólicamente, porque eso, en definitiva nos termina autodestruyendo. Si Dios nos ha liberado no volvamos a andar en esclavitud (cf. Gálatas 5:1).

Claramente, ninguno de los esfuerzos mencionados construirá algo completo y perfecto. Y enhorabuena que así sea, pues nuestra esperanza no está puesta en personas y sistemas político-ideológicos, sino que es escatológica y está centrada en el Dios-Hombre, Jesucristo. Y esto, debiese ponernos en nuestro lugar y, a la vez, animarnos en la esperanza. Pues como diría David Koyzis: “No hay cómo saber cuán pronto Cristo volverá para traer la plenitud prometida de su reino. Puede ser mañana, pero puede ser también de aquí a mil años. También no hay cómo saber cómo nuestras obras, falibles e imperfectas, podrán contribuir para promover el reino. Pero sabemos que el final vendrá y que Dios quiere usar nuestros frágiles esfuerzos para sus propósitos y su gloria. Cada acto que promueve la justicia, sea en la política o en cualquier otro ámbito de la actividad humana, apunta para la plenitud final del reino de justicia de Dios en el cielo nuevo y la tierra nueva” [9].

No nos olvidemos nunca que “El producto de la justicia será la paz; tranquilidad y seguridad perpetuas serán su fruto” (Isaías 32:17).

 


 

* Miembro de Fe Pública. Licenciado en Historia con mención en Estudios Culturales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. E-Mail: luispinomoyano@gmail.com. Ponencia presentada en el conversatorio “Hablemos de verdad. Una vida digna en Babilonia”. Organizado por RCU, Iglesia Santiago Apóstol, CRU, GBU, Fe Pública, Semillero, y realizado el sábado 26 de octubre de 2019.

[1] C. S. Lewis. Cartas del Diablo a su sobrino. Nueva York, Rayo, 2006, p. 107, Carta XXIII.

[2] C. S. Lewis. La abolición del hombre. Reflexiones sobre la educación. Santiago, Editorial Andrés Bello, 2000, pp. 59, 60.

[3] Se trabaja esta idea en: John Piper. Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder. Medellín, Poiema Publicaciones, 2017, pp. 65-79.

[4] C. S. Lewis. El peso de gloria. Nashville, HarperCollins Español, 2016, pp. 84, 85. Corresponde al ensayo titulado “¿Por qué no soy pacifista?”.

[5] http://mb-soft.com/believe/tshm/scotconf.htm (Consulta: octubre de 2019).

[6] C. S. Lewis. Mero cristianismo. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1994, pp. 75, 76.

[7] Timothy Keller, Justicia generosa. Barcelona, Publicaciones Andamio, 2016, p. 46.

[8] Sidney Rooy. “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”. En: Pablo Deiros (editor). Los evangélicos y el poder político en América Latina. Buenos Aires, Nueva Creación, 1986, p. 70.

[9] David Koyzis. Visões & Ilusões políticas: uma análise e crítica cristã das ideologias contemporâneas. São Paulo, Edições Vida Nova, 2014, p. 322 (traducción propia).

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La marcha del millón.

Estaba en mi casa y veía que la gente comenzaba a llegar a la Plaza Baquedano muchas horas antes de la convocatoria. Había visto su propaganda, convocando a la marcha más grande de la historia, y quise ir. Como cristiano, como ciudadano y como profesor de historia, todo eso junto, enmarañado como la vida misma. Como un protestante que protesta, tomé un block y anoté dos versículos bíblicos (Proverbios 31:8,9 e Isaías 32:17), para usarlo como pancarta y me encaminé a Santiago. Mucha gente en los paraderos para salir a Santiago. Me bajé del colectivo en Matta con Vicuña Mackenna y caminé por esa última calle hacia la Plaza Italia. Miles de personas caminando por la calle, gritando consignas, múltiples, con distinto contenido y fondo. Me detuve casi al lado de un escenario improvisado donde cantaban los Sol y Lluvia, donde quienes participaban de esta movilización coreaban esas letras surgidas en los años ochenta y que me recuerdan los tiempos de la vida en la pobla, en la Angelmó de San Bernardo, y el sabor de los cubos (bolsas largas de jugo congelado). Cuando terminaron la presentación caminé por en medio de ese mar de gente. Andaba con mi polera de homenaje al “Chamaco” Valdés, y cabros de la U me felicitaban y decían “¡Grande Chamaco!”. Sí, era otro mundo, uno que no imaginábamos. Crucé la Alameda y llegué hasta Pío Nono. Me devolví. Tomé algunas fotos. Miré aquello que no imaginaba ocurriría y que ocurrió. Me devolví caminando por Vicuña Mackenna con la tranquilidad de siempre. El dolor de un lumbago crónico que padezco de años, no me permitió estar más rato. Pero sí, era para estar alegres. 

Más allá de la espontaneidad de la misma movilización, con gente caminando para distintos lados, sin el orden que el pequeño Portales que llevamos dentro y nos constriñe a la estructura no me hacía entender, hay múltiples cosas que son destacables: 

  • La primera, es la gran diversidad de personas que participaban: gente de distintas edades, clases sociales, convicciones políticas. 
  • En segundo lugar, desde el 4 de septiembre de 1973, cuando los partidos de izquierdas celebraban los tres años del gobierno de la Unidad Popular que no se movilizaba por las calles de Santiago un millón de personas. Hoy, según las cifras oficiales, hubo un millón doscientos mil personas tomando el espacio público en son de protesta y celebración.
  • A propósito de lo último, el país sin carnaval, se sacó la máscara y salió a la calle en tono celebrativo. Pese a todo lo que vivimos estos últimos días, la gente no sólo sonreía, festejaba.
  • Y, por último, esta es la movilización más masiva en la que se haya vuelto ocupar la bandera chilena como símbolo, luego de las movilizaciones contra la dictadura en las jornadas de protesta iniciadas en 1983. Eso es esperanzador. El cariño por la tierra de nuestros padres y madres, y el sueño de un país diferente se funden en ello.

Cuando esto se cuente en los libros de historia, podré decir a mis futuros estudiantes: “yo estuve ahí”. Cuando hayan documentales sobre este hito histórico, podré hablar con mis nietos, diciéndoles: “yo estuve ahí”. 

Y es que el Chile que viene requiere compromiso: en el estudio, la reflexión, el diálogo y la acción vital. 

Luis Pino Moyano. 

Algunas fotos tomadas por mi:

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[Lectura Devocional] ¡La justicia es acto de espiritualidad!

“¡Lávense, límpiense! ¡Aparten de mi vista sus obras malvadas! ¡Dejen de hacer el mal! ¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen la justicia y reprendan al opresor! ¡Aboguen por el huérfano y defiendan a la viuda! ‘Vengan, pongamos las cosas en claro -dice el Señor-. ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana! ¿Están ustedes dispuestos a obedecer? ¡Comerán lo mejor de la tierra! ¿Se niegan y se rebelan? ¡Serán devorados por la espada!’. El Señor mismo lo ha dicho” (Isaías 1:16-20).

El profeta Isaías hace el anuncio al pueblo de Judá con una intención clara: que escuchen la Palabra de Dios. Pero la situación es muy adversa, pues dicho pueblo tiene su mente corrompida por el pecado, por lo que la voz profética diagnóstica enfermedad y asolamiento. El juego simbólico es muy interesante. Del símil del versículo 3, en el que se les compara con bueyes y asnos, que con toda su torpeza entienden la voz de su amo, mientras ellos no obedecen la voz de su Señor; se pasa a la metáfora del versículo 10, en la que los gobernantes son comparados a los principados de Sodoma y el pueblo todo, a Gomorra. Eso explica por qué su culto ofende a Dios, pues a pesar que en apariencia seguían estricta obediencia a Dios, su corazón y formalismos eran paganismo puro y sencillo (versículos 11-15). Ese es el contexto del pasaje citado al comienzo. 

La sección que he colocado al inicio habla de una serie de prácticas injustas de las cuales el pueblo de Judá debe arrepentirse, para aprender a actuar con justicia en el mundo. Es muy interesante ese punto: la justicia se aprende. ¿Y qué es lo que hay que aprender? Enumeremos: a) hacer el bien; b) buscar justicia; c) reprender al opresor; d) defender al huérfano y la viuda. Y luego de dicha enumeración, notamos toda la fuerza de uno de los versículos más conocidos del libro en el que se nos invita a buscar al Señor para recibir el perdón de nuestros pecados, por muy oscuros y profundos que éstos sean. Es el recuerdo del pacto de Dios con su pueblo, del Dios que nos ama y redime. Por eso, el texto refuerza dicha idea con consecuencias: si buscamos a Dios tendremos Shalom, es decir, vida abundante y verdadera; mientras que si no buscamos al Señor, seremos víctimas de la autodestrucción. En otras palabras, la justicia es una necesidad espiritual. 

¿Qué nos enseña este texto? Que bíblicamente, toda práctica de injusticia social emerge de una espiritualidad atrofiada, que busca ensalzar cosas y sujetos que perecen y que, por lo tanto, la justicia que necesita nuestra sociedad, y en la que nosotros debemos ser agentes activos del Reino de Dios, es un acto que busca en primer lugar la adoración del Dios vivo y verdadero. Es nuestra tarea urgente, entonces, volvernos a la Palabra de Dios para encontrar sustento en nuestras prácticas, y entender la justicia en la sociedad como una disciplina espiritual, pues esta requiere aprendizaje y un ejercicio que busca paliar una necesidad real de quienes somos creyentes en Cristo Jesús. No podremos hacer el bien, buscar la justicia, reprender al opresor y defender al huérfano y la viuda si lo hacemos sustentados en los principios de la cultura imperante, o en las ideologías de los partidos y movimientos que nos agradan, pues eso nos lleva a la parcialidad que es signo de la espiritualidad atrofiada. 

Quienes profesamos la fe evangélica en nuestro Chile debemos comenzar por arrepentirnos. Arrepentirnos de nuestro acomodamiento, ya sea a la vida en comunidades que no tienen ningún nexo con el mundo, como también, el que ha resultado de la búsqueda de meras cuotas de poder para tener algo de influencia. Debemos arrepentirnos por todas las veces que hemos creído que la tarea proclamar el evangelio está disociada de la disciplina espiritual de la justicia en la sociedad. Debemos arrepentirnos cuando hemos mirado a nuestro prójimo con parcialidad, siendo sumamente duros con el pecado y debilidad del resto, y muy autocomplacientes con nosotros mismos. Gracias a Dios por el evangelio, porque sólo en Cristo, nuestros pecados pueden ser anulados, como del “carmesí a la blanca lana”. 

Oración: Amado Señor, te adoramos por ser justo y verdadero. Nos postramos ante ti, en nuestros corazones, para pedirte perdón por nuestra espiritualidad atrofiada que se ha manifestado en injusticia, indiferencia y parcialidad. Queremos pedirte que nos limpies por el poder del sacrificio que Cristo hizo en la cruz, para que llenos del poder de tu Espíritu Santo, podamos mantener nuestra mirada en ti y en nuestros prójimos. Vivimos en nuestro país tiempos difíciles en los que no podemos actuar con indiferencia y quietud. Haznos ser artesanos de la paz que trabajan en el mundo sólo para tu gloria y honra. Lo pedimos en Cristo Jesús, amén. 

Luis Pino Moyano.

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Presbiterianos hablando de política.

“- ¡Cómo es posible que pastores y presbíteros hablen de política!”. Ese reclamo, cuya legitimidad no debe ser puesta en duda, adolece de un problema: el desconocimiento de la historia de la iglesia. El presbiterianismo chileno, y particularmente la Iglesia Presbiteriana de Chile, a lo largo de su historia ha cumplido un importante rol en la sociedad. Durante el siglo XIX promovió la defensa de las libertades públicas, más adelante consagradas en las leyes laicas del gobierno de Domingo Santa María. Durante el siglo XIX y principios del XX promovió instancias educativas, hogares de menores, centros salud como la Maternidad Madre e Hijo. Durante el siglo XX se opuso a la obligatoriedad de las clases de religión católica en los colegios. Y en la participación de alguno de sus miembros, fue pieza fundamental para la promulgación de la Ley de Libertad de Cultos. Y sí, nuestros pastores, oficiales y miembros, hablaban mucho de política y de lo social. Basta echar un vistazo a las publicaciones de “El Heraldo Evangélico” y “El Heraldo Cristiano” para notar artículos sobre el acontecer noticioso chileno y del extranjero, promoviendo ciertos proyectos políticos y sociales como la separación de la Iglesia Católica y el estado en 1925, o generando una lectura interpretativa a la luz del cristianismo de corrientes políticas. O, también, podría servir recordar cómo los pastores más antiguos de la iglesia desarrollaban los “desayunos pastorales” en los que se leía la Biblia y el diario, y se conversaba en torno a ellos. 

Claramente, la práctica de esa “vieja escuela presbiteriana” tuvo un momento de dificultad con el golpe de estado de 1973 y el gobierno de facto emanado de él. Pero, en esos años nunca la medida fue censurar la opinión de los miembros de la Iglesia, sino más bien poner en la palestra que siempre que un miembro de la IPCH hablara en el espacio público lo hacía a título personal y nunca arrogándose la representatividad de la Iglesia. Ni en esas horas se puso en duda uno de los valores más preciados del genio del presbiterianismo chileno, a saber, la libertad de conciencia. Por eso, con todo el respeto que me es posible, no deja de llamar la atención el cierto tabú que algunos miembros de la iglesia quieran imponer respecto de dicha temática. Es entendible que quienes vivieron como jóvenes dicho período, y sufrieron tensiones en actividades eclesiales, quieran promover la paz, pero la paz no se basa en el tabú que permite la convivencia, sino en el entendimiento que ninguna de nuestras diferencias importa al lado de conocer a Cristo. Son basura al lado de eso. Y si nosotros nos esforzamos por levantar las barreras que antes nos separaban y que Cristo botó con la sangre de su cruz, estamos simplemente haciendo más caso de ídolos del tiempo presente que de lo que expresa el Dios Todopoderoso en su Palabra. 

No obstante lo dicho con antelación, y en mirada complementaria de ello, quienes no tenemos miedo o que no queremos imponer un tabú a la hora de hablar de estos temas, debiésemos tener en cuenta los siguientes principios, que en la hora actual no está de más recordar:

  1. La Biblia no presenta un programa político definido con todas sus líneas de acción. Lo que si presenta son principios para su entendimiento y labor. Nos enseña que dicha tarea es honrosa y que también es un espacio de adoración a Dios, por lo que debe ser llevada a cabo con responsabilidad y distintivo cristiano. Quienes somos presbiterianos podemos ser ayudados y sustentados en esta mirada, cuando leemos y practicamos lo planteado por nuestra Confesión de Fe de Westminster, en su capítulo XXIII titulado “Del magistrado civil”. 
  1. Que nada de lo que digamos puede pretender ser palabra cerrada o definitiva, ni mucho menos arrogarse la representatividad de la Iglesia o de “lo reformado”. Porque si lo que la Biblia otorga de la temática son principios y no una metodología de aplicación, puede que nuestros prismas respecto de ello sean diversos. Lo fundamental aparece consagrado en nuestros estándares de fe, lo secundario siempre es tema de discusión y nunca puede ser entendido como fundamental, pues eso se transforma inmediatamente en argumento de división. Dios nos libre de ello. 
  1. En sintonía con lo dicho con antelación, debemos actuar con amor cristiano, partiendo con acciones de respeto hacia nuestros hermanos que pueden divergir de algunas de nuestras ideas, como también respecto de otros prójimos, entre ellos del magistrado civil. Actuar con respeto es actuar con responsabilidad, y es lo que posibilita que nuestros debates no sean diálogos de sordos. Ahí el capítulo XX de nuestra Confesión de Fe, “De la libertad cristiana y la libertad de conciencia” nos puede ayudar en demasía, porque nos permitiría entender que la libertad siempre es comunitaria y se nos es regalada como don para amar y servir, y que no existe libertad de conciencia sin que esta se encuentre atada a la Palabra de Dios. Que la Biblia y no las ideologías sean el filtro y lente desde el que observamos la realidad. 

Cristo, Señor de todo, tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Él hace que el mundo, con sus sombras y muerte, sean el “teatro de la gloria de Dios” (Calvino), porque Él guía la historia hacia su consumación. Nuestra acción responsable en el mundo, como iglesia institucional y orgánica, es decir, como Iglesia Presbiteriana de Chile y como presbiterianos esparcidos en la sociedad, es el testimonio de esta esperanza. 

Fraternalmente en Cristo, Luis Pino Moyano.