¿Por qué cantar y orar en navidad?

“El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto. Pero cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados’. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: ‘La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel’ (que significa ‘Dios con nosotros’)” (Mateo 1:18-23).

¿Se debe celebrar la navidad? ¿Es posible cantar y orar en Navidad? Algunos creen que no debemos celebrar la Navidad, por su aparente origen pagano, el del nacimiento del sol, lo que daría cuenta de un sincretismo religioso innecesario. Otros, apelando al “real sentido de la navidad”, alzan sus banderas anticonsumo, y cuestionan el ejercicio de comprar y regalar. Otros piensan que la navidad es para los niños, y que es por ellos que hay que celebrarla. Todas esas visiones conllevan maneras distintas de ver y realizar la celebración.

¿Pero qué decir frente a estas miradas tan dispares? Que a pesar de las notorias diferencias, todas se unen en un punto: el del olvido…

  • El olvido de que ésta es una tremenda oportunidad que nos brinda el calendario para hablar del amor de Jesús el Redentor, que nació en Belén, sobre todo a nuestros familiares y amigos no creyentes.
  • El olvido de que los regalos y el compartir no necesariamente muestran una actitud consumista, sino más bien, relevan la posición de nuestro corazón, el sentido que damos a dicha entrega, recordando que para el cristianismo vale más “dar que recibir”.

La Navidad es una fiesta que nos invita a no olvidar. La Navidad es un acto de memoria en el que celebramos la encarnación de Jesús, cuyo nacimiento, vida, enseñanza, muerte y resurrección nos da la certeza de la Redención, la que alcanza a todos los que fueron amados por Dios desde la eternidad, antes de que el mundo fuese.

Aún no hemos respondido a cabalidad la pregunta: ¿Por qué cantar y orar en navidad? Leímos el texto de Mateo, que nos presenta el evangelio a través de tres nombres dados al Salvador. Esos tres nombres nos presentan la identidad de Jesús y, además, el poder de su obra.

Jesús es la forma griega del nombre hebreo “Josué”. Era un nombre muy común en la época. Lo que importa es su significado y la radicalidad que alcanza en la persona del niño que nació en Belén. El nombre significa “Yahvé salva”. Sin lugar a dudas, la encarnación tiene un sentido misional cuyo clímax se encuentra en la cruz de Cristo. La navidad está muy ligada a la pascua. No son lo mismo, pero no pueden entenderse por separado. Cristo descendió a la tierra para morir. Así lo señala Pablo cuando dice: “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación. Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios” (2ª Corintios 5:17-21). Fue por nuestra salvación que la Segunda Persona de la Trinidad, Dios mismo, se hizo hombre y nació en un humilde establo, y recostado en un pesebre. Fue por amor a nosotros que Cristo sufrió la cruz. Es Dios quien está en misión, y en esa misión de reconciliación, Cristo es el Salvador. La justicia y la gracia se nos manifiestan en el pesebre y en la cruz. Junto a Charles Spurgeon podemos decir que: “Habrá paz para la raza humana, y buena voluntad hacia los hombres por siempre y para siempre, mientras se dé gloria a Dios en las alturas. ¡Oh bendito pensamiento! La Estrella de Belén nunca se ocultará. Jesús, el más hermoso entre diez mil, el más amable entre los bellos, es un gozo para siempre”.

Cristo, es el otro nombre. También es un concepto griego, que reemplaza a uno hebreo, en este caso el de Mesías. Significa “ungido” (ungir es untar con aceite), alguien que fue llamado y consagrado para cumplir una labor, en este caso la del Libertador prometido en todo el Antiguo Testamento. Cristo fue ungido para llevar a cabo su función de Rey, Profeta y Sacerdote. Esto es una buena noticia, pues el Reino de Dios se ha acercado a nosotros en la persona de Cristo, Reino que será consumado en el día final. Es una buena noticia, porque recibimos al profeta por excelencia, a aquél que nos trajo la Palabra viva del cielo, hablándonos con autoridad, no como los maestros de la ley y los fariseos. Él es el autor y el consumador de nuestra fe. Es una buena noticia porque hemos recibido al sacerdote perfecto. Sacerdote que no sólo ofició el sacrificio, sino que además fue la ofrenda perfecta, la única posible para conseguir eterna redención. Hasta el día de hoy él intercede por nosotros delante de nuestro Padre.

Emanuel, es el tercer nombre. Es el cumplimiento pleno de la profecía dicha por Isaías. Es el cumplimiento literal de la profecía y no una mera señal de la presencia de Dios con nosotros. ¡Cristo es Dios! Juan 1:1: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”; Colosenses 2:9: “Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo”; Romanos 9:5: “De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén”; Tito 2:13: “mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”; Hebreos 1:8, Dios hablando, dice: “Pero con respecto al Hijo dice: ‘Tu trono, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos, y el cetro de tu reino es un cetro de justicia’”; y 1ª Juan 5:20: “También sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al Dios verdadero. Y estamos con el Verdadero, con su Hijo Jesucristo. Éste es el Dios verdadero y la vida eterna”. No existe religión en el mundo que tenga un dios tan cercano, como el Dios verdadero, del cual el Emanuel es la imagen visible.

Un viejo himno decía: “Oh ven bendito Emanuel / de la maldad rescata a Israel, / que llora en triste desolación / y espera ansioso su liberación”. El bendito Emanuel está con nosotros, nos salvó y vive con nosotros. Él prometió estar presente con sus discípulos hasta que venga otra vez. ¡Jesucristo está con nosotros! Su presencia nos da vida.

Dietrich Bonhoeffer señaló en Resistencia y sumisión que: “La iglesia ha de colaborar en las tareas profanas de la vida social humana, no dominando, sino ayudando y sirviendo. Ha de manifestar a los hombres de todas las profesiones lo que es una vida con Cristo, lo que significa ‘ser para los demás’”. Lo que los cristianos celebramos en navidad no es la fiesta del consumo, cuyo gozo absoluto es “recibir” y “tener”, sino más bien una fiesta que se goza en “dar”, en “ser para los demás”, lo que se manifestó de manera totalmente concreta y real en un humilde pesebre, en las enseñanzas del Hijo del Hombre y en una pesada cruz.

¿Por qué cantar con fervor y orar con agradecimiento en Navidad? Porque Jesús de Nazaret, es el Cristo y es el Emanuel. ¿Qué más motivos podríamos querer?

Vivamos como salvos. Trabajemos como colaboradores del Reino de Dios. Alegrémonos porque Dios está con nosotros. Todo eso debiera llevarnos a caer de rodillas y orar con alegría y sencillez de corazón.

Navidad, sin dudas, es un tiempo para cantar y orar.

Luis Pino Moyano.

* Reflexión bíblica compartida en el culto de Nochebuena de 2016, en la Iglesia Refugio de Gracia.

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Las obras como fruto de la fe.

“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Supongamos que a un hermano o a una hermana les falta la ropa y la comida necesarias para el día; si uno de ustedes les dice: ‘Que les vaya bien; abríguense y coman todo lo que quieran’, pero no les da lo que su cuerpo necesita, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se demuestra con hechos, es una cosa muerta. Uno podrá decir: ‘Tú tienes fe, y yo tengo hechos. Muéstrame tu fe sin hechos; yo, en cambio, te mostraré mi fe con mis hechos’. Tú crees que hay un solo Dios, y en esto haces bien; pero los demonios también lo creen, y tiemblan de miedo. No seas tonto, y reconoce que si la fe que uno tiene no va acompañada de hechos, es una fe inútil. Dios aceptó como justo a Abraham, nuestro antepasado, por lo que él hizo cuando ofreció en sacrificio a su hijo Isaac. Y puedes ver que, en el caso de Abraham, su fe se demostró con hechos, y que por sus hechos llegó a ser perfecta su fe. Así se cumplió la Escritura que dice: ‘Abraham creyó a Dios, y por eso Dios lo aceptó como justo’. Y Abraham fue llamado amigo de Dios. Ya ven ustedes, pues, que Dios declara justo al hombre también por sus hechos, y no solamente por su fe. Lo mismo pasó con Rahab, la prostituta; Dios la aceptó como justa por sus hechos, porque dio alojamiento a los mensajeros y los ayudó a salir por otro camino. En resumen: así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe está muerta si no va acompañada de hechos” (Santiago 2:14-26, Dios habla hoy).

El apóstol Santiago nos presenta una carta que nos desafía en extremo respecto de una fe que tiene un aterrizaje vital en la cotidianidad. Él enseña con suma claridad que no hacer acepción de personas es un fruto de la redención y, a la vez, presenta un desafío diferenciado para ricos y pobres, trabajando en sus potenciales áreas de debilidad: los ricos deben fortalecer su humillación y los pobres su sentido de plenitud en Cristo (1:9,10). Por su parte, nos exhorta a tener en cuenta que la religión verdadera y santa es aquella que se expresa en la asistencia de los que son desamparados, particularmente de quienes forman parte de nuestra comunidad (1:26,27). Y, acto seguido, nos declara que el favoritismo respecto de quienes tienen riqueza y poder debe ser eliminado, porque nuestros corazones solo deben deslumbrarse por la gloria de Cristo. En ese sentido, ricos y pobres de la comunidad deben ser tratados de manera igual, porque la ley se cumple en el amor al prójimo (2:1-13). Este es el antecedente contextual del texto con el que iniciamos la reflexión de este post, y que se sustenta en la siguiente pregunta: ¿Qué caracteriza este fruto de la salvación? A la luz de lo escrito por el hermano de Jesús, debemos decir que las obras producidas por la salvación de Dios en nosotros tienen la facultad de mostrarnos distintos aspectos de nuestra fe genuina en el Señor. 

En primer lugar, diremos que las obras interrogan nuestra fe (2:14-19). Como una buena colección de predicaciones, Santiago abre un nuevo camino en  la reflexión, produciendo de manera inspirada por el Espíritu Santo uno de los grandes problemas de su epístola: la relación entre fe y obras. Y es aquí donde debemos poner atención: claramente el texto apunta a la fe que nos condujo a la salvación. Es decir, el tema acá es si nuestro cristianismo puede ser simplemente una colección de enseñanzas muy hermosas y desafiantes pero que no se aterriza a la realidad. Por eso es que Santiago pregunta: “¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe?”. Santiago comienza la respuesta con una pregunta que se enlaza en lo abordado en la sección anterior (2:1-13), que dice relación con uno de los frutos del favoritismo. Si tomamos en cuenta lo dicho en la sección anterior, el apóstol en ningún caso busca que los ricos sean maltratados dentro de la comunidad, sino que lo que él ha cuestionado con toda claridad es que el buen trato debe ser parejo en toda la familia de fe, eliminando cualquier vicio de poder, riqueza o fama que nos lleve a construir relaciones de consumo para obtener beneficios, a la manera de una red social que hace ligarse con gente que podría sernos útil para nuestro desarrollo personal. 

Dicho eso, la situación supuesta por Santiago dice relación con un hermano o hermana que no tiene para satisfacer sus necesidades básicas y que reciben un trato indiferente por parte de la comunidad. El “que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse” (2:16, NVI), sin involucrarse en la vida del otro, es una acción tan similar a aquella de quienes plantean que los pobres son pobres porque son flojos, o eso de que no hay que dar el pescado sino enseñar a pescar. Es la comodidad de pensar que el mal siempre está en otro y nunca en nosotros. Es la comodidad del sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano, que cumplen con su agenda y labores, pero que pasan de largo frente al sufrimiento de quien está arrojado en el camino y ni fuerzas tiene para pedir misericordia. Los pobres no son pobres por flojos (¡no todos, por lo menos, en su gran mayoría!), sino porque hay un sistema pecaminoso que los excluye, denigra y conserva en la pobreza. Y sí, la gente requiere capacitación para trabajar y mejorar sus posibilidades laborales, y con ello, su situación de vida. Pero si alguien necesita comida es eso lo que debe satisfacerse. ¡Ampliemos nuestro concepto de necesidad! Las personas no necesitan estar en la bancarrota para recibir ayuda. Tenemos múltiples necesidades, pues somos personas integrales, que en comunidad podemos satisfacer o paliar si sólo tendemos nuestra mano. Y allí, las posibilidades son múltiples, según las áreas vocacionales, los dones que Dios nos ha dado y la amistad que podemos trabar con otros hermanos. 

El versículo 17 nos muestra la respuesta a las preguntas iniciales de Santiago: no existe la posibilidad de una fe ensimismada e indiferente, sin obras, porque la fe viva pone la atención en el prójimo. Un salvo se comporta como salvo, y si hay algo que Dios redime de nuestras vidas es aquella tendencia pecaminosa de creernos el centro del universo, para pasar a pensar en el nosotros de la comunidad. No conforme con eso, el hermano de Jesús nos presenta una posible contrapregunta, en la que entabla diálogo con un interlocutor imaginario, que piensa la fe y obras como algo disociado que puede manifestarse de manera individual en cada creyente. Es decir, que podrían existir creyentes que sólo tienen fe sin hace nada. Y Santiago, de manera muy perspicaz, responde planteando un gran dilema: ¿qué nos diferencia de los demonios si ellos también creen en Dios y hasta tiemblan ante su presencia? Lo que nos diferencia son las obras que buscan que Dios sea glorificado. Y Dios es glorificado cuando le amamos a Él con todo nuestro corazón, mente y fuerzas y cuando amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Un creyente debe vivir como creyente. No hay excusa para ello. No existe eso de los cristianos carnales. El Señor nos ha transformado para andar en novedad de vida, en una vida transformada por la gracia. Y uno de los frutos de esa transformación son las obras que van en beneficio de los demás.

En segundo lugar, el texto de Santiago nos señala a las obras como evidencia de la fe (Santiago 2:20-25). El apóstol, como el buen predicador que es, usa la historia a modo de ilustración de sus sermones. Y sí, los trata de “tontos” porque nota que no es que ignoren, sino que simplemente se cierran en sus razonamientos para no ver la realidad. Son los peores ciegos, aquellos que no quieren ver. Toma dos casos para su argumentación: el de Abraham y el de Rahab. 

De manera muy interesante, el hermano de Jesús apela a la historia de Abraham, e inclusive cita el mismo texto de Génesis que usa Pablo para argumentar a favor de la justificación por la fe. Douglas Moo, reconocido por varios estudiosos de la Biblia como uno de los mejores comentaristas de Santiago, nos dice que: “Pablo se fija en la posición cronológica de [Génesis] 15:6 y lo cita como evidencia de que, en el momento inicial, Abraham fue declarado justo solo en base a su fe. Santiago ve el mismo versículo más como un ‘lema’ que marcó toda la vida de Abraham”. Santiago nos muestra la historia de Abraham, un hombre que fue declarado justo por Dios y que actuó como tal. Su fe fue perfeccionada, desarrollada, acrecentada cuando se movió a la acción en obediencia al Dios de la vida. Abraham llegó a extremos que ninguno de nosotros habría llegado en su obediencia a Dios, o ¿acaso alguno de nosotros, subiría siquiera a un monte para llevar a su hijo al sacrificio? ¿Lo pondría en un altar amarrado? ¿Alzaría un cuchillo sobre él para quitarle la vida, para luego ofrecerlo en holocausto? ¡NADIE LO HARÍA! Abraham, el amigo de Dios, estuvo dispuesto no sólo a creer sino también a obedecer. En definitiva, y a la luz del análisis de este texto, Dios nos declara justos por gracia, vistiéndonos de la justicia de Cristo. Esa justificación opera de tal manera que ninguno de nosotros hoy tiene excusa para no practicar buenas obras. Porque Dios nos declara justos y, a la vez, nos hace justos, y con el Espíritu Santo obrando en nosotros desde el día de nuestra conversión, nos capacita para vivir de manera acorde a lo revelado en la Palabra.

El caso de Rahab es tremendo por varios motivos. El libro que es acusado como sustentador de la opresión femenina, no sólo releva históricamente la acción de una mujer, sino también de una que para la mente judía receptora original se trataba de una paria de la sociedad, una prostituta. Sí, leyó bien, de una prostituta, que en la Antigüedad servían en los templos de dioses paganos regularmente ligados a la fertilidad o al erotismo. Esta mujer estuvo en el momento oportuno para salvar la vida de los dos espías que Josué envió para inspeccionar a Jericó, escondiéndoles de sus captores, y posibilitando una salida de la ciudad. Esta mujer que ayudó a estos hombres fue salvada de la destrucción de Jericó, sino que pasó a formar parte del pueblo de Dios. Y no sólo eso, según la genealogía de Jesús registrada en Mateo, llegó a formar parte de la familia del Mesías. Una  mujer en la que el Señor obró, no sabemos cómo ni cuándo, pero cuyos frutos dignos de arrepentimiento muestran el resultado de dicha obra. 

En tercer y último lugar, Santiago nos enseña que las obras son la vida de la fe (2:26). Dicho versículo es la conclusión de esta predicación del apóstol. Y señala lo siguiente: si el cuerpo es la expresión material del espíritu, cuando se produce dicha separación es porque hay muerte, la fe sin obras está muerta. La conclusión es tajante, no hay alternativa. La fe sin obras está muerta. Y si está muerta no es la fe que produce el Espíritu Santo en nuestra vida. Es una fe aparente, de labios hacia afuera. Es una fe que no obedece al Dios que llamamos Señor. Si hoy tú reconoces que ese es tu tipo de fe, una fe que no produce obras, te invito a que realices dos acciones. La primera de ellas, es que dejes de poner tu esperanza en ti. Tú no puedes por ti mismo hacer absolutamente nada. Es tiempo de que pongas tu mirada en el único que ha podido vivir una vida perfecta, cumpliendo todos los estándares de Dios, y que murió por ti y por mi en la cruz del calvario para que tú y yo tengamos vida abundante, y que resucitó de entre los muertos. Cristo es tu redención, es tu justicia, es tu paz. En Cristo hemos sido justificados y por Él vivimos. Lo segundo, es arrepentirte de tu pecado, de tu negligencia y malas acciones. Hoy arroja tu corazón ante el Señor para pedir perdón. Y luego de eso, pide al Señor, que con su Espíritu Santo te dé fuerza y capacidades para vivir en concordancia al llamado que Dios te hizo. Somos hijos del Señor y nuestro llamado es a extender el Reino de Dios que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo en todo lugar donde estemos con la predicación y las obras. Solo no lo puedes hacer. Solo lo echas a perder. Pero no estamos solos, Cristo, el Señor y sustentador, está con nosotros y lo estará hasta el fin del mundo.

Luego de toda esta lectura, preguntémonos: ¿Acaso Santiago contradice a Pablo en lo que plantea? Pablo habla de la justificación por la fe, sobre todo en su carta a los Romanos. Muchos creen que Santiago, no. De hecho, el catolicismo romano se ha tomado de este texto para favorecer su comprensión de la justificación por la fe y por las obras. Y es por este texto, que el reformador Martín Lutero llegó a decir que la epístola de Santiago era una “epístola de pura paja”, porque hablaba poco de Cristo y contradecía a Pablo. “Hoy o mañana encenderé la estufa con Santi”, llegó a decir el reformador. Evidentemente, era un hijo de su tiempo, lo que no obsta para decir que su interpretación es errónea. ¿Pero hay contradicción? ¡En ningún caso! Lo que simplemente hay acá es un cambio de punto focal, de lugar desde dónde se mira un mismo hecho. Pablo afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que hemos sido justificados solo por la fe en Jesucristo, sin tener mérito alguno, solo por la gracia de Dios. Dios nos declaró justo y eso nos hizo tener paz con él. Santiago afirma, y nosotros con él al estar basados en la Escritura, que quienes creen han sido declarados justos y que esos justos aterrizan la justicia imputada de Cristo en ellos a sus vidas cotidianas, sirviendo a Dios y al prójimo en amor. 

En definitiva, justificados por gracia para vivir de manera justa. De hecho Lutero, comentando la carta a los Romanos, mostrando que su visión de Santiago sólo nació de un prejuicio dijo correctamente: “La fe es una cosa viva, laboriosa, activa, poderosa, de manera que es imposible que no produzca el bien sin cesar. Tampoco interroga si hay que hacer obras buenas, sino que antes que se pregunte ya las ha hecho y está siempre en el hacer. Pero quien no hace tales obras es un hombre incrédulo, anda a tientas. Busca la fe y las buenas obras y no sabe lo que es la fe o las buenas obras, y habla y charla mucho sobre ambas”. 

Dejo algunos elementos para la reflexión y la práctica:

  • En las iglesias evangélicas existe una disociación muy común entre predicar o hacer buenas obras no es bíblica. Y aquí debemos decir con mucha fuerza que el mensaje y las obras son indisociables desde el punto de vista doctrinal, y en ese sentido, acercar el evangelio a las personas por medio de la misericordia es también predicar el evangelio. 
  • Tal y como los profetas del Antiguo Testamento, el apóstol Santiago nos enseña que los actos de misericordia son considerados por Dios actos de justicia. Y la justicia es práctica de espiritualidad adoradora del Dios que es justo en todo y sobre todos. Si la avaricia es idolatría, el compartir es adoración al Dios verdadero. Jesús dijo que: “Hay más dicha en dar que en recibir” (Hechos 20:35). Si Dios te ha dado, da, comparte. Y aquí no solo hablamos de dinero o comida, estamos hablando de todo aquello que puedes compartir.
  • Apelando a este texto de Santiago, el pastor Timothy Keller señala en su libro “Justicia generosa” lo siguiente: “Si miras a alguien sin los recursos adecuados y no haces nada al respecto, enseña Santiago, tu fe está ‘muerta’, no es la verdadera fe salvadora. Así que ¿de qué ‘obras’ son de las que está hablando? Está diciendo que una vida volcada en actos de servicio a los pobres es una señal inevitable de una fe real, verdadera, justificadora y evangélica. La gracia te hace justo. Si no eres justo, no has sido verdaderamente justificado por la fe”. El desafío acá es doble: si eres salvo, arrepiéntete de tu vida de fe sin obras, y vuélcate al trabajo de extender el Reino de Dios con la predicación y las obras en cada lugar en el que te desenvuelvas. Si discerniendo en tu corazón te das cuenta que aún no eres salvo, y si notas que el Espíritu Santo te hace poner tu mirada en Cristo que nos salva, hoy es el día oportuno para que reconozcas el señorío de Jesús y la redención integral que él puede hacer en tu vida. Cristo puede encaminarte a una fe real, una cuyos frutos son las obras que interrogan, evidencian y vitalizan la fe que el Espíritu produjo en nuestro ser.

Luis Pino Moyano. 

* Adaptación del bosquejo de mi predicación en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, el domingo 26 de agosto de 2018, en la serie “Sabiduría que viene de lo alto. Mensajes en la epístola de Santiago”.

Dios nos reforma para buscar la santidad.

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Los días 20 al 23 de enero de 2017, se realizó en la Granja Presbiteriana en El Tabo, el Retiro del Departamento de Jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Durante esos días estuvimos analizando el texto de Colosenses 1:13-23 bajo la siguiente parcelación:

vv. 13,14: Dios nos reforma por la obra consumada de Cristo.

vv. 15-17: Dios reforma nuestra visión del mundo y de la vida (¡Cristo es Señor sobre todo!).

vv. 18-20: Dios nos reforma haciéndonos parte de la iglesia (no hay cristianismo sin comunidad).

vv. 21,22. Dios nos reforma para buscar la santidad.

v. 23. Dios nos reforma para que anunciemos el evangelio.

En síntesis, vemos el señorío de Cristo en la creación y en la iglesia. Una de sus manifestaciones es el poder reformador de Dios. A mí me correspondió hablar de los versículos 21 y 22 en la predicación de la mañana del domingo en la Iglesia Mar de Gracia. Allí relevamos el hecho de que Cristo ha reconciliado a los suyos con Dios (el verbo en pasado no es casual: esa obra ya ha sido aplicada). Por ende, al ser reconciliados, debemos vivir de acuerdo a esa renovación total de nuestra vida. Un reconciliado no vive inmerso en el pecado, vive como hijo adoptado por pura gracia por el Dios vivo y real. La propuesta del sermón fue ver lo que nosotros hacíamos, lo que Cristo hizo por nosotros y lo que nosotros tenemos que hacer.

A quienes estén interesados en este tema, les comparto el diaporama de dicha ocasión, el cual pueden descargar haciendo clic aquí.

Culto del domingo 22 de enero de 2017, en la Iglesia Mar de Gracia.
Jóvenes asistentes al Retiro Metanoia 2
Jóvenes asistentes al Retiro Metanoia 2 “Semper Reformanda”.

Ha sido un tremendo honor y bendición compartir con los jóvenes durante estos dos períodos de trabajo, en la tarea de asesor. El aprendizaje y la comunicación de las enseñanzas de la Palabra bullen al calor de la comunidad. La fuerza vital de los jóvenes hace del cansancio algo grato. Dios ha sido bueno y fiel.

Dios levanta profetas para incomodarnos.

Incomodidad.

El día domingo 27 de septiembre de 2015 fui cordialmente invitado a compartir la Escritura a Iglesia UNO, una querida iglesia hermana en plantación. Fue una hermosa instancia en medio de una valiente serie de mensajes titulada “[In]Comodidad: Cuando la voz de Dios nos llama al arrepentimiento”, basada en el libro del profeta Amós. En este caso, la predicación estuvo basada en el capítulo 3, los versículos 1 al 8 y se tituló “Dios levanta profetas para incomodarnos”. En el texto podemos ver que cuando la comodidad obnubilaba la realidad, Dios saca de la comodidad a Amós, un cuidador de ovejas y cultivador de higos del sur, para ir a profetizar al norte respecto a esa religiosidad aparente. Amós es el profeta que apela a la justicia social, ligándola a la adoración al Dios de la vida y el cumplimiento cabal de la voluntad de Dios. En síntesis, la justicia social, desde un punto de vista bíblico, no es mera acción de racionalidad política, sino práctica espiritual, “ayuno verdadero” al decir de otro profeta, Isaías. Vemos a Dios incomodándonos al traernos a la Palabra, recordándonos la elección y mostrándonos su voluntad.

Comparto el bosquejo y el vídeo de dicha predicación.

Para descargar el bosquejo, haga clic acá.

Para ver los otros vídeos de la serie, haga clic acá.

Fraternalmente en Cristo, Luis.

Amor y justicia en El Magnificat.

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El día 16 de agosto de 2015 tuve la hermosa posibilidad de compartir la Escritura con la hermandad muy querida de Iglesia Santiago Apóstol (iglesia anglicana en Santiago centro). Estoy muy agradecido del Pastor Cristóbal Cerón por la invitación y por los hermanos y hermanas que siempre muestran cariño y buena disposición.

Dicho día, hablamos de “El Magníficat”, el bello y potente canto de María, registrado en Lucas 1:46-55.

Respecto a María: Creemos todo lo que la Biblia dice acerca de ella. Una mujer joven, descendiente de David, comprometida y luego esposa de un carpintero llamado José, que fue virgen hasta el nacimiento de Jesús. Siguió obedientemente a Jesús (“hagan todo lo que él les diga”, en las Bodas de Caná), inclusive estando a los pies de la cruz. Integró la iglesia primitiva. Fue humilde, devota, con una vida de mucha profundidad espiritual y dada a la meditación.

Respecto a su canto: Se le conoce así por la primera palabra de este canto en la Vulgata, lo que se traduce como “engrandece” o glorifica”. Se trata del canto de una mujer que asume la voluntad de Dios más allá de los riesgos. El himno está saturado de citas del Antiguo Testamento y sigue la pauta del cántico de Ana (1ª Samuel 2:1-10). El canto está alimentado por la acción de Dios en la historia. A su vez, María elogia los prodigios de Dios en la historia a causa del niño que lleva en su vientre. Este canto nos habla de atributos que nosotros disociamos: amor y justicia, como si estos fueran contradictorios entre sí. El canto de María no disocia los atributos de Dios, sino que alaba a Dios por su amor, manifestado en la gracia del Salvador y la fidelidad del Pacto, y la justicia manifestada de su Reino.

El audio del sermón fue compartido en la página de ISA y puede escucharse haciendo clic aquí.

También pongo a disposición los apuntes del sermón, los que puede descargar aquí.

Un abrazo, Luis Pino Moyano.

Dejando de lado la profesionalización del púlpito.

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Hace unos días le vengo dando vueltas a esta idea, con la intención de publicar este post en mi blog. Y quisiera comenzar señalando aquello de lo cual no se tratará esta reflexión. Fundamentalmente, no voy a renegar acá de la homilética. Hace casi doce años, en un aula del Instituto Bíblico Nacional, aprendí de esta “ciencia y arte”, como le llamaban los libros clásicos, y desde ese día no he dejado de elaborar-y-exponer mis sermones homiléticamente. De hecho, dicho aprendizaje ha sido tan significativo que ha trascendido a su uso en el púlpito, empapando mis escritos, reflexiones y clases. Tampoco voy a hacer una apología de la improvisación. Nada más peligroso para un púlpito que un predicador que improvisa, que no ha leído varias veces y con detención su texto, que no ha hecho el trabajo de interpretar y pensar en cómo aterrizar, al hoy y a la realidad de la iglesia a la que anuncia el mensaje los principios permanentes de la Escritura. Es tan importante la buena elaboración sermonaria que nos puede reportar, con el paso del tiempo, un “semillero homilético”, con mensajes que pueden volver a ser expuestos en otras comunidades u ocasiones, siendo “resucitados”, es decir, re-estudiados e, inclusive, reelaborados. Todo trabajo humano es susceptible de ser mejorado.

 Un predicador debe ser un amante de la Biblia, conocedor de ella y, a su vez, desarrollar un “ojo homilético” de tal manera que de todo le pueda servir como recurso para su reflexión: lo que lea en libros, revistas, periódicos, de lo que vea en televisión, caminando por las calles, asistiendo a la iglesia o a los grupos de hogar, lo que escuche en la radio o en alguna canción. Quien predica la Palabra debe mirar la realidad en la que vive desde ese lugar. Como he dicho, no entenderé esto como profesionalización, sino como parte del trabajo bien hecho, entendiendo que la tarea de predicar, tanto en contenido y forma, debe glorificar a Dios.

 Ahora bien, todo lo que he señalado puede pasar a formar parte de la profesionalización del púlpito. Es decir, cuando la forma pasa a ser más importante que el contenido, la exposición de la Escritura pasa a segundo plano, olvidando que homilética, en su sentido etimológico nos invita a “decir lo mismo” que el texto señala. Es la Palabra lo realmente importante, más que nuestra exhortación, ilustraciones y aplicaciones. Entonces, el criterio principal a la hora de evaluar una predicación y su significado, pasa por la pregunta: ¿habló el predicador de la Biblia, del texto que leyó, mostrándonos a Cristo y la gracia que ayuda a la vida? Pero, ¿qué es lo que ocurre hoy? Los criterios del mercado también han permeado a nuestras iglesias, llevándonos a dar importancia a lo siguiente:

1. Evaluamos la predicación por el tiempo de duración, la que ojalá no exceda a los 25 minutos. Siempre me he preguntado si dicho tiempo hace alusión a las capacidades cognitivas y la potencialidad del aprendizaje, o lisa y llanamente a que esperamos que el culto dure lo menos posible, porque en “la vida real” tenemos muchas cosas más importantes que realizar. Si la Biblia es realmente importante para ti y para mi, ¿por qué habría de aburrirnos escuchar un mensaje de 45 minutos, 1 hora, 1 hora y media? ¿Acaso no hemos leído más tiempo que ese? ¿O visto una película, programa de televisión o teleserie que dura lo mismo o más? Nuestros hermanos puritanos asistían a la escucha de sermones que a veces duraban tres horas (¡tres horas!). Y, por favor, no quiero ser tergiversado, no estoy diciendo que el buen sermón debe ser largo. En mi caminar cristiano he tenido la honra de predicar en la cárcel, en el culto de nuestros hermanos presidiarios. Allí el culto tiene una hora límite, la cual es anunciada por un gendarme con golpes de bastón en la reja y con un llamado en alta voz, por lo cual, en lo posible, el culto debe terminar antes de esa despedida poco amable. Por ende, quienes predicábamos debíamos hacerlo de manera breve, pero no menos contundente. La duración por sí sola no habla de la calidad del mensaje: es su contenido lo que importa. Y si creen que estoy exagerando, en la Palabra, texto inspirado por Dios, se nos cuenta la historia de Esdras y otros sacerdotes leyendo al pueblo la ley, con todos ellos de pie, desde el alba hasta el mediodía, y lo único que hicieron fue leer con claridad y poner el sentido al texto, es decir, interpretarlo brevemente. Todo eso por alrededor de seis horas. La actitud de los oyentes fue de receptores atentos, que lloraron, se humillaron ante Dios, adoraron, celebraron, pidieron perdón (Nehemías 8 y 9, preferentemente léase en Reina Valera 1960). Seis días nos dio el Señor para hacer toda la obra de nuestras manos, el séptimo es para Él, y debiéramos sentir un deleite al escuchar su voz, más allá de cuánto se extienda la exposición de su Palabra.

2. Evaluamos lo verbosos y eruditos que resultan nuestros predicadores. Y sí, ya lo hemos dicho, un predicador debe ser un conocedor del texto que anuncia y de la realidad en la que vive. Pero no es lo más importante. Dar estatuto de fundamental a la erudición y al uso académico del lenguaje fue lo que llevó a que un número importante de púlpitos se convirtieran en cátedras universitarias. Todo esto, por la lógica moderna de oposiciones binarias, que disoció cerebro de corazón, o dicho de otra forma, razón de emociones. Entonces, hubo sermones que versaban sobre las “Presuposiciones respecto al Logos en el Kerygma con consecuencias en la epistemología y la ontología divina y antropológica”, cosas que sonaban muy bonitas, pero que pocos lograban entender y mucho menos vivir. Ese tipo de sermones ha sido parodiado de manera muy inteligente por Matt Groening con su personaje del Reverendo Alegría, flamante pastor de la 1ª Iglesia Presbiluterana de Springfield, con sus sermones largos, tediosos y somnolientos (de hecho, hay un capítulo de Los Simpson que muestra los sueños “bíblicos” de los personajes de la familia, en medio del sermón del referido pastor). En el púlpito debe haber buen uso del lenguaje, puesto que también cumple una función pedagógica, pero lo central es el anuncio claro y vivaz del mensaje de Cristo que habla impactando la razón y la emoción, a la totalidad del ser. Hoy, lamentablemente, este tipo de evaluación ha ido asociada a una lógica de religión de consumo bastante perversa. Se argumenta que el capital cultural de nuestras iglesias ha crecido bastante, teniendo a muchos profesionales sentados en las bancas de nuestras iglesias, por lo cual los predicadores deben ser versados y bla bla bla. Argumentos de ese tipo me hacen recordar a Jonathan Edwards y quizá uno de los mejores sermones que haya existido en la historia del protestantismo: “Pecadores en manos de un Dios airado”. ¿Por qué este recuerdo? Porque quienes han leído a Edwards se habrán dado cuenta de sus complejos argumentos, con conexiones amplias (por no decir dispersas). Pero además de ello, Edwards tenía problemas de visión, teniendo que usar lentes gruesos y, además, ese sermón fue leído de principio a fin, con muchos tropiezos entre medio. ¿Qué explica, entonces, que a la mitad del mensaje la gente cayera de rodillas confesando sus pecados sintiéndose en las “manos de un Dios airado”? Sin lugar a dudas que el Espíritu Santo actuando en la predicación de este pastor fiel a la Escritura, en una iglesia con personas dispuestas a escuchar lo que Dios diría en esa ocasión. Tristemente los evaluadores consumidores de religión habrían reprobado a Edwards y botado al tacho de la basura el “Pecadores en manos de un Dios airado”. Por ello, si hay algo que predicadores y oyentes no debiéramos olvidar, es que Jesús llamó a sus discípulos ovejas y no jirafas[1], por lo cual el alimento de la Palabra debe ser presentado a ras de piso, al alcance de todos quienes escuchan. La predicación debe ser entendible para todos. No basta que sea dicha en el idioma de los oyentes, debe ser clara tanto como es fiel a la Palabra. Ahí, el lenguaje erudito y evangélico es más un obstáculo que una bendición. Pensemos en Dios, condescendiendo con nosotros, poniéndose a nuestra altura para revelar su conocimiento con nuestras palabras en la Biblia, de tal manera que le podamos entender. Por favor dejemos de lado no sólo la profesionalización del púlpito, sino también a los oyentes consumidores de religión. Tu hambre y sed, como la mía, no es de buenos sermones… nuestra hambre y sed es de Dios, de su verdad, de su Palabra que es como pan al que come y como semilla al que siembra (Isaías 55:10,11).

3. Evaluamos la relevancia de la predicación. Y sí, el púlpito debe ser relevante. Debe hablar para el aquí y el ahora de los oyentes, de la iglesia y de la sociedad en la que viven todos quienes asisten a la iglesia, sean miembros o no de ella. Pero, ¿dónde nace la relevancia del púlpito? ¿En el uso de las palabras que ocupan las distintas culturas que habitan la ciudad, barrio, pueblo, localidad, país? ¿En usar tecnología que visualmente sea minimalista, sencilla, agradable a la vista, algo así como Google Beta o un producto Apple? ¿En asumir opciones preferenciales o des-preferenciales por algún grupo social, político y económico, bajo la lógica amigo-enemigo? ¿Formando comunidades donde todos somos amigos y hablamos cosas lindas y súper cariñosas? ¿En gritar toda nuestra moralidad y limpieza de vida contra todos los inmorales y apóstatas que no viven como yo-nosotros? ¿Huyendo de los conceptos “religión” e “institución” porque huelen mal? ¡En ninguna de esas opciones encontramos la relevancia del púlpito! ¡Lo único que hace relevante la predicación es la Palabra que nos da testimonio de Cristo! Nada más ni nada menos. Todo esfuerzo propio por buscar otra fuente de relevancia para nuestros púlpitos ofende a Dios, es idolatría pura. “-Pero hermano, ¿cómo vamos a llamar la atención de los no-creyentes?”. Dejemos que responda un protestante de la primera mitad del siglo XX. ¿Alguien podría mencionar algo más relevante en dicha época que resistir a Adolf Hitler? Bueno, Dietrich Bonhoeffer, a quien me permito citar latamente, en ese difícil momento histórico señaló: “pues resulta que el verdaderamente sediento está dispuesto a tomar agua desde cualquier recipiente, aunque resulte algo difícil […] El verdaderamente sediento siempre ha encontrado en la Biblia misma y en una fundada prédica bíblica, aunque haya sido poco contemporánea, el agua viva –y constituye una grave decadencia de la fe el que la pregunta por la actualización del mensaje se vuelva demasiado audible como pregunta metodológica […] Es curioso que aún persista la opinión de que hay que añadir a la exposición del texto algo más, algo presuntamente más concreto. ¿Pero qué podrá haber hoy que sea más concreto que ciertos capítulos del Apocalipsis, de los profetas, del sermón del monte o de la historia del buen samaritano? […] ¿No es acaso eso lo impresionante de nuestra época, que basta tomar cualquier texto y exponerlo de modo claro, agudo y pertinente a la materia, y que con eso ya está ‘actualizado’?”[2]. Un púlpito relevante es aquel que anuncia todo lo que la Biblia enseña. Ese mensaje viejo, repetido, anunciado una y otra vez, pero fresco, vivo, eficaz, poderoso como un martillo que quebranta la piedra tiene un poder transformador inmenso (Jeremías 23:29).

 Un púlpito profesionalizado termina construyendo predicadores ególatras y sabelotodo, que buscan brillar, aunque el alimento que entreguen termine desnutriendo o intoxicando a quienes lo consumen. Ni tú predicador, ni tu sermón, son los que deben brillar. Es Cristo el que debe brillar. Sólo Él. Si la gente que escucha tu sermón sale hablando más de ti que de Cristo es un síntoma de que algo anda mal. Soli Deo Gloria es más que una declaración doctrinal o una expresión culta de día domingo, es un principio de vida de quienes seguimos las pisadas del Maestro de Galilea. Dejemos de lado la profesionalización del púlpito amando la Biblia y glorificando a Cristo, siendo eso fundamento de nuestra pasión y gozo como predicadores de la Palabra.

Quisiera cerrar esta reflexión con las palabras de John Wesley: ¿Qué es lo que estorba la obra? Yo considero que la primera y principal causa somos nosotros. Si fuéramos más santos de corazón y de vida, totalmente consagrados a Dios, ¿no arderíamos todos los predicadores y propagaríamos este fuego con nosotros por todo el país?”[3].

Luis Pino Moyano.


[1] Esta idea es de J. I. Packer y es una de las ideas que sostiene la escritura de su libro Teología Concisa. Miami, Editorial Unilit, 1998. Véase las páginas ix-xi que corresponden a la introducción de ese maravilloso-sencillo libro.

[2] Dietrich Bonhoeffer. Illegale Theologenausbildung: Finkenwalde 1935-1937. Tomado de Manfred Svensson. Resistencia y gracia cara. El pensamiento de Dietrich Bonhoeffer. Barcelona, Editorial CLIE, 2011, pp. 215, 216.

[3] Tomado de Ana Troncoso (compiladora). Lo mejor de Edward M. Bounds. Barcelona, Editorial CLIE, 2001, p. 320.


A modo de complemento de este texto, podría leerse el post “Predicadores como Juan el Bautista”.

Y también, podría verse esta reflexión del Pastor John Piper en este vídeo:

Aprendiendo a hablar con Dios de mi familia.

Martin Luther King orando junto a su familia por los alimentos.

Este domingo 8 de febrero compartí la Escritura en la Iglesia Refugio de Gracia. Se trató del Salmo 127, en un sermón titulado “Aprendiendo a hablar con Dios de mi familia”.

Algunas premisas del Sermón tienen que ver con la oración y con la familia:

La oración no es simplemente comunicación con Dios. Es también disciplina espiritual. Por ende, es algo que se tiene que aprender. ¿Qué debemos aprender? Aprender a conversar con Dios con todo lo que ello implica: a) aprender a leer orando la Escritura, b) cantar con gozo, c) llorar con esperanza, d) pedir con sabiduría, e) arrojar nuestros proyectos a las manos del Señor, f) guardar silencio cuando no sabemos que pedir (¡el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles!). Y los salmos son una buena escuela para ello”.

La Biblia nos muestra de manera muy clara qué es la familia y cuál es su misión. Y sí: nos habla de la heterosexualidad del esposo y la esposa, nos habla de la monogamia y su exclusivismo (“dejará el hombre a su padre y su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”), nos habla de la sexualidad como fuente de placer y procreación, nos habla de la crianza de hijos y de roles que todos debemos cumplir. Pero por sobre todas las cosas, la Biblia nos habla de que la familia no es base de nada, porque sólo Cristo es la roca. Y, por ende, la misión no es la exaltación de los sujetos que la componen, sino que es la gloria de Dios y la extensión de su Reino.

Les comparto el audio de dicha predicación:

http://www.ivoox.com/aprendiendo-a-conversar-dios-mi-familia_md_4055030_wp_1.mp3″

También, les comparto los apuntes, a los que pueden acceder haciendo clic aquí.

Un abrazo, Luis Pino Moyano.

 Muchas gracias al Pastor Cristóbal Cerón de la Iglesia Santiago Apóstol quien me invitó a compartir la Escritura en su comunidad el domingo 25 de enero de 2015, en la serie “Salmos: aprendiendo a hablar con Dios”, que dio pie a esta reflexión bíblica. 

La libertad cristiana.

Martín Lutero quemando la bula papal.
Martín Lutero quemando la Bula Exsurge Domine, el 12 de diciembre de 1520. Lo que comenzó como una protesta en 1517, tomaba con actos como éste, el cuerpo de una Reforma.

En el mes de la Reforma, en la Iglesia Presbiteriana Puente de Vida, estamos compartiendo una serie de mensajes titulada: “Reforma: cuatro conceptos claves”. En el marco de dicha serie, me correspondió compartir el mensaje, basado en Gálatas 5:1-5, titulado: “La libertad cristiana”.

Hablar de la libertad cristiana es un tremendo desafío porque, sin lugar a dudas, es hablar del evangelio. Lamentablemente, de ser una de las verdades más importantes emergidas en el período de la Reforma Protestante, en muchos contextos eclesiales se ha vuelto un tabú. “No, es que hablar de la gracia es demasiado peligroso, porque lleva al libertinaje”, dirán algunos, con mucho miedo. Y sí, existe ese riesgo. Pero el riesgo es disipado toda vez que entendemos que hemos sido liberados para vivir en comunidad: hemos sido liberados para amar. Para amar a Dios y al prójimo. Y aquí hay algo que debemos recordar siempre:

La libertad de los creyentes es fruto de la obra de Cristo y no de nuestros intentos de autodeterminación. Para nosotros no hay verdadera libertad sin “Sólo Cristo” ni “Sola Gracia”.

Sin más preámbulos, les paso a compartir el vídeo de dicho mensaje, predicado el domingo 12 de octubre de 2014.

 Si alguno está interesado en el tema, también pongo a disposición los apuntes de ese sermón, los cuales son tributarios de varias lecturas, escuchas de sermones y, por supuesto, de múltiples conversaciones con amigos. Porque los sermones y la teología también se hacen en comunidad. Pueden descargarlo haciendo clic aquí.

Fraternalmente en Cristo, Luis…